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La Iniciación. Una gaviota rasgó el silencio de la mañana. Durante toda la jornada había estado revoloteando alrededor de la playa, esperando a que el muchacho saliese del agua con alguna captura. Todos los días desde hacía semanas habían establecido un acuerdo no pactado, y desde entonces, realizaban siempre el mismo ritual. El chico se levantaba temprano, llegaba descalzo corriendo por la arena, y se adentraba en el mar en busca de peces. Al cabo de un rato volvía a la playa con su presa y la limpiaba sobre una roca; entonces dejaba los restos para ella. La llamaba Sola. Como tantos otros días, el muchacho se zambulló en las aguas coralinas para que el mar le despertase los sentidos. Aquello era como atravesar una puerta que lleva a otro mundo, una finísima membrana lo separaba de aquel lugar rebosante de vida, tan misterioso, tan colorido con sus reflejos dorados... tan ajeno a él. Sola volvió a gritar, impacientándose por la demora de aquel día. Luego trazó varios círculos en el aire, justo sobre la zona de pesca. Y cuando pensaba que en aquella ocasión se quedaría sin desayuno, una lluvia de gotas brillantes brotó del océano y el muchacho emergió triunfante. La sonrisa en su rostro indicaba que había sido una gran captura. Una como nunca antes había visto. –!Abuelo! !Mira lo que he encontrado! –gritó desde el agua mientras sostenía en alto el trofeo con ambos brazos. El anciano aguzó la vista cuanto pudo, los años no le conservaran los ojos tanto como hubiera querido, pero a pesar de todo, lo que distinguió en manos de su nieto le hizo cambiar el gesto. El chico nadó hasta la orilla con dificultad, pues la captura era realmente pesada. –!Abuelo! !Mira! –dijo mientras soltaba la carga a los pies del anciano–. ¿No... es... preciosa? –le faltaba el aire y le sobraba emoción. Sobre la arena descansaba una campana dorada, tan exquisitamente tallada que no parecía obra de un hombre, sino del propio océano. A su alrededor tenía grabado signos y caracteres que despertaban en quien la miraba recuerdos de tiempos muy lejanos. –Tiene que ser de oro. Y fíjate... tiene siete joyas –anunció el muchacho cada vez más recuperado del esfuerzo. Pero el anciano no respondió. Dejó la pieza de madera que había estado tallando toda la mañana y se limitó a mirar muy lejos, tal vez en el horizonte, o tal vez en su interior. –!Somos ricos, abuelo! Podremos irnos a vivir a la ciudad. ¿Es que no te alegras? –¿Sabes que es eso? –preguntó el hombre dejando de pronto a un lado sus cavilaciones. –Una campana abuelo. ¿Que va a ser? –Cierto. Pero es mucho más. Es una señal –dijo el anciano acariciando su pulida superficie dorada que ya se calentaba bajo el sol–. ¿Sabes que día es hoy? –!Por supuesto! Es mi cumpleaños –dijo el muchacho sin entender el comportamiento de su abuelo–. Hoy cumplo once años. El hombre sonrió para sus adentros. –Así es, once años. Un número a tener en cuenta –afirmó–. Para algunos un mal presagio. Para nosotros... el caos, la arcilla, ¿entiendes? Sin forma, sin función. Pero

La iniciación  

Relato perteneciente a la serie de fantasía juvenil "El mundo secreto de Basilius Hoffman". Su lectura se situa entre "El ladrón de sueños"...

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