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FELIPE PEÑA

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Felipe Peña

La Rosa de Jesús

Historia basada en un rumor real. 3


Portada y Diseño Gráfico: Alejandro José Panameño. ISBN 978- 1468134001 DEPÓSITO DE LEY # 625-2011 Dic 07/ 2011 www.amazon.com www.larosadejesus.com Reservados todos los derechos. El contenido de este libro no podrá ser reproducido total ni parcialmente, ni almacenarse en sistemas de reproducción, ni transmitirse de manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, o de fotocopia, sin el permiso previo, por escrito del autor. 4


“Sé como el sándalo, que perfuma el hacha que lo hiere.” Gibrán Khalil Gibrán

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ÍNDICE 1- LA FIESTA ROSA............................................................. 7 2- EL DÍA DESPUÉS.............................................................17 3- JESÚS.................................................................................. 31 4- LA BÚSQUEDA................................................................ 43 5- LOS TRES CHEROS......................................................... 51 6- ANTONIO......................................................................... 59 7- EL RUSO PÉREZ.............................................................. 71 8- ROSITA.............................................................................. 103 9- LA MARI JUSTA.............................................................. 111 10- LOS SIGUIENTES CUATRO AÑOS........................... 123 11- HOGAR DULCE HOGAR............................................145 12- EL REGRESO..................................................................173 13- LA PARTIDA DEL PATRIARCA.................................195

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1- LA FIESTA ROSA

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quel sábado de septiembre de 1978 pudo haber sido el segundo o el tercero de un mes que, por capricho del calendario, nos brindó cinco fines de semana completos. Toda la semana había llovido sin parar sobre ese territorio vulnerable a los caprichos de la madre naturaleza. Se trataba de una tormenta tropical, decía el Instituto Meteorológico, al cual llamaban “Mentirológico” ya que rara vez acertaba en sus pronósticos del clima. No obstante, en contra de todas las probabilidades, esa vez sí había acertado: ese sábado el sol estaba radiante y estaría así a lo largo de toda la jornada. Y no era para menos, pues para esa fecha se había programado la fiesta rosa de Rosita Pérez, una linda chica que cumplía sus 15 años, hija de Jesús Pérez, un próspero comerciante de la ciudad quien, aunque iletrado, había amasado una envidiable fortuna como usurero —aunque él se hacía llamar banquero—, negocio 7


que lo había levantado como la espuma en apenas cinco años. Para Rosita, era el día de su vida: había soñado tanto con esa fiesta que no podía creer lo que estaba viviendo. Su vestido —diseño exclusivo de Carolina Herrera importado desde New York, donde Jacinta, su madrastra, le había comprado el atuendo a la medida— incluía todo su ajuar, así como los trajes de las catorce chicas que serían su corte de honor. Su prima Anita, hija de Roberto Escobar y Mari Justa, era parte del cortejo. Las amiguitas de Rosita estaban emocionadísimas con la fiesta. Ser dama de honor del cortejo era todo un privilegio: en primer lugar, el vestido, que en sí era una exquisitez, y en segundo, el glamour que confería la obtención de tal cargo. Pero para lograrlo había que haber sido escogida por Rosita, y la lista de espera era larga. Las invitaciones ya estaban en manos de la representación más selecta de políticos y poderosos de la ciudad. No se esperaba menos. El lugar escogido para la recepción era el ball room del Casino Palace, en San Salvador, al cual solo se accedía por invitación y previo pago de membresía, que dicho sea de paso era la más cara. Era el mejor de la época, ahí se reunía la crema y nata de la sociedad, la élite del poder económico, reacia a aceptar a Jesús, el nuevo rico, quien los avergonzaba con su negocio y sus métodos. Para ellos, Jesús no era más que un vulgar y ordinario usurero. Sin embargo, algunas de esas señoras de la alta sociedad eran clientes asolapadas de la casa de empeño de Jesús; claro que nunca aceptarían tal desliz: ¡eso jamás! Para Jesús, por otro lado, la fiesta rosa era la oportunidad que había aguardado largo tiempo para ser parte de esa ar8


FELIPE PEÑA golla dorada, ese cerrado círculo de poder de las grandes ligas de los negocios. La ocasión esperada para entrar por la puerta grande con alfombra roja incluida. La Basílica de Guadalupe estaba reservada ese día a las 5 de la tarde para el tedeum de Rosita, el cual sería oficiado por el Sr. Obispo con su séquito en pleno. El arreglo floral del santuario era impresionante. Nada se había dejado al azar. La iglesia estaba a menos de 10 minutos de distancia en vehículo del Casino Palace, el lugar de la recepción. Pero Jesús había planeado que el cortejo hiciera un recorrido, coincidiendo con el ocaso, a través de las principales avenidas de la zona norte de la ciudad, que tomaría 40 minutos, obviando por supuesto los arrabales. Claro, esto tenía un propósito: anunciar a todos los residentes de la gran ciudad que ese día Jesús Pérez haría su entrada triunfal a la élite de poder, algo que se le había negado por largo tiempo. Ya en el casino, Rosita recibió un regalo sorpresa de Antonio, su hermano, quien era cadete de la Escuela Militar y se encontraba ausente, en Fort Benning, Georgia, en un curso de contrainsurgencia. Antonio había previsto que un grupo de sus compañeros de armas se hicieran presentes a la entrada principal vistiendo traje de gala, y recibieran a Rosita y su corte con sus sables en alto, formando un pasillo de honor. Qué detalle… Para el brindis de Rosita había champagne Dom Pérignon, cosecha ’58. Beberlo era como sorber estrellas en copas de cristal de roca. Inmediatamente después comenzaron a servirse los entremeses: cada mesa tenía una fuente con trinchos en sinfonía de mariscos de la bahía. Los pilares de zanahoria y apio se 9


degustaban con salsa tártara a un costado de la mesa. Las fuentes llenas con abanicos de salami y aceitunas no podían faltar. Estaban al alcance los exquisitos quesos, entre ellos el más raro y exorbitante de todos: el danish blue. Las mesas de los invitados más importantes tenían el privilegio de deleitarse con caviar de beluga Almas, importado especialmente para la ocasión, que acompañaban con whisky Johnnie Walker cinta azul. Para los otros invitados había cinta negra. Pero el banquete no comenzaría hasta que los hornos se abrieran y dejaran escapar los aromas de los perniles y lomos que estaban terminando de cocinarse. Jesús había pensado en todo: se ofrecería pescado boca colorada ahumado en hojas de huerta, junto a las pinzas de los cangrejos apretadores que brillaban azules y se saboreaban con la receta exclusiva del chef, bañados en tinta de calamares. Era todo un deleite y resultaba impresionante contemplar las 18 ensaladas diferentes que servían, sin mencionar los nueve tipos de arroz y purés disponibles. Para cerrar la noche con broche de oro, Jesús mandó a traer a uno de los mejores pasteleros de Francia, quien preparó su chef-d’œuvre: un pastel de seis niveles que dejaba boquiabiertos a todos los que lo contemplaban, pues su fudge, elaborado con el más fino chocolate blanco, más bien parecía dunas azotadas por el viento. Todos deseaban paladear el pastel, pero al mismo tiempo sentían que partirlo era un sacrilegio. Fania All Stars, quienes llegaban desde New York en exclusiva para la fiesta rosa, sería la encargada de amenizar el evento. Aunque su estrella, Celia Cruz, ya no formaba parte del elenco, su show todavía era considerado la máxima expresión 10


FELIPE PEÑA de la música salsa. Se rumoraba que incluso hubo gente que pagó por conseguir una invitación al evento. Menos de la mitad de los presentes eran familiares y amigos de Rosita. El resto eran personas con las cuales Jesús tenía, o le convendría tener, algún negocio. Esa noche en realidad le pertenecía a él, a Jesús, el iletrado, el ignorado por la clase poderosa, quien gracias a su astucia en los negocios por fin tendría su entrada triunfal a la élite. Rosita y su fiesta rosa no eran más que el pretexto. La niña, cumpliendo las instrucciones de su padre, pasó saludando de mesa en mesa. Solo conocía a la tercera parte de los presentes, sus amigos y parientes —entre ellos, sus tíos Roberto Escobar y Mari Justa, padres de Anita—; los demás le eran totalmente extraños, pero con regalo en mano, no se les podía ignorar. Terminada la extenuante ronda de saludos, se dedicó a bailar y disfrutar su fiesta. Pero Rosita tenía también su propio plan. Este era muy simple: encontrarse con Hugo, el chico con quien intercambiaba sonrisas y sonrojos. Hugo tenía 16 años, estudiaba primer año de bachillerato y era primo de una de las integrantes de la corte de honor de Rosita. Daba la impresión de ser una percha andando, pues era tan flaco que sus clavículas sobresalían de los hombros. Tenía más acné de lo normal, pelo largo hasta los hombros y bailaba bien la música disco, siguiendo los pasos de John Travolta y la melodía de los Bee Gees. Vestía un traje color perla de tres piezas que le quedaba un tanto grande y probablemente era prestado. Pero 11


esto no importaba; lo importante era que estaba ahí, y que Rosita estaba fascinada. Todo lo que Hugo había hecho era hablarle un par de veces antes y tomarle de la mano en una despedida, mientras le decía: Te veré pronto. Cuando ella lo veía, perdía el habla. Cuando él le hablaba, ella enmudecía. Cuando él daba la vuelta, ella sentía que parte de su vida se iba con él. Sentía mariposas revoloteando en su estómago, la sola presencia de Hugo le hacía sentir que flotaba en el aire. Rosita se estaba enamorando. Era magia, magia de verdad. El plan de Rosita era discreto: encontrarse con Hugo y esperar que este le declarara su amor. Con solo eso, ella se sentiría en la estratósfera. Así de simple. Y mientras Jesús disfrutaba su fiesta, la fiesta de Rosita estaba por comenzar pues apareció Hugo y el cielo se abrió para ella. Por esas casualidades del destino, la orquesta había entrado en receso y el bloque juvenil de música disco daba inicio. En los parlantes sonaba How deep is your love, de los Bee Gees. Hugo la tomó de la mano y le pidió bailar. Rosita estaba en las nubes. Oh what a night…. En ese preciso instante, luego de hacer su ronda saludando y estrechando manos con sus múltiples amigos de negocios, Jesús se sentó en la mesa de su compadre Luis Joya. Luis era chero de toda la vida de Jesús, compañero de andanzas y mal andanzas. De solteros, habían discutido cantidades industriales de ron, habían sido compañeros de serenata contratando tríos musicales y yéndose de gira a cantar boleros 12


FELIPE PEÑA a los balcones de las casas de las novias que cada cual tenía, hasta que los sorprendía el sol y les recordaba que era otro día. Actualmente, Luis era ejecutivo de una empresa importadora y tenía 18 años de casado con Zoila. La hija de ambos, Lissette, era parte de la corte de Rosita. En la misma mesa se encontraba también Juan Batres, otro gran chero, compañero de muchas batallas, a quien Jesús y Luis veían como un hermano. Los tres eran inseparables. Juan, apodado “Cicuta” por su don natural para el sarcasmo, en especial si era a costa de otra persona. Así, resultó que Juan, agudo de ingenio como era, luego de haber visto la carita de Rosita no tardó en descubrir lo evidente: su fascinación con ese cipote flaco, el suertudo elegido por la quinceañera, ese quien distaba mucho de ser un adonis. “Cicuta” no tardó en mostrar su mejor virtud. Cizañero como era, tenía una habilidad natural para encender a Jesús, a quien conocía muy bien, y en tono de burla lo puso al tanto de los sucesos por él ignorados en la pista de baile. Comenzó por decirle que ya era tiempo de que conociera a su yerno: un don nadie, un bueno para nada, un aparecido de repente, un cazafortunas, deseoso de arreglar su futuro a costa de Rosita y los billetes de su padre. Los tres cheros se sentaron en una mesa con vista panorámica a la pista de baile y lo que vieron los dejó pasmados, pues en ese preciso instante, Rosita le daba un apasionado beso a Hugo en la boca. Y se armó Troya. Luis le sirvió un vaso lleno de Johnnie Walker cinta azul a Jesús, y mientras este lo tomaba de un solo trago, Juan le 13


puso su brazo al cuello y acercándose al oído le dijo: —Hoy sí, compadre. Ya te llevó putas. De esta noche en nueve meses, vas a ser abuelo. Te presento a tu yerno, lo tienes en frente, míralo bien. Jesús, un macho a ultranza, modelado a la antigua, era incapaz de aceptar que su hija tuviera amistad con semejante sujeto. Rompió en cólera, encendido por el whisky y envenenado por las palabras de su chero del alma Juan “Cicuta”, gritó fuertemente que su hija no era comida para fieras. De un salto llegó a la pista de baile. Rosita, aún prendida de la boca de Hugo en beso apasionado, fue arrancada y lanzada lejos. Cayó sobre una mesa, lanzando a los incrédulos asistentes otras dos mesas atrás. Del golpe se dislocó su mano izquierda a la altura de la muñeca, además de sufrir una contusión en la cabeza y frente. Hugo todavía no comprendía la situación y, luego de recibir el primer manotazo en el pecho, fue lanzado a tres metros de distancia, casi a los pies de la tarima de la orquesta. El joven, flaco como era, no era rival para Jesús, quien a sus 40 años tenía casi tres veces la fortaleza física del muchacho. Este, tomado por sorpresa mientras se levantaba, alcanzó a ver de reojo cómo Jesús se abalanzaba de nuevo sobre su persona. Hugo intentó escapar, pero una patada a su estómago le sacó el aire, tumbándolo de regreso al suelo. Jesús lo sujetó del cuello, le puso su pistola al pecho y le dijo, gritando: —Mono cerote, ¿quién sos vos para pretender a mi hija? Nadie de los presentes tiene las agallas ni da la estatura para ella. ¡Te vas a la mierda ya! 14


FELIPE PEÑA Para amedrentarlo aun más, le acercó el cañón de la .45 a la cara. Los ojos del pobre Hugo se abrieron como platos. Mientras le apuntaba Jesús le advirtió: —Y si te vuelvo a ver hijueputa, ¡yo mismo te voy a dar un par de balazos! Acto seguido dejó ir un disparo al techo. Hugo, casi desmayado del susto, mojó sus pantalones y cayó al suelo. Las guitarras callaron. Los músicos corrieron. Los invitados, creyendo que se trataba de un asalto a mano armada, salieron espantados del lugar. Jesús, encendido en cólera, tomó del brazo a Rosita y la arrastró al parqueo, en busca de su vehículo. Al tomarla de su mano izquierda, la cual se encontraba dislocada, y meterla con fuerza al carro, empeoró su fractura. Arrancó el auto como loco y se dirigió a casa. En el camino, amenazó a Rosita por la vergüenza que lo había hecho pasar, la culpó de la explosión de su carácter, y le prohibió volver a ver siquiera a semejante hijueputa. Finalmente le advirtió que si el tal Hugo se volvía a aparecer sería hombre muerto y ella cargaría con las consecuencias.   Rosita, en el asiento de atrás del vehículo lloraba sin parar. No entendía lo sucedido. Su mano fracturada le dolía mucho y la tremenda hinchazón en su frente le pulsaba fuertemente. Pero lo peor era el dolor en su corazón, además de la vergüenza vivida. Cuando llegaron a la casa, Jesús le ordenó que se encerrara en su habitación. Rosita estaba devastada.

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3- JESÚS

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esús vino al mundo un día de mayo de 1928, en el seno de una familia muy pobre. Era el penúltimo de seis hermanos: tres hombres y tres mujeres. La familia entera vivía en un caserío extraviado en la campiña llamado Llano Largo, ubicado en la ribera del río Lempa, cerca de Ilobasco, tendido al pie de unos montes que le daban tranquilidad y sosiego. El patrimonio de la familia de Jesús lo constituía una parcela de terreno agreste, muy difícil de cultivar, donde su padre y hermanos sembraban con mucho esfuerzo maíz y frijol. Tenían, también, algunos animales de granja, como gallinas, pollos y cerdos. Al igual que sus otros hermanos, Jesús no asistió a la escuela. Con la ayuda de su hermana Bernarda, había aprendido a leer un poco, y conoció algo de aritmética básica. No sabía escribir. Desde muy temprano en su vida, Jesús entendió que tenía que salir de ese “hoyo”, así llamaban al caserío Llano Largo. 17


Tenía apenas diez años cuando empezó a acompañar a sus hermanos, Octavio y Reyes (de 18 y 14 años, respectivamente), en sus viajes a caballo hacia los territorios vecinos. Fuera de la época de siembra, los jóvenes comercializaban prendas de vestir y artículos de consumo que compraban por encargo en la ciudad. Lo cierto era que Jesús no tenía aptitud para el duro trabajo de labranza, más le gustaba vagar por esos nuevos rumbos, y así se inició en el comercio. Pronto descubrió que ahí tenía un gran potencial. A los trece años, Jesús obtuvo la venia de sus hermanos para hacer, por su cuenta, su primer negocio. Con la ganancia obtenida, un colón (cuarenta centavos de dólar), dio inicio a su patrimonio, comenzando así su recorrido por el mundo… y vaya que le agradó lo que vio. Con la escuela de sus hermanos, comenzó a tratar a algunas chicas y pronto desarrolló un gusto muy exquisito por las mujeres bonitas. Los tres hermanos tenían una novia en cada cantón y caserío que visitaban. Antes de cumplir veinte años, Jesús ya viajaba a San Salvador, la capital del país. No era nada lento: había descubierto que comprándole directamente al fabricante o al exportador, eliminaba a los intermediarios de Ilobasco, obteniendo mejores ganancias. Muy en su interior, Jesús se había convencido que, a las mujeres las movía el dinero. Por lo tanto, para tener una mujer, la más bonita, debía tener dinero. Y este, por su habilidad en los negocios, no le sería difícil obtener. Tenía un dicho muy propio que les decía a sus novias: 18


“Te seré fiel hasta que la otra nos separe…”. Por esa época, Jesús fue invitado a la boda de Toño Melara, cuyas dos hermanas menores eran unos bomboncitos de miel. La casa de Toño estaba en una ladera del Cerro Colorado, a un costado se veía el río Lempa serpenteando por el valle. Al otro lado se tenía una bella vista del pueblo. Jesús, al igual que muchos de los invitados, llegó en su caballo y lo dejó amarrado a una estaca. Ya en la celebración, al calor de los tragos y mientras Jesús y otros invitados bailaban, se generó en una esquina del salón de la fiesta una de esas discusiones sin sentido que suelen ocurrir. Para restaurar el orgullo herido, los pistoleros sacaron sus armas y se liaron a balazos. Al escuchar los disparos, los invitados buscaron la salida en tropel. Jesús no tuvo más opción que tirarse por una ventana de la casa para escapar de la trifulca. Como pudo, logró llegar hasta su caballo. Al estilo del Zorro, presto puso pie en el estribo, en posición de salida, y clavó las espuelas. Pero hubo un detalle: en la premura del caso, olvidó soltar las amarras del corcel. El animal solo alcanzó a dar un amague de galope y se le acabó el lazo, frenando en seco. El pobre Jesús siguió de largo hasta sembrarse de cara en el polvo. Dos de sus dientes quedaron en las piedras. La balacera terminó tan pronto como comenzó. Los implicados en el pleito ya habían saldado sus diferencias, se habían hecho cheros y se disponían a brindar con chaparro reposado con boquita de limón, cuando oyeron un tremendo golpe seco proveniente de afuera, parecido al impacto de un saco de 19


papas al ser tirado al suelo. Salieron a investigar y encontraron a Jesús tendido entre las piedras, sangrando de su boca. Al ver que su caballo estaba todavía amarrado, comprendieron el panorama y, en vez de ayudarlo, se cagaron de la risa. Esa tarde, Jesús perdió sus dientes y su orgullo. Esto último le dolió mucho más. Pero antes que la vergonzosa historia recorriera todo el valle como reguero de pólvora, Jesús ya había pasado por el sillón del dentista. Dos días después, un implante dental le devolvía tanto la sonrisa como el orgullo. Era fino el muchacho… En 1952, a sus 24 años, Jesús tuvo un encuentro de amor memorable. Conoció a Liduvina Orellana, una linda chica de 17 años, de ojos almendrados color de miel. Tenía una suave vocecita que hacía suspirar, carita de ángel, cuerpo de diosa. Su cabello negro azabache le llegaba a los hombros: gustaba de mantenerlo suelto, daba la impresión que hasta el viento gozaba de jugar con su pelo. Cuando caminaba por la plaza central del pueblo, parecía que sus pies no tocaban el suelo, más parecía flotar, como pluma que es llevada por una suave brisa. Tanto hombres como mujeres volvían la mirada hacia ella: era la cosa más linda de todo el valle, no cabía duda, era un regalo de Dios para el deleite de todos por igual. Ese año la joven fue coronada reina de las fiestas patronales de Ilobasco. Jesús, al igual que todos, estaba prendado con la gracia y belleza de aquella diosa personificada en una linda virgen de nombre Liduvina. Jesús se propuso hacerla su novia. 20


Por otro lado, Jesús también tenía lo suyo; de tez blanca y presencia imponente. Aunque no era alto, sabía sonreír y poseía una brillante habilidad para decir la palabra adecuada al oído de una mujer. Era, en suma, un hombre maduro que sabía muy bien cómo tratar a una dama. Su amplio bagaje en el amor, producto de sus experiencias vividas, inclinaba la balanza a su favor. Sabía que Liduvina, ese lindo capullo en flor, gustaba de pasear por las tardes en el Parque Central, de manera que Jesús buscó un amigo en común para que los presentara y, así, poder conversar con esa linda chica. Al verlo, la bella joven quedó impresionada ante aquel hombre muy educado, de conversación interesante, que le prodigaba elogios y palabras que nunca había escuchado antes. El encuentro fue breve, pero puntual. Jesús se dio cuenta que había logrado su propósito: hacer que esa linda flor se interesara en él. Así pasaron los días. Los esporádicos encuentros en el parque pasaron a ser rutina. Una semana después, Jesús le pidió a Liduvina que le concediera el honor de llevarle serenata a su ventana y, si el gesto era de su agrado, que lo recompensara con un beso que sería el preámbulo de su noviazgo. La chica quedó impactada: era el gesto que esperaba. El beso prometido estaba por cumplirse. Esa noche de septiembre parecía que hasta la luna estaba de acuerdo con los amantes y brindó una de sus mejores galas. Posada sobre las colinas que rodean el pueblo, daba la impresión de que el astro de la noche era un espectador más, escuchando el recital de boleros con los que el trío deleitaba a la dama. 21


Las suaves melodías eran acompañadas por las varoniles voces de los intérpretes, a los que se unía Jesús en coro. La velada resultó espléndida: Liduvina cumpliría su promesa. A la mañana siguiente todo el pueblo comentaba acerca de la serenata de la noche anterior, pues sabían que se había dado en la zona donde vivía su reina. Todos querían saber quién era el favorecido, quién degustaría tan jugosa y madura fruta. Esa misma tarde, el Parque Central estaba colmado de pueblerinos: los vendedores de atole, riguas y elotes competían con aquellos que ofertaban pupusas, chilate y nuégados, así como refrescos de cebada, horchata y ensalada. Parecía que las fiestas patronales habían vuelto a la ciudad. Hasta el cura y el alcalde estaban presentes. Casi no había espacio donde caminar: todos querían ser testigos de ese primer beso que su querida y venerada reina le daría a su emblemático novio. Como sucede en estos casos, los padres de la novia eran los únicos que ignoraban todo el rollo que el pueblo ya intuía. Maravillosa sabiduría popular… Jesús llegó temprano a su cita en el parque. Le tomó por sorpresa la presencia abrumadora del público: todo mundo quería saludarlo, hacerle saber que la serenata había sido excelente y hasta hubo uno que otro despistado que le pidió su autógrafo. No dejó de sentirse un tanto extraño. Hasta el cura del pueblo lo saludó. El alcalde, muy amigo del padre de la novia, se abstuvo de hacerlo para no herir susceptibilidades, pero un tanto a la distancia, con un guiño de ojo, mientras exhalaba una bocanada de humo de su habano, le dio su aprobación. 22


Por fin, la novia hizo su aparición. Como siempre, despertaba suspiros a su paso. Vestía una blusa verde esmeralda que hacía juego con una falda blanca, la cual favorecía el movimiento de sus caderas. El balanceo de sus piernas bien torneadas era un deleite para la retina, pero, cosa extraña, no despertaba envidia en las mujeres del pueblo: para ellas era, más bien, un orgullo disfrutar de la presencia de tan linda chica. Así era Liduvina. El encuentro fue apoteósico: desde que Jesús encontró los ojos de su novia entre la multitud la conexión fue inmediata. Ambos focalizaron sus miradas entre sí, se abstrajeron del mundanal ruido y nada los apartó mientras caminaban uno al encuentro del otro. Parecía un guión previamente ensayado, pero nada que ver. Al encontrarse frente a frente, los novios se fundieron en un abrazo y Liduvina le brindó a su flamante novio un dulce y recatado beso. La fanfarria estalló. Nadie sabe de dónde salieron los cuetes que armaron una alborada improvisada. La gente aplaudía, todos estaban felices. Era como si celebraran un gol de la Selecta en pleno estadio. Era increíble, ninguna pareja de novios, ni antes ni después, lograría tal desborde de emociones. Intuitivo como era, Jesús captó de inmediato que ese no era momento para ellos como pareja, pues en ese instante ambos pertenecían a la multitud. Tomó de la mano a su enamorada y, junto a ella, comenzó a saludar a todos y cada uno de los presentes en el parque. Por un momento Jesús se sintió como un político en mitin de campaña proselitista, algo que le incomodaba, pero dadas las circunstancias cumplió a la perfección. 23


Los días siguientes, los encuentros amorosos de la pareja fueron subiendo de intensidad: los besos eran apasionados y las manos de Jesús recorrían palmo a palmo toda la piel de su amada. En cada encuentro exploraba nuevas partes de su cuerpo, hasta dejarla completamente al borde del éxtasis. Pero, aunque las gargantas de los novios quedaban completamente secas, no llegaban a tener intimidad. Todo estaba fríamente calculado por Jesús: la preparaba para un encuentro íntimo memorable. Era inmenso su deseo por disfrutar a Liduvina, esa fruta tierna y jugosa. Una tarde los padres de la novia tuvieron que viajar de urgencia a San Salvador, para realizar ciertas diligencias. Planeaban regresar hasta al día siguiente. Era la oportunidad que esperaba la dama, así que con presteza y minuciosidad preparó una íntima cena para recibir a su novio. Esa noche, la mesa estaba espléndidamente servida: atole de semilla de marañón, tamales de chipilín con quesillo y pupusas de frijol nuevo con hierba buena, todo acompañado con chicha de maíz de la estación. El ambiente era a media luz, las siluetas de los amantes danzaban al compás de las ardientes flamas; y la radio trasmitía de fondo toda una jornada de boleros rancheros con los mejores intérpretes de la época: Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, Agustín Lara. Pero lo mejor sería el postre, que tenía por nombre Liduvina. La entrega fue pausa a pausa. Jesús comió a placer. . . Afuera, los vientos de octubre silbaban y danzaban 24


como anunciando a todo el pueblo que esa noche había un desborde de deseo, pasión y locura en el lecho de la bella dama. Un rayito de luna se colaba por la entreabierta ventana, como queriendo ser testigo de esa noche de amor y frenesí. Luego de tan agotadora jornada, los dos cuerpos quedaron fundidos en un abrazo. Así sorprendió a los amantes el sol de la mañana. Liduvina había pasado de virgen a mujer en esa noche. El día siguiente la joven era otra persona. Aunque tenía sueño rezagado, una hermosa sonrisa de satisfacción y deseos cumplidos se dibujaba en su rostro. Todo fue alegría y felicidad para ella en ese día. Jesús, en cambio, se preparaba para salir a realizar sus negocios. Luego de haber pasado estacionado, sorprendentemente, en un mismo lugar durante tres semanas, estaba comenzando a imaginarse que tendría que abandonar su vida nómada. La sola idea de sentar cabeza le aterraba. Una desesperación muy grande se apoderó de su corazón errante: Algo dentro de él le exigía salir, salir de inmediato. Su espíritu aventurero le reclamaba nuevos caminos, nuevos amores. Mientras Liduvina inmortalizaría esa noche de amor por el resto de sus días, Jesús la olvidaría a la mañana siguiente. Partió temprano, siguiendo su espíritu errático. Una sed insaciable de nuevas aventuras invadía su corazón. Los meses pasaron y Jesús tuvo mucho éxito con las mujeres, mas no en el amor. Su medida de éxito era el número de mujeres que tenía, y ese número era de dos cifras. Por la naturaleza de su negocio, que era viajar por toda la región, se 25


acostumbró a la vida errante y, como tenía mujeres de sobra, nunca entendió el valor de la fidelidad: si alguna de ellas le reclamaba por tiempo y dedicación, simplemente la dejaba. La lista de conquistas, después de todo, era larga y se renovaba constantemente. Cuando se embriagaba con sus cheros les decía: Las mujeres todas son putas. Hay que preñarlas, para después dejarlas. Sin lugar a duda, fueron sus experiencias amorosas las que le marcaron la vida. Al igual que sus hermanos, Jesús se dio a la tarea de dejar hijos abandonados por doquier. A lo largo de su vida llegó a tener siete, aunque no superó a sus hermanos, Octavio ni a Reyes, quienes llegaron a procrear doce y catorce hijos, respectivamente. Sin embargo, le atormentaba la idea de no tener primogénito. A sus primeros tres vástagos no los había reconocido, pues eran niñas y para Jesús, un macho a ultranza, las hijas eran un subproducto indeseable del proceso de procrear. Solía afirmar que las niñas eran “artículos para caballeros, comida paras las fieras, lo menos deseable para un padre y menos aún para un macho…” La sola idea era nefasta, y vivirla todavía peor. La cultura machista dicta que es el macho quien abandonaba a su hembra: un macho jamás es abandonado, ya que antes de enfrentar las burlas de sus cheros, es preferible la muerte. Según esta ley, en la vida solo hay machos y hembras: el rol del macho está ubicado arriba, en una posición dominante, de superioridad; la hembra, por otro lado, debe adoptar un rol de sumisión, de inferioridad. 26


Jesús, estaba firmemente convencido que, un macho muy macho jamás debía ser abandonado por su hembra, pues eso sería una vergüenza. Él jamás se lo permitiría a ninguna mujer, ya que se convertiría en objeto de burlas por parte de sus cheros. Se jactaba de tener la capacidad de seducir a cualquier mujer que él quisiera para luego dejarla y no volver jamás. Las seducía con clase y con estilo, las amaba con locura y sin medida… para después dejarlas. Así era Jesús.

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7- EL “RUSO” PÉREZ

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ra el año 1975. El movimiento insurgente en El Salvador ganaba presencia a pasos audaces. Prominentes figuras del mundo político y empresarial eran objetivos militares. Los sindicatos y el movimiento estudiantil estaban alineados a la izquierda del espectro político; los secuestros y las extorsiones a empresarios eran los métodos de financiamiento de sus operaciones. La estrategia de la izquierda era cerrar fuentes de trabajo para que la fuerza laboral cesante pasara a engrosar las filas insurgentes. La dictadura militar retrógrada y represiva, era inoperante como forma de gobierno: las circunstancias económicas, sociales y políticas de la época la desbordaban. Había un pacto no escrito: los militares tendrían el poder político, siempre y cuando le permitieran a la oligarquía sus privilegios y el poder económico. El presidente de este pequeño país manejaba las arcas de la nación de forma tan discrecional, que hasta la quinta ge29


neración de su descendencia tenía la vida arreglada. Casi en su totalidad, las catorce familias que constituían la oligarquía en El Salvador tenían un antepasado que había sido presidente: la base de su poder económico había sido producto del saqueo de las arcas del Estado. Esta era la historia oculta de El Salvador. Historia que se ignoraba adrede en el currículo de estudios en las escuelas. Vergonzosa historia, pero historia al fin. En una sociedad cerrada como la salvadoreña, en la cual el ascenso social era muy escaso, el dinero y la posición social de la familia eran determinantes. Como país del tercer mundo, El Salvador no era la excepción a esta regla. Jesús, fiel a su condición de manipulador, sabía muy bien que la única vía para llegar al poder era ser parte de la cúpula militar. Imaginándose que ya era el patriarca de la familia número quince, comenzó a moldear la mente de su hijo, orientándolo hacia la obtención de sus propios objetivos. Su plan era influir en Antonio para que, tan pronto terminara su bachillerato, se enrolara en la Escuela Militar. Jesús soñaba con ser el poder detrás del trono de la quinceava familia. En realidad, no se podía culpar a Jesús por tal pretensión. Después de todo, en la Escuela Militar se recibía a los nuevos estudiantes con un mensaje, escrito en el muro de entrada, que decía: “Damos la bienvenida al futuro presidente de la República”. Durante los cuatro años de estudios, los cadetes eran bombardeados constantemente con mensajes subliminales de que “la escuela” era la cuna de los presidentes de El Salva30


FELIPE PEÑA dor: cincuenta años de dictadura militar lo confirmaban. Así, muchos se lo creían y otros lo añoraban, pero en realidad solo uno de ellos lo viviría, siempre y cuando sus mismos compañeros de armas no le dieran un golpe de Estado. Al inicio del conflicto armado, el Ejército de El Salvador tenía serias deficiencias operativas que habían quedado al descubierto en 1975, cuando elementos de la fuerza pública coparon una casa de seguridad de una célula de la guerrilla en el barrio Santa Anita de San Salvador. Los tres comandos urbanos que fueron sorprendidos ahí tuvieron en jaque a más de 100 policías por más de 24 horas hasta que, ya sin municiones, en vez de rendirse optaron por el suicidio. Caso elocuente, desde todo punto de vista, de la abrumadora superioridad combativa de los comandos guerrilleros. Otra debilidad del Ejército, sino la más obvia, era ser considerado como instrumento del gran capital, carente de ideología propia. Operativamente, era un ejército de oficina: funcionaba en horario de 8 a 6 de la tarde, con receso nocturno y de fin de semana. Su base estaba conformada, casi en su totalidad, por campesinos a sueldo en reclutamiento forzoso, con escasa o nula escolaridad. En cambio, el núcleo del movimiento guerrillero lo constituían jóvenes universitarios que se habían unido al movimiento insurgente por convicción, no por remuneración, y se encontraban dispuestos al máximo sacrificio. Los comandos urbanos, además, recibían entrenamiento de élite en Cuba. Claramente existía una superioridad, que se reflejaba en sus acciones. 31


Esta situación, sin embargo, cambiaría con la entrada de Estados Unidos al conflicto, en 1980, con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, las reglas del juego cambiaron. La guerra se intensificó y El Salvador saltó a ser un punto estratégico para Washington, pues se le comenzó a considerar el patio trasero de Estados Unidos. Así, el avance de las fuerzas de izquierda —apadrinadas por la Unión Soviética, a través de Cuba y Nicaragua— tenían que ser frenadas, a toda costa, a fin de evitar “el efecto dominó” que amenazaba con llegar al patio de la nación norteamericana. La ayuda financiera y militar de Estados Unidos a El Salvador alcanzó cifras astronómicas: la guerra pasó de ser una cruzada contra el comunismo a un auténtico negocio. Si antes del conflicto el capital tenía su ejército, con la guerra, el Ejército tenía su capital. A sus 21 años, en 1981, Antonio se graduó de cadete; recién regresaba de Fort Benning, Georgia, había completado el curso de fuerzas especiales y contrainsurgencia. Ya no era ni la sombra del adolescente flaco, tímido y larguirucho que solía ser. Ocultaba extrañamente los efectos de su trágica niñez y adolescencia. Ahora, en plenitud de sus atributos físicos, más parecía de origen caucásico: 1.85 metros de estatura, cuerpo atlético, tez blanca, ojos verdes como los de su madre, que adquirían cierto tono gris conforme a su estado de ánimo. Sus compañeros de la Escuela Militar lo apodaron “el Ruso”. Había desarrollado una habilidad muy natural en el manejo de las armas, y la defensa personal. Su trato era muy afable, respetuoso con su entorno, carente del carácter prepotente de sus colegas 32


FELIPE PEÑA de armas; su mejor atributo era, no verse infectado por el germen del machismo; estas peculiaridades le daban un atractivo especial para las chicas. Cuando Estados Unidos entró a jugar un rol estratégico en el conflicto armado de El Salvador, este se intensificó, lo que convirtió el futuro de Antonio en una vorágine, comenzó a vivir su vida al filo de la navaja. Antonio fue asignado a una unidad élite de comandos de contrainsurgencia de reacción inmediata, el batallón Atlacatl, cuyo teatro de operaciones estaba en el departamento de Morazán, la zona caliente de la guerra, fronteriza con Honduras y Nicaragua, en donde la presencia de la guerrilla era muy fuerte. Ahí, el escuadrón “Jaguar” de cacería y exterminio, comandado por Antonio se desempeñaba con bastante éxito en su labor, causando golpes contundentes a los alzados en armas. Pero fue en este momento de la vida de Antonio cuando los demonios de su pasado afloraron, y los sentimientos reprimidos de ira, violencia y rencor que le recordaban su infancia robada así como al trágico episodio con su amigo Diego, decidieron manifestarse. Esa furia reprimida que se ahogaba en sus entrañas daba paso a una necesidad de sangre, a una sed insaciable por altos niveles de adrenalina, un hambre incontrolable por vivir siempre al límite. Todo esto no solo le daba la falsa sensación de eficiencia en su labor de exterminio, sino que era la coartada perfecta para ocultar a un asesino desenfrenado. La guerra, con toda su crudeza y crueldad, era la válvula de escape que tanto necesitaba Antonio. Pero cuando volvía a la ciudad, en el calor de su familia y amigos, mostra33


ba una calma y tranquilidad asombrosas. En el teatro de operaciones, donde realizaba sus incursiones en territorio enemigo, se volvía sanguinario, eficiente en su trabajo. Afloraban los rasgos ocultos de su personalidad que lo diferenciaban de sus colegas de armas: su tremenda frialdad, su gusto refinado por altos niveles de adrenalina. Ciertamente eran dos personalidades distintas las que habitaban un mismo cuerpo físico: Antonio era afable, educado, un gentleman; pero “el Ruso” Pérez, su alter ego que afloraba en la intensidad de los combates, era eficiente en la acción y poseía una sed de sangre insaciable, un sádico. Antonio disfrutaba cada momento de su trabajo y alcanzaba un alto rendimiento que lo convertía en el oficial con mejor desempeño de todo el batallón Atlacatl. Como comando de élite, los operativos militares que le exigía su trabajo eran el entorno perfecto para dar rienda suelta a los demonios que llevaba dentro. Por extraño que parezca, la madre naturaleza había provisto a Antonio de un mecanismo de compensación que le permitía enmascarar su verdadera identidad, adosándola a la intensidad de los combates y a los niveles de adrenalina requeridos. Era ahí donde afloraban todos esos demonios, tomando la forma de habilidades especiales que lo encumbraban a saciar su sed de sangre, aunque ante los ojos de sus pares estas fueran vistas como manifestación de eficiencia en la acción. Resultaba irónico que la cura a su condición fuera el llanto y el dolor de los deudos de sus acciones. John Block, uno de los asesores militares gringos asignados al Ejército, cierta vez dijo, refiriéndose a Antonio: 34


FELIPE PEÑA Aunque vive entre nosotros, “el Ruso Pérez” es de otra dimensión, una muy distinta. Sus capacidades son algo fuera de este mundo. Él no es normal… Y era cierto. Hasta los mismos gringos, en su preparación previa a los operativos militares, inhalaban unas cuantas líneas de coca para poder sobrellevar la intensidad de los combates. En cambio, todo lo que “el Ruso” necesitaba era su Red Bull. Pero no nos engañemos: ninguno de sus compañeros de armas, ni los mismos gringos, tenía la clase de demonios que “el Ruso” llevaba consigo. Pasado el fragor del combate, guardaba a sus inseparables compañeros de viaje en su mochila, esa que llevaba entre pecho y espalda.

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