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PORTADA


© I.E.S. Mariano Baquero Primera Edición, abril 2013 Maquetación e impresión: Artes Gráficas I.E.S. Cañada de las Eras


INDICE


PRESENTACIÓN

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urante las 17 ediciones del concurso de cuentos del IES Mariano Baquero Goyanes, que anualmente convoca el departamento de Lengua Castellana y Literatura de nuestro Centro, se ha ido reuniendo un considerable número de textos inéditos de jóvenes estudiantes de enseñanza secundaria de toda la región. Al conmemorar el XXV aniversario de nuestro IES hemos querido hacer un balance de estos años como centro educativo, y como parte de esta celebración pretendemos sacar a la luz una recopilación de los textos premiados en todas esas ediciones del concurso. Esta intención se ha visto obstaculizada por el hecho de que muchos de los originales se han perdido. Se ha realizado una labor de búsqueda en los archivos de nuestro propio Centro y tratando de localizar a los jóvenes premiados, y así se han podido recuperar las 23 creaciones, correspondientes a la última década, que aparecen en este libro. Se ha pretendido que esta publicación conmemorativa del 25 aniversario del Centro, suponga una labor educativa y pública para el alumnado actual del IES, y para ello, dentro del marco del Plan de Mejora del Éxito Escolar firmado durante el presente curso entre nuestro IES y la Consejería de Educación Formación y Empleo, se ha realizado desde el Departamento de Artes Plásticas una labor de relectura e ilustración de estos, que ha servido de un lado para que los alumnos establezcan un mayor vinculo con el IES y su trayectoria educativa, y de


otro, para llevar a la práctica un trabajo común de Centro que potencie la adquisición de las Competencias Básicas en nuestro alumnado. También se ha pretendido con esta publicación, además de mostrar la calidad narrativa de los jóvenes de la región, recordar, dar a conocer y homenajear la figura de Don Mariano Baquero Goyanes. Con este fin contamos con la inestimable colaboración del profesor de la UMU D. Abraham Esteve, que prologa esta publicación con una acertada semblanza de la figura del maestro de tantos filólogos murcianos, en la que refleja tanto su transcendencia como docente y crítico literario como su humanidad como profesor. Sirva también este libro para mostrar como los IES pueden establecer relaciones de colaboración, no sólo al plantear actividades que involucren al alumnado de otros centros, como es este concurso de cuentos, sino también al poner a la disposición de unos centros las posibilidades de otros. En ese sentido hay que agradecer la colaboración del IES Cañada de las Eras por su labor de edición, montaje e impresión del presente libro Murcia, marzo de 2013 Francisco Ortuño López Director del IES Mariano Baquero Goyanes.

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PRÓLOGO

Un cuentista puede narrar unos hechos de muy breve duración, pero también es capaz de condensar años y años en muy pocas páginas. M. Baquero Goyanes

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l concurso regional de cuentos “Mariano Baquero” ha alcanzado ya la XVII convocatoria, lo que supone un éxito de permanencia en este tipo de actividades culturales. El Centro, promotor y dinamizador del proyecto, pretende fomentar y premiar la creación literaria en el ámbito concreto del cuento y al, tiempo, rendir homenaje al profesor y crítico que le da su nombre. Una vez más Mariano Baquero Goyanes y el género cuento aparecen unidos en justa correspondencia. La figura intelectual de Mariano Baquero ocupa un lugar de reconocido prestigio en el ámbito de los estudios literarios; su obra y su labor docente desde la Universidad de Murcia constituyen un claro ejemplo de vocación modélica y de buen hacer. Sus libros y artículos siguen siendo lugar de paso obligado para todos aquellos filólogos que buscan, en la voz del maestro, orientación y enseñanza. Con el paso del tiempo su aportación a los estudios literarios, lejos de perder interés, se revaloriza. Nuevas generaciones de estudiosos ven en las publicaciones de Baquero no solo rigor y acierto en sus formulaciones, sino también el carácter de afortunada novedad en una época en que parte de la crítica española estaba condicionada por principios obsoletos. Como ha señalado en repetidas ocasiones Antonio García Berrio: Baquero cubre en el panorama español de la crítica moderna un área única y privile-

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giada […]. Supone la implantación del inmanentismo estilístico en el dominio textual […] el resultado forzoso y fecundo fue un formalismo estructuralista desprovisto de prejuicios doctrinales de escuela, en la medida en que en él fue autóctono y espontáneo, como dictado por la naturaleza misma de sus objetos de análisis, los textos narrativos. Igualmente resultan de una gran rentabilidad crítica las nociones de perspectivismo y contraste que con tanto acierto formuló y aplicó en sus trabajos. Las formas narrativas constituyen el ámbito literario al que más atención prestó Baquero y donde consiguió sus aportaciones más originales y difundidas. En relación con la novela, obras como Problemas de la novela contemporánea (1951), La novela naturalista española: Emilia Pardo Bazán (1955), La novela española en la segunda mitad del siglo XIX (1958) y Estructuras de la novela actual (1970) constituyen monografías imprescindibles para el estudio de este género tanto desde el punto de vista teórico como histórico-crítico. Pero donde se mostró como maestro indiscutible fue en su labor en torno al género cuento. Se puede afirmar, sin riesgo de equivocarnos, que el cuento en todas sus manifestaciones históricas, -pero sobre todo el llamado cuento literario que irrumpe con fuerza en el siglo XIX- constituye un leit motiv en su vida de infatigable lector, historiador objetivo, crítico atinado y riguroso teórico. Cuando leemos sus trabajos en este campo, no sólo se percibe profesionalidad sino también un afecto especial por estas narraciones breves, pero capaces de producir fuertes tensiones estéticoemocionales. Baquero trata el cuento con cuidado extremo, con pulcritud exquisita, como si se tratara de criaturas frágiles que necesitan una atención muy especial. Pero al mismo tiempo, utiliza ese material como punto de partida insustituible para construir una teoría del género en cuestión. Pasa de la observación lectora y crítica de lo particular a la formulación general, se sitúa en el ámbito de la Poética. Sabe que la descripción del modelo teórico es imprescindible para formulaciones rentables y pertinentes en el campo de las disciplinas literarias, lo que le lleva a afirmar: No nos interesa el estudio estrictamente histórico del

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cuento decimonónico español, sino su descripción en cuanto género literario, atendiendo más a sus características generales que a las individuales de quienes lo cultivaron. A lo largo de su vida profesional las publicaciones sobre el género cuento parecen entregas obligadas, desde su monumental El cuento español en el siglo XIX (1949) hasta su obra póstuma El cuento español. Del romanticismo al realismo (1992). Entre estos dos hitos fundamentales, escribió: Los imprecisos límites del cuento (1947), El cuento popular español (1948), Clarín, creador del cuento español (1949), Qué es el cuento (1967), El hombre y la estatua (a propósito de un cuento de Rubén Darío (1967), Los cuentos de Azorín (1983), Los cuentos de Baroja (1972), Cervantes y Ayala ante el relato breve (1977), El cuento sin desenlace (1977), Los “cuentos largos” de Clarín (1981), Los cuentos de Gabriel Miró (1983). Su dedicación al género cuento también se pone de manifiesto en la tarea editorial; en 1968 , El Patrañuelo de Timoneda y en 1981, los Cuentos de Francisco Alemán Sainz. Pero, sin lugar a dudas, la gran aportación en este ámbito difusor del relato breve es la Antología de cuentos contemporáneos. Estudio preliminar, selección y notas (Labor, 1961) Ofrece un corpus de 192 relatos, 107 escritos en español – tanto de autores españoles como de hispanoamericanos –y 85 traducidos de otras lenguas y pertenecientes a 11 literaturas nacionales. La nómina de escritores autores de cuentos es amplísima y por lo tanto altamente significativa; no sólo por el número sino sobre todo por la variada procedencia, que implica culturas distintas y pertenencia a tradiciones literarias también distintas. En esta especie de Parnaso del cuento se encuentran nombres tan conocidos como Castillo-Puche, Miguel Delibes, Gabriel Miró, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luís Borges, Rómulo Gallegos, William Faulkner, James Yoyce, Guillaume Apolinaire, Franz Kafka, Thomas Mann, junto a otros que nos resultan lejanos como el húngaro Dezsö Kosztolányi, el indú Sarya Rao o el japonés Yusushi Inoue. La recopilación puede funcionar como un canon del género formulado en la segunda mitad del siglo XX. Baquero, una vez más, pone

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de manifiesto un profundo y extenso conocimiento del género junto a una capacidad crítica y selectora. No es el momento de abordar de manera sistemática el conjunto de la aportación teórico-crítica en torno al género cuento, elaborada por Baquero Goyanes a lo largo de treinta y cinco años de trabajo metódico y fructífero. Dicha aportación abarca desde la definición y delimitación con géneros colindantes hasta el impecable esquema de tipología textual del género en el siglo XIX español; sin embargo, no podemos resistirnos a recuperar algunas de sus aportaciones que dan luz sobre un género que con dilatada presencia en el tiempo llega a nuestros días pleno de vitalidad. Las distinciones formales que propone del género cuento, atendiendo a su devenir histórico, resultan altamente esclarecedoras y pedagógicas. Partiendo de la tradición más antigua representada por Calila e Dimna (en su mayoría ejemplos de cinco o seis líneas, ya que solo se busca el esqueleto argumental, despojado de todo aderezo descriptivo o psicológico), y los relatos breves medievales y renacentistas (Conocemos a los personajes no sólo en el momento del trance que motiva el cuento, sino antes y después, ya que el narrador se encarga de suministrar las noticias posible. La acción siempre aparece narrada en pasado, y su final es tan perfecto que parece excluir la posibilidad de una nueva peripecia. ), hasta llegar al concepto moderno de relato breve, que supone en muchos aspectos una reformulación del género. Al reflexionar sobre las características del moderno cuento decimonónico advierte acerca de la especial forma de manifestarse la historia como consecuencia del objetivo efectista que pretende su autor (los cuentistas del siglo XIX presentan solamente un momento interesante, decisivo, de la vida humana […] aparecen hombres que viven ante nosotros ese momento suyo, para desaparecer luego con la vida rota o lograda). Los movimientos renovadores y hasta revolucionarios que impactaron en el siglo XX sobre las formas de entender y manifestarse el arte en general y la literatura en particular, afectaron, como no podía

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ser de otra forma , al género cuento. Sin embargo, éste, que no estaba fuertemente codificado por una tradición poética normativa, pudo desde su relativa autonomía, adaptarse fácilmente a nuevas propuestas de creatividad (El límite del cuento no lo impone ninguna autoridad crítica, sino que es creado por el propio cuentista. Éste concibe un asunto capaz de ser transformado en cuento, y lo narra en el número de páginas que requiere). Los relatos breves, en manos de determinados autores, abandonaron ciertas formas que podrían ser tachadas de clásicas, pese a lo nuevo del género, y ensayaron nuevos caminos de manifestación poética: Ya no se contentan con presentar el momento decisivo de una vida, sino que, avanzando más narran un momento cualquiera -gris, insignificante- por considerar que, en potencia, contiene toda una vida.[…] Frente al cuento redondo, perfectamente acabado, al modo tradicional, bastantes relatos breves de nuestros días se caracterizan por su aire fragmentario, por la brusquedad de su fin. El narrador quiere hacernos ver que lo narrado es algo que cabe imaginar prolongado, sin efectista cierra o acorde final, como el ritmo de la vida que fluye, que mañana seguirá fluyendo). La brevedad del cuento y su capacidad para producir un fuerte impacto emocional llevó a Mariano Baquero a cuestionarse la existencia de puntos de contacto, en la línea ya iniciada por Pardo Bazán, entre esta forma poética y la poesía lírica. Tras la oportuna reflexión sobre el tema llega a la siguiente conclusión: El cuento es un preciso género literario que sirve para expresar un tipo especial de emoción, de signo muy semejante a la poética, pero que no siendo apropiada para ser expuesta poéticamente, encarna una forma narrativa próxima a la de la novela, pero diferente de ella en técnica e intención. Se trata pues de un género intermedio entre poesía y novela, apresador de un matiz semipoético, seminovelesco, que sólo es expresable en la dimensión del cuento. Hasta aquí hemos intentado ofrecer algunas consideraciones básicas propuestas por Baquero Goyanes en torno al género cuento. Son el resultado de la conjunción de un lector modélico y un espíritu científico, analítico y sistematizador. Su sólida aportación sobre el tema nos

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ayuda a movernos con mĂĄs seguridad cuando nos acercamos a este tipo de relatos ya sea en busca de una lectura placentera ya cuando nos interrogamos acerca de la poĂŠtica que, ineludiblemente, se encuentra detrĂĄs de cada relato breve concreto. Abraham Esteve Universidad de Murcia

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QuiĂŠn sabe Marta Serrano MartĂ­nez


—¿Qué es lo que sientes? Esperó apenas unos segundos para contestar. Había pensado mucho en ello y sabía la respuesta. —Rabia Mientras hablaban, miraban a la luna. Se conocían demasiado como para mirarse a los ojos al hablar. No era necesario. Conocían sus voces y sólo por su sonido podían saber lo que el otro estaba pensando. Era primavera, pero no hacía frío, y la noche era muy clara. Estaban tumbados sobre la tierra, con las cabezas apoyadas en sus manos enlazadas. Contemplando la inmensidad del cielo, como tantas otras noches. Últimamente hablaban mucho. Ella estaba confundida y él quería ayudarla. En ocasiones a él no le gustaba ese lugar, porque había observado que sólo iban allí cuando ella estaba triste, pero la mayoría de las veces apreciaba esa tranquilidad. Alma tenía quince años, pero era madura para su edad. Su hermano Eloy, seis años mayor, lo sabía. Incluso se asustaba de los pensamientos de su hermana, porque eran demasiado amargos y realistas a la vez. A veces se paraba a pensar en cuando él tenía su edad y se preguntaba por qué nunca se había planteado esas dudas que ahora agobiaban a Alma. Cuando la miró a los ojos vio ese lastre triste que se había instalado en ellos al morir su madre y que cada día estaba más seguro de que nunca la abandonaría. Aun así, esa noche se había acentuado

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y Eloy supo que estaba preocupada y debía hablar con ella porque, si no, se encerraría en su habitación a escribir como hacía siempre que se sentía mal. Ahora iban a hablar. Eloy esperó unos segundos a que Alma le explicase su respuesta pero no lo hizo, así que volvió a preguntar: —¿Por qué rabia? Seguían sin mirarse. Alma guardó un instante de silencio antes de empezar a hablar de esa manera que Eloy a veces odiaba. Era como si él no estuviese allí. Hablaba para ella. Su voz sonaba distinta de lo habitual, lejana. Era la voz de una mujer anciana que ha vivido mucho y a la que nada sorprende. Era la voz de un torbellino de pensamientos que han estado madurando durante mucho tiempo y que al fin cruzan el umbral de esos labios que las liberan a una atmósfera contaminada, pero tranquila. —Porque es lo que domina en mí. Siempre. La rabia es el único sentimiento que no se me pasa con el tiempo. Llega a mí y se instala. ¿Recuerdas cuando murió mamá? —no esperó respuesta, pues era evidente que Eloy lo recordaba— Lloré mucho. Su muerte me dolió, igual que a todos, y durante días no hablé. Pero no era porque no tuviese nada que decir: estaba incubando odio. Odié a Dios. Tenía doce años y yo creía que todo lo manejaba él. Interiormente lo insultaba, trataba de entender sus razones, pero no podía... ¡era una niña! Entonces fue cuando me refugié en la escritura. Me di cuenta de que el papel lo aguanta todo y, un día que la rabia me cegaba, vomité mi odio sobre él. Eloy no entendía qué tenía que ver la muerte de su madre con esa rabia que Alma sentía, pero al volverse para preguntarle vio su cara pálida a la luz de la luna con un rictus serio que le provocó un escalofrío y decidió que no iba a interrumpirla. Pero la observó unos instantes más, y se dio cuenta de que, aunque miraba al cielo, no lo veía. Sus ojos ya no miraban hacia el exterior; estaban vueltos hacia su corazón. Brillaban como si de un momento a otro se fuese a poner a llorar, pero Eloy supo que no lo haría. No eran lágrimas de dolor, sino de melancolía por recordar un pasado no muy lejano, pero muy dife-

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Dibujo: Marta Serrano MartĂ­nez,

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rente. Eloy se sintió como un espía al estar escuchando lo que había en ese corazón. —Recuerdo palabra por palabra lo que escribí ese día, porque muchas veces lo he releído y siempre me ha asustado pensar que con apenas trece años aquello saliera de mí. Decía: hay veces que siento que te odio. Y me dan ganas de agarrarte por el cuello y apretar hasta que tu enorme cabeza se torne amoratada mientras con rostro congestionado gritas inútilmente, malgastando los últimos fragmentos de aire que llenan tus pulmones. »Y, cuando al fin las piernas ya no te sostengan y tu peso llegue a mis brazos, abriré las manos y te desplomarás ante mí, igual que lo hace un devoto ante el altar de una iglesia. Y me suplicarás el perdón, sé que lo harás. Te postrarás ante mí... y yo no te perdonaré. Porque ni siquiera cuando tu cuerpo yazca sin vida ante mí y yo sienta cómo el alma te abandona para caminar hacia el infierno, ni siquiera entonces mi mente cabal será capaz de olvidar que todas mis desgracias fueron por tu culpa... aunque sí olvidaré que hasta las cosas buenas a ti te las debo. Eloy al fin, la interrumpió, temiendo que a Alma le molestase: —¿Qué tiene que ver Dios con que sientas rabia? Su hermana ni se inmutó. Estaba como ausente y le contestó sin mirarlo, como si ni siquiera lo hubiese escuchado. —Cuando mamá murió, lo odié. Mucho. Pero unos meses después me di cuenta de que ya no sentía odio, sino rabia. Porque la rabia es más general: sentí rabia por haberlo culpado, por no haber podido evitar la muerte de mamá, ¡rabia por no controlar mi rabia! La rabia es lo que ciega mi mente y envenena mis ganas de vivir: la indignación ante una injusticia y la impotencia ante algo inevitable pasan, pero después queda la rabia de no controlar nada. Nos creemos tan importantes y somos tan poca cosa en este mundo que da risa. Observo a la gente y veo que andan desperdigados por el mundo, sin valores, como si alguien los hubiese soltado al azar y no supiesen a quién seguir. Como hormigas en un hormiguero sin reina. Hacen las cosas sin saber para quién las hacen en vez de hacerlas por ellos mismos. Todos se com-

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portan igual todos los días de su vida, como un rebaño. Hablan sobre temas triviales y se acuestan por la noche sin haber aprendido nada... ¡y sin preocuparse por ello! Atrapados en una monotonía de la que no quieren liberarse temerosos de lo que pueden descubrir si rascan un poco en la superficie de las cosas. Cuanto más lo pienso más rabia siento. Y sé que no se pasa. Durante unos minutos guardaron silencio. Ambos lo necesitaban. Él para poder asimilar pensamientos nuevos y ella para calmarse, porque la rabia la había inquietado como tantas otras veces. La luna había avanzado mucho desde que comenzaron a hablar, pero no fueron conscientes de ello. Seguían tumbados hacia el cielo, sin mirarse, con los músculos ya rígidos por el frío, pero incapaces de levantarse para volver a casa. ¡Había tanto que decir! Eloy hablaría poco esa noche. Alma fue la que rompió el susurro del viento. —¿Sabes qué es lo peor? Eloy observó que ahora hablaba con él, y no consigo misma. Había vuelto de ese mundo de cavilaciones en el que últimamente pasaba tanto tiempo, pero seguía igual de seria. No contestó, sabía que no era necesario. —Lo peor es que yo soy parte de ese rebaño, Eloy. Me comporto como uno más. Y no lo soy. Sé que suena egocéntrico pero yo no me siento igual al resto. Supongo que eso le pasa a todo el mundo. Nos creemos diferentes y sin embargo todos pensamos lo mismo: que somos diferentes. Pero yo siento que no tengo nada que ver con la gente de mi edad, nada de que hablar. Y eso es triste. Por eso creo que todos somos diferentes, porque si todos fuésemos iguales no habría diferentes opiniones, ni colores... y todo eso existe. En fin, entre tanta duda lo único que sé es que me siento sola. Egoístamente me consuelo al pensar que al ser diferentes todos estamos solos, pero es un vil consuelo. Paseamos nuestras soledades en vida por el mundo, y sólo cuando morimos nos hacemos compañía. Es muy triste, pero a mí me da risa. Eloy, de súbito, la interrumpió. Se había incorporado y la miraba directamente a los ojos, que seguían brillantes a la luz de la luna. Ahora

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era él quien sentía rabia al oír a su hermana hablar así. Cuando abrió la boca no sabía qué iba a decir: —Yo no sé cómo son los demás, Alma, y no creo que me importe demasiado, pero te conozco a ti y me parece imposible pensar que haya alguien como tú. Como has dicho, a lo mejor eso lo piensan todos, pero a ti el resto del mundo te debe dar igual. ¿Sabes lo que creo? —ahora fue él quien no la dejó contestar—. Yo no creo que tú seas una persona igual luchando por ser diferente, sino una persona diferente que finge ser igual para que la acepten, pero que vive cada día siendo diferente. No recuerdo dónde leí esta frase, pero al escucharte hablar te he identificado con ella. Ahora era Alma la que estaba sorprendida por la seriedad de su hermano. Se incorporó también y no sintió sus huesos quejarse del frío. Pensó mucho las palabras de Eloy antes de decir: —No estoy de acuerdo contigo. Tiene que haber alguien como yo. Eloy no entendió por qué Alma había cambiado de opinión hasta que continuó hablando con una voz angustiada que congeló la sangre de sus venas: —Tiene que existir la persona que comprenda lo que siento. No puedo, ni quiero, continuar como hasta ahora, sola entre mucha gente. Siento rabia ante esta soledad y este silencio que me obliga a pensar en ella. A veces me culpo, me digo que la culpa es mía por... ¡por ser yo! Como dice la canción: la angustia es el precio de ser uno mismo. Pero yo no puedo ser otra persona. De hecho, no quiero serlo. Me estaría engañando. »Me da rabia pensar en todos los que pasan por mi lado sin preguntar cómo me siento y aún más rabia me da no preguntárselo yo a ellos. Cómo me ignoran, cómo los ignoro. Cómo sonrío y sonríen pero jamás por las mismas cosas. Todas las personas paralelas unas a otras, sin rozar sus pensamientos ni por un instante. Protegidos, más bien atrapados, en nuestras burbujas tapizadas de lo que llamamos personalidad, cuando lo que en verdad nos separa del resto es el or-

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gullo, el egoísmo y los estúpidos prejuicios que nos crean al vivir en sociedad. Alma volvía a estar ausente. El silencio reinó durante un tiempo que ninguno de ellos sería capaz de precisar. Estaban tumbados uno al lado del otro, casi rozándose, pero entre ellos había un muro de pensamientos que rondaban el mismo tema, sin llegar a coincidir. Eloy fue el que habló, devolviendo a Alma a la realidad: —Estaba equivocado. Antes te he dicho que me parecía imposible que existiera alguien como tú, pero creo que no lo es —giró la cabeza hacia su hermana, que le devolvió una mirada desconcertada, antes de volverse de nuevo a las estrellas —. Mira el cielo: Es infinito. Igual que los tipos de personas que habitamos el mundo. Piensa en ello. Conoces a muy poca gente para poder decir que no vas a encontrar a nadie. Estoy seguro de que tarde o temprano encontrarás esa persona que comparta tus sentimientos, con la que puedas hablar de todo. Eres muy joven todavía para pensar que tu soledad es definitiva. El tiempo pasa rápido, y seguro que dentro de poco ambos nos reiremos al recordar tu angustia por ser única. Alma había escuchado atentamente a su hermano y sintió una leve esperanza al pensar que podría llevar razón. No pudo evitar preguntar: ¿Tú crees que puede ocurrir? Quién sabe —Eloy quiso añadir algo más a su respuesta. Pensó durante unos instantes, pero sólo pudo repetir —. Quién sabe.

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Benedetta Rubén bleda Martínez 2º Premio de Bachiller


Rubén Bleda Martínez, 2002


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a amé desde siempre; eso todos lo sabían. Y nunca hubo indicio que augurara semejante desenlace. Acariciados no estábamos aún por el agua bautismal, y los párpados vedaban todavía nuestros ojos, alejándolos de la temible luz; reciente se hallaba pues nuestro hospedaje en las entrañas maternas, y ya se obraba el concierto de nuestro venidero casamiento, proyectado para la prosperidad de nuestras familias. En previsión de que la Naturaleza tejiera pronto nuestros lazos, se estableció que nos criáramos juntos en el vetusto y suntuoso palacio de mi familia en Florencia. Allí se soltaron las riendas de nuestra caprichosa infancia; llenamos de gozo a nuestros progenitores con tempranas muestras de amor. Dichosos fuimos en la adolescencia, sobre todo yo, al presenciar la inconmensurable hondura que cavaba el amor en mi alma, y me guiaba rauda, ciegamente hacia los pasos huidizos y tranquilos de la hermosa Benedetta. Benedetta era bella por fuera y misteriosa por dentro, como una caja de música. Se afanaba meritoriamente en sus estudios mientras yo aprendía el negocio de la familia, de modo que muchos pasillos y salas acostumbraban a separamos. Muchas veces ascendí tanto en los escalones del amor que llegué a tropezar con el penumbroso rellano de la demencia; entonces, abandonado por todo raciocinio, arrobado zurcía los blandos tejidos de su nombre, y me vestía con ellos, e inhalaba aojadamente su perfume. Pero Benedetta se enfriaba, llenaba de escarcha 23


sus pétalos, en sus ojos marítimos nacían recónditos oleajes de reflexiones. Su sonrisa se volvió plomiza, marmórea; se vació de frecuencia, se llenó de un opresivo celo por sí misma y se guardaba en lo remoto. Los amplios salones del palacio y aún más aquellas laberínticas habitaciones de la segunda planta fueron limpiándose paulatinamente de nuestra indolente y vaga presencia. Mis padres las tiñeron de procela con ominosas discusiones, en las cuales se lamentaban tenuemente de que nunca nacería el amor tan provechoso entre Benedetta y yo. Deducían esto merced a nuestro comportamiento; ella por ser tan meditabunda acerca de nuestro futuro amor, yo por emanciparme dócilmente de sus extensas reclusiones. Pero jamás dudé yo de que una mano divina se ocupaba con diligencia de atar los nudos de nuestro amor, irrompibles alianzas, invulnerables a cualquier oposición adventicia. Por eso no arañó mi templanza la más mínima inquietud cuando Benedetta anunció que se marchaba a París, con muchas prisas, queriendo echar cuando antes sus cartas en la universidad. Se facturaron los preparativos del viaje con toda celeridad. En silencio, me burlé de mis padres que pensaban en un traslado definitivo, sabiendo yo que tal insidia fuera de improbable consecución, pues como yo la amaba, Benedetta me amaba a mí también. Por esto quise entrevistarme con ella la víspera de su proceder, y acodados en el alféizar de uno de los opulentos ventanales de doble arco que salpicaban la ostentosa fachada, le hablé de la siguiente manera. —Mis padres exponen manifiestos denigrantes acerca de nosotros, pues creen visualizar que el fruto del matrimonio ya no brotará en la tierra podrida a la que dan un parecido con nuestro amor. Tales embelecos encienden mi ira, mas sé beber yo solo de este virulento licor. No mostraré mi pesar. Cuando regreséis y forméis matrimonio conmigo, entonces su estulticia y mi paciencia obtendrán ambas recompensa; ellos expiarán con disculpas su ofensa, y yo me afirmaré en la gracia de que he hecho una premonición, tomada ahora por algo ilusorio. No retardéis, pues, vuestra vuelta más de lo previsto, yo os imploro. Sus cabellos áureos, precipitados en un lánguido descenso sobre los hombros de plata, cimbrearon levemente en lo que fuera quizás una enigmática negación. Asistí a aquello con desconcierto, y aguardé la mi24


rada celeste que iba a pintar un día encima de los trazos apagados de la noche. Pero no se produjo la alborada que fantaseé. Benedetta únicamente pronunció mi nombre arrastrándolo en la delicada corriente de un quedo suspiro, que emergió de su boca y se diluyó en mis oídos. Después se marchó con pasos cautos y silentes, y transcurrieron varios años antes que volviera a verla. Recuerdo ahora el contorno de su silueta, convertida por momentos en el molde de una sombra impenetrable y negra qué se deslizó por el suelo de la habitación, alejándose pausadamente hasta desparecer. Y su melena temblaba como de frío, pues ya no se embutía en sus vestimentas de color dorado. Si no encontráis cimiento bastante para contemplar mi inexpugnable convicción en lo que se refiere al futuro casamiento con Benedetta, dad fe de ella concluyentemente con esta nueva prueba que os dispenso: No desesperé ni un ápice, ni permití que mi imaginación se contaminara con los desmesurados pesimismos que acechaban turbiamente a su alrededor mientras los meses cerraban sus puertas y ni una misiva ni noticia alguna llegaba a Palacio desde mi amada Benedetta. Cualquier joven pretendiente hubiera sepultado de lágrimas su amor hasta lo eterno si sobré él advinieran circunstancias tan adversas. Mas yo mantuve impoluto mi espíritu; supe disculpar aquel afrentoso abandono a que era avocado con tesón, con firmeza, seguro de que la razón más encomiable dirigía la actitud de la virtuosa mujer a la que amaba sin otra reserva que la tediosa distancia establecida entre nuestros cuerpos. Durante este tiempo, no pocas veces me indigné contra mis padres que intentaron hallarme otra alianza, preocupados por mi edad, y por lo que ellos interpretaban como una espera inútil. Aquella ignominiosa traición sobre Benedetta me exhortó a repudiarlos. Y ella regresó finalmente, siendo madre de la sorpresa de todos. En lo que a mí atañe, no por recibir su retomo con la naturalidad que cabría esperar en alguien cuyas premoniciones han cobrado éxito, escudriñé después de tan larga temporada el mágico rostro de Benedetta con las pupilas colmadas de paz y concilio. En verdad que su sonrisa me resultó ominosa y pendenciera al sólo verla. Supe que algo turbaba su espíritu antes incluso de conocer la infausta noticia. Aquella noticia que marchitó las flores de mi esperanza. Aquella noticia que arrugó mi ceño, 25


que batió las alas de mi imaginación, que me indujo a decidir por ambos antes que un destino umbrío ciñera sus nubes para siempre sobre el frágil corazón de Benedetta. Benedetta había tornado a Florencia para solicitar la bendición de sus padres. Pronto se casaría en Francia con un caballero de alcurnia, desautorizado por sus labores a viajar junto a ella. Aquel hombre había manchado la risa de Benedetta, eclipsado el sol de sus cabellos, evaporado el mar de sus ojos. Cuando Benedetta me pidió que fuera padrino en su boda, tuve por seguro que era perentorio detener aquel execro inconfesable. Benedetta se alojó en nuestro palacio y el inmutable reloj del tiempo pareció girar en sentido—inverso sus agujas. Todo fue como antes excepto mi ánimo y la pulcritud de mi amada, ambos hollados por una injuria exterior. Determiné desasirme de mis escrúpulos para recuperar el imbuido corazón de Benedetta, lo cual no me impuso graves escollos, si bien tampoco precisé de una tarea ardua en exceso cuando me propuse trazar un apropiado plan de acción. Preferí apoyarme en miembros de mi confianza, dispuesto a asumir el riesgo más parco, de modo que me incliné por convocar a un amigo sobre el que poseía influencias y favores importantes derivados de algunos servicios que le presté en el pasado, y éste se mostró muy voluntarioso de asistirme. Una tarde lluviosa se presentó en mi salón, y tras unos protocolarios saludos, modulé la conversación para aferrarme a lo que nos ocupaba, y, decidido a suavizar la piel hirsuta y aleve del compromiso que estaba próximo a encomendarle, quise primero obsequiarle con una historia que siempre me fascinó, y que ahora pretendía enarbolar como ejemplo. —Debes saber, querido amigo —comencé poniendo una mano en su hombro— que no siempre se hospedó en esta casa la concordia que ahora vierte su nítida fragancia sobre nosotros. En tiempos pretéritos, mis antepasados sufrieron el acoso de otras familias que, sedientas de beber en la populosa fuente de nuestra riqueza, osaron protagonizar mordaces atentados contra aquello que codiciaban. Tal vez esta incidencia provocara que todavía existe quién nos recuerda como un linaje de asesinos. Mas habla tú con la lengua de tu juicio, ¿es más abominable cometer un crimen para proteger tu hogar o abrir sus puertas para que una furiosa envidia devore tus bienes y a tus hijos? El hombre de quién heredé 26


este apellido por el que me enorgullezco, preparó un veneno mortal que sirvió a su enemigo camuflándolo en una copa de vino. Gracias a este asesinato que no todos comprendieron, mi familia goza hoy de cuánto ves, y no dudes que mendigaríamos ahora en la calle si de él se hubiera prescindido. Aquellas heridas ya obtuvieron cura; no obstante, en el jardín de nuestro honor brotan de nuevo hierbas aciagas, que claman por su siega inmediata. Hay alguien que se atreve a causarnos prejuicio, sin que hubiera pendencia por nuestra parte que a esto le llamara. De manera que, usando del mismo procedimiento que mi antepasado, tu cometido será trasladarte a Francia, encontrar a nuestro hostigador, y causarle muerte sin dilaciones. A continuación, facilité a mi amigo toda clase de informaciones pertinentes para su obra, y le azucé a partir lo antes posible. Quedó previsto que a poco de cumplirse una quincena hallara consecución su trabajo, merced a lo cuál me apresuré yo con mis diligencias propias. Durante aquellos días, vagué intranquilo por la casa, y tal vez fuera por tanta concentración en el asunto que tenía sitiada mi cabeza, que no recordara haberme encontrado con Benedetta en todo ese tiempo. Pero a la fecha acordada recibí señal de que mi amigo había operado con resultado alentador, y estallé de júbilo mientras ultimaba mis labores designadas. Escribí una misiva, la sellé, y di instrucciones a un criado de que la trajera en el momento oportuno. Impaciente por probar más del espeso manjar de la victoria, me decidí por visitar a Benedetta en su aposento para que la noticia de la muerte de su prometido le llegara en mi presencia. Tras acaparar (¿) permiso, penetré en su habitación y la encontré inmóvil frente a la ventana abierta, barrida por la brisa que exploraba su cuerpo lujuriosa y aspirando con rostro ausente el perfume que vestía los raros pétalos de una rosa negra. Poniendo como excusa mi galantería, insistí en que me acompañara al salón para compartir el deleite de una sabrosa merienda recién preparada, y sin responder ella, aún envuelto su níveo semblante en aquella máscara petrificada, posó la rosa en un jarrón y cimbreó los encajes de su oscuro vestido en tanto caminaba para aceptar mi ofrecimiento. Durante la tertulia con otros invitados, Benedetta mostró su templanza exquisita, su calma montañosa, su taimada pasividad, que se pro27


longaba lenta, inefablemente. En tantas ocasiones vislumbré aquella faz pensativa y estatuaria que, rendido ya ante el inusitado número de fracasos que me habían deparado todas mis tentativas de bucear en su secreto, prescindí de achurar mis yerros, e imité su silencio para no poner obstáculo con mis palabras a unos ojos que admiraban sin pausa el esplendor callado, casi brusco, de Benedetta, su inerme lozanía, buscando desesperadamente un símil que rivalizara con su maravillosa boca. Los pliegues de su negro vestido pulsaban la inaudible armonía de sus piernas, tremolando sutilmente. Distraído yo en éste y otras miles vicisitudes, todas ellas creaciones artesanales de Dios generosamente puestas en Benedetta, presencié la llegada de un criado que portaba una nota con menor interés del que hubiera podido avecinarse. Arribó en mi torno el momento clave; nuestro criado informó de la desafortunada y funérea muerte del prometido de Benedetta, ante lo cual prorrumpieron exhibiciones de aflicción y dolencia, que yo ignoré por ser el primero en consolar a mi triste amada. Cuando estuve cerca de ella y oteé su rostro, descubrí horrorizado que un rocío plúmbeo y mortecino lo había cubierto, y no había emoción que de él pudiera rescatarse. No pareció inmutarse ante la feroz tragedia. Tras mi repentina impresión, observé con ademán recompuesto que Benedetta se retiraba discretamente; lamenté que en sus oídos no retumbaran las dulces palabras que tenía previsto derramar sobre ellos, mas confié en que otra ocasión fuera más propicia para tal menester. Someramente, hubo quién retomó la melodiosa concepción de casar conmigo a Benedetta. Ello espoleó mis aspiraciones. Una noche en que las coincidencias caprichosas dejaron desierto el palacio, la cité para cenar en el vasto salón. Según me figuré, aceptó encantada. Cuando llegué ataviado con mis mejores galas, también vestía la longeva mesa elegantes manteles, cubiertos y condumios diversos, y Benedetta, arropada con un ceniciento vestido blanco que se ajustaba a su piel como la capa más superficial de ésta, se encontraba ya ocupando su asiento. Mientras cruzaba la estancia para sentarme en frente, sus ojos azules me escrutaron inamoviblemente, gélidos y relumbrantes. Su rostro rezumaba tan obsesionante belleza que redimirme de su asedio me llamó a un esfuerzo severo. Sonreí banalmente, observé que la copa de Benedetta ya estaba tintada por el vino mientras permanecía límpida la

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mía, y formulé al respecto un comentario irrisorio para derribar mi intempestiva obnubilación. —Señora, ¿tanta prisa os ha inspirado probar el buen vino de esta casa que no os dignasteis a esperarme? No veo por aquí ninguno de mis criados, y vuestro plato, igual que el mío, se halla intacto. ¿Os habréis expuesto vos sola a la humedad y a la baja temperatura que reina en las bodegas sólo por comenzar a beber sin demora? Rió Benedetta mi escarnio y respondió con naturalidad. —Viendo que retardabais, vuestro sirviente me ha premiado con esta copa para endulzar la tediosa espera. ¿Os mueve esto a recelo? No la he probado siquiera... —No es cosa tan grave, —respondí y llamé a una doncella para que sirviera el vino de la cena. Llegó la muchacha, acató mi ordenanza, y observó a Benedetta con un gesto de sorpresa estúpida esbozado en la cara. Comenzando nuestro yantar, mi amada y yo cosimos discusiones cotidianas, fugaces, lo cual era de mi agrado, pues reservaba para el final mi petición de boda. Rozamos temas de llana estructura, efímeros, hasta que de pronto, Benedetta encendió las luces de mi asombro con una inesperada confesión. —Me siento intrigada por esa célebre historia que se cuenta acerca de vuestra ilustre familia. La encumbrada excelsitud que me hace experimentar mi nombre, ocupó mi garganta y habló con mi voz. Adujando cordialmente toda una procesión de detalles, narré a Benedetta el episodio de aquel veneno furibundo y de aquel temible enemigo que expiraba al tomarlo. Ya en la sobremesa, Benedetta hizo en mí diana con abundantes preguntas en lo referente al suceso, las cuales en principio me complació responder, pero que fueron paulatinamente haciéndose más absurdas e impertinentes hasta llegar a agobiarme, y notaba yo el sudor frío desplazándose por mi frente y tuve que aflojar mi levita. Finalmente, evaluando incluso la posibilidad de excusarme por tan incómodo que estaba, Benedetta llamó mi atención con una de sus extrañas preguntas. —¿Por qué un veneno? 29


—Convenían rapidez y discreción, cualidades que aporta suministrar un veneno, —respondí— Hubiera sido nefasto para el honor de la familia apuñalar a un convidado que se halla en nuestra casa. —Lo que me maravilla —replicó ella sorbiendo un trago de su copa de vino, intacta durante la cena— es que mi prometido ha muerto de manera semejante. Es impredecible la fantasía que puede germinar por la semilla de semejante coincidencia... Con temblorosa mano, sequé la sudor de mi frente. Los nervios incendiaban mis entrañas. No recordaba haber mandado suministrar señas de ningún tipo acerca de la muerte de ese desgraciado. —No sabéis cuándo le amaba... —testimonió Benedetta tras un nuevo sorbo de la copa, llenándome de una ira frígida— Tal vez nunca circule a través de vuestras venas amor tan ardoroso e ingente como el que yo sentí. Mas sospecho que también vos sentís un amor muy poderoso por alguien, y ruego porque no perdáis a aquélla como yo perdí lo que tuve. Sonó aquella última frase como una brutal sentencia, por lo cual me azoré. Instintivamente, ladeé la vista para que mis ojos aterrados encararan el vacío. Latía mi corazón con un sobrehumano frenesí; palpitaban las venas de mi cuello como si algo vivo tratara derrumbar con impactos reiterados las paredes de mi piel. Mas, ¿qué razón lógica avalaba el mareo y la nausea que de repente me nubló la mirada? Busqué refugio a mi desazón volviéndome hacia Benedetta, quién otra vez separaba la copa, todavía llena, de sus labios. Se dirigió a mí con ella aún entre los dedos: —Ahora que no existe el dueño de mi amor —dijo ella empalideciendo, con voz trémula y débil— la tristeza derrama en mi alma una indiferencia extraña y colosal hacia todo. ¿Cómo explicarte lo que siento? ¡Será mejor que lo sepas tú mismo...! Diciendo esto, apuró su copa de un largo trago, la dejó en la mesa, y me envió una mirada perdida y vacua mientras su cuerpo oscilaba convulsivamente. Cesaron de súbito los siniestros estertores y Benedetta cayó muerta al suelo, provocando un impacto sordo y tétrico que paralizó por un momento el flujo de mi sangre. Grité su nombre, me abalancé vertiginosamente sobre el asiento que poco antes ocupó ella y, examinando horrorizado los hediondos y turbios posos de la copa, descubrí, anegado en la desesperanza y el remordimiento más crueles, la terrible verdad que el destino me había reservado. 30


Una guerra diferente Alejandra Arg端elles

1.er Premio Segundo de ESO


U

nas pisadas presurosas resonaron en el pasillo, se detuvieron un instante para abrir la puerta tras la cual apareció un hombre de rostro tenso vestido de riguroso uniforme militar, saludó con aire marcial a su superior y tomó asiento. —Señor, las tropas están listas para comenzar la invasión, un grupo reducido aguarda en el norte y el grueso de nuestro ejército ha sido apostado en el sur. El general asintió con la cabeza y se recostó en el mullido asiento. —Perfecto, comenzaremos mañana pues no quiero que la campaña militar dure demasiado. Después de realizar el pertinente saludo salió de la estancia y comenzó a repartir órdenes entre sus compañeros, nada podía salir mal, eran más fuertes que sus enemigos y la victoria estaba plenamente asegurada. El funesto y terrible día para la humanidad despuntaba sus primeros y tímidos rayos de sol, y digo para toda la humanidad porque la guerra es el hecho más obvio de que el hombre no es tan racional e inteligente como presumía, ya que cuando las palabras no son suficientes para resolver los problemas que puedan surgir entre las naciones es un síntoma inequívoco de que algo entre las personas no marcha bien. Todo estaba perfectamente dispuesto y calculado, la aviación realizaría un primer ataque preparando el terreno para los carros blindados y por último aparecerían en escena la infantería compuesta por diversos grupos especializados en tareas concretas y diferentes. 33


En el campamento se respiraba tranquilidad, algunos descansaban sobre sus camas, jugaban a las cartas, bebían o conversaban tras la cortina de humo que sus cigarros habían formado a su alrededor. Ajena a la guerra que pronto se desencadenaría, una paloma blanca como la nieve no cesaba de volar en círculos sobre el campamento militar, pero había algo peculiar en ella, portaba en su pico dorado una rama verde que no soltó en ningún momento. Descendió del cielo y se fue posando en los carros blindados, cuando terminó esta extraña maniobra alzó el vuelo de nuevo y batió sus las en dirección a las pistas de aviación donde repitió el mismo ritual con los imponentes aviones que ahora descansaban impertérritos sobre el suelo. El abrazo de la oscuridad llenó todos los rincones del asentamiento militar, amparados por la noche comenzaron los primeros movimientos pues al amanecer debían estar en la frontera para tomar la región vecina. La alborada alzó el vuelo en lucha con la noche que se fue retirando lentamente. Los pilotos esperaban en sus aviones que, a una orden del superior, hicieron rugir los pájaros de metal y se internaron entre las nubes, mientras el ejército de tierra avanzaba en escrupulosa formación. Pero no tenían ni la más remota idea de lo que ocurriría cuando el escuadrón del aire comenzase a devastar el árido suelo. Tras una rápida maniobra alcanzaron su objetivo en la capital, pero la sorpresa fue indescriptible cuando las primeras bombas al caer de entre las nubes no estallaban sino que se abrían y de su interior brotaba todo tipo de alimentos básicos. Si los militares estaban perplejos, esto no era nada comparado con la población que se resguardaba en improvisadas defensas antiaéreas hechas con cañas, mas los civiles no osaban salir, pensaban que podía tratarse de artefactos disimulados. Pasado el factor sorpresa y entre el asombro y la humillación la infantería hizo su aparición, pero sus armas dieron el mismo resultado. La gente empezó a salir tímidamente al principio, pero cada vez el goteo de civiles se hizo más intenso hasta que toda la población en masa se confundió con los militares que inútilmente 34


Alejandra Argüelles Prieto, 2003

disparaban contra ellos aumentando el número de alimentos que la gente recogía. Las primeras luces pasaron de ser pequeños puntos de luz, como los faros en la inmensidad del mar, y un manto de nubes límpidas abrigó el cielo. Los militares se habían retirado y la gente lo celebraba ya que contaba además con alimentos que harían desaparecer el hambre y la miseria. Nadie lo advirtió o no pudo observarlo, pero una paloma blanca envuelta en una claridad inusitada y sobrenatural descendió del cielo, sus ojos azabache recorrieron el lugar con expresión de alegría y satisfacción, por cierto, se me olvida mencionar que en su refulgente pico portaba una rama de olivo.

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Madrugada triste Alejandra Arg端elles

1.er Premio de Bachiller

I


T

rabajosamente conseguí doblar la esquina sin caerme, pues faltaban tres minutos y si llegaba tarde otra vez, tendría más que pequeños problemas económicos a fin de mes, esto es lo malo de pertenecer a la clase social media baja, trabajas ocho horas diarias (más dos que pasas en trenes, autobuses y el metro), cobras un sueldo paupérrimo, te sacias deprisa en cualquier restaurante de comida rápida donde nunca sabes muy bien qué comes, no tienes muchas expectativas laborales, tu jefe prefiere que sigas redactando una minúscula columna de un maldito periódico de barrio que nadie conoce, antes de que tu espacio tenga una mayor extensión y que se tenga que levantar él, a servirse su café y los grasientos donuts que cada mañana engulle como si fuera su último desayuno, y claro, a la hora del almuerzo tampoco parece dispuesto a dejar de hacer solitarios en el desvencijado ordenador para ir por su propia comida. Me encontraba tan absorta en mis propias cavilaciones, que de forma mecánica alcancé el tren, e inmediatamente las puertas automáticas se cerraron y los últimos rezagados nos acomodamos en los asientos que aún estaban sin ocupar. Después de todo, el día no empezaba tan mal, pues había conseguido un asiento al lado de la ventanilla que aunque pedía a gritos una limpieza, me permitía entrever cómo el paisaje se sucedía veloz ante mis ojos que tan sólo eran capaces de distinguir difusos volúmenes que con extrema rapidez, se afanaba en zafarse de mi mirada.


Estaba hastiada, ningún pensamiento alegre cruzaba mi mente, así que me obligué a concentrarme en el paisaje que ya empezaba a marearme con ese incesante ir y venir de formas de diversos tamaños y colores. Miré alrededor, dos estudiantes tenían un libro abierto en el regazo y lo leían con el ceño fruncido mientras uno de ellos se mordía las uñas, un grupo de señores engominados y trajeados, que intentaban aparentar lo que no eran, no cesaban de consultar, de forma casi inconsciente los móviles que colgaban de sus cinturones, una mujer joven sostenía a su hija encima de su regazo y sus párpados hacían tremendos esfuerzos para no cerrarse, una estampa muy realista de la clase media baja, del proletariado, que aunque no estamos esclavizados construyendo pirámides y condenados en las profundidades de una destartalada mina, excavando con nuestras manos la húmeda tierra en busca de cualquier cosa que brille, estamos condenados y esclavizados a no poder vivir nuestra propia vida, a tener innumerables jefes encima diciendo lo que debemos hacer, decir y pensar, realizando trabajos humillantes, mientras los que dicen querer liberarnos y hacernos a todos iguales, nos sangran a impuestos o a cualquier otra excusa igualmente válida. Suspiré, era imposible olvidar la discusión de esta mañana con mi madre, siempre me sucede lo mismo, cuando discuto con ella se adueña de mi pecho un sentimiento de culpa que me oprime el corazón y las lágrimas se agolpan en mis ojos en un intento continuo por brotar, entonces no tengo más remedio que disculpare, ella me mira con ojos vidriosos y asiente despacio a la vez que se incorpora para darme un beso e inmediatamente esa sensación de malestar se desaloja de mi interior. Pero anoche fue distinto, llegué a casa una hora más tarde (un atasco había colapsado la M—30), había tenido un día horroroso (mi jefe se enfadó porque el café estaba frío y los donuts no eran recientes), para colmo, mañana debía madrugar para cubrir una absurda noticia sobre un gato que había desaparecido y su preocupada dueña llamó a los bomberos que encontraron al felino dormitando en un árbol cercano (¡una carrera universitaria para preguntarle a una señora cómo se encontraba su gato!, bastante feo por cierto). Descargué toda la tensión con mi madre, la verdad no recuerdo exactamente el motivo de nuestra riña, y me acosté. Esta mañana no le 40


María Sánchez Jiménez, 2009

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he dirigido la palabra, pero sé que ella no está enfadada conmigo, nunca lo está, a pesar de mi comportamiento infantil. A veces me sobrecoge el amor tan grande de una madre capaz de perdonar cuando se la maltrata injustamente, de mirarte a los ojos y comprender con absoluta precisión lo que te ocurre y sus reconfortantes abrazos, como agua en el desierto y cobijo en la tempestad. Me acomodé en el raído asiento y me propuse telefonear a mi madre en cuanto me apeara del tren, necesitaba hablar con ella y pedirle perdón. De repente todo me pareció más alegre, miré a la niña que ahora se entretenía con una muñeca a la que cepillaba con esmero y cuidado, la sonreí y ella me devolvió la sonrisa acercándome la muñeca todo lo que su brazo daba de si, observé con gesto interesado el peinado que había elaborado pacientemente durante el trayecto y volví a sonreír de forma aprobadora. Giré la cabeza hacia la ventanilla, el tren aminoraba lentamente la velocidad y el paisaje empezaba a cobrar más sentido, sus formas se hacían menos difusas progresivamente; ahora ya podía distinguir algunos árboles a orillas de las vías, algunos trenes estacionados, grupos dispersos de gente que caminaban por los apeaderos y… Nada, de repente ya no vi nada a la vez que una fuerza invisible me tiraba hacia atrás, junto con el resto de los ocupantes del tren y sentí mi maltrecho cuerpo golpear el fondo del vagón y caer como una marioneta encima de un montón de cuerpos. Una sobrecogedora mezcla de miedo, de gritos de mujeres, de hombres, de niños, de dolor, de carne desgarrada y huesos rotos, de lágrimas y de sangre lo inundaba todo ahogando la vida, asfixiando las risas, quebrando ilusiones, frustrando esperanzas, estrangulando el futuro. Oía a gente correr, en la lejanía el familiar sonido madrileño de las sirenas ululando incansablemente y mi mano rozó un rostro infantil, abrí los ojos pero no percibía nada salvo las imágenes que minutos antes había contemplado por la ennegrecida ventanilla, a tientas encontré la mano de la niña que yacía junto a mi. No encontré su pulso pero si un trozo de una muñeca y no pude evitar llorar, era una pesadilla, aunque no podía ver, me imaginé el dantesco y estremecedor espectáculo, sentía la sangre resbalando por mi cuerpo, tenía la boca 42


seca e inundada por un nauseabundo sabor a sangre, me encontraba muy débil y no podía escabullirme de los cuerpos de mis compañeros de viaje, entonces pensé que no me habían importado, que no les conocía de nada, que no se me había ocurrido interesarme por ellos y sentí unas ganas terribles por gritar y llorar pero me di cuenta de que ya lo estaba haciendo. Mi madre, me acordé de ella, de lo mucho que la quería y no pude soportar la idea de morirme sin decírselo, sin reconciliarme, lamentaba tanto no haber vivido la vida más intensamente, no haber amado sin límite, no haber reído hasta el agotamiento. Introduje mi mano en el bolsillo del pantalón rezando para que el móvil funcionara, a pesar de que estaba destrozado. Hice un esfuerzo sobrehumano y mecánicamente marqué mi número. Al principio oí un ruido extraño, pero luego distinguí la señal de llamada mientras notaba como la vida resbalaba por mi cuerpo y se escurría entre mis dedos, entonces ella lo cogió: “Te quiero mucho mamá” —le dije entre sollozos, “Y yo cariño, ¿pero qué te ocurre?” “Nada, sólo quiero que sepas que te quiero como nunca he querido a nadie, adiós mamá”. Entonces el móvil dejó de funcionar, dejé caer mi mano y sonreí, ya estaba preparada, ya no tenía miedo, el silencio que flotaba en el ambiente fue interrumpido por varios pasos que llegaron corriendo hasta nosotros, pero Ella venía a buscarme, debía irme. La voz de mi madre resonaba dentro de mi, en medio de tanto dolor su voz me traía paz, extendí los brazos en un último intento de abrazarla y ya no sentí nada. ¿Y mañana qué? La gente nos recordará como víctimas del terrorismo, nos llorarán, se manifestarán y otras sucesivas muestras de duelo. Pero esta ya lo hicieron con otros que también fueron brutalmente asesinados como yo, y no ha servido para evitar más dolor y sufrimiento, para decirles a esas personas (calificativo que considero demasiado condescendiente para esos asesinos cobardes) que basta ya de matar. Nada puede justificar que se mate y menos por unos ideales políticos, pues en un país que se precia de ser democrático son siempre respetados, nadie tiene el derecho ni el poder moral, como para juzgar a otra persona y considerar que ésta debe morir, sino puedes dar la 43


vida no te apresures a arrebatarla, no eres nadie para privar al prójimo de su bien más preciado. Mañana los políticos seguirán pactando con asesinos, dirán que el gobierno tiene la culpa y éstos que es la oposición la culpable, sus palabras vacías resonarán en los oídos de las familias de las víctimas y resbalarán como lo hace la lluvia en los cristales mojados, no habrá consuelo para aquellos que son huérfanos, que han perdido a su marido, a su mujer embarazada o… a su hija. Y los demás hablan de que juntos vencerán, que no lograrán derrotarlos, que los harán frente a través de una sólida democracia. Efectivamente, capturan a terroristas, los condenan a ochenta años y reducen sus penas por buen comportamiento (como si encerrados en prisión pudieran poner bombas) Y a los tres años, cuando mi madre se encuentre sentada en una terraza tomando café, podrá tener enfrente al asesino de su hija.


Principio perdido Laura Vera MartĂ­n

1.er Premio de Bachiler


E

l vaso helado contrastaba en las yemas de sus dedos con el pegajoso calor que la envolvía. Esquivó varios cuerpos danzantes, y llegó a lo que parecía ser una inaccesible mesa alejada adrede. Colocó cansinamente la bandeja plateada sobre el círculo de patas altas. Desenganchó una bayeta de su cintura y la pasó enérgicamente por la superficie de la mesa, absorbiendo cada gota de diversión derramada por los clientes anteriores. Colocó con descuido las bebidas, y se dispuso a cobrar. Pero cuando sus ojos marrones se encontraron con el iris verde de un apuesto chico que aguardaba en la mesa, su estómago dio, al menos, una sacudida. No comprendía qué hacía él allí. Aquel tugurio no era para gente de su nivel, lo tenía por alguien de más valía. Aún así, no se atrevió a saludarle, y mucho menos a preguntarle nada. Simplemente esperó para ver qué debía hacer o decir. El chico había cambiado, eso estaba claro. Había cambiado su ropa desenfadada por prendas más apropiadas para alguien de buen estatus. Su pelo, que ella recordaba a la altura de los hombros, brillaba a media espalda más rubio y más liso que nunca, y recogido en una acertada coleta. Tenía aspecto intelectual. Y eso hacía que desentonara aún más en aquel ambiente. Él se quedó tan estupefacto como ella. La miró unos segundos, largos y silenciosos a pesar de la ruidosa música que escupían los altavoces.


Hola- saludó confuso- ¿Qué tal estás?- ella sonrió. Aunque el estómago había vuelto a saltar en su interior. ¿Qué...qué estás haciendo por aquí? Es decir, no sé, no te he visto nunca por sitios como este (bueno, quiero decir en éste, porque no voy a más), ya sabes, por aquí sólo viene gente de mala calaña. No me considero eso...pero ya, ya lo sé. Simplemente he traído a una amiga a tomar algo- la mujer que lo acompañaba frunció el ceñoquiero decir, a mi novia, eso es, a mi novia.- el estómago, definitivamente, se le iba a salir por la boca, es más, notó de pronto que sus labios se abrían demasiado y se resecaban en el ahumado ambiente. Ella asintió, y se retiró con las monedas en el puño. Comenzó a vagar de un lado a otro. Contó las monedas, sobraba más de la mitad. Pero él no dio muestras de querer recuperarlo. Quizá ni siquiera se había percatado de ello. La noche se hizo de golpe soñolienta. De vez en cuando echaba una ojeada a la mesa, y observaba a la pareja. No se habían movido de sus asientos en dos horas. Pero tampoco se adivinaban en ellos rastro alguno de cariño. Ni siquiera se sonreían. La mujer se levantó precipitadamente de la mesa en un momento dado y, tras lanzar una ojeada furiosa a su novio, atravesó la discoteca en cinco zancadas y desapareció en la oscuridad. Él no se inmutó. Se llevó a los labios su ron con hielo (“esos labios, dulces, carnosos...”), mientras la camarera se aventuró a regresar a la mesa para poder hablar con él. Hizo alarde de una valentía excesiva en ella, y le golpeó el hombro, sin poder desfijar la vista de su larga y preciosa melena... Esto...mmm... ¿tienes un rato?- él asintió, como dando esto por supuesto- en fin, sólo quería saber cómo te encontrabas. Qué es de tu vida, ya sabes. Hace casi cuatro años que no sé nada de ti. Nada relevante, supongo. Me caso en dos semanas. Una chica guapa, trabajadora, rica...lo tiene todo. Pero...- animó ella a continuar. No hay “peros”- sonrió estúpidamente irónico-. Por lo demás, tengo un trabajo inútil, con el que gano mucho sin hacer nada. Aún sigo en contacto con Sepi, creo que es el único que aguanta aún mi humor. El resto de lo que fueron nuestros amigos, se esfumaron pronto después 48


del instituto. Tengo una vaga idea del futuro de algunos, las gemelas, se fueron a Londres o algo así, científicas, creo. Y los chicos se trasladaron a otras ciudades, me parece que casi todos están entre Barcelona y Cádiz. Un poco lejos, lo sé. Pero a mí me da igual. La vida pasa, y aquí sigo. Ya...como siempre. No entiendo cómo has sido capaz de olvidarte de todo, de hacer que todos los recuerdos te resbalen, pero es igual... No todo me resbala. Hay algo que aún pesa dentro de mí. Aún no entiendo por qué te llevaste mi vida contigo. Ya te he dicho que la vida sigue, y por mucho que te necesitara, seguía respirando aire, comiendo comida, durmiendo...he seguido habitando este mundo aunque yo creyera que eras vital para mí. He visto que no eras vital. Eras única, simplemente.- ella tragó saliva. ¿Quedaban oportunidades para volver abrazar ese cuerpo que la miraba melancólico?- En serio. No he podido recuperarme de ti. Tu amor fue mi peor remedio, pues provocó mi peor enfermedad. Desde hace cuatro años vago por mi tiempo. Hubo una temporada que pensé que podía rehacer mi vida, enamorarme otra vez...es imposible. Y no creas que no lo he intentado. No vayas a creer que soy un típico sufridor enamorado. Tú no eres nadie para evitar que yo haga lo que quiera- ella sintió un dolor agudísimo en el pecho, y sus ojos se frotaron en la penumbra-, pero mi corazón sigue igual de tonto que a los 15, cuando tú te fijaste en mí. Sigue creyendo que te tiene a su lado para cuando lo necesite. Y cuando no te encuentra en las noches solitarias de mi existencia, se vuelve a derrumbar como el día en que me regalaste tu último beso. Bueno, ¿y tú cómo vas?- cambió de tema indiferentemente. Trabajo aquí, y por el día sigo con mi carrera.- dijo con un hilo de voz que intentaba mostrarse firme- Pero ya sabes que nunca se me dio bien eso, y me parece que mi futuro está en trabajar en estridentes y angustiosos antros como éste- dijo señalando el local. De repente, sin que se lo esperara, algo le rozó mano. “Su mano”, distinguió ella entre las sombras. La caricia subió lentamente, pero sin detenerse a preguntar. El corazón de la chica latía con fuerza. Agarró al chico, y se lo llevó a una de las salas donde se cambiaba antes de comenzar su turno. No sabía qué estaba haciendo. Horas antes había estado a punto de clavarse un cuchillo en la garganta, cuando el hombre con el que llevaba cuatro años sufriendo día y noche, le había asestado el último puñetazo y había dejado una nube tras su portazo que le recordaba 49


con cuál de sus traidoras amigas se había fugado. Pero ahora aquello parecía tan lejano...el perfume del chico la envolvió. Su cuerpo desnudo quemaba en el suelo frío. Estar contigo fue lo mejor que he hecho y he tenido en mi vida. Dos años que debería haber vivido por toda la eternidad- susurró el chico en la penumbra. No sé cómo explicarte lo que te he echado en falta. Donde hubo siempre queda... No lo hagas- persuadió firmemente él.- No quiero malgastar el tiempo perdido con palabras. Las palabras se las lleva el viento. Ya se llevó una vez tus promesas. No quiero escuchar nada imposible.- ella asintió triste. Pero le pareció que le esperaban largas tardes con él, contemplando al sol y a las nubes pasearse por el cielo nocturno. Se aferró al chico y lo que su aliento significaba: vida, alegría, esperanza. Se fundieron varias veces a lo largo de la madrugada. Abandonaron el lugar sudorosos, y junto a una plaza pasaron la noche besándose. Amanecieron en el salón de la chica. Ella buscó en el lado frío de la cama. Se incorporó sonriente, buscando a su antiguo amor por la habitación. Encontró una nota en un papel rosa fosforito: “Ahora sabes lo que se siente al ser abandonado y decepcionado. Ahora puedes entender lo que fue para mí perderte. Aún te amo, eso es cierto. Pero no quiero volver a saber de ti. Voy a ser Alguien, voy a tener porvenir. Y no quiero que tu sombra me persiga desde el pasado. Tan simple y tan complejo como el amor, sufre lo mínimo por mí. Al fin y al cabo, no signifiqué tanto en tu vida, si me abandonaste por un maltratador rico. De nada sirven las caricias si se rechazan. Ya puedes quemar lo que te quede de mis besos...” Su mundo se vino abajo. “Ingenua” se dijo, “¿pensabas que te iba a perdonar? El rencor no se controla. Se iba a vengar de ti tarde o temprano, nunca te perdonó de verdad que lo abandonaras. Ahí seguís coincidiendo, tú tampoco te lo has perdonado, ¿no? Pues ya has tenido tu merecido. Ahora ve y haz lo que deberías haber hecho hace mucho”. Y dicho esto, agarró el cuchillo de cortar el pan para las tostadas, y se lo hundió en el lado izquierdo del pecho...donde aún se alcanzaba a oír un leve te quiero, y se veía la imagen de un primer abrazo en una temblorosa tarde de verano.. 50


Sin ganas de hacer ná “El Cazador de Sueños” José M. Hernández Alburquerque 1.er premio de Bachillerato


L

a noche caía sobre los grises tejados de la ciudad. La nube de humo que flotaba sobre los edificios se había hecho más densa en los últimos meses. La gente volvía a sus casas. Rodrigo miraba a las estrellas desde su ventana. Siempre le habían gustado. Bajó la vista y contempló a toda esa gente que caminaba por la calle, que salía de sus trabajos, gente que podía trabajar. Él ya no podía. Llevaba casi un mes en el paro, desde que lo echaron de la pizzería. Era un trabajo temporal, pero al menos se sacaba su dinero. Ahora estaba otra vez desocupado a medias. A veces iba a la Universidad, pero no muy a menudo. Estudiaba la carrera de trabajo social, pero se la tomaba con mucha calma. O a veces hacía algún cómic para un fanzine underground llamado “El Rinkón”. Era viernes y esa noche saldría, lo tenía clarísimo. No hacía falta tanto dinero para pasarlo bien. Además, seguramente esa noche vería a Marta. Sólo por eso merecía la pena salir. Tenía esperanzas de tener algo con ella, llevaba un tiempo queriendo decírselo, y estaba seguro de que esa era la noche. Rodrigo se tumbó en su cama y contempló su habitación. Aunque todo aquello le gustaba, estaba cansado. Contemplaba los póster de las paredes: Boikot, Centinela, Porretas, lron Maiden ... Contempló los dibujos colgados en el armario. Eran bonitos, otros no. Contempló sus libros, su mesa, su desorden ... Le gustaba aquello, pero pensaba que ya era hora de cambiar de aires ... puede que incluso de tener su propio piso.


Sí, era eso lo que quería. Muchas veces lo había pensado, y unas cuantas lo había intentado, pero por ahora parecía que lo iba a tener difícil. Conectó la minicadena y empezaron a sonar los Judas Priest, entonando su legendario “Painkiller”. Esa canción le activaba. ¿A quién no? Se levantó de la cama y se arrastró por el pasillo hasta el baño. Estaba ocupado. Al rato salió su hermano pequeño. Rodrigo le miró y sonrió. Con sólo doce años, su hermanito estaba hecho un auténtico punki pequeño. Se enfadaba con sus padres porque no le dejaban hacerse una cresta en el pelo. Rodrigo entró al baño y se quedó mirándose en el espejo. Se quitó la camiseta y observó su reflejo. Su rostro delgado y puntiagudo, sin afeitar desde hacía una semana, pero a pesar de eso sin mucha barba. Pasó su mano por su larga melena negra, que le caía sobre y más abajo de los hombros. Tendría que lavársela. Contempló su cuerpo, bastante delgado y sin mucho músculo. Abrió el grifo y se metió a la ducha. Ya era hora de salir. Abrió el armario y cogió su chupa. Se puso sus muñequeras de hierro con tachas de hierro. No eran simples pulseras de pinchos, representaban mucho más que eso, aunque la mayoría de la gente no lo entendía. Cogió el poco dinero que le quedaba, se despidió de sus padres y se fue, escuchando el típico “no vuelvas tarde”. Le molestaba esa frase. Con diecinueve años, sus padres aún le controlaban la hora. Otro inconveniente de no tener su propio piso. Pero en fin. En la calle hacía frío. Se fue a la esquina donde siempre quedaban. Allí estaban todos. El Manson, el Iron, Evas, Robe ... No, todos no. —¿Dónde están Hugo y Víctor? —Hemos quedado con ellos allí. Estaban con Marta y éstas. ¿Qué? No le gustaba eso. No era bueno que Víctor estuviera a solas con Marta, sin él para vigilarlo. Sabía que él también iba detrás de ella, y aunque Rodrigo pensaba que él le gustaba más, no podía confiarse. Caminaban despacio por la ciudad. La Luna estaba demasiado hinchada y brillante, irreal. Rodrigo miró a las estrellas. De repente pensó que las estrellas eran como sus sueños. Estaban allí, a la vista, esperando a que las estrechase entre sus manos, pero inalcanzables. Sus sueños eran estrellas. A veces él había cogido alguna de aquellas estrellas, pero la había apretado con tantas fuerzas que la estrella siempre reventaba. Reventaba dejando grandes trazos, y Rodrigo se quedaba allí, solo en mitad del cielo, viendo 54


Dibujo: Eduardo Saorín Gascón

su vida pasar. Pensó que Marta era una de aquellas muchas estrellas que poblaban su cielo. Pero una estrella pequeña. Rodrigo andaba distante de los demás. No contaba a nadie aquellos pensamientos. Él quería tener a al-

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guien a quién contárselos, alguien para él. Alguien que le escuchara y comprendiese, que supiese de qué estaba hablando. Pero Rodrigo sabía que ese deseo era otra de las muchas estrellas que poblaban su cielo. Una oleada de melancolía le invadió. No sabía por qué. Pero daba igual, esa sensación le abrazaba constantemente. Era por nada, y también por todo. “La Oveja Negra” era un bar oscuro, sobre todo oscuro. Las pocas lamparitas que lo iluminaban le daban un aire íntimo, acogedor. También un aire de viernes, de salir, de huida. Un aire medieval, al que contribuían las paredes de piedra y las mesas y bancos de madera. La fauna nocturna que habitaba este bar era de lo más variada, desde punkis hasta raperos. Claro que también había ejemplares que a Rodrigo asqueaban sobremanera, como los pijos o los garrulos. Él tenía amigos pijos y garrulos, y eran buena gente, pero en general no los tragaba. Eran prejuicios, pero Rodrigo lo aceptaba y no tenía intención de quitárselos de encima. Allí estaba su gente, Hugo, Víctor. .. y más chicas con las que no hablaba demasiado ... y Marta. Estaba muy guapa esa noche. Como siempre. Se acomodaron con ellos en la mesa y Rodrigo fue a la barra a pedir un mini. Marta le había sonreído. Eso era buena señal. Ahora veía por momentos más cerca esa estrella de su cielo. Rodrigo fue a la mesa, con la intención de sentarse junto a Marta y hablar, pero llegó tarde. Víctor estaba a su lado, y los dos hablaban animadamente. Demasiado animadamente. Rodrigo se sentó al lado del Iron y bebió. La estrella ahora se alejaba por momentos. Le pasó el mini al Iron y habló con él. El Iron era el que más le gustaba a Rodrigo para charlar. El tío sabía escuchar, o por lo menos fingirlo. Era un tío legal, a Rodrigo le gustaba hablar con él. Le contó sus problemas sentimentales mientras bebían. Éste le dio consejos y empezó a contarle una historia parecida que le había pasado a él con otro colega. Rodrigo intentaba escucharle, aunque lo cierto es que no le importaba demasiado la historia del Iron. Mientras asentía con la cabeza de manera automática, la mente de Rodrigo se puso a volar otra vez por su cielo de estrellas. Eran “los sueños locos”. La estrella que más brillaba en ese momento era la de Marta, había pasado de ser una luz pequeñita a transformarse en un gran Sol ígneo, que alumbraba el cielo de Rodrigo. La noche pasaba en “La Oveja Negra”. Las sombras se fundían aún más con el entorno, los sueños de la noche del viernes se fundían con la realidad en mares alucinógenos y “psicóticos” que llevaban a un viaje psi56


codélico, nocturno y libre. Rodrigo se levantaba de vez en cuando a por otro mini. Cada vez todo era más difuso a su alrededor. La suerte le sonrió en una de sus excursiones a la barra. Al volver a la mesa, vio el sitio al lado de Marta. Víctor se había levantado a saludar a unos amigos de otra mesa, y Rodrigo aprovechó y se sentó. Ésta le sonrió desenfadadamente y le quitó el mini de las manos. Se pusieron a charlar tranquilamente, y Rodrigo cada vez se convencía más de lo interesante y apasionante que resultaba la charla con aquella chica. Marta no era como las demás, con las que Rodrigo siempre tenía la impresión de estar hablando con la pared. Ella no, ella le escuchaba con interés, le preguntaba, le hablaba ... Rodrigo le contaba muchas cosas, le contaba incluso aquellas cosas que nunca había contado a nadie pero que siempre había querido contar. Y Marta le contaba de ella también, y en algunos momentos Rodrigo creyó apreciar algunas sonrisas y miradas que no se correspondían con simple amistad. La estrella era ahora un gran globo inmenso y brillante en el cielo de Rodrigo, y él volaba con su mano extendida dispuesto a cogerlo. Era completamente ajeno a todo lo que le rodeaba, embebido en su conversación con Marta. Se sentía flotar como en un sueño, no tocaba el suelo. No sabía si eran las miradas de Marta o el mini que tenía en la mano, o las dos cosas, pero en esos momentos Rodrigo estaba muy lejos de la realidad. De repente Marta cogió su móvil. La estaban llamando, y tenía que salir fuera para hablar, la música lo impedía dentro. Le dijo a Rodrigo que enseguida volvía, y le sonrió de una forma misteriosa. Él le devolvió la sonrisa y esperó sentado. Se sentía muy feliz, ahora estaba seguro de que le gustaba a Marta, ya podía hablarle de sus sentimientos. Esa gran estrella ya era suya, ahora la estrechaba en su mano, ya la había alcanzado. Rodrigo resplandecía iluminado por el brillo de la estrella que estrechaba en su puño. Marta tardaba, y Rodrigo aprovechó para ir al lavabo. La luz azul creaba una atmósfera mística en el baño. Se miró al espejo y sonrió. Ahora le gustaba la imagen que le devolvía el cristal. Salió del místico lavabo dispuesto a declararse a Marta. Pero cuando se acercó a la mesa se encontró algo que no se esperaba. El Iron le miraba con una cara extraña, y en la otra punta de la mesa estaban Marta y Víctor, besándose. Se besaban como si fuese la última vez que se iban a ver. Eso no eran besos, eso era un venganza. La estrella quemaba 57


mucho en su mano. Rodrigo se quedó de pie en medio de la fauna del bar, mirando a la pareja, con una cara de tonto impresionante. No hizo nada, simplemente volvió al banco y se sentó al lado del Iron. Éste no dijo nada, solamente le puso una mano amigo en el hombro y le pasó su mini. Empezó a sonar “Salir”, de Extremoduro, y Rodrigo se animó un poco. Esa canción era sagrada y animaba hasta un funeral. La estrella que había tenido en su mano había reventado. Otra vez. Rodrigo ya estaba harto de aquellas estrellas que siempre explotaban. O a lo mejor la culpa no era de las estrellas, sino de él, que las cogía demasiado pronto, o que las apretaba demasiado, o que no sabía cazarlas. Pasó el resto de la noche absorto en sus pensamientos, volando por su cielo, al que ahora le faltaban las estrellas: A Víctor no podía reprocharle nada: él hubiese hecho lo mismo. Todo su perfecto castillo se había derrumbado de repente. Le había decepcionado bastante. Hacia las cuatro y media de la madrugada cerraban “La Oveja Negra”. El grupo salió a la calle helada. Marta y Víctor iban abrazados, pero Rodrigo estaba impasible. A pesar de las altas horas, la calle estaba llena de gente. Volvieron al barrio, había sueño. O si no sueño, ganas de encerrarse en el cuarto, pinchar buen rock estatal y tumbarse en la cama a pensar. Ésta era otra de las cosas que a Rodrigo le encantaba de las noches del fin de semana. En esos momentos era cuando le llegaba la inspiración. Llegó a su casa. Lógicamente, no había nadie despierto. Fue al baño y después se encerró en su habitación. Encendió el flexo y se quitó la ropa. En la minicadena comenzó a sonar cualquier canción de Extremoduro. Se tumbó en la cama y le pareció hundirse en cálidas aguas de ensueño. Qué cómoda era la cama las noches de fin de semana. Rodrigo miraba al techo. Aunque en realidad no era eso lo que veía. Ahora veía su cielo. Las estrellas volvían a brillar con fuerza. Eran muchas las cosas que habían ocurrido aquella noche, y Rodrigo se dijo que no era para tanto. Él era más fuerte que todo eso. Dentro de unos días ni se acordaría, seguro. Daba igual. De todas formas en su cielo volvía a haber estrellas luminosas, y esta vez ya había aprendido. No estaba dispuesto a que volvieran a reventar. Ahora ya sabía cómo tenía que cogerlas. Estaba seguro de que dentro de poco tiempo agarraría otra, y esta vez no explotaría. Esta vez sabría cómo cazar aquella estrella. 58


La esperanza JosĂŠ Nicolas Monteagudo 1er Premio Primero de ESO

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M

e gustaría empezar esta historia diciendo primero algo que creo que es im­portante: desde el primer segundo de vida, puede que nuestro destino esté marcado. Aquella mañana, el pequeño Fo­dir, sintió que el mar tenía un color diferente; cada día al levantarse le gustaba mirar hacia el horizonte, y un gusanillo le corría por dentro. Su padre, pescador, salía al ama­necer y volvía a media tarde. Al­gunas veces su alegría por lo que había conseguido contagiaba la humilde cabaña donde habitaban, pero otras el mal humor y la triste­za hacían que el mundo y todo fuera negro y triste. —¡Fodir! —gritó la madre desde la cocina—, date prisa o llegarás tarde como siempre. — Sí, madre, ya voy. El camino que tenía que recorrer el muchacho todos los días hasta la escuela era largo, casi una hora de caminata, pero durante el trayecto Fodir, aprovechaba para darle al ba­lón; su gran ilusión, sin duda era el fútbol. Fodir se acercó hasta su madre; la mujer, sentada en una pequeña banqueta, desmenuzaba unos pe­queños frutos que luego cocinaría. El pequeño la miró con ternura. A sus nueve años, el chaval, el mayor de cuatro hermanos, había madura­do debido a la situación familiar. 61


—Buenos días madre —le dijo mien­tras se inclinaba y la besaba con ter­nura—, ¿quieres algo del pueblo? —No, hijo, sólo acércame ese cuen­co y recoge la torta que hay sobre la mesa, es para ti, la comes durante el camino. Fodir salió de su hogar, como to­dos los días, y emprendió el largo camino, hacia la escuela. De pronto su corazón dio un vuelco, un escalofrío recorrió su espalda, sintió algo tan extraño, que pensó que estaba soñando. Miró de pronto sus pies desnudos, cubiertos a malas penas por unas roídas sandalias, hereda­das de un primo suyo, miró su ropa, más bien harapos, miró sus manos limpias pero agrietadas, y miró en el fondo de su corazón y sintió una gran tristeza y unas enormes ganas de llorar; no era justo que la vida fue­ra así, tan cruel. Él no quería rique­zas, sólo bienestar, no ver a su padre hundido en la más, grande de las penurias, no ver a su madre repelar las sobras para poder ella comer, no escuchar el llanto de sus hermanos pequeños que tienen hambre. No se había dado cuenta, pero duran­te ese momento se había detenido en seco; su rostro estaba encogido, sus manos sudaban, y en su mirada brillaba la furia de la inocencia y el desconocimiento. Mientras Fodir se perdía entre tantas preguntas, mas allá de don­ de sus ojos podían ver y su aliento sentir, alguien como él también se dirigía al colegio, no a pie, en coche, no llevaba torta, si no un sandwich, no tenía frío, no tenía miedo, no su­fría por el sustento, pero carecía de algo elemental: amor, cariño, calor. Sam, así se llama este chaval, es la contrapartida de Fodir, su entorno es lo que les diferencia. Tienen los mismos años, a él también le gus­ta el fútbol, de hecho juega en un equipo, se le da bastante bien, pero Sam, no tiene a quién darle un beso por las mañanas; a esa hora su ma­dre todavía duerme, y cuando él vuelve ya no está. Su padre siempre está de viaje de negocios de un lado para otro. Tampoco tiene hermanos, y poca familia; a veces la abuela paterna les hace una visita, que suele durar unos días; amigos sí, y muchos, con los que comparte muy buenos momentos. Se ha puesto el sol; el mar tiene un color rojizo; el cielo está cubier­to de pequeñas nubes. El padre de Fodir hoy ha tenido un buen día, ya está imaginando las caras de alegría de los suyos cuando le vean llegar. De pronto, su corazón se estremece; una luz invade todo lo que 62


Dibujo: María Sánchez Jiménez, 2009

su vista puede alcanzar, los oídos le van es­tallar; de repente, el agua le invade con tal fuerza que va a perder el equilibrio en la barca; en menos de unos minutos parecía como si un huracán hubiera invadido todo lo que había a su alrededor. Silencio y calma, de pronto se sienten en el ambiente. Caro el pa­dre de Fodir, sacude su cuerpo al tiempo que se estremece; de pron­ to, lo que primero su vista llega a al­canzar es el cuerpo de un hombre rodeado de restos de un avión. No lo piensa y se lanza al agua, agarra el cuerpo con todas sus fuerzas y lo lleva hasta la barca. Caro apoya su cabeza sobre el pecho del hombre; aún respira, no le quedan ya fuerzas para llegar a su casa; la cabeza le va estallar, pero empieza a remar con tal ímpetu que en menos tiempo que otras veces ya está en la orilla. Y ahora Fodir, está quieto con la cabeza agachada; su rostro es sere­no, feliz, tranquilo; sus manos están suaves, aunque sudorosas, resplan­decientes; su corazón tranquilo, y en los pies resplandecen unas botas de fútbol, que son su mejor herramienta; alza la cabeza, en su ojos 63


hay tantas lágrimas como para llenar el cuenco donde su madre echaba los frutos. Pero hoy sus lágrimas son de alegría, son dulces; hoy es su pre­sentación en el fútbol profesional. Tiene el bienestar que tanto de­seó para su familia, y riqueza mucha, pero en el corazón, amigos muchos y un nuevo hermano, Sam. El destino quiso aquel día que el padre de Sam llegara hasta Fodir, que su padre le salvara la vida, y éste a su vez por agradecimiento los ayudara a salir de la pobreza., dando a su vez a Fodir la oportunidad de llegar a practicar su deporte favorito. Ellos también dieron algo al padre de Sam, todo lo que él ya creía que tenía, pero que no supo que existía hasta conocer­los, lo que es el AMOR A LA VIDA. NUNCA HAY QUE PERDER LA ESPE­RANZA POR TODO AQUELLO QUE DESEAMOS O NECESITAMOS, PUES A LO LARGO DE NUESTRAS VIDAS SIEMPRE RECIBIREMOS ALGO.


El galán vampiro Laura Martínez Aguacil

1.er Premio Segundo Ciclo ESO

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S

arah era una muchacha dotada de hermosura, con unos grandes ojos azules, un largo y suave pelo de color negro azabache natural y una tez blanca como el polvo de talco. Su madre, Marian, siempre la llama­ ba lila pequeña elfa de la casa’; por su aspecto fino y delicado y su gran altura. Era una chica fuera de lo normal: vivía sumergida en su propio mundo, no tenía ami­gos (aunque eso no le importa­ba realmente) y toda la gente se metía con ella, exceptuando una chica muy simpática que siem­pre había estado a su lado en los malos momentos, su amiga Mar­tina. Sarah dejó de estudiar a los dieciséis años, pero pese a ello, seguía siendo una chica de lo más inteligente gracias a su gran afición a la lectura. ¡Leía libros hasta la saciedad! Solía mezclar géneros como la fantasía épica, religión, ciencia y, libros de vam­piros. De ahí la absurda creencia que arrastraba desde hace años: su creencia en los vampiros .... Sus padres siempre discutían por el dinero, pues su padre era alco­hólico y maltrataba física y psi­cológicamente a su madre. ¡Tuvo que presenciar tantas cosas ... ! Su hermano, a base de tantos problemas, se metió en el mundo de la droga, hasta que esta acabó con su vida. Sarah vivió una in­ fancia marcada por la muerte de su hermano. Jamás lo pudo olvi­dar, era su apoyo, su hombro para llorar. No obstante, la muerte de su hermano para nada cambió la situación en casa ...Pasados seis pacíficos años, Sarah es más adulta, tiene vein­tidós años y claro, su mente está más deteriorada a causa de la marca imborrable de su terrible infancia. Harta de 67


sentirse sucia por ser hija de un malvado hom­bre, harta de ser objeto de burla de la gente, harta de no ser feliz y harta de ser el paño de lágrimas de su madre, Sarah cayó en de­presión. Esta depresión fue au­mentando de mal en peor, hasta el momento de que se le pasase por la cabeza un macabro plan, suicidarse ... — ¡Dios mío! ¿Qué creías estar haciendo? Menos mal que he llegado ... —decía la madre entre sollozos. — Nunca tengo suerte en nada, ni siquiera tengo suerte a la hora de morir. —manifestó Sarah. —No tengo ni tan siquiera una pizca de valor. — No digas eso, ¡cállate! Voy a llevarte a un centro especializa­do donde ... —prosiguió Marian. — ¡Donde nada, mamá! ¡Deja de decidir por mí! Si yo decido mo­rir, es asunto mío, soy mayor de edad. ¿Acaso sabes qué es lo que me iría bien o mal? Marian prefirió dejar la conver­sación aquí y no seguir, pues em­ peoraría aún más las cosas .... Una lóbrega noche, Sarah se disponía a dormir y mientras lo hacía, algo interrumpió su sue­ño. Al parecer era un ruido pro­cedente de la ventana de su al­coba. Ella se despertó exaltada y vio que la ventana estaba abierta cuando ella misma se había cer­ciorado antes de dormir de ce­rrarla, pues llovía. ¡Qué extraño! En ese instante se levantó de la cama y entró al baño a lavarse la cara, pues posiblemente esos ruidos eran alucinaciones a cau­sa de la medicación que le man­dó el psiquiatra o de la tormenta que azotaba a la ciudad. Al llegar a su alcoba parecía haber visto un fantasma, y nunca mejor di­cho: delante de ella se hallaba un bello joven de estatura media, rubio, con ojos verdes y pestañas prolongadas. Éste, al ver a Sarah agachó la cabeza y pidió discul­pas por entrar así en la alcoba y asustarla ... — Perdóneme mi bella dama, por entrar de esta manera en sus bellos aposentos. Permítame que me presente, mi nombre es Marc. —se presentó aquel insólito chico. Sarah estaba perpleja y no daba crédito a sus oídos ...” ¿ Qué ha­ cía ese chico en su alcoba? ¿Qué quería y por qué la llamaba así? Es más, ¿Por qué vestía todo de negro y con una larga capa de este color? Era 68


Dibujo: Alba Ruiz Mu単oz, 2007

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todo tan extra­ño ... Pero algo de lo que Sarah estaba segura, era que se había enamorado perdidamente de aquellos ojos verdes. A la mañana siguiente, Sara se levantó a desayunar. A su madre le alegró el ver a su hija más nor­malizada. Mientras Sarah desa­yunaba, sonó el teléfono y la voz de su madre al fondo del pasillo, la cual decía: — ¡Hija, es para ti! ¡Creo que es Martina, tu amiga! En ese instante Sarah cogió el teléfono y comenzó la conversa­c ión: — ¿Sí? ¿Diga? — Hola Sarah, buenos días, soy Martina. Te llamo porque ha ocurrido algo muy extraño. ¿Te acuerdas de Andrea Socovich, nuestra compañera de Francés? — Sí, claro que me acuerdo. Era aquella chica rubia de las dos trenzas y de gafas con monturas rosas. — En efecto, Sarah.. Le ha ocurri­do algo. Anoche, por causas des­conocidas, murió. Lo único que la policía posee como referencia son dos agujeros a la altura del cuello, en la arteria carótida. Pa­rece obra de un vampiro, pero vamos, está claro que no lo es, los vampiros no existen. Quizá sea obra de algún psicópata de es­tos que se caracterizan por matar de diversas formas y le haya dado por morder cuellos. Pero ... ¿por qué a la alegre y buena de Andrea? ¿Por qué a ella? ¿Qué opinas, Sarah? ¿Sabías algo ya? — Dios Santo ... —Sarah enmu­deció y colgó el teléfono. Marian miraba a su hija ex­trañada, pero no preguntó nada acerca de la llamada que tan pá­lida había dejado a su hija. — Mamá, vaya salir. — dijo Sarah cadavérica. — ¿Hacia dónde? —la típica pre­gunta de una madre preocupa­da. — Voy a la biblioteca, necesito información sobre ... ¡Adiós! — se despidió Sarah, cogiendo su cha­queta. Una vez dentro de la bibliote­ca, Sarah se encontró como en casa, pese al ambiente solitario que había allí. Empezó a buscar información y libros de vampiros, demonios y demás seres paranormales. Todo lo que encontró ya lo sabía, pero encontró una palabra nueva para ella: “íncubo ... 70


Llegó la medianoche y con ella, Marc. — Saludos, mi dama de la no­che. —dijo Marc con una reveren­ cia besando la mano de Sarah. Ella se estremeció y, sacando valor de donde no lo tenía, agre­gó: — ¿Te vas a decidir por decirme qué quieres y qué buscas? — Si se lo dijera, ni siquiera me miraría a los ojos. —respondió Marc. — Si los tienes muy bonitos ... s­e sonrojó Sarah al decirlo. — Pero aun así, quiero saber de ti ... — Yo ... soy un ser sediento de sangre, mi perdición. Entré en tu habitación para beber de tu sangre, pero cuando mis ojos la vieron, comprendí que no quería hacerle daño. Una chica tan bella y dulce como vos, no debe morir ... Fue pasando el día y Sarah es­taba cada vez más nerviosa y an­ siosa por la llegada de la sombría noche. El ansia porque las tinie­blas cubriesen el cielo alcanzó su mayor auge cuando el reloj dio las once de la noche. Sarah se arregló y se dispuso a esperar a su galán, así hasta las doce en punto que apareció su amante nocturno. — Saludos de nuevo, cielo. — ¡Marc! ¡Sabía que vendrías! —dijo exaltada. — Jamás abandonaría a la doncella que me ha hecho perder la cordura. No obstante, he toma­do una determinación. —comen­tó Marc, serio. — Dila, entonces. — No puedo estar así siempre, vagando como alma en pena de habitación en habitación. — ¿De habitación en habita­ción? O sea que ... ¡tú mataste a Andrea Socovich! —juzgó Sarah. — Probablemente sí, no dis­tingo nombres, sólo me limito a alimentarme. Es mi vida, de la sangre humana vivo, soy un parásito. ¡Compréndeme, amor mío! —gritó Marc.— He venido a proponerle que venga conmigo a mi mundo ... Marian, la madre de Sarah, al oír estos escándalos, entró en la habitación de su hija para cor­tar el problema de raíz. 71


— ¿Qué son esos escándalos a estas horas? Lo he oído todo Sarah, este absurdo amor ima­ginario te está volviendo loca, ¡qué amor y qué pamplinas! — ¿De qué hablas mamá? —se esforzó en decir Sarah, que to­ davía lloraba. — De ese chico que al parecer te visita todas las noches. Es im­ posible, apenas sales a la calle y nunca te han interesado los chi­cos, por lo que es prácticamente imposible que ese tal Marc ven­ga todas las noches a la misma hora y entre y salga por la ven­tana. ¿Estabas escuchando tras la puerta? —gritó furiosa Sarah. — ¿Y qué esperabas? Última­mente estás muy extraña y que­ ría averiguar ... — Entonces habrás podido oír la voz de ese chico, por lo que sí existe. — se encaró Sarah. — ¡No existe! ¡Son imaginacio­nes tuyas! ¡Yo no he oído a nin­gún chico hablar! Estás loca, hija mía, ¡loca! —admitió la madre llorando. —Déjate esas fantasías o me veré obligada a internarte, renuncia a tu soberbia de una maldita vez ... La respuesta de Sarah fue sa­lir de la habitación y empezar a tirar objetos, a gritar como una maniática, a patalear, a romper cristales ... La madre, ante esta situación, llamó a las ambulan­cias del sanatorio mental “Prin­ce Charles”. Sarah se dio cuenta de esto y salió hacia la calle co­ rriendo con la intención de es­capar para siempre y ofrecer su sangre a su galán vampiro para vivir feliz de una vez. Pero este deseo se vio turba­do por la llegada de los enfer­meros, los cuales la acorralaron y la metieron amarrada dentro de una ambulancia. Marian ni se inmutó. Sabía que era lo me­jor para su hija. Los enfermeros consiguieron calmar a Sarah con sedantes y la internaron en el sanatorio mental ... Llegó la noche del sesenta y ocho cumpleaños de Sarah, pero nadie se acordó, nadie sin­tió pena por aquella solitaria anciana ... Sólo un espíritu ena­morado de una humana, sólo un miserable íncubo fue capaz de acordarse de ella. Cuando Sarah vio a su amado que durante cua­renta y seis años no había visto, se quedó muda y sólo pudo llo­rar. Cuando se calmó un poco, pudo articular palabra: 72


— Marc. ... Llegó la hora del desenlace fi­nal durante aquellos duros cua­renta y seis años de agonía. — No llores cielo, que ya he vuelto a por vos. He venido a espantar todos tus miedos. Yo te sostendré la mano y no te dejaré caer. Estarás conmigo por toda la eternidad. Ahora sí, mi vida. —dijo Marc dulcemente mientras miraba fijamente a su dama de la noche ... La madre de Sarah seguía sita en la ventana, esperando alguna noticia de su hija, pues tenía la corazonada de que alguna par­te de ella seguía viva. Los ojos de Marian estaban cansados de tanto sufrir y bajó la mirada. Pero algo hizo que la volviera a alzar. Sarah apareció por el exte­rior de la ventana acompañada de su íncubo (su galán vampiro, Marc) y le habló a su anciana madre: — Hola mamá, vengo a despe­dirme y a hablarte de algo en concreto. El amor que yo sen­tía y del que tanto dudabas me ha devuelto por fin la felicidad y si supieras lo bien que estoy aquí desearías adelantar tu de­función. Mamá, esto es la calma, esto es la libertad, la eterna fe­licidad. En cambio, los humanos que viven aquí, en lo terrenal, están destinados a sufrir. Voso­tros estaréis condenados hasta el fin de los tiempos. Mamá, ¡no sabes lo bien que se está aquí! Quiero que sepas que no te guardo rencor por los cuarenta y seis años que me has tenido retenida en ese sanatorio men­tal y que me han estropeado la vida. Ahora, gracias al amor que todo el mundo ponía en duda, he vuelto a ser bella y joven. He vuelto a experimentar lo que es ser feliz. Adiós mamá, no hay nada que reprochar, hoy toca ser feliz .... Los amantes partieron dis­puestos a disfrutar de ese sen­timiento tan puro que tanto sa­crificio les había costado. — ¡Vamos mi galán! Contigo, mi cielo ... ¡donde el corazón nos lleve!

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¿Mi último cuento? Francisco Guillén Gomariz 1.er Premio Bachillerato

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C

uando los pájaros vuelan lloro porque yo no puedo volar: Así empecé el decimoquinto cuento que iba a escribir como aspirante a ser presentado por mi parte al concurso de cuentos de mi instituto. Pero nada más escribir la frase la borré porque si cada vez que veía mi protagonista pasar un pájaro se ponía a llorar hubiera tenido que estar todo el cuento llorando y hubiera sido un poco... pesado. Además no me gustaba la organización sintáctica de la frase. El pobre verbo llorar estaba solo y acosado por dos proposiciones subordinadas adverbiales. Además las dos proposiciones se peleaban entre ellas para ver cuál de las dos era más adverbial que la otra. La primera hacía alarde con hidalguía de su condición de adverbial propia mientras que la segunda amenazaba con denunciarla ante el Tribunal Constitucional pues estaba pisoteando el derecho a ser adverbial con igualdad que le correspondía según lo establecido en la Constitución de 1978. No me hubiera extrañado que el verbo llorar estuviera llorando al darse cuenta de su situación donde incluso había sido abandonado por su sujeto que se había elidido el muy ... Es que en la lengua española (¿o debería decir castellana?) los sujetos son escurridizos y libres, no como en otras lenguas que los tienen bien atados (for example: English). En conclusión, era una oración muy rara. Rara para mí que me dio por personificar los elementos sintácticos de esa oración. 77


“Sus ojos encharcados derramaban lágrimas incesantemente por mi culpa”: En esta ocasión la frase me gustaba sintácticamente. Era una oración simple. ¡Qué hermosa! Un solo verbo con sus complementos y con un hermoso sujeto sin elidir. Una oración de lo más sencillo, pero no me gustaba tampoco. Parecía como si sus ojos fueran un embalse o un lago a punto de desbordarse y encima era mi culpa, como si yo hubiera sido un huracán de nivel cinco o un terremoto de nivel siete. Lo que tampoco me gustaba era que aparecía yo en la oración. ¿Por qué tendré esa manía de escribir en primera persona? ¡Qué egocéntrico soy! La taché también. “Ella lloraba por culpa de los pájaros pues les tenía pánico”. Sin comentarios. Al igual que las anteriores fue tachada y con una especial repulsión. La poca inspiración que había tenido al principio se había esfumado por completo. Tendría que elegir entre los catorce cuentos restantes para presentar tres pero eran todos tan cursis ... Además en la mitad de ellos acababa suicidándose el protagonista y ya me había advertido mi profesora de Lengua de primero de bachiller que acabara con esa costumbre casi bárbara de acabar con mis personajes colgándolos de una lámpara o tirándolos por un barranco porque no está muy bien visto eso del suicidio en nuestra sociedad, aunque después nos obliguen a estudiar en segundo de bachillerato cierta obra teatral donde una hija de una madre un poco autoritaria se suicida. Aún podía cambiar el final de algún cuento y no matar a los protagonistas, pero la verdad es que no me gustaba esa idea. ¿Y si me hacían como a Cervantes a quién le sacaron un Quijote apócrifo? Y eso fue porque se esperó a matarlo en la segunda parte. Yo como no quiero que se aprovechen de mis personajes pues los mato. De ahí lo del suicidio. Los podría matar de muchas maneras pero matar a un adolescente de un infarto de miocardio... la verdad es que no concuerda mucho. Podría atropellarlos, acuchillarlos o tirotearlos... Lo mejor sería dejarlos vivitos y coleando, ¿no?, aunque te los copien. Me estaba viendo ya en la universidad totalmente traumatizado y diciéndoles a mis compañeros de facultad:”Presenté cuentos cada uno 78


Dibujo: Verónica González Costa, 2007

de mis cuatro años de instituto en su concurso de cuentos pero no gané nunca. ¡Menudo trauma!”:

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Más tarde cuando ya estaba más relajado, absorto en el análisis sintáctico de una oración:”Mi perro come las patatas que La Poncia le dio cuando estuvo ladrando para que se callara; pensé que no era tan importante el ganar, pensé que sólo por haberlo intentado ya era suficiente, pensé que sólo el haber hecho que los miembros del departamento de Lengua Castellana y Literatura en pleno se tuvieran que haber leído todas aquellas historias que yo había presentado (les hubieran gustado o no) ya era todo un triunfo, pensé que aún podía escribir un último cuento y ese cuento acaba con el siguiente punto final. No, con éste.


La ciudad de la luz Rosalía García García

1.er Premio Primer Ciclo ESO


H

ace mucho, pero que muchísimo tiempo en un lugar no muy lejano a París, o también llamada la Ciudad de la Luz, ocurrió algo impresionante, mágico, increíble, algo que nadie se atrevió a contar hasta el día de hoy. En aquellos tiempos había mucha pobreza, todo era misterioso y peligroso; no dejaban jugar a los niños en las calles, ya que a diario se producían secuestros, asesinatos, robos… París era una ciudad muy oscura, y no asomaba ni un rayo de luz por sus calles vacías y repletas de tristeza. Cerca de París había una aldea pequeña, pero bastante más acogedora que la propia ciudad. Allí la gente trabajaba e iba a la escuela sin peligro alguno hasta las siete, entonces todo el mundo recogía y se iba a casa, mientras que las calles quedaban misteriosamente vacías y sin movimiento alguno. Una mañana muy fría, a la hora del recreo todos los niños y niñas estaban en las clases. A un grupo de niñas se les ocurrió subir al tejado para poder tocar las nubes de algodón que se hallaban allí arriba. Las niñas eran: Gina— la ingeniosa que siempre va a la última y no se pierde ningún cotilleo. Una gran coraza de sentimientos que no siente en realidad la cubre y forma la personalidad falsa que todos ven. Maneja al grupo a su antojo.


Catherine y Laureline— siguen a muerte a Gina y aprueban todo lo que ésta dice. Marujas, insolentes y antipáticas; no se puede tener una conversación normal con ellas. Elisabeth— es una rebelde total y no hace caso a nadie excepto cuando el tema o proyecto del que se habla incluye situaciones de máximo peligro. No traga a Gina pero sus proyectos para ella son los mejores por eso va con ella normalmente. Chantal— la callada que nunca dice lo que piensa y no se relaciona mucho. Va con Gina porque es popular y ella se aprovecha de eso para ser la amiga de la popular. Aline— bondadosa, amable, simpática, etc. Aline tiene todo lo que Gina no tiene, pero ella conserva la esperanza sacar la verdadera personalidad de Gina a la luz. En realidad Gina tuvo la idea; Catherine y Laureline lo aprobaron inmediatamente; Chantal se quedó callada como solía hacer; a Elisabeth le encantó la idea ya que contenía bastante riesgo. Mientras que las demás discutían, Aline meditaba sobre qué hacer. Si no iba perdería la oportunidad de hacer realidad su ilusión de tocar las nubes. Entre tanto las demás ya se habían puesto de acuerdo en cómo burlar a los profesores y en cómo subirían al tejado. En la cabeza de Aline ya no cabían más argumentos ¡todo le parecía por una parte peligroso y por la otra maravilloso! De pronto, alguien pregunta: — No te he preguntado, pero vienes ¿verdad?—dijo Gina. — Pues claro que SI. – dijo Aline sin pensar. Impulsada por un arrebato de egoísmo Aline había hecho lo que en realidad deseaba, ir. El plan era el siguiente: Elisabeth les diría a los dos profesores de guardia que fueran corriendo al laboratorio, ya que se habían oído ruidos muy fuertes; y las demás (Gina, Laureline, Catherine, Chantal y Aline) mientras, saldrían por la puerta despejada, subirían hasta el tejado con una escalera de cuerda; Elisabeth subiría después. Todo salió la mar de bien ya que los profesores salieron corriendo hacia el laboratorio, con lo cual todas salieron sigilosamente, es decir, en bandada, gritando y corriendo. Llegaron al tejado y con cuidado se fueron arrastrando hacia arriba intentando llegar a la cima; se agarraban a las tejas como podían porque las manos se les helaban del frío. Cuando al fin consiguieron lle84


gar a la cumbre se pusieron en pie cuidadosamente e intentaron tocar la nube que estaba situada justo encima de ellas, pero cada vez que intentaban tocarla esta se desvanecía entre sus dedos. — ¿Por qué no podemos tocarla? — se preguntaban todas. — Será que se han enfadado con nosotras y no quieren que estemos aquí — dijo Chantal que era la primera vez que abría la boca esa mañana. — ¡Eso es imposible! — replicaron Catherine y Laureline a la vez, gritando y señalándola. Ella se calló de inmediato y se prometió que no volvería a abrir la boca nunca. Por eso era por lo que Chantal no solía hablar, porque cada vez que abría la boca le decían NO gritando porque para ellas estaba mal. 85


Aline la compadeció y pensó en lo mal que la trataban; ahí fue cuando Aline se dio cuenta del peligro que tenían las calles de su aldea llenas de gente antipática, maruja, mandona, … y con una mínima cantidad de gente responsable, amable, sincera y sin una coraza que la inmunice ante todos los peligros que pueda haber. Entonces, Aline sugirió: — ¿Por qué no nos vamos al patio y jugamos al escondite? — ¡Bien pensado! – contestaron todas al unísono excepto Chantal. La primera vez pandó Elisabeth, que enseguida pilló a todas. Y la segunda pandaba Gina, pero como ella nunca pandaba Laureline y Catherine gritaron al unísono: — ¡Yo pandaré por ti! Al final, después de una disputa entre Catherine y Laureline, Gina dijo que pandaría ella, que no le importaba. Cuando Gina empezó a contar todas salieron pitando a esconderse. Aline buscó un lugar más original y fue a esconderse en una cueva nunca vista, situada detrás de unas rocas gigantescas. Encontró un hueco y allí aguardó. Entonces pensó: — “Mientras que me buscan investigaré un poco.” Todas las demás estaban buscándola desesperadamente, no sabían ya dónde buscar, habían registrado todos los rincones del patio en su búsqueda e incluso habían sugerido llamar a los profesores para explicarles lo sucedido, pero Gina se negaba a que una sola persona se enterara de que ella había pandado. Así que seguían llamando a Aline. Entre tanto Aline se había adentrado en la cueva, que era impresionante, había dibujos en las paredes que transmitían tal sensación de alegría que Aline se olvidó de todo. Cada vez se adentraba más y andaba por pasadizos de muchos colores, era una maravilla ver todo aquello, tanto, que Aline se sentía mucho más alegre de lo que nunca se había sentido. “Si las calles de toda la aldea fueran así sería maravilloso y seguro que la gente se transformaría y cambiaría su personalidad a la más positiva y alegre del mundo. No tendrían que recogerse a las siete y las calles estarían iluminadas como si hubiera focos por todas partes. ¡Ah, sería precioso!” – pensó Aline. Sus amigas ya se habían cansado de buscarla y Gina había accedido a decírselo a los profesores, la preocupación por su amiga había vencido a su orgullo. Fueron todas con miedo y preocupación. 86


Mientras, Aline había llegado al fondo de la cueva, y allí encontró algo que la dejó impresionada… Había un gran baúl en el medio de aquella estancia tan cálida; el baúl tenía incrustadas unas piedrecillas que Aline reconoció como rubíes y esmeraldas, y era de un tamaño medio, los filos eran delgados y delicados hilos de oro puro y de dentro del baúl salía una luz muy intensa, pero cálida, que era aún mayor que la que se podía ver fuera de la estancia. Aline no dudó un segundo y se dirigió hacia el baúl e intentó abrirlo, no pudo ya que estaba cerrado con llave. ¿Cómo podría abrirlo? Para sus amigas todo era angustia, los profesores que encontraron lo único que hacían era echarles la charla y no hacían nada para buscar a Aline, todo el rato estaban repitiéndose. De repente, a la milésima vez que uno de los dos profesores decía: — Esto es de gran importancia ya que lo que habéis hecho os ha llevado a que vuestra amiga se perdiera, ¿os dais cuenta de la importancia?— Chantal (muy, pero que muy exaltada) gritó: —¡Pero, ¿os dais cuenta de que nuestra amiga está ahí fuera y vosotros no hacéis nada para buscarla y sólo nos echáis la charla como si no supiéramos que esto es de gran importancia?! ¡No habéis llamado a otros profesores para ayudar, no habéis ido a avisar a nadie, no habéis empezado vosotros mismos la búsqueda! ¡No habéis hecho nada! ¿¿¿Y pretendéis que nos sintamos culpables aún encima??? ¡No me lo puedo creer! Al momento los profesores y las demás niñas se quedaron mudos, no se esperaban que Chantal, fuera a gritarles a unos profesores. Pero en cuanto se dieron cuenta las niñas de que Chantal había roto su silencio eterno para salvar a su amiga de donde quiera que estuviese, todas se levantaron y fueron al director a contarle lo sucedido. El director salió disparado hacia la sala de profesores y hacia las clases para comunicarlo y comenzar la búsqueda inmediatamente. En dos minutos exactos todos los profesores gritaban: — ¡Aline!, ¡Aline! Aline no encontraba la forma de abrir el baúl, deseaba con todas sus fuerzas abrirlo para poder contemplar la luz. Pero de repente una voz interrumpió el forcejeo: — ¿Qué intentas, pequeña? — Sólo quiero abrir el baúl – contestó Aline. — ¿Lo deseas con todas tus fuerzas? 87


— Sí. — ¿Y para qué quieres abrir tú ese baúl? — Para que todos en mi aldea puedan contemplar esta luz, para que sus almas se transformen en alegría y las calles de París estén iluminadas con la luz que hay ahí dentro. — Tus intenciones no son egoístas…mmm… toma la llave. Al instante una llave apareció en la mano de Aline y esta enseguida la metió en la cerradura y abrió el baúl. Allí dentro había una bolsita que relucía mucho, era una bolsita muy pequeña de terciopelo muy suave con un cordón de oro. Aline la cogió, se la guardó en el bolsillo de su pantalón y se dispuso a salir… pero en el último momento dijo: — Gracias. — De nada – contestó la voz. Aline salió corriendo y dejó atrás la estancia con el baúl abierto y la llave en la cerradura. Pero el baúl se cerró, la llave dio dos vueltas y desapareció sin dejar rastro dejando allí el baúl solo y sin luz. Aline corría cuanto podía para al llegar a fuera enseñarles a todos la bolsita y abrirla. Salió de la cueva y entró por la ranura al patio, todos los profesores y sus amigas fueron directamente hacia ella gritando y algunos hasta llorando de la emoción por, después de tres horas de intensa búsqueda haber encontrado a la pequeña. Todos esperaban una respuesta a una sola pregunta: — ¿Dónde has estado? Pero al ver que Aline no decía nada se lo preguntaron y en vez de contestar, Aline lo único que hizo fue coger la bolsita de su bolsillo y abrirla por el delicado cordón de oro, dejando que toda la luz saliera de su interior y volara hasta todos los rincones de la aldea y de París. Todo estaba muy iluminado, todos los corazones se habían llenado de auténtica alegría y no les hacían falta respuestas a nada, lo entendían todo, de repente es como si hubieran estado allí y hubieran sentido lo que sintió Aline. Y así fue, mis queridos lectores como París, una ciudad oscura, fría y triste se convirtió en la ciudad de la luz, la luz que alumbraría los corazones de todos sus habitantes.

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“Que vida más perra la de los...” Javier Tortosa Sancho

1.er Premio Segundo Ciclo ESO

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A

llí en su habitación, más concretamente en su mochila, yacía el libro de Lengua castellana y Literatura de 3º de ESO. Un libro que aunque sólo tenía un año parecía bastante más viejo. Sus pastas desgastadas, hojas arrancadas, pintarrajeado… Jorge había abandonado los estudios hace años, cuando su madre murió en aquel accidente. Ella no tenía la culpa pero el coche se saltó el stop y la mató. Es muy difícil vivir sin madre y más cuando tenían una relación muy estrecha, pero aquello cambió su vida y no volvió a ser el mismo. El libro que parecía una roca inerte salió de su escondite para manifestar su cólera. Charlando con el libro de Matemáticas éste le dijo: —Otra vez se olvida de nosotros —No se olvida, nos deja tirados. Cree que no podemos ofrecerle nada –dijo el libro de Lengua –con todo el contenido en letras que tengo y no se me ocurre nada para solucionarlo. —Esto ya no tiene solución, estamos destinados al fracaso –replicó el de Matemáticas. —Ojalá me hubiese tocado un alumno estudioso que cuidase su libro. —Precisamente, ¿has visto cómo trata María a su libro? —Sí, menuda envidia 91


—Lo plastifica, lo perfuma, no lo pintarrajea, no le arranca las hojas… Lo cuida mejor que a una princesa —Espero que en mi otra vida me toque un dueño así. Que me trate como merece ser tratado un libro —Se oye el timbre de la puerta. —Mira ya ha llegado el príncipe –comentó irónico el de Lengua Jorge cerró la puerta de su habitación con un portazo que rompió el silencio que había en la casa. Descargó toda su ira dándole patadas a su cartera. Le habían suspendido en Física y Química por no hacer nada y, aunque tarde o temprano tendría que hacerle frente a sus notas, esa suspensa llegó muy repentinamente, resaltando su enfado matutino al llegar a casa. Al día siguiente sí que se llevó los libros, pero generalmente para lo que los usaba es mejor que se quedaran en casa donde permanecerían seguros. Ese día la última clase era la de Lengua. La terrible última clase, a la que Jorge llegaba más cansado y en la que el libro sufría más. Hace dos días el libro de Sociales casi no lo cuenta. Fue terrible, un auténtico crimen: despedazado, hojas arrancadas, pintadas en muchas hojas… En fin, parecía auténtica basura para reciclar. Llegó la temible clase, la última. El libro de Lengua acababa sus últimas oraciones cuando Jorge lo sacó y lo colocó sobre la mesa. La mesa estaba aún más desgastada que cualquier libro que tuviera Jorge. Llena de pintadas, dañada por las esquinas y algún lado con rotos en forma de mordisco, coja y con otros males que no merece la pena contar. El libro de Lengua quizás correría esa misma suerte, y porque los libros no tiemblan, que si no, ese libro ya estaría tiritando por lo que se le avecinaba. Jorge empezó bien, parecía mostrar interés pero a los cinco minutos se cansó y abrió el libro por la página de la sintaxis y comenzó a pintarrajear. El libro se moría por dentro y se preguntaba como podía darle tan poca importancia a la sintaxis una de las bases de la Lengua, muy importante para expresarse correctamente. De todas formas no consiguió que sujetos y predicados se separaran. 92


Dibjo: Ángela Inisesta, 2007

A Jorge no parecía importarle mucho que fuese sintaxis; él no diferenciaba a los libros por su contenido, sino por si estaban más o menos pintados. Y es más, siempre los pintaba con “permanente” para que su firma quedara ahí, estampada bastante tiempo, plasmada eternamente. Esa hora fue muy larga para el pobre libro, que salió de allí muy mal parado. Otras cinco hojas arrancadas, toda la parte de los determinantes, la sintaxis pintarrajeada, muchas hojas dobladas, arrugadas e incluso pegadas con el corrector. Lo dejó hecho un desastre de libro pero lo dejó aún con páginas para quitárselas otro día que estuviera aburrido. Al llegar a casa fue recibido por los otros libros, aunque sólo quería descansar y olvidar aquella pesadilla. Aquella tortura que lo comía poco a poco no acabaría nunca 93


Afortunadamente al día siguiente le tocaba descansar, pues Jorge no tenía clase de Lengua y trató de acomodarse lo mejor posible. Esas horas, desde que Jorge se fue se le hicieron segundos, ya que si algo quería aquel libro, no era su presencia, prefería estar solo. Los días fueron pasando y casi ya había olvidado aquella pesadilla que era ya como una rutina, siempre que había clase de Lengua “a pintar” y a estropear el libro pero lo peor estaba por llegar. Un aparentemente precioso día de primavera, en clase de Lengua, el profesor harto de las mofas de sus alumnos gritó muy exaltado: —Os reís ahora pero más me reiré yo. Mañana examen de todo el libro, a ver ahora qué gracia os hace. Jorge apretó sus manos al oír las palabras del profesor, y arrancó y arrugó una de las páginas del pobre libro que ya estaba acostumbrado a tales ofensivas y lloraba en el silencio. Esa tarde Jorge cogió el libro y se lo llevó en una pequeña mochila por la que sobresalía una de las pastas, muy desgastadas. En esa mochila sentía un gran balanceo; Jorge debía correr a toda pastilla, seguramente había quedado con sus amigos. Tras una hora u hora y cuarto Jorge se paró y saludó a uno de sus amigos, el que parecía que mandaba. Estuvieron charlando de aquel examen que tanta gracia les había hecho. —Yo digo que hay que quemarle la casa a ese c…— dijo uno chico en un tono muy nervioso. —Pues yo digo que hay que pincharle las ruedas de su buga – dijo el que parecía el jefe, o aún mejor, taponarle el tubo de escape, ya verás que sorpresita se encontrará. —¿Por qué no quemamos los libros de Lengua en la puerta del instituto, delante de sus narices? Él le da mucha importancia a lo de los libros –dijo Jorge. —A mí me parece una buena idea y de paso hacemos lo del tubo de escape. A todo el grupo pareció gustarle la idea, menos al libro de Jorge, que se quedó pálido al escuchar la propuesta; le pareció una idea un tanto aterradora. 94


—Mañana la llevaremos a cabo –dijo el jefe, y se despidió con un gesto con la mano. Todos imitaron el gesto y se fueron a sus casas, a soñar con la dulce venganza. Esa noche, al libro de Jorge se le hizo muy corta y le pareció que amanecía más temprano que otras veces. Esa vez Jorge no cogió mochila, sólo cogió el libro y se fue, con un mechero en la otra mano. Todos los amigos habían quedado treinta minutos antes para preparar la gran actuación que le daría fin a una docena de libros aproximadamente. Los chicos empezaron a echar los libros unos encima de otros. El libro de Jorge estaba al final del montón y no se dio cuenta cuando los libros empezaron a arder. Salían gritos ahogados de los libros, gritos y lágrimas que nadie oía ni veía. A los cinco minutos vinieron los bomberos y apagaron el fuego. Sólo habían sobrevivido unos pocos, entre los que estaba el de Jorge. Ese libro no se creía la suerte que había tenido. Muchos otros libros estaban calcinados. Después de aquella pesadilla sólo quería descansar; cerró sus páginas y se olvidó de todo durante varias horas. Cuando despertó no sabía dónde estaba. Era un salón amplio, lleno de estanterías donde yacían libros a rebosar. Libros viejos, nuevos, grandes, pequeños, de todos los tipos y en perfectas condiciones. Se pasaría toda una eternidad observándolos y no se cansaría. De repente se abrió la puerta del salón y apareció la persona que menos esperaba ver. El profesor de Lengua de Jorge. Vestía una corbata y un traje negro muy elegante, poco parecido al jerséy verde que llevaba todos los lunes y otros días. —Vaya, ya no me acordaba de ti– le dijo al libro que estaba sobre la mesa; ese tonto de Jorge no te aprecia, y eso que los libros son cultura y es donde verdaderamente se aprenden cosas. El libro se quedó impresionado; ése no era el hombre que le daba clase a Jorge, ése era un hombre cambiado. 95


—Han encerrado a Jorge en un internado, por si te interesa – le explicaba el profesor. La gente como él está mejor en esos lugares, donde no pueden hacer daño. Al libro le daba pena Jorge. Él no era así por naturaleza propia, sino porque en su casa su padre le había enseñado a ser así. Un chico que sólo aceptaba las normas de su pandilla, las normas de la calle en un mundo rebelde. Con el tiempo el nuevo inquilino se fue adaptando e incluso el profesor se lo llevaba a alguna que otra clase, para que no olvidara aquel ambiente de clase. Al principio incluso llego a echar de menos a Jorge pero nunca supo más de él. Un chico que acabaría como basurero en una pequeña ciudad. Ese libro jamás olvidaría aquellos momentos de pena y de sufrimientos, ocasionados por la sociedad actual, en la que poco a poco decaía su nivel cultural, una sociedad que se apegaba más a lo malo que a lo bueno. Años más tarde, en el instituto se celebró una recolecta de libros viejos para enviarlos al Tercer Mundo, donde realmente serían mas útiles. El profesor llevó a la recolecta el libro de Lengua pensando que su lugar de destino sería una buena opción para que fuera apreciado por otros niños. Y así fue. El libro llegó a su destino, donde fue recibido por muchos niños. Al principio el libro se asustó al ver como iban vestidos pero luego comprendió la situación y vio que no eran mala gente. Por primera vez el libro se sintió querido y amado por alguien. Por fin conseguiría cumplir su misión de enseñar y disfrutó haciéndolo. Empezó a ser tratado como un rey. Comprendió que había merecido la pena sobrevivir a aquel calvario para vivir esto. Una sensación que sólo se vive en los sueños.

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La perfecta apatía Víctor Ortega Esquembre 1.er Premio Bachillerato


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esignado a la más absurda obviedad, acepto que al parar la música todo perderá su sentido, y el encantador aleteo de mis dedos contra la cama se convertirá en vulgar susurro, y mis pensamientos decorados, quedarán desnudos, vanos, vacíos. Tan sólo es un momento, uno más. Ningún objetivo más allá de existir aquí, en una habitación triste, sin más disfraz que una cama gris y un par de muebles desperdigados; sólo importa el embriagador sonido palpitando en mis oídos, y mis pensamientos borrosos, tristes también, pero perfectos. Acaba la canción, me levanto, lloro, y vuelvo a tumbarme. Me siento ridículo, ajeno a mí mismo, poco poético desde luego. De la misma manera que el escritor angustiado se golpea una y otra vez contra el papel, sin conseguir aplastarse del todo. Pues inmortalizar un momento con palabras lleva casi siempre a un tremendo desengaño, a la destrucción irremediable de su esencia, la intimidad. Considero insensato levantarme de la cama, cierro los ojos, los abro, repito la operación hasta que me duelen los párpados. Al final los dejo cerrados. Un pajarraco feo se posa en la ventana, nos miramos; abre el pico sin llegar a hablar del todo, dejo de mirarlo, desaparece. Podría estar así varios días, no me sentiría inútil, ni arrepentido tampoco, no espero del mundo más que lo justo para subsistir. Ya no


necesito comprensión, ni compasión, y mucho menos amistad; la única realidad que existe es la de mi tímida presencia en la habitación. Del mismo modo, tampoco nadie espera de mí más que meras acciones cívicas, bajar la basura o no molestar a los demás: soy una mascota poco llamativa, que se pudre en una jaula, pero no le importa demasiado. Abro los ojos, llego a echar de menos al pequeño bípedo de la ventana, me invade un ligero deseo de comprar un pájaro, cierro los ojos, desaparece el deseo. Últimamente no queda nada en mí, ni un atisbo de ilusión, de humanidad, he dejado de ser un hombre para convertirme en un animal, uno que es demasiado adulto para gozar de la virtuosa juventud, y demasiado joven para lamentar la vejez; en cualquier caso, no hay literatura en esta habitación, pero tampoco esto me preocupa especialmente. Son las cinco y media, los críos han salido de clase y se hacinan en el parque que está junto a mi apartamento; los miro desde la ventana, intento envidiarlos, no lo consigo; trato de recordar algo de mi infancia, fracaso también. Fui un niño bastante gris, poco interesante, no terminaba de encajar en mi familia, y cuando conseguía hacerlo reaccionaba torpemente; me mantuve siempre apartado de la vida familiar, no les gustaba, ni ellos a mí. Dos niños discuten alterados, son violentos, demasiado para su gracioso y diminuto aspecto; gritan, se golpean manteniendo una ligera distancia, no quieren hacerse daño. Después se abrazan arrepentidos, han fracasado en su absurdo intento de imitación adulta, y ni siquiera lo saben. El resto del grupo, extraño, continúa disfrutando de su ociosa existencia. Me siento ahora tan distante de esta realidad que contemplo, tan intruso, que únicamente puedo afirmar objetivamente que existe, corroborar lo que veo con un ridículo asentimiento de cabeza. No me conmueven los recuerdos, ninguna acción humana me perturba demasiado, no soy digno de casi nada, no tiemblo de amor, no ansío vivir, tampoco morir, “no soy valiente, pero cuando el peligro se acerca lo afronto con la pasividad de un buey”. Agacho la cabeza ante

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Fotografía: Mónica Pérez, 2007

las emociones intensas, no me gusta la intensidad, detesto la aventura y soy feo y conformista. Hace tiempo que dejé de tener amigos, nunca consideré las relaciones humanas realmente interesantes, ni mucho menos necesarias. La amistad es un vínculo extraño, oscuro, un nido de hipocresías y falsos hombros en los que llorar, un ir y venir de consejillos baratos, un niño que sonríe pícaramente mientras se llena los bolsillos de comida. Empieza a anochecer, han encendido las farolas a lo largo de la calle y la ciudad adopta un color agradable, el verano comienza a envolver las noches con un matiz delicioso. Hay un hombre vendiendo fresas en el paseo de la playa, siempre aparecen cuando llega el verano; un niño coge una fresa del canasto de mimbre y huye con movimientos graciosos y sutiles, el vendedor sonríe sin intentar detenerlo. La escena me conmueve, el viejo vendedor rendido ante la delicada perfección del niño, la docilidad incondicional del hombre cansado, y la cruel picardía del ser superior, de la belleza en su máximo esplendor.

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Pronto olvido la escena del pájaro, y la de los niños peleando, y la del manso vendedor; porque hoy no es un día bonito, sino todo lo contrario; hoy cenaré solo y miraré cualquier cosa en la televisión, hoy volveré a obedecer a mi vaga indiferencia, y comprenderé deprisa que es esto todo lo que he de esperar, y lo asimilaré sin demasiado esfuerzo, y me quedaré dormido sin cerrar la ventana, y mañana la ventana seguirá abierta.


El puma de la felicidad Guillermo Franco Abellรกn 1.er Premio Primer Ciclo ESO


E

ste cuento comienza en la parte central de la cuenca amazónica, en una pequeña aldea bastante pobre, compuesta por una decena de cabañas de paja y habitada por no más de sesenta habitantes, situada al lado de un río y rodeada completamente de selva. En la aldea vivía un niño, de baja estatura y de tez muy morena, de unos once años de edad llamado Aarón. El niño tenía ocho hermanos y vivía con su madre en una pequeña cabaña hecha con palos y paja, que parecía que podía desmoronarse en cualquier momento. La cabaña consistía en unas mantas colocadas a modo de cama, un horno, una esterilla, unos estantes para los alimentos y una especie de santuario. Aarón era el tercero de sus hermanos y por ello era uno de los que más tareas tenía que realizar durante el día como: ir a recoger los frutos, cuidar de sus hermanos, buscar leña para el fuego, preparar la comida… Su familia últimamente estaba falta de comida, ya que, debido a la ausencia del padre y la escasez de comida típica de esa época del año, no habían podido encontrar la comida suficiente para abastecer a toda la familia y Aarón se esforzaba todo lo que podía en ayudarlos. Y estos problemas afectaban tanto a la familia como a la aldea entera, pues ya en las últimas semanas habían muerto tres personas por falta de comida, y los que no, estaban todavía delirando a causa de la malaria y el raquitismo.


Una mañana de invierno, con algo de niebla, aunque con bastante calor, mientras Aarón se encontraba arreglando su cesta de mimbre para los frutos, oyó como le llamaba su madre desde la cabaña. Aarón fue corriendo a ver lo que pasaba y se sorprendió al ver a su madre tan alterada. Le contó que debía ir ahora a por algo de fruta para la comida, ya que la que tenían guardada se la había dado toda a Araít, que era el hermano menor y el que más la necesitaba. Aarón lo comprendió, cogió su cesta de los frutos y se fue lo más deprisa que pudo a la selva que les rodeaba, que era su fuente de alimento. Los pocos frutos que quedaban se encontraban en las zonas más inexploradas de la selva, y por tanto, Aarón tuvo que adentrarse mucho en el interior de la selva amazónica para encontrar aunque solo fuese un trozo de coco. Cualquier persona que se adentrara en aquella selva virgen corría siempre muchos peligros: la selva estaba infectada de mosquitos y otros insectos que podían llegar a transmitirle enfermedades mortales, había todo tipo de animales salvajes y entre los más peligrosos el caimán y el puma, también estaba llena de arenas movedizas y puentes levadizos muy débiles, además de que la grandísima extensión de selva amazónica podía hacer perder a los más inteligentes y sabios. Pero Aarón, que conocía aquella zona de la selva como la palma de su mano y nunca había tenido problemas, se encontraba bastante tranquilo. Llevaba ya un par de horas de camino recorrido y había avanzado como unos tres kilómetros cuando empezó a cansarse de no haber encontrado ni un fruto. Estaba pensando volverse cuando de repente divisó una gran piña tropical en lo alto de una palmera. Se dispuso a subirla rápidamente, sabía que con eso podría alimentar a su familia para todo el día y podría volverse. Estiró su mano para cogerla y se puso de puntillas. Estaba a punto de alcanzarla, cuando el trozo de corteza que le sujetaba el pie se partió y Aarón se precipitó hacia el suelo. Cayó de espaldas y solo lanzó un gemido al notar que le dolía la cadera. Se sintió satisfecho porque en los últimos segundos pudo agarrar la piña entre sus manos. De repente se oyó un rugido a lo lejos y el sonido de varias patas pisando el suelo. Aarón no necesitaba más para saber que un animal sal106


Dibujo: Alejandra Grajeda Claure

vaje más grande que él le estaba observando y sin dudar se echó a correr con todas sus fuerzas por el interior de la selva. Aarón corría como nunca antes había corrido sin saber a donde se dirigía mientras oía como le perseguía su depredador. Corrió durante una hora sin parar hasta que notó que nadie le seguía. Entonces, miró a su alrededor y comprobó que no había estado allí antes y que se encontraba a varios kilómetros de su hogar, si así podía llamarse. Estaba empezando a oscurecer y sabía que su familia le estaría buscando. Dio varias vueltas alrededor del terreno, inspeccionó el lugar muy detalladamente y al ver que no paraba de andar en círculos comprobó que se había perdido. ****** Nos acercamos a una ciudad mucho más desarrollada que la cuenca Amazónica y con unas costumbres y hábitos que nos resultan más familiares. Es conocida como Bristol, situada al sureste de Inglaterra, y además de ser grande y muy antigua, posee varios estadios, ca107


tedrales, casas, colegios, un zoo y un puente muy famoso. En la ciudad vivía un niño, de mediana estatura y de tez muy blanca, de unos trece años de edad llamado Evan. El chico era hijo único y vivía con su madre en una casa bastante grande a las afueras de la ciudad. La casa, de tres pisos, estaba formada principalmente por: dos sala de estar, comedor, cocina, cuatro dormitorios, dos baños, un estudio, desván, garaje, un jardín exterior, piscina y cancha de baloncesto. Evan, que no tenía ni hermanos ni amigos, se pasaba el día aburrido jugando a los videojuegos o viendo la televisión. Una mañana típica de invierno en Inglaterra, de esas que no para de llover en todo el día, mientras Evan se enfrascaba en sus video-juegos, escuchó para variar la conversación de su madre con su tío al teléfono, que hablaba sobre sus planes de irse al Amazonas, en Sudamérica, a realizar una expedición científica. A Evan no le extrañó que su madre estuviera pensando en un viaje, pues era una científica muy famosa y estaba siempre haciendo viajes a distintas partes del mundo para recoger muestras para sus experimentos. Lo que sí que le extrañó fue que oyó a su madre decir que esta vez se iría con Evan y su tío Andrew, cosa que su madre nunca hacía, pues siempre se iba ella sola a sus viajes y Evan se quedaba solo. Y conociendo las prisas que tenía la madre de Evan, a los tres días de enterarse Evan de la noticia, ya estaban en el avión de ida rumbo al Amazonas. Su madre le contó por el camino que había decidido llevarle para pasar un rato en familia y así no se quedaría solo, y que si estaba ocupada, el tío Andrew se encargaría de él. A Evan no es que no le entusiasmase el viaje que digamos, pero por lo menos hacía algo nuevo para variar. Después de seis desesperantes horas de avión, la familia llegó al aeropuerto de Venezuela, en la que un taxista Sudamericano les recibió muy amablemente y les llevó durante cuatro horas en taxi hacia su bungalow al lado de un afluente del Amazonas. Llegaron, exhaustos y cansados, después de diez horas de viaje y en plena noche. Katharine, así se llamaba la madre de Evan, les contó que a la mañana siguiente se irían a hacer un tour en barco por uno de los afluentes del Amazonas.

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A la mañana siguiente, después de que se despertasen, desayunasen y se preparasen para el tour, un barco lleno de turistas les recogió a las once de la mañana. Evan se fijó en el barco; era un barco blanco, sin velas, ni grande ni pequeño, lo suficiente para albergar a unos treinta turistas de distintas partes del mundo, y que poseía un gran motor, mástil, escotilla, varias hamacas para los turistas y la cabina donde conducían los marineros. El viaje transcurrió tranquilo, sin problema alguno, mientras los guías del tour iban explicando la fauna y la flora de la zona. Al poco rato de empezar el recorrido, hicieron una parada para dar tiempo a relajarse y hacer fotos del lugar él que quisiera. Evan se asomó por la baranda para ver mejor lo que les rodeaba; habían estado todo el rato rodeados de selva llena de árboles y palmeras gigantes y se separaban de ella por apenas dos metros de agua sucia de río. Se asomó un poco más para verlo mejor si ser consciente de que estaba a un palmo de caerse; entonces agachó la cabeza e inclinó el cuerpo y ya sin poder evitarlo se precipitó hacia el agua. Sintió como su cuerpo se sumergía en el agua y sacó la cabeza para tomar aire, entonces vio como toda la gente del barco le miraba sorprendida y los guías buscaban desesperadamente una escalera para sacarle del río. Pero por desgracia se fijó en una cosa todavía peor; unos ojos de caimán le observaban desde el agua, dispuestos a abalanzarse sobre él para saciar su terrible apetito. Rápidamente, el chico nadó hacia la orilla lo más rápido que pudo y, al darse cuenta de que el caimán le seguía todavía, se adentró en la selva sin pensarlo y siguió corriendo. Cuando vio que ya no le seguía, paró de correr y se fijó en que no tenía ni idea de donde estaba. Entonces se dirigió hacia el barco. Pero por mucho que intentaba recordar por donde se había ido, no encontró la forma de llegar y comprobó que se había perdido, y entonces, al pensar en todo lo que le había pasado y sin poder remediarlo, se puso a llorar y a gritar desesperadamente. Mientras tanto, un animal salvaje le observaba desde los arbustos. ***** Habían pasado tres días desde que Aarón se perdió en el bosque y todavía seguía sin saber como regresar. Lo había intentado varias ve-

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ces, pero sin éxito alguno. Sin conocer una zona de la selva amazónica lo suficientemente bien, tú podías estar a tres metros de la orilla en medio de la selva y estar dos horas intentando averiguar la manera de cómo llegar. Se había alimentado a base de los pocos frutos e insectos que había en la selva y del agua de los ríos y charcos, también se había refugiado del frío construyéndose una cabaña compuesta de ramas y hojas. Tampoco había vuelto a ver al animal salvaje del otro día, aunque a veces notaba su presencia. Un día, mientras Aarón se disponía a buscar ramas para su cabaña, oyó un extraño ruido a lo lejos. Al principio, no le prestó atención porque era muy leve, pero luego se fue haciendo más sospechoso. Se acercó sigilosamente al lugar de donde creía que venía el ruido, se asomó entre unos matorrales y contempló con asombro la imagen; un niño de piel blanca y pelo rubio, vestido con unas ropas que Aarón desconocía por completo, se encontraba acurrucado en el suelo muy asustado y al lado suya, un animal salvaje que estaba a punto de saltar sobre él. Entonces Aarón, valeroso, se lanzó sobre el chico justo un segundo antes de que el puma se abalanzase sobre él. Luego, le cogió de la mano y se lo llevó corriendo lo más lejos que pudo. Cuando vio que no le seguía, escondió al chico en un arbusto y comprobó si había moros en la costa. Al ver que no, sacó al chico del arbusto. Evan, temblando de pies a cabeza le preguntó: - ¿Qui..qui…quién eres y que vas a hacer conmigo?-. Aarón, que no entendía su idioma, le dijo en su lengua: - No te entiendo, ¿de qué tribu eres?- le preguntó. Evan le miró perplejo sin saber qué responder. ¿Qué hacías ahí parado?, ¿no ves que el puma iba a comerte? Aarón, al ver que seguía sin responderle, decidió que debían ir a comer algo. Le hizo unos gestos para que le siguiera y Evan se levantó poco convencido. Le guió hasta su cabaña dándole indicaciones de que no pisara ninguna zarza. Evan contempló al llegar, su cabaña en forma de iglú hecha a base de hojas y palos y unas hojas grandes en el suelo. Aarón sacó algo de su cesta de mimbre y lo colocó encima de las hojas. Evan se sorprendió al ver que eran tarántulas. Pero lo que vio después le sorprendió aún más: Aarón las cogió por el abdomen, le arrancó las 110


patas una a una, después apretó sobre el tórax para que saliese el veneno y se lo arrancó, luego se improvisó un pequeño fuego rozando dos palos sobre algo de hojarasca y por último clavó las tarántulas en un palo y las dejó calentar al lado del fuego. Después de un rato, Aarón cogió una de las tarántulas y se la fue comiendo a mordiscos. Evan casi se cae al suelo del mareo, ¡no podía creerlo, su comida iban a ser tarántulas! Aarón le ofreció con gestos si quería una, a lo que Evan le respondió con un gemido, que quería decir rotundamente no. Pasaron las horas y poco a poco empezó a hacerse de noche. Serían sobre las doce de la noche cuando Aarón decidió que debía acostarse. Le invitó a Evan a pasar a su cabaña en la que había suficiente espacio para los dos, pero Evan le indicó que prefería dormir en el suelo. Cuando los dos se acostaron, Evan recordó que no había comido desde la mañana y empezó a tener bastante hambre. Era tal el hambre que tenía que tuvo que despertarse a media noche a buscar algo de comida. Buscó a ver si había algo en la cesta de mimbre o por los alrededores, pero al comprobar que no había nada se dio por rendido. Entonces, se fijó en que todavía estaba la tarántula de por la mañana pinchada en un palo. Se paró a pensar si lo que iba a hacer era una locura, pero luego se dio cuenta de que la locura hasta ahora era que en tan poco tiempo un caimán le haya perseguido, un tigre casi comido y esté ahora viviendo en el bosque a la intemperie con un desconocido. Pero lo que si sabía con seguridad es que tenía hambre y necesitaba comer algo. Sin pensárselo dos veces, cogió la tarántula y se la llevó a la boca. Empezó a masticarla poco a poco y se dio cuenta de que cuando te comes una cosa con hambre, te sabe mucho mejor, además tenía una especie de sabor a pulpo. Luego, se fue a la cama y se durmió pensando que todo lo ocurrido hasta el momento. Soñó que a la mañana siguiente se despertaría en su cama con una deliciosa bandeja llena de bollos y leche merengada, con su madre sonriente a su lado. ***** Y un día ese se sueño se vio cumplido. Como había deseado, estaba sano y salvo al lado de su madre tomando bollos con leche me111


rengada y recordando los tres años que pasó con Aarón perdido en la selva. Recordó cuando le salvó la vida, todo lo que le enseñó, todas las aventuras que pasaron juntos y cuando fueron rescatados por un hombre del pueblo, poco antes de que se fueran al otro mundo. Gracias a todo ello, ahora tenía muchos amigos y supo aprovechar todo lo que tenía. Se preguntaba muchas veces sí Aarón tendría también un sueño y estuviese ya cumplido. Se imaginó que sí. Lo que sí que sabía es que todo eso fue gracias al puma que hizo que se encontraran y que conociesen y aprendiesen una cosa: “que podemos ser muy diferentes en aspecto, pero iguales en que todos nos queremos”. Ese espíritu de la selva se llama el puma de la felicidad y habitará en cada uno de nosotros cada vez que compartamos algo o respetemos y ayudemos a alguien que lo necesite.


La Influencia de los libros Javier Tortosa Sancho 1.er Premio Bachillerato


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esignado a la más absurda obviedad, acepto que al parar la música todo perderá su sentido, y el encantador aleteo de mis dedos contra la cama se convertirá en vulgar susurro, y mis pensamientos decorados, quedarán desnudos, vanos, vacíos. Tan sólo es un momento, uno más. Ningún objetivo más allá de existir aquí, en una habitación triste, sin más disfraz que una cama gris y un par de muebles desperdigados; sólo importa el embriagador sonido palpitando en mis oídos, y mis pensamientos borrosos, tristes también, pero perfectos. Acaba la canción, me levanto, lloro, y vuelvo a tumbarme. Me siento ridículo, ajeno a mí mismo, poco poético desde luego. De la misma manera que el escritor angustiado se golpea una y otra vez contra el papel, sin conseguir aplastarse del todo. Pues inmortalizar un momento con palabras lleva casi siempre a un tremendo desengaño, a la destrucción irremediable de su esencia, la intimidad. Considero insensato levantarme de la cama, cierro los ojos, los abro, repito la operación hasta que me duelen los párpados. Al final los dejo cerrados. Un pajarraco feo se posa en la ventana, nos miramos; abre el pico sin llegar a hablar del todo, dejo de mirarlo, desaparece. Podría estar así varios días, no me sentiría inútil, ni arrepentido tampoco, no espero del mundo más que lo justo para subsistir. Ya no


necesito comprensión, ni compasión, y mucho menos amistad; la única realidad que existe es la de mi tímida presencia en la habitación. Del mismo modo, tampoco nadie espera de mí más que meras acciones cívicas, bajar la basura o no molestar a los demás: soy una mascota poco llamativa, que se pudre en una jaula, pero no le importa demasiado. Abro los ojos, llego a echar de menos al pequeño bípedo de la ventana, me invade un ligero deseo de comprar un pájaro, cierro los ojos, desaparece el deseo. Últimamente no queda nada en mí, ni un atisbo de ilusión, de humanidad, he dejado de ser un hombre para convertirme en un animal, uno que es demasiado adulto para gozar de la virtuosa juventud, y demasiado joven para lamentar la vejez; en cualquier caso, no hay literatura en esta habitación, pero tampoco esto me preocupa especialmente. Son las cinco y media, los críos han salido de clase y se hacinan en el parque que está junto a mi apartamento; los miro desde la ventana, intento envidiarlos, no lo consigo; trato de recordar algo de mi infancia, fracaso también. Fui un niño bastante gris, poco interesante, no terminaba de encajar en mi familia, y cuando conseguía hacerlo reaccionaba torpemente; me mantuve siempre apartado de la vida familiar, no les gustaba, ni ellos a mí. Dos niños discuten alterados, son violentos, demasiado para su gracioso y diminuto aspecto; gritan, se golpean manteniendo una ligera distancia, no quieren hacerse daño. Después se abrazan arrepentidos, han fracasado en su absurdo intento de imitación adulta, y ni siquiera lo saben. El resto del grupo, extraño, continúa disfrutando de su ociosa existencia. Me siento ahora tan distante de esta realidad que contemplo, tan intruso, que únicamente puedo afirmar objetivamente que existe, corroborar lo que veo con un ridículo asentimiento de cabeza. No me conmueven los recuerdos, ninguna acción humana me perturba demasiado, no soy digno de casi nada, no tiemblo de amor, no 116


Imagen creada por: Francisco J Campoy, 2008

ansío vivir, tampoco morir, “no soy valiente, pero cuando el peligro se acerca lo afronto con la pasividad de un buey”. Agacho la cabeza ante las emociones intensas, no me gusta la intensidad, detesto la aventura y soy feo y conformista. Hace tiempo que dejé de tener amigos, nunca consideré las relaciones humanas realmente interesantes, ni mucho menos necesarias. La amistad es un vínculo extraño, oscuro, un nido de hipocresías y falsos hombros en los que llorar, un ir y venir de consejillos baratos, un niño que sonríe pícaramente mientras se llena los bolsillos de comida. Empieza a anochecer, han encendido las farolas a lo largo de la calle y la ciudad adopta un color agradable, el verano comienza a envolver las noches con un matiz delicioso. Hay un hombre vendiendo fresas en el paseo de la playa, siempre aparecen cuando llega el verano; un niño coge una fresa del canasto de mimbre y huye con movimientos graciosos y sutiles, el vendedor sonríe sin intentar detenerlo. 117


La escena me conmueve, el viejo vendedor rendido ante la delicada perfección del niño, la docilidad incondicional del hombre cansado, y la cruel picardía del ser superior, de la belleza en su máximo esplendor. Pronto olvido la escena del pájaro, y la de los niños peleando, y la del manso vendedor; porque hoy no es un día bonito, sino todo lo contrario; hoy cenaré solo y miraré cualquier cosa en la televisión, hoy volveré a obedecer a mi vaga indiferencia, y comprenderé deprisa que es esto todo lo que he de esperar, y lo asimilaré sin demasiado esfuerzo, y me quedaré dormido sin cerrar la ventana, y mañana la ventana seguirá abierta.


El alma de la catedral Eduardo Saor铆n Gasc贸n

1.er Premio Primer Ciclo ESO


M

urcia, 4 de enero de 2009, cinco de la tarde. —¡Pasa!—grité. Estaba ya harto de que jugaran sólo ellos, siempre metiendo goles, mientras yo miraba cómo les aplaudían. —¡Toda tuya, Edu!—dijo mi amigo Pedro. Por fin me llegaba el balón, pero demasiado fuerte. En mi intento de controlarlo, salió despedido hacia el tejado de una extraña iglesia. San Juan de Dios, servía de portería y el balón esta vez había ido a parar allí. Me ofrecí voluntario a cogerlo, ya que el fallo había sido mío, mientras todos esperaron bebiendo agua en una fuente cercana. Las agujas de mi reloj marcaban las cinco de la tarde y las campanas de la catedral se hacían oír en toda la ciudad. El tejado de la iglesia no era muy seguro para un chaval de doce años, pero el balón era el balón. Por fin lo vi, parado en frente de una especie de puerta en la que predominaba una total oscuridad. Miles de ideas pasaron en ese momento por mi mente, pero el deseo de curiosear estaba por encima de todas ellas. Dejé el balón en el umbral y me decidí a entrar. La oscuridad y el polvo eran los anfitriones de aquella pequeña sala de piedra, la cual por su aspecto, deduje no había sido atravesada hace bastantes años. El olor a humedad y el intenso ruido de las campanas me hicieron perder la conciencia y caer allí tumbado, alejado de todo.


Desperté al rato y asustado miré mi reloj. No marcaba ninguna hora, parecía que se había parado, un golpe al caer, tal vez. Levanté la cabeza, y me quedé extrañado al ver la repentina limpieza de aquella sala, y una misteriosa puerta que no había visto al entrar. Crucé el umbral y la luminosidad de aquella sala atacó directamente a mis pupilas que tardaron en acostumbrarse. Paredes de madera, vidrieras, estructuras arquitectónicas que nunca antes había visto, estanterías llenas de libros antiguos y numerosos objetos extraños y marcos que decoraban la sala, quedaban empequeñecidas por la presencia de un hombre de tardía edad vestido con una túnica marrón y sentado en su escritorio en el centro de la sala. El anciano levantó la mirada de sus documentos y me miró sorprendido. —¿Quién es usted?—dijo el anciano. Su rostro dibujaba cansancio y soledad, y una voz quebrada impresionó mis oídos. Estaba totalmente anonadado, por aquella situación, y mi imaginación no daba crédito. —Soy…soy Eduardo, señor. El anciano se levantó de su escritorio suavemente, mientras la colorida luz que filtraban las vidrieras se posaba en su envejecido rostro. Me inspeccionó extrañado durante unos segundos, como si le pareciese rara mi forma de vestir. Mientras el hombre mi miraba asustado, pude mirar a través de un pequeño ventanal situado detrás de su escritorio. Casas de una sola planta y gente raramente vestida, quedaban rodeadas por unas amplias murallas que delimitaban una pequeña ciudad. —¿Qué ropaje es ése?, ¿de dónde lo has sacado?—me preguntó el anciano extrañado. —Me lo ha comprado mi madre en el centro comercial. —¿Qué?—replicó —un mercado, un zoco… perdone señor, todo esto me resulta muy extraño, ¿dónde estamos? El hombre me miró pensativo, me había quedado como paralizado. —Este es el Reino de Murcia joven, me amonestó. 122


Imagen: María Sánchez Jiménez, 2009

—Ya sé que es Murcia, pero… pero, ¿qué año es? —Mil trescientos noventa y tres años han pasado desde el nacimiento de Cristo. —¡Mil trescientos noventa y tres!—dije sorprendido. Estaba totalmente confuso, a lo mejor estaba soñando, pero no, esto no era un sueño. Tras la vidriera, la gente paseaba por las extrañas calles, y una multitud de niños corrían jugando, todos ellos con ropas muy diferentes. También los edificios eran extraños, y las calles sin asfaltar me dieron una extraña impresión. No podía creérmelo, pero no sólo yo, el anciano cada vez estaba más sorprendido con mi reacción. —Me llamo Roberto De Charny, y ésta es mi “casa”, San Juan de Dios—dijo el hombre en un tono sereno. —Señor, sé que le costará creerme, pero yo soy del siglo XXI, no del XIV, y vivo en el Infante. Estaba jugando con mis amigos al fútbol y entré en una especie de sala oscura, caí desmayado y ahora estoy aquí,

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casi setecientos años antes de mi época y hablando con un hombre que no conozco de nada y me parece de lo más extraño. El hombre mantuvo la compostura. Parecía tener una mente abierta a la comprensión. Mi curiosidad era superior a cualquier estado que pudiese pasar ahora por mi mente. —¿Por qué tiene usted todos esos objetos por ahí tirados? —pregunté —¿Qué objetos? —Pues esa extraña bombilla, o esa rarísima máquina de escribir, por ejemplo. – dije señalando los objetos. —Ah… son simples maquetas, diseños que nunca saldrán a la luz, y perdona hijo, pero eso a lo que llamas “bombilla”, se llama lucidorio y la supuesta “máquina de escribir”, la he llamado, escriptorum. No podía ser, de repente me di cuenta. Se me pusieron los pelos de punta. Aquellos “objetos”, no se habían inventado hasta entrada la Edad Moderna. Este hombre era una especie de Leonardo Da Vinci, me dije para mí mismo. Pero aún más sorprendido me quedé al ver el impresionante boceto de la catedral de Murcia. Parecía calcada de una foto, había una semejanza demasiado acusada. —Dibuja usted genial—dije con la mirada perdida en el papel. —Gracias, es otro de mis bocetos, me divierte dibujar. Ese es uno de mis mejores diseños, la “Catedral de Santa María” se llama. Me asomé por el ventanal, y divisé de nuevo la ciudad. Todo eran edificios bajos, ninguna construcción de más de treinta metros. Me estaba mareando, aquello era demasiado extraño, pero mi rostro de incredulidad hablaba por sí solo. La catedral no estaba allí. Aquel hombre era el verdadero diseñador de la catedral de Murcia. —Señor, ¿y dice usted que ha creado este boceto solo? —Los años en soledad le hacen creer a uno cosas inimaginables e inalcanzables, son meros sueños. El hombre se sentó en su escritorio y perdió la vista en su diseño, mientras las lágrimas invisibles y los recuerdos se apoderaban de él. El silencio fue durante unos minutos nuestro mejor amigo. —Nací en Francia, tierra de leyendas y guerras, una tierra poderosa y rica de entre la Europa feudal. Una tierra dominada por el Papa y 124


movida por la fe. Mi padre era un rico burgués, con muchos amigos, y de los más destacados en el gremio. Al morir me dejó todas sus posesiones y sus riquezas. Desde pequeño había crecido con el sueño de representar a mi país, de dejar huella en su pasado y de ser recordado por posteriores generaciones. Mi vida iba sobre ruedas, era de los burgueses más ricos, y estaba viajando constantemente a Oriente en busca de riquezas. Tal fue mi suerte allí, que no sólo conseguí amansar una inmensa fortuna, sino que también encontré el amor. Volví a Francia, donde me casé, y tuve un hijo, Colbert. Este había heredado toda mi imaginación y astucia, y creció junto a una de las familias más ricas de Francia. El apellido “De Charny”, era conocido ya por toda Francia; y mi riqueza codiciada hasta tal punto, que me acusaron de impostor. La herejía decían, había sido mi pérdida, siendo yo fielmente cristiano. La condena por suerte sólo se llevó mis riquezas, dejando a mi familia intacta. La bella Francia me había traicionado, y mi amor por ella había desaparecido junto a mis riquezas. Mi familia y yo decidimos trasladarnos, ya que nada más podíamos perder. Comenzamos una ruta hacia el sur, buscábamos una ciudad no muy grande, pero lejana a la tierra de mis desencantos. Una vez cruzada media España nos encontramos desprovistos de alimentos y tan mala era nuestra situación que mi mujer falleció por el camino. Mi hijo y yo continuamos hasta el Reino de Murcia para emprender allí una nueva vida. Una vez aquí, San Juan de Dios me acogió y me alimentó, mientras que a mi hijo lo aceptó una familia media de la ciudad, y se crió con ellos. Tal era mi estado que me aislé del mundo, sólo mis inventos y yo. Para saciar mi pena me hice la idea de construir una inmensa catedral, un símbolo del cristianismo que recompensara la ayuda que se me había ofrecido por parte de la Iglesia. Unos años después me enteré de que mi hijo estaba vivo, que era arquitecto, y que estaba diseñando las murallas de la cuidad para mejor fortificación. Quise verlo, saludarle, abrazarle y hablarle de mi proyecto, pero mi orgullo y la vergüenza no me lo permitieron. Y eso es todo, hijo. Lo más importante de mi vida, mi hijo y mi sueño se han perdido para siempre. Estaba emocionado, durante aquellos minutos de narración, me había metido en la piel del hombre, y ahora, una vez fuera de la historia se me pusieron los pelos de punta al contemplar de nuevo el boceto de la catedral. 125


—Señor,—dije con una voz floja y la garganta apretada de la emoción – su sueño se hará realidad, si lucha. Millones de personas verán y reconocerán su obra, el sonido de las campanas guiará a los habitantes, y hermosas esculturas decorarán la hermosa fachada de su obra, créame. Pero no sólo eso, algunos de sus inventos serán imprescindibles en el futuro y servirán de ayuda a las generaciones venideras. El corazón me latía con fuerza. En el rostro del anciano los años parecían estar desapareciendo poco a poco mientras la sonrisa iluminaba sus rasgos. El anciano y yo salimos de allí, en dirección a la calle. Atravesábamos la oscura sala por la que había venido, pero justo cuando entramos en ella , resbalé. Caí de cabeza y quedé inconsciente. Me levanté de golpe al oír gritos. Eran mis amigos, que me gritaban desde debajo de la iglesia, pidiendo que me diese prisa. Tardé unos segundos en reaccionar, pero al darme cuenta de todo, cogí el balón rápidamente y bajé. Mis amigos me esperaban impacientes. Les di el balón y miré mi reloj. Las cinco y diez minutos. Era invierno y la luminosidad empezaba a escasear. Mis amigos empezaron a jugar otra vez, pero yo no. Salí corriendo rápidamente hacia la plaza del Cardenal Belluga. Llegué en un par de minutos. La tenue luz todavía permitía ver, y la estructura de la catedral salió a mi paso. La vida de aquel hombre se mantenía viva al ver aquella imponente obra. Había poca gente en la calle. Me situé frente a la fachada frontal y divisé bien toda la pared. Encima de la entrada principal, con letras desgastadas por el tiempo reconocí aquel nombre: “Al ilustre Roberto de Charny, y a Colbert su constructor”, y más abajo, con letras casi borradas y desgastadas por el tiempo: ``con nuestro amor a través de los tiempos a nuestro pequeño amigo del alma ´´. Mis lágrimas caían mientras desde arriba, el sonido de las campanas retumbaba en mis oídos y los ecos de las voces de mis amigos se confundían en la tarde.

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Sue単os de ciencia Javier Tortosa Sancho 1.er Premio. Bachiller


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sta noche he vuelto a tener esas horribles pesadillas, desde que salí del Convento de Santa María de Vallombrosa hace ya más de un año (gracias a Dios), no han dejado de visitarme cada noche. Pero ésta última es sin lugar a dudas la peor, después de imágenes en celdas sucias y sombrías, mucha sed y hambre, gritos de pánico y horror, torturas, golpes y un sin fin de dolor, me cogen y me llevan a una pira para quemarme vivo. Me suben y casi inconsciente del dolor y los golpes, le pegan fuego y comienza a arder. Me falta el aire, me asfixio. Oigo las burlas y risas y una frase que gritan y repiten una y otra vez: ¡Y sin embargo se mueve, y sin embargo se mueve, ja ja ja ja! No sé qué significa pero juro por Dios que no diré esa frase nunca en la vida. Mi padre Vincenzo Galilei dice que no me preocupe, que son consecuencia de los ardores propios de la edad, que se pasarán en unos años. Dice que debo dedicarme y centrarme en los estudios. Pronto comenzaré los estudios de Medicina, como él quiere y yo no, y entonces la ciencia ocupará todo mi ser y voluntad. Si bien es verdad, y si no fuera por esos odiados y temidos sueños, mi vida está dedicada exclusivamente al conocimiento y el estudio. Me gustan todas las ciencias, la astronomía, la filosofía, la matemática y la física especialmente, pero también las artes, la música, la literatura y la pintura. Cuando vaya a la Universidad de Florencia a estudiar Medicina, quiero estudiar también las otras disciplinas, la Medicina está bien,


es un bien para la humanidad, pero a mí me llaman las estrellas, los números, los fenómenos naturales, el movimiento y el razonamiento; tal vez no sea un buen médico. Pero mis sueños nocturnos no han sido siempre pesadillas, antes eran incluso agradables y con gratificantes recuerdos, sobre todo de mi adorada Pisa, ciudad donde nací. Por eso quiero escribir sobre mis sueños, intentaré atrapar los mejores momentos, agradables y angustiosos. Seguramente algún día los entenderé mejor y me servirán para conocerme mejor y comprender mejor este mundo. Si mis ojos no hubieran enfermado y mi salud fuera otra, ya me han dicho los médicos que siempre debo cuidarme, me gustaría lanzarme a recorrer el mundo y explorar las nuevas tierras descubiertas más allá del gran mar. No entiendo como un joven sano no puede querer vivir esas aventuras y experiencias. Por fortuna tengo mi razonamiento e imaginación, y prometo que no echaré de menos esos viajes y tierras por descubrir, porque pienso que la ciencia puede llenar mi vida, soy joven pero se hablará de mí en el futuro, mis sueños también me avisan de ello. Comenzaré por contar recuerdos de mis años en Pisa, antes de entrar en el Convento del que me sacó mi padre, tal como he dicho antes, por mis problemas en los ojos. Si no llevo cuidado me han dicho que acabaré ciego, espero que sea lo más tarde posible; es otro de mis sueños recurrentes, se apaga la luz y no veo nada, no reconozco las cosas, me agobio, comienzo a sudar, me chillan y no veo a nadie, no sé dónde me encuentro ni como volver y entonces me despierto y me toco los ojos, los abro y veo, otra vez gracias a Dios. Bueno vuelvo a mi historia personal: Nací en Pisa en el año de 1564, un quince de febrero, soy el mayor de siete hermanos y asumo la responsabilidad que ello conlleva. Mi padre, matemático y músico, al que debo gran parte de “mis dotes intelectuales” no ha trabajado de “lo suyo” y hemos vivido o sobrevivido del comercio con altibajos. Ello hizo que cuando tenía 10 años se marchara con mi madre y el resto de hermanos a Florencia, su tierra natal donde podía mejorar económicamente. Pensando en mi futuro me dejó a cargo de un vecino, un religioso llamado Jacobo Borghini, buen hombre, de buena formación intelectual pero religiosa tradicionalista, con el que he aprendido y discutido de todo lo humano y divino, al que pronto siempre superaba y que desistió de mi cargo y me

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Dibujo: Natalia Mondragón, 2009

encomendó a la educación eclesiástica en el Convento de Santa María de Vallombrosa. Allí he conocido la dureza del estudio y el trabajo, el esfuerzo y el conocimiento, la naturaleza y los libros, la oración y la pasión por la verdad. Mi pasión por la ciencia y la verdad me ha hecho contener mis creencias y saber callar algunas verdades para poder sobrevivir, no sé si eso me servirá en el futuro. No me gustan las hipocresías pero he aprendido en el convento que se puede llegar más lejos y doblegar al adversario con

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inteligencia, doblando un poco para soltar con más fuerza, la verdad y el conocimiento. Afortunadamente, mi padre que no es muy ortodoxo de la curia romana, aprovechando mi mal de ojos, y una más estable posición económica, me sacó del convento y ya no he vuelto. De aquel tiempo de Pisa, recuerdo sobretodo la Torre inclinada, tardaron doscientos años en terminarla, el mismo tiempo que lleva desde entonces sin caerse, y si ha aguantado ya no se caerá, salvo que los hombres decidan lo contrario. Esa torre es firme y resistente; en ninguno de mis sueños en la torre, que son bastantes y en los que ocurre de todo, ha llegado a caer y mis sueños prometen… He subido muchas veces todos sus 294 escalones, desde el octavo nivel, el campanario, cincuenta y cinco metros y medio por encima del suelo, se ve toda la ciudad y mucho más, se diría que todo el mundo. La sensación es grandiosa, el aire te invade el cuerpo y la mente viaja y sube al cielo, todo es posible allá arriba, y cuando miras hacia abajo y ves el vacío, aún te impresiona más. Allí he discutido con mi tutor Jacobo muchas veces, especialmente sobre la teoría heliocéntrica de Copérnico, él me llama de todo y me acusa de hereje y de ir contra las Santas Escrituras, me avisa del peligro de la Santa Inquisición, de la hoguera y me habla de Giordano Bruno que fue quemado por hereje, por defender esas mismas insensatas teorías. Evidentemente ese es el origen de mi calurosa pesadilla, he aprendido a calmar mi fervor científico en el convento y especialmente ante las sotanas y hábitos, pero allá arriba el cielo está tan cerca que es inevitable denunciar la verdad, y Aristóteles estaba equivocado. He decidido y no sé durante cuánto tiempo aguantaré, que oficialmente y en público, en círculos religiosos y oficiales seré aristotélico, pero en lo privado soy decididamente copernicano. En lo alto de la torre, en el campanario y entre toque y toque de campana he pensado en la naturaleza de las cosas, la tierra y el universo. Allí seguramente he puesto el germen de mis sueños y pesadillas, y espero que el futuro conocimiento de todo aquello que me inquieta y me abruma: el movimiento, la velocidad de caída de los cuerpos (curiosamente he podido comprobar desde lo alto cómo caen las cosas a la misma velocidad independientemente de su masa, tendré que hacerlo en el futuro con algo realmente pesado), la mecánica de los objetos y la naturaleza, el péndulo, la temperatura de los cuerpos, la atracción mis132


teriosa de los imanes… Pero sobretodo he mirado el cielo y las estrellas, no hay duda, no puede mantenerse la teoría geocéntrica. Si pudiéramos mirar de cerca, y eso me lleva a otro sueño recurrente, lo veríamos claro y tendríamos la prueba irrefutable que nadie podría discutir. Vuelvo pues, a otro de mis sueños, a ése en el que descubro un aparato con el que se puede ver de cerca lo que está lejos, se llamará telescopio, palabra que he cogido del griego tele (lejos) y skopien (mirar). Veré los objetos hasta veinte veces más grandes de lo que son en realidad. Con ese aparato me haré famoso y seré muy alabado y rico, la fama y la popularidad me permitirán seguir estudiando y aprendiendo sin preocuparme por el dinero y caer bien a la Iglesia, todopoderosa e influyente. Será un aparato que querrán utilizar para la guerra, pero para mí será la manera de ver el cielo y las estrellas, descubriré nuevos planetas. En mis sueños, que no termino de entender del todo, veo y cuento nuevos planetas y fenómenos extraños que no tienen explicación, yo se la daré. Sueño con La Luna (que veo con montañas y valles), Saturno, Júpiter (éstos últimos tienen algo extraño a su alrededor pero de naturaleza y forma diferente), Venus, el Sol con manchas, la Vía Láctea, la Constelación de Orión, y otros nombres que me aparecen y me llenan de emoción. Son mis mejores sueños, los que quiero tener y hacer realidad, diría que vivo por ellos y a ellos me dedicaré (siempre que la medicina y mi padre me dejen). Una variante de este sueño es otro descubrimiento similar pero de efecto diferente al anterior. El instrumento que descubro es un aparato que permite ver grandes las cosas pequeñas, aquéllas que no se ven a simple vista, se llamará microscopio, también palabra derivada del griego, y en el futuro será una herramienta muy importante en el conocimiento y tratamiento de las enfermedades, ya que permitirá descubrir el mundo microscópico. Sueño también con otros artilugios e inventos, el termoscopio para medir el frío y el calor de los cuerpos, aparatos (bombas de agua) para subir el agua, palancas, aplicaciones y experimentos con imanes. Sueños todos ellos extraños que se entremezclan con vivencias y preocupaciones. Casi siempre tengo algún sueño con números. Los utilizo para todo, los veo por todas partes, todo se puede explicar con números, decididamente me gustaría dedicarme a ellos y estudiar Matemática en la Universidad. Será una afrenta para padre pero siento que me llaman, 133


que ocupan mi sueño y mi esencia, gracias a ellos podré entender y comprender todo lo demás, el mundo y el universo. Al contrario de lo que piensa mi padre, el sexo femenino no me preocupa demasiado. No sé si me casaré y tendré hijos, aunque sí que los veo en mis sueños, pero no está entre mis prioridades, seguramente ser un hombre de ciencia y dedicarte plenamente a ella impone limitaciones en otras parcelas de la vida. De momento lo social no me preocupa demasiado, y a mi edad todavía las mujeres no llenan mi mente. Quiero ser un científico famoso, que se recuerde mi nombre, pero quiero ser sobretodo un hombre libre con el pensamiento libre dedicado a la verdad y a la ciencia. Curiosamente sueño también con las mareas del mar, y eso que no me atrae el agua salada (por eso seguramente que no viajaré lejos). En mi sueño, las mareas se vuelven contra mí y me ahogan, veo a otros hombres que me insultan y se ríen de mí. Veo también la luna y la tierra girando, pero todo es confuso y desagradable, me avisa el sueño de que cometeré un grave error que me costará caro. Llevaré cuidado con ellas, procuraré no montar en barcos y alejarme de las aguas embravecidas. Me veo también escribiendo mucho, incluso de anciano, lo que me alegra y me hace pensar que mis pesadillas no se harán realidad, al menos durante bastantes años. Me veo rodeado de jóvenes discípulos que esperan con ansiedad mis conocimientos y reflexiones, deseosos de ayudarme a escribirlos y comentarlos. Veo la palabra Discursos y prometo que los escribiré y dejaré en ellos todos mis conocimientos. Realmente estos sueños me alivian y me permiten confiar en el futuro, espero que respondan a la realidad. Y vuelvo a los peores sueños, aquellos que últimamente no me abandonan: la Inquisición, graves acusaciones sin fundamento, la tortura, la falsedad y la hipocresía, la ceguera, la envidia, la codicia, la traición, la mentira, la vanidad, la hoguera, la asfixia, el dolor y la muerte y su amenaza. Y aún así, quiero vivir y quiero seguir adelante, la Ciencia y la Verdad me guían, me llamo Galileo y tengo ya casi 17 años, y estoy vivo, y lo más importante, me queda mucha vida por delante, una vida que sin duda será apasionante.

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Te buscaré en tu cielo Victoria Martínez Martínez 1.er Premio. 2º ciclo ESO

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e miró. Con sus ojos azules, dueños del color del cielo y del todas las estrellas que en este pudiera haber. Con sus ojos anhelantes, que suplicaban por otra caricia más, por otro roce más, por tan solo un beso… Retrocedí, sin perder la vista de aquella hermosa criatura, que tenía más de ángel que de humano, ni de sus ojos…Y empecé a caminar en dirección contraria a él, alejándome lentamente, venciendo la resistencia que alguna parte de mi cuerpo imponía, y haciendo oídos sordos a las voces que en mi cabeza retumban, exigiéndome insistentemente que no me separara de aquel trozo de cielo, que desgraciadamente había venido a caer justamente a mi lado. Repentinamente, aquel regalo divino se abalanzó hacia mí, separando la distancia que nos separaba en dos grandes zancadas, y se aferró fuertemente al motivo de su prematuro dolor, rodeando mi cintura con sus debilitados brazos llenos de heridas, llenos de marcas que no quería ver… Apoyó su cabeza de desperdigados y finos cabellos rubios contra mí espalda, y ahí fue cuando rompió a llorar de verdad. Lo supe por el desgarrador gemido que penetró por mis oídos y que, sin yo saberlo, había resquebrajado la dura coraza de hielo que me protegía, que siempre lo había hecho. 137


Quería parar pero ya era demasiado tarde. Fingir que el sentimiento más puro que jamás ha existido no empezaba a unirlos y a hacer mella en sus actos sería verdadera hipocresía. Rechazarlo en este punto…habría sido más locura que no rechazarlo. No podría condenar a un alma inocente, destinarle a vagar, buscándole, buscándose cada uno en su propio cielo, ¿y qué si la religión los separaba?¿y qué si sus respectivos dioses renegaban de ellos? Estaba dispuesto a disfrutar en vida el doble de lo que, suponía, iba a sufrir condenado eternamente en el infierno, por haberse enamorado de un alma tan pura y casta como un ángel…por haber quedado prendado del ángel que el mismísimo Dios le mandó. Coloqué mis manos sobre las suyas, de piel nívea, que reposaban férreamente sobre mi estómago, y las retiré suavemente, como si de un frágil tesoro se tratasen. Me di la vuelta, encarando su rostro, lloroso, mirando con ternura el suave y casi imperceptible sonrojo de sus mejillas. Y coloqué mis manos en su cara, sujetándola para que mirara fijamente la mía, secando lágrimas con el pulgar de mi mano derecha. Permanecimos así un buen rato. Yo, disfrutando del océano de su mirada, y él, recibiendo con gusto las leves y esperanzadoras caricias, con sus finos labios entreabiertos. Y en ese momento estuve completamente seguro de lo que tenía que pasar. Elevé delicadamente su rostro, acortando la distancia que le separaba del mío, y…nuestros labios se juntaron, en un inocente roce, tan ansiado que alguna que otra lágrima se deslizó de alivio por mis coloradas mejillas. Lo besé. Me aparté despacio, observando sus ojos aún sellados, que no tardaron en abrirse y clavarse en los míos. Todo rastro de dolor o sufrimiento, de pena o de amargura que hubiera caracterizado su mirada durante muchos (quizás demasiados para su escasa edad) años atrás, desapareció en aquel preciso momento, soltándose al fin el yugo que lo atormentaba desde tantas noches…Y ahora el brillo de su mirada reflejaba paz, la que solo el sonido de las olas de su turbia mirada podía transmitir. Acaricié su mejilla con el reverso de la mano, me sonrió, y mi mundo dio el giro que tanto había esperado dar. Deslicé un brazo a su cintura y el otro a su pelo, deleitándome con la suavidad de este, intro138


Mar Ruiz Muñoz, 2010

duciendo mi mano por entre sus cabellos, y lo acerqué a mí, apretándolo contra mi pecho, permitiendo que su cabeza reposase en mi hombro. Nuestras respiraciones acompasadas. -No vuelvas a llorar nunca-le rogué, atreviéndome en ese momento en el que mi cara quedaba fuera de su alcance, simplemente no quería que se viese en ella el dolor que marcaba mis facciones cuando recordaba aquel desgarrador sonido. Mi voz quebrada le dio suficientes pistas para saber que estaba llorando, irónicamente. -Te prometo que no lo haré, eso sí, al menos mientras mis ojos sean capaces de vislumbrar tu silueta, pueda sentir otro latido de corazón en mi pecho, que sin duda te pertenecerá, y el fuego de este amor nos queme la piel, día a día, año a año… Le respondí con otro abrazo, este más fuerte que el anterior, como si quisiera retenerlo en mí para siempre, consciente de que no permanecería a mi lado eternamente. Quise apartar ese pensamiento hacia un lugar de mi mente donde siempre se me olvidara mirar, donde

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el polvo lo cubriera con los años, y con suerte, la verdad de las palabras profesadas por la única persona que realmente me importaba ahora, aquel juramento sin Biblia, hiciera que el destino nos bendijera, bendijera el más noble sentimiento que en ese reino, y en otros tantos, el viento, siempre al tanto de todo, llegara a conocer. “Te amo”, juró la última lágrima que de mí murió esa tarde.


La mujer de la casa de enfrente Marta Varela Alcaraz

1.er Premio. Segundo Ciclo de ESO


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enny despertó sobresaltada. Estaba sudando entre las sábanas revueltas y respiraba con brusquedad. Otra pesadilla. Igual de extraña que las de las noches anteriores. Desde que se mudó llevaba tres días durmiendo mal. En todos sus sueños veía esa casa, oscura y tenebrosa, tal y como la vio por primera vez desde la puerta de su nuevo domicilio. Paredes negras y desgastadas, ventanas sucias y desgarradas cortinas blancas. Cuando anochecía parecía como si la oscuridad emanara de entre sus tejas, matando todo ser vivo cuyas raíces se atrevieran a alimentarse de la tierra de su jardín. Excepto esos dos árboles negros que se alzaban entre las hierbas podridas. Sus ramas se retorcían entre la niebla, como brazos huesudos y tenebrosos. ¿Quién podría vivir allí? Penny hubiera pensado que la casa estaba abandonada si no estuviera totalmente convencida de que lo que vio a través de esa ventana era el rostro de una mujer. Un rostro pálido que desapareció al notar su mirada tras el suave balanceo de las cortinas. Penny todavía sentía el escalofrío que le recorrió todo el cuerpo en aquel momento. Estaba convencida de haber visto ese rostro porque era el mismo que el de la mujer que aparecía en sus sueños, junto a la casa. La miraba con esos ojos enormes y profundos y susurraba canciones incomprensibles. Canciones que estremecían su corazón y terminaban ahogadas en un grito de terror. Entonces era cuando despertaba.


Cuando ya estuvo más calmada, Penny tanteó el suelo frío con los pies hasta dar con sus zapatillas. Fue hacia la cocina frotándose los ojos y se preparó un café para espabilarse. Le dio de comer a su gato Shaggy y se tomó la bebida caliente absorta en sus pensamientos mañaneros. Entonces, por la ventana, vio a Anette, una ancianita aparentemente entrañable. Ella y tres viejecitas curiosas más fueron las que se metieron en su casa sin siquiera presentarse el primer día que ella llegó al barrio. Luego la arrastraron a casa de una de ellas a pasar una horrible tarde de té e historias personales sobre sus vecinos. A Penny se le ocurrió que al ser tan cotilla seguramente podía contarle algo sobre la casa. Así que se vistió muy rápido y salió a hablar con ella. —Chica, esa casa me da escalofríos – dijo ella —. Creo que lleva deshabitada mucho tiempo. Pero la gente cuenta que algunas noches se oye cantar a una mujer. Un canto terrorífico. Y también dicen que se oyen gritos de dolor… La vieja se entusiasmó y comenzó a hablar de gente que había querido comprar la casa. Luego empezó a contar algo sobre el perro de la prima de su nuera, así que Penny se inventó una excusa para volver a casa. Se pasó el resto de la mañana buscando en Internet algo sobre la casa. Pero lo único que descubrió fue que estaba allí mucho antes que el resto del barrio y que debía de ser bastante antigua. Pero decidió olvidar el tema el resto del día y dedicarse a sus cosas. Cuando se hizo de noche, antes de meterse en la cama Penny se quedó quieta, pensando. No podía pasar otra noche así. Estaba harta de pesadillas. Entonces se le ocurrió una locura: entrar en la casa. Comprobaría si en realidad allí vivía una mujer y a lo mejor así se acababan los malos sueños. Se vistió de nuevo, cogió a Shaggy en brazos y se dispuso a salir al exterior. Frente a la puerta del jardín, una brisa fría y amarga le puso los pelos de punta. El gato temblaba entre sus brazos y a veces se retorcía intentando deshacerse de ellos. Por un momento Penny pensó en dar media vuelta y volver a casa, pero allí le esperaban los malos sueños. Empujó la puerta oxidada y atravesó el jardín mortecino. Las hojas se144


Dibujo: Carmen Maria Alcaraz López, 2010

cas crujían bajo sus pies a cada paso. Se apresuró a llegar a la entrada. Cuando alargó la mano temblorosa hacia el picaporte, sonó un “clic” y la puerta se abrió. Penny entró en la casa. Al principio estaba muy oscuro, pero la chica descubrió una pequeña vela encendida en una esquina y la cogió. El crujido de la madera a su espalda la sorprendió, y al dirigir la luz hacia allí sólo vio una pobre sombra esconderse en lo alto de la escalera. —¿Hola? – su voz sonó temblorosa —. ¿Estás ahí verdad? Eres la mujer que aparece en mis sueños. ¿Qué es lo que quieres? Tras unos segundos de silencio, ella habló. —Vete, yo no te he llamado – era una voz cruel y seria. —¿Quién eres? ¿Vives aquí? – sin saber por qué, Penny no se asustó lo más mínimo. —¿Estás sorda, niña? He dicho que te vayas de aquí. La vela que Penny llevaba en la mano se apagó de golpe y la estancia se sumió en la oscuridad. Cuando se acostumbró a la penumbra, la chica decidió husmear un poco por las habitaciones. Todas estaban

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viejas y polvorientas, pobladas de telarañas. Después de un rato, pensó en irse, no había rastro de la mujer. Se acercó a la puerta principal pero, para su sorpresa, el pomo no giraba. Hizo vanos intentos de girarlo con más fuerza o hacia otro lado y finalmente le dio una patada. No pasó nada. Penny se empezó a asustar. ¿La había encerrado allí esa mujer? ¿No le dijo que se fuera? Shaggy empezó a retorcerse entre sus brazos, incluso la arañó y salió corriendo hacia la oscuridad. —¡Shaggy, ven! – y corrió tras él. Pero el gato había desaparecido. Entonces Penny oyó un ruido en el piso de arriba y, con las piernas temblando, decidió subir por las escaleras. Arriba, se metió en una habitación en la que sólo había una ventana muy grande con esas cortinas blancas desgarradas y una silla. De repente, la puerta del cuarto se cerró de un portazo. Penny, del susto, se apretó contra la pared y gritó. Dio un puñetazo a la ventana para romperla y escapar pero no consiguió nada. Empezó a oír ruidos por todas partes, pasos, crujidos. El miedo comenzó a desesperarla y cogió la silla con todas sus fuerzas y la estrelló contra la ventana. Pero el cristal no se rompió. Penny cayó de rodillas al suelo, llorando. Cuando comprobó que la puerta de la habitación no se abría, se encogió en un rincón, sin saber qué hacer. Lloró y lloró durante mucho tiempo. A ella le pareció eterno, como si hubiera estado allí dos días enteros. Probablemente así fue. Durante ese tiempo Penny estuvo confusa. Se había metido en la casa para ahuyentar a las pesadillas y ahora estaba dentro de ellas. Penny creyó ver cosas extrañas. Oía ruidos por todas partes. Sentía ojos que la miraban desde algún lugar que ella no alcanzaba a ver. Pero se limitó a llorar con la cabeza tras las rodillas. Sus ojos ya le escocían de tantas lágrimas y se le salían de las órbitas. Estaba helada y pálida. No sentía hambre ni sed, no sabía qué sentía. Entonces, la puerta de la habitación se abrió. Penny, sorprendida, se levantó de un salto. Tenía los músculos entumecidos. — Ven, puedes salir— dijo una voz que no parecía cruel. Ella salió de la habitación lentamente y se asomó por la barandilla de la escalera. Allí estaba la mujer. Pero era distinta. Su expresión respecto a la del sueño había cambiado. Penny se dio cuenta de que tenía en brazos a Shaggy, que dormía tranquilo. 146


— Siento haberme comportado de forma tan hostil antes. Sólo pretendía asustarte para que te marcharas — dijo la mujer mientras la chica bajaba las escaleras. Ahora su voz era suave y melodiosa, como una canción al otro lado de la pared. Pero aun así triste y melancólica, igual que un largo suspiro. — Intenté salir pero, la puerta estaba cerrada. Tampoco pude salir por la ventana. — ¿Te gustaría sentarte y charlar conmigo? — le ofreció ella, con una sonrisa, como si no le importara lo que Penny acababa de decir. Pero ella aceptó. Total, para eso había venido. Se sentaron y hablaron durante mucho tiempo. La mujer quería saber muchas cosas sobre Penny pero contaba poco sobre ella. Su nombre era Damaris y parecía tener más años de los que su aspecto ocultaba. Su piel era pálida y lisa y sus ojos, enormes, tal y como los había visto en sus sueños. Su pelo oscuro y ondulado crecía alrededor de su espalda un poco enmarañado. Penny pensó que era una mujer cuya dulzura que un día tuvo se había ajado con el tiempo. — ¿Por qué quieres saber tanto de mí? – preguntó al fin. — Pensé que deberíamos conocernos, vas a pasar mucho tiempo aquí – dijo su voz de suspiro. La miraba con sus profundos ojos pero parecía como si viera a través de ella, mucho más allá, con la mirada perdida. — ¿Cómo que voy a pasar mucho tiempo aquí? La expresión de Damaris cambió, su cara parecía triste. Como si se sintiera culpable. — Una vez que entras no puedes salir. Intenté asustarte, pero la casa no te dejó ir – ahora hablaba como ensimismada, como una demente —. Sí, mucha gente intentó entrar aquí. Niños perdidos, chicos traviesos, viajeros extraviados. Ninguno ha vuelto a salir. Nadie puede salir. El miedo se volvió a apoderar de Penny. — Pero, ¿qué va a ser de mí? Me moriré de hambre si sigo aquí encerrada. — No, eso no pasará. No tienes hambre, no tienes sed. No tendrás. Te consumirás poco a poco, igual que yo – Damaris agachó la cabeza. 147


— ¿Estás muerta? Ella suspiró. — No lo sé. No creo que importe. Si viva o muerta. Cada roce es como una brisa y cada imagen como un recuerdo. Qué es mi vida o mi muerte sino un sueño del que algún día espero despertar. — ¿Qué te pasó? ¿Quién te encerró aquí? — Yo vivía aquí, era una casa acogedora hace mucho, sí, hace mucho. Llena de luz y su jardín estaba poblado de vida. Pero ese hombre me encerró. Él lo hizo. — ¿Por qué? ¿Quién? — ¿Eso importa? Lo hizo. Él nos hizo daño. Él nos odiaba. — ¿A ti y a quién más? — Luego me la quitó – ella seguía hablando, con la mirada perdida —. Me quitó a mi hija y se la llevó lejos. Me maldijo. Me dijo que me quedaría aquí, que la casa nunca me dejaría salir. Que estas puertas sólo me liberarían con mi sangre. — Eso es horrible. — …y me acostumbré a esperar, a recobrar una mísera llama de esperanza con la nostalgia de mi mirada reflejada en la ventana. Viendo pasar los días y perdiendo la noción del tiempo. Mi alma fue decayendo como las hojas secas en otoño y luego fue arrastrada por el viento a algún lugar. Ahora que Penny sabía su historia no podía evitar compadecerse de ella. ¿Cuántos años llevaría encerrada? No lo sabría ni ella. La chica no se podía imaginar lo horrible que tenía que ser para ella estar tanto tiempo encerrada, sin morir. ¿Cuándo fue la última vez que notó el calor del sol en la cara? ¿O cuándo percibió el olor de un lugar donde había estado por primera vez? ¿Cuándo sintió el tacto de la hierba fresca una última mañana? ¿Y la última vez que rió a carcajadas? La chica empezó a pensar en los sueños que había tenido y en la idea de entrar en la casa. ¿Y si todo fue por algo? ¿Y si los sueños la incitaron a entrar para ayudarla? Pero no entendía qué significaba que las puertas solo se abrirían con su sangre. Penny, rompiendo el silencio, preguntó: 148


— ¿Cómo se llamaba tu hija? Damaris se sorprendió por la pregunta y se quedó pensando, como si le costara recordar su nombre. Al final, miró al techo y una lágrima corrió por su mejilla de porcelana. — Su nombre era Samantha. Ahora lo entendía todo. Estaba totalmente segura, como una corazonada. Se levantó y fue rápidamente hacia un armario de menaje que había al otro lado de la habitación. — ¿Qué estás haciendo?— preguntó Damaris mientras Penny registraba los cajones. — Quiero ayudarte. Quiero liberarte— respondió a la vez que sacaba un cuchillo. — No puedes hacerlo. Nadie puede— dijo la mujer. No entendía esa actitud repentina. — Sólo tu sangre abrirá esas puertas. Samantha Blaus, adoptada. Murió en el año 2000 a los 90 años. ¿No lo entiendes? Soy hija de tus hijas, sangre de tu sangre. Yo abriré esas puertas. Damaris se quedó quieta, no sabía qué decir en ese momento. ¿La casa la había vuelto loca? — Pero no puedes hacerlo, yo no he hecho nada por ti. No me debes nada. — Tú has sufrido mucho y yo no. Te mereces más la libertad. O tú o yo — alzó el cuchillo en su mano y se lo quedó mirando —. Ha sido un placer conocerte. Cuida bien de Shaggy. Lo último que oyó Penny mientras se desplomaba en el suelo fue un ligero “clic” de la puerta principal al abrirse, dejando entrar la luz del amanecer. Una última brisa le rozó la mejilla.

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Si no te vistieras como una puta Francisco Jos茅 L贸pez Olmos 1.er Premio de Bachillerato

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S

LAURA (1)

e viste lentamente ante el espejo. Con aquellas palabras resonando aún en su cabeza. “Esto no te pasaría si no vistieses como una puta”. Elige cuidadosamente qué ponerse. Guantes de lana marrón. Botas, pero sin tacón. Sin larga cremallera. Apenas le llegan más allá de la espinilla. Jersey de cuello vuelto. De color azul apagado. Vaqueros oscuros, nada ajustados. Y un largo anorak marrón en el que puede meter las manos dentro de sus amplios bolsillos mientras anda con la cabeza gacha mirando al suelo, contando sus pasos y respirando hondo. Se contempla ante el espejo. “Si no vistieses como una puta...” Se estremece de arriba a abajo y tiene que agarrarse al lavabo. Cuando pasa el temblor abre el cajón con miedo y saca el rímel. Lo sostiene ante sus ojos como si fuera una cápsula de veneno. Al fin logra dominar el terror que se ha apoderado de su mano derecha al ver el maquillaje y consigue ponerse algo de rímel y sombra mientras las palabras siguen sonando una y otra vez en su cabeza. “Esto no te pasaría si no vistieses como una puta”. Se pone su gorrito de lana marrón y se contempla al espejo. No está tan mal. Tiene un toque chic. Y discreto. Decide que se va a planchar el pelo, aunque sea un poco, tampoco lo necesita demasiado. Tarda veinte minutos y satisfecha se contempla ante el espejo. De repente grita, furiosa. Una vez ella fue libre y feliz maldita sea, una vez ella... no,no,no. Sale rápidamente del cuarto de baño camino a su amplio armario murmurando una y otra vez: “No,no,no...”. No podía dejar que 153


un suceso así le estropease la vida. Por traumático y violento que hubiese sido, y que de hecho, fue. No podía permitir que un enfermo retorcido fuese más fuerte que ella. Que cambiase su modo de vestir, o de caminar, de vivir, maldita sea... No,no,no podía permitirlo. Ella era fuerte, ella... Llega al armario dándole vueltas a la idea, con decisión, lo abre y empieza a apartar ropa. Al fondo encuentra sus botas altas de cuero y su minifalda negra de PVC. Está dispuesta a ponérsela ahora mismo, aunque solo sea para salir un rato, a tomar café. Cuando la coge siente unas manos deslizándose de sus pechos a su entrepierna y una erección pegada a su trasero. Nota el aliento de alguien en la nuca. Alguien que le susurra: “Esto no te pasaría si no vistieses como una puta”. Se dobla por el dolor y deja caer la minifalda mientras cae lentamente al suelo, sollozando primero, a lágrima viva después. Pasa así un buen rato. Enciende un cigarrillo y se contempla ante el espejo de su habitación. Le había costado todo un mes y medio volver a destapar el espejo. Poder volver a mirarse en el espejo todos los días. Que pinta más patética tiene. Fumando un cigarrillo sentada de cualquier manera en el suelo, con una pierna hacia delante y la otra doblada bajo su culo, agarrada a la mesilla con la mano izquierda y con el rímel corriendo por sus mejillas. Por fin el llanto cesa y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano. Sorbe fuertemente por la nariz y suelta una risilla al mirarse de nuevo al espejo. Qué pintas. Apaga el cigarrillo sobre el cenicero de la mesilla y se pone de pie con decisión. Vuelve al cuarto de baño a empuñar el rímel. Veinte minutos después la puerta de casa se cierra tras ella y echa a andar. Sigue los consejos de su terapeuta y cuenta los pasos que da. Respirando hondo. Es la cuarta vez que Laura sale a la calle sola a algo que no sean sus sesiones de terapia. Lleva las manos metidas en el anorak largo y marrón. En la mano derecha, cerrada con fuerza, lleva una navaja. VÍCTOR (1) Bosteza mientras se mira al espejo al salir de la ducha. Se viste rápidamente, sin apenas mirar la ropa que minutos antes sacó del armario. Silba con fuerza una canción que escuchó alguna vez en la radio. Cuando vuelve a mirarse al espejo suspira. Tiene que hacer algo con ese pelo. No sabe qué. Pero algo. Peinarlo es imposible, demasiado largo y 154


Dibujo: Ángel Álvarez Rodriguez, 2010

alborotado, tiene un remolino justo en medio de la coronilla que siempre le impidió peinarse con el pelo corto y engominado como los demás

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chicos, cuando iba al instituto. Al final decide ponerse un gorro de lana negro. Al fin y al cabo es quince de enero. Se mira ante el espejo y se lo quita. No le convence. Sólo le despeinaría más y al quitárselo al entrar en un sitio cerrado lo tendría peor. “Bah, a tomar por culo” piensa. Y decide que saldrá sin peinar. Nunca fue alguien muy preocupado por su aspecto físico. En gran parte porque no poseía un atractivo notable a simple vista. Este no era despreciable, estaba latente en algún lugar de su interior que no se podía identificar. Por ello no se privaba de ligar de cuando en cuando. Era simpático, encantador y sabía hablar a las mujeres. Lo último, aunque parece una estupidez, no lo es. Había visto a amigos suyos que acudían con frecuencia al gimnasio y presumían de tener buen cuerpo quedarse en blanco ante unos ojos marrones demasiado ingeniosos. Él siempre tenía una respuesta encantadora que soltar con una sonrisa. Además de unos ojos azules, que, para ser sinceros, le facilitaban mucho el trabajo. Por ello él no era demasiado de ligar en discotecas, en las que apenas se puede hablar, sino de barra de bar. Un viejo lobo solitario al acecho con un ron en la mano. Además las chicas que solían ir a las discotecas no le atraían. Vestían...Pues sí, sin reparos. Vestían como putas. Y él no lo entendía. Y por eso no le atraían. Se puso el chaquetón y salió de casa silbando otra canción diferente. LAURA (2) Mil pasos. Laura se detuvo y suspiró. Había batido su marca. Estaba frente a una cafetería. Levantó la vista y leyó el cartel: “Ítaca”. Conocía el sitio. Había ido un par de veces con Carlos, su ex—novio. Ponen buena música y era un lugar tranquilo y barato. Se decidió a entrar y se sentó en la barra. Temblorosa, se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo izquierdo de su abrigo. Pidió una buena taza de chocolate caliente con nata y esperó a que se lo trajeran. En los altavoces sonaba Ray Charles, había aprendido el gusto por el Jazz de Carlos. También le gustaba la música clásica, gusto heredado de su madre. Le trajeron el chocolate. Una voz le sorprendió a su lado izquierdo. ¿Norte o Sur?—dijo la voz. 156


Laura se giró a su izquierda y ahí estaban. Los ojos azules más intensos que había visto jamás, le transmitían calma, serenidad, la esperanza de que todo se arregla, eran como el mar. Y encima acompañados de una bonita y radiante sonrisa. Observó al propietario, el resto de sus rasgos no destacaban de la misma forma, y tampoco era especialmente guapo en conjunto, pero tenía algo. Como un aura. Era de esa clase de personas. Se relajó completamente. Ahí estaba. Su esperanza. Su punto de apoyo. Su terapeuta siempre le había dicho que debía encontrarlo. Su punto de apoyo, como una cuerda que le ayudase a salir del fondo. De la oscuridad a la luz. Uno de los peores traumas que le había dejado la violación fue el complejo de culpa. Se sentía víctima y causa a la vez. “Si no vistieses como una puta...”. Era algo que necesitaba quitarse de encima. Sonrío y dijo: —¿Perdón? —Que si vienes del Polo Norte o el Sur—dijo el chico sin perder un ápice de su sonrisa señalándole su atuendo. El comentario la cogió por sorpresa y la hizo reír brevemente. No recordaba cuanto llevaba sin reírse. Era él. Sin duda. Su punto de apoyo. Sintió ganas de abrazarle, de llorar en su hombro y relatarle todos los horrores por los que había pasado, de contarle lo eternos que se le habían hecho estos meses esperándole...De hacer el amor con él. Laura decidió que ninguna de esas cosas sería pospuesta más allá de esa misma noche. VÍCTOR (2) —En realidad no vivo a más de mil pasos de aquí—dijo la chica del anorak y el gorro. —Ni que los hubieses contado—contestó Víctor. La chica rió afablemente y se llevó una cucharada de nata a los labios. Tenía unos labios muy sensuales. Víctor tamborileó con los dedos sobre la barra y miró a los lados como si buscase al camarero. —¿Y, vienes mucho por aquí?—preguntó Víctor fingiendo poco interés. La chica volvió a estallar brevemente en carcajadas. Parecía que había pasado meses sin reírse y su risa, contenida tanto tiempo, se le escapaba poco a poco como el aire a un globo. Víctor no entendió el motivo de su risa. 157


—Perdón—se disculpó ella con una sonrisita, mirando aún su taza de chocolate— Es que me ha parecido gracioso. —¿Por qué?—preguntó Víctor extrañado. —Porque hay cosas que nunca cambian, como las frases para ligar en los bares—y se giró para mirarle. La chica le miró directamente a los ojos. Víctor se quedó helado, en blanco. Era la primera vez que no sabía qué decir. Normalmente se le habría ocurrido algo ingenioso, pero le sorprendió la mirada de la chica. Sus ojos refulgían. Tenía ojos de tigresa. De chica mala. Pero no vestía precisamente como una femme—fatale. Casi parecía que tenía su alma de tigresa encerrada al fondo de sus ojos, como la risa en su garganta, y solo necesitaba que alguien la hiciese salir poco a poco. —Bueno—dijo ella rompiendo el silencio—¿Piensas sentarte o planeas quedarte ahí de pie toda la tarde? LAURA (3) Laura encendió un cigarrillo y apartó la taza de chocolate vacía. Estaba buenísimo. Su salvador se llamaba Víctor. Habían hablado de cine, música y literatura. Parecían coincidir en casi todos sus gustos. Además Víctor era muy gracioso y afable. Fue una conversación mágica en la que ambos sintieron una compenetración pura y auténtica. Le ofreció el paquete de Nobel. —Solo fumo cuando tengo algo que celebrar—dijo Víctor, y tras un momento de duda cogió un cigarrillo. Ella encendió el mechero y le acercó la llama. Víctor le agarró la mano para acercar aún más la llama del mechero. Su mano era cálida. Encendió la punta del cigarrillo y se la soltó. Laura giró la cabeza para que él no la viera sonrojarse. Se sentía estúpida. Una adolescente. Pero es que no solo era la primera vez que el contacto físico de un hombre no le hacía estremecerse, sino que incluso sintió una leve punzada en la entrepierna. Su deseo sexual había vuelto. Y planeaba cobrarle los meses que había estado inactivo. —¿Y qué celebras ahora?—preguntó logrando sobreponerse. —Que todavía no me has dado puerta—contestó él. Laura rió. Era todo un encanto. 158


VÍCTOR (3) Tras unas cuantas reticencias de la chica, Laura, le permitió que la invitase al chocolate. Víctor no creía en el amor a primera vista. O no solía hacerlo hasta esa misma tarde. Pero durante toda la conversación sintió un lazo muy fuerte de atracción entre ellos dos. Era algo más que mero deseo o atracción sexual. La chica tenía unos gustos excelentes, sin duda alguna. Jamás en toda su vida habría esperado que nadie con aquellos ojos supiese recitar algo de Alberti de memoria. Cuando Laura se levantó, dispuesta a marcharse, Víctor no sabía a qué atenerse. ¿Le pedía el número de teléfono? ¿Una cita? ¿O qué? Como Laura había dejado bastante claro que ella llevaba las riendas, y Víctor no estaba en desacuerdo, esperó a que ella diese el primer paso. — ¿Me acompañas a casa?—pidió haciéndose la tímida. —Por supuesto—dijo Víctor. Y salieron de allí. Por el camino hablaron un poco más, concretamente de Sabina. Y descubrieron que de nuevo estaban de acuerdo en todo. Parecían hechos el uno para el otro. Doblando una esquina se encontraron a una rubia despampanante. Enseñando mucha carne para descuido de su salud por la temperatura que reinaba en las calles. Una más de tantas. Una cáscara vacía. —¿No te da pena que haya chicas que tengan que vestir así para atraer a un baboso?—dijo Víctor—Visten como putas. Jamás pensó que un comentario tan inocente como ese podría acabar con su vida. Laura se cambió de ropa. Tenía una sonrisa de lado a lado de la oreja. Se contempló al espejo con el pintalabios en la mano. Estaba radiante. Con su falda de vinilo y sus botas. Que ganas tenía de volver a ponérselas. Al final había acertado. Víctor había sido su salvador. Le había despojado de sus miedos. Aunque no como ella creía. No supo porqué saco la navaja al oír su comentario. Pero lo hizo. Había gritado y apuñalado a Víctor en el cuello. Y la voz de su cabeza desapareció. Y algo dentro le decía que había sido para siempre. Ahora era libre. Había apuñalado a sus temores. Y lo mejor es que nadie le había visto. La policía pensaría que Víctor había sido objeto de un atraco. Salió de casa silbando una canción cualquiera, rumbo a la discoteca que solía frecuentar meses antes. Iba a recuperar su vida. 159


Mystery Island Enrique Valero Leal

1.er Premio. Primer ciclo ESO

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C

uando comenzó a surfear, tan solo tendría unos tres o cuatro años. Iván tenía un carácter amable y le gustaba ayudar a los demás. Se estaba preparando para un torneo de surf, y fue dejando un poco de lado a los amigos y los estudios, y se dedicaba por completo a surfear. Ni él mismo imaginaba cómo un simple torneo de surf en Australia le iba a cambiar la vida. Varios días después, Iván ya lo tenía todo preparado para viajar a Australia: maleta, consentimiento de padres (pues sólo tenía 17 años), cera para la tabla, etc. Así que un 22 de julio por la mañana, partió hacia el torneo en el crucero Manso—Mar. Se pasó la mayoría del trayecto encerrado en el camarote, pensando en el torneo y leyendo “La vuelta al mundo en 80 días”. Finalmente, se decidió a salir del camarote y visitar la cubierta Mansa. Había leído en el folleto del barco que había una cabina de observación submarina, y se dirigió a ella. A la entrada de la cabina de observación había un guardia de seguridad que controlaba la entrada y salida de todo el mundo. Observó que para entrar hacía falta tener una tarjeta especial, la cual Iván no poseía. Sin embargo, aprovechó un despiste del guardia y entró para observar unos minutos. Al entrar observó que unas láminas exteriores de metal taparon los cristales de observación y una voz sonó por un megáfono “Atención señores pasajeros, cerramos las compuertas de la cubierta y la entrada 163


de la cabina inferior por motivos de seguridad”. De repente escuchó un chirrido tras la puerta de la cabina y el barco comenzó a viajar a mayor velocidad. Un poco más tarde, llegó a su destino lo cual sorprendió enormemente a Iván. Aún quedaban varias horas de trayecto. Él fue el primero en salir por la puerta de la cabina y quedó estupefacto. No estaban en la cabina superior. Estaban en la superficie. La cabina se había transformado en un bote independiente del barco. Y por supuesto no estaban en Australia. Era un terreno más bien tropical, parecido al Caribe, pero era imposible que hubieran llegado tan lejos. Seguramente estarían en una isla del Océano Indico. No había nadie en la superficie. Tan solo los tres hombres que estaban conmigo en la cabina. Se dirigieron hacia una pequeña jungla, e Iván comenzó a seguirles. No tenía ni idea de adonde se dirigían. Iván comenzó a alejarse un poco de los hombres y finalmente se perdió en medio del bosque. No sabía qué hacer así que trepó a una palmera y se dedicó a observar el paisaje. Pudo comprobar que se encontraba en una isla, ya que estaba totalmente rodeado de agua y también pudo divisar algo a lo lejos, como una especie de edificio en medio de la exuberante jungla. Iván rápidamente bajó y se dirigió en dirección a ese extraño edificio. El camino fue más largo de lo que creía, y finalmente llegó al edificio. El edificio estaba en un recinto que constaba realmente de tres edificaciones. La edificación central era gris metálico totalmente cuadrada, sin ventanas, a excepción de la parte izquierda, la cual tenía un saliente redondo con cristaleras amarillentas de la luz del sol. Por fuera parecía que tenía dos o tres plantas. La segunda edificación estaba inmediatamente a la derecha de la anterior. Esta también era cuadrada, sin ventanas, aunque se podía observar una cavidad llena de chatarra delante de él. Esta era un poco más grande y alta que la anterior, y era mucho más lúgubre. La tercera edificación era la que Iván divisó al fondo. Parecía un piso corriente de al menos cinco plantas. Iván no lo dudó un segundo y se decidió a entrar en aquel extraño recinto. Pero no era tan fácil. La valla estaba electrificada y con solo tocarla le daría una descarga y alertaría a los guardias que habían en la puerta. Así que usó una rama larga, y a modo de pértiga saltó por en164


Dibujo: Adriana Lillo, 2012

cima de la valla. Ya estaba dentro del recinto y no había alertado a los guardias. Después bajo a la chatarrería que había delante del segundo edificio. Al entrar tan solo encontró piezas oxidadas, coches destruidos y papeles inútiles. Pero se fijó en que uno de los coches destruidos era una réplica casi exacta del coche del presidente de los Estados Unidos, Mac Defarest. Entró en el coche y pudo encontrar un papel en el que estaba inscrito “WhiteBeast”. No había que ser un genio para saber que eso en español era bestia blanca, ¿pero qué significaba? Más tarde, tras investigar la chatarrería y no encontrar nada se dirigió al edificio de la cristalera redonda. Efectivamente edificio constaba de dos plantas tal y como Iván había supuesto. En la planta de abajo había muchas personas, y todas ellas vestidas con batas blancas, y manejaban probetas y equipos informáticos muy avanzados en apariencia, así que se supuso que eran científicos. Intentó evitarlos y llegar a la planta de arriba en la cual había un panel en el que había escrito “cámaras de seguridad” y había más o menos cuarenta monitores. Habían varias

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etiquetas: una de ellas decía “campo de pruebas de facetas”, que era la sala de abajo con los científicos; otra que decía “patio”; y una más que decía “campo de pruebas materiales”. Por el tamaño, Iván supuso que era el interior del edificio de la chatarrería. Pero el monitor de esa cámara mostraba algo totalmente extraño. En ese edificio se encontraban personajes tan importantes como el presidente de Estados Unidos, la presidenta de Alemania, la reina de Inglaterra… había incluso ex presidentes. Unos estaban de pie, otros en movimiento, otros sentados en las esquinas. El caso es que todos tenían un aspecto blanquinoso, como si estuvieran muertos y alguien le hubiese devuelto la vida ¿Qué demonios estaba pasando en esa sala? De repente, Iván escuchó un grito a su espalda, y antes de que se diera la vuelta, notó un golpe en su cabeza, y todo se le puso negro…. Iván despertó en una sala lúgubre, pequeña y con rejas. Estaba en una celda, en ese misterioso recinto. Pero no estaba solo, había alguien más… —Hello, who are you? —preguntó el desconocido. —¿Cómo dices? –preguntó Iván. —Vale, hablas español. ¿Quién eres y qué haces aquí? —Es una larga historia, iba en un barco, cuando la parte inferior del… —No digas más, ya me conozco esa historia. Me llamo John Defarest y soy hijo del presidente de Estados Unidos. Al decir esto, Iván quedó estupefacto. —Estás atrapado en un campo de clonación. El objetivo de esto es un golpe de estado a nivel mundial sin usar las armas, tan solo las palabras. Quieren sustituir a los presidentes más importantes por clones, empezando por WhiteBeast, es decir, mi padre, Mac Defarest. A mí ya me han sustituido. Y esto no es una isla, en realidad es una isla artificial, que está sostenida por este edificio –dijo John. —Escucha, debemos escapar de aquí y desbaratarles los planes. Entre los dos lo conseguiremos. ¿Sabes si hay explosivos en alguna parte? –preguntó Iván. 166


salas.

—Sí, en el edificio de la chatarrería, hay explosivos en una de las

Iván sacó de su bolsillo un llavero en el que había una espadilla, que utilizó para abrir la puerta de la celda, y los dos se dirigieron en busca de los explosivos. John guió a Iván hacia la sala donde estaban los explosivos, y mientras que Iván los colocaba, aprovechó para coger algunas probetas con muestras para poder demostrar lo que estaba pasando. Un científico vio a John y alertó a los guardias. Las cosas se pusieron feas. Tenían todo un ejército encima. La explosión sorprendió a los guardias, y los chicos pudieron escapar. Iván colocó un explosivo en la valla e hizo un enorme agujero por el que salieron. John e Iván corrieron a toda velocidad hasta la playa, en la que había tres zodiac. John arrancó una de ellas, mientras Iván averiaba las otras dos. Al tiempo que salían hacia el barco llegaron los guardias que empezaron a disparar con sus fusiles. Iván se puso al volante de la zodiac. Conducir esa cosa no era muy diferente a manejar una tabla de surf. Había derrapes, giros inesperados, pero….¡Plof! Un disparo había penetrado en la zodiac, y al encontrarse cerca del barco, se arrojaron al agua, y nadando llegaron en seguida al barco. Desde el barco les lanzaron un salvavidas, y los izaron a bordo. Todo esto había superado a Iván de tal manera que cayó rendido en la cubierta del barco. John le contó al capitán del barco parte de lo que estaba pasando, y el capitán mandó levar anchas y salir de allí inmediatamente. Cuando llegaron a tierra, los chicos fueron directamente a la Casa Blanca a informar al padre de John de lo que estaba pasando, y al enseñarle las pruebas, el presidente mandó detener al supuesto John (que en realidad era un clon), y mandó un destacamento para apresar a todos los malvados que se encontraban en la isla. —Gracias, Iván. No lo habría conseguido sin ti –dijo John.

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—De nada, John, he hecho lo que tenía que hacer. Y pensar que yo iba a Australia a participar en un torneo de surf. Iván sonrió. —Además, mi padre te va a condecorar, y además te llevará en su avión privado para que mañana puedas estar en ese torneo de surf. Iván volvió a sonreír. Además de conseguir un amigo, habían salvado el mundo.

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Expediente M.A.R.C.I.A.N.O Inmaculada Bermejo Lucas

1.er Premio. Segundo Ciclo ESO

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L

legué a las 11:05h a un planeta mayoritariamente azul y con fragmentos de tierra gigantescos. Desembarqué de la nave Optopus a las 12.00h, el lugar estaba asfaltado y en los muros había pintadas de colores chillones. A las 12:06h tuve que refugiarme en un edificio cercano, repleto de muebles de color verde, debido a que unos seres monstruosos aparecieron en el terreno asfaltado en el que me encontraba. Los seres eran de un color repugnante,—¿como describirlo?—, como el popo de perro en nuestro planeta, pues igual. Tienen unas extremidades largas, solamente dos ojos y su aparato pensante tiene forma esférica, pero por lo que he observado no es muy utilizado. Posteriormente, a las 13:00h los individuos se fueron tras hacer una rara mezcla de movimientos coordinados, corriendo detrás de un balón, dándole patadas (aunque más bien las patadas se las daban entre ellos) y produciendo un extraño sonido, tan fuerte y extravagante que mis sistemas auditivos no resistieron y explotaron. Al respecto, quiero pedirle a usted comandante Suarballi73 que cuando vuelva al planeta Q233 tengan preparados unos implantes auditivos. Al salir me activé el dispositivo de invisibilidad y decidí recorrer todos los alrededores cercanos a los se encuentra mi nave. A continuación paso a informarle de todas las situaciones terroríficas que he encontrado: 171


—A las 14:00h fui al centro de la extraña villa y vi una gran masa de los seres horribles, sobre todo hembras, apelotonados en la entrada de una gran edificación en cuya fachada estaban los siguientes carteles: “REBAJAS DE HASTA EL70%”, de repente cuando me disponía a acercarme, las puertas de la edificación se abrieron y se produjo una avalancha de hembras que entraban a empujones y se peleaban por harapos. —A las 14:10h continué mi visita y vi una cosa muy extraña: por una parte vi a seres que llevaban una vestimenta “elegante” (y resalto lo de elegante), y parecían adinerados y que otros llevaban una vestimenta mucho más humilde y que pedían, según lo que vi, una moneda oficial de ese lugar, el euro. —A las 14:30h decidí teletransportarme a un lugar más tranquilo, que recibe el nombre de La Manga, según miré en el folleto de información (aunque la verdad no es que fuera muy tranquilo). Al llegar allí me encontré con algo horroroso: la llamada Manga estaba llena de residuos contaminantes, los seres extraños tomaban el sol, así es como se llama su estrella, y comían una especie de fluido helado que según ellos resultaba refrescante. También he descubierto que hay seres de todos los colores: carne, marrón, casi negro e incluso rojo; según he comprobado en algunos seres que se exponen durante mucho tiempo al sol. —Desde las 15:00h hasta las 19:00h decidí bañarme en La Manga cuya agua era de color azul, e incluso estaba calentita por algunas zonas, sobre todo las cercanas a los niños, después descubrí que era porque los niñitos echaban sus aguas menores al agua, nunca mejor dicho. —A las 19:05 ya estaba de vuelta en la villa y vi a la mayoría de los seres ingerir alimentos llamados comida basura que según ellos es deliciosa, pero por lo que dice mi calorímetro tiene un alto contenido en grasa saturadas dañinas para la salud. —A las 20:30h comencé a ver a un montón de seres de edad temprana que salían con guiñapos, y algunos semidesnudos, que llevaban unas decoraciones brillantes e iban bastante arreglados. La mayoría se dirigían a edificaciones en cuyo interior había un gran estruendo, la luz era muy tenue, y servían bebidas las cuales gustaban mucho a los jóvenes, pero comprobé que a las dos horas de estar bebiendo tenían 172


Dibujo: Luis Miguel Colomo Rodriguez, 2012

efectos algo raros como mareos, vómitos, caídas y algún que otro resbalan que acababa provocando la rotura de las unidades trituradoras de

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alimentos (también llamadas piños). Otros jóvenes se concentraban en las plazas de las villas y solo se dedicaban a beber. Pero lo más curioso es que cuando aparecían unos coches con unos pitidos y con unas luces rojas y azules huían espantados, y los que no lograban escapar eran retenidos por unos seres, por lo general machos, que vestían de uniforme y que encerraban a los jóvenes en pequeñas habitaciones con rejas, en las que permanecían enclaustrados hasta que los progenitores del infante o la infanta lo recogían. CONCLUSIÓN: este planeta tiene bastantes desigualdades sociales, las estancias públicas están contaminadas, los alimentos y las bebidas son perjudiciales para la salud, y las hembras se tiran del cabello las unas a las otras para conseguir harapos. Mi recomendación para usted comandante Suarballi73 es no invadir este planeta, ya que el nuestro es mucho mejor y estoy seguro que sus condiciones de vida acabarían matándonos y destruyendo Q233. Lo que quiero decirle en resumidas cuentas, como dirían los humanos, esos seres extraños, es: “si hay que ir se va pero ir pa’ na’ es tontería.

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Contigo Alicia Guadix Carrillo

1er Premio Segundo Ciclo Eso

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L

a tierra temblaba. El viento mecía las ya marchitas rosas, las lúgubres malas hierbas, los tristes lirios. La Luna se fue, la oscuridad había vencido. Y allí tú. Tumbado junto aquel arroyo te deleitabas con el tenue resplandor de esas tan grandes como diminutas estrellas. Mecías con suma delicadeza las aguas que a tu lado fluían con una rama caída de quién sabe qué árbol, y entre dientes canturreabas esa canción que tanto me gusta. —Tengo miedo. —Te dije yo ese mismo día por la mañana. —Que papá y mamá se divorcien no va a cambiar nada. —Me respondiste tú, tranquilo, irradiando seguridad, esa confortable seguridad que necesitaba que me transmitieras. Era un árbol gigante cuyas hojas apenas dejaban espacio entre unas y otras, solo pequeños huecos para que el sol, en su cúspide, dejara pasar sus rayos. Su tronco, incomparable. La corteza dañada por el tiempo, nombres de enamorados, y huéspedes que habían hecho de aquel gigante su hogar, transmitía su fuerza. Lo rodeaban rosas rojas y el susurro del arroyo acompañaba la melodía del golpear del viento contra sus hojas. 177


Entramos al juzgado, mamá iba delante y unos metros detrás iba papá con las manos en los bolsillos, aspecto cansado y un cigarrillo en la boca. Tú me cogías de la mano, mirabas hacía delante, suspirabas y cambiabas la canción de tu mp3. Me sentía sola. Más sola que nunca. Mamá me había puesto el vestido rosa, el que lleva volantes al final y botones en el cuello. —Vas preciosa — había dicho. Pronto comenzó la sesión y te sentaste a mi lado, tal y como me habías prometido. Me alisaba el vestido, realmente me sentía una princesa. Me colgaban los pies del asiento y apenas podía ver, así que me mantuve mayor parte del juicio estirando el cuello y moviéndolo para ambos lados. Me miraste y comenzaste a reír. Creo que era la primera vez en meses que lo hacías. De pronto oí la voz de mamá hablando sobre papá. Fue entonces cuando te quitaste tus cascos y me los pusiste a mí. Sonaba demasiado fuerte, pero enseguida me di cuenta que era la canción de The Beatles “All you need is love” Así que cerré los ojos y me dejé llevar. Movía mis zapatillas blancas de un lado para otro, me giré y te vi muy enfadado, fruncías el ceño e incluso llegaste a darme un poco de miedo, así que te cogí de la mano y dejé que terminases tú de escuchar la canción. Pero las cosas entre mamá y papá no iban bien, solo gritaban y se insultaban. Entonces oí tu nombre y acto seguido el mío. Me asustaste cuando de forma muy brusca te levantaste y te pusiste a gritar, no conocía ese lado tuyo. El juez comenzó a dar golpes y a pedir silencio, ¿qué estaba pasando?. Y sin más, cuando todo parecía volver a la calma, te levantaste, te pusiste los cascos y con los puños cerrados te fuiste de la sala. No quería quedarme allí sola, rodeada de toda esa gente que ni siquiera conocía, así que me levante y te seguí: —¡Sam! ¡Sam! ¡Espérame, Sam! Pero no me oías. 178


Dibujo: JosĂŠ Antonio Paredes Rodriguez

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Corrí tras de ti, me costaba respirar y me hacían daño los zapatos. El semáforo estaba en ámbar, el coche azul metalizado aceleró. All you need is love, pronunciaste bajo las estrellas. El viento frenó, y con él las hojas, las rosas y los lirios. También dejó de fluir el arroyo y enmudecieron los grillos. Giraste la cabeza, me guiñaste un ojo, y como la Luna, desapareciste.


Yo y el bichito Kevin SĂĄnchez RodrĂ­guez 1.er Premio. Bachillerato

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N

unca había llorado tanto como el día en el que me dijeron que era seropositivo. Seropositivo. Vaya una manera más sutil de decirme la verdad: tengo SIDA, me han pasado «el bichito». Apenas subí al autobús, no pude contener las lágrimas. Mareado, decidí sentarme y llorar en paz hasta llegar a mi parada. No podía pensar con claridad, y en mi cabeza se amontonaban cientos de pensamientos a la vez: ¿cómo iba a decírselo a Leo, mi novio desde hace un año y medio? ¿Qué pensarían mis padres? ¿Qué pasaría cuando se corriera la voz en el instituto? Y el más importante: ¿qué iba a hacer yo con mi vida? Lo gracioso, si es que hay algo gracioso en esta historia, es que todo empezó con una revisión bucodental. Sí, señores: fue mi dentista quien me diagnosticó el SIDA al ver unas llagas blanquecinas en mi lengua causadas por hongos. En un instante, su rostro me dijo lo que Conchi, la otra dentista, no pudo suavizar con una caricia animosa: algo muy gordo estaba pasando allí dentro. Él, mi dentista, casi me obligó a ir al médico de cabecera, que una semana después de sacarme sangre me extendió el pequeño papel con una terrible expresión de condolencia Fue, desde luego, la peor sensación que he tenido en mi vida. Nada más ver el recuadro con bolígrafo rojo, noté cómo se me aflojaban los intestinos y tuve que hacer un gran esfuerzo para no mancharme toda la ropa. Al mismo tiempo, un nudo en la garganta me impedía respirar; estaba aturdido, como si me hubieran dado un puñetazo por sorpresa. 183


Mi médico, el doctor Hernández, me puso la mano en el hombro y me susurró: «lo siento». Yo, en estado de shock, no pude decir nada. Me levanté y, con las manos goteando de sudor, salí tambaleándome de la consulta. Una vez me derrumbé en el asiento del autobús, con el corazón acelerado, empecé a pensar y consideré mi situación: tenía 17 años, estaba a punto de terminar el Bachillerato y mi familia me quería. Sé que pueden parecer, tal vez, tres factores no muy importantes, pero créanme: para un adolescente como yo, son lo primero. Joder. SIDA. Soy gay y he tenido experiencias sexuales desde pequeño; estaba familiarizado con toda la publicidad sobre el uso del condón, las campañas de prevención de embarazos y ETS… incluso ya me conocían en el centro de planificación familiar al que iba una vez cada tres meses, como los que recogían sus dosis de metadona. A pesar de eso, de todo eso y de las conversaciones con amigos de más edad, de familiares, de profesores, de médicos, he pecado. Y sólo se puede decir de esta manera: he pecado. En la subcultura gay en la que me muevo, tener el SIDA es el equivalente a pecar para un cristiano; has ido más lejos de lo que deberías. Si bien te advirtieron antes, no hiciste caso. Pecaste. Follaste. Es lo mismo. Es exactamente lo mismo. Ahora tienes el bichito. Mi mayor angustia radicaba en no saber dónde podría haberlo pillado: era fiel a mi pareja y los dos éramos seronegativos, o eso decían los análisis. Además, sé que es arriesgado decirlo, pero sabía que él no podía haberme sido infiel, porque nuestra relación era más de cómplices que de novios, y tenía la certeza de que me lo habría dicho. Confiaba en él. Sin embargo, una noche, de fiesta, mi amigo Raúl me ofreció un pinchazo de caballo… la única vez que la probé. Ahora que lo pienso, no es ilógico que Raúl también haya pillado el bichito, teniendo en cuenta que le gusta follar a pelo con las tías que se liga. Me atenazó el pánico cuando me visualicé a mí mismo dando la noticia a mis padres. Mi padre, como siempre, no diría nada; se quedaría sentado en su sitio de la mesa, y como mucho dejaría caer alguna frase sentenciosa, del tipo «Te dije que fueras con cuidado». Mi madre, mi pobre madre, sí que lo iba a sentir en sus carnes. Tal vez ella era la segunda persona por lo que yo más lo sentía: se derrumbaría al instante 184


Dibujo: Laura Santos Sรกnchez, 20112

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y probablemente no pararía de llorar en toda la noche. Mi pobre madre. Siempre tenía que obligarme a que le dijera qué me pasaba, y siempre tenía algún consejo listo para mí. ¿Y ahora qué? ¿Quién la iba a consolar a ella? Su ojo derecho, su niño del alma, estaba infectado con un parásito que lo devoraría por dentro hasta matarlo. ¿Acaso hay sensación más horrible? Si quieren saber la verdad, supongo que me daba igual lo que opinase el resto de la familia, tanto la de mi padre como la de mi madre. A mí sólo me importan yo mismo y los míos. Sé que suena cruel, pero mentiría si dijera otra cosa. Yo soy así. Tampoco sabía lo que dirían mis amigos, aunque eso mismo no era algo que me matase. A la mayoría no los volvería a ver una vez hubiera terminado el instituto, y los pocos colegas cercanos que tenía me apoyarían, yo lo sabía. Supuse que una vez que se corriera la voz en el instituto, mi reputación, ya hecha polvo, no volvería a levantarse nunca más. Ya solía atraer las miradas cómplices y las risitas por mi fama de maricón, de promiscuo, de flipao y por llevar el pelo más largo que muchas chicas, así que decidí que en cuanto la gente se enterara, mandaría todo a tomar por culo e incluso lo llevaría con todo el orgullo del que fuera capaz, como Hester Prynne en La letra escarlata. Y entonces, después de cavilar sobre qué pensaría todo el mundo, divagué sobre qué pensaría yo de mí mismo. ¿Qué me parecía a mí? Deseé con todas mis fuerzas que lo que me estaba pasando no fuera verdad, pero aun así sabía en el fondo que la realidad me estaba dando bofetadas con todas sus fuerzas en ese mismo instante. Casi en seguida, pensé también que era inútil arrepentirse; por más que lo hiciera, poco había ya que yo pudiese cambiar. Cuando conseguí llegar a casa, sólo quería tumbarme en la cama y darle vueltas al tema antes de que llegaran mis padres. No quería hablar con nadie, no quería escuchar música y no tenía hambre, así que sólo me acosté, y mirando al techo seguí pensando. Ya no me quedaban lágrimas; sólo una grave pesadez en el estómago y un incontrolable temblor de piernas. 186


Lo que sentí entonces fue pena por mí mismo. Yo quería ser traductor y todo el mundo vaticinaba para mí una carrera brillante como intérprete y lingüista; estaba esforzándome mucho ese año para poder acceder a la carrera que elegí, y había sacrificado para eso muchas cosas que antes podía permitirme, como salir todos los días o pasarme una tarde sin trabajar. Y, aunque parezca una tontería, sentí mucha pena por todo ese tiempo que había pasado, porque me sentía como si lo hubiera tirado a la basura habiendo echado a perder mi vida de esa manera. Tenía SIDA. Estaba enfermo. Parasitado. Yo era una cifra más, uno de los miles de nuevos casos al año en el país. A partir de ese momento, yo sólo sería eso mismo: una cifra, una letra; poco más que nada. Si quieren que les sea sincero, me lo merecía. Eso era lo que más me dolía de todo el asunto: me lo merecía, yo me lo había buscado, y ninguna clase de victimismo podía tener cabida entonces. Me pasaba por follar sin condón y por comerles las pollas a desconocidos en los aparcamientos. Me pasaba por tragarme las corridas de los niñatos a los que conocía en los bares de ambiente, y me pasaba también por acostarme con cuarentones a cambio de que me invitaran a cenar. Por supuesto, todo eso pasó hacía casi dos años; después, decidí sentar la cabeza y apareció David, la única persona hasta entonces con la que me sentí lo suficientemente seguro como para mantener una relación. Dos años hasta el momento había durado esa relación. Desde la noche en la que decidimos salir juntos, todo fue distinto: la vida parecía sonreírme, y yo, sentado frente al mundo, lo contemplaba de la mano de mi amor, sintiéndome florecer en la cumbre de mi juventud. Él y yo supimos construir una relación sólida basada en unos valores que muchos matrimonios no podían presumir tener. David y yo éramos «la parejita» de nuestro grupo de amigos, y a todo el mundo le parecíamos encantadores. Ahora todo eso se había acabado. No sabía cómo iba a reaccionar él cuando se lo dijera, ni qué podía pasar: si seguiría conmigo o me dejaría. No tenía ni la más mínima idea.

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Han pasado ya más de tres meses desde que sucedió todo lo que les he contado. Dejé pasar una semana antes de decírselo a mi familia, y a David se lo dije todo, entre lágrimas, al día siguiente. Para mi sorpresa, mamá y papá me abrazaron sin decir nada, y así nos quedamos los tres un largo rato. No hemos vuelto a hablar del tema. David, tras el pánico inicial, logró serenarse y tras unas horas interminables de charla, decidimos que seguiríamos juntos, tomando todas las precauciones. En el instituto nadie sabe nada, excepto una profesora de mi confianza. Mis amigos lo sintieron muchísimo por mí, pero también siguieron a mi lado. Es extraño cómo la gente puede reaccionar de manera inesperada ante algunas situaciones. Mi enfermedad no ha logrado alejar a nadie de mi lado; al contrario, las personas que me querían me han apoyado al máximo y me están ayudando a llevar bien las cosas. Este relato no contiene ninguna recuperación milagrosa o intervención divina como las que solemos ver en los folletines de la televisión. Esto es la realidad, sin trampa ni cartón; no hay más que lo que les he contado. Pero, si quieren un consejo, tómense las relaciones sexuales con seriedad. No follen a pelo con la primera persona que se les ponga delante. En serio. No creo que la sociedad pueda ser tan condescendiente con todo el mundo como lo ha sido conmigo.

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