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HUYENDO DE OCCIDENTE CINCO LIBROS DE HISTORIA UNIVERSAL

Fernando Rosales Naya


CrĂŠditos


HUYENDO DE OCCIDENTE CINCO LIBROS DE HISTORIA UNIVERSAL (SÍNTESIS Y ENSAYO CRÍTICO DE HISTORIA MATERIALISTA)

Fernando Rosales Naya


... Subir al firmamento prendido de tu cuerpo es una experiencia religiosa...1 Para Supersónica 30 de agosto de 2010

Mi nombre es Muerte Hiero a quien le toca en suerte; No hay hombre tan fuerte Que de mí pueda escapar. Yo soy la Muerte, llena de ecuanimidad, Sólo os quiero a vosotros y no a vuestra riqueza Y digna soy de llevar corona Porque señoreo sobre todas las personas.2

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De la canción “Experiencia religiosa”, compuesta por Chein García-Alonso e interpretada por Enrique Iglesias. Texto de las cartelas del fresco atribuido a Giacomo Busca da Clusone “El triunfo de la Muerte” (1485) en la iglesia de los Disciplinarios, Clusone (provincia de Bérgamo). Tomado de FRUGONI, Chiara, Botones, bancos, brújulas y otros inventos de la Edad Media, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, 2008, pp. 111-112.


Al lector

El estudioso interesado en la Historia Universal encontrará en el mercado dos tipos de obra. Uno consiste en una visión muy general de los procesos básicos que han conducido a la Humanidad hasta su situación actual. Me gusta este enfoque, pero suele adolecer de excesiva abstracción y omisión de hechos relevantes. Otro aporta monumentos de tal cantidad de volúmenes que solo pueden ser obra de diversos autores, con lo que se produce fuerte descompensación en el tratamiento de los contenidos, y se pierde unidad de enfoque, cohesión y perspectiva de conjunto. Ya lo habrá adivinado el lector. Efectivamente, esta obra apunta al objetivo de salvar la distancia entre ambos polos. Pretendo ofrecer una Historia Universal que sin caer en la generalización excesiva y la vaguedad, equilibre la visión de conjunto con cierta profundización en acontecimientos históricos importantes, soslayando el detalle prolijo y por supuesto obviando la anécdota pintoresca. La obra se estructura en cinco libros. El primero estudia la aparición de la Humanidad y su trayectoria anterior a la aparición de la agricultura y la ganadería hace unos 12.000 años. En él, las fechas vienen dadas en años antes del presente, considerando como tal el hito convencionalmente aceptado de 1950. Para evitar las cifras engorrosas y las abreviaturas molestas, he optado por emplear la forma cron para un millón de años, y la forma Ka para un millar. El segundo trata el surgimiento de las sociedades agrarias y su curso hasta la aparición del Estado hace unos 5.000 años. En él y en los siguientes, las fechas vienen dadas de acuerdo con la Era Cristiana. El tercero analiza el surgimiento de los Estados y su desempeño hasta la integración de todos ellos en una red comercial planetaria a fines del siglo XV dC El cuarto aborda las transformaciones provocadas por esa red hasta su culminación en la Revolución Industrial de finales del XVIII dC El quinto, en fin, sintetiza los grandes procesos históricos desde entonces hasta la actualidad. El volumen que el lector tiene ahora en sus manos reúne los dos primeros. Espero poder ofrecer el resto con la menor dilación posible.

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LIBRO I APARICIÓN DE LA HUMANIDAD. LAS SOCIEDADES CAZADORAS-RECOLECTORAS DEL PLEISTOCENO (70 crones – 12 Ka bp) SECCIÓN PRIMERA DEL ORIGEN DE LOS PRIMATES A LA APARICIÓN DE LOS HOMÍNIDOS (70 – 7 crones bp) 1 Marco biológico de la hominización: los primates . ....................... 15 2 Los primates hasta la aparición de los homínidos

(70 – 7 crones bp).................................................................................... 23 3 El primate vivo más próximo a Homo sapiens:

sociedad y cultura del chimpancé . ..................................................... 27 SECCIÓN SEGUNDA DE LA APARICIÓN DE LOS HOMÍNIDOS AL SURGIMIENTO Y DISPERSIÓN DE HOMO SAPIENS (7 crones – 12 Ka bp) 4 Aparición de los homínidos y su evolución en África

(7 – 2 crones bp) ..................................................................................... 47 5 Los homínidos salen de África.

Homo erectus y Homo antecessor (2 crones – 730 Ka bp) . ......................................................................... 99 6 De Homo heidelbergensis a Homo sapiens

(730 – 200 Ka bp) . ................................................................................ 121

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SECCIÓN TERCERA HOMO SAPIENS DURANTE EL PLEISTOCENO (200 –12 Ka bp) 7 Ecce Homo que pobló la Tierra.

Sobre la naturaleza humana . ............................................................. 159 8 Dispersión de Homo sapiens durante el Pleistoceno

(100 – 12 Ka bp) .................................................................................... 179 9 Sociedad .................................................................................................. 213 10 Tecnología . ............................................................................................. 229 11 Religión . .................................................................................................. 243

LIBRO II SURGIMIENTO DE LAS SOCIEDADES AGRARIAS SU EVOLUCIÓN HASTA LA APARICIÓN DEL ESTADO (10-3 Ka a.C.) SECCIÓN CUARTA EL CONTEXTO GENERADOR DE LAS SOCIEDADES AGRARIAS 12 Del Pleistoceno al Holoceno .............................................................. 269 13 ...Hasta que llegó la economía agraria ............................................ 273 14 Cazadores-recolectores en la transición

del Pleistoceno al Holoceno (15-9 Ka) ............................................ 277

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SECCIÓN QUINTA LAS PRIMERAS SOCIEDADES AGRARIAS Y SU DIFUSIÓN (11-3 Ka a.C.) 15 Inicios del Holoceno (10-6 Ka) ......................................................... 291 16 Del Colapso del Laurentino al Óptimo Climático

(6-3 Ka). I. ............................................................................................... 319 17 Del Colapso del Laurentino al Óptimo Climático

(6-3 Ka). II. . ............................................................................................ 345 SECCIÓN SEXTA LAS PRIMERAS SOCIEDADES AGRARIAS EN VISIÓN DE CONJUNTO 18 La neolitización en perspectiva ......................................................... 365 19 Sociedades agrarias preestatales ........................................................ 387 20 Las primeras jefaturas .......................................................................... 423 21 Cultura de las sociedades agrarias preestatales ............................. 487

Bibliografía ............................................................................................. 507

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Capítulo 7

Ecce Homo que pobló la Tierra. Sobre la naturaleza humana.

Antes de continuar con nuestro relato histórico, quiero exponer ciertas consideraciones generales sobre las repercusiones conductuales asociadas al encéfalo sapiens. Después de todo, sapiens será el protagonista del resto de este primer libro y de los cuatro siguientes. Describir los rasgos básicos de su conducta nos ahorrará innecesarias repeticiones en el curso de nuestra exposición. Así pues: En el capítulo anterior constatamos que con respecto al de cualquier otro homínido, el encéfalo sapiens combina un incremento de tamaño con un desarrollo proporcionalmente mayor de los lóbulos frontal y parietal, incluidos el córtex prefrontal y las áreas de Broca y de Wernicke. Ambas áreas intervienen decisivamente en la elaboración y en la comprensión del lenguaje hablado, mientras el córtex prefrontal lo hace sobre las funciones intelectuales, en particular las de asociación de datos y toma de decisiones conscientes. Por ello, sapiens retiene, recupera de la memoria y analiza más rápidamente un volumen mayor de información, y extrae más rápidamente conclusiones. Esto incide sobre unas capacidades preexistentes, como la de abstraer características de los objetos y fenómenos para convertirlas en ideas, en grabados encefálicos -imágenes mentales, metafóricamente hablando- que una vez almacenados se pueden contrastar y recombinar aún cuando las realidades a las que trasponen no están presentes. En particular, pueden asociarse a los grabados correspondientes a otros objetos o fenómenos con los que no siempre guardan incialmente relación. A veces, con un objeto de la naturaleza o con una manufactura. Otras, con un gesto, sea éste una creación arbitraria o un acto reflejo provocado inconscientemente por la sensación, el deseo o la emoción que expresa. 159


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Pero particularmente con un sonido o conjunto de sonidos vocales, lo que genera una palabra. Gracias a ello las ideas pueden transmitirse entre congéneres. Algunos estudios concluyen que el área de Broca tarda 0,97 segundos en seleccionar una palabra, elegir su forma gramatical correcta y organizar los sonidos con que expresarla. La combinación de procesamiento más rapido de los datos abstraídos y simbolizados con su fácil transmisión y con su traducción en actos conscientes abre la puerta a un comportamiento también más flexible, más moldeable en función de los conocimientos adquiridos, los cuales incluyen obviamente la experiencia acumulada por generaciones anteriores. Un comportamiento en suma más adaptable a la experiencia presente y pasada y por ende a las presiones exteriores, vengan de los congéneres o del medio ambiente. Ello revierte a su vez en diversificación y continua modificación de la cultura, así como en el desarrollo de uno de sus aspectos particulares: el arte, forma de expresión simbólica donde las haya. Cuando hablo de traducción de las ideas en actos no entiendo las ideas como algo inmaterial. Definirlas de tal forma, como de hecho vemos en no pocos estudiosos, introduce explicaciones mágicas o religiosas. El “complejo mundo inmaterial de las ideas”, por decirlo con el ampuloso lenguaje de un arqueólogo cognitivo, simplemente no existe. H. sapiens es un ser vivo, no un espíritu. Ergo, las ideas no son algo extrabiológico y por tanto no pueden ser inmateriales. El comportamiento sapiens debe explicarse por fenómenos naturales, de tipo físico o químico en última instancia. Entiendo las ideas -ya lo dije- como una impresión grabada en nuestro encéfalo mediante mecanismos físico-químicos que ni conocemos ni comprendemos bien. Y como todo fenómeno de esa naturaleza, deben tener una consecuencia, inmediata o no, que en nuestro caso a veces será una acción sobre el entorno y otras una reacción interna y no siempre evidente del organismo. Tampoco quiero decir con esto que las ideas procesadas por la razón sean la causa de la conducta sapiens. Considero que todo comportamiento está causado por las necesidades biológicas fundamentales, que se hacen sentir a través de los instintos. Lo cual merece una explicación. Entiendo por funciones biológicas fundamentales de sapiens las que garantizan la perpetuación de la vida. En concreto y para los efectos de nuestro estudio, alimentación y reproducción -soslayo la respiración, 160


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por lo demás una forma de alimentación-. Su desempeño se realizará de acuerdo con el principio natural de economía, esto es de invertir la mínima cantidad posible de energía propia. Para atenderlas evolucionaron los instintos, acciones que el organismo está genéticamente programado para realizar pese a e independientemente de su voluntad. Esto no impide que en un momento determinado la voluntad interrumpa la acción de algún instinto. Momentáneamente puede; permanentemente no. La conducta sapiens está encauzada por tres tipos de instinto a los que llamaré deseos, emociones y razón. Llamo deseo a una alerta que el sistema nervioso envía al encéfalo para conminarlo a satisfacer las funciones biológicas fundamentales. Son líbido, hambre, sed, saciedad, frío, calor, dolor, placer. Para que en aras a satifacerlos el organismo interactúe con el entorno, la evolución lo dotó de emociones, percepciones de atracción por aquello que necesita o de repulsión por lo que le perjudica. La emoción es un vínculo entre un deseo y una o varias sensaciones. Destacan miedo, agresividad, odio, afecto, ansiedad, codicia, egoísmo, generosidad, alegría y tristeza. Y llamo razón al procesamiento y relación a veces conscientes de los datos almacenados en el encéfalo a fin de buscar y procurar en el exterior -eventualmente creándolos- los medios para satisfacer deseos y emociones. El encéfalo percibe que razona y que actúa sobre la conducta. Esta percepción recibe el nombre de conciencia. Afirmo que la razón es un instinto porque sapiens no puede evitar razonar. Todo ser humano de todo tiempo y lugar ha razonado. El que sapiens pueda decidir dentro de ciertos límites en qué momento razona conscientemente no cambia el hecho de que tarde o pronto razonará, pues está genéticamente impelido a ello. Lo prueba que muchas veces razona inconscientemente, como ocurre con las distracciones: el encéfalo retira su atención de la tarea que en ese momento le ocupa para reflexionar -no siempre: a veces para soñar- sobre algo. Pero hay quienes todavía afirman ranciamente que el pensamiento racional comenzó con los antiguos griegos. Cometen así un grave error de conocimiento -simple y liso disparate-; dan pábulo conscientemente o no al racismo decimonónico que exaltó a los arios; y deshumanizan a toda la humanidad “pregriega” o “agriega”. ¿Puede alguien afirmar seriamente que los sapiens del Pleistoceno 161


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poblaron la mayor parte de los muy diversos ecosistemas de la Tierra sin reflexionar sobre los retos que encontraban a su alrededor? ¿Cómo se puede sostener que los habitantes de Sumeria construyeron los primeras ciudades conocidas o inventaron la escritura sin usar la razón?. ¿Las pirámides egipcias se erigieron irreflexivamente? Peor aún: de ser cierta la teoría del racismo filoheleno, amerindios, aborígenes australianos y polinesios, entre otros muchos, carecieron de razón hasta que los europeos los tocaron con la varita mágica de su herencia clásica. El caso es que esta pacotilla intelectual de base racista se sigue enseñando explícita o implícitamente en el sistema educativo occidental, y sesudos historiadores y helenistas siguen llenando páginas y páginas con ella, todo lo cual hace buena la paradójica verdad de que los sacerdotes de la razón toman de su diosa sólo aquello que les interesa. Emociones y deseos les juegan una mala pasada. En resumen, alimentación y reproducción (amén de respiración) son la causa de nuestra conducta, mientras que los tres tipos de instinto son factores que intervienen al servicio de la causa. Podemos afirmar que todo comportamiento sapiens es instintivo en la medida en que la causa actúa mediante los instintos. Y no existe un pensamiento o un comportamiento puramente racional. Es bien sabido que deseos y emociones se gestionan en las capas más profundas y más antiguas del encéfalo; la razón lo hace en las más superficiales y recientes. Lo que nos pone tras la pista de cuál es la jerarquía biológica -e histórica, si pensamos en términos de evolución- de los factores de la conducta sapiens. La razón es un dispositivo que evolucionó tardíamente y al servicio de deseos y emociones. La acción de la razón es siempre limitada, por dos motivos: el hecho de que su intervención está subordinada a deseos y emociones; y el carácter imperfecto de las abstracciones que elabora. Expliquemos cada limitación por separado. La razón procesa -amén de otros datos- deseos y emociones. Y cuando detecta conflicto entre ellos los relaciona con las circunstancias para establecer si resulta necesario postergar momentáneamente uno en beneficio de otro. Esto produce una doble ilusión que induce a sapiens a creerse distinto de los demás seres: la de que la razón domina a los instintos; y la de que su conducta surge de una libre elección. Imaginemos una persona 162


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hambrienta que huye ante una jauría; en su carrera encuentra comida accesible y aprovechable, pero renuncia a cogerla. Sabe que si lo intenta morirá. La preservación de la propia vida está por encima de cualquier otra función biológica, pues éstas evolucionaron para garantizarla. Así que el hambre se reprime ante ella. Lo que se percibe como control intelectual de un instinto no es más que subordinación coordinada por el encéfalo de un instinto -el hambre- a otro -el miedo-. Dicho sea de paso, ya es un tópico que la mayor parte de los casos de altruismo se explican de esta manera. El autosacrificio tiene sentido para perpetuar la especie, y más en concreto la descendencia propia. Sirven de ejemplo clásico las situaciones de riesgo vital en que los padres se autoinmolan por sus crías. Las abstracciones son imperfectas por dos motivos. El primero, que inevitablemente dejan al margen algún aspecto de la realidad abstraída. Esto es así en parte porque los sentidos no pueden captar todos los aspectos de la realidad; y en parte porque la capacidad de procesamiento del encéfalo es limitada en relación a la cantidad de variables posibles. Ambas dificultades se pueden paliar mediante la tecnología, e históricamente así ha sido; nunca se podrán eliminar por completo. El resultado es que cada concepto recoge sólo una parte de aquello que representa, pero la razón lo emplea como si contuviese el todo. Llamaré a esto el principio o la trampa de la sinécdoque. Tomemos como ejemplo la concepción habitual de la naturaleza humana. Los idealistas definen a sapiens como ser racional en el sentido de que tiene capacidad de razón y de dar uso práctico a los razonamientos. Nada que objetar. Pero en un deslizamiento de significados, a continuación confunden conciencia y uso circunstancialmente voluntario de la razón con voluntariedad absoluta de la razón, por lo que el raciocinio pasa de poder ser a ser voluntario y se disipa su carácter instintivo. Esta primera abstracción es incorrecta porque del ejercicio momentáneo y discrecional de la razón no se deduce que sea voluntario. Como expuse más arriba, que a veces se pueda elegir razonar no impide que, quiérase o no, el encéfalo acabará razonando. Insisto: sapiens está genéticamente programado para razonar. Además, la sinécdoque se ha introducido al convertir una parte del tiempo en todo el tiempo. Esa parcial abstracción se combina con la percepción de que el raciocinio actúa sobre la conducta. Entonces se comete un nuevo deslizamiento de significados, la identificación de ser racional con comportamiento racional. Y como se ha deducido que el razo163


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namiento es voluntario y libre, el comportamiento de él derivado también lo será. De forma que no sólo se concibe como causa lo que en verdad es un medio, sino que además se cae en otra trampa de sinécdoque al escamotear como factores de conducta al deseo y la emoción. El tercer factor de conducta, la razón, las ha suplantado. El segundo motivo de imperfección de las abstracciones es que como acto que son no responden a una acción puramente intelectual y por tanto jamás son completamente racionales. Se asocian siempre a un deseo y a una emoción y, por tanto, a una valoración. Esto se relaciona con el primer motivo. Pues deseo y emoción eliminan de ciertas abstracciones los aspectos desagradables de las realidades abstraídas. Sírvanos ahora de ejemplo la idea de libertad. Acabamos de exponer que debido a su parcialidad como abstracción la idea de libertad es falsa, pues define una realidad que no existe. Pero además siempre se le asocia una emoción de afecto, motivo que por cierto lleva a que ninguna ideología renuncia a ella. Ni siquiera el fascismo, el cual rechaza la libertad de la masa pero exalta la de la élite. La valoración positiva de la libertad nace de que traspone la necesidad de preservar la propia vida realizando cualquier acción oportuna. En el camino se dejan los riesgos que esa necesidad y su trasposición en idea apareja, como que no pocas veces aboca a una muerte segura. Pero que la idea de libertad como tal no es la que guía la conducta se aprecia en dos características del comportamiento sapiens. Uno, que los individuos pugnan por su libertad, pero continuamente coartan la de los demás. Otro, que a la hora de actuar las abstracciones muestran su carencia porque se perciben los riesgos obviados. Entonces, la emoción hacia la libertad se torna ambivalente, aflora el famoso miedo a la libertad que teorizó algún filósofo. No es de extrañar que cuando la propia existencia está en riesgo la mayor parte de los individuos renuncie a “ser libre”. Lo esencial de mi anterior argumentación es que un encéfalo puramente intelectivo jamás provocaría una acción, porque la función de la razón es solo analizar datos y extraer abstracciones/conclusiones. La decisión de actuar, lo que normalmente llamamos voluntad, no deriva de la razón. Deriva de los deseos y las emociones, las cuales están a su vez al servicio de las funciones biológicas fundamentales. La razón simplemente pone medios para ejecutar la voluntad. Y ni siquiera lo hace de forma pura, pues su proceder y sus resultados están impregnados por los mismos deseos y emociones a que sirve. 164


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El carácter siempre parcial de las abstracciones es la causa tanto de que toda ideología resulte racional y cale entre cierto número de individuos como de que tarde o pronto quede obsoleta y evidencie su cara irracional. Muestra su racionalidad y cala porque remite a fenómenos que cualquiera puede percibir, como cuando el fascismo identifica poder con violencia física. Y queda obsoleta y muestra su irracionalidad porque como ha dejado al margen hechos fundamentales, la realidad acaba desmintiéndola mediante la dura prueba del fracaso. Como cuando el fascismo subordinó la fuerza física al interés económico de la burguesía. Otra forma de expresar esto mismo es recurriendo nuevamente al principio de la sinécdoque: aunque todas las ideologías manejan en el fondo las mismas ideas básicas, cada una las recombina a su manera y pone el acento en un grupo de ellas hasta acabar confundiéndolo con la totalidad. Así que sus explicaciones se muestran insatisfactorias en alguna medida, y la práctica en ella basada resulta ilusoria cuando no directamente inviable. Retomando el ejemplo, obviamente la política es violencia, pero no sólo. Amén de necesitar alguna fuente de financiación, incluye relaciones inscritas genéticamente en el comportamiento humano como las redes de parentesco, clientelares y de amistad. De hecho, también los fascistas recurrieron a todas ellas, aunque su discurso lo obviase y difundiese la especie de que el líder lo era por su “voluntad de poder”. En este momento puedo explicitar la tácita afirmación de que el encéfalo no crea realmente ideas nuevas. Recombina continuamente y de formas diversas unas pocas ideas fundamentales. Aquí interviene la paradoja de Pascal: con pocos elementos se pueden construir muchos otros porque las combinaciones pueden a su vez recombinarse en una espiral sin fin. Esto nos ayudará a refutar más adelante la existencia del progreso. El principio de la sinécdoque también explica que ninguna ideología sea eterna ni elimine por completo a las preexistentes. En todo grupo humano hay ideologías enfrentadas, y de hecho ninguna persona tiene una ideología pura, sino -dependiendo de su formación- otra formada por mezcla más o menos confusa de retazos de ideologías que le llegan por diferentes conductos y se mezclan con sus propias racionalizaciones de los instintos. Y explica, en fin, que tarde o pronto toda ideología estalle en facciones y/o sea impugnada por una nueva ideología rival. Todas estas disidencias representan los intereses de quienes se sienten perjudicados por alguien, en especial por la clase o fracción de clase dominante cuan165


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do la hay. Para construirlas se explicitan las incoherencias de la ideología elaborada o difundida por los causantes del perjuicio y se pone el acento en las realidades por ella preteridas. Es decir, se realiza una nueva recombinación de ideas. Acabamos de ver que el encéfalo hace creer a sapiens que actúa racionalmente y por defender y aplicar unas ideas, que su conducta es consciente y libre. En relación con ello también lo induce a concebirse como distinto a cualquier otro ente, como un prodigio al margen de la Naturaleza y que de una forma u otra está llamado a dominarla. Nada de esto es cierto. Cuanta ideología ha existido y existirá no es sino un instrumento para acceder en buenas condiciones a los bienes y al sexo, y para excluir de ellos a especies y congéneres competidores. El acceso a los bienes necesarios está mediado por cuatro emociones: el egoísmo, la agresividad y el binomio ansiedad-codicia. El egoísmo traduce la necesidad de obtener bienes y sexo tamizada por el principio natural de economía. La agresividad es necesaria tanto para defenderse como para enfrentarse a y deshacerse de posibles competidores, y por supuesto para dar muerte a las eventuales presas. Posiblemente se incrementó al producirse la asociación entre crecimiento encefálico y dieta rica en carne. En cuanto a la ansiedad -que entiendo como sensación de escasez-, tiene sentido en una evolución de al menos dos millones de años en competencia con los eficaces carnívoros de la sabana africana y arrostrando todo tipo de contingencias del entorno, de modo que menudearon las situaciones de abastecimiento precario. El límite a la supervivencia lo marcan las crisis de subsistencia, no los momentos de abundancia que sin duda hubo. Una especie que se adaptase únicamente a la exuberancia de recursos se extinguiría de sobrevenir una prolongada escasez. Sobre esta base postulo que el encéfalo desarrolló una percepción estructural de escasez, la ansiedad, que contrapesó con el afán de garantizar una disponibilidad permanente de bienes, la codicia. Esto es, con una tendencia a la acumulación. Ello no puede ni tiene por qué concretarse en acumulación real. Las economías de caza-recolección y su correlato de nomadismo o seminomadismo imponen severos límites tanto a la posesión de bienes como a la explotación del trabajo ajeno tendente a reducir la inversión de energía propia. Pero cuando la abundancia local de recursos permite a los cazadores-recolectores sedentarizarse; y sobre todo cuando el surgimiento de la agricultura abra la puerta a la generalización de la 166


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vida sedentaria, el límite a la acumulación se desplazará. En este nuevo contexto, la persistente ansiedad coadyuvará con la agresividad y con el egoísmo para traducir las diferencias individuales en diferencias de riqueza, las cuales desde entonces no han hecho sino ampliarse. En este punto enlazamos con las pautas de comportamiento aprendidas y su expresión simbólica. Pues este binomio proporcionará un mecanismo para excluir a los competidores. El encéfalo sapiens simboliza sistemáticamente todo hecho y consecuentemente tiende a ritualizar todo acto. Hasta la más nimia conducta tiene su ceremonial: desde la forma de comer hasta la de defecar. Eso es la cultura, dado que los rituales se aprenden/transmiten generacionalmente. Valgan como ejemplo clásico los ritos de paso con que todo grupo humano conocido marca los grandes cambios vitales, en particular nacimiento, pubertad, iniciación sexual y muerte. Comunidades separadas entre sí desarrollan culturas diferenciadas, a las que llamaré naciones. Y aunque en último término todas ellas expresan lo mismo, lo que los miembros de cada una perciben a primera vista en la otra es diferencia. Y programados como están en la propia, no comprenden la ajena. Instintivamente, desconfían de ella y la rechazan. Caso de conflicto por el acceso al sexo y a los bienes -incluyendo el potencial control de personas-, atribuirán su causa a la cultura, la cual servirá también a posteriori para justificar el eventual dominio de una comunidad por otra. Del mismo modo, cuando dentro de una misma comunidad las circunstancias permiten que ciertos individuos se apropien de la mayor parte de la riqueza y de los privilegios sexuales, justificarán la exclusión del resto -por lo general la mayoría- atribuyéndola también a diferencias de conducta, de cultura. Porque a medida que el desigual reparto de riqueza diferencia grupos -crea clases-, cada uno desarrolla una subcultura propia, una cultura dentro de la cultura común. Y también aquí aunque todas las subculturas de clase expresan lo mismo, lo que el miembro de una percibe en la otra es diferencia. Por lo demás, las diferencias entre comunidades y las diferencias de clase se pueden superponer, como sucede cuando los miembros de una nación sometida quedan económicamente subordinados a sus conquistadores. 167


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En las relaciones de género el sexo más agresivo y fuerte ritualiza una obvia y permanente diferencia biológica hasta generar también una cultura propia, con resultados idénticos a los dos casos anteriores. Sintetizando, la cultura se convierte tarde o pronto en instrumento -que no causade exclusión, y, según en qué ámbito se aplique, de dominación sexual, nacional o de clase. Resta un elemento de discriminación que evolutivamente tal vez haya sido el primero: el parentesco. Constituyendo una relación fundamental, pues conforma el vínculo primario de cualquier persona con sus congéneres, impregna también la racionalización y ritualización de las diferencias sociales. En una comunidad, una familia privilegiada se predicará superior a las que no lo son. Hablamos de racismo cuando esta racionalización se aplica no ya a familias discretas sino a grandes agregados familiares. Cuando afirmamos que las características de su encéfalo dotan a sapiens de una conducta más flexible que la de los homínidos precedentes no debe sobrentenderse una flexibilidad ilimitada. El primer límite, ecosistémico, lo hemos marcado ya: toda forma de conducta debe ser aprobada por el medio ambiente, que tiene la última palabra sobre su viabilidad. Por otra parte, una vez sancionada socialmente la conducta, resulta difícil cambiarla o abandonarla. Interviene un límite individual. La persona internaliza la conducta paulatinamente a lo largo de la infancia, cuando su encéfalo es más plástico por hallarse todavía en formacion. A medida que crece y la formación del encéfalo se completa, se dificulta la reprogramación. Téngase en cuenta que las ideas se han grabado, y borrarlas y sustituirlas requiere un esfuerzo. Este es tanto mayor cuanto que normalmente una idea no se graba sola, sino en relación con otras con las que forma redes. No sólo eso: recuérdese que toda idea está trufada de emoción y/o deseo, por lo que su borrado/alteración desestabiliza emocional y volitivamente al individuo. Y ello provoca un rechazo. El encéfalo traspone su resistencia como dos racionalizaciones que se combinan en diferente grado: la renuncia a lo que se hizo es traición a unos ideales; y es asunción de que la vida ha sido falsa, de que se ha vivido en el engaño. Y queda el límite social. Ninguna costumbre es neutra, pues siempre beneficia a una parte de la sociedad y perjudica a otra. Los beneficiados se resistirán a todo cambio que amenace su estatus. Los plantadores del Sur de EEUU asumieron el costo de una guerra para preservar la esclavitud. 168


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Insistimos: la cultura no causa nuestros actos. Traspone como conducta y por tanto da forma visible a los deseos, a las emociones y, en el caso particular de la relación entre sexos, también a una diferencia biológica permanente. Por eso todos los seres humanos de cualquier tiempo y lugar han realizado las mimas acciones, aunque prima facie cada una se manifiesta única e irrepetible. Pensar que la nación otomana o la norteamericana han sido esencialmente diferentes entre sí es confundir al mismo tiempo las apariencias con la realidad -la forma con el fondo, dirán algunos- y la parte con el todo, además de caer en un tipo de abstracción esencialista de rancio cuño nacionalista totalmente errada. El único esencialismo en el que creo es en el de la especie y en el del sexo en ella subsumido. Los miembros de las dos naciones citadas son simples ejemplares del género humano, y sus respectivas conductas jamás han ido más allá de lo que la biología sapiens permite. Ilustrémoslo. Los machos sapiens tienden a aparearse con el mayor número posible de hembras; entre las hembras la pulsión no es tan general y además los periódicos embarazos imponen una seria limitación. Los varones tienden también a controlar los apareamientos de sus hembras, para evitar críar la descendencia de sus competidores sexuales. Igual hacen las hembras, en este caso para evitar que sus hombres reduzcan por dispersión la aportación de bienes con que mantener la prole. Como por lo general los machos disponen de más fuerza física y agresividad, suelen imponer al menos externamente sus intereses. La cultura musulmana gestiona este cúmulo de situaciones mediante la poligamia masculina para quien pueda costeársela; la cristiandad monógama, mediante la infidelidad y su variante de libre mercado, la prostitución, que canjea el sostenimiento simultáneo y permanente de varias hembras por el pago discreto y momentáneo de cada contacto sexual. Así que Los WASP pueden autoengañarse pensando y queriendo hacer creer a los demás que son moralmente superiores a los musulmanes. Cuando afirman que la poligamia es una forma de opresión de las mujeres por parte del marido olvidan que el marido occidental que acude a un burdel simplemente externaliza la opresión por la vía de pagar a un proxeneta. Como él paga a la mujer y probablemente no conozca a quien la prostituye, siente que no la oprime, y puede pensar que la opresión no existe. O como dice el aforismo, ojos que no ven, corazón que no siente. De hecho y sea o no consciente, al pagar a la prostituta también está literalmente comprando una exoneración de su conciencia. En el 169


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fondo el comportamiento de musulmanes y WASP es el mismo: han asumido o desarrollado una forma socialmente sancionada de garantizar los múltiples contactos sexuales al macho que tenga recursos para costearlos. Porque, insistimos, las ideas y la cultura no controlan a los instintos: proveen la forma de satisfacerlos. Del mismo modo, cualquier grupo humano de todo tiempo y lugar ha dado muerte por igual a congéneres y a miembros de otras especies. Traspuesto al mundo del pensamiento esto significa que se se ha alterado el medio ambiente y se ha matado al prójimo en nombre de todas las ideologías, incluidas aquellas que expresamente defienden la fraternidad, el alejamiento del mundo, el amor al prójimo, la paz o el equilibrio natural. ¿Cómo producir y reproducise si no? ¿Cómo asegurar de otro modo nuestro acceso a los bienes escasos?. Dicho de forma más contundente, y por citar a algunas ideologías más o menos filantrópicas, si las ideas moviesen realmente a las personas los budistas no construirían lujosos templos, los judíos no matarían ni apoyarían al actual Estado de Israel; tampoco asesinarían cristianos ni musulmanes -cuyos yihadistas, además, no se suicidarían en atentado-; los liberales no trabajarían a sueldo del Estado, los marxistas no comprarían, los socialistas no se enriquecerían a costa de los trabajadores ni enviarían a sus hijos a elitistas colegios privados, los pacifistas no habrían apoyado el bombardeo indiscriminado de ciertos países y los ecologistas renunciarían a la quincalla tecnológica que tanto contamina, como por ejemplo los reactores en que viajan para acudir a todo tipo de foros internacionales. Pero lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo. Y nada distinto sucederá con las eventuales ideologías del futuro. Porque aquí topamos con otra constante: todas las ideologías proporcionan argumentos con los que justificar acciones completamente contrarias a sus principios fundamentales. Hasta en la forma de hacerlo resultan idénticas, por cuanto todas recurren a racionalizaciones de parecido tenor. Hablamos de argumentos como que el rival puede ser eliminado porque porta o hace algo que le priva de la condición humana (carece de alma, afrenta a su creador, etc...); que actuar contra los principios es un momento necesario hasta que se consiga la meta definitiva; que para vencer al enemigo hay que emplear sus armas; o incluso que un mismo acto es moralmente aceptable para quien lo ejecuta, pues él bien sabe que actúa con buena intención y con las debidas precauciones, pero se convierte en reprobable cuando 170


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lo cometen los demás, seres inconscientes y desconsiderados. Y así sucesivamente. Más arriba comentábamos cómo aunque toda persona quiere la libertad, coarta la de los demás. Inevitable, porque si no la convivencia sería imposible. Pero hay que racionalizar la contradicción. Una racionalización especialmente llamativa es la que defiende la eliminación de la libertad para proteger la libertad. Ahí tenemos a los EEUU y sus vasallos suprimiendo libertades en sus propios Estados o poniendo gobiernos títeres en Asia suroccidental, todo ello, dicen, para expandir y preservar la democracia, a la que conciben como libertad institucionalizada. A veces estas racionalizaciones encubren una intención deliberada de engaño, el cual, recordemos, se documenta ya entre los chimpancés. Una forma habitual del engaño consiste en encubrir los intereses materiales bajo el manto de la ideología. De hecho, cuanto más interesados consideran las personas sus propios actos más empeño ponen en disfrazarlos con móviles idealistas. O dicho con brutalidad, cuanto más vil sea un acto más noble será la idea que se invoque para justificarlo. En nuestro ejemplo anterior, ¿qué mejor justificación que la defensa de la libertad para expoliar el petróleo con que se sustenta a bajo precio un despilfarrador estilo de vida? Otras veces, la dislocación entre ideología y conducta no es sino la inevitable consecuencia de que aplicar estrictamente cualquier ideología abocaría a sus seguidores a una condición de exclusión en su sociedad y, no pocas veces, a una muerte segura. Resumiendo: la razón proporciona al individuo y a los grupos los medios no sólo para satisfacer deseos y emociones, sino también para validar la conducta propia y soslayar los escrúpulos que surjan cuando actúen al margen de o incluso contra las propias ideas que dicen aplicar. Más de un lector me increpará argumentando que existe el progreso, que la Humanidad es perfectible y de hecho ha progresado erradicando costumbres reprobables. Quienes tal invocan caen nuevamente en la trampa de la sinécdoque. Y de varias formas. No niego la acumulación paulatina de conocimiento, la innovación tecnológica, el cambio de las costumbres, el incremento de la riqueza, las transformaciones de las relaciones de producción, los cambios políticos o la reelaboración de las ideologías. Es obvio que existen. Pero nada de esto ha alterado la naturaleza humana ni las conductas fundamentales que de ella derivan. Al revés, son el resultado ineluctable de esa naturaleza. No creo, pues, que en último 171


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análisis la cultura de cualquier sociedad sea mejor que las de otra o que la de una misma sociedad mejore o empeore. Simplemente varían para adecuar la satisfacción de las necesidades biológicas a circunstancias distintas o cambiantes. Ya lo dijimos: las conductas básicas no cambian, tan sólo lo hacen su cauce normativo y su expresión simbólica. Ilustrémoslo con un ejemplo. Resulta evidente que esclavitud y salariado no son cualitativamente lo mismo. Pero responden a idéntica razón de ser e idénticos efectos provocan. Pues ambas son relaciones sociales que permiten a una pequeña clase dominante apropiarse y excluir de la mayor parte de la riqueza a una mayoritaria clase dominada. Concedo que la agricultura industrializada capitalista pueda haber alcanzado los rendimientos más altos jamás conocidos, y a buen seguro superiores a lo que nunca pudo soñar propietario esclavista romano alguno. Pero en el año en que escribo estas líneas -2009-, padece hambre más o menos la quinta parte de la Humanidad, pongamos 1.200 millones de seres, en una economía dominada por el capitalismo. Y por las mismas fechas en que estas cifras se hicieron oficiales, ganaderos belgas tiraron 3 millones de litros de leche para protestar contra la caída de su precio. Durante el apogeo del esclavismo grecorromano un aristotélico invocaría que ciertas razas existen para ser esclavas; hoy los economistas liberales quieren convencernos con su pacotilla intelectual de que el sabio mercado castiga a quienes usan ineficientemente los recursos. Bajo una u otra forma, cada una con su propia racionalización, se practica la explotación social. Así que la cultura puede cambiar, pero no para mejor o peor. La historia no es moral, no está moralmente direccionada. Quien sí es moral es sapiens, y de ahí la confusión. Efectivamente, la evolución inscribió en sus genes la capacidad de discriminar lo que le beneficia de lo que le perjudica. Racionaliza lo primero como bueno, y lo segundo como malo: moraliza una realidad obviamente amoral. Antes explicamos cómo los deseos y las emociones impregnan el razonamiento. Ergo, cuando sapiens consigue lo bueno considera que se produce mejora moral; cuando recibe lo malo, habla de pérdida de valores. A nivel social, la ideología dominante racionaliza los intereses del grupo o clase dominante, que por definición es el beneficiario del status quo. Ergo, el triunfo de sus intereses se identifica con el progreso moral en tanto las circunstancias que erosionan y arrumban su hegemonía se equipararán a todo lo contrario. La jerarquía cristiana de fines del Imperio Romano pudo considerar que su acceso al 172


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poder a partir del 313 dC suponía el triunfo de la virtud sobre la degenerada moral pagana. El hecho de que el acceso se diese al calor de -y se coronase con- la eliminación física de los disidentes evidencia que el progreso moral era ilusorio. Por el camino, va de suyo, los jerarcas se habían convertido -cuando no lo eran previamente- en grandes propietarios de tierras y esclavos. Considero en suma que el progreso no es sino acumulación de riqueza por encima de la media en una región y en un grupo social determinados. Sus beneficiarios abstraen interesadamente y concluyen que hay progreso. Lo crean y en él creen, además por supuesto de propagar su creencia. Pero por suerte esa acumulación geográfica y social es por naturaleza efímera, con un plazo de caducidad marcado por la alteración de las circunstancias que la provocaron. Ninguna hegemonía es eterna. Quienes vivimos satisfechos en las ciudades de las actuales potencias circunstancialmente hegemónicas no estamos experimentando algo muy distinto de quienes forjaron las primeras metrópolis conocidas, las ciudades de Sumeria, ubicadas en un territorio al que no pocos consideran hoy, con indisimulado desprecio, “subdesarrollado”. Llegados a este punto, ya se me habrá atacado por izquierda y derecha. La izquierda me tachará de reaccionario, con este argumento: afirmar que la dominación sexual, nacional y social va inscrita en los genes defiende el status quo y pretende desmovilizar a quienes luchan contra él. Por la derecha, las jeremiadas de los filósofos macabeos, zelotes y sicarios me acusarán de nihilismo, de abrazar el más inmundo relativismo moral y de predicar una doctrina perniciosa y entreguista que destruye las defensas de Occidente ante los bárbaros de turno, en este caso los musulmanes. Tales acusaciones probarían que se puede cursar con éxito una carrera universitaria y leer mi anterior argumentación sin comprender absolutamente nada. Los izquierdistas estarían olvidando que según se deduce de mis palabras todas las personas nacemos dotadas en mayor o menor grado con las mismas necesidades y los mismos instintos. Afirmo la igualdad esencial de los humanos. Además, de mi argumentación se desprende igualmente que todo intento de dominación encontrará siempre resistencia, y este es otro de los motivos por los que arriba afirmé explícitamente que ninguna dominación será jamás eterna. El resultado concreto de cada choque 173


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dependerá de la correlación de fuerzas implicadas. Eso sí, cuando el oprimido venza, se convertirá, si puede y consciente o inconscientemente, en opresor. Y vuelta a empezar. Por decirlo en términos dialécticos, el orden real de las cosas no consiste en la dominación permanente de un grupo, sino en el conflicto permanente entre quien aspira a dominar y quien sufre su dominio. Y esto tanto en el plano sexual como en el nacional o el social. La realidad es contradictoria y la ciencia debe dar cuenta de la contradicción. La razón no acepta las contradicciones, y por eso juega en este asunto una mala pasada: al pensar que la realidad debe ser como ella la concibe -deformada por sus abstracciones parciales- se empeña en eliminar las contradicciones de la realidad, lo que es imposible. Sin contradicción, no habría movimiento ni vida. Repito: no confundamos pensamiento con realidad. Además, y esto vale también para las críticas por la derecha, como corolario de los argumentos de este capítulo se impone igualmente que aunque toda la Humanidad pensase como yo las consecuencias prácticas serían nulas. Ni los oprimidos se desmovilizarían, ni la moral desaparecería. Porque rebelión -una expresión de agresividad- y moral van inscritas en los genes sapiens. Asunto bien distinto es que la rebelión triunfe o que la moral consiga embridar la indomable realidad. Y por eso -y esto se refiere específicamente a la derecha- seguirían existiendo diferentes morales enfrentadas entre sí. Porque sapiens está genéticamente condenado a considerar inmorales a aquellos congéneres con quienes compite por los recursos y por el sexo. Todo ello independientemente de que alguien sistematice y predique una moral concreta y otro la combata con argumentos a los que los beatos califican de “nihilistas”. Pero del mismo modo y por los mismos motivos afirmo que sapiens también está genéticamente condenado a no poder traducir su moral en mejora de su conducta. De hecho, yo también tengo moral, parte de una ideología que el lector avisado habrá ido captando y que desde luego no va en la línea de los beatos, macabeos, zelotes y sicarios. Eso sí, mi vida real en casi nada se ajusta a ella. Vivir según pienso me acarrearía tristes consecuencias materiales que obvio. Así que vuelvo a mi tesis principal: las ideas no son la causa de la conducta, sino la trasposición simbólica de los instintos. Y al argumento de que los mártires existen opongo dos realidades. Que los mártires son siempre una minoría, pues el sapiens común pre174


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fiere sobrevivir a morir por la causa; y que el altruismo, ya lo vimos, no es sino sacrificio al servicio del linaje o de la especie. De nuevo, los instintos. Más de un lector pensará que siendo así las cosas carece de sentido estudiar la Historia universal. Si la Humanidad ha repetido siempre los mismos comportamientos, perdemos el tiempo desentrañando y narrando su trayectoria. Bastaría con conocer la naturaleza humana e ilustrarla después con la historia particular de un grupo humano cualquiera, ejemplo de validez general. Pero no. Y por varios motivos. Para empezar, no se conoce completamente la naturaleza humana. La biología no ha descubierto, y posiblemente nunca lo haga, todos los aspectos del funcionamiento de nuestro organismo. Entretanto, podemos aproximarnos por una vía indirecta, como son justamente las cambiantes manifestaciones de esa naturaleza, esto es la conducta. Y aquí no basta con analizar un solo ejemplo. Para evitar en lo posible la trampa de la sinécdoque, la única abstracción aceptable -y asumiendo siempre su parcialidad- es la que se realiza a partir del mayor número de casos. Y qué mejor entonces que una Historia Universal. Es completamente anticientífico generalizar a partir de una sola muestra, como aunque parezca increíble suele hacerse. Y ha llegado por cierto el momento de aclarar que las generalizaciones vertidas en este capítulo son el punto de llegada de nuestro estudio, no el de partida. A fe que deberían figurar en las conclusiones de la obra. Si las he incluido aquí es, ya lo dije, para evitar tener que repetir ideas una y otra vez a medida que avancemos en nuestro relato. Aprovecho para consignar que esta obra no tendrá conclusiones. En segundo lugar, resulta obvio que el tamaño de las sociedades humanas ha tendido a aumentar a lo largo de la Historia. Lo cual les planteó nuevos problemas que obligaron a desarrollar nuevas instituciones. Pero fueron éstas las que cambiaron, no las pulsiones a las que sirven. Todos sabemos que en los orígenes de la Humanidad las economías cazadorasrecolectoras carecían de Estado. Pero se engaña quien piense que en ellas no se ejercía el poder. El Estado surge como instrumento de poder apropiado para los aglomerados de miles de personas surgidos de la economía agraria, como la asamblea familiar servía a las sociedades de menos de un centenar de miembros vinculadas a la caza y la recolección. Justamente, la comparación de los dos modelos nos permite establecer la razón de ser de ambas. 175


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En tercer lugar, el incremento de tamaño se solapa con el de las relaciones entre un número cada vez mayor de sociedades y por tanto de culturas diferentes. También ello plantea nuevos problemas. Y de nuevo el estudio de las síntesis resultantes permite discriminar los elementos imprescindibles -es de suponer aquellos que permanecen en todo tiempo y lugar- de los accesorios. Esa comparación concluye que lo ineludible corresponde a las necesidades biológicas y lo prescindible a las culturas por ellas creadas. Retomando nuestro caro ejemplo de la esclavitud grecorromana, el choque entre la cultura de sus portadores con la judía (a su vez una versión de la mesopotámica) se tradujo en la sintetización del Cristianismo, una nueva cultura que tomaba elementos de ambas y de otras. La metamorfosis cultural no demolió los fundamentos económicos del Imperio. La esclavitud persistió, aun cuando muchos latifundistas se convirtieron al Cristianismo. Antes al contrario y como ya dijimos, la propia Iglesia acabó poseyendo esclavos. Lo que realmente carcomió a la esclavitud fueron los límites geográficos, técnicos y políticos que impidieron a la clase dominante romana conquistar las regiones más alejadas del Mediterráneo, con sus suelos infértiles -el Sahara-, reacios al arado romano y a la trilogía mediterránea -la Europa central y septentrional- u ocupados por Estados poderosos a los que Roma no podía vencer -la Mesopotamia persa-. Sin conquistas, el abastecimiento de esclavos se vio comprometido. Los latifundistas cambiaron las reglas del juego para reconvertir a los esclavos en colonos. En resumen, para la clase dominante la explotación del trabajo ajeno era algo irrenunciable; las creencias, no. Por todo lo dicho considero que la Historia debe aspirar siempre a ser universal. Es más: afirmo que en último término la única historia científica posible es la universal. Entiéndase esta provocadora oración en sus justos términos. Sería absurdo oponerse a las historias parciales, sean de enfoque nacionalista o sectorial -social, económica, etc...-. Es evidente que una historia universal debe construirse sobre estas historias parciales. Pero justamente porque da cuenta de mayor número de casos que ellas, también permite realizar abstracciones más próximas a la realidad. Todo intento de síntesis pondrá de manifiesto lagunas de datos y fallas teóricas que solo podrán salvarse profundizando nuevamente en las historias parciales. Lo ideal sería crear un ciclo de realimentación continua entre las historias parciales y la universal, siempre con vistas a dotar a esta última 176


Capítulo 8

de consistencia factual y solidez teórica para, en fin, realizar abstracciones con garantías de cientificidad. Y al finalizar... os hiero. Como la Historia no es maestra de nada en un sentido moral, se engañan quienes beatamente defienden el huero tópico de que hay que conocerla para no repetir los errores del pasado. Conozcámosla o no, la repetiremos. De hecho, la estamos repitiendo como puede comprobar cualquier observador desprejuiciado y atento a la actualidad. Porque no existen errores en el sentido en que los moralistas de la Historia emplean el término, sino imperativos biológicos traducidos en conductas que nuestro dispositivo moralizador juzga. Los límites de acción del género humano son estrechos y jamás dejarán de serlo por más que nos autoengañemos imaginando libertades. Por remitirnos a un asunto especialmente sangrante, ¿han aprendido algo los europeos de los efectos tanto del racismo que con entusiasmo cultivaron en el siglo XIX, como de los del que fue su hijo natural del siglo XX, el nazismo? No lo parece: ahora vierten sobre los musulmanes los mismos o parecidos prejuicios que antes proyectaron contra los judíos. De hecho, oyendo a algunos cualquiera diría que las atrocidades de la burguesía nazi las cometieron los árabes/musulmanes. Por el camino, éstos han perdido su condición de semitas, etiqueta que los propios europeos les adjudicaran con mezcla de fruición y desprecio. El detalle no es baladí. Esta nueva y macabra sinécdoque proporciona un nuevo ejemplo -por si no tuviéramos bastantes-, de que las ideas siguen a la realidad, no la crean: una abstracción difundida durante mucho tiempo como científica se modifica por el hecho de que a una constelación de poder le interesa que así sea. De paso, los occidentales pueden hoy odiar al árabe sin arriesgarse a ser anatemizados por cometer el más nefando pecado jamás concebido. La inquisición judía ha secuestrado la palabra antisemitismo, para usarla a voluntad como arma de defensa y ataque. La cómoda actitud de mirar hacia otro lado ante las atrocidades cometidas por Israel en Palestina y Líbano ¿no es idéntica a la de los numerosos alemanes en particular y europeos en general que en los años 30 y 40 del pasado siglo no querían saber lo que pasaba en Alemania, o a la de quienes lo justificaban cuando se veían obligados reconocerlo? ¿Y que han aprendido los judíos? A aplicar a los palestinos todos y cada uno de los mecanismos de dominación y humillación con que a ellos los 177


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zahirieron los nazis. Éstos actuaban supuestamente por defender la pureza racial; Israel y sus patrocinadores y encubridores estadounidenses y europeos invocan la libertad y otras hermosas entelequias, cuando no la burda pretensión de que Palestina pertenece eternamente al pueblo judío porque Yavé se la entregó. Qué síntesis tan patética, si no fuera trágica y macabra: ¡El racionalista Occidente apoyando al más burdo, oscurantista y criminal fanatismo religioso!. La coartada lavó y lava la conciencia de asesinos y cómplices, pero no altera la realidad de los hechos: la masacre de un grupo sapiens por parte de otro a fin de expoliarlo y deshacerse expeditivamente de un competidor por los bienes escasos. Las propiedades confiscadas por los nazis o la Tierra Prometida robada a los palestinos por los bíblicos paladines de la propiedad privada bien valen una carnicería. Los judíos también han aprendido a ensoberbecerse, como siempre hace quien se siente poderoso. Porque ni siquiera el pueblo elegido puede ocultar su vulgaridad. No ha mucho un sesudo intelectual judío descubrió que sus correligionarios -¿o pensaba en términos de raza, pues de otro modo su aserto carece de sentido?- disfrutan de una inteligencia superior a la de los gentiles. ¿El motivo?. Que la necesidad de escapar de las continuas persecuciones seleccionó de entre ellos a los de mente más egregia. He aquí al victimismo sublimado como matriz de ideología de la superioridad racial. Un dialéctico como yo no hubiera imaginado mejor ejemplo: efectivamente, las razas superiores existen. Pero superada ya la antítesis antirracista lo hacen en la síntesis antitética a lo que el nazismo imaginara... El magnífico hallazgo se publicó sin aparente desagrado ni crítica en el buque insignia de la democracia estadounidense, The New York Times, así como en alguna de sus filiales europeas, pongamos El País. Veremos muchos más ejemplos de los asuntos tratados en este capítulo a lo largo de nuestro relato. Volvamos a él.

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Esta obra se estructura en cinco libros de los que aquí les presentamos los dos primeros; desde la aparición de  la Humanidad hasta la aparición de los primeros Estados. Estamos ante el afán discreto pero firme del autor por escribir y describir de forma amena y didáctica una Historia Universal que evite caer en las frecuentes vaguedades de algunas obras de este tipo sin llegar por ello a “el detalle prolijo” ni mucho menos  a “la anécdota pintoresca.” Para nosotros es un orgullo alumbrar una iniciativa investigadora exenta de prejuicios dogmáticos y llena de coherencia y afán divulgativo. El editor.

“...Cuanta ideología ha existido y existirá no es sino un instrumento para acceder en buenas condiciones a los bienes y al sexo, y para excluir de ellos a especies y congéneres competidores.” “...si las ideas moviesen realmente a las personas los budistas no construirían lujosos templos, los judíos no matarían ni apoyarían al actual Estado de Israel, los cristianos tampoco asesinarían, como no lo harían los yihadistas -que además no se suicidarían en atentado-, los liberales no trabajarían a sueldo del Estado, los marxistas no comprarían, los socialistas no se enriquecerían a costa de los trabajadores...” “...todas las ideologías proporcionan argumentos con los que justificar acciones completamente contrarias a sus principios fundamentales.”

Fernando Rosales Naya nació en Alicante el 21 de noviembre de 1966, aunque vive en A Coruña desde 1968. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla, actualmente se dedica a la docencia en Educación Secundaria. En esta su primera obra, intenta realizar una síntesis de la Historia Universal criticando y eludiendo algunos de los prejuicios más arraigados, consciente o inconscientemente, en la historiografía occidental.  En particular, el idealismo,  el nacionalismo, el sobredimensionamiento de la importancia de las herencia grecoromana, judía y cristiana, y el racismo muchas veces implícito en todo ello. Concebida en cinco libros, el presente volumen reúne los dos primeros, que abarcan la evolución de las sociedades humanas anteriores  a la aparición del Estado.


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