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Algo que ver con la risa BY

J. J. Vargas

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uenta Manuel Darias1 que allá por la década de los setenta, Vázquez ideó un método de fabricación en serie para sus historietas. Para ponerlo en práctica tomó a la abuelita Paz, muy popular en aquel entonces, y se entregó a dibujarla en toda postura y estado de ánimo posible: sentada, de pie, caminando, corriendo, furiosa, sonriente, en distintas escalas de plano… hasta obtener un listado exhaustivo, numerado y clasificado, de las posibilidades expresivas de la anciana. Su intención era emplear aquel diseño como plantilla para realizar las entregas con la mayor comodidad posible, recortando y pegando sin más al personaje en las viñetas que tocara en cada momento, en función de la historia que deseara contar. Aquella idea, descabellada precisamente por su extrema lógica, no cayó en gracia en la dirección de Bruguera. El temor de que aquel método pudiera desequilibrar los fundamentos de la industria tebeística, ofreciendo carta blanca a cualquiera que deseara editar historietas a gran escala con una mínima inversión de trabajo y capital financiero, llevó al consejo de redacción de la editora barcelonesa a rechazar la propuesta de Vázquez, que sin embargo continuó calcando a su abuelita Paz de la plantilla que había creado: “Les entrego páginas y páginas calcadas y ni se enteran. Son unos inútiles”, se jactaba según Darias. Calcular el alcance simbólico de esta anécdota es un ejercicio fascinante que intentaremos en las siguientes líneas. La interpretación más evidente, claro está, se relaciona con la noción que suele 1

“La gran idea de Vázquez”, en Diario de Avisos (17-X-10).

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Plantilla personal de Vázquez para “La abuelita Paz”

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tenerse del Vázquez embaucador, del Vázquez personaje. Si en Gran Bretaña los villanos cuentan con una larga tradición como héroes literarios, en España es el pícaro el que se lleva la palma ya desde nuestro Siglo de Oro. Por algún motivo, ya sea en El lazarillo de Tormes, o en Rinconete y Cortadillo de Cervantes, en el filme Los tramposos de Pedro Lazaga (1959), en la serie televisiva de los noventa Los ladrones van a la oficina (1993-1996) o en ciertos personajes de “13 Rue del Percebe” y “7 Rebolling Street” y sus homólogos, figurados en la película La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000) y las series Aquí no hay quien viva (2003-2006) y La que se avecina (2007), nos es fácil empatizar con quienes demuestran su predominio intelectual sacándole los cuartos al semejante. Un ejemplo reciente es el propio biopic cinematográfico El gran Vázquez (2010) dirigido por Óscar Aibar, y estrenado con un éxito de taquilla que ha rebasado con creces sus modestas aspiraciones presupuestarias. Pero caer en el tópico del Vázquez pícaro en un formato de ensayo como éste, es una trampa demasiado fácil; y es que la anécdota que referíamos contiene en su código genético algo más que el ejercicio ingenioso de la pillería. Para empezar, según el testimonio de su colega Francisco Ibáñez, para cualquiera habría supuesto un trabajo más arduo hacer copias, recortar y pegar al personaje cuadrando las historias con las plantillas previamente elaboradas, que dibujarlo directamente sobre el papel. Esto, como mínimo, nos da una visión algo más compleja, y sí, también más inextricable, de quién era Vázquez realmente. Alguien capaz de hacer de la burla su objeto, de convertir el juego y el engaño en cuestiones de honor, más allá de cualquier beneficio crematístico. Dejando a un lado, claro, que el desencuentro entre un autor que ideó un método con el que optimizar la relación esfuerzo-resultados, y una editorial que rechazó aquel sistema por considerarlo lesivo para el valor artístico, arroja una contradicción inmediatamente interesante. Porque si hubo un “artista” en nuestra historieta, alguien que implementara no sólo oficio, sino también un carácter específicamente experi-

Algo que ver con la risa

mental, bohemio y turbulento en su trabajo y en su vida, ese fue Vázquez; y si hubo una editorial que representara la producción de la historieta desde una condición abiertamente industrial (en la redacción de sus “contratos leoninos” –Matías Guiu dixit–, en el resumen de la labor del dibujante a la de oficinista, y en el trato paternalista hacia sus empleados), esa fue Bruguera. Pero aún aquí nos encontramos lejos del corazón de lo que aquella anécdota puede llegar a representar. Y en este punto se hace necesario recurrir a algo tan primordial en Vázquez como la configuración de sus personajes. Las hermanas Gilda, enfrentadas sin excepción en el algoritmo de sus personalidades antagónicas; Azufrito, o la imposibilidad de identificar el heroísmo o la villanía en la relación voluntad-acto-consecuencia; la negación del personaje a través, precisamente, de la constante afirmación, en Ángel Siseñor; el irracionalismo dadaísta de Angelito; el principio sartriano de la absoluta inocencia del mal (o el nietzscheano de la absoluta maldad de la inocencia) en el comportamiento de la abuelita Paz… son tentativas dirigidas hacia una síntesis radical del personaje como escritura, como enunciado que proviene del trazo y vuelve a él para explicarse. Con Vázquez, por primera vez, el personaje de historieta pasa irrevocablemente del primer al segundo grado, de ser únicamente receptor de sucesos externos, a lidiar con lo que sus acciones reverberan en la realidad. Continuando esta evolución, con el tiempo sus personajes pasan de recibir a promover. Las hecatombes detonadas por Don Polillo, se deben a su extraña fijación por dar la chapa indiscriminadamente con su rígido concepto de lo moral, que antepone a cualquier coyuntura, por muy excepcional que sea. Feliciano, como personaje cuya constante buena suerte

Cartel de la película El gran Vázquez (Óscar Aibar, 2010)

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YO

TAMBIÉN COMPARTÍ ALGO CON

VÁZQUEZ

No hay prácticamente nadie de la profesión de la historieta que no tenga alguna anécdota que contar sobre Vázquez. De forma directa o indirecta, arrecian verdades o leyendas, comentarios tal vez exagerados o deformados por el paso del tiempo, que confirman su fama de vividor o de pícaro. Es curioso que se cuenten pocas cosas de él al respecto de su profesión, de su forma de trabajar, de cómo creó a ciertos personajes, de qué técnicas utilizaba. La leyenda está bien alimentada y sigue, por suerte, viva. Por supuesto, yo también conocí a Vázquez. Le entrevisté en alguna ocasión, me lo crucé en algún salón del cómic, e incluso viajé con él. Fue en 1992 o 1993, no lo recuerdo con exactitud. A raíz de mi trabajo en la editorial Barcanova, editando álbumes de historietas infantiles y juveniles, fui invitado a unas jornadas de literatura juvenil que se celebraban en Santiago de Compostela. Compartí el viaje y una estancia de, creo, dos días, con Vázquez. Por supuesto que utilizó el típico “Oye, ¿no me podrías prestar algo de dinero?”, pero era evidente que aquello formaba parte de un ritual, porque inmediatamente sonreía con esa característica mueca de pícaro provocador. Estuve paseando con él por Santiago, y comiendo en un restaurante; conste que pagamos la consumición, no hubo ningún intento de evasión a este respecto. Debo decir que lo único que puedo contar de aquella experiencia, es que me encontré con un hombre algo cansado, de los tiras y aflojas de la profesión, de las dificultades para la supervivencia diaria. Con todo, desplegó su faceta más simpática, su humor más sarcástico y también un cierto aire protector, de progenitor que intenta adoctrinar y cuidar de su pupilo. En las jornadas, la suya fue la charla más popular. Ejerció de Vázquez provocador, irónico, mordaz, metiéndose al público en el bolsillo. Cumplió con lo que se esperaba de él, de su leyenda. Al día siguiente nos separamos; Vázquez se quedó, creo recordar, en Santiago, yo partí hacia Barcelona. No sé si volví a verle; tal vez en algún salón, de paso, intercambiando un saludo, pero ya no tuve la oportunidad de acercarme de nuevo a su figura. Como ven, no puedo potenciar su leyenda; sólo, como mucho, confirmarla. Fue un encuentro fugaz, pero ahí estará siempre ese recuerdo.

BY Antoni Guiral


El Primer – 1942 Vázquez 1960 Los inicios de un genio

BY Miguel Fernández Soto

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studiar a Vázquez siempre es un placer, pero intentar acercarse a sus comienzos no es sencillo, básicamente por la dispersión de su obra y por el hecho de que, dejando a un lado recopilaciones puntuales de sus etapas más recientes o de sus personajes clásicos, la mayor parte de su producción permanece enterrada en sus publicaciones originales, algunas de las cuales se pierden en la noche de los tiempos. Seguramente por esta circunstancia, la bibliografía oficial (básicamente Atlas de la cultura popular, de Jesús Cuadrado -Sins Entido, 2001-, Vázquez el dibujante y su leyenda, de Enrique Martínez Peñaranda -Sins Entido, 2004-, o el reciente By Vázquez: 80 años del nacimiento de un mito, de Antoni Guiral -Ediciones B, 2010-), aún no había alcanzado a catalogar por completo esta compleja etapa inicial. Hasta la aparición del segundo libro citado, y excepción hecha de algunos blogs o foros en Internet, ni siquiera había podido verse en ningún medio escrito imagen alguna de, por ejemplo, la retahila de personajes de prueba que Vázquez realizó para Bruguera en sus comienzos. Por ello, se hacía necesaria, incluso prioritaria para un libro como este, una nueva investigación capaz de arrojar algo de luz sobre esta etapa primeriza de un autor que, como podrá comprobarse a lo largo de este capítulo, ya poseía unas constantes y una actitud ante el humor que seguiría desarrollando espléndidamente a lo largo de toda su carrera como historietista y humorista gráfico. Fruto de un paciente rastreo por las numerosas publicaciones de la época, basado en las pistas dejadas en las fuentes citadas, este capítulo recupera todos aquellos primeros trabajos dispersos en

pág i na ante r ior: Magos del lápiz nº 6 (1949) contenía la única antología de Heliodoro Hipotenuso, uno de los personajes más representativos de la primera época de Manuel Vázquez. © Ediciones B

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su exacta sucesión cronológica, en un período amplio que abarca desde 1942 hasta 1960,1 desde la más conocida y estable participación en Pulgarcito hasta el resto de editoriales que también encierran una parte importante y poco conocida de esta primera etapa de su carrera.

“Jeep”, una página de 1945 publicada en Flechas y Pelayos en 1947

Los comienzos “Empecé a dedicarme al humor en el útero de mi madre”. Así responde Vázquez cuando se le pregunta en qué momento se le despertó la vocación por el dibujo y la risa.2 Lo cierto es que Manuel Vázquez Gallego, nacido en Madrid en 1930, llegó a formar parte de la primera generación de la Escuela Bruguera con apenas 17 años. Esta precocidad puede resultar sorprendente en principio, pero si examinamos los detalles de su infancia a través de sus declaraciones al respecto en diversas entrevistas, podemos empezar a comprender la singularidad de un autor llamado a convertirse en uno de los máximos exponentes de la historieta de humor española. A Manuel Vázquez le tocó vivir una época difícil para millones de españoles, de hambre y misería tras la Guerra Civil: “Cuando eres un niño desvalido estás perdido. Porque no puedes atracar, ni dedicarte a navajero, ni a macarra. Yo empecé a alimentarme a los nueve años. Todo lo que recuerdo de mi infancia es hambre, pero hambre feroz […] Íbamos a los mercados, cogíamos frutas, cáscaras, lo que encontraras. Así sobrevivíamos muchos en los primeros años de la posguerra. Porque durante la guerra te parecía menos terrible. Tal vez porque todo el mundo pasaba hambre. Pero luego, cuando algunos empezaron a comer, resultaba mucho más duro. Y no es que en mi casa no hubiera dinero, que lo había. Pero era dinero rojo. sólo servía para jugar a los cromos. Mi abuelo tenía la sastrería real, hacía los trajes a los reyes. Era conde de Yedra”.3 “Lo malo”, añade en otra 1 Siendo el periodo básico, en el que se comprende la mayor parte de la producción inicial del autor, 1945-1952. 2 En la entrevista “Vázquez, el dibujante sin vergüenza”. Ramón de España, El País Semanal nº 185 (IX-1994). 3 “Manuel Vázquez: ‘En la tragedia siempre hay muchísimo humor’”. Sol Alameda, El País Semanal nº 251 (31-I-1982).

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El Primer Vázquez

entrevista, “es que el título es lo único que nos dio el rey: yo hubiera agradecido que llevara puestos algunos terrenitos o alguna bicoca, pero nada de nada. O sea, que a mi padre, que debía ser conde en segundo grado o algo así, le tocó ganarse la vida trabajando en la Renfe”.4 A las duras condiciones de la posguerra se unía un ambiente familiar poco propicio: “Yo vivía con mi abuela y mi padre, a mi madre casi no la conocí. Luego, cuando tuve nueve años, me escapé a Barcelona. En cuanto pude. La Guardia Civil me pescó nada más llegar y me devolvieron. Cuando lo repetí, ya nadie me buscó. Barcelona era todo: Nueva York, América. Oía hablar de Barcelona por la radio, y como en Madrid no había nada, pensaba que todo debía estar en Barcelona. Me impulsó lo mismo que a los conquistadores de América, que no se embarcaban por el deseo de colonizar, sino por huir de Extremadura”.5 Vázquez no dramatiza sobre estas circunstancias, pero asegura que nunca ha sido niño. Afortunadamente, aprendió pronto a ver el lado humorístico: “Aquello también tenía su gracia. En la tragedia siempre hay muchísimo humor. Mi tristeza era la de veinte millones de españoles. Esto le daba a uno la sensación de un espanto tan grande, tan insuperable, que tenías que reír [...] Para mí nada es suficientemente dramático. Ni que se mueran tus padres o tus hijos. Sobrevivir es lo único importante”.6 Vázquez, humorista y dibujante En su adolescencia, Manuel Vázquez cursó estudios de delineante y aparejador para tener contenta a su familia, pero en cuanto llegó la oportunidad se dedicó a lo que realmente le interesaba: el dibujo de humor. “Yo fui dibujante porque quise ser dibujante. Porque soy aparejador también, 4 Íbid. nota 2. 5 Íbid. nota 3. 6 Íbid. nota 3.

La tira de Juan Centella /Jorge y Fernando, Almanaque para 1947. Hispanoamericana, 1946

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El cuadernillo Macana en el Oeste, Hispanoamericana de Ediciones, 1946.

pero no he querido dedicarme a eso nunca. Quería ser dibujante, porque si no, me hubiera muerto. […] Yo he estado dibujando toda la vida, siempre. Incluso en la calle. Pero tienes que sentirlo. Tienes que estar ahí también cuando quieres dibujar esa cara que no te sale y tienes que probarlo una y otra vez”.7 En la tercera entrega de la sección “El mundo de la historieta”, en DDT nº 39 (3º época, 1968), Vázquez desvelaba a Jaume Perich cómo fueron sus inicios profesionales: “Si entendemos por profesión el señor que hace un dibujo, lo publica, y, lo más importante, lo cobra, yo empecé como profesional a los nueve años. Hice una portada para una revista que se llamaba Automovilismo en España; esto fue en Madrid, yo vivía allí entonces. También en Madrid, pero algunos años después, publiqué algunas páginas, dos o tres, en Flechas y Pelayos y en Maravillas”. Parece que en el intervalo entre esa primera portada y la colaboración en Flechas y Pelayos hay algo más. En otra entrevista, concedida a Manuel Darias para su sección “Historieta”, del Diario de Avisos de Tenerife (1978), el autor afirmaba: “Yo empecé cuando tenía doce años. En Madrid publiqué unos cuadernitos de historietas de los que ya ni me acuerdo”. Según la entrevista de Darias, Vázquez envió pruebas a distintas editoriales, antes de ser aceptado en Bruguera. Las mismas historietas que le rechazaron allí “las mandé luego a Editorial Valenciana, y también estuvieron rodando por un par de sitios de Madrid”. En 1947, en Flechas y Pelayos, se reproduce una historieta titulada “Jeep” y fechada en 1945, obra de un joven Vázquez que entonces contaba 15 años. En ella, pese a tener un estilo muy tosco todavía, pueden apreciarse el dinamismo y la vitalidad que caracterizarán siempre a su autor. Una de las editoriales que acogieron la obra inicial de Vázquez fue Hispanoamericana de Ediciones. En 1946 le editaron el cuadernillo “Macana en el Oeste”, y ese mismo año aparece una tira 7 Jordi Coll y Jordi Canyissà, “Entrevista a Vázquez”. Amaníaco nº 9, Amaníaco Ediciones, 1993.

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de idéntica temática titulada “El matón”, en el Almanaque de Juan Centella/Jorge y Fernando para 1947. Existe una historieta más de Macana, contemporánea de estas a juzgar por ese estilo aún primerizo, pero publicada años después en la colección apaisada Humor de bolsillo (1950); la historieta está ambientada esta vez en una ciudad moderna y su extrarradio, y narra la persecución furibunda que sufre el protagonista por parte de un desequilibrado peligroso. Además de la historieta de 1945 citada anteriormente, en los últimos meses de 1947 Flechas y Pelayos publica nuevas páginas y chistes de Vázquez. Aquí aparecen por primera vez Cápsula (portada de Flechas y Pelayos nº 453, septiembre) y Mr. Lucky (interior del nº 460, noviembre), a los que volveremos a ver en los próximos meses, ya en Pulgarcito. En los otros dos ejemplares se publican una página de chistes en contraportada (nº 465, diciembre) y otra mixta (interior del nº 457, octubre), combinando dos tiras y cuatro chistes. Para la misma editorial nuestro autor colaboró en Maravillas Almanaque para 1948, aportando dos nuevas tiras de Mr. Lucky. Estas páginas están fechadas en septiembre de 1947, es decir, inmediatamente antes de su publicación. El dibujo del joven Vázquez era aún inmaduro, pero ya se adivinaba una intuición para la historieta y un sentido del humor agudo e irónico que le convertieron muy pronto en un maestro. También en 1947 y para Ediciones Iberoamericanas, de Barcelona, realizó un cuadernillo titulado “La fuga de ‘El Caimán’”, encuadrable en este mismo estilo inicial; pero la mayor extensión (diez páginas en formato horizontal, con tres tiras de viñetas) nos permite apreciar la aptitud del autor para fabular una aventura cómica trepidante, protagonizada por ‘El Caimán’ del título, un peligroso asesino recién fugado de la cárcel que recurre a su antigua banda para

Página de “¡Ahí va ese loco!”, Humor de Bolsillo nº 6. Hispanoamericana, 1950

Chistes en contraportada de Flechas y Pelayos nº 465. 1947

Una tira de “Mr. Lucky” en Almanaque Maravillas para 1948

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R E V L O V BY Manuel Barrero No hay experiencia más poderosa que la de “descubrir” una obra de un autor cuando ya se le conoce y se le respeta. Esto me ocurrió con Manuel Vázquez, dibujante de historietas experto en sablazos, que había conquistado el corazón risueño de todos nosotros cuando éramos chiquillos. Vázquez alimentó de sonrisas a varias generaciones dado que Bruguera, y luego B, han reeditado constante (y discontinuamente) muchas de sus historietas. Todos le recordábamos por su desopilantes personajes de maldad disfrazada, pues todos tenían una vena maquiavélica, como su creador. Y todos admirábamos su niño encestado, su moroso impenitente, su agente secreto con tupé, su familia media española, su familia marginal española, sus solteronas y muchos otros. Pero algunos no conocimos de niños sus historietas primeras, y cuando las conocimos de adultos fue como volver al Vázquez prístino, al auténtico humor con mala leche de los años cuarenta. Para mí fue como descubrirlo de nuevo. La primera historieta de Vázquez publicada en Bruguera apareció el día 9 de enero de 1948 en el Pulgarcito vigésimo noveno no numerado que se publicaba desde 1946. Era un Vázquez primitivo que se estrenaba con una historieta primitiva, “Mofeta y la persuasión”, donde el eje argumental era la pérdida de un beneficio por la venta de un gato con pedigrí. Mal dibujada, la obra ya tenía la coña típica de este autor preocupado siempre por la pose, el sarcasmo y los dineros. La segunda historieta suya apareció en el Pulgarcito trigésimo cuarto, que vio la luz un 13 de febrero de 1948. Y aquí sorprendía por proponer un ejercicio metanarrativo en el que el autor se convertía en el personaje de la historieta. “Jimmy, pintamonas cómico. Ocasión única” trataba de un tipo,

R E M I R L P A

Z E U Q Z Á V como Vázquez, que era dibujante de historietas, como Vázquez, y que iba a pedir trabajo a un editor, como Vázquez. Premonitoriamente, Jimmy enoja al editor y éste le despide antes de contratarle. Casi como Vázquez. Vázquez sorprendía de nuevo en sus siguientes historietas. Lo hizo con las de Mofeta, en las que incluso ensayaba la transformación de personajes en signos iconográficos (y al final mataba a Mofeta tras convertirlo en un huesecillo), con las de Servulio Argamasa, otro tipo preocupado por amasar fortuna, con Gildo que fue la primera suya que ocupó una doble página central, o con la serie Loli, que fue una de las inaugurales con protagonismo de niña terrible. Vázquez sorprendió también con La mansión de los espectros, serie de continuará humorística iniciada en el número 39 de Pulgarcito en marzo de 1948. Era de horror paródico pero destacaba por sus propuestas narrativas, con un diseño de página innovador y con una agilidad en la dinámica de objetos y personajes muy por encima de la que exhibían el resto de colaboradores del tebeo (salvo por Cifré, naturalmente). Pero la guinda llegó con la increíblemente atrevida historieta “Anacleto Pandehigo se mete a pintamonas” (número 51, 11-VI-1948), de un tipo que plantea trabajar como dibujante de historietas para escapar del hambre y que, tras conocer a varios de los personajes de la casa, al final de la segunda página terminaba… ¡provocando la tercera guerra mundial! ¡Ja! Nadie en los tebeos españoles se había atrevido a llegar tan lejos en sus disparatadas historietas. Nadie salvo este recién llegado lleno de picardía y con un ego descomunal. Descubrir a Vázquez, a este Vázquez, cuando uno ya viene leído y sabiendo de su trayectoria o de la historieta en general, y deleitarse, sorprenderse y carcajearse con ellas, es descubrir el nacimiento de un genio.


ENTREVISTA A

JAUME ROVIRA

José Ángel Quintana Ramos

Jaume Rovira (Sentmenat, Barcelona, 1951) es uno de los principales representantes de la llamada “tercera escuela Bruguera”, constituida, entre otros, por autores de la talla de Jan, los hermanos Fresno o March. Notablemente dotado para el dibujo –siguió los cursos por correspondencia de Josep Escobar– ingresó en Bruguera en 1969 e inmediatamente pasó a ser colaborador de Manuel Vázquez, cuyas páginas estuvo entintando durante un tiempo. Esto le permitió ver al maestro en plena faena y, lo que es más importante, aprender de él. Posteriormente, Rovira despuntó con series propias como “Pepe” (DDT, 1969), “Vicente, el dependiente” (Din Dan, 1971) y muy especialmente “Segis y Olivio, traperos de alivio” (Mortadelo, 1971) y “Los cinco amiguetes” (Zipi y Zape, 1978). En todas estas series, y sobre todo en su primera etapa, la impronta de Vázquez se deja ver de manera notoria en los trabajos de Rovira quien, poco a poco, irá encontrando un estilo más personal, combinando la influencia de los clásicos patrios con la de los grandes maestros del tebeo franco-belga. Artesano del tebeo, durante más de dos décadas sus viñetas acompañaron la infancia y juventud de miles de españoles. El cierre de las revistas por parte de Ediciones B, a mediados de los años noventa, no supuso el fin del trabajo creativo de Rovira, quien arribó al mundo de la animación, realizando diversos proyectos tanto para España como para el extranjero. Las palabras de Rovira, colaborador directo, discípulo, compañero y admirador de Manuel Vázquez, nos ayudarán a reconstruir una visión más completa de la figura del mayor renovador de la historieta cómica española, abordándolo desde una triple óptica: el dibujante, el hombre y el mito. Un valioso testimonio de un testigo directo de la genialidad que Vázquez derrochaba en cada una de estas facetas.


VÁZQUEZ, EL DIBUJANTE J.A.: En más de una ocasión, usted ha comentado que al llegar a Editorial Bruguera, a finales de los sesenta, le sugirieron que siguiera una de las dos líneas más comerciales de la casa: la de Ibáñez o la de Escobar. Sin embargo, usted optó por seguir el magisterio de Vázquez. ¿Qué impulsó su decisión? J.R.: Cierto, y quien me hizo la sugerencia fue el Sr. González, en medio de un “discurso” sobre las dos únicas líneas a seguir en la editorial. Según me dejó claro, había varias divisiones dentro de la editorial, una división de oro con dos estrellas: Ibáñez y Escobar. Una primera división, una segunda y una tercera. Parece que González tenía muy claro quién pertenecía a cada división. No recuerdo por qué no le hice caso ni por qué elegí el estilo Vázquez, supongo que porque era para mí mucho más atractivo o más fácil. Admiraba muchísimo a Ibáñez, y había aprendido directamente con Escobar, con quién me unía una empática relación maestro-alumno, pero a la hora de dibujar, me sentía mucho más cómodo observando a Vázquez que a cualquier otro. J.A.: Durante un tiempo, en los inicios de su colaboración con Editorial Bruguera, usted colaboró en algunas de las series de Manuel Vázquez. ¿Podría decirnos cuáles fueron y en qué consistía exactamente su trabajo? ¿Llegó a formar parte del equipo “apócrifo” que realizaba páginas de los personajes de Vázquez al margen de su creador? J.R.: Siguiendo el hilo de la anterior respuesta, fue el jefe de redacción, Jordi Bayona, quien al observar mi tendencia a imitar a Vázquez, tuvo la idea de que yo trabajara una temporada con él. El objetivo era doble: por un lado foguearme junto al maestro, y por el otro ayudarle a sacar más páginas a la semana. La acogida del maestro desde el primer momento fue fantástica. Las primeras páginas que me dio abocetadas fueron de “Las hermanas Gilda”. Me las llevé a casa, y por miedo a destrozarlas, las calqué en otras hojas, y comencé a entintar, todavía a pluma y tinta china. Repetí las páginas no sé cuantas veces, hasta atreverme a entintar las originales, con toda clase de precauciones. No me gustó nada el resultado, y estaba acojonado esperando la reacción de Vázquez. Pero ésta fue más que amable. Me dijo que estaba muy bien, todo muy limpio, que sólo le faltaba un poco de fuerza. Entonces cogió un rotulador (él ya sólo trabajaba con rotuladores) y empezó a reforzar líneas por aquí y por allá, y en cinco minutos, la página estaba totalmente transformada. ¡Juro que en aquel momento me pareció un milagro! Y así comenzó la colaboración, que duró unos pocos meses, porque yo ya estaba con un par de personajes propios que iban avanzando. Así, pasé a tinta, o, mejor, a rotulador ya, “Las hermanas Gilda”, “La abuelita Paz” y algún “Feliciano”... Desde luego, nunca llegué a formar parte de ningún

equipo. Mi corta colaboración con Vázquez siempre fue directa y personal. Incluso era él quien me pagaba la colaboración, según instrucciones de la editorial. J.A.: El tiempo que usted estuvo entintando las páginas de Vázquez, ¿le daba él algunas instrucciones acerca de cómo realizar su trabajo, lo supervisaba, o simplemente le dejaba hacer? J.R.: Pocas instrucciones, verlo trabajar ya era suficiente. Era sumamente eficaz, directo, minimalista, concreto, seguro, dudaba poco o nada. A mí me trataba más como colega que como ayudante, actitud que siempre me sorprendió. En todo momento me dio confianza. Parecía que lo importante era de las otras cosas que hablábamos mientras dibujaba, el hecho de dibujar era tan fácil en él como respirar. Era raro utilizar mesas de luz en aquella época, así que todo se hacía al primer trazo: tirar las líneas de perspectiva, situar los personajes, encajar las “bolas” y dibujar encima. J.A.: ¿Tuvo la oportunidad de conocer la opinión de Vázquez acerca de las historietas apócrifas que, con sus personajes, editaba Bruguera sin su consentimiento? J.R.: Sí, claro. Normalmente era justo en el momento en que íbamos a la famosa ventanilla de cobro, cuando había que firmar aquellos recibos, en los que había en la parte de atrás un listado de cláusulas donde el dibujante renunciaba prácticamente a todo. De hecho, estas eran las únicas veces en que vi a Vázquez absolutamente cabreado, alzando su voz, que de natural ya era fuerte, para que lo oyera


el gran vazquez: todo por la pasta