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XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A (29 de octubre de 2017)

“Amar a Dios sobre todas las cosas”


EVANGELIO Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 34-40 En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: —«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Él le dijo: —«"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser". Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas». Palabra del Señor. HOMILÍA Hoy el Señor nos invita a vivir de forma armónica y unitaria el amor a Dios, a uno mismo y al prójimo. Ubiquemos este mensaje en su contexto: unos saduceos, que negaban la resurrección de muertos, le presentaron a Jesús este caso: ¿De quién será esposa una mujer que se casó sucesivamente con siente hombres que habían fallecido? El Señor enseñó que hombres y mujeres serán como ángeles en el cielo y que, por eso, nadie tendrá necesidad de marido o mujer. Los saduceos quedaron sin palabra. Entonces los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era experto en la Ley, para ponerlo a prueba, le hizo esta pregunta: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Entre los maestros de la ley, eran muy frecuentes las discusiones sobre la importancia de los mandamientos. Esto se debía a que a la Ley escrita, la tradición posterior y, sobre todo, la escuela farisea, había añadido muchos preceptos. No todos eran iguales en importancia. Los maestros de la Ley los dividían en preceptos “ligeros” y “graves”. La diferencia de opinión sobre prioridad de los mandamientos generaba varias discusiones entre los maestros, dando origen a diversas listas y clasificaciones. La respuesta de Jesús fue contundente: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se funda toda la ley y los profetas”. Jesús añade este mandamiento y lo


llama “semejante al primero” dado el olvido o devaluación en que había caído el mandamiento del amor al prójimo frente a otros preceptos ritualistas. Jesús destaca la suprema importancia de ambos mandamientos y manifiesta que estos dos principios fundamentales y vitales son los que revelan el verdadero espíritu del que está animada toda la enseñanza divina. Constatamos que necesitamos amar y ser amados para vivir felices! Si somos amados y amamos, nuestra vida se llena de luz, se hace hermosa y plena de sentido. Entonces descubrimos que nuestra felicidad depende de cuánto amemos y seamos amados de verdad. En el fondo, Jesús está abordando lo fundamental del ser humano y su mismo ser. En efecto, Él era consciente de ser el Hijo muy amado del Padre Dios, y por eso vivió amando al Padre y a toda la humanidad, hasta dar la máxima prueba de su amor en la entrega de su vida. De modo personal expresó su amor a sus discípulos al decirles: “Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros” (Jn 13, 3); “como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes; permanezcan en mi amor” (Jn 15,9). Hemos sido creados por Dios, que es Amor y para el amor (cf 1Jn 4,8.16). ¿Es posible alcanzar ese amor al que aspira intensamente el corazón humano? ¡Sí! Y el camino es abrirnos al amor de Dios, ser conscientes de que Él nos ama siempre, y corresponderle amándolo con todo nuestro ser. Así entramos en comunión con Dios, que satisface nuestro intenso anhelo de amor. Nutridos de ese amor divino, podemos amar como Él, con su mismo amor, a nosotros mismos y a nuestros semejantes. Quien ama de veras a Dios, ama a sus semejantes como Él los ama. Nuestra vida está llamada a ser una manifestación del amor de Dios para con todos los seres humanos sin excepción, un amor que se hace palpable en la misericordia, la caridad y la solidaridad con el prójimo. Es preciso armonizar el amor a Dios con el amor a uno mismo y al prójimo, especialmente el más necesitado. A Dios le expresamos nuestro amor mediante el culto y la vida agradable a Él. El amor a nosotros mismos y al prójimo consiste en hacer el mayor bien posible en todo sentido, en una correcta jerarquía de valores, que privilegia lo que lleva a la vida plena. Mons. Luis Antonio Sánchez Armijos, sdb Obispo Emérito de Machala

XXX Domingo del tiempo ordinario, ciclo A (29 de octubre de 2017)  
XXX Domingo del tiempo ordinario, ciclo A (29 de octubre de 2017)  
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