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ENCUENTRO CON CRISTO Mons. Luis Sánchez, SDB

INTRODUCCIÓN El título responde al anhelo de contribuir al encuentro con Cristo, y para ello conviene conocerlo amorosamente, ya que Él es inagotable, nunca se acabará de estudiarlo ni conocerlo. En esta ocasión, analizaré algunos rasgos que estimulen el encuentro afectivo con Él y el deseo de seguirlo. Nos hemos de acercar con espíritu de fe, con nuestra mente, con nuestro corazón y con nuestras manos. Él nos cuestionará y exigirá continua conversión y desinstalación a nivel mental, afectivo y operativo, para que seamos mejores cristianos; y ser cristiano exige tener las actitudes de Cristo, su conocimiento debe estar en función de su seguimiento. Procuraré presentarlo como verdadero Dios y verdadero hombre, siendo fiel al Evangelio y al magisterio de la Iglesia. Se explicará desde el punto de vista histórico, y desde el punto de vista pastoral. Haré hincapié en su humanidad, actitudes y mensaje, sin descuidar su divinidad. En los últimos siglos, los diversos tratados sobre Cristo descuidan sus rasgos humanos, se centran en la acción salvadora: pasión y muerte, se alude a la encarnación como algo necesario para que Cristo pueda padecer y morir por nosotros, sin considerar las consecuencias de la misma. La vida y la predicación de Jesús quedan en la penumbra. En la actualidad, y especialmente en América Latina, se pone el énfasis en las consecuencias de la encarnación. Se da un interés particular por el Jesús histórico, y se toma paulatinamente conciencia sobre la salvación que Jesús nos da a través de toda su existencia; todo lo que dice y hace es salvífico; el Reino por Él predicado se realiza tanto en la persona individualmente, en los grupos humanos y en los pueblos en todas sus dimensiones; esto es, en todos los ámbitos: personal, comunitario, espiritual y material. Este enfoque permite captar mejor la salvación total realizada por Jesucristo, que tiene implicaciones a lo largo de la historia. La Iglesia debe ser fiel seguidora de Cristo y su acción debe orientarse hacia la salvación integral de los fieles, ya que esta es la razón de ser de la Encarnación y de todo lo que ello conlleva. Se trata de nuestra salvación, como rezamos en el credo: “…Por nuestra salvación bajó del cielo…”, por tanto la Iglesia participa de la misma misión salvadora de Cristo, por lo que en su quehacer pastoral siempre debe tener presente al Maestro y Pastor. Jesús es el modelo en la vida cristiana y en acción pastoral de todo grupo eclesial. Por eso es indispensable conocer al Jesús histórico. Se trata de encarnar en nuestra realidad sus actitudes de apertura al Padre Dios y a la humanidad, buscando hacer el mayor bien posible en todo sentido. Jesús es, al mismo tiempo, teocéntrico y antropocéntrico. De este modo, vive en profundidad su relación filial con Dios y su relación fraterna con los hombres, sin dualismos ni unilateralismos. Podemos afirmar que es simultáneamente “hombre de Dios” y “Dios de los hombres”. En todo tratado sobre Cristo existe un interés práctico, con repercusiones religiosas y sociales. Puede suceder que alguien no sea consciente de ello, en ese caso se correría el riesgo de estar al servicio ingenuamente de un determinado sistema y ser instrumentalizado y manipulado. Se requiere tomar conciencia de los motivos que uno tiene para actuar con libertad y voluntad. Nos proponemos conocer afectivamente a Cristo para convertirnos en mejores seguidores suyos a pesar de que la capacidad y las posibilidades humanas son limitadas. Las deficiencias e inevitables imperfecciones deberán ser suplidas por el


amor al Padre que nos guia, por el testimonio de Jesucristo y por la luz del Espíritu Santo.

LA FAMILIA DE JESÚS Jesús era del pueblo de Nazaret en Galilea, hijo de una familia modesta de clase media (Mc 6,1-6). En su pueblo todos lo conocían y también a sus familiares de la línea materna, es decir, humana. Las genealogías por las que Jesús era descendiente de David se elaboraron muchos años después de la resurrección, por lo que cuando Él vivía en Nazaret, no se conocía este particular. Durante treinta años Jesús vivió con su familia, identificándose con ella, hasta tal punto que cuando se separó de ella para iniciar una nueva etapa en su vida, tanto a su familia como a los nazarenos les causó una gran sorpresa. Poco a poco sus paisanos y la familia materna no lograron comprenderlo llegando a la total incomprensión y rechazo; un día sus paisanos lo expulsaron de la sinagoga de Nazaret y pretendieron eliminarlo (Lc 4,28-29). Sus familiares viendo la agitación que Jesús provocaba en su pueblo y el impacto que causaba, se avergonzaron de Él (Mc 3,20-21). Más tarde, con el éxito de Jesús sus parientes pensaron sacar provecho desde el punto de vista sociopolítico (Jn 7,2-4). Creían que si quería seguir escalando los peldaños del poder y llegar a un puesto alto en la política, había llegado la hora de ir a la capital, por lo que lo impulsaban a lanzar su candidatura mesiánica en la fiesta de las tiendas, que era la ocasión propicia. Jesús no se deja comprometer ni condicionar por sus familiares. Es maduro y libre en el cumplimiento de su misión. No hay en sus actitudes ni apego, ni privilegios, ni intromisión en asuntos de su familia. Jesús ya no se considera pariente de los suyos, sino de todos los que cumplen la voluntad del Padre (Mc 3,31-35). En el seno de la familia Jesús recibió la formación fundamental, aprendió lo más importante propio de un buen israelita: relacionarse con Dios mediante el rezo de los Salmos tres veces al día; a considerar la dignidad de las personas; a ser contemplativo; esto es, a mirar en profundidad y con fe a las personas, a las cosas y a los acontecimientos; a cultivar verdaderas y auténticas amistades; a ser solidario con los demás y a tener cariño especial por los pobres; etc. Jesús recibió también la formación propia de los artesanos de su tierra. Además, aprendió a leer y escribir; a pesar de que en ese tiempo la mayoría no sabían leer, la cultura era básicamente oral. Fue amigo de algunas familias ricas y frecuentemente era invitado a banquetes, además todos lo reconocían como maestro, lo que era propio de las personas de cierta posibilidad económica. Los pobres no podían aprender a leer y escribir, pues los pergaminos y las tablillas que se necesitaban eran caros. Jesús se desprendió de todo, y en este sentido debe entenderse su afirmación: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”. La cultura bíblica que recibió Jesús era muy buena. La meditación de la Escritura daba a los judíos una sabiduría y visión del mundo y de la historia coherente con sus principios y convicciones religiosas. Jesús asimiló a fondo esa cultura conjuntamente con la doctrina de la Escritura; la meditó e hizo suya, pero no se sintió atado a la letra. Dominaba la Escritura hasta el punto de poder citar amplios textos, más aún, distinguía perfectamente lo que era expresión de la voluntad de Dios y lo que Moisés había concedido debido a la dureza de los israelitas (Mc 10,5). En síntesis, Jesús poseía una formación y cultura buena. Tenía una amplia visión de la realidad, buen criterio y sana razón, como veremos más adelante. Todo esto lo convertía en un “hombre normal”, pero con cualidades especiales, por lo cual,


incluso sus enemigos, reconocĂ­an en ĂŠl una gran capacidad para discernir, argumentar y dar soluciones a problemas religiosos y humanos.


JESÚS, HOMBRE DE BUEN SENTIDO Decimos que alguien es de buen sentido cuando para cada situación tiene una palabra oportuna y un comportamiento adecuado, descubre de inmediato el núcleo de las cosas y de los acontecimientos. Una persona de buen sentido no se ahoga en un vaso de agua, pues encuentra siempre una salida oportuna. El buen sentido está unido a la sabiduría práctica de la vida, que consiste, entre otras cosas, en saber distinguir lo principal de lo secundario y en saberse ubicar y dar el correcto valor a todo. Se opone al buen sentido la exageración, la extravagancia y el extremismo. Jesús se manifiesta como el genio de la sana razón y del buen sentido. Por ejemplo, consideremos la regla de oro de la caridad: “traten a los demás como ustedes quieren que ellos los traten” (Mt 7,12). Es un principio de sana razón, que había sido expresado antes de Cristo por muchos otros y de diversas maneras, incluso en las culturas ajenas al judaísmo. Tales de Mileto (+ 660 a.C.), interrogado por la regla máxima del buen vivir, respondió: “No hagas lo malo que encuentras en los demás”. En Pitacos (+ 590 a .C.) encontramos esta expresión: “Lo que aborreces en los otros no lo hagas tú mismo”. Isócrates (+ 400 a.C.) dice: “Trata a los otros así como quieres ser tratado”. Tobías dice: “No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan” (Tob 4,15). Jesús se ubica en la línea de tantas personas de buen sentido y sana razón. Quiere expresar algo que vale para todos y que todos pueden entender. Consideremos algunos ejemplos: 1) No basta decir “no matarás” o “no adulterarás”, la ira y el mirar codiciosamente son pecado (Mt 5,22.28). ¿Por qué? Porque no es suficiente combatir las consecuencias, si primero no se eliminan las causas. 2) No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. ¿Por qué? Porque si a un animal, en día sábado cae en un pozo, lo sacamos de allí. Pues bien, el ser humano vale más que un animal. 3) La ley decía que era pecado andar con los pecadores, porque hacen impuros a los otros. Jesús dice: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (Mc 2,17). Jesús estimula el razonamiento y la reflexión de todos, especialmente de sus discípulos. En el fondo, enseña a ir al núcleo de las cosas, a ser críticos y a no dejarse engañar. Por eso recomienda que sean al mismo tiempo sencillos y astutos. Estos son aspectos de la verdadera sabiduría, que es propia de Jesús, superior a Salomón. Jesús es portador de la Sabiduría de Dios. En relación con el buen sentido y la sana razón está el criterio o equilibrio humano, que se refiere al aspecto sicológico de la persona. El que tiene criterio se mantiene en un justo medio, no cae en extravagancias, y es capaz de comprender en profundidad a los demás. Estos aspectos son evidentes en Jesús, como podemos constatar en estos ejemplos:  Armoniza la exigencia con la comprensión: pide renunciar a uno mismo y cargar la cruz para seguirlo (Mt 16,24-26); pero también se compadece de sus discípulos cuando están cansados: los lleva a un lugar apartado para que descansen (Mc 6,30-32).  Practica el ayuno (Mt 4,2) exhorta a sus discípulos a seguir esa buena ascesis. También participa en banquetes ofrecidos por sus amigos (Mt 9,1011; Lc 7,36-50; 11,37-38; etc.).  Es hombre de acción, oración y contemplación, a veces no tiene tiempo ni para comer, armoniza los dos aspectos de la vida, evitando unilateralismos reduccionistas.


JESUS AMIGO Cultivó la amistad siendo cordial y amable; fácilmente entraba en diálogo con los demás porque se preocupaba por ellos, por sus cosas y de sus intereses. Todos podían dirigirse a él con espontaneidad. Se hizo querer porque fue el primero en querer a todos, vivió las características de la genuina amistad: la confianza, la comprensión, el sacrificio por el amigo, la entrega hasta la muerte, etc. Experimentó las limitaciones del ser humano: el tiempo, el espacio y el cuerpo. Por ejemplo, no quiso estar presente en diferentes lugares simultáneamente, afectivamente se limitaba: no fue amigo de todo el mundo en la misma medida. Jesús amigo de los doce apóstoles: los llama y los considera amigos por ello les tiene gran confianza, dándoles a conocer todo lo que sabe del Padre (cf. Jn 15,15). Como amigo, los comprende y los acepta como son, con sus valores y defectos, no para dejarlos como están, sino para ayudarlos a crecer y hacerlos capaces de aceptar de corazón el Evangelio; por eso los corrige con cariño y firmeza. Quiere que entre ellos exista amistad y armonía, dejando de lado la competencia y la envidia. La prueba más grande de su amistad fue dar la vida libremente por sus amigos y por todos nosotros. En la última cena, Jesús expresa su intenso amor de amistad, quiere que lo consideren “amigo”, por lo que sus palabras expresan una gran ternura: “no se turbe su corazón”... En la casa de mi Padre hay lugar para todos (Jn 14,1); “no los dejaré huérfanos; volveré a ustedes”. Les promete enviarles al Consolador, su Espíritu (cf. Jn 14,15-17). Les reitera una y otra vez el mandamiento del amor. De entre los apóstoles, Jesús tiene tres amigos preferidos: Pedro, Santiago y Juan. Sólo a ellos los invita a que le acompañen para entrar en el cuarto donde yacía muerta una niña, con ellos ora y la resucita, con ellos va al monte Tabor para una jornada de espiritualidad y ellos son testigos de la Transfiguración, a ellos les pide que lo acompañen a orar en el Huerto de los Olivos. Pero Jesús necesita un amigo íntimo, un confidente, ese es Juan, y este le corresponde exponiendo su vida por Él al seguirlo hasta el Calvario, está al pie de la cruz y allí recibe de Jesús el encargo de cuidar de su Madre (cf. Jn 19,26-27), es la máxima expresión de cariño, confianza y amistad que le da Jesús. Así mismo, Jesús cultiva la amistad fuera del grupo de los apóstoles, La más conocida es la que tiene con la Familia de Betania, compuesta por Lázaro, Marta y María, con frecuencia Jesús y sus discípulos visitan a esa familia, que los acoge y hospeda con gusto, Marta y María conversan con él con toda espontaneidad y confianza, incluso Marta le llama la atención a Jesús porque no le dice a María que le ayude en los quehaceres de la cocina. Esto sólo se puede hacerse con un amigo. En una ocasión Lázaro se enfermó gravemente, las hermanas le mandaron a decir: "Tu amigo íntimo está enfermo", consideremos este detalle propio de la sensibilidad femenina, no le dicen a Jesús: "Lázaro está enfermo", sino "tu amigo íntimo”, creyeron que así le conmoverían, para que vaya pronto a visitar y sanar al amigo, cuando Jesús llegó a Betania, hacía cuatro días que Lázaro había muerto. Este hecho resultó favorable para que Jesús manifieste su elevado grado de amistad con la Familia de Betania, su profunda solidaridad humana y su divinidad. El diálogo que se establece entre Jesús y las hermanas de Lázaro es de amistad, de confianza y de fe. Las dos le reclaman: "¡Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto!". Viene luego una escena conmovedora, que expresa el profundo humanismo de Jesús: ante el llanto de María y de los acompañantes, él se conmueve profundamente y llora, esto causa admiración a los presentes, que


exclaman: "¡Miren cuánto lo quería!". Jesús es el amigo personal de cada uno de nosotros: Hemos dicho que Jesús como hombre estaba limitado, pero una vez resucitado, se presenta como Dios, ha dejado las limitaciones propias de su naturaleza humana, de ahí que está presente en todas partes y de diversas formas, por lo que podemos decir con propiedad: “este es el cuerpo de Cristo”, “ésta es la Palabra del Señor”, “el prójimo es Cristo”, etc. Además, Jesús cumple su promesa: "donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo". Por la glorificación, Cristo ya no está limitado afectivamente, ni necesita como antes un confidente, ahora es amigo personal de cada uno de sus discípulos, esto lo vivió Pablo, que exclamó gozoso: "Cristo me amó y se entregó por mí", de tal suerte que cada uno de nosotros puede decir con propiedad y derecho: Cristo es mi amigo. El hecho de que Jesús sea mi amigo personal tiene repercusiones en mi vida:  Estoy invitado/a a ser el amigo/a de Jesús; acepto su amistad con gozo y lo que exige ser su amigo, según sus palabras: "ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando", valorar la amistad de Jesús exige cumplir su Palabra y ser como Él: buen amigo y obediente al Padre por amor.  Jesús me invita a cultivar auténticas amistades, teniendo las actitudes del Maestro, y por tanto buscando el bien total del amigo, esto implica una buena dosis de madurez, expresada en el altruismo, en toda verdadera amistad, Cristo tiene que ser el centro y el modelo.  En mi oración puedo contarle a Jesús mis cosas con sencillez y espontaneidad, en un diálogo amistoso. Por ser mi amigo, le puedo decir todo con confianza, la verdadera oración requiere escuchar al otro y luego dirigirle la palabra. Es un diálogo de amor con quien sabemos que nos ama.

Encuentro con Cristo  
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