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Siega Verde La vida hace 18.000 años

* Por Luis M. Mata. Fotografía: Francisco Martín

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ae la tarde, los últimos rayos de sol enrojecen las escasas rocas que en el horizonte destacan sobresaliendo de una homogénea penillanura. Un río serpentea tranquilo por un gran vado de suaves laderas y se hace presuroso al adentrarse por un próximo paso angosto, encajándose entre altas paredes rocosas, en un escenario agreste. Nuestros ojos disfrutan de esta visión y se detienen momentáneamente al vislumbrar en la lejanía un leve movimiento, unas vagas figuras humanas, toscamente vestidas, que se arrastran y se ocultan tras las rocas. Sus movimientos pausados y cautelosos denotan que esperan y acechan algo.

La escena ha durado muy poco, su brevedad concluye con sendos cuerpos inertes asaeteados y ensangrentados y con una sonora danza de júbilo de los cazadores. La jornada de caza ha sido un éxito y la tribu podrá disfrutar de una merecida cena y de varios días de sosiego. Esta sería la ancestral visión cotidiana que podríamos contemplar hace unos 18.000 años, a finales del periodo Paleolítico Superior, cuando los antiguos pobladores de estas tierras del occidente peninsular solían aprovechar el vado natural del río Águeda a su paso por los territorios de Villar de la Yegua, Serranillo, Villar de Argañán y Castillejo de Martín Viejo, para llevar a cabo sus ex-

Estación Rupestre de Siega Verde Ciudad Rodrigo

pediciones de caza. De mero escenario cinegético el paraje se torna en único y privilegiado enclave donde confluyen, en idónea conjunción, este uso y otro más trascendente, el de lugar mágico, refugio de arte primitivo, santuario de arte paleolítico... Nos referimos a la Estación Rupestre de Siega Verde.

De repente, un numeroso grupo de ciervos abandona la espesura y se dirige confiado a abrevar en la corriente fluvial. Un gran macho preside el grupo de hembras y de cervatos, moviéndose sin ninguna preocupación. Apenas sus cabezas se inclinan y sus lenguas tocan el agua los hombres saltan impetuosos desde sus posiciones y comienzan a correr tras los cérvidos, arrojando sus lanzas y sus flechas con puntas de sílex hasta alcanzar a dos ejemplares adultos. Página anterior: figura de un caballo al sol de la tarde. Derecha: visitante fotografiando uno de los grabados.

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Los grabados fueron sacados a la luz en 1988 por Manuel Santonja, entonces director del Museo Provincial de Salamanca, y Rosario Pérez, al llevar a cabo la prospección del río Águeda, en los trabajos de realización del inventario arqueológico de la provincia de Salamanca. Muy pronto se advirtió la importancia del hallazgo de dicho yacimiento al aire libre de cronología Solutrense, al ir descubriendo a lo largo de la ribera numerosos paneles de grabados con la representación de abundantes figuras de animales. Se trata de grabados líticos sobre paneles de esquistos inclinados hacia el río y casi siempre orientados en idéntica dirección, ubicados invariablemente en la orilla izquierda de la corriente fluvial. En total, unas 645 figuras de caballos, toros, ciervos, cabras, renos, bisontes, ri-

nocerontes, etc., se agrupan en diecisiete conjuntos, predominado la aparición de reducidos grupos de figuras en paneles de mediano tamaño, formando, en su conjunto, el mayor enclave de grabados paleolíticos de toda España.

Con 645 figuras, se trata del mayor enclave de grabados paleolíticos de toda España La técnica utilizada en la realización de estos grabados es mixta, predominando el piqueteado y, en menor medida, la incisión y el grabado fino. Sobre ella destaca la precisión de los diseños, la plasticidad de las imágenes y la verosimilitud de las

figuras, así como la delicadeza y exactitud de las incisiones. Sus trazos y dibujos, aún esquemáticos, denotan una altísima calidad artística y técnica de sus autores que utilizaron probablemente buriles y algún percutor.

Página izquierda: monitor de la estación en plena explicación. En esta página: interior del aula arqueológica y superposición de distintas figuras de animales o zoomorfas.

Toda suerte de animales fue objeto de su perpetuación artística, quizá como método propiciatorio de caza, tal vez como agradecimiento a los espíritus o los ancestros o tan solo como mera constancia de las abundantes y venturosas jornadas de caza. Aun desconociendo los sentimientos de sus creadores, lo que sí podemos hoy día es admirar y reverenciar un lugar único que, por la belleza de su entorno y la expresión artística que reúne, se hace irrepetible en nuestra provincia y sorprende a cualquier visitante que se acerque hasta él. La historia reciente de la estación rupestre ha sido venturosa. Tras su descubrimiento, ya señalado, y soportando diversos avatares que pasaron por alguna desgraciada e incomprensible alteración y varias agresiones vandálicas, el yacimiento quedó bajo el amparo de la Fundación del Patrimonio Histórico de la Junta de Castilla y León, que lo ha dotado de la debida protección, invirtiendo recursos económicos que han propiciado su puesta en valor. Un centro de recepción de visitantes y de interpretación, situado a apenas veinte metros del yacimiento y recientemente renovado, ha sido dotado de todos los recursos necesarios para dar a conocer la belleza y la importancia de este yacimiento arqueológico único por su importancia en España. El carácter pedagógico predomina en una exposición en la que los visitantes podrán conocer y visualizar

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las técnicas de caza y de recolección, los utensilios utilizados en sus tareas diarias, la indumentaria de la tribu, su modo de vida… y lo más llamativo, la forma en la que decidieron crear arte o culto, las técnicas de grabado e incisión, sus útiles, etc. Del éxito de esta aventura son también responsables los miembros entusiastas del grupo de acción local de la comarca de Ciudad Rodrigo ADECOCIR, que hoy gestionan acertadamente la estación rupestre, y todos aquellos que creímos, desde hace muchos años, en el valor de aquellos paneles atribuidos, según añejas leyendas, a antiguos pastores de la comarca. Una tarea, la de su puesta en valor, que ha durado mucho tiempo y en la que muchas personas dejaron su esfuerzo, su trabajo y su ilusión. Sirva a todos ellos este artículo a modo de sencillo homenaje y sobre todo de

magnífico colofón, como quedó patente el pasado 1 de agosto de 2010 cuando la UNESCO declaró Siega Verde como Patrimonio de la Humanidad como extensión del yacimiento portugués de Foz Côa. Una feliz historia que no acaba aquí, es más, que abre la puerta a una nueva etapa, más venturosa si cabe, al proyectar este territorio remoto del poniente salmantino hacia el resto del mundo, al equipararlo a los más importantes elementos patrimoniales de la civilización. No dude más el lector, y si no conoce este extraordinario paraje, apresúrese a disfrutar de una jornada inolvidable acompañando a la tribu de cazadores que ya conocemos y que habitaba las cercanías del vado del río Águeda, allá al oeste, aguas abajo de Ciudad Rodrigo. www.siegaverde.es

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