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La mano que mece mi coraz贸n F茅lix Torre

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Acerca de mi oficio Dejo que las cosas maravillosas me golpeen y siento confusiones profundas que me llevan a anotar (soy un loco de los datos del espíritu). Mientras escribo sin freno, un hombre resiste la desolación de que nadie le preste la atención que merece. Ese hombre soy yo. Soy mendigo de mis propias claridades, esas fórmulas asombrosas que traen las canciones que escribo y se despiden de mí antes de que pueda entenderlas. Y no hay momento para volver a ellas, porque vuelvo a trabajar en no sé qué otra cosa que atrapa mi atención y me pierdo en raptos donde soy la pena de algún otro. Las palabras que más adoro son las que están lejos. Amo las cosas que lamen mi corazón y se escapan queriendo que yo las persiga.

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Cuatro

Mi nombre es Héroe Perdido. Estoy frente a un cuadro de Kandinsky y creo que en él está representada mi extraña naturaleza. Estoy varado en este museo. En mi mano, la hoja con explicaciones que me dieron a la entrada. En mis ojos, las lágrimas. Algo me ha penetrado. Nunca creí que el tiempo fuera algo digno de consideración: tengo claro que vivo y un día ya no. Hoy, lejos de esta llana y vasta sentencia, estoy de otra forma pensando en el tiempo: le temo y quisiera rezarle y adorarlo y que sea benévolo conmigo, porque entiendo que he desperdiciado mi vida. Necesito desenterrar estas indescifrables imágenes latentes en mi interior. Y ser ellas. Sólo ellas. Sospecho que en este momento estoy siendo ellas.

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Mi nombre es Pirata de Corazón Bueno.

Vivo como cualquier otro delincuente. Maté niños y violé a sus madres. Ellas me hicieron sentir vergüenza al principio. Pero siempre se me paró y nunca dejé que la culpa me defraudara y me hiciera ver débil frente a la tribu de basuras con las que comparto esta vida miserable. No elegí nunca haber llegado donde estoy. Hubiese preferido no ser la crueldad que obliga a mis manos a actuar para sobrevivir. Supongo que la vida ha de ser algo difícil también para el resto. A la noche salgo a la cubierta mientras el egoísmo hace dormir a los demás. Algún vigilante de guardia me observa y sospecha de mi desvelo y yo disfruto por dentro su incertidumbre. Yo sólo quiero estar debajo de las estrellas y sentir una vez más su reinado y su fidelidad para conmigo. No las conozco, no sé sus nombres. Otros bautizan las constelaciones. A mí simplemente me guían. Yo les debo todo. Yo soy ellas. No soy un hombre cruel, soy uno de esos puntos de luz en la noche, pero en este mar, entre los gritos de los bravos, el fuego y la sangre que veo salir del cuerpo de los hombres todos los días. Y a las estrellas les hago un homenaje y canto una canción al cielo con la fuerza de mis venas y ya no estoy más sobre las maderas de cubierta y ya no huelo lo que apesta, sino que me elevo y creo haberme convertido en una transparente estrella.

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Soy un pez. No tengo nombre. Soy, con todo el resto de los peces, dueño del soberano e infinito mar. Agua es una palabra que no tiene ningún valor porque es la obviedad más grande. Si no fuera agua es que ya estoy muerto. Tampoco existe alma. Somos peces, todo peces, todo destreza en este gran campo natural. Tampoco me parece ajustado referirme a conciencia o inconciencia, porque sólo basta que vaya a la superficie para darme cuenta de que aquello es distinto. Se siente distinto. Me ahoga y -ciertamente- ahí yo dejo de entender. Porque, sin destreza en el inmenso mar, no comprendo mi existencia.

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Mi nombre es Jacinto. Alguien ha venido a escupirme en la cara. Lo he insultado, pero mis palabras son de papel. Mientras mis ojos vuelven a llorar las burlas y el atropello, me vuelco a mi interior que nadie sabe. Esculpo y limpio todo acá dentro, lejos de la realidad que me devasta todos los días. Tejo, lavo, hago marcas y proyectos, y todos mis desquicios llevan un nombre y sólo me preguntan a mí qué es lo que han de hacer cuando yo salga una vez más afuera, a cualquier banco de una clase, apoye mi culo y quedé mi espalda franqueable para que la horrible vida desate su imaginería en contra mío.

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Mi casa está llena de arena. Piso esta sustancia que se deja destruir mil veces. Hago huellas y luego de un rato, ellas se atenúan por sí mismas, como si yo no fuese nadie. Algo me dice que esta situación es eterna. He llegado a ser un hombre. Esta arena no se irá nunca y yo puedo creer en todas las palabras que se derraman en mi conciencia. No he visto dos soles. No he confundido los idiomas y nunca abrí una tumba para corroborar que no hay nada ahí dentro que no esté afuera. Confío en lo rudimentario de mi método para abrir en ustedes cuevas de piedras preciosas. No puedo ni quiero salir de este pensamiento: busco un lugar en el mundo para amar.

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Añoro ser más fuerte “Como las letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan” El inmortal, Borges

Soñé que estaba invadido de un conocimiento definitivo. Lo primero que entendí fue que no hay lugar para llegar, que nuestro amor siempre tiene que estar puesto en las caprichosas circunstancias que nos tocan, y no en los objetos remotos que no existen. Del mismo modo capté que los anhelos son sólo un juego, un modo de evitar devorarme a mí mismo bajo el peso de mi mirada. Ayer en mi sueño cayeron los muros. Saboreé la frescura de la libertad a lo largo del no-tiempo de mi sueño. Supongo que algo más de lo que he soñado vuela dentro y se confundirá con lo que ignoro. Desearía traer ese extendido mundo mío a mi otra vida. Acepto que los dos actos se dividen y en cada lado del umbral tomen una forma distinta: uno, el de escribir estas palabras, otro, la oscura oportunidad en mi inconsciencia. Yo estoy sólo de este lado, divagando.

Un Dios lo conoce todo.

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Domingo

El domingo la vida habla con la muerte. El domingo, mi cuerpo no ofrece ningún obstáculo. Está tan pronto a reír como a estallar y desahogarse en una roja y abultada pena. Los domingos necesito confiar en alguien, porque me desvanezco. El tiempo silba bajito en algún lugar del restorán. Me espía. Soy muy poquito. Soy gotas de agua. Las estaciones de los años cambian mi modo de pensar y yo intento siempre estar oportuno con la temperatura. Esto es, más o menos, fácil. Pero entender la muerte. Eso sí que no. No podría leer ninguno de mis textos, ni cantar ninguna de mis canciones ante la muerte de un ser querido. Todo me parecería para ese instante estúpido y fuera de lugar. Y entonces: ¿qué es lo que estamos haciendo? ¿Quiénes son los que viven en este mundo?

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En la tarde del domingo la manzana nada en la chicha. El alcohol del sábado continúa siendo alcohol por mi sangre. La música que hicimos ayer –que hizo de ayer algo tan especial- se une a nuestro abultado pasado. No llegaré a ningún lado donde quiera quedarme satisfecho. No hay paradas, no tengo contornos, sufro mucho por las cosas que salen de mi control, mis sentimientos se golpean de manera bestial los domingos entre sí y me devastan. Hay un lejano costado, algo que forma parte de la sombra de mis acciones, como una palabra secreta que no se escribe en los párrafos pero se está nombrando. Siempre ando afirmando que algo podría salvarnos. Todos necesitamos ser salvados, de las malas interpretaciones, del dominio que otros han tenido o tienen de nosotros, de aquello que no debimos haber visto pero la originalidad de un Dios ha querido que se tope con nosotros, y ahora, nuestros sueños se tiñeron con esos surcos de líquido negro que no nos dejan tranquilos. Yo, filtrado por el pasado, creo no poder soportar un cambio en mi pequeño reducto de la conciencia de las cosas. La muerte vaga silenciosa por nuestro corazón sin hacernos ningún daño.

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Tres árboles en la ruta

¿Quiénes habrán sido esos árboles en la ruta, Marcel Proust, que no recordaste bien dónde los viste primero y sin tener culpa de algo, asumiste la responsabilidad de encontrar el desgarrador misterio de su semejanza con algo íntimo tuyo y porque no pudiste hacerlo y el auto -y el tiempo- siguió de largo, entonces sentiste que algo tuyo moría para siempre? ¡Qué generoso es tu corazón! No miraste al resto de los hombres, no te escondiste en este descalabro global. Por dentro sabías. Por dentro hiciste el sacrificio (tapando tus ojos con tus manos, para que nadie supiera que los tenías cerrados para poder encontrarte con los tres árboles en tu interior y hablar con ellos). Pienso en Pilatos presentando a Jesús diciendo “he aquí el hombre”. Vos, Marcel, me mostrás al hombre. Yo también viví aquello. Yo también, subido a un auto bonito, pero atado a una roca como Prometeo. Yo también me despedí tantas veces en mi interior de todas aquellas mujeres a las que nunca tendría el valor de hablarles. Yo sentí por dentro esa terrible presencia de que algo no volvería a darme una oportunidad. Tres árboles, Marcel, se hicieron tus amigos y quedaron en tu interior. No pienses que los perdiste, esa tarde ganaste, para tu rico mundo interior, tres árboles en la ruta. Ellos son tuyos y han asegurado un amor mucho más difuso que se esconde en los abismos del insondable corazón. Y yo -que tantas veces soy mordido por algo que me acecha y siento que mi vida peligrade a poco, te estoy ganando a vos, amigo, para que vivas conmigo.

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No es una hora lo que estamos esperando. ÂĄSiempre estamos esperĂĄndonos a nosotros! Vivimos rodeados de lo que nos ha acompaĂąado siempre.

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Después

Me voy a apagar. Está bien así. No tengo muy pensadas las consecuencias de mis actos. Soy muy observador de lo que hago. No ahora. Hoy me tiro y trato de olvidarme. "Siempre hay tiempo" da sueño. Me sirve. Por mí, para lo que es el día, está bien. Todos a dormir la siesta. Quiero decir, yo. Yo y los monos. Me va a venir bien. Dormir. Me apago. Después sigo. Después. Tengo todos los después que quiera ¿no? Quiero tener la mínima noción de mi cuerpo. Que él haga lo necesario: me lleve a la cama, me tape, me cierre los ojos. Me deja ahí varado. Yo después estoy ahí (después, otra vez después) y me arreglo. Pero no arreglo nada. Todo lo contrario, me dejo, me suelto, me entrego. Olvido mis preocupaciones. Están todas ahí, al borde de la cama, las voy a tapar con las sábanas y listo. A dormir. ¿Y las preocupaciones? Supongo que no son. O serán, pero después. Después, qué bueno después. Ahora nada. No elijo a ningún héroe. No tengo obligaciones, sino sueño y listo.

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Apurado Acá me voy otra vez. Me voy y no tuve tiempo de nada. O sí, pero no lo aproveché. Me susurré después, después, después… Ahora llegó que tengo que irme y dejo todo así… tan desatado, tan perdido… Me da pena dejarte, cuarto querido: voy a extrañar el sillón y la luz de la ventana, y mi mente que siempre tiene todo el lugar que necesita. Me estoy yendo. Para variar, me voy apurado. Me esperan. Qué pena. Se irán desvaneciendo mis sueños de anoche… en un rato estaré tan ocupado y hablando tanto. Mis sueños se habrán perdido, no serán el recuerdo de nadie. Yo no estaré en mí, sino respondiendo las preguntas que nunca me nombran. Me voy de este aire. No hubo tiempo. No me di cuenta del tiempo. Sí hubo tiempo. Digo no hubo tiempo porque estoy acostumbrado a decir cosas que me aclaren el panorama y que salteen mi desorden: Otra vez el tiempo no fue mío, eso es un poco más fiel… Y sigo sin decir lo que me apena. No voy a atrapar nada por más párrafos que añada. Quizás todo esto es una impresión mía. Quizás no pierda nada cuando me vaya. Quizás siempre sea lo mismo cambiando continuamente su forma, y yo no me acostumbro y digo cosas graves para cumplir con mi melancolía y esa modo en que entiendo la seriedad en la vida. Lo mejor es que me vaya y me olvide pronto de haberme escrito esta despedida. El tiempo sigue en otro lugar. Me esperan.

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Temo

Es mi defensa. Temo y detengo las máquinas, salto afuera de mi cuerpo y me ausento en mi pensamiento. (Odio los fracasos, el mío me persigue y no quiero que me tome y yo tenga que aferrarme a él. Temo y entonces tengo una estúpida reacción: Me abandono, me quedo pasmado, con el terror enfriándome la garganta y dejándome enflaquecer y debilitar.) Temo conocer el valor de mi tierra. Temo y sobrevuelo el suelo. Digo a todos que no hago pie, que no alcanzo. Yo sé que no me atrevo. Fantaseo con que el contacto con la tierra pueda quemarme y herirme si apoyase tan sólo mis temblorosos pies huérfanos.

Temo y amo al mundo. Temo prendido a mi yo, y soy muy, muy pequeño. Amo y me ensancho y soy mi joven experiencia y un alubión por dominar mis intereses. Pero temo. Temo. Temo. Temo y soy un niño, que no ha vivido nada y hace de todo un globo de proporciones demenciales. Y si alguien me dice que estoy loco, entonces la preocupación me desgarra y la posibilidad de ser el lobo estepario me come el cuerpo y ya no existe nada en el mundo que pueda devolverme la sonrisa y me quedo con los años que me robó la locura.

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Temo nombrarme. Conocerme y caer al abismo. Temo que mi familia me haya engañado y me hayan ocultado que soy de otra familia. La injusticia ha hecho disparar mis pensamientos para todos lados y las jaulas quedaron vacías. Temo y no hay voz que me redima. Temo y amo. Temo y amo sin pausa ni tierra, sin mamá en casa.

Temo e inventé que las palabras me cuidaran y para eso llené el mundo de ellas y muchos creen que soy sabio porque no saben cuánto temo y no saben que tengo un hueco en lugar de un pecho. Tanto temo que vivo a la intemperie y nada puedo pasar por alto porque camino a todos lados lleno de ilusiones, porque mi casa son mis ojos y llevo todo adonde fuera, porque lo que llevo lo puedo llevar conmigo porque es algo que pienso y no cosas, sino el desgarro y la sed. El temo y el amor que reveló la herida.

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Perdonarse otra vez

Feliz el que perdona a los otros y se perdona a sí mismo. Borges

¿Por qué no me quedo entre mis milagros? ¿Por qué quiero olvidar a mis propios ojos detenidos en algún lugar del tiempo, azorados, intensos y religiosos? ¿Quién me creerá si digo que no he llegado a confiar? ¿Por qué pienso que puedo vivir sin mis creencias de niño, sin mis amores de vergüenza, mis amores inhibidos, mi amor golpeado y violado? Todo eso le hicieron a mi amor y aún no ha muerto. Me habita silencioso y me desborda cuando lo necesito. ¡En algún lado, como un insensato, alguien me ama hoy!

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Qué paradójico. ¿Cómo puede ser que la secreta recomendación sea que no me tenga presente, que no me de mucha importancia, mientras los golpes me han dejado tan alarmado e impaciente?

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Culpa Estoy pegado a la única esquina de oscuridad que me queda. Me molesta el tiempo de telarañas. Temo que alguien me mate por la espalda. Por el camino ya no volverá a venir nadie bueno. Sólo ladrones y la gente que quiere violarme. Aún es de noche. Los árboles electrificados y yo, detrás o debajo de esta mesa de vidrio. Mi amigo Diego habla sin descanso. Es casi como si no formase parte del contexto. La casa no está segura. Yo soy el único que lo sabe. Sigo acá en la esquina. Temo que mi corazón me deje. No quiero que la tristeza que siento me mate. Trato de controlar mi miedo pero no sé qué otra cosa pensar. En algún momento comencé a correr. Desvalido e ido. Fugaz y sin espalda, como una hoja de papel escrita sólo de un lado –sin un detrás que diga algo más-. Siempre me olvidé de llenar de símbolos mi espalda. Mi talón de Aquiles. Pero estoy corriendo. Salí de la esquina. El pasto no es verde sino de un oscuro gris. Me acerco a la casa que tanto amo. El ladrillo. Los ladrillos. El firme ladrillo. Un niño ha dejado un fuego mal hecho. Nunca encendió porque estaba todo húmedo. El fuego no prendió y de la madera sale sólo humo. Creo que alguien me observa ordenando. Asumo que alguien sabe cómo soy. Sabe que yo ordeno el desastre de otros. Escucho a lo lejos un griterío. ¡Tengo que esconderme! ¡Ahí vienen! No pueden verme acá. Debería hacerme el dormido -como siempre-. La única esquina oscura que contemplo. Dos caminos confluyen en un vértice. Me lastima su frialdad. Me duele en los ojos. Me apena ser papel y ya me arrojé al fuego.

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II No soy un buen escritor. Mis palabras engañan. No digo mis sentimientos verdaderos porque sería demasiado cruel conmigo. No puedo nombrar a mi sueño. Hoy sentí la muerte que me acecha. Si la nombrase moriría seguramente de un instante a otro. Y no quiero morir sino ser el mismo cobarde de siempre. El mismo débil tenedor o cubierto que no se asume, que pierde los años contemplando esa telaraña… qué rabia las telarañas… mis telarañas… Cómo me lastima mi orgullo impenetrable.

III Vulnerable rincón de mi interior. ¿Qué te hice? ¿Por qué me estás buscando? ¿Por qué siempre soy yo y no mi hermano? ¿Por qué no hacés mierda a otro y me devolvés el sol? Jamás quise esta noche para mí. Hablo con el antiguo recuerdo. Creo que hablo. No sé si hablo. No sé si es un espejismo. Una impresión de algo pasado que en verdad no sucedió. No sé si tengo manchas entre las fotos de mi vida. Yo veo manchas, pero no sé si son manchas… Puta madre, no sé lo que veo… Ojalá no sean manchas. Ojalá no haya ningún problema y esta noche se olvide de mí. Todo mi corazón está en esto, ahora y siempre rezando: noche, soltame y dejame ir adonde quiero ir.

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IV Y pensar que todo esto fue el sueño de una noche. Una densa trama, un tren de palabras desde el mundo que todavía no conozco (siento a todos diciendo no vale la pena el esfuerzo, no sigas diciendo cosas que no tienen caso, no vayas a los oscuros sitios porque podrían chuparte la claridad de todo tu pensamiento…”) Yo estoy entonces en el medio. Entre el sueño que no me entiendo y la quieta madrugada que avanza y no suelta nada.

V Nadie quiere quedarse solo. Pero yo tengo mis sueños. Yo tengo una depravada esquina. Unos árboles electrificados. Una mesa de vidrio que mejora mi vista cuando veo a través de ella. Y tengo todo el miedo a salir y enfrentar lo que me espera. Mis pies…. Mis pies están apoyados en el suelo. ¡Mis talones! ¡Alguien puede tomarme los talones! No tengo un sitio seguro: esto no es una esquina, sólo una pared fantástica que yo mismo fabriqué. Detrás de mí se pierden las millones de cosas que no puedo ver. Las cosas están ahí. Todas. Todas las cosas están. ¡El mundo entero! Sólo que yo estoy rodeado de noche, sólo que está oscuro y no me he inventado un aliado porque hay un estúpido hombre llamado Diego pero no es mi amigo y no sabe que muero, no sabe que las telarañas son culpa mía, que yo dejé que se hicieran, que yo supe todo este tiempo lo que vengo olvidando. Todos los niños saben.

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Hasta que no llegan esas mĂşsicas y palabras, hay espacios dentro de nosotros que parecĂ­an irrecuperables.

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Hey, I am not trying to be no one Charles Bukowski

Si hubiese una línea, sólo una línea por día que me nombrara profundamente, entonces sería un día tranquilo y de agradecimiento. Bukowski, ahí tirado escuchando al Blue Bird singing. Bukowski me deja a mí ser el que yo pueda ser hoy, él se ha perdido en otra botella, amante de ese corto tramo entre la cama y el lápiz con la hoja de papel en blanco. Bukowski: quiero aceptar yo también que me he perdido y no tengo madre, ni sistema que pueda coser mi incomprensión. Blue Bird, hablemos.

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Mi cuerpo de pastel

No era ningún hombre, ni cerca de ser ése que estuviera durmiendo en una cama. Sino la abrumadora extensión de una babosa sobre las cosas, y el abismal mundo, tan íntimo a mis pensamientos. Las cosas estaban tan profundamente conectadas a mí que podía oírlas sin gastarme en pronunciarlas. Y suena la alarma. Los grandes muros del Reino Esperanza se disuelven, creo. ¡No: se están corriendo!, se arrugan por su flexibilidad que recién ahora descubro, y aparece el sonido ultrajante que lo invade todo y me expulsa de ahí. No saludo a nadie, no me despido, no miro por última vez. No llego a cumplir ninguna misión que llevaba a cabo, ya estoy en este otro lugar. Tengo frío en el hombro que quedó destapado y en la oscuridad de mi habitación sigue sonando la mierda del despertador como yo mismo organicé. Lo apago y quedo un instante partido en dos, entre aquella rara forma de pastel de la que estaba hecho mi cuerpo y este otro cuerpo, que estuvo -al parecer- toda la noche acostado. Y no veo coincidencias entre una cosa y la otra: entre esta vida a la que acabo de despertar, y el recuerdo de lo otro que ahora entiendo debo juzgarlo un sueño de este lado de la orilla. En las dos cosas estoy yo y no comprendo por qué nada coincide. Es inútil intentar algo. Muy pronto el mar de ilusiones pastosas no será ni esta fragilidad.

Pero no me preocupo. Ya habrá otra oportunidad para ser el que quiera ser.

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Confianza

La confianza no es un norte irrefutable, no es hacerse una idea fija de que nada malo debería pasarnos. La confianza es un pilar en la mirada, es descreer del tiempo o sonreír con su paso que lo devora todo. Es el cuerpo que se deja envolver por el río y ya es parte de su corriente. Es conducido, pequeño, como las ramas y los restos. Lleva una vida adentro.

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Uno solo Nuevamente, me inclino a amar este inmundo y religioso rato de música y noche. Creo que puedo trastabillar, confío en que mi arma es la compasión. Sin ella, ya se habría vaciado todo el cajón de misterio. Afortunadamente, no. Creo, cada vez más, que la vida es mi casualidad. Me quedo con lo mío. La ciudad es un espejismo, yo soy desde mucho antes que ella. Esta forma social, esta brutalidad, no puede despojarme de mi instinto. No voy a caer en la trampa. No. Me voy del otro lado del cosmos. Mi corazón no tiene heridas.

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Soñé Soñé con un cerco que estaba por cerrarme el paso. Soñé que era testigo de cómo mi inteligencia de modo natural se hacía río y lograba traspasarlo y dejarlo atrás. Soñé. Soñé que notaba por completo el vestido de la soledad y la costumbre, y una tristeza, que yo sé que no puede dominarme, quiso doblar mi cuerpo y le dije que no, que mi cuerpo es mío y lo necesito, y quizás un día ya me haya ido de aquí. Pensé en el amor. En mi amor. En todos los amores, como en la fuerza de mil indios a los que oigo gritando a mis costados mientras le digo al peligro “¡quiero vivir!”. Yo soy un indio. Pensé. Desperté y me sentí vivo. Me sonreí de mi cuarto en penumbras rodeado por los ruidos que llegaban de afuera. Me deslicé por todos los problemas y miré compasivo todas esas hojas donde un tonto escribe soluciones. Yo soy ese tonto ahora despierto. Hablé –creo, en mis sueños- el lenguaje original de mi cerebro. No había signos enfermos, no había confusiones y por más que aún las cosas no hayan salido a hablar por el mundo, percibí que el mensaje que traigo está a salvo. Puedo con todo lo que me proponga. Recordé que la palabra trascender estaba escrita en un pizarrón marrón del colegio. Me pareció aburrido y patético. Y fui testigo de un alejamiento, de una distancia que me obligó a dejar de ver aquello y a quedarme en el vacío de motivos.

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Y un latido, que no sé quién me ha dado, empezó a golpear con furia dentro. Era mi pecho. Eran los indios.

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Vuelvo de la siesta y veo con mis ojos recién nacidos este agujero suspendido en el medio de la habitación girando hacia dentro. Y me digo No puede ser, esto es lo que no debería dejarse ver jamás. Sin embargo estoy frente al umbral que ha irrumpido en el mundo. Con estas dos cubetas con las que salgo a cargar agua al desierto frente a este mar de sabiduría que pronto se habrá cerrado y me habrá dejado de este lado sin él. Nunca consigo procurarme todo lo necesario para vivir: sólo escribo estas palabras desorganizadas y a continuar viviendo. He visto a Dios, pero sólo puedo darles un pobre texto. Un pobre texto de un hombre demasiado aferrado a verse bien delante de otros hombres. La mitad de este texto es eso, yo intentando demostrar que merezco el amor. La mitad restante se vuelve pura extensión de los términos que utilizo, puro juego de palabras que no da nada. ¿Qué ha sucedido entonces cuando desperté? Vi a Dios y no he podido aprovechar nada. Y mi cántaro está vacío y ustedes –Dios míopensando en el trabajo, locos por el trabajo. Trabajan y se pierden en el pesado trabajo y yo, sin Dios, ni amigos, y sin ninguna certeza para hacer algo por este mundo. Estoy como Neruda, sin haber hecho ni una puta escoba de toda su existencia. El tiempo se inflama luego de la siesta. Este desierto está creciendo y la ciudad no se da cuenta de nada. Yo salí por un poco de agua y vuelvo sin lo suficiente. Una vez más despierto.

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¡Quiero crecer! Lloraba, borracho, con cincuenta años. Mientras lo escuchaba, comprendí que el tiempo puede irse sin nosotros.

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Casa extraña

Aquí también los jardines son de viento, las persianas se cierran a menudo de un modo brutal que no alcanzo a comprender o atenuar, lo único que hago es contemplar lo que sucede. Soy siempre un espectador de las fuerzas que convergen en mí. ¿Podría con más técnica atrapar este cósmico movimiento? Quizás así mi mente no se perdería como lo hace. Mi mente se pierde siempre y eso apena a mi mente, y a mí, que sin ella no soy nadie. Yo soy alguien. Uno que se me escapa siempre. Tengo un jardín de palabras que sólo pueden ser mías. Tengo ríos subterráneos de emociones que aligerarían cualquier cosa que moje ahí. Tengo un secreto. Tengo poderes. Temo desperdiciarlos y que me gane el silencio que me estuvo siguiendo hasta hoy. Una mezcla de humillación, desaforada vergüenza me instiga para quedarme en un rincón. Yo sé que soy un árbol con una gran sombra para el que quiera dormir debajo. Yo sé que puedo proteger el desequilibrio humano. Yo soy mucho más alto de lo que dicen los relojes de los hombres. Yo no sé si odiar esta oscura oportunidad o abrazarla. No lo sé. Les juro que no lo sé. Me cuesta cerrar la puerta y quedarme solo. ¿Por qué seguir ocultándolo? Amigos: amo lo que más temo.

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Tengo miedo de abrir las puertas de la casa extraùa. Me invento que me acecharån cientos de espejos y no quiero ver lo que me muestran, porque no quiero que me muestren a un monstruo, no quiero verme otra vez desnudo en el patio de mi colegio, sin amigos. Pero aprieto las canciones contra mi pecho y entonces tengo el coraje de girar los picaportes‌

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Estoy por entrar en el sin tiempo donde me miro con piedad. Mi cuerpo me defiende mientras espero el sueño de los astros. El mundo duerme. Espero la espera. Soy feliz en este observatorio. Duerme, mi niño, que ya serás pronto un hombre. Todo está misteriosamente tan cuidado. No lamentes el tiempo. Estoy en el altar de este universo. Alguna estrella es mi padre y me cuida. Todo el azar de mi vida se desliza por estas palabras.

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Despacio. Mรกs despacio. Mรกs suave. Menos todo. Mรกs nada. Casi nada.

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La mano que mece mi corazón  
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