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10. Tres relatos de Julia Chaktoura nos llevan al interior de una Patagonia Profunda. Con ilustraciones de Ariel Puyelli.

4. Jorge Curinao llega Nadando desde Río Gallegos para inquietar la Poesía. Con ilustraciones de Ignacio Pinelli

22. Roberto Santiago De Brito y la contundencia de sus nanorelatos. Con ilustraciones de Viviana Puyelli.

16. Silvia García, en pocas palabras, pone de manifiesto un estilo y el buen humor. Con ilustraciones de Boris Bayo.

29. Agua de otoño de Viviana Ayilef o la poesía de la tierra. Con ilustraciones de Manuel Guillard.

36. Nilda González nos cuenta y nos muestra que la muerte es arte. Con reproducciones de óleos de la autora.

Las otras Palabras es una publicación periódica dedicada a la publicación de cuentos, poesías y fragmentos de novelas de, principalmente, autores de la Patagonia argentino-chilena. Año I (2ª Época) Nº 53 - Julio de 2013 - Lago Puelo, Chubut, Patagonia Argentina Editada por Ediciones GataFrida. Editor responsable: Ariel Puyelli e-mail: revistalasotraspalabras@gmail.com Blog de la revista: revistalasotraspalabras.blogspot.com Está permitido reproducir total o parcialmente el contenido de esta revista con el fin de colaborar en la difusión de la obra de nuestros escritores e ilustradores / artistas plásticos. Se ruega consignar el nombre de los autores y la fuente.

Tapa: óleo de Nilda González, de la serie “El funebrero y otras muertes”.

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El 53 Fue maravilloso encarar el regreso. Envié casi cien correos electrónicos y al día siguiente ya teníamos planificado este número. Vale comentar que la mayoría de las ilustraciones fueron realizadas en base a los textos. Los lectores podrán disfrutar, sobre todo, de material nuevo, fresquito, de autores de distintas regiones de la Patagonia. Podrán enterarse en qué andan estos viejos conocidos o conocerlos. Los académicos podrán estudiar cómo está evolucionando la escritura literaria en este barrio grande -la Patagonia- y otros libreros podrán ampliar sus catálogos. Este último punto es importante, porque uno de los objetivos de la revista es ayudar a difundir los libros para que los lectores se interesen por ellos y los compren. Uno de los sueños de muchos es ver más bibliotecas familiares con más literatura patagónica. Les pedí a los escritores que informen dónde se pueden comprar sus libros. Sospecho que más por pudor que por distracción, ninguno lo hizo. Pero es fácil ubicar a los autores. Y si no, está esta revista que oficiará de alcahueta o de contacto entre los interesados y ellos. Los invito a pasear por las páginas de la 53. Creo que está buena y que se acerca un poquito a lo que imagino que tendría que ser una revista dedicada exclusivamente a publicar cuentos, poesías y fragmentos de novelas de autores principalmente, aunque no excluyente- de la Patagonia. Quedan ustedes en libertad de utilizar el ratón y la lupa como mejor les parezca.

Volvemos. Después de cinco años de editar 52 números -y tres mil librosgratuitos en papeles de distintos formatos (2002/2007), pasaron otros cinco de pausa para regresar de manera digital. Hablo en plural porque me incomoda hacerlo de modo individual, aunque co r r e s p o n da , p or q u e l a i d e a y l a responsabilidad de la publicación fue mía en un principio y vuelve a serlo ahora. Pero entiendo que a Palabras la hacemos muchos: los escritores, los lectores, los colaboradores y yo. Como editor -y acá sí debo hablar de forma individual-, me hubiera gustado volver en papel. Pero no tengo el dinero ni la logística para hacerlo. Confieso que a esta altura de las cosas (de la vida, del tiempo que tuve que hacerlo) perdí la voluntad para salir a buscar auspicios que permitan la impresión de nada. Es bueno y justo cobrar dinero por un trabajo y juntar para pagar servicios, pero si el costo es visitar comercios, prefiero editar digitalmente y trabajar gratis. Seguramente no será la primera ni la última vez que lo haga. Para salir en papel tendríamos que pensar entre todos los que adherimos a esta idea cómo hacerlo, porque imprimir es caro. Y en color, mucho más, se sabe. (La revista, como verán, sería un desperdicio verla impresa en blanco y negro). En fin, estaría bueno recibir los ejemplares y compartir una alegría en común, una alegría celulosa. Y volver a coleccionar las revistas. Ya veremos. Hecha esta presentación/aclaración/catarsis, vamos al número que nos ocupa:

(”El ratón y la lupa”... no es un mal nombre para una revista digital).

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Jorge Curinao nació en Río Gallegos, Santa Cruz, en 1979. En el año 2006, su libro Sábanas de viento fue elegido para ser publicado en la selección Mi Primer Libro, organizada por la Municipalidad de Río Gallegos. En 2007 representó a la provincia de Santa Cruz en la XXXIII edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En 2009 publicó Plegarias del humo, en 2010, Cactus y en 2012, Nadando. Algunos de sus poemas han sido incluidos en Peces del desierto, plaqueta literaria que reúne a artistas y poetas de la Patagonia argentina. Sitio web: www.jorgecurinao.blogspot.com.ar / Correo electrónico: jorgecurinao06@yahoo.com.ar

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En la noche no en la oscuridad

Hablabas en mi boca

las palabras rezan.

como quien no quiere despertar de un sue単o al que nadie llega.

Y en cada muerte olvidar siempre la misma muerte.

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Bendito duelo estar solo:

- ¿Y por qué lloras tanto? – preguntó él.

conversan las preguntas.

- ¿Y por qué me lo preguntas? – contestó ella. - No sé – dijo él – será porque preguntar es una forma de estar ausente. - Lloro para no preguntar – dijo ella.

Nos perdimos en el sueño en el aullido de un amor mal nacido. Me gusta estar con ella Pero la noche insiste. parecemos recién nacidos hablando de la muerte.


Y está la otra boca la del mundo.

No te confíes de los semáforos en rojo ni los bronceados en oferta.

La que se beberá todo de una vez y para siempre.

Papá Noel no existe.

Todos los días pido Como cuando el silencio es posible tener las fuerzas que no tengo. y las palabras empiezan a temblar. Un hombre poco sensible puede despertar con una flor en la boca. Hay canto. No son las sombras. Son las hojas que sueñan ser árbol. Derrota o victoria siempre se paga con el silencio.

Las culpas ajenas En el muro, afuera escribí el nombre del niño que burlaba las certezas: aún conservo sus / manos.

no son del sol.

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Desde que aprendimos a llorar

Ahora es todo el comienzo de una nueva vida

no necesitamos más lágrimas. es la música más triste que jamás he oído Un solo dios latido del mar ensangrentado no basta para mirarnos a los ojos. ahora me voy conmigo al encuentro de la vida.

Sólo las flores caídas saben que son flores. Me fui por las ramas hasta poder encontrarte en mi memoria.


El contenido de mis libros —aun cuando se trate de ficción o incluso de literatura infantil—, es producto de la realidad que me rodea, de mi experiencia de vida, pero particularmente, de mis viajes. Los lugares recorridos y las personas que conocí alimentan mi imaginación y dan soporte a mis relatos. Viajar es compartir el mundo. Es tomar un puñado de tierra de otros suelos y dejar en su lugar nuestra huella. Es mirar al otro con los ojos del corazón, comprenderlo, respetarlo, nombrarlo hermano. Viajar es un canto a la libertad. Viajar es vivir. Contacto: juliaritachaktoura@yahoo.com.ar

Tapa y contratapa de Relatos de la Patagonia Profunda, editado por el Fondo Editorial de la Provincia del Chubut.

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La señalada La polvareda que levanta el trotecito del zaino de Pereyra es arrastrado por el viento del oeste y se dispersa al instante. Un ovillo de pasto seco rueda a pocos metros de ellos y termina por engancharse en un alambrado. Pereyra va y viene sobre la montura, como bote a la deriva, y de a ratos se ladea y cae a tierra; entonces el caballo detiene su andar y espera a que el jinete se arrastre lomo arriba nuevamente. - ¡Fue buena la señalada del patrón! ¡Sí señor, muy buena! - dice y el caballo sacude la cabeza. Siguen andando, ahora a paso más lento, mientras Pereyra piensa en esa fiesta que esperó todo el año. - ¡Tres días seguidos, meta juego... y a la noche puro baile, nomás! Un recuerdo le llena de saliva la boca. - ¡Lo que estuvo bueno fue el asa'o 'e potro! ¡Tapada en grasa la riñonada! El zaino va a tranco lento para ajustarse al vaivén de su dueño. Esquiva los últimos matorrales y se detiene frente al rancho. Pero el jinete sigue metido en sus pensamientos y no se percata de que el viaje ha concluido, se acomoda sobre la montura y suspira. - ¡Ah, y cómo corrió el vino! ¡La pucha, esas sí que son fiestas! Del rancho sale Isabel y se queda quieta, parada junto al hombre. Ella sabe que en esos días Pereyra cobró el trabajo de la temporada. Sabe que el patrón regaló asado y vino, pero también que manejó las cuadreras, la taba y la mesa de pase inglés. Isabel ayuda al hombre a desensillar, lo acompaña adentro del rancho y lo acuesta sobre los cueros. Pereyra se deja llevar con la docilidad del vencido. Aún resuena en sus oídos el acordeón de Morales que tocó incansable la noche anterior. Y cuando se duerme sueña con la señalada del año siguiente donde irá en busca de desquite.

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Madre desconocida Amanece en la meseta. Sebastián Hueche sujeta la encimera y baja los estribos que cuelgan oscilantes. Mira hacia el oeste: "Buen tiempo para viajar", piensa. Antes de partir entra al rancho y se despide de sus padres. Luego monta y enfila hacia Languiñeo, donde lo espera un trabajo. Las sesenta leguas que lo separan de su destino lo obligan a detenerse al mediodía para comer un poco de carne seca que lleva en el morral y, más tarde, a buscar refugio para hacer noche. Antes de que oscurezca encuentra a un puestero hospitalario que le permite tirar unos cueros en la cocina y comparte la cena con él y con su hija. Allí, Sebastián Hueche, descubre el amor. Varios viajes debe hacer entre Languiñeo y la casa de la joven, pero al final la convence y se la lleva a vivir con él. Entre los dos levantan un rancho de adobe y paja en un cuadrado de tierra que alguien les presta. Allí nace Malvina Hueche. Allí muere de parto, ese mismo día, la madre de Malvina. Sebastián entierra a su compañera, cubre a su hija con una pilcha y monta a caballo. Desanda las sesenta leguas que lo separan de su infancia, le entrega a sus padres ese envoltorio lloroso y húmedo y vuelve a partir dejando la promesa del retorno al final de la esquila, pero unos días después cae del caballo en un rodeo y muere. El abuelo de Malvina se presenta en el Juzgado de Paz del pueblo para anotar a su nieta y contesta a las preguntas formales: - ¿Nombre del padre? - Sebastián Hueche, finao. - ¿Nombre de la madre? - No lo sé, también finadita. - Madre desconocida - escribe el juez. Y así queda asentada oficialmente la orfandad de Malvina.

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El precio de la leña Todos los hijos de Saturnino Huentelaf trabajan. Cada uno a su manera. Las mujeres amasan pan y acarrean agua desde el arroyo, los varones pastorean cabras y cazan. Los más chicos se encargan de conseguir leña. Lejos, muy lejos deben ir para encontrar las ramas espinosas que alimentarán el fogón. Ese día amanece helando. Los chiquitos no quieren alejarse del fuego, pero la necesidad los obliga a salir. Los potreros de la estancia "Las Horquetas" lindan con su campito. Está ahí, al alcance de la mano, pero ellos saben que los peones tienen órdenes de sacar a fustazos a quien se atreva a traspasar los alambrados. Los chicos Huentelaf caminan hasta la tranquera invitadora y se quedan observando esos campos llenos de molle y piquillín que nadie aprovecha. Se miran y también miran hacia atrás, hacia la extensa pampa desierta por el saqueo indiscriminado. Saben que la naturaleza tardará años en reponer lo que ellos cortan en un solo día, pero necesitan leña y van por ella. Se deslizan entre los alambres y caminan agachados hacia el cañadón donde pueden ocultarse con más facilidad. Bajan la cuesta serpenteante y, una vez en el fondo del barranco, eligen un matorral seco que empiezan a desgajar. Una tras otra las ramas son apiladas, luego las sujetan con una correa y se las echan a la espalda. Vuelven a trepar la cuesta, cada uno con su atadito de leña al hombro, y casi en el filo descubren al recorredor que pasa a tranco lento por el borde del cuadro. El miedo los enmudece y el más chiquito, casi lagrimeando, da un paso atrás, pisa mal y rueda cañadón abajo. Allá queda, en el fondo, inmóvil y polvoriento. Desde arriba el hermano lo mira y le parece un muñeco roto, con las piernas torcidas en una posición increíble. Baja temblando y le habla, pero los labios del herido sólo manan sangre. Asustado corre al rancho y como no encuentra a nadie se va hasta el pueblo, pero el médico tampoco está. El chico piensa en su hermanito que sigue allá tirado, en la quebrada y por fin se decide a revelar su delito. La partida policial llega al lugar, dos horas después. Levantan al herido. El viaje hacia el pueblo lo hace acostado sobre una manta en la caja de la camioneta. El hermano se sienta a su lado y le saca de la mano una ramita de leña seca que aún conserva apretada entre los dedos. El menor de los Huentelaf deja escapar su aliento antes de cruzar la tranquera. 14


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Es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad Nacional del Comahue y realizó estudios de Teoría y Metodología de la Investigación Literaria en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó libros para niños: Cuentos de agua (2003), Si me patas paro arriba para (2004) y para adultos: Huellas, antología grupal de poesía del Grupo Umbrales (2006) y el libro de microficciones En pocas palabras (1ª edición 2012). Colaboró con diarios y revistas regionales y nacionales. Fue jurado en concursos de narrativa a nivel municipal, nacional e internacional y de microficción a nivel provincial.

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Inesita Inesita es de clase media. Medio trabaja, medio estudia. Es medio atea, medio bohemia, medio feminista, medio de izquierda. Medio tiene sexo con un medio amigo con el que medio salen. Eso sí, cuando va a la cama por completo, lo hace completamente enamorada. Se compromete como loca, es fiel como una sombra, se inmola como una mártir. Eso medio la redime porque sufrir medio a medio, estando junto a un hombre, la convierte en medio virgen para la próxima vez.

Entrevista -¿Sus antepasados eran caníbales? -Nooooo. -¿Cómo lo sabe? -Nuestros dioses condenan el canibalismo, en cambio, nos está permitido comer cualquier otro alimento. -Sin embargo, en las ruinas de antiguos asentamientos de su pueblo, los antropólogos hallaron huesos humanos que mostraban señales de haber sido partidos, cocinados y raspados posteriormente. -¡Ah, comer humanos, sí! Eso es otra cosa.

Linda manito Qué linda manito que tengo yo. Mi gato la trajo del baldío de enfrente. Se parece mucho a las manos de mi abuela, la que vivía con nosotros. Pero hace unos días, mientras mi papá que estaba solo con ella se acostó a dormir la siesta, mi abuela se escapó a la calle y se perdió. Como tiene Alzheimer…

Mal de ojo Es verdad que alguna gente hace mal de ojo sin querer. Otros lo hacen con saña, como Ulises se lo hizo a Polifemo.

Metamorfosis I «¿Cómo supo que esto me iba a encantar?» pregunto al príncipe que acaba de besarme. Pero, en plena metamorfosis, sólo atino a croar.

Metamorfosis II «¿Cómo supo que esto me iba a encantar?» pregunté al príncipe que acababa de besarme. Pero, en plena metamorfosis, sólo atiné a croar. Vano intento, ya que él, al tocarme con sus labios, perdió toda la magia y se transformó en mi esposo. Desde aquel día, cualquier tipo de comunicación fue imposible.

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Seamos claros Como usted bien comprende, caballero, una dama de mi condición no está al alcance de un don nadie de los que se encuentran a su altura. Por otra parte, la comprensión de esta verdad es una cualidad que lo enaltece. Por eso le pregunto: ¿cuánto más, piensa demorar en alcanzarme?

Mejor así «¡Aaaaaah!» grito, al descubrir una araña en mi escritorio. Inmediatamente la aplasto. La araña no tiene cómo pronunciar sus últimas palabras. Mejor así. Me tiene harta esa moda de relativizarlo todo, que se ha extendido entre algunas especies de artrópodos.

La boca del lobo -¡Qué boca tan grande tienes!- exclama Caperucita desconfiada. -¡No vas a creer todo lo que se dice por ahí!– se apresura a responder el lobo-¡Las indiscretas fueron ellas!

Las bases Las cuatro patas de la silla donde me siento a escribir son patas ponedoras. Una, pone los pelos de punta; la otra, pone los puntos sobre las íes; la tercera, pone garra y energía; la cuarta, pone un poco de orden para que lo que escribo pueda salir medianamente en castellano.

Punto de vista I La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, cantan a coro las otras cucarachas de la cañería. No se imaginan que esas dos únicas patas blancuzcas resultan suficientes para su compañera, ahora que se convirtió en Gregorio Samsa.

Puntos de vista II Sheherezada terminó sus días convencida de que su gran astucia había sido contarle cuentos al rey y agradeciendo a Alá las horas de lectura, que le habían granjeado tal sabiduría. En realidad, fue la introducción de Doniazada en la alcoba nupcial lo que cambió su vida y la de su esposo. El rey Shahriar descubrió su exhibicionismo sexual la misma noche en que comenzó a satisfacerlo.

Puntos de vista III -¡Qué cosa el agua de la red vecinal, cada vez más contaminada! –dice con evidente disgusto la sirena que acaba de salir por la canilla de mi cocina, mientras se escurre la larga cabellera. Yo no entiendo. ¿Tanto le molesta, en el pelo, un poco de LSD?

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Las vueltas de la oreja Hace un par de semanas, recibí por correo una oreja de Van Gogh. Recordé un cuento de Lugones y otro de Borges en los que una palabra pronunciada al oído resuelve la historia narrada. Decidí hacer lo mismo. La oreja de Van Gogh se alejó volando. Unos días después, volvió a traérmela el cartero en un sobre, acompañada por una esquela que decía: «lamentablemente, Beethoven ha muerto. Este regalo ya no le resulta útil». Le sugerí en secreto otro destino. Otra vez se fue volando. Y regresó de nuevo por correo, con una nota que decía: «lamentablemente, el Chacho Peñaloza ha muerto. Este regalo ya no le resulta útil». Pensé un segundo y, cuando estaba a punto de hablar, me di cuenta de que no tenía sentido. No podíamos engañarnos: yo sabía que la oreja escribía esas cartas y ella, que yo era incapaz de echarla a la calle. Después de todo, me hacía falta quien me acompañara a tomar mate, se sentara a mi lado mientras escribo y ronroneara sobre mi almohada a media noche.

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Pedido Yo le pedí a la bruja que amarrara a mi marido pero, a mí. La imbécil lo dejó amarrado a mí, a la otra, a su madre, a su jefe, a su trabajo y a la más pura realidad de tal manera, que él solo se amarró una roca al cuello y se tiró al lago Nahuel Huapi.

Nos equivocamos, hermano Nos cuidábamos de los mastines que andaban sueltos por el barrio, de la gente desconocida que se acercaba a nuestra casa. No imaginábamos que los intrusos surgirían en el interior mismo de este hogar, hasta que nuestra propia madre dio a luz cinco gatitos.

Iluso Desde que tiene memoria, su vida es angustiante y su único sueño es una pesadilla. Lo arrojan a una arena circular donde está a merced de hombres que lo hieren con banderillas y rejones. Su líder, un moreno estrafalariamente vestido, lo enfrenta con los movimientos sin sentido de un paño rojo. Él intenta defenderse, embiste pero sus atacantes lo superan. Hay una multitud en alguna parte, que aúlla cada vez más enardecida, hasta que el líder de la carnicería lo atraviesa con su espada. En ese instante, siempre se despierta. Una noche sigue soñando. En el sueño, la muerte lo libera de todas las angustias de su vida. De a poco la pesadilla se convierte en ilusión. Por eso lo encuentra tan desprevenido aquel adolescente rubio, que se le presenta vestido como cualquier otro de los que ha visto antes y lo atraviesa con su espada. En ese instante, el Minotauro siente desesperación por conservar esa vida de angustias, que acaba desilusionándolo.

Matando el tiempo Los relojes conspiran en mi contra. Se demoran con ritmo de adagio, cuando estoy en reuniones de las quiero escaparme. Se aprovechan de verme dormida para marcar minutos, mientras yo vivo días en un mundo extraordinario. Se adelantan a zancadas, cuando yo viajo a velocidad normal para llegar a mi trabajo. Hoy, por ejemplo, salí con el tiempo justo para llegar a una cita y aquí estoy, una hora antes de lo convenido. Como una chamana me propongo conjurarlos. Celebro el ritual de la palabra y sacrifico la vida de sesenta minutos de mi vida en el altar de sus caprichos. Intento propiciar a los relojes, antes de que su misteriosa voluntad determine que ya es demasiado tarde.

El espejo de Chuang Tzu Cierta vez, Chuang Tzu soñó que era una mariposa y revoloteaba por el aire. De pronto se despertó sobresaltado. Corrió al espejo, donde vio reflejados su cabello de hombre, su cara de hombre, sus manos de hombre. Más tranquilo, abrió de par en par la ventana de su cuarto. Desplegó sus alas y echó a volar.

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Luz y oscuridad En la ciudad hay una galería comercial de dos pisos que tiene un jardín en el centro. En él hay cuatro árboles, donde cantan pájaros que viven sueltos en el edificio, y una fuente con cuatro leones de piedra. Durante el día, los pájaros revolotean cerca de los leones por el solo placer de experimentar el peligro, ante la indiferencia de comerciantes y transeúntes. De noche, cuando los pájaros duermen, los leones de piedra se despiertan, abandonan sus lugares en la fuente y recorren los dos pisos de la galería desierta, rugiendo en busca de los pájaros. Una vez se produce un eclipse solar. La ciudad oscurece en pleno día. Los leones de piedra despiertan, abandonan sus lugares en la fuente y recorren, rugiendo, los dos pisos de la galería, por donde los pájaros revoletean descontrolados, ante el terror de comerciantes y transeúntes. El eclipse termina. Los leones vuelven a sus puestos y a convertirse en piedra. Los pájaros retornan a sus cantos. Ahora los comerciantes rugen a los transeúntes, que entran a la galería por el solo placer de experimentar el peligro.

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Roberto Santiago De Brito es arquitecto. Nació en la Capital Federal en el barrio de Barracas y reside desde 1982 en San Carlos de Bariloche, provincia de Río Negro. Publicó: “MEMORIA DEL TIEMPO” (Libro de poesías) 1990. “UN DIA EN LA MUERTE DE ANA BELL Y OTROS CUENTOS”, (libro de cuentos) con el apoyo económico del FONDO NACIONAL DE LAS ARTES. (1997). “DE AMORES Y ABANDONO” (Libro de poesía). “ESTRATEGIA BUENOS AIRES” (Libro de nanorelatos) En el diario LA PRENSA de Bs. As. (“Divagaciones entre sueños I (12/1/92) y II. - “Mentiras piadosas”13/10/91) En Revista PURO CUENTO de Bs. As. (“Nada” Nro.23 y “Círculo atroz” Nro.26). En Periódicos locales de Bariloche. En la Revista TODO PARA USTED con "Divagaciones, aforismos y algo más", al pie de página. (1995/97) PREMIOS: Faja Nacional de Honor La A. D. E. A. (ASOCIACIÓN DE ESCRITORES ARGENTINOS) 2000 por “Un Día en la Muerte de Ana Bell” (Cuentos). Primera Mención Especial de la Faja de Honor Nacional de la A. D. E. A. (Asociación de Escritores Argentinos). MEMORIA DEL TIEMPO (Libro de poesías) 1990. Segundo premio concurso internacional- Madrid-España, DE AMORES Y ABANDONO (Libro de poesías). Primer finalista Concurso Cuento Breve Revista PURO CUENTO con el cuento “NADA”. (No. 23 Julio/agosto de 1990). Primer premio Concurso Literario, género cuento, con el cuento MEMORIA PURA, en la XXIV Fiesta Nacional de la Nieve (S. C. de Bariloche, Provincia de Río Negro. Agosto de 1994). Primer Premio Internacional. Concurso de cuento corto para "La Agenda Latinoamericana" 1998 en Nicaragua. Cuento: "Morir desnudo" (Traducido a 9 idiomas). Primer premio Concurso Internacional- MadridEspaña - por el cuento “Como Pactar con el Demonio”. Segundo Premio de Poesía. I Concurso Internacional EL LITERONAUTA. Madrid- España. Con el libro de AMORES Y ABANDONO. Primer premio en el rubro PERIODISMO CIENTIFICO en ADEPA (Asociación Del Periodismo Argentino) 2007 Por la revista NATURALEZA Y TECNOLOGIA EN LA ACTUALIDAD ES: Director de la revista “ASUMIR”. Director Fundador de la revista: “NATURALEZA Y TECNOLOGÍA” Director Fundador de la revista: “ENERGIA NUCLEAR HOY”

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De Brito, Roberto Santiago Estrategia Buenos Aires: ochenta nanorelatos. 1a ed. Bariloche: el autor, 2012. 104 p. ; 20x14 cm. ISBN 978-987-33-1730-9 1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título CDD A863


Plagio Cuando cerró el libro de Monterroso que estaba leyendo, el dinosaurio todavía estaba allí.*

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Raíces En sus noventa y cinco años no conoció otro mundo que la casona antigua. En ella nació y vivió disfrutando un pedazo de tierra en los fondos de su casa. Allí, dominando el jardín, se erguía majestuoso el centenario nogal que había adoptado desde su nacimiento como su leal y silencioso compañero. Junto al árbol echó las raíces de hombre y desde sus ramas hizo volar los pájaros de su imaginación. La niñez lo vio enredado en su follaje y la adolescencia hizo nido en sus copas. Sobre el tronco fuerte y cálido, un cuerpo de mujer recibió sus labios adultos. Sus hijos y los hijos de sus hijos jugaron con él La madera en vida fue continente y en muerte ataúd. Su última voluntad se cumplió tal cual lo solicitó: ser enterrado vecino al árbol. En posición vertical..

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Refrán con Réquiem

del rey se cumpliría apenas concluyera

Ezequiel, que desde su temprana edad

la ceremonia del beso al horrible batracio

siempre creyó que los refranes encerraban

en que se había sido convertido el príncipe.

verdades inmutables, adquirió la

Sabía, por distintas fuentes, de la varonil

costumbre de seguirlos al pie de la letra y

belleza del mancebo antes de beber el

conformó su existencia a esta conjunción

brebaje que arteramente le diera la bruja

sin sombras.

del lugar. Tampoco ignoraba las delicias

El día que leyó «no dejes para mañana lo

que le depararían el poder y la felicidad de

que puedes hacer hoy», no dudó, y de

casarse con él.

inmediato tomó la determinación.

Conducida ante la presencia de la

Sus allegados, los que lo conocían

horrible criatura, tuvo que acudir al mayor

íntimamente, no se sorprendieron en

de sus controles para no demostrar

absoluto con la noticia.

públicamente el asco y la repugnancia que

Ezequiel, consecuente, se había

este le producía.

quitado la vida.

Respiró profundamente y procuró que su imaginación le permitiera ver la

Ley de gravedad

realidad que se escondía en ese pequeño y repulsivo ser.

Adán, a pedido de Eva, zamarreó el árbol para poder arrancar la manzana que

Con un esfuerzo sobrehumano acercó

ella no podía alcanzar, pero la fruta no

sus labios carnales a los del anfibio real.

cayó.

Entonces comprobó cómo el milagro, tomándose su tiempo, fue produciendo la

Como Dios, observándolos,

metamorfosis esperada.

comprendió que la perfección de la

Ante el asombro de la Corte Real, el

creación todavía no estaba terminada, creó

sapo se convirtió en un apuesto varón. Los

la gravedad.

jóvenes se miraron, se enamoraron de

Y se consumó el pecado.

inmediato, y no hubo oposición alguna a la unión matrimonial.

De Príncipes y Princesas I

Ambos fueron felices para siempre. Todos.

La princesa, apenas arribó con su corte,

Lo que nadie pudo vaticinar fue esa

fue conducida a palacio. A pesar del

descendencia horrible de renacuajos.

tedioso viaje estaba radiante. La promesa

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Hombre prevenido Años después, ella decidió enfrentarlo. — Caballero –dijo–. Es hora de que usted y yo conversemos. El hombre no disimuló su preocupación. Había estado detrás de la muerte mucho tiempo, pero ella jamás osó siquiera voltear su cabeza... y ahora... este diálogo inesperado. Al borde del pánico respondió con esfuerzo: — Espero no haberla ofendido. — De ninguna manera –respondió ella–. No me molesta su presencia, al contrario, me halaga. –No ignoraba que el hombre había dedicado su vida a espiar los gestos de la muerte y cada uno de sus movimientos. — Señora. –Contestó con cortesía fingida el hombre–. Le he consagrado mi tiempo, porque me han enseñado que la muerte lo puede encontrar a uno en el lugar menos esperado y a la hora más inoportuna. Evitar las sorpresas es una manera de estar vivo. ¿No le parece? Espero no se sienta usted molesta por mi actitud. — En absoluto –manifestó ella–, se lo repito, me halaga, aunque... lástima, porque yo no soy la muerte, sólo su sombra: ella siempre estuvo a sus espaldas. Verificarlo, fue para el hombre prevenido su último movimiento.

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Dispersión Cuando murió, lo cremaron y esparcieron sus cenizas al viento para cumplir su última voluntad. Desde entonces su espíritu vaga por el universo en un trajín agotador. Es inconmensurable el esfuerzo en busca de sus partes para llegar íntegro a la resurrección.


Viviana Ayilef (1981) nació y aún vive en Trelew. Es profesora en Letras por la UNPSJB para el nivel medio y el superior. Sus poemas fueron publicados en la Antología Desorbitados. Poetas Novísimos del Sur de la Argentina. (Fondo Nacional de las Artes. Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. Selección: Cristian Aliaga. 2009). En 2010 se incluyeron en Kümedungun/ Kümewirin. Antología poética de mujeres mapuche (siglos XXXXI), (LOM ediciones. Santiago de Chile. Selección: Mabel Mora Curriao y Fernanda Moraga). Agua de Otoño/Kelleñü fue su primer libro de poemas (Fondo Editorial Provincial 2009. Secretaría de Cultura del Chubut). Malvinas en fragmentos fue ganador por FEP 2011, para la categoría de Historia. Forma parte del Colectivo de arte Bajo los huesos Ayilef, Viviana Malvinas en fragmentos Convocatoria 2011 Edición: 1º ed. Publicación: Chubut; Fondo Editorial; Secretaría de Cultura; 2012. Tirada: 1000 ejemplares Descripción física: 110 p. 30 x 21cm. Ilustración de tapa: “Nunca más”, de Chelo Candia Tema: Narrativa testimonial N° ISBN: 978-987-1412-51-8

Ayilef, Viviana Agua de otoño/ Kelleñü Convocatoria 2009 Edición: 1º ed. Publicación: Chubut; Fondo Editorial; Secretaría de Cultura; 2011. Descripción física: 52 p. 20 x 14 cm. Fotografía de tapa: Ismael Contreras Tema: Literatura Argentina. Poesía N° ISBN: 978-987-1412-29-7

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PRÓLOGO de Hernán Bergara a Agua de otoño / Kelleñü Hay una frontera, alguien que quiere pasar, alguien que no sale ileso, alguien que llega igual. Hay un otoño que espera el solsticio, hay manos que ruegan por el ciclo, que saben del ciclo, que luchan por el ciclo. Hay presencias y hay guerreros. Y después viene la poesía. La historia se llueve. La historia de las presencias que ganaron una batalla primera, que insertaron la palabra “Historia”, sus reglas, sus paredes blancas de concreto y sus aberturas ciegas. Y entonces la Historia se llueve, y esa agua le es extranjera. Así de lento es el regreso. Así de lento y de otro. La tierra también insiste. Entra por algún lado, por cualquier lado. Es más fina que el concreto imponente de la Historia. Se filtra. Hay un largo plazo en el que el concreto será un subgénero de esta tierra; en el que esta tierra será también blanca pero blanco tierra, blanco terroso, ya no blanco aterrado. Mañana, mañana. Y esa casa blanca de la Historia ya es un reloj de arena que marca siglos, que se va llenando. Y hay también polvo que no es el de la tierra. Es un polvo blanco como el concreto de la Historia. Es el polvo de lo que antes era cuerpo. Es la ceniza nunca extranjera, siempre humana. Esta vez blanca y universal. Sepultada. Pero ingobernable como la memoria. Y hay también humo, partículas de humo que no se disipan, porque viene de un fuego mal apagado antes de la construcción de esta casa blanca del ser, de este lenguaje que viene de una batalla ganada, que viene amuñonándose, victoriosa pero no ilesa, asediada por el eco de los derrotados. Algunos de esos ecos no tienen réplicas. Y un eco sin réplicas es una voz. Y hay una noche larga a la que le seguirán otras noches cada vez más cortas. Y una lucha a la velocidad de lo inexorable, al galope. Y esta poesía que constata lo siempre penúltimo. Y esta poesía que lee al colono extranjero en su casa llena de tierra, llena de agua, llena de humo, llena de cenizas que la Historia le quiso eufemizar y que ahora no le puede quitar de la vista porque la Historia se llueve, porque las paredes siempre serán tierra, porque el lenguaje siempre será más justo que los hombres injustos que lo llevan y lo traen, mal montados en ese caballo que los galopa, porque la injusticia es siempre extranjera en su propia casa, porque el injusto es el único inmigrante discriminado con justicia. Y esta poesía que suspende retorno y funeral. Los hijos de los injustos y los hijos de la tierra quieren nacer en un aguacero que los haga corriente, en otoño, a punto de que las noches se acorten, cuando el futuro sea un efecto del sol, cuando el sol se apoye en la tierra y descanse sin dormir. Esta poesía, que subraya a los hombres con sus sombras.

ARTE POÉTICA La poesía viene después. Antes están los eternos compañeros, las miradas de los hijos, los viajes extendidos por los hombres, -entre sus sombras, sobre sus cuerpos, por sus historias otras-. Y la palabra -siempre- vendrá después: antes la lluvia, el desplazarse. Vivir migrando entre lo propio más ajeno: en las ausencias, en los despojos. Porque si viene, aunque tardía, toda palabra llegará únicamente para calmarnos. Antes la sed. Antes: la vida. 30


1. Presencias (aukache)


EN EL NOMBRE DEL PADRE

AGOSTO 1. Una mirada vuelta sobre si misma desdoblada, trunca. Una extraviada mirada de ajenas memorias rumorosas, incandescentes. El ojo que mira brotes paridos del lodazal, envidia tanta pasión que cae sobre este agosto. Esa mirada dobla por una esquina pisando baldosas de agua cuerpos, recuerdos.

Duelen desde temprano: brotan como germina siempre cuando llueve cuando la historia llueve cuando por dentro Cada mañana faltan, la nostalgia seca como un clavel quebrado. Tantos claveles juntos. Innominados. Anonimados, tanto parir aromas desde dentro esencias que se pierden que se tapan yertas. Y para ustedes, patronos de lo ajeno, marionetas sin patria, (Mercenarios):

2. El hombre muere con la mirada puesta sobre sus ojos en el espejo. Todos los muertos hacen la guardia en su

cada mañana nace el árbol que cercará sus tumbas, y creará justicia. Redimirá los nombres, los hijos, el nombre sagrado del padre.

pupila inmensamente negra, como el profano recuerdo que mira y vuelve, desabrigando la fresca sangre, siempre Presente.

HUMO Los huesos demorados, sin archivo sin subsidio ni efeméride. Los huesos de las rutas -blancos de tiro-. Calentándose en su hoguera: decretados. Fuegos de corto plazo. Gentes colaterales. Huesos de vos y de yo, cuya impotencia vale igual que el hambre que nos borra del camino sin tierra que nos cubra la intemperie.

PÁJARO SANTO Allí flamean: aves de otoño. Cóndores machos. Pájaros tercos de memoria: Compañeros. Vibren en vuelo antiguo, barriletes sin prisa. Qué manso trino vencerá saudades qué canto simple aplacará mi rostro: la sombra del deshielo será la melodía que dé nombre a los ausentes. 32


2. Alen (ni単os del agua)


las armas nuevas Ahora que la palabra es madre. Antigua hija de hombre, compañera. Hacedora. Punta de lanza que no alcanza y sin embargo hiere y vivifica. Podremos dar testimonio. De los todos nosotros; Los de la Voz y el Eco. Ahora que un niño alado nace por las vertientes del invierno, y la memoria inquieta, resurrecta vuelve con tercos duelos al galope. Podrás tú relatar lo que ha sentido tanto silencio de un pueblo solo sintiendo el brusco palpitar de un río: cómo de las cenizas surge vida de las mareas nacen barcos de los presagios salvan hombres. Y sin embargo también yo diré, comentaré mi historia aquella del diluvio en la encerrona del brusco aislamiento en la humareda: tanto vivir ensombrecidos dentro de toda periferia en cualquier arco indescriptible del olvido. Entonces sí, por la virtud del verbo comprendido ya no seremos testaferros del pasado brillaremos al sol del aire nuevo -cantaremosy les diremos a los hijos nuestros que incluso entre las ruinas crecen verdes, y florecen siempre.

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Huellas Piedras. Cuentas pendientes. Palabras nunca dichas que sobrevuelan reformuladas. Aquél muchacho al que una noche casi en penumbras. Aquella sombra. Nunca. Esas miradas son inventarios de lo que dura. Una mañana dijimos SI prometo/ acepto/ juro-. Dijimos CREO. Creo en la Patria en el padre todopoderoso creo en la sal de mano en mano en la virgen creo. Creo en tu nombre, y en la perpetuidad de lo que anuncia. Dijimos CREO y una mañana se fue un bebé. Ailén era su nombre. Brasa pequeña. Dijimos CREO cuando Julián agonizaba a la intemperie pateado por unos tipos que a su turno mintieron JURO. Dijimos CREO y fueron absueltos. Padres y madres ellos también. Conciudadanos. Dijimos BASTA pero Marita atraviesa el suelo que pisamos. Es la orfandad, parece, la que nos tiene a la deriva. Alguna vez el verbo fundó los nombres de las cosas. Decías NUNCA y era el silencio. Decías SIEMPRE vuelo de mariposas. Decías COMPAÑERO, y se llenaban las calles. Esta mañana dije QUIERO. El brillo de mis ojos pecó a hurtadillas. El ruido de la cruz que se derrumba fundaba el día. En la memoria doble Julián deseaba a una chica, y sonreía. Aquella noche nunca fue. Es la orfandad, que punza aunque tengamos madre y padre. Aunque tengamos hijos, hermanos, compañeros. Un golpe acaba con su vida. Un arma viola el cuerpo. La punta roja del borceguí pasea ante los ojos, y ellos no quieren verla. Escribo CREO, y una mueca me apuntala en el costado. No escribo más. Ya fue.

Fragmento de Cautivos (en imprenta), de Viviana Ayilef, Ediciones Mandala

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Soy Nilda González. Patagónica por crecer, vivir, parir y esperar morir en estas tierras. Escribo desde poco y pinto desde mucho, las dos cosas con el mismo amor y con las mismas ganas de aprender, de avanzar, de crear día a día. Compartir este y otros espacios son sueños cumplidos.

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Armando viaje Tener que viajar es una de las cosas que más me molestan. Si es a Buenos Aires, peor. La vida en Buenos Aires es cosa de ellos. Yo prefiero mi pueblo, el polvo de las calles, la quietud, todo lo del pago. Pero el trabajo es el trabajo. Tal vez exagero un poco. Buenos Aires la “Capi”, como decimos en el fondo me gusta. Tan distinta y tan distante, permite cosas que aquí, ni soñadas. Me estoy quedando sin mercadería. Deberé ir. No es fácil el trámite: voy, elijo, compro y luego traslado. Traslado. Ese es el problema. Traslado. Debo conseguir que el proveedor, previo pago preestablecido, me deje las cosas en Constitución y allí conseguir que el Roca meta toda mi mercadería en un solo carguero. Eso, si es que tengo suerte. Tenemos cargueros dos veces a la semana. Bueno, no es que tengamos carguero propiamente dicho, pero cada vez que viene la formación de pasajeros se le agregan unos vagones de carga. El problema es en Jacobacci, cuando cambia de trocha grande a trocha chica. La carga se baja toda y se cambia de tren. Es lo más feo, o lo menos decoroso. A nadie le gusta ver el andén lleno de ataúdes. ¿Qué le voy a hacer? De alguna manera debo traerlos. Cuando los necesitan, quieren variedad. No tanta variedad. Solo dos o tres modelos: ricos, pobres y los que paga el Municipio para los indigentes. De afuera, todos iguales: brillantes, con algunos adornos. De adentro, la calidad varía entre el pino malo y el buen roble. Cosas de la vida. O de la muerte, mejor dicho. Que allí somos todos iguales, como dicen todos, no. Nosotros sabemos que hasta allí se llevan las diferencias. En las habitaciones preparadas para los velorios, en los autos que van a los sepelios, en las ropas de los deudos, en lo que se sirve durante la noche. En todo está la diferencia. Así que, que nadie crea que la muerte iguala. Volviendo al viaje, iré a Buenos Aires y aprovecharé a divertirme un poco. En el pueblo, el funebrero casi nunca se divierte. Eso hace perder seriedad a la profesión.

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Llegaré en una buena época (la elijo), sin mucho calor, pero tampoco de mucho frío. He pasado más frío en Buenos Aires que en los inviernos patagónicos. Visitaré algunos barrios de esos muy concurridos por gente de mi condición; y otros, por todos conocidos, pero no muy nombrados. No hablaría bien de los que los frecuentan o solo los conocen de nombre. Hipócritas, todos saben de qué se habla cuando se los nombra. Me gustan algunos bailes del Bajo Flores. Si elijo bien el día, me podría encontrar con esas señoritas que salen en busca de aventuras fáciles y olvidables. Cuando el tango no se permitía en los salones, esos bailes eran peligrosos. Pero ahora... ahora no. Como dije, no solo concurren las sirvientitas de franco sino las muchachas y muchachos que quieren un poco de libertad y anonimato. Buscaré. Buscaré libremente. La ciudad es grande. También iré a esos lugares muy paquetes, llenos de petiteros que se quieren lucir con su nueva mujer o su nuevo auto, que es lo mismo. Allí iré muy bien vestido, con pantalón bombilla y camisa de cuello grande y duro. Saco obligatorio, la campera solo en el campo. ¡Qué lindo el anonimato! Sin temor a provocar burlas ni chistes fuera de lugar. Repito: ¡qué lindo el anonimato! Y buscaré también entre esas damas estiradas, con los labios pintados en forma de corazón, que incitan a ser despintados de un beso, con miradas invitadoras y cara de inocentes practicadas ante el espejo. Y buscaré hasta que alguna, aburrida de esos maridos que solo ven en ella la imagen de una compañera, me dé algo de esperanza. Esperanza de una buena noche, o tarde, o mañana. Para el amor no hay horario. No puedo perder de vista que la patrona queda acá. Pero la esposa es otra cosa. Ella debe estar en casa, con todo limpio, ordenado, esperándome y cumpliendo con sus deberes cada vez que lo pida. Nada de mañas ni de quejas. Es su obligación. Amigas, pocas. Y que vengan a casa. Eso ayuda al orden, para lucirse. Y ni quejarse de algún que otro problemita que hayamos tenido. La ropa sucia de lava en casa. Pienso en los bailes y me viene la prisa: tengo ganas de divertirme y de algún cambio de hembra para poder comparar, aunque sé que siempre pierde la patrona. Para eso es la mujer del hogar. Cuanto menos sepa, mejor. Y todo lo que sabe se lo he enseñado. Así que, macho, a no 38


quejarse. Me gusta mi vida de constante mentira. Triste cuando me miran. Bueno, callado, siempre ausente. Pero en casa mando yo, y en la Capi la parranda es mĂ­a. Ya quiero ir. Y allĂ­ ÂĄMortal la vida del funebrero, perdonando la discordancia!

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Noche de farra Ya estoy listo. Negocios concluidos. Como supuse, me atendieron bien. Buena gente los carpinteros. Siempre hay chistes. Fúnebres, obvio. Las preguntas clásicas: ¿no se quejan los clientes?, ¿les resulta cómodo?, ¿seguís poniendo clavos para que no se caigan las pelucas?, ¿les seguís poniendo bolsillos para pinturas y perfumes? Y otras para no contar, que se repiten hasta el cansancio. Pero si no nos reímos ¿cómo sobrellevamos esta profesión? Esto es como el trabajo del sastre, que en cada confección piensa cómo será su propio traje; salvando las distancias, digo. Yo siempre pienso cómo será mi cajón y quién me enterrará. ¿Será mi hijo? Espero que sí, eso aseguraría la continuidad del negocio. Pero bueno, ya está. A cambiarme, ponerme pituco y partir para el Bajo. Me aseo cuidadosamente. Afeitada y recorte de pelusa en la barbería del barrio de la que ya soy cliente, después de tantos viajes. Ropa planchada por la mucama del hotel, gracias a una buena propina. Lustradita de zapatos en la bajada del subte. Todo pensado. Noche de farra. Me relaciono mejor con toda esta gente que con la de mi pueblo. Siempre me preguntan por mi viaje, por mi ciudad, nunca hablamos de mi profesión. Tienen como miedo de intimidar y yo no doy pie. No soy un tipo fácil “de arriar con un palito” como dicen por allá. Me respetan y eso es bueno. Evita comentarios. Salgo a buscar compañía y la encontraré. Me gusta este juego. No soy yo. Soy el que quiero y no puedo. ¡Viva la farsa! El boliche maloliente me da la bienvenida. Desde afuera los sonidos marcan la hora. Tarde. Muy tarde. Son como las diez. Miro y no veo. Solo oigo y huelo. Deberé acostumbrar mis ojos a esta penumbra, si no terminaré abrazado a un marinero. Marinero... Bendito puerto que nos trae tanto y a tantos. En el medio de todo esto todavía se oye alguna sirena tardía de barcos por anclar. Puerto de Buenos Aires, entrada a nuestro país. Proveedor de múltiples lenguas que en alegre tristeza tratan de entenderse. Dejaré en paz mi imaginación y me centraré en lo que busco. Acompaña a la concurrencia una orquesta de señoritas, como la de allá, la que toca o finge tocar en el bar del centro, sobre el balcón de hierro forjado y piso de madera. La misma, la misma

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música y la misma mímica. Pocas cosas cambian si uno cierra los ojos. Los abro y veo. Ya me acostumbré a esta semipenumbra y alejé de mí pensamientos madurados a fuerza de historias familiares. Distingo formas y hasta parece que conozco a alguien. Una bella señorita sentada ante un vaso a medio tomar, observando con ganas de gozar y un miedo terrible. No es su primera copa. La inclinación del cuerpo lo indica. Aquí no conozco a nadie, así que es solo imaginación producida por el cansancio de los tres largos días de viaje. No conozco a nadie. No, no es ella. Sí, la conozco. Mejor dicho, la reconozco. La realidad me golpea. Me acerco a pasos tan lentos y silenciosos como los aprendidos en mi profesión. No me oye, no me ve. Es la señora, la doña, la mujer de él, la madre de los muertitos. La que se fue, la que nos preocupó. Le hablaré. ¿Me reconocerá ella? Pocas veces nos vimos, casi nunca. Ella no vino ni al velorio... Eso no importa. ¿Qué hace acá? Esa es la pregunta. Me acerco y le hablo. Sin mirarme siquiera, me dice un número, un precio. Quedo mudo: está en venta. Acepto. No me reconoció, y si me reconoce nada podrá contar. Nada podremos contar. Tengo razón: hay conocidos en todos lados, hasta en los piringundines del Bajo.

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La llegada a Buenos Aires Tanto trabajo, tanto pensar en algo que ya estaba resuelto de antemano. Sabía que tenía que ven. ¿Para qué tantas vueltas? Adivino que me acerco a Constitución por el olor, el ruido, el movimiento. La velocidad de la formación cambia, va más lenta todavía. ¿O solo será mi apuro el que la hace más lenta? No sé, pero esa es la sensación. Nadie me espera, como corresponde. Mi equipaje es muy poco, como pocos serán los días que estaré acá. Apenas cargo con una ropita extra para mis salidas programadas y ropa de trabajo para visitar a los fabricantes. ¡Menuda labor la mía! De carpintería en carpintería. Especialistas en ataúdes pero carpinteros al fin. Son gente de trabajo, ruda y cuidadosa a la vez. Nos entendemos. A ellos los veo a la mañana y luego tengo el día libre. Recorreré los lugares que hay que ver y que veo cada vez que vengo. Daré de comer a las palomas y me sacaré la foto en Plaza de Mayo, así se la muestro a la patrona a mi regreso. Miraré los balcones de la Avenida y caminaré por el Bajo. Ése es mi barrio allí, en la Capital. Viajaré en subterráneo y me animaré a un pebete de crudo y queso en alguna terminal. Y miraré, tejiendo historias sobre la gente que transita. Seré anónimo por unos días. Ellos ni sospechan de mi existencia, pero yo sí de la de ellos. Eso es una buena forma de paliar la soledad: metiéndome en la vida de otros. Y a la noche... a la noche me voy de farra a los piringundines del Bajo. A la parranda sin amigos, sin hacerme el serio, sin temer por mi clientela. Iré a esos lugares donde el alcohol se pide a gritos, el sexo en voz muy baja y la diversión, en grupo. Espero feliz y contento ese momento. A nadie encontraré que lo cuente en el pueblo. Y si encuentro a alguien también tendré para contar. ¡Qué paz, señor, qué paz! Gente de mi pueblo: muéranse tranquilos nomás, que yo ni pienso en atenderlos. 42


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Las otras Palabras Nº 53  

Literatura de la Patagonia argentino - chilena. Cuentos, poesías, fragmentos de novelas e ilustraciones de escritores y artistas plásticos...

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