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Dominar los propios ímpetus Amigos, lo que les quiero decir a continuación sólo compromete mi punto de vista y no está motivado más que por el interés personal de compartirles mis impresiones sobre un asunto que nos compete. Bien es cierto que gobernar al alma humana es algo que nos ha dado lucha a todos las personas desde siempre. No es fácil decir que uno se autogobierna. Debemos tener en cuenta que contrario a lo que generalmente queremos y buscamos, hay unas cosas llamadas las pulsiones que nos llevan a decir y hacer cosas que, en ocasiones, atentan en contra de nosotros mismos o de los demás. La sociedad, la cultura, la educación, entre otras cosas, nos han enseñado a controlar las pulsiones. Hay varios recursos ampliamente comprobados por el ser humano para hacer que el control de las pulsiones sea menos trágico y que nos permita actuar en sociedad con los contemporáneos. Nos hemos inventado los valores, la ética y otras normas que dan una guía para poder, por un lado, soportarnos a nosotros mismos y, por el otro, soportar a los demás. La vida no son pajaritos de oro y por eso si no la hacemos soportable, lejos estamos de permitir que asome a nuestra vida la felicidad. Uds. me han visto y leído. Saben que celebro la vida a diario y que ando contento desde que me le escapé a la muerte. Eso no quiere decir que por momentos me encuentre indignado o que eventualmente algo de tristeza o desesperanza me visiten. Por mis escasos 34 años han pasado orgías de infortunios como también muchos bellos momentos. Tuve un año, por ejemplo, en el que, sin tener una pareja estable, besé a una mujer y me acosté (sexo) sólo una vez. Me reservo los nombres por respeto con la intimidad de las desafortunadas. Ese año no podía ser más triste porque no es que yo quisiera dármelas de sacerdote o ingresar al mundo de los votos de castidad, jeje. Pero estaba en plena adolescencia y como una novia había decidido tomar nuevos rumbos, pensé que podría darme el lujo de tener varias parejas. No lo hice, para mi desgracia en ese momento. Digamos que que un año de verano. Es claro, algo andaba mal. No porque no consiguiera parejas sexuales, sino porque el afán por conseguirlas me lo impidió. Esto es para decirles que ese año no fue ni siquiera muy productivo en otras cosas, la verdad es que si tuve que enfocar mucha de mi energía en la lucha contra dos enfermedades que me la hacían dolorosa. En muchos momentos grité desesperado: ¿POR QUÉ A MÍ? Hace años tuve que incorporar dos cosas en mi vida para hacerla soportable. La literatura y la música. La literatura ya estaba en mi vida. Desde muy peque quise contar historias desde lo escrito. Aspiré siempre a ser publicado en el anuario del colegio donde, año a año, una selección de textos de los alumnos tenía su espacio en el anuario y siempre vi con algo de envidia como mis amigos, compañeros y compañeras, se llevaban el crédito. Nunca mis historias fueron lo políticamente correctas, ese ejemplo del buen texto infantil que es de mostrarse. Las mías tenían, todas sin excepción, un ingrediente complejo, un toque sucio, controversial, crítico, que no era precisamente lo que se esperaba. Para mí, no obstante, cada uno de esos párrafos de ingenua narrativa, eran el mejor ejercicio de mi libertad.


Porque decía allí lo que quería, sin límites, sin la prevención de ser editado. Fui ingenuo al creer que eso era suficiente. Sin embargo, persistí, año a año aspire a lo mismo. Para mí eso era tan importante como pasar el año, como quedar campeón en el torneo de inter cursos de fútbol. Llegó, finalmente el grado once y dado que hasta entonces había sido reiteradamente censurado, me postulé para el comité de anuario. Necesitaba el poder para que no fuera yo mismo quien decidiera si mi texto iba o no. Pues tuve el poder y en lugar de escribir algo muy pomposo, publiqué un mini-artículo en el que reflexionaba sobre la idea de “la unión hace la fuerza”. Hablé de cómo, con un equipo no muy experto en la técnica, ni con brillantes estrellas en su alineación, conseguimos ser campeones de un torneo de fútbol entre colegios y subcampeones del campeonato de mayores de la UNCOLI. La autoridad para hablar del tema me la daba el hecho de que, por fortuna fui yo quien se consolidó como un líder del equipo. Ser el capitán me daba la responsabilidad, en el campo de juego, de ser yo quien debía hablar con el árbitro en caso de alguna disputa o de alegar alguna decisión arbitral. Como mi temperamento era el de un tipo calmado, el DT, confió esa responsabilidad en mí, pese a no ser precisamente el mejor jugador del equipo, desde el punto de vista técnico-atlético. Amigos, en el anuario quedó publicada mi reflexión sobre como unirse es clave y tenía a mi favor argumental dos casos de éxito. Este preámbulo es para invitarlos a reflexionar sobre cómo, en serio, debemos comenzar por nosotros mismos para asumir la tarea de la colaboración conjunta o social. No está bien, a mi juicio, querer ayudar a los demás si uno mismo no hace nada por uno mismo. Suena a pseudo-tratado de libro de auto-ayuda, lo sé, pero tiene un sentido en cualquier organización o grupo de trabajo. He notado como, contrario a lo que se espera, nos hemos dejado llevar por lo que denomino, la ideología troll. Súmele a que, al parecer, conocemos muy bien las tácticas que usa el temido (aunque idiota) J. J Rendón: el rumor. El juego del teléfono roto es la mejor prueba de la vulnerabilidad de la información. ¿Cuándo han visto que al final de la cadena el mensaje llega intacto? No lo he visto nunca y pese a que se busca mantener la fidelidad a la fuente inicial y todos trabajan en un ejercicio de confianza, lo que llega a la cola no es más que una versión alterada de lo que inicialmente se dijo. Está en nuestra condición humana y no lo critico. Es más, es la base de la literatura que, como materia intelectual, se diferencia de las pretensiones de otras “ciencias”. Créanme: me encanta que suceda porque nutre la ficción. El lío es que en una organización, el problema con el manejo de lo que se dice puede ser peligroso. Por eso se deben abrir los espacios de exposición pública de todos los problemas y dificultades. Se debe decir todo de frente. Por eso me encanta twitter, porque, pese a que existen los DM, lo que se dice queda en la retina de todos los que están ahí, al menos potencialmente (obviamente esto está sujeto al acceso o al estar online cuando se dicen las cosas).


Sin embargo hay algo en lo que no debemos caer. Creo en el lugar común según el cual “la ropa sucia se lava en casa” No me parece inteligente exponer los problemas personales en el TL o time line. Las cosas que nos queramos decir nos las podemos decir de frente y mirándonos a los ojos. Hasta por mail se puede y es una alternativa muy loable porque deja además la prueba escrita de nuestros argumentos, descontentos, réplicas, etc. En el decálogo de lo que se debe hacer o no en una campaña política, que es un documento que les debo, debe quedar consignado el hecho de que lo personal se maneja de manera personal. Saquémosle la intriga a los problemas. Todos somos mayores de edad. Aunque algunos tal vez parezcamos menores emocionalmente, jeje. Otro punto que debe estar en otro decálogo de cualquier organización es no poner soluciones de conflictos personales en las manos de lo laboral. Esto quiere decir que si tengo un problema con alguna de las personas, no lo debo resolver por la vía de su cargo o de la relación con esa persona en lo laboral. Sucede que a veces no nos parece que cierta conducta en lo personal de alguien del equipo sea la deseable, pero no podemos acentuar nuestro descontento en lo laboral o buscar que el conflicto se pase a lo laboral. ¿Se imaginan cuántas empresas se irían al piso si los empleados actuaran en el trabajo de acuerdo con los reproches que tienen sobre la vida de sus jefes o viceversa? imaginen a un funcionario que no le gustara, por ejemplo, que su jefe se coma los mocos con el índice de la mano izquierda cuando juega golf en su club privado. O que el jefe se indispusiera porque sabe que el empleado en lugar de educar a sus hijos decide tomarse parte de su precario sueldo en la tienda de la esquina. ¿Qué tal que ambos dejaran de trabajar porque les parece que al otro le vendría mejor no serle infiel a sus mujeres? ¿Qué tal que el trabajo dependiera de la conducta personal de la intimidad de los trabajadores (jefes y no jefes)? Señores (entiéndase siempre seres y señoras), si tenemos algo personal con alguien del grupo de trabajo debemos decírselo en la cara. Señores, mi relación con la autoridad no es fácil. Suelo decir que me gusta no tener jefes. Porque sé que muchos jefes no lo hacen bien y encontrar un buen jefe no es nada fácil. Para mí la autoridad se da por el ejemplo. La admito cuando quien la ejerce demuestra con su propio ejemplo que merece ser líder. Por eso debemos todos nosotros ser ejemplo con las personas que nos siguen y exigirle a quienes nos dirijan que se ganen su autoridad a punta te buen ejemplo. Sé que cualquier tipo de problemas y conflictos internos presentados hasta ahora son de fácil solución si decidimos decirnos las cosas en la cara y abiertamente. Pero eso no supone hacerlo público en twitter o en facebook o con indirectas públicas.


Urge que mejoremos la comunicación interna y que, sobre todo actuemos coherentemente. Amigos, tengo muchas más cosas por decir, pero poco tiempo. Reciban todos mi abrazo y nos vemos luego. Luis Felipe Jiménez Jiménez. @Felipepoet

Dominio de ímpetus  

Una reflexión sobre la vida

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