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Limbo a mi hermana‌...

Ana Claudia DĂ­az


Intemperie

Encontinuada. Celebro mi cesar en desempe単ar asombro en la tienda de proezas. Y voy, mi voz y yo voznante. Vehemente, inclino mi caer, y lo persuado, oblicuo. Mi motivo terso, que es materia, que es puro, que se oye. Se va, se aleja, se hace lejos, se hace huir. Ilegible se refleja. Confusa, toda revuelta ya mi voz, me hago nube. Me hago vertical, gris y me deshago.


* Intemperie. La playa la marea brama gestos de un cordel con la extra単ez de quien enhebra uvas y se persuade. El refugio fugaz el arte de revolver la urdimbre desplegar la lona poblarla de capullos rojos de verde ansiedad. Salgo a recibirte la ma単ana surge en lo celeste y se alza de aves, de gaviotas anaranjadas.


* Im谩genes recogidas en el fondo de un acuario Abro mi risa como infusi贸n a las flores, pura y desmedida. Entonces me lleno de agua, floto descubro el plan del buque, sus ruedas enmolinadas. Mantengo los ojos abiertos y grandes para fotografiar las palabras celestes de leones marinos , rostros inundados que intentan decirme algo como largando vocablos por la nariz.

, O

Con el rostro verde de tristeza marina. (Jack Kerouac. En el camino)


* Es de maĂąana y guardo mi aridez en el ocĂŠano. PodrĂ­a, sin embargo, decir que me evaporo. Desvestirme entonces, convidar la lluvia y acercarme, nadando entre lo gris, hecha solo de pan. O de lana de ovejas. Encuentro en mi manta la calma para ver los ciervos atravesando la escarcha.


* ¿Quién se hamacaba en la fisura de mi luz? El aire avispado, granate fue ahí que caían perlas hechas de limón, casi amarillas. La reverberación de ese rumor me persigue desde entonces, la mera idea de topos quietos contemplando, un clamor que se confunde si hay multitud. Digo, me interesa todo lo que pueda acercarme a esa voz para quitar la incertidumbre del muestrario, barbarie que, mientras en gajos se deshace el vértigo, cae.


* La erosión la fricción continua el desgaste que descose la quietud aguarda al viento al cuerpo pardo, roído las púas frente al peligro frente al espejo ahí ella se enrolla como si estuviera hecha solo de algas refresca su resistencia como si fuera un erizo sombrío que se alivia cuando ve el esplendor el la la la la

gallo que gira en invierno veleta gloria cresta roja cinta en la lanza.


* Un vestido hecho de origami es un jardín de árboles igual que millones de hormigas simulando ser pelo negro en un camello. Así, perpetua la herida en la tierra donde posa sus pies el león. Hay que creer en lo reverso: inaugurarlo, para desmoronar el juego en las ranuras para rayar lo terso que nace de mi.


* “de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores. A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pirotécnicos.” R. Arlt a Natalia Romero

En cuál de los aguaciles esta tu voz? El viento procura no dar señas, alguien sube por la cuesta escarpada y se dirige lentamente hacia ahí te encontré viajando o en la repetición de la palabra Pero entonces, qué pasara después del eco? El libro beige sobre la mesita de luz al costado las trizas de color marrón época dorada, el gozo el junco de esteras cubriendo el suelo en nuestras habitaciones los cabellos al sol, un verano. Todo un prisma de seda. El resto los días venideros.


*

Un pañuelo naranja. Un vaso, un grabado a media tinta sobre la mesa. Un auricular que se expande sin cable. Una pollera marrón. La misma. Paralelos tus pies a mis pies: otra vez. Se trata, de lo cóncavo asemejando mi interior. Se trata, del ensanche alrededor mío, bronquial.

De los pozos interiores de la mía alma. Y desembarazadamente bracear. Inesperado el grito. Brocal, para evitar el peligro, para no caer en el. Para no caer en una guarnición, y que sea solo un ribete que refuerza O que sea solo acero protegiendo

la orilla

de mis zapatos.

el escudo en las minas, en la mía boca: órgano de la palabra. De un pozo salen, mil molduras que refuerzan, la artillería. Doblada vuelvo, como una especie de futura planta protegida. Ahora, es cuando se dispersan las semillas exceptuando a alguien, quitándole la generalidad que lo mezcla.


* Me hago muelle, en esta faja de tierra que está más inmediata, que me sucede. Agua arrimada, al amparo: ajena. Seguirme perdida. Y así mismo, disimular las rarezas que ya no causan mis alas aceitunadas, para nadar holgada, para correr las olas grandes y brillantes, para no oír el ruido que hacen cuando rozan. Crujir. En vano, la fatiga me empapa el vestido, y la lluvia se empapa en la tierra. He tratado de cruzarme aún con mis botitas impermeables, paqueta – descuidada. Empacada, puedo ser redonda, puedo ser pez. Puedo ser la única que salta oblicuamente, dejando en el medio algo, una cosa.

Dónde un caballito de totora que me lleve, por la vertiente más más verde. Dónde la espalda de la hormiga pluvial, casi blanca, para viajar. O acaso, vendrá una jauría de hipocampos a socorrerme, a terminar la escena del puente, a desarmarme. Atraviesa el tiempo de formar la madeja. Ahogue la planta y me sumergí.


* Yo decía improvisar, hacerlo de pronto, sin preparación, sin estudio alguno: derramar la incertidumbre. Que todo se convierta en desazón, en inquietud interior. Y ventilar la vacilación del ánimo durante algún tiempo. Corrí buscando eso, y me encontré de frente con la imagen de un niño enfadado. La ambigüedad de su silencio me despistó. Y todo, se volvió una ocasión para deliberar acerca de la culpabilidad o la razón, y sentenciar la infancia. La expedicionaria frescura desatada. Reducir. Con mis rumores revueltos escandalicé cualquier tipo de certeza posible. Y hasta vi venir por el aire, dando vueltas, una crisálida de estigmas de hebras.

Quizás, porque de chiquita criaba gusanos de seda y los alimentaba con moras o frutos rojos. Tu mudez imperativa, singular, solidifica los hilos finísimos de nuestro desorden. Yo trato de imitarte volar o haciendo giros rápidos en poco espacio. Y revuelo tu alrededor o lo revuelvo. Sembrando intriga, descapullando, me descascaro dormida. Capaz que es eso, revolear la envoltura que ya nos ha llenado de moscas. Sedar. Marcharse. O mover la silla al lado. Revolver la llegada. Revolucionar. Deshacer. Suspender el comentario en el glosario. Desintegrarlo.


Intervalo


III. *

I. Exaspera el miedo las telas inverosímiles de neoprene y me diluyo en agua, en vinagre en minúsculos reflejos de arcilla y al siguiente instante inalienablemente se revela el humo que engendra la calle la pitanza cotidiana la arveja verde a ras del suelo por cabeza. II. Miro pasar los brazos encendidos pura sangre.

En el patio un carozo usurpando el plato: vitrificado en riesgo amarillo el episodio de un perro gigante apresurado se multiplica estragos y raíces.

IV.

Casi rumiante el aposento me pica no son más que pulguitas lejos, ellos no ocupan como granitos, me rozan inmune el cráneo.

V. Sí me sumerjo y soplo el pelo rojizo, pardo esbelto.


VI.

Para enmendar al ciclope nervioso que se asoma debo zurcir coser la rotura hasta que resulte disimulada.

IX.

Donde hay una tan huyendo se puede temblar se debe.

X.

VII.

Con la frente arrugada, morder las pirañas la plaga la curiosidad que enpinza las olas manchadas pegajosas algas

Así como un antílope puede correr en la dirección más ventajosa saltar: desprenderse. VIII. Después supe, que amedrentar el invierno no es bueno hablé de ahora que es cuando otro hablar es hablar solo.

osuna desigualdad que puebla. XI.

Te presto la duda persistente confusión que envuelve cabras y las pone a comer naranjas.


Estación lluviosa

La duda salvaje y su percepción emocional acerca del esparcimiento de la realidad ambigua. Apagar la secuencia onírica, y deshacernos de las absurdas vestimentas, del comportamiento por encima de una razón que pretende ser, la ansiedad de los rinocerontes. Decepcionante o inherente resignación. Avalar el incoherente, el disparate, el ridículo para retrotraer el simplismo de una polaroid.


* Estación lluviosa. Ahí vos, bajo el diluvio abatido y la lógica. Interoceánico, todo, todo celeste. Y eso, y yo lo prefería incluso, cuando era lo del puesto de diarios a la madrugada. Mejor, si se parecía al color de la esmeralda. O al verde botella, que es como si fuera seda de vitró. Para poder camuflarme en el esperantismo absoluto. O en el festejo de la vendimia. O capaz, al naranja. Pero vino así, con el rostro lleno de mucha redondez, negando en vaivén, mareado. Y yo no pude decir nada. No pude decir yo quiero hacer eso, quiero titilar de colores por la alfombra, parpadeando y continuarme continuada en una curva, como un arco acristalado hecho solo con la intuición de los pies. Batallas con ocas, tierra. Y eso me pasa, de mucho querer poner lejos: la abreviatura. Tanto raro, tanto emparchado. Trato. O lo que da igual. Intento, poder disolver una voz en una torta de manzana invertida. Son otras. Las tristes murmuraciones de una silla. Claro, hay una puerta a cada lado de la interpretación. Y mientras sea así, yo puedo mezclar todo. Puedo mezclar: la alfombra, el macramé, lo rojo, lo editado, la pulpa, el fervor, lo voraz, la almohada, lo feroz. Todo en una bocanada.


* Entonces, ahí estaba yo, en tu ruta de la seda. Corroída, aspirando a ser también, la orladora en la orilla de tus pies. Miren, allí. Sentada bajo tus alas recortadas. Detalle del designio. Pueden verse aún las costuras amarillas, hilvanadas. Y ahora, ahora podemos hablar todo el tiempo. Todas las veces. Siempre. Y sí, me acuerdo del frágil tropismo por estímulo del humo. De vocecitas en frontones vulnerables. Del eco. Incluso, la ceremonia accidental por bucear por el mundo sin escamas. Cerca. La oclusión de tu boca por no ahogarse, en las aguas de un barro somnoliento. La mueca rasga. Sigo, porque ahora hay otras cosas. Nos hemos poblado de helechos motas, de colectividades tornasoladas o que fingen brillar, pseudo avispas gigantes con alas de papel glasé. Nada. Mi piedra es la hortensia color coral. Mi conversación, un rumor vestido que se funde en la coartada y tiembla. Grave signo. Señal. Indicio de tu diálogo. Describo: para ser yo, para desocultar la gracilidad del roce y desatar las harapientas cintas de tus rastros. Rasgos virando tu desviste. Para mirar los yuyos extendidos. Entonces, será de mediodía. Todo, también estará orlado y haremos giros y giros antes de derrapar. Trompos como moluscos revestidos en plata. En el almacén de otredades, una telaraña nos devolverá la belleza. Sin pánico, la aceptaremos. Y al tomar mate cocido, encenderemos la hora para recuperar el aliento. Limpio el mosquitero. Ahí viene otra torrente. Otrora. Vuelve.


* “yo del vos” Un perfil sombreado: aquello. O somos casas. O somos una estampita en la solapa de algún piloto. Bello pero precario. Quien pudiera disponer de la fuga extraviada, que extraño: ríspida. Para llevarla a girar en la rueda donde se posa, mi yo del vos. Ovillado. Excedido. Mudo. Se pierde arracimado y queda a solas, en la comarca de ornamentos. Quizás, lo encuentre luego: trémulo, como gastado. Inercia tardía en el vértice entre mi llovizna y el durazno. Delimitado rodará aún inerte. Como obsecuente, mi yo, aturdido y en desorden se hamaca: trovador ondular y ausente de tu vos, invisible anhelo. Nadie, nadie puede resistir el hastío, del ladrido del viento producido por un búmeran. Eso es, repetir una y otra vez, desarticular el pasto hasta desteñir. Faltan imágenes que podrían ser dobles devastadoras. Monedas. Rehago el café. Rehace el contorno animal de su vos. Integral y agregado. Total. Somos dos pájaros de yeso esperando que alguien diga, la vigésima octava letra. Vocal. Sabes, en vez de eso digo, prefiero la pálida velocidad de los molinos, que cortan el aire en bloque. Para evitar que derrame. El sol en mis brazos. Allá: nuestra mitad. Nuestra remota y fraccionaria habitación. Los arboles improbables de nuestro florero. Ya no detengas el sur con tus manos, extravagante. Mi yo está entero. Se debe al tercio inmóvil de tu vos, recóndito.


* Desrostrar mi ira, abolir su integridad. Derogar. Detener la arruga en mi vestido. Y en bilingüe explicar, que anoche fue detectado un sismo, donde está el cortinado. Que no vino nadie provisto para incursionar, para deparar en la trillada deducción que alaba el gesto de quien la trama. Y yo: implosiva, debí atravesar la urdimbre, el enredo que huye inherente y sin desenredarse mendiga el significado. Debí deambular, para socorrer una colecta de indigentes. Una encomienda meticulosa, y vestirme, porque no podía faltar y ser predecible. O consumir mi ausencia en un estanque, y llenarlo con un vertedor de vegetales para taparla. Varios, varios rastros de vigilia quedaron de eso. Miseria en cubos, como si fueran cuerpos angustiados. Rasgos, contorneo: Convulsiono, para rotar el naufragio.


* Otro tipo de estampación, de la manera violeta. Bruñida: uniforme. No por temor a que desaparezca, sino porque le gusta el balanceo del tedio que provoca. Semicircular. Incisiones: si se sienta de forma diagonal, el resultado puede ser transferirse dibujado. Alojar la matriz en un papel. O trazar en el lino del mantel un negativo. Ordinariamente blanco. Ártico: invertidos los claros y oscuros, convencional. Lejos y analítica, lidio con la cima aplanada. Limbo, donde se muere sin la razón. Lo alcanza el momento más mediocre, cual preferiría que fuera irreducible. Habilidoso maquetista, sabe que si no hay rojo solo podrá conseguir tonos verdes. Sodio. Una ampliación de un revelado de higos, y nada más. Evita persuadir, sublevar la protesta. ¿Quién manda un buque para tener a salvo todo en casos fortuitos? ¿por casualidad, viste el mío? O quedo absuelta. Y pienso en resumir o recapitularlo todo.


* A una playa de río le es igual un bote balanceándose en un horizonte de aguas desérticas o el brillo del nácar derramado sobre la costa gris. El faro verde de nuestra imaginación. a mis padres

Del otro lado de la orilla, nosotros. En las plazas circundantes de la desolación. Embebiendo el misterio que recubre nuestras manchas con plumas doradas de papel glasé. Cuatro plumerillos en el medio del camino, cuatro espigas arraigadas a una misma medula. Eje inflorescente de la flor. Azul, llovido el cielo descubierto, empapado cae como por un embudo. Aparente hacia su mar ya sin olas, es un espiral quieto que resiste el remoto suceder, el signo visible de nuestro encuentro, el efecto interior que existe desde hace tanto. Lejos del destino habitante de la tierra por donde pasamos. Como gajos nos desprendemos del suelo rústico para barrer las ramas secas que enredan nuestras raíces. La arena húmeda. La niebla. Finalmente, cuando el sol se vuelve fucsia sobre el río, distinguir la pequeña luz del pino azul a la distancia. Capaz que es eso, una pared coral en el camino empedrado como señal de nostalgia frente a un abismo. Un vestigio emplazado contra los efectos posteriores de la radiación producida. Un hueco en la muralla. Una curva. Un paraje de fuego rectangular: el antiguo peldaño escondido en el musgo, las manos que persiguen su aroma.


* Intimido en el interior arruinado, mi lado enclenque. Tu costado. Los nervios gélidos de nuestro desequilibrio. La parálisis que corrompe al estornudo. Es eso, o abandonar. Desamparar la escena naranja: soltarla: saltar. Así y todo, pienso en dar franqueza al arrebato. Esclarecerlo. Yo robé, las osamentas del diluvio de los montes. Mientras los hombres estaban sueltos, buscándome. Para después poder taparlo todo con arcilla. Huecos de algo. Y ahora, rodeada de gestos que se visten de dorado, tu frente: arco inundado del abismo. Mueca de tiempo. Podría escaparme, ir a Siria. O agobiar el insensato, y espantarme hasta padecer amnesia. Hasta integrarme solo de plomo, el alma. Paulatinamente, surge. Diminuto y despreciado, el eco que da retorno, que retrocede y se resuelve oblicuo en el achatamiento. Arma arrojadiza. Agitada armonía: desesperación. Como expiación, la aceleración neuronal engañosa. Otra vez, es eso o el desértico amargo de insinuar el mismo portal. El vuelo enorme. El olor constelado. El bordado sublime en la cortina de arabescos. Yo, degradada, rodeada de mariposas blancas bermellón me adhiero a vos. Molestado dispones el momento de la vieja languidez, de donde provenimos. El impío oculto que se esconde tras la piel.


* Era eso nomas, la exasperación: la exageración de lo alado: irradiar hasta irritar. Y creo, que eso solo se consigue con dificultad. Maniquea. Y yo tiendo a interpretar la realidad, desde el otro lado de la dicotomía. Desde la parte de la valoración bifurcada de una sola rama: del brazo pértigo del río articulado. Si me separo de eso, camino independientemente, hasta reunirme de nuevo con mi cauce interior, hasta desembocar en el mar. Mi tradición secular, se expande y se repite, agraviada con las palabras, que insisten en girar sin punto fijo.


* Todo ese tiempo. La senda por la que quise caminar. La tierra hollada. La importunidad de ser. La verdad que persigue a quien va huyendo con la frecuencia de la emisora mĂĄs antigua. Padecer procurando. Un suceder de repetidas veces. De voces diligentes. Una cinta de seda, que ahora, transcurre frente a mĂ­ y me muestra.


* Para empezar, no quiero ubicar el verano en un solo color, para que no se vuelva todo índigo. Encapotado. Ahora hablo de él, como un ancla. Casi circular. Escabrosa, esa es la condición, el punto donde se rompe gloriosamente: el molinete, la rueda: el gemido: el vértigo. Desatado. Hablo de que hago ríos de gestos. Y no sé, cuál es el mismo ahora. Por otro lado, la casa es cómoda. Chata y redonda: ostral. Y entiendo que, poco falta para que de flores de cinc, se cubra la vereda.


* Tan callando. Y ya. Descolocado habilita al fastidio. Pensando en un ramillete de asientos vacíos para divagar. En alpargatas perfumado y sin rumbo. De fondo, el humo arroja su cara frustrada en cubos de ceniza. Queda gris, es una arena clara. Todo lívido, inmensamente bello. El desayuno en el tren, es un paquete disperso de un siglo raro. Pero él es fuego, es como un tigre empedernido con los ojos hacia el norte. Es solamente noche anaranjada. Él no corre a la caja de bombas y por algún estorbo se toma el remedio. Eso no le pasa. Solo descansa en un surco, expulsado por el bosque y ya. Rasga el cartel para intentar descubrir lo otro, el letrero más llano, lo tapado. No importa, se deshace en un vuelo de rayo. Ciega. Se extingue y se rapta al relámpago. Ignorado, despojos. Se convierte en un cauce, una emulsión cristalina, para no cubrir el color del polvo.


* Llegó, lo había ajado todo por esa usura que me especula desde hace tanto, mustia. Y así fue que, no pude responder. No sé, creo, que las liebres envejecen después de una carrera, como forma de estropear el intento o el desarraigo. Cuando era tímida, descansaba en camas que muda la velocidad, de tinte rojizo, rojo. Y refregaba con fuerza el propio estropajo sobre los muebles usados. Minuciosamente. Ronde la astucia y supe separar los hongos sobre la tierra hollada. Amancillar hasta la mitad todo. Ser mediana. Incluso, desaliñar hasta desflorar. Para después, retomar el riel, el camino. Mirar para atrás y decir: “varios vagones descarrilaron en la curva por exceso de velocidad”. Y ya. Mudada: ahora es una espora que se separa de la planta y vuela.


* El suelo todo de cal. Lo piso, camino como palpando el riesgo. Como si intuyera el olvido, o un rumor de peces sueltos camuflándose en la vereda, asomándose, esperando el ansia. Si me sintiera expuesta manteniendo la mera intención de distinguir a quien deambula: allá, encontraría que ahí, también estoy yo, animándome o ajena, hundiéndome. Ya, peyorativa, connoto una intuición y la desvío mansa, a mi corteza, a la fusión con las rutas del sonido. Como ecuación, renuncio a la fatiga, a la caída oblicua de mis argumentos, traslúcidos: no parecen ser más que hilos incandescentes sosteniéndose en el interior de una lámpara. De pronto, tenue, vislumbro mi nuca hollada de tanto agacharme a ver crecer el brote pirotécnico: un parpadeo pleno antes del mareo que implica continuar, y descubrir que aquella imagen que da sosiego a la visual no es más que las antenas blancas de los ciempiés convulsionando las ramas desmelenadas, poblándolas de la sensación que da la miel cuando se desvanece. Frente a mis ojos. La involuntaria agitación trastorna el hueco en la decoración verdosa. Hay esto, y hay un abundante surgimiento rabioso, para destemplarlo todo, con la fuerza que emerge. Entonces, desacoplada, me convierto en instrumento para desacotar la petulancia que me transforma en algo así como un mármol, o al menos en pretenciosos desprendimientos de un molar transparente de piedras que envuelven mi tejado, mi fachada terrosa, vana. Sí, quisiera yo que la concavidad se difunda en hormigueo, y en el camino se asemeje al interior de mi miseria que es euforia en la raza agigantada. O que logre hacerme encallar, para tener que devolverlo todo: los restos de cal, lo que se arrastra en el suelo abatido, el absoluto: remota interpretación, insípida de quien busca un imperio pero le basta saber que no va a encontrarlo, hasta tropezar primero con los restos de un acantilado: hasta hermosear al abismo.


Ana Claudia Díaz Limbo anaclaudiadiaz.blogspot.com Diseño de tapa: Jorgelina Alcántara Braidot (intervención de Le prêtre marié de René Magriette) jorgelinaalcantarabraidot.blogspot.com pájarosló editora

buenos aires, diciembre, 2010 pajaroslocos.blogspot.com

Gracias a Jor, Cele y Nati y más que gracias a Rom. Por todas ellas mi limbo nace y crece.

LIMBO  

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