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Editorial * Y seguimos hablando, ahora en el año 3 de esta revista, ahora con el número 8 dedicado a uno de los estados más bellos de nuestro país: Chiapas. Y más que hablando venimos escribiendo y dando cauce a la escritura de aquellos (los que podemos) que han hecho propia la motivación de decir: esta boca es mía, y han tenido confianza en este medio alternativo, y han hecho propia esta revista, dedicándole tiempo y esfuerzo robados a sus tareas cotidianas. Sabemos que, incluso, hay quienes acostumbrados a echar toda la carne al asador, le han dedicado un poco o mucho de su corazón. Y así también nosotros, atentos a esos esfuerzos, nos empeñamos en seguir dando tinta a este proyecto que poco a poco se ha vuelto nuestra realidad cotidiana: El Faro. Reforzamos aquí y ahora el compromiso adquirido desde el primer momento de aquel primer número de esta revista: ser voz de muchos, e insistimos en la invitación a todos nuestros lectores para participar de este medio de comunicación y hacer propia la palabra, una palabra digna que construya, que busque, que luche, que informe; siempre con dignidad; siempre con respeto; siempre siendo justa; siempre siendo libre. Y decimos también que, con esta invitación, somos conscientes de la responsabilidad adquirida, y que luchamos día a día por ser merecedores de la palabra empeñada por quienes colaboran con este proyecto. ¡Larga vida a la palabra digna, larga vida a El Faro ! ** Acercándonos por los caminos del sureste mexicano, llegamos a un lugar lleno de encantos y misterios: Chiapas. Aquí, la impronta es el agua, el elemento que lava, que disuelve las impurezas, que renueva, que da vida. Por tanto, aquí, la impronta es la vida. Por ello, se antoja natural abrir las puertas de esta revista con un elemento legendario que se ha vuelto símbolo del estado, un anciano que, con sus 12 millones de años de vida, ha sido origen y respaldo de la vida chiapaneca: el Cañón del Sumidero. Cuenta la leyenda que en el siglo XVI, los indios chiapanecos decidieron arrojarse con todo y su familia al Cañón del Sumidero, para evitar su captura en manos de los conquistadores, con quienes habìan mantenido ferreas batallas. Las mujeres chiapanecas, para cumplir lo acordado, empujaron primero a sus hijos mayores y abrazaron después a los lactantes para lanzarse con ellos. Al respecto, cabe recordar las palabras del historiador Flavio Guillén en su Historia desconocida: Revista

Por este heroísmo sublime e insuperable, en real cédula se acordó que el escudo de la provincia chiapense consistiera en un broquel rematado por la regia corona y en cuyo cielo de sangrientos gules, destacaran dos peñones cortados a tajo; en la cima de uno la torre inexpugnable y en la del otro la palmera del martirio heroico; en el abismo un río azul, color heráldico de la gloria; y en lo más alto de los escarpados precipicios, dos leones símbolos del valor indígena, echándose al fondo de las aguas inmisericordes.

De tal manera, se puede ver en el Cañón del Sumidero un símbolo de resistencia indígena que evoca la unión de un pueblo ante la invasión. Unión y resistencia digna de ser recordadas y aprehendidas. Unión y resistencia que habita nuestro pasado latinoamericano, y de la que nos dieron ejemplo no sólo los chiapanecas, sino también los siboneyes, los taínos, los caribes, los siux, los apaches, los araucanos, los onas, los fueguinos, los aztecas, los mayas, los incas, los iroqueses, los guaraníes, los chibchas, y tantos pueblos indígenas más que se negaron al yugo del conquistador, y que enarbolaron su derecho a decidir su vida y su muerte. Unión y resistencia enarboladas por los legendarios rebeldes indígenas: Caonabo, Mayabanex, Guarionex, Anacaona, Mancatex, Guamá y Guaroa en Haití y Cuba; Hatuey en Puerto Rico, Caupolicán y Lautaro entre los araucanos; Nicaroguán en Nicaragua; Cuauhtémoc en México, y Atahualpa en el Perú. Unión y resistencia que hoy, a más de 500 años de la llegada de los europeos, deben enaltecer nuestra identidad latinoamericana y la diversidad de nuestro pueblos, y ser motivo e inspiración para proclamar el comienzo de una nueva historia de integración y justicia que otorgue verdadera soberanía, libertad y respeto a cada pueblo, a cada grupo y a cada individuo en esta tierra. No podemos ni debemos olvidar que estamos sometidos a formas nuevas de dominación del neocolonialismo -a veces peores que los antiguos métodos coloniales- y que estas nuevas formas persisten en el reparto desigual de las riquezas; en comprometer la soberanía nacional con el ensanchamiento de la deuda externa; en someter a la gran mayoría de los seres humanos a través de la especulación y el agio bancarios; en la arrogancia y el interés en fomentar nuestra división, la agresión y la injerencia, el des-

Revista El Faro núm 8  

Revista de temas jurídicos

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