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libro al viento

UNA CAMPAÑA DE FOMENTO A LA LECTURA CREADA POR L A SE C R E TA R Í A DE CULT UR A , RECREACIÓN Y DEPORTE Y LA SECRE TARÍA DE EDUC ACIÓN E IMPULSADA POR EL INSTITUTO DISTRITAL DE L A S ARTES–IDARTES


Alcaldía Mayor de Bogotá Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte Secretaría de Educación del Distrito Instituto Distrital de las Artes–idartes


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Los oficios del parque Crónicas

mario aguirre orlando fénix gustavo gómez martínez lillyam gonzález raúl mazo larry mejía catalina oquendo maría camila peña bernal nadia ríos verónica ochoa sánchez umberto pérez john jairo zuluaga

* Selección e introducción de Cristian Valencia


alcaldía mayor de bogotá Clara López Obregón Alcaldesa (D)

Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte Catalina Ramírez Vallejo

Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte

Yaneth Suárez Acero

Subsecretaria General y de Control Disciplinario

Adriana Hurtado Rivas

Directora de Regulación y Control

Sandra Cárdenas Acosta

Subdirectora de Control de Gestión

Bryan A. Moreno Chaparro Asesor

instituto distrital de las artes–idartes Santiago Trujillo Escobar Director General

Bertha Quintero Medina Subdirectora de Artes

Paola Caballero Daza

Gerente del Área de Literatura

Valentín Ortiz Díaz Asesor

Adriana Carreño Castillo

Coordinadora de Programas de Lectura

Javier Rojas Forero

Asesor administrativo

Secretaría de Educación del Distrito Ricardo Sánchez Ángel Secretario de Educación

Jaime Naranjo Rodríguez

Subsecretario de Calidad y Pertinencia

William René Sánchez Murillo

Director de Educación Preescolar y Básica

Sara Clemencia Hernández Jiménez

Equipo de Lectura, Escritura y Oralidad

FUNDACIÓN LETRA VIVA Liliana Moreno Martínez Directora

www.fundacionletraviva.org

Primera edición: Bogotá, enero de 2012 © Instituto Distrital de las Artes–Idartes Mario Aguirre, Orlando Fénix, Gustavo Gómez Martínez, Lillyam González, Raúl Mazo, Larry Mejía, Catalina Oquendo B., María Camila Peña Bernal, Verónica Ochoa Sánchez, Umberto Pérez, John Jairo Zuluaga www. institutodelasartes. gov. co

isbn 978-958-99935-9-0 Asesor editorial: Julio Paredes Castro Diseño gráfico: Olga Cuéllar + Camilo Umaña Impreso en Bogotá Grafismo Impresores Ltda.


contenido

gustavo gómez martínez Parque Estadio Olaya Herrera: el lugar de los elegidos

9

Catalina Oquendo B. El parque de la suerte

14

Lillyam González El Parque del Renacimiento

18

María Camila Peña Bernal La hacienda de La dicharachera

25

Umberto Pérez El Parque de los Hippies

30

verónica Ochoa Sánchez Corazón de perro

36

Raúl Mazo Timiza, territorio de grandes aguas

41

Nadia Ríos Memorias de una ciudad

46

John Jairo Zuluaga Parque humedal Santa María del Lago

51

Mario Aguirre Tercer Milenio: un parque bajo la tierra

56

Orlando Fénix El Danubio en los ojos

63

Larry Mejía Mi morada al sur

66

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prólogo

Todos los habitantes de Bogotá sufrimos de lo mismo: un poco de amnesia porque nos tumbaron de pronto los recuerdos. De aquella casita que recordamos en la infancia, por ejemplo, no queda ni la sombra porque hoy será un gran edificio; y esa calle sencilla donde aprendimos a montar en bicicleta, desapareció bajo una maraña de puentes; y ni hablar de la panadería de la esquina con su olor a pan fresco en la mañana, porque exactamente ahí construyeron un enorme centro comercial. Es difícil conservar la memoria en esta ciudad porque todo nuestro imaginario espacial ha sido demolido para dar paso a cosas nuevas. Entiendo la sorpresa de la gente que luego de diez años se declara perdida. Mañana el pequeño aeropuerto que nos acompañó durante tanto tiempo habrá quedado en el olvido, como en el olvido quedó el viejo aeropuerto de Techo. De los únicos espacios que nos podemos encariñar sin temor a perderlos, son los parques de la ciudad. Cada vez son más sagrados y necesarios, tanto para la administración pública como para los ciudadanos. Pueden ustedes amar para siempre los parques sin temor a que mueran súbitamente en un arrebato de planeación urbanístico. Por eso la importancia de este ejercicio de memoria tan del alma: Los oficios del parque es una declaración de amor hacia esos eternos compañeros que jamás nos abandonarán. Cada una de las doce crónicas que componen este volumen está narrada con el corazón. Quienes las escribieron han crecido, han amado, han odiado, han sido felices en esos parques. Vale decir que todos alguna vez fueron alumnos del Taller de Crónica Ciudad de Bogotá, y que la misma ciudad les entregó las herramientas para poder contarla. Reciban este libro nuevo Libro al viento como una ofrenda –que lo es– a los parques públicos. Únicos lugares donde podremos anclar nuestra memoria para siempre.

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cristian valencia


g u s tavo g ó m e z m a rt í n e z

Parque Estadio Olaya Herrera: el lugar de los elegidos (…) Alineados en el círculo central, los elegidos saludan a su gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del fútbol. Son los nuestros. Los once de la tribu.

juan villoro

Es diciembre y usted no saldrá de la ciudad. Se muere del ­aburrimiento porque mientras usted se queda trabajando sus amigos viajan. Es diciembre y la situación está difícil: usted anda sin plata. Nada de eso es excusa para dejar de conocer el templo del fútbol bogotano y disfrutar de uno de los eventos culturales más importantes de la ciudad: El Torneo Amistad del Sur, más conocido como el hexagonal del Olaya. Cada año, entre diciembre y enero, el Parque Estadio Olaya Herrera recibe a los seis equipos que juegan este torneo de todos contra todos. El que consigue la mayor cantidad de puntos se proclama campeón, y el de menor puntaje es condenado a no jugar el siguiente torneo: “se va a descansar”, dicen los organizadores. No es costoso ni complicado disfrutar de este evento decembrino: 9   


pasajes ida y vuelta en Transmilenio, destino: Estación Olaya. Y si bien el fútbol es el que nos convoca, sería una torpeza, qué digo, un sacrilegio, no disfrutar de las delicias que nos ofrece el camino al Estadio justo frente a la estación de Transmilenio: lechona y picada, salpicón o ‘raspao’, y helados de tantos sabores ya en el sitio. Que no se diga que no hay almuerzo y postre. Nadie se siente solo cuando llega. Aunque oficialmente el ‘Olaya’ tiene capacidad para 2500 personas, a un partido han llegado a asistir más de 6000, sin otra intención que deleitarse con este espectáculo futbolero que le gana en modestia y emoción a cualquiera. Sin empujones, sin requisas ultrajantes, sin bandas de cuchilleros que falsamente se visten de hinchas. Puro fútbol para contemplar. No hay que sentirse tímido. Se permite preguntar, chismosear, hacer barra. Seguramente el señor que está sentado al lado le contará que el torneo se empezó a jugar en 1959, que sus creadores, Genaro Díaz y Rafael Morales, delinearon un solar de tierra con las medidas reglamentarias; que el césped fue puesto sólo hasta 1980; que este estadio en el que usted está parado fue remodelado y adecuado para la ocasión en 2007. Y la anciana de atrás querrá intervenir para contarle que los primeros futbolistas que se vieron en estos potreros eran zapateros del sector que se daban licencia los lunes para emular a sus ídolos de los equipos bogotanos (de ahí el ‘lunes de zapatero’). Otra voz, ya imprecisa de tantas que hablan, le comentará que estuvo en 1972 cuando el equipo Fotorres contrató para el torneo a un representante de la antigua Yugoslavia, figura del mundial del 62, símbolo del Red Star de Belgrado, ex jugador de Santa Fe y Millonarios: Dragoslav Šekularac. Y, definitivamente, alguien dirá con orgullo barrial que según la FIFA este es el torneo de fútbol amateur más antiguo del planeta, carajo. El Olaya es un estadio en el que se permite soñar, así no tenga la opulencia del teatro de los sueños: el Old Trafford del Manchester United. Los jovencitos que se prepararon todo el año para jugarlo, disputando ligas locales, entrenando por las tardes para poder ser convocados por uno de los equipos, esperan dar el paso a la Liga Profesional de Fútbol Colombiano, y, por qué no, llegar al     10 


fútbol internacional. Como lo hizo Fabián Vargas, hijo del barrio Policarpa y de una de las escuelas de fútbol que juega este torneo (Maracaneiros). Sería mentira decir que sólo diciembre y enero son los meses futboleros. Todos los días del año se le rinde tributo a la gambeta. El Club Deportivo Olaya Herrera, fundado en 1935, entrena muchachas y muchachos entre los 7 y 16 años todas las tardes. Algunos lo hacen como un pasatiempo provisional, otros esperan marcar diferencia para que algún equipo de la liga de Bogotá los fiche y, quién sabe, hacer parte de la Selección de la ciudad. Es común ver en cualquier día del año, digamos un martes en septiembre, a varios hombres que pasan sus tardes de ocio observando la cancha, dando vueltas para ver los partidos improvisados de microfútbol, imaginando al guajiro de siete años, potente pateador de balones, en un estadio internacional fusilando porterías. Algo que usted también podría hacer si no fuera diciembre: ir, comer lechona, tomar salpicón, saborear un helado o endulzarse con un raspao mientras observa sorprendido que estos jóvenes que entrenan cada tarde prefieren la disciplina deportiva al sedentarismo de las redes virtuales. La leyenda del jugador de barriada que se convirtió en el mejor del mundo alienta a los muchachitos de rodillas raspadas a venir en las tardes, e imaginar que la cancha del Olaya se transforma por un momento en un San Siro (el estadio donde juegan los dos equipos de la ciudad de Milán); como aquel niño de once años que viaja todas las tardes desde el barrio 20 de julio y sueña ir al A.C. Milan a jugar la Serie A de Italia, mientras su mamá sonríe. Porque, coinciden los vecinos, el Olaya permite que los niños sueñen y, así suene a lugar común, los aleja de los vicios y la delincuencia. Sólo los puñetazos certeros son capaces de desviar la atención que tiene el deporte rey: en el parque funciona el Gimnasio del Sur, espacio exclusivo para entrenar boxeo. Sin embargo, rey es rey, y es difícil destronarlo: a diferencia de otros deportes que acentúan las desigualdades, en el fútbol cualquier enano escuálido puede ser Messi. Mientras los jóvenes entrenan, la cancha se prepara. Si no es para 11   


el hexagonal, no se usa. Una vez termina el torneo, la urgencia es hacerle mantenimiento al césped. Regarlo, cambiarlo, esperar que la grama se asiente. Y aquel que ose a usarla para fines no competitivos será desterrado: es la misión de los celadores del parque vigilar que nadie entre, a no ser que sea un diciembre o enero de cualquier año. Pero es diciembre y el campo de juego está ocupado. La fiesta no es sólo por Navidad. El Torneo, nacido en medio de la euforia de la época dorada del fútbol bogotano, está haciendo rodar el balón. Cada equipo que juega cada fin de semana llega con sus once elegidos: veteranos del fútbol profesional colombiano (como Bonner Mosquera), y aquellos que esperan ser nuevas estrellas, como lo fueron Camilo Vargas, el arquero de Santa Fe, y el siempre querido por la hinchada millonaria, Rafael Robayo. La escogencia de esos veintidós que saltaron a la cancha no es improvisación: hubo convocatoria y hubo pretemporada en octubre y noviembre. Aquel moreno que marca con insistencia al delantero del equipo contrario fue escogido entre otros tantos que también se prepararon pero fueron descartados por falta de talento. Mientras intenta arrebatar un balón es consciente de la oportunidad que tiene en sus pies. Alexis García observa desde el banco, concentrado, los movimientos de las nuevas figuras de este equipo de Equidad Seguros que se juega la final contra el Centenario. Todos vibran viendo a esos veintidós fantaseando futuros promisorios para los que juegan. Comentan lo bien que lucen esos veteranos, como Ricardo ‘El Gato’ Pérez, quien se roba la atención de los medios de comunicación. Y usted está en el epicentro de este temblor del sur de Bogotá. No sólo hay espectadores de la localidad anfitriona, Rafael Uribe Uribe; el niño que está a su lado probablemente llegó desde Bosa, o desde Usme, o desde algún barrio de Ciudad Bolívar. Incluso, es tal el movimiento, que las busetas que pasan cerca del parque, por la carrera 24 disminuyen voluntariamente la marcha cuando ven la multitud que hierve. Pasan los partidos y la emoción crece. Si por casualidad dos equipos quedan empatados en puntos se jugará un partido para definir     12 


al campeón. Tal vez se pueda revivir una final de infarto como la del enero de 2011, cuando el Gato Pérez anotó el gol del triunfo de su equipo Centenario contra la Equidad. Claro que para infartos nada mejor que el clásico interbarrial, que seguramente ningún vecino se pierde debido a su dimensión histórica: Centenario–Olaya. Porque el parque, aunque lleva el nombre de este último, queda justo en los límites de los dos barrios. La calma al barrio Olaya volverá cuando el torneo se haya terminado. Cuando la vuelta olímpica se dé por este teatro de sueños. Trofeos para los campeones. Pesares para el último. Felicitaciones para los destacados. Mientras tanto usted puede ir a comprar otro salpicón y volver a su casa, aun sintiendo el temblor en sus pies, y congraciado por haber visto tal muestra de fútbol que algunos siguen llamando ‘amateur’. Los siguientes días, post–hexagonal, son para los preparativos casi religiosos: la cancha se cierra para el mantenimiento cuidadoso. Los que no pudieron disputar el torneo vuelven a mentalizarse: tal vez el otro año sea el de la revancha. Los niños que lo vieron todo desde la grada se imaginan a sí mismos en el círculo central, saludando al público. Y así, ya va corriendo enero, pero el fútbol no se ha detenido.

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C ata l i n a O q u e n d o B .

El parque de la suerte

En los confines del noroccidente de Bogotá, entre árboles de los que aún cuelgan cometas como recuerdos de los vientos de agosto, allá, muy al final del parque de La Florida hay un señor que dice haber ganado la lotería. O bueno, sólo un pedazo. Pero él está seguro de que la suerte le llegó en forma de palo de golf. Jorge Cristancho tiene un lapicero en la oreja, una cerveza en la mano y viste con la elegancia del hombre sencillo de la sabana: camisa roja, saco de cuello en V y pantalón de drill. Saluda con sus manos grandes y callosas de trabajador y revela unos pómulos color rosado bogotano, de ese sol tímido y supuestamente inofensivo pero que deja huella con los años. Detrás de un mostrador de tienda, habla de caddies, campos, palos, bolas, mientras esculca entre estantes de papas, dulces y cervezas algo que me demuestre su suerte desde que llegó a ese terreno. Cristancho saca un trofeo, en realidad una placa de madera y un material brillante, en el que se adivina la figura de un golfista sin brazos. Lo limpia con un trapo rojo de la tienda y me lo enseña, cuidadoso, como si me estuviera entregando el boleto de su lotería: “Torneo de Semana Santa. Primera Categoría, Segundo Neto. Bogotá, marzo de 2008. Wendy Lorena Cristancho”. –Quién iba a pensar que mi hija me iba a salir golfista, si ese es un deporte para gente de plata. Mi gran suerte ha sido tener esta tienda aquí, frente al Club de Golf popular, de La Florida –me dice.     14 


Hago cuentas rápidas. Una bola de golf vale 2500 pesos y se necesitan mínimo cuatro; los zapatos 60 dólares, sí, en moneda extranjera porque dicen que es un deporte elegante; equipo y palos, 250 dólares; el caddie, 20 dólares por hora; y si el cálculo no me falla, Cristancho debe hacerse menos del salario mínimo en su tienda, ese sí en pesos colombianos. No entiendo su suerte. Cristancho llegó hace veintidós años, mucho tiempo después de que un potrero del parque La Florida se convirtiera en el primer club de golf popular de la ciudad hace cuarenta años y vive orgulloso de que a este lugar puedan entrar el rico y el pobre; y que por eso golfistas profesionales como Jesús ‘Estrellita’ Amaya o Lina Guillón, aprendieran jugando con varillas. De niña, su hija Wendy Lorena, pasaba el tiempo viendo a los jugadores, que parquean sus carros tras la tienda familiar, o acompañaba a su padre a venderles comida o cervezas. A los once años, de tanto ir y escuchar de greens, roughs, drives o tees, mostró interés y talento y Cristancho se sacó un lapicero de la cabeza, hizo cuentas y decidió bendecir lo que él llama su estrella. Cristancho no lo sabe, pero toda esa tierra donde está hoy fue en sus comienzos un terreno de la Lotería de Bogotá, así que tal vez sí sea un parque de la suerte. Aunque a decir verdad se parece más a un sitio para la nostalgia de los bogotanos. Al menos de algunos, porque es tan lejos de la ciudad, es tan “extra urbano”, como lo presentan oficialmente, que seguramente muchos de quienes no vivan en la salida a Cota o a Engativá jamás hayan pisado ni vayan a pisar una sola de sus 260 hectáreas. Nostalgia de la pista de aeromodelismo que tenía y donde los niños jugaban a subir a los árboles para bajar sus avioncitos atascados; de la pista de bicicrós que se hundió hace un tiempo, de cuando el Santa Fe practicaba en sus canchas y de los treinta caballos que deben aparecer en fotografías ajadas de bogotanitos, hoy de treinta años. Queda sí, una llama solitaria que pasea niños por unos pesos, entre el adictivo olor de la carne asada que se levanta, las familias 15   


que van a hacer sus almuerzos al amparo de los árboles altos y miles de personas en canchas de vólibol, tenis, fútbol, baloncesto y todos los etcéteras posibles en deportes. Pero este parque nostálgico, o suertudo, mantiene también un orden y una limpieza que se antojan sospechosos, y recuerdan el orden establecido de este milenio, que hace que los parques se parezcan todos y nos regalen recuerdos homogéneos. Claro que para ser justos, en una ciudad donde el tráfico y el ruido nublan el pensamiento, los lagos, aves, puentes y caminos internos de La Florida, bajan las revoluciones y regalan atardeceres verde azules y un silencio de santuario, atributos impensables a sólo cuarenta minutos de Bogotá. Por uno de esos caminos es que se llegaba al club de golf donde juega Wendy Lorena Cristancho, aunque ahora está separado del parque y su única forma de llegar es en carro. –Nada que hacer, si quieres jugar golf tienes que tener carro –me dice sin sonrojarse un caddie, que, por supuesto, no tiene. Intento entrar para ver si estoy en la categoría de “rico o pobre” que puede acceder a este club popular y teniendo en cuenta que llegué caminando, nada que hacer, como dice el caddie, temo estar en la segunda. Pero Cristancho, el tendero, tiene razón, en este club no hay que pagar acciones de setenta millones para hacer parte del exclusivo mundo del golf y aunque los campos son los mismos, el panorama cambia. Un barrigón de camiseta fucsia, colas y gafas negras sobre la frente tiene un palo de golf en una mano y cerveza, en lugar de whisky, en la otra. Intenta golpear la bola pero solo alcanza a rebanar el pasto. Lo salva el sonido de su celular. Contesta. El caddie, caminando tras él, espera paciente. Es la misma paciencia con la que un grupo de ex caddies llamados los veintiún amigos y el grupo popular crearon el club, sembraron cuatro mil árboles y lo pusieron a funcionar con la intención de que no fuera solo un deporte de élite.

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–Yo creo que más que popular, es para un perfil no muy alto y abierto al público –me explica el caddie. Pero la idea de Cristancho es otra. Si no fuera por este club su hija, Wendy Lorena, no habría conocido este deporte, aunque tenga que pagar algo y la suerte cueste, así como cuesta una galleta de la fortuna. –A falta de patrocinio, el que paga soy yo. Cuando va a jugar saco de mis cuentas cien mil pesitos para pagarle a un caddie– se ríe el tendero, guarda con celo el trofeo y cierra la caseta al caer de la tarde para irse a su casa en Fontibón. Como tampoco tiene carro, agarra su bicicleta y toma camino por la carretera mientras el Parque de la Florida, el que le dio la suerte de tener una hija golfista, se va muriendo detrás suyo hasta el próximo fin de semana.

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L i l lya m G o n z á l e z

El Parque del Renacimiento Para J.H

Una escultura de Botero se avista a lo lejos. Una fila de marmoleros que hacen tumbas son sus más próximos vecinos. No se vende ni mazorca asada ni algodón de azúcar, es un parque raro, entre rejas, junto a dos camposantos. En la noche, ni un alma transita alrededor, aunque los vigilantes afirman que no es así: dicen que en esta zona de Bogotá, ahora denominada Parque Renacimiento, siempre han pasado cosas raras. Ninguno de ellos olvida la historia de una pareja que los visitó un domingo. Ella era una mujer negra, de rostro hermoso y facciones pulidas, muy alta y de cabello largo, negro y crespo. Su cuerpo era prieto, de curvas imposibles. Él vestía de negro de pies a cabeza y la miraba como quien no merece tener a alguien como ella tan cerca de sí. No es que se constate la presencia de todo visitante al parque, pero era difícil no prestarle atención a esta pareja que no podía camuflarse con los asiduos asistentes, que no han sido muchos, y que sólo en ocasiones especiales han sido multitudes. Pocos saben que al sentarse en el lugar, mirando hacia el oriente se puede apreciar una de las vistas más espectaculares de los cerros de la ciudad. Las montañas se ven más verdes, y brumosos se ven los edificios que demarcan el centro de Bogotá. Sólo por eso valdría     18 


la pena ir una tarde a caminar por allí. Pocos saben, pero tampoco nadie de los que sabe olvida, que mientras miran al infinito, debajo de ellos yacen decenas de cuerpos que un día habitaron una ciudad que hace rato dejó de existir y de la que fueron sus últimos residentes. “Ellos cuentan una historia que todavía no conocemos, ellos fueron parte activa de una comunidad, no solo huesos”, me cuenta Karen Quintero, que pasa sus días exhumando cuerpos a pocos metros de este parque. A lo mejor la pareja de negro estaba allí para ver el atardecer. Caminaron juntos y parecían novios, al menos eso cree uno de los vigilantes. El hombre de negro mantenía una distancia de respeto, a la manera del esposo de la reina de Inglaterra. Ni siquiera se animaba a rozarle un centímetro de piel, le bastaba con contemplarla. “Tenía cara de poeta”, dice, “a fin de cuentas, poetas por el parque han pasado bastantes”, recuerda el vigilante; hasta José Asunción Silva estuvo enterrado aquí, y varios recitales de poesía han usado el parque de escenario, como a veces lo es también la nueva tumba oficial de Silva en el Cementerio Central. Tal vez es el único suicida con identidad enterrado en este sitio que tuvo otra oportunidad sobre la tierra. –Y ella –prosigue el vigilante– podía ser la novia de un poeta. “Los vimos pasar” y no hubo uno solo que no reconociera que esa mujer, cuya piel se veía más oscura por el negro sin fìn de su atuendo, era la más bella que había cruzado las rejas del parque, sin duda la mujer más hermosa que habían visto en la vida. El Parque Renacimiento tiene horario de oficina, a las cinco en punto se da por terminada la jornada. Suele suceder que cuando hace buen clima o hay algún grupo emocionado en alguna actividad haya que ir a recordarles que el parque cierra. Los celadores siempre se aseguran de que nadie se quede encerrado, que no haya nadie escondido en la zona del auditorio o los baños. El lugar siempre ha estado allí, en la calle 26 con carrera 22, lo de llamarse Renacimiento se debe a que con su reapertura se quiso dar una nueva vida al centro de la ciudad y también a este espacio con un pasado pleno de otras connotaciones menos recreativas. 19   


Los vecinos del bario iniciaron un acercamiento paulatino, c­ auteloso, me dijo un líder comunitario del barrio Santafé. Los niños y los jóvenes comenzaron a usar el lugar como centro de encuentro o para practicar deportes; parejas de enamorados lo usaban como sitio de encuentro; algunos indigentes buscaban sin conseguirlo un pedacito de pasto para dormitar; y funcionarios del Jardín Botánico se ganaron el título de visitantes frecuentes por hacer mantenimiento a las palmas de cera, magnolios, liquidámbar y otras especies nativas que se sembraron allí. En octubre pasado, unos jardineros estaban rastrillando la tierra para sembrar más plantas y encontraron algunos restos humanos en el parque. Tuvieron que llamar a los antropólogos del Globo B para que se encargaran de recogerlos y estudiarlos: “Eso no pasó con muchos de los cuerpos que allí yacen todavía”, me explicó un integrante del equipo de especialistas que lleva años exhumando cuerpos del Globo B.“Hace una década, cuando se construyó el parque, las políticas con las exhumaciones de cuerpos eran diferentes, ahora es necesario verificar todo rastro humano que se encuentre en una construcción”. Que no es un parque cualquiera nadie lo duda. Por eso la pareja de negro es un mito urbano dentro de las anécdotas que hay para contar de este espacio. Cuentan que los personajes anduvieron a paso lento por el ala derecha del parque y se sentaron en una de las bancas, exactamente en la zona que parece el desembarcadero de un puerto de río (el Estigia, me sugiere un visitante del parque). La gente los miraba como si se tratara de un espejismo. Ella sonreía serena, él le conversaba al oído. Fue ahí el último lugar donde los vieron. Los visitantes del Parque Renacimiento llegaron, se fueron y volvieron a llegar. Tímidamente volvieron a llegar: nadie deja de pensar que ese parque que pisa fue el Globo C del Cementerio Central de Bogotá. Pero el Distrito insistió y logró que al parque le llegaran buenas épocas, programando eventos multitudinarios tipo Rock y Jazz al Parque. Entonces al fin el Renacimiento se volvió un sitio popular, luego de tantos años de ser el lugar feo del sector, el oscuro y misterioso.     20 


Pero aquel resplandor duró poco menos de una década, pues el ‘renacimiento’ del Renacimiento se terminó cuando empezó la construcción de Transmilenio por la calle 26, en 2008: durante meses los vigilantes abrieron las dos puertas de entrada al parque y ni un alma se apareció por allí. Apenas hasta mediados de 2011 volvieron de nuevo algunas personas, aunque no la misma cantidad que antes. El parque sigue esperando días mejores, sobre todo porque ahora su hermano del Globo B será el parque de la Reconciliación: un proyecto que quiere recuperar la memoria colectiva de la ciudad, un poco diferente a lo que se planeó en el Globo C. Pese a todo, la gente aprendió a usar el parque. No es raro ver que los niños jueguen fútbol en el espacio de la Mediatorta, y que algunos colegios de la zona lo usen a la hora del recreo, o para hacer clase de gimnasia o realizar actividades de su agenda académica. El parque parece recordar aquellos días felices cuando hubo agua y el “puerto” funcionaba como tal: las parejas se sentaban en el muelle a ver barcos de mentiras que atracaban en las orillas para recoger pasajeros imaginarios que llegaban o se iban, o los niños se refrescaban en los chorros de agua usando pantaloneta, como si estuvieran en Girardot dándose un chapuzón. Porque para eso fue concebido. El alcalde Enrique Peñalosa propuso en el año 2000 diseñar un espacio especial para que “los niños puedan entrar en contacto con el agua, jugar con botes de papel y barcos a control remoto (…) senderos y plazoletas donde caminar libremente, zonas verdes en forma de colinas para evitar que se juegue fútbol, bancas para deleitarse con una de las mejores vistas de los cerros orientales que se puede encontrar en la ciudad y de un espacio para la realización de actividades culturales”. Desafortunadamente la construcción de Transmilenio –al ­parecer– dañó las tuberías y los espejos de agua ya llevan casi tres años desocupados. Y el parque se ve desnudo, como un cementerio olvidado, como un puerto abandonado, como lo que fue esta área del Cementerio Central hace varias décadas. Al Globo C del Cementerio Central, ahora Parque Renacimiento, 21   


iban a parar los muertos que la iglesia católica no podía admitir en sus terrenos. En ese lugar se enterraba a los suicidas, a los niños sin bautizar y los protestantes. Un sector rezagado del cementerio, lejos del Globo A, donde sí reposan todavía los restos de los ricos y famosos bogotanos de parte del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Históricamente la zona ha tenido un enfrentamiento con los paradigmas del deber ser del espacio urbano. A principio del siglo XIX pocos acogían la idea de enterrar a sus deudos en lugares que no fueran las criptas de las iglesias. Fue el mismo Simón Bolívar quien firmó un decreto en 1827 que prohibía que las personas siguieran haciendo uso de los templos para enterrar gente y solicitaba que se habilitaran lotes en las afueras de la ciudad para crear cementerios. El mismo día que Bolívar anunciara esta norma, Pedro Alcántara Herrán, intendente interino de Cundinamarca firmó otro decreto para que se tomara, oficialmente, el terreno de la salida a la Sabana por el occidente de la ciudad como Cementerio de Bogotá –en el mismo lugar en donde ya se les había dado a los ingleses un terreno para que pudieran dar sepultura a sus muertos. No obstante, ni con decreto en mano se consiguió que la gente concibiera enterrar a los muertos a cielo abierto. Que el Cementerio Central tomara fuerza se le debe en gran medida a Rufino Cuervo. Siendo gobernador de Cundinamarca se propuso construir los muros del contorno del cementerio, la fachada; y dejó listas doscientas bóvedas de las que él mismo, para dar ejemplo, compró la número Uno. El Globo C nunca renació como cementerio, mucho menos con el trazado de una vía en 1956 (la actual carrera 19 B) que lo aisló por completo del cementerio ‘oficial’, y lo convirtió en un terreno baldío que la gente respetaba como camposanto, pero que por su condición marginal lo llevó a ser un lugar oscuro y miedoso, lleno de historias de fantasmas, que todavía perduran. “El hombre debe mirar hacia el norte y el caballo hacia los cerros orientales, para representar el mito de la humanidad de querer     22 


cabalgar hasta el infinito y conquistar el mundo”. Esas fueron las instrucciones exactas dadas por Fernando Botero para ubicar el Hombre a caballo, una escultura de 3.70 metros y 800 kilos de peso que donó el artista para ser ubicada a la entrada del parque. Muy cerca de ese hombre a caballo, dicen, depositaron volquetadas de cadáveres que esperaban ser identificados. Las historias no precisan la cifra, pero hay quienes dicen que fueron decenas, o cientos, o miles. Muchos de esos cadáveres fueron a parar a una fosa común en el Globo C, donde fueron enterrados como N.N. Si no fuera por la placa que se puso en el sector sur del parque, 61 años después de ocurridos los hechos, nadie recordaría que allí se enterraron las víctimas de las revueltas de El Bogotazo. El administrador actual del lugar dice que los estudiantes vienen a preguntar por esa placa, porque algún maestro les dejó de tarea averiguar qué había para ver en el parque: “Aquí yacen, en fosa común, las heroicas víctimas anónimas del 9 de abril de 1948”, reza aquella placa, y con eso se da punto final, como diciendo “el que quiera averiguar, que averigüe”. El pasado se filtra por todas partes. Un vigilante asegura que un día lo despertó a medianoche, mientras hacía guardia, una voz de mujer que le susurró al oído algo que no alcanzó a comprender. Otro vio, a medianoche también, un desfile de calaveras en el parque, junto al muro que lo separa del Cementerio Alemán. El hombre se salió de sus cabales primero y luego del parque: pasó el resto de la noche cerca al caballo de Botero, mirando hacia el infinito, sin pegar el ojo. Ese mismo día solicitó que lo trasladaran a un parque sin un pasado histórico tan fantasmal, que lo dejara velar en paz. La comunión de la vida y la muerte es una idea que ha rondado el parque desde siempre. Convivir vida y muerte, en la tensión que implica un renacer, es una idea que se ha asentado en el parque. Allí se ubicó la primera de las controvertidas vallas que Gilma Jiménez puso por toda la ciudad en 2009 para que la gente se pellizcara sobre el tema del maltrato infantil. Por si acaso, también pusieron una placa que, seguramente, obligará a preguntarse quiénes fueron 23   


Luis Santiago (de once meses), Yurley y Vanessa (de tres meses), y otros menores de 14 años que se fueron antes de tiempo. Tal vez eso sea lo que haga más interesante la historia del parque, y que escribir y contar de sus zonas verdes, diseño y ubicación estratégica pasen a un segundo plano, pues las historias escondidas y sepultas siempre emergen. Va a ser inevitable seguir escuchando el relato de aquella pareja que un día entró al parque y se sentó en una banca, que se fue caminando hacia la ‘Marina’ (el auditorio de El Renacimiento), y que, cuando los vigilantes fueron a buscarlos –porque es usual que los enamorados quieran quedarse escondidos, para amarse en los parques públicos–, jamás los encontraron. Entonces qué espanto. Ese es el agregado de tener un parque renacido en un cementerio.

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María Camila Peña Bernal

La hacienda de La dicharachera

Famosas eran las pachangas de Doña Mercedes Sierra de ­Pérez en la hacienda El Chicó, quien a falta de hijos tuvo cientos de amigos que le acolitaron todos y cada uno de sus festines. “Es que miren, ¡yo ya he bailado, sin descansar, con cinco generaciones!”, decía a viva voz. Ella, una típica matrona paisa, de ojos vivaces y una alegría sin igual, quedó en la memoria de muchos por su aire dicharachero, su servicio a los más necesitados y su fuerte personalidad que se manifestaba, sobre todo, en su forma de vestir. Desde muy joven desafió la conservadora y fría estética bogotana y optó, en cambio, por llevar trajes de colores vivos sobre telas floridas, sombreros llamativos, joyas exageradas, bordados, encajes y abrigos voluminosos. Una columna del escritor Luis Eduardo Nieto Caballero, publicada en el diario El Tiempo dice: “Se le podía creer en cualquier época, como apostando aguinaldos, como disfrazada, moviéndose con desembarazo en los salones, por todos atendida, por todos solicitada para un rato de conversación, porque tenía la gracia andaluza, una risa fresca, contagiosa, pascual, un rostro alegre y en el alma una bondad sin orillas”. Hija de uno de los hombres más ricos de la primera mitad del siglo XX, el antioqueño Pepe Sierra, Mercedes o como le llamaban sus amigos “Tía Meme” tuvo entre sus invitados a las más importantes personalidades de comienzo de siglo, que siempre aceptaban con gusto las calurosas invitaciones de ella. Porque no era nada despreciable ir a pasar un rato sin igual en los salones 25   


de la majestuosa hacienda que su padre le dejó como herencia. Hay quienes aseguran que conoció a treinta y cinco presidentes y que entre sus más íntimas amigas se encontraba Lorencita Villegas de Santos quien junto a su esposo, el ex presidente Eduardo Santos, hacían parte de sus asiduos visitantes. Su estrecha relación con el general José María Obando también era bien conocida. Una de las pruebas de esta amistad es la fina vajilla de porcelana que el General le regaló a doña Mercedes como presente de cumpleaños y que hoy hace parte de las piezas del Museo El Chicó. la casona

Pepe Sierra y su familia llegaron a vivir a la casona del Chicó en 1917, luego de los temblores que azotaron el centro de Bogotá durante 10 días seguidos. Para ese entonces, la casa –ubicada en lo que hoy se conoce como la carrera séptima con calle 93– era la vivienda principal de la hacienda cuyos predios iban de norte a sur desde lo que hoy es la calle 100 hasta la 72 y de oriente a occidente desde la Autopista Norte hasta el filo de los cerros orientales. El señor Sierra –al darse cuenta de la potencialidad de estas tierras y de que la ciudad comenzaba a expandirse hacia el norte– le compró la hacienda a la familia Saiz Nariño, descendientes de José Antonio Ricaurte y Rigueros. La propia Mercedes Sierra, en una entrevista publicada en el 28 de abril de 1945 en el semanario Sábado dijo: “La casa naturalmente era muy rústica; en esta sala dormían las ovejas y todo estaba bastante destruido. Pero lo arreglamos poco a poco y, no sé por qué, se ha convertido en algo que la gente se empeña en conocer. En la conmemoración del centenario lo visitaron muchísimas personas, sobre todo extranjeros. Yo vivo aquí porque me parece el sitio ideal para vivir”. Luego de la muerte de su padre en 1931, Mercedes heredó la hacienda. La antigua casona –construida en el siglo XVIII por orden del español don Juan Olmos–había sido transformada en una hermosa quinta cuyos baldosines pintados a mano ­decoraban cada uno de sus amplios corredores, habitaciones y cuartos de     26 


servicio. Además estaba rodeada por jardines ornamentales; sus solares contaban con pilas de agua talladas en piedra; y en la puerta principal se erigía un altar de la virgen de La Merced, que la misma dueña había mandado a construir. la fiesta del año

Cada 24 de septiembre las más ilustres personalidades de la sociedad bogotana llegaban hasta la Hacienda El Chicó, vestidos al estilo español, donde Mercedes los esperaba para celebrar su cumpleaños. Aquel día la Quinta vestía sus mejores galas y sobre las más finas vajillas y manteles eran servidos deliciosos manjares. Lo que pocos sabían era que su real fecha de nacimiento era el primero de enero y que ella había decidido cambiar el día de su celebración por el de su santo, para poder festejar en grande, pues su cumpleaños caía justo después de año nuevo. Ante la confusión, sus familiares no tenían más opción que celebrarle dos veces su onomástico. Zoraida Jaramillo de Plata, sobrina de la tía Meme, recuerda que “Los primeros de enero ofrecía un magnífico almuerzo familiar, siempre con champaña, así se brindaba por su felicidad; y luego, el 24 de septiembre, estaba rodeada de numerosos invitados que le hacían sentir el cariño y la admiración de que siempre estuvo rodeada en su calidad de dama única en la sociedad bogotana y medellinense”. coleccionista de tesoros

Además de sus populares fiestas y su personalidad arrolladora, Mercedes era también conocida por su espíritu caritativo y su alma viajera que la llevó a conocer gran parte del mundo, de la mano de su esposo. En Rusia vivieron durante tres años; en Alemania, permanecieron diez; pasaron por Inglaterra, y recorrieron además Italia, España, Francia y el cercano Oriente, haciendo realidad el sueño de ella de conocer Tierra Santa. “El más emocionante de todos los recuerdos de mis viajes es el que guardo del Oriente, especialmente de la Tierra Santa. D ­ esde niña había soñado con conocer el santo sepulcro, pero jamás 27   


i­maginé qué tan extraordinario e intenso sería ese acontecimiento. Tal vez pueda dar una idea de ello el hecho de que mi madre y mis hermanas, al leer una carta escrita por mí ese día inolvidable, lloraron emocionadas como había llorado yo”, le confesó Mercedes a la escritora Josefina Lleras Pizarro durante su entrevista para el semanario Sábado. Después agrega: “También tengo un magnífico recuerdo de España (…) Siempre había soñado con conocer la tumba de los Reyes Católicos. Apenas llegué a Granada me dirigí hacia ella y la contemplé largo tiempo, un poco vuelta hacia la infancia, y tal vez por eso mismo la encontré demasiado severa”. Tiempo después de su viaje el gobierno español le otorgaría la condecoración de Isabel la Católica por sus servicios prestados al país durante la Guerra Civil (que se presume fue en dinero) y más tarde el Vaticano le otorgaría la Orden Piana por su labor en beneficio al sacerdocio católico. Su último viaje fue a Roma, en 1951, durante la celebración del Año Santo, dos años antes de que un derrame cerebral apagara su alma dicharachera. De sus travesías quedan los cientos de tesoros que trajo consigo en sus maletas: cobres de Bombay; cerámicas de México; utensilios de los indios ecuatorianos; collares de las tribus del Putumayo; porcelanas holandesas, alemanas y francesas con sus encajes de filigrana; una curiosa jarra de cristal salvada de las ruinas de Pompeya; una silla que perteneció a fray Juan de las Casas, cuyo espaldar está bordado en la parte delantera con sedas y recubierto por una lámina de plata en su parte posterior; dos sillas que utilizó el primer arzobispo de Tunja; un florero, que se dice es el compañero del de Llorente y muchos otros objetos que hoy hacen parte de la extensa colección del Museo El Chicó. una hacienda convertida en parque

En vida Mercedes donó parte de su hacienda para que se construyera el Seminario Mayor de Bogotá,ubicado hoy en día en la calle 94 con sexta; trabajó para proteger los derechos de los presos, varias veces les organizó fiestas el día de su santo (la virgen de la Merced) e hizo parte de varias cofradías, entre ellas la de los Amigos     28 


del Árbol y la Sociedad de Mejoras y Ornato. A esta última le dejó su casa y los terrenos que conformaban su hacienda en Bogotá. “En su testamento doña Mercedes estableció dos condiciones: que en los predios se construyese un parque infantil para los niños bogotanos y que en la casa se conformase un museo con la amplia colección de objetos que había reunido durante los muchos viajes que realizó en su vida”, explica Martha Castañeda, guía del Complejo Cultural del Museo El Chicó. Desde 1964 el Parque El Chicó abrió sus puertas convirtiéndose en uno de los primeros parques privados de servicio público con los que contó la ciudad, y en 1992 el predio finalmente fue declarado como de conservación arquitectónica, prohibiendo así la intervención de sus zonas verdes. En la actualidad el parque cuenta con 150 mil metros cuadrados rodeados por un muro de piedra en donde se encuentran jardines, pequeños canales surtidos por la quebrada El Chicó, dos lagos, treinta y dos fuentes de agua, más de veintiún palmas de cera y otras muchas especies florales; caminos en piedra y un Salón Junior, donde los pequeños pueden disfrutar de distintas actividades. Durante el día, los terrenos que una vez pertenecieron a los Sierra se inundan con las risas de los niños que junto a sus madres van a disfrutar de un día al aire libre, tal y como lo soñó Doña Mercedes. En las noches, y durante los fines de semana, la hacienda vuelve a tomar su aire dicharachero, y tal y como si la Tía Meme aún estuviera viva los salones y corredores de la antigua casona se engalanan para convertirse en el lugar en donde se sirven los mejores banquetes y se dan las mejores fiestas de la sociedad bogotana, pero del siglo XXI.

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U m b e rt o P é r e z

El Parque de los Hippies El parque que era mío no pertenece ya. Un monstruo de hierro ocupa su lugar. Los Flippers. Mi Parque (1972)

Arbitrariedad. Quizás la arbitrariedad sea la principal característica del Parque de los Hippies. Y quizás sea su nombre el que dé muestra de dicha arbitrariedad. En uno de los muros de la edificación ubicada en toda la esquina norte, costado occidental, de la carrera séptima con calle 60 se encuentra una placa que reza: “Parque Antonio José de Sucre” pero al otro lado de la 60, en el parque, el busto de bronce que contiene el único monumento del lugar no es propiamente el del prócer venezolano. Sobre una columna alta, fea y llena de grafitis, inspirada quizás en el monolito de Kubrick al que los primates le temen en el filme 2001: Odisea del espacio, reposa la imagen del poeta chiquinquireño Julio Flórez pero por ninguno de los lados del pedestal se encuentra su nombre y en ningún lugar del parque hay ninguna alusión al poeta romántico. Apenas y con mucha observación, en uno de los costados del busto, arriba, se vislumbra la firma del escultor: Luis Pinto Maldonado. Pero así no se llama el parque y es casi seguro que, sin ayudas visuales como una placa conmemorativa, pocas personas pueden saber que el hombre de la estatua es Flórez, para algunos será Sucre y, para otros, un hippie. El parque de la 60 con séptima tiene tres nombres y ninguno: Parque Sucre, Parque Julio Flórez, y el más popular: Parque de los Hippies. Pero hippies tam    30 


poco se ven en el parque. Pátina. Las orillas de los andenes de aquella doble gran manzana en forma de jota que el parque comparte con una vieja estación de gasolina y su respectivo nuevo gran minimercado con hamburguesería incluida, además de algunos edificios que no superan los 15 pisos de altura, están cubiertas por una pátina dura e invisible que guarda más historia y polvo del que pareciera –la verdad, parece que allí nunca ha pasado nada. Pero mucho humo y mucha agua corrieron alguna vez en los alrededores del parque de la 60 en donde alguna vez se erigió la capilla de La Concepción como centro fundacional de Chapinero, la aldea más próxima al norte de Bogotá a comienzos del siglo XIX. Un siglo después Chapinero se había convertido en uno de los principales barrios de la capital del que brotaban enormes casaquintas construidas bajo el influjo de la arquitectura europea, y luego, en donde antes hubo haciendas y casaquintas, el siglo XX puso edificios, bancos, colegios, hospitales, largas avenidas y discotecas. Y en el medio de todo eso, dos parques: el de Lourdes, y unas calles más al suroriente, el “Sucre o Hippies” como lo denomina la Secretaría de Gobierno de la ciudad y lo hace notar en dos carteles escuetos, ubicados en los extremos del parque en los que avisa: “Este parque es de todos. ¡Cuídelo!”; además de señalar qué se puede y qué no se puede hacer allí: se permiten perros y botar basura en las canecas, no se permiten bebidas alcohólicas ni vendedores ambulantes. Desierto. El Parque de los Hippies, contrario a su nombre que denota frescura, derroche y colorido, parece un desierto. Lo que en su momento fuera un terreno amplio para parar a descansar en una zona verde, desde principios del siglo XXI es un parque de cemento y ladrillo. El decreto 48 de 2003, firmado por el burgomaestre de turno, implantó el Plan Maestro del Parque Sucre; el propósito: «Mejorar la calidad ambiental del área y destacar sus elementos naturales como componentes fundamentales de su paisaje urbano mediante el mejoramiento del espacio público y el aumento y recuperación del espacio libre.» Pero la realidad es muy diferente: el parque es una amplia plazo31   


leta con suelo de ladrillo adornada con apenas un poco más de una docena de montículos de tierra y pasto que sostienen, en algunos casos, arbustos tristes que acompañan a una pequeña y fea fuente artificial, de forma circular, decorada con piedras de río que la ayudan a confundirse entre los montículos y alberga más basura que agua. Tan sólo una famélica zona verde permite que algunos perros, con o sin sus dueños, se paseen por allí, y los vagabundos tomen su siesta meridiana. Ausencia. La gente en el parque brilla por su ausencia. Teniendo en cuenta que está catalogado como una zona de recreación pasiva, pocas personas se detienen en él a descansar. El parque invita a muy poco, acaso a recorrerlo, pero lo cierto es que es un zona de paso; el rápido andar de los transeúntes que lo atraviesan para adentrarse o salir del Chapinero más popular y comercial, así lo manifiesta. Pero en medio de su frío propio, en el ocaso del día, el parque acoge diferentes tipos de almas que buscan resguardo, abrigo y la complicidad que otorga esa escuálida luz amarilla que reina y abruma a Bogotá noche tras noche. Jóvenes, universitarios o no, ocupan algunos rincones del parque para calentarse al ritmo de guitarras y flautas, un desenfadado juego de “frisbi” o la bravura de un trago fuerte. A su vez, algunas parejas ocupan las pocas bancas de cemento para conversar y acompañarse, alejados de los dedos acusadores y el chismorreo de sus vidas cotidianas. Por su parte, los vendedores ambulantes, mientras despachan lo que despachan junto a la estación de servicio, no le quitan la vista a la mayor paradoja del Parque de los Hippies: un Comando de Atención Inmediata de la Policía Metropolitana que luego de rondar el sector en sendas motos, casi siempre regresa cargada de hamponzuelos, sobre todo los fines de semana. Los últimos en arribar al parque cada tarde son los mendigos que todas las noches convierten al largo banco de cemento que domina al parque en una larga cama franca. Olvido. Pero el Parque Julio Flórez o Parque Antonio José de ­Sucre no siempre ha tenido ese aspecto fantasmal y despersonalizado, ni siempre ha sido presa del olvido. Por ejemplo, en su momento el monumento al “Mariscal de Ayacucho” se instaló en el parque en     32 


1945 y se le bautizó como tal mientras los bogotanos acostumbraban a pasearlo. Luego, de forma arbitraria, la estatua sería trasladada una vez más hasta la Plaza de Lourdes y allí removida hasta una plazuela aledaña en donde se encuentra hoy en día, lejos de su pedestal original: una hermosa balaustrada con candelabros. Lo mismo pasó con el monumento a Flórez inaugurado en 1967, nadie dio cuenta a dónde fue a parar el pedestal original que llevaba una placa grabada con su poema “Resurrecciones”, cuyos versos hoy harían alusión al parque: “Soy un extraño ante mis propios ojos, un nuevo soñador, un peregrino que ayer pisaba flores y hoy…abrojos”. Ruido. La evocación del poema de Flórez alguna vez fue una realidad entusiasta, lisérgica y violenta. Cuenta la leyenda que el 31 de mayo de 1969, en plena independencia del rock nacional de los medios de comunicación, se realizó el primer “Concierto de rock ácido progresivo” en el Teatro La Comedia, hoy en día Teatro Libre, ubicado en la carrera 11 con calle 61. El debut de la banda Siglo Cero, influenciada por las sonoridades de Cream, Jimi Hendrix y Traffic entre otros, y liderada por algunos de los padres de nuestro rock: Humberto Monroy, Roberto Fiorilli, Ferdie Fernández y Fernando Córdoba, causó tal frenesí que la fiesta continuó en el parque que hasta entonces se apellidaba Sucre y Flórez. Para entonces la muchachada rockera de Bogotá ya había flirteado y se había enamorado del hippismo, y los más entusiastas, pudientes y creativos habían abierto todo tipo de almacenes en un pasaje comercial vecino al parque. Los locales del pasaje del costado sur de la calle 60 con carrera novena, que hasta entonces se encontraban vacíos, fueron alquilados a muy bajo costo por su dueño, José Carlos Ruiz Jiménez, un español de abolengo aristocrático que, a la postre, se convirtió en un padrino para los hippies bogotanos. En el pasaje había y pasaba de todo, como en el parque. Almacenes de ropa como “Las madres del revolver” y “Cannabis”, de afiches como “Thanatos” y “El escarabajo dorado”, de discos como “Zodiaco”, la discoteca “Paminato”, panaderías y hasta la tienda “Safari mental” que vendía cosas inútiles como ropa interior y cepillos de dientes de segunda mano, compartían y difundían toda 33   


la movida artística del parque. Gracias a nombres célebres como Tania Moreno, Libardo Cuervo, Álvaro Díaz, Edgar Restrepo, el poeta Sibius, Manuel V., Gustavo Arenas, los hermanos Marín y la ‘Maga’ Atlanta entre otros dueños de locales, promotores de conciertos, locutores y programadores de radio, diseñadores de moda y demás activistas y agitadores culturales, el sector de la calle 60 adquirió vida propia y se convirtió en faro e isla para la juventud bogotana irreverente e iconoclasta. Para la historia, el pasaje de la sesenta está íntimamente ligado a su parque vecino. La relación es tan estrecha que su presente es un símbolo de los tiempos que corren: hoy el pasaje está semivacío y los pocos locales arrendados ni siquiera son un pálido reflejo de lo que fueron, en uno venden medias veladas, en otro venden pantuflas, en otro venden minutos a celular y en otro editan videos caseros; y en reemplazo de la discoteca del segundo piso se encuentra una mini empresa dedicada a fabricar zapatos. Al igual que en el parque, en el pasaje ahora tampoco pasa nada. El lunes siguiente al concierto de rock ácido progresivo, los hippies se tomaron aquel parque abandonado. Se lo tomaron literalmente; podaron el prado, pintaron con óleos la vistosa y visible fuente que por entonces lo adornaba, sembraron plantas y flores, arreglaron las bancas y decidieron quedarse. Los sábados organizaban conciertos de rock, happenings y recitales de poesía a los que acudían centenares de jóvenes hippies y gente del común que armaba plan de fin de semana para “ir a ver hippies” en la 60. En la retina del imaginario de algunos pocos queda grabada la celebración fastuosa en el parque del noviazgo más famoso de aquellos años entre los hippies: el de Manuel Vicente Peña (o Manuel Quinto por la V de su segundo nombre), nieto y heredero desclasado del magnate Pepe Sierra y María, una jovencita de origen humilde; romance que desencadenaría la tragedia luego de la separación obligada, un embarazo y la muerte de María. La distribución de marihuana, ácido y toda clase de pastillas además del gentío que llegaba, incluyendo la policía y sus desmanes, fueron enrareciendo el ambiente del parque y el pasaje; en     34 


donde reinó la paz, el amor libre y el poder de las flores, imperó después el descontrol. Basta imaginarse un parque repleto de jovencitos fugados de casa vistiendo ropas coloridas y diferentes; un pasaje igual de lleno, con gente cayendo desde el segundo piso porque las barandas de madera no resistían; el furor de una música nueva, brillante y estridente; una nube de humo fragante, densa e hipnótica; un manojo de gente común y silvestre que se adentraba en el parque y el pasaje a ver qué pasaba; y a la policía de la época intentando comprender esa escena tan surrealista y distante de las buenas maneras impuestas por una sociedad tan conservadora como la colombiana. El desorden parecía la máxima y la condena. Presente. Treinta años después el gobierno distrital barrió de un tajo con la historia del parque que alguna vez fuera de los hippies; el recuerdo vivo del patrimonio inmueble fue suplantado por un una nueva fachada bautizada con el nombre de toda una generación de jóvenes que sin proponérselo ayudaron a cambiarle la cara a la ciudad. La guinda del pastel o el tiro de gracia, para aquellos que fueran hippies, está representada en el centro policial ubicado en toda la esquina noroccidental del parque. El ruido del Parque de los Hippies nunca volvió a ser el mismo. Los últimos años del siglo pasado y la primera década del presente han visto trashumar por el parque a jóvenes punks, alternativos y skaters. Bares vecinos y extintos tan míticos como La Flor–histeria y populares como El Antifaz, son apenas un recuerdo menor de todo el ruido que allí se hizo para vestir de fiesta a Bogotá. Hoy tan sólo la celebración anual de la semana gay parece restituirle al parque el espíritu y la dignidad que alguna vez le dotaran los jóvenes, cimentada en la libertad de expresión, la reivindicación del hedonismo y lo estético, la importancia de lo natural y lo humano, el deseo de cambio y la defensa del atrevimiento mismo.

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v e r ó n i c a O c h oa S á n c h e z

Corazón de perro

“En ese parque se ven los atardeceres más hermosos de Bogotá”. Esa fue la primera noticia que recibí del Parque de los Perros. Así que me di a la tarea de encontrar el dichoso lugar, pero una vez encontrado, los intentos por entrar fueron todos fallidos: la gran reja negra de acceso estuvo siempre cerrada y mi primera imagen de un atardecer en este lugar está atravesada por barrotes. Lo que no alcancé a imaginar en ese momento de breve frustración era que a la vuelta de un par de años ese parque y la casa rosada que había al costado norte de él iban a convertirse en mi feliz hogar por un lapso aproximado de cuatro años. Y que de atardeceres, amaneceres, noches estrelladas, mañanas de intenso cielo azul y tardes lluviosas en el parque de los Perros iba a tener hasta el límite de mis ambiciones. Menos aún se me ocurrió pensar que iba a ser yo una de las últimas moradoras de ese lugar idílico que para muchos es considerado como el mejor vividero de Bogotá. Este pequeño oasis semiprivado ubicado entre las carreras 4ª y 5ª, en el céntrico barrio Bosque Izquierdo, hace parte del trazado urbanístico creado, en la segunda mitad de los años treinta, por el celebrado y odiado urbanista Karl Brunner. Celebrado por ser para muchos artífice y cerebro de un “urbanismo moderno” que marcó la entrada de nuestra capital al selecto grupo de las urbes desarrolladas, y odiado por que dicho diseño urbanístico acarreó la institucionalización de una política segregacionista que mucho     36 


reverbera en las actuales concepciones del ordenamiento territorial capitalino. Este hecho fundacional y una suma de acontecimientos ulteriores hicieron que este parque fuera considerado por muchos como un sombrío fortín de la ultra derecha colombiana. La casa que tuve el privilegio de ocupar perteneció a la familia Villegas casi desde su origen mismo. Precisamente uno de sus habitantes, Silvio Villegas, un aventajado periodista de filiación conservadora, posiblemente propició tanto mito de esta índole. Silvio Villegas fue la cabeza más visible del grupo de nacionalistas conocidos como “Los leopardos”, movimiento falangista a ultranza, fundamental dentro del desarrollo del pensamiento fascista y posterior surgimiento de grupos afines en Colombia y en América Latina. De manera pues que lo que en torno a este parque tejen antiguos habitantes de la casa rosada –que para ese entonces era blanca– es que al interior de estas paredes se fraguó la gran conspiración del 9 de abril y que Roa Sierra salió de la casa de Silvio Villegas y atravesó el parque directamente a asesinar a Jorge Eliécer Gaitán; y que del mismo parque, horas más tarde, los vecinos del Bosque Izquierdo vieron pasar a las señoras obreras de La Perseverancia, envueltas en costosísimos abrigos de mink, dando tiros a diestra y siniestra, sobre todo a diestra. Imposible saber si semejante trama fue cierta, pero apasionante escuchar a los unos y a los otros llenando de significados y de fábulas este pequeño parque que para muchos es invisible. El parque experimentó un cambio radical y se alejó cada vez más de sus mitos fundantes. No está clara la salida de la familia Villegas de este territorio, ni muy claro cuáles fueron los habitantes posteriores. Solo rumores he oído de que la casa fue la sede de una organización cultural de zurda cadencia y que en este periodo el m-19 tuvo en esta casa un sitio de encuentro recurrente. Todos son hechos de difícil verificación, un tejido de mitos locales compuestos de verdades a medias, mentiras a medias, hechos históricos contados a medias y un deseo orgánico de nuestras cabezas de completar lo que está contado a medias. En todo caso si Brunner viviera diría: Nadie sabe para quién construye. 37   


En la década de los ochenta la casa pasó a manos de una pareja de artistas, Rafael y Elena, y en sus manos estuvo hasta que la derrumbaron. Los apartamentos fueron ocupados por una población fluctuante de restauradores, escritores, actores, productores, periodistas, antropólogos y personajes todos de este talante. El parque pasó por una época aún más privada. Durante este periodo las fiestas, fogatas y asados que se formaban en el parque fueron de antología y una generación entera pasó por allí. Según Rafael, el nombre original del parque era José Núñez de Cáceres. Su versión era que el nombre pertenecía al ciudadano que tuvo el invaluable gesto de donar los predios, supongo que jamás pasó por la cabeza del señor Núñez de Cáceres que unos leales y encantadores cuadrúpedos iban a borrar su nombre de los anales urbanísticos de la ciudad. Tuve el honor de conocer a los ilustres soberanos del parque por más de una década, quienes a la postre rebautizaron este hermoso parquecito: Nato, Clea, Puma, Balú y Camila. La historia del asentamiento de los perritos en el parque es también digna de ser narrada. Los nuevos dueños de la casa rosada se habían enfrentado a una inconveniente visita cada vez más recurrente. Un grupo de travestis toxicómanos que remataban sus fiestas con ruidosas orgías que a menudo terminaban en tropel o en puñalada. El matrimonio, preocupado por las trazas auditivas y energéticas que pudieran dejar las demenciales farras en sus hijos, decidieron contratar a un cuidandero. Un noble anciano de nombre Ananías que tenía por costumbre, ante la ausencia de prendas reflectivas, enredarse una instalación navideña en el sombrerito de celador. El veterano Ananías logró despachar por un tiempo a los réprobos –para usar un término leopardista–, pero una noche de cruce de cables y de líneas y tragos los travestis llegaron con el demonio adentro y, ante la salida de Ananías en defensa del territorio que le había sido confiado, le quitaron su bolillo y con él lo mataron a golpes. Así le llegó el amanecer al cuerpo de Ananías, enmarcado en lucecitas titilantes. Luego se correría una voz popular bastante injusta y mentirosa: pastor alemán mata loca toxicómana.     38 


Este absurdo y trágico acontecimiento trajo a los perros al ­ arque. No llegaron todos al tiempo, el primero fue Nato, un impop nente pastor alemán, de mirada altiva, proporciones perfectas y sin duda el jefe de la manada. Sosegado, sabio, contenido y fiero cuando había que defender el territorio. Nato se casó con Clea, una perra de contextura mediana, mezcla de pastor alemán y siberiano, muy reservada, presumida, poco interesada en desperdigar su energía en persecuciones de carros de balineras, y cosas insulsas como un palo mordisqueado o una pelota de caucho. Sin duda su tendencia era a la contemplación y hasta parir lo hacía sin desencajarse. Nato y Clea trajeron al mundo a Puma, un pastor alemán en todas sus dimensiones pero completamente blanco; el “chacho”, conocedor de cada milímetro de sus encantos, fino y ágil en sus movimientos, un malnacido irresistible para las hembras, si fuera humano usaría foulard. Balú parecía un oso, como el de El libro de la selva, y sus amos pensaban que era un perro, y los vecinos pensaban que era un perro y él pensaba que era un perro pero realmente era un oso que a veces ladraba. La última en llegar al parque fue Camila, una muy coqueta fox hound, de mirada afectada y profunda, tanto así que muchos llegamos a pensar que Medea había reencarnado en cazadora –para la época era una pequeña cachorra que se comió varios pares de zapatos, un número no despreciable de gafas, billeteras, tarjetas de crédito, etc. Esa fue la tropa de perros que propició el uso popular de Parque de los Perros. No existe nadie en el barrio La Macarena o en el Bosque Izquierdo que lo conozca por otro nombre. Entonces de leopardos a perros pasó el reinado, pero en medio de esta hegemonía otros felinos de naturaleza más luminosa dejaron también huellas indelebles en el parque. La casa Rosada fue por años la posada de otra estirpe poderosa y opuesta a la anterior: la familia Piaguaje, casta de curanderos y autoridades tradicionales del pueblo Siona. Varias ceremonias de ayahuasca y otros rituales antiguos fueron guiados en el parque por el abuelo Pacho Piaguaje, Taita de ojos enigmáticos y sabiduría infinita. El espíritu de la selva vibró entre los pinos centenarios, y los cantos y danzas de los tigres 39   


del Putumayo retumbaron en el antiguo territorio de los leopardos nacionalistas. Cuántas cosas no habrán visto estos árboles, sin duda vieron a los cerros orientales teñirse de rojo cuando el sol se hundía en el horizonte de la sabana, o vieron cómo palmo a palmo la hiedra se fue apoderando del muro de piedra, o fueron envueltos por el humo de la chimenea de la casa de la Embajada de Bélgica encendida casi a diario, o vieron cómo se compuso el futurista cuadro de la torre Colpatria emergiendo desde el tupido enjambre vegetal del parque de la Independencia, y sin duda vieron por última vez al maestro Zalamea sacar a pasear a su hiperactivo pastor coli. Hace un año que no ponía los pies en este parque y la razón obedecía a un profundo duelo canino. Camila, esa perrita fox hound que adoré con todo mi corazón durante once años, murió hace un año; y por temor a un ataque de melancolía me negué a pisar de nuevo el parque. Hoy vuelvo, por culpa de esta crónica, a reencontrarme con este lugar entrañable y a ver un atardecer más. Es como si cada segmento del parque guardara un recuerdo: ahí me empecé a leer la novela E, allá me terminé de leer la novela D, ahí me mordió Puma en la ceja derecha, en este árbol me trepé más de diez veces, en este otro soñé colgar un columpio que nunca colgué, en este recodo hice el amor con A, en este otro me embriagué por la infidelidad de M, en este muro lloré la muerte de S, en esta banca de piedra hice el manuscrito de mi primera obra de teatro con mesita y quinqué, en esta pequeña planicie me di cuenta de que el amor que esa perrita había traído a mi vida estaba por encima de la muerte y en este mismo lugar padezco ahora su ausencia. El tiempo y la distancia me hacen ver el parque con ojos completamente nuevos y redescubrir su naturaleza tan singular: es como derretirse de nuevo por un viejo amor. Yo puedo verme volver a este parque siempre, no sólo por los atardeceres o por la cascada de evocaciones, sino porque si mi historia y mi visión de Bogotá pudieran concebirse como un organismo vivo, entonces el Parque de los Perros sería sin duda el vibrante corazón.

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R aú l M a z o

Timiza, territorio de grandes aguas

El Parque Timiza es un espacio abierto en el que se exponen sin reserva virtudes y vicios; pequeño territorio que evoca la extensión primigenia y salvaje del mundo, donde se ejercita el cuerpo, se juega, se respira y se ama; y como un extenso lecho, se abre generoso a quienes quieran buscar, con la complicidad de los árboles, un retazo verde para el amor, alrededor de las aguas tranquilas de su lago. Es domingo. La tarde apenas comienza y la barahúnda, poco a poco, hace su aparición entre los espacios que circundan el inmenso corral de gente. Vendedores de música que instalan sus equipos, para lo cual roban la energía a un poste de alumbrado público; vendedores de mazorcas, de arepas, de empanadas y de pinchos que arman barbacoas improvisadas al lado de aquellos que en la mañana se dedicaron a exprimir naranjas, a pelar mangos o a cortar papayas, y que a esa hora comienzan su retirada. Un hombre que da instrucciones a un niño para que infle de gas los globos que espera vender: blancos, amarillos, azules, negros, estampados con figuras rimbombantes y coloridas, y rojos con forma de corazón para los amantes ansiosos. Más allá, un par de tipos que, con una caja de cartón y un periódico, arman y desarman en segundos un casino, dependiendo de qué tan cerca o tan lejos se encuentre el policía que ronda de vez en cuando: ¿dónde está la bolita? Una señora que sostiene, impasible, un árbol de algodón de azúcar y una joven que ofrece banderines, afiches y esquelas recargadas y chillonas 41   


donde se leen dulzones mensajes de amor. Amor de barrio, amor de ­domingo, amor de parque. En la acera del frente, un hombre se pasea nervioso sin dejar de mirar hacia la entrada principal; de vez en cuando da un vistazo a su reloj y da la impresión, por el movimiento de sus labios, de que masculla algo, de que maldice o implora; como si la ansiedad se le quisiera salir por la boca. De repente, luego de otear el horizonte, se pasa la mano por la cabeza, ahora erguida, y se dirige con paso seguro hacia la entrada. Allí está ella, esa mujer que espera; la saluda con un beso tímido y torpe en la mejilla y avanzan, traspasan la puerta del parque, se pierden en la multitud. Toda ciudad que se respete tiene por lo menos un parque, como su enorme patio, donde algunos juegan, buscan una aventura y se rebuscan la vida, mientras otros ejercitan su estado físico, leen, meditan o exploran sus cuerpos de manera furtiva. Bogotá, desde luego, tiene los suyos, entre ellos este, incrustado en la localidad de Kennedy con un nombre que evoca ese pasado indígena y remoto, que casi nadie reconoce: Timiza, “territorio de grandes aguas”, en vocablo chibcha, lo que hace honor a su hermoso lago, opaco descendiente de un rico y extenso humedal casi extinto; también conocido como territorio Techotiva, por el nombre del cacique muisca, amo y señor de este territorio en tiempos prehispánicos. El Parque Metropolitano Timiza fue creado hace más de cuarenta años, durante la administración del alcalde Virgilio Barco sobre unos terrenos donados por la familia del ex presidente Alfonso López Pumarejo. En esa época esta metrópoli incipiente aún no se había visto invadida por la avalancha de gente proveniente de tantos rincones del país, y en esa zona, libre del comercio bullicioso y el intenso tráfico que ahora serpentea por sus calles, se respiraba el aire limpio y fresco de la sabana. –Conozco este parque desde antes de que lo inauguraran –dice José del Carmen, vecino del sector y oriundo de Garagoa, un pueblo del oriente de Boyacá, mientras pasea de la mano de su esposa por la alameda que los conduce hasta el lago–. Aquí pasé momentos muy especiales con mi familia, nos reunimos en muchas ocasiones,     42 


preparamos asados cuando se podía, y nuestros hijos, que ahora son profesionales y viven lejos, dieron sus primeros pasos. La pareja de pensionados sale casi todos los días a caminar por ese parque al que han visto cambiar como a sus hijos. Como les ha ocurrido con ellos, han sido testigos de su evolución, desde cuando era parte de un inmenso humedal sin límites en el que se podía alquilar un caballo por cinco pesos la hora; hasta el de hoy, organizado, limpio, encerrado y seguro, donde dos veces a la semana reciben clases de aeróbicos. –Pero mejor fíjese en los edificios de alrededor y en toda la urbanización, creo que fue diseñada por un arquitecto reconocido pero no sé de quién se trata– me dice a destajo José del Carmen, como si temiera una súbita pérdida de interés de mi parte por ese parque. El parque de su vida entera Así, escarbando en la historia del desarrollo urbano de Bogotá, descubrí que fue Rogelio Salmona, el arquitecto insigne de este país, quien participó con un grupo de sus colegas en la construcción de la urbanización alrededor del parque, entre 1969 y 1972. Edificios y casas con fachada en ladrillo que señalaban desde entonces el característico estilo de este personaje, complementan el paisaje del sector y abrazan una gran parte de ese gigante verde. Pero es en un día ordinario de la semana cuando se aprecian mucho mejor las minucias alrededor de este parque, cuando la algarabía desciende y solo se observa a uno que otro vecino que camina desprevenido; una señora que va por provisiones a la tienda vecina; una tropa de perros callejeros que se cuela por una hendija tras el rastro de una hembra; la pareja de colegiales evadidos que busca un lugar bajo los árboles donde regalarse una caricia; un grupo de muchachos que corre, balón en mano, a disputar el partido de la tarde o el otro que persigue bullicioso a un par de púgiles improvisados que quieren zanjar allí sus diferencias. Escenario de caza, ring de boxeo, motelito de pobres, todo eso es un parque como el de Timiza en un día cualquiera. Fue a partir del año 2002 que modificó su aspecto de forma radical. Atrás quedaron la rueda panorámica y los paseos de olla 43   


dominicales. Ahora cuenta con un moderno estadio de fútbol, una pista de patinaje y otra de atletismo, una zona de juegos infantiles, un teatrino y nuevas instalaciones administrativas; además de botes de remo y de pedal para pasear por el lago. Pero según lo expresan algunos de sus vecinos más antiguos, el parque tuvo su época de mayor esplendor en los años setenta cuando se instalaron los juegos mecánicos que atraían a gentes de toda la ciudad, como los carros chocones, la licuadora, el martillo o esa rueda de Chicago y que permitía ver, desde su mayor altura, toda la extensión del sur de la capital. También pasó por allí un zoológico que no tuvo un buen fin pues los escasos animales cautivos terminaron formando parte del de Santacruz en las afueras de Bogotá, en el camino al legendario Salto del Tequendama. Hasta las jirafas de cemento desaparecieron de sus terrenos. Hoy, aparte de los copetones, las golondrinas y, ocasionalmente, la tingua azul, propia de los humedales, apenas sobreviven unos patos que adornan el lago; ese gran espejo donde proyectan sus movimientos los cauchos sabaneros y en el que durante los fines de semana juegan a navegar los visitantes; el lago, que siempre ha existido y alrededor del cual bulle la vida; allí donde quienes lo circundan se detienen a observar en él su reflejo nubloso. Por allí pasean la secretaria y el obrero en su día de descanso, lanza su prédica un pastor, vende helados un hombre que entre semana se dedica a buscar empleo, un joven se embelesa en la lectura de un libro y un muchacho espía a una pareja que cree estar ocultándose del mundo. Es domingo en la tarde. En el horizonte, que desde allí se percibe tan cercano, el sol de los venados contrasta con el azul del cielo que empieza a oscurecerse. Falta poco tiempo para que se cierren las puertas; los vendedores desmontan sus tenderetes, los improvisados cocineros barren el sitio que ocuparon durante el día, y el inmenso corral expulsa de sí a la multitud: familias, atletas, parejas, hombres solitarios y niños dormidos en brazos de sus padres. El hombre, que horas antes traspasó la entrada, se retira victorioso. Sale con la mujer, juntos en silencio, sin que les importen las briznas de     44 


hierba pegadas a su espalda, o su melena revuelta. Su brazo se posa seguro sobre los hombros de ella; ya en la puerta, la recoge para sí, la envuelve, la abraza, y acerca su boca a la suya. Atrás quedaron el paseo en bote, las palomitas de maíz, los escarceos, los besos húmedos, las palabras que dijeron y las que callaron. Ellos, a lo mejor, no conocen la historia de este lugar, ni les importa; es posible que no sepan que su nombre se refiere a una comarca de una laguna grande que ya no existe, ni que tuvo una rueda gigante o un par de monos aulladores expuestos al escarnio. Lo que sí deben saber y seguramente les importa mucho es que han dejado a un lado, por un día, por un instante, esa rutina tediosa que los atenaza; mañana la recibirán mejor pues los acompañará este recuerdo y los perseguirá aún esa sensación aguda, meliflua y somnífera que suele acompañar a las parejas que salen en busca de una tarde de amor, un domingo cualquiera, en el parque.

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Nadia Ríos

Memorias de una ciudad

Cuando le pregunté a mi abuelo por la historia del Parque Nacional, lo primero que me contestó fue “ese parque siempre ha estado ahí”. La misma respuesta tenía para los monumentos más conocidos: el reloj suizo; las estatuas de el General Rafael Uribe Uribe, Francisco de Orellana, Enrique Olaya Herrera. Sus palabras me hicieron pensar en el mueble viejo de la sala familiar, ese que todo el mundo ha visto siempre y ya nadie se acuerda bien cómo llegó ahí. Cuando uno empieza a averiguar cada cual cuenta su versión, que fue una herencia de una tía, un regalo de bodas, el premio de un bingo… y luego esas leyendas se pierden en las anécdotas familiares, ahí me hacía visita mi novio, ahí tejía la abuela, ahí se sentaba el perro. La historia del mueble termina siendo el recuerdo que cada uno tiene de él. Esa es la imagen que me evoca el Parque Nacional Enrique Olaya Herrera, sin duda el más tradicional de la ciudad. En su pasado abundan las leyendas y las cronologías, pero su historia solo se puede escribir con la memoria de los bogotanos. Dentro de los relatos fundadores del parque existe la idea que fue construido bajo la influencia de la masonería. El presidente Enrique Olaya Herrera era masón, así como gran parte de los líderes políticos de la era liberal iniciada en 1930, Darío Echandía, Luis Cano, Benjamín Silva, Eduardo Santos, Luis de Greiff. La construcción del parque en 1934 seguramente hizo parte de una visión de la ciudad que compartían los liberales masones pero los registros     46 


de los planos iniciales son prácticamente inexistentes. Se diseñó bajo el esquema de un triángulo invertido, con algunos elementos dirigidos hacia el oriente y una pequeña plaza escondida decorada con imágenes de leones y querubines, pero los especialistas de la simbología masónica aseguran hoy que ninguno de estos elementos confirma la influencia directa de esta organización en el nacimiento del parque. Otros elementos fundacionales siguen siendo un misterio: se sabe que el reloj fue un regalo de la comunidad suiza a Colombia pero las fechas y los motivos varían según quien cuenta la historia; el escultor que diseñó la fuente conmemorativa al General Rafael Uribe Uribe a veces es el conocido español Victorio Macho y en otras ocasiones es un artista italiano Vittorio Maccio; nadie sabe quién esculpió el monumento de las Fuerzas Militares. Tampoco se entiende muy bien cuál fue el hilo conductor del concepto conmemorativo. Si alguien quisiera analizar la simbología de las construcciones y decoraciones del parque terminaría cosiendo una colcha de retazos porque ni las fechas ni los donantes se relacionan entre sí. El reloj fue traído por los suizos en los años treinta o los años cincuenta, la escultura a Rafael Uribe Uribe fue ordenada en 1930 por el Congreso de la República pero se inauguró en 1940, el monumento de las Fuerzas Militares fue regalado a la ciudad en 1938, el busto de Francisco de Orellana fue erigido por la Academia Colombiana de Historia en 1942 y el de Enrique Olaya Herrera, quien inauguró y dio nombre al parque, llegó desplazado de una plazoleta de la Caracas en 1959 cuando se construyó la 26. No pareciera existir una historia oficial del parque y muy pocos la reclaman. Hoy cuando nos sentamos en la plaza del Reloj no nos preguntamos cómo llegó ahí, ni siquiera parece relevante que haya dejado de indicar la hora hace mucho tiempo. Lo importante es que ese lugar siempre ha estado ahí y su historia se cuenta mejor en los recuerdos de los bogotanos. De su juventud, mi abuelo cuenta que el Parque Nacional Olaya Herrera fue el primer lugar donde jugaba fútbol. La cancha quedaba al costado sur del parque frente a las casas estilo Tudor del barrio La Merced. Dos días a la semana tomaba el tranvía que circulaba por 47   


la carrera 13 y se encontraba en el terreno con los otros jugadores que, en su mayoría, venían del barrio obrero La Perseverancia. Tenían su propio equipo y los fines de semana enfrentaban a otros equipos de barrio. Recuerda también que venía con sus amigos a ver los entrenamientos, en ese mismo terreno, del Club de fútbol Los Millonarios. Eran los inicios del equipo, todavía se llamaba Municipal Deportivo o Deportivo Independiente y sus fundadores eran estudiantes del exclusivo colegio jesuita San Bartolomé, vecino del Parque Nacional. En la Bogotá de hoy nos perderíamos contando las canchas de fútbol y lugares de entrenamiento, pero en los años treinta y cuarenta, los deportes recién estaban llegando al país. Su práctica hacía parte de la modernización que querían llevar a cabo las elites capitalinas. En un principio el polo, el tenis y el fútbol se jugaban en clubes privados porque los habían traído colombianos ricos de sus viajes por Europa, hasta que se construyó el Parque Nacional. El gobierno liberal, bajo ideas modernizadoras e higienistas, planeó desde 1931 la construcción de gimnasios, canchas de tenis, fútbol, baloncesto y patinaje y ese fue el primer espacio que popularizó el deporte en Bogotá. De la década de los cincuenta, mi otro abuelo recuerda las reuniones que hacía con sus compañeros de la facultad de medicina en el Parque Nacional. Cuenta que les gustaba recitar las clases de anatomía recorriendo los jardines porque había mucho silencio. Fue en esos encuentros que conoció estudiantes de otras universidades. Los domingos se daban cita para escuchar los conciertos de la Banda Nacional que llegó ahí desplazada de sus espectáculos en el Parque de la Independencia. De esas épocas, mi abuelo habla con gran nostalgia del clarinetista y saxofonista Gabriel Uribe, no podía creer que en el parque se realizaran espectáculos de tan alta calidad. Como en el caso de los deportes, el Parque Nacional también marcó un giro en la ciudad en cuanto a los conceptos de descanso y recreo. Estas ideas estaban en el proyecto de modernización de la ciudad de los años treinta. El presidente Enrique Olaya Herrera contrató al ingeniero–arquitecto Karl Brunner en 1933 para que realizara el primer proceso de planeación urbana en Bogotá     48 


en conmemoración de su cuarto centenario. La construcción y ampliación del Parque Nacional hizo parte del Plan Brunner que diseñó la construcción de barrios, parques, paseos y equipamientos colectivos para actividades deportivas y recreativas, con la idea que se integraran a la estructura vial de la ciudad manteniendo el espíritu rural que todavía tenía Bogotá. En la inauguración el parque recibió muchas críticas porque lo consideraron desproporcionado en tamaño, presupuesto e infraestructura. El proyecto principal de hacer de esta zona un espacio público para la recreación de todos los bogotanos implicaba en efecto un trabajo monumental. En 1934 tenía 49 hectáreas y sus primeras obras incluyeron una carretera de más de tres kilómetros, red de acueducto, servicios de alcantarillado, planta eléctrica, quioscos con servicios sanitarios, campos de tenis, prados artificiales y 300 metros de paseo para juegos de niños. Los jardines fueron ornamentados con muchas plantas traídas de los Estados Unidos para crear efectos de colorido no conocidos en el país. Los años siguientes se construyeron además un teatro–biblioteca infantil, un teatro al aire libre, una pequeña biblioteca para adultos, un restaurante, nuevos campos de tenis, baloncesto y lanzamiento, el puente sobre el río Arzobispo, el mapa en relieve de Colombia y cinco fuentes de mármol y de piedra. Se entiende entonces que en el momento de la construcción de la Avenida 26 en 1959, cuando el Parque de la Independencia se redujo y el Parque del Centenario desapareció, el Parque Nacional se convirtió en el único lugar de recreo para los habitantes de la ciudad. De las décadas siguientes, amigos bogotanos recuerdan que esperaban impacientemente la salida del colegio para ir con los amigos a montar en las atracciones mecánicas instaladas en el costado norte del parque. La gran rueda, los carritos chocones, los karts, el martillo o la licuadora marcaron la adolescencia de unos cuantos. La atracción más recordada por sus efectos extremos de vértigo y vacío es el llamado martillo, una especie de versión antigua del b­ arco pirata, con la diferencia que este daba la vuelta entera y ­mantenía 49   


a la gente de cabeza por un momento. Paralelo a la Ciudad de Hierro se vivía el ambiente de los espacios públicos setenteros y ochenteros: vendían algodón de azúcar y ringletes, leían las cartas y las líneas de las manos, hacían retratos con grandes cámaras de caja, amaestraban loros para que “adivinaran” el futuro escogiendo las cartas, tiraban monedas al canal para que los gamines clavaran para recogerlas y, lo peor, encerraban niños discapacitados en cajas no muy grandes y, cuando la gente abría la puertica, estos tenían en sus labios papelitos que les decían la suerte. El Parque Nacional que conocemos hoy pertenece a la nueva era, la de los perros y las patinetas, la del Instituto Distrital de Recreación y Deporte que da clases de aeróbicos los domingos de ciclovía y llena de monitores el parque para divertir a los niños. De día puede ser el lugar de competencia de carritos esferados y de noche el espacio de refugio de los indigentes. Algunos recordarán de esta época los encuentros de presumidos grupos neonazis o la espera de los jóvenes prostitutos en la carrera séptima. Muchos olvidarán el año de la llegada de Rita, la última adquisición del parque, realizada por el maestro Grau en el 2000 como símbolo de la liberación femenina. Pronto pensaremos que su corsé y sombrero siempre han estado ahí porque ya nos hemos acostumbrado a ver el parque por debajo de sus piernas. Rita será pronto un entrañable mueble viejo del parque, así como el parque es un entrañable mueble viejo de Bogotá. No se podría escribir la historia de la ciudad sin él.

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J o h n Ja i r o Z u l ua g a

Parque humedal Santa María del Lago

Su nombre viene de dos Marías, de la madre de Jesús y de la esposa del ex presidente Alfonso López Pumarejo, dueño de la hacienda Santa María donde se construyeron los barrios que lo bordean. Alrededor de sus aguas era frecuente encontrar a la familia López montada en sus caballos de pura sangre con aire aristocrático. Eran paseos que alternaban con políticos de renombre para barajar la suerte del país. Los hacían rodeados de vacas pacientes, de garzas blancas y de paticos zambullidores. No sólo los López se divirtieron en el humedal. También lo hizo la primera oleada de vecinos que construyeron sus casas después de que vendieron la hacienda. Los fines de semana instalaban carpas, montaban fogones de piedra y elevaban cometas. Por la tarde saboreaban un suculento sancocho de gallina con sabor a leña ahumada. Para bajarlo tomaban chicha de maíz fermentado. Luego venía la euforia. Con razón se dice que esa bebida era el mejor psiquiatra de los pobres de la época. Con el paso del tiempo llegó más gente a los alrededores y los jóvenes encontraron otras fuentes de diversión. Gonzalo González de la Gonzalera, revolcó en su baúl de recuerdos para decir: “Con los muchachos de la gallada navegábamos por todo el humedal. Lo hacíamos en botes hechos con canecas plásticas y encima les poníamos una plataforma con tablas de madera”. Piloteaban las lanchas 51   


alrededor de las islas que formaban los juncos, siempre prestando atención para no quedar enredados en las plantas acuáticas. Esas lanchas también las usaba la gente para pescar con anzuelo y con atarraya. Cuenta don Carlos Siabatto, un antiguo poblador del barrio Santa María del Lago, que llegaron a pescar capitanes de cuatro y cinco libras: esos peces grandes, con piel de tigre y barbas gruesas Una mañana la señora Gloria –recuerda ella–, vecina del humedal, vino a contemplar las garzas: “Bajaban del cielo como si llovieran copos de algodón. Al otro día parecía como si las nubes hubieran bajado y no se quisieran ir”. Después de la década del sesenta llegaron más pobladores y nuevos barrios: el humedal no volvió a ser el mismo. Tanta dicha no era posible que se perpetuara en un medio rodeado de tanta gente. En poco tiempo se volvió refugio de indigentes que buscaban en la tranquilidad de la vegetación y del agua el sosiego que no tenían en la calle. Los vimos caminar con costales al hombro, revolcar la ropa que les regalaban o acostados debajo de enramadas hechas con plásticos. Allí fumaban lo que fumaban sin el acoso de la policía y sin la mirada de reproche de la gente que se consideraba de mejor familia. Al lado de los indigentes aparecieron animales que no tenían que ver con el humedal. Una cofradía de perros se posesionó del lugar. Eran una amenaza porque se comían los huevos de las aves acuáticas y las correteaban cuando salían del agua. Una inundación de patos hizo presencia por el costado oriental, sobre la carrera 73. Fueron lanzados por unos vecinos del conjunto residencial de Sago y los alimentaban con las sobras de comida que les arrojaban desde las ventanas de los apartamentos. No se movían del sitio porque en cualquier momento una lluvia de arroz surcaba el aire y caía sobre sus patas. Cuando eso ocurría se abalanzaban sobre los desperdicios y se volvían un ovillo blanco en disputa del cereal cocido. Por el lado occidental, al frente del barrio La Granja, irrumpieron los caballos que los zorreros llevaban a pastar. Aprovechaban para bañarlos, cepillarlos y curarles las heridas con azul de metileno. Don Delio llevaba una recua de diez caballos, como si fuera todo     52 


un López y esta fuera su hacienda. Para acabar de completar, una familia ­invadió el sector norte, detrás del conjunto residencial Recintos de San Francisco. También pusieron su cuota de animales y construyeron una cochera de marranos al lado de su vivienda: una construcción pirata hecha con recortes de madera, plástico y zinc. De ese sitio salían hombres a fumar bazuco debajo de un urapán que quedaba detrás del colegio La Palestina. Pronto el agua lluvia hizo su magia natural y reunió en el depósito de agua los excrementos de los marranos, de los caballos y el de los seres humanos que llegaban de las aguas negras del alcantarillado del sector. La falta de encerramiento hizo que mucha gente se ahogara. Gonzalo Aristizábal recuerda a un joven zorrero que se tiró borracho. “Yo iba con un funcionario del DAMA y de repente vimos un muchacho celebrando con aguardiente en el costado norte del humedal. Amenazó con tirarse. Le tratamos de persuadir para que cambiara de opinión, pero nos dijo que a nadie le importaba lo que hiciera. Luego levantó la botella en nuestro honor, de manera sarcástica, y se aventó. Llegamos tarde. Apenas se veía la honda que se formó en el agua y las burbujitas que salían de la profundidad”. La familia Siabatto se acuerda de muchos ahogados. A su casa arrimaban los policías por velas y sábanas para taparlos. El señor Carlos recuerda a un muchacho que vio desde una ventana del segundo piso de su casa. Lo vio tirado sobre la orilla del humedal, tapado con la sábana de su cama y alumbrado por cuatro velas que acababa de regalar su mamá. En 1977 la avenida Boyacá le propinó el tiro de gracia al humedal. Esa vía heroica extendió su puñal de cemento y lo hirió de muerte. Bebió parte de sus manantiales y lo separó de un tajo por la mitad. Una parte quedó en el barrio Santa María del Lago y la otra en el barrio Bonanza, donde se secó unos años después. Las historias de violencia no fueron ajenas al humedal. El hecho de sangre más recordado lo protagonizó un conductor que recogió a tres pasajeros en el barrio Venecia. Ocurrió en la época del Mundial de Italia 90. Antes de salir de la avenida Rojas e ingresar a la calle 68 le dijeron: “Esto es un atraco”. Lo condujeron al humedal y cerca de 53   


un matorral de juncos le propinaron varias puñaladas marraneras, sin ningún sentimiento. Como si estuvieran atravesando un bulto de arena. Sus alaridos moribundos despertaron a los vecinos que se acercaron a gritar: “No lo maten, no lo maten”. Los tipos se alarmaron, voltearon sus nalgas y se fueron con el carro. A los quince días el resucitado salió del hospital La Granja y corrió de casa en casa para darles las gracias a las personas que le salvaron la vida. Les contó que los tipos en el trayecto se pusieron a hablar de los partidos de fútbol y del gol que le hizo Fredy Rincón a los alemanes. El humedal tocó fondo cuando los zorreros, los constructores de los alrededores y los urbanizadores piratas empezaron a tirarle escombros. El urbanizador pirata que más recuerda la comunidad fue Rafael Forero Fetecua. En el año de 1981 quería construir en el humedal. Dice un dirigente comunal: “Intentó dar en garantía el lago a una institución financiera para construir una urbanización con ayuda de algunos miembros del Concejo de Bogotá. Por fortuna algunos pobladores lo impidieron y se dieron a la tarea de recuperar el humedal. Pronto sus gestiones dieron sus frutos y en 1995 la Corte Constitucional determinó que el humedal era un bien de uso público del Distrito Capital. A los pocos días lo encerraron con muros de ladrillo y malla eslabonada. En poco tiempo la espada de Damocles se cernió sobre los invasores y los desalojaron: Los perros se fueron con los indigentes, los caballos salieron detrás de los zorreros, los marranos se fueron con los bazuqueros y los patos quedaron recluidos en el parque Simón Bolívar. Allí se deleitan con los chitos que le tira la gente los fines de semana. Su cruzada ambiental los llevó a poblar el lugar con árboles nativos. Eliminaron el temible buchón que amenazó con sepultar el agua. En el año de 2011 el humedal quedó recuperado y fue abierto al público como parque ecológico distrital. En su inauguración estuvo presente el grupo: “Viajeros de la Música”, ex integrantes de los Speakers, uno de los primeros conjuntos de rock que tuvo el país. Sus canciones fueron acompañadas con grabaciones de los sonidos del humedal. Desde ese entonces el parque ecológico es frecuentado por estudiantes, practicantes de tai–chi, parejas de     54 


enamorados y ancianos que vienen a recrearse. Un grupo de ellos se reúne a menudo en una pequeña plazoleta para actos culturales ubicada en la parte occidental. Son las mujeres de la Legión de María que con rosario en mano rezan las oraciones a la Virgen. Casi todas llevan el cabello blanco, usan falda larga y empuñan sus sombrillas porque a su edad es un terror el agua fría. Uno de los practicantes de tai-chi es Alberto Lamprea. Un hombre macizo, de espalda amplia. Por fortuna su cabello largo le da un aire de meditador. Tiene a cargo un colectivo de ocho personas que se congregan debajo de un sauce llorón, cerca de uno de los espejos de agua. Como está prohibido el uso de grabadoras, su líder espiritual recurre a su reserva de malicia indígena, prende su celular y les hace cerrar los ojos para escuchar los ejercicios de relajación. Cuando termina se lamenta porque el grupo ha disminuido. “Nosotros éramos como treinta y había gente del Minuto de Dios, pero una señora le contó al padre y éste les dijo que si estaban con Dios o con el diablo. Los regañó para que no volvieran, que porque los orientales no creen en Dios y que antes por el contrario, se creen dioses”. Eso dijo. A veces llegan al humedal los Muiscas, una agrupación de indígenas de Suba, de Cota y de Usaquén. Vienen con el abuelo Sawawa quien dirige el ritual del maíz cada que hay un cambio de estaciones. Hacen un círculo, beben chicha de una totuma y aspiran tabaco molido para hacerse una limpieza de las fosas nasales. Después le dan gracias a la Pacha Mama por el nuevo ciclo, y luego se van. Hay también un grupo de ancianos que viene todos los sábados a practicar gimnasia en horas de la mañana. Son dirigidos por doña Rosa, una señora que los reclutó en el humedal para darle sentido a su vida de pensionada. Al fondo, sobre el costado norte, una tingua se desprende del grupo y pega una carrera por encima del agua. Corre como si se deslizara en una tabla de surf. En su recorrido va dejando una estela que se desvanece, como lo hizo ese pasado tan escabroso. Tal vez esa sea la mejor imagen del Santa María del Lago: una tingua en el humedal es un humedal recuperado. 55   


Mario Aguirre

Tercer Milenio: un parque bajo la tierra Así como tumbaron las casas, Así quedaron los que ahí vivían Crack Family Celebrar la permanente victoria de la poesía contra los sordos poderes de la muerte. Gabriel García Márquez

Hace mucho no venía al parque. Cuando niño mi padre me tomaba de la mano y con el aplomo de quien lucha por el pan, caminábamos juntos por las calles del Cartucho en busca de repuestos para lámparas de neón. Aquí reparaban los balastos, que son esas pilas negras como diminutos vagones de tren, instalados junto a las lámparas de tubos. Después de la demolición visité el parque, mi trabajo consistía en traer a colegios ricos al centro para que los niños conocieran la historia oculta de la ciudad. Nos cuidaban uno o dos policías, en el parque había risas y candor. Los niños se hacían fotografías y repartíamos sendos refrigerios ante la mirada hambrienta de quienes pasaban por el parque. Vuelvo al Tercer Milenio. En esta ocasión nadie me acompaña. Vengo a entrevistar al poeta. Entre el maletín llevo una cámara que no voy a usar, tiene opciones para grabar voz y video, pero la     56 


mantengo oculta durante mi permanencia en el parque. Con la mirada busco hacer un barrido general por la pieza arquitectónica, pero el moderno diseño me impide ampliar el panorama, los taludes cortan la profundidad y transmiten una extraña sensación de ocultamiento. Llego al parque por la calle Sexta en busca del poeta. El primero que me sale al paso es José Asunción. Esta calle dejó de ser río San Agustín hace cien años, y recientemente pasó a llamarse Avenida José Asunción Silva, gracias a la gestión de la poeta Carranza. Bajo mis pies la calle serpentea porque su trazado evoca el antiguo cauce del río. Este se contaminó tanto que debió ser canalizado a principios del siglo xx. El río fluye en silencio bajo el concreto de la avenida. Mi caminar sobre las aguas no tiene nada de milagroso; es más bien triste. Esta corriente subterránea desemboca como yo en el parque Tercer Milenio: dieciséis y media hectáreas, de pasto y adoquín suficientes para disimular el río putrefacto que discurre bajo la tierra. El parque se extiende desde la carrera Décima y hasta la Avenida Caracas, lo atravieso siguiendo la línea diagonal desde el Centro Comercial Gransán, hasta el Instituto de Medicina Legal, en la esquina suroccidental del parque. Un médico forense me dijo que Poeta es el apodo del hombre que cuida los carros de los dolientes, mientras ellos reclaman a sus muertos en la morgue. Poeta es moreno y de baja estatura, las arrugas de su rostro son endurecidas y gruesas, cuando habla, el sonido de las palabras se abre paso entre la irregularidad de sus dientes y la barba trasquilada y canosa. Se llama Luis Ilario Vega. Habla de los treinta y un años que lleva como habitante del sector y anuncia que este será un madrigal en la ciudad, un corazón podrido que desaparecerá para ver renacer la vida. Me turba lo irónico de la profecía. Para construir este parque fueron borradas ocho manzanas completas, únicamente sobrevivió el edificio de la morgue; al parque solo le sobrevivió la muerte, y a la muerte la sobrevive la poesía. El poeta José Ilario compara el Bronx con un corazón podrido de la ciudad. Un corazón condenado como el del poeta José Asunción fulminado por el pistolazo suicida. El 57   


ideal aplastante del desarrollo urbano demolió las casas del sector e hizo tabla rasa con los vestigios. Aunque en apariencia el parque borró el pasado, bajo alamedas y lozas de concreto discurre un río de historias que se oye con solo poner el oído cerca del suelo. El escultor alemán Jochen Grez ha hecho célebres los monumentos invisibles –en memoria de las víctimas del holocausto– sin mostrar un objeto evidente, aluden a la memoria a través de la vitalidad de la palabra. Sin planearlo, cada metro cuadrado del Tercer milenio levanta sobre sí un monumento a la destrucción y la muerte, que son el tremendo abono de estas ocho manzanas de suelo nacional. arquitectura oculta

El Tercer Milenio es un parque habitado por ausencias. Las áreas específicas para juegos infantiles están vacías casi toda la semana. La parte alta de los rodaderos es una casita donde los ancianos ebrios se quedan dormidos, a la sombra del techo de juguete. Hay un sistema hídrico de tres fuentes con capacidad para surtir de agua las 17 albercas que adornan el parque. El suministro fue cortado para presionar la evacuación de las mil familias de desplazados que se tomaron el parque en 2009; desde entonces el agua ya no corre. Hay un Monumento a la vida y al desarme ciudadano fundido con armas de fuego entregadas voluntariamente por la ciudadanía, obra del maestro Héctor Lombana –el mismo de los Zapatos viejos de Cartagena–, es una escultura de tres jóvenes con brazos abiertos y un arco de doce palomas; de las doce, quedan solamente tres, el resto fueron robadas. Anexa a la morgue funcionaba la escuela Santa Inés, que en 2010 desalojaron por daños estructurales en la edificación; una escuela sin recreos. El poeta que cuida los carros de la morgue, por supuesto tampoco es poeta. –¿Cómo fue el proceso de la calle del Cartucho al parque Tercer Milenio? –Todos los días era una guerra. Vinieron y negociaron casa por casa para acceder a los terrenos. La gente del Cartucho sabía escudarse y atacar. Causaron destrozos en las estaciones de Transmilenio durante las jornadas de     58 


desalojo. La estrategia oficial fue mecánica y eficaz, amparados bajo el pretexto de salvar a la población vulnerable –como ha sido usual en las guerras de este siglo– operaron tres frentes de trabajo: la parte legislativa, para que la normatividad permitiera la construcción del parque; la negociación de los predios; y la propia albañilería de la construcción. Los debates se hicieron públicos en los medios de comunicación. El vocero de los habitantes del Cartucho era Ernesto el loco Calderón. Un capo de la basura, propietario de las bodegas de reciclaje más grandes del sector y de las más poderosas líneas de distribución del ‘gancho’, como se solía nombrar la pasta base de coca que consumía el sector. Las escasas manzanas que separaban la Alcaldía Distrital en el Palacio de Liévano y los ‘castillos’ del Tucho, se volvieron un campo sembrado de amenazas. “Si el alcalde insiste en desalojarnos, tendrá que sacarnos muertos, sentenció Calderón. Y el alcalde mayor respondió que no permitiría que El Cartucho siguiera siendo una república independiente” (El Tiempo 11/03/2001). La guerra parecía con los de afuera, pero el fuego ardía al interior de la ‘olla’. Además de la gente que perdió la vida durante las jornadas de desalojo, a diario la ley de la calle se cobraba sus víctimas. En un barrio de muertos vivientes echando humo de sus pipas, las deudas eran el único pan de cada día; quien tenía una deuda tenía una ‘liebre’ persiguiéndolo, y lo alcanzaba tarde o temprano. Una liebre disparó por la espalda al Loco Calderón. La sabiduría popular se confirmó con rudeza: ‘Al que le van a dar le guardan’. Los muertos del Cartucho eran arrojados en los contenedores de basura que permanecían rebosantes a la entrada del barrio. Nada mejor que un rap, una crónica breve de lo que tocaba vivir en la calentura de la olla: Un peón por deuda en el container/ llévelo pal lote y échele basura al cuerpo/ que estamos en la calle con talento, desperdicio de la rama. ¡Pum! ¡Pum! ¡A los hermanos blancos! (Cartón, de Crack Family). Compraron manzana por manzana, de afuera hacia adentro, hasta que estuvo sitiado el barrio entero. Conforme negociaban predios, el límite institucional se recuperaba. La participación del 59   


Estado fue decisiva durante estas operaciones comerciales; como era usual en el sector, la disuasión fue aguerrida y violenta. A los vencidos sobrevivientes les instalaron un albergue transitorio, en las ruinas del matadero distrital. Seguir con vida fue habitar el matadero, y allí nadie quiso quedarse. El poeta dice que la idea del parque fue copiada de Suiza cuando a un tipo se le fue una moneda un día por una alcantarilla y al asomarse a buscarla vio una cantidad de niños drogándose, inyectándose heroína. Construyeron entonces un parque para poner a los niños, darles sus dosis y acompañarlos con médicos y enfermeros, hasta que se rehabilitaran y pudieran decir ¡me voy de este parque! Así en los Alpes, a esta altura de los Andes la réplica se distorsionó, sacaron a la gente; ¿y quién quiere quedarse en este parque?, con todas las personas enterradas debajo. A muchos se le murieron acá los papás o los hermanos. ‘Nadie tiene ganas de volver’, dice el poeta. volver

La problemática social y espacial que generó el comercio de drogas y demás ilícitos en el sector, demandaba con urgencia un trabajo de rehabilitación de la población y del espacio. La administración de la ciudad juzgó como demasiado costoso el proceso de rehabilitación de habitantes y prácticas. Se optó entonces por operar un cercenamiento urbano, se dinamitó la manzana podrida, y aun no es visible la recuperación del árbol. Con la demolición del barrio Santa Inés, la indigencia, el comercio de drogas y el establecimiento de colonias con ley propia se atomizó en pequeñas ‘ollas’ dispersas por la ciudad. Llama la atención el cartuchito que se formó detrás de Corabastos al occidente de la ciudad, en la localidad de Kennedy, hasta donde fueron a parar algunos viejos habitantes de el Cartucho y otros grupos de recicladores. En el centro de la ciudad el comercio de ilícitos nunca se fue. Se mantuvo en distintos sectores distribuidos en el radio del Tercer Milenio. En el barrio San Bernardo, límite sur del parque, el comercio de drogas y la prostitución se intensificaron hasta volverse evidentes     60 


en el deterioro arquitectónico y social del barrio. Entre las carreras 16 y 18 los sectores de Cinco huecos y la L se han afianzado como los núcleos más violentos de la ciudad. Por una Bogotá sin mugre es una investigación de médicos de la Universidad Nacional que rastrean la atomización, e incluso el aumento de la violencia, durante y luego de la desaparición del Cartucho. Embellecer la ciudad soluciona ciertas dimensiones de la vida urbana, pero ni desaparece ni diezma la problemática social. Si la recuperación urbana mantiene comunión con formas de limpieza social –en el uso particular que se le da en Colombia a la expresión– la renovación seguirá alejándonos del desarrollo. Para recuperar la confianza y el agrado de habitar la ciudad es preciso que el miedo desaparezca. Como dicen algunos doctores: por una Bogotá sin mugre en la conciencia. madrigal

El poeta habla del Bronx con un entusiasmo cercano a la devoción. Dice que allí se consumía desde antes del parque y con la expulsión del Cartucho el negocio se trasladó. El poeta sostiene que allí hay una disciplina férrea. Al que dice groserías se le llama la atención y si intentan robar a alguien hay unos miracaras pendientes que los reprenden a palazos. En diez años el Bronx va a dejar de existir, renacerá este corazón podrido de la sociedad. Será como la canción… como un madrigal. De inmediato el recuerdo musical me contagia, repaso la canción en mi cabeza: Estando contigo me olvido de todo y de mí, parece que todo lo tengo teniéndote a ti, y no siento este mal que me agobia y que llevo conmigo, caminando esta vida que tengo y no puedo vivir. Cuánta coincidencia entre este amor de madrigal y el enganche producido por el vicio de la pipa, eres luz que ilumina las noches en mi largo camino. Es por eso que frente al destino no quiero vivir. Volver a caminar por el parque es la única forma de sembrar buenos recuerdos, el suelo está abonado. Antes de venir, un amigo poeta me refiere la siguiente anécdota: María Mercedes Carranza, meses antes de acabar con su vida, llamó a Jota Mario Arbeláez y a Juan Manuel Roca para que en la plaza de los Mártires –a la entrada 61   


del Bronx– ambos firmaran la paz a una guerra que llevaban casada por años. “Donde la sociedad entera se echa los pases, los poetas hacen las paces” dice mi amigo. Para librar a este parque del olvido no se requiere erigir monumentos, la poesía siembra cartuchos en los jardines y levanta cruces sobre las sepulturas. Un día Bogotá recordó, que lleva en su pecho una herida mortal, y como el más grande de sus poetas, se voló el corazón.

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Orlando Fénix

El Danubio en los ojos

Vine a buscar a los hombres que envejecen en los parques. Tienen que estar aquí, alimentando palomas y descargando en las bancas el peso de sus días. La calle, la 56 sur, se empina y fatiga, se bifurca, se tuerce y termina al rompe en el parque rodeado de barranquitos y construido en cuatro niveles como cuatro inmensos escalones. Es el Danubio Azul, en Usme, a unos mil quinientos metros del relleno sanitario Doña Juana. Tiene un área infantil con tobogán, niños, columpios, esperanzas. En el cemento helado un señor, más helado aún, intenta reunir los espacios en los ojos: una cancha multifuncional coronada por una empinada tienda con buganvilias violeta en el frente; la tienda está enrejada y domina el paisaje como una imagen tutelar. Más abajo adoquines nuevos, en el otro gran escalón otra cancha multifuncional con mallas metálicas verdes. En el ojo izquierdo del sesentón venitas rojas como raíces. Un poema de John Galán habla de hombres como este, ahora gira hacia el partido de microfútbol de verdes contra azules, la planilla de control la maneja una mujer y tiene más carácter que el árbitro, da instrucciones con más precisión. Entre semana estos cracks de verraquera y cerveza son empleados, comerciantes o vendedores; los días de descanso con la novia o la parentela en las gradas el balón es un momentáneo factor de unidad familiar y es sagrado. Una discusión de hinchas concluye en carcajadas y con la frase: “Yo sí puedo tomar lo que no puedo es comprar trago”. 63   


Cruzo el Danubio Azul pensando en el vals de Strauss que bailan las recién casadas y las quinceañeras. Volveré mañana. La vida está de nuevo en el parque, parejas de adolescentes y casi púberes lo pueblan, un letrerito en una pared de ladrillo pelado frente al parque ofrece Prueba de embarazo sin costo alguno y asesoría en planificación familiar. La “asesoría” debe ser la que cuesta. Este lunes Don Alex, antiguo presidente de la Junta del barrio, cuenta en la puerta de su casa, a una cuadra del parque, que han proliferado los perros desde que ya no hacen campañas para controlarlos y esterilizarlos. Es un veterano dirigente comunal de bigote tupido y frases pausadas; bogotano a simple vista, sin embargo a ratos tiene un lejano acento caribe; escucha con curiosidad y luego hurga en sus recuerdos. Hace apenas once años el terreno del parque era casi un socavón, un pequeño abismo, ni siquiera existía la calle, corrían por allí aguas negras. La comunidad tomó la iniciativa rellenando y nivelando el terreno, pidiendo tierra a los volqueteros que botan escombros lograron tapar el socavón en seis meses, antes de rellenar pusieron un alcantarillado con tubos de gres regalados que quedaron como a seis metros de profundidad. Entonces vino la idea del parque, hicieron la solicitud formal, fue construido y por el afán de entrega la institución encargada trabajó mal una parte del terreno que se hundió; hubo que enderezar el error. Nació el parque, nació la calle, por allí suben y bajan ahora los habitantes de los barrios de arriba, almas de los cerros. Desde la casa de Don Alex se ve pasar al señor del primer día, el que se sienta y no parece mirar las cosas sino la historia de las cosas, no parece mirar a la gente sino a través de la gente. Me despido y salgo disparado a hacer contacto con el personaje, me acerco como a unos cinco metros pero su actitud aunque fresca y tranquila infunde más respeto y distancia que un monje zen en meditación. Tamborilea despacio con los dedos de la mano derecha sobre su rodilla, es delgado con panza incipiente, chaqueta café de botones y pantalón caqui de dril supernaval, bajito, vetas de canas entre un cabello castaño y los hombros vencidos. Está mirando los ojos de     64 


todos los que descansan o juegan en el parque, intenta sonreír con los que sonríen y casi llora cuando un niño llora, se alegra con un gol como si lo hubiera hecho él pero no grita. Es otra forma de vivir el parque, sin usar el cuerpo. La mayor parte del tiempo el Danubio Azul permanece solitario pero el domingo florece. Cerca al tobogán un padre joven cuida a su hijo mientras juega. Comenta que por las tardes hacia las noches se apoderan del parque los muchachos que consumen marihuana o bazuco; señala la basura amontonada en bolsas preciso al lado de donde juegan los niños. Cuando la charla se convierte sutilmente en entrevista sonríe y se niega a decir su nombre con un “no, no, deje así”. Oscurece y ahora el parquecito vacío devuelve el eco de las risas infantiles, una pareja se detiene en un beso y por la calle los vendedores empiezan a recoger el domingo. Hoy en el parque hay más padres que madres paseando a sus hijos, cuando se los aborda todos hablan como si acabaran de llegar al barrio, nadie sabe mucho del crecimiento del Danubio; o hay prevención frente a un forastero que por muy sonriente que se vea… anda haciendo preguntas. Esta vez el hombre que lee el parque en los ojos de la gente tiene los brazos cruzados y detiene apaciblemente la mirada en los objetos como se observa a alguien que uno conoce desde niño. Cuando ha leído varios rostros y objetos seguidos cierra sus ojos por ocho o diez segundos y creo que ahí, detrás de los párpados, atesora todo, presente y pasado, en ese instante. Entonces y sólo entonces lo entiendo. Me siento en una banca tibia por el sol del mediodía, empiezo a ver cosas que quizá ya nadie más puede ver.

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L a r ry M e j í a

Mi morada al sur Para María por guapa.

Sentí reverdecer el espíritu como bajo el tajo que poda los árboles jóvenes. Marco Aurelio Arturo Martínez

Todas las mañanas durante 11 años atravesaba este bosque de camino al colegio. El frío de las 6:30 a.m., mezclado con la neblina que recorría y silbaba entre los árboles, son los primeros recuerdos que tengo de aquí. Donde se sostenía entre los suburbios un follaje que contrastaba con el panorama de invasión y urbanización; un retiro de árboles, que aún hoy le hacen frente a las cada vez más pobladas montañas. Estas montañas, este bosque del cual a la fecha sobreviven tres cuadras de lo que otrora fuera una gran hacienda. En primaria pasaba de la mano de mi mamá en tanto los aprendices de toreros le hacían el quite a la nada y sus trapos rojos bailaban dibujando curvas y formas sobre el espacio, con ayuda del viento. En esa época presentaban por televisión la serie Puerta Grande, sobre la vida del matador César Rincón, era el año 1994. Gracias a la tele, que desde siempre tanto aporta a la cultura, toda una procesión     66 


de maletillas y aprendices de toreros, poblaron el bosque: hacían chicuelinas, verónicas, pases de pecho y demás movimientos entre los árboles; estocaban animales imaginarios mientras soñaban con debutar en la Santa María y salir en hombros de las Plaza de las Ventas de Madrid, como lo hacía Julio Sánchez quien protagonizaba la serie sobre Rincón. Entre tanto, a duras penas, con el frío de la mañana y con los pájaros como testigos, dejaban sus sueños por el piso del Bosque de San Carlos, como deja el toro la sangre en la arena. Cuando empecé el bachillerato, iba solo al colegio –uno de los tres colegios que lindan con el bosque–. Y cuando no iba o cuando me escapaba de él, pasaba las horas en este lugar, frotándome las manos, acompañado de mis amigos, quienes por entonces aprendían a fumar cigarrillos, refugiados con la complicidad del entonces vasto Bosque de San Carlos. Fueron incontables mañanas viendo la niebla gris mezclarse entre los pinos y eucaliptos con el humo azul, y de paso el coctel de la amistad con el vicio, en un gran recreo que por derecho propio nos tomamos del colegio. Como yo no aprendí a fumar, preferí venir a tomar vino Moscatel de pasas, alternando la lectura de poemas nadaístas, con canciones que atronaban en una grabadora destartalada, que me prestaba mi primo Germán: reverberaba inclemente entre las florestas haciendo eco con las canciones de Black Sabbath, al compás de los árboles que parecían bailar al ritmo de la guitarra de Tony Iommi. En aquella época de la mano del rock recorrí este bosque durante muchos días, y de vez en cuando me encontraba alguna pareja la cual se iniciaba aquí en las artes amatorias, desde luego clandestinas, como eran clandestinas las mías de voyeur, pero en ambos casos éramos unos apasionados. De fondo a nuestras actividades sexuales o espías, grupos de deportistas aprovechaban el verdor y la vastedad para lanzar golpes y patadas contra el viento: hacían flexiones de pecho, sentadillas, corrían evocando a Bruce Lee, peleando contra enemigos que eran árboles o sombras. Ahora pienso que este bosque es un gimnasio de campeones y amantes anónimos. Protegido por la naturaleza del bosque y por mi juventud desde 67   


aquí pensaba en el futuro y hacía con mis amigos planes de viaje que la mayoría de ellos lograron concretar. Ahora los recuerdo sentados en troncos caídos, columpiándose en encorvadas ramas. Ahora los recuerdo mirando ese edificio que escondido entre árboles, en el corazón de este bosque, y años atrás protegido por un cerco de cuatro paredes, intentaba alejar a los vecinos y curiosos. Hoy día sigue en pie. Es el hospital Carlos Lleras Restrepo, lugar donde otrora trataban la tuberculosis, acción que le valió el miedo de los colindantes quienes miraban con recelo y merodeo las instalaciones, convertidas hoy en esporádicos campos de concentración, donde guerreros virtuales se disputan fortalezas en juegos de paint ball. Hoy que han pasado los años contemplo los cuatro puntos cardinales de mis edades y de los lugares como este donde pasé mi niñez. Aquí veo nuevos estudiantes que se fugan de clases y otros que asisten a educación física, y hacia el sur, encumbrada en la montaña donde termina el San Carlos, diviso la iglesia de La Resurrección, donde cada año, el día 6 de enero, se reúnen los vecinos del barrio Las Lomas para quemar al diablo, intentando conjurar en un muñeco todos los males del pasado. Y del otro lado, entre la vegetación que todavía subsiste, la que se ha salvado a los repetidos intentos de urbanizar este pulmón, la calle 27 sur, como una lápida, vía por la que intentó escapar Efraín González, cuando acorralado, el ejército llegó a su casa a perseguirlo. Mil doscientos hombres, dicen por ahí, le hicieron frente hasta dejarlo acribillado contra la barda donde limitaba este bosque, a la cual llegó herido en una nalga y el pie derecho, para recibir finalmente un tiro que le entró por el guargüero y le salió por el parietal. Su primo en segundo grado, Pedro Claver Téllez, me dijo que aquella operación contra el famoso bandolero duró cuatro horas. Pienso que todas estas historias me pertenecen, nos pertenecen, pues a este mar verde han venido a desembocar muchos jóvenes que a falta de no tener casa hemos hecho del bosque de San Carlos la sala de estar de una casa imaginaria. Yo soy el novio de todas estas colegialas que al calor de un cigarrillo o un beso, buscaron conjurar la desesperanza de un futuro incierto. Todas las maratones que en     68 


la imaginación corren estos atletas por entre los matorrales son mis maratones, y este bosque de árboles que en la noche hablan y se codean entre sí, es el hogar de mi niñez y mis memorias. Aquí me recuesto a evocar los compañeros de colegio quienes ahora viven en España, cuyas voces suenan y truenan en la memoria, repitiendo incansablemente la canción de Fito Páez la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón. Míos son estos amores eternos que se han jurado los estudiantes bajo el abrigo de la juventud y la naturaleza, bajo el visto bueno de la esperanza y el siempre renovado comienzo. Míos son los nombres que con una navaja, cercados con un corazón, están escritos en mi mente y en la corteza de estos eucaliptos para siempre. Mío es el recuerdo de Efraín intentando escapar una vez más. El aroma que cruza por el bosque de San Carlos, de humo, sudores, labiales y plomo, es el perfume que me alimenta el alma a cada paso. Aquí han venido a confluir caudales de amores juveniles, deseos de triunfo en soñados escenarios, hombres mayores que buscan exorcizar al calor de sus memorias y con la complicidad del paisaje, una soledad insondable; aquí vienen los muchachos a hacer educación física, a correr en contra del tiempo. Cada recuerdo, cada paso, cada piedra, cada pájaro que canta y fabrica su casa en las ramas de este bosque, son una historia que me acompaña en el inconsciente. Mientras recorro el bosque voy recogiendo sombreritos blancos que caen de los eucaliptos verdes, o trompitos cafés, que son los mismos sombreritos trabajados por el viento, moldeados por el paso del tiempo, los atletas y los transeúntes. Ahora que el turno de mi niñez ha pasado, y me obligo a mirar con otros ojos que son los mismos, veo en un extremo del parque, a un grupo de hombres y mujeres mayores, que han regresado a la tierra, al cultivo orgánico y la enseñanza agrícola en diferentes áreas. Se reúnen a diario –según me cuentan–, aran la tierra, siembran la tierra, le cambian el agua a patos y conejos, gallinas y palomas; bailan, cantan y juegan, haciendo de ese rincón de este boque un asidero de la memoria, donde comparten las experiencias de tiempos mejores. Es entonces como si el Bosque de San Carlos 69   


volviera a ser como en otros tiempos la hacienda que fue, y su suelo renaciera en el ir y venir eterno y repetitivo, moldeado una vez más por las manos de los hombres. Los miro desde mis 28 años, con un extraño nudo en la garganta, por el desconocimiento del porvenir, del suyo y del mío, que es a fin de cuentas el mismo. Su regreso a la tierra, sus manos que al sembrar fructifican, me devuelven el aliento y las ganas de seguir adelante, de verme niño hace uno años y ahora joven, y a lo mejor más tarde –como ellos– recogiendo la cosecha de los tiempos: sembrar de nuevo la vida. Por entre callejones de árboles ancianos y otros recién plantados por el Jardín Botánico para celebrar el día del Árbol, voy capitulando. Voy dejándome llevar por la canción de ahora, que fue como en otras épocas la del viento silbando entre las ramas. Entonces rememoro, pienso y canto: Voy a salir a caminar solito… Y vengo de regreso a la morada al Sur de mí infancia, donde espera plantada por mí y germinada por el tiempo, la hermosa cosecha de recuerdos, en tanto me acomodo bajo la sombra del árbol desde donde me siento a escribir este texto.

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l o s o f i c i o s d e l pa r q u e f u e e d i ta d o p o r e l i n s t i t u t o d i s t r i ta l d e l as artes–idartes y l a s e c r e ta r ía d e e d u c a c i ó n d e l d i s t r i t o pa r a s u biblioteca

libro al viento

ba j o e l n ú m e r o o c h e n ta y dos y se imprimió el mes de enero del año 2012 e n b o g o tá


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