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La otra latitud

UNA ARDILLA EN EL DEVENIR Como una ardilla que trepa el tronco del devenir, ligera y ágil, clavando sus lunas diminutas y nuevas en la corteza que sangra recuerdos y reaviva y crea hojas verdes que el viento celoso sostiene entre sus manos, así, silencioso, me siento en esta nueva estancia, al amparo de una cordillera de sueños. Traje una guitarra para deleitar mi soledad, inventar de la nada un ser sonoro, un llanto de color, un rizo o un iris. Sí, aquí estoy, con mi instrumento ágil aguijoneando la blancura del silencio, tratando de diluir la nieve con mis palabras. El fuego arde en mis dedos sin consumirse, como una hoguera de aceite por los dioses asistida. En mi nueva residencia deambulo tocando el timbre de mi alma para provocar un río de versos que inunden el cauce de un rayo de luz, de una mirada perdida en un pensamiento o de una ardilla que trepa el árbol del devenir con rauda impaciencia de serenidad.


Fausto Leonardo Henríquez

TEMPLO DE LOS ANHELOS El mundo, allá, al otro lado de la niebla, oculto detrás del espejo, del tiempo acezante, es un chalet edificado sobre alas azules, un templo donde todos los anhelos brillan como el oro. Desde este ilimitado mirador, en el que se debate el mar de mi ser undoso, oteo el hallazgo de un tú en la penumbra de mi intuición. Un relámpago me ciega la vista y la rapta.


La otra latitud

SONORA PRESENCIA Hay un ruido tenue en la oquedad vedada de mis íntimas veredas. Posiblemente sea tu sonora presencia que se debate en los entresijos de las huellas dactilares del alma, o en las pupilas de la noche hueso. Hoy ha pasado el día ebrio de espíritu, como si no buscara más fin que sollozar de alegría bajo la copa de tus delirios de agua. Debo ascender como el incienso hasta la cúpula poblada de ancianas plegarias. Desata el hilo blanco de mis años, y córtalo.


Fausto Leonardo Henríquez

TENTATIVA En el interior de la montaña que se yergue en los recónditos temblores de los instantes que se escapan imperceptiblemente, allí, indefenso como una hormiga ante un río impetuoso, busco una luz que me mire o una mano que, calurosa, se prenda de mi vestido y me traslade al mundo inmortal de las alondras. Un nudo corredizo ata mi mirada, posiblemente es el riesgo que existe en quien quiere ser un ángel y no una sombra.


La otra latitud

ANGUSTIA En la sutileza de tu sombra de elípticos balbuceos, lealmente prendido a ti, insomne océano de olas, deshago y rehago mi angustia. Pienso cómo el tiempo se ahueca, cómo mi cuerpo se inmaterializa en sus laberintos de arácnidos recodos. El ser, oh el ser, se me comprime la existencia en una masa de niebla, como si fuera yo un objeto que cae y resuena indefinidamente atormentado por el ruido de mis sentidos de metal. La angustia se me hace piedra en el alma.


Fausto Leonardo Henríquez

COSMOS INTERIOR Por el aire estatuas, celestes cuerpos deambulan en órbita como entes sin sueños ni visión. Peregrinan por el vacío estrellas de breve vida, cuerdas de guitarras rotas, y campanas de iglesias, roncas de tañer, cristos colgados de esperanzas como hojas verdes. Figuras sin rostro, libros abiertos como ventanas nadan en la ingravidez de un subrealismo daliniano que agota el espacio abierto de mi mente. Caballos alados vienen y van atravesando muros, dioses sentados en tronos y ángeles ebúrneos habitan el cielo de oníricas galaxias.


La otra latitud

RECREACIÓN Arde en mis manos el sol. Un volcán, a merced de su ígnea verdad, confronta las profundidades del cielo. Hasta aquí llegan los entes en su pensar, hasta aquí los insondables aposentos combados de la frente orillada por la salinidad de los alisios subterráneos. Del hondo silencio de mi alma un alarido de llamas (perenne rugir de un sol sincero) se expande por los mares de mis venas, por los ríos de mis experiencias límites y mis lluviosas palpitaciones como si el mundo que creara Dios se estuviera, inconfundiblemente, recreando dentro de mí.


Fausto Leonardo Henríquez

UMBRAL Sé que debo pasar ese umbral, ese pasadizo oculto que los ángeles recorren en sus alabanzas y susurrantes aleteos interminables. No dudo que más allá de la inteligencia se expanda un inmenso ocaso donde el viento exclame: ¡éste es mi paraíso! Sin embargo, se nublan de claridad mis ojos cuando intentan descifrar los arcanos elixires de la infinitud. Este veraz deseo de ser eternamente humano se descompone como un castillo de naipes y me aterra la felicidad, la certeza de ser imagen de Dios por siempre.


La otra latitud

LA FUGA Son intentos de espantar la sombra de mi cuerpo, mantra oscuro de araĂąas perdidas, las olas del aire. Los clĂĄxones de los taxis ensordecen la luz argentada de mi alma esclarecida. Huyo perseguido por los rugidos de la ciudad felina, atacado y herido por las dentelladas de la niebla. Huyo hasta donde el roce de la soledad me tranquiliza y me trae jarros de paz como de agua. No viajo hacia la nada porque es el sin sentido, voy hacia el fondo claro de la plenitud, al encuentro de mi Alfarero.


Fausto Leonardo Henríquez

ASCENSIÓN Por la escalera, visión eléctrica, de los rayos solares asciendo hasta una dimensión supra sensorial, donde los seres toman vida, donde las montañas son criaturas, bebés, donde las rocas, las torres de las iglesias y sus cruces son figuras sobre mansas lagunas hormigueantes. Es el alma la que se marcha tras sus alegrías, mi Yo va tras ella porque sabe que busca en la oscuridad, a tientas, la fuente de agua que emana del azul y combado océano celeste. En el alfombrado amanecer de oro, impávido, traspaso la gravedad reservada a los ángeles.


La otra latitud

LA LLAMADA Todo intento por romper la barrera de la vida, frontera liviana, es como chocar con una pared blindada de bruma. Sé, y lo consulto mirando la huella clara de la Verdad en el fondo del agua de mi ser, que estamos llamados a ser aves que emigren a la república de la Plenitud. ¿Cuál es el camino a seguir? El palpitar verde del corcel que galopa en tu pecho, el brillo del amor en tus ojitos inseguros.


Fausto Leonardo Henríquez

MAGIA Te vi en el aire sostenido entre los dedos de la brisa; no hablaste, sin embargo, tu presencia se sentía como un suave susurro al oído. Mis ojos, al verte, te besaron. Supe quién eras porque tu cuerpo era ebúrneo. A nadie le dije, pese a que te paseabas entre la multitud, de mi experiencia por temor a que desaparecieras mágicamente. Sólo lo pensé y ya no estabas.


La otra latitud

EL ÁNGEL El ángel tuvo un sueño, un alegre y onírico hallazgo más allá de los cinco continentes de la percepción. Respiró un aire celeste, luminoso, perceptible únicamente en una órbita de íntimos latidos. Sus alas sentían el hálito divino de sedosos murmullos de un Ser, cuyos pasos estremecen al alma sedienta e inocente. Una dulce mirada oyó resonar como un remanso límpido, y no supo más de la gloria.


Fausto Leonardo Henríquez

FILOMELA El avecilla estaba sentado en la punta grácil de una rama. Tenía los ojitos como los de un niño que acaba de plañir. Era tímido. Me acerqué a enjugar su gris pena. De repente desapareció entre la fronda nebulosa del gigante árbol, como refugiándose de mí y desde lo alto se le oía su tristeza recitar. Oculto en la copa dejó de clamar al viento su gris llanto, y bajó lentamente hasta la rama más baja y me miró con sus ojitos de niño llorón y me dijo: arpegio la lira mustiamente y desgarro mi garganta, porque fui desterrado del Olimpo. Dime cómo se llega a la eternidad. Y le dije: sigue con tu lira para que me vaya contigo al infinito.


La otra latitud

HELIO Querría recorrer el interior del sol, conocer su intimidad, sentarme con él en la terraza que da al espacio sideral poblado de hormigueantes luciérnagas y explicarle el sentido que dan a mi existencia sus dorados brazos de fuego. Más allá de la claridad están los secretos del diamante, el origen químico del alma. Por eso Helio, príncipe que rige el cosmos de mi ser más oceánico, en una reciprocidad dichosa, sutil y ardiente, supone el centro por el cual todos los rostros llegarán a ser gotas azules de divinidad.


Fausto Leonardo Henríquez

TIEMPO En el espejo de la soledad veo el rostro del tiempo. El tiempo me mira con un aire de tristeza, como avisándome que la vida es mucho más que un cuenco de experiencias, de memorias, de bosques perdidos en otoños rebeldes. En sus pupilas intento adivinar el eco de otro ritmo, de otras vidas donde el reloj no sea una sirena que despierta el fantasma de la muerte, de mis canas y mis recuerdos.


La otra latitud

TRANSFORMACIÓN Llegará el día en que verás mi cuerpo transformado en espada, y con ella me verás hendir el miedo a la pantera negra de las noches amargas. Seré rayo del Olimpo, divinidad de los cerros más emblemáticos de las islas sonoras de los mares aún sin auscultar. Si toda mi historia acabará en la nada, entonces, trágame dinosaurio gris de metálicos huesos. Esto dijo el árbol dolido de finitud.


Fausto Leonardo Henríquez

EXPECTROS La distancia es miope. Vienen a su abrevadero de antenas y parabólicas, trastocadas, las ondas sin sangre, las ondas sin polen. Por el aire circulan voces como espectros, seres extraños que buscan aterrizar en algún lugar. Almas vagabundas se esconden en ansiosas redes digitales. Errantes espíritus sin faz fenecen en los pantanosos valles, acorralados por un espacio informe de la realidad virtual.


La otra latitud

EL SUEÑO DE LEONARDO Desperté en un mundo donde no oía el ruido arenoso de los carros, lejos del mudo y grotesco tambor de la violencia. Vi el cielo abierto como un túnel iluminado por el cual entraban, vestidos de blanco, silbando, los lirios. Cuando entré en un clima sobrenatural tocaba mi piel y la sentía como de aire, y al hablar no hacía falta la voz, sino la mirada y la sinceridad del cristal desnudo del alma rutilante. Vi, además, que desapareció la edad en todos los seres eternizados por la Vida. Deseé quedarme en aquel alegre Apocalipsis pero una fuerza de gravedad, como a Ícaro, me devolvió a la materia.


Fausto Leonardo Henríquez

MISTERIO INSONDABLE Misterio que encierra el Éverest de la existencia, frío llanto de nieve, cierzo huracanado de protesta, ¿por qué no lo desvelas tú que la hiciste cuando aleteabas sobre el bolero de las aguas prehistóricas? Anidó tu aliento en los ríos de asombro, en riscos anudados a las costillas de tu imagen. Te fuiste y dejaste colgado en el árbol tus iniciales; cuando las borró el paso de los años y olvidamos cuál de todos los altos habitantes de frondas sedientas de nubes había sido, la araña del misterio arropó su existencia con su seda líquida vedando las cosas, el origen y fin de todas ellas.


La otra latitud

OCULTACIÓN Sentado aquí, reflexivamente, al borde de la vida, sustentado por un aliento más fino que mi voz, pienso en lo que hay en ese abismo impenetrable donde te escondes. Es ese abismo insondable, profundo e irrastreado el que provoca que mi pluma ausculte la inteligencia de los entes que balbucean la presencia de otra latitud, la que persigo con un desespero y agonía que me causa ensoñación y vértigo. ¿Por qué persistes en ocultarte a mis ojos? ¿Cómo es que te escabulles entres las hojas? ¿Qué pretendes, que muera sin haber atrapado el lienzo de tu mirada?


Fausto Leonardo Henríquez

REPROCHE Truena entre los montes y cerros de taciturnos campos adoloridos de una Verdad dura como un diamante, pero dulce a la lengua. El eco se expande, como reproche al mismo cielo azul, hasta desvanecerse en el confín del silencio abrupto. Si estuviera desvelada esa cortina de lluvia, el rostro indescifrable que detrás aparece fijamente, oteando el mundo, dejaría de protestar el viento.


La otra latitud

SER PARA QUÉ Sufro una angustia de río que jadea por ir a la mar, de árbol que quiere ser ángel o sueño de brisas alegres. Tropiezo en la muralla del pensamiento y ésta se desploma sobre la ronca noche de días aún lóbregos. Ser para qué, ese es el martillo que golpea mi sien, la piedra que, como un meteoro, horada las pupilas de mi alma como si se tratase de un cristal vulnerable. A mí lo que me preocupa es qué barco de brazos abiertos, no el de Caronte, me transportará al infinito cuando el agua dulce de mi sangre salada llegue a su destino ansiado.


Fausto Leonardo Henríquez

SEIN-ZUM-TODE1 ¿Y si esa loba feroz atacara la oveja de mi esperanza? ¿Se acabaría entre sus dientes voraces la dehesa verde que copa mis deseos más hondos? Estoy seguro de que la loba vendrá a atacar mi existencia, a asustarla, a hacerle perder el horizonte, a acosarla entre el alambrado y trinchera del no-ser. El no-ser es una flor sin olor, un llanto sin lágrimas, un gemido ahogado o una mirada borrosa de golondrinas de fuego. Temo a la hosca incertidumbre agazapada al otro lado de los latidos, que como una loba me puede herir y transmitir la rabia del no-ser.

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Ser para la muerte


La otra latitud

AVE NOCTURNA Amarillea el pájaro nocturno de bosques inexistentes, y esa sensación del séptimo sentido taladra los huesos, no blancos, sino de agua y espacio, del profundo gemido de un yo que emerge, entre taciturno y sorprendido, de un lugar ignoto. En el orden de los sentidos interiores aerolitos bogan en el cosmos del alma. Todo es posible en ese universo: que dos violines se besen con labios de cuerdas, que el mar sea una mirada susurrante, que el viento sea un unicornio o que un ángel te dé un cofre pleno de misterio o que simplemente te halles flotando en un mundo echo para los dioses.


Fausto Leonardo Henríquez

EL REGRESO Los siglos se han acumulado como ficheros en la corteza rancia del tiempo. Bajo esa capa, que muta con los años, surgió, de súbito, escrito el nombre de un ente que intenta volver a la raíz, al alfa de su omega. Ese ente vive en la ciudad y la brisa le gruñe y le grita al oído el abandono del Corazón del Cielo. El dinosaurio de la urbe, largo animal de ruido, absorbe, el zureo hierático de Dios y lo atesta contra los muros grises de las nubes infértiles. ¿Habrá un ocaso para aquel Nombre, un día sin sol, un mañana para su presente umbrío?


La otra latitud

AL DESNUDO Cada ojo es una piedra, un reclamo invisible de amargos senderos, por donde se perdió, acaso para siempre, la blusa blanca de Cintia. Y si no hay claridad la mirada se ofusca, forcejeante, en el umbrío caos de la negritud. Porque todo, incluso el íntimo rincón de los oníricos paisajes de las profundidades ópticas de una gota de agua, se verá transformado en sinfonía. Nada, ni el zumbido alado de la abeja de oro, quedará oculto a los ojos marrones o negros del devenir. Cada ojo es un diamante de certeza.


Fausto Leonardo Henríquez

VÁSTAGO Me pregunto si esas hojas seguirán sus pasos, si ellas, devotas, fieles a la creencia divina de sus éxtasis, también entrarán, vestidas de estacionales modas, al reino simple de los sencillos. La promesa colectiva de llegar al pico gélido de la eternidad la reveló una rama tierna nacida del tronco de un roble religioso, y esa rama tuvo un nombre, un rostro, un corazón. Ella, taumatúrgica dio vida con su verbo a tierras áridas, a labios trillados de sombras. Continúo preguntándome si esas hojas serán discípulas, o el viento las arrastra a ninguna parte.


La otra latitud

PROMETEO Si vinieras bajo una diluvial hojarasca de palabras aun sin polimizar, oculto en el impermeable inconformismo de unos labios rotos, veré asustarse las pupilas blancas de mi alma clandestina. Soy un Prometeo que ausculta el hondo aliento de tu mirada ardiente, un Epimeteo cleptómano de tus escondidos braseros divinos. En pestañas de sol y raíces, de astros y cirios de sinceridad, acerco la mano temblorosa al ruido de brasas dormidas que ansío.


Fausto Leonardo Henríquez

LIRA ROTA Llegaré hasta ti a través de sendas silenciosas, donde solamente las cigarras abrirán libros para leer en voz alta. Ahora tengo rota la lira, un tropel de flagelos, ira rojiza de ocultos campos despoblados, han atado la hacienda de la quietud donde yazgo olfateando el olor azul del cielo. Tengo el presentimiento de las calandrias: lloverá luz porque vuelan golondrinas como mariposas.


La otra latitud

BAJO UN ÁRBOL Ayer estuve sentado bajo un árbol nostálgico; pasé largo rato viendo pasar como hormigas las estatuas, cuya angustia resonaba en el rincón abandonado de la tarde bochornosa. Traté de convencerme de que el mundo deseaba una palabra, una caricia, no obstante, aunque fijó en mí sus escuálidos ojos amarillentos, se giró dándome la espalda. Entonces apareció escrito en su envés: gimo anhelando conocer a mi creador. Entré en mi cuarto para hojear el interior de la infinitud.


Fausto Leonardo Henríquez

ADIVINACIÓN Sólo te puedo adivinar, cuando silbas en los cables eléctricos, o cuando en los cogollitos de las ramas de los mangos el pico lo adornas de sonoros quejidos de diciembre. A veces, incluso, he creído que me llamabas por teléfono porque alguien como tú, pensé, trasciende los parámetros de lo posible imposible. Una nube se detuvo sobre mí, me abrazó largo rato, hasta que de nuevo el sol rutilante oreaba la eternidad. Fue entonces cuando percibí que la sombría tierra de la nube eras tú y contemplé escrito tu nombre en el graznido de un ave en la punta de un árbol de mangos.


La otra latitud

ESQUELA En la espiral de los ladridos de los perros se ahoga la noche como un fantasma que no sabe nadar. Voces humanas, murci茅lagos, persiguen el gato pardo de la luna en el casco urbano e invocan nombres de piedras que no responden, porque ya han muerto o duermen. En la rotonda, en cuyo centro hay una efigie que sale a perseguir entes en la negritud de las altas horas serenas de la madrugada, dej贸 una carta para que el roc铆o se la lleve al Coraz贸n del Cielo, cuando se evapore, el amanecer.


Fausto Leonardo Henríquez

SER URBANO La tenue luz de la farola, sumida en la tristeza, la soledad y la nostalgia, evoca otra luz de otra especie, en la cual las mariposillas que se calientan en su entorno no serán sino palabras aladas, signos como libélulas de sueños claros. En la calle, en cambio, el rumor de los vehículos es el alma urbana que plañe tras los muros de papel del devenir verde. Como ser de ciudad, oteo en la noche con ojos de búho el paso sonoro de una sombra que está escondida más allá de la tenue luz de la calle y el rumor de los carros.


La otra latitud

TIERRA Y LLUVIA Del cielo cae divina lluvia, inclinada como una visión. La tierra de mis pupilas, como tierra que añora, cuarteada de cansancio, el agua celeste, salta de gozo. Hasta las mismas raíces de mi alma aperciben en sus poros la frescura y humedad del cielo. Es Dios que se hace perlas.


Fausto Leonardo Henríquez

ADORACIÓN En el patio, contemplativo, el árbol mira la cruz de la Iglesia. Cada día vengo a escuchar sus elegías ocultas entre los follajes; a ellos viene, por las noches, beoda, la taciturna claridad urbana, pidiendo asilo. Doy fe de que mágicos cuerpos alados, de rodillas, se han transformado en eco o en litúrgicos rezos de luz. He visto tórtolas besando religiosamente el suelo, adorando la cruz de la Iglesia.


La otra latitud

REMANSO DE LA SOLEDAD Los vientos alisios propalan tus aromas, tus leves quejas de plateados escombros de dulzura. No te niegues al encuentro con la calandria de los sueños del ángel. Descienden hojas de amapolas hasta el remanso de la soledad silvestre, ave anacoreta, desnudando el vino blanco de tus ojitos claros. Me duele el amor cuando percibo que es antimateria la sola pretensión de besar el anillo de diamantes de tus mejillas. Un eléctrico idioma de olas secuestra mis pensamientos y se roba mi vigilia.


Fausto Leonardo Henríquez

OCÉANO DIGITAL He navegado en la red satélite de digitales ventanas, husmeando las huellas misteriosas de su realidad virtual y verás. Supe que estabas en el aire, intangible como estrella en éxtasis, mas no dejaste ni las migajas de tu callada música de flautas o mar. Se desconectó la red y me sentí obstruido por una fuerza que blindaba el acceso a la página íntima de tu diario. La tristeza nubló mis ojos como noche que arropa un valle rodeado de montañas de oscuridad. Quedé mudo como una piedra.


La otra latitud

ECLIPSES Fui a tu encuentro sobre las nubes entre dos montañas, urgido por una guerra inefable de absolutos eclipses. Bajaba a pie por un pequeño sendero y piaban los aires y las neblinas agazapadas en los arbustos, silenciosas masas de seda que me asaltaron de pronto dejándome inerme en el vacío de la completud. Se abrió ante mis ojos una puerta de claridad, atada con sogas de vibrantes llamas de bejucos divinos. Anduve bollando en un mar inconfundible, cuyas espumantes cordilleras era una fotografía de la felicidad.


Fausto Leonardo Henríquez

CABALLO DE VIENTO Como Sísifo he subido hasta lo alto de mis pensamientos, cansado de abrir libros pesados como puertas de catedrales, sin más esperanza que la que me infunde el poder sentir que en tu caballo de viento pasas galopando frente a mí. Sentado en el pico de un monte melifluo oteo, abajo, la eternidad, como un sin fin de constelaciones en la urbe. No hay luna. Dejo caer la piedra de mi humanidad, pero le crecen alas que me transportan, por un instante fugaz de semicorcheas, a un constelado mundo invisible. El vértigo de un relámpago me devolvió a la vida.


La otra latitud

TIERRA OREADA Por el cristal de la ventana entró tu voz como una luz. En el interior de mi habitación una semilla sembraste. La tierra oreada de mi mismidad se estremece. Se entiende porqué se reúnen las aves para delatar mi dicha y propalar el gozo del agua entre las piedras de mis huesos florecidos. No es fácil, por eso lo escribo, ver qué ondas antimateriales, lujosas vibraciones de mundos abiertos como paraguas de mar flamígero, ocupafn el aposento de un ser como el mío.


Fausto Leonardo Henríquez

AÑOS RUTILANTES Como un can olisqueo las huellas sonoras de tu imagen en el espejo, cierta como la cascada de los años transcurridos que se precipitan hacia el pasado, rutilantes. Bajo los aleros de la paciencia, al amparo ecuánime de la llovizna límpida de los abrazos celestes, tu eternidad global me cubre. El íntimo y acuático sueño del amplio cosmos, en el que se expande mi existencia bulle el instante ígneo. Es el sol que respira, la vida que muere y nace.


La otra latitud

MÁS ALLÁ DEL SILENCIO En el cañón que se abre entre dos montañas, sobre el cual navegan con alas inmóviles las doradas aves, encuentra su libertad mi alma, mi vista pensativa, y mis recónditos anhelos de elevarme más allá de los silencios y los montes. Las neblinas, como una sabana de humo y sincretismos de otra órbita, nublan mi entorno, hechizando el campo magnético del sol azul de mis cosmos interior. Oteo de nuevo el cañón que se abre entre la vida y el tiempo, cordilleras sacras de emociones destellantes.


Fausto Leonardo Henríquez

TIEMPO DESCALZO Le digo al tiempo que se moje en la lluvia, que camine descalzo por el amargo cruce de sonrisas que ya no existen porque las golondrinas se marcharon sin dejar una nota escrita acerca del destino último al que fueron llamadas por un ser de atracción deseada, por los ríos que corren en el interior de los huesos de palabras que echaron raíces. Sueña el tiempo como una estrella cuyos gases anuncian el principio de otra era nueva y cimbreante.


La otra latitud

PEZ NOCTURNO Rumbo a otros mares de claridad, como barro que ha aprendido el vaivén undoso de un porvenir anclado a la roca del terso misterio, se dirige, esperanzado, el pez nocturno de alados anhelos que palpita en el centro de una burbuja de cristal resguardado de las fieras. Hay un ocaso en el cual no habrá vinos mustios ni brisas que idolatren las hondas, ni esperanzas a la vera de ríos que se secan porque les falta sinceridad, lluvias tiernas de sutiles caricias. Si viera, al doblar la esquina de mi existencia, que no hay mar ni ocaso, sucumbiría en la punta aguda del llanto.


Fausto Leonardo Henríquez

ÚLTIMOS PÁRRAFOS Abrí el libro de aguas de tus ojitos. Leí en él el murmullo de arpas, de bancos inmóviles de neblinas ingenuas. Anduve trepando los cerros de tus ideas de oro, y, tras largo caminar, con el cuerpo cansado, saltó a la vista un crique de canoros delirios. Mojé la lengua con el ruido del agua, después, alta la frente, recorrí los últimos párrafos de un capítulo escrito en las hojas verdes y gráciles de los árboles. Cerré tus párpados lentamente como un libro que se deja querer. Y desaparecí de la tierra porque me tragó tu nostalgia.


La otra latitud

ETERNIDAD Me pesa el olvido, el vuelo del colibrí y el zureo opacado de las palomas de la plaza. No sé cuál es el origen de mi angustia, yo rastreo debajo de las hojas secas de la grisidad, levanto alfombras, sueños y renuevo el fondo del vaso en el cual se aposan los siglos lapidados por el inquebrantable devenir, y no hallo más que el polvo del no ser. Una enorme carga de atracción extroyecta hacia el infinito el cuerpo de mi mente, como un meteoro de onírica ingravidez. Me pesa la eternidad como una mole de brisas ligeras.


Fausto Leonardo Henríquez

INFINITUD Ya pronto pasaré el muro mortecino de la noche. Espectros de bostezos languidecen entorno a las farolas inconclusas de las calles. Deambulo por las aceras como un bulto insurrecto, como risa azotada por la inclemencia de un huracán, adivinando el lugar exacto para emigrar a la ciudad de los astros, al país oculto de los ángeles. Pronto me dormiré bajo el techo sombrío de una mirada, de una farola que se extingue ligeramente. La infinitud me hace señales desde la otra orilla, aunque la luna descansa.


La otra latitud

VIDA La vida, que tantas veces desnuda ha sobrevolado las islas de los sueños, los ocasos perdidos, se yergue, vista al frente, en la orilla de los mares. El látigo impune de las cosas pasajeras, con aguijón silente, pero agudo, sorprende miradas incautas en el follaje existencial de los días lóbregos. Se ha quedado azorada la luz silenciosa de mis años ápteros, como oteando un más allá en la quebrada líquida de mis venas. Cierro los ojos y miro al cielo de silencioso azul.


Fausto Leonardo Henríquez

EMIGRACIÓN AL FUTURO En la cumbre de la montaña, al amparo de los árboles conocedores de las emociones del viento en las hojas, claro y azul el cielo y rutilante el sol, diviso el cálido verdor de los abruptos montes libres. Mi espíritu se levanta como una mariposa y emigra al futuro por unos instantes febriles. El graznido silvestre de las aves asalta en el aire mi alma y la retorna a un paraíso ignoto, pero latente. Es el brillo de la eternidad.


La otra latitud

PLENILUNIO En el aire el cuerpo navega. El tejido nervioso husmea el país de las hojas que penden en las puntas del vetusto roble del tiempo blanco. Me atraen hacia arriba ríos de brisas suaves. Descanso la cabeza en el patio de mi mano y ausculto los escondidos gemidos de las tórtolas en los montes. Plenilunio en la voz, eclipse híbrido de sueños, de mundos que orillan en lo profundo de la mente y en las oquedades de la razón. Agito el banderín porque he sucumbido en el océano de la completud.


Fausto Leonardo Henríquez

CASA DE CRISTAL Sólo cuando te apercibiste de que en mi interior no habría aguijones que atentaran contra tus íntimos y gráciles bosques vírgenes, abriste aquella casa de cristal construida lejos del odio y de las alimañas de las ciudades. Me llevaste por un angosto sendero hasta descender por la pendiente arenosa de tus palabras, en cuyo límite te transfiguraste. De modo que ya no sabía si eras Cintia o si eras un ángel. Era todo tan nuevo que deseé no retornar a lo cotidiano, pero, de súbito, al abrir las ventanas, el sol, como una joven sacerdotisa, bajaba por la montaña desnudo, y ya no vi más ángel que una niña que cruzaba la calle africanada.


La otra latitud

NOSTALGIA Hoy ha vuelto a llover con cรกlida y religiosa parsimonia. Pardas las nubes que se deshidratan, encapotan el cielo escondido. La lluvia se desliza como un suspiro al ras de las hojas y evoca una nostalgia de divinos e irisados sentimientos. La mente piensa en otros espacios creados expresamente para trascender, piensa en lunas que giran en torno al alma, en mares donde la palabra sea pez o en la infinitud como tiempo sin fronteras. La lluvia empapa mi vida.


Fausto Leonardo Henríquez

ALBAS INSACIABLES Ante mí entes increados giran misteriosos, bollando en aguas de aire y sombras. Las diurnas farolas gravitan en placentas de soledad, ansiosas de alumbrar el rostro de la noche. El viento pasa silbando para espantar su angustia. Horizontes íntimos globalizan albas insaciables de luz. Veo pasar una banda de pensamientos migratorios huyendo de valles inhóspitos o buscando claras aguas gentiles. La lengua viperina del ruido urbano amenaza el parpadeo onírico de una luciérnaga o el violín alado de sonrisas astrales.


La otra latitud

GRAVITACIÓN La densa masa acústica de la inquietud de mi ser, como luna de un astro que, por su omnipresencia ignota nos atrae, gravita incólume en una órbita de dulzura, como hoja que cae en otoño suavemente de un árbol sin que nunca llegue a herirse contra el suelo. El espacio abriga las inocentes niñas que nadan en los lagos profundos albergados en las cuencas de las altas frentes del espejo de mi otredad. Nacen otras lunas en el cenit del alma alba. Pero un astro que no puedo otear tras el Verbo, oculto, imanta mi voz obligándome al silencio.


Fausto Leonardo Henríquez

AVE VACILANTE En el escandaloso río de tus silenciosas palabras, al amparo del árbol sonoro de tu mirada centelleante, como un avecilla vacilo, a la espera de que raptes el hálito fresco de mi ser. En los gestos de las cortinas que jadean cortejando el paso invisible de tu presencia, te intuyo. En un recodo de mi mente, al acecho, aguardo que te mires en el dúctil cristal de mi ventana para sorprenderte sin que vea, como el héroe del Mar Rojo, tu rostro palpitante. Sin más vida que la que me trae la brisa, espero la ascensión de la hoja de mi alma.


La otra latitud

ESTELAS La luna, en el hueco de sus manos espumosas ocultó, quizás para siempre, tu rostro, beoda de infinitud. En sus párpados, seco el mar, huellas milenarias delatan que alguien, de frágiles y tiernos pies, se paseó cauteloso sin ser visto. Sin embargo, fijos los objetos de asombro, innombrable beldad delatan; belleza que es celeste, excelsa como el brillo de los cabellos de Beatriz. En la órbita de los planetas de mis ojos la luna, de mármol blanco y suave, obedece una ley impuesta por lo azul eterno.


Fausto Leonardo Henríquez

ÁMBITO En el clima de seda que te envuelve, al amparo de olas que insinúan llanos distantes y violines, un porvenir de pájaros, un ámbito febril rodea la pirámide de latidos verdes en la que habitas, incólume. Ríos de verdades conciben montes vírgenes, montes que, irrastreados por el olfato intuitivo de la claridad del alma, dan a luz ecos de una existencia plena, sonora, presentida. Los alisios vientos argumentan tu cálida sonrisa y tus preclaros silbos. En la urbe, florecidos en abril los arpegios, las frondas, una mano prístina al sol conduce la nieve de mi alegría.


La otra latitud

BIOGRAFÍA A tientas he buscado tu nombre en las borrosas páginas de tu biografía, escrita en papel de agua y mar. Desesperadamente he mirado al cielo de los poetas para hallar, breve y fugaz, un indicio, una foto, que me certifique el color ardiente de tu mirada. Sin embargo, parece que no hay más rastro tuyo en este bosque de rémoras e incertidumbres en que navego, que la sangre que circula por las venas rotas del tiempo ocre. Es mejor callar para oír el paso acorcelado del silencio.


Fausto Leonardo Henríquez

PRESENCIA En tu mirada serena el mar se inquieta, pujante. La noche feroz y platina derrama, líquida, tu presencia en el patio. Hay en tu recuerdo una luz, en tu eternidad, un ángel. En ti el ocaso encendió el beso de Venus, la marea alta de una estrella triste, mustia. Eres, tras las cortinas, un mágico espejo, mas cognoscible como frágil hoja que pende del asombro. Ausculto el campo magnético de tu eje de luz, y aguardo.


La otra latitud

ASCENSO A LA MEMORIA Con alas, no de cera, al sol, junto con mis bártulos inmateriales y mis huesos espigados de vida, asciendo impertérrito a la memoria. El temor me mira revestido de fantasma y sus muecas aterradoras coartan la irisada trayectoria de quien humano, vuela a los campos elíseos de Helio, atraído por sus ardientes miradas y sus mejillas tiernas. Vuelo en la interioridad porque soy un Ícaro con la fe como alas. No se derretirá el deseo de la eternidad en mí porque quien me guía no es Dédalo, sino el Verbo.


Fausto Leonardo Henríquez

INSOMNIO En las quebradas del tiempo, donde al pasar las hojas secas crujen excitadas, en el estrecho gemido de los ríos, despojado del mundo exterior, de la finitud que enerva los sueños plásticos, espero alzarme junto a ti. Seda serán los escabrosos pasos torpes que habré dado en la superficie del insomnio, porque nunca en realidad he pegado los ojos por verte, acaso, caminar sobre las aguas interiores de mis altivas lagunas. Le he preguntado al mar tu profundidad y no he oído más palabras que la que se bate en los puertos de mis sienes. Se marchan las golondrinas manchadas de primavera.


La otra latitud

TE VI MIRARME Te vi mirarme por la persiana de mi soledad. Cuando me apercibí te ocultaste entre los arbustos recónditos de tus párpados. Como una perdiz, te escabulliste justo en el instante en que tu rostro se enrojeció como una tarde de arrebol. La cierva que pace en la soledad buscaba tus pisadas, tus acezantes latidos, mas sólo hallaba a su paso el balanceo de las ramas por donde acababas de huir. Y se quedó fría la palabra como un iceberg porque ya te habías marchado.


Fausto Leonardo Henríquez

CONTINENTE IGNOTO Caben en la palma de tus manos todos los confines del universo, todos los undosos mares de serranías nevadas, y los incontenidos seísmos del volcán en actividad de mi pecho. Mi ser, el profundo y basto yo, como una carabela emigra a otras latitudes a un continente aun no descubierto, quizás, pero sí sospechado. Si mi ser fuera mi cuerpo y mi voz una supernova, estaría resurgiendo en el infinito como un milagro. No obstante, en tan limitado cráneo cobijas galaxias de esperanzas, anhelos como mitos. Hay sentido en mis venas caudalosas.


La otra latitud

EXVOTO Más allá de la soledad agónica, lejos de los escombros de la existencia, del grito de las piedras que se precipitan por barrancos de angustia, y de las noches inciertas, pende el infinito Desde aquí, desde este físico instante que el viento turbio azota con su látigo, elevo mis arterias abrumadas y húmedas, como exvoto a lo imposible real. Un dolor eléctrico sacude mi alma. ¿Será que la eternidad es nieve acumulada en un mundo platónico que el calor del sol diluye? Miro la cruz y un vértigo puebla mi mañana.


Fausto Leonardo Henríquez

JAULA DE CARNE Tanto deseo de verte tengo que ya mi esperanza de olivo como tierra sin lluvia, está agrietada. Una malla ciclónica ataja el ave de mi anhelo agraz, y se desmembran sus sueños, por escapar de la jaula de carne que la encierra. Agonizo colgado al verbo como un lienzo blanco. La intimidad resuena dentro mío como un oleaje en la distancia. Y es por eso que clamo al desierto «porque el desierto oye, aunque no lo oigan los hombres».


La otra latitud

ALEGORÍA DEL LLANTO La punta de una aguja es el presente erguido de las horas casadas con el movimiento del péndulo. Un picor absurdo acosa la piel de la nostalgia que me trae el futuro. Cuento en el calendario los alegres días que viviré en la eternidad, los días vividos petrificado en la alegoría del llanto. Todo mi hoy es un regreso a la esperanza, el último trago de sombra en el vaso de la existencia. Al árbol de mis pupilas le han salido hojas de dolor, de un dolor al que le crecen los oliváceos trinos de Filomela.


Fausto Leonardo Henríquez

SOMBRA ESCUDRIÑANTE Una sombra, oculta en el ágora de la noche, mira por la ventana de su habitación la desnudez vil de las farolas gemebundas de la calle, mustios seres que se pudren en las plazas vacías del tiempo agrio. Aquella sombra escudriña los manuscritos que la brisa dejó desperdigados como reproches de ira, como inoíbles gritos de la ciudad, en el pavimento africanado. La noche felina ataca desde el museo de su océano la sombra taciturna que mira por la ventana. La noche es igual al misterio.


La otra latitud

TU NOMBRE Tu voz es una roca que mana agua y tu presencia un rumor de autobús en posición de salida hacia el infinito ignoto. Tu nombre, cofre de inquietudes, metálico grito de mar asoleado, se refugia bajo la nube del enigma ocre como viento roto que agoniza entre los inmortales pinos. En tus labios de ángel se esconde una columna de fuego y cada palabra que dices me recuerda el rumor de las olas que agotan la paciencia de las arenas. En el hueco de mis manos recojo tu voz y me la bebo.


Fausto Leonardo Henríquez

DICTADURA DE LA NIEBLA En la esquina de la niebla, al borde del pasado, en rebeldía con el tiempo anodino de los ruiseñores, como Ulises, espero el regreso ansiado por años a la placenta celeste de la cual nací como un destello. Consulto el calendario para cerciorarme si a finales de mes vendrá a visitarme el asombro. Estoy transido de horas amarillas. Amargos ecos, dulce angustia de sal desnudan los pies de una verdad que no se dobla por el peso de la muerte. En la esquina la niebla ejerce una dictadura en la república tersa de mis ojos.


La otra latitud

TRANSHISTORIA Subo al carro y acelero hasta perderme en el porvenir. Persigo la elipsis de mis propios sueños transhistóricos como una sonda espacial que busca vida en el hielo de mis polos níveos. ¡Si al menos pudiera subir hasta el cerro de tu nombre!, daría los años vividos como rescate. Me desprendo de mí mismo como módulos de un cohete y me siento náufrago que navega por Internet rastreando la isla de los bienaventurados en algún lugar del universo. El final empieza en el principio.


Fausto Leonardo Henríquez

COMUNICACIÓN ONÍRICA Ayer sonó el teléfono, levanté el auricular y tu voz de espumas se oía nítida como hablan bajo los follajes las sombras. Cuando abrí los ojos y te busqué, ya no volví a escuchar en mi onírica comunicación el líquido silabeo de tus labios divinos. Entonces una nostalgia gris nubló las pupilas de mi íntima intimidad. Cogí el teléfono para llamarte, sin embargo, imposible, te habías ido a tu aposento de fanales cortinas. Te espero como viejo olivo el retoño.


La otra latitud

ITACA ETERNA La ciudad que me vio nacer está en Itaca, o sea, en el País de mi esperanza. Desde la popa de mi pensamiento oteo el horizonte cardenalicio, por si antes de la noche, de súbito, apareciese ante mis ojos la costa de la eternidad, el nuevo mundo, las indias de los misterios. El final de mi destino está más allá de todas las felonías de las brisas que me han negado el impulso en altamar. Está por llegar el último adiós flotando en mis palabras.


Fausto Leonardo Henríquez

HIPERIÓN Soy un Hiperión aeda que sueña un mundo blanco, donde es real lo soñado, lo pensado y lo vivido. Existo como el aire, férreamente atado a la libertad, que despliega el «visceral órgano de la vida», la esperanza. La interioridad es la otra realidad, el Océano donde tiene lugar la «segunda navegación». Siento un «regusto, como estelar, de eternidad» que me extroyecta hacia los últimos parajes del mañana. Soy como una línea recta a punto de morir, vértice de la ultimidad sonora.


La otra latitud

GOLFO DE LA DUDA En el golfo de la duda, a la deriva la barquilla esgrimo la fe como remos. Las fauces marfíleas del mar bravío, han abocado al naufragio mi nave de henchidos velámenes. Al arbitrio de las inquietas montañas, como reo castigado por gélidos vientos, me prendo al leño de una «instancia superior». Pervivo, rotos los ánimos de sequedad e insolación, porque esa instancia es una corriente infinita que me libra del abismo de la nada. Se pudrirá el tiempo antes que la utopía, que mi grito de ave celeste.


Fausto Leonardo Henríquez

INSCRIPCIONES En las aceras de los párpados tibios de la historia, se yergue el árbol de mi cuerpo en cuya corteza abriga inscripciones de un nuevo orden, soñado tan sólo. Mi vida, híbrida de ultimidad y contingencias, es como un papel de agua con un mensaje escrito con letras translúcidas. Una inscripción, hecha con la tinta del tiempo azul, sangre de la soledad, anuncia el eclipse de un pestañear de infinitudes. Es entonces cuando presiento que desemboca el río de mi voz en el mar de tus ojos. Se agota la claridad de mi aliento.


La otra latitud

PRETEXTOS DEL LECTEO Resuena el tambor al final del último adiós que me dieras. Mas los pretextos del río Lecteo se apoderan de sus ecos lejanos. Por sus hormigueantes aguas frías, como una hoja seca, mirado con recelos por las alburgíneas espumas, me llevan los sórdidos reclamos del destino. Se estrecha la vida. El pasado, como una fotografía amarillenta, claudica, sórdido, ante un tiempo que nace como un universo fanal sin precedentes. Oigo en la distancia el chasquido de tus sandalias. Vuelves. La vida se expande.


Fausto Leonardo Henríquez

AGENDA En la soledad oscura de mis ansias, en lo profundo y callado del abismo cenital, hallo tu agenda. A la intemperie de las íntimas quebradas, hundido el ser, desfallezco atravesado por una espada de ternura e infinitudes. Me dominan las aguas salobres que mueren en los arrecifes de tus párpados. Sé que cuando acabe esta historia tuya, y mía, el hilo con el que tejiste mi ser comenzará como una araña el tiempo, a deshacer mis versos. Anota en tu agenda nuestra cita más allá del tiempo.


La otra latitud

ISLA DE LOS CISNES Enredado en los laberintos como una voz prisionera de concavidades, desmembrado el latir presuroso de una gota en la oscura caja de huesos, torcidos de añoranza, jadeo como mar bravo. El mundo que oteo es más ancho que la mirada del sol rojizo al caer la tarde detrás de la vida oronda de la tierra. Desciendo por el barranco como un ave luminosa hacia los valles poblados de eternidades. Silba el misterio como la brisa herida. Aquí me quedo transportado a la isla de los cisnes.


Fausto Leonardo Henríquez

CREACIÓN El tiempo está en tu rostro de brisas alegres. La creación se inicia en tus pupilas cada vez que el mañana se torna alba o espumas. Es ese mundo, hecho para el hondo y angustioso deseo de la golondrina de emigrar en julio a los cielos lejanos, el que como una llamada telefónica, espero recibir en la cima de la completud. Una fuerza de atracción saca mi cuerpo de órbita. Conturbado por el impacto, veo, confusa, una imagen clara que se pierde en la inmensidad.


La otra latitud

SEÑALES DE HUMO En la antena sideral del cielo hay señales de eternidad, humo blanco que alerta tu presencia álbea. Tú arrastras en tu frecuencia la onda zigzagueante de mi alado espíritu. Crece el ámbito magnético que me envuelve como unos brazos de piel eólica, como plata esparcida sobre una albufera. El hálito infinito de mi hondura sobrevuela sobre las aguas de mi génesis. Una nueva era ha empezado en el universo de nuestro abrazo.


Fausto Leonardo Henríquez

VASIJA Se me cae la vida de las manos como una vasija. Un desgarre de impotencia hiende las niñas de mis ojos que la ven perderse en el Atlántico límpido de un ocaso sin tiempo, donde todo sucede sin inmutarse. La vida en el tiempo dúctil es un breve suspiro transparente de una pavesa. La barca ebúrnea de mi existencia en los arrecifes de mi humanidad sufre el suplicio de los embates de las olas. Roto el canto, roto el verso.


La otra latitud

DILIVIO DE SOLEDAD Ha vuelto a llover soledades en el glauco bosque de los sombríos espacios de la tarde, huérfana de fuego. La lluvia empapa los anchos recuerdos de un sol que, nostálgico y pensativo, se escabulle tímidamente tras las nubes llorosas. Sombras beodas besan el agua que corre por las calles, azoradas por las tibias luces encendidas de la ausencia. Mendigos del cielo o mar, hambrientos, pululan los árboles, como seres imaginarios. El párpado húmedo de la negritud arropa el blanco gemido de un ser que pugna por elevarse tras estos muros sonoros de la tarde extinta. Un diluvio de soledad inunda la tierra de este último instante.


LA OTRA LATITUD  

Poesía interiorista

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