Issuu on Google+

Capítulo X "Siento como si estuviera viviendo en la boca de un león, pero el león es un ángel"

Su mente dejó de trabajar, y la razón le abandonó por completo. El animal en él se despertó con presunción y no tardaron sus sentidos en ponerse alertas, cada uno de ellos concentrados en un único objetivo. Hacerla suya… Hundió sus colmillos en la tibia y exquisita zona de su cuello. El cielo… ¿Tenía acaso un demonio permitida la entrada al paraíso? ¿No estaban ellos privados de la gloria? Extraño— pensó para sí el inmortal, pero no por eso se detuvo. No saboreó del brebaje con frenesí bestial, no. Edward era un ser con clase, distinguido y experimentado. Si alguien sabía como degustar un buen manjar era él: había probado demasiado para malgastar la solemnidad del impensable lapso, probablemente mucho más de lo que alguno de su propia especie pudiese imaginar, o siquiera soñar. Sólo un poco… Un sorbo a la vez; sin permitirse el caer preso del supremo nirvana. Edward Cullen fue absorbiendo gota a gota, amparando en su paladar cada vestigio de aquel jactancioso elixir borgoña: intenso, dulce y adictivo. Demasiado bueno para ser real. La lengua de vampiro se regodeó de placer, mientras acariciaba con adoración cada ínfima gota, tan dulce y espesa, concentrada como ninguna otra de esa dulzura propia que te proporciona la vida. Permitió que el viscoso fluido resbalase por su paladar, abriéndose paso con soltura en el interior del indómito eterno con autoridad y decisión. Sus extensas y espesas pestañas rozaban con suavidad la mandíbula de la humana, como el cosquilleo propio de una mariposa al emprender el vuelo, pero él estaba lejos de poder ser comparado con tan inofensivo ser vivo. Sobre todo, porque no tenía lo primordial para tal acción, carecía de vida y en su lugar se dedicaba a arrebatar con indolencia a quien eran portadores de ella. La sangre continuó su recorrido y acarició las paredes internas de esa fría garganta por medio de caricias abrasadoras, dúctiles e inolvidables, de eso Edward no tenía duda alguna. Entonces, para su propia sorpresa, un tenue gemido de placer brotó de sus labios a modo de alabanza: leve y pueril; casi como un gatito, pero él era un León, -con disfraz de oveja; era cierto- pero en esencia un depredador. Sin embargo, ahora yacía tendido sobre la colcha, rendido ante su amo; a los pies de la chica que sin saberlo le había dominado. Su dueña. Volvió a gemir, de dicha y desconcierto, palpando con su lengua los últimos vestigios de esa prohibida poción. Una de sus cejas se arqueó ante la impensada respuesta; sus sonidos de


placer no eran los únicos reinantes en el ambiente: igual de suaves, pero mucho más dulces se oía ella. Tan ávida y a la vez tan prohibida, su preciosa humana; su Bella, se le unía ansiosa en ese mar de jadeos. La castaña lo estaba disfrutando; era un hecho, mas no por eso su actuar sería menos aberrante, lo que él hacía era monstruoso. Si bien no le suministraría un dolor físico y a duras penas estaba siendo realmente consciente de lo que ocurría, nadie merecía ese trato; ser visto como comida era más que una ofensa, era algo imperdonable. Lamió con exagerada lentitud los casi imperceptibles orificios que habían dejado sus colmillos sobre la piel de la humana; estos eran en demasía pequeños como para ser considerados una huella, pero a la vez lo suficientemente dilatados para que el inmortal consiguiera una dosis lo bastante contundente y así poder saciar su sed. Sin embargo no lo hizo, Edward únicamente se limitó a probar unas cuantas gotas para mitigar su inexplicable ansia. ¿Diez, quince; acaso haría la diferencia? Indubitablemente la haría, la más mínima muestra de aquella infusión representaba un precio tan oneroso y prácticamente incalculable, que sería vergonzoso e insultante tomar con ligereza tal tesoro. Dieciséis gotas exactas fueron las que el demonio arrebató de su ingenua victima. Las mismas que él radiante de alegría le devolvería si tan solo ella lo aceptase… Selló las minúsculas llagas con una última lamida: suave y en extremo lenta; su saliva mezclada con ponzoña eran todo lo que un humano necesitaba para que las heridas cicatrizasen, y Bella no fue la excepción. Al instante el níveo cuello de la joven relucía impecable y hermoso, sobre todo apetitoso. Los verdes ojos del vampiro se inyectaron de duro y frío ónix cuando el peso de la realidad cayó sobre él, no era culpa ni remordimiento, no cuando se era un no vivo, simplemente se debía a la inexorable constatación de un hecho. Edward pensó que definitivamente ahora más que nunca debía mantenerse alejado de la frágil niña. Acaba de comprobar del peor modo que su autocontrol no era ni la mitad de bueno de lo que se pensaba. "Nunca subestimes a un humano, ni su efecto en ti." Recordó las palabras de su creador cuando tiempo atrás le comentó su interés por Tanya, nada serio, pero aún así lo había llevado a ceder a sus impulsos más bajos… Salió de ese cuarto convertido en una bala, y esta vez no se detuvo a acariciar con sus labios, tan fríos y lacerantes como hielo, la tierna piel de la niña: ni en su mejilla, ni en su boca. Había cruzado la línea y lo sabía. Se encerró en su habitación y afianzó cada una de las cortinas, la fuerza que le impuso a su agarré fue tal que pequeñas hileras de tela borgoña quedaron enredadas en esos largos y blanquecinos dedos. Edward observó con detenimiento el material desgarrado y una extraña mezcla entre ironía y soberbia se instauró en cada una de sus afiladas facciones, entonces lanzó esas molestas porquerías lejos, con un exceso de asco impreso en el gesto. Porque nadie podía asegurarle que el día mañana en vez de género se tratase de finas hebras marrones, o algún otro resto de su humana…


Bella despertó con una molesta jaqueca abrumándola, por lo que decidió tomar una ducha, y esta vez no se sorprendió al ver un vaso de agua junto a un par de aspirinas esperándola, ubicados con perfecto orden en la mesita de noche que se encontraba junto a su cama. Comenzaba a acostumbrarse al exceso de detalles… Al parecer, los anfitriones se tomaban muy en serio el tema de la hospitalidad, quizás lo suyo no fuese el dialogar con sus visitantes, y a cambio se limitarían a hacerle sentir tan a gusto como les fuese posible. De todos modos, Bella lo agradecía, deseaba más que nada en este mundo conocer a su o sus benefactores, pero si ese día no llegaba jamás… Sólo le quedaba resignarse, aun así agradecería siempre el haber sido tan afortunada y que la encontrasen esa noche, inclusive desconociendo lo cercana que había estado de ser arrebatada de este mundo por las despiadadas garras de la muerte. Gélidos y ansiosos; sus largos dedos sacudieron con dramatizado nerviosismo los mechones broncíneos; rebeldes y siempre empeñosos en rozar su frente, mientras un mudo jadeo moría en el interior de su boca: más oscura que nunca; bañada en profundo borgoña tan sensual como peligrosa y articulando esa expresión casi desquiciada debido a la ansiedad previa por aquello que tanto había esperado… Entonces, escondido, como ya era costumbre, se acomodó y esperó. Sus manos se posaron en la zona donde el cuello y la clavícula formaban una hendidura y gimió de placer cuando las tibias gotas de la ducha acariciaron esa piel, ni siquiera fue conciente de este acto, sólo se limitó a disfrutar de la experiencia, y a su vez borrosas imágenes de la noche anterior recurrían en forma de fantasía a su pueril mente. La ducha, ella y un par de fuertes y blancos brazos transformaron lo que debía ser un inocente baño en la vivencia más febril que Bella había experimentado jamás. Tomó la loción y en cuanto las notas de frambuesa fueron esparcidas por su anatomía y su exquisito aroma desperdigado en el ambiente, el virginal cuerpo de Isabella dejó de pensar y se limitó a sentir. Abrumada por la extraña, estremecedora, pero a sobre todo muy sensorial experiencia de la que estaba siendo no solo testigo, sino una muy ávida participante, jadeó, de éxtasis y placer. Y una ansiedad desconocida la recorrió desde la cabeza hasta la punta de los pies, acompañada por tímidos estremecimientos. Las gotas continuaron abrazándola: cálidas y tiernas, con la cuota justa de sensualidad. Adhiriendo las perfectas ondas marrones en que desembocaban sus cabellos a la parte más angosta de su silueta. En ese preciso instante, ni un segundo antes, ni uno después… Un gemido sordo brotó desde el pecho del invisible espectador al observar el glorioso y natural contorno de la chica, tan inocente y a la vez tan dispuesta, por completo ignorante a lo que sucedía entorno a ella… Edward volvió a gemir, una vez, otra vez, y otra más; hasta que la última hebra achocolatada finalmente cedió con el calido dulzor de la ducha y abandonó con renuencia la estrecha cintura de la humana. Tan sensual… Bella— su nombre nunca antes sonó más hermoso ni atrayente, y ella no supo como pero se sabía esclava de ese trino. Su espalda se arqueó sumisa, mientras fríos dedos surcaban su cadera. Mírame— demandó con voz ronca, y ella solo pudo obedecer, no vio ojos ni labios, sus facciones suponían un misterio. La espesa neblina que nublaba sus recuerdos le impedía vislumbrar el rostro de su tierno y pasional amante, pero le sentía muy cercano a ella.


— Más— pidió en medio de gemidos, cuando sintió una excitante y estremecedora punzada en su cuello. Lacerante y aguda, fría en comparación al cálido vapor que la envolvía, más bien gélida en contraste con las tibias fracciones de agua que surcaban su cuerpo debido al baño, pero el extasío y embriagues era ineludible. Bella— oírle era verdaderamente adictivo. Daría mi vida por oírle una vez más— pensó desesperada, y repentinamente hambrienta, de un modo extraño y diferente; como nunca antes había siquiera imaginado estarlo por degustar la delicia que supondrían los labios de un hombre. La espuma comenzó a agolparse en su cuerpo. Las diminutas palmas de sus manos se aferraban con esmero a la pared del baño, intentando superar de ese modo la explosiva y descomunal euforia que sacudía su cuerpo por medio de certeros espasmos. Su espalda se arqueó con rebeldía, presa del conclusivo estremeciendo de la joven. A escasos metros estaba el poseedor de esas dos dagas, verdes y afiladas. Se aferraba con súplica a ese último aliento, implorando como nunca ser el dueño de al menos eso. Las ahora lisas hebras marrones colgaban con soltura hasta dar con su cadera, y aun así amenazaban con descarada incitación en volver de un momento a otra loca a la chica: rozando, tentando, más nunca saciando, ella jamás tendría suficiente, no una vez que había probado de la fuente directa… Sólo tienes que pedirlo— volvió a oírlo, igual de suave y sensual, pero con un tono que la hubiese convencido de entregar su propio corazón, aún húmedo y palpitando, en bandeja de plata. Sólo pídemelo — le repitió suplicante; mordió su labio y sus colmillos, excitación propia, comenzaron a punzar su lengua. Sin embargo; la demasiado ensimismada en el placer que terminaba de experimentar. reaccionar, abrió sus aletargados ojos y enjuagó con movimientos torpes de jabón que quedaban repartidos sobre su piel.

ya expuestos por la niña se encontraba Por lo que tardó en y trémulos los restos

Inspiró y expiró esperando que el sobrecogimiento pasase, sólo entonces la realidad cayó sobre su persona. Corrió en dirección a la habitación, con sólo una toalla anudada a su cuerpo como abrigo. Ingirió el par de pastillas junto al vaso de agua que la esperaban sobre la mesita de noche y pasó ambas manos por su rostro. Preguntándose con la vergüenza impresa en su rostro: — ¿Qué demonios era lo que acaba de pasar? Los días pasaron y la joven no volvió a sufrir de extrañas jaquecas, mucho menos alucinaciones de índole sexual. Por otra parte, Edward sabía que Bella no recordaría nada, pero también sabía que una vez que la había probado le sería casi imposible abstenerse de hacerlo nuevamente. Se encontraba ligado y para su pesar, desde mucho antes de siquiera haber probado su sangre. Nunca antes le había importado esa parte de su naturaleza animal. Eso era él, en esencia y apariencia: Un demonio. ¿Por qué negarlo? Era un vampiro; un ente bebedor de sangre. ¿Qué había de malo en ello?


Ni el dolor ni la ira, y mucho menos el remordimiento se aplicaban nunca a su actuar, aun así no se permitió tocarla más desde aquel desliz, dejó que la ansiedad barriera con su habitual soberbia y se vio a sí mismo amarrado a uno de los pilares de su alcoba. Sólo por prevención… — No cederé — articuló con exagerada convicción. ¿Ceder? ¿Acaso se podría llamar de ese modo al hecho de dejarse llevar por los instintos? Por otra parte; ya era una costumbre para la frágil niña bajar las escaleras y encontrar un abundante desayuno esperando por ella, sola, siempre sola. Sin embargo, poco a poco fue adaptándose a la idea de que alguien se hiciese cargo de ella, esta vez de veras. Las pesadillas rememorando su doloroso pasado fueron menguando poco a poco, hasta finalmente desaparecer por completo. Bella había aceptado el hecho de que ya no estaba sola en este mundo, nunca les había visto, no sabía si era un él o una ella, sólo sabía que era alguien que la protegía, que cuidaba de ella. Un benefactor. Durante las tardes su tradición se repetía, lo mismo durante la cena, como antes, como siempre: todo en orden, igual de perfecto. — ¡Ni siquiera me permiten pagarles haciéndome cargo del orden en esta enorme mansión! — Solía quejarse avergonzada. Intentó comunicarse incontables veces con los dueños de ese ensueño, escribió notas que nunca fueron respondidas, pero sí leídas, de eso no tenía duda alguna; porque no le fueron devueltas, jamás, ninguna de ellas. Cansada de que los intentos de comunicación fuesen siempre de un modo unilateral Bella se atrevió a gritar, como enferma, como loca, y también como mujer, porque eso era: Una joven mujercita que necesitaba ser oída, anhelaba devolver la mano a quien tanto auxilio le había brindado. Nuevamente, en vano. ¿Cómo era posible estar tan cerca y a la vez tan lejos? — Dolía, en el plano físico se encontraban a solo metros de distancia, pero en cuanto a todo lo demás eran cientos de kilómetros los que se interponían entre aquello que se había ganado toda su apreciación y ella. Se cansó de gritar, y todo lo que consiguió fue un resultado infructífero, la saliva abandonó su boca, despiadada y cruel, dejándola seca y agotada, débil. El invierno ya había pasado, y atrás habían quedado los rescoldos de esa noche fría, tan fría que le pudo haber costado la vida. A lo lejos la observaba en secreto; Edward sufría en silencio, ¿Dolor? ¿En verdad podía un monstruo sentir tal pesar? A ciencia cierta él no estaba seguro, sólo sabía una cosa, la necesitaba. Se había puesto como meta mantenerse a raya. En cuanto a sus necesidades se refería; el joven inmortal, valga la redundancia. Eternamente joven en lo que respectaba a su apariencia, e indiscutiblemente inabordable en lo que se refería a experiencia. Se obligó a si mismo a imponer distancia, una que la joven no notaría porque siempre lo había sentido lejano, pero él si que la advertiría. Nadie sentiría como él ese extraño amargor que significaba su limitante, por ello se propuso cazar más seguido, para no dañarla… . .


"Siento como si estuviera viviendo en la boca de un le贸n, pero el le贸n es un 谩ngel" .


cap 10