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NARANJAS


LA AUTORA QUIERE DEDICAR ESTE RELATO A TODOS LOS COLONOS DE MATEO INURRIA VECINOS Y AMIGOS


LA MAÑANA DEL 9 DE MARZO de 2009 Christian Postigo apareció muerto en el callejón sin salida de Mateo Inurria, cerca de los Laboratorios Alter, y a dos pasos de Da Luca, el nuevo restaurante que había abierto la viuda del italiano recientemente fallecido. Se le había ido la vida por una abertura de arma blanca que tenía practicada en el costado izquierdo, cerca del corazón. En su cara, pálida como flor de almendro, se pintaba una expresión de incredulidad. Al verla, uno se podía imaginar que Christian, mientras le estaban dando muerte, no se creía lo que le estaba pasando. O bien confiaba en la persona que le había clavado el cuchillo en el flanco, o bien pensaba que era imposible que le estuviera pasando eso a él. ¿Por qué precisamente a él? Todo esto rumiaba el Inspector Thackeray-Gómez cuando, en cuclillas, estudiaba lo que le transmitía el cadáver. Los fiambres hablan, cuentan muchas más cosas que las que puedan aportar los estudios científicos. Y él se consideraba de la vieja escuela, adoraba dejarse guiar por el instinto, aunque no por ello desdeñara las aportaciones de la vida moderna. Thackeray-Gómez representaba una singular mezcla, mitad inglés, mitad español y los que le conocían decían que esa combinación a partes iguales de flema británica y retranca española lo hacía casi infalible. El Inspector era hijo de un inglés venido a la Península para explotar las minas de Río Tinto en los años 60. Esa era una vieja historia, que se había revelado como un desastre ecológico y que no valía la pena recordar. El caso es que el británico se había prendado de una guapa sevillana, de familia bien, a la que había hecho un bombo, después, por supuesto, de haberla requebrado durante meses y llevado convenientemente al altar. Ese bombo había resultado ser Thackeray-Gómez, nacido, hacía ya cuarenta y seis años, en esa ciudad deliciosa con perfume de naranjos. 19


El camino tortuoso que había llevado a Thackeray a hacerse Inspector, especializado en homicidios, no era otro que los muchos años de fallidas oposiciones a diplomático que habían acabado con su paciencia y la de sus padres. Pero no todo lo estudiado había caído en saco roto. Aunque nunca obtuvo plaza en la diplomacia, había descubierto que la culpa de su falta de éxito no era su preparación, sino más bien uno de los componentes del jurado que boicoteaba sistemáticamente su carrera por motivos ignotos. La satisfacción que obtuvo Thackeray descubriendo el pastel le llenó de tal gozo que decidió dedicarse a desentrañar misterios en vez de a mediar diplomáticamente entre países. Y la verdad es que no le había ido nada mal. Tenía un curriculum intachable como investigador. Y ¡lo que disfrutaba ante cada nuevo reto! Thackeray era un hombre particular. Su físico era norte-europeo, alto, grande y fuerte. En resumen: una buena percha. Pero a pesar de las probabilidades matemáticas que le brindaba la genética, de la distinción british de su padre inglés o de sus abuelos andaluces de bien, no había finalmente heredado esa particular elegancia innata. No es que fuese un desarrapado, pero vestir bien no le interesaba demasiado y lo hacía de forma correcta, pero sin grandes alharacas. Si el bien vestir no le quitaba el sueño y no se molestaba en perpetuar esa elegancia familiar, tampoco había sido un gran aficionado a el amor o al sexo. Esto ya era más serio, pero a él tampoco parecía preocuparle. Porque, con sinceridad, el gran goce de la vida era comer. Comer y deshacer entuertos. Por eso este nuevo caso había constituido un golpe de suerte, porque Christian, el nuevo fiambre, le había llevado derechito al restaurante de la falsa rubia, en el que había descubierto platos que le hacían ver las nereidas. Y el muerto le había conducido al restaurante porque precisamente la noche del crimen, él y un nutrido grupo de vecinos de la colonia donde vivía habían estado cenando en Da Luca, justo enfrente de los jardines del Canal. 20


Thackeray-Gómez pensó en las casualidades de la vida, puesto que hacía no mucho le había tocado desentrañar el misterio del “crimen de las ostras”, como él lo llamaba. Como Inspector del distrito de Chamartín era lógico que le hubieran asignado esos dos casos, muy próximos físicamente hablando; lo “físico” lo era por partida doble: por la ubicación de los fiambres, y porque el muerto de las ostras no era otro que el marido de la propietaria de la pizzería donde había cenado el tal Postigo la noche de autos. Y no sólo, también decían que los dos muertos tenían un cierto grado de amistad. El Inspector se acodó sobre la barra. Se estaba aficionando a dejarse caer por el restaurante, con el pretexto de conseguir información. De todas formas había que tener cuidado, porque los tomatitos sicilianos macerados en aceite de oliva virgen con alcaparras y romero le estaban creando una dependencia descomunal, aparte de una barriga incipiente. Por el momento deseaba mantener el anonimato. Y esto lo conseguía con el beneplácito de la viuda rubia, que estaba en el ajo y que quería colaborar, y, sobre todo, no quería perder a ese nuevo cliente de excepción, que la crisis no estaba para bollos. Y es que el Inspector no se contentaba con un platito de tomates sicilianos en la barra, sino que luego se metía entre pecho y espalda un vitello tonnato, delicioso fiambre de ternera en salsa atunada; una ración de olive al’ascolana, aceitunas rellenas de carne y fritas en su rebozo en pan harinoso; otra ración de bresaola, para acabar con una crocante pizza prosciuto e funghi. ¿Por qué no? La vida era breve y había que exprimir todos sus placeres, y para Thackeray-Gómez, ya lo sabemos, no existía nada como comer. ¿O tal vez ahora sí? Últimamente, y esto era una novedad, agradecía también la presencia en el bar de la Signorina Negrini. Hasta el nombre le gustaba, le hacía cosquillas en el estómago, la parte de su anatomía que más apreciaba y de la que más se fiaba. Si el estómago cosquilleaba es que la Negrini tenía algo bueno. 21


Además la Signorina utilizaba un perfume de esencia de azahar que al Inspector le hacía evocar su Sevilla natal. Nicoletta Negrini era una mujer alta, rubia, sonriente, generosa de formas y de maneras. Su físico no disgustaba en absoluto a Thackeray, pero lo que le tenía en ascuas era no poder descifrar del todo si la atracción que sentía por ella se debía a su appeal o estaba directamente relacionada con el negocio alimentario al que se dedicaba. Nicoletta llevaba en el apellido estampada la calidad de los productos que importaba de Italia. Negrini era sinónimo de bocato di cardinale. Y si en el Vaticano se consumía Negrini, también en Da Luca se podía comer de manera tan exquisita como se hacía en tan santo y privilegiado lugar. El Inspector se conocía bien y sabía cuán importante era la pitanza en su vida, y se daba cuenta de que, por primera vez, una mujer lo atraía. Esto lo desconcertaba enormemente, porque al no haber tenido ninguna relación amorosa anterior, no sabía si era un aspecto o el otro, o un mix de los dos, lo que le estaba haciendo ganar en este apetito de índole doble. Se daba cuenta de que él rodeaba a esta mujer de una aura especial. Sus salamis y cacciatorinos lo volvían loco, pero también esa gracia gentil que tenía la italiana cuando entraba en el restaurante con su mercancía y su melena al viento, perfumándolo todo con un aroma que a él le llevaba directamente a su niñez sevillana, mientras ella se quedaba a charlotear con él y con la viuda en la barra. Dios mío, ¡qué sudores! Debía centrarse, centrarse en el caso, un caso que empezaba a querer que no se resolviera nunca, para poder seguir merodeando por Da Luca a cuenta del Ministerio del Interior. Sí, había que hacer un esfuerzo y centrarse en el tema. También eso constituía un placer para el Inspector. Recapitulando: Postigo había quedado para cenar con sus vecinos en la pizzería. Esa noche no habían salido las mujeres así que la mesa la había compartido con Arturo Revenga, Jaime Alejandre, Enrique Collado, Olivier Ricq y Roger Pike. Habían sido atendidos, como 22


siempre, por Silvia, la falsa viuda y por Matteo, el maestro pizzero, que había confeccionado para ellos un menú sencillo. Aparentemente, una vez finalizada la cena y con unos chupitos de limoncello en el cuerpo, habían emprendido la vuelta a casa caminando. La colonia donde todos ellos vivían no estaba lejos y de esta forma bajaban la cena dando un paseo, que los hidratos, ya a esta edad, se queman más difícilmente. A mitad de camino Christian se dio media vuelta, alegando que se había dejado olvidado el móvil en el restaurante, y pidió a sus amigos que no lo esperaran. Pero a juzgar por lo que habría de revelar la autopsia, había sido en ese lapso de tiempo, yendo o volviendo solo del restaurante, cuando la muerte lo estaba esperando a la vuelta de la esquina, o, para ser más precisos, en el culo de saco de aquel callejón. Thackeray-Gómez se esforzaba por atar cabos. Hey, babe, take a walk on the wild side. I say, hey babe, take a walk on the wild side and say tu-tu-tu—-tu-tu-tu-tu-tu—-tu-tu… Esa canción era para él una poderosa arma de inspiración, la llave de sus deducciones. Y así, a medida que la barriga y el corazón del Inspector crecían en Da Luca, avanzaba también la investigación. Aunque no había que descartar la probabilidad de que a Christian lo hubiese apuñalado un malviviente que pasara por Mateo Inurria en ese momento, el Inspector hacía lo que le dictaba su intuición: reunir pruebas en el círculo íntimo de Postigo, esos amigos con los que había compartido esa última cena. Todos y cada uno de los matrimonios que conformaban el grupo de los allegados eran propietarios de alguna de las pequeñas casas de esa colonia donde vivían juntos, en armoniosa convivencia social. Thackeray-Gómez se percató asombrado de que su complicidad rayaba en lo inaudito, ya que a veces hacían heredar hasta los calcetines de una familia a otra, en lo que era un moderno modelo de alegre comuna. No obstante, si se profundizaba un poco más, se descubría que el hermanamiento cuasi hippie de estos “colonos” tenía sus fisuras y que tensiones entre ellos, cómo no, no faltaban. 23


Curioso era que, en este esqueleto principal, formado por una serie de matrimonios internacionalmente mixtos, los hombres procedieran en más de un cincuenta por ciento de otro país, y eso que ya no contaban con el italiano recientemente fallecido. ¡Qué batiburrillo internacional! Esto complicaba ligeramente la investigación, porque Thackeray tendría que meterse en la piel de cada uno de ellos, envuelto en las distintas banderas psicológicas que tomaban parte en esta olimpiada criminal. ¿Tendría alguno de ellos una razón poderosa para hacer callar para siempre a Christian? Despacio, había que ir por partes… Investigó durante días, acompañándose de su infalible canción, a todos y cada uno de los que estuvieron cenando en Da Luca la noche fatídica. Del inglés, Roger Pike, acabó descubriendo que limpio, lo que se dice limpio, no estaba. El británico de la colonia se había visto implicado hasta las cejas en una estafa piramidal que le había reportado pingües beneficios. El francés, Olivier Ricq, estaba involucrado en dos notables escándalos en relación con su ambiente, que no era otro que el mundo del toro. Primero había llevado a alguna plaza del sur de Francia a un novillero español que resultó ser de sexo femenino y después había intentado colar unos astados con los pitones afeitados. Por todo lo cual su curriculum tampoco resultaba precisamente intachable. Los españoles del grupo no se salvaban de la quema. Jaime Alejandre era funcionario del Ministerio de Defensa y, aprovechándose de ello, se había dedicado a cobrar comisiones por la venta de terrenos militares, estratégicamente situados en primera línea de costa, para su posterior desarrollo urbanístico, cosa absolutamente fuera de la ley. Enrique Collado, campeón mundial de triatlón en los años 80 y 90, estaba dedicado en cuerpo y alma a la preparación física de nuevos atletas, utilizando de manera generosa sustancias ilegales que mezclaba en una fórmula magistral con ayuda de su mujer, muy dotada para la cocina. 24


Y por último el español-americano. Arturo Revenga era un tío listo que se estaba forrando gracias a dejarse la piel simultaneando sus habilidades y sus actividades fraudulentas. Su denodado esfuerzo le había reportado un monumental estrés y, consecuencia de ello, un helicobacter estomacal, pero también el éxito en todo lo que se proponía, y lo mejor de todo: el amor incondicional de su amada esposa, Susana de Luna, bella como su apellido. A pesar de que, visto lo visto, en esas familias no sólo se cocían habas, Thackeray no encontró nada significativo que pudiese haber llevado a estos fenómenos a cometer tal despiadada acción. Buceando en la vida colonial llegó hasta una nueva pista, que se revelaría como definitiva: descubrió Choco-Látex S.L., una sociedad limitada creada por Eva, la mujer del francés y alma mater de la colonia, a la que posteriormente se habían ido asociando el resto de las mujeres de los matrimonios investigados, unas por aburrimiento, otras por ganar dinero (desconociendo el estado actual de las finanzas de sus maridos, que creían peor), otras por marear la perdiz, y casi todas ellas por amor a la comuna. ¡Compartir es amar! Después de mucha fatiga para dar con una idea original y diferente, las socias habían desarrollado una página web con una doble vertiente: por un lado ofrecían tartas infantiles, llenas de colorines y elaboradas con la mejor materia ecológica, pero, además, y para mejorar los beneficios, habían ampliado imaginativamente el negocio con un servicio de artículos aptos para juegos erótico-matrimoniales, con el fin de aportar también color, en este caso a la vida adulta. Y aquí fue donde se descubrió el percal. A Christian, que trabajaba en el sector inmobiliario, el negocio de los lofts se le había venido abajo. Como consecuencia de ello comenzó a disponer, cada vez más, de un mayor tiempo de ocio, así como de unos menores ingresos, lo cual lo decidió a colaborar con Choco-Látex como chico de los recados. Su tarea consistía en la entrega a domicilio de tartas infantiles así como de utensilios y todo tipo de 25


accesorios y similares para juegos adultos. Pero a medida que fue cogiendo confianza, se fue haciendo él mismo con su propia clientela, siempre femenina, a la que no tenía el más mínimo reparo en hacer demostraciones, incluidas en el precio, del buen uso de estos artilugios. El tío estaba como loco de contento, porque el negocio crecía a la par que sus amantes y así, además de aportar dinero a casa, su núcleo de amistades femeninas y bien dispuestas, se ampliaba. Isabel, la mujer de Christian, todavía al frente de su despacho de abogados, con su extrema intuición e inteligencia, se dio cuenta de hasta dónde había llegado el celo de su marido por hacer bien su trabajo: se había pasado de la raya y todo tenía un límite. Partida en dos mitades, igualadas en dolor (ante la inminente pérdida) y en rabia (ante tamaña chapuza), convenció a las socias (la persuasión era otro de sus fuertes) para apuñalar a su Christian a la manera de “los diez negritos” agathachristianos. Y así Eva, Beatriz, Elena, Trini y la bella Susana, mujeres todas de los anteriormente citados, entraron al trapo. La noche fatídica Christian había vuelto al restaurante para que Matteo, el pizzaiolo, le echara una mano con un par de rusas jóvenes y cariñosas que querían una demostración práctica del nuevo y revolucionario just do it. En otras condiciones lo hubiese resuelto él solo, pero con tanto limoncello esa noche no se veía capaz, y no podía recurrir a ninguno de sus viejos amigos por no compartir su secreto. Matteo era el único que le podía ayudar sin levantar sospechas en la colonia. El no pertenecía al grupo de amigos, no estaba ligado emocionalmente a la comuna, era soltero y, sobre todo, era joven y guapo. Vamos, que era, sin duda, el que le podía dar un mayor juego con sus amiguitas rusas. Pero Christian nunca llegó al restaurante para proponérselo, porque las socias de tartas y utensilios diversos, capitaneadas por Isabel, su mujer, lo estaban esperando. Sólo cuando Thackeray-Gómez descubrió el pastel, o el choco-latíximo en este caso, pudo explicarse el rotundo boque26


te practicado por arma blanca en el costado de Christian. Ese agujero intercostal había sido ahondado con cada golpe, impulsado por cada una de las dulces socias. Esas inocentes manos que confeccionaban tartas para niños, esas no tan inocentes manos que comerciaban con accesorios de marcado cariz porno-matrimonial, esas resueltas manos que hendían su rabia en el cuerpo del boicoteador de la perfecta comuna, eran las artífices de tamaña quíntuple herida mortal. Con un negocio que había costado lo indecible idear, diversificar, ramificar para mantener a tantas familias… Con un entramado social intachable como el de la colonia, basado en el mutuo respeto y el amor incondicional ¿cómo podía haber traicionado Christian la confianza de ese grupo de mujeres? ¿cómo osado tentar al diablo? Si estaban más que unidas… ¡eran una sola! Traicionar el amor de Isabel era decepcionar a todas. Entonces ¿por qué esa cara de “no me lo puedo creer” mientras recibía puñal por parte de todas? ¿qué no se podía creer? ¿que le estuvieran dando muerte o que apareciera una tras otra para rematar la faena de la anterior? Esa cara de incredulidad, de irse sin saber. ¡Ay! cuántas preguntas, Postigo, mientras la vida se te iba por ese costado abierto. Pero ¿por qué? ¡Si él no había hecho daño a nadie! El sólo se había ocupado de potenciar el negocio. Se podía haber extralimitado en el cumplimiento del deber, pero todo era por plantarle cara a la crisis, por elevar la calidad de vida, ¡por un mundo mejor! Y, además, ¿dónde estaba Isabel, su amada esposa? ¿ era ella la única que no iba a participar en su muerte? Seguro que estaba al corriente de todo y entonces why? Isabel claro que estaba al corriente. Precisamente era la organizadora de su intrigante despedida. Como brillante abogado, había planeado al dedillo el crimen, de forma que la culpa quedase repartida a partes iguales entre las socias. Culpa, responsabilidad y trena dividida. Ella quedaba fuera del apuñalamiento, por27


que ya se ocupaba del plano teórico y su implicación iba a ser obvia. Además, de esta manera, controlaba la perfecta ejecución de la sentencia. Isabel había urdido su plan con tal precisión, que el juez instructor del caso no pudo por menos que sentenciar de acuerdo a lo planeado por ella punto por punto. La abogado lo había preparado de tal manera que ninguna estuviera más de dos años en la cárcel y siempre de forma concatenada, para poder ocuparse así, conforme al modelo ya establecido de “amorosa comuna social”, de la familia de la que estuviese enchironada en ese momento. En el fondo Thackeray-Gómez sentía una gran pena por haber resuelto el caso y tener que abandonar otra vez el barrio. Se había aficionado a la barra de Da Luca. Se encontraba a gusto allí, charlando de la vida con la propietaria, falsa rubia mechada (y algo ajada), mientras degustaba esos deliciosos productos italianos que suministraba la Negrini. ¡Ah, Nicoletta! Esa mujer le estaba moviendo algo por dentro. Se sentía tan a gusto que a veces hasta le parecía oler el perfume de las naranjas de su niñez sevillana. Aquello era lo máximo que se podía pedir, lo máximo a lo que se podía aspirar en la vida. ¡Ah! Da Luca y Nicoletta, con su perfumada melena al viento y su mercancía de exquisiteces vaticanas, habían calado hondo en su corazón.

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