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Quito, 24 de julio de 2013

Enfrentar el trabajo del hogar

Fander Falconí “Mi papá es contador y mi mamá no trabaja”, escuché decir a un niño. Sin embargo, el chico estaba alimentado y vestido, gracias al cuidado de su madre. Ella -además- cocinaba, servía la comida, lavaba los platos, la ropa de los pequeños y los grandes, y planchaba. Y por último, proveía los cuidados familiares en la casa. Me parece un gran atraso que el trabajo de la mujer en la casa no sea valorado ni reconocido en la sociedad. Alguien podría contestar: es que no aparece en las cuentas nacionales monetarias. Ahí está justamente el problema. La economía convencional mide lo que solo se reduce a precios, lo que ocurre en el mercado. Esto deja de lado -es decir, no mide- todo ese conjunto de fenómenos que se origina de las interacciones de las actividades humanas. El Producto Interno Bruto -con cuyo crecimiento o decrecimiento anual evaluamos el éxito o retroceso económico de un país- no suma la economía del cuidado ni el trabajo doméstico y voluntario. Hay muchas horas de trabajos gratuitos en la economía y en la casa, que no están reportadas ni registradas por organismo alguno. Este tipo de falencias ya fue destacado por Lourdes Benería y otras economistas feministas, en los años 80 y 90. Pusieron énfasis en la necesidad de terminar con la desigualdad y las inequidades sociales que encubren las mediciones convencionales. Reconocer el trabajo doméstico no remunerado y voluntario, incluirlo en la contabilidad nacional y en la contabilidad diaria es algo básico en términos de justicia social. Estamos en el momento de evidenciarlo y de dejar de ocultar esta realidad. Uno de los pasos debería ser ampliar la discusión hacia la necesidad de utilizar otras medidas que no estén solo restringidas al ámbito monetario. El debate tendría que extenderse también a otros aspectos fundamentales, como son el injusto determinismo de los roles en el hogar, las relaciones entre desigualdad, género y exclusión social, género y medio ambiente, como lo ha destacado la famosa economista ecológica Bina Agarwal, de la India.


El PIB es sustancial para medir lo que ocurre en el mercado, de año en año, y está muy ocupado de la oferta de bienes y servicios. Pero el problema es que el mercado de bienes y servicios no sirve para medir el bienestar humano, la sustentabilidad ambiental y tampoco la calidad de vida de la gente. Por ello es necesario dar un giro importante y trasladar el énfasis de la medición hacia el bienestar. Esto significa incluir las capacidades, el funcionamiento y la libertad para elegir cómo quiere vivir la gente y, además, la sustentabilidad ambiental. Parafraseando al poeta español Antonio Machado: “Todo necio confunde valor y precio”, hoy podríamos decir: Todo necio desconoce que el trabajo doméstico es trabajo recio.

Fuente: El Telégrafo

Enfrentar el trabajo del hogar  

24 julio 2013