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Quito, 21 de diciembre de 2011

¡Urgente equidad!

Fander Falconí Sobresalen los resultados alcanzados en el Ecuador en la redistribución de la riqueza en el último quinquenio. En 2010, según la encuesta nacional de empleo y desempleo urbana y rural (Enemdur) del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), la pobreza total medida por ingresos (las personas con menos de 2.3 dólares diarios) fue de 32,8%, mientras en 2006 fue de 37,6%, es decir tuvo una caída de 4,8 puntos porcentuales. Cerca de cuatrocientos treinta y ocho mil personas dejaron de ser pobres entre 2006 y 2010. Coincide con estos logros el reciente informe “Pobreza, desigualdad y percepciones sobre el mundo del trabajo en América Latina”, difundido por la Cepal (2011). Hay otro éxito sustantivo: la pobreza nacional rural cayó de 60,6% a 53% en el mismo período. Se configura, así, un nuevo patrón de acumulación y un nuevo régimen de regulación, en donde las crisis económicas no implican retrocesos en pobreza y desigualdad (dos conceptos diferentes), como en el pasado. La desigualdad, o la concentración del ingreso en los ricos, requiere tiempos más largos para ser disminuida porque conlleva, incluso, problemas culturales, de educación. En Ecuador, el coeficiente de Gini (que mide la desigualdad) se redujo de 0,54 en 2006, a 0,50 en 2010. El coeficiente de Gini varía entre “0” (completa igualdad en la distribución del ingreso) y “1” (completa desigualdad). La tendencia se mantiene en 2011. Al utilizar las encuestas urbanas trimestrales de empleo y desempleo (Enemdu) del INEC, el coeficiente de Gini llegó a 0,46 en septiembre de 2011 (en el mismo mes de 2010 fue de 0,49). La desigualdad es una característica de la historia de América Latina. En la región existen las mayores diferencias entre pobres y ricos del planeta. Lo revela el “Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe. Actuar sobre el futuro: romper la transmisión intergeneracional de la desigualdad” (PNUD, 2010). Mayor equidad para América Latina supone un marco de convivencia democrática en el cual se procesen los conflictos sociales y los disensos políticos. Y también un tratamiento político y técnico de las debilidades estructurales heredadas. Sin duda, es mejor invertir en


obra pública, educación y salud que seguir atados al pago de la deuda externa o sujetarnos a las políticas del FMI, inequitativas por antonomasia. Los buenos resultados de Ecuador no son el único argumento para reimpulsar un cambio de régimen de acumulación y de modelo de Estado. Es evidente, además, que las soluciones a los problemas de la vida cotidiana (inseguridad, desempleo, insalubridad, atención médica, exclusión, discriminación, migración, etc.) reclaman acciones urgentes en materia de equidad. Por ahora, bien por los resultados de Ecuador.

Fuente: El Telégrafo

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