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FACTUM REVISTA LITERARIA

SEPTIEMBRE, 2015. NO. 25.

Biografía: Emily Dickinson. Creación: Jonay Castro Casañas, Rusvelt Nivia Castellanos, Ikeli O’Farrell, Fernando Bermúdez, Michelle Guzmán González, Gabriela Pena, Silvia Alicia Balbuena, Diana Carolina de la Cruz Sifuentes, María Elena Espinosa M., Nicolás Zamora, Rosa María Bodas Pérez, Eloy Andrés Gomez Motos, Gemma Cardera, Dante Vázquez M., Kim Bertran Canut, Jose A. Tudares, Fabián Luna, Zambra, Zafiro Merlión, Claudia Alejandra Auriol y Tacho. Artículo: Carlos Ortega Pardo. El Fragmento: Gabriel García Márquez.


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CONTENIDO biograf铆a

Creaci贸n

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Creaci贸n 58 - 60

el fragmento 64 F A C T U m - Revista Literaria

libros 68 - 74 5


Presentación Con crueldad torturado, y sin premura, es perseguida tu muerte en la faena. Observarte humillado, cuánta pena: Vergüenza nacional tan vil tortura. Sólo para mí, el campo no es alegre promesa. Sólo para mí, sus flores no son radiante verbena, pues los truncados arpones en mi carne harán presa, y los hierros irán desgarrando mi piel de seda. Animal maltratado que cae en el olvido. Apelo a la paz y a la justicia para acabar con tan triste escena. Elevaré mi voz para pedir que se acabe, que a las cinco se paren los relojes y pueda así renacer el brillo negro de su mancillada casta. A ti, astado agonizante, que amortajado en sangre tiemblas en la arena, sangrando relámpagos tu chispeante corazón apasionado. A ti que tus amorosos ojos cubrieron de carne, vida y luz la calavera del mayoral: Tu inocencia es su astucia. Tu amor, su guadaña. Vayan sonriendo muriendo de miedo, con su banderilla los banderilleros.

— Ángel Padilla.

NO más sangre, NO más muerte. NO más víctimas, NO más Rompesuelas. http://rompeunalanza.org

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Biografía

Emily Dickinson Es considerada una de las mejores poetisas de la literatura norteamericana del siglo XIX gracias a su especial sensibilidad, misterio y profundidad. Emily Dickinson nació en Amherst, Massachusetts, el 10 de diciembre de 1830, en el seno de una familia puritana y severamente religiosa. Su abuelo, Samuel Fowler Dickinson, fue durante cuarenta años juez del condado de Hampton, Massachusetts, secretario del Ayuntamiento, representante en la Corte General y senador en el Senado Estatal. Edward Dickinson, su padre, fue juez del condado de Hampton, Massachusetts, secretario del Ayuntamiento, representante en la Corte General y senador en el Senado Estatal y su madre una reconocida dama de la cual heredó su primer nombre: Emily Norcross. Emily Dickinson tuvo dos hermanos: el mayor, William Austin Dickinson y Su hermana menor, Lavinia Norcross Dickinson, fue la «descubridora» de las obras de Emily tras su muerte y se convirtió en la primera compiladora y editora de su poesía. En 1840, cuando Emily tenía diez años, fue inscrita por sus padres en la Academia de Amherst. Tiempo después ingresó en el Seminario para Señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke donde su estancia fue breve pues pocos meses después enfermó y tuvo que volver a casa. Decidió aislarse del mundo, manteniendo contacto solamente con unas pocas amistades, como el escritor Samuel Boswell, con quien sostuvo una larga correspondencia. A los treinta años su alejamiento del mundo era ya absoluto y comenzó a vestir solamente de blanco. La leyenda en torno a la decisión de su reclusión en casa de su padre sostiene que dos son los hombres que podrían haber roto el corazón de la poetisa. Algunos afirman que fue un amor de juventud que su padre prohibió tajantemente mientras que otros aseguran que fueron los sentimientos hacia un pastor protestante casado los que rompieron el corazón de Emily. Los más osados apuntan a una relación más allá de la familiar con su cuñada, Susana Huntington, una de las pocas personas que tuvo acceso a la obra de Emily en vida. Desde ese momento se dedicó a escribir poesía original. Escribió unos dos mil poemas y unas mil cartas sin salir apenas de su casa de Amherst. Sus primeros poemas fueron convencionales, según el estilo corriente de la poesía en esos momentos, pero ya a comienzos de 1860 escribió versos más experimentales, sobre todo en lo que respecta al lenguaje y a los elementos prosódicos. Su escritura se volvió melódica y a la vez precisa, despojada de palabras superfluas y exploradora de nuevos ritmos, unas veces lentos y otras veloces, según el momento y la intención y no como un patrón rígido, como era usual. La enfermedad de Bright y la muerte de uno de sus sobrinos más queridos terminaron por devastar a la autora y complicar su salud. Para 1884 debió hacer uso constante de una silla. El 15 de mayo de 1886, cuando tenía 55 años, fallece en su ciudad natal, de la cual jamás salió. Hasta pasados cuatro años de su muerte no se publicó su primer poemario; posteriormente, a lo largo de sucesivas ediciones, llegaron a rescatarse alrededor de 1.800 poemas. No fue hasta a partir de 1920 que Dickinson alcanzó su posición prominente en la historia de la literatura norteamericana.

Sus obras: •Cayeron como copos, cayeron como estrellas •Como ojos que miran las basuras •¡Como si yo pidiera limosna común! •Cualquiera que desencante •Cuando cuento las semillas •Cuántas veces estos cansados pies han podido tropezar •El corazón pide placer primero •Él era débil y yo era fuerte

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“Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay.� Emily Dickinson. F A C T U m - Revista Literaria

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CREACIÓN

Fe de vida No lloraba por el dolor de su marcha, era más bien ese incesante y despótico pasotismo suyo -ahora-, el que lo hacía doblarse de dolor hasta besar el suelo, como si una punzante hoja de acero se clavara de lleno en sus entrañas, cada vez que daba apertura a algún recuerdo, a algún suceso o instante mutuo recreado al más mínimo detalle, mediante el visor del tiempo. Las viejas del pueblo decían que estaba enfermo del alma, y que sólo el tiempo podría curar su convalecencia. No dormía, no comía, no era nada. Pasaba horas y horas con la mirada aletargada en la pared de su guarida agorafobica; la cual, lucía su nombre y el de su amada enfermedad, dentro de corazones y citas redactadas a lo largo de su período de felicidad novicia. Eso es todo. En realidad, nunca supe muy bien cómo acabó aquel relato; tampoco qué sucedió con aquel chico de rasgos finos, tez pálida y cabello largo y oscuro. Algunas voces, sensacionalistas sobre todo, mantuvieron que jamás logró hallar el norte; otras, por el contrario, y más “autorizadas”, aseguraron que pudo rehacer su vida tras casi una década de riguroso luto e invierno. En cualquier caso, todo son especulaciones acerca del sujeto en cuestión y su extraño padecer; Quizá víctima de una reyerta o ajuste de cuentas por amores, o puede que una extraña gripe de ausencia lo sacudiera sin querer; tal vez se debiera a una repentina fiebre de corazones; o un brote de sarampión con veneno de cupido en su flecha, le extirpara la mitad de su ser. En definitiva, quién sabe si lo uno u lo otro, o si ambas cosas o ninguna. El caso es, que hoy escribo; Y escribo porque puedo dar por clausurado aquel sucedido, con una simple nota de piano, y sin dar más pábulo a narraciones que susciten interés alguno. Y porque a decir verdad, no podría, -bajo ningún concepto ni sobre concepto o parámetro enquistado o suicida- recordar nada. Absolutamente nada de aquella vieja historia, en donde por mucho que se alteren los nombres y los escenarios, el protagonista real... siempre he sido yo.

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A orillas del río

La señorita del Cadillac azul aguardaba en el garaje bebiendo cerveza y mascando tabaco de mula. Ella ignoraba la orientación de la tierra, la rotación del asfalto empotrado en el cuadro del cuenta kilómetros de su auto para viejos yonkys de la celeridad y el ultraje sano. A veces hay que ser un tirano para que reverdezcan las canciones a orillas del río. A veces hay que sentarse a observar una pelea de gallos mientras se escribe una canción a orillas del río. Los grillos cantan en la noche de verano; la oscuridad es la luz de la noche. Joe y los muchachos de Riverside, andan atareados construyendo una casita encima de un árbol, a orillas del río. La señorita del Cadillac azul aguardaba en el garaje bebiendo cerveza y mascando tabaco de mula, a orillas del río. Al fin y al cabo, todos me reservan algo de sus indigestiones, aferrados de mi mano, a orillas del río.

Jonay Castro Casañas, 35 años. Tenerife, Islas Canarias, España.

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MAL DE MI SUEÑO Mal mareo de mi sueño; hace unos días rojos, se fue de mí, la vida idílica. Hoy sólo reside la desgana en este encierro de locura. Las madrugadas, las creo imprecisas y grises, las rasgo, desde hace muchos tiempos. Muero de dolor con lágrimas en este mal sueño. El desamor me devora como una salamandra. No es hoy un grito de felicidad anhelada. Las risas son una burla efímera y así las noches del ayer, me son una desgracia imperfecta. Mal sueño del alma, hace un tiempo violento, me ahogo yo con los muertos de este mundo. Despierto, para dormir entre ofuscaciones aterradoras. Ando con las sombras por este cementerio y veo unos sonámbulos de impaciencia, llenos de sufrimiento. Despierto y asfixio a la vez mis intimidades puras. Me miro, frente al espejo de los fantasmas y yo descubro a un esqueleto viejo. A solas, muero en un mar de ausencias, como un cuervo. Ya no susurro al espíritu, al día con poemas vivos; sólo el presente, reside penado al mal de este sueño.

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TENGO MOJADO AL CORAZÓN

Tú enamoras con el decoro de niña inocente y con el otro rumor me escuchas; voy cantando sólo a tu temeroso dolor. Pasa la ilusión y pasa la oscuridad y luego, siento cuando olvidas como a los barcos hundidos de tu abismado mar. Tengo acuchillado al corazón. Y ahogo las ilusiones de tu albor. Sos las lágrimas de Dios y me pones hinchado de tanto llorar. Son tus labios; el beso de otras bocas de pasión. Y solo, quedo con esta soledad entre los vicios volcados, sin salvedad. Tengo desangrado al corazón. Te pierdes en otros bailes, con otros hombres de medios atardeceres. Y de poeta, quedo solo agonizando por vos hasta el acabose de la defunción, porque tengo mojado al corazón.

Rusvelt Nivia Castellanos. Colombia. Poeta.

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Mo’Cuishle La vida se me va por la primera salida de la autopista. de tu piel. como gotas de lluvia que nacen en tus ojos y mueren en tus tobillos. Nadie, sabe apuñalarme así Por eso huyo del filo que escondes bajo los párpados Y me escondo en cualquier esquina de Ucrania esperando a alguien que me recuerde a ti Pero que no seas tú. Me acostumbré a estar a mi lado A sujetarme Para no caerme Todas esas noches con los ojos abiertos esperando a que vuelvas y me derrumbes diciéndome: nunca. Todas esas noches en las que sueño que me abrazas, me acaricias, me despierto y no estás. Todas esas noches en las que mi corazón grita, sufre e intenta escaparse de tus manos En las cuales cada caricia es un invierno y no No lo soporto. Tu risa en todos los despertadores de mi hogar Recordándome que es lo único que me queda de ti Y a pesar de mis puertas y ventanas abiertas Nunca quieres irte Aquí estás agusto Aquí te lloran y te sufren Por dentro soy como un mar sin vida, pero en la vida real me quedan muchas cenas de diciembre a solas.

Ikeli O’Farrell. España. Escritor.

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Miedos Tengo muchos miedos en espera, tan llenos de vacios & lagunas mentales, tengo tantos miedos que lloran a tintas, a mares, corren por las lluvias sin pareja, tan añejos al olvido, se visitan en miradas, se corren & se marchan al silencio. Mis miedos son tan anchos & tan cortos que parecen muchos, se asoman en la noche a mirarte a tocarte, a preguntarte en el sentido, en ese sentido de trayectos innombrables, te tengo cómo miedo mayor a rinconada, solitaria entre mis milagros & al asomarme al espejo te siento & me pongo a llorar entre las risas. Huyo después de este mí miedo, con miedo a encontrarte, a tocarte, a ser de ambos & ser suspiros inquebrantables. Que desolados se mueren en papel, en las noches que hablan a distancia, te siento pero me alejo, por qué no hay una sola de ellas que no te mire en los miradores solitarios encamar cando esta soledad tan triste, tan miedosa cómo fue la primera vez al mirarte. Tengo tanto miedo de lo que pueda pasar, de que el tiempo corra, de que el llegue & me condene, tengo miedo de que el amor llegue & no esté listo para él, tengo miedo de poder sonreírle, de tomarle de la mano. Hace tiempo que me quite los miedos, es que no se cómo explicar lo que pasa por mí & entonces el miedo hace lo suyo & me pone a dudar Pero al tiempo sus corridas. Al mundo sus pasados, al alma sus recuerdos & el resto un montón de letras viejas escritas entre días, voy a saborearme hasta los poros de tú piel, es que se hereda el aire, la vida & los amores. Dejare testamento a cada día, dejare mi cuerpo a la tierra, mis paisajes a tus recuerdos, mis locuras al tiempo, mi amor dentro de tú pecho, mis miedos al olvido, mis sueños a tú conciencia & él resto de mis huesos para los puertos, la luna sabrá darles buena marea. Todos tenemos secretos dentro & los míos los tengo en mis conversaciones con ella, en mí piel que es moda, en una memoria que se hace terca, en el tiempo que se abruma, en cada parte del mundo tengo un secreto, al igual que soy esclavo de mis palabras, de mis rencores, odios & amores. Pero una cosa sí, seré tu cielo, tú mar & tú frío mientras respiremos, sea en esta vida o en otras. “Sólo estamos en distancia, no pasa nada, pasara cuando la distancia me recuerde que te he perdido.” Fernando Bermúdez, 23 años. Chiapas, Mexico. Escritor, fotografo y poeta.

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¿Cómo empiezan los cuentos de amor? Había una vez… No, no espera es imposible decir que había una vez cuando en realidad fueron varias las veces en las que mi corazón y mi hipotálamo se encontraron en peligro de extinción al mirar sus ojos o sentir sus labios. Inevitablemente no recuerdo si solo fue él o fueron varios los que me pusieron en peligro, siempre he sido una mujer apasionada de la vida, “amante del amor” me dicen algunos y enamoradiza a mas no poder, y es que si indudablemente cuando me hablan de amor no hago otra cosa que no sea poner mis cinco sentidos en esa palabra. Hasta que un día decidí por el bien de mis queridos amigos (el hipotálamo, el corazón y mi alma) cambiar de ruta y dejar de pensar en el amor, centrarme en escribir lo que siento me ha ayudado a dejar atrás ciertos demonios que aún viven en mi cabeza y en mi alma, si bien así como me enamoro lo dejo de hacer hay personas que con cierta dificultad han salido de mi vida y por eso vengo hasta aquí a hablar de ti, de todo lo que me produces cuando te tengo cerca, de esas pequeñas cosas que jamás sentí con alguien, como tocar tu mano, abrazarte fuertemente pidiendo que no te fueras, de rozar tus labios en el beso de despedida de amigos que siempre me das por las mañanas antes de iniciar tus actividades, de contarte mi día a día con la esperanza de enamorarte más de mi atractiva vida, de darte fuerzas para salir adelante aunque en el fondo yo me encuentre hundida, de pedirte con la mirada que no dejes de amarme y de la misma forma dejarte libre.

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¿Cómo se deja libre a alguien que amas? Como si quisieras seguir en su vida todos los días pero sabes a la perfección que eso es algo inevitable, ¿Cómo te dejo libre mi amor?, es sencillo lo hago con la misma facilidad con la que permití que llegaras a mi vida, te amo libre porque sé que de esta forma encontraras tu estabilidad emocional, cumplirás tus sueños personales y disfrutaras de tu soledad, así como yo tomare fuerzas para volverte a encontrar en el camino ya lo ves amor es sencillo dejarte libre solo te pido que no me olvides, no seas tan cruel contigo y conmigo arrancando lo que nos costó trabajo construir, déjame llegar a la meta de mi vida pero cuando llegue quiero que tu estés ahí, que me abraces y me digas sabía que lo lograrías. Te pido amor que ames mis estados de ánimo, mis formas de gritar, de llorar, de reír y amar. Tu sabes muy bien quien eres, como eres y que es lo que sientes, querido amor toma esa libertad como la mejor muestra de amor que puedo tener prometo fielmente estar preparada para amar, ser más fuerte y haber reconstruido las puertas de mi corazón, pintando paredes y levantando cimientos. Querido amor, querida yo, andamos en el mismo camino.

Michelle Guzmán González, 21 años. México. Estudiante.

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Uno con la noche

Acostarse, la noche envolvente, el cuerpo se relaja y se hunde, se hace uno con la oscuridad, cambia la respiración y el peso corporal. El silencio externo se profundiza, corazón late lentamente, inaudible, el mundo se hace silencioso, sumergirse en esta efímera felicidad. Ser uno con la noche.

Gabriela Pena, 48 años. Argentina. Escritora.

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Fantasías Como todas las mañanas la brisa y el sol de la playa acarician su cara. Como todas las mañanas su sonrisa se funde en la espuma de las olas, en la intensidad del sol que gana el cielo, en la arena besada por las aguas. Le gusta ese rincón de la playa. Un poco solitario, un poco de ella. Sabe a sal y a recuerdos. A canciones y a nostalgias. A sus treinta años sabe que es su lugar en el mundo. -Hola, Marina- como todas las mañanas Mario, el loquito del pueblo, su amigo, la saluda. Con una risa fresca, con una mano en alto, con una voz que le retumba cariño. Cuando llegó esa mañana el cielo estaba opaco, el mar embravecido, las olas iracundas. Las gaviotas revoloteaban como asustadas. En la playa la violencia del viento había dibujado olas de sílice. Parecía que la naturaleza le estaba presagiando algo. Que las furias habían vencido a las calmas habituales. Sintió que su alma también estaba en ebullición. Que fervores desconocidos la inundaban. Lentamente, en la arena, dejó sus huellas y se acercó a Mario que estaba sentado enfundado en sí mismo en la roca prominente. Al verla, se iluminó. Se levantó, con un andar suave se aproximó a ella. Tenía un brillo distinto, una inesperada suavidad en su mirada, un fulgor en sus labios. Le regaló una flor silvestre, le dio un beso intenso y se marchó gritando te amo, te amo, te amo. Marina acarició sus labios vírgenes. Sintió que la furia del paisaje teñía de ardores su propio paisaje interior. Con la flor en la mano y el largo cabello renegrido al viento, su ser dio un brinco. Olvidó dolores y pesares, derribó barreras y muros, inauguró aromas y fantasías. El beso de Mario, su amigo, su compañero, el loquito del pueblo, le había cosido alas, regalado pies. Había despertado su esencia de mujer. Pausadamente, bebiendo de ese mínimo momento, comenzó a girar su silla de ruedas hacia el mar…

Silvia Alicia Balbuena, 66 años. Rosario, Santa Fe, Argentina. Docente jubilada.

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SER Háblame del futuro y mi rostro no aparecerá jamás en los álbumes de fotos ni en cuadros colgados en la pared porque la vida me ha hecho fantasma Háblame del presente y pintaré tu cuerpo en cada esquina de la ciudad. Colgaré tus fotos en mi vestido y haré que la vida te recuerde. Desnudaremos a la música -pieza por piezaY empezaremos a danzar como locos, gritando, follando, escribiremos, beberemos y volveremos a escribir porque un futuro lejos no hay razón para continuar con una antología o un best seller.

Diana Carolina de la Cruz Sifuentes, 21 años. Perú. Estudiante.

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Y DORMIMOS El sonido de tus cuerdas vocales La dulzura de tu canto. Parecieras quimera en el fundo del mar, Al cerrar los ojos observo poliedros Girando. Trastornas mi juicio Sin prácticas supersticiosas Abro los ojos, los calabozos se Abren. Tus labios y tu cintura, El croquis de tu cuerpo, Un cuartel militar ardiendo. Me lees un cuento al oído Y los dos caemos, poco a poco, Descendemos, te recuestas En mi pecho y dormimos.

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POLVO PARA EL OLVIDO “Digo que soy pero no soy.” Óscar Wong Aúlla el vendaval. El polvo en remolinos se levanta. Grito para expulsar tu nombre, para huir del dolor que me lacera pero el polvo /muñón enajenado / como tajo violenta mis pupilas, como astilla de hielo se me clava. Grito para escapar de mí. Sangro. Es amargo el licor en que te bebo. Es dulzura la sangre en que me aturdo. Sangran las comisuras de esta boca / he mordido mi lengua para herirte/ A esta hora no soy. A esta hora no existe ni el silencio cuando cae abatido tu recuerdo. Hasta la hierba seca trasmina hacia mis huesos su cansancio. Es el sol resecándome insensible. Es el sol extirpando tu recuerdo de la húmeda gruta donde expiro. Apuro el trago. Un polvillo es tu nombre en la garganta. Lento, muy lento el polvo del olvido sedimenta.

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AMANECER

Cruza el dintel un alba soñolienta. Por el umbral se escurren los recuerdos. Galopantes las luces se desgranan en rosado amarillo y púrpuras azules. Abro los ojos. Para escapar del sueño me sostengo como arco de luz, como rayo de sol a punto de tocar con sus nudillos en el rígido panel de la puerta.

María Elena Espinosa M. San Nicolás de los Garza N.L. Lic. En Educación.


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Ácido Finalmente emerge desde las repulsivas entrañas suburbanas, expulsado como una flatulencia, como un pensamiento fugaz, fugitivo e inquisidor, emerge como un ser derrotado, como una mente invadida, vacía, golpeada. El perpetuo decaimiento lo abate, mientras camina con paso pesado entre la jungla de cemento, mientras desciende hasta el más aberrante abismo del infierno que supone su introspección. No es nada, todo a su alrededor es nada. Una aspiración infértil le invade los pulmones a la vez que su mente se proyecta sobre coloridos grises que se alzan aquí y allá enjuiciando la vida del parásito cotidiano, los astros se estrellan contra la tierra allá lejos, o lloran mares, pero aquí el flujo imperturbable de las tripas callejeras acalla todo grito de cambio. El presente se perpetúa a sí mismo, se hace a sí mismo, se condena a sí mismo, así como el individuo impotente no perpetúa ni condena, y fluye, y cae, y se pierde a sí mismo, en los mares narcóticos que se arremolinan durante el crepúsculo. Plazas y parques se alzan como islas y como abismos, invitando a respirar bajo el sol, amenazando con destruir bajo la luna. Llueven desperdicios, se apaga el mundo, apegado con tenacidad inusitada al deseo fugaz, a la eyaculación triste, al beso amargo, a la botella rota. Quiere llorar pero no puede. Quiere morir pero no puede. Correr, escapar, ¡escapa! El tiempo explota, y nosotros explotamos, como testigos mudos del infinito cuadro tragicómico que supone la existencia, la muerte, la vida, se arremolinan las ideas y todo pierde el sentido, la perspectiva reveladora finalmente se presenta, pero ya es tarde, y la loma desciende lentamente, burlándose de lo tardío, burlándose de nuestra muerte, riendo ante el inexorable fin. El placer prohibido, la moral torcida, el juicio quebrado. Que injusta es la justicia, que vacío siente aquel mientras emerge regurgitado desde las entrañas, y la urbe vuelve a devorarlo al tiempo que la realidad se consume a sí misma y todo acaba. La miseria puede volver a reinar.

Nicolás Zamora, 22 años. Quilpué, Chile. Estudiante.

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Me despierta el alba, quien me lo diría que tu hermoso rostro contemplar pudiera no, no eres fantasía, es mi realidad. Entre blancas sabanas a medio cubrir descansas el cuerpo delinean tus formas, las puedo admirar mientras tú mi amor ni cuentas te das. Despiertas en mí tantas emociones hay deseos locos de besar tu boca recorrer tus calles, pintar las caricias sentir que me abrazas, estrechas, asfixias... Suspiro profundo, se me ha hecho tarde tengo que marchar. Con mucho cuidado apago la luz grabo en el espejo la pequeña nota: “Cariño, observa tu espalda marcadas en rojo te deje mis huellas quiero agradecerte por las emociones de cada mañana, al contemplarte... desnudo entre mis sabanas blancas”.

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QUE BRILLEN LAS ESTRELLAS

Estrellas en el cielo, lucen como brillantes en las manos. Esperando ver la fugaz, me quedo embobada para pedir un deseo. Me duermo y no he visto nada, será porque no debo desear nada. Pero… si voy a desear… voy a pedir. ¡Que luzcan las estrellas, la luna y cuando amanezca, el sol! Que brillen en el cielo los sueños y deseos de todos aquellos que de corazón, amen su alrededor.

Rosa María Bodas Pérez, 57 años. España. Escritora.

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EL PROGRESO

Creo que no hay una palabra en el diccionario capaz de describir mejor la hipocresía del ser humano que la palabra progreso. Porque, ¿a qué llamamos progreso? llamamos progreso a la masificación de los conflictos bélicos (las dos grandes guerras mundiales fueron hace relativamente poco), a la sofisticación del armamento utilizado y a la creación de armas de destrucción masiva. Y llamamos progreso a la destrucción sistemática de nuestro hábitat, hasta el punto de poner en peligro la supervivencia de nuestra especie y la de la vida sobre la Tierra. En definitiva, llamamos progreso a la capacidad de producir el equivalente a un planeta y medio, mientras ochocientos millones de personas pasan hambre en el mundo. No. Yo entiendo por progreso principalmente el progreso tecnológico, operado fundamentalmente desde la Revolución Industrial, de forma que entre las primeras hiladoras de lana mecánicas y la máquina de vapor, hasta poner un pie sobre la Luna y explorar Plutón, el ser humano ha perdido el sentido de la responsabilidad, ha olvidado que sus actos tienen consecuencias a pequeña y a gran escala.

Eloy Andrés Gomez Motos.

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Memorias desamparadas

Los recuerdos deboran todo aquello que tocan, se convierten en grabados de sangre, en venas de hierro que invaden tu interior... Cada beso, cada abrazo, cada caricia es un mapa de su cuerpo junto al tuyo, de su calor, de su serenidad, de su dulzura. Cada segundo del minutero de un reloj marca las memorias vividas junto aquellos a quienes amamos: familia, amigos, amor... En cada segundo, sus recuerdos invaden tus agrietadas venas y funden el hierro de tu corazón, en cada respiro arremete el aroma de su cuerpo contra tu vida y te hace desvacener. Y a cada recuerdo te encadenas más y cada día estás más lejos pero su calor no desaparece, su sonrisa te sigue haciendo temblar... Y todo lo que sientes por él ha florecido como un hermoso rosal de afilados pinchos y preciosas flores... y es hermoso quererle tanto, pero duele hasta sangrar.

Gemma Cardera, 23 años. Estudiante de Psicología.

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Pulgas

Canciones estridentes cantadas por cantores —ronroneos discretos, chillidos de ratitas, voces presas benditas, luces libres malditas—, que grillan grillando grillantes tonos y albores. Las palabras aúllan a profundos amores. Las palabras aúllan a emociones marchitas. De entre basura brotan gusanos y mosquitas y cucarachas y hermosos y bellos horrores: Arácnidos ensueños cristalinos voraces envolviendo escarabajos de pinta sonriente; sangre plúmbea libando mosquitos rapaces. Lombrices boreales en el hocico y frente, de la canina asfáltica. Pulguitas mordaces. Tú, Yo, Nosotros: ¿repelente más eficiente?

Dante Vázquez M. 34 años. México, D.F. Poeta.

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BRUNAS SOBRE FOSCAS

Esa noche andaba por los caminitos de aquella pequeña aldea, anclada en un sobresaliente pasado milenario, invariablemente imaginario. Le escoltaban olores portuarios…Rastros de la venta de pescado en el mercado de la mañana… Lúgubres luces alumbraban las piedras de las casas con grandes portales de madera… Carros tirados por jamelgos transitaban el silencio adoquinado y el señor, paseaba a sus perros después de dos jornadas sin cacería… Sin zorro. Trovadores y Juglares hacían sonar las cuatro cuerdas dobles de la mandolina y un extraño clavicordio inspiraba fantasmagóricas inscripciones que somatizaban en la insólita atmósfera naciente…Mientras el azor se posaba en metacarpo enguantado. El viento erraba alrededor con furia cansina, zigzagueante, buscando refugio…Calor, desprendía el hedor del día y atraía recuerdos balsámicos y ansiados por los adormecidos olfatos de los hogareños del lugar que reposaban la madrugada en silvestres lechos, contiguos a resoles prendidos escalfando el aura que disiparía el alba… Esa noche se recostaba sobre el único puente que se levantaba en la existencia y miraba las aguas sudorosas de grasas y pútridos cócteles, rúbrica de la sustancia humana que como el mismo océano, fluían a granel para cerciorarse de que se mantenían a flote. Esa idéntica noche un atisbo observaría ocultarse a la sombra tras su figura ¿qué desafío es este, que hallándome sereno, burlarse quiere? ¡Por Dios, quién osa poseer mi sombra!, nada contestó a sus ruegos… Encolerizada, la tristeza le arropó y fue compañera de despliego de turbaciones… Esa misma noche.

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Esa noche que se acercaba al plenilunio y su propia estirpe le hacía escarnio, aislándolo como a un infectado…Dejándolo solo frente a una suerte inminente de olvidada necesidad de abrazo… De conquista… La paz no reinaría jamás en el bajo instinto criminal de un mundo dado al exterminio. ¡Esta noche alguien me llama!, lo percibo con claridad a pesar de la oscura tez de la tierra ¿Quién sois vos? ¡Responded presto, antes de que la locura se adueñe de mí y la necedad haga estragos alrededor de este pueblo esquivo! ¡Rezad para que el filo cortante de mi espada no desenvaine y se alce contra esta furia desencadenada por la esquizoide presencia de la cruel iniquidad!, Ah… Enemigo desleal que os escondéis ¡dad la cara y os salvareis!...esa noche blandían las nubes allá en los altares, brunas sobre foscas, amenazando tormenta, menguando luces estelares… ¿Se acercaba un diluvio…?¡El enojo de los omnipotentes evacuaba su arrebato con la manada de los albores en su más puro estado natural contra el frágil y mezquino títere recreado en estiércol de vanidad!... Esa noche, giró despacio a su entorno y percibió que no era denso el espacio…¿De dónde descendía este infinito que calaba sus atavíos?, consciente de la ignorancia, maduró que se hallaba en sacro instante y que se le revelaba, o pretendía, una señal de divina identidad… Más él era un guerrero y no un piadoso creyente… Pero esa noche, esa noche aleatoria, colmada de contraposiciones y rarezas, montaría raudo en su corcel y cabalgaría alejándose del desafuero hasta que el ciclo le derribara de su montura y se eclipsaran las tinieblas.

Kim Bertran Canut, 54 años. Barcelona, España. Escritor- Fotógrafo literario.

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REENCUENTRO El reloj marcaba las diez con quince minutos cuando en mitad del silencio rompí la barrera impuesta por la calma, atontado y desubicado en medio de la oscuridad de mi habitación busqué mi teléfono celular para verificar la hora; había estado soñando pero no recordaba nada, tenía vagas imágenes de tu rostro observándome, dicen que los sueños proyectan los pensamientos más profundos y ciertamente habías estado deambulando en mi mente desde hace un largo rato; aún me encontraba confundido, me senté al borde de la cama, abrí la cortina y el sol del verano entro por la ventana, la claridad lastimaba mi retina y lo que sucedía afuera no parecía ir acorde a lo que sentía. Volví a adoptar la cama como si fuese el sillón del psicólogo que hurga en tu mente buscando heridas, dejando escapar el tiempo, sabía que no quería encontrar algo, ya había pasado un largo rato desde que había empezado a huir, no me sentía preparado para culminar la persecución. Mantuve la compostura con un baño de agua fría que masajeó mi cráneo; el agua corría a través de mi cuerpo limpiando la tinta invisible que dejaba en evidencia mi estado de vulnerabilidad. Comí algo rápido para recobrar energía y en cuestión de media hora me encontraba caminando en la calle. No recuerdo haber tomado la decisión, pero me vestí de la forma adecuada para dar una larga caminata tomando en cuenta el calor de aquellos días, lo hice como un acto reflejo sin previo aviso y con la aceptación mental necesaria. Tomé el metro que para un día como el Domingo era la mejor opción, poca gente y mucho espacio, sentía que las ideas en mi cabeza ocupaban el asiento a mi lado; siempre con la vista apuntando al suelo y con los audífonos musicalizando el momento, el cliché era complementario, el aleatorio de mi reproductor de música corría tras la canción que me recordaba a ella. Estación tras estación, me impacientaba, no importaba que no supiese a donde iba, ni el hecho de que nadie me estaba esperando. Era el cansancio mental que me empujaba al abismo una y otra vez. En la penúltima estación antes de llegar a mi destino, levanté la mirada a la puerta del vagón y justo cuando se cerró logre verla a ella, una vez más. Me bajé del metro en la siguiente estación y sin razón alguna empecé a correr, sentía la adrenalina en cada vena de mi cuerpo y mi corazón luchaba por salir de mi pecho. No duró mucho aquel arranque, tres cuadras después de la estación del metro mi cuerpo rechazó mi reacción alterada. Poco a poco se disminuyó el ritmo de mi paso, mire hacia atrás un par de veces en mitad de la calle y realmente estaba desolado, ¿Habría estado soñando? Seguí caminando aparentando normalidad hasta llegar a una vereda al otro lado de una avenida, por supuesto, era domingo y había mucha gente ejercitándose, paseando, familias que disfrutaban y contrastaban con el momento insano que yo enfrentaba. Sin embargo,

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en aquel panorama yo no existía para nadie. Solo era el tipo que no lograba dominar sus problemas durante un solo día, quizás habían muchas personas como yo entre aquella multitud, pero ellos si lograban controlar sus demonios y aparentar que no tenían que luchar con ellos al otro día. Me alejé para evitar cualquier contacto simple, cualquier cordialidad que amenazara mi soledad. Logré sentarme en una banca y aumentarle el volumen a la música, así quería controlar los factores que se escapaban de mis manos. Con los sentidos más calmados retrocedí a la escena del metro, solo para explicarme que no era posible que ella estuviese allí. Ya habían pasado 3 años desde que nos despedimos, su vida estaba en otra parte del mundo, lejos de mis palabras, del tacto, de nuestro futuro que en algún momento existió. Yo había estado jugando a la independencia, a la madurez de aceptar que tienes un amor correspondido pero eres capaz de dejarlo ir. Probablemente ella también lo ha estado jugando todo este tiempo. Hemos estado huyendo mutuamente, eso es lo que mi corazón esperanzado quería pensar. Mi mente solo jugaba con escenarios en los que ella se entregaba a otro destino, ya yo no habitaba en sus pensamientos, mi recuerdo era un fugitivo por el que se pedía recompensa si se entregaba vivo, pero había sido hallado muerto y sin destino. Y ese fantasma es el que me había estado persiguiendo todo ese tiempo. Luego de cumplir con la rutina de memorias y reflexiones a la que me tenía acostumbrado, retome el camino a mi casa. Recorté las distancias por medio de mi teléfono celular, busqué sus más recientes fotos con miedo a verla junto a alguien más. Pero no lo conseguí, solo estaba ella junto a su belleza. Creo que internamente quería dar con alguna razón que terminara de matarme de raíz, era una tortura saber que aún conservaba mis posibilidades aunque fuesen remotas. Quería la muerte súbita y a cambio encontraba esa esperanza que te mantiene vivo, era una bocanada de aire para un ahogado que estaba sentenciado por el tiempo y la distancia. El retorno fue un trayecto breve, me tomó por sorpresa lo mucho que había durado mi colapso al darme cuenta de que eran ya las cuatro de la tarde y técnicamente no había despertado, seguía inmerso en una pesadilla. Todo ese tiempo me había estado tomando mi vaso de veneno solo, no compartía su amargura con más nadie. Justificaba mi soledad con estilo de vida y lo demás, era parte de la batalla. Ya en mi casa tomé un vaso de agua para aclarar mi garganta, que estaba seca y no había ni siquiera pronunciado una palabra en todo el día. Mi cara transmitía el sentimiento y probablemente habría podido entablar una conversación sin siquiera abrir mi boca. Me desvestí y volví a caer en mi cama, proyectando mi silencio en el techo.


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Durante aproximadamente diez minutos mis ojos se cerraron y allí me reencontré con ella. Su cabello oscuro casi lograba tocar mi rostro, estábamos muy cerca, sentía como al verla a los ojos me podía perder en ellos y me resistía a eso. Miraba sus labios para ver si alguna palabra se le escapaba, pero nada, yo quería indagar en sus labios en búsqueda de aquellas palabras. Su piel tersa y natural me invitaba a sentir su cercanía, el calor de su aura. Una pequeña sonrisa se empezó a dibujar, creo que se sonrojaba de ver como yo le sonreía, no podía evitar expresarme. El silencio era una condición del momento. Trate de acércame más, pero sentí unas manos en mi pecho que me lo impedían, eran sus manos que subían hasta llegar a mi cuello, sensible. Así fue como sus labios empezaron a besarme con suavidad… Apreté su cuerpo contra el mío, para recuperar sensaciones perdidas. Mis manos recorrían su espalda dibujando crucigramas que la dejaban en evidencia al intensificarse la velocidad con la que sus labios reaccionaban a los estímulos, lentos pero efectivos. Su cabello desprendía el aroma que tanto había anhelado en el cementerio que se había convertido mi almohada, y aquello le daba credibilidad al momento. Recorté las distancias para que nuestros labios no perdieran tiempo, así fue como volví a probar el sabor del éxtasis, la suavidad con la que luchaban nuestras lenguas que se buscaban desesperadas en una batalla ajena a lo que sucedía con nuestras manos que tampoco se resistían a los embistes del momento. Ya no era un plano cerrado, podía sentir nuestros cuerpos desnudos retorciéndose en el deseo, los dedos moldeaban nuestros cuerpos. Beso tras beso nuestro amor se fue fundiendo, nos mezclamos como lava ardiendo y ya no éramos dos cuerpos danzando, nos fusionamos hasta que todo empezó a difuminarse en la distancia. Nuevamente desperté y me encontraba en el cuarto oscuro, confundido, aturdido de un sueño que me había consumido completamente. En mitad de la penumbra la busque a ella para tratar de encontrarla a mi lado, por supuesto que no la encontré. Mi mano se tropezó con mi teléfono celular, lo tome para verificar la hora y eran las tres de la madrugada. Brillaba la luz verde mostrando una notificación de mensaje, abrí el chat y su nombre salto a mis ojos. La claridad de la pantalla no daba para alucinaciones, en letras claras se podía leer: “Te extrañaba.”

Jose A. Tudares, 25 años. Venezuela. Lcdo. En Contaduría Pública, Escritor. www.josetudares.wordpress.com

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Ojos dilatados Ambos Sentados Frente a frente. Desnudos, Las miradas exactas. Ojos dilatados Como felinos En los tejados. Amor y excitación Dos erizos Enganchados. Debajo de las Nubes, somos Astros, luminosos. Juntos aprendimos A elevarnos, atravesando Las nubes pasajeras. Rumbo al inmenso e ilimitado.

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Nahual Veloz, con una mirada que atraviesa la fantasía y garras afiladas. Es mi vestidura, mí mitad, hombre, la que te observa. Es la leyenda desprenderme de mi piel. En medio de la danza de los Tecuanes, no dejare de verte. Durante las noches volare hasta tu ventana, ululare entre tus sueños.

Fabián Luna. México.

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Eso que no sale del fondo Se enlazan mundos al paso y trastabilladas sin pérdida de conocimiento para defragmentar la experiencia descargar el arma oyendo aullar a las hienas y en posición noche de guardia para el androide que no responde oxímoron sin permiso al “diseño de imagen” al “de pronto” propagándose al “pudiera” roll over sin consecuencias santuario sin muros fantasía perfecta pasado de premoniciones - enciende todo menos la luz y huellas digitales en una larga lista de prioridades defensas de victimas multiplex vida artificial de un trabajo profesional apoyo táctico técnico disparos que no salvan correr, escapar, tremores madrigueras entre madrugadas pájaros sin jaula haciendo salir conejos oportunidades que reptamos en raptos la piel aparte que solíamos ser ahora que devoran anónimos pensamientos luces, imágenes, incendios pasión desbordada y no deja de escarbar eso que no sale del fondo.

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Frenesí Todo mounstro es bello el rugido al iniciar la historia fundamental profundamente influenciado quimera análoga stop motion y experimentación como hobbie aprender las cosas en modo automático evolución como modelo original para el ejercicio de la fantasía agente armadura casa de tiempos remotos sobrevivir o mas a la terrorífica verdad el efecto del afecto aferrarse a la figura tras muchos cambios el valle de la exposición lo asombroso del proceso el esqueleto del viaje por el mundo la inspiración de la credibilidad y el etcétera.

Zambra. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México. Promotor contracultural y músico.

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CREACIÓN LA PRIMERA CARTA DE AMOR CON LA QUE DOY POR TERMINADA NUESTRA AMISTAD Oaxaca de Juárez a 09 de agosto de 2015.

Para el mejor de mis amigos: Pecan. De la mujer que siempre lo amó hasta la desilusión.

No puedo continuar siendo tu amiga, cuando callar tengo, todo lo que por ti siento. Es tortuoso guardar en mis adentros eso que afectaría nuestra amistad. Pasé años en silencio y mi dolor se agrandó cada día más. Porque; no decir lo que siento por ti, siempre será mentirme a mi misma. Hubo una noche o un día, o un momento en el que decidí sin más, sacarte de mi vida. Me dolió, sigue doliendo y dolerá aún más, pero lo acepto. ¿Qué puedo hacer cuando ya hice todo para obtener de ti, amor, y nada funcionó? No puedo ser tu amiga amándote tanto. No puedo ser tu amiga, porque no me basta besar tu mejilla, yo deseo besarte los labios. No puedo ser tu amiga y callar toda mi poesía. No puedo ser tu amiga cuando sé que no es suficiente decirte -hola-, -Buen día-, y ocultar siempre el te amo, eres mi vida. No puedo ser tu amiga cuando lo que tanto deseo es dormir a tu lado y sinceramente, no en silencio. No puedo ser tu amiga porque me importas demasiado, me duelen tus agonías. No puedo ser tu amiga cuando lo que anhelo es tomar tu mano para toda mi vida. No puedo ser tu amiga, cuando lo que de ti recibo es lo que ya no deseo.

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Yo fui la que se ilusionó. ¡Va!. ¿Para qué recordar algo que ya dolió? Fue inútil vivir esperanzada, no fueron dos días y medio, fueron años, años enteros y la esperanza se extinguió. Por eso me voy amigo, tu amistad no es suficiente para mi. Te firmo mi desistimiento con lágrimas, y. En silencio, con las zapatillas en la mano, semidesnuda. . . Renuncio a ti.

Zafiro Merlión. Oaxaca de Juárez, México. Escritora.-

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Resurrección En el ardiente subterfugio de la vida la libertad hoy me huele a campanillas. Ya no crucifico mi fe. Me acodo en las agujas del reloj y mi travesía por el carril del tiempo tiene la velocidad de la brisa ya no del viento. Sobreviví a todas las contiendas. viví con las mortajas a cuestas en el pretérito de casi todos los verbos. Besé todas las frentes con un beso letal. Presencié cada derrota. Y al fin cuando comprendí que el pecado capital de la venganza me estaba devorando, comencé a lamentarme de mí misma. Desde entonces, sobre mi fragilidad, DIOS me besó la frente, el alma y la vida.

Claudia Alejandra Auriol, 47 años. Cañada de Gómez, Argentina. Docente de nivel primario.

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Perdido en el miedo

“Armonía perdida entrando a la mediocridad de sentimientos falsos, sonrisas enmascaradas envueltas de mentiras y desilusiones, donde están aquellas sonrisas de amor puro, andan en la espera acaso, de una razón justa y honesta, ,cruda realidad donde hemos caído perdidos en el tiempo de la fantasía inerte en la inopia desesperante, donde somos por lo que tenemos. ¿Dónde ha quedado lo que sentimos? ¿Acaso todo eso se ha ido? Viviendo en las sombras de la rutina profunda de los chubascos de mediocridad, recuerdo de niños el miedo a ser a imaginar era simplemente ignorado, con ganas de soñar, volar y crecer ver más haya sin clasificar sin rechazar. ¿Dónde ha quedado? Ahora solo somos mendigos en busca de aceptación, vemos al cielo y aquellas nubes de historias imaginables se han perdido y disuelto en la maldita monotonía, noches inmensas escribiendo en las hojas del árbol del cambio débiles e ilusas perdidas en los cielos de falsas esperanzas donde solo los vientos de invierno pueden leerlas y los sueños perdidos inspirarse con ellas, pero al final todo sigue igual, “de nada sirve mover una montaña si vos no haces nada para llegar a mi” le dijo un sueño a un pobre hombre que por miedo a creer dejo de soñar hundiéndose en tristeza al ver que ya no era un niño y tampoco un hombre solo un simple recuerdo prefirió quedarse en silencio esperar su tiempo y morir en los brazos de la tierna soledad.”

Tacho, 22 años. México. Estudiante de Licenciatura en Comunicación y escritor.

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Piedra de sal Alguien te condenó al destierro, te hizo salir y cerrar detrás de ti la puerta, clausurar las ventanas, abandonar el hogar que entibió tus noches. Mujer sin nombre, ¿o te llamabas Yrit?, te separaron de los brazos con que hermanabas las tardes con las noches compartiendo el té y las palabras. Debías huir porque tu casa ya no podría ser tu refugio, todo sería destruido, hasta tus huellas. Tuviste que seguir los pasos de tu marido, pero podría haber sido tu hermano, tu vecino. A partir de ese momento, cuántas veces has sido expulsada, conocida por el parentesco, por el color, por el gesto que le correspondía a alguien más y no a ti. Te fuiste en nombre de tus hijos, en memoria de tus hijas. ¿Qué ser inmisericorde forzó tu obediencia? ¿Cómo es que alguien puede castigar de ese modo la nostalgia? ¿Quién te obligó a renunciar a la tierra de tu jardín, a la sombra de tus árboles, al canto de las aves que despertaban tus mañanas? No querías partir. Los cojines, la cocina, el rosal, el agua de los cántaros te llamaba. No querías ir, pero no preguntaron tu opinión. Te arrojaron a las llanuras agrestes donde reptiles y escorpiones poblaban la noche, el frío martirizaba la carne bajo la ropa, la luna ocultaba su vergüenza tras raquíticos árboles. Ahí afuera cualquier movimiento significaba el dolor hundiéndose en la piel, lacerándola hasta secar la sangre. Tu apego, el amor a lo tuyo fue maldecido. Intentaron cancelarte el derecho al recuerdo y a la pertenencia. Siempre encontraron razones para culparte. Un movimiento de cabeza, un pestañeo, el tropiezo del pie en el umbral equivalía a la muerte. Tuviste razón en dejar que el viento enredara tus cabellos desatados, que tu grito fuera relámpago y respiro; fue bueno detenerte, girar el cuello, abrir los brazos. En el momento mismo en que las lágrimas brotaron, se volvieron sólidas y cayeron quebradas en la arena. El fuego llegó a tus espaldas y consumió tu túnica. Tu cuerpo quedó detenido para siempre. Te perteneces ya a ti misma, a la tierra de las madres sin hijos, de los hijos que conocen el odio y la sangre. Ahora tienes todos los nombres, todos los orígenes, estatua desplazada. Tu sal se disuelve en nuestras bocas.

Mariena Padilla, 62 años. Monterrey, Nuevo León, México. Maestra de Matemáticas.

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Lecturas (no t Porque sería de un elitismo despreciable no hacerlo, reconozco que, en ocasiones —y ésta lo es; el verano, tiempo de galbana e irresponsabilidades varias, se presta mucho a ello— yo también consumo bestsellers. Claro que, en la lectura de superventas, como en muchos —demasiados— otros ámbitos de la vida, hay también jerarquías. Así, me ufano de no haber paseado este astigmatismo de mis pecados por una sola línea salida del procesador de textos de, por ejemplo, Dan Brown —sí he padecido, no me pregunten por qué, un par de adaptaciones cinematográficas de sus conspiranoias judeo-masónicas, a cuál más bochornosa. Durante un tiempo, y debido al negocio de compraventa de libros con que trato de complementar mis exiguos ingresos, obró en mi poder la trilogía de moda —recientemente engrosada con un cuarto volumen—; a saber, Cincuenta sombras de Grey. Mi padre, de cuyo impecable criterio me fío, aún tuvo el coraje de leer una página, una, antes de reafirmarme en mis sospechas de que el sadomasoquismo para menopáusicas que tanto revuelo viene levantando de un tiempo a esta parte no es sino un montón de basura. Tardé poco en colocar los tres ejemplares por diez euros. Y es que, como exclamara el torero Lagartijo, ¡Hay gente pa tó! Con todo, insisto en que un par de veces al año procuro aflojar las riendas de la autoexigencia, mal llamémosla, intelectual. A mediados de marzo, cuando quedan pocas semanas para el estreno mundial a bombo y platillo de la nueva entrega de Game of Thrones (Juego de tronos), me gusta sumergirme en el tomo tocante a la temporada anterior, a fin de refrescar la memoria de las múltiples tramas y personajes —tanto los nuevos, como los supervivientes (pocos, cada vez menos), como los asesinados (siempre, eso sí, con un grado de crueldad altamente satisfactorio) — de Canción de hielo y fuego. En la saga —o novela-río, afrancesamiento mercadotécnico no sé hasta qué punto necesario— firmada por George R.R. Martin, la fantasía épica es a menudo eclipsada por sus copiosos elementos folletinescos, cuando no directa y descarnadamente hardboiled, lo cual la dota de un atractivo bizarro que, a mi juicio, la hace bastante más divertida que, por ejemplo, El señor de los anillos, sobrevalorado —y también sobado— paradigma del subgénero.

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tan) culpables He de decir, no obstante, que, lo mismo que su adaptación televisiva —digan lo que digan los siempre airados fans, bastante fiel al texto original—, pasado el impacto de los dos primeros libros, la historia (o, en rigor, historias; varias de ellas, al menos) pierde fuelle a marchas forzadas. Temo, de hecho, la hora en que haya de enfrentarme —porque, pese a todo, lo haré; el cerdo es un animal de costumbres— a Festín de cuervos. En cuanto a la plasmación de la misma en pantalla, lo cierto es que he descubierto que, ahora mismo, prefiero las tres brutales temporadas de Vikings (Vikingos). Que me detengan. Cuando se acercan los apisonadores días de ferragosto —qué elocuente término, por cierto; del italiano tenía que venir— acostumbro a batirme el cobre con el correspondiente volumen de la enjundiosa Señores de Roma, de la australiana Colleen McCullough, quien alcanzara inusitadas cotas de celebridad con El pájaro espino, sobre todo a partir de su adaptación televisiva. Este año no ha sido excepción, de modo que me encuentro en torno a la página 350 de César, quinto de los siete abultados libros que componen la serie —no hay aquí novelas-río que valgan, bendita concisión. Prodigio de prolijidad —me perdonarán la aliteración—, McCullough se recrea, casi con morbosa fruición, en la descripción minuciosa de cada rasgo —físico y de carácter— de las decenas —cientos— de personajes históricos que recorren el friso ciclópeo que constituye su saga. Aunque similar atención, podría decirse entomológica, dedica en este quinto volumen al relato de la guerra de las Galias —con la indudable influencia del texto original, firmado por el propio Cayo Julio César, los canónicos Commentarii de bello Gallico o, en su versión más corta y conocida, De bello Gallico— no hay apenas épica en la documentadísima recreación que del último y agitado siglo de la República nos regala. En cambio, atraviesa cada página de la obra —de los cuatro tomos y medio leídos hasta la fecha, seguro— un cinismo feroz. Impregnando todos los estratos de la sociedad romana, se refleja especialmente en el maquiavelismo cruel de una praxis política en que la corrupción era moneda de cambio tan habitual como los matrimonios concertados, hasta tal punto que no resulta aventurado tildarla de institucionalizada. A la vista de la desagradable actualidad, parece claro que

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nuestros tatarabuelos no limitaron su legado a un florido ramillete de lenguas romances, por no hablar de esa indeseable querencia nuestra por el autoritarismo gubernamental, también conocido, y no por casualidad, como cesarismo. En fin, como ven, otro tipo de literatura de consumo es posible. No diré que sea particularmente sesuda, pero por lo menos tampoco agrede en exceso al idioma —tanto el de partida, creo, como el de llegada— ni, espero, las indefensas mentes de sus lectores. Y aunque no fuera así, ¿qué más dará? Recién terminé el Tractatus lógico-philosophicus, cuyas últimas páginas me regodeé en declamar, no sin acompañarme de toda una estudiada parafernalia gestual, y a la orillita del mar, para terror de bastantes paseantes y sospecha de la mayoría. Por suerte puse punto final al vehemente y—reconozcámoslo— yermo estudio del texto wittgensteniano —el cacofónico neologismo no es mío— antes de que se personase la autoridad competente, en este caso algún fornido y aceitado socorrista, molesto por haber sido interrumpido en sus ímprobos quehaceres, o sea: broncearse (más). Con todo lo cual no vengo sino a reivindicar mi derecho a un poco de literatura basura. Claro que, como en todos los planos del vicio —inocente—, sin abusar.

Por: Carlos Ortega Pardo, 32 años. Valencia, España. Profesor.

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pesadilla Se abrió la puerta y surgiste del frio prematuro que asolaba noviembre. Cuervo azulado, centellando con tus pantalones negros de piel ajustados. Depositaste lentamente los largos guantes, después la bufanda, el sombrero, los lentes oscuros, a medida que avanzabas hacia mí en la penumbra. Te esperaba resignado en el sillón bajo un concentrado haz de luz torturante. Recordando la última vez. Sonreíste, como siempre, no pude corresponder tu música interna, sabía lo que me esperaba, sólo bajé la mirada para verte completa por última vez. Te acercaste a mi lado, delicadamente ajustaste la luz e introdujiste un hisopo cítrico en mi boca, me observaste de cerca, mi cara cansada, el terror contenido dentro, tus dedos suavizando mi ceño, decidí cerrar mis ojos y dejarte en libertad. Con pequeños toques diste indicaciones a mi cuerpo esclavo, inyectaste directo al hueso, gracias a tu destreza no sentí nada, sólo un líquido transparente que helado entraba en mis quijadas, tus dedos fríos sobre mi mejilla, tratando de mitigar la fina aguja. Tu aliento de menta cerca de mí. ¿Listo? -preguntaste- sólo asentí leve con la cabeza, los ojos cerrados, concentrado en una súplica para que acabaras cuanto antes. Empezó un jaloneo fortísimo, sentí cómo tratabas de extraer de mi mandíbula superior una parte de mi cuerpo que había crecido en mí, que estaba ahí desde siempre, perfecta. La lucha me hacía sentir como si fuera a moverse mi nariz de lugar. Cedías un poco solo para acumular más fuerza y seguir con la tortura. De pronto te separabas un poco y preguntabas que si había dolor, con mi dedo índice te indique que no, tratando de no mover un solo musculo de mi cuerpo, entregándome de nuevo al suplicio, tu cuerpo pegado al mío, un mechón de tus cabellos se libera y roza mi rostro abierto. No había dolor solo un maltrato aberrante, luchaste con todas las fuerzas de tu pequeño cuerpo, hasta que un crujido de mi hueso cedió, un pedazo cayó en mi lengua ensangrentado, parecía que se iba a ir por mi garganta, pero un movimiento rápido de tus pequeñas manos lo extrajo de mi boca, así fueron saliendo uno a uno pequeños huesos de mi encía, hasta el final. La sangre corría hacia mi estómago, hasta que pusiste una compresa en el hoyo dentro de mí, por el que podía sentir el aire, que penetraba por mis fosas nasales hacia mi esófago, el palpitar de mi cerebro al pensar.

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Me diste indicaciones precisas, que escuché ausente sin mirarte a los ojos. Te despediste con un leve roce en mi brazo, parecías preocupada. Al salir tu risa a lo lejos, hizo eco en mi cabeza, como una cascada. Me empastillé para no sentir antes del tiempo indicado. Mi cara paralizada, esperaba conciliar pronto el sueño, para olvidar la pesadilla inmediata. Lo logre un momento, hasta que una punzada dentro de mi cabeza empezó a palpitar. Tratando de atraer el sueño que se espanta a cada martilleo, más pastillas. Como recordatorio el hueco enorme en mi boca. El sueño huye, parvada levantando el vuelo. Despierto en mi cama helada en medio de la oscuridad. Tu imagen extraviada en el pasado, me guiña un ojo y se aleja. Siento como si me hubieran golpeado la cara, todavía paralizada. El alba lejana amenazaba con encontrarme con los ojos abiertos. Un largo día de trabajo me aguarda al clarear el cielo. Suena el despertador, demasiado tarde. Tengo hambre pero el temor de que el alimento se desvié por ese nuevo túnel a lugares insospechados, me hace claudicar. Tomo agua para saciar el rugido de mi estómago. El sabor metálico de mi propia sangre no me abandona, mi boca permanece cerrada ante el temor de una nueva hemorragia o que el sabor en mi lengua escape de mí. Salió el sol en la mañana desvelada, el dolor se despedaza ante el tráfico, se integra al apremio de la labor diaria. Ante el espejo, no hay hinchazón en mi cara, todo parece normal. En el interior me falta un pedazo, que suplico a mi propio ser en su inteligencia suprema logre completar para seguir adelante, como si nada hubiera pasado. Deseo volver a verte.

Adriana Flores Tanguma, 51 años. Monterrey, México. Arquitecto.

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fragmento

Cincuenta y un años... Fermina, he esperado esta oportunidad durante cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días. Tanto tiempo así la he amado, desde el primer momento en que posé mis ojos en usted, hasta ahora. Le repito nuevamente el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.

Fragmento del libro: El amor en los tiempos del cólera. De: Gabriel García Márquez.

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libros Tres rosas amarillas

De: Raymond Carver

Editorial: ANAGRAMA ISBN: 9788433914842 No. de páginas: 160 Lengua: ESPAÑOL

Seis magníficos relatos, de uno de los autores más significativos de las últimas décadas, que ahondan y, si cabe, perfeccionan su personal universo literario, con un broche de oro final: el relato que da título al volumen, reconstrucción imaginaria de los últimos días de Chéjov, que alcanza cotas de auténtica genialidad.

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libros Prohibido suicidarse en primavera De: Alejandro Casona

Editorial: ISBN: 9788493975029 No. de páginas: 114 Lengua: ESPAÑOL

Casona, crítico siempre de los males de la sociedad civilizada -del mundo urbano- utiliza el tema del suicidio como telón de fondo del asunto central: la felicidad e infelicidad en dos hermanos, en dos seres a quien el destino se muestra con doble faz, como Jano. La justicia o injusticia nada tiene que ver con el corazón ni con los sentimientos que presiden las relaciones entre los humanos. En la obra todo sirve a una idea central: la exaltación de la vida, el rechazo del suicidio. No hay nada que lo justifique porque fuera está la naturaleza, encarnada en la primavera, con toda su potencia, con toda su savia que reanima los deseos de gozar.

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libros El murmullo de las abejas De: Sofia Segovia

Editorial: LUMEN ISBN: 9788426402424 No. de páginas: 480 Lengua: ESPAÑOL

Érase una vez una saga familiar de terratenientes mexicanos y un niño rodeado de abejas. Con estos elementos Sofía Segovia ha creado una historia de amor por la tierra y del poder de la complicidad entre los seres humanos. Una mañana cualquiera un hombre de avanzada edad toma un taxi en la ciudad de Monterrey rumbo a Linares, su ciudad natal. El viaje solo llevará unas horas, pero el viejo habla y no para, como si delante de él se desplegara todo su pasado. Así, el taxista y los lectores vamos a conocer la historia de una familia mexicana de terratenientes, los Morales Cortés, desde el principio del siglo XX hasta hoy. De repente, en el fluir de las palabras, asoma el rostro amigo de un niño sabio que no puede hablar, pero oye lo que otros no saben o no quieren oír, y anda rodeado de abejas. Ellas son sus aliadas y las que sabrán guardar los secretos del caserón de Linares, un lugar donde viven mujeres hermosas y tercas y las naranjas tienen un sabor especial. Incluso la muerte es distinta en Linares, y el hombre lo sabe. Por eso viaja, habla, recuerda... El murmullo de las abejas nos lleva a un mundo donde casi todo es posible si aceptamos que el cuerpo tiene más de cinco sentidos. Sofía Segovia nos invita a aguzar la vista, a estar atentos, para oler el aire, ver más allá de lo aparente y llegar a comprender lo que de verdad importa.

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libros

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libros Memorial del convento De: José Saramago

Editorial: Alfaguara ISBN: 9788420484389 No. de páginas: 472 Lengua: ESPAÑOL

Uno de los textos más célebres de la literatura portuguesa de todos los tiempos. Érase una vez un rey que hizo la promesa de construir un convento en Mafra. Érase una vez la gente que construyó ese convento. Érase una vez un soldado manco y una mujer que tenía poderes...

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F A C T U m - Revista Literaria


libros Cartas a un joven novelista De: Mario Vargas Llosa

Editorial: Alfaguara

ISBN: 9788420407418 No. de páginas: 114 Lengua: ESPAÑOL

Mario Vargas Llosa dirige a todos aquellos que tienen la ilusión de llegar a ser escritores unas magníficas reflexiones en forma epistolar acerca del arte de narrar. Cómo comenzar a cristalizar esa vocación en obras literarias, por dónde empezar esa aventura, de dónde salen las historias que cuentan las novelas, cómo se le ocurren los temas a un novelista son algunas de las preguntas a las que el Premio Nobel de Literatura da respuesta en este libro, que se convierte así en una lección magistral del oficio de escribidor.

F A C T U m - Revista Literaria

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FACTUM - Revista Literaria No. 25  

Septiembre, 2015. Revista digital de escritores para lectores y viceversa.

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