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Si la prenda es aburrida, uno no puede enamorarse de ella. Por eso debe tener algo especial: un pequeño detalle del que te encariñes, algo que la distinga del resto. La diferencia entre usar una prenda que te gusta y una de la que te has enamorado es lo que hace tan especial el estilo de Jessica Butrich. Esta ex estudiante de arquitectura acaba de inaugurar su departamento taller, y hace poco abrió una tienda que lleva su nombre en el distrito de San Isidro. Todavía el rumbo de su carrera es poco claro ya que tiene muchas ideas flotando. Pero hay algo de lo que está completamente segura: el vestido no puede llevar a la persona, y esta debe tener la actitud adecuada al ponérselo. Vestirse es casi un acto de simbiosis. Debido a esto, en sus diseños no sólo toma en cuenta las medidas o el corte del vestido, sino que trata de capturar el estilo de cada persona. Sus diseños tienen un look juvenil y sus clientas —tanto de catorce años como de cuarenta años— pueden vestirlos con holgura y exquisita propiedad. Para ella la elegancia y diversión no tienen límite de edad.

Su pasión y dedicación han hecho que su trabajo se transforme en un estilo de vida las 24 horas del día. Y le encanta. A pesar de que no tiene tiempo libre, es

acertado sospechar que si hubiese dispuesto de todo el tiempo libre del mundo, ella igual hubiese diseñado zapatos en forma de cupcakes, con los colores del arco iris o con un patrón inspirado en las mariquitas. Porque Jessica ha aprendido a divertirse muy seriamente.


Mientras estudiaba comunicaciones en el Instituto Peruano de Publicidad (IPP) inició unas prácticas en la realización de comerciales donde pudo conocer al diseñador Pepe Corzo. Él fue el detonante final de una chispa que se mantenía latente porque se animó a dedicarse al mundo de la moda. Luego una amiga entusiasta de la moda se convirtió en su primera inversionista. Siguiendo el camino de elegancia trazado por una tía suya en los ochenta, empezó a diseñar en el 2003, una época en donde el mercado de la moda le parecía un desierto. Pero no es que le interese dedicarse a un solo tipo de diseño. Ella se ve como una

exploradora de formas. Porque todavía no encuentra lo que está buscando y eso le apasiona. Su estilo,

caracterizado por la fusión de materiales y la experimentación de nuevas formas, ha conseguido que sus prendas respiren tanta diversidad como su curiosidad se lo permita.


En constante modo de experimentación se encuentra José Clemente desde que salió del colegio a los diecisiete años. Su afición por el dibujo lo llevó al diseño gráfico. Al poco tiempo, y casi sin quererlo, asistió a un desfile de modas y ahí mismo se enamoró de la idea de ser un diseñador y empezó a crear sus primeras prendas. “Estaban pésimas” reconoce, de ahí hasta convertirse en un consultor de modas de reconocidas marcas locales y a manejar su propia marca de ropa: “Pimienta”, hay un trecho repleto de errores, éxitos y de inspiración; pero sobre todo de aprendizaje.

El estilo de Clemente se basa en convertir lo común en algo estilizado a través de los detalles. Pueden ser accesorios como grandes hebillas plateadas o un estampado con un diseño que nadie ha visto. Acumular esos detalles desde el cine, los cómics y en especial de la música es parte de su estilo de vida. Uno de sus proyectos más interesantes es la creación de una línea de ropa para el nuevo público de los conos de Lima. Su propuesta no busca ser masiva, quiere mantener esa cualidad independiente que le permite crear algo de calidad pero que además lo apasione.


A veces ser sensible se confunde con debilidad. Pero no se puede ser débil cuando la fecha límite de un pedido esta a punto de cumplirse. Menos para tirar la toalla cuando recién se empieza. Mercedes Correa tiene otra

clase de sensibilidad. La que le permitió enamorarse de las carteras a los seis años. Era una carterita de color blanco en forma de un baldecito que le regaló su madre. No sabe dónde está, pero recuerda el aroma como quién extraña el perfume de una flor. Por eso hoy, en su tienda del distrito limeño de San Isidro, muestra una colección de carteras que manifiestan su estilo por los accesorios grandes y visibles, así como por los detalles que destacan. Su sensibilidad también

la ha llevado a crear colecciones étnicas que buscan la sofisticación de las prendas confeccionadas en Ayacucho, Cajamarca y Puno, manteniendo la función utilitaria para la cual fueron creadas por los antiguos peruanos.


Renunció a la rutina en la década de los noventa para establecerse como diseñador en el Perú. Pues para vivir de la moda en París, detenerse no es una alternativa sensata. Sobre todo cuando hay tanto por aprender y porque las nuevas colecciones no esperan. En la segunda industria más importante del mundo, la artesanía no tiene nada de amateur. Y bordar para Paul Evans es una vocación a la que se le puede dedicar entre 500 a 1000 horas por vestido. Más

de treinta temporadas después, su búsqueda por la estética es imparable. Para Evans la moda no es

superficial; al contrario existe un complejo trasfondo cultural y técnico detrás de cada prenda. En su última colección utilizó la alpaca con texturas metálicas y un estilo retro futurista con la seguridad de quien sigue las tendencias mundiales de la moda.

Este artesano con visión cosmopolita puede estar feliz en el permanente gris limeño de Lima, pues para él la temporada de invierno es mucho más rica en texturas y en variedad de lanas y telas.


Olga combina performances en vivo y muestras de arte alternativo con el diseño de modas. Se ha convertido en una activista del arte. Es especialista en serigrafía, por lo que sus prendas poseen un estilo kitsch que trata de rescatar aspectos de la cultura popular peruana:

estampados del maíz andino, trajes inspirados en la bebida Inca Kola y la imagen de Sarita Colonia, son algunos ejemplos de sus intentos por desvanecer la frontera entre el arte convencional y la cultura popular que la rodea. Desde el 2003 inicia PLK, su marca de ropa, que también es una crítica al consumo de arte ya que propone una nueva forma de hacer llegar la cultura al público. Ha participado en diversos desfiles como “Asia de Cuba”, “Abtao Fashion 2004” y “Perú Moda” 2004. En el 2006 presentó el Libro CD Objeto titulado “Gracias a Dios por la crisis” diseñado para la venta en conjunto con una prenda en la tienda Saga Falabella.


Pocos pueden presumir que sus diseños se venden en las más importantes tiendas de Nueva York, como Saks Fifth Avenue, Neiman Marcus, Nordstroms I.M. Robinson’s, Cache, entre otros. José Ferrand tampoco lo hace, deja que sus prendas demuestren su trabajo minucioso. Intentó estudiar en la Universidad de Lima durante dos años, pero el llamado de la vocación fue más fuerte y partió a Estados Unidos para ingresar al School of Fashion Design en Boston. Posteriormente continuó sus estudios en el Fashion Institute of Technology de Nueva York. Hace cuatro

años regresó al Perú y diseña principalmente para novias y trajes de noche en su tranquila residencia de San Isidro. Además se dedica a la

docencia en Instituto de modas Mod´ Art. Ha vestido a reconocidas modelos locales y el año pasado estuvo considerado por la encuesta del diario El Comercio como uno de los mejores diseñadores de 2006.


La misma ciudad que le dio un vuelco a la forma de concebir la moda a Gianni Versace, proporcionándole una renovada paleta de colores y de cortes atrevidos, le ha dado la oportunidad de mostrar a Ana María su más reciente colección en el Miami Fashion Show 2007. Miami no puede estar equivocada. En ese desfile presentó desde eclécticos trajes plateados hasta confortables vestidos de algodón peruano, inspirados en la mujer como una flor: efímera y fuerte a la vez. Una de sus propuestas fue el rescate del pañuelo como prenda femenina; pero no cualquier pañuelo sino uno pintado a mano tratando de imitar a los impresionistas. Desde entonces la diseñadora peruana es Ana G., en su primera boutique en Miami. No hay que esperar para disfrutar de su siguiente proyecto, Ana María juntará el diseño y el baile creando una línea dedicada a esa disciplina que le quitó el vicio de fumar hace siete años. Todo por el bien de la moda.


La vida diurna de Claudia transcurre afuera de su taller-oficina. Siempre alerta del pequeño Jair de cinco años. Ordenando un poco su casa, piensa en lo que hará cuando termine el día, cuando ingrese a ese lugar mágico donde reposan los trajes de su última colección, “Barajas”. En ese sitio, también están las revistas, las muestras y todos aquellos elementos que le permiten crear. No ha sido fácil convertirse en una diseñadora, sobre todo si su carrera no empezó con la tela y la aguja sino en las pasarelas. “Es extraño estar del otro lado del

escenario, con diseñadoras que antes me vestían,

como Norka Peralta”. En los desfiles se interesaba por las telas y las costuras, que permanecían ocultas para el resto. Pero no para ella; porque Claudia tenía que hacer su propia ropa, transmitiendo su personalidad como modelo a sus futuros vestidos. Estos serían sobrios, elegantes y sensuales. Su perseverancia y su curiosidad la han conducido a lograr metas que no imaginó cuando era joven y vivía en Arequipa, una provincia al sur de Lima. Así pudo vestir a la Miss Perú de 2005 para el Miss Universo y llevar una colección de cuarenta tenidas a México y París. No obstante hay un logro que no sale en los medios, pero que cuando Claudia habla sobre él, no puede evitar sonreír.

El mismo lugar que provoco sus amanecidas, el Centro de Altos Estudios de la Moda, es ahora donde ella comparte su experiencia.


Se dedicaba a confeccionar la ropa que toda ejecutiva necesita, una mezcla clásica de elegancia, buena combinación de colores y excelentes materiales. En su tienda, Fina, se diseñaba poniéndose en el lugar del cliente.

“¿Qué me pondría yo si midiera un metro cincuenta y tuviera treinta y cinco años?”, pregunta sonriendo

Beatriz Leigh. El resultado fue bueno, como lo demuestran sus más de treinta años de trayectoria profesional. Pero para no perder la batalla con los Goliat de lo masivo —los grandes centros comerciales— el David de lo clásico tenía que diferenciarse. El toque especial lo

halló en la variedad de la materia prima peruana. Ahí estaban los nuevos

matices que buscaban. Sin alejarse de la personalidad por la que se habían hecho conocidas en su tienda, ampliaron su concepto de lo clásico gracias a nuevos accesorios y textura. Ahora Fina, no solo proporciona prendas para el día de semana de la mujer ejecutiva, sino que también ofrece ropa con la que a través del diseño procuran dar sofisticación y comodidad para los días de descanso.


Un día renunció a su trabajo, cogió sus maletas y se fue. Lejos. Tres días en avión, atravesando dos continentes y surcando el Atlántico. Sus maletas volvieron a reposar en la India. Quizá no lo hacía para escaparse sino para encontrarse. Porque ser administradora era apenas una profesión vinculada a los números, no algo que pudiera crear con su imaginación. Pasó tres meses junto a su actual esposo y vió un mundo completamente distinto. Las telas y una nueva cultura terminaron

por quitarle ese formalismo que no era suyo.

Porque en paralelo a su trabajo perdido, había creado una línea de accesorios en alpaca. Poco tiempo después se mudó a Costa Rica dando inicio a un nuevo viaje, mucho más amable para esta apasionada de los zapatos: empezó su educación como diseñadora en un instituto costaricense y, posteriormente, como asistente del diseñador Pato Velarde. Siempre con la imaginación inquieta, sus colecciones han sido inspiradas por el diseño japonés moderno, las historias de hadas o la novela que descansa en su mesa de dormir. Andrea expresa en

su ropa el estilo teatral de quien se ha decidido a confeccionar los sueños que por mucho tiempo permanecían dormidos.


Cuando Alexandra cuenta la historia detrás de su primer contacto con la moda es imposible no contagiarse de su emoción. Fue en un concurso organizado por una de esas desaparecidas tiendas de ropa limeñas. La clienta era una muñeca Barbie y ella superó a la competencia. Parecía un sueño improbable: empezó siendo la modista de Barbie en Lima. Cuando cumplió diecisiete, pensaba que el diseño de ropa era algo muy lejano. Otra carrera imposible para el Perú de aquella época. Entonces, se decidió por algo más concreto como estudiar en la Universidad Nacional Agraria La Molina en el sur de Lima. Ingresó en su primer intento a ingeniería pesquera. Los cursos de estudios generales no eran problema. Dos años pasaron y le faltaba algo. Absorbía conocimientos nuevos, pero sentía que no la hacían crecer. Decidió dejar el camino seguro. Dejar una futura carrera con horarios y vacaciones para despertar a la diseñadora a tiempo completo. Hoy duerme pensando en futuras colecciones, en los trabajos pendientes, en los detalles por agregar. Sus diseños poseen la misma intensidad de una cerilla encendida en un cuarto oscuro. Eclécticos y personales, Alexandra es de las diseñadoras que nunca vendería la ropa que confecciona. Pero entiende que la moda es también un oficio de desprendimiento.


Nada es seguro, todo se va dando. Cuando Susana Piqueras estudiaba en el colegio pensaba que sería escultora, pero no sucedió. Ingresó a la facultad de economía de la Universidad de Lima, sólo para darse cuenta que no pertenecía a esas aulas. Cogió sus maletas y partió a España esperando encontrar algo, pero todavía no sabía qué. Se decidió por la Escuela Superior de Diseño en Barcelona, pero en sus cursos de lengua y matemática no encontró lo que andaba buscando. Viajó en auto hasta Florencia, Italia y recién en la rigurosidad de la Escuela de Moda Polimoda sintió que se encontraba en un lugar aprendiendo. Sin proponérselo regresó al Perú en el 2003 para empezar a trabajar en sus diseños. Confeccionar vestidos le fascina, pero por ahora ha decido no dejar ropa en las tiendas. Hace poco se ha instalado en un lugar donde puede pasar todo el tiempo dibujando, experimentando con prendas cómodas para hacerlas un poco más extravagantes; planeando convertir una simple chompa en algo más que una chompa.


La visión de Ciro Taipe consiste en valorar aquello en que otros no se fijarían, como interpretar la melodía más simple y común con instrumentos de orquesta sinfónica; no para cambiarla, sino para escucharla como nadie más lo ha hecho. Porque desde el inicio de

su carrera, escapar de los lugares comunes ha sido su única constante. Si alguien trata de disminuirlo diciéndole confeccionista, él feliz, porque crear ropa es lo que mejor hace. Si alguien duda del atrevimiento de sus colores, mejor aún, porque al menos reconocen su clase de coraje. Incluso cuando narra su mitología personal —aquella en donde une todos esos momentos y decisiones que lo llevaron al lugar donde está— insiste que no se trata de otra historia en la que quien tiene éxito por su condición fundamental debió ser el más pobre entre los pobres. A pesar de la muerte de varios de sus hermanos, —y de que apenas hablaba español, y que tuvo que trabajar y estudiar— recuerda Huancavelica con la añoranza de haber pasado una infancia feliz. Por eso, mientras unos ya están pensando en la exportación de su marca, él está a punto de abrir una nueva sucursal de su tienda en San Borja, el barrio al que llegó por primera vez cuando tenía 14 años. Porque si hay algo

que no puede cambiar es el ejercicio andino de la retribución.

Todos los lugares en los que ha estado, todo ese trabajo realizado desde que tiene 17 años, lo convirtieron en el hombre que es hoy. Es una de esas deudas que él no quisiera dejar de pagar.


Su curiosidad no conoce límites, por eso puede convivir con dos actividades opuestas. Durante las mañanas ensaya en el polígono con su rifle Beretta para practicar tiro y, si tiene algo de tiempo, puede dedicarse a su primer amor: la escultura. Pero en estos momentos lo que realmente le apasiona son la moda y la alta costura. Fue un proceso que incluyó su participación en la organización de eventos como el ‘Miss Perú Universo’ y en ‘Noche de arte’. Aún antes de la apertura de su nuevo atelier, varias publicaciones especializadas reconocen la distinción y elegancia de sus trajes de novia. También ha creado una colección de vestidos inspirados en el glamour de los trajes de la alfombra roja. En ella utilizó una sobria paleta de colores como el negro, blanco, rojo y hueso, combinándola con el uso de diversas texturas que se funden en el vestido. Algo atrevido pero al mismo tiempo sobrio. Siempre habitando en los extremos, prepara una completa colección de invierno y está abocada en la futura apertura de una tienda que exponga al público sus nuevas colecciones.


Bayeta: tela corriente que se usa para fregar suelos. Lo que para algunos no sirve para nada, en manos de Olga Zaferson es una posibilidad. Convertir un trozo de tela bayeta en una falda que pocas se negarían a usar, parecería una travesura. Pero quizás sea una forma de demostrar que incluso el material más simple posee una virtud. Porque el Perú no es solo lana

de vicuña o alpaca, hay algunas prendas que hablan: círculos pequeños que representan el granizo,

un bordado escalonado muestra los andenes y las volutas quieren decir olas de mar. Su labor también consiste en recordar esa iconografía y devolverla a su lugar: la ropa de los peruanos. Sin embargo, su labor no solo consiste en sofisticar típicos trajes de provincias como el traje utilizado por los hombres y mujeres que bailan “La pandilla” en el sur de Perú, en Puno. También busca recuperar técnicas como el teñido mediante tintes naturales con nudos del Cusco, llamado huaypa. Durante más de treinta años

Olga Zaferson se ha dedicado a rescatar una belleza que por mucho tiempo estuvo olvidada.


El jardin de las mil y una flores  

Catalogo del FlashMode 2007

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