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Viernes 18.09.15 EL DIARIO MONTAÑÉS

DEPORTES MUNDIAL DE RUGBY

El rugby regresa a la cuna de los ‘Orcos Blancos’ JULIÁN MÉNDEZ

Sangre, sudor... y cerveza. Son los combustibles que sustentan un deporte brutal regido por un ceremonial romántico Cuando el medio de apertura de Inglaterra golpee hoy de bote pronto el balón sobre el césped de Twickenham, el aliento de toda la nación se detendrá durante unos segundos mágicos. El rugby, una suerte de religión laica regida por códigos y conductas centenarios y practicada por sujetos de aspecto patibulario, regresa a su cuna, al lugar que lo vio nacer en 1823. Como una parte de esa compleja ceremonia, todavía se desarrollan profundas discusiones junto a templadas jarras de cerveza donde se argumenta si el estudiante William Webb Ellis, un producto clásico de la clase dominante, cogió el balón de fútbol con las manos y echó a correr o ya estaba en carrera cuando decidió romper las reglas del fútbol, como sostiene el antiguo archivero de la escuela de Rugby Rusty MacLean. Ellis alumbró un deporte en el que, bajo la capa visible de una insoportable violencia, se esconde una fragua de espíritus y una camaradería más allá de las normas. De hecho, era el deporte que practicaban (y practican) en sus ‘schools’ los oficiales del Ejército imperial británico, que se dejaban destripar por los cuchillos ‘iklwa’ de los zulús antes que abandonar a un camarada sobre el campo de batalla. Como aseguran sus practicantes en una flamígera paradoja «quien más disfruta en el rugby es quien más se sacrifica». El rugby tiene mucho de contienda y se compone de una sustancia brumosa que aúna caballerosidad, fiereza, ironía y diplomacia. En Inglaterra se considera (o se consideraba hasta la irrupción del profesionalismo tras la Copa de 1995 que al-

zaron los bokke de Pienaar) un deporte de pijos, un juego de las ‘posh schools’ y de chicos de la City lastrados por costumbres arcaicas, que se cubrían las cabezas con ridículas ‘caps’ y vestían estomagantes chaquetas de ceremonia. Pero la tradición es el cimiento sobre el que se asienta esta nación, así que el pasado se engrandece hasta hacerse costumbre. Un ejemplo: Inglaterra viste de blanco porque en el primer partido que disputó contra Escocia (1871) decidió lucir los colores de la escuela donde se inventó el deporte. Y eso quedó para siempre. Como escudo, la rosa de los Lancaster. Decir rugby es decir Inglaterra. Nada menos que 2,55 millones de personas lo juegan (166.000 en categorías superiores por apenas 27.374 en Nueva Zelanda, según ‘The Guardian’), lo que la convierte en la primera potencia mundial. También en la más rica, en el equipo más «arrogante» al que todos desean derrotar. Y ellos lo saben. Es tradicional que los ingleses saluden a los contrarios tras una victoria con un irónico «buen partido, tío».

«Estrujan testículos» Mientras el oval describe esa estudiada parábola en Twickenham, mientras quienes aparcan sus Bentleys, Rolls Royce y Aston Martins en el megapijo aparcamiento del Cardenal Vaughan digieren sus blinis de caviar beluga y sus copas de champaña, las mentes de los espectadores regresarán a aquel segundo eterno en que Jonny Wilkinson derrotó a Australia en Sydney, en 2003, en el último segundo de la prórroga pasando un drop agónico. «No recuerdo haber sentido nunca la necesidad de escapar del dolor en el campo. Eso se ha convertido en parte natural del juego», declara el mí-

Inglaterra es el equipo más «arrogante», al que todos los rivales quieren derrotar

tico apertura en el documental ‘La increíble historia del XV de la Rosa’ (Canal Plus), un repaso a las dramáticas transformaciones sufridas por el rugby inglés para adaptarse a los nuevos tiempos. Hasta entonces, el rugby era el único negocio multimillonario que no pagaba a sus empleados (los jugadores). Quienes dirigían la RFU de la época aseguraban que el dinero era «una influencia corrosiva» para el deporte. Hoy, explica el mítico Bill Beaumont (un aristócrata que preside la Footbal Rugby Union y jugó de 6 para Inglaterra junto al ‘bobbi’ Wade Dooley), «las escuelas de donde proceden los jugadores de Escocia han sufrido un cambio drástico desde hace 15 años». Por decirlo en corto, se ha democratizado. En las fotos que acompañan este reportaje, se da cuenta de la dimensión real de esta pasión multitudinaria en Inglaterra. Se entrena de noche, en campos embarrados, bajo una lluvia que convierte las camisetas en pesadas impedimentas, tras una jornada de trabajo. Las sesiones (y los partidos) acaban en el pub ante una rebosante jarra de cerveza. Todos los equipos (todos) hacen sus ‘calvos’, inventan sus propias canciones, motejan a sus jugadores y se parten el pecho sobre el barro («son tipos que se estrujan los testículos por diversión», los definen) para ducharse luego con agua fría. «Teníamos un club y un bar y, después de los partidos, lo pasábamos bien. Había mucha camaradería. Se trataba de formar parte de algo y de divertirnos, tanto como de jugar un partido. Para algunos puede que más». Es casi imposible resumir mejor este deporte que como lo hace Martin Johnson, el gigantesco capitán del aquel XV inglés que levantó la Copa Webb Ellis para los ‘Orcos Blancos’ aunque en este Mundial no habrá ya ‘terceros tiempos’, como avisó el italiano Sergio Parisse. Los profesionales del rugby ya solo hablan de batidos energéticos y ejercicios anaeróbicos. Tal vez solo los ‘guerreros del Pacífico’ (Tonga, Fiji, Samoa) se salten las normas y se escapen para comer... alitas de pollo en KFC.

Jugadores amateurs del Midhurst y del Newick disputan una touche en un campo presidido por las ruinas de un castillo de la dinastía Tudor. Arriba, rugby en estado puro; frío, contacto, camaradería y cerveza, mucha cerveza, durante el tercer tiempo. :: FOTOS: NACHO HERNÁNDEZ

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