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El Baile del

Pìcaflor


Gerente editorial: José Manuel Zañartu Bezanilla. Editora: Alejandra Schmidt Urzúa. Asistente editorial: Camila Domínguez Ureta. Director de arte: Juan Manuel Neira. Diseñadora: Mirela Tomicic Petric. 2013 por Alicia Morel Chaignaux. Inscripción Nª 228.645. Santiago de Chile. Derechos de edición reservados por Empresa Editora Zig-Zag, S.A. Editado por Empresas Editora Zig-Zag, S.A. Los Conquistadores 1700. Piso 10. Providencia. Santiago de Chile. Impreso por Salesianos Impresores, S.A. General Gana 1486. Santiago de Chile.


índice ........................................................................... EL BAILE DEL PICAFLOR

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El baile del Picaflor


Las polillas fueron las encargadas de repar-

tir las invitaciones. -Como son sencillas, tienen mejor voluntad -dijo Rosa. Para dar la fiesta, aprovecharon que el jardín estaba en plena floración, antes de que se deshojara la primera rosa. El invitado principal era el señor Viento, porque sin él, ¿cómo iban a bailar las flores pegadas a sus tallos? Pero a señor tan importante no podían man_

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darle como mensajero un escarabajo cauquiera y se le encomendo a la Mariposa esta delicada mision. Un poco linsegura, ella revoloteo hasta el bosque donde vivia el Viento y lo llamó con la voz más fuert que pudo: -¡Señor Viento, haga el favor de pararse un instante en las ramas! -¿Uuuuuuh? -contestó el Viento. -¡Ay, no sopel tan fuerte, que me arranca las alas! -se quejó la Mariposa. -¡Oooooh! -¡Se trata de un baile! -¿Eeeeeh? -¡Un baile de las flores! -¡Aaaaah! – suspiró el Viento, complacido. -La Rosa y yo lo esperamos a la caída de la tarde, no vaya a olvidarse. -¡Iiiiiiiiiiih! – aseguró el Viento, riendo. La Mariposa se alejó para arreglar sus antenas y echarse polvo dorado en las alas.

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No faltó nadie por invitar: ni los abejorros, ni la abeja, ni las delicadas libélulas, ni los elfos, ni los duendes, ni la reina de las hormigas.Pero no, alguien había sido olvidado: nada menos que el Picaflor. -Esas locas no me invitaron -refunfuño-. ¡Ya verán las ingratas, ya verán! Voló a bañarse en roció, para que relucieran los arcoíris de sus plumas. Mientras se refregaba contra las cañas, oyó las dulces y crujientes melodías que estas preparaban para la fiesta, con lo que el entusiasmo del pajarillo aumentó. -Iré al baile de todas maneras. Emborracharé a las rosas y a las campanillas con el girar de mis alas. Las mañanas se fue en preparativos. Al caer la tarde, invadieron el jardín las abejas y las abejas, quienes depositaron en cada flor una gota de miel. Esta fue la señal para

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empezar el baile. Libélulas, alegres cigarras y caballitos del diablo iban y venían, y el aire estaba lleno de zumbidos de toda clase. Por tierra avanzaron las hambrientas hormigas y grupos de cucarachas ordinarias. Los caracoles se daban importancia al caminar sobre una alfombra de plata. Los grillos tocaban sus violines. Los elfos y los duendes llegaron iluminados por las luciérnagas, saltaron de flor en flor y escogieron por compañeras a las más olorosas.

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Pero el Viento, invitado principal, que debía abrir el baile con la Rosa, no llegaba; las flores estaban quietas, sin poder participar en la animación general. La Rosa, muy preocupada, llamo a la Mariposa, que ya estaba medio borracha de felicidad. -Por favor -le pidió-, anda a despertar al Viento. Nuestro baile será un fracaso sin él.

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Disgustada por tener que interrumpir sus danzas, la Mariposa voló hacia las copas de los árboles, donde el Viento colgaba lacio, entregado a un profundo sueño. Entre vuelo y revuelo, la mensajera cantó: El Baile baile ya empezó, despierte el Aire con su canción. ¡Vamos al baile, vamos, don Aire! ¡Vamos, despierte, que se hace tarde!

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Pero el Viento ni se movió. Abrió apenas un ojo azul, bajo un poco una de sus alas y dio un suspiro, que tiro lejos a la indignada Mariposa. -¡Oh! –gimió esta, sujetándose las antenas-. ¿Qué le diré a la Rosa ahora? -No te preocupes, Mariposa –dijo en ese momento el Picaflor-, dile a las flores que, si el Viento falla, yo puedo hacerlas bailar, siempre que me inviten – y esperó, sosteniéndose en el aire. La Mariposa voló a dar el recado a la Rosa, que enrojeció al darse cuenta de su involuntario olvido. -Por cierto, dile al Picaflor que nos perdone, nosotras… Pero en ese instante se aproximó el Picaflor, sonriente y movedizo, y se inclinó ante la Rosa, haciendo brillas los colores dorados de su penacho.

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Baile del picaflor  

Libro terminado

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