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Álvaro Mutis, poeta

L a Agenda Cultural rinde homenaje al poeta y novelista Álagenda cultural • Universidad de Antioquia N.o 206 • febrero de 2014

Contenido 3

Mutis y el agua: el largo viaje de Maqroll el Gaviero Juan Gustavo Cobo Borda

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De la estirpe de los desencantados Alfredo Laverde

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Poemas Álvaro Mutis

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El último rostro Álvaro Mutis

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De lecturas y algo del mundo Álvaro Mutis

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Programación académica y cultural

varo Mutis, quien murió en México el 22 de septiembre de 2013 y había nacido en Bogotá el 25 de agosto de 1923, es decir, cuando contaba ya noventa años. Con esta edición monográfica la Agenda quiere llamar la atención de sus lectores sobre quien fuera uno de los más significativos escritores de nuestro país, una de las voces que mejor ha llegado a configurar un tono, una atmósfera y un lenguaje de características muy personales en poesía y prosa, para erigir una obra que ha perdurado en el tiempo y que cuenta con el reconocimiento de lectores de todo el mundo, prueba de lo cual es la traducción de sus poemas, cuentos y novelas a varios idiomas, así como los honores y premios de que ha sido objeto en países como Francia, Italia, México y España. En Colombia, entre otras distinciones, en 1983 la Universidad de Antioquia le otorgó el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento. No obstante Mutis, quien recibió con halago premios y honores, estuvo siempre por encima de ellos y no creyó más que en su obra. Su vida toda no fue otra cosa que los libros que iba escribiendo uno a uno, primero de poemas que empezó a escribir muy temprano y muchos de los cuales hoy se nos hacen imprescindibles, y después de sus novelas, que no fueron más que la lógica consecuencia de una poesía llena de personajes, sobre todo Maqroll el Gaviero, de narraciones en las cuales los ríos, la vegetación y el clima del trópico lo copaban casi todo en su gran exuberancia, pero también la precaria vida en su desorden, en su ruina y su decadencia. La muerte y el fin acecharon de manera permanente la respiración literaria de Álvaro Mutis, que creía en los hados y en la aventura, en el mar y en el amor tajante de las mujeres, y creía sobre todo en el poderoso lenguaje de la poesía, la que, al fin de cuentas, es la soberana dueña de toda su existencia. Mutis fue, tal vez, un escritor que careció del concepto de patria, en el sentido de nacionalismos y de aquello que para muchos constituye su identidad o su don más preciado; aquello que para algunos, incluso, constituye motivo de orgullo y no


Álvaro Mutis, foto: agencia EFE

pocas veces de alardes, demagogias y opacos provincianismos. Que era colombiano, sin duda, lo sentía más por el recuerdo y la influencia, esa sí definitiva, de la tierra caliente del Tolima donde pasó parte de su infancia, y, ante todo, las aguas torrentosas del río Coello (su primer poema “La creciente” es ese río) que quedó en parte de sus páginas como un testigo ya perdurable: “De ahí, de Coello, de sus alrededores, sale mi pequeño universo”, le dijo Mutis a Fernando Quiroz en un libro que fue también una larga conversación acerca de su vida y de su obra.1 Los elementos del desastre, Reseña de los hospitales de ultramar, Los trabajos perdidos, Summa de Maqroll el Gaviero y Los emisarios, entre otros de sus libros de poemas, son ya un fragmento indispensable de lo mejor de nuestra poesía, y son una fiesta pletórica de nuestra lengua. La de Mutis es una obra que, tanto en su poesía como en sus novelas, recreó el idioma y dijo las verdades inapelables que provienen de la imaginación cuando ella es igual al arte. Con este número dedicado a la buena e indescartable poesía, la Agenda Cultural da la bienvenida a sus lectores en este nuevo año, les desea magníficos tiempos de buenas lecturas y disfrute de la cultura, y los invita a consultar y gozar la programación cultural de nuestra Universidad. 1 Fernando Quiroz, El reino que estaba para mí. Conversaciones con Álvaro Mutis, Bogotá, Editorial Norma, 1993.

Luis Germán Sierra J.

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y el agua: el largo viaje de Maqroll el Gaviero Juan Gustavo Cobo Borda

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sta navegación se inició en 1923 y su verdadera partida de bautizo se dio cuando Álvaro Mutis Jaramillo vivió, de los dos a los nueve años, en Bruselas, Bélgica. Los grandes transatlánticos que iban de América a Europa tenían el encanto irresistible de la aventura, de una ciudad en mitad del mar con orquesta y pulcros oficiales que, quizás por atender sus tareas y ser galantes con las damas, no tenían la peregrina consigna de entretener a los niños. Con los milagros del mar y los secretos de puentes, camarotes y bodegas, esas máquinas que jadeaban noche y día, podían disfrutar de Odiseas de tres semanas. Pero fue la pérdida de este primer paraíso lo que aguzó desde el comienzo las nostalgias de Mutis y la percepción de sus sentidos. Venía de una Europa calvinista, de un colegio jesuita, y se topaba literalmente con el trópico bravío. El bullente mestizaje del puerto de Buenaventura y la delicia tonificante de esos llanos del Tolima donde la tierra sombreaba los cafetales, y el ganado con su mugir y las mieles de la caña hirviendo en los grandes pailones embriagaban con su música. Segundo paraíso: la Hacienda Coello, en las inmediaciones de un río, con cascadas abruptas y playones dorados. Fue tal el impacto, en sensualidad y júbilo, que la piel se abrió y recibió la profunda caricia de una atmósfera tibia. De chapoleras, tan recias como intuitivas. De ahí que su primer poema, fechado en 1945, haga ya

el censo de esa comarca, su enumeración vertiginosa ante una creciente que todo lo arrasa y confunde: Al amanecer crece el río, retumban en el alba los enormes troncos que vienen del páramo. Sobre el lomo de las pardas aguas bajan naranjas maduras, terneros con la boca bestialmente abierta, techos pajizos, loros que chillan sacudidos bruscamente por los remolinos. Me levanto y bajo hasta el puente. Recostado en la baranda de metal rojizo, miro pasar el desfile abigarrado. Espero un milagro que nunca viene. Tras el agua de repente enriquecida con dones fecundísimos se va mi memoria.

Enumeración, recuerdos, expectativas de algo que no se cumple, perfumes saturando los lugares que ya serán proverbiales para un viajero contumaz. Allí asoman las salas de espera, las sucias estaciones de ferrocarril, los hoteles visitados en la infancia. Allí late ya el corazón de la poesía de Mutis. Pero el hombre que se desempeña atareado como locutor de emisora (Radiodifusora Nacional, Nuevo Mundo), como relacionista público (Compañía Colombiana de Seguros, Esso Colombiana) va segregando, paulatinamente, un otro, un heterónimo, que en su desastrado peregrinaje por el mundo mantiene intactas esas vivencias decisivas. Se trata de su alter ego, del compañero que vislumbra en lo que soñó y no pudo

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ser, en su sueño de no ser gerente cuidador de barcos abandonados en un muelle perdido. Cuando huye a México, en 1956, cuando pasa quince meses en la prisión de Lecumberri, perseguido por la Esso, las dos vertientes de su mundo se conjugan de forma admirable en una celda donde lee a Marcel Proust y ve surgir el fatigado cuerpo de Maqroll el Gaviero. El recuerdo involuntario al cual se refiere Proust se encauza a través de puertos y hospitales, vagones abandonados en un alto de la cordillera y minas donde resuena el grito huérfano de la angustia. Reunirá esas visiones en la revista Mito y en su primer libro publicado en México: Los trabajos perdidos (1965). Una década de exploración interior y de nostalgia arrolladoras. Solo que Mutis no incurre en la identificación emotiva, sino que en la distancia se sugiere y se perfila. Lo hace a través de otro mediador, León de Greiff, como vimos en “La muerte de Matías Aldecoa” Ni cuestor en Queronea, ni lector en Bolonia, ni coracero en Valmy, ni infante en Ayacucho; en el Orinoco buceador fallido, buscador de metales en el verde Quindío, farmaceuta ambulante en el cañón del Chicamocha, mago de feria en Honda, hinchado y verdinoso cadáver en las presurosas aguas del Combeima, girando en los espumosos remolinos sin ojos ya y sin labios, exudando sus más secretas mieles, desnudo, mutilado, golpeado sordamente contra las piedras, descubriendo, de pronto, en algún rincón aún vivo de su yerto cerebro, la verdadera, la esencial materia de sus días en el mundo. Un mudo adiós a ciertas cosas, a ciertas vagas criaturas confundidas ya en un último relámpago de nostalgia,

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y, luego, nada, un rodar en la corriente hasta vararse en las lianas de la desembocadura, menos aún que nada, ni cuestor en Queronea, ni lector en Bolonia, ni cosa alguna memorable.

El mismo escenario primigenio, similar enumeración que arrastra y borra, y la inserción precisa de la geografía y la historia: Honda, Bolívar, Napoleón y el Quindío. De ese núcleo de vertiginosa destrucción van surgiendo los seres característicos: El Húsar, un guerrero napoleónico a quien vence el sopor del trópico. Bolívar, ante el coronel polaco, reconociendo en El último rostro el fracaso sórdido de su sueño independentista. Otra vez Europa, otra vez América, tejiendo los hilos fantasmales de su equívoco destino. Otra vez el agua, madre nutricia y viajera de la memoria. Juan Gustavo Cobo Borda (Bogotá, 1948). Poeta, ensayista y crítico literario. Miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua desde 1993 y correspondiente de la Española. Algunas de sus obras son: en poesía: Consejos para sobrevivir, Salón de té, Ofrenda en el altar del bolero, Roncando al sol como una foca en las Galápagos, El animal que duerme en cada uno, Furioso amor y La musa inclemente; en ensayo: Mito, 1955-1962, La alegría de leer, La tradición de la pobreza, Casa de citas, La otra literatura latinoamericana, Historia portátil de la poesía colombiana, La narrativa colombiana después de García Márquez, El coloquio americano, Desocupado lector, La mirada cómplice, Para leer a Álvaro Mutis, Para llegar a García Márquez, Borges enamorado, Lector impenitente, y El olvidado arte de leer, entre otras. El texto aquí publicado, con autorización del autor, hace parte de su libro Álvaro Mutis, Nicolás Gómez y otros anacronismos, Bucaramanga, Sic Editorial, 2013, pp. 29-32.


de los desencantados Álvaro Mutis, foto: publico.es/cultural/215263

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unque dentro de la producción literaria de Mutis, El diario de Lecumberri (1959) constituye un verdadero preámbulo de la escritura poética aplicada a la narrativa, además de la caracterización trágica del poeta en cuanto conciencia que tiene que convivir con la lucidez, sólo en su primera novela, La mansión de Araucaíma (1973), inicia la aplicación de la concepción de la escritura de la poesía en la narrativa.1 Esta novela tiene como subtítulo Relato gótico de tierra caliente y se compone de una serie de prosas poéticas en la que, sumatoriamente, se constituye un ambiente y una trama cuyo desenlace es el asesinato de una muchacha que representa el fin de la inocencia en medio de una obstinada decadencia. De ahí en adelante, entre los otros textos

Alfredo Laverde

que publica antes de la década del ochenta, se encuentran algunos cuentos en los que se empeña en una detallada reconstrucción histórica de momentos claves de la civilización occidental e hispanoamericana: “La muerte del estratega”, “El último rostro”, “Antes de que cante el gallo” y “Sharaya”. En general, en estos cuatro relatos de tema histórico, a modo de epifanías, se narra el momento exacto en el que a los personajes se les revela la intrascendencia de su tránsito por el mundo, sobre todo si pretendieron cambiar el curso de la historia. Estos cuentos, cuya estructura se repite caleidoscópicamente entre sí, surgen como parte de una búsqueda arqueológica de los antecedentes más remotos de Maqroll el Gaviero. De esta manera, todos los personajes forman febrero de 2014

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parte de la estirpe de los desesperanzados a la que pertenecen, según Mutis, algunos personajes históricos como san Pedro y Simón Bolívar. En su condición de desesperanzados, los personajes mutisianos están en capacidad de digerir su propia muerte, la cual no rechazan y en la que, cuando consideran los elementos que la anticipan, esperan encontrar una armonía que sólo ellos perciben y recrean continuamente. Esto explica que Alar el Ilirio, personaje de “La muerte del estratega”, se aventure a una batalla perdida, inspirado en el cumplimiento de su deber y, en el caso de Bolívar, acepte sin el menor rasgo de rebeldía el encuentro con la muerte entre quienes no lo quieren. Aunque Mutis denomine a esta tipología humana “desesperanzados”, por no encontrar un término más adecuado, no significa que estén reñidos con la esperanza, pues se involucran en asuntos que se relacionan directamente con intereses que nunca van más allá de sus sentidos y breves triunfos del espíritu: “El desesperanzado no ‘espera’ nada, no consiente en participar en nada que no esté circunscrito a la zona de sus asuntos más entrañables”.2 La producción literaria de Mutis, desde la década del sesenta hasta la del ochenta, se empeña en la caracterización de una actitud vital, que encuentra su espacio más propicio en la literatura, y que denomina la “desesperanza”. Álvaro Mutis, consciente de la importancia de legitimar dicha categoría, menciona algunos de los personajes de novelistas y poetas que le permiten ejemplificarla en su conferencia “La desesperanza”, que dicta en México en 1965. No obstante, el autor declara que dichos personajes poseen sus más remotos orígenes en algunas tragedias de Sófocles y afirma

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que, en general, esta estirpe de “fatalistas lúcidos” está más claramente delineada en las obras del escritor polaco Joseph Conrad, en especial en su personaje Axel Heyst, de Victoria (1915), además de Marlow, personaje narrador de Lord Jim (1900). Con base en este modelo, se aventura en la configuración de un árbol genealógico en el que se encuentran los heterónimos de Fernando Pessoa (Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares), Barnabooth, personaje del Diario íntimo (1908) de Valéry Larbaud y el coronel en la novela de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba, entre otros. Así las cosas, la desesperanza constituye una tipología humana que, aunque presenta plena existencia en la obra literaria, en el caso de Maqroll el Gaviero en calidad de álter ego del autor, podríamos considerarla como parte de una toma de posición estética e ideológica de Mutis frente al papel de la literatura y el arte dentro de la sociedad. De tal manera, al configurarse en la totalidad de su obra se le podría aplicar el concepto de ideologema planteado por Bajtín y Medvedev.3

El desesperanzado: ideologema del poeta moderno Cuando se publica La nieve del almirante, el personaje central de la obra, Maqroll, está completamente elaborado. Sobre todo porque las novelas surgen como una ampliación de lo que presentan las poesías; sin embargo, para una mejor aproximación a Maqroll, resulta indispensable retomar la obra poética anterior. Ahora bien, este personaje, en cuanto álter ego de Mutis, comparte el estatuto de heterónimo como se presenta en Fernando Pessoa, Valéry Larbaud y León de Greiff,


en cuyas obras se constituyen, según lo expuesto por Mutis en sus ensayos, diversos personajes ficticios en los cuales se reconoce el modelo del desesperanzado. En la poesía, Maqroll el Gaviero surge como una personalidad alterna del poeta mediante la cual se hace verosímil un yo poético poseedor de una experiencia de vida que le permite explorar una actitud vital consonante con la suya. En definitiva, Maqroll reúne la experiencia interior del autor como pretexto para no hablar en primera persona, y mediante ella hace una selección de incidentes de su propia vida y de la de los demás. Por ejemplo, Mutis ha manifestado en innumerables ocasiones su amor por la aventura, así como su conciencia de la inutilidad de ésta. Según Mutis, Maqroll: “[...] carga con todo lo que yo hubiera querido ser, con todo lo que yo hubiera tenido que ser y que no fui capaz de ser y comparte lo que yo he sido para que pueda dar más o menos una mezcla balanceada”.4 Sin embargo, debe resaltarse que mientras en la producción poética Maqroll constituye una entidad ficticia en constante estado de reflexión para quien la poesía es una forma de ética, en la novela es un personaje-conciencia con el imperativo categórico de la estética. Ésta guía al Gaviero en su interminable deambular por el mundo y, a modo de episteme, le permite adivinar un orden en medio del caos, el desastre y el deterioro. Este orden se relaciona con la trascendencia a la que se accede mediante la poesía, la cual bajo ninguna circunstancia reemplaza la vida. En Maqroll, la estética es la lente a través de la que se corroboran sus intuiciones, experiencias pasadas, la actualidad del pasado histórico y, en forma derivada, se evalúa el presente en todo lo que tiene de previsible. Precisamente, la estética como episteme le ha

permitido a Álvaro Mutis ocuparse de los más diversos temas sin para ello adentrarse en discusiones que perviertan su concepción de la literatura. Si, por un lado, rechaza la literatura comprometida o al servicio de las ideas, por otro —sin trazar un plan previo, lo que no significa carecer de una concepción clara de la historia y de la poesía—, su novelística no esquiva los problemas políticos o sociales de América Latina y de Colombia. Una intuición poética es una visión intensificada y profundamente enriquecida de la realidad. Tú ves la realidad cotidiana plana y ordenadamente: ves esta lámpara, este cuadro, me ves aquí tendido, hay la luz peculiar de las cinco de la tarde. La poesía es tomar toda esta circunstancia en dos palabras: una visión totalizadora.5

De esta postura, eminentemente estética, se colige que la concepción de la literatura de Mutis trasciende el sentido de lo histórico de toda producción artística y, en general, explica el hecho de que la historia, en cuanto imperativo categórico, esté muy lejos de constituirse en un proceso acumulativo del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, como lo plantea la crítica de tendencia sociológica. Mutis no interroga a la historia, sencillamente, porque contrario a lo que se cree en la modernidad ésta no lleva a ninguna parte y el hombre contemporáneo está absorto en un desarrollo tecnológico que lo distancia cada vez más de sí mismo. La historia en cuanto magma que se mueve y se desplaza sin propósito carece de un plan preconcebido y está muy lejos de llevarnos hacia la civilización.6 En consecuencia, en Mutis la historia y el destino se equiparan, pues éste, al igual que aquélla, es “un río en creciente que avanza sin plano ninguno en pleno desorden”.7 Aun cuando la vida de los hombres siempre ha sido un deam-

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bular sin puerto de llegada, la posesión de esta verdad ha sido exclusiva de los poetas, quienes desde siempre se han caracterizado por el fatalismo lúcido propio de los desesperanzados: Todo paralelismo histórico, además de inútil, sólo indica una invencible pereza mental. La historia no se repite jamás. Lo que sí se repite y en forma ineluctable, es un cierto patrón al que se ajustan los hechos y los procesos históricos, cada uno con su peculiar e irrepetible máscara tras la cual se esconde el vasto y oscuro misterio de nuestro destino.8

En general, para Mutis, los problemas que aquejan al continente americano se inscriben dentro de una decadencia de Occidente que se inicia con la caída de Constantinopla en 1453 y que, además, forma parte del desastre que irremediablemente bordea al hombre y a todas sus empresas. Esta pérdida de sentido se relaciona con la insistencia del hombre moderno en el llamado libre albedrío que sustenta la democracia. Según Mutis, “La mayoría no puede producir sino necedades y soluciones mediocres, intermedias y falsas y no puede determinar nada”.9 Álvaro Mutis siempre se ha definido como monárquico, que no defiende al rey sino al trono. Su simpatía por la monarquía se centra en el origen trascendente del poder; si bien no comparte la totalidad de sus fundamentos, como la imposición de una verdad. Respecto a este punto, piensa que en la democracia se exhibe cierta hipocresía propia de la modernidad y que se sustenta en el argumento de que para ella nada está dado, todo es indeterminable, cuestionable, cuando en realidad nadie puede cuestionar el mundo que sobre la base de ella se configura. Asimismo, no puede darse crédito a la idea del libre al-

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bedrío cuando no existe la libertad. Nuestras decisiones y proyectos, en el caso de tener feliz término, surgen “en el contexto de un conjunto de valores, creencias, anhelos... que ya está dado y cuyo surgimiento nadie decide ni determina”.10 Desde el punto de vista de Mutis, podemos inferir que los álter egos de los poetas que él menciona constantemente, Pessoa, Larbaud, De Greiff, etc., representan en sí mismos a un grupo social que, aunque no exhibe una vida fuera de la producción estética, en realidad constituye una tipología humana cuya presencia puede rastrearse en la literatura universal desde algunas tragedias de Sófocles hasta El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez. Ninguna otra razón motiva la argumentación del ensayo “La desesperanza”. El “desesperanzado” —conciencia poética y personaje central en la obra mutisiana, en su calidad de ideologema— se configura como una entidad en sí misma que representa una noción ética y filosófica tanto de la poesía como del poeta. Así las cosas, puede inferirse que el álter ego se relaciona íntimamente con una función social que se refiere a la obligación del poeta de revelarles a los hombres la auténtica naturaleza del mundo y el tamaño de su destino. Contrario a este rol social, en la obra de Mutis se expresa, en el estatuto del personaje de Maqroll, cierto grado de marginalidad y de aislamiento ante el tremendo espectáculo que representa la destrucción del mundo. En el personaje, la destrucción adquiere el sentido de un suicidio que resulta de la renuncia de la especie humana a continuar viviendo en un planeta en el que los hombres fueron puestos por: [...] un extraño azar propiciado por los dioses [...]: Antaño los poetas fueron escu-


chados como voces del destino, como propiciadores de un orden sagrado, como los detentadores de las más secretas razones que tiene —o tenía— el hombre para negar la nada.11

Por consiguiente, el hecho de que Maqroll tenga como oficio ser un gaviero, marinero al cuidado de la gavia, vela que se coloca en el mastelero mayor de las naves con la función de registrar cuanto se pueda ver desde ella,12 le asigna la obligación de guiar a los hombres, ya sea en medio de la niebla o la oscuridad profunda del océano. En este sentido, la función del personaje de Mutis en la obra, además de ostentar la conciencia de la imposibilidad de realización de los sueños, centra todo su interés precisamente en el fracaso, en el error, pues por intermedio de él puede vislumbrarse la naturaleza del destino y la experiencia del hombre que está muy lejos de ser acumulativa y progresiva. En palabras de Mutis: La historia supone ser el testimonio del paso del hombre sobre la tierra, y vemos que es una repetición incesante de derrotas y de fracasos, como lo es también, en buena parte la vida del hombre. Nosotros nacemos derrotados y terminamos más derrotados aun, lo cual no es posición contra la vida, ni es tampoco una negación de la vida. Acepto plenamente la vida, no con ninguna felicidad de tipo protestante o más bien calvinista. La acepto como algo que me es dado y ahí está. Que me derrota. Pero no importa, sigue siendo espléndido el espectáculo.13

La constante diatriba contra las mentiras que alimentan a la modernidad se centra en la obligación social de todo poeta de cuestionar esas verdades que dicen sostener al hombre y que son fuente de todas sus desdichas. Para Mutis, cada día se conspira más contra la persona, el individuo, cada

Álvaro Mutis, foto: revistavelaverde.pe/?p=6871

vez se hace más evidente la condición de rebaño y, para colmo, las computadoras generalizarán esta situación como sistema. Se ha dejado de lado el mundo sacralizado y mítico, se ha descartado lo sagrado y se ha deificado la racionalidad. En las siete novelas que componen la saga de Maqroll el Gaviero son recurrentes tanto el topos del viaje como la travesía por los espacios en donde gobiernan las fuerzas más elementales de la naturaleza y del hombre. Estos aspectos temáticos y estructurales, el viaje y los espacios selváticos, han determinado la tradición de la literatura de América Latina desde el diario de Colón hasta Los pasos perdidos (1953) de Alejo Carpentier, novela en la que el narrador va en busca de la tierra primigenia donde espera encontrar a Rosario. En la literatura colombiana, mientras estos elementos aparecen en María (1867) de Jorge Isaacs mediante el deambular de Efraín por el cañón del río Dagua como ritual de iniciación tras el cual debería encontrarse con su amada, en La vorágine (1924), el periplo de Arturo Cova por la selva amazónica lo alientan los deseos

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de gloria una vez que regrese a la civilización; sin embargo, este sueño romántico se desvanece en el maremágnum de las fuerzas elementales de la naturaleza. Incluso autores de otras latitudes, por ejemplo Joseph Conrad, retoman el trópico (de América o África) como espacio que permite el encuentro con las fuerzas avasalladoras de la naturaleza que ofrecen a los personajes la aventura como opción de vida. Pese a la recurrencia del viaje y la selva en la literatura mencionada, en Mutis no se relacionan, exclusivamente, con una concepción dicotómica que podría expresarse en términos de civilización-barbarie o centro-periferia, sino que le permiten expresar la naturaleza humana. En el ensayo “La desesperanza”, Mutis afirma: El trópico es más que un paisaje o un clima determinados, es una experiencia, una vivencia de la que darán testimonio para el resto de nuestra vida no solamente nuestros sentidos, sino también nuestro sistema de razonamiento y nuestra relación con el mundo y las gentes.14

Notas 1 Ambas obras están incluidas en: Álvaro Mutis, Obra literaria. Prosas, Bogotá, Procultura, 1985, tomo II. 2 Ibíd., pp. 191-192. 3 Con el término “ideologema”, propuesto por Bajtín y Medvedev, pretendo hacer acopio de una serie de rasgos que constituyen una tipología humana y social integrada por los álter egos de los escritores dentro de una producción estética. Si bien este concepto se refiere a una reconstrucción ideológica que un grupo social hace de otro, en este caso nos permite corroborar la autodefinición que hacen los poetas de sí mismos, dentro de la obra literaria, en contraposición a los hombres comunes y corrientes. En una lectura personal, la configuración del personaje-poeta como ideologe-

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ma, además de una axiología estructurante en la obra, expresa la toma de posición del autor frente al mundo. Cf. Mijaíl Bajtín y Medvedev, “Las tareas inmediatas de los estudios literarios”, en: El método formal en los estudios literarios. Introducción a una poética sociológica, Madrid, Alianza, 1994, pp. 65-67. 4 Eduardo García Aguilar, Op. cit., p. 69. 5 Entrevista con Guillermo Sheridan, Universidad Autónoma de México, nov. de 1976, en: Javier Ruiz Portela (comp.), Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero. Escritos de y sobre Álvaro Mutis, Op. cit., p. 41. 6 Eduardo García Aguilar, Op. cit., p. 47. 7 Ibíd., p. 45. 8 Álvaro Mutis, “De cómo mueren los imperios” (1981), en: Santiago Mutis Durán (comp.), De lecturas y algo del mundo (1943-1998), Bogotá, Seix Barral, 1999, p. 190. 9 Eduardo García Aguilar, Op. cit., p. 43. 10 Javier Ruiz Portela (comp.), “La democracia en cuarentena”, en: Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero. Escritos de y sobre Álvaro Mutis, Op. cit., p. 106. 11 Cf. Álvaro Mutis, “La cita de los poetas” (1981), en: Santiago Mutis (comp.), De lecturas y algo del mundo, Op. cit., p. 192. 12 En la entrevista concedida a Eduardo García Aguilar, Mutis afirma que el nombre de Maqroll se creó intencionalmente para connotar universalidad pues no remite a ninguna zona geográfica, nacional o regional, y tiene como modelo el origen de Kodak, en el sentido en que fuera internacional y pudiera ser pronunciado en todas las lenguas. Cf. Eduardo García Aguilar, Op. cit., pp. 16-17. 13 Álvaro Mutis, “Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero”, Op. cit., p. 52. 14 Álvaro Mutis, “La desesperanza”, en: Obra literaria. Prosas, Op. cit., p. 201.

Alfredo Laverde es Doctor en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Sao Paulo, Brasil y profesor de literatura de la Universidad de Antioquia. El fragmento aquí incluido, con su autorización, hace parte del libro Tradición literaria colombiana. Dos tendencias. Una lectura de Isaacs, Silva, García Márquez y Mutis, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, 2008, pp. 179-188.


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Álvaro Mutis

Ciudad Un llanto un llanto de mujer interminable, sosegado, casi tranquilo. En la noche, un llanto de mujer me ha despertado. Primero un ruido de cerradura, después unos pies que vacilan y luego, de pronto, el llanto. Suspiros intermitentes como caídos de un agua interior, densa, imperiosa, inagotable, como esclusa que acumula y libera sus aguas o como hélice secreta que detiene y reanuda su trabajo trasegando el blanco tiempo de la noche. Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto, hasta los solares donde se amontonan las basuras, bajo las cúpulas de los hospitales, sobre las terrazas del verano, en las discretas celdas de la prostitución, en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas, con el tibio vaho de ciertas cocinas militares, en las medallas que reposan en joyeros de teca, un llanto de mujer que ha llorado largamente en el cuarto vecino, por todos los que cavan su tumba en el sueño, por los que vigilan la mina del tiempo, por mí que lo escucho sin conocer otra cosa que su frágil rodar por la intemperie persiguiendo las calladas arenas del alba. De Los trabajos perdidos

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Letanía Esta era la letanía recitada por el Gaviero mientras se bañaba en las torrenteras del delta: Agonía de los oscuros recoge tus frutos. Miedo de los mayores disuelve la esperanza. Ansia de los débiles mitiga tus ramas. Agua de los muertos mide tu cauce. Campana de las minas modera tus voces. Orgullo del deseo olvida tus dones. Herencia de los fuertes rinde tus armas. Llanto de las olvidadas rescata tus frutos. Y así seguía indefinidamente mientras el ruido de las aguas ahogaba su voz y la tarde refrescaba sus carnes laceradas por los oficios más variados y oscuros. De “Se hace un recuento de ciertas visiones memorables de Maqroll el Gaviero, de algunas de sus experiencias en varios de sus viajes y se catalogan algunos de sus objetos más familiares y antiguos” Obra poética

Dos poemas Si oyes correr el agua Si oyes correr el agua en las acequias, su manso sueño pasar entre penumbras y musgos, con el apagado sonido de algo que tiende a demorarse en la sombra vegetal. Si tienes suerte y preservas ese instante con el temblor de los helechos que no cesa, con el atónito limo que se debate en el cauce inmutable y siempre en viaje. Si tienes la paciencia del guijarro, su voz callada, su gris acento sin aristas, y aguardas hasta que la luz haga su entrada, es bueno que sepas que allí van a llamarte

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con un nombre nunca antes pronunciado. Toda la ardua armonía del mundo es probable que entonces te sea revelada, pero sólo por esta vez. ¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua que se evade sin remedio y para siempre?

Como espadas en desorden Mínimo homenaje a Stéphane Mallarmé

Como espadas en desorden la luz recorre los campos. Islas de sombra se desvanecen e intentan, en vano, sobrevivir más lejos. Allí, de nuevo, las alcanza el fulgor del mediodía que ordena sus huestes y establece sus dominios. El hombre nada sabe de estos callados combates. Su vocación de penumbra, su costumbre de olvido, sus hábitos, en fin, y sus lacerías, le niegan el goce de esa fiesta imprevista que sucede por caprichoso designio de quienes, en lo alto, lanzan los mudos dados cuya cifra jamás conoceremos. Los sabios, entretanto, predican la conformidad. Sólo los dioses saben que esta virtud incierta es otro vano intento de abolir el azar. De Poemas dispersos

Amén Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos. Al retorno de una furiosa adolescencia, al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron, te distinguirá la muerte con su primer aviso. Te abrirá los ojos a sus grandes aguas, te iniciará en su constante brisa de otro mundo. La muerte se confundirá con tus sueños y en ellos reconocerá los signos que antaño fuera dejando, como un cazador que a su regreso reconoce sus marcas en la brecha.

Álvaro Mutis (Bogotá, 1923, Ciudad de México, 2013). Poeta, ensayista y novelista. Su personaje, Maqroll, el Gaviero, protagonista de buena parte de sus novelas y poemas, se convirtió en insignia de su obra. Álvaro Mutis recibió los Premios Médicis, Cervantes, Nacional de las Letras de Colombia, Neustadt International Prize for Literature, además de muchos otros reconocimientos y galardones. Sus obras más importantes son: en poesía: La balanza, Los elementos del desastre, Reseñas de los hospitales de Ultramar, Los trabajos perdidos, Summa de Maqroll el Gaviero, Caravansary, Los emisarios, Crónica regia y alabanza del reino y Un homenaje y siete nocturnos; en ensayos: Contextos para Maqroll, De lecturas y algo del mundo y Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero; y en narrativa: Diario de Lecumberri, La mansión de Araucaíma, La verdadera historia del flautista de Hammelin, La nieve del Almirante, Ilona llega con la lluvia, Un bel morir, La última escala del Tramp Steamer, La muerte del estratega, Amirbar, Abdul Bashur: soñador de navíos y Tríptico de mar y tierra. Los poemas aquí publicados fueron extraídos de Obra poética, Bogotá, Arango Editores, 1993.

De Los trabajos perdidos

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rostro

El

Álvaro Mutis

El último rostro es el rostro con el que te recibe la muerte De un manuscrito anónimo de la Biblioteca del Monasterio del Monte Athos, siglo xi

L

as páginas que van a leerse pertenecen a un legajo de manuscritos vendidos en la subasta de un librero de Londres pocos años después de terminada la Segunda Guerra mundial. Formaron parte estos escritos de los bienes de la familia Nimbourg-Napierski, el último de cuyos miembros murió en Mers el-Kebir combatiendo como oficial de la Francia libre. Los Nimbourg-Napierski llegaron a Inglaterra meses antes de la caída de Francia y llevaron consigo algunos de los más preciados recuerdos de la familia: un sable con mango adornado de rubíes y zafiros, obsequio del mariscal José Poniatowski al coronel de lanceros Miecislaw Napierski, en recuerdo de su heroica conducta en la batalla de Friedland; una serie de bocetos y dibujos de Delacroix comprados al artista por el príncipe de Nimbourg-Boulac, la colección de monedas antiguas del abuelo Nimbourg-Napierski, muerto en Londres pocos días después de emigrar y los manuscritos del diario del coronel Napierski, ya mencionados. Por un azar llegaron a nuestras manos los papeles del coronel Napierski y al hojearlos en busca de ciertos detalles sobre la batalla de Bailén, que allí se narra, nuestra vista cayó sobre una palabra y una fecha: Santa Marta, diciembre de

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1830. Iniciada su lectura, el interés sobre la derrota de Bailén se esfumó bien pronto a medida que nos internábamos en los apretados renglones de letra amplia y clara del coronel de coraceros. Los folios no estaban ordenados y hubo que buscar entre los ocho tomos de legajos aquellos que, por el color de la tinta y ciertos nombres y fechas, indicaban pertenecer a una misma época. Miecislaw Napierski había viajado a Colombia para ofrecer sus servicios en los ejércitos libertadores. Su esposa, la condesa Adéhaume de Nimbourg-Boulac, había muerto al nacer su segundo hijo y el coronel, como buen polonés, buscó en América tierras donde la libertad y el sacrificio alentaran sus sueños de aventura truncados con la caída del Imperio. Dejó sus dos hijos al cuidado de la familia de su esposa y embarcó para Cartagena de Indias. En Cuba, donde tocó la fragata en que viajaba, fue detenido por una oscura delación y encerrado en el fuerte de Santiago. Allí padeció varios años de prisión hasta cuando logró evadirse y escapar a Jamaica. En Kingston embarcó en la fragata inglesa Shanon que se dirigía a Cartagena. Por razones que se verán más adelante, se transcriben únicamente las páginas del Diario que hacen referencia a cier-


Arturo Michelena, La muerte de Sucre en Berruecos, 1895, óleo sobre lienzo, 120 x 175 cm

tos hechos relacionados con un hombre y las circunstancias de su muerte, y se omiten todos los comentarios y relatos de Napierski ajenos a este episodio de la historia de Colombia que diluyen y, a menudo, confunden el desarrollo del dramático fin de una vida.

sus gestos y tal su poder de comunicación y la intensidad de su pensamiento que, ahora que me siento a fijar en el papel los detalles de la entrevista, me parece haber conocido al Libertador desde hace ya muchos años y servido desde siempre bajo sus órdenes.

Napierski escribió esta parte de su Diario en español, idioma que dominaba por haberlo aprendido en su estada en España durante la ocupación de los ejércitos napoleónicos. En el tono de ciertos párrafos se nota empero la influencia de los poetas poloneses exiliados en París y de quienes fuera íntimo amigo, en especial de Adam Nickiewiez a quien alojó en su casa.

La fragata ancló esta mañana frente al Fuerte del Pastelillo. Un edecán llegó por nosotros a eso de las diez de la mañana. Desembarcamos el capitán, un agente consular británico de nombre Page y yo. Al llegar a tierra fuimos a un lugar llamado Pie de la Popa por hallarse en las estribaciones del cerro del mismo nombre, en cuya cima se halla una fortaleza que antaño fuera convento de monjas. Bolívar se trasladó allí desde el pueblecito cercano de Turbaco, movido por la ilusión de poder partir en breves días.

29 de junio. Hoy conocí al general Bolívar. Era tal mi interés por captar cada una de sus palabras y hasta el menor de

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Entramos en una amplia casona con patios empedrados llenos de geranios un tanto mustios y gruesos muros que le dan un aspecto de cuartel. Esperamos en una pequeña sala de muebles desiguales y destartalados con las paredes desnudas y manchadas de humedad. Al poco rato entró el señor Ibarra, edecán del Libertador, para decirnos que Su Excelencia estaba terminando de vestirse y nos recibiría en unos momentos. Poco después se entreabrió una puerta que yo había creído clausurada y asomó la cabeza un negro que llevaba en la mano unas prendas de vestir y una manta e hizo a Ibarra señas de que podíamos entrar. Mi primera impresión fue de sorpresa al encontrarme en una amplia habitación vacía, con alto techo artesonado, un catre de campaña al fondo, contra un rincón, y una mesa de noche llena de libros y papeles. De nuevo las paredes vacías llenas de churretones causados por la humedad. Una ausencia total de muebles y adornos. Únicamente una silla de alto respaldo, desfondada y descolorida, miraba hacia un patio interior sembrado de naranjos en flor, cuyo suave aroma se mezclaba con el de agua de colonia que predominaba en el ambiente. Pensé, por un instante, que seguiríamos hacia otro cuarto y que esta sería la habitación provisional de algún ayudante cuando una voz hueca pero bien timbrada, que denotaba una extrema debilidad física, se oyó tras de la silla hablando en un francés impecable traicionado apenas por un leve accent du midi. —Adelante, señores, ya traen algunas sillas. Perdonen lo escaso del mobiliario, pero estamos todos aquí un poco de paso. No puedo levantarme, excúsenme ustedes.

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Nos acercamos a saludar al héroe mientras unos soldados, todos con acentuado tipo mulato, colocaban unas sillas frente a la que ocupaba el enfermo. Mientras éste hablaba con el capitán del velero, tuve oportunidad de observar a Bolívar. Sorprende la desproporción entre su breve talla y la enérgica vivacidad de las facciones. En especial los grandes ojos oscuros y húmedos que se destacan bajo el arco pronunciado de las cejas. La tez es de un intenso color moreno, pero a través de la fina camisa de batista, se advierte un suave tono oliváceo que no ha sufrido las inclemencias del sol y el viento de los trópicos. La frente, pronunciada y magnífica, está surcada por multitud de finas arrugas que aparecen y desaparecen a cada instante y dan al rostro una expresión de atónita amargura, confirmada por el diseño delgado y fino de la boca cercada por hondas arrugas. Me recordó el rostro de César en el busto del museo Vaticano. El mentón pronunciado y la nariz fina y aguda, borran un tanto la impresión de melancólica amargura, poniendo un sello de densa energía orientada siempre en toda su intensidad hacia el interlocutor del momento. Sorprenden las manos delgadas, ahusadas, largas, con uñas almendradas y pulcramente pulidas, ajenas por completo a una vida de batallas y esfuerzos sobrehumanos cumplidos en la inclemencia de un clima implacable. Un gesto del Libertador —olvidaba decir que tal es el título con que honró a Bolívar el Congreso de Colombia y con el cual se le conoce siempre más que por su nombre o sus títulos oficiales— me impresionó sobremanera, como si lo hubiera acompañado toda su vida. Se golpea levemente la frente con la palma de la mano y luego desliza ésta lentamente hasta sostenerse con ella el mentón entre


el pulgar y el índice; así permanece largo rato, mirando fijamente a quien le habla. Estaba yo absorto observando todos sus ademanes cuando me hizo una pregunta, interrumpiendo bruscamente una larga explicación del capitán sobre su itinerario hacia Europa. —Coronel Napierski, me cuentan que usted sirvió bajo las órdenes del mariscal Poniatowski y que combatió con él en el desastre de Leipzig. —Sí, Excelencia —respondí conturbado al haberme dejado tomar de sorpresa—, tuve el honor de combatir a sus órdenes en el cuerpo de lanceros de la guardia y tuve también el terrible dolor de presenciar su heroica muerte en las aguas del Elster. Yo fui de los pocos que logramos llegar a la otra orilla. -Tengo una admiración muy grande por Polonia y por su pueblo —me contestó Bolívar—, son los únicos verdaderos patriotas que quedan en Europa. Qué lástima que haya llegado usted tarde. Me hubiera gustado tanto tenerlo en mi Estado Mayor —permaneció un instante en silencio, con la mirada perdida en el quieto follaje de los naranjos—. Conocí al príncipe Poniatowski en el salón de la condesa Potocka, en París. Era un joven arrogante y simpático, pero con ideas políticas un tanto vagas. Tenía debilidad por las maneras y costumbres de los ingleses y a menudo lo ponía en evidencia, olvidando que eran los más acerbos enemigos de la libertad de su patria. Lo recuerdo como una mezcla de hombre valiente hasta la temeridad pero ingenuo hasta el candor. Mezcla peligrosa en los vericuetos que llevan al poder. Murió como un gran soldado. Cuántas veces al cruzar un río (he cruzado muchos en mi vida, coronel) he

pensado en él, en su envidiable sangre fría, en su espléndido arrojo. Así se debe morir y no en este peregrinaje vergonzante y penoso por un país que ni me quiere ni piensa que le haya yo servido en cosa que valga la pena. Un joven general con espesas patillas rojizas se apresuró respetuosamente a interrumpir al enfermo con voz un tanto quebrada por encontrados sentimientos: —Un grupo de viles amargados no son toda Colombia, Excelencia. Usted sabe cuánto amor y cuánta gratitud le guardamos los colombianos por lo que ha hecho por nosotros. —Sí —contestó Bolívar con un aire todavía un tanto absorto—, tal vez tenga razón, Carreño, pero ninguno de esos que menciona estaban a mi salida de Bogotá, ni cuando pasamos por Mariquita. Se me escapó el sentido de sus palabras, pero noté en los presentes una súbita expresión de vergüenza y molestia casi física. Tornó Bolívar a dirigirse a mí con renovado interés: —Y ahora que sabe que por acá todo ha terminado, ¿qué piensa usted hacer, coronel? —Regresar a Europa —respondí— lo más pronto posible. Debo poner orden en los asuntos de mi familia y ver de salvar, así sea en parte, mi escaso patrimonio. —Tal vez viajemos juntos —me dijo, mirando también al capitán. Éste explicó al enfermo que por ahora tendría que navegar hasta La Guaira y que, de allí, regresaría a Santa Marta

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Foto tomada de Fernando Quiroz, El reino que estaba para mí. Conversaciones con Álvaro Mutis, Bogotá, Editorial Norma, 1993

para partir hacia Europa. Indicó que sólo hasta su regreso podría recibir nuevos pasajeros. Esto tomaría dos o tres meses a lo sumo porque en La Guaira esperaba un cargamento que venía del interior de Venezuela. El capitán manifestó que, al volver a Santa Marta, sería para él un honor contarlo como huésped en la Shanon y que, desde ahora, iba a disponer lo necesario para proporcionarle las comodidades que exigía su estado de salud. El Libertador acogió la explicación del marino con un amable gesto de ironía y comentó: —Ay, capitán, parece que estuviera escrito que yo deba morir entre quienes me

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arrojan de su lado. No merezco el consuelo del ciego Edipo que pudo abandonar el suelo que lo odiaba. Permaneció en silencio un largo rato; sólo se escuchaba el silbido trabajoso de su respiración y algún tímido tintineo de un sable o el crujido de alguna de las sillas desvencijadas que ocupábamos. Nadie se atrevió a interrumpir su hondo meditar, evidente en la mirada perdida en el quieto aire del patio. Por fin, el agente consular de Su Majestad británica se puso en pie. Nosotros le imitamos y nos acercamos al enfermo para despedirnos. Salió apenas de su amargo cavilar sin fondo y nos miró como a sombras de un mundo del que se hallaba por com-


pleto ausente. Al estrechar mi mano me dijo, sin embargo: —Coronel Napierski, cuando lo desee venga a hacer compañía a este enfermo. Charlaremos un poco de otros días y otras tierras. Creo que a ambos nos hará mucho bien. Me conmovieron sus palabras. Le respondí: —No dejaré de hacerlo, Excelencia. Para mí es un placer y una oportunidad muy honrosa y feliz el poder venir a visitarle. El barco demora aquí algunas semanas. No dejaré de aprovechar su invitación. De repente me sentí envarado y un tanto ceremonioso en medio de este aposento más que pobre y después de la llaneza de buen tono que había usado conmigo el héroe. Es ya de noche. No corre una brizna de viento. Subo al puente de la fragata en busca de aire fresco. Cruza la sombra nocturna, allá en lo alto, una bandada de aves chillonas cuyo grito se pierde sobre el agua estancada y añeja de la bahía. Allá al fondo, la silueta angulosa y vigilante del fuerte de San Felipe. Hay algo intemporal en todo esto, una extraña atmósfera que me recuerda algo ya conocido no sé dónde ni cuándo. Las murallas y fuertes son una reminiscencia medieval surgiendo entre las ciénagas y lianas del trópico. Muros de Aleppo y San Juan de Acre, kraks del Líbano. Esta solitaria lucha de un guerrero admirable con la muerte que lo cerca en una ronda de amargura y desengaño. ¿Dónde y cuándo viví todo esto? 30 de junio. Ayer envié un grumete para que preguntara cómo seguía el Liberta-

dor y si podía visitarle en caso de que se encontrara mejor. Regresó con la noticia de que el enfermo había pasado pésima noche y le había aumentado la fiebre. Personalmente, Bolívar me enviaba decir que, si al día siguiente se sentía mejor, me lo haría saber para que fuera a verlo. En efecto, hoy vinieron a buscarme, a la hora de mayor calor, las dos de la tarde, el general Montilla y un oficial cuyo apellido no entend�� claramente. “El Libertador se siente hoy un poco mejor y estaría encantado de gozar un rato de su compañía”, explicó Montilla repitiendo evidentemente palabras textuales del enfermo. Siempre se advierte en Bolívar el hombre de mundo detrás del militar y el político. Uno de los encantos de sus maneras es que la banalidad del brillante frecuentador de los sajones del consulado ha cedido el paso a cierta llaneza castrense, casi hogareña, que me recuerdan al mariscal McDonald, duque de Tarento o al conde de Fernán Núñez. A esto habría que agregar un personal acento criollo, mezcla de capricho y fogosidad, que lo han hecho, según es bien conocido, hombre en extremo afortunado con las mujeres. Me llevaron al patio de los naranjos, donde le habían colgado una hamaca. Dos noches de fiebre marcaban su paso por un rostro que tenía algo de máscara frigia. Me acerco a saludarlo y con la mano me hace señas de que tome asiento en una silla que me han traído en ese momento. No puede hablar. El edecán Ibarra me explica en voz baja que acaba de sufrir un acceso de tos muy violento y que de nuevo ha perdido mucha sangre. Intento retirarme para no importunar al enfermo y éste se incorpora un poco y me pide con una voz ronca, que me conmueve por todo el sufrimiento que acusa:

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—No, no, por favor, coronel, no se vaya usted. En un momento ya estaré bien y podremos conversar un poco. Me hará mucho bien..., se lo ruego..., quédese. Cerró los ojos. Por el rostro le cruzan vagas sombras. Una expresión de alivio borra las arrugas de la frente. Suaviza las comisuras de los labios. Casi sonríe. Tomé asiento mientras Ibarra se retiraba en silencio. Transcurrido un cuarto de hora pareció despertar de un largo sueño. Se excusó por haberme hecho llamar creyendo que iba a estar en condiciones de conversar un rato. “Hábleme un poco de usted —agregó—, cuál es su impresión de todo esto”, y subrayó estas palabras con un gesto de la mano. Le respondí que me era un poco difícil todavía formular un juicio cierto sobre mis impresiones. Le comenté de mi sensación en la noche, frente a la ciudad amurallada, ese intemporal y vago hundirme en algo vivido no sé dónde, ni cuándo. Empezó entonces a hablarme de América, de estas repúblicas nacidas de su espada y de las cuales, sin embargo, allá en su más íntimo ser, se siente a menudo por completo ajeno. —Aquí se frustra toda empresa humana —comentó—. El desorden vertiginoso del paisaje, los ríos inmensos, el caos de los elementos, la vastedad de las selvas, el clima implacable, trabajan la voluntad y minan las razones profundas, esenciales, para vivir, que heredamos de ustedes. Esas razones nos impulsan todavía, pero en el camino nos perdemos en la hueca retórica y en la sanguinaria violencia que todo lo arrasa. Queda una conciencia de lo que debimos hacer y no hicimos y que sigue trabajando allá adentro, haciéndonos inconformes, astutos, frustrados, ruidosos, inconstantes. Los que hemos enterrado en estos montes lo

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mejor de nuestras vidas, conocemos demasiado bien los extremos a que conduce esta inconformidad estéril y retorcida. ¿Sabe usted que cuando yo pedí la libertad para los esclavos, las voces clandestinas que conspiraron contra el proyecto e impidieron su cumplimiento fueron las de mis compañeros de lucha, los mismos que se jugaron la vida cruzando a mi lado los Andes para vencer en el Pantano de Vargas, en Boyacá y en Ayacucho; los mismos que habían padecido prisión y miserias sin cuento en las cárceles de Cartagena el Callao y Cádiz de manos de los españoles? ¿Cómo se puede explicar esto si no es por una mezquindad, una pobreza de alma propias de aquellos que no saben quiénes son, ni de dónde son, ni para qué están en la tierra? El que yo haya descubierto en ellos esta condición, el que la haya conocido desde siempre y tratado de modificarla y subsanarla, me ha convertido ahora en un profeta incómodo, en un extranjero molesto. Por esto sobro en Colombia, mi querido coronel, pero un hado extraño dispone que yo muera con un pie en el estribo, indicándome así que tampoco mi lugar, la tumba que me corresponde, está allende el Atlántico. Hablaba con febril excitación. Me atreví a sugerirle descanso y que tratara de olvidar lo irremediable y propio de toda condición humana. Traje al caso algunos ejemplos harto patentes y dolorosos de la reciente historia de Europa. Se quedó pensativo un momento. Su respiración se regularizó, su mirada perdió la delirante intensidad que me había hecho temer una nueva crisis. —Da igual, Napierski, da igual, con esto no hay ya nada que hacer —comentó señalando hacia su pecho—; no vamos a


detener la labor de la muerte callando lo que nos duele. Más vale dejarlo salir, menos daño ha de hacernos hablándolo con amigos como usted.

letra menuda con grandes mayúsculas semejantes a arabescos, nos llamó a su lado. Estaba muy cambiado, casi dijera que rejuvenecido.

Era la primera vez que me trataba con tan amistosa confianza y esto me conmovió, naturalmente. Seguimos conversando. Volví a comentarle de Europa, la desorientación de quienes aún añoraban las glorias del Imperio, la necedad de los gobernantes que intentaban detener con viejas mañas y rutinas de gabinete un proceso irreversible. Le hablé de la tiranía rusa en mi patria, de nuestra frustración de los planes de alzamiento preparados en París. Me escuchaba con interés mientras una vaga sonrisa, un gesto de amable escepticismo, le recorría el rostro.

Nos quedamos un largo rato en silencio. Miraba al cielo por entre los naranjos en flor. Suspiró hondamente y me habló con cierto acento de ligereza y hasta de coquetería:

—Ustedes saldrán de esas crisis, Napierski, siempre han superado esas épocas de oscuridad, ya vendrán para Europa tiempos nuevos de prosperidad y grandeza para todos. Mientras tanto nosotros, aquí en América, nos iremos hundiendo en un caos de estériles guerras civiles, de conspiraciones sórdidas y en ellas se perderán toda la energía, toda la fe, toda la razón necesarias para aprovechar y dar sentido al esfuerzo que nos hizo libres. No tenemos remedio, coronel, así somos, así nacimos... Nos interrumpió el edecán Ibarra que traía un sobre y lo entregó al enfermo. Reconoció al instante la letra y me explicó sonriente: “Me va a perdonar que lea esta carta ahora, Napierski. La escribe alguien a quien debo la vida y que me sigue siendo fiel con lo mejor de su alma”. Me retiré a un rincón para dejarlo en libertad y comenté algunos detalles de mis planes con Ibarra. Cuando Bolívar terminó de leer los dos pliegos, escritos en una

—Esto de morir con el corazón joven tiene sus ventajas, coronel. Contra eso sí no pueden ni la mezquindad de los conspiradores ni el olvido de los próximos ni el capricho de los elementos... ni la ruina del cuerpo. Necesito estar solo un rato. Venga por aquí más a menudo. Usted ya es de los nuestros, coronel, y a pesar de su magnífico castellano a los dos nos sirve practicar un poco el francés que se nos está empolvando. Me despedí con la satisfacción de ver al enfermo con mejores ánimos. Antes de tornar a la fragata, Ibarra me acompañó a comprar algunas cosas en el centro de la ciudad que tiene algo de Cádiz y mucho de Túnez o Algeciras. Mientras recorríamos las blancas calles en sombra, con casas llenas de balcones y amplios patios a los que invitaba la húmeda frescura de una vegetación espléndida, me contó los amores de Bolívar con una dama ecuatoriana que le había salvado la vida, gracias a su valor y serenidad, cuando se enfrentó, sola, a los conspiradores que iban a asesinar al héroe en sus habitaciones del Palacio de San Carlos en Bogotá. Muchos de ellos eran antiguos compañeros de armas, hechura suya casi todos. Ahora comprendo la amargura de sus palabras esta tarde. 1º de julio. He decidido quedarme en Colombia, por lo menos hasta el regreso de

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la fragata. Ciertas vagas razones, difíciles de precisar en el papel, me han decidido a permanecer al lado de este hombre que, desde hoy, se encamina derecho hacia la muerte ante la indiferencia, si no el rencor, de quienes todo le deben. Si mi propósito era alistarme en el ejército de la Gran Colombia y circunstancias adversas me han impedido hacerlo, es natural que preste al menos el simple servicio de mi compañía y devoción a quien organizó y llevó a la victoria, a través de cinco naciones, esas mismas armas. Si bien es cierto que quienes ahora le rodean, cinco o seis personas, le muestran un afecto y lealtad sin límites, ninguno puede darle el consuelo y el alivio que nuestra afinidad de educación y de recuerdos le proporciona. A pesar de la respetuosa distancia de nuestras relaciones, me doy cuenta de que hay ciertos temas que sólo conmigo trata y cuando lo hace es con el placer de quien renueva viejas relaciones de juventud. Lo noto hasta en ciertos giros del idioma francés que le brotan en su charla conmigo y que son los mismos impuestos en los salones del consulado por Barras, Talleyrand y los amigos de Josefina. El Libertador ha tenido una recaída de la cual, al decir del médico que lo atiende —y sobre cuya preparación tengo cada día mayores dudas—, no volverá a recobrarse. La causa ha sido una noticia que recibió ayer mismo. Estaba en su cuarto, recostado en el catre de campaña donde descansaba un poco de la silla donde pasa la mayor parte del tiempo, cuando, tras un breve y agitado murmullo, tocaron a la puerta. —¿Quién es? -preguntó el enfermo incorporándose.

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—Correo de Bogotá, Excelencia —contestó Ibarra. Bolívar trató de ponerse en pie pero volvió a recostarse sacudido por un fuerte golpe de tos. Le alcancé un vaso con agua, tomó de ella algunos sorbos e hizo pasar a su edecán. Ibarra traía el rostro descompuesto a pesar del esfuerzo que hacía por dominarse. Bolívar se le quedó mirando y le preguntó intrigado: —¿Quién trae el correo? —El capitán Arrázola, Excelencia —contestó el otro con voz pastosa y débil. –¿Arrázola? ¿El que fue ayudante de Santander?... Ese viene más a espiar que a traer noticias. En fin... que entre. ¿Pero qué le pasa a usted, Ibarra? —inquirió preocupado al ver que el edecán no se movía. —Mi general..., Excelencia..., prepárese a recibir una terrible noticia. Y las lágrimas, a punto de brotarle de los ojos, le obligaron a dar media vuelta y salir. Afuera volvió a hablar con alguien. Se oían carreras y ruidos de gente que se agrupaba alrededor del recién llegado. Bolívar permaneció rígido, mirando hacia la puerta. Entró de nuevo Ibarra seguido por un oficial en uniforme de servicio, con el rostro cruzado por una delgada cicatriz de color oscuro. Su mirada inquieta recorrió la habitación hasta quedarse detenida en el lecho donde le observaban fijamente. Se presentó poniéndose en posición de firmes. —Capitán Vicente Arrázola, Excelencia. —Siéntese Arrázola —le invitó Bolívar sin quitarle la vista de encima—. Arrázola siguió en pie, rígido. ¿Qué noticias nos


trae de Bogotá? ¿Cómo están las cosas por allá? —Muy agitadas, Excelencia, y le traigo nuevas que me temo van a herirle en forma que me siento culpable de ser quien tenga que dárselas. Los ojos inmensamente abiertos de Bolívar se fijaron en el vacío. —Ya hay pocas cosas que puedan herirme, Arrázola. Serénese y dígame de qué se trata. El capitán dudó un instante, intentó hablar, se arrepintió y sacando una carta del portafolio con el escudo de Colombia que traía bajo el brazo, se la alcanzó al Libertador. Éste rasgó el sobre y comenzó a leer unos breves renglones que se veían escritos apresuradamente. En este momento entró en punta de pie el general Mantilla, quien se acercó con los ojos irritados y el rostro pálido. Un gemido de bestia herida partió del catre de campaña sobrecogiéndonos a todos. Bolívar saltó del lecho como un felino y tomando por las solapas al oficial le gritó con voz terrible: —¡Miserables! ¿Quiénes fueron los miserables que hicieron esto? ¿Quiénes? ¡Dígamelo, se lo ordeno, Arrázola! —y sacudía al oficial con una fuerza inusitada—. ¿¡Quién pudo cometer tan estúpido crimen!? Ibarra y Montilla acudieron a separarlo de Arrázola, quien lo miraba espantado y dolorido. De un manotón logró soltarse de los brazos que lo retenían y se fue tambaleando hacia la silla en donde se derrumbó dándonos la espalda. Tras un momento en que no supimos qué hacer,

Montilla nos invitó con un gesto a salir del cuarto y dejar solo al Libertador. Al abandonar la habitación me pareció ver que sus hombros bajaban y subían al impulso de un llanto secreto y desolado. Cuando salí al patio todos los presentes mostraban una profunda congoja. Me acerqué al general Laurencio Silva, con quien he hecho amistad, y le pregunté lo que pasaba. Me informó que habían asesinado en una emboscada al Gran Mariscal de Ayacucho, don Antonio José de Sucre. —Es el amigo más estimado del Libertador, a quien quería como a un padre. Por su desinterés en los honores y su modestia, tenía algo de santo y de niño que nos hizo respetarlo siempre y que fuera adorado por la tropa— me explicó mientras pasaba su mano por el rostro en un gesto desesperado. Permanecí toda la tarde en el pie de la Popa. Vagué por corredores y patios hasta cuando, entrada ya la noche, me encontré con el general Montilla, quien en compañía de Silva y del capitán Arrázola me buscaban para invitarme a cenar con ellos. —No nos deje ahora, coronel —me pidió Montilla— ayúdenos a acompañar al Libertador a quien esta noticia le hará más daño que todos los otros dolores de su vida juntos. Accedí gustoso y nos sentamos en la mesa que habían servido en un comedor que daba al castillo de San Felipe. La sobremesa se alargó sin que nadie se atreviera a importunar al enfermo. Hacia las once, Ibarra entró en el cuarto con una palmatoria y una taza de té. Permaneció allí un rato y cuando salió nos dijo que el Libertador quería que le hiciéramos un

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rato de compañía. Lo encontramos tendido en el catre, envuelto completamente en una sábana empapada en el sudor de la fiebre, que le había aumentado en forma alarmante. Su rostro tenía de nuevo esa desencajada expresión de máscara funeraria helénica, los ojos abiertos y hundidos desaparecían en las cuencas, y, a la luz de la vela, sólo se veían en su lugar dos grandes huecos que daban a un vacío que se suponía amargo y sin sosiego según era la expresión de la fina boca entreabierta. Me acerqué y le manifesté mi pesar por la muerte del Gran Mariscal. Sin contestarme, retuvo un instante mi mano en la suya. Nos sentamos alrededor del catre sin saber qué decir ni cómo alejar al enfermo del dolor que le consumía. Con voz honda y cavernosa, que llenó toda la estancia en sombras, preguntó de pronto dirigiéndose a Silva: —¿Cuántos años tenía Sucre? ¿Usted recuerda? —Treinta y cinco, Excelencia. Los cumplió en febrero. —Y su esposa, ¿está en Colombia? —No, Excelencia. Le esperaba en Quito. Iba a reunirse con ella. De nuevo quedaron en silencio un buen rato. Ibarra trajo más té y le hizo tomar al enfermo unas cucharadas que le habían recetado para bajar la temperatura. Bolívar se incorporó en el lecho y le pusimos unos cojines para sostenerlo y que estuviera más cómodo. Iniciábamos una de esas vagas conversaciones de quienes buscan alejarse de un determinado asunto, cuando de repente empezó a hablar

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un poco para sí mismo y a veces dirigiéndose a mí concretamente: —Es como si la muerte viniera a anunciarme con este golpe su propósito. Un primer golpe de guadaña para probar el filo de la hoja. Le hubiera usted conocido, Napierski. El calor de su mirada un tanto despistada, su avanzar con los hombros un poco caídos y el cuerpo desgonzado, dando siempre la impresión de cruzar un salón tratando de no ser notado. Y ese gesto suyo de frotar con el dedo cordial el mango de su sable. Su voz chillona y las eses silbadas y huidizas que imitaba tan bien Manuelita haciéndole ruborizar. Sus silencios de tímido. Sus respuestas a veces bruscas, cortantes pero siempre claras y francas... Cómo debió tomarlo por sorpresa la muerte. Cómo se preguntaría con el último aliento de vida, la razón, el porqué del crimen... “Usted y yo moriremos viejos, me dijo una vez en Lima, ya no hay quién nos mate después de lo que hemos pasado”... Siempre iluso, siempre generoso, siempre crédulo, siempre dispuesto a reconocer en las gentes las mejores virtudes, las mismas que él sin notarlo ni proponérselo, cultivaba en sí mismo tan hermosamente... Berruecos... Berruecos... Un paso oscuro en la cordillera. Un monte sombrío con los chillidos de los monos siguiéndonos todo el día. Mala gente esa... Siempre dieron qué hacer. Nunca se nos sumaron abiertamente. Los más humillados quizá, los menos beneficiados por la Corona y por ello los más sumisos, los menos fuertes. ¡Qué poco han valido todos los años de batallar, ordenar, sufrir, gobernar, construir, para terminar acosados por los mismos imbéciles de siempre, los astutos políticos con alma de peluquero y trucos de notario que saben matar y seguir sonriendo y adulando. Nadie ha entendido aquí nada. La muerte se llevó


a los mejores, todo queda en manos de los más listos, los más sinuosos que ahora derrochan la herencia ganada con tanto dolor y tanta muerte... Recostó la cabeza en la almohada. La fiebre le hacía temblar levemente. Volvió a mirar a Ibarra. —No habrá tal viaje a Francia. Aquí nos quedamos aunque no nos quieran. Una arcada de náuseas lo dobló sobre el catre. Vomitó entre punzadas que casi le hacían perder el sentido. Una mancha de sangre comenzó a extenderse por las sábanas y a gotear pausadamente en el piso. Con la mirada perdida murmuraba delirante: “Berruecos... Berruecos... ¿Por qué a él?... ¿Por qué así?”. Y se desplomó sin sentido. Alguien fue por el médico quien, después de un examen detenido, se limitó a explicarnos que el enfermo se hallaba al final de

sus fuerzas y era aventurado predecir la marcha del mal, cuya identidad no podía diagnosticar. Me quedé hasta las primeras horas de la madrugada cuando regresé a la fragata. He meditado largamente en mi camarote y acabo de comunicar al capitán mi decisión de quedarme en Cartagena y esperar aquí su regreso de Venezuela, que calcula será dentro de dos meses. Mañana hablaré con mi amigo el general Silva para que me ayude a buscar alojamiento en la ciudad. El calor aumenta y de las murallas viene un olor de frutas en descomposición y de húmeda carroña salobre. * Este cuento, inicialmente pensado como una novela, inspiró a Gabriel García Márquez la escritura de El general en su laberinto. En la dedicatoria, de hecho, García Márquez dice: “Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro”.

Álvaro Mutis, foto: agencia AP

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De

y algo del mundo Álvaro Mutis cruza la India y sentí los olores capitosos de las comidas saboreadas a la vera del camino, al caer la tarde. ¿Habrá, me pregunto, libro más hermoso sobre país alguno y que nos deje una imagen tan imperecedera y tan fiel de sus más secretas esencias? Lo dudo. Siempre que abro esta obra de Kipling para recorrer alguna de sus páginas, termino leyéndola por entero. ¿Cuántos adolescentes, cuántos adultos, la leen todavía? No creo que sea libro para nuestros días. Malos días, entonces, ajenos a una delicia semejante.

Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez, foto tomada de Fernando Quiroz, El reino que estaba para mí. Conversaciones con Álvaro Mutis, Bogotá, Editorial Norma, 1993

Nostalgias de lector En la siempre postergada y siempre interrumpida tarea de poner un relativo y enigmático orden en mis libros, suelo encontrar, para alimento de mi nostalgia y razón de mis sueños, algunos cuya lectura nos formó para siempre y dejaron en nosotros ecos, sabores, escenas y personas que serán el cortejo siempre presente y siempre fiel que ha de acompañarnos hasta el último día. No hace mucho me sumergí de nuevo en el caos de mis libros por ordenar y quisiera dejar aquí constancia de algunos de esos hallazgos que nos suscitan la mezcla de nostalgia y dicha que mencionaba antes. Kim, de Rudyard Kipling, fue el primero. Una vez más viajé por la gran ruta que

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Cuatro tomos maltratados, pero aún con los emblemas de Saturnino Calleja, Editor, Barcelona, bien visibles en el lomo, me regresan a mis nueve años. Son Los hijos del aire de Emilio Salgari. La nave movida por aire líquido que recorre la China, el Tíbet y parte de Siberia, con sus heroicos tripulantes en busca de aventuras, es una de las más vivas presencias de mis sueños de niño. Superior a toda la serie sobre Sandokán y sólo comparable en riqueza de imaginación y en misterioso exotismo escalofriante a La cimitarra de Buda, Los hijos del aire sigue siendo mi libro favorito del gran italiano que terminara sus días degollándose con su navaja de afeitar. Cae de pronto en mis manos la hermosa novela de George Eliot, El molino junto al Floss, uno de los libros favoritos de Marcel Proust y, a mi sentir, el modelo más perfecto de la tradición narrativa inglesa, la más sólida y rica de todos los tiempos, sin lugar a dudas. Un deseo, casi una urgencia de volver a leer el libro


de la autora de Middlemarch, me lleva a ponerlo de lado junto a mis próximas lecturas. Tendrá que esperar un buen trecho, porque la mesa de noche sigue empedrada de buenas intenciones de relecturas inaplazables. Y, de pronto, me asalta, atenazante y sombría, la duda que fuera motivo para uno de los más bellos poemas de Borges y que, dicha en llana y desteñida prosa, vendría a preguntar: ¿cuántos libros amados se quedarán ya sin ser releídos? ¿Cuánta felicidad y cuánta mina de ensueño y aventura se han clausurado para siempre, sin que nosotros sepamos? Para curar de alguna manera tan penoso interrogante, más nos vale internarnos de nuevo y sin demora en las inteligentes y cáusticas páginas de Sainte-Beuve, remedio infalible para esta clase de nostálgicos achaques.

Hora de tinieblas Al morir Goethe en 1832, las señales que indicaban un vertiginoso deterioro del mundo occidental-europeo en que nació el gran hombre ya estaban encendidas, pero sólo a unos pocos les fue dado advertirlas y anunciar el siniestro futuro. El autor de Fausto estaba entre estos atónitos privilegiados. Han pasado 150 años desde el día en que el anciano genial pidió más luz, momentos antes de penetrar, para siempre, en las tinieblas, sin término, de la muerte. Se interpretó este pedido de Goethe en sus últimos instantes como un testimonio de su insaciable ansia de conocimiento o como el simple deseo de despedirse del mundo con un poco de sol en el rostro. En los dos sentidos son estas palabras de una sobrecogedora significación. Cabe otra versión: el genio de Weimar pedía, para el mun-

Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez, www.kienyke.com

do que iba a sobrevivirlo, una mayor y más perdurable claridad capaz de combatir las tinieblas que se anunciaban con inminencia amenazadora. Y no estaba equivocado en su ruego, a juzgar por la pavorosa oscuridad en que cayó una civilización que él, hijo al fin del siglo xviii, pensó en un tiempo que había llegado a su mayor plenitud. En sus últimos años el viejo poeta dejó en los oídos atentos de Eckermann más de una aciaga advertencia sobre los tiempos por venir. Un año antes que Goethe moría Hegel. ¿Sospechó alguna vez el primero que la filosofía de su coterráneo serviría de punto de partida para una mañosa ideología que iba a inundar el mundo en un manto de sangre y a promulgar una cárcel sin escapatoria posible como el único paraíso para el hombre? Es seguro que jamás pasó por la mente del padre de Wilhelm Meister tan desoladora posibilidad. Como es seguro también que jamás pudo imaginar que su patria alemana, de la que en el fondo, y no sin muy elocuentes razones se sentía tan orgulloso, iba a cometer, cien años después de su muerte, el más monstruoso, el más sádico y el más gratuito de los genocidios que pesan sobre la conciencia de la humanidad. Esto da una medida del abismo que nos separa de ese hombre

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Álvaro Mutis y María Mercedes Carranza en la Casa de Poesía Silva. Cortesía: Melibea Garavito

admirable que supo llevar los dones que le fueran dados al nacer, hasta la más deslumbradora cumbre de conocimiento y de perdurable belleza. No son nuestros tiempos de sórdidos retozos democráticos o de roma observancia marxista, los más adecuados para revivir, en el clima y con la devoción que merecen, la persona y la obra del consejero secreto del duque de Weimar. Empantanados como estamos en un mundo de robots-computadoras, de pornografía insulsa y de gratuita y desenfrenada violencia, la voz del creador de Fausto, de Las afinidades electivas, de Egmont, de Torcuato Tasso y de Las baladas no solamente no llega hasta nosotros, sino que, si llegara, no sería siquiera comprendida y, menos aún, apreciada. Cualquiera que esté medianamente familiarizado con la historia universal sabe que ésta consiste en una serie ininterrum-

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pida de crisis, en cada una de las cuales el hombre cree que ha llegado el apocalíptico final tan temido y anunciado. La primera bien pudo ser la llegada de los grandes fríos en la época glacial que coincidió con los albores de la humanidad. Hay muchas razones para creer que esas edades de abundancia, prosperidad y paz que se mencionan en los anales de la historia, son más bien una ingenua utopía con la que han tratado de consolarnos los cronistas a fin de que el hombre no pierda toda esperanza de instalar un día el paraíso en el planeta. Una mirada más rigurosa y escéptica al largo reinado de Augusto, al gobierno de las grandes dinastías chinas o a la Europa de Carlomagno, para mencionar apenas unas pocas de estas edades de oro, hijas de la fábula, nos lleva a la certeza de que también en ellas el hombre padeció el azote de los cuatro jinetes en forma tan implacable y desastrosa como en las épocas oscuras y aciagas de ingrata memoria.


Pero el hombre seguirá siendo, tal vez para beneficio de la especie, un optimista incorregible. Es curioso, empero, anotar que textos como el Eclesiastés, que tratan de volver a los pueblos a la evidencia de su irremediable miseria y de su inapelable final en el polvo y el olvido, existen en todas las religiones de la tierra. Es como si una voz interior se encargara de mantenernos alertas sobre el trágico destino que nos ha tocado en suerte. Hasta los griegos, razonadores y optimistas bajo el deslumbrante sol de la Hélade, tuvieron su Sócrates que les advertía cada mañana: “Dios me ha puesto sobre vuestra ciudad como un tábano sobre un noble corcel para mantenerlo despierto”. De nada les valió: Alejandro enterró el sueño helénico en las arenas del Asia Central. Pero los que sí realmente vamos a sucumbir en medio del optimismo ignaro y de la inexperiencia chapucera somos los pueblos de nuestra incorregible América Latina. No hay antecedentes en la corta, pero ya bastante accidentada historia de nuestro “continente de los siete colores”, de que alguien haya sabido advertirnos contra las crisis que han pasado sobre nosotros y contra la que ya nos azota con inclemencia creciente. Es como si en nuestra república se hubiera tomado al pie de la letra la versión pastoril y paradisíaca que sobre América se encargaron de promover filósofos, viajeros y poetas europeos en los siglos xviii y xix. Tal parece que nos hubiéramos tomado en serio estas eglógicas fantasías que dieron pábulo al Romanticismo. Ahora la crisis se instala en nuestros países como esos tornados se ensañan en ciertas zonas hasta destruirlas por completo. Y la reacción no puede ser más inefable, inmadura e insensata.

Álvaro Mutis, foto: noticiasmontreal.com/111853/ alvaro-mutis/

Hemos caído en una mezcla de impreparación, sorpresa, improvisada política económica e incontrolado pánico. En los países de Europa y Asia, crisis como ésta han sido el pan cotidiano desde hace cinco mil o más años. En cada gesto, en cada rasgo de la conducta de los hombres de esas latitudes, vemos una familiarización, una serenidad y un poder de recuperación frente a las épocas de infortunio que les han permitido superarlas para continuar su labor civilizadora. Nada de esto aparece en nuestros países. Caemos de inmediato en la desenfrenada demagogia, en el “sálvese quien pueda” y en delirante liquidación de lo poco que va quedando a nuestro alcance para enfrentar los malos tiempos. Definitivamente, hay lugar a pensar que ahora sí nos dejó para siempre el tren de la historia. Ensayos extraídos del libro de Álvaro Mutis De lecturas y algo del mundo, Barcelona, Seix Barral, 2000, pp. 47-48 y 208-211.

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Febrero de 2014 Miércoles 5 Cine y Video Cineclub Cinesperanza Ciclo: El alien que aterrizó en mi país “Alien el 8° pasajero”, Ridley Scott, Estados Unidos, 1979, 117’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 6:00 p. m. Organiza: Cineclub Cinesperanza

Cineclub La máquina del tiempo Ciclo: Por una cruz “Queimada”, Guillo Pontecorvo, Italia, 1969, 112’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub La máquina del tiempo

Viernes 7 Cine y Video Cineclub FCEN Ciclo: Mujeres “Ágora”, Alejandro Amenábar, España, 2009, 126’ Lugar: auditorio 4-212 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub FCEN

Cineclub Cinemapensamiento Ciclo: Julio Medem. Seis intentos fallidos de escapar de sí mismo “Vacas”, Julio Medem, España, 1992, 96’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217

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académica y cultural

Hora: 4:30 p. m. Organiza: Cineclub Cinemapensamiento Cineclub Alucine Ciclo de cine biográfico: latinoamericanos en perspectiva “Evita”, Alan Parker, Estados Unidos, 1996, 135’ Lugar: auditorio 10-222 Hora: 12:00 m. Organiza: Cineclub Alucine Cineclub Cine Maestro Ciclo: Mujeres, un continente entre continentes “Irina Palm”, Sam Garbaski, Reino Unido, 2007, 103’ Lugar: auditorio 10-206 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub Cine Maestro

Miércoles 12 Cine y Video Muestra del Festival Itinerante de Artes Audiovisuales Colombianas FIDAAC Proyección de cortometrajes de la Competencia Nacional FIDAAC 2013 “Medellín en 1 Minuto” y el lanzamiento de la Convocatoria 2014 “Antioquia en 1 Minuto”, “Medellín en 1 Minuto” y “La U. en 1 Minuto” Lugar: Teatro Universitario Camilo Torres Restrepo Hora: 4:00-6:00 p. m. Organiza: FIDAAC, Vicerrectoría de Extensión-Departamento de Extensión Cultural

Entrada libre, reclamar la boleta en el punto de información bloque 16 y en el Hall del Teatro Universitario

Cineclub Cinesperanza Ciclo: El alien que aterrizó en mi jardín “Attack the Block”, Joe Cornish, Reino Unido, 2011, 80’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 6:00 p. m. Organiza: Cineclub Cinesperanza

Cineclub La máquina del tiempo Ciclo: Por una cruz “Brava gente brasileira”, Lúcia Murat, Brasil / Portugal, 2000, 103’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub La máquina del tiempo

Jueves 13 Cine y video Muestra del Festival Itinerante de Artes Audiovisuales Colombianas FIDAAC Muestra FIDAAC 2013: 5 cortometrajes, 5 Videoclips, 5 Filminutos y diálogo con los organizadores del Festival Lugar: Teatro Universitario Camilo Torres Restrepo Hora: 12:00 m. Organizan: FIDAAC, Vicerrectoría de Extensión-Departamento de Extensión Cultural


Entrada libre, reclamar la boleta en el punto de información bloque 16 y en el Hall del Teatro Universitario

Viernes 14 Cine y Video Cineclub FCEN Ciclo: Mujeres “Frida”, Julie Taymor, 2002, 123’ Lugar: auditorio 4-212 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub FCEN

Cineclub Cinemapensamiento Ciclo: Julio Medem. Seis intentos fallidos de escapar de sí mismo “La ardilla roja”, España, 1993, 114’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 4:30 p. m. Organiza: Cineclub Cinemapensamiento

Cineclub Alucine Ciclo de cine biográfico: latinoamericanos en perspectiva “Frida”, Julie Taymor, Estados Unidos, 2002, 123’ Lugar: auditorio 10-222 Hora: 12:00 m. Organiza: Cineclub Alucine

Cineclub Cine Maestro Ciclo: Mujeres, un continente entre continentes “La flor del desierto”, Sherry Horman, Reino Unido, 2009, 120’ Lugar: auditorio 10-206 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub Cine Maestro

Miércoles 19 Cine y Video Cineclub Cinesperanza

Ciclo: El alien que aterrizó en mi jardín “El día que la Tierra se detuvo”, Robert Wise, Estados Unidos, 1951, 92’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 6:00 p. m. Organiza: Cineclub Cinesperanza

Cineclub La máquina del tiempo Ciclo: Por una cruz “La última cena”, Tomas Gutiérrez Alea, Cuba, 1976, 120’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub La máquina del tiempo

Concierto Música y contexto: Músicas urbanas Grupo invitado: C15 Lugar: Hall auditorio Ciudadela de Robledo, Universidad de Antioquia Hora: 12:00 m. Organiza: Vicerrectoría de Extensión-Departamento de Extensión Cultural Apoya: Bienestar Universitario Ciudadela Robledo Inscripción en línea para público externo a través de: http://reune. udea.edu.co, sección Vicerrectoría de Extensión

Jueves 20 Cine y Video Cineclub UdeAnime Ciclo: The Live Return “Beck (Live Action)”, Yukihiko Tsutsumi, Japón, 2010, 145’ Lugar: Sala de cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 12:00 m. Organiza: Cineclub UdeAnime

Concierto Temporada de piano: Trío Nueva Colombia Lugar: Teatro Universitario Camilo Torres Restrepo Hora: 6:30 p. m. Organiza: Vicerrectoría de Extensión – Departamento de Extensión Cultural Entrada libre, reclamar la boleta en el punto de información bloque 16 y en el Hall del Teatro Universitario Inscripción en línea para público externo a través de: http://reune. udea.edu.co, sección Vicerrectoría de Extensión

Viernes 21 Cine y Video Cineclub FCEN Ciclo: Mujeres “La vida en rosa”, Olivier Dahan, Francia-Reino Unido, 2007, 140’ Lugar: auditorio 4-212 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub FCEN

Cineclub Cinemapensamiento Ciclo: Julio Medem. Seis intentos fallidos de escapar de sí mismo “Tierra”, España, 1996, 120’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 4:30 p. m. Organiza: Cineclub Cinemapensamiento

Cineclub Alucine Ciclo de cine biográfico: latinoamericanos en perspectiva “Ché: El argentino”, Steven Soderbergh, Estados Unidos, 2008, 131’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-222 Hora: 12:00 m. Organiza: Cineclub Alucine

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Jueves 27

Cineclub Cine Maestro Ciclo: Mujeres, un continente entre continentes “Bailarina en la oscuridad”, Lars Von Trier, Dinamarca, 2000, 140’ Lugar: auditorio 10-206 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub Cine Maestro

Miércoles 26

Cine y Video Cineclub UdeAnime Ciclo: The live return “Rurouni Kenshin (Live Action)”, Keishi Ōtomo, Japón, 2012, 135’ Lugar: Sala de cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 12:00 m. Organiza: Cineclub UdeAnime

Cine y Video

Viernes 28

Cineclub Cinesperanza Ciclo: El alien que aterrizó en mi jardín “Plan 9 del espacio exterior”, Edward D. Wood Jr, Estados Unidos, 1959, 79’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 6:00 p. m. Organiza: Cineclub Cinesperanza

Cine y Video

Cineclub La máquina del tiempo

Cineclub Cinemapensamiento

Ciclo: Por una cruz “Para recibir el canto de los pájaros”, Jorge Sanjinés, Bolivia, 1995, 97’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub La máquina del tiempo

Cineclub FCEN Ciclo: Mujeres “Antonia”, Marleen Gorris, Paises Bajos, 1995, 102’ Lugar: auditorio 4-212 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub FCEN

Ciclo: Julio Medem. Seis intentos fallidos de escapar de sí mismo “Los amantes del círculo polar”, España, 1998, 114’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 4:30 p. m. Organiza: Cineclub Cinemapensamiento

agenda cultural • Universidad de Antioquia • N.o 206 • febrero de 2014

Publicación informativa de la Universidad de Antioquia, fundada en 1995

Presidente del Consejo Superior: Sergio Fajardo Valderrama Rector: Alberto Uribe Correa Vicerrectora de Extensión: María Helena Vivas López Comité Editorial: María Helena Vivas López, María Adelaida Jaramillo González, Santiago Ortiz Aristizábal, Julio César Restrepo Londoño, Luis Germán Sierra Jaramillo, Marta Alicia Pérez Gómez, Doris Elena Aguirre Grisales (editora) Diseño: Luisa Fernanda Bernal Bernal

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Cineclub Alucine Ciclo de cine biográfico: Latinoamericanos en perspectiva. “El cartero”, Michael Radford, Bélgica, 1994, 108’ Lugar: Sala de Cine Luis Alberto Álvarez, aula 10-217 Hora: 12:00 m. Organiza: Cineclub Alucine

Cineclub Cine Maestro Ciclo: Mujeres, un continente entre continentes “La piedra de la paciencia”, Atiq Rahimi, Afganistán, 2012, 98’ Lugar: auditorio 10-206 Hora: 4:00 p. m. Organiza: Cineclub Cine Maestro

Música Viernes Sonoro, un espacio para el talento universitario Grupo invitado: Zafarrancho Lugar: Teatro Universitario Camilo Torres Restrepo Hora: 6:30 p. m. Entrada libre, reclamar la boleta en el punto de información bloque 16 y en el Hall del Teatro Universitario Inscripción en línea para público externo a través de: http://reune. udea.edu.co, sección Vicerrectoría de Extensión

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