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Sofía Hicks abrió la puerta de su habitación y oprimió el delgado interruptor con un débil movimiento de su dedo índice. Allí, sobre la cama, cubierta por un hermoso vestido rosado, estaba su pequeña Sofía esperándolo. El le sonrió. - Mi chiquita – Murmuró enternecido – Mi bella delicia -. Se subió a la litera y llegó hasta ella gateando. Cuando la tuvo a su alcance, estiró su brazo y acarició con suavidad su frente y sus mejillas. Miró con afecto aquellos ojos azules y luego la besó en la boca y en el pecho. - Cosita mía – Volvió a susurrar – Me encanta cuando estas así de cariñosa, no sabes como me haces feliz -. Con mucha delicadeza y ternura, el comenzó a desvestir a Sofía. Primero, le quitó su vestido rosado, luego los zapatitos negros y, por último, la ropa interior. Cuando la tuvo por completo desnuda ante el, la recostó sobre la cama y comenzó a acariciarle las piernas y el pecho, mientras su boca iba y venia por aquel cuello delgado y fino. Ella no decía nada, ni tampoco se movía. Solo estaba allí y se dejaba acariciar y besar con docilidad, sin reproches Algo, sin embargo, lo obligo a detenerse, y con un poco de brusquedad retrocedió hasta llegar al closet. Desde allí sacó un bolso negro que colocó sobre una silla de madera y después de correr el cierre, quedó a la vista una enorme cabeza. El la tomó e introdujo la suya dentro de ella. Esta cabeza era peluda y café, con grandes agujeros en la nariz, en la boca y en los ojos. Debajo de ella estaba el resto del cuerpo, también peludo y de color café, pero este sólo tenía un agujero entremedio de las piernas.


Con aquello ya puesto, Hicks volvió a la cama. Allí todavía estaba Sofía, inmóvil y silente mirando hacia el techo. Quiso recomenzar con más besos tiernos y caricias; pero al final solo se dejo caer sobre ella, embistiéndola luego con fuerza. El catre, algo débil, comenzó a moverse y a rechinar, mientras los horrorosos gemidos de el estallaban sobre la almohada y el oído de ella. Al rato se detuvo exhausto, con la respiración entrecortada. Se separó de Sofía con cuidado y se quitó la cabeza, para luego secarse con una toalla. Sintió una sequedad en la garganta y un pequeño calambre en el muslo derecho. Pese a esto, con la parte de abajo aun puesta, se fue a la cocina por algo de beber. Mientras se servía un vaso de jugo de fruta, oyó la melodía inconfundible de su celular y dejó el vaso a medio servir sobre la mesa del comedor. Hicks miró el número de la llamada, era Gómez. - ¡Hey! que mierda pasa que no estay con Sofía – Se escuchó al otro lado de la línea – El alemán esta esperando hace media hora -. - Si, Juan…oye – Trató de explicarle Hicks - Yo estaba a punto de conectarme…. estaba ya …. -. - Mentira – Exclamó el otro – Hace rato que ya “deberiai” haberte “conectao” ¿Acaso ya no “queri” trabajar? ¿Acaso…? -. - No – Le interrumpió Hicks – No es eso…Bueno… mira… Juan…yo….de eso quería hablarte…. no se si sea una buena idea salir hoy, yo… -.


- No me “vengai” con hueas rucio “culiao” – Soltó el otro Ponte en línea, apúrate, no te conviene ponerte hueón, “voh sabi” Hicks suspiró y miró hacia el techo, apretó los puños. - No se, Juan – Insistió – Igual, como que la Sofía….como que está cansada -. - ¿Cómo va a estar cansada “ahueonao”? – Alegó Gómez, cada vez mas molesto - ¿De que chucha me estay hablando? Ya, partiste, que después del Jurgen viene Don Matsura - ¿De nuevo? -. - Si hueón, de nuevo, y agradece, que todavía no termino de pagar por esa mier… -. - Sofía – Volvió a interrumpir Hicks – Se llama Sofía -. - Bueno, Sofía…. Me da igual como se llame, Harto cara que me salió la gracia, ni “vestío” traía, tuve que comprarle todo yo -. Hicks guardó silencio y volvió a la habitación. Allí todavía estaba ella, inmóvil y en silencio, como siempre, dispuesta a todo, sin quejas, sin conflictos. El le sonrió y avanzó hasta la cama. - ¿Me imagino que “andai” con la huea puesta, al menos? – Preguntó Gómez, aun al teléfono. - Si – Se despertó Hicks – Sólo falta colocarme la cabeza -. - Ya – Suspiró el otro, más tranquilo – Le voy a decir al Jurgen entonces, anda a prender la cámara y el notebook, apúrate -. - Bueno, voy al tiro -.


Gómez cortó al fin y Hicks fue a encender el notebook y la cámara. Aquello no le tomaría más de algunos minutos. Al rato, y gracias al poder de la Internet, desde la pantalla, al otro lado del mundo, un tal Jurgen, de Dortmund, comenzó a saludarlo y a mandarle besos. - Gordo de mierda – Murmuró Hicks – Aparte es maricón -. Volvió a colocarse la cabeza peluda sobre la suya y se metió a la cama junto a Sofía. - Perdóname chiquita – Le susurró al oído. Acto seguido, la levantó con fuerza y la puso sobre él, con su pequeña entrepierna arriba de su miembro. Desde el computador, se escuchaban aplausos y algunas exclamaciones. Hicks entonces comenzó a embestirla con movimientos rápidos y profundos. Después arremetió con mayor intensidad y los aplausos y los gritos del alemán se hicieron todavía más sonoros. - Bravooo – Exclamaba el tal Jurgen – Bravoo -. En la última arremetida, Hicks la embistió con tal fuerza, que uno de los brazos de la pequeña cayo al suelo. Esto, sin embargo, no lo detuvo, ni tampoco cuando la cabeza se desenroscó de su cuello. Todo era parte del acto, del negocio, y a Jurgen le fascinaba, chillaba desde el otro lado. - Los! – Se le escuchaba gritar - Bitte, mach! -. Al final, Hicks terminó con lo que quedaba del cuerpo de Sofía sobre su pecho. No sabía donde había quedado la cabeza y el brazo, pero ya no importaba. Sus ojos ahora estaban húmedos y sentía como si una mano gigante le estuviese apretando la garganta. El mundo era un lugar cruel.


Se atrevió a mirar la pantalla del notebook una vez más. Allí estaba el alemán limpiándose y lanzando un papel hacia el piso. Bajo la vista de inmediato. Cuando levanto de nuevo la cabeza, la pantalla ya se había oscurecido por completo. Al rato volvió a salir una imagen, aunque esta vez ya no era el gordo de Jurgen quien aparecía ante él, si no la cara de un viejo oriental de gruesas gafas. Era Don Matsura, y lo saludaba. Hicks se incorporó, y al instante comenzó a buscar la cabeza y el brazo. - Konishiwa – Escuchó que le hablaban. El levantó la mano, mientras recogía la cabeza y el brazo, que habían caído a un lado de la cama


Héctor Había un vacío, se notaba. Las noches eran largas y angustiosas y yo me cagaba y me meaba con asiduidad. Aun creía en el viejo pascuero, en dios, y en el monstruo de debajo de la cama y la luna era una horrible bruja que chillaba brillantes pulgas escarlatas. Nada se podía dar por seguro, y la noche viajaba conmigo por un subterráneo enfermizo y subyugado, hasta llegar a un tétrico castillo de naipes, en donde yo era un simple prisionero, obligado a callar por el bien común. La mañana en que llegó Héctor fue la peor de todas. No había dormido nada y mi rostro no era más que un simple bosquejo lineal. Y es que esa noche, amigos, se llevaron a Aníbal, se lo comieron entre esas hienas parlanchinas y mis gritos no sirvieron de nada y mis llantos……. Por eso la llegada de Héctor fue como un milagro. Un mandato bendito del dios lineal. Sus patas gordas y negras y su cuerpo blanco y redondo eran sinónimos de seguridad y bienestar. Por eso aplaudió Mario, el polilla, pegado a su telaraña y supe que todo iba a cambiar. Las hienas carnívoras no volverían a acercarse en medio de la noche común en donde debía callar. Ya no más, ya no más, ya no más. De inmediato a Héctor lo pusieron a mi lado y sus ojos luciérnagas me ensimismaron. Raquel, cuya cabeza se había fugado, aplaudía, pero yo seguía repitiendo mis maldiciones contra las hienas, esas malditas llenas perdidas, rameras, mariconas, que se habían llevado a Aníbal, al triste y bueno de Aníbal. Al llegar la noche, Polilla y araña jugaban al sube y baja y Raquel se pintaba la falda color celeste. Todos esperaban y observaban de reojo a Héctor, quien no movía


ninguna parte de su cuerpo. Extraño, considerando que faltaba poco para que las hienas carnívoras volvieran al ataque, pero en fin, él ni se inmutaba. Yo desperté cuando a polilla lo tenían agarrado de las patas, y entonces, no hice mas que esconderme bajo las sabanas de pulgas escarlatas. Solo escuché rugidos, gritos, llantos. La noche que debía callar de pronto se convirtió en una falda pintada de celeste, sobre una triste telaraña de pánico. Cuando las hienas al fin se fueron, me levanté para ver como estaban todos. Héctor estaba en el mismo lugar, sin un rasguño, y así también polilla y Raquel. Para mi sorpresa, algunas hienas yacían inertes en el suelo y una hasta colgaba de la telaraña, y sus entrañas eran un enjambre de rosas verdes oblicuas, con olor a cocina clandestina. Bob, el palitroque policía, lo contó todo, y dijo, Héctor es un loco, Héctor es un héroe. Aunque vaya a saber uno si decía la verdad: nunca he confiado en los polis, y menos si es un palitroque. En todo caso, el polilla y Raquel lo apoyaron. - Gracias Héctor – Dijo Raquel – Sin ti habría perdido la cabeza. Los ojos luciérnagas chillaban como una loba en celo y el amanecer escarlata llegó de pronto y fue una lluvia de pulgas comunes bajo un sube y baja celeste.

Abracé a Héctor de los pies y los besé. El era mi protector, y había que comenzar a tratarlo como tal. Con dadivas de crema, saborizantes de perlas fruta, que estaban de estación. Era un homenaje sincero, empapado, de llamas el corazón. Héctor nos había salvado, y ahora las hienas nunca más nos iban a molestar. Nunca más, nunca más, bueno, eso pensaba yo.


Todas estas imágenes se me han venido de golpe esta mañana, treinta años después: todos estos recuerdos encantados de luces giratorias. Hoy día que vi a Héctor en el sucio y olvidado baúl de los recuerdos, una parte de la noche y la oscuridad brotaron del subterráneo oblicuo para hacerme llorar. Héctor ya no puede ver, me dije, las luciérnagas volaron, y el polvo estelar ahora lo cubre todo, de olvido. A mi derecha encontré una telaraña y creí ver jugar otra vez a polilla y araña, pero no, solo había una mosca varada. La liberé por los buenos tiempos. Ahora el murmullo y las risas de las hienas las escucho no solo en mi habitación, están en todas partes, y su eco es siniestro e inquietante. Pero Héctor ha perdido sus ojos. Rodaron como luces giratorias hacia el subterráneo oblicuo, y ya no se puede hacer nada, nada. Héctor sin sus ojos no es nada, apenas un adorno, y más aun ahora que el mundo es una hiena gigante y que el dios lineal al fin nos ha rechazado. A esta altura la verdad, ya solo queda ser como ellas, una carnívora ramera, y matar por un pedazo de sueño, antes que las pulgas celestes lo iluminen todo.


Torturado José abrió la puerta con cuidado y asomó la cabeza mirándonos de arriba abajo y frunciendo el ceño. No nos quería dejar pasar, así que Fran – Me, con una de sus mejores patadas, lo hizo salir hacia atrás, Dejándonos la entrada libre. - Where is Horacio? – Preguntó de inmediato mi amiga, mirando hacia todos lados. Nuestro vecino había quedado tirado en el suelo, y yo aproveché de pegarle un puntapié en el estomago. Luego, lo tome de la camisa, levantándolo un poco, y volví a repetir la pregunta que acababa de hacer Fran – Me, aunque ahora en español. - En el patio – Me respondió. Respiraba con dificultad y sangraba por la nariz y la boca. Uno de sus dientes delanteros ya no estaba. - ¿Que le van a hacer? -. Quiso saber – Déjenlo tranquilo -. - Te dijimos que te lo llevarai – Exclamé molesto – Ahora ya es tarde -. Le indiqué a Fran – Me la puerta del patio, y ella la abrió con otra patada, quedando a la vista un bien cuidado jardín. Los ladridos de Otto no se hicieron esperar, pero mi amiga no le hizo caso y lo corrió con el pie. - No le hagan nada, por favor – Rogó José desde el suelo – No lo volverá a hacer, se los prometo -. Antes de que volviera a gritar, le coloqué una mordaza y luego comencé a atarlo de las manos y los tobillos. Mientras lo


hacia, miré otra vez hacia el patio y vi que Horacio estaba parado sobre una silla. Fran – Me avanzó con precaución hacia él, espantando al grupo de gallinas que aleteaba y se movía inquieta alrededor. Otto, escondido ahora detrás de un árbol, le ladraba y le gruñía. Yo iba a salir a ayudarla, pero antes de cruzar la puerta, vi que ella ya tenía a Horacio. La esperé entonces en uno de los cuartos y encendí la luz. Ella entró en la habitación junto al prisionero. El, sin embargo, se retorcía entre sus manos y trataba de aletear, pero mi amiga lo sostenía con fuerza y no le daba oportunidad de escapar. - Go to the car and bring the camera – Me pidió mientras amarraba a Horacio con una cinta. Al instante salí de la casa y corrí hacia el auto. Cuando volví para instalar la cámara, Fran – Me ya tenia todo listo. Ella conocía muy bien los gustos de Igor y ya había amarrado a Horacio contra una de las patas de la cama, alrededor de algunos huesitos de pollo. Lo había vestido con un chaleco rojo y le punzaba la cabeza con un palito filudo. A la primera indicación suya, yo encendí la filmadora y la deje sobre la cómoda, al lado de la tele. Mientras Fran – Me apretaba un poco mas las amarras, yo me acerque a Horacio y lo zamarreé con fuerza. - Te cocinaste hueón – Exclamé – Yo todavía estoy durmiendo a las cinco de la mañana ¿Quién chucha te creí? -. Horacio se retorcía y cacareaba. Sacudía desesperado la cabeza.


De pronto mi amiga acercó uno de los huesos al pico de Horacio. No obstante, al ver que nuestro amigo no abría la boca, lo partió en trozos más pequeños y luego, ahora si, consiguió que lo comiera. Luego hizo lo mismo con el resto de los huesos que estaba a su alrededor. Cuando acabo lo que había en la cama, fui a la cocina por las presas crudas. Antes de entregárselos a Fran – Me, tomé la cámara y la acerqué hacia la cabeza del prisionero. Mi amiga entonces volvió a punzarlo con el palito filudo, aunque ahora con mayor fuerza. El pobre Horacio se retorcía y gruñía de una manera espantosa. Después lanzó algunos sonoros cacareos, hasta que pareció quedar inconciente, o al menos así me pareció. En ese momento, no se por que, me imaginé a Igor y a los rusos bebiendo vodka y atentos a la pantalla. Riendo quizás o comentando entre si. Comiendo o masturbándose. Cada cual en lo suyo. Unos hijos de puta. En fin, cuando volví a la realidad, comencé a enfocar a mi amiga. Era una toma sensacional, con su hermoso rostro caucásico y sus finos hombros desnudos resaltando en el cuadro. Ella miraba con atención a Horacio y ahora sostenía con fuerza el palito filudo sobre su hombro, como si este fuera una lanza. Yo me quedé con ella, con la cámara a unos metros de su hermoso rostro, hasta que al fin dejo caer el palito. Este se clavó en aquel cuerpecito herido con una fuerza y precisión inusitadas y nada más que un pequeño gruñido, quizás la mitad de un cacareo, fue la única y triste reacción de aquella pobre criatura. La pequeña y al parecer inofensiva arma, penetró en el vientre del infortunado como si fuera un poderoso arpón y salió por el otro lado, rojo y con restos de carne. El pobre Horacio se retorció con breves espasmos, y la cama entonces comenzó a teñirse de rojo, mientras un ultimo y débil gruñido le daba el toque de oro a nuestro final perfecto.


Apagué la cámara y guardamos los restos de carne en el refrigerador. No quisimos quitarle las amarras a Horacio, ni tampoco a José, a quien vi aun despierto y con el rostro enrojecido. Era un riesgo innecesario. Nos largamos de allí de inmediato. Yo dejé la cámara en la parte de atrás del auto y Fran – Me comenzó a conducir por la tranquilas calles del barrio. Todavía nos quedaba una ardua labor de edición antes de enviárselo a Igor, pero estábamos satisfechos, sin duda este había sido uno de nuestros mejores trabajos. Dimos vuelta en la primera esquina y yo me acerqué a mi amiga para acariciarle su cabello. Ella me sonrío y yo aproveché para darle un tierno y largo beso en su cabecita. Solo nos faltaban un par de trabajitos más y nos salíamos de esta mierda, tendríamos tiempo al fin para realizar nuestros proyectos, y en su cansada, pero orgullosa sonrisa, pude verlo con claridad. Si, me dije, el mundo podría a ser nuestro.


BETSY Yo estaba nervioso saben, nervioso, como nunca antes lo había estado de nada, y mis brazos a esa altura ya estaban cansados de tanto encender y encender cigarrillos, tanto como mi pie de apagar las colillas que caían aun vivas en el piso. Ya llevábamos recorriendo Santiago hacia meses, hablando con uno y otro director para hacer diversas pruebas y audiciones, pero en todos lados nos habían dicho lo mismo, un rotundo ¡NO! Que me atravesaba el alma. Parecía un mal chiste y me era imposible creer que no pudiéramos conseguir algo en esta ciudad, sobretodo con el talento que demostraba Betsy, que en cada audición ponía lo mejor de si. Pero, en fin, así eran las cosas. Todo nuestro futuro y la carrera de Betsy pendían de un hilo, y todo mas encima estaba en manos del tipo ese que se hacia llamar Drholl, y que por cierto, no paraba de negar y negar con la cabeza. Yo ya sabia lo que vendría después (Me lo habían dicho tantas veces que me sabia de memoria la rutina) – sorry cabro, pero no es lo que buscamos – Bueno, no me lo diría el personalmente, un alemán no emplearía esas palabras, si no que mandaría a uno de sus ayudantes, o a su asistente, o al sonidista, o a cualquiera, para decirme que podría irme al cresta y llevarme a Betsy conmigo, pero en el fondo, daba lo mismo, la cosa era que nuevamente nos rechazarían, si, ya podía olerlo en el ambiente. Betsy en todo caso hacia lo suyo y no advertía mi preocupación. Nunca lo hacia. Cuando llegaba el momento de subirse a las piernas del tipo de turno y de emplear sus encantos, para ella no importaba si había o no una cámara encendida. Lo único que le interesaba era pasar un buen rato y dar rienda suelta a sus instintos, que para eso había venido al mundo. En realidad, era solo yo quien ansiaba reconocimiento, ser alguien, pertenecer a la industria y comprarme uno de esos


autos espectaculares y pasearme día y noche junto a una de esas minas de pasarela, sabiendo que el resto de perdedores me miraría con envidia. Si, yo quería todo eso, y por eso cuando vi a Betsy en el establo con mi hermano Juan, me convencí a mi mismo que tenia algo, que había descubierto una estrella. Sin embargo, la verdad era que yo hasta ese día no había conseguido nada para Betsy y me había transformado en la peor cara del espectáculo, en una de esas ratas de la que todos intentan despegarse y no era ningún aporte para ella, no era nadie. En mi defensa en todo caso, debo decir que, con lo de la crisis y todo eso, era muy difícil conseguir algún trabajo para ella, y más aun si sumábamos su problema, ese maldito problema que era el detonador principal para que en todos lados nos cerraran las puertas. ¿Por qué? Me preguntaba ¿Por qué el destino o dios o quien fuera bendecía a Betsy con un talento inigualable, y al mismo tiempo la condenaba al más mísero mutismo? - Sánchez – Gritó de pronto Jorge, el sonidista – Dejémoslo ya, vamos a comer. Y entonces Sánchez, aquel esmirriado pendejo lleno de espinillas, volvió a vestirse y comenzó a echarse a la boca una gigantesca hamburguesa. Betsy por su parte volvió a mí rápidamente y con sus pequeñas patitas se abrió paso a través de las piernas de aquel gentío que iba y venía sin sentido. Jorge, el sonidista, se acercó a mí con rapidez. - Oiga, compadre – Me dijo – Don Helmut quiere que traiga a la…. -. - Betsy – Le corregí al instante – Se llama Betsy. - Si, bueno, quiere que venga a la tarde, le ha gustado, quiere tenerla en la película -.


Yo, que trataba de no demostrar mi súbita alegría provinciana, asentí con seriedad. –

Aquí estaremos – Le prometí.

Fue así como a la tarde llegué con grandes ilusiones, y antes de que Jorge me hubiera dicho nada, yo ya había sacado a Betsy del canastito y se la había entregado con una sonrisa. Jorge entonces se la llevó a Drholl y este, pese a que ya la conocía, la observó con detenimiento, como quien examina un filete en una carnicería. En ese momento el aun no se había dado cuenta del problema de Betsy, así que no tuvo ninguna objeción contra ella, es mas, por ciertos comentarios que había escuchado al entrar, los cuales, por lo demás, vinieron a desmentir mis pesimistas suposiciones, me enteré de que estaba bastante impresionado con ella, y que pensaba que la película iba a ser un éxito, en gran medida por la actuación de “su” nuevo gran descubrimiento. En el set, mientras tanto, Sánchez esperaba tranquilo. Había una silla y en ella el se sentó ante la indicación de Jorge. Allí el se bajó los pantalones y comenzó a hacerse una paja, y cuando ya la tuvo lo suficientemente grande (La tenia de 18 centímetros) llamaron a Betsy, quien con sus tiernos pasitos se fue acercando a Sánchez. - Tätigkeit – Gritó Drholl. Y entonces Jorge le indicó al resto que comenzaran grabar, que la escena ya había empezado. Betsy, sin embargo, no advirtió esto ultimo y siguió avanzando como si nada hacia la silla en donde Sánchez estaba sentado y hasta aleteó con un poco de desden. El pendejo con ternura la tomó en el aire y con mucha delicadeza la montó sobre su miembro erecto. La escena en esos instantes era seguida con mucha atención por Drholl, quien parecía deslumbrado ante la magia de ambas actuaciones.


-

Schön – Exclamó.

No obstante, después de algunos segundos, algo cambió en su rostro. De pronto, lo vi mirar con extrañeza el set de grabación, adornado como el cuarto de un adolescente, y le oí murmurar algo que no alcance a comprender. Enseguida se acerco a Jorge para preguntarle algo al oído, pero este no supo que responder. Yo trate de no mirarlos y seguí observando la actuación de Betsy en silencio, pero justo en ese instante vi que Jorge se acercaba hacia mí y ya no pude ignorar el problema por mas tiempo. Aquel tipo se notaba algo inquieto y movía un tanto los brazos, aunque solo cuando me preguntó que era lo que pasaba con Betsy, note lo nervioso que estaba. Yo, en todo caso, no hice mas que mirarlo a los ojos y luego le dije que todo andaba bien. Como que todo anda bien hueón – Me respondió – No viste acaso que no….-. Pero no le di bola y seguí mirando a Betsy y a Sánchez. Mirado desde afuera, el que Betsy tuviera ese problema no parecía algo tan grave, o algo fundamental para que la película funcionara. Pero la reacción de Drholl fue lo bastante enérgica como para demostrarme que si lo era, que aquello era clave para que la película no perdiera su magia, y así lo comprendí yo, quien sin moverme un centímetro de mi lugar, esperé atento y angustiado a que Drholl estallara fastidiado Al poco rato Jorge volvió a acercarse a mí y comenzó a exigirme que hiciera algo con ella, pero yo solo me crucé de brazos y lo miré desafiante. - No sabe – Le dije – Nunca ha sabido – - ¿Cómo que no sabe hueón? – Me respondió de inmediato – Si es una….¿Como no va a saber?


Pero yo le insistí, y, al final, todavía no muy convencido, volvió donde Drholl para decirle eso, que Betsy no podía, que no sabía. Al enterarse, el alemán encendió uno de sus finos puros y comenzó a mirarme a mí y a Betsy con atención, analizando la situación. Luego, acompañado de Jorge, caminó hacia donde estaba yo y me enfrentó con no muy buena cara. Es mas, lo primero que hizo fue expulsar todo el maldito humo de su puro sobre mí. -

Cuidado – Le dije, mientras tosía.

Le oí pronunciar algunas palabras en alemán y que Jorge me tradujo de inmediato. Eran, en su mayoría, insultos, aunque no se si la traducción era fiel o si el traductor le puso algo de su cosecha. No se, pero por vigésima novena vez me hice el valiente y lo miré a los ojos y le dije: ¿La va a querer? Si o no – Le desafié - Dígame al tiro, tengo otras ofertas sabe, así que si tiene algún problema con Betsy, nos vamos y ya -. Al mirar a los ojos de Drholl, pensé, como tantas otras veces - bueno, hasta aquí no mas llegamos – pero para mi sorpresa, y cuando ya pensaba que mandaría a uno de sus guardias para echarme, he aquí que se quedó pensando, mirando el set en donde Betsy y un semidesnudo Sánchez aun esperaban la continuación del rodaje, para luego lanzar con indignación el puro al suelo y pisarlo con rabia. -

Shaitze – Le oí murmurar. Enseguida llamó a Jorge y con el estuvo discutiendo un rato. El alemán movía sus manos con molestia, mientras le indicaba a Jorge la bodega, y este último pareció entender y con sus manos dibujo el contorno de algo que solo ellos dos


comprendían. Luego ambos volvieron a acercarse a mí. Aunque fue Jorge obviamente quien me lo dijo. - Tenemos un aparato que hace el sonido de…… el cacareo – Precisó. - ¿Así? bien por ustedes – Respondí. - Escúchame hueón – Me Increpó Jorge – No te hagay el interesante, da gracias a que a Don Helmut le ha gustado, si no, ya estarían en la calle ahora -. - ¿Así? – Dije, con ganas de discutir. Pero no dijo nada más y al fin se dio la media vuelta y camino en dirección a la bodega. Al rato volvieron ambos con el aparato y comenzaron otra vez. Rápidamente la verga del pobre Sánchez tuvo que levantarse de nuevo y Betsy fue regresada a su lugar, sobre las piernas del pendejo ese, que jamás se dio cuenta de su suerte. A los pocos minutos el martilleo de Sánchez fue ganando rapidez y profundidad, mientras el cuerpo de la pequeña Betsy parecía resistir sin problemas aquel embate. La tensión en el set era absorbente y yo saque de mi cajetilla el último cigarrillo, el cual encendí casi por inercia, sin recordar luego como lo había hecho. Todos los que estábamos en el set en aquel instante, observábamos atentos como en el agujero de Betsy y en la verga de Sánchez se jugaban las ultimas fichas de nuestro futuro, y rogábamos para que lo hicieran bien, mierda, queríamos que se lucieran Jorge, quien estaba detrás de aquel aparato mágico de los sonidos, era el único que no estaba mirando el set de grabación, aunque esto no quería decir que le diera lo mismo, todo lo contrario. En realidad, era el que mas tenia que perder si Drholl finalmente se aburría y se mandaba cambiar para Alemania, y por eso se le veía el doble de concentrado que al


resto, mientras esperaba detrás del aparato a que el alemán le diera la señal. Y la señal vino rápido, mas rápido de lo que muchos pudieran haber pensado. - jetzt – Gritó el alemán. Y entonces Jorge, detrás de su sintetizador, apretó un botón y movió un par de perillas, y enseguida el cacareo inconfundible de una gallina comenzó a oírse por toda la habitación. Al escucharlo, logre entender en parte la molestia de Drholl. Aquel sonido, si bien no había dudas que pertenecía al de una gallina, no parecía natural y le restaba dramatismo a la escena. Yo en su lugar hubiera preferido el silencio, la tensión de los gestos y murmullos de Sánchez, antes que aquello, antes que aquel superficial cacareo que en nada aportaba. Pero en fin, el director no era yo, y yo solo podía preocuparme por Betsy, quien parecía sentirse bien allí, en lo suyo. Pasaron entonces algunos minutos, y Sánchez empezó a penetrarla mas fuerte y duro que antes. Mierda, parecía como si estuviera poseído. Y Drholl desde su asiento reclinable observaba todo sin poder creerlo. Sus ojos grises brillaban ante el resplandor del más puro y refinado diamante y no le quedaba otra que rendirse, como hacíamos todos, ante la soberbia actuación de Betsy. Sobre aquella silla tambaleante y trémula, el pobre Sánchez jadeaba sudoroso y presionaba con todas sus fuerzas, y Betsy lo dejaba adentrarse a su gusto en las misteriosas profundidades de su cuerpo. Puede que suene un tanto pretencioso, pero debo decir que en su rostro no se percibía el menor gesto de dolor o de molestia. Incluso, mas de alguno, al ver luego la película, (Quizás la recuerden, ya que navegó por la red hace algunos años) ha dejado entrever la posibilidad de que en el rostro de mi chica hay marcadas sensaciones que


indican la existencia de placer, pero eso claro, nadie lo puede asegurar. Oh, si hubiera podido cacarear, me digo siempre, si hubiera podido siquiera emitir aunque fuese un solo cloqueo, un pequeño murmullo ¿Quién sabe adonde hubiera llegado? La fuerza en todo caso, con la que embistió aquel muchacho el cuerpo de Betsy fue algo demencial, algo que nunca había visto en mi vida. Durante casi ocho minutos de un continuo taladrar, el pendejo ese había alcanzado a meterle todo lo que tenia, y ella, nada, no parecía sentirlo, o al menos eso era lo que creía yo hasta ese minuto. Sin embargo, la realidad era otra y lo cierto es que si no hubiéramos estado tan absortos con nuestros propios sueños, haciendo cálculos sobre el precioso futuro que se avecinaba, quizás hubiéramos podido salvar a Betsy, de eso estoy seguro. Todos seguíamos absortos la escena y observábamos en silencio como Betsy y su sensualidad se desenvolvía sobre las piernas y la verga de Sánchez. Pero he aquí que cuando el agotado y satisfecho muchacho cayó rendido sobre la silla, algo alerto su merecido descanso. Primero, un tanto confundido, tocó con su mano derecha el rostro de mi chica, aunque luego la retiró de inmediato, y entró en pánico. Luego, cuando volvió a tocarla, supimos lo que había pasado, y de inmediato algunos de los ayudantes entraron al set para intentar separarlo de ella. - ¿Qué pasa? – Preguntó Jorge, quien aun hacia funcionar el sintetizador. - Esta muerta – Le dijo uno de los ayudantes – ¡Cagó la gallina! - ¿Qué? Tiré entonces el cigarrillo y rápidamente llegué hasta donde estaban todos - Betsy – Grité – Betsy


Estaba desesperado Mientras la mayoría solo se concentraba en quitarle a Betsy de encima al pobre de Sánchez, yo trataba de hacerla reaccionar, sin perder aun las esperanzas de que estuviera con vida. Pero esto no era más que una ilusión, y pese a que sacudí su rostro y su pescuezo, nada logre. Al final, con la fuerza de todos, pudimos destrabarla de Sánchez, y el pendejo pudo respirar otra vez aliviado, aunque su verga amoratada no era un espectáculo muy digno de ver. Minutos mas tarde, alguien, quizás Jorge, me devolvió a Betsy y yo la metí con mucho cuidado en mi canastito. Mi rostro en ese instante lo decía todo y algunos hasta se atrevieron a darme palmaditas en el hombro, estaba devastado. Por unos minutos perdí absoluta conciencia de lo que hacia y anduve de aquí para allá dentro del set de grabación junto a mi canastito, sin saber que hacer ni adonde ir. Al final, decidí que tenia que salir de allí, y aunque Drholl y Jorge me rogaron para que les dejara a Betsy, o lo que quedaba de ella, ya que al alemán se le había ocurrido la ingeniosa idea de terminar la película con una escena en que todos aparecíamos en la mesa comiendo los restos, yo me negué, y salí de allí rápidamente. Tenía que darle a mi amiga una honrosa sepultura. Esa misma noche tomé el primer tren a Curicó. Llevaba el canastito sobre mis piernas y resé para que el mantelito con el que lo tapaba fuera suficiente protección y así a nadie le molestase el olor. Algunas lágrimas afloraron durante el viaje, pero no fue hasta que llegue a mi granja, que me deje caer llorando sobre el hombro de mi hermano Juan. El lo comprendió todo y no me hizo reproches, solo me dio algunas palmaditas en la cabeza, que me hicieron sentir un poco menos culpable.


Al día siguiente, nos levantamos temprano y empezamos a construir un bello altar en el lugar donde la noche anterior la habíamos enterrado. Yo le escribí algo bonito en la cruz de madera que pusimos a un costado, y solo cuando terminamos pude sentirme un poco mejor. - Ya nada va a ser lo mismo – Le dije a mi hermano – Que voy a hacer sin ella -. Mi hermano volvió a abrazarme, pero no dijo nada, solo se quedó conmigo observando el altar.


Cuidado, Mi Teniente El camión del ejército se detuvo justo al pie de una pequeña loma, cerca de una extraña roca, donde había algunos huesos de animales alrededor. De inmediato, desde la parte de atrás, saltaron tres soldados, todos ellos muy jóvenes, y luego, desde adelante, abrió la puerta un cuarto, aunque este era mayor que los anteriores. No se veía a nadie por ninguna parte y el silencio sólo era interrumpido de vez en cuando por el grito de alguna ave a la distancia. El que no era tan joven encendió un cigarrillo, y dejó que los soldados sacaran todas las herramientas y la madera del camión. Se quedó observándolos por algunos minutos (sus rostros adormilados le enojaban muchísimo) y luego, una vez que los soldados bajaron la carga, observó como el camión se ponía en marcha y se alejaba de ellos y del lugar. Con tranquilidad miró hacia su derecha. Todo estaba rodeado por grandes lomas que convertían aquel terreno en una base inexpugnable. Eligió una, las más limpia, y ahí se quedó, con la vista clavada en ella. De pronto, sacó una libreta pequeña y anotó algunas palabras, y entonces se volvió a mirar a sus soldados. Con la mano que aun sostenía el lápiz, les indicó el lugar que había escogido. - Tomen las palas que están en el bolso grande – Ordenó de inmediato – Síganme, vamos a cavar de una vez ese cagadero de mierda -. Los tres soldados se miraron y levantaron las cejas. Gotitas de sudor aparecieron por sus cuellos y frentes.


- Rápido, rápido, rápido – Apuró – ¿Que están esperando? esa “huea” no se va a hacer sola -. Subieron al trote. Apenas llegaron a la loma, los muchachos comenzaron a cavar con gran empeño. El hombre de vez en cuando los molestaba para que se apresuraran, aunque casi todo el tiempo se mantuvo en silencio, sumido en sus importantes cavilaciones. Cuando al fin la excavación alcanzó la profundidad que él deseaba, los rostros sucios y sudorosos de los tres jóvenes se dirigieron a él. - Moreno, Martínez, Salas, Salgan de allí – Les gritó – Ahora hay que armar el famoso cagadero, vamos, rápido -. Moreno, Martínez y Salas salieron de la excavación y bajaron hacia donde habían dejado la madera y las herramientas. Fueron en silencio y con el ceño fruncido. Entre ellos se escuchaba uno que otro resoplido. Salas incluso miró al cielo y negó con la cabeza.

- Es para hoy eso si – Protestó enérgico el hombre – Apúrense, Trio de “hueones” -.

Durante tres largas horas no se oyó en aquella loma más que el sonido de los serruchos y los martillazos. Fue un trabajo arduo, pero una vez que colocaron el armatoste encima de la excavación, el rostro de los tres muchachos cambio, notándose al fin algo de alivio y alegría en ellos.

- Cuando bajemos – Les propuso el oficial – Quiero que vayan a buscar leña, vamos a tener rancho antes de irnos a dormir -.


- Si mi teniente – Respondieron los tres al unísono. El fuego lo hicieron rápido, y alrededor de aquella llamarada los cuatro se pusieron a comer. Cada uno tenía sobre sus tachos de metal algo de carne, y la devoraron con gran apetito mientras miraban arder la fogata. El hombre, quien ya había terminado con sus cálculos y preparativos, observaba con atención los rostros de aquellos jóvenes. - Oye “rucio” – Se dirigió a Moreno – ¿”Habiai” tirado tanta pala antes? -.

El muchacho bajo la vista y miró sus manos ahora callosas. Luego volvió a dirigir la vista hacia el oficial

- No mi teniente, Primera vez -.

El hombre entonces se sonrió y siguió comiendo. De pronto, Martínez pidió permiso para levantarse. Con mucho cuidado se abrió paso entre las piernas de los otros soldados, cuidándose de no pisar la fogata, y se metió dentro de la tienda de campaña. Estuvo algunos segundos allí, hasta que finalmente volvió con un tacho lleno hasta el borde, y del cual bebió con clara avidez. El “rucio” lo miró, y Martínez le guiñó un ojo. - ¿Cuánto tiempo vamos a estar en campaña mi teniente? – Preguntó Salas – ¿Dos semanas o más?


- Lo más probable es que no sean más de dos semanas chico – Respondió el hombre, echándose un pedazo de carne a la boca – Deberíamos estar más tiempo, pero….. -.

- Oiga mi teniente – Interrumpió de pronto Martínez – Pero… ¿Alguna vez ha ocurrido aquí algún…. accidente? –.

Moreno y Salas lo miraron enseguida. Luego observaron al teniente. Moreno tosió y dejó su plato a un lado para meterse en la tienda de campaña.

- ¿Cómo…un accidente? – Pregunto el oficial extrañado – No te entiendo -.

- Algún accidente con armas – Aclaró Martínez – O algo parecido -.

- Ehhhh – Trató de recordar el hombre – Cuando estuve en Calama, a un “pelao” como ustedes le explotó una granada en la mano y…… -.

El teniente, sin embargo, se distrajo al ver que Moreno regresaba a la fogata con otro tacho de agua en su mano.

- Mhhhh…..oye “rucio”, trajiste agua – Exclamó – Que bueno, tengo una sed terrible -.


Con un movimiento ágil, el hombre se levantó y dio unos pasos en dirección a la tienda de campaña. Al verlo, los tres muchachos comenzaron a hacerse gestos y a moverse con inquietud. Salas incluso le dio un golpe con su puño al brazo de Martínez

- Mi teniente – Reaccionó este último – No se levante, yo se la traigo -.

- Muy bien – Agradeció el otro – muy bien, gracias, soldado Martínez se demoró un poco, pero luego llego con un tacho lleno de agua y se lo dio al teniente. Este, después de beber dos largos sorbos, miró a los tres jóvenes y sonrió, como si se hubiera acordado de un chiste. - Espero que ustedes y el resto de la sección – Advirtió – Aprendan algo en estas semanas de instrucción, hasta el momento no han hecho más que dejarme mal con mi capitán Flores -.

Salas y Martínez se miraron y subieron las cejas. Moreno se quedó con la vista fija en una cicatriz reciente que tenía en su brazo izquierdo y no levantó la cabeza.

- Jajajaja, - Rió de pronto Martínez - Me acuerdo de la primera semana en el regimiento, muy bonita -.

- Si – Apoyo Salas - Imposible olvidarla -.


El hombre se sonrió.

- Eran muy “re – hueones” – Agregó – Ni siquiera sabían formarse –

- Si, jajajaja…me acuerdo de eso – Reconoció Salas, que miraba a Martínez – Éramos muy pájaros -.

- Pájaros, jajaj, si – Le contesto este, guiñándole un ojo

- Pero al menos ahora ya nos estamos avivando cabros? -.

¿O no

El teniente iba a sonreír también, pero algo en ese instante pareció inquietarlo. Un dolor repentino, extraño, sacudió su pecho y luego su estómago, un pinchazo agudo. Su rostro cambio de inmediato, y se quedó con la vista fija en el tacho con agua.

- Esa semana le tomamos el gusto a la tierra – Prosiguió Martínez, sin preocuparse ya de su oficial – Parecíamos gusanos, culebras arrastrándose por el desierto -.

- Jajajaa – Rio Salas – culebras, si…. Nos arrastrábamos muy bien, jajajaj…. Si, “la raja” -.


El hombre comenzó a observarlos con detención. Sus ojos ahora se veían medio desorbitados y ni un solo músculo de su rostro se movía. Apenas respiraba.

Martínez entonces se dirigió a Moreno, quien hacia rodar una piedrecita entre sus dedos.

- Rucio – Le dijo pasándole su tacho – anda a traerte más…. “Agüita”, jajaja -.

Moreno, sin embargo, se quedó inmóvil y apretó su tacho con todas sus fuerzas. Al final, Martínez tuvo que levantarse y volver con su tacho y una botella de pisco.

El hombre, entretanto, sentía los ojos cada vez más pesados y el cuerpo lánguido. Tenía ganas de decir algo, de gritar, pero su lengua estaba adormecida y paralizada.

- ¿Cómo estaba la agüita mi teniente? – Preguntó Martínez mientras se servía un poco de pisco - ¿”Taba” rica? -. Salas y el rieron.

- “Rucio” – Exclamó de pronto Salas – Despierta y anda a traerte el bolso de las herramientas -.

- Si “poh” – Apoyó Martínez – Este “hueon” ya se está quedando dormido -.


Moreno fue a paso lento. Al volver, Salas y Martínez lo estaban esperando de pie y frotándose las manos. El muchacho entonces abrió el bolso y lo primero que sacaron sus compañeros fue un serrucho y un martillo. Los dos se quedaron allí, riéndose como niños. Moreno los observó, pero no quiso sacar nada. Había lágrimas en sus ojos, las que se secó con el puño de la camisa. - Oye “hueon” – Lo llamó Martínez - Saca algo -.

- No…no se – Respondió Moreno – No quiero….. -.

- No seay “ahueonao” – Lo increpó Salas – “Voh” soy el que más derecho “teni” de los tres, dale “hueon” -.

- No, mejor no -.

- Ahh, ándate a la “chucha” – Le gritó finalmente Salas – Hace lo que “querai”, me da lo mismo -. Salas entonces tomo las dos manos del teniente y miró a Martínez. - Ya “hueon” – Le dijo – “Voh” lo “agarrai” de las patas y lo subimos, no creo que este tan “pesao” el “culiao” -.

- Dale – Le respondió el otro tomando uno de los pies del teniente – Demás que lo subimos allá arriba -.


Sin mucha dificultad, cargaron ambos el cuerpo del teniente y se echaron sobre sus espaldas un saco con las herramientas. Salas comenzó a cantar el himno de la infantería y Martínez lo siguió con entusiasmo.

Los dos ya se lo sabían de memoria.

Era una noche de año nuevo Fue una noche de año nuevo, la primera del nuevo milenio, y recuerdo que con el Fabián y el Carlos habíamos decidido subir a uno de los pequeños cerros que quedan cerca de mi casa, para mirar mejor los fuegos artificiales. Llevábamos algunas cajas de vino y un par de caños que le habíamos comprado al Costa y pensábamos que la podíamos pasar bien mirando desde allí, tranquilos y alejados del mundo. Pero claro, no siempre las cosas resultan como uno quiere.


Ese año se habían organizado un montón de fiestas y carretes por aquí y por allá y la playa, como siempre, iba a estar llena de gente. Pero no se, creo que estábamos un poco aburridos, chatos de hacer siempre lo mismo, que no quisimos ir a ninguno de esos lugares y preferimos subir el cerro y tomar, tomar hasta que este año de mierda al fin se fuera a la chucha. Después, claro, iríamos a la casa del Costa, que tenia organizado un vacile piola en su casa, pero eso seria más tarde, cuando la estúpida euforia de otro año nuevo ya hubiera terminado. No me acuerdo a que hora empezamos a subir, pero si recuerdo que al poco rato el cerro se nos hizo una tortura. Ya a la mitad nos vino un cansancio terrible y ahí mismo nos dimos cuenta que no podríamos seguir subiendo. No tuvimos mas remedio que tumbarnos sobre unas piedras y quedarnos un rato allí, descansando. De inmediato, el Fabián aprovechó la oportunidad para destapar la primera caja de vino y el Carlos por su parte empezó a hacer los papelillos. Ninguno dijo nada, y yo, quien era el más cansado de todos, tampoco lo hice, y solo atiné a alejarme un poco de ellos para mear. Cuando terminé, me encontré con que el Fabián y el Carlos ya estaban fumando y tomando y hablando de cualquier cosa, haciendo hora mientras allá en el puerto se preparaban los fuegos. Al principio, claro, no hablábamos mucho; sin embargo, cuando terminamos de fumarnos el primer pito y la primera caja de vino pasó a la historia, nuestra conversación comenzó a hacerse mas entretenida. Todavía era 1999 y algunas mentes afiebradas alertaban al mundo acerca de las peores tragedias. Que el mundo se iba a acabar cuando llegara el 2000, que todo iba a colapsar y que nuestro sistema de vida se vendría abajo y que Dios entonces llegaría y nos enjuiciaría. Ja, estupideces, yo al menos me reía, aunque igual había gente que se lo tomaba en serio. En fin, de pronto me puse a hablar de eso. Sobre que podría pasar si justamente hoy fuera el fin del mundo y el día del juicio final llegara. Hablamos de eso por casi una hora y recuerdo que casi me cague de la risa


Otros temas salieron también al paso y estuvimos hablando unas cuantas horas mas mientras nos fumábamos otro y otro caño. Hasta el momento aquella noche se veía tranquila, sin nadie que pudiera cagarte la onda y nos sentíamos relajados, como si supiéramos que nada malo nos podría pasar arriba de aquel gigante, al menos durante esa noche de año nuevo. Pero justo en ese momento se me ocurrió mirar hacia abajo, hacia la falda del cerro, y entonces vi que varios grupos de personas comenzaban a subir. No muchos de ellos, en todo caso, alcanzaron a llegar hasta donde nosotros estábamos. La mayoría solo subió algunos metros y se ubicó muy abajo. Eran grupos como el nuestro, con sus cajas de vino o las botellas de cerveza y los caños para hacer la noche algo más interesante y no se percibía en sus actitudes alguna mala intención. En fin, pasaron algunas horas, y como a las doce llegaron los fuegos y los abrazos de rigor. Luego nosotros nos quedamos allí, en silencio, hasta que al Fabián se le ocurrió prender uno de los últimos caños. Entre una que otra tos nos acostamos en el suelo Fue entonces cuando ocurrió. Aquel hombre salio de la nada. Estaba desnudo y caminaba como desorientado a través de los arbustos y le costaba subir, pero igualmente se dio maña para gritar a todo pulmón. Dijo cosas extrañas, y a mi, la verdad, en todo momento me pareció que estaba como borracho o drogado al máximo, pero aun así todos quisimos oírlo. - Oh, todos ustedes pecadores – Decía – Deberían estar suplicando por vuestro perdón -. Nosotros, que éramos los que mas cerca estábamos, solo atinamos a mirarnos con sorpresa.


- Todo vuestro libertinaje ha llegado a su fin – Volvió a gritar – Ha llegado la hora miserables de que paguen vuestros pecados -. Entonces guardó silencio y se quedo allí, mirándonos con actitud severa, como si esperara ver el horror reflejado en nuestros rostros. Lo único que encontró sin embargo, fueron nuestras burlas y la risa que emanó de todos los rincones de aquel cerro. El tipo, en todo caso, siguió con su discurso, hasta que poco a poco las risas y las burlas dieron paso al silencio. Yo iba observando los rostros de quienes estaban allí y debo confesar que percibí algo extraño en todas aquellas miradas, incluyendo la del Carlos y la del Fabián. No me pregunten por que, pero a esa altura de la noche yo sentía que algo iba a pasar, no se como explicarlo. Lo peor era que el personaje aquel seguía hablando y hablando y hablando. Y no paraba de decir estupideces. - Oh, vosotros – Seguía – No habéis hecho mas que arruinar todo lo que os he dado, Arrepentíos ahora insensatos, Arrepentíos ahora que tenéis la posibilidad de redimiros -. Me di cuenta en ese instante que el Fabián negaba con la cabeza y que el Carlos reprimía un insulto. De pronto, vi que alguien lanzaba algo desde abajo. Era una botella, y esta, para mala suerte del tipo ese, dio de lleno en su cabeza. Intente no reírme, pero desde todos los rincones del cerro emergieron las risas contagiosas de la gente, y ya no me pude contener. Que puntería. El hombre aquel, en todo caso, quedo tirado sobre los arbustos y las piedras, y gritaba de dolor, pero a nadie pareció importarle. Todo era muy extraño. Nosotros solo seguíamos allí, ya no riéndonos, si no que hechizados por otra sensación, y no hicimos nada, ni siquiera quisimos ir a ver como estaba. Entonces otra botella cayó y dio de lleno en una de sus piernas, y esta vez, el proyectil lanzado fue acompañado por un insulto.


El estremecimiento y las sensaciones a esa altura eran muy grandes y confusas, aunque no menos liberadoras que la risa. El estaba allí, indefenso, y nosotros teníamos mucho que decirle, mucho que vomitar, mucho que lanzarle antes de querer seguir escuchándolo. Había una rabia contenida, se percibía la ira desde todos aquellos rincones, y la verdad, no creo que nuestro amigo lo haya tenido muy en cuenta antes de aparecerse así entre nosotros. -¡Cállate, hijo de las mil putas! – Le grito uno de los de más abajo, luego de tirarle una piedra. De pronto, el Carlos pidió a los de abajo que se detuvieran, y se acercó hasta donde estaba tendido el herido. Escuché que le preguntaba algo, pero el tipo ya no sabia ni donde estaba y sólo respondía con incoherencias. El Fabián y yo entonces nos acercamos y lo ayudamos a levantarse. Afortunadamente la cosa se había calmado un poco, así que tuvimos tiempo para taparlo con algo de ropa que el Fabián traía en su mochila. Su cabeza estaba llena de sangre y tenia una gran hinchazón y un profundo corte en la ceja izquierda. Lo limpiamos y luego le dimos un poco de vino para que se abrigara. Estaba temblando. Como el espectáculo ya había terminado, la gente poco a poco comenzó a retirarse. La mayoría apenas si podían caminar de lo borrachos que estaban, pero de alguna forma se las arreglaron para bajar sin sufrir ninguna clase de accidente. Nosotros entonces le preguntamos al tipo si había venido con alguien, si había algún grupo que lo acompañaba, pero el nos dijo que no, que estaba solo. - Todo se ha ido a la mierda – Murmuró de pronto el hombre, con gesto perturbado – Tengo sangre en mi cabeza -. - Eso te pasa por andar haciendo hueas – Lo retó el Fabián.


- Duele mucho – Se quejó el hombre – Estoy herido -. - Si, si – Dijo el Carlos, con algo de pena - Pero se te va a pasar, no te preocupi. Al final, decidimos dejarlo solo y comenzar el regreso a la ciudad, y ni al Fabián ni a nadie le importó que el tipo ese se hubiera quedado con la ropa y con el vino que nos quedaba. Teníamos que apurarnos para llegar a la casa del Costa antes de que se le acabara el copete, así que nos apuramos en Bajar el cerro lo antes posible. El año pasado nos habíamos perdido el medio carrete en la casa del Costa por andar hueveando en otro lado, y ahora estábamos decididos a que no nos pasaría lo mismo. Ni siquiera volteamos cuando oímos sus llantos, ni menos cuando lanzó al cielo sus primeras maldiciones. Solamente seguimos. Ya no nos importaba para nada.

…Y, Hablando del Suicidio

Lo mas difícil de querer acabar con tu vida, al menos para alguien como yo, no es sólo el hecho de decidirse finalmente a hacerlo, si no el como, de que manera llevar a cabo esta acción. Y es que no todos los suicidios logran lo que yo pretendo desde hace tiempo, ni muchos de ellos tampoco


consiguen elevarse y trascender en la forma que yo deseo. La verdad, muchos de ellos apenas si asoman como débiles intentos por mostrarse a un mundo que sume a todos en un desesperante olvido y estos candidos deseos, estos valientes sacrificios, terminan chocando lamentablemente con la indiferencia de una sociedad cada día más anestesiada, inconmovible, que apenas si vacila o se despierta ante semejantes muestras de desesperación. No, yo no quiero que me pase eso, para mostrar mi rechazo, mi repudio a este lugar, a esta vida insulsa, desgraciada, para denunciar el sórdido fraude del cual hemos sido victimas, necesito algo que perturbe, que permanezca en la memoria de todos como mi último grito, como mi última queja que haré entregando mi cuerpo, mi vida, y aquello por tanto no debe ser tomado a la ligera, jamás. Por ejemplo, la gente se ha pasado toda su vida tratando de evitar en lo más posible el dolor y por ello eligen métodos simples y directos como dispararse en la sien o en la boca. Pero, si bien debo reconocer que es seductora la idea de evitar el dolor, en realidad, encuentro en esta forma de suicidio una simplicidad anodina y sin mucha gracia. ¿Acaso alguien se acuerda de aquellos que se han dado un tiro? Bueno, esta Kurt Cobain, pero al menos el uso una escopeta, una grande, y aparte, el ya era famoso antes de morir, que es lo mismo que ser escuchado, y había vomitado ya toda su amargura. Es mas, sólo necesito suicidarse para convertir su nombre en mito y me atrevería a decir que son muy pocos los que recuerdan como lo hizo. Lo de Tupper es otra cosa. Puta, ese hueón si que la hizo. Lanzarse desde un décimo piso, en un país extranjero, sin aclarar el por que, eso fue la raja, eso es morir con estilo. Pasar de ser un jugador regular de la Universidad Católica a transformarse de la noche a la mañana en ídolo, en símbolo de un equipo, con su rostro y su vida apareciendo en todos los canales de televisión, fue magnifico. Claro, es una lastima que no haya estado allí para verlo, para comprobar lo que consiguió


con su acto, pero igual creo que debe habérselo imaginado muchas veces antes de decidirse a lanzarse al vacío. A todo esto ¿Como se le habrá ocurrido? ¿Habrá tenido realmente en sus planes causar toda esa conmoción, o todo fue producto del impulso del momento? Si me preguntan a mi, creo que fue esto último. El vio la oportunidad, sintió esa asfixia en su corazón, y lo hizo, se lanzó y murió, o esa al menos es mi teoría: siempre las cosas que se hacen sin planearlas son las que mejor resultan, las que mas se recuerdan y este es un caso más que lo confirma. En todo caso, más que el suicidio en si, lo que más me impactó de aquel hecho fue lo que provocó en el país. De pronto, en todos los canales de televisión el tema del suicidio pasó a tener una relevancia increíble. Era cosa no mas de prender la tele y te encontrabas con programas en horario estelar que tocaban el tema a fondo, viendo con incredulidad como los Cesar Antonio Santis, los Javier Miranda, los Felipe Camiroaga, etc, discutían y teorizaban acerca del problema de Tupper y de la razón que lo había llevado a cometer aquel suicidio. Era asombroso el advertir como por primera vez, en los poco variados estelares nacionales, había un tema capaz de opacar a los berrinches y los líos amorosos del show bussiness local. Y es que imagínense por un minuto lo que significaba para mi el ver a esos personajes hablando acerca de la depresión, de la poca comunicación que existe en nuestra sociedad actual, etc, etc. Era impactante. Muchas veces hasta me sorprendía al sintonizar esos programas, sin importar la hora o el canal, y encontrarme con la figura y la voz profunda de uno de aquellos tantos sicólogos que se invitaban como panelistas (Y que, como profetizo Warhol, tuvieron sus quince minutos de fama, por que después nunca más los invitaron) Hablando y corrigiendo la inocente idea que teníamos el común de los chilenos y de aquellos mismos animadores, acerca de lo que significaba la depresión. La verdad, debo reconocer que aprendí mucho mas escuchándolos durante los


cuatro días que duró la conmoción, que en las aburridas clases de sicología de la universidad. Otro suicidio que causo conmoción en nuestro país, fue el del cantante Gervasio. Su manera de morir en mi opinión, fue trágica y a la vez sublime. Aquel hombre, aquel artista, agobiado por las deudas y el fracaso, aun tuvo un destello en su conciencia para asombrarnos a todos y dejar una chispa de su talento artístico. Y es que ser encontrado colgado, ahorcado dentro de aquella soga enganchada del techo, no es cualquier cosa, no todos pueden hacerlo, al menos por su propia voluntad. Fíjense amigos que no hay nada más desesperante y espantoso que morir sin aire, ahogado, en medio de una agonía eterna. No hay peor condena para el hombre que verse privado de respirar, o sea, en esto necesariamente hay algo de masoquismo, de disfrute por la agonía, que no se despierta en todos de la misma forma y que enciende un deseo liberador, un apetito violento, capaz de convertir cualquier sentimiento en una propia y despiadada flagelación. Pero no hay que confundirse, este no es solo un masoquismo simple y por que si, también hay algo de sentido en él. Y es que este acto en realidad es cometido por un rechazo absoluto hacia la vida, hacia la sociedad moderna, hacia todas las comodidades que esta te puede brindar, y en él no se transmite ni el menor indicio de locura o de odio hacia uno mismo. Elegir este tipo de sacrificio entonces es rechazarlo todo, es mandar definitivamente todo a la mierda, es, en otras palabras, contradecir los postulados de la dignidad de la muerte, esa que pretende abreviar el momento lo más posible con tal de no contrariar y angustiar a la sociedad, al resto de los que aun permanecemos vivos. Es tanto lo que provocó en mí la muerte de este cantante, que hasta el día de hoy la recuerdo y hasta rememoro los instantes en que la noticia fue informada en la televisión. Nunca me gustaron sus canciones, su música, nunca escuche de el ni siquiera la mas mínima palabra, ni me intereso lo que


tuviera que decir, pero aquel acto fue lo suficientemente fuerte para llamar la atención de todos, incluyéndome, como si en ese mismo instante en que escuchaba y veía la noticia, pudiera sentir y oír el grito desesperado del artista, aprisionado y ahogado en el olvido. Otra clase de suicidio, quizás menos popular, o no tan usada ni conocida, es el envenenamiento. No conozco, la verdad, casos de este tipo, y quizás por ello es que lo he elegido (Si, a propósito, se me había olvidado mencionarlo, pero he decidido envenenarme) Este método es bastante antiguo, y en mi opinión, bastante sofisticado, de una solemnidad que trasciende y que brinda y hace disfrutar al hombre de una simbólica dignidad. No por nada los griegos la utilizaban dándole extraños nombres, como la cicuta, la cual tomaban los condenados a muerte. Aquel tiempo del que hablo fue el de Sócrates, uno de los que bebió aquel brebaje, y a mi juicio, su muerte rayó en la perfección. Aquella muerte buscaba tanto el perdurar en el recuerdo como a su vez evitar el dolor, o al menos la agonía, y lo consiguieron plenamente. Claro, tal vez el ejemplo de Sócrates desvirtúa un poco el sentido de este escrito, ya que lo suyo no fue un suicidio, pero de todos modos vale la pena mencionarlo. Aunque, ¿Quién puede asegurar que lo suyo no fue de uno u otro modo un suicidio? Después de todo, lo único que tenia que hacer aquel filósofo era reconocer los errores y las culpas de las cuales se le acusaba, y pedir perdón a sus enemigos. O quizás haber escuchado a sus amigos, quienes al final de sus días le conminaron a escapar, ofreciéndose para ayudarle. No, todo aquello Sócrates lo rechazaría ¿Pero por qué? Es obvio que su sentido del orgullo, el cual le impedía reconocer que estaba equivocado y vivir en la hipocresía, o su


sentido del honor que le impedía actuar como un cobarde, o ser al menos visto como tal, fue lo que le impulsó a actuar de aquella manera. Aquel estoicismo encarnado en su piel y que le hacia pensar que era moralmente superior a los demás le obligaba a no rebajarse al nivel de ellos, a no aceptar aquel mundo en donde había sido enjuiciado injustamente y que no valoraba su trabajo y malinterpretaba sus acciones. Aborrecía aquel mundo, aquella sociedad, se creía mejor que esta y por ello no tenía miedo de verse privado de su vida, si con ello dejaba firmemente marcado su rechazo. Yo me pregunto ¿Hay otras razones, hay otras palabras que resuman mejor mi sentimiento y el de los otros personajes de los que te he hablado? En mi opinión, todo suicida es un estoico, al menos un estoico consecuente. Es por eso amigo y paciente lector que he elegido este último método. Se que deben haber otros que se me han quedado atrás, pero entonces esto se haría muy largo, mas largo de lo que ya se ha hecho y no se si tenga el tiempo para hablar lo suficiente de todos ellos. No ahora que el final ha llegado Sin embargo amigo mío, ahora que el veneno atraviesa mi garganta y se asienta poco a poco en mis entrañas, tengo la sensación de que todo se hace más claro, penosa y ridículamente mas claro ¿Quién lo diría? Un simple matarratas ha servido para iluminarme. A pesar de que mis emociones no han variado y sigo aborreciendo con toda mi alma este mundo en donde vivo, de pronto me he dado cuenta que nada de lo que estoy haciendo tiene el menor sentido. Si, definitivamente he sido un imbécil al creer que lograría algo con mi muerte. Y es que ¿De verdad pensaba que algo se podría cambiar? Ja, no, todo va a seguir igual, y no se si aquello es bueno o es malo, pero al menos si se que es decepcionante, tan patético como nuestras vidas. Lo mas valioso que tenemos no alcanza siquiera para remover los cimientos de este sordo gigante. Todo termina convirtiéndose en un vulgar escape, en un odioso llanto de niño taimado, en un penoso y absurdo intento por demostrarles a todos su error, la injusticia que han cometido al ignorarme, al


olvidarme. La egolatría y no el estoicismo me ha consumido y ya no tengo deseos de culpar a nadie. Todo se ha ido al carajo, no, yo me he ido al carajo, y me he ido solo y ni siquiera este ultimo y conmovedor esfuerzo de mi parte ha servido para vengarme. Todo en realidad se reduce a una simplicidad aun más anodina que un tiro en la sien: mañana saldrá el sol y yo no estaré allí para verlo y eso es todo lo que se me viene ahora a la cabeza. Solo lo siento por ti. Tú que llegarás y te encontrarás con mis restos inmundos esparciendo su putrefacción a través del aire, y que te quedarás con la peor imagen que un hombre puede guardar: la visión de la muerte, de la inercia, del vacío que lo ensombrece todo. Pero tendrás que avisarles, tendrás que avisarles a todos y ser testigo de los pobres llantos de quienes aun me conocen y me aprecian, sabiendo, teniendo la certeza de lo absurdo de todo aquello, por que tu sabes que el tiempo lavará esas lágrimas y que los bichos despiadados devoraran mi carne y roerán mis huesos y que en poco tiempo ya no seré nada, ni siquiera un recuerdo y todo mi vano intento se habrá olvidado, en medio de la crueldad y la incomprensión del tiempo, todo


Un mundo de mierda csp size fix 07 09 13