Page 1

Gracias a Isa Mella FFAD por corregir este capítulo Twilight pertenece a Stephenie Meyer Capítulo 18 Corde Pulsum Tangite (Arranca tus hilos vibrantes) Los tobillos de Isabella son delgados, sus dedos son delgados y no se diga de su brazos y piernas, pero lo más delgado de ella es su cordura. Es tan fina que la simple inclusión de su vida a la sobrevivencia depende de rutinas, adoctrinamientos y falsas esperanzas. Ella no tenía idea, no tenía la capacidad emocional de desarrollar malicia e interpretar las acciones de Herr coronel, pero cuando la deja ahí acostada con vómito en sus ropas mientras él se va quién sabe donde, ella pierde la poca cordura. Sin embargo, como todo ser insano mentalmente, no explota, aún no, para eso se necesita un catalizador. Ella se levanta y cambia sus ropas con su mente en otros lados. Piensa en posibles enfermedades, tiene esa ligera esperanza que va a morir y está tan cansada, tan terriblemente cansada de sobrevivir, que esta enfermedad sería su mejor solución ya que le quitaría de las manos tener que luchar. Piensa con ideas oscuras y depresivas como al fin podrá ser libre. En cierta manera ese aspecto la mantiene calmada, con un estado latente de locura que no deja que se revele, después de todo ella no entiende su desapego a lo que está sucediento. Ella es como todo ser humano: triste, taciturno e increíblemente resistente al cambio. Sin embargo su voz interna, porque tiene una como todos, le dice que nada sería peor de lo que le sucede ahora, ni siquiera la enfermedad. Comprendido eso, la psiche de Isabella no conecta los hechos cuando ve llegar a Herr Coronel con un hombre que huele a alcohol, suciedad y orines. Ella impávida se deja oscultar hasta que el hombre menciona que tiene que tocar su viéntre. Ve a Herr Coronel refunfuñar por tener que salirse y cuando se queda con el hombre, todo el ambiente de la habitación cambia. El hombre ya no mira medio borracho, su cara tiene una seriedad absoluta y escalofriánte que pone a Isabella casi en el lado de la cordura, casi. —Niña, tuve que hacer que el nazi se saliera porque quiero hablar contigo primero. Sé que me entiendes, si estás en esta posición sé que al menos sabes un poco de alemán. Mueve la cabeza si me entiendes —Isabella lo hace, pero aún no lo mira directamente a los ojos. Siente como el hombre toca su viéntre y luego habla.


—Alguien tan frágil como tú puede confundir la pérdida de su periodo, así que no te voy a preguntar cuándo fue la última vez que lo tuviste, probablemente hace meses —. Isabella no entiende todas las palabras, pero en general sí entiende la idea. Con ojos grandes mira al hombre y su voz interior repite una sola palabra que no se atreve a reconocer en su consciente. —No tengo que conjugar mucho o revisarte, pero tengo que darte un consejo —El hombre levanta su cara y hace que la mire. —Estás embarazada ¿entiendes eso? —. Isabella no mueve la cabeza o hace algún gesto, sin embargo el hombre no espera a una reacción. —No puedes tenerlo niña, no puede venir a este mundo, no si su padre es un nazi y tú... no. No me malentiendas, no odio a los judíos, soy alemán pero no soy un nazi. Ese cabrón que está afuera no tiene nada que perder, pero tú mi niña... tú podrías perder todo. Si tu bebé nace, lo matarán en cuanto se enteren quién es su madre. Si el hombre no lo hace por ti hazlo tú. Hay muchas maneras, puedes insertarte un cable, un gancho ahí dentro o sufrir una caída más o menos grave. No necesitas mucho, aún tienes tiempo. Hazlo antes de que pasen los cuatro meses —Isabella está llorando silenciosamente. —Dios me perdone por decirte esto, pero tu bebé no tiene ninguna oportunidad de vivir, no una vida entera, no en este mundo, no con estos padres que va a tener. Haz lo humano y termina con su sufrimiento antes de que empiece —. Isabella muy dentro entiende lo que el hombre le dice, pero todavía está en shock. Esa noticia ha sido el catalizador que su mente necesitaba para explotar. Oye al hombre salir y minutos después oye a Herr Coronel entrar al cuarto, solo. Edward entra quedamente a la casa, después de lavarse la cara de sangre y quitarse su camisa blanca con salpicones se dirige directamente hacia el cuarto aún con su arma tibia del disparo. La ve en posición fetal que hace que de lejos parezca una niña. En este preciso momento no tiene idea qué hacer, no sabe si ir a decirle o... tal vez el hombre le dijo antes, no tiene idea. En su vida se había sentido tan confundido y perdido. Decide dejarla tranquila mientras él va por un buen necesario trago a su estudio. Cada tanto va y revisa a Isabella que sigue en la misma posición sin moverse en lo más mínimo. Cansado de estar separado de Isabella, regresa y se sienta en la silla frente a la cama. La ve respirar quedamente y piensa que está dormida, pero en realidad Isabella no ha pegado ojo en horas y su mente simplemente no está ahí, así que Edward hace lo único que puede hacer: le habla. —Es la primera vez en mi vida que no sé qué hacer. Es... es desconcertante no entender la situación. Y tú Isabella, no creo que puedas entenderlo mejor que yo, o a lo mejor sí. Me pregunto si sospechabas, si tratabas de ocultármelo...-Edward se toma un


momento y admira el contorno de su cuerpo cambiante. —Me siento como un imbécil por no haberme dado cuenta, por no... tomar precauciones —. Edward habla como si Isabella fuera un sacerdote, él solo está purgando sus pecados y su eco choca en las paredes del cuarto, como si nada importase al final. —Mientras iba en mi auto a buscar a ese remedo de médico, pensé en las posibilidades, en... ser padre. Lo había considerado pero no así... Pensé que era algo que pasaba, que se planeaba, que estaba dentro de mis planes futuros. Ahora no sé qué hacer, pero tengo algo aquí —Edward golpea su pecho y con un nudo en la garganta sigue hablando. —Algo que no es lo mismo que ayer. No sé qué es, no sé si es el miedo que me desarma y me deja como un liciado, o es... la noticia de que traes algo mío en ti —.Un escalofrío recorre el cuerpo de Edward. —Porque cuando el hombre lo dijo... dijo que traías un hijo mío... Dios —Edward agacha su cabeza y la toma entre sus manos tratando de no gritar. —Fue como si mi pecho explotara en mil pedazos y luego te vi grande, cada día más grande con él dentro —Edward sonríe sin saberlo mientras lo vuelve a imaginar todo nuevamente. —Ni siquiera pude evitarlo, fue tan poderoso como todo lo vi en mi mente... —. Él se levanta y se acuesta atrás de Isabella y es ahí cuando se da cuenta que ella no está dormida, porque ella se mueve ligeramente y tiembla. Edward la abraza tentativamente mientras ella está tiesa sin relajarse en sus brazos. — ¿Lo sabes cierto? —Isabella no se mueve o hace algún ruido. —Sé que tienes miedo, pero te prometo que voy a protegerlos, no les va a pasar nada, te lo juro —Edward besa el cabello de Isabella y cierra sus ojos. Es el ruido lo que lo despierta, es ese tipo de ruidos erráticos y débiles que uno oye y no tiene idea qué es. Puede ser un ratón, en realidad un animal de cualquier tipo o puede ser una persona. Edward se sienta en su cama y siente el vacío en sus brazos al ver que Isabella no está en ningún lado. La llama porque está acostumbrado a llamarla como a un perro, pero ella no contesta. No deja de gritar su nombre, pero esta vez su voz contiene el miedo que lo había dejado unos minutos mientras dormía y soñaba con un niño de cabello y ojos cafés. No tiene que buscar mucho porque el ruido proviene del baño. Ve la puerta semi abierta y una luz tenue salir de ahí. Es de noche así que es probable que haya una vela encendida. Trata de racionalizar si es que es Isabella la que está adentro...tendría que dejarla en paz, no quiere molestarla, pero el sonido lo perturba, es como un pujido y llanto que suena macabramente real. Cuando abre la


puerta del baño, su corazón se detiene. No es el objeto que tiene Isabella en la mano lo que lo pone frío, sino la posición. Sentada en el frío piso de loseta y con piernas abiertas, ella sostiene un gancho doblado sobre su vagina y apesar de lo oscuro del baño, ve un poco de sangre. — ¡¿Qué demonios crees que haces? —Edward corre hacia ella mientras pregunta aunque sabe perfectamente lo que Isabella estaba haciendo. Ahora que la ve con resignación en su cara mirando al piso sin moverse o hacer el intento de encajarse esa cosa dentro de ella, él entiende que no pudo hacerlo o al menos no lo llevó a término. Se agacha frente a ella y le quita el gancho mal doblado que solía portar su camisa. — ¿Qué demonios crees que hacías? —la voz de Edward es fría y seca, tratando de enmascarar el frío temor que siente. Abre las piernas de Isabella y ve que la herida es superficial, el gancho ni siquiera entró, es como si ella no hubiera tenido la fuerza o el pulso para hacerlo. Cuando la mira ella está con mirada perdida, sin embargo el infierno se desata cuando la trata de cargar para llevarsela a la cama. — ¡Suéltame! ¡Déjame en paz! —Isabella grita en alemán, y si Edward no estuviera increíblemente enojado con ella, saltaría de la felicidad. Ella se retuerce en sus brazos y se va a una esquina como un animal acorralado. —Tratabas de matar a mi hijo —él dice incrédulo parado frente a ella, demostrando lo poderoso que es. Isabella lo mira con sonrisa maniática. —Sí, lo iba a matar y luego me iba a matar yo —. Edward casi cae de rodillas. La voz dulce de Isabella, la que siempre imaginó diciendo su nombre y hablando cosas triviales con él, ahora dice estas blasfémias. —No voy a dejar que lo hagas, no voy a dejar que mates a mi hijo —Edward es tajante y apunta un dedo a Isabella. Ella lo ignora y corre por el gancho, pero Edward la detiene. Isabella grita y golpea a Edward mientras él la sostiene de las manos para que no se hagan daño. Bella está tan débil que no puede pelear contra una sola mano de Edward, pero ella no se da por vencida; si no tiene fuerza, tiene voz y ahora que la ha encontrado no puede dejarla ir. —No puedes vigilarme todo el tiempo, no vas a evitar que lo haga —la voz rabiosa de Isabella hiela la sangre de Edward.


—Cuando salgas y te vayas a matar gente, yo mataré a tu bastardo y voy a dejarte sin tu puta también —Edward la jala a la cama, y mientras ella sigue escupiendo veneno en un imperfecto alemán, él la sostiene en la cama mientras busca algo para detenerla. —Vas a llegar un día y no voy a estar aquí, tu puta, tu juguete no va a estar aquí, ¿vas a ir con el gitano otra vez? Seguro él tiene más putas como yo —Edward la ignora, o al menos eso trata. — ¿Por qué no me dejas matar a tu bastardo? —pregunta Isabella con el mismo veneno. —Te voy a hacer un favor, nadie quiere un bastardo de madre judía, estamos condenados, todos nosotros estamos condenados a morir Herr Coronel —Edward cierra sus ojos y trata de recobrar cordura porque sabe que ella la ha perdido. — ¿Por qué insistes en tenerme a tu lado eh? —Ella lo mira mientras él está ocupado quitándose el cinto. —Oh vas a cogerme, me parece perfecto. Vamos, cógeme y recuerda hacerlo fuerte, si tengo suerte harás el trabajo por mí y matarás a tu bas... —Isabella no termina la frase porque Edward le tapa la boca con su mano, baja su cara y la mira directamente. —No digas cosas de las que te vas a arrepentir después —. Ese no es Herr Coronel hablando, es un hombre que sabe que le ha hecho el daño más grande al ser que más ama. —No vas a matar a mi hijo, a nuestro hijo, no voy a permitirlo —. Con su cinto amarra las manos de Isabella a la cabecera de la cama una vez que suelta su boca, pero Isabella ya no habla. Él se sienta frente a ella, mientras Isabella mira al techo. — ¿Por qué lo hiciste? —pregunta, tratando de entender por qué algo tan limpio y puro como Isabella puede hacer algo tan aberrante ¿Tanto lo odia? ¿Le es tan despreciable que mataría a un hijo suyo?. Ella voltea y lo mira directamente. —No tiene oportunidad de vivir, no si yo soy su madre, no si tú eres su padre. Cuando nazca, alguien me lo va a quitar y lo va a matar —. La quijada de Isabella tiembla con un sollozo silencioso que recurre a ella por imaginar lo que estuvo a punto de hacer. —No voy a dejar que eso suceda —dice Edward con voz lenta, tratando que ella comprenda, pero ella solo sonríe tristemente, desacreditando toda verdad en la voz de Edward. —No puedes ocultar un embarazo, mucho menos un bebé ¿Qué pasa con el doctor que me vio? ¿qué va a pasar cuando tenga que dar a luz? —Edward traga saliva, mira a


sus zapatos y luego a Isabella. —El doctor no es problema. En cuanto a la hora del parto... falta mucho aún, la guerra puede terminar para entonces. Si no ha terminado yo me encargaré de todo, pero no dejaré que mates a mi hijo o a ti —Isabella mira al techo nuevamente. —Si la guerra termina significa que todos nosotros habremos muerto —. Isabella se refiere a los judíos, a polacos como ella, a gente menor, a despreciables, a todo el mundo. —Si el mundo termina mañana y muero en la gran batalla, sé que mis culpas serán muchas así que hoy las zurciere a mi uniforme y las invocaré como pequeños códigos de guerra para que te protejan. Pensaré en ti cuando pelee, pensaré en él. Pero mientras yo viva, jamás tendrás que preocuparte por morir.

O Fortuna C18  

Amar en tiempos de guerra

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you