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Gracias a Isa Mella FFAD por corregir este capítulo Twilight pertenece a Stephenie Meyer Capítulo 16 Simus jussu Cypridis (Al mandato de Venus) —"Si pudiera pedir algo... pe-di-ría" —dice las palabras torpemente en alemán hasta que sale bien y vuelve a empezar a cantar. —"Si pudiera pedir algo... pediría poca felicidad, porque si...la...la tengo a puños... mi tristeza tendré que añorar..." La canción es de Marlene Dietrich Wenn ich mir was wünschen dürfte. Isabella había anotado las palabras en un papel y las había traducido para ver su significado. Papel que tenía una traducción imperfecta de la canción, pero si cerrabas tus ojos podías entenderla a pesar del idioma. La había practicado todo el día y no parecía salir bien, pero había hecho un gran avance, al menos la canción era corta. Era una de las tantas razones por la cual la escogió. La otra razón es que quería cantar algo a Herr Coronel que lo atrapara y lo distrajera. Su plan no era mezquino o insidioso. Si era honesta consigo misma ni siquiera era un plan, era un deseo de complacerlo y de mantenerlo alejada de ella, de la verdadera Isabella, era como poner una cortina a su verdadera esencia, algo que le costaba trabajo cada día más. Quería darle cosas que le hicieran olvidar que ella existe, quería que la cogiera y los dos fueran extraños, porque entre extraños no hay mentiras. Ella lo veía como un inescrutable domador emocional que tenía juicio sin razón en su cabeza. Era peligroso que ella lo viera como algo más porque Herr Coronel con todo y su poder, al verla cantar, él se convertía en otra persona; alguien hermosamente vulnerable y por lo tanto peligroso. Pero sus dedos hablaban por él, la hacían comprender que el negocio del placer y el tormento es algo muy parecido. Isabella consideraba seguro sentir cierto placer y después olvidarlo, como olvidas un buen recuerdo después de cierto tiempo. Y en toda esa inseguridad tenía fantasías perennes con él en su mente, convirtiéndolo en... Otro, no Herr Coronel, sino un simple hombre que conoce en la calle mientras él inclina su cabeza y remueve su sombrero en caballerosidad, justo como su madre le contaba. Pero aquí no hay fantasías, solo deber, sobrevivencia y recelo de sentir algo verdadero. Jugaba con fuego al dejarse llevar mientras lo veía de reojo cuando el estudiaba papeles o tomaba su café. Sin embargo la vida le hacía más fácil el trabajo, oh sí que lo hacía. Unas veces él llegaba de mal humor y la trataba como a una cualquiera, la tomaba por atrás mientras la cogía en la tabla de la mesa o cuando le apretaba el cuello mientras él se venía en su entrepierna. Tantas veces, tantas ganas lo hacían impredecible ante Isabella, dulce hasta cierto punto y luego aterrador. No era sorpresa que la pobre Isabella sintiera que Herr Coronel era el monstruo que su corazón temía. Con esos pensamientos vuelve a empezar hasta que la canción está casi perfecta. Mina por su


lado lamía sus patas mientras disfrutaba las hermosas notas de su ama, después la veía ir y venir con rapidez mientras buscaba telas en las cajas que el hombre le trajo. Curiosa, Mina se asoma en la caja para encontrar cosas que no entendía pero hacían a su ama dichosa y alegre. No era para menos, dentro había artículos de los cuales Isabella no había hecho uso en meses. Ropa interior nueva, zapatos de su talla, abrigos, sostenes, medias de seda, cepillo de dientes, perfume, cosméticos y la lista seguía. Mina ve a su ama vestirse con manos firmes y luego temblorosas mientras se sienta esperando algo que no alcanza a comprender. —Tengo miedo Mina, ¿qué quiere de mí? No soy más que una chica simple con ropa fina. En mi vida he ido a una fiesta así, no sé qué pretende que haga. No sé bailar, ¿no querrá que cante verdad? —aterrada, Isabella carga a Mina y la acaricia, algo que parece su nuevo ritual para cuando está estresada. Mina ronronea y lame la mano de Isabella. —No, él no haría eso, me quiere para él, lo ha dejado claro —. Isabella besa la cabeza peluda de Mina y la gata responde acurrucándose en el regazo de su ama. Las dos saltan cuando la puerta se abre y Herr Coronel está parado aún con su mano en la perilla de la puerta. La vista de Edward hace que no sepa si está soñando o está muriendo. Ahí está ella como la Venus misma en rojo y hermosa. La ve pararse tentativamente mientras la gata salta y la sigue celosamente cuando camina hacia él. Edward la encuentra a medio camino y toca su cara. —De un uniforme alemán a esto. Si no supiera mejor, diría que lo planeas justo para que no te olvide nunca, justo para que no pueda dejar de pensar en ti —Edward la besa y pone una mano en su cintura delicadamente. Todo delicado, lento y dulce porque eso es lo que Isabella destierra de su corazón como restos una vez olvidados, pura e inalterada ternura. Su nariz se llena del perfume que él le trajo y lo huele directamente cuando baja su cara a su cuello. Lo besa mientras ella pone su mano en sus hombros para sostenerse, pero no se engaña a si mismo; sabe que todo lo que ella hace tal vez no sea deliberado pero sí por necesidad. Necesidad de sobrevivir y no necesidad de él. Nunca pensó que algo así le doliera tanto. Antes las mujeres eran un fin, una forma de satisfacer algo o tener un estatus social. Su ideología es que debía conseguirse una mujer decente de sangre pura, de buena familia, formar una familia propia y engendrar pequeños niños militares como él; justo como su padre lo hizo. Pero este cuerpo que tiene en sus brazos no es nada de lo que había imaginado en su adolescencia. Isabella era un exquisito dolor que se alojaba en su alma. Ese dolor cada día era más ensordecedor, gritando por liberar esa alma en cadenas, gritando que no cediese ante debilidades, pero él era un hombre sordo. El salón era música y ruido de gente gritando, riendo o cantando. Isabella sentía las palpitaciones en la base de su garganta mientras Herr Coronel la sostenía del brazo esperando que ella se acostumbrara a andar en tacones altos. De lejos parecerían una pareja común, pero a ella la diferenciaba cierta banda que traía en su brazo con una estrella amarilla, algo que Herr Coronel insistió en que llevase. —Ve, siéntate en esa mesa y espérame ahí —dice Herr Coronel. Isabella se iba retirando cuando él la llama por su nombre en un susurro. Ella se detiene y voltea.


—No hables con nadie —dice seriamente. Ella responde afirmativamente con un ligero movimiento de cabeza y se va a sentar. Durante minutos estuvo admirando la cantidad de mujeres judías igual que ella que paseaban por el salón como si no hubiera una guerra ahí afuera, como si a los hombres que estaban abrazando y restregando en sus cuerpos no fueran los asesinos de sus madres, padres, hijos o hermanos. Pero detiene ese pensamiento en cuanto cruza su mente, no, no caerá en esa hipocresía. Ella menos que nadie tiene derecho a juzgar como la gente sobrevive y hasta donde llegaría por vivir un día más. Ella misma es culpable de sucumbir ante un hombre rígido y vicioso que mata a gente como ella diariamente. Podrá disfrazarlo de sobrevivencia pero Isabella a este punto, con varios días sin poder tener resolución sexual, sabe que es más que eso. Herr Coronel la deja como acero bajo el fuego todas las noches y siente que lo hace a propósito. No entiende en su pequeño corazón que eso que la llama es más que lujuria, su sentimiento de culpabilidad y vergüenza la distraen de entender ese sentimiento como algo más profundo. Edward sabe que esta fiesta es una farsa, como todas las acciones lúdicas de la guerra. Está creada para dar un cierto sentimiento de tranquilidad y paz; los soldados lo creen, los esclavos un poco menos. Al final esta farsa sirve solo para un propósito, que Carlisle Grüen pueda realizar negocios. En la parte de atrás, oficiales de todos rangos y de pueblos aledaños hacen transacciones con los artículos de la guerra. Unos compran comida exótica, bebidas, inclusive revistas pornográficas. Otros menos superficiales compran información, Carlisle es el rey de los negocios y por él pasan todas las cosas que pueden ser compradas o vendidas desde Múnich hasta Rusia. Esta fábrica, este campamento y esta fiesta lo hacen todo mucho más accesible, como si fuera un gran punto de reunión para el tráfico de bienes. Es así como Edward se encontró con todas esas cajas que Carlisle le había dado de buena voluntad, así como una cantidad generosa de dinero por cada cabeza judía que le proveyó. Pero Edward no es un hombre que le interese el dinero, él antes de la guerra deseaba la gloria, no sabía de qué ni tenía idea de cómo conseguirla, así que cuando la guerra tocó a su puerta, su pecho se infló y su ego también. Hoy estas posesiones y el dinero solo sirven para tener un poco más de poder. Sinceramente, lo único que agradece es que Isabella ya no tenga que usar esos horribles vestidos cuando la mira diariamente. También disfruta de su oporto y su ocasional carne exportada de Viena. Después de todo, nunca tuvo nadie en quién gastarlo, nunca tuvo necesidad de ser un hombre rico porque Edward ya era un hombre inmensamente rico cuando se metió a la milicia. Su padre, un héroe de guerra, había muerto dejándole posesiones al por mayor y su madre había muerto cuando él nació, igualmente dejándolo en posesión de casas y terrenos. Solo en el mundo, su única compañía era su sueño de salir de ahí y ser alguien importante, luchar a favor de la patria y hacer a su padre orgulloso. Se pregunta si su padre se sentiría orgulloso si viera como una mujer judía lo pone de rodillas. Al recordarla, la busca con la mirada y allá la ve, sola y con ese porte misterioso que la distingue. Lejana y triste como una estrella que muere a millones de años luz. Quiere ir hacia ella pero tiene negocios que hacer. —Tu judía es muy hermosa —dice Carlisle que había estado observando a Herr Coronel desde hace unos minutos. Edward lo ignora. — ¿Cómo van los negocios? —. Siempre sarcástico, Carlisle levanta una ceja y contesta.


— ¡Oh gracias por preguntar Herr Coronel! Va excelente, el negocio crece cada día—Edward voltea y escudriña a Carlisle con su mirada, cosa que el mismo Carlisle odia porque lo hace sentirse insignificante. — ¿Cómo consigues todas esas cosas Grüen? —Edward ve pasar a un mesero y toma una copa de champagne. —Mi querido Herr, esas cosas no se dicen, puede que no desee probar ese delicioso champagne si supiera cómo se consiguió —Edward ríe y mira a Carlisle al mismo tiempo que bebe su champagne. —No hay nada que pueda sorprenderme, pero tiene razón, es mejor no saber —Edward termina su copa y toma otra del mesero que pasa. —Hay ciertos rumores... —. ¡Ah! Lo que Edward esperaba. —Déjese de rodeos Grüen —Edward se queda callado esperando. Carlisle voltea a todos lados y se le acerca a Edward hasta que está sobre su oído. —La invasión a Francia es inminente, hay rumores que la Gestapo tiene espías en todos lados y que a su vez hay muchos espías en la Gestapo. Es una guerra de información que no sé si yo mismo pueda entender bien —. Edward analiza la información y como el hombre de milicia que es, lo primero que viene a su mente es... —Van a extraditar a los judíos de Francia —dice más para sí mismo. —Es la idea, pero no hay lugar en Alemania...se comentan de ciertos campos de reeducación* que usted y yo sabemos no tienen nada de educación —. Edward sabe qué campos se refiere, los ha escuchado desde hace años como los espías son enviados ahí y nunca regresan. No puede creer que vayan a hacer lo mismo con los extraditados de Francia, Alemania o... Polonia. Un terror helado le sube por la espina dorsal y toma de su licor. —Es un rumor claro... pero el Füher confía demasiado en Himmler**, cree que la SS va a ser capaz de controlar a la Gestapo, lo cual si te soy sincero, es difícil —. Edward no se mueve, su mente está pensando en otras cosas... en cosas terribles. Carlisle sigue con su monólogo mientras Edward lo escucha hasta que se cansa y se retira a buscar a Isabella, la cual no encuentra por ningún lado. Con el aún miedo residual de su plática con Grüen, Edward la busca desenfrenadamente, no quiere causar una escena pero no puede evitar pensar que alguien la tomó a la fuerza y en este momento le está haciendo algo. Sale del salón donde la oscura y fresca noche lo reciben con silencio perpetuo. Grita el nombre de Isabella entre voz fuerte y susurros pero nadie le contesta. Con manos en su cabello y su corbatín un poco desgarbado, entra como fiera al salón para encontrar a Isabella en una esquina saliendo de un cuarto. Él corre hacia ella disimuladamente, ella no lo ve hasta que ya es muy tarde. — ¿Dónde demonios estabas? —Él pregunta casi encima de ella jalando su brazo. Isabella abre sus ojos grandes y el miedo que dejan ver hace que Edward reaccione. Voltea arriba de Isabella y ve que dice "baño de damas" él cubre sus ojos tratando de calmarse.


—No lo vuelvas a hacer, ¿entiendes? —Isabella sacude su cabeza rápidamente en afirmación. —Ven, vamos a que comas algo, estás muy delgada —Edward la jala a la mesa y pide al mesero que le traiga la cena a ambos. Sin embargo las mujeres judías no pueden comer en el mismo lugar que los hombres alemanes, cosa que Edward no se dio cuenta hasta ya muy tarde. El mesero lo mira extrañado mientras le sirve la comida. —Herr Coronel, las ejm... —el mesero está asustado, sabe que contradecir a Herr Coronel puede causar la muerte. —...las mujeres judías están comiendo en la cocina —Edward piensa por un momento y luego mira a Isabella. Podría ser un rebelde, después de todo este es su reino, él tiene poder sobre cada uno de ellos, pero el poder es efímero cuando pierden el respeto por ti. Siente que si deja que Isabella coma con él los pondría en riesgo a los dos. Sabe que evidenciaría su simpatía por ella y eso la convertiría en una debilidad que usarían contra él, sobre todo Grüen que es un hombre en el que no confía. Dicho y hecho. Carlisle Grüen miraba la escena desde lo lejos y esperaba con ansias saber si Herr Coronel tenía algún apego con la hermosa judía que lo acompañaba, después de todo fue testigo de su búsqueda frenética momentos antes. Edward no tiene más remedio que dejarla ir. —Isabella, vete a la cocina y come, regresa cuando termines —Isabella se levanta y hecha un último vistazo a Herr Coronel antes de dirigirse a la cocina. Cuando entra, reconoce una que otra cara de chicas de su pueblo, todas mayores, ninguna con la que haya hablado antes. Una chica alta y de ojos azules se le acerca. —Eres la puta del Coronel ¿cierto? —Isabella se le hace tan extraño escuchar polaco después de tanto tiempo que al principio le toma unos segundos reaccionar. — ¿Puta? —Pregunta más por sorpresa que por ignorancia. La chica de ojos azules se ríe. — ¿No creerás que terminarás casándote con un Coronel nazi? —. Isabella al fin comprende el dolo de sus palabras. —Sí, soy su puta —dice con tono desapegado. No le interesa lo que esa mujer piense, probablemente tiene razón. —Soy Ania, ¿cómo te llamas? —Isabella —. No le gusta decir que ese es su nombre, pero hace tiempo que ya no es Bella. —Eres la hija del agricultor, sí me acuerdo de ti y de tu madre… Oh, tu madre, la cantante de ópera, recuerdo los rumores del pueblo —la chica tiene una mirada soñadora. En efecto, la historia de su madre y su padre es salido de una de esas historias de amor que pasan cada siglo. Su padre viajó a Italia cuando era joven en busca de trabajo y terminó conociendo a la cantante de ópera Renata Gianolo. El amor fue instantáneo, pero los padres de su madre le prohibieron ver a su padre Karol así que escaparon a Varsovia. Cuando menos lo


pensaron su madre estaba embarazada de ella. Cuando ya estaban en el pueblo y ella era muy pequeña, sus abuelos fueron a buscar a su madre encontrándose con Isabella que era la viva imagen de su madre. Los padres trataron de secuestrar a Renata o Reneé como ahora se llamaba y a Isabella. Karol, su padre, los detuvo lo cual causó una conmoción en el pueblo. Sí, recuerda esa historia, entre muchas otras que su madre le contaba. —Sí, ella cantaba ópera —. La chica nota el tono triste de Isabella y toca su hombro. — ¿Se la... llevaron? O... tú sabes... ¿Está muerta? —Isabella sacude la cabeza. —Se la llevaron hace meses, mi hermana... Hannah —Isabella traga saliva. No puede decirlo, no puede hablar de ello. —Está bien, yo también perdí a mis padres. Tuve suerte que un soldado se encariñó con mis tetas y mi culo, sino estuviera muerta —la chica ríe pero su tono acarrea todo menos gracia. —Ven, vamos a que comas —Ania jala a Isabella y la lleva a donde otras tres chicas más están ahí. —Todas, esta es Isabella, Isabella esta son todas —. No hay introducciones individuales, en la guerra esas cosas son actos insignificantes. Mañana podrías escuchar que la persona que te presentaron un día antes está muerta. Las chicas son amenas con Isabella y todas comparten sus historias tristes y de horror con ella. Isabella por su parte está callada y solo contesta cuando le preguntan pero nada elaborado. Nadie se atreve a preguntarle sobre Herr Coronel hasta ya que ella se retira. Ania la sigue y la toma del codo. —Ten cuidado Isabella, se dice que el hombre mata gente por cosas insignificantes. He visto al oficial con el que estoy aterrorizado por hablar con él en persona, jamás podría estar en tus zapatos, eres una chica valiente —Ania sonríe y le da un beso en la mejilla. ¡Valiente!, es una cobarde. Si tan solo hubiera tomado su oferta de matarlo o se hubiera matado en la cocina. Pero Isabella no se auto conmisera de esa manera tan vulgar, no puede desechar la oportunidad de vivir, ha visto a mucha gente que ama ser masacrada rogando por un minuto de vida para despedirse de sus seres amados. Ella no va a desechar la oportunidad que la vida le da, aunque tenga que soportar a Herr Coronel y sus extraños modos. Pero ahí está él en su uniforme negro de gala*** viéndose impecable, mirada altiva, postura imponente, con cigarro en mano admirando el mundo como si este no valiese nada para él. Luego él voltea y todo ese espacio que los separa se reduce en una sola mirada. Isabella camina lentamente sin perderlo de vista, es la primera vez que lo mira a la cara por más de unos segundos, piensa que la sombra que cubre su cara no muestran sus ojos, pero Edward la ve, la ve viéndolo y examinándolo. Él se levanta sin pensarlo y en el fondo la música suena con el tono principal de Ich liebe (te amo). Es extraño, piensa Isabella, cómo en ese momento no tiene miedo de Herr Coronel, no cuando él se acerca temeroso como un simple chico de su pueblo. Edward la encuentra a medio camino justo a un lado de la pista y alza su mano hacia ella.


—Baila conmigo —dice él. Ella se queda quieta mientras siente sus manos en su cintura y la jala a la pista. Hay varias parejas, soldados y sus judías igual que ella, pero esto es diferente, ellos son diferentes. Edward pone sus manos en sus hombros y él pone las suyas en la cintura de ella. La música es feliz, llena de tonos dulces. Isabella no lo puede ver, solo sigue el ritmo que él impone, pero de alguna manera se siente libre; cierra sus ojos y no piensa en nada. Sus pies lo siguen como ciegos siguen el sonido, sus manos se aferran a él como piedras al suelo y su cara se recarga en su pecho sin darse cuenta. El movimiento de su pecho mientras respira la calman, siente en su mejilla su corazón latir como truenos; fuertes, poderosos, rápidos y mortales, es un sonido hermoso. Huele su colonia y lo recuerda arriba de ella mientras besa su cuello, mientras la tiene atrapada, pero no se siente atrapada, no ahora. De pronto la realidad la llama cuando él toca su cabello y siente como él aspira el perfume de su cuello. Ella se tensa, porque no sabe qué hacer, porque no sabe si esto que le pasa es permitido. Se rehúsa a pensar en él como este hombre vulnerable e inofensivo que tiene en sus manos. Herr Coronel es todo menos eso, es un cruel verdugo que tiene la guillotina en sus palabras. Ella lentamente se separa de él apenas tocando su cuello y volteando su cara sin mirarlo. Edward siente el cambio, el ligero y gran cambio cuando ella pasa de estar hermosamente descuidada de su cuerpo a estar en estado de alerta y luego, por último, pasar a una indiferencia que él trata de que no le afecte. Ese efecto que ella crea en él lo pone vulnerable, casi como un mortal más en este juego de dioses. La música termina y él regresa a su mesa dejándola en la pista. No quiere verse vulnerable ante esta gente, no quiere sentir lo que siente. Isabella regresa a la mesa, pero Edward decide que es hora de irse. Isabella lo nota diferente, enojado, al borde de la explosión. Lo está, Edward se siente rechazado y con justa razón, ella no ha hecho más que callarse, hablar cuando le place, servirlo cuando le conviene, ignorarlo cuando lo desea. Está harto, harto de sentir esto por ella y que ella no sienta un mínimo de aceptación, de que le robe la oportunidad de ser un hombre, castrándolo con su estúpida inocencia y gracia que lo reducen a escoria. Detesta verla tan pura, justo lo que le atrajo de ella, quiere verla restregada en la mierda, la quiere humillada justo como él se siente. Llegan a la casa, él entrando con fuerza abriendo puertas y azotándolas. Isabella esta temblorosa porque nunca lo había visto así. Lo ve meterse al cuarto y luego después cuando ella piensa que la noche ya está calmada, grita su nombre cual dictador grita al pueblo. Ella corre y entra a su cuarto a tientas, lo ve de espaldas sin su saco y quieto, esa quietud que no significa nada bueno. —No te he pedido nada —dice en voz dura aún dándole la espalda. —No te he violentado, he tratado... —Edward se detiene y lleva sus manos a la cabeza, tratando de encontrar calma en sus palmas sudorosas. —...he tratado de no ser un bruto contigo. Sé que no lo he conseguido, sé que me odias, lo sé perfectamente. No creas que me engaño y pretendo que cuando te cojo lo haces con reciprocidad, que no te mueve el miedo de hacerme enojar —Edward voltea y la mira directamente. —Que gimes para hacerme sentir mejor, más hombre, superior —Edward le dirige esa mirada


iracunda que usa en sus soldados para someterlos. —Pero no puedo permitir que me rechaces así, no frente a la gente, no cuando me pones en esa posición —Edward cierra sus ojos y los abre para ver a Isabella exhalando profusamente. —No, esta vez no me vas a apaciguar con tu miedo y tu inocencia —Edward se acerca y la agarra de los hombros sacudiéndola. —¡No!, ¡No vas a ignorarme cuando te de la gana Isabella, no vas a hablar cuando te dé la gana! ¡Vas a cantar, vas a hablar, vas a gritar todo el tiempo, en mi idioma, en el tuyo, pero te quiero para mí, tu voz para mí ¿entiendes? —Edward la jala y la tira a la cama, la levanta hasta que está de rodillas frente a él. — ¿Has chupado verga? No, no creo —Edward lo dice en tono cruel. Isabella entiende a que se refiere cuando empieza a abrir su pantalón sacando su miembro que ni siquiera está medio erecto. Está ahí flácido para que ella lo trabaje. —Anda, seguro que sabes qué hacer —Edward jala su cabeza hasta que su cara está sobre su verga. Isabella lo toca con su mano pero él la quita. — ¡No uses tu maldita mano! Usa la boca —Ella se queda quieta. — ¿Esto es lo que quieres de mí? Creo que sí, porque solo así me podrás tener un mínimo de respeto —Isabella no se atreve a llorar, no es de esas mujeres que lloran por enfrentarse al terror, mucho menos si vive con él. Edward la suelta del cabello y se empieza a desnudar, Isabella evita verlo. —No voltees la mirada, te he cogido tantas veces que no sé por qué disimulas que no conoces mi cuerpo —. Isabella se atreve a voltear y lo que ve la hace temblar. Edward esta medio desnudo en sus pantalones desabrochados, sin botas, viéndola con gran intensidad. —Quítame el pantalón —Isabella se para y baja sus pantalones lentamente, no porque lo disfrute, sino porque está temblando y sus manos la alientan. Edward se acuesta en la cama desnudo, abre su cajón y saca un cigarro. Isabella ve a Edward prender el cigarro lentamente mientras la mira. —Vamos, ponte a trabajar —Edward lleva su mano a su verga y la empieza a jalar. —No voy a hacer todo el trabajo —. Isabella sube a la cama y se posiciona frente a él en medio de sus piernas abiertas. Agacha su cabeza lentamente hasta que sus labios tocan el pene de Edward. Tentativamente mete una parte a su boca.


—Mételo todo Isabella —. La mano de Edward se va instintivamente a su cabeza. —Haz que me sienta hombre otra vez —. Pero Edward no es un hombre, es un medio hombre desesperado y patético que recurre a la fuerza para someter a una chica debilucha a que lo complazca. Claro, eso no le importa, por mucho que entienda que lo que hace lo convierte en un ser abominable. Isabella lentamente provoca una erección de Herr Coronel con su boca mientras él fuma. Siente que ha tardado más de lo normal y no está segura, pero piensa que Herr Coronel está medio ebrio. Lo vio beber copa tras copa hasta poco antes de irse, huele alcohol en su boca pero aún así sigue pareciendo lúcido y consciente de lo que hace. Cuando Edward siente como se endurece, levanta la cara de Isabella y la vista lo crucifica a su cama, como si fuera un santo perverso que vio a Dios y ahora vende su alma al diablo. —Habla para mí Isabella —Edward ruega. Ella lo ignora y baja su cabeza para volver a su trabajo de complacer con su boca a Herr Coronel. Edward la deja porque no sabe como rogar. — ¡Habla para mí! —él ordena. — ¡Di mi puto nombre, justo como cuando pensaste que te iba a matar, di lo que sea!—. Isabella se levanta y lo mira, esa desesperación en sus ojos no la asusta. Para ella, Herr Coronel es un hombre perdido que le gusta causar violencia cuando no puede causar paz. Ella hace lo único que le queda por hacer, canta. Toma aire y luego lo mira a los ojos lo que parecería una eternidad, cuando abre sus labios un dulce escalofrío recorre la piel de Edward. —"Ellos no nos preguntaron"—. Isabella canta en alemán mientras lo mira detenidamente. Él se calma cual infante con su teta. —"Cuando aún no teníamos caras, si queríamos vivir o no"—. Ella se pone de rodillas desabrochando su vestido. —"Ahora voy sola por la gran ciudad y sin saber cómo o si la ciudad me ama"—. Su vestido cae por los hombros revelando sus senos. —"Miro por entre las barras de las puertas y ventanas de vidrio"—. Ella sube su vestido. —"Esperando, esperando por algo..." —. Se remueve el vestido y lo deja a un lado como una segunda piel. —"Cuando me atrevo a desear algo, me avergüenzo"—. Isabella quita sus panties. —"Si pudiera desear algo" —Lo monta poniendo su sexo sobre el de él. Edward no puede moverse, está en shock y un poco hipnotizado, justo como una bestia que está siendo domada. —"En buen o mal tiempo"—. Baja hasta que su coño y verga se tocan. —"Cuando me atrevo a desear algo"—. Se mueve lentamente sobre él, rozándose y creando


deliciosa ficción. Su voz suena entre cortada cuando canta. Él gime y toma su cintura. —"Desearía ser un poco feliz"—. Isabella baja su mano hasta que encuentra a su verga totalmente erecta y grande justo como está acostumbrada, la posiciona en su entrada y baja lentamente mientras canta el último párrafo. —" Si pudiera pedir algo... pediría poca felicidad, porque si... la... la tengo a puños... mi tristeza tendré que añorar..."—. Él está dentro de ella y a este punto, Isabella mueve sus caderas mientras él besa su cuello. La canción a terminado, pero la sinfonía que sigue son gemidos genuinos. Ella ya no se engaña, no quiere engañarse, no le importa que él no lo merezca, solo quiere tener su clímax, quiere calmarlo, quiere darle paz, porque cuando Herr Coronel tiene paz ella también. Ella lo monta como desquiciada y él lo permite, totalmente sumiso ante sus embestidas. Solo toca su cuerpo con manos codiciosas, recibiendo lo que ella le da, no le importa que ella lo use, que le dé miserias y sobras de afecto, no le importa que ella solo lo quiera calmar como a un perro rabioso, no cuando ella gime en realidad, sin descaro, sin teatro, sin fingir. La siente real, la siente suya y por primera vez entiende por qué ella siempre fue y siempre será la única mujer que lo ponga de rodillas.

O Fortuna C16  

Amar en tiempos de guerra

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