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Mi Naturaleza Urbana Recostada en el techo de mi casita en Las Lomas, suburbio de Río Piedras fronterizo con Guaynabo, asoman las estrellas del cinturón eclíptico. En el plano celestial, marchan con cierto orden y compás las más brillantes; las pocas que no ciega la exagerada bombilla nocturna de la ciudad. El vals de estrellas se mueve como un carrusel de este a oeste. Brotan del este por la copa del árbol de úcar frente a la casa, que mira hacia Río Piedras. Pasan sobre mi cuerpo eclípticamente alineado sobre una toalla de playa en la parte central del techo. Proceden como una diadema hacia al lado oeste por la verja de ciclón que circunda el techo. Cruzan en su trayectoria sobre los cables eléctricos colgados de hogares a postes, desocupados techos vecinos, tablones de anuncios en la intersección de las avenidas San Patricio y Piñero, y se pierden tras las lomas de Guaynabo. La luna, no obstante su fama de inconsistente y falsa, consistente y fielmente sigue la ruta de las estrellas, de este a oeste. Divaga un tanto del cinturón, tal vez por ello su fama, hipnotizando a sus admiradores, a quienes mira, sin saber que son mirados. Me pierdo en su claroscuro, y pierdo la entrada triunfal de Aldebarán en la constelación de Tauro sobre la copa del úcar. Luna creciente, contraria a la menguante que me vio nacer cerca del vecindario; la que me vio crecer en todas mis fases, y ahora menguar con ella. A los pies del techo, en el plano telúrico, los perros del vecindario ladran. Los gatos trepan los árboles en busca de lagartijos. Las aves se cobijan en sus nidos, escondites nocturnos, como yo más tarde me cobijaré en mi cuarto. Los grillos y coquíes entonan su canto, acompañando la música de las esferas—saludo a Jupiter. Se oye pasar un carro con música estridente, un hombre llamando a un niño, y en la distancia, fuegos artificiales por Trujillo Alto. De repente, solo se escucha un chillido agudo y dos murciélagos emprenden vuelo zigzagueante del úcar, haciendo siluetas en la luna. Tal vez van en busca de insectos y ratoncitos. Se dirigen hacia la copa del roble al lado norte de la casa y se pierden de vista. Hacia el sur, en el apenas visible perro, Can Mayor, reside Sirio, la más brillante de todas las estrellas. Es la que más inspira mi sutil entrelace con la naturaleza que convive conmigo en la ciudad. Sirio es mi sur (la cordillera central), el apenas visible Polaris mi norte (el casco de San Juan). La Eclíptica, línea curva donde transcurre el Sol y sus constelaciones de trasfondo, es mi este (el casco de Río Piedras) y oeste (el casco de Guaynabo). La flora, fauna, y objetos aparentemente inertes son tan de la ciudad como los humanos. Soy solo una parte de la energía vital de la urbe, polvo de estrellas. Mientras tanto, las constelaciones danzan por su eclíptico salón de baile, al compás del cónsono palpitar de nuestros corazones. Mi naturaleza urbana es nuestra naturaleza. Eva de Lourdes


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