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IV PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“ETERNIDAD DE CENIZA”, David Iruela Toro

Relato ganador autor menor de dieciséis años

“ETERNIDAD DE CENIZA” David Iruela Toro Recuerdo en una ocasión, cuando era joven, que mi padre me regaló una pluma estilográfica. Carecía de toda belleza, pues en su cuerpo apenas denotaba unos grabados burdos, que cualquiera hubiera juzgado lamentos por el paso del tiempo, más que labrados dibujos surrealistas, afianzados como poderosas garras artísticas. El hecho de vestir desnuda, no la hacía única. La magnificencia de ese objeto, residía en el capuchón de la mismo; dentro, bajo un sofisticado mecanismo, se escondía un encendedor, cuya única función era la de facilitar la tarea de quemar papel, en una ridícula ironía. Desde aquel momento, no he olvidado todo lo que me ha traído la punta de esa portentosa arma, tan fructífera como un negocio en buen tiempo y tan dañina como una daga afilada que penetra el corazón. Todo lo que soy, se lo debo a esta creadora de mundos. Mi existencia, que hasta ahora no ha sido poca, y de la que debo gozar aun más, ha oscilado en el epicentro del más delirante arte. No hay que ser muy astuto para deducir, que como escritor, mi anhelo vaga en saciar y consumir el pensamiento etéreo del Ente púrpura, ese desconocido ser, al que alimentamos como esclavos y nos sometemos como gladiadores de letras. No soy ignorante de nada, pero camino ciego en una senda rocosa. Si escribo esto, bajo el látigo de mis pensamientos, propietarios de mis manos, es porque yo, he visto al Ente púrpura. Toda mi infancia, ha estado amarrada a la subcultura retrasada de K’jar’lem. Si no era suficiente que mis retorcidos pensamientos bailaran con total libertad, bebiendo de ríos insospechados y manteniendo relaciones con sombras tétricas y oscuras, también mi cuerpo debía divagar en este local de desamparo y desdicha. No me he condicionado por miedos inútiles y temores infantiles. Mi amor a La Literatura era lo suficientemente complejo como para encajar en este escaso gremio sin morir, incluso a pesar de no tener certeza de la calidad de mis escritos. 1


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“ETERNIDAD DE CENIZA”, David Iruela Toro

Mi puericia desde entonces, ha estado abrazada pasionalmente por colosales pirámides de libros. Torres gigantescas, que no son más que las columnas del conocimiento que conformaron la libre, pero modesta sabiduría que ahora poseo. Es complicado en K’jar’lem, un sitio donde la gente apenas sabe leer ya que las ganancias se afincan fundamentalmente en la agricultura, la ganadería y obviamente la delincuencia, reconocer a un buen escritor. E incluso así, mi padre siempre ha traído el pan a raíz de sus libros. Con el paso del tiempo, viviendo en una sociedad media-alta, mi padre hizo La Promesa, y partió para cumplir el sueño de todo escritor: conversar con el Ente. Su abandono me dejó una profunda soledad y un áspero aburrimiento que tuve que amortizar con el refugio de El Arte. Creo que cuando mi padre me cedió su valiosa pluma, nunca pensó que alargaría su legado escribiendo. Apenas tenia doce años cuando comencé a sentir El Arte de verdad. Para entonces, mi subconsciente ya había asimilado con seguridad que el alma de mi padre vagaba en el estómago del Ente púrpura. Tomé el cometido de mi padre con honra. Incluso la curiosa rutina de quemar todo lo que escribía. La Literatura me supo susurrar con la cadencia atractiva que suele entonar especialmente a los dementes. Después de folios manchados en tinta, y truncados residuos negros, decidí hacer La Promesa en el palacio de los deseos, frente a la Musa Mayor, fuente incesante de imaginación, tan nítida y diáfana como el agua. En la retaguardia de esa titánica criatura de infinita dulzura, bajo la cúpula de la sabiduría, juré rendir homenaje a las letras hasta que fuera digno de comprender la esencia del Ente púrpura. Para muchos, La Promesa se les escapa de su apocado entendimiento. Es una forma brusca y sectaria de esclavizarse a El Arte. Yo la hice a los dieciséis años, algo que para algunos, confirmó mi estado decadente. No era lego en este vasto gremio, para saber lo que debía arrastrar después de La Promesa: Las esposas negras. Un artefacto que roza lo macabro; una marca perenne de crueldad que me recuerda el por qué de mi presencia en el universo. Deja de escribir, y las cadenas comprimirán tus muñecas, hasta que estas sangren, y tus manos se desprendan de los brazos. Escribe, y notarás las articulaciones incluso más libres que antes. La Promesa, es un aliciente bizarro para escribir durante la caza del Ente púrpura. Tan pronto como terminé el rito y esos martirios negros se adhirieron a mí, comencé la búsqueda de ese elemento. 2


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“ETERNIDAD DE CENIZA”, David Iruela Toro

Durante más de siete años, merodeé con mi pesada carga. Bajo soles abrasadores y radiantes, cargados de luz cegadora y árida y contra ateridos vientos, como la cellisca de Alkrium Ist, que cortan el rostro como miles de cuchillas afiladas. Recorrí mundos, extensos y diminutos, desde Bariws hasta Grehner, explorando tantos paisajes que ahora me sería imposible escribir siquiera la mitad de ellos. Y mientras tanto, hojas de tinta, cientos, miles o millones de ellas, con la extravagante peculiaridad de quemar cada una de esas palabras. Escribía y quemaba, escribía y quemaba, en un ciclo estúpido y sin algún sentido. Hasta que llegué al decimocuarto planeta de la galaxia FRW-89. No tuve ni siquiera que posar mi nave y examinar cada centímetro de ese terreno para notar su presencia. Allí estaba Él. Era un mundo artificial, dónde el Ente púrpura sostenía voluminosas columnas que daban soporte a la estable y rocosa superficie. El horizonte estaba tan vacío, como lejano. La forma del pavimento, era absurda y totalmente surrealista; se erizaba interiormente hasta el núcleo, como una extraña espiral de tres dimensiones. En el centro, al que solo se podía acceder terminando el camino, estaba el Ente. Frente a su presencia, me esperaba una larga ristra de sustancias, que avanzaban con lentitud. Me coloqué detrás del último, una grotesca criatura alta y delgada, cuyos miembros superiores arrastraba, dejando un rastro viscoso y de tono verdoso. Había tantos jugadores, de tantos aspectos, formas y sentidos. Tan solo me quedaban media centena cuando me percaté de que no tenía ningún presente, ni siquiera un solo relato como muestra de mi sobria obra. La fila comenzaba a acotarse, y poco a poco el poder del Ente entraba en mí. Era fortísimo y vigoroso, como un estruendo en mi alma que moldeaba mis sentimientos con cierta picardía. El pelo se me comenzó a caer y la sangre aceleró su curso, a una velocidad desorbitada. Cuando solo quedaban una decena, mis ojos derramaron lágrimas que caían como puños amargos en el suelo arenoso. Mi piel se resbalaba de mi carne, despedazándose por su propio peso con cada paso que daba. Era un proceso lento y lacerante, casi insoportable, pero no podía gritar. Nadie gritaba, y si hubiera mostrado algún signo de cobardía delante del Ente, todo mi esfuerzo se habría visto seccionado.

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“ETERNIDAD DE CENIZA”, David Iruela Toro

Dos sujetos se colocaban delante de mí, mi piel ya se había desprendido por completo, y ahora el contacto con el aire me proporcionaba un intenso martirio. El primer individuo, fue despedazado brutalmente por unas pinzas de escorpión. El otro, el individuo de los extensos brazos, fue triturado por los afilados colmillos de lobo. Era entonces cuando me tocaba a mí. Y a su lado no sentí dolor, ni escozor, tan solo admiración. ¿Quién es el Ente púrpura? Es demasiado difícil de explicar con palabras, ni siquiera con actos sería posible. Si la belleza fuera un punto circular de unos pocos nanómetros de diámetro, el Ente es una galaxia entera. Él, es el todo, y al mismo tiempo la nada. Tiene cualquier configuración, figura, formato y estructura. Puede ser todo lo que existe, y también lo que no. Sólo Él, concede vida eterna a los que se lo merecen, por tanto, es ambición y suspiro continuo de cualquier artista. Solo Él solidifica la inmortalidad. Es mudo, sordo, ciego y manco pero te puede hablar, escuchar, ver y tocar mucho mejor que lo haría cualquier otro ser en el universo. Con una voz grave y melancólica, su timbre vibró, perforándome los tímpanos: - No me has traído tu Arte necio. – Por su espinoso acento, pude vislumbrar una profunda ofuscación con mi falta de respeto. - Son ahora ceniza, polvo negro que se funde con el aire. – respondí escogiendo mis palabras cuidadosamente. Aun no me había dignado ni siquiera a levantar la mirada. - ¿Por qué lo hiciste? ¿No ansias la inmortalidad? ¿Qué quieren ver tus ojos? Fue un momento totalmente decisivo. Eran unas preguntas tan sencillas, como envenenadas. Así es el Ente púrpura y su intelecto. - Mi inmortalidad no debería ser mía, sino de mi arte. Haz mi arte duradero y mátame -. Le dirigí la mirada. Ahora no tenía aspecto definido, tan solo una nebulosa negra, con unos bordes en remaches púrpuras y blancos. Por un momento me pregunté que escondía ese bruno, que me recordaba al funcionamiento de un agujero negro que todo lo absorbe. - No hay arte, tan solo artista que lo hace. Deja que el fuego consuma tus obras, y así consumirás tu vida. Deja que el viento juegue con ellas, y tu nombre será reconocido allí donde lo meza. Mírate. Mientras mi mente, aun iba asimilando la preponderancia del lenguaje abstracto, el Ente se convirtió en un espejo. Pude ver la más insólita y singular 4


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“ETERNIDAD DE CENIZA”, David Iruela Toro

apariencia de mi reflejo, como una luz parpadeante que no se encargaba de desnudar, sino de seducir. Era yo. Allí estaba yo, pero no como siempre había estado físicamente. Era todos los personajes que yo había creado, todos los entornos y argumentos. Los más densos nudos estaban plasmados, junto con los más impactantes desenlaces, como un río de calma, esperando que la brisa llevadera empuje su cauce, en esa superficie pulida y cristalina. Volví a adoptar mi imagen, justo cuando el Ente volvió a transmutarse en la nube amorfa y púrpura que era. - Cuando mates tu arte, te matas, porque el arte es el artista, y es el artista el único que puede destruirlo, pero no es la función de la artista morir en suicidio. Me estremecí. Un escalofrío recorrió mi columna, como una manada de caballos galopantes. - ¿Yaceré en la eternidad o erraré en tu estomago? - Humano insensato…- dejó a la deriva unos cuantos segundos de álgida tensión. - Te daré a elegir ¿Deseas ser inmortal sin escribir o ser mortal escribiendo? De nuevo ese escalofrío, pero esta vez opresor. Algo encogió mi corazón y mi cuerpo de forma súbita y repentina. La pregunta había sido formulada correctamente “¿Deseas ser inmortal sin escribir o ser mortal escribiendo?” ¿Qué es lo que he perseguido todo este tiempo? ¿Acaso no ha sido la inmortalidad? Es cierto, tan cierto como que no solo yo he sido el único estúpido que he dedicado mi vida a eso. Demasiada gente ha perdido su efímera existencia en una falsa ilusión. Y sin embargo, todos habían errado en esa investigación tan exhausta. ¿Qué haré? He perseguido la inmortalidad, pero eso era tan solo una excusa. - Mortal escribiendo. - ¿Por qué? - Porque no puedo vivir sin escribir. Es como bailar sin pies, o divisar sin ojos. - Pero aun así has elegido bailar sin pies y divisar sin ojos, puesto que será una banalidad sin recompensa palpable. Por eso había quemado todos mis relatos. Por eso ahora no eran mas que escoria, reliquias muertas y sin valor alguno. Para acostumbrarme a esa sensación que me ata a lo natural y fisiológico, no a la esperanza de un más allá, sino a la cruda realidad. Le dije: 5


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“ETERNIDAD DE CENIZA”, David Iruela Toro

- Bailaré con las manos y divisaré con la intuición. Solo de esa manera, puedo llegar a ser único. Las esposas negras se desataron y se desplomaron en el suelo. Luego se retorcieron y agrietaron, convirtiéndose en unos pequeños cúmulos de líquido espeso. El Ente púrpura adoptó un trazo humano, y su voz sonó tan fluida como natural. - Este es mi verdadero aspecto. Una vez, en mi vida pasada, fui escritor. Escribía mucho; sangrar por los dedos era simple alivio para mí. Alcancé un grado de sabiduría indescriptible. » Y sin embargo, tanta sabiduría abarcaba que supe describirlo en unas pocas líneas. Todos los grandes interrogantes, con mil metáforas, pero al mismo tiempo con la realidad de una narración histórica. » Cuando lo terminé, me transformé en un ente de energía cósmica, regulador de la vida y de la muerte, y señor y amo de todos los artes y de la sapiencia del universo. Pero no soy ni la mitad de acaudalado en erudición, que a mi me gustaría ser. ¿Y sabes por qué? - ¿Por qué? - Porque aun busco un título que se adecue a las características del texto. Supongo que mi misión es no encontrarlo, para ser eterno. Me devolvió el cuerpo tal y como era por dentro, y no como me había maltratado el tiempo, o el ambiente. Esa fatua pluma, está ahora en posesión del Ente púrpura. ¿Por qué? Solo quería quemar sus relatos. Probar un poco de la inmoralidad de lo ilógico. Comienzo mi nueva vida con este relato. La eternidad, o la fugacidad del arte, es algo a lo que se somete un escritor día a día. Este el primero que no quemaré. Solo de este modo podrá ser, o no ser recordado.

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Eternidad de Ceniza  

Relato ganador en el apartado de autores menores de dieciséis años en el IV Premio Ovelles Elèctriques

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