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pOHPeRRAOA, la altíüa oüRE el revuelto y tortuoso curso del aurífero Sil, que ya nos viene cantado en maciza prosa de P inio' yérguese la noble, la altiva, la hidalga ciudad de Ponferrada. Encaramándose unas sobre otras, trepan las casas colina arriba; y, al final, remata la perspectiva una torre redonda y esbelta, que preside los destinos del pueblo desde hace siglos... La vega que circunda á Ponferrada es la más florida y próspera de toda la provincia de León; sus paisajes cautivan por una deliciosa mezcla de mimosidad de prados galaicos y solemnidad de horizontes de Castilla, Es la región del Bierzo un punto de intersección de Galicia y Castilla, una sabia y harmónica fusión de la dulzura y blando deleite de los valles hondos y aromados, con la sequedad austera y la altiva reciedumbre de los panoramas de Castilla. Recio, valiente, noble, álzase, dominando la ciudad, el antiguo castillo de los Templarios, solar antaño de hidalgos contumaces que, por el foso comunicante con el rio, eran condenados á la última pena cuando cometían delito de rebelión contra su Rey ó su Orden... Guarida de patricios, nido de águilas. ¡Qué fuerte y soberbio destacas sobre las cons" trucciones de la población, que se apiñan á lo largo de las calles tortuosas é irregulares, con sus anchos aleros cubriendo casi la calle, con sus PORTADA

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nobiliarios escudos que dicen de la gala y prez de las familias que los habitaron, y cuyos descendientes hoy vegetan en la inercia de la vida política local ó en las banales alegrías de Madrid, en los tés del Palace-Hotel, ó en los estrenos de tos teatros de modal... ¡Caserones nobles y severos, cuyas paredes la humedad royó día por día y donde ancianas hidalgas de arcaica fabla y rancias costumbres, os reciben aún en estrados!... A esta vieja y típica ciudad, afluyen gentes de Castilla y gentes de las provincias de Galicia; traficantes de Palencia y romeros de Santiago, mendigos de Tierra de Campos, astrosos y famélicos, y buhoneros de las ruinosas vegas de las rías bajas... Es, realmente, la región del Bierzo, confluencia de dos regiones igualmente características de España: la región-matriz, el núcleo de la raza, esta Costella mater que tiene no se sabe qué secreto siibsiratum de energías dormidas y de vitales sorpresas, y Galicia, la frondosa, la dulce, la humilde, la resignada, la Cenicienta; Castiella, que face los ornes e los gasta, al decir de Don Juan II, y que ha dado todo su seno ubérrimo de madre á un mundo nuevo virginal, para luego abandonarlo sin remordimientos, y arrojar al m a r con gesto hidalgo el Imperio q u e conquistó con ademán aventurero; y Galicia, que fecundizó y labró ese mundo, que lo colonizó, que DEL

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lo puso en valor, que entregó á ¿1 la sangre y la energía de sus hijos... Por eso la región del Bierzo, leonesa y galaica á la vez, es una de las regiones que merece más atención en España y es, sin embargo, una de las más olvidadas. Participando de la entereza del carácter castellano, tienen á la vez sus hijos la tenaz laboriosidad de los hijos de las provincias gallegas. Acúsase un sentimiento vigorosamente regionaÜsta en los naturales del Bierzo, que les hace amar su aldea más que la otra aldea y su provincia más que otra provincia. Corre entre las gentesdel Bierzo como dicho corriente aquella contestación de un rústico á cierto sacerdote que, como le interrogara según el Catecismo de la Doctrina Cristiana: ¿Sois cristiano? replicóle: — No, padre, soy berziano... Y esta región, tan interesante para el viajero, tan emocionante para el artista, ha sido hasta hoy preterida j>or el político. Arrinconada á un ángulo de la región leonesa, enclavada en un extremo de Galicia, ni viajeros la visitaron ni políticos fijaron en ella la atención. Hasta que últimamente un político sagaz y conocedor de su provincia, el Conde de Sagasta, ha comprendido que no era merecedora de tal olvido y tal negligencia la ciudad CASTILLO: l'UKUTA de Ponferrada y toda su comarca... Allá fuimos algunos buenos amigos, en un tren especial, donde el viaje era grato y tibio, en la confortable penumbra de los vagones. Un turbio día de lluvia nos acogió á la salida de León, muy de mañana, á esa hora poética y única en que las ciudades despiertan, los obreros van al trabajo, las devotas se refugian en la semisombra olorosa á incienso de las iglesias, y las campanas suenan inquietadoramentc, despertando en sus lechos pecadores á los libertinos que se recogen tarde... ¡Hora suprema y única para conocer una ciudad y para amarla intensamente!... Atravesamos las floridas vegas del Orbigo, que tan extraordinario encanto tienen para el que las conoce por vez primera, como

transición amena de la hosquedad del paisaje de Castilla; pasamos ante la Astorga, la episcopal, la enhiesta, la Icvítica, encerrada entre los torreones de sus murallas y empenachada por la Catedral, al lado de la cual el pintoresco Palacio Episcopal que Gaudi construyera con su dislocada pero perturbadora fantasía de artista moderno, es como una carcajada tras un manto severo de viuda; cruzamos el puerto de Brañuclas, nevado ya, con sus pueblecilios menudos á los que dan entonación gris los techos de pizarra, su maravilloso túnel de lazo, alarde de la imaginación y de la inteligencia, combinadas, de un ingeniero, y llegamos, por fin, después de tres horas de delicioso viaje, á la encantadora ciudad de Ponferrada... Recorrimos la carretera que atraviesa desde la estación y subimos la empinada cuesta que comunica el barrio de la Puebla con la Plaza Mayor. ¡Caserones arcaicos donde asomaron rostros bonitos de niñas, como rosas florecidas en una ruina!... ¡Calles pinas y angostas que gentes humildes de los campos poblaban, en el pecho os llevo y no os borraré jamás!... En la estación de Ponferrada, al emprender el viaje de regreso, unas ! ) E r . U A S T I Ll. o gentiles señoritas nos saludaron, ofreciendo flores al caudillo liberal; su actitud valiente y brava, frente á la gazmoñería de cuatro pobres diablos del pueblo que rehusaban recibirnos, fué quizá la nota más simpática del día, que recordaremos siempre. Cuando el tren arraneó, veíamos con pena quedar á distancia las empinadas calles de Ponferrada, sus claras galerías, sus campanarios esbeltos y los torreones dorados al poniente de su rancio y austero Castillo de Templarios, que el Sol de oro acaricia y el Sil de oro besa.. ANDRÉS GONZÁLEZ León, Noviembre 1915.

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1915. Ponferrada, la altiva