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M E M O R I A S DEL ENCUENTRO DE ARTE DE LEĂ“N literatura Rally Lectoescritura


Instituto Cultural de Le贸n


Memorias del Encuentro de Arte de León l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura Dialogar, Profesionalizar, Perspectiva. León, Guanajuato, a diciembre de 2012

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Presidencia Municipal de León 2012-2015 Instituto Cultural de León Feria Nacional del Libro Primera edición, Junio de 2013 ISBN: En trámite

De la presente edición: D.R. © Instituto Cultural de León Pasaje Juan de Orozco 152, zona centro, León, Guanajuato, México. C.p. 37000

Coordinación editorial: Dirección de Comunicación del Instituto Cultural de León Diseño editorial: Estudio de Diseño Impreso y hecho en México Printed and made in Mexico Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra –incluyendo las características técnicas, diseño de interiores y portada– por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático, la grabación y derivados, sin la previa autorización del Instituto Cultural de León.


ÍNDICE

PRESENTACIÓN: Introducción

09

Contenido: Literatura para niños

11

Literatura para jóvenes

21

Literatura para adultos

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Literatura para adultos en plenitud

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presentación_

Alineados a los objetivos del Encuentro de Arte de León, EAL, realizado del 1º al 15 de diciembre de 2012, el Rally de Lecto Escritura FeNaL buscó dotar de experiencias, diálogo y acciones de profesionalización a los creadores leoneses, académicos y representantes de grupos lectores de León. Bajo la premisa de crear en un tiempo corto, del 1 al 3 de diciembre, y hacer del íntimo proceso creativo un ejercicio de convivencia, tolerancia y suma de voluntades, escritores como Karen Chacek, Sebastián Pineda, Rowena Bali y Antonio Flores Schroeder coordinaron las labores de producción de cuatro textos dirigidos a públicos específicos: infantil, juvenil, de adultos y de adultos en plenitud. Sin dejar de lado la razón que da sentido a las tareas de la Feria Nacional del Libro de León, FeNaL, el Rally de Lecto Escritura permitió abordar uno de sus principales objetivos: el fomento a la lectura, a través de la construcción de textos que permitieran a los mediadores de grupos lectores contar con un volumen que reuniera opciones literarias de calidad que pudieran disfrutar y compartir en el seno de sus grupos leyentes. El presente volumen es un registro de ideas, imágenes, aspiraciones, memorias, hipótesis y saberes, es diálogo y debate, para configurar textos propios de una gran calidad creativa. El Rally de Lecto Escritura del EAL fue la oportunidad propicia para contrastar lo propio con lo de los demás y propiciar la discusión que finalmente enriqueció el trabajo en grupo. Encuentro de escritores creando - produciendo en torno del fomento a la lectura. Desde un cuento breve, ¡Y la tele? que estimula la imaginación de los pequeños, la ilusión y las amplias posibilidades que hay más allá de lo real.


Viajando por los confines de la novela corta a través de dos oportunidades de disfrute: Juegos de Glenda, historia que permite conocer los cuestionamientos que pasan por la mente joven de quien se encuentra solo en un mundo que avanza vertiginosamente en la era de las nuevas tecnológias. Y de Pasajeros en tránsito, emotiva historia que narra los breves minutos de espera, que a veces pueden parecer eternos, en una sala de aeropuerto, dos vidas que pueden ser tantas, como tantas pueden ser las posibilidades de reencontrarse inesperadamente con alguien que alguna vez marcó la vida. Recurrencia a pasajes que aluden temas que siempre están en la mente de los adultos: el irremediable paso del tiempo, la salud y la apariencia física. Finalmente, Panzas Verdes representa un relato de memorias, mitos, experiencias y leyendas, a través de los cuales pueden conocerse significativos episodios de la historia de León. Un agradecimiento muy especial al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, CONACULTA, por el apoyo y la confianza para que el Instituto Cultural de León pudiera realizar el Encuentro de Arte de León 2012. Así como a los escritores, académicos, mediadores y periodistas que otorgaron su tiempo, su saber y su voluntad para hacer posible este esfuerzo de todos. Comprometidos con el desarrollo de públicos, anhelamos que la obra que tiene en sus manos constituya parte fundamental de sus acciones, atractivas y accesibles, realizadas con el fin de acercar los libros y la lectura a quienes más sea posible.

Ángeles Suárez Tacotalpan Directora de la FeNaL


MEMORIAS DEL

Literatura: Rally de Lectoescritura

Literatura PARA NIテ前S_

l i t e r a t u r a / Rally de Lectoescritura

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Literatura PARA NIÑOS

¿Y la tele?

¡Y la Tele?

Autores

Karen Chacek Ma. Isabel Padilla Javier Padilla Lourdes Ramón Bejarano José Ángel Méndez Alcacio

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Literatura para NIÑOS

¿Y la tele?

¿Y la tele?

–¡18:30, 18:30, todos a sus posiciones! –gritó el ratón desde la ventana,– ¡Está guardando sus cuadernos, terminó la tarea, prepárense! El hombrecito de saco naranja del tamaño de una taza, corrió a detener los platos de cerámica; Doña Petra aventó el tejido y se colocó las orejeras; las hormigas se alinearon en formación militar, listas para atrapar las primeras migajas que cayeran de la mesa. –¡Ya camina hacia el televisor!,– gritó el ratón,– ¡Ya agarró los controles!– avisó de nuevo. –10, 9, 8, 7, 6… sangria– inició el conteo al tiempo que todos lo corearon. –5, 4, 3– apretaron los ojos y esperaron. –¡Dos!– gritó nuevamente el ratón. –Dos –dijo Doña Petra. –¿Dos?– preguntó el hombrecito. l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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Literatura para NIÑOS

¿Y la tele?

Todos quedaron en expectante silencio… –¡Nooooooo!– se escuchó el grito de un niño al otro lado de la ventana. Era Emilio, el vecino del departamento de enfrente, que desesperado oprimía los botones del control remoto del televisor, desconectaba y conectaba la consola de video juegos, subía y bajaba el interruptor de luz. Corrió por todas las habitaciones de la casa y al final hacia la cocina. Se detuvo frente al horno de microondas y confirmó su horrible sospecha: –¡Mamá, no hay luz! –gritó desesperado Mientras, Doña Petra organizaba un comando de hormigas espías, que fuera a investigar por qué no se escuchaba ese ruido estruendoso, que todas las tardes a la misma hora cimbraba las ventanas, ponía a temblar la vajilla de cerámica y les dejaba zumbando los oídos a todos. La mamá de Emilio regaba las plantas del balcón, cuando escuchó el grito furioso de su hijo. –¡Mamá se fue la luz! –Ya llegará. –¿A qué hora? –En un rato. –Se va a acabar mi hora de juego. –Juega a otra cosa. –¿A qué?, no hay luz. –Ve a jugar con Juan.

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Memorias del Encuentro de Arte de León


Literatura para NIÑOS

¿Y la tele?

–No está, hoy es martes y va a karate. –Ponte a leer. –Ya leí ayer. –Piensa en algo. –¡Gracias por tu ayuda mamá! –contestó regresando a la sala. –¡¿Por qué a mí?! ¡No es justo! ¡Es mi hora de juego!– gritaba Emilio lanzando cojines en todas direcciones. En ese instante, el comando de hormigas informaba a Doña Petra, al ratón y al hombrecito sobre lo sucedido. Jubilosos se despojaron de sus orejeras. –Esta será una tarde apacible, ¡celebremos con una fiesta de té! –propuso Doña Petra. El hombrecito dio cuerda a la cajita musical y las primeras notas se dejaron oír por todo el lugar. Feliz se puso a bailar, cuando… Toc, toc, toc. Alguien llamó a la puerta. Doña Petra abrió, era Emilio. –¿De dónde viene esa música?–preguntó el niño mientras entraba sin invitación. –¿Por qué usted sí tiene luz? Emilio miró asombrado lo extraño de la decoración: plantas azules que colgaban del techo, cuadros redondos, fotografías antiguas, jaulas con todo tipo de relojes dentro, figuritas de bronce y porcelana. –¡Qué lugar tan raro! –dijo sin dejar de observar y escudriñar cada rincón. –¿Y la tele? –Llegas justo a tiempo. Muéstrame tus manos –pidió Doña Petra.

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Literatura para NIÑOS

¿Y la tele?

Emilio extendió los brazos al frente mostrando sus palmas. –Así no, gíralas. – dijo Doña Petra y comenzó a enlazar un estambre color chicle en las manos del niño. –Oiga, pero yo solo quiero... –Quieto que no voy a poder hacer mi madeja. Emilio se quedó inmóvil por un instante, cuando un ratón atravesó la estancia persiguiendo el aroma de galletas recién horneadas, llamando su atención. –¡Un ratón!– gritó. –Déjalo es un gruñón. –Sonrió Doña Petra. El hombrecito de saco naranja se asomó desde la cocina diciendo: –Señora, ya está listo el té. –Pon una taza más, tenemos visita. Emilio no cabía en su sorpresa: jamás había visto a un hombre tan chiquito y menos a uno con saco naranja. Sin soltar el estambre lo siguió. Al entrar a la cocina descubrió una cuchara que flotaba sobre la mesa. La observó de cerca y descubrió que se trataba de hormigas avanzando hacia la azucarera. Sintió luego que le jalaban el pantalón, miró hacia abajo y escuchó una voz peculiar que decía: –¿Te importa moverte? Estás pisando mi cobija tejida. Doña Petra entró a la cocina.

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Literatura para NIÑOS

¿Y la tele?

–¡El ratón me está hablando! –Exclamó el niño. –Tú siéntate aquí a mi lado– le dijo quitándole el estambre de las manos. El hombrecito sirvió té y galletas para todos. Emilio agarró una galleta, estaba a punto de morderla cuando vio por la ventana que se encendían las luces de su departamento. –¡Regresó la luz! –gritó saltando de la silla. Los demás se miraron espantados, ¿Dónde habían quedado las orejeras? No habría tiempo de detener los platos de cerámica. El ruido del videojuego tiraría todo, sería una larga noche de limpieza y dolor de oídos. El ratón, en un intento por ganar tiempo gritó: –¡Espera! Primero come tu galleta. Emilio dudó un momento. –Está bien –dijo. Y mordió la galleta. –Mmmm deliciosa. ¿De qué es? –A mi no me preguntes, aquí el que cocina es él.– Dijo Doña Petra señalando al hombrecito. La tarde transcurrió con una rarísima familiaridad, como si aquella no hubiera sido la primera vez que Emilio visitaba a Doña Petra. Emilio regresó a casa. –¿Dónde estabas?– Preguntó su mamá cuando lo vio entrar. El niño le contó sólo una parte de la historia. Aquello que tenía que ver con el hombrecito de saco naranja del tamaño de una taza, se lo guardó como un secreto.

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MEMORIAS DEL

Literatura: Rally de Lectoescritura

Literatura para j贸venes_

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

Juegos de Glenda

Autores

Sebastián Pineda Juancarlos Porras Sara Pinedo Jair Piñón Mónica Valadez

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

Cero

☐A LOS 24 AÑOS UNO PUEDE comenzar a presidir su vida. Pero a los 12… cuando los sueños comienzan a evolucionar…☐, apresuró a discurrir el doctor Tirado su análisis. Pero Fercho, ensimismado y con el asombro puesto en cuarentena pensó laaaaargo y tendido: ☐porque Lara Croft lo manda, Y así, los dos personajes ocuparon el mundo que les correspondía según su antojo y semejanza. ☐y a los 16 se convulsionan… ☐uno solo puede esperar que los cráteres abunden por doquier pero las cargas mentales tienen que ser disminuidas como pasó en Tulum… porque el jade no pesa, los duendes abundan y los cenotes lavan culpas del mar aunque… ☐a través del decir y el hacer: Ser y Tiempo. O sea, buscar al interior, de uno mismo, bien. Saciar, más que curiosidades o alentar placeres, el yo… el yo memorialístico. Ese que fluye sin cesar, como río volcánico. ☐su color azul se prolongue hacia los ojos y estos tengan fijación sobre uno: parpadeen y disparen su carga como un arma mortífera y lo dañen. l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

☐Entonces se revisan los niveles y… por ende tras-pasa. Luego se enlistan pormenores en regresiva autoridad: 4) antes y después de coronar, 3) primera enseñanza, 2) lo que le adolesce, 1) su juventud, 0) el momento actual. Siempre en cuenta regresiva 4, 3, 2, 1, 0, como si fuésemos a disparar una nave rastreadora al espacio. Allí va su vida rumbo a… descubrir, digamos, apenas el sistema solar donde usted orbita. ☐Pero uno es chingón y sabe de dónde viene el disparo y cómo evadirlo pues aprendí bien en el búnker a defenderme. Lo recuerdo bien. Aún con dolor navego por el mar que asecha mi vida. ☐Necesita, joven, hacer un gran acuerdo y… un seguro informe personal de vida. Véalo como un juego de inteligencia donde los niveles a traspasar, insisto, sean superados con suficiencia y los puntos abonen a la prolongación de su vida. Allí tiene el caso del chico Steve Jobs, lo recuerdo bien, que terminó por or-de-nar su laboratorio de ideas. Usted Fernando Borda, que según sé, eres un “artista”, Fercho, podrías ordenar tu laboratorio y re–ajustar tu estatus como ser humano. ☐La abuela Raquel está perdida. Mi madre, fugada. Glenda, partida como la pieza de litio que se dañó en el ordenador por la asechanza de las hormigas (esto lo vi en una peli) y… podría seguir pero, ¿qué hago entonces aquí con este pinche doctor que lee mi mente como si leyera cartas del tarot? Parece Mirna la bruja, la que leía la suerte al padre de Olo y éste ordenaba su vida así; mientras su mamá creía en el horóscopo del diario y en el fin del mundo a la entrada del nuevo milenio. ¡Puta madre!, llegar a los 24 años y no saber andar. ¿Acaso no ha servido viajar por el mundo de los videojuegos? Me caga éste donde todos van deprisa en autos híbridos pero no ganan nada, solo absurdos. Otros, pocos, 26

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

tienden manos; yo, solo tiendo puentes alternos, como los de Cangas de Onis de la Garro, para puertos seguros. Construyo sueños y prolongo vidas. Este 2018 donde pronto celebraré mi cumpleaños lo único que resta, luego del sexenio de la nata, es limpiar la mesa de trabajo y cercar a otro enemigo con mi nuevo ordenador. Al cabo me cargo de nuevo quince vidas. Pero una de ellas es la chida. Y me importa a mí y por supuesto a KTM y a… Skani mi manager y a Santiago y a… ☐Si logras hacer lo que te digo, claro, podrás re-inser-tar-te a la vida cotidiana. Al mundo real donde los políticos vagan, los artistas viajan y los ciudadanos velan. Ese es el destino manifiesto de todos: vagar, viajar, velar.

Tú eliges dónde quieres estar.

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

Uno

RECUERDO EL AROMA A CAFÉ impregnado por toda la casa aquella mañana. El abuelo Gilberto había preparado antes de partir muy temprano y como de costumbre su delicioso café. Amo el café. Desde entonces declaro que sigo enamorado. Como mi abuela Raquel no me permitía tomar ni una sola gota ahora lo tomo todo, a todas horas y cuando se me viene en gana. ¡Que se entere ahora la abuela! Recuerdo que debía conformarme con su extasiante aroma en el comedor mientras ella preparaba sus chilaquiles con frijoles acompañados de un jugo con dos huevos que debía tragar “sin chistar”, esa era su frasecita de todas horas. No podía moverme, ni hablar sin su permiso. Eso es terrible para cualquier niño. Algo malo ocurría con la abuela y tal vez nunca lo sabría. Recuerdo también una tarde, una tarde lluviosa, cuando escuché discutir a los abuelos, discutían en voz alta la decisión del abuelo de reunirse con un informante del sur para saber sobre mi padre que se había marchado el 12 de diciembre, poco antes de nacer. Escuché por último un portazo en la planta baja y después a mi abuela gritarle a mi abuelo; minutos después entró a mi habitación, supongo ahora para desquitarse, y me encontró con un desorden impensable. Crispó los ojos al encontrarme sentado frente al televisor con mi nueva consola de videojuegos Playstation 2 patrocinada por mi abuelo en secreto, y supuso, acertadamente, que llevaba un par de horas aniquilando cada unos de los niveles diseñados para jugadores de dieciocho años. –¿Qué crees que estás haciendo?

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

No necesitaba preguntar para saberlo. Caminó dando grandes zancadas y desconectó de un tirón los cables de corriente eléctrica, arrojó la consola al suelo, la pisó incontables veces y por primera vez quise gritarle, pero como renombrado cobarde que soy, no pude. –¡Te maldigo¡ ¡Maldigo el día en que naciste! Creí que serías diferente, que te comportarías como Dios manda. Esas fueron las palabras de la abuela Raquel cuando yo tenía seis años; y jamás voy a olvidarlas. Había estado enojada las últimas dos semanas y yo me encontraba en la misma habitación cuando decidió hacer erupción. Qué jodida suerte la mía, ¿no? Solo recuerdo que me miró con tanto desprecio y desaprobación que lo único que se me ocurrió en ese preciso instante fue salir de inmediato al ver esos ojos tan azules y tan llenos de ira. –No vuelvas y no regreses ¡lárgate! –gritó desde lo lejos mientras seguía corriendo muy asustado por la calle.

Corro a toda velocidad, encierro mi mente para recordar ese año dos mil tan malo, lleno de malos augurios y presagios pero sobre todo lleno de cambios. Fue el año del dragón según el horóscopo chino como pude comprobar años más tarde en Google. Esquivo un cesto de basura y recuerdo las ridículas posturas sobre el fin del mundo de las que todos hablaban aquél año, esquivo un bote de basura y en mi correr frenético casi hago que me atropelle un nuevo Sentra de aquel año. Quiero sacar de mi mente, pero me resulta prácticamente imposible al señor bigotón, de botas, de sombrero y cinturón de gigantesca evilla; haciendo la señal del amor y paz con las manos volviéndose nuestro presidente. Salto un gato muerto y desciendo a toda velocidad por una empinada calle. Voy a ver a mi mejor amigo. Voy con Santiago. l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

En el pueblo se cuentan historias de una criatura que alguna vez fue una mujer, la más hermosa y amable que los hombres pudieran recordar: ella es la centinela de una hermosa cornucopia de plata que se cree cura a los enfermos y hace crecer los cultivos con mayor abundancia; a todos les gustaría tenerla pero nadie puede mirar a su feroz guardiana, nadie puede contemplar esos ojos azules porque quien ose mirarlos, morirá. Pero eso no me interesa, vaya, no me asusta, puesto que ahora mismo voy a buscarla...

–Este es un año muy importante, es el año dos mil –la voz en la radio del abuelo Gilberto resonó claramente en mi cabeza una vez más –y ya saben lo que dicen, hay que estar bien preparados para estos últimos días y… –¿Abuela, qué hay que preparar? –¡Calla! No hables, no me dejas escuchar. Por qué nunca haces nada bien.

Para encontrar a la criatura se dice que uno debe descender por el gran monte hasta llegar al río de Lafo, pero hay que ser muy ágiles y astutos para no caer en sus aguas, pues quien lo haga encenderá su cuerpo en purpúreas llamas, pero para mi buena fortuna, cargo conmigo quince vidas, me siento poderoso... –Ya no quiero seguir, no tiene sentido doctor Tirado. Que se me vuelva a subir el muerto, doctor, déjelo, ya qué importa. 30

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Juegos de Glenda

–No te detengas, sigue, sigue Fernando, sigue, eres imparable, ¡date cuenta Fernando! –Espere, aguarde, recuerdo algo más, recuerdo a la abuela Raquel.

Ella me tomó del brazo y me llevó a mi habitación, quise llorar, pero no por el dolor de la presión de su mano sobre mi hombro sino por la impotencia. Yo quería abrazarla, la quería a pesar de todo, lloraba de sentimiento. Me dejó en mi cuarto y recuerdo que le dije con muchísimo miedo: –Abuela, abrázame. Ella se quedó en el umbral de la puerta, mirándome con esos azules ojos, y por primera vez vi que una lágrima resbalaba por su mejilla. –Abuela, abrázame. Ella no se movió y no dijo nada, simplemente me dio la espalda. –Abuela no te vayas, abrázame, tengo miedo. Luego se dio la vuelta para mirarme una vez más. –Trae a mi hijo y esposo de vuelta.

He pasado el río de Lafo y me he librado por poco de prenderme en las llamas purpúreas que quitan tres vidas pero ahora con este mapa que cambié con el mago sé que debo continuar por el sendero de la muerte, donde transitan todos los muertos más diabólicos que el mundo recuerde, el consejo siempre

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

ha sido moverse lento, esquivar los cadáveres y no dejar que te toquen, mucho menos que se te suban, pues quieren hacerse también con la preciada cornucopia...

–¿Sabes por qué el abuelo no está? ¿Por qué se fue? Miré a mi abuela con mucho temor, pero jamás a los ojos. –¿Lo sabes? Yo no sabía qué decir o hacer. –¡Contéstame cuando te estoy hablando! –su voz fue imponente. –No sé, yo no sé. El miedo que me produjo en ese instante provocó un llanto incontenible guardado por mucho tiempo. –¡No llores, los hombres no lloran! ¡No te atrevas a llorar en mi presencia! ¡Mírame a los ojos! ¡Ten el coraje de mirarme a los ojos! ¡Ya vuélvete un hombre!

La cueva de la criatura está en las tinieblas de una profunda e inmensa montaña, para entrar hay que desprenderse de todo, la ropa, las armas, el mapa, la brújula, el catalejo y entrar con sólo tres cosas para vencerla: coraje, compasión y perdón. La siento, sé que está aquí, inclusive ahora, está presente, observando cada uno de mis movimientos, de mis 32

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Juegos de Glenda

aciertos y desaciertos, reprochándome a la cara cada uno de mis errores...

Yo no quise ser doctor ni mucho menos arquitecto, quise romper todos los récords de los videojuegos, quise jugar todo el día con el Playsation 2. Nunca me va a querer, de eso no me queda la menor duda. Me quedan pocas vidas, ojalá sea suficiente para el final.

Un vaso se derramó en la mesa y algo más cayó a mi lado. Una pequeña cornucopia de plata que pertenecía a mi abuelo fue a parar a mis pequeños pies y cuando la miré a los ojos una vez más vi que se encendieron tal y como el fuego. Entonces, de súbito, recuerdo que se abalanzó sobre mí. En aquel año dos mil sentí que ella me quitó mucha vida, pero ya la he perdonado. Recuerdo que de tener quince, solo me dejó seis.

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Juegos de Glenda

Dos

¡Tic, tic, tic, tic, tic! Suena la alarma. La apago. Otros diez minutos más; me quedo reposando. Nubes, colores estrambóticos, veo una liebre correr a mi lado. Estamos en una selva y lo único que respiro es la humedad de la tierra. La liebre corre, corre pero no me rebasa. La pobre liebre se desespera, me grita, me dice que por mi culpa va a llegar tarde, que por mi culpa no avanza. La pequeña liebre se aleja, poco a poco y en su ausencia se acercan mil mariposas que me envuelven. Siento que mi alma se desprende del cuerpo. Me veo en el sueño; de pronto se acercan coyotes, en un instante todo mi yo del sueño queda rodeado por ellos. Por atrás un jaguar se lanza hacia mí e intenta morderme, oigo su aullido. Despierto. Raquel grita desde la cocina.

Otra vez se me hizo tarde. 7:15

Llego a la clase de Informática y el profe me deja entrar. Soy el mejor. Siempre me quedo después de clases, juntos estamos creando un nuevo software que podremos lanzar al mercado para agilizar los procesos administrativos de empresarios “pudientes”. El profe dice que podríamos sacar mucho dinero en el momento de patentar todo lo que estamos creando. A mí lo que me interesa es la programación.

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

9:00 Miro a la secretaria de secundaria.

Esa delgadita muchacha que hace unos años levantó mi entusiasmo sorpresivamente cuando llegó a presentarse al salón de clases. Ahora la miro caminar. Siempre con hojas y folders entre sus brazos. Siempre con sus ojos verdes escondidos entre gafas y enseñando discretamente sus níveas pantorrillas carnosas bajo esa faldita coqueta que usa de uniforme. En Mortal Kombat ella es Jade: tienen que serlo. Hola Perla, buenos días, ¿quieres que te ayude con todas tus hojas? ¡Fernando! Qué gusto, hace mucho que no te veía, al menos no por aquí. ¿Cómo estás? ¿Dónde dejaste a tus amigos? Vine a ayudarte. Anda, pásame todos esos papeles. Bueno, muchas gracias. Aunque ya casi llego a la oficina, de todas maneras, muchas gracias. Oye ¿traes tu video juego, qué juegas? Pues ahorita como es poco tiempo sólo estoy jugando Rise of Nations con mis cuates. Aquí en el cole sólo nos dedicamos a diseñar imperios. A mí también me gustan esos juegos, pero prefiero jugarlos el fin de semana. Me gusta Age of Empires. En fin, ya llegamos. Perla me deja entrar a la oficina. Es otro mundo; hay secretarias por todos lados, pero a mí solo me gusta ella. Papeles, escritorios, teléfonos, todo suena. Luego en un instante imagino haber llegado a una isla entre teléfonos y sirenas. Muchas gracias Fer. Ya puedes salir de aquí. l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

Bueno. Me voy. Saco mi PSP y me dirijo a ese rincón donde ni el ruido de la gente se oye. Ahí están mis otros cuates, nos ponemos a jugar en línea y a seguir construyendo imperios. Santiago de pronto interrumpe: Dicen que va a haber una convención de cómics este próximo fin de semana y que el sábado habrá una fiesta de disfraces de tu personaje favorito. ¿Cómo ven? Podríamos ir. Además de que será el estreno de la nueva versión de Halo. ¿Cómo ves Fercho? Pues sí, podríamos ir… Suena el timbre. El solo hecho de imaginar pedir permiso para salir tarde en sábado me parece tan complejo como el Nivel 9 de Resident Evil Code: Verónica. Tendría que enfrentarme con algo peor que zombies y monstruos mutantes: Raquel. Llego a su habitación. Este espacio me parece tan oscuro como las minas Morgul. La única luz que existe es la que surge del televisor. Raquel, hola, ¿cómo estás? Pues sí, es raro que venga a verte, pero… Pues quería saludar. No, no quiero dinero, aún tengo lo de la semana. Más bien, quería pedirte otra cosa, quería saber si podría, pues si podría ir a casa de Santiago el sábado, vamos a estar jugando hasta tarde. No es que ya no quieran venir para acá, pero su mamá quiere que cenemos en su casa. Hasta nos invito a dormir. Vale, gracias ya no te interrumpo. Adiós.

Sábado. Estoy entrando al espacio prohibitivo más anhelado desde mis 10 años.

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Memorias del Encuentro de Arte de León


Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

Siento que algo se mueve dentro de mí, no sé que sea. El espacio me recuerda a un búnker sin ventanas, sin corrientes de viento y con bodegas llenas de alimentos: botanas, bebidas y cerveza para soportar la fiesta; podrán imaginarse el olor a encerrado. Había personajes de videojuegos y de películas de ciencia–ficción. Elfos, magos, guerreros, zombis, robots, monstruos, princesas. Las tortugas ninjas brindan entre ellas. En ese momento todo esto era otro mundo. Esa noche Santiago decidió ser Mario Bross; Gustavo Chris Redfield, Olo, Yoda. Yo no era Fernando, era un audaz duende en busca de la ocarina mágica; valiente, atractivo y sin inhibiciones. Era Zelda. De pronto veo a la mujer de mi vida. Lara Croft. Esto era un sueño. Miro la máquina de videojuego y me acerco presuntuosamente. Santiago movió sus influencias para que yo estrenara Halo en contra de un tal Superman.

¡Que comience el juego! Suena el aparato con un amplificador para que todos los invitados se enteren del gran acontecimiento. La pantalla se viste de campos de guerra y soldados. La batalla inicia. En el transcurso del juego tomo una cerveza, voy pasando niveles. En ese momento soy un duende kryptonita. Soy invencible. Los aplausos resuenan, Lara Croft sonríe a escondidas. Es madrugada y a esas horas soy un duende valiente, capaz de ir a luchar contra cualquier monstruo, capaz de acercarme a cualquier princesa, pero no busco una princesa. Busco una guerrera. Quiero a Lara Croft. El juego termina, de pronto hago añicos a ese “super” man. ¿Quién dijo que

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

era invencible? Claramente, lo pude vencer en el primer nivel; pero quería divertirme con él. Su ruina sucedió en el nivel 4, cuando le gritó a mi Lara de manera cerda y machista: “Tú, tráeme otra cerveza”. Así que decidí dejar de fingir y desarmarlo.

Todos aplauden. Me acerco a Lara, que platica con Superman y la interrumpo. No me importa. Soy un duende enaltecido. Superman se burla de mí y sin embargo se aleja; va por unos tragos. Mientras, aprovecho para hablarle a la guerrera. Miro sus ojos, ojos verdes, ojos esmeralda, ojos color jade. No te sorprendas, no he tomado tanto, Lara. Así que es aquí a dónde vienes cuando no trabajas y cuando no juegas Mortal Kombat. Me da mucho gusto verte. De alguna manera la confianza que te da el ganar juegos más los aplausos, hacen soltar la lengua.

¿Qué harás para festejar el Bicentenario? Pues voy a ir a unas cabañas con mi Superman y otros amigos, habrá una celebración cibernética donde varios grupos daremos el Grito de Independencia de forma virtual, ¿conoces la página? Deberías de hacer lo mismo, igual y luego que regrese de las fiestas patrias podríamos salir a dar nuestro propio grito. ¿Cómo ves? No lo sé. Yo estaré con la abuela, pues celebrando, y sí, también festejaré de manera virtual. Pero no creo que celebre en otra ocasión. En casa la abuela organiza una fiesta gigante con mucha gente, cuetes y muchos gritos; por eso no creo que después de ese día vuelva a celebrar, no más gritos.

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

Qué lástima fue celebrar ese Bicentenario en una casa avejentada. Al regreso de clases me contó Olo que él también fue invitado a la cabaña, que Superman se fue a medio fin de semana por un ataque de celos y que únicamente quedó él para consolar a Lara, o Jade, o Perla. En pocas palabras… Olo se cogió a mi Perla. No tuve otra opción más que eliminarla de Facebook; además en las peleas de Mortal Kombat ya no elegía luchar con Jade. Hice un algoritmo en el juego para eliminar al personaje pues ya no me inspiraba. A Olo le perdí la confianza y la plática. Eso no sucede entre amigos. Sólo lo lamento por Santiago, nuestro amigo en común.

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Literatura para jÓVENES

Juegos de Glenda

Tres

La gota del sudor en el ojo. Lo irrita, lo siento. Olvido parpadear, constantemente lo olvido, no lo siento. Voy a gatas a hasta la segunda puerta. No estoy tan seguro de que sea la segunda, todas son iguales. Un láser me pasa por la suela de la bota, no lo siento. Nadie lo nota. Encuentro el acceso: F1, F2, F1, F2. BOTÓN ROJO. PALANCA, F1, F1, F1. Se abre. Espero. Corro por el pasillo, no tiene fin, no hay puertas, sólo pasillo, blanco, más que el de cualquier hospital que pueda recordar.

“Cuando Raquel dijo no puedo, hubieran parado”. Lo escuché una vez y me lo repito todo el tiempo. Imagino a mi madre recostada sobre su espalda, a la abuela entre sus piernas con un mandil y guantes para no mancharse, como sacando un pastel del horno, mientras yo observo cómo transita la sangre sin oxígeno por el cordón umbilical girando por mi cuello. Tomaron el auto, nos llevaron en él hasta la clínica que le correspondía a mi madre gracias al sindicato de su trabajo como secretaria. Ya nada sería igual, que la abuela Raquel no hubiera podido sacarme del útero de mi madre, era como negarme a llevar su apellido. Un lunar. Una mancha. Una cicatriz de por vida, “Al nieto que no trajo”, “Él único del ISSSTE”, “Él único que fue cesárea”, “Al que su madre no aguantó”. Yo hice lo que pude, me apegué a la guía: Cuando el umbral se dilata bajo por él, flexiono mi cabeza, mentón al pecho, más al pecho. Estoy en posición, espero la señal para abrir la compuerta y llegar al canal. Rotación de noventa grados y me falta el aire. No puedo continuar, me estanco otra 40

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vez en el calor y la humedad. No se está mal, podría quedarme en este lugar por mucho tiempo. Tengo sueño. Comienza a temblar aquí adentro, todo vibra, se mueve, me tiembla el pecho. Se filtra por algún lugar allá arriba un hilo de luz, estoy atrapado, no puedo ir hacia ella. Unas garras blancas y frías como pinzas me toman, cortan una parte de mi cuerpo. Me golpean. Respiro. Silencio. Alguien chilla. No soy yo. Son los otros chillando sobre el cuerpo que habité, que no se mueve, que está en silencio como yo.

“The grass was greener. The light was brighter. The taste was sweeter. The nights of wonder. With friends surrounded. The dawn mist glowing. The water flowing. The endless river. …Forever and ever”

Sonaba High Hopes del último disco de estudio de Pink Floyd, The Division Bell, cuando mis padres me engendraron. Eso no lo sé, lo imagino. Prefiero imaginarlo desde los oídos de mi padre, que desde los gustos de mi madre, escuchando “Bidi Bidi Bom Bom” de Selena y Los Dinos en su grabadora de casete oculta bajo su escritorio, compitiendo en volumen

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con los golpes a la vieja máquina de escribir, vistiendo sastre verde olivo de hombreras altas de 8:00 a 15:30, cuando por fin pasaba su tarjetón por el reloj checador y se reunía con mi padre para desahogarse, quejarse de la burocracia, del sistema. Ella era un pequeño pez rojo mirando a la costa dentro de una pecera redonda, de diámetro –corto, con algas falsas y canicas en lugar de piedras. Nunca tuve uno de esos. Soñaba con el día de renunciar, de armarse, de salir a las marchas al lado de mi padre, pero me encargué de que no lo hiciera. Un año antes de mi nacimiento comenzó el movimiento. Derrocar al Presidente Salinas bajo la acusación de Fraude Electoral en las elecciones del 88 y otras consignas. Si pudiera volver al pasado y hablar con mi madre, le diría que no se preocupe por no participar en el 93, que en el futuro las irregularidades serían una constante. El EZLN declaraba la guerra al ejército. El primero de enero del 94, a once meses y veintiún días de mi bienvenida al mundo, mis padres sólo se preocupaban por la poca y manipulada información que existía en la radio y la televisión. Hasta ahora sólo participaban llevando documentos a imprentas clandestinas y repartiéndolos entre sus colaboradores. A veces dudaban del fin, de que la gente despertara, parecía que lo que sucedía en el Sur no tenía eco en el resto del país, hasta la primera derrota del Ejército Zapatista contra 15,000 soldados, donde los grupos de Izquierda, simpatizantes y la sociedad comenzaron a manifestarse en contra de los conflictos. Alguna vez pensé que mis padres debieron concebirme con esta furia, esta rebeldía, quizá unos días antes del Asesinato del Candidato a la Presidencia Luis Donaldo Colosio, un miércoles 23 de marzo del 94. Nada de esto lo recuerdo. Puedo imaginarlo, suponerlo. Juego rompecabezas con las fotografías mochas y enteras de la abuela, con los recortes de periódicos amarillentos, juego a los crucigramas, a las sopas de

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letras de lo que cuenta, de lo que se le sale, de las pocas palabras del abuelo Gilberto, de sus revistas de modas y autos para entretenerme mientras ella mira un anuncio de televisión sobre artículos navideños en vísperas de mi cumpleaños.

– Yo vendía de esos renos en la tienda de artesanías. Tenía una tienda. Quebró con el dichoso “Error de diciembre” el mismo año en que tú naciste.

Me gustaría contar más al respecto, pero fue todo lo que dijo. Cada vez que escuchaba “Error de diciembre”, me enojaba, pensaba que se referían a mí, que lo decían así para no hacerme sentir mal, como una clave. Hasta que un día por fin tecleé en Wikipedia “Error de diciembre”, y definitivamente no se refería a mí. Lo que no entendí nunca fue porque la abuela algunas veces, cuando no comía, me decía “por eso estás flaco como chupacabras”. Seguramente ella nunca había visto uno. Seguramente nunca nadie había visto uno, al menos en México. Era una de esas cortinas de humo que chupaba sangre de animales. Las cosas que se dicen para ocultar las que se hacen, donde algunos eran crédulos, y otros eran como la abuela que buscaba informarse, no porque le interesara la política, solo anhelaba noticias de mi padre. Él se unió a un grupo de pacifistas el 12 de diciembre, o al menos eso fue lo que dijo, cuando casualmente Marcos declaraba la guerra en Chiapas como “inminente”; la abuela se lo encomendó a la Virgen de Guadalupe, partió al sur cuando su mujer estaba a punto de parir. Ella decidió quedarse para poder atenderse en una clínica con sus prestaciones, en contra de la idea de la abuela de que ella debía traer al mundo a todos los hijos de la familia; costumbres de su

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hacienda vieja, de sus árboles frutales. Se resistía al cambio del mundo, de las ciudades. Finalmente yo le di gusto a las dos, a las manos de herencia y a las de la ciencia. Cuando Raquel dijo “No puedo”, mi madre obligó a Gilberto a trasladarnos. Así fue mi Inicio en el mundo, en el año en que a muchos se les venía abajo. Soy sagitario, un signo de fuego, un centauro, salvaje, esclavo de pasiones animales, famoso por sus batallas. Pero creo que no soy nada de eso. No sé. No sé si tenga el espesor de la sangre de mis padres… No sé, creo que no tengo batallas, no sé contra quién serán mis batallas, no sé si sean más interesantes, más valiosas que las de mis padres. Quisiera tener algo de guerrero, de aventurero, ir al sur, o a donde sea, no ser un pez conforme en un vaso de agua mirando a un estanque. A sólo dos meses de haber conocido y perdido a la mujer que me dio la vida, se perdió también el rastro de mi padre. En febrero de 1995 se acabó la tregua de los Ejércitos Nacional y Zapatista, no oficialmente, ya que las palabras en medios del Presidente Zedillo buscaban la paz, cuando su mano giraba ordenes a 50,000 soldados en Chiapas para la aprehensión de quienes conformaban el movimiento, mientras tanto la abuela me alimentaba con mamilas y me cambiaba los pañales.

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Cuatro

El mundo se iba a acabar a mediados de diciembre del año 2012 y el escenario sería la última punta de la península de Yucatán. Glenda, la chica estudiante de Letras que corregía los textos de mis videojuegos, me convenció a viajar a Cancún en plan de vacaciones, no fuera que se tratara de las últimas si el mundo realmente se acababa. Además me las merecía después de diez meses de intenso trabajo en el rediseño de mi nueva versión de Age of Empires, que me había hecho padecer de todo tipo de males, desde la inflamación de mis testículos por andar sentado tres días seguidos hasta la hospitalización por exceso de cafeína. Pero todo había valido la pena. La compañía japonesa Kyoko Takimoko me había depositado 500 mil dólares como adelanto. Solamente me faltaba mejorar algunos detalles –tonos–del color del cielo dentro del episodio de la conquista de los mayas. Las fotografías del Caribe no me bastaban, y bajo la excusa de registrar esos matices como trabajo de campo, Glenda me convenció definitivamente. También me convenció de comprarme un auto de lujo, deportivo, y aunque yo no sabía conducir, me fascinó la idea de saber que se sentía meter mi cuerpo en el interior de un carro que solo había visto en mis videojuegos de carreras. Ella condujo casi dos días seguidos. Al salir de casa, apenas despidiéndonos de mis padres, nuestro Ferrari rojo rebasó el tráfico del DF y tomó la salida a Puebla, acelerando por el paso de Cortés –los nevados arriba, atrás el Valle de México–recorriendo a 170 kilómetros por hora los estados de Veracruz, Campeche, Yucatán y Quintana Roo. El paisaje alrededor de la carretera me parecía menos real en comparación con los megapíxeles que yo lograba añadirle al paisaje en tercera dimensión de mis videojuegos. A veces le pedía a Glenda dejarme conducir, o que acelerara l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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mucho más, chocar y hacer volcar a todos los otros coches para ganar puntaje como en el videojuego Infernal Car Race II, del que fui campeón mundial a mis trece años. Otras veces me deprimía en el transcurso del viaje, y cuando parábamos a echar gasolina y nos abastecíamos en un 7– eleven, yo solo quería regresar a mi estudio: me hacía falta deslizar el cursor por la pantalla, añadir otro nivel más al ejército de cada equipo, poner más alimentos en la granja de abastecimiento de los soldados, o crear otro tipo de arma más destructora. Tener el control de mi propio mundo. Pero Glenda me ordenaba subirme al auto –todos los otros viajeros lo miraban con envidia–sin prestarme mucha atención, acelerando y subiendo el volumen del Ipod, indiferente con sus lentes de sol, autoritaria al frente del volante. Terminé por asumir que ella obraba en mí como yo sobre mis personajes de videojuego, y que estaba bajo su mando y sus caprichos. Me inundó de alegría el mar de los mayas –azul diluido en verde–cuando hirió mis retinas asomándose varias veces tras los edificios de Cancún. Glenda acarició mi mano mientras nos acercábamos al muelle. La gigantesca lámina azulada del océano me sorprendió como otro planeta dentro del planeta. La brisa nos golpeaba navegando en el ferri con destino a Isla Mujeres, a veinte minutos de la costa. Yo no dejaba de filmar –poniendo zoom a mi cámara–el cielo y la forma de las nubecillas. Llegamos al hostal, propiedad del papá de Glenda, un viejo hippie gringo que había llegado en los años ochenta atraído por el boom hotelero de la Riviera maya. Glenda había nacido en Playa del Carmen, pero se había criado con sus abuelos maternos en el DF, en Tepito, cuando su mamá cayó en el alcoholismo y el viejo hippie gringo carecía de todo sentido práctico para cuidarla. El viejo no le había dado a Glenda sino los mismos ojos marrones, casi claros, pero que en ella eran más refulgentes por su cara ovalada y su pelo negro azabache de princesa maya.

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El hostal estaba a reventar lo mismo que toda la isla. Estábamos a 19 de diciembre y faltaban dos días para el fin del mundo. Además Isla Mujeres, de acuerdo a una de las tantas versiones de la profecía, sería el primer escenario del apocalipsis maya. Ignorábamos si vendría en forma de tsunami o de huracán o de un meteorito, como el que impactó hace 75 millones de años cerca a Cancún formando el cráter de Chicxulub y nada menos que el Golfo de México. Acaso ya era hora de que algo parecido extinguiera a los humanos, aun más arrogantes que los torpes dinosaurios que antes dominaban el planeta. Pero nada apocalíptico acechaba las dos últimas noches en la antigua isla lunar consagrada a Ixchel, la diosa maya del amor y la fertilidad. Ningún signo en las constelaciones presagiaba nada malo. Tampoco a la luz del día cuando amaba en una playa privada de la Isla o en un cenote cercano a Tulum a la chica de nombre celta y apellido gringo cuya ausencia se me antoja parecida a la muerte. La recuerdo en shorts: todo el sol del Caribe resbalando por sus muslos torneados. Con ella me sentía vivo por primera vez. Comíamos acalorados bajo restaurantes de techos de palma. Bebíamos cerveza, y la espuma se escurría por nuestras comisuras mientras nos besábamos al mediodía. La tarde del 21 de diciembre frecuentamos una playa nudista. Hacia el verde–azul del mar corríamos desnudos. Y me parecía que antes de conocer a Glenda, de acoplarme con ella dentro del vaivén de las olas, no existía este mundo radiante. Al atardecer de ese último día quería creer que el fin del mundo ya había pasado y que nada más habíamos quedado ella y yo. De vuelta a Cancún miré al firmamento en la oscuridad de la carretera y desafié con mi puño a las primeras estrellas, a Venus, a Quetzalcóatl, a ver si lograban superar en fuerza el amor que sentía por Glenda. Cuando llegamos al hostal, su padre, maldiciendo la imbecilidad humana, nos recordó que se había organizado en el malecón de la Isla “La fiesta del fin del mundo”. No dudamos en asistir. Todo parecía muy feliz l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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hasta ese momento. Hasta que la regué. Lo sé. Violé su correspondencia privada cuando me dejó su laptop latiendo en la cama y me pidió esperarla mientras se metía a duchar. La vi indecisa en el umbral al advertir su laptop abierta: su tenue cintura a punto de girar o darse la vuelta, sus ojos avizores de repente temer producir en mí el efecto contrario –despertar más mis curiosidad–si cerraba o apagaba el laptop. Me debió juzgar muy ocupado en mi Ipad, pasando las fotografías de mi cámara, como para dedicarme a hurgar su privacidad, y se apuró a meterse al baño para no tardarse tanto. La tentación me había picado desde el principio, pero la había evitado durante los seis meses que llevábamos saliendo y durante los cuatro que teníamos de novios oficiales, bajo la idea de no mortificarme ni saturarla con algo virtual que encendiera mi celopatía. Ahora hubiera preferido aquella vez desajustar la puerta del baño, descorrer la de la ducha, reconocer su cuerpo difuminado entre el vapor. Aunque aquella vez me repetí ¡aguas, Fernando!, el que busca encuentra; la curiosidad mató al gato; ¡no abras la Caja de Pandora! Pero no pude resistirme. Al menor roce del cursor despertó la pantalla de su laptop con la bandeja de entrada de su cuenta de Gmail y en otra ventana, irresistiblemente, sus mensajes personales de Facebook. Lo que encontré no quisiera repetirlo. Aún hiere mi orgullo. Glenda me consideraba un chavo demasiado ñoño y además fresa, incapaz de independizarse de su casa, hijo de papi y mami, pero bañado en dinero. Así se lo confesaba a dos amigos o amantes que compartía al mismo tiempo que andaba conmigo. No solo me engañaba, se burlaba de mí. Antes de que saliera del baño, agarré mi ipad, tomé mi mochila y salí corriendo al muelle a agarrar el último ferri que cruzara a Cancún. ¿Cómo la conocí? Me veo intentado por primera vez repetir su nombre: “Brenda, ¿verdad?” La veo corregirme con suavidad, “Glenda”, explicándome el significado de su nombre. Nada teníamos en común 48

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cuando nos conocimos. De la gramática, la sintaxis y la ortografía me había olvidado desde la secundaria. La contraté cuando me di cuenta que no podía redactar con claridad ninguna frase para las cartas o presentaciones en Power Point que debía presentar a los inversionistas que financiarían la producción de mis videojuegos, Glenda llegó como una diosa salvadora. Al principio ni siquiera me pareció guapa. Juzgué chata y fea su nariz, poco melodiosa su voz de fumadora empedernida, si bien consideré aceptable sus caderas, sus nalgas bien sustentadas, apretadas, ceñidas en sus yeans. Pero sobre todo la había juzgado fácil. Sin dificultades para gozar con ella, sin miedo de involucrarme sentimentalmente. Me pareció conveniente que tuviera auto, que viviera a un paso de donde yo vivía, que, con solo llamarla, apareciera en mi puerta, dispuesta a ayudarme en cualquier redacción o corrección de texto que necesitara, sin preocupación por el pago inmediato. Parecía admirarme, pero al mismo tiempo me miraba con cierta pasión desdeñosa, como quien está lejos de caer en el enamoramiento lírico, de ser fiel. Tenía la cara como la inteligencia: un poco desdeñosa, fría, oculta y, sin embargo, libre de complicaciones. Poco a poco fui cayendo en su seducción. A los dos meses de andar acostándonos no podía creer que me hubiera enamorado. No podía creer que cualquier cosa, la flotante competencia de otro pretendiente quien parece haber sido (o ser) también su amante, me amargara profundamente. Me precipitara en la duda. Me obligara a la vigilancia. No vale la pena seguir así. Se lo dije varias veces. Pero ella persistía en esa vaguedad sentimental asegurando mi obsesión por ella. Era todo, menos torpe. Decidí volverla mi novia sin confiar en ella. Como si la quisiera más por susto que por gusto. Luego dejé que me dominara. Que hiciera conmigo lo que quisiera como el tronco de un árbol flotando en una tempestad marina.

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Cinco

LO PRIMERO QUE QUISE fue llorar, pero no pude porque se me subió el muerto. Y es que a esa hora la costumbre de obedece a mis ausencias mentales provocadas por algunos desconciertos en mi vida. A este momento le llamo “la hora orange” ya que todo es color glenda ¿o naranja? Reflejo inmediato, supongo, de la última pantalla del videojuego que diseñé en los últimos 540 minutos del doceavo día de diciembre. Para transitar al instante real tengo que moverme, de manera paulatina, como si fuera un control electrónico de la mesa de juegos. Muevo el primer botón y acciono el lado siniestro, diría Glenda. Luego el opuesto. Y así, en un vaivén preciso como oleaje del sereno Caribe, me permite disminuir el cielo naranja que veo. Mis manos comienzan a reconocer mi rostro que, con gesto adusto, diría Glenda la correctora de estilo, presenta las suficientes señas de identidad de un virtualísimo jugador del ocaso.

Mi cuerpo entonces reacciona y el muerto cae al precipicio rumbo a la Nada. Allí pierde su última vida y apoyado por música onomatopéyica se esfuma de la pantalla. Pero el muerto reaparece en lo más recóndito de mí ser donde resguardo los años de intrepidez matemática para resolver quehaceres cibernéticos. Un tablero dispuesto me abona a mi vida, diría Olo, y me incorporo a jugar en otro nivel pero con mejor panorama y sin el muerto encima: negro 50

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o blanco, ¡qué importa!, si todos alguna vez, especialistas o no, sabemos jugar y suprimir. La tensión aumenta porque a lo lejos, muy dentro de mi mente, escucho los murmullos de la casa de mis abuelos: el perro que exige le quiten la correa para poder vagar como Político por su casa. Y los ruidos, en realidad balbuceos, de la familia que se confunden con los diálogos del televisor que tiene adentro una señora que sufre y llora como mi abuela pero también ordena y no canta pero sí rechaza. Por el vecindario escucho su insistencia en decir aquí estoy aunque los petimetres de la esquina, diría Glenda, les choca ser humanos pues se consideran ajenos y no al mundo que les rodea. La jornada naranja dura una 1 hora con 20 minutos. Tiempo suficiente para infiltrarse, primero, a la mitad de la historia que les narro donde comencé por maravillarme cuando tuve mi primer teléfono inteligente. Después viajo por otros estadios, diría Santiago. Recuerdos mágicos que me provocan risa y con ello me aliento para traspasar el instante del absintio, diría Glenda, en que me encuentro. Entonces despierto de la regresión aquella que me hizo el doctor y llego de nuevo a casa, eso siento, aunque no reconozca el lugar. Pero sé que sigo con memoria pues como cualquier resucitado vengo de las termas del desahogo. Mi imagen está hecha según mi semejanza al héroe Kukulkan que logró conquistar España. Pero para llegar a esto, tuve que enlistarme en el decir y el hacer. Busqué en mi mismo hasta encontrar mi manifiesto fundador. Reajustar los controles, como me dijo el titular de KTM por mensaje tpt.

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Autores

Rowena Bali Ricardo García Juan Pablo Torres Luis Felipe El Sahili González Patricia Martínez

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Capítulo 1.

“Espectador a la fuerza, veo a los contendientes que inician la lucha y quiero estar de parte de ninguno. Porque yo también soy dos: el que pega y el que recibe las bofetadas.” Juan José Arreola

Estaba tan orgullosa de mi vida en la ciudad que no hacía falta recordar minucias del pasado. Ocurría que una especie de velo cubría unos relieves, allá por el paleolítico de mi existencia, que ya no eran aptos para el lugar donde vivía, ni el lugar que ocupaba ni las relaciones con gente de clase con las cuales estaba acostumbrada a tratar; para el kilómetro donde me hallaba parada había cosas que era mejor dejar en un sitio sin nombre. Al llegar a la sala de abordar miré que el vuelo estaba con retraso. Era uno de esos días en que las despedidas y los adioses son una mala idea que aparece como una línea corrida de rimel justo antes de entrar a la fiesta. Salí de casa sin despedidas. Era un viaje relámpago. Una ida y venida. Llegué puntual al aeropuerto y noté con cierta tristeza el retraso del vuelo. Me quedé varada en mitad de un océano de personas que empujaban; rostros cenizos, absortos en la catatonia del ipod, miradas

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centradas en la pantalla de salidas y llegadas, orejas estiradas procurando descifrar la voz gangosa del altoparlante que da las últimas llamadas para abordar con apenas el número de vuelo y la aerolínea destartalándose en un murmullo monocromático. Cuerpos delgados, fofos o estéticos; todos avasallando con prisa; acorazados para empujar a quien se les atravesara en el camino. Quedarme allí representaba un riesgo para mi cuerpo rellenito y pesado, un lastre entre el correr de cuerpos ansiosos por abordar al avión. Con dificultad me hice a un lado, evitando el naufragio y ese torbellino de personas. Quedé a salvo cuando recargué pesadamente la espalda en una columna, fuera del alcance del flujo de viajeros. Miré como un oasis el mostrador de la panadería: las donas tapizadas con glaseados y chocolate. Eran grandes y esponjosas. Se veían recién horneadas. Me quedé observando una dona en especial. Esa dona que está diseñada para arrebatarla, para pelearse si es necesario. Una de esas piezas de pan que algún alquimista panadero la preparó imaginando mis encías, mis gustos, mis ansias. El antojo que aparece como un relámpago y se queda allí, en la boca del estómago, en los pensamientos, se fija como un tatuaje y se marca como una meta: comer una dona, esa dona. Me resistí con todas mis fuerzas; invoqué las palabras del nutriólogo como el padrenuestro. “Como frutas y verduras, engaña a tu estómago. Bebe agua”. La filosofía de la dieta en el salmo de las calorías, me hizo recular. Pensé en mi cangurera fofa y escurrida que iba a dar hasta la ingle; mi mano regordeta y los anillos que he dejado de usar. Suspiré con nostalgia. Entonces lo vi. Todos los encuentros vienen de un hallazgo, un asomo, un recuerdo fantasma. Su perfil penetró en mis recuerdos como un golpe de látigo en la espina vertebral. Estaba allí, pagando con tarjeta de crédito el fuego de las calorías, pagando a plazos el infierno de una dona con chocolate y cajeta. ¿Quién podría retar al destino de la salud con esa explosión de calorías? 58

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Miré su rostro pleno, de frente y enseguida abrió estancos de mi memoria. Con un movimiento de cejas me saludó en un gesto actuado, pero con un gusto amigable. Su dentadura blanquísima, sus labios turbios, ropas de diseño; era una cara de esas que aparecen en los carteles de las películas de los años cincuenta. ¿Era un actor?, ¿Había salido en alguna película?, ¿Una telenovela?,¿un político? Repasé de un tirón la hebra de rostros que podrían haber salido en las últimas comedias de las ocho de la noche. A golpe de vista, andaba alcanzando a Rocha, pero estirado, sin panza y más flaco. Se acercó decidido a de saludarme. Tomó la dona de chocolate con cajeta con la mano izquierda y la derecha la estiró firme a la altura de mis senos. Sin dudar me besó. Su loción me hizo toser. Era fuerte y picosa, pero linda. –Me da mucho gusto verte. –Igualmente –Dije como un reflejo. No lograba ubicar a ese hombre. Quise encontrar un rostro entre los archivos añejos de la memoria, un indicio que me regresara a ese presente brusco y agonizante. Busqué entre los pliegues de una cara maciza la faz de niño que me regresara a un momento clave donde él y yo, en algún instante nos hallamos por la vida. Estaba claro que si me conocía, yo lo conocía. ¿Pero por qué? Recorrí en un viaje relámpago por mi memoria, sillas de la primaria, aulas de la secundaria, canchas de la preparatoria, bares de la oficina de rentas, bautizos de los hijos de las comadres, primeras comuniones, fiestas de la generación de la primaria del quinto B, bodas candorosas y hasta las cantinas amanecidas de la fiesta de fin de año para hallar un nombre que coronara ese cuerpo oloroso y ajado por una vida fácil. Recurrí a los apodos; Titis, Negro, Jarocho, El Muelas, El Cala, El Gordo, La Rabia, El

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Ches, El Tilín, El Quiquín, El Tetos, El Click, el Uñas, El cacas, El Cucho, El Marciano, El Rasca…Allí, entre esa glotonería de caras, estaba él. Era guapo, sin duda, y no podía estropear la charla, poniendo mi cara de tarada, para decirle, no te recuerdo. –¡Qué milagro!–dije inflamando las mejillas, apretando el abdomen y cruzando los brazos. Sin duda era Eusebio. Sí. Eusebio. La cara me sonaba a Eusebio. Un hombre que cuando lo conocí, estaba montado en unos jeans, unas botas vaqueras y salía atarantado por el tequila de la misma discoteca del recuerdo, en la que Amelia y yo bebimos y bailamos como quinceañeras. Todo vino de pronto. Amelia; secretaria de medio tiempo, sueldo hipotecado y unas nalgas grandes que sabía explotar ajustándolas a ropa entallada. Ambas competíamos por todo. Desde la secundaria; que si a ver quien tiene el pelo más lindo, que si a ver quien se sacaba un diez en matemáticas, que si a ver quién tenía una muñeca más hermosa. Al entrar a la secundaria todo subió de tono; que a ver quién se ligaba a fulano, que a ver quien aguantaba más cervezas, que a ver quien tenía más novios… a ver, a ver. En esa época sólo gané el título como la perdedora de abolengo y cómo no, lo reconozco, me dejó un cierto odio, una necesidad de revancha en mi orgullo como mujer. Seguimos siendo amigas. Sí amigas de verdad… Pero Eusebio era otra cosa. Ella ya estaba casada. Tenía un hijo en la universidad y yo podía hacer lo que se me viniera en gana. Entonces se lanzó a coquetearle nada más lo reconoció en la entrada del antro. Caminó siguiendo la silueta de Eusebio, las piernas ajustadas, las nalgas saltonas. No pude aguantarlo. Tenía que ganarle una y esa noche había bebido tres copas menos que Amelia, lo que significaba una ventaja mínima, pero ventaja al fin. Una vez que estuvimos juntos los tres y supimos que Eusebio esperaba un taxi porque ya no quería manejar su auto, Amelia se le fue 60

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enroscando como una serpiente, urdiendo un plan macabro para asediar a Eusebio. Le di un sofocón inesperado. –¿Viene por nosotras tu marido?–le dije sin piedad. Ella frenó de golpe, como si recordara que ya no era esa quinceañera puta, como si recordara que tenía marido y era ama de casa, respetable y con modales. Me miró confundida y contestó no sé qué cosa. Pareció tragar un puño de clavos. Se disculpó un momento y me dejó a solas con Eusebio. Sus ojos. Lindos ojos. Advertí mi victoria. Él quiso escaparse, evadirme, se había largado Amelia y sus grandes nalgas, su cintura pequeña, una figura de libro vaquero. Una zorra. Una vulgar. –¡A otra gorda con esa dieta! – pensé. Este hombre es mío. Le cerré el paso. Tomé su cintura. Lo apreté a mis senos. Lo miré. Lindos ojos. Buenas nalgas. Y cuando en un forcejeo limpio pero tormentoso lo iba a besar eructé sin control el buqué de media botella de tequila… ¡Oh Dios! Que no sea Eusebio. No es Eusebio. No. No, no, no… Diosito santo, que pena. No. Que no sea Eusebio. Miré sus gesticulaciones y me enganché de su última frase en ese presente agonizante. –Qué milagro el tuyo, hace tanto que no te veía, ¿no gustas?–estiró la mano izquierda mostrándome la dona cubierta de cajeta y chocolate. –No gracias, estoy a dieta –dije sin pensarlo, como un déjà vu. Entonces mordió el pan para dibujar, acto seguido, una sonrisa hermosa. Si “nomás” al verme como estaba no iba a creer que estaría ejecutando mi dieta número 121. Si “nomás” se fijaba en mis piernas gordas y los bíceps flácidos, ¿cómo iba a creer que una gorda era incapaz de comer una miserable dona que acabaría de una mordida? Estaba segura que no quería burlarse de mí, pero la gente tan fina y tan flaca, a veces tiene esa fijación por lo obeso y sin desearlo es majadera, racista, desgraciada… Flaca. En

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un instante me intimidó suponer que ese hombre leía mis pensamientos, o sabía cosas de mi vida, que era uno de esos seres que habitan en una jungla de la memoria y que se pierden con el follaje, pero ¿sabía algo de mi pasado? Me aterré. –Ya sabes. Trato de cuidar mi salud, porque tengo un problema de tiroides–dije eso sacando un viejo truco de la chistera. La tiroides. ¡Bah! Es mi bocota que no cierro lo que me tiene así de marrana. Él contestó cosas de caballero, como que estaba muy bien, muy guapa. Que ni le dijera de esas cosas. Sus labios me hipnotizaron y me vino a la mente el nombre de Humberto. Quizá José. Trataba de embarrar un nombre con su rostro. Eusebio de plano, no. Nada que ver. Seguí por el mismo sendero. Pisando arenas movedizas. Pasaba caras mentalmente como si manejara un mazo de cartas. Masticaba lentamente. Sonreía. Entonces se disculpó un momento y fue al baño. –¿Un café? Lo primero que se me vino a la mente, por una cortesía inútil, fue contestar que sí. Hasta el momento sólo habíamos hablado del calor, del gusto por mirarnos otra vez y de la vida en ese momento. Estaba atascada en un pasado que no deseaba recordar; aunque en ninguna escena de mi vida aparecía con ese hombre. Nada importante. Nada de vida o muerte. Ninguna pelea. Ningún viaje. Ni un besito. Ninguna referencia cruzada donde lo hallara como el amigo del cuñado de la novia del kinder. Nada. No deseaba dar detalles de mi vida porque temía fallar cuando me hablara de mi gordura, del oye, por qué no haces tal dieta, o una operación fulana, o tantas opciones para ponerme en línea. Total. Es mi gordura ¿no? Las gorditas también tenemos nuestro corazón. Y si este desgraciado nomás se fija en mi cuerpo, pues que se vaya al demonio…No llega, seguro

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ya se largó… me lo imagino trepado en un avión diciendo, adiós pinche gorda. Me acordé de un chiste. –La hermosura está por dentro –dice el otro, pos pélala cabrón.–Me lo imagino con su risa coronada por la limpieza dental con láser y esmalte blanco esparciéndose entre la fila 5 y la 10 del avión. Majestuoso, desplazando la hermosura de las horas de gimnasio. Ojalá tenga una charla más amena. El tablero de vuelos no tiene ni rastro de mi salida. Me chingo una dona, claro ¿por qué me voy a sentir mal? por un tipo que ni me acuerdo. Igual y es un sueño. Igual es uno de esos tipos, como tantos otros que ni recuerdo, que se fueron al baño para no volver. – Señor, una dona de chocolate con cajeta. No para comer aquí. Ay que caro. Nomás porque estamos en el aeropuerto. Di una mordida. Y estaba de regreso. Me encontró con migajas en la boca, engullendo el bocado, tragándome la pena. Tiroides. Lonja; el espejo sincero. Amelia la puta. Volvió. ¿Le gusto?, ¿lo conozco?… Mis problemas son por tragona, por metiche y por pendeja. Hocicona. La tiroides… Ni modo que le diga que es una dona light. Ni modo. A tragarme este sapo. Y regresa sin café. Cabrón. Entonces quise decirle de plano que no lo reconocía. Total. Era tan simple hablarle con la verdad. Era, por el momento, un desconocido y como tal no iba a perder nada. Pero un rayo de luz me dijo otra cosa. La cara barnizada con las luces de neón del anuncio del café italiano, la mano guardando el teléfono y su caminar de hombre me lanzó otro rostro que se levantaba entre las tumbas de mis recuerdos…

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Capítulo 2.

Esta espera me arrugará el outfit que elegí con tanto cuidado, de nada valdrá el tratamiento capilar de ayer por la tarde si el aire acondicionado del aeropuerto no funciona y yo sigo sudando en esta sala de abordar. Me aburro olímpicamente hasta que veo a Manola, sí, aquella chica de la preparatoria que estaba enamoradísima de mí. Ha cambiado tanto que dudo en reconocerla, el tiempo es implacable, un pervertido que se mete a fuerza en la piel más firme. Me mira insistentemente, es posible que ella también me haya reconocido. Yo sigo siendo el mismo, sólo me he vuelto más interesante y varonil con los años... Dudo un poco, mi memoria está confundida ¿Será posible tanta crueldad, tanta maldad impresa en la epidermis de aquella hermosa jovencita de la preparatoria?, ¿será que necesito cambiar la receta que el doctor Barrera me manda para recuperar el tiempo perdido en mi memoria?, ¿esta triste mujer no es ella? No estoy seguro, pero me acerco a probar el impacto que mi aspecto gallardo provoca en su retina...

–Hey, nena, guapa, ¡el tiempo no pasa por ti!, ¿Qué me cuentas?, ¿Qué te has hecho todos estos años?, ¡Ay, tú cada vez más morenaza, más guapa, más sexy..!

¡Pero qué golpiza le ha puesto la vida a la pobre Manola!. Cuando la vi llegar no hubiera imaginado que era... era... Sí es Manola, aunque ya de cerca no podría asegurarlo, Manola tenía en la preparatoria una nariz respingada y 64

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perfecta, ¿Se la habrá roto en uno de esos saltitos espectaculares que daba cuando era porrista del equipo?, no tenía ni una sola imperfección, aquella dista muchísimo de la nariz aguileña y llena de agujeritos que porta esta pobre señora, ¡pobre Manola! ¿Qué le habrá ocurrido a aquellos pechos majestuosos que todos admirábamos en el colegio, cuando se ponía la playerita ajustada del uniforme de las porristas del equipo de americano en el cual yo, por cierto, modestia aparte, era la estrella, ¿se sentirá aún sexualmente atraída por mi?, ¿No será que intenta seducirme con el patético argumento de un pasado lejano y disperso que no puedo acabar de recordar?

Tengo la cabeza hecha un nudo, ¡Carajo! Olvidé tomar mis cápsulas de L Arginina toda esta semana... Claro, eso es.... ¡mi frasco de Lecitina, el Sukrol, las flores de Bach ningún efecto me han producido!, ¡Cuanto dinero tirado a la basura!, ¿Me estaré volviendo viejo?

El doctor Barrera es un papanatas, que ha hinchado sus bolsillos con mi dinero, prometiéndome una mente brillante hasta el fin de mis días. ¡Farsante!, ¡Charlatán! Ese BMW se lo compró a plazos con lo que mi mala memoria le deja cada mes... Además los laboratorios que recomienda le dejan un extra, con ese extra le compró un Mercedes a su mujer...

... pobre Manola, que no vaya a imaginarse que con ese cuerpo tan destrozado por las pastas, las donas de chocolate y la bebida va a conseguir que, llegando a Monterrey, me la lleve directo al hotel, ¡ni en mis peores pesadillas!....¿Cómo le hago para quitármela? Si a la sala de espera entra

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un pasajero más, terminará por echárseme encima. Siempre fue de cascos ligeros esta Manola, ahora sus cascos son más bien pesados, ¡qué vergüenza si alguna de mis admiradoras regio montanas me ve llegar con ella!, la guapa Lucía me va a dejar de hablar si esta mujer se me queda pegada durante mi arribo ¡qué despropósito! ...llegar...

–¡Pero qué gusto!, ¡Qué placer encontrarte!, ¡Qué chiquito es el mundo!, ¡Estás igualita!...

Recuerdo las duras pantorrillas de Manola, aquellas nalguitas que quedaban parcialmente al descubierto cuando, con una sonrisa deslumbrante daba aquellos saltitos bajo la diminuta falda que se abría y se cerraba como una flor bajo el rayo de sol, y yo suspiraba por aquella... Recuerdo la tarde en que esperamos en el estadio del colegio a que todos los jugadores salieran y ella al fin pudo hacer realidad su fantasía de tenerme en el vestidor, la forma en que le arranqué la playerita, que terminé rasgando en el forcejeo y que ella tuvo que zurcir cuidadosamente porque no había comprado ninguna otra, porque no había otra de su núbil talla, porque no había otra que ajustara a su talle de junco y a sus pechos redondos y suaves, porque no había costurera que pudiera reproducir pronta y puntualmente otro portento que como una mantequilla se untara a su talle... ¡pobre Manola!.... ¿Manola?, ¿Qué fue de aquel tobillo que una vez te torciste por saltar con vigor entusiasta, un poco más que sobrado, cuando yo, gallardo como ninguno, anoté el primer gol de la temporada?, ¿Qué fue de aquellas mejillas de melocotón sobre las cuales resbalaron las lágrimas decenas de veces al verme glorioso o derrotado, lo mismo daba, ante el equipo contrario, siempre integrado por mozalbetes robustos y torpes?

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Manola de mi vida ¿qué fue de ti? Me contaron por ahí que te casaste, no recuerdo con quién, seguro algún patán que te ganó por dinero, siempre fuiste una interesada, no quisiste seguir conmigo porque al salir de la prepa no decidí estudiar administración de empresas, tu estrecha y miope visión de la economía global no te permitió ver que el futuro estaba en la informática, y, cuando yo me convertí en el exitoso jefe de sistemas de McDonald’s tú ya estabas embarazada de aquel pobre fracasado.

Recuerdo aquel lunar... ¿lunar?, ¿Qué ocurrió con tu lunar?, ¿te lo habrás quitado?,¿pero cómo?, era gran parte de tu atractivo, te aportaba un aspecto místico, de mujer india, justo en medio de tus bellos y alargados ojos negros, ¿negros?, ¿pero por qué?, ¿te cambiaste el color de los ojos? Me han dicho que cierto tipo de colirio, indicado para las cataratas cambia el color de los ojos, pero no, ¡no!, ¡tú no eres Manola!

Carajo, el vuelo se retrasa quince minutos más... y yo aquí junto a una Manola de dientes manchados, tetas caídas, tobillos perdidos entre una carne informe, y vientre pronunciado, a punto de reventar bajo una mal disimulada faja, que para acabarla ni siquiera es Manola...

–¡Pero qué calor!, ¡ya no funciona el aire acondicionado en este aeropuerto!

Claro, si ya decía yo que esta desagradable mujer nada tenía que ver con aquella preciosa porrista ¿Qué habrá sido de ella?....

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Pero por supuesto, ahora caigo, ahora recuerdo, ¡maldita sea!, si esta es Jeannine, ¡sí! La odiosa que me descubrió después de la hora de salida de todo el personal de la oficina, mirando porno en una página que terminó por extender un virus que afectó a todo el corporativo ¿Cómo borrar de mi memoria aquel tropiezo?, ¡Cómo quisiera que el doctor Barrera tuviera una receta que sacara de mi pasado a esta maldita! Pero que endemoniadamente chiquito es este pinche mundo, me lleva el diablo, mira que venirme a encontrar a esta vulgar zorra... si Lucía me ve con ella en el arribo va a dudar de mi status, de mi posición social... ¿y ahora cómo me deshago de ella? Siendo ella tan persistente, una profesional del acoso sexual.

Después de aquel terrible hallazgo prometió no decirle nada al director si yo le daba unos besitos, sí, unos besitos sobre su boca siempre olorosa a carnitas, ¡cuánta pasión por el mondongo!, ¡cuánta repulsión por la pasta de dientes!... pero eso no bastó, más tarde su chantaje se extendió al cuello, un cuello lleno de pliegues inenarrables. Ha cambiado, ahora los pliegues de aquel cuello son inefables, inimaginables, se han duplicado en volumen y el volumen de mi repugnancia crece conforme el avión que me llevará a Monterrey se retrasa... Lucía, debes estarme esperando, preciosa.

Esta mujer terrible ya no podrá chantajearme, mi condición de ejecutivo de alto nivel se lo impedirá, ahora estoy por encima de ella, la vida sin duda ha terminado por cobrarle toda la lascivia que depositó sobre mi cuerpo de oficinista primerizo. No cabe duda, es ella, la horrible, insaciable y chantajista que descubrió mi afición por la pornografía.

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Jeannine, te odio, te odiaré toda mi vida...

–¿Y qué cuenta el trabajo?, ¿Viajas por negocios?, ¿Seguiste en lo mismo?, ¿Qué dice la vida?, ¡Qué calorón!

Después de besar los pliegues de tu cuello creí que la tortura habría terminado, pero no te diste por satisfecha. Si el director del corporativo se enteraba de mis devaneos pornográficos yo perdería el trabajo. El sistema operativo se colapsó durante una semana entera por culpa de un troyano que surgió de aquella página hard core en la que me fui a meter. Las chicas de aquel sitio web nada tenían que ver contigo, Jeannine. ¿Quién habría dicho que aquellos pechos levantados por el bisturí me llevarían hasta ti, hasta tus pechos robustos y en aquellos años mucho menos caídos que ahora? Estás hecha una pena mayor, Jeannine, pobre de ti, te odio y te compadezco.

Tu chantaje al final nos llevó al baño de mujeres, unos minutos después de la salida en bandada del personal del corporativo y ahí mi repugnancia por ti cobró dimensiones eróticas, provocó una erección que trastocó mis propios principios, que traicionó mi conocimiento de la estética aristotélica, que empañó incluso la imagen limpia de mi madre, de mi abuela, de mi bisabuela ¿quién podría imaginarlo?, ¿tú podrías?

–¿Y qué tal la donita?, ¿está rica?

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Te odio Jeannine, te odiaré el resto de mi vida.

Recuerdo aquella mancha de nacimiento en tu pantorrilla izquierda, una mancha púrpura que despertaría el morbo del más santo, aquella mancha quizá sea el designio de esa lascivia milenaria que te define. Para no continuar con esta incómoda conversación garrapateo algo en un block de notas. Discretamente me agacho, tiro con fingido descuido una pluma al suelo y entonces intento re encontrarme con esa marca macabra, un placer insano me inunda y... oh sorpresa, la marca ya no está ahí...

¿Será que el papanatas del doctor Barrera una vez más me ha visto la cara y mi memoria simplemente falló y el verdadero sitio de tu marca es la pantorrilla derecha?, y entonces nuevamente finjo una épica torpeza y tiro esta vez la libreta, me agacho y contemplo sin ningún recato ambas pantorrillas, más regordetas que en aquel pasado, apretadas por unas delgaditas medias de elastano que dejan al descubierto unas venas prominentemente varicosas pero no una marca púrpura de nacimiento que debería estar ahí per secula seculorum hasta que tu estirpe fuera extinta sobre la faz de la tierra, pero no está ahí, mi memoria no debiera ser tan traicionera, el doctor Barrera debería ser menos charlatán y por consiguiente menos rico... pero no hay marca alguna, y lo único púrpura en tu piel son esos diminutos ríos contaminados que se hinchan en tus pantorrillas...

Sólo dos posibilidades llenan mi mente hiperactiva: te borraste la marca de nacimiento o simplemente no eres la misma que yo creo. Entonces me retiro un momento al baño y llamo al doctor Barrera... 70

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–¿Es posible borrar una marca de nacimiento, prominente, heredada por los siglos de los siglos, amén, una marca que se extiende, profunda y amplia por la parte trasera de la pantorrilla?

–En un caso extremo como el que usted describe es prácticamente imposible, no.

Cuelgo, un tanto aliviado... ¿pero entonces quién es esa misteriosa mujer que afirma contundentemente conocerme, que me trata con una familiaridad pasmosa? Mi memoria me impide saberlo. Entonces, en mi desesperación vuelvo a marcar el número del doctor Barrera...

–Es usted un papanatas, un farsante, un charlatán que ha hinchado sus bolsillos mes a mes a costa de mi honor memorial, a costa de mi mente, que, hace apenas algunos años era un portento. Yo lo maldigo, doctor Barrera, lo odio, lo odiaré por el resto de mi vida, hasta que el alzheimer termine por destrozar lo que en mi ineficiente cerebro quede de su charlatán recuerdo.

Escucho apenas un leve balbuceo del otro lado de la bocina, pero le impido continuar, y cuelgo, no volveré a escuchar los consejos de ese farsante.

¿Quién demonios es esta mujer que termina de deglutir su dona con tanta fruición, que me mira con una sonrisa enigmática, que de pronto frunce el ceño en un gesto inquisitivo, en un mohín que, intuyo, también

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corresponde a la duda, y de pronto se lleva una mano de uñas muy bien manicuradas, pintadas con un esmalte de color caramelo, regordetas y una tanto manchadas de chocolate y cajeta? Quizá tenga mal la tiroides, pero las donas deben hacer su parte, quizá sea la tercera o cuarta que devora desde que está aquí, como para aplacar una impaciencia milenaria, como para ablandar la espera de un avión que a esta alturas parece un milagro inmerecido para mi angustia, para mis deseos de deshacerme al fin de ella y mi desmemoria de su nombre. Si no eres mi Manola ni eres Jeannine ¿Quién eres?

Entonces acude a mi una iluminación, o una oscuridad, depende de la perspectiva con que se vea... mi memoria se remonta hasta los años de infancia, aquellos en los que fui apenas un niño gordito y lleno de verrugas al que los demás compañeros arrojaban trozos de viruta que se quedaban atorados en mi pelo. Aquella imagen ha desaparecido... Tuve que soportar las burlas de mis compañeros todos los años de primaria, en los cuales mis cachetes se ensancharon como si de ello dependiera mi aprobación de curso, me convertí en un elemento indispensable para el divertimento de toda la generación, mi fama de chiste trascendió hasta transcurridos mis años de la secundaria, después de los cuales mis padres tuvieron a bien sacarme de toda aquella tortura, de aquellos ataques constantes y frontales a mi entonces derrengada autoestima. Y luego de largas peroratas y lloriqueos mi madre y mi padre accedieron a llevarme con un cirujano que acabó para siempre con los gorditos y las imperfecciones de mi rostro y cuerpo y me convirtió en algo más parecido a lo que soy ahora: un hombre guapo, exitoso y seguro de sí mismo. Luego se compraron una casa en una ciudad donde nadie supo de mí, donde nadie se burló nunca más y yo terminé de salir de mi capullo convertido en una especie de céfiro de alas

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reforzadas, en el amor de todas la chicas en la preparatoria, nada menos que la estrella del deporte y la fornicación post triunfo o derrota del equipo de americano...

A pesar de mi aún perfectamente funcional cerebro no he podido recordar con exactitud quien es esta mujer. Es posible, como decía al principio, que ella esté aplicando una de las tantas estratagemas que aplican las damas ávidas de sexo, para poseerme, para tener en sus garras esta firme musculatura que a mis cincuenta y tantos aún conservo. Pero si la desgracia es grande ella se parece, lejanamente, a una de mis compañeras de la secundaria, una niña de caireles que siempre se compadeció de mí, quizá en el fondo de su conciencia sospechara que el tiempo la llevaría a convertirse en una señora obesa.

¿Cómo habrá podido reconocerme después de tantos años y cirugías plásticas? Tal parece que los doctores no hicieron su trabajo tan bien, después del dineral que se llevaron a las arcas. Tal parece que todos los médicos, sea cual sea su especialidad, me han visto la cara de imbécil en esta vida. Parece, pues, que llevo el karma de la estupidez remarcado desde la primaria. ¿Y ahora dónde meto la cara de vergüenza? Si esta mujer compasiva llega a Monterrey conmigo Lucía podría enterarse de mi triste etapa de niño bulleado, ella es capaz de revelarlo todo entre risitas.

Canora, se llama. ¡Vaya que con semejante nombre cualquiera puede ser buena persona!

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Canora, recuerdo cuando me viste llorando en el último rincón del colegio y con la servilleta grasienta de tu sandwich secaste mis lágrimas y tiernamente me fuiste quitando una a una las virutas atoradas en mi pelo, que acariciaste suavemente, dándome besitos en la frente, en los cachetes enormes, en las orejitas enrojecidas por los jalones de mis compañeros...

Te quise, Canora, te querré siempre...

...ahora yo mismo sería capaz de beberme tus lágrimas, me imagino las burlas de que eres objeto con todos esos años–dona que te cargas. Tu rostro sigue siendo compasivo y tierno, y me miras, y sonríes mustiamente entre mordisco y mordisco, mostrando unos dientecitos manchados de cajeta...

Canora, querida ¿Cómo le hago para deshacerme de ti ahora cuando te debo tanto, cuando fuiste el pilar que impidió el derrumbe definitivo de mi autoestima, cuando te debo esta gallardía que ahora, a mis cincuenta y tantos, sigo portando?

–¡Qué sorpresa tan agradable encontrarte, después de tantos años!, ¡Sigues tan bonita como siempre!

Sin embargo hay un detalle que salta a mi vista, en verdad que has cambiado, de pronto un rictus de amargura asoma por tu boca, aún a pesar de la

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dona dulcísima que deglutes, ese gesto me hace dudar de tu alma. Canora, ¿Será que la vida te jugó malas pasadas o simplemente no eres aquella que recuerdo?

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Capítulo 3.

– ¿Qué te has hecho?– Le dijo ella con voz temblorosa. – Me dedico a los negocios. –Apenas escuchó lo que dijo su interlocutor, la palabra negocios se convirtió en un eco que se fue desvaneciendo en su mente: “negocios …gocios …ocios”; estaba muy lejos de ahí, tratando de descifrar de dónde lo conocía; pero necesitaba retener algo de lo dicho por él para no estar ajena al diálogo; y también para poder darle, posteriormente, una respuesta congruente. Su mente comenzaría una perorata interna que la bloquearía por minutos, sin permitirle interactuar (¿o solamente en su imaginación el tiempo se detuvo para dar paso a sus incertidumbres subjetivas?). Su rostro cambió denotando la activación de un grupo de recuerdos, los más intensos de su memoria –¡Por fin, después de todos estos años, te vengo a encontrar en este aeropuerto!– se dijo para sus adentros –y te presentas ante mí tan cambiado, con el rostro transformado por el bisturí; pero, ¡cómo no iba a ser así!, si siempre fuiste tan vanidoso, requerías transformar tu imagen para entrar en la política y hacer negocios. Aún recuerdo entre sombras cuando me prometiste amor. ¡Qué engañada estaba! En ese entonces era apenas una adolescente, no tenías derecho a ilusionarme. Mi padre no te quería y le tenías miedo al más alto de mis hermanos, me decías que soportarías con gusto un golpe de su puño por cada beso que me arrebatases, ¡cómo no iba a enamorarme con esas expresiones de amor que me parecían tan genuinas! Además me trajiste mandarinas recién cortadas todos los días, desde noviembre hasta fin de año. En ese tiempo su olor me era irresistible, a causa de que dejó de recordarme las posadas, las piñatas, el frío decembrino y la navidad, para

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ser sustituido por tu grato recuerdo, tu bello rostro, tu aspecto tan fino, tus muecas petulantes, tus señales graciosas provenientes de los miedos absurdos contra los varones de mi casa y luego… ¡Oh, Dios!, qué golpe tan fuerte recibí, las mandarinas nunca más me recordarían lo anterior, a partir de ese momento simbolizarían mi más amarga decepción. Tanto así, que nunca volvería a asistiría a ninguna posada. –Su rostro palidece, sus vísceras se contraen, aumentan los latidos de su corazón, comienza a transpirar y segregar bilis, se siente mal, mareada, con un vacío muy grande en el estómago (a pesar de estar repleto de donas) que proviene de una mezcla de miedo y desilusión, combinada con coraje y necesidad de reclamo– ¿Éramos felices o fue solamente una ilusión lo que me hiciste vivir? Pero qué, no es acaso un gran desdichado el hombre que ilusiona a una mujer para luego dejarla. ¿Por qué ahora estás tan cerca de mí? ¡Qué cínico eres!, ¡todavía me saludas!, ¡qué!, ¿no me reconoces? ¿O estaré equivocada? –Se dice intentando tranquilizarse para luego reflexionar– ¡Cómo voy a errar, si mi cuerpo bruscamente se ha enfermado!, ¿o será la falta de aire acondicionado del aeropuerto? Aunque tu cuello limpio y terso me hace dudar, ya no tienes esas feas verrugas en la parte izquierda de tu nuca. Recuerdo que un día traté de quitarte una. ¡Cómo te opusiste!, ¡todavía tengo el vivo recuerdo que luchaste conmigo como si estuviera en juego tu vida! En ese forcejeo comenzó todo, haciendo como que te defendías de mí, tomaste mis manos y… no pude evitar caer en tu trampa; lentamente me acariciaste, poco a poco me desnudaste, hiciste hervir mi sangre y al arrancarme la vestimenta, igualmente arrancaste mi alma de niña. Ese sería el último día que creyese en la felicidad; pero, ¿quién me mandaba quitarte la verruga? O sería yo la que tanto deseaba encontrar una excusa para estar cerca de ti, muy cerca, demasiado cerca de un peligro que no veía venir; lo único que aprendí ese día fue a renegar del cariño, a desconfiar de todos los hombres, a darme cuenta que la única l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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diferencia entre el amor y el sexo es la ropa; y a descubrir que entre un perico y tú, la única diferencia es que el perico jamás abandona. Al otro día te habías ido a México, decías que querías fortuna, y ¡vaya que la hiciste!: son tan caras esas cirugías plásticas que tienes, y el tratamiento contra tus carnosidades cutáneas te debió costar un dineral. Luego que te fuiste vino mi tortura, supe que estaba embarazada, y en vez de ser una alegría, como ocurre generalmente con las mujeres que pasan por este estado, sería un terrible tormento ocultarle mi condición a mi padre. Odié ese día, ¡cómo odié ese día!, ¡cómo odie tu viaje!, ¡cómo odié los viajes!; así como el que tuve que hacer para abortar en ese sucio y clandestino sanatorio, sin compañía, ocultando mi vergüenza y viviendo con ella de por vida; y como el que hora realizo de tránsito a mi casa, porque me trajo de nuevo hasta aquí, hasta tu presencia, porque de nuevo recuerdo el desconsuelo que sentía por esos días. Después de haber perdido a mi hijo, no volví a ser la misma. Pero, ¿acaso te diste cuenta de todo mi dolor?, ¿del infierno al que me condenaste?, ¿de mi filicidio? Eras un muchacho sencillo, pero tenías tanto deseo de ser un hombre de mundo que por eso te fuiste, seguramente, has transformado y cuidado tu cuerpo de esa manera. Tu cercanía me atormenta, ¿quieres reparar tu afrenta?, ¿por eso me haces plática?, pero yo no quiero nada contigo. De hecho, será insoportable tener que viajar en el mismo avión, y peor aún, será un martirio si nos tocan los mismos asientos. Pero, si no es así, si tú no eres Raúl, si te estoy confundiendo con él, ¿por qué me haces plática y me hablas como si me conocieras desde siempre?, ¿estaré confundida?, ¿ahora el Alzheimer?, ¿o es que los años se han ocupado de ocultar tu verdadero rostro?, ¿cómo saberlo? Tu voz no era así ni tu estatura, tampoco tu cara: tal vez eras más pequeño, con voz aterciopelada en vez de gruesa, pero ha pasado tanto tiempo, pudiste cambiar mucho con el paso de los años. No me acuerdo con precisión, ¿estaré siendo engañada por mis sentidos? Además, no te

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ves bronceado, más bien algo pálido para vivir en la playa. Recuerdo que tu hermana me dijo que vivías en Honduras, pero eso fue hace un par de décadas, bien pudiste haberte ido a vivir a otro lado. Me dijo que te casaste con una inglesa, que compraste una casa con vista al mar, que te dedicabas a la producción cinematográfica y que eras rico y famoso en la ciudad de Tegucigalpa; al mismo tiempo, me presumió que tu casa estaba valuada en millones, que te hiciste amigo de los principales políticos de esa zona y que, incluso, el presidente de ese país con frecuencia te visitaba. También me dijo que viajabas constantemente a España, para filmar películas patrocinadas por tu compañía, que era tu única posibilidad real de actuar en el cine. Por ese motivo mi primera impresión fue que eras actor. ¡Claro! ya te había visto en una aburrida, tendenciosa y mal editada filmación propagandística: una hora y media agitada donde hablabas de todos los logros del gobierno, aparte del discurso de las oportunidades laborales y la resolución de la crisis económica. El pueblo caribeño tuvo que soportar tu patético y tendencioso documental proyectado 15 veces en cadena nacional. Por cierto, tu compañía, “Producciones Hondureñas, S. A.”, fue fundada con dinero obtenido en el período en que se dio la bancarrota económica de México, cuando recién llegaba Zedillo y muchas personas perdían su casa en tanto, claro, te enriquecías con la especulación. Fue tu época de derroche, noches sibaritas, coñac y champaña… así como diferentes estrellas del cine hispano durmiendo en tu alcoba cada noche. Fue cuando el Secretario de Hacienda comenzó a investigar tus filiales financieras, porque te involucraste con una de sus queridas; y tu debate público con Zedillo, por apoyar al pelón de Salinas, lo que te llevó a abandonar el País e irte a Centroamérica, en lo que se “enfriaban” los acontecimientos mediáticos. Fue entonces que el presidente Reina te contrató para apaciguar la población civil y te pidió, para ese motivo, que hicieras cine con tus actrices y amantes guapas, esbeltas y entalladas, con la

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idea de reconducir al pueblo hondureño a favor del nuevo gobierno civil; cuál sería tu buena suerte, que cuatro años después, el nuevo presidente Flores, siguió las recomendaciones del anterior mandatario para que continuaras con tus películas manipulativas. Pero, a todo esto, ¿por qué quieres ir a Tijuana?, ¿acaso tienes la intención de irme a buscar, de pedirme perdón? Si es así, ahora que me has encontrado, ¿te habrás desilusionado de mí por lo gorda que estoy? Por tener cuerpo de barril, y haber perdido la cintura hace muchos años, tal vez creas ahora que tu viaje no tiene sentido. Basta de tonterías, cómo puedes tener conciencia de reparar tu falta si a pasado tantísimo tiempo, y si eres una persona tan famosa, rica, y rodeada de personas que se preocupan por ti, como tu esposa rubia, tus amantes latinas y tu amigos los políticos. ¿Por qué no te diriges a mí por mi nombre?, ¿por qué no comienzas preguntándome por mi vida y dices que te alegras de saber que estoy con bien?, ¿por qué no me muestras tu verdadero yo?, ¿acaso te avergüenzas y sientes remordimiento por tus acciones?, ¿será que mi hermana te contó del embarazo y del aborto alguna vez?, ¿sabes cuánto sufrí por eso? Tu sonrisa finge muy bien, pero tus ojos se mueven de una manera extraña y tu rostro me advierte que eres tú, el miserable que me abandonó. ¡Muéstrame tu otro yo!: el pasional, el mentiroso, el aprovechado, el circunstancial. ¡Cuánto te odio!, no por los pocos momentos que estuve contigo y tuve la desdicha de ser parte de ti, sino por todos estos años que he engordado tratando de endulzar la vida que tu entristeciste. Soy gruesa, gorda y abundante porque no quiero desperdiciar nada, porque sé que no podré conservar lo que realmente me importa, también, porque necesito aprisionar lo que amo, antes de que se vaya. Estoy gorda porque odio la naturaleza, lo natural, las frutas y las verduras, siento que todo eso representa las mandarinas engañosas, dulces y aromáticas, por fuera; 80

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pero amargas y dolorosas cuando entran en ti, hondamente angustiantes como tu abandono. Por eso amo las donas, porque son opuestas a las mandarinas, porque su agujero no puede ser propicio para la existencia de un tallo u hojas. Además, el chocolate lo asocio con mi padre, que al regalármelo me consentía cuando sabía que estaba triste; y la cajeta, con mi madre, que era dulce como los ingredientes que utilizaba para hacerla: leche, azúcar y canela riquísima… todavía evoco ese dulce olor que llenaba la hacienda donde feliz pasé mi niñez y mi adolescencia, cuando creía en el amor y no sabía de las trampas que había en la vida. Por cierto, ya que estoy recordando esto, no estaría nada mal llevar unas donitas de chocolate con cajeta para el vuelo.

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Capítulo 4.

La miré a los ojos. Todos mis apodos, mis sufrimientos, mis inseguridades y temores vuelven y se apoderan de mí. Si alguien conoce mi pasado más vergonzoso de principio a fin, con sus matices, huecos y recovecos, es ella. El terror me embriaga, me paraliza. Dejo de escuchar la conversación. Estoy pero no estoy realmente.

El aeropuerto se desvanece. Nubecita. El llanto, la soledad y ella, todo vuelve a la memoria en un instante como un rumor lejano que se acerca. Yo era un solitario, un perdedor, uno de esos niños buleados a los que el destino los trata mal desde un principio. Fue el primer día de mi último año de secundaria cuando la vi. Estaba sentado afuera del salón número 43 y ella caminaba por el pasillo. Me pareció hermosa. Ha cambiado, de eso no hay duda. Pobre, seguramente la vida la ha tratado mal. Pero tiene que ser ella. Jamás olvidaría esa mirada profunda y penetrante que se filtra hasta llegar a lo más profundo del ser. Toda la seguridad que a me faltaba ella la tenía. – ¿Pero dónde quedó ahora? – La vi alejarse tal como llegó, con ese andar firme y rítmico que tanto me gustaba. Ese día también conocí a Manuel, un tipo alto, fuerte, alivianado y con decisión de hierro. Llegó y se sentó junto a mí. Yo estaba serio, a la expectativa; ��l simpático, encantador. La amistad surgió de inmediato. Íbamos juntos a todos lados, compañeros 82

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de fiesta y de trabajo. Él me enseñó a relajarme. Juntos perfeccionamos el arte del engaño. En tres meses dejé de ser nubecita, el raro que lloraba cual cocodrilo, esa pobre alma en desgracia, víctima de todo aquél que se cruzaba en su camino, para ser el popular, el interesante, con quien todos querían estar. Un día Manuel llegó acompañado. Era ella, la mujer del pasillo. Yo me había olvidado por completo de su existencia, pero al verla la reconocí de inmediato. Las palabras de Manuel me tomaron por sorpresa. – Ella es Cristina, mi novia – me dijo. Por su parte y a manera de saludo – supuse – Cristina me sonrió con un ligero, casi imperceptible toque de coquetería. Yo no cabía en mi sorpresa, pero mi actitud fue indiferente al respecto. Reaccioné como si me hubiera dicho, “vamos por unas cervezas, al billar o qué sé yo”. En esos tres meses había descubierto que quien hablaba con ese toque de desinterés se impregnaba automáticamente de una intriga irresistible, por lo que se había convertido en mi estado natural. Vivíamos como queríamos. Sin preocupación alguna. Todo era fácil, todo era simple. Teníamos la juventud y el mundo a nuestros pies. Manuel era mi amigo, pero como dicen comúnmente, “la carne es débil”. Había demasiada tensión y deseo sexual entre Cristina y yo. Él no era ningún imbécil y por supuesto que lo notaba, pero en lugar de poner un hasta aquí, molestarse, o pronunciar palabra al respecto, se congratulaba con la situación y dejaba que la tensión permaneciera en el aire y aumentara. Le gustaba que la gente lo envidiara y jactarse de ello. Sí, yo sabía que no lo quería de enemigo, que era alguien de armas

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tomar; pero la tentación fue caramba. Finalmente, un día en el que Manuel tuvo que irse de temprano Cristina y yo nos dejamos llevar, fuimos víctimas de ese anhelo que llevábamos tiempo reprimiendo. La suma de deseos contenidos, la curiosidad por lo que encontraría debajo de su falda y el olor de lo prohibido fueron el motor de aquel primer encuentro. Al volvernos a ver nos encontrábamos ante una mezcla entre la vergüenza y la complicidad que experimentan dos amantes furtivos. Nunca fuimos un pan de Dios, es cierto, pero Manuel empezó a meterse en peores pasos, llegaba tarde a nuestras reuniones y se iba temprano. Comenzó a verse con gente de la colonia Los Cárcamos, con todo y la fama de salvajes que se cargaban. Con sus nuevos y múltiples compromisos yo tenía más tiempos para estar a solas con Cristina. Nuestros encuentros casuales, y no tan casuales, no tardaron en intensificarse, y es que el cuerpo reconoce el camino que ha seguido, se conforma cada vez con menos y, si no se busca tener un límite ni se tiene reparo alguno en las consecuencias, las posibilidades son infinitas. Manuel estaba más extraño de lo normal. Aunque siempre fue un enigma indescifrable para mí, entonces se le veía alterado, nervioso, distraído. Nunca supimos el motivo. El hecho es que la semana siguiente desapareció como si se lo hubiera comido la tierra. Rumores, hubo muchos; certezas, ninguna.

De vuelta en la sala de espera. No sé por cuanto tiempo estuve abstraído en mis recuerdos. ¡Increíble mi suerte! Venirte a encontrar justo cuando voy a visitar a

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Lucía, – ¡Ah, Lucía! ¿Qué pensarías de mí si conocieras ese pasado? Tú que eres tan recatada, tan altiva y orgullosa de la persona que soy ahora – verte aquí, después de que te creía en el olvido. ¿Por qué no me dejas enterrar ese recuerdo? Bueno, ya te la encontraste, sonríele y ruega porque jamás conozca a Lucía. A la primera oportunidad corta por la sano. Distráela con otra cosa.

– Qué lata con eso del vuelo, ¿verdad? – atiné a decir siguiendo los dictados de mi intuición. – Sí, qué molesto. Al menos nos hemos reencontrado – responde con una sonrisa que deja ver cierta ironía. ¡No puedo creer a esta mujer! Esto no es más que una plática diplomática, ¡malditas normas de cortesía! ¿Qué habrá sido de ella? En cuanto terminamos la secundaria y abandoné ese pueblo por el trabajo de mi padre, le perdí el rastro. A partir de ese verano, justo antes de entrar a la prepa fue mi gran transformación. Nueva ciudad, nueva escuela y un montón de desconocidos, nadie que conociera mis complejos; tenía que empezar de cero, reconstruirme. Lo cierto es que la desaparición de Manuel fue el punto decisivo que nos distanció por completo. Creo que los dos queríamos olvidar todo lo sucedido y en lo que a mí respecta, la presencia de esa chica de mirada profunda no hacía más que recordármelo. Ahí está, eso es, tú tranquilo, seguramente ella está pensando lo mismo l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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que tú y lo último que quiere es recordar aquellos días. No tienes por qué preocuparte. Por lo visto estaremos esperando un rato más el vuelo. Ni modo, tendré que aguantar más tiempo ese rostro cansado y cenizo, que no hace justicia al de la niña que me cautivó desde que la vi pasar frente al salón número 43. Tomaremos el avión, por suerte no nos tocará el asiento juntos, saldremos a destiempo y nos perderemos la pista, en el mejor de los casos no nos volveremos a ver. – Y, ¿qué asiento tienes? – digo con la esperanza de que no conteste ni diecinueve ni veintiuno, y así asegurarme de que mínimo no la tendré al lado todo el vuelo. – Veintiuno – responde con voz pausada – ¿Tú? Todo en ella refleja un aire de letargo. Con razón está tan gorda y dejada. Pese a sus evidentes intentos fallidos por arreglarse y verse lo mejor posible, despierta en mí unas ganas incontrolables de bostezar. Lo hago. ¿Qué fue de aquella chica de firme andar, cómo puede ser esta mujer que tengo enfrente la Cristina que un día conocí? – Veinte – respondo a mi pesar, pero con la sonrisa más cálida y encantadora que le puedo dar. Bueno, ya cálmate, qué más da, estarás con ella unas cuantas horas más. Recuerda tus clases de yoga y esas tendencias alternativas en las que tanto te insiste Xaviera. Piensa positivo. Respira profundamente, que de lo contrario tu desesperación sólo te afectará a ti – continúo con mi intento por no alterarme – Estás frunciendo el ceño, ¡te arrugarás! Ni valdrá la pena tanto dinero invertido en bótox y cirugías.

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– Se me olvidó tu café, ¿Vamos? – le digo con la intención de disminuir la tensión, pero evidentemente mi táctica no funciona. Ella se queda pensativa. ¡Vaya que es lenta esta mujer! – Mejor no, gracias – responde – El café me quita el sueño, me pone un poco hiperactiva y espero dormir durante el vuelo. ¿Hiperactiva? ¡Ja! Eso tendría que verlo. – Pienso, tratando de evitar soltar el gesto burlón que lucha por marcarse en mi rostro – Mínimo esta vaca se piensa jetear todo el camino. Espero que no me babee el hombro, qué asco. – Bueno, ¿qué tal unas galletas? Acabo de ver unas que se veían riquísimas – le digo en tono conciliador, aunque lo único que espero es que me diga que sí para entretenerla con la comida y tener un breve descanso de esta desagradable presencia. Casi puedo escuchar su discusión interna. ¡Qué tiroides ni que nada, que a mí no me venga con cuentos baratos, ésta no para de comer! – No, gracias, acabo de comer algo – responde cortante. – Yo voy por un café – digo pensando en poner fin a la conversación. – Pues te acompaño, quizá estando ahí se me antoje algo. Sonrío. Caminamos en silencio arrastrando las maletas. ¿Por qué me sigue, qué no entendió que yo ya daba por terminado nuestro encuentro? Es obvio que ella también está incómoda. La miro. Me sonríe forzadamente. Llegamos, increíblemente no hay fila, así que pasamos directo a la caja, yo listo para ordenar, ella titubeante. – Buenas tardes, te encargo un expreso – le pido a la señorita detrás del

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mostrador. Miro a Cristina para ver si se ha decidido por fin. – ¿Para su esposa qué sería? – me dice amablemente la señorita. Siento que la sangre me hierve y sube hasta mi cabeza.

¿Mi esposa?, ¿está loca esta señorita? Cómo se le ocurre pensar semejante majadería. Qué ridículo, ni en sus mejores sueños esta Cristina del presente podría tener a un tipazo como yo. Respira, respira, permanece imperturbable, no quieres que Cristina se sienta más incómoda y por puritito coraje te eche en cara el no haberla buscado, la desaparición de Manuel o cualquier drama que se le pueda ocurrir. Después de mi discusión interna me sereno. Cristina está pronta a ordenar un panqué de plátano con nuez. Esta mujer no tiene llenadera, quizá sea comedora compulsiva. Tal vez nunca se recompuso del trauma de la secundaria. Probablemente me culpa por no haber estado ahí, por no haberle dado mi apoyo. Cristina, te detesto. Eres el fantasma del pasado que me acecha y me amenaza con volver. Pago la cuenta sin poner atención en el cambio. – Lágrimas de cocodrilo, nubecita, deja ya de chillar, mariquita sin calzones – escucho a lo lejos las burlas que me persiguieron toda la infancia. Siento cómo se me nubla la mirada de manera paulatina mientras observo masticar el primer bocado del panqué en la boca de esa misteriosa mujer que me persigue del pasado. Hace un ruido excesivo el deglutir. Me asqueo. Volteo inmediatamente. Estoy incontrolable, pero no puedo permitir que me vea así, no otra vez. Doy un sorbo grande al café. Está hirviendo.

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Cristina quita un segundo la atención de su comida y me ve. – ¿Estás bien?, estás muy rojo – dice de forma cortante. Ella está enojada también, me percaté desde que la vi comerse esa primera mordida con tanta desesperación. – Estoy bien, me quemé con el café. ¿Por qué no me voy de una buena vez lejos de ella? Pasó el límite, me sacó de mis casillas. Pero es que ella sabe mucho de mí, no la puedo hacer enojar, tengo mucho que perder. Maldito vuelo retrasado, te maldigo una y mil veces. Algunas ocasiones resulta desconcertante discutirse en esa dualidad interna, entre dos niveles de conciencia que difícilmente se ponen de acuerdo.

– Voy a regresar a donde estábamos, ¿vienes? – le digo esta vez con un tono de voz más frío y duro. Ella me observa con esos ojos profundos y penetrantes que esta vez vienen cargados de un desprecio inigualable, de un rencor de hace tiempo y de un odio que inunda su mirada. – Ya voy – responde cortantemente. Ahora ni siquiera me sorprende que la señorita del mostrador nos haya considerado una pareja de casados. Actuamos como cualquiera de esos matrimonios que después de tantos años el tedio les ha ganado la batalla, de esos que abundan, en el que los implicados no se toleran pero permanecen atados por costumbre y comodidad.

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Capítulo 5.

Ahora que clava como aguja esa miradita en mi panqué y en mi ropa, qué digo en mi ropa, en mi piel que está imaginando como aquella noche, creo que lo reconozco, pero no sé si es por el aroma de su loción, que me manda a otra época, o por la forma de involucrarse con sus ojos. Claro, estoy casi segura que es Rubén. Esa mirada me resulta sumamente familiar, me trae aquella noche en que lo invité a cenar, sí, porque el muy estúpido no entendía mis indirectas o no quería entenderlas, cuando yo llevaba los aretes hermosos que me había regalado mi madre y usaba en contadas ocasiones. Eran de oro, y los llegué a comparar tantas veces con sus ojos que la cena no tuvo nada de lo que yo esperaba, por eso, por comparar el oro con lo que no valía ni la mitad de la cuenta que pagué, por pasar el tiempo pensando que le gustaría sólo por el hecho de estar los dos en la misma mesa. Cómo iba a saber que una simple vista al menú y a mi cuerpo, porque juro que me desnudó con la mirada en cuanto me preguntó si así cenaba siempre, sería el fin de lo que yo quería transformar en una velada; romántica o no, una velada, no una cena a la que él iría sin arreglo especial alguno. Y yo con mis aretes de oro y el acoso de su mirada, que iba de la carta a mi cuerpo, de su intención de decirme. “Oye, si así comes siempre cómo pretendes que te haga caso, cómo esperas que un hombre se acerque”. Esa opinión muda fue una guía de comportamiento, y cuando el mesero nos preguntó si deseábamos ordenar, me obligó a cambiar las líneas de mi discurso de aperitivos, sopa, plato fuerte y postre, por tres raquíticas palabras: ensalada del chef. Me acuerdo que el mesero inquirió si era todo, si no gustaba esto y lo otro, las especialidades de la casa, las recomendaciones del chef que sonaban

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completamente distintas a lo de la ensalada, esa no era de él siquiera. La sopa del día es una crema de espárragos con lluvia de finos crotones y un toque de pimienta, cantó como para convencerme con lo de la lluvia de harina. También puedo ofrecerles, si me permiten (¿y cómo prohibírselo?), nuestro festival de comida italiana. Me miró con una risita de triunfo y continuó, que pueden ver en la parte posterior del menú. Efectivamente, la parte posterior de la carta era el festival de la tortura, coloreado de pastas y pizzas, decorado con aceite de olivo, pan de ajo y rodajas de pepperoni. Con la ensalada está bien, le respondí tajante, en mi nivel máximo de resistencia. Recuerdo que por la tarde había ido con Rita la peinadora por primera vez, que atendía en su casa y había tardado 40 minutos en dar con ella. Entonces pensé que a él le agradaría verme con un nuevo corte que me tomaría tres horas, escuchando la vida de Rita, contemplando los trozos de mi cabello caer al suelo. Tres horas. Rita. Rubén. ¿Cómo es que nunca he cambiada de peinadora? Quizá ese sea mi problema, que no he cambiado nada, ni siquiera mi enemistad con las dietas de las nutriólogas. Al menos Rita me dice que me veo guapísima, y yo le creo, es lo más conveniente, salir de su casa considerando todo aquello una terapia. Pero hay hombres tan brutos que ni siquiera notan los pequeños (grandes) detalles, andan tras un par de tetas y una cintura. Yo creía que Rubén era diferente a toda esa raza de animales, pues en las aulas tenía esos ademanes de gente profunda y auténtica. Ni decir que todos son iguales. En el afán de no serlo se restiran la piel, como él, que estoy segura se metió mano en la cara. Su sonrisa ya no es la de antes, aunque su gesto indica que sigue siendo el de la universidad. Estoy harta de los aeropuertos, le digo exitosamente para ocultarme. Sigo con el panqué de plátano y nuez, cuando supongo que él espera que sólo

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coma fruta y verduras, cuando en mi bolsa cargo maquillajes, peines y restos de Tin–Larín. Empaques abiertos, doblados para engañarme y aparentar que me llevo una mitad a la boca y que la otra queda en el olvido. No, luego abro uno nuevo, como la mitad y doblo el empaque de papel aluminio. Mi bolsa llena de olvidos, y esa noche ha sido un pendiente en mi vida. Intento deshacerme de ella tal como terminé por esconder los aretes de oro, para no recordar sus ojos de escáner y su entusiasmo por dejar en claro que él era para alguien más, para una flaca, qué sé yo, porque empezó a hablarme de una tipeja de otra universidad, que venía de una ciudad cercana y era exageradamente simpática. Pero si yo también lo era y él no dio chance a nada. Mi vida habría sido otra si él no me hubiera visto así, con cara de cuatro tiempos culinarios, de experimento gastronómico, de rompe récords. Yo hubiera sido otra por él, seguro que sí, estaba en es etapa de la vida donde los hábitos se convierten en unos cuantos días en disciplina. Hoy sería una mujer delgada, no estaría entusiasmada con la idea de comer cuantas donas lleguen a mí. Es que la comida llega a una, la busca y la encuentra como si yo fuera un imán de trufas de chocolate belga. No puede ser que él me vea como si nada hubiera pasado, como si pensara que los años no han pasado por él y la cirugía no se le notara. Quizás el problema en esa cena fue no darme cuenta que no le atraía mi forma de observar los platos de las mesas sin restricciones, amontonadas de comida, aromatizadas por las especias. Recuerdo cuánto tardé en recuperarme. Lo primero que hice al llegar a mi habitación de la residencia para señoritas estudiantes fue asirme al espejo. No necesitaba báscula, mis aumentos los registraban las losas del suelo. Veía mi reflejo parada desde un punto determinado. Si ya no cabía mi cuerpo en el espejo, debía dar un paso atrás y marcarlo con masking tape. Mi figura fue cada vez más lejana. Luego visité aquel frío humeante, 92

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delicado del refrigerador, y celebré mi propio festival. ¿Se habrá casado con la flaca de la otra universidad? ¿Vivirán de ensaladas y agua tibia? También recuerdo cómo pude odiarlo, al punto de no soportar que me saludara en clase, sabiendo que andaba tras una flaca con cintura. Espero que no se retrase más el vuelo, me urge estar allá, le digo para que se entere que tengo mis ocupaciones de tiempo completo. La verdad es que me urge dejar de estar aquí contigo, debes seguir siendo el mismo superficial al que le festejaban hasta el peinado. Ojalá te quedes pelón, para que tu flaca deba investigar los remedios de sábila y queratina, para que tengas que verte como yo al espejo sin esperanzas de sonreír. Mañana mismo voy con Rita, le va a encantar escuchar que me encontré con este viejo amigo, como él me decía cuando estudiábamos en esta ciudad, ¿Qué onda, amiguita?, y que me comporté como si nada me importara, ni los espejos ni las envolturas medio llenas de Tin–Larín. Si trajera una fruta en la bolsa se la daría para regresarle aquellas pinches miradas juzgonas... Mira, que te haría bien para la piel, pero no, sólo llevo maquillajes y chocolates, olvidos que no se van cuando ya quiero largarme de aquí, despedirme y no aguantar sus gestos de hombre que lo tiene todo y desea mostrarlo a la gente de su pasado. Y yo metida en esta falda y esta blusa guangas. En mi cuarto ya no hay espacio para el masking tape. Quiero largarme. ¿Dónde está la voz que anuncia los vuelos? Que se apure, que me saque de aquí, que se vaya con su flaca. Entonces él pasa su mano por mi brazo y aprieta ese gesto que al principio fue amable. Pasa su mano para hacer énfasis en la equivocación de la cajera, en una extraña intención de disculpa, o quizás para repetirse en la cabeza que no estamos casados. La textura de su mano me parece l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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conocida, cercana, su dedo pulgar raspa un poco mi piel y volteo a verlo. Esa uña corta. Uña. El roce que se vuelve un recuerdo turbio. El aroma de su loción, ahora comprendo. No es Rubén. Se nubla mi vista, el espacio alrededor disminuye y el último trozo del panqué cae como una roca al suelo. Tu panqué, me dice, se te está cayendo, ten cuidado, ¿ya no lo quieres? El aroma, la uña, las únicas dos cosas, junto con su aliento, que recuerdo, y es que me sorprendió esa noche mientras dormía, abordándome, dejando caer su cuerpo sobre el mío, un cuerpo totalmente ajeno, desconocido, preparado. Todavía recuerdo su pecho sobre mi espalda y la mano derecha inmovilizando mis dos manos. ¡Es él, por supuesto, es el hijo de puta! Por más que anhelo no denigrarme en ese recuerdo está tan nítido como las paredes de este aeropuerto. No contesto a su pregunta, me siento tan inmóvil como esa noche en la que veía la lámpara de mi buró mientras él arrancaba el pantalón de mi pijama y se pegaba a mí, aniquilándome con su voz minuciosa y fingida, amenazando con decirle a la dueña de la casa que yo era la que se robaba la comida de la alacena. No podía entender cómo lo sabía, si en esa casa el único hombre que entraba era Candelario, el velador, un hombre de ochenta años que no podía ni con sus piernas. El que me amedrentaba era uno fuerte, y yo no entendía cómo se había enterado de mis robos a media noche, cuando todos dormían y Candelario vigilaba la casa. Y eran estupideces, lo sé, eso no me preocupaba, me preocupaba estar en manos de un violador que obviamente me había estado cazando. Si rajas yo rajo, y te corren de aquí y no consigues lugar en otra casa, me dijo como si yo fuera una niña. Intenté pedir ayuda, gritar. Cállate, gorda, que lo que te voy a hacer nadie más lo hará y me lo vas a agradecer, me escupía en el oído en lo que se acomodaba para penetrarme. Él qué sabía de mi vida, de lo pasado, de lo que vendría. Encima de mí me debilitó 94

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las piernas, me llevó a un cansancio casi instantáneo, y empujó mi cabeza con su frente, para sofocar mi boca en la almohada. Yo veía la lámpara a través de lágrimas de coraje e impotencia, y de su cuerpo una mano, la uña del pulgar, y respiraba su aroma, una loción como la que ahora reconozco. Cuando finalmente me soltó, apretó mi cuello como un limón con su mano libre, para que el dolor no me dejara voltear y así descubrirlo. Corrió, cerró la puerta con cautela. Escuché cuando descendía por la escalera y salía de la casa. A la mañana siguiente, la dueña comentó que el nieto de Candelario, Carlos, había pasado la noche con él, pues esa mañana salía muy temprano al norte, donde estudiaría su licenciatura. Carlos. Nunca olvidaría su nombre jurando vengarme. Pero tampoco le dije nada a la dueña ni al velador, era una pena que debía asimilar sola para que la venganza fuera anónima. Dos días después, Candelario se fue sin aviso alguno. Dijeron que se había regresado a su pueblo, que había muerto, que había encontrado un mejor trabajo. La dueña se mostró indiferente cuando pregunté por él, al final de todo el viejo era mi única pista hacia el nieto. Pero ella no tenía sus datos exactos, era como tantos que un día llegan y se van, como los fantasmas de los pueblos que un día buscan suerte en las ciudades grandes. No tengo respuesta, siento hervir la sangre y a la vez me siento como esa roca que se ha caído de mis manos. Mi respiración aumenta, mi cuerpo se dinamita, se contrae para encontrar las palabras exactas, para gritar todo lo que no ha podido desde aquel día. ¡Hijo de puta, cobarde, marica!, lo repito desde hace tantos años en mi mente. Voy a estallar, tengo las manos libres y van a pedir justicia. ¿Estás bien?, me pregunta Carlos, se atreve. Quiero empujarlo, patearle los huevos, destrozarlo, me lastima saber su nombre con semejante pulcritud. Con un ligero movimiento de su cabeza se desvía y observa cómo los pasajeros alrededor de nosotros se levantan de sus asientos. Hablan de cosas, nadie nos mira, atienden a la voz del aeropuerto. l i t e r a t u r a / Rally Lectoescritura

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Capítulo 6

–Pasajeros del vuelo 611, con destino a Monterrey, favor de abordar por puerta 1.

El rostro de ella se ve desfigurado, reprimiendo una especie de furia espontánea y perversa que no puedo descifrar, repentinamente por una razón que desconozco parece desear lanzarse sobre sobre mí, quizá sea el deseo de ir por otra dona antes de que parta el avión, la veo notablemente afectada, ¡Habla de una vez!, ¡no soporto más tu presencia! ¡Precipitemos el fin de esta tortura!

–Llegó al fin el avión... ¿Vas a Monterrey?

–Sí, ¿tú no?

Qué alivio, al fin se presenta la oportunidad para deshacerme de ti. Por favor, no vayas a Monterrey, Lucía me está esperando.

–No, voy a Tijuana. –Uy, qué lástima... ya tengo que irme, te doy mi tarjeta... ¿me das la tuya?

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–Sí, claro.

Noto como, repentinamente su expresión desfigurada se transforma en un gesto de alivio y hasta empieza a parecerme bella. ¿No pensará lanzarse a mi labios recién retocados, recién inyectados?, ¿no me encuentras irresistible?, ¿pero qué le pasa a esta mujer? Ya decía yo que soy una víctima de los malos cirujanos, he perdido mi toque. ¿Pensará lo mismo Lucía cuando me encuentre a la salida de aeropuerto, después de algunos meses, vejado por la espera y el rechazo de esta suculenta mujer, entradita en carnes, de dulce aroma a chocolate y cajeta a la que creí conocer? Descubro al fin su nombre en la tarjeta:

Wendy María Domínguez Ramos, Ejecutiva de cuenta Lady Cosméticos S.A de C.V.

El descubrimiento de esta desconocida la vuelve como por arte de magia mucho más atractiva ante mis ojos de macho alfa, siempre dispuesto a la conquista, cazador al acecho. Y esta hembra es mucho más de lo que un buen cazador desearía, no una lagartija sino una atractiva elefanta... el altavoz insiste: – Esta es la última llamada para abordar el vuelo 611, con destino a Monterrey, favor de abordar por la puerta 1...

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–Seguimos en contacto, qué bueno verte, si viajo a Tijuana te busco... ¡me voy!

Tony Cejudo Director de Sistemas CUBO International S.A. de C.V.

Me quedo sola ante la tarjeta de este hombre repleto de testosterona que como tantos, se me ha ido, no resultó ser nadie a quien yo conociera. Su nombre, absolutamente sexy, remueve cada una de mis hormonas femeninas, y como no encuentro algo mejor que hacer, mientras espero que llegue mi vuelo a Tijuana, voy a buscar otra dona de chocolate rellena de cajeta.

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Autores

Antonio Flores Schroeder León Fernando Alvarado Alfonso Macías Chávez Mary Montemayor Javier González López

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–¿Y esto con qué se fuma?, ¿cómo iremos a empezar? No tengo ni la menor idea. –Pensé que nos dirían cómo hacer las cosas, me aseguraron que bastaba sólo la experiencia y mis conocimientos. –A mí no me pregunten, porque aunque no me crean, me dejó el avión. –Yo qué pitos toco aquí, éste no es mi lugar. –Yo me siento morir si no ando en estos argüendes. Qué bueno que perdió el León. A lo mejor por la toma de posesión no habrá vuelos, qué clase de pillo será ese coordinador: ¿no va a venir? –Bueno, nosotros comenzamos, pero qué hacemos, qué se les ocurre. –Un relato. ¿De qué? No sé ni qué escribir. –Pues yo tengo algunos recuerdos…

**** Me acuerdo de la temporada de futbol del 56-57. Un domingo de enero el León se coronó por cuarta vez en su historia, en un memorable partido contra Oro, equipo entonces plagado de estrellas como el portero Córdoba; El Chepe Naranjo, “El Príncipe” Ruvalcaba y Eduardo Colmenero, entre otras figuras más, que en conjunto eran llamados los Mulos de Oblatos.

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El partido del desempate se jugó en Ciudad Universitaria y los Esmeraldas de León ganaron con un marcador de 4-2. El gran delantero argentino Marcos Aurelio, simpático y con pinta de artista, rompió las redes en dos ocasiones. Por cierto, fue el primer jugador de la liga mexicana en irse a jugar al balompié español, nada más y nada menos que al Barcelona. Los otros dos tantos fueron de Mateo de la Tijera que había llegado del equipo España de la ciudad de México. Ese partido lo escuché por radio. Eran otros tiempos, cuando narrar un partido era todo un arte. Las voces del juego salieron del cronista Óscar “El Rápido” Esquivel y Agustín González “Escopeta” con comentarios de Cristino Lorenzo de quien se decía no veía bien, pero tenía la virtud de relatar las jugadas, gracias a que alguien más le contaba lo que pasaba en la cancha. Al día siguiente, el lunes, cuando la alegría continuaba pintada en la ciudad, los jugadores de León arribaron alrededor de las cuatro de la tarde. Miles de aficionados fueron a recibirlos al puente de la Calzada, punto donde entonces terminaba el territorio urbano. La afición coreaba los nombres de los jugadores y la escena fue de ensueño. Las porras, caras alegres y gritos de apoyo a los héroes tibiaron el frío ambiente de enero. Ahí en el puente, fueron cargados en hombros y llevados hasta el Palacio Municipal donde fueron recibidos por el alcalde Ireneo Durán Pérez, gran aficionado al futbol y cuyo sobrino, por cierto, era el doctor Primo Quiroz Durán, entonces mascota del León y hoy, historiador del equipo que tiene en su granja un extenso museo con fotografías, playeras, recortes de periódicos y otras partes del alma de los Esmeraldas. La afición que cargaba en hombros a los jugadores avanzaba como una mancha verde por la calle Madero y al llegar a la esquina con Libertad

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donde vivía “El Capi” Montemayor, ex jugador retirado del futbol dos años atrás, éste salió emocionado para ver el paso de los gladiadores y los aficionados entre gritos y porras lo subieron también en hombros pero algún vival con la habilidad de un mago, le robó la argolla matrimonial.

**** Me acuerdo del bálsamo suave de los chiles poblanos, el fresco picor de las naranjas y limones, el fuerte aroma del tocino crujiente y el chorizo a las brasas. Eran los aromas que nos daban la bienvenida a aquel primer tianguis del carro verde cuya corta extensión recorríamos sobre dos cuadras de la calle Guillermo Prieto que estaban cerradas al tráfico vehicular. Gustosas y con lista en mano, recorríamos aquel rústico pero bien surtido mercado, acompañadas bajo la fiesta de colores de los jitomates, limones, calabazas, chiles, cebollas, plátanos dominicos y tabascos, ciruelas, nopalitos en trozo corto o fileteado, tortitas de polvo de camarón, el camote enmielado con piloncillo y canela; los humeantes taquitos sudados y los cajones de madera repletos de frijoles negros, peruanos y bayos; el arroz, las pastas de azúcar, sal molida o en grano, las rajitas de canela en filas ordenadas, las nueces con cáscara, el camarón seco y las pasitas arrugadas. La variedad de aromas contrapuestos aminoraban los olores putrefactos que repentinamente llegaban de algunos puestos. Tengo los recuerdos como una fotografía en blanco y negro: los grupos de niños y jóvenes se disputaban a gritos y empujones por ganar la aceptación del “seño, yo le ayudo”. Los puestos estaban instalados sobre la calle, alineados en filas dobles, separados con maderas y láminas que marcaban el espacio para cada

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uno. Era necesario usar las banquetas atropellando a los marchantes, avanzábamos lento y sin quitar los ojos del cargador y de la bolsa de plástico de cuadros multicolores que poco a poco se llenaba de cucuruchos, de papel o de periódico, en la que nos daban los frijoles, el arroz y las demás semillas y granos. El chiquillo cargador mostraba sus dotes físicos con las mejillas enrojecidas y andar pandeado y debíamos ayudarlo un poco con la carga y de paso, rescatábamos del interior de la bolsa a los jitomates a punto de ser aplastados por las naranjas. Hasta aquí todo iba bien, pero de pronto el olor a carne cruda junto al espectáculo de las cabezas de puerco colgadas de los ganchos en las carnicería, nos provocaban un ligero mareo y justo ahí, lo mejor era pensar en las deliciosas carnitas, la cochinita pibil y el lomo al horno. En ese entonces, no se hablaba de obesidad, ni de alimento chatarra ni mucho menos de comida rápida. La penúltima parada rumbo a la Pino Suárez era en las tortillas recién hechas, calientitas, bien cocidas y envueltas en una servilleta bordada a mano y antes de cubrirlas, unas manos, las mías y la de mi madre, chocaban sobre ellas para tomarlas de forma rápida y enrollarlas para amortiguar el hambre que ya nos pesaba por tanto caminar. Mientras tanto el chamaco ayudante balanceaba la bolsa al compás de LG, LG, LG; seguro que ya estaba pensando en qué gastar la moneda que recibiría y nosotros, saboreando el frío jugo de lima que vendían en el último puesto para salir del carro verde.

**** Me acuerdo del “Gol Fantasma” (“el gol que no fue gol”) en uno de esos clásicos partidos León - Guadalajara. La víctima de aquel error arbitral fue

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Carbajal. Al día siguiente las páginas de los periódicos comprobaron lo que todo mundo vio en las gradas. Imagen imborrable aquella la de “La Tota” volando al tiempo que el balón entraba por la “red rota”. Las porras enardecidas colmaron las frías gradas de la Martinica con el auténtico y el más importante clásico de entonces. Chava Reyes tomó el balón y burló a los defensas y al mismísimo Carvajal para meter el gol definitivo con que las Chivas derrotaron al León. Me acuerdo que me daban el dinero para comprar los boletos en las oficinas del club León, ubicadas en el quinto piso de las Fábricas de Francia. Subía por los elevadores Otis de fierro que eran operados manualmente. El elevadorista me preguntaba a qué piso iba y luego las puertas duras y pesadas se abrían como acordeones de metal elástico.

**** Me acuerdo que en el estadio de la Martinica no había palcos ni plateas sino simples gradas de cemento que teníamos que suavizar con cojines que alquilaban en un peso cada uno. Al mismo tiempo el famoso “Emociones” de pelo completamente blanco, hacía su agosto con las quinielas entre los aficionados de Sombra Preferente mientras el pintoresco Felipe Méndez Estrada (El Felipazo) con su clavel rojo en la solapa, anunciaba su publicación también llamada “El Felipazo”, pasquín de la época editado, decía él, desde su tugurio. En ese periódico lanzaba truenos, rayos y centellas y otros lugares comunes de la injuria, contra las autoridades y el periodista argentino Mauricio Bercun, dueño de El Heraldo de León a quien calificaba de mercenario y explotador.

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* * * * Me acuerdo de “Ponchin,” el peluquero que de niño nos alegraba mientras nos cortaba el cabello cerca del oratorio de San Felipe Neri. Era la época dorada de la ciudad, cuando de niños disfrutábamos nuestras calles por la tranquilidad con la que transitábamos en ellas y la libertad con que podíamos amar, soñar, convivir. Pero “Ponchín” también iba a nuestras casas donde lo esperábamos llenos de emoción. Su oficio aparentemente intrascendente era muy significativo para nosotros. Aquellos momentos nos llenaban de cariño y calidez.

* * * * Me acuerdo de las misas dominicales en el Oratorio porque teníamos que ir temprano a la ceremonia de las nueve del Padre Vicente Rodríguez o del padre Carmelo, uno tan superficial y ligero y el otro conceptuoso, sin embargo ambos eran aficionados al futbol por lo que el culto era rápido para llegar todos a tiempo al juego.

**** Me acuerdo que una noche de Reyes de 1982 tomé un taxi para que me llevara al centro de la ciudad con el fin de comprar los regalos para mis sobrinos. Al abordarlo, el chofer llevaba el radio encendido y justo unos momentos después de acomodarme para enfilar el rumbo, el locutor de la estación suspendió la transmisión para solicitarle a los radioescuchas su colaboración para encontrar al niño Oninaná de tan solo 4 años de edad que fue secuestrado a finales de diciembre.

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Leyó una carta escrita por el periodista Javier González donde se le rogaba a la presunta secuestradora devolver el niño a sus papás en esa noche de Reyes. La lectura de ese texto me impactó profundamente y sin más ni menos, lloré. La carta dice lo siguiente: “A la señora que raptó al pequeño ONINANÁ BACHMAIER. Señora: Esta noche todos los niños del mundo se durmieron muy temprano en espera de los Reyes Magos. Sí, aquellos que también usted esperó ilusionada en sus años infantiles y la colmaron de ilusiones. Esta noche nosotros los adultos también evocaremos con nostalgia la felicidad de ser niños, despertar muy tempranito y descubrir los regalos en nuestro zapato. Esta noche cumpliremos nosotros los adultos el sagrado ritual de sentirnos Reyes Magos para brindar alegría a nuestros hijos. Y esta noche, mientras muchos reiremos felices acarreando los juguetes, escondiéndonos para no ser descubiertos por los curiosos ojillos de nuestros duendecillos, también habrá otros papás que llorarán. Ya sabe usted quiénes son esos infelices padres que no han dejado de llorar desde aquella tarde triste del 26 de diciembre en que usted raptó a un rubio niño del jardín principal. Y esta noche más que nunca quisieron morir por la pena de su hijo ausente. Sí, se trata del pequeño Oninaná que usted tiene escondido en su hogar. Usted lo arrancó, lo robó de su mundo feliz que son los brazos de sus padres y lo ha hecho suyo, causando el más fiero dolor que pueda ocasionarse a un ser humano. Perder un hijo así, robado, es vivir el mismo infierno. Es enloquecer de angustia, gritar, llorar, maldecir, matar… ¡Sí! Hasta matar, aniquilar, pulverizar. Todo esto y algo indescriptible sentimos cuando nos arrancan un hijo pequeñito. ¡Hasta llegamos a revelarnos contra el mismo Dios en el paroxismo del dolor!

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Y qué decir del pequeño inocente, víctima impotente, incapaz de comprender el drama que protagoniza. Llorar, sólo llorar. Extrañar lo que tenía y lo nuevo que lo rodea. Caras ajenas que no son de su mundo fantasioso; sonrisas que no le dan confianza; caricias, si es que las recibe, que no siente sinceras y las manos que lo toquen le serán tremendamente frías. Quizá se resista a comer lo que no está acostumbrado. Y a la hora de dormir se resistirá a reclinar su cabecita donde no siente confianza. Al despertar, cuánta angustia y llanto en sus límpidas pupilas grises como el cielo de estos días tristemente nublados. Y muy dentro de su inconciencia se preguntará la ausencia de sus padres. Y esto es lo menos peor, porque si ha sido maltratado, ofendido… ¿qué pensará? Todo esto, señora, ¿ya lo ha considerado, usted? Se llevó a un niño en un arranque de amor maternal porque nunca ha tenido un hijo, ¿desea tenerlo o nunca pudo realizar su sueño de mujer? Y si usted ha sido madre, entonces, ¿por qué lo hizo…? Y si fue por dinero, pues entonces no sé qué comentar, porque el dolor, un dolor de este tamaño, atormentando a un niño, lo mejor de la vida, no tiene precio en metálico. No quiero ahondar los abismos insondables de su alma para investigar los motivos que la orillaron a disponer de un ser humano, indefenso, como si fuera una cosa, pero si quiero tocar las fibras más íntimas de su corazón para que usted misma se redima de tan grande falta. En esta Noche de Reyes el pequeño Oninaná podría recibir el mejor regalo que le puede dar el cielo: sus propios papás. Y usted, señora, la del vestido floreado, tiene en sus manos ese regalo, inapreciable. ¿Se lo dará?

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Oninaná, sus padres y la sociedad se lo agradecerán. Cordialmente Carlos Xavier González López PD: Ah, ¿y sabe qué? Más que nadie, usted misma se felicitará porque se habrá convencido, que los Reyes Magos SÍ EXISTEN, somos nosotros, usted…, y alguna vez también nobleza y humanidad”. Me acuerdo que ese texto fue publicado en el Sol de León el 5 de enero de 1982 y que unos días después, el infante, gracias a ese conmovedor texto.

**** Pero esto no es un cuento, amigos. Son purititos recuerdos. –¿Será un relato, entonces? –Yo lo que sí sé es que es parte de nuestra inspiración inmediata. –¿Tenía que seguir una estructura? Eso se dice –¿Y tú qué opinas? ¿crees que este texto podría gustarle a un solo lector? –Cómo voy a saber yo…

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Memorias del Encuentro de Arte de Le贸n l i t e r a t u r a / Rally de Lectoescritura Dialogar, Profesionalizar, Perspectiva. Se termin贸 de imprimir en el mes de junio de 2013 en la ciudad de Le贸n, Guanajuato.

Le贸n, Guanajuato, junio del 2013



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