El boom inmobiliario que caracteriza a los polos turísticos del norte del Estado atrae a millones de turistas barateros de medio mundo, pero sobre todo a legiones de pobres que, sin ningún peso en la bolsa, están dispuestas a sobrevivir de lo que sea y donde sea, a ocupar predios ajenos, a seguir las promesas de líderes de colonos que lucran con la miseria y transan con el poder político, a desmontar selvas para montar tejabanes de cartón y salvar un poco la intemperie tropical, a establecerse en la marginalidad y sobre todos los planes de ordenamiento ecológico y urbano, a contravenir cualquier regulación medioambiental o de protección civil que prohíba asentamientos en zonas contaminables y peligrosas.