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La Caja


Índice de contenido CAPÍTULO I........................................................................................................................................1

CAPÍTULO II.......................................................................................................................................4

CAPÍTULO III.....................................................................................................................................5 CAPÍTULO IV.....................................................................................................................................7 CAPÍTULO V.......................................................................................................................................9 CAPÍTULO VI...................................................................................................................................10

CAPÍTULO VII..................................................................................................................................12


CAPÍTULO I

Isabel se levantó temprano ese día, miró por la ventana y pudo percibir cómo la suave brisa del verano se transformaba en inclementes ráfagas de viento que atacaban – furibundas – las ramas de los árboles, haciendo que las delicadas hojas (que ya cambiaban sus brillantes tonos verdes por melancólicos rojos-amarillentos) se desprendieran y volaran sin rumbo fijo, de aquí para allá entre los remolinos. Frente sus ojos, el verano cedía ante las claras arremetidas del otoño. - Nadie puede contra el paso del tiempo – Se dijo a sí misma – Por suerte nadie puede contra el paso del tiempo, y mi día ha llegado al fin – Concluyó con una sonrisa. Acababa de salir de la ducha, y recorría su departamento cubierta con un par de toallas: una tapando su delgado cuerpo y otra envolviendo su alborotado cabello húmedo. Se dirigió a su closet y buscó alguna combinación de ropa que le permitiera capear el frío que iba a cubrir la ciudad, indudablemente, de hoy en adelante. - Una vez que el otoño llega, no hay más que hacer que esperar el invierno – Canturreó mientras ajustaba el cierre de su chaqueta y salía de su departamento. Llegó al café 10 minutos antes de lo acordado y aprovechó el tiempo para comprarse un capuchino para llevar – de esos que venden en vasitos de cartón – y se sentó fuera del café dispuesta a esperar. Tenía planificado esperar hasta las 9 si fuese necesario – la cita era a las 8:20 – y si, el chico que esperaba no llegaba a esa hora, ya tenía decidido su plan de acción: iría a la casa del muchacho y le presentaría convincentes razones para entregar la caja. Esperaba no tener que usar el plan B, pero con las compras por internet nunca se sabe. Además en cierta forma todavía le parecía increíble haber encontrado la caja en una subasta de internet. Su padre había dedicado la vida entera a seguirle el rastro a la dichosa caja – de hecho, ella sospechaba que su extraña muerte también estaba relacionada con ella – y ahora Isabel, heredera de la cacería de su padre, estaba a punto de recibirla a cambio de un par de billetes. - ¡Cómo se nota que el pobre no sabe lo que está vendiendo! – Suspiró, mientras echaba un vistazo a su reloj y comprobaba que ya eran las 8:21 am. ¿Y si él no aparecía? ¿Y si, de alguna forma misteriosa, el muchacho había descubierto el valor de la caja y había decidido usarla para su beneficio? El miedo empezó a apoderarse de Isabel ¿Y si la dirección que él había ingresado en el sitio de ventas de internet era

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falsa? ¿Y si no tenía cómo ubicarlo y perdía el rastro de la caja para siempre? Tomó un sorbo de su vaso de café para tranquilizarse y, al levantar la vista, lo reconoció. No podría explicar cómo supo que era él, pero lo reconoció sin lugar a dudas. Retiró un mechón de pelo de su rostro, infinitamente más tranquila, y lo saludó amablemente: - Tú debes ser Pedro – Exclamó extendiendo la mano. - Sí, soy yo, disculpa la demora – Se disculpó el desgarbado muchacho. - No te preocupes – Contestó comprensiva – Mientras traigas la caja contigo – Sonrió. - Claro, aquí la tengo – Respondió Pedro mientras metía su mano en un pequeño bolso de laptop y sacaba la caja – No quería deshacerme de ella, es un recuerdo de mi padre, pero ando en apuros económicos y no me quedó más que ofrecerla. Me extrañó que alguien quisiera comprarla… - A mí me extrañó más encontrarla en un sitio de ventas por internet – Respondió Isabel mientras extendía un par de billetes de veinte mil pesos al muchacho, luego de haber depositado la caja cuidadosamente en su cartera. De pronto, se sintió en un peligro profundo: ¿Y si a Pedro le daba por averiguar para qué quería ella la caja? ¿Y si descubría su valor y quería recuperarla? No podía permitirse ese tipo de riesgos, registró el bolsillo de su chaqueta y sacó una impoluta pistola que tenía adosado un silenciador en el extremo del cañón. - Lo siento – Dijo apenada, mientras disparaba directamente a la frente del joven que acababa de conocer. La gente que caminaba por el lugar, o que disfrutaba de su desayuno en el local, empezó a agolparse alrededor del cuerpo de Pedro, quien se mantuvo vivo por un par de minutos, sin embargo, murió antes de que llegara la ambulancia y nada se pudo hacer por salvarlo. Isabel – por su parte – apenas dio el disparo, emprendió una loca carrera y no se detuvo hasta llegar a su departamento y cerrar la puerta con doble llave (por lo que no se enteró del desafortunado destino del vendedor de la caja). Se sentó en uno de los sillones del pequeño apartamento que había arrendado para vivir en la ciudad hasta que consiguiera la caja. Se dio un par de minutos para respirar profundo, calmarse y sobreponerse de dos cosas: haber matado a un hombre y ¡Tener la bendita caja en su poder! La examinó detenidamente por fuera, dándole múltiples vueltas y fijándose en cada uno de los detalles de la antigua madera pulida. Tomó un lápiz y una libreta que tenía en la mesa de centro del living y anotó los detalles que le parecieron importantes. Luego, accionó el pequeño mecanismo que permitía que la caja se abriera y miró el interior embelesada. Tomó de la mesa una segunda libreta – mucho más antigua y desgastada 2


que la anterior – y comprobó que el interior de la caja era exactamente igual a los bosquejos que se encontraban en la libreta. - Aquí la tengo, papá – Exclamó mirando al techo - ¡Aquí está la caja que buscaste por tanto tiempo! ¡Por fin en nuestro poder, papito!

Los ojos se le llenaron de lágrimas por unos segundos, pero luego volvió a su actitud científica y examinó detenidamente el interior de la caja: Delineado con diminutos palitos de 3 diferentes colores, se encontraba un laberinto en miniatura. En una de las puntas, una bola de metal estaba instalada en el punto de partida. Diagonalmente, un agujero – del tamaño exacto de la bola – marcaba la meta. Según las investigaciones de su padre, una vez abierta la caja, quien la hubiera encontrado tenía 10 oportunidades para hacer que la bola llegara a la meta. Cada fallo tenía consecuencias funestas (no se sabía cuales, pero se sabía que eran horribles), pero quien lograse completar el laberinto tendría acceso a uno de los mayores tesoros de la cultura egipcia: la sala del trono de la pirámide de Keops. Sin embargo, si los 10 intentos eran fallidos, la caja volvía a sellarse por 100 años. Su padre no había logrado descifrar cómo es que la caja calculaba el tiempo exacto para mantenerse cerrada, pero la teoría era cierta: antes de ayer la caja cumplía 100 años cerrada, desde que el investigador británico Sir Graham Hatcher intentó resolver el laberinto infructuosamente. Según las anotaciones de su padre, la tarea era doblemente difícil, pues no sólo había que resolver el laberinto, si no que había que hacer que la bola se deslizara perfectamente por entre los diminutos pasillos del laberinto. Toda vez que la bola entraba en un pasillo sin salida o que el jugador hacía un movimiento de retroceso, la bola volvía al punto de partida y se contaba como fallo. Isabel miró el pequeño juguete, tentada a probar suerte pero, al ver cómo la caja temblaba en sus manos por su inestable pulso, decidió cerrarla nuevamente y resolver el laberinto cuando ya no estuviera tan alterada. - De todas formas, no tiene sentido resolver el laberinto aquí – Se dijo para tranquilizarse – Hay que hacerlo en Egipto. Sin poder sacarse la sonrisa del rostro, volvió a meter la caja a su cartera y empezó a empacar sus cosas.

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CAPÍTULO II

Por fin iba en el avión, estuvo 4 horas esperando en el aeropuerto algún vuelo que se dirigiera al Cairo, pero las salidas a Egipto no eran muy frecuentes. Se pasó la mayor parte del tiempo que estuvo en el aeropuerto mirando el interior de su cartera, comprobando que la caja aún estuviera ahí. El avión empezó a avanzar lentamente por la pista de despegue, y el corazón de Isabel parecía acelerarse con cada minuto que pasaba. Comprobó su pulso: aún permanecía inestable, así es que decidió partir por resolver el laberinto en papel. Sacó las dos libretas: la antigua (en la que su padre había anotado todos los descubrimientos que había hecho sobre la caja y que contenía los bosquejos del laberinto) y la nueva (en donde ella había anotado sus propios descubrimientos sobre el mismo elemento). Cuando el avión hubo despegado y estabilizó su vuelo, Isabel empezó a hacer en su libreta minuciosas copias del diseño del laberinto con una lapicera azul. En cuanto tuvo listas 10 copias (lo cual le tomó aproximadamente dos horas, debido al intrincado diseño) empezó a trazar un camino sobre el primer bosquejo, utilizando un lápiz grafito. Cada vez que en su avance se encontraba con un callejón sin salida, lo cerraba marcando la entrada con una lapicera roja. Cuando el primer modelo tuvo suficientes rayones como para empezar a hacer irreconocible el laberinto, Isabel se detuvo, marcó en el segundo bosquejo los caminos sin salida que ya había descubierto y se dispuso a seguir tratando de descifrar el camino, cuando su compañero de asiento – un hombre atractivo, de unos 30 años - la interrumpió: - Vaya, nunca había visto a alguien tomándose tanto trabajo para resolver un laberinto, debe ser muy complicado… - Aventuró con una sonrisa. - Si, bastante – Respondió la muchacha con un tono cortante, recriminándose por haberse puesto a resolver el laberinto en un lugar público sin fijarse en que estaba exponiendo información vital a cualquier entrometido que se pusiera a mirarla. - ¿Puedo ayudarte? La verdad es que el viaje es bastante largo y no se me ocurrió traer algo para entretenerme. Y soy muy bueno para resolver laberintos ¡Te lo aseguro! – Afirmó coquetamente. - No, gracias, quiero resolverlo sin ayuda – El corazón de Isabel empezó a bombear con fuerza. - ¡Oh! ¡Vamos! ¿O es que vas a ganarte un premio resolviéndolo sola? 4


Horas después en el aeropuerto del Cairo, una pistola con un silenciador instalado en la punta del cañón, mató a un hombre atractivo, de unos 30 años, en el baño. Isabel salió del baño de hombres tiritando como una gelatina: no pudo con la idea de que el tipo sospechara que el laberinto que ella resolvía era la puerta de entrada a uno de los mayores tesoros del mundo antiguo, y se sintió obligada a matar al sujeto. Salió del aeropuerto llorando, preguntándose en qué clase de monstruo se había convertido; preguntándose cómo había podido matar a dos seres humanos a sangre fría; preguntándose en qué momento la codicia se había apoderado de ella y de sus actos. Con el rostro empapado por sudor y lágrimas, llamó un taxi y le pidió que la llevara a un hotel.

CAPÍTULO III

Pasó una semana completa sin acercarse ni a la caja ni a las libretas, sin saber si continuar con el legado de su padre o volver a ser un ser humano común y corriente, pobre, pero con la conciencia medianamente limpia. Durmió pésimamente, soñando que los hombres que había matado la perseguían y le gritaban insultos. Soñaba que tras su loca carrera, llegaba a su casa y rompía la caja, haciéndola añicos con los tacos de sus zapatos. Despertaba sobresaltada, para comprobar que la caja seguía ahí, sobre el escritorio, junto a las libretas. En la noche del octavo día desde su llegada al Cairo, tuvo un sueño especial: Su padre la esperaba afuera de la pirámide de Keops, y le decía amablemente: - Querida Isabel, has que la muerte de esos hombres valga la pena… En su mente, todo adquirió sentido: Si la sala del trono de la pirámide de Keops quedaba sin abrir, la muerte del muchacho y del hombre del avión serían en vano. Estaba en sus manos lograr que sus muertes valieran la pena. Se despertó inundada de un nuevo ánimo, se sentó frente al escritorio y – a pesar de que eran las 4 de la mañana - se dedicó a resolver el laberinto. Esa noche gastó los primeros cinco bocetos, tratando de dilucidar el camino de salida del laberinto. Ya le faltaba poco para llegar a la meta, pero antes de seguir con eso, quiso averiguar dos cosas: primero ¿Cuál sería la posible consecuencia de los intentos fallidos?, segundo ¿Dónde – dentro de la pirámide de Keops – estaría la sala del trono? Con la idea de resolver la primera interrogante, partió a la Universidad del Cairo, donde se sabía había un experto en la época de los faraones que probablemente la podría ayudar.

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- Buenos días, señora, mi nombre es Emily Green y estoy haciendo un trabajo sobre las técnicas de tortura de los faraones egipcios ¿Sabe usted si aquí habrá alguien que pueda ayudarme? – Preguntó sonriente, a la secretaria del Departamento de Historia Egipcia de la universidad. - Claro que sí – Respondió amablemente la anciana secretaria – El profesor Geller es experto en faraones, déjeme preguntarle si la puede atender. La secretaria levantó el auricular de su teléfono y discó un anexo. Dentro de la segunda oficina a mano derecha se escuchó repicar un timbre, luego de una corta conversación, la secretaria se levantó de su asiento y guió a la muchacha hacia la oficina del profesor Geller. - Buenos días, alumna, qué extraña e interesante tarea le han asignado ¿Puedo preguntar qué profesor se la asignó? - Oh, probablemente usted no lo conozca, es mi profesor de egiptología en la Universidad Católica de Venezuela – Inventó rápidamente – Como supo que yo vendría aquí por asuntos familiares, me asignó una tarea cuya respuesta difícilmente podría obtener en Venezuela – Dijo sonriendo mientras se acomodaba en la silla que le ofrecía el profesor. - Vaya, debe ser un profesor muy suspicaz, si me lo permite, señorita… Bueno, a lo que nos convoca ¿Está interesado tu profesor en algún faraón en particular? - ¡Claro que sí! – Respondió Isabel tratando de marcar un acento centroamericano en su inglés (que, después de tantos viajes que realizó alrededor del mundo siguiéndole la pista a la dichosa caja, era bastante fluido) – Le interesaban sobremanera las técnicas de tortura del faraón Keops. - Ya veo, pues nuestro faraón Keops era amante de los venenos y las toxinas, le encantaba que sus asesores llegaran a mostrarle nuevas combinaciones venenosas de plantas o secreciones animales, y era un estudioso de los distintos tipos de intoxicaciones y sus efectos en el ser humano. Isabel tragó con dificultad algo de saliva, y esta vez le pareció más espesa de lo normal. - Incluso dicen… – Prosiguió el emocionado catedrático – que en su tumba, la famosísima pirámide de Keops, mandó construir numerosas trampas basadas en gases venenosos y otros productos de esa índole. - O sea que si alguien intentara ingresar a la sala del trono… - Susurró Isabel para sí misma, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta. - Seguramente moriría envenenado. Gracias a Dios, aún nadie ha podido ingresar a la sala del trono, a pesar de las múltiples expediciones que se han aventurado dentro de la pirámide con el fin de encontrarla. 6


- Debe ser terriblemente difícil dar con la ubicación de ese salón… - Aventuró para ver si lograba obtener algo de información extra. - A esta altura ya no debería serlo tanto, se cuenta con varios mapas que han generado diferentes “excursionistas de la pirámide” y (a pesar de que esa pirámide es un verdadero laberinto multinivel) yo creo que sería posible, para cualquier persona familiarizada con laberintos, hacer un mapa bastante completo de la pirámide superponiendo los existentes bosquejos y rellenando los vacíos con las salas que falta descubrir y que se sabe existen, entre ellas, la sala del trono. – Por supuesto, cualquier persona con el conocimiento y la inteligencia de los genios que trabajan aquí, podría encontrarla – Sonrió, zalamera, Isabel. – Jeje, no lo crea, señorita, se nos ha hecho bastante difícil resolver ciertas interrogantes sobre las épocas antiguas, los faraones, sus creencias, sus valores, etc. Empiezo a convencerme de que algunas cosas fueron hechas para permanecer en el pasado – Razonó Geller. – Tal vez así sea, profesor. En fin, muchas gracias por su tiempo y por las invaluables respuestas que me dio. Estoy segura de que mi profesor estará muy contento con el reporte.

CAPÍTULO IV

Cada vez más convencida de que su padre estaría muriendo de orgullo en el cielo por lo bien que estaba haciendo su trabajo, se dirigió sonriente a la Biblioteca Nacional. El profesor Geller le había dado muchos ánimos con eso de que “Yo creo que sería posible, para cualquier persona familiarizada con laberintos, hacer un mapa bastante completo de la pirámide superponiendo los existentes bosquejos”. Isabel sabía que existían bosquejos de la pirámide, pero la afirmación del profesor la había llenado de confianza: desde pequeña, su padre la había entrenado en la resolución de laberintos, tal vez intuyendo que ella sería la que continuaría con su investigación, y – si alguien podía resolver el laberinto multinivel que resultaba ser la pirámide de Keops – estaba segura de que ella era ese alguien. Se instaló en la mesa más grande de la biblioteca, la cual llenó de mapas satelitales, libros de viajero de los distintos “exploradores de pirámides”, atlas de historia y egiptología, textos sobre la construcción de las pirámides y otros sobre la construcción de laberintos y todo lo que pensó que pudiera serle útil. Sacó una pila de hojas milimetradas, lápices grafitos y gomas de borrar y se dispuso a trabajar. Estuvo yendo diariamente a la biblioteca por casi un mes y medio: se levantaba temprano en la mañana, desayunaba un café camino al recinto, estaba allí toda la tarde hasta que cerraban a las 5 pm. Pasaba a algún café a servirse un sándwich y volvía a su casa para continuar con su otra tarea: resolver el laberinto de juguete. Este estrafalario estilo de vida se había llevado unos 5 kilos y había traído consigo unas ojeras eternas y un tono de piel de ratón de biblioteca que hubieran hecho difícil reconocer en la actual Isabel a la antigua Isabel: una chica agraciada, atlética y femenina. Sus antiguos 7


conocidos no hubieran creído que la atractiva y aventurera Isabel ahora se pasaba la vida acarreando millones de papeles y bolsos gigantes repletos de libros, vestida con ropa deportiva deslavada y zapatillas que no daban más de polvo. La noche que logró resolver el laberinto de la caja – miércoles, 5 am. – lloró de emoción (haciendo que sus, ya permanentes, ojeras aumentaran su tamaño e incrementaran su tonalidad violácea), abrió una de las pequeñas botellas de champaña que tenía el frigobar de la habitación que ocupaba en el hotel y se sirvió un pequeño trago. Pequeño, porque tenía que estar extremadamente despierta al día siguiente: ahora que tenía resuelto el laberinto, sólo le quedaba descubrir la ubicación de la sala del trono. Le tomó otros tres días descubrir dónde podría estar la habitación del trono. Finalmente, superponiendo todos los bosquejos existentes, haciendo comparaciones con los mapas satelitales y descubriendo – y descartando – uno y mil caminos sin salida dentro de la pirámide, encontró tres vacíos inexplorados, de los cuales el mayor seguramente sería la sala del trono de Keops. Se mordió la lengua para no gritar de alegría, tensó los músculos para que nadie notara que, por fin, había encontrado lo que estaba buscando (a pesar de los múltiples ofrecimientos de ayuda que recibió de parte de las personas que trabajaban en la biblioteca, así como de uno que otro visitante como ella, nunca le contó a nadie qué estaba haciendo allí, ni qué buscaba tan afanosamente). Anotó todos los datos que necesitaba en una de las hojas milimetradas que le quedaban, así como en su libreta y devolvió todos los libros y mapas que había solicitado. La amable bibliotecaria – al notar que la muchacha se iba del recinto antes de que éste cerrara, cosa que nunca antes había pasado – le preguntó sonriente: - ¿Ya encontraste lo que buscabas? - No – Respondió súbitamente Isabel. Al darse cuenta de su exagerada reacción, prosiguió, tratando de parecer un poco más tranquila – No, la verdad es que simplemente me cansé de buscar – Puso su mejor cara de cansancio, lo cual, dada la rutina que había estado llevando, no fue difícil de hacer. - Comprendo, bueno, ¡Mejor suerte para mañana! – La animó. - Gracias. Isabel volvió a maldecir su falta de precaución: debió sacar algún otro libro, otra cosa que desviara la atención de sus investigaciones, cualquier idiota que revisara los libros y demás cosas que había utilizado en la biblioteca podría darse cuenta de en qué andaba. Viendo que la paranoia comenzaba a consumirla, entró a una gelatería, pidió una leche tibia y se la tomó como tranquilizante. Mañana sería el gran día. Cuando terminó su vaso de leche, se dirigió a un local de arriendo de automóviles, eligió el mejor jeep 4x4 que tenían disponible y se fue en él al hotel. Apenas llegó a su habitación, empezó a hacer el bolso que ansiaba preparar por meses: la mochila que llevaría a su expedición por la pirámide de Keops. Echó lo indispensable: un par de botellas con agua y tarros con comida (no sabía cuánto tiempo estaría allí 8


dentro, era mejor prepararse), una linterna de mano y una de esas que se instalan en la cabeza, junto a una excelente provisión de baterías para ambas, un par de cuerdas y ganzúas, las libretas, sus apuntes, y la infaltable caja. Alistó un par de prendas de excursionista y unos bototos “areneros”; puso la alarma de su reloj a las 3 de la mañana y suspiró satisfecha. Mañana sería el gran día.

CAPÍTULO V

Esa noche casi no pudo dormir, así que fue un verdadero alivio cuando el despertador hizo sonar su alarma, indicándole que era hora de emprender la marcha. Tomó la mochila y bajó hasta el estacionamiento del hotel, se subió al jeep y emprendió su marcha hacia el desierto. Cuando pudo ver la pirámide, buscó un lugar donde esconder el jeep y enfiló hacia la entrada que le permitiría llegar de manera más directa a la sala del trono. Se escabulló hábilmente del par de guardias que custodiaban la pirámide para evitar saqueos y logró entrar. Iba temblorosa, con el corazón saltándole a mil por hora, siguiendo paso a paso el dibujo del camino que debía seguir – el que había hecho en la biblioteca – sabiendo que cualquier paso en falso podría llevarla a perderse sin remedio dentro de la laberíntica construcción. Subió algunas escaleras, bajó otras, siempre atenta al diagrama que se había hecho. Pudo constatar que había pequeñas señales en el camino – típicos dibujos egipcios – que parecían indicarle que iba por buen rumbo: un pequeño hombrecito, que a cada vuelta de esquina del supuesto camino hacia la sala del trono, iba adquiriendo más y más prendas de un faraón. Esperanzada, bajó las que – según su diagrama – eran las últimas escaleras hacia la sala del trono, para toparse frente a frente con una sólida pared llena de inscripciones. Su primera reacción fue desesperarse, no podía creer que tanto esfuerzo la hubiese llevado a un callejón sin salida. Las lágrimas saltaron de sus ojos y sollozó por unos instantes, incapaz de contenerse. Cayó al suelo, llenándose la ropa de arenilla y lloró por un rato, convencida de que todo había sido en vano y de que tendría que salir de la pirámide y volver a la biblioteca a revisar los mapas y bosquejos. De pronto, cuando subió la cabeza para secarse las lágrimas y poder emprender el camino de salida, lo vio: un pequeño agujero, en el que parecía caber la caja del laberinto. Isabel sacó la caja de la mochila y la hizo entrar en el orificio: encajaba 9


perfectamente. Pues bien, eso era, la dichosa caja era una especie de llave que abría la puerta de la sala del trono. El momento había llegado, tendría que hacer lo que no se había atrevido a hacer hasta ahora: tendría que hacer que la pequeña bola cruzara el laberinto.

CAPÍTULO VI

Primer intento. Suspiró. Su cuerpo temblaba como gelatina, sus rodillas chocaban entre sí, sus manos apenas tenían la fuerza para sostener la caja. Suspiró de nuevo. Tenía que obligarse a calmarse, a estar tranquila, a poder manipular la caja. Tomó la caja entre sus dedos índices y pulgares, para tratar de mantenerla estable y la abrió, pero sus manos tiritaban de tal forma que la bola cayó al suelo. Al instante, sintió una pequeña – pero dolorosa – puntada en sus dedos índices. Pudo sentir cómo un líquido espeso empezaba a recorrer sus venas, y lo comprendió: la “funesta consecuencia” que traía el mal manejo de la caja era un envenenamiento progresivo, seguramente las dosis que el cuerpo humano soportaría serían 10, justamente la cantidad de intentos fallidos que aceptaba la caja. Así es que ese sería el precio: si no era capaz de resolver el laberinto antes de 10 intentos, pagaría con su vida. La idea la horrorizó. Tratando de calmarse, echó una ojeada a su alrededor, buscando la bola para devolverla al laberinto, pero lo que vio no la ayudó a calmarse para nada: ahora que miraba con atención, pudo reconocer por lo menos 4 cráneos y un montón de otros huesos, seguramente correspondientes a 4 exploradores que quisieron abrir la sala del trono del Keops. Si cada uno de esos hombres había llegado hasta allí con la caja significaba que por lo menos hace 400 años había gente interesada en abrir la tumba, 4 habían logrado llegar hasta la entrada. Ninguno había logrado resolver el laberinto. Tragó saliva, devolvió la bola al lugar de partida e inició el avance siguiendo el plano que había dibujado en su libreta. Pero en un momento en que desvió la mirada desde la caja hacia el bosquejo, la bola hizo un pequeño movimiento de retroceso y volvió a sentir las punzadas en sus dedos. Segundo intento fallido. Volvió a ocupar la misma técnica en el tercer intento, y volvió a perder el equilibrio al mirar hacia el bosquejo, haciendo que la bola se devolviera al punto de partida y recibiendo una tercera dosis de veneno en su sistema. Empezó a sentirse algo mareada – 10


seguramente uno de los primeros efectos del envenenamiento - y decidió que la única forma de recorrer el laberinto completo era aprenderse el camino de memoria, para no perder de vista la bola ni la caja y así poder mantener el equilibrio durante todo el camino. Estuvo memorizando el camino por aproximadamente dos horas y cuando estuvo segura de habérselo aprendido completo, inició el cuarto intento. La bola avanzó certera por los primeros cuatro pasadizos, pero al tener que avanzar hacia el quinto pasadizo, Isabel se dio cuenta de que había equivocado el recorrido al sentir un nuevo pinchazo en sus dedos, y vio con impotencia que la bola se devolvía al punto de partida. Estuvo memorizando el camino por otra hora más, cada vez más frustrada y enojada consigo misma. Estaba ad portas de cumplir el sueño de toda la vida de su padre, no podía permitirse perderlo todo por su ineptitud, su poca exactitud de movimientos o su mala memoria. Inició el quinto intento, avanzó lentamente por los primeros pasadizos, pero volvió a errar el camino (esta vez un poco más cerca de la meta) y sintió un nuevo pinchazo. La bola empezó a devolverse a la meta, e Isabel – casi sin pensarlo – movió la caja hacia adelante para tratar de detenerla. Sintió un nuevo pinchazo. Por tratar de detener el avance de la bola hacia el punto de partida, había gastado uno de los intentos. Furiosa, dejó la caja en el suelo y se puso a patear los cráneos y los huesos que descansaban en el piso, mientras se tiraba el pelo y se gritaba a sí misma: - ¡Idiota, idiota, idiota! Estuvo así por un buen rato, hasta que las náuseas se apoderaron de ella y la hicieron vomitar en un rincón. Los efectos del veneno se sentían cada vez más fuertes, empezó a dolerle el estómago, la cabeza y la espalda y se sentía cada vez más débil (sobre todo después de haber vomitado). Sintió que su vista se volvía borrosa, y se dijo que no podía permitirse perder la vista antes de haber resuelto el laberinto, tenía que continuar ahora, antes de que los síntomas del envenenamiento fueran tan graves, que no le permitieran seguir intentándolo. Se sentó frente a la abertura donde encajaba la caja, e hizo avanzar la bola rápidamente por los pasillos del laberinto. Avanzó certera, hasta llegar a un camino cerrado. Nuevo pinchazo. Séptimo intento fallido. Las lágrimas brotaron de sus ojos sin que las pudiera contener, lloró amargamente mientras sentía que cada vez se debilitaba más, los músculos de las piernas no le respondían ya, sentía su cuerpo afiebrado, sudaba excesivamente, como si su cuerpo tratara de deshacerse del líquido mortal que lo deterioraba. Con el dorso de la mano se limpió el sudor y las lágrimas del rostro, y volvió a intentarlo. Esta vez, hizo avanzar la bola lentamente, tomándose todo el tiempo necesario para hacer que ésta recorriera delicadamente cada milímetro de los angostos pasillos del laberinto. Su mente entró en un estado de concentración máxima, tanto así que los músculos de sus manos – aunque maltratados por las horas de tensión y por el veneno que corría por sus venas – respondieron fielmente. Sin fijarse en cuánto le faltaba para llegar a la meta, hizo que la bola recorriera certeramente cada uno de los pasillos. Y la bola llegó a la meta. 11


CAPÍTULO VII

Isabel no lo podía creer. La bola tocó el punto indicado como meta y el fondo de la caja se modificó, sobresalieron unos relieves que nunca antes había percibido, y se formó una especie de laberinto, pero esta vez por fuera de la caja. La bola cayó limpiamente por el agujero y se guardó en un compartimento secreto. Isabel tocó el orificio de la pared en el cual encajaba el juguete y con la punta de sus dedos intentó descubrir la posición en la que debía ingresar la caja, para que se acoplaran los relieves de ésta con los bajo niveles del agujero. En cuanto lo descubrió, metió la caja y la giró hacia la derecha, pero no hubo respuesta alguna. Intentó girarla hacia la izquierda y sintió como un antiguo mecanismo se activaba. Se escuchó una especie de “click” – cuyos ecos retumbaron por las paredes de la escalera donde estaba sentada Isabel – y la pared empezó a moverse lentamente, incrustándose en la pared de la izquierda. Isabel fue deslumbrada por la luz que procedía desde la otra habitación – llevaba tantas horas recorriendo pasillos oscuros que sus ojos ya que habían acostumbrado a la escasa luz de la linterna. En cuanto se acostumbró a la claridad, pudo mirar lo que estaba en la otra habitación y quedó boquiabierta. Ciertamente, estaba frete a la sala del trono de la pirámide de Keops. La sala era iluminada por un sistema de espejos, la luz venía directamente del sol. Isabel calculó que serían aproximadamente mediodía, pero no pudo determinar si serían las doce del mismo día en que ella entró, o si habría pasado más de un día dando vueltas por el interior de la pirámide. Una estatua del faraón, de aproximadamente tres metros de altura y hecha de oro puro, se encontraba en medio de la sala, rodeada de pirámides de oro de dos metros de alto, luego de las pirámides de oro, había una hilera de pirámides hechas con piedras preciosas, mesas de oro sostenían cuencos gigantes llenos hasta el tope de diamantes, ropajes confeccionados con las más finas telas colgaban de las paredes de la habitación. A duras penas, Isabel consiguió levantarse – estaba altamente debilitada por el efecto del veneno – y trató de avanzar hacia la sala del trono. Una voz la detuvo: - Gracias por abrir para nosotros la sala del trono de la pirámide de Keops. Isabel giró lentamente, para encontrarse de frente con el profesor Geller y un par de tipos que no pudo reconocer. Vio un arma apuntándole directamente hacia la cabeza. Lo último que escuchó fue un disparo.

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RELATO