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STAFF Mel Cipriano & Dey Kastély

Mel Cipriano

florbarbero

Janira

Annabelle

Dey Kastély

Nico

Annie D

Jeyly Carstairs

CrisCras

Sandry

Adriana Tate

Idy

Eli Hart

Val_17

Mary Haynes

Vanessa Farrow

Vani

Marie.Ang

Majo Villa

Miry GPE

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Mel Cipriano

NnancyC

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Dey Kastély

Miry GPE

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Meliizza

Paltonika

Val_17

Clara Markov

florbarbero

Miry GPE

Laurita PI

Mel Cipriano

Annabelle

Elle

Vanessa Farrow

Juli

Luna West

Yessy


ÍNDICE Sinopsis Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Epílogo Adelanto Sobre el Autor

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SINOPSIS Como todo abogado defensor de DC, Stanton Shaw mantiene la cabeza fría, sus preguntas son punzantes, y sus argumentos irrefutables. No lo llaman el Encantador de Jurados por nada. Con su acento sureño, sonrisa encantadora, y cautivadores ojos verdes, él es un hombre a quién es difícil decirle que no. Los hombres quieren ser como él y las mujeres quieren ser interrogadas a fondo por él. Stanton es un hombre con un plan. Y por un tiempo, la vida iba de acuerdo con ese plan. Hasta el día en que recibe una invitación a la boda de su novia de la secundaria y madre de su amada hija de diez años. Jenny se va a casar… con alguien que no es él. Eso definitivamente no es parte del plan. Sofía Santos creció en la ciudad, una litigante sensata que planea convertirse en la abogada defensora más venerada en el país. Ella no tiene tiempo para relaciones o distracciones. Pero cuando Stanton, su “amigo con beneficios alucinantes”, le pide ayuda, ella se encuentra fuera de su elemento, de su fortaleza, y, obviamente, completamente loca. Porque acepta ir con él al medio de la nada (Mississippi) y hacer todo lo que pueda para ayudarlo a recuperar a la mujer que ama. Su cabeza le dice que está loca... pero su corazón dice otra cosa. ¿Qué pasa cuando se mezcla un pueblo de un solo semáforo, dos argumentadores profesionales, una reina del Baile de Bienvenida, cuatro hermanos mayores, algunas salchichas Jimmy Dean y una Nana pistolera? El Bourbon fluye, las pasiones se levantan e incluso los mejores planes quedan anulados por los deseos del corazón. The Legal Briefs, #1

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1 Último año de preparatoria. Octubre. Sunshine, Mississippi. Traducido por Dey Kastély & Mel Cipriano Corregido por Meliizza

La mayoría de las historias empiezan por el principio. Pero no ésta. Ésta comienza por el final. O, al menos, lo que yo pensaba que era el final; de mi vida, mis sueños, mi futuro. Pensé que todo había terminado a causa de dos palabras: —Es positivo. Dos palabras. Dos pequeñas rayas azules. Mi estómago cae y mis rodillas pierden voluntad. La camiseta verde de futbol americano de la Preparatoria Sunshine se adhiere a mi torso, con manchas oscuras de sudor debajo de mis axilas, y no tiene nada que ver con el sol de Mississippi. Tomo el palito de la mano de Jenny y lo sacudo, con la esperanza de que una línea azul desaparecerá. No sucede. —Mierda. Pero incluso a los diecisiete años, mis habilidades de debate son agudas. Ofrezco un contraargumento, una explicación. Una duda razonable. —¿Tal vez lo hiciste mal? ¿O tal vez está defectuoso? Deberíamos conseguir otro. Jenny sorbe por la nariz mientras las lágrimas se acumulan en sus ojos azules. —He estado vomitando cada mañana por la última semana, Stanton. No he tenido mi periodo en dos meses. Es positivo. —Se seca las mejillas y levanta la barbilla—. No robaré otra prueba de la tienda del señor Hawkin para que nos diga lo que ya sabemos. Cuando se vive en un pueblo pequeño, particularmente una pequeña ciudad del sur, todos conocen a todo el mundo. Conocen a tu abuelo, tu

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mamá, tu salvaje hermano mayor y la dulce hermana menor; saben todo sobre tu tío que se quedó encerrado en la penitenciaría federal y el primo que nunca estuvo bien después de ese desafortunado incidente con un tractor. Las ciudades pequeñas hacen que sea demasiado incómodo conseguir condones, demasiado difícil estar con píldoras anticonceptivas, e imposible comprar una prueba de embarazo. A menos que quieras que tus padres escuchen todo sobre eso incluso antes de que tu chica tenga tiempo de orinar sobre el palito. Jenny envuelve los brazos alrededor de su cintura con manos temblorosas. Tan muerto de miedo como estoy, sé que nada se compara con lo que está sintiendo. Y eso es mi culpa. Yo hice esto; mi avidez, mi excitación. Jodida estupidez. La gente puede decir lo que quiera sobre feminismo e igualdad, y todo eso está bien. Pero me crie con la idea de que los hombres son los protectores. Cuando la responsabilidad es nosotros. Los que se hunden con el barco. Así que el hecho de que mi chica está “en problemas”, no es culpa de nadie más que mía. —Oye, ven aquí. —Coloco su pequeño cuerpo contra mi pecho, sosteniéndola con fuerza—. Estará bien. Todo estará bien. Sus hombros se sacuden mientras solloza—: Lo siento tanto, Stanton. Conocí a Jenny Monroe en primer grado. Puse un sapo en su mochila porque mi hermano me retó a hacerlo. Por dos meses me lanzó bolitas de papel en mi cabeza en venganza. En tercer grado, pensé que estaba enamorado de ella; para sexto grado me encontraba seguro de ello. Era hermosa, divertida, y podía lanzar un balón mejor que cualquier chica, y la mitad de los chicos; Lo supe. Rompimos en octavo grado cuando TaraMae Forrester ofreció dejarme tocar sus pechos. Y lo hice. Volvimos a estar juntos ese siguiente verano, cuando gané un oso para ella en la feria del condado. Es más que mi primer beso, mi primer todo. Jenny es mi mejor amiga. Y yo soy el suyo. Me aparto para poder mirarla a los ojos. Toco su rostro y acaricio su sedoso cabello rubio. —No tienes nada que lamentar. No hiciste esto tu sola. —Alzo las cejas y sonrío—. Yo también me encontraba ahí, ¿recuerdas? Eso la hace reír. Desliza un dedo por debajo de sus ojos. —Sí, fue una buena noche. Acuno su mejilla. —Claro que sí.

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No fue nuestra primera vez, ni la décima, pero fue una de las mejores. El tipo de noche que nunca olvidas, una lucha llena y una manta de franela. Sólo a pocos metros de donde estamos justo ahora, a lado del río con un paquete de cerveza y música flotando por las ventanas abiertas de mi camioneta. Todo fue besos suaves, susurros calientes, cuerpos sudorosos, y manos aferrándose. Unidos tan profundamente que no podía decir dónde terminaba yo y empezaba ella. Un placer tan intenso que quería que durara por siempre, y rogué en voz alta que lo hiciera. Habríamos pensado en ello, tratado de revivirlo, años a partir de ahora, incluso si no estuviéramos teniendo un bebé para conmemorarlo. Un bebé. Jódeme. A medida que la realidad verdaderamente comienza a instaurarse, mi estómago cae todo el camino hasta China. Como si fuera adivina, Jenny pregunta—: ¿Qué haremos? Mi padre siempre me dijo que tener miedo no era nada de qué avergonzarse. Lo que importaba era cómo reaccionabas a ese miedo. Los cobardes huyen. Los hombres dan un paso al frente. Y no soy ningún cobarde. Trago saliva, y todas mis aspiraciones, esperanzas, y planes de salir de esta ciudad también se ahogan. Miro hacia el río, observando el brillo del sol en el agua, y tomo la única opción que puedo. —Nos casaremos. Nos quedaremos con mis padres al principio. Trabajaré en la granja, iré a una escuela nocturna, ahorraremos. Tendrás que posponer la escuela de enfermería por un tiempo. Eventualmente, conseguiremos nuestro propio lugar. Cuidaré de ti. —Pongo la mano sobre su todavía plano abdomen—. De ambos. Su reacción no es lo que me imagino. Jenny se aparta de mis brazos, los ojos muy abiertos y sacudiendo la cabeza. —¿Qué? ¡No! No, se supone que debes irte para Nueva York justo después de la graduación. —Lo sé. —Renunciaste a tu beca de futbol americano de la Universidad de Mississippi para ir a Columbia. Es Ivy League. Sacudo la cabeza. Y miento. —Jenn, nada de eso importa ahora. No hay un solo hombre en esta ciudad que no daría cualquier cosa por jugar en la Universidad de Mississippi… pero no yo. Siempre he querido algo diferente: más grande, más brillante, más lejos.

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Las sandalias en los pies de Jenny levantan arena mientras camina por la orilla del río. Su vestido de verano blanco ondea cuando se gira una última vez hacia mí, apuntándome con el dedo. —Irás y es todo lo que hay que hacer. Justo como lo planeamos. Nada ha cambiado. Mi voz tiene un borde de resentimiento que no se merece. —¿De qué estás hablando? ¡Todo ha cambiado! ¡No puedes venir a visitarme una vez al mes con un bebé! No podemos traer a un bebé a una habitación de la residencia. Resignada, susurra—: Lo sé. Tomo mi propio paso atrás. —¿Esperas que te deje aquí? Eso iba a ser bastante difícil antes, pero ahora… No voy a jodidamente huir cuando estás embarazada. ¿Qué tipo de hombre crees que soy? Sujeta mis manos y me da un discurso que rivaliza con “Gana uno para el Gipper”. —Eres el tipo de hombre que irá a la Universidad de Columbia y se graduará con honores. Un hombre que será capaz de condicionar su salario cuando lo haga. No estás huyendo, estás haciendo lo que es mejor para nosotros. Para nuestra familia, nuestro futuro. —No iré a ninguna parte. —Oh, claro que sí. —¿Y qué hay de tu futuro? —Me quedaré con mis padres, me ayudarán con el bebé. De todas maneras, prácticamente están criando a los gemelos. La hermana mayor de Jenny, Ruby, es la orgullosa madre de gemelos, con el bebé número tres en camino. Atrae a los perdedores como la mierda de vaca atrae moscas. El desempleado, el alcohólico, el vago; no puede tener suficiente de ellos. —Entre ellos y tus padres, todavía podré ir a la escuela de enfermería. —Jenny envuelve sus delgados brazos alrededor de mi cuello. Y, Dios, es bonita. —No quiero dejarte —murmuro. Pero la mente de mi chica está decidida. —Irás y vendrás a casa cuando puedas. Y cuando puedas, nos hará pasar hasta la próxima vez. La beso en los labios; son suaves y saben a cereza. —Te amo. Nunca amaré a nadie como te amo a ti. Sonríe. —Y yo te amo, Stanton Shaw, siempre serás sólo tú. El amor de jóvenes es fuerte. El primer amor es poderoso. Pero lo que no sabes cuando eres joven, lo que no puedes saber, es lo larga que realmente es la vida. Y lo único confiable al respecto, además de la muerte y los impuestos, es el cambio.

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Jenny y yo teníamos un montón de cambios en nuestro camino. Toma mi mano y caminamos hacia mi camioneta. Le abro la puerta y pregunta—: ¿A quién le contaremos primero? ¿Los tuyos o los míos? Dejo escapar un suspiro. —Los tuyos. Terminemos primero con el lado loco. No está ofendida. —Sólo esperemos que Nana nunca encuentre las balas de esa escopeta.

Siete meses después… —¡Ahhhhhhhhhh! Esto no puede ser normal. El Dr. Higgens sigue diciendo que lo es, pero no hay manera de que sea cierto. —¡Gaaaaaaaaaaaa! Crecí en una granja. He visto todo tipo de nacimientos: vacas, caballos, ovejas. Ninguno sonaba como esto. —¡Uhhhhhhhhhh! ¿Esto? Esto es como una película de terror. Como El Juego del Miedo… Una masacre. —¡Rrrrrrrrrrrrrrrrr! Si esto es por lo que tiene que pasar una mujer para tener un bebé. ¿Por qué siquiera tienen sexo? —¡Owwwwwww! Ni siquiera yo estoy seguro de querer correr el riesgo de tener sexo de nuevo. Masturbarse se ve mucho mejor ahora de lo que lo hacía ayer. Jenny grita tan fuerte que mis oídos duelen. Gimo mientras su agarre se aprieta en mi mano ya sensible. El aire está lleno de sudor y pánico. Pero el Dr. Higgens sólo se sienta allí, en un taburete, ajustando sus gafas. Luego se prepara, las manos en sus rodillas, y observa entre las piernas abiertas de Jenny de la misma forma en que mi madre mira de

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reojo hacia el horno durante Acción de Gracias, tratando de decidir si el pavo está listo o no. Quedándose sin aire, Jenny se derrumba sobre las almohadas y gime—: ¡Me estoy muriendo, Stanton! Prométeme que cuidarás del bebé cuando me haya ido. No dejes que llegue a ser un idiota como tu hermano, o una puta como mi hermana. Su flequillo rubio está oscuro por el sudor. Lo quito de su frente. — Oh, no lo sé. Los idiotas son divertidos y las zorras tienen sus puntos buenos. —¡No seas condescendiente conmigo, maldita sea! ¡Me estoy muriendo! El miedo y el agotamiento ponen un broche de presión extra en mi voz. —Escucha, no hay una maldita manera en que me estés dejando para hacer esto solo. No estás muriendo. Luego me dirijo al Dr. Higgens. —¿No hay algo que pueda hacer? ¿Algún medicamento que pueda darle? ¿Y a mí? Normalmente no soy un drogadicto, pero en este momento vendería mi alma por una pastilla. Higgens sacude la cabeza. —No servirá de nada. Las contracciones vienen demasiado rápido… tienen uno de los impacientes allí. ¿Rápido? ¿Rápido? Si cinco horas es rápido, no quiero saber lo que es lento. ¿Qué demonios estamos haciendo? No es así como se suponía que nuestras vidas serían. Soy el mariscal de campo. Soy el puto mejor estudiante, el inteligente. Jenny es la reina del Baile de Bienvenida, y la capitana de las animadoras. O al menos lo era, hasta que su panza se hizo demasiado grande para el uniforme. Se supone que tenemos que ir al baile el próximo mes. Deberíamos estar pensando en las fiestas de graduación y las fogatas, deberíamos estar teniendo sexo en el asiento trasero de mi camioneta y recolectando tantos buenos momentos con nuestros amigos como podamos antes de ir a la universidad. En su lugar, vamos a tener un bebé. Uno de verdad, no del tipo huevo duro que te hacen llevar a todas partes durante una semana en la escuela. Rompí el mío, por cierto. —Voy a vomitar. —¡No! —grita Jenny como una vaca loca—. ¡No tienes permiso para vomitar mientras yo estoy siendo rasgada por la mitad! ¡Sólo aguántate! ¡Y

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si sobrevivo y me tocas de nuevo, voy a cortarte el pene y a alimentar la astilladora de leña! ¿Me escuchas? Eso es algo que un hombre sólo tiene que escuchar una vez. —De acuerdo. Aprendí hace unas horas que lo mejor es estar de acuerdo con todo lo que diga. De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. Lynn, la alegre enfermera, limpia la frente de Jenny. —Ahora, ahora, no cortarás cosas. Te olvidarás de todo eso cuando tu bebé esté aquí. Todo el mundo ama… los bebés, son una bendición del Señor. Lynn es demasiado feliz para ser real. Apuesto a que se tomó todas las drogas, ahora no hay nada para nosotros. Otra contracción golpea. Los dientes de Jenny se aprietan mientras empuja y gruñe a través de ella. —La coronilla del bebé —anuncia Higgens, acariciando su rodilla—. Un lindo y fuerte empujón debería lograrlo. Me pongo de pie y miro por encima de la pierna de Jenny. Veo la cima de la cabeza, empujando contra mi lugar favorito en el mundo entero. Es extraño y repugnante, pero… pero también un poco increíble. Jenny cae de nuevo, pálida y drenada. Sus sollozos hacen que mi garganta quiera cerrarse. —No puedo. Pensé que podía hacerlo, pero no puedo. Por favor, no más. Estoy tan cansada. Su mamá quería estar aquí, y discutieron al respecto. Porque Jenny dijo que sólo quería que fuéramos nosotros. Ella y yo… Juntos. Suavemente, levanto sus hombros y me deslizo detrás de ella sobre la cama, apoyando mis piernas a cada lado. Mis brazos rodean su estómago, mi pecho contra su espalda y su cabeza se apoya contra mi clavícula. Llevo mis labios a su frente y mejilla, murmurando palabras sin sentido, suaves, de la misma manera que le susurro a un caballo asustadizo. —Shhh. No llores, cariño. Lo estás haciendo tan bien. Ya casi hemos terminado. Sólo un empujón más. Sé que estás cansada, y siento que te duela. Uno más y podrás descansar. Estoy aquí contigo, lo haremos juntos. Su cabeza se vuelve hacia mí con cansancio. —¿Uno más? Le doy una sonrisa. —Eres la chica más dura que conozco. Siempre lo has sido —guiño—. Lo tienes. Toma unas cuantas respiraciones profundas, preparándose psicológicamente. —Está bien —respira—. Está bien. —Se sienta más derecha, levantando sus rodillas. Sus dedos sujetan mis manos cuando

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llega la siguiente contracción. La sala se llena de largos gemidos guturales durante una docena de segundos y luego… un grito agudo perfora el aire. El llanto de un bebé. Nuestro bebé. Jenny jadea y respira entrecortadamente, con repentino alivio. El Dr. Higgens sostiene nuestro cursi bebé retorciéndose, y pronuncia—: Es una niña. Mi visión se torna borrosa y Jenny se ríe. Con lágrimas corriendo por su rostro se vuelve hacia mí. —Tenemos una niña, Stanton. —San-ta mierda. Y nos reímos, lloramos y aferramos el uno al otro, todo al mismo tiempo. Unos minutos más tarde, Lynn, la enfermera feliz, trae un paquete de color rosa sobre ella y lo coloca en los brazos de Jenny. —Oh, Dios mío, es perfecta —suspira Jenny. Mi silencio asombrado debe preocuparle, porque pregunta—: No estás decepcionado de que no sea un niño, ¿verdad? —Nah… Los muchachos son inútiles… Nada más que problemas. Ella es… es todo lo que quería. No estaba preparado. No sabía que se sentiría así. Una nariz pequeña, dos perfectos labios, pestañas largas, un mechón de pelo rubio, y manos que ya puedo decir que son versiones en miniatura de las mías. En un instante, mi mundo se pone de cabeza y estoy a su merced. A partir de este momento, no hay nada que no haría por esta hermosa criatura. Rozo mi dedo contra su suave mejilla, y a pesar de que se supone que los hombres no hablan como tontos, lo hago. —Hola, pequeña niña. —¿Tienen un nombre para ella? —pregunta la enfermera Lynn. Los ojos sonrientes de Jenny se encuentran con los míos antes de volver a la enfermera Lynn. —Presley. Presley Evelynn Shaw. Evelynn es por la abuela de Jenny. Pensamos que podría pensarlo mejor si alguna vez encuentra esos cartuchos de escopeta. Los ha estado buscando muy duro todavía desde que Jenny y yo anunciamos que no íbamos a casarnos. Demasiado pronto, la enfermera Lynn se lleva al bebé para obtener las impresiones y vestirla. Bajo de la cama mientras que el Dr. Higgens hace su trabajo entre las piernas de Jenn. Luego sugiere—: ¿Por qué no vas fuera y les das a sus familias la buena noticia, hijo? Han estado ahí fuera esperando toda la noche. Miro a Jenny, que asiente con aprobación. Tomo su mano y beso la parte posterior de la misma. —Te amo.

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Sonríe, cansada pero feliz. —Yo también te amo. Camino por el pasillo, a través de las puertas de seguridad, y hacia la zona de espera. Allí encuentro una docena de las personas más cercanas en nuestras vidas, llevando diferentes máscaras de anticipación e impaciencia. Antes de que pueda decir una palabra, mi pequeño hermano, Marshall, el que no es un idiota, demanda—: ¿Y bien? ¿Qué es? Me agacho para estar a su nivel y sonrío. —Es… es un ella.

Dos días más tarde, até el asiento para bebé en el coche, comprobando cuatro veces para asegurarme de que se encontraba bien, y me llevé a Jenny y a Presley a casa. A la casa de sus padres. Y sólo dos meses después de eso, las dejé, viajando dos mil kilómetros hacia la Universidad de Columbia, Nueva York.

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2 Un año después Traducido por Vani & Eli Hart Corregido por Clara Markov

—Se veía tan linda, Stanton. —Se ríe Jenny—. No quería tocar la guinda del pastel, no le gustó pegotearse los dedos, ¡así que sólo plantó toda la cara en él! Y se enojó tanto cuando tuve que quitarla para partirlo. Desearía que la hubieras visto, ¡esta niña tiene una actitud que pondría a la Nana en ridículo! —Se disuelve en un ataque de risa. Podría haberla visto. La culpa me golpea duro. Porque debí haber visto la forma en que Presley hizo añicos su primer pastel de cumpleaños. La forma en que chilló por los moños y se fascinó más por la envoltura de los regalos. Debí haber estado ahí para encender las velas, para tomar las fotografías. Para salir en ellas. Pero no fue así. No pude. Ya que es semana de exámenes finales, así que el único lugar donde puedo estar es aquí, en Nueva York. Fuerzo una sonrisa, tratando de infundir mi tono con entusiasmo. —Qué genial, Jenn. Suena como una fiesta increíble. Me alegra que lo disfrutara. Por mucho que lo intento, Jenny se da cuenta. —Cariño, deja de torturarte. Te enviaré por correo todas las fotografías y el video. Será como si hubieras estado aquí con nosotras. —Sí. Excepto que no lo estuve. Suspira. —¿Quieres decirle buenas noches? ¿Cantarle tu canción? En el poco tiempo que pasé con nuestra hija luego de su nacimiento, y las semanas que tuve la oportunidad de pasar con ella durante las vacaciones de navidad, descubrimos que Presley tiene una afinidad por el sonido de mi voz. Incluso a través del teléfono, eso la alivia cuando le salen los dientes, la arrulla cuando se enoja. Se ha convertido en nuestro ritual, cada noche. —¡Papá!

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Es increíble cómo dos pequeñas sílabas pueden tener tanto poder. Me calientan el pecho y traen la primera sonrisa genuina que he tenido en mi rostro en todo el día. —Feliz cumpleaños, pequeña. —¡Papá! Me rio. —Papi te extraña, Presley. ¿Estás lista para tu canción? Despacio, canto: Tú eres mi sol, mi único sol. Me haces feliz cuando el cielo está gris... En su dulce voz, adorablemente ilegible, trata de cantar las palabras conmigo. Después de dos versos, mis ojos se encuentran brumosos y mi voz se quiebra. Debido a que la extraño mucho. A ambas. Me aclaro la garganta. —Es hora de descansar. Dulces sueños. Jenny regresa a la línea. —Buena suerte con tu examen de mañana. —Gracias. —Buenas noches, Stanton. —Buenas noches, Jenn. Lanzo el teléfono a los pies de la cama y me le quedo viendo al techo. Desde algún lugar abajo, hay risas estridentes y gritos para beber, probablemente por el maratón del juego de beer-pong que comenzó hace dos días. En mi primera semana en Columbia aprendí que las carreras no sólo se basan en tus conocimientos. Las construyes con los contactos. Así que me inicié en una fraternidad, para hacer esas conexiones de por vida. Psi Kappa Epsilon. Es buena, llena de estudiantes de negocios, economía, preleyes. La mayoría procedentes de dinero, pero aun así gente agradable, chicos que trabajan, estudian y juegan duro. El semestre pasado un miembro se graduó antes de tiempo, luego fue enviado al extranjero por su importante compañía. Mi hermano mayor de fraternidad presionó con fuerza para que consiguiera una habitación en la casa. Un hermano mayor es el tipo con el que eres emparejado cuando te inicias en una fraternidad. Es el que te da los momentos más difíciles. Eres su perra, su esclavo. Pero después de que te conviertes en un hermano él es tu mejor amigo. Tu mentor.

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Mientras mi autodesprecio amenaza con inundarme, mi hermano mayor pasa frente mi puerta abierta. Por el rabillo del ojo veo su cabeza oscura deslizarse, detenerse y retroceder. Luego Drew Evans entra a mi habitación. Drew no se parece a nadie que haya conocido. Es como si tuviera un centro de atención en él que nunca se atenúa, demanda tu atención. La reclama por completo. Actúa como si el mundo le perteneciera, y ¿cuando estás con él? Sientes que a ti también. Profundos ojos azules que vuelven estúpidas a todas las chicas me miran con desaprobación. —¿Qué te pasa? Me limpio la nariz. —Nada. Sus cejas se elevan. —No luce como nada. Prácticamente lloras en tu almohada, por amor de Dios, me siento jodidamente avergonzado de ti. Drew es implacable. Ya sea con mujeres o respuestas que quiere, no da tregua hasta que se sale con la suya. Es una cualidad que admiro. Mi teléfono suena con un correo entrante, las fotos que Jenny me envió de la fiesta. Con un suspiro reasignado me enderezo y acceso a las fotos. —¿Conoces a mi hija Presley? Asiente. —Claro. Niña linda, mamá caliente. Nombre desafortunado. —Hoy fue su cumpleaños. —Le muestro una foto particularmente entrañable de mi angelito con el rostro lleno de pastel—. Su primer cumpleaños. Sonríe. —Parece como si se divirtiera. No sonrío. —Lo hizo. Pero me lo perdí. —Me froto los ojos con las palmas de las manos—. ¿Qué diablos hago aquí, hombre? Es duro... más duro de lo que pensé que sería. Soy bueno en todo, siempre lo he sido. Fútbol, escuela, ser el mejor novio. En la secundaria todas las chicas envidiaban a Jenny. Cada una quería joderme y todos los chicos querían ser yo. Y era demasiado fácil. —Siento... siento que fallo... en todo —confieso—. Tal vez debería tirar la toalla, ir a un maldito colegio comunitario en casa. Al menos así las veré más de tres veces al año. —Con ira, lo dejo ir—: ¿Qué clase de padre se pierde el maldito primer cumpleaños de su hija? No cualquier chico se siente como yo. Conozco unos en casa que embarazaban a chicas y se alejaban perfectamente contentos y nunca miraban hacia atrás. Envían un cheque sólo después de ser llevados a la corte, a veces ni siquiera entonces. Demonios, ninguno de los padres de los niños de Ruby han visto a sus hijos más de una vez.

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Pero ese nunca podría ser yo. —Jesús, eres un desastre —exclama Drew, su rostro horrorizado—. No empezarás a cantar canciones de John Denver, ¿verdad? Me molesto en silencio. Suspira. Y se sienta al borde de mi cama. —¿Quieres la verdad, Shaw? Evans es grande con las verdades duras, crudas y difíciles. Otra de las cualidades que respeto, aunque no es tan divertido cuando su mirada crítica se dirige a ti. —Supongo —respondo vacilante. —Mi viejo es el mejor padre que conozco, no me opongo. No recuerdo si fue a mi primera fiesta de cumpleaños, o a mi segunda... y realmente me vale una mierda de cualquier manera. Puso un techo impresionante sobre mi cabeza, se siente orgulloso de mí cuando me lo merezco, al igual que me patea el culo. Nos llevó a fantásticas vacaciones familiares y paga mi matrícula aquí, más o menos pagándome la vida. »Lo que quiero decir es: cualquier idiota puede partir un jodido pastel. Tú estás aquí, trabajando los fines de semana, llevando una carga completa de clases, reventándote las bolas para que un día tu hija no tenga que hacerlo. Eso es lo que hace un buen padre. Pienso en lo que me dice. —Sí. Sí, supongo que tienes razón. —Por supuesto que sí. Ahora sécate los ojos, toma medicina para los cólicos y detén la fiesta premenstrual de la compasión. Eso le gana un dedo medio. Drew alza la barbilla en dirección de mi pila de notas de Estadísticas Básicas, el final para el requisito de primer año que tomo mañana por la mañana. —¿Preparado para el final de Windsor? —Creo que sí. Sacude la cabeza. —No pienses, dilo. El profesor Windsor es un cretino. Y un esnob. Eyaculará si consigue que falle un ignorante como tú. Hojeo la pila de papeles. —Los miraré otra vez, pero estoy bien. —Excelente. —Me golpea la pierna—. Entonces, prepárate para salir en una hora. Miro mi reloj: Diez de la noche. —¿A dónde vamos? Evans se pone de pie. —Si te enseño una cosa antes de graduarme que sea esto: antes de cualquier examen importante, sales a tomar un trago, sólo uno, y a tener sexo. Los cursos preparatorios para normalizar las pruebas deberían añadir eso a su reglamentación. Es infalible.

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Me froto la nuca. —No lo sé... Levanta los brazos, cuestionando—: ¿Cuál es el problema? Tú y la mamá de tu bebé tienen una relación abierta, ¿verdad? —Sí, pero... —Ese es un movimiento brillante de tu parte, por cierto. Nunca entenderé por qué algún hombre se ataría a una mujer cuando hay tantas para elegir. No le digo que no fue mi idea. Jenny insistió después de que hablamos, o discutimos, cuando fui a casa en vacaciones de Navidad. No le digo que la única razón por la que concordé fue porque los bastardos cachondos en mi ciudad natal saben que Jenn es mi chica, la madre de mi hija. Puede que nada más pueda volver a casa dos o tres veces al año, pero cuando lo haga felizmente reorganizaré el rostro de cualquier persona que intente un movimiento con ella. Tampoco le digo que no he tomado aprovechado mi nueva política de libertades en los anteriores cinco meses. Ni una vez. En su lugar, explico—: Nunca he intentado ligar con una mujer en un bar antes. No sé qué diría. Drew ríe. —Sólo suelta unos "todas ustedes", otros cuantos "cariño", tengo el resto cubierto. —Me señala—. Una hora. Prepárate. Y sale de mi habitación.

Noventa minutos después, entramos al Bar Central, el lugar favorito para salir de los estudiantes. Tiene buena comida, pista de baile con un DJ arriba y entrada libre. Incluso aunque es semana de exámenes el lugar se encuentra lleno de pared a pared con cuerpos bebiendo y riendo. — ¿Qué quieres? —me pregunta Evans en lo que nos dirigimos a la barra. —Jim Beam, limpio. —Si sólo se me permite una bebida, que valga. Atrapo mi reflejo en el espejo detrás de la barra. Simple camiseta azul, mandíbula sin afeitar porque no me molesté en hacerlo, y una espesa cabellera rubia que necesita un corte. Es prácticamente inmune al gel, así que me lo estaré empujando de la frente durante toda la noche.

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Drew me pasa mi bourbon y toma un sorbo de su propia bebida, que luce como whisky con soda. Sin decir palabra examinamos la habitación por unos minutos. Entonces me da un codazo y ladea la cabeza hacia dos chicas en la esquina, por la máquina de discos. Son atractivas, pero del tipo que parecen fáciles, pero que en realidad toma dos horas de preparación lograrlo. Una es alta, con largo cabello rubio y lacio y piernas aún más largas, viste pantalones rasgados y una blusa cortada que muestra un sujetador negro de encaje y ombligo perforado. Su amiga es más baja, con el cabello negro azabache, una blusa rosa y pantalones oscuros tan ajustados que parecen pintados. Drew camina con determinación hacia ellas y lo sigo. —Me gusta tu blusa —le dice a la rubia, señalando la escritura sobre su pecho “Las chicas de Barnard lo hacen bien”. Después de que ella lo recorre con la mirada, sus labios se extienden lentamente en una sonrisa coqueta. —Gracias. —Tengo una igual en casa —revela Drew—. Excepto que la mía dice “Los chicos de Columbia lo hacen toda la noche”. Se ríen. Bebo mi bourbon mientras la chica morena me comprueba, y parece que le gusta lo que ve. —¿Van a Columbia? —pregunta. Drew asiente. —Síp. Vamos Leones. Aunque no sé qué diablos hago, intento seguir las instrucciones de Drew, preguntando la pregunta menos original. —¿En qué se especializan todas ustedes? La morena se vuelve a reír. —¿Todas ustedes? No suenas de aquí. —Soy de Mississippi. Mira mis bíceps con aprecio. —¿Cuánto te gusta Nueva York? Pienso por un segundo... entonces viene a mí. Con una sonrisa de medio lado, respondo—: En este momento, me gusta un montón. Drew asiente casi imperceptiblemente, con aprobación. —Nos especializamos en arte —ofrece la rubia. —¿En serio? ¿Arte? —Drew sonríe—. Supongo que no tienen interés en hacer una contribución real a la sociedad. —Levanta su vaso—. Por graduarse sin un conjunto de habilidades comercializables de ningún tipo. Sé que suena como un idiota insultante, pero confía en mí, funciona para él. —¡Oh, Dios mío!

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—¡Imbécil! —Las chicas se ríen, como siempre, consumiendo su actitud arrogante y humor sarcástico con una cuchara. Tomo otro trago de bourbon. —¿Qué clase de arte hacen? —Pinto —responde la rubia—. En especial me gusta la pintura corporal. —Arrastra la mano arriba y abajo por el pecho de Drew—. Serías un lienzo increíble. —Yo esculpo —dice su amiga—. Soy buena con mis manos. Se termina la bebida de color rosa de su mano. Aunque no tengo veintiún años ni identificación que lo compruebe, apunto mi pulgar hacia la barra. —¿Quieres que te traiga otra ronda? Antes de que pueda responder, Drew intercede. —¿O podríamos salir de aquí? ¿Volver a su casa? —Hace contacto visual con la rubia—. Me puedes mostrar tu... arte. Apuesto a que eres muy talentosa. Las chicas concuerdan, tomo el resto de mi bourbon, y así de fácil, los cuatro nos dirigimos hacia la puerta.

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Resulta que las chicas son compañeras de cuarto. Me hallo tranquilo a medida que caminamos los tres bloques a su apartamento, distraído con la incómoda sensación de agitación en mi estómago como mantequilla echándose a perder. Es una mezcla de nerviosismo y culpa. Me imagino el rostro de Jenny en mi cabeza, sonriente y dulce. La imagino sosteniendo a nuestra hija en la mecedora que mi tía Sylvia nos dio cuando nació Presley. Y me pregunto si lo que hago, lo que haré, es correcto. Su apartamento es mucho mejor que el que dos chicas universitarias podrían permitirse solas. Un portero, tercer piso, una amplia estancia con sofás de color beige sin teñir y relucientes pisos de madera cubiertos por una alfombra oriental. Una cocina de tamaño completo con armarios de roble y encimeras de granito es visible desde la sala, separados por una barra desayunadora y tres taburetes blancos. —Siéntanse como en casa —dice con una sonrisa la chica de cabello oscuro—. Sólo iremos a refrescarnos. Después de que desaparecen por el pasillo, la cabeza de Drew se gira hacia mí. —Te ves como una virgen en la noche de graduación. ¿Cuál es el problema?


Me limpio las manos sudorosas en mis pantalones. —No sé si es una buena idea. —¿No viste las tetas de la morena? Tener una vista más cercana a esas chicas malas no podría ser más que una buena idea. Mis labios se aprietan con indecisión, luego... digo la verdad. —La cosa es... nada más he tenido sexo con Jenny. Se frota la frente. —Oh, Jesús. —Con un suspiro deja caer la mano y pregunta—: ¿Pero no tiene problema con que salgas con otras personas? Quiero decir, ¿estuvo de acuerdo? Levanto un hombro y explico—: Sí, bueno, ella es quien lo sugirió en primer lugar. Evans asiente. —Suena como mi tipo de chica. Así que, ¿qué tiene? Me froto la nuca, intentando aliviar algo de la tensión que reside ahí. —Aunque lo hablamos… no estoy seguro… no se siente… quiero hacer lo correcto para ella. La voz de Drew pierde el toque de irritación. —Admiro eso, Shaw. Eres un hombre con pantalones. Leal. Me agrada eso de ti. —Me señala—. Por lo mismo creo que te lo debes, y a tu chica Jenny, tener horas de sucio sexo sudoroso con esta mujer. No por primera vez, me pregunto si Drew Evans es el diablo, o tiene alguna relación cercana. Puedo imaginármelo ofreciéndole al hambriento Cristo un pedazo de pan y haciendo sonar completamente aceptable que tome una enorme mordida. —¿En serio crees toda la mierda que sale de tu boca? Drew me hace una seña desdeñosa con la mano. —Pon atención, vas a aprender algo. ¿Cuál es tu helado favorito? —¿Qué diablos tiene eso que ver…? —Sólo responde la maldita pregunta. ¿Cuál es tu helado favorito? —Crema de nuez —suspiro. Sus ojos se alzan sardónicamente. —¿Crema de nuez? No creí que a nadie menor de setenta le gustara la crema de nuez. —Sacude la cabeza—. Como sea, ¿cómo sabes que la crema de nuez es tu favorita? —Porque sí. —Pero, ¿cómo sabes? —presiona. —Porque me gusta más que… Me detengo a media oración. Entendiendo. —¿Más que cualquier otro sabor que hayas probado? —termina Drew—. ¿Más que la vainilla, fresa o menta con chocolate?

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—Sí —admito suavemente. —¿Y cómo sabrías que la crema de nuez era tu sabor, no sólo por elección, si te sentías demasiado temeroso de probar cualquier otra cosa? —No lo sabría. Agita la mano, como un mago. —Exacto. ¿Ves lo que digo? El diablo. Sin embargo, es similar a lo que dijo Jenny, la cuestión que destacó. ¿Es en serio cuando decimos que nos amamos si todo lo que conocemos es al otro? ¿Somos lo bastante fuertes para pasar ese tipo de prueba? Y si no, ¿de todas formas qué tipo de futuro tenemos juntos? Una palmada en el brazo me despierta de mi introspección. —Mira, Shaw, esto se supone que sea divertido. Si no la pasas bien, mejor déjalo, no pensaré mal de ti. Bufo. —Seguro que lo harás. La esquina de su boca se levanta. —Tienes razón. Lo haré. Pero… no le diré a los chicos que fuiste un maricón. Se quedará entre tú y yo. Antes de que pueda responder, las chicas regresan a la habitación. Se cambiaron a pijamas sueltas de satín brillante. Puedo oler la menta de sus dientes recién lavados cuando la rubia se inclina y le dice a Drew—: Vamos, hay algo en mi habitación que quiero mostrarte. Él se levanta sin problemas. —Hay algo en tu habitación que quiero que me muestres. —Antes de que avancen por el pasillo, mira en mi dirección—. ¿Estás bien, hombre? ¿Estoy bien? La morena de cabello rizado me mira expectante, esperando que haga algún movimiento. Y la comprensión finalmente se asienta… no hay ninguna razón para decir que no. —Sí. Sí, estoy bien. Drew toma la mano de la rubia y los dirige a la habitación al final del pasillo. Dejándome solo con mi compañera de cabello oscuro, la miro un minuto, realmente. Tiene pechos más grandes de lo que acostumbro, una cinturita y un firme trasero de burbuja que balancea todo el empaque correctamente. El tipo de trasero que un hombre podría agarrar, amasar con sus dedos y dirigir adelante y atrás, arriba y abajo. Sus piernas son suaves y torneadas, su piel perfecta y bronceada. Por primera vez esta noche, una atracción genuina se despliega en mis entrañas, agitando mi pobre polla sin uso de sus cinco meses de hibernación.

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No le pregunto su nombre y ella no me pregunta el mío. Hay cierta emoción anónima, una libertad. Nunca volveré a ver a esta chica, lo que digamos o hagamos esta noche no saldrá de este apartamento, no volverá a cazarme, no encontrará su camino a oídos sentenciosos de un pueblo pequeño demasiado lejano. Cien fantasías, cada una más pervertida que la anterior, pasan por mi cerebro como humo que viene de una fogata. Actos que nunca soñé con pedirle a Jenny que actuara, cosas por las que probablemente me golpearía de sólo sugerirlas. Pero una hermosa extraña sin nombre… ¿por qué diablos no? —¿Quieres ver mi habitación? —pregunta. Mi voz es grave, ruda como mis pensamientos. —Bien. Su dormitorio es un remolino de rojos oscuros, marrones y naranjas quemados, no demasiado femenino. Me siento en la orilla de la cama, con los pies en el piso, las piernas estiradas. Cualquier rastro de indecisión se marchitó. Al tiempo que cierra la puerta, pregunta—: ¿En qué te especializas? Quería preguntarlo antes. —Preleyes. Se me acerca, de pie a un brazo de distancia, recompensándome con una cabeza angulada y ojos pintados. —¿Por qué quieres ser abogado? Sonrío. —Me gusta discutir. Me gusta… hacer que la gente vea que se equivoca. Acercándose más, levanta mi mano. Luego la gira y traza mi palma con la punta de su dedo. Me pica de forma estimulante y hace que mi pulso repiquetee. —Tienes manos fuertes. No hay manos suaves en una granja. Herramientas, cuerda, cercas, monturas, levantar y excavar hacen palmas duras y músculos. —¿Sabes qué es lo que más me gusta de esculpir? —pregunta con un suspiro. —¿Qué? Deja caer mi mano y luego levanta su mirada oscura y retadora hacia la mía. —No pienso mientras lo hago. No lo planeo, dejo que mis manos… hagan lo que quieran. Lo que se sienta bien. Agarra la parte baja de su blusa y se la desliza sobre la cabeza. Sus pechos son pálidos, lisos y gloriosamente nuevos para mis ojos. Se para sólo a centímetros, desnuda y orgullosa. —¿Quieres intentarlo?

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Pone sus mano sobre las mías, llevándolas al terciopelo de su caja torácica. Cuando pone mis manos callosas en sus pechos, los tomo. Acunando el peso, masajeando suavemente, pasando mis pulgares sobre las puntas de sus pezones. Se endurecen y oscurecen de rosa a más fuerte y raspo mi labio con los dientes para contener la urgencia necesaria de adherirme, chupar y morder. Mi último pensamiento coherente, son cuatro palabras: Podría acostumbrarme a esto.

Tres semanas después… —¡Maldito infiel mentiroso, hijo de puta! Las manos de Jenny vuelan, salvajes y batientes, golpeándome la cara, los hombros y donde sea que alcance. Golpe. Golpe, golpe. Golpe. —¡Jenny, detente! —Al fin agarro sus antebrazos, manteniéndola en paz—. ¡Maldita sea, cálmate! Calientes lágrimas de enojo le cubren las mejillas y sus ojos están hinchados con traición. —¡Te odio! ¡Me enfermas! ¡Te odio! Se suelta de mi agarre y corre hacia el pórtico, azotando la puerta detrás de ella en lo que desaparece dentro de la casa. Soy dejado en el césped, deshecho. Sintiendo que fui desollado, mi corazón no sólo roto, sino extraído. Y hay algo más, más que arrepentimiento, miedo. Me pone las palmas sudorosas y la piel me pica. Miedo de que lo jodiera, terror de que acabo de perder la mejor cosa que me pasó. Me paso una mano por el cabello, intentando mantenerme tranquilo. Luego me siento en los escalones del pórtico y pongo los codos en las rodillas, mantengo un ojo en Presley, en la sábana a seis metros donde juega con su prima cerca del columpio. Sus rizos rubios platinados se mueven mientras se ríe, agradezco que sea completamente inconsciente.

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De la nada, la hermana mayor de Jenny, Ruby, aparece en el escalón a mi lado. Se acomoda la mini falda y se pone las ondeadas hebras de cabello sobre los hombros. —Ciertamente te encerraste en la letrina esta vez, Stanton. Normalmente no iría con Ruby por ningún tipo de consejo, menos sobre relaciones. Pero aquí está. —No… no sé qué pasó. Ruby bufa. —Le dijiste a mi hermana que follaste a otra chica, eso es lo que pasó. Ninguna mujer quiere oírlo. —Entonces, ¿por qué preguntó? Agita la cabeza, como si la respuesta fuera obvia. —Quería escucharte decir que no. —Acordamos ver a otras personas —discuto—. Dijimos que seríamos honestos. Maduros. —Decir y sentir son cosas diferentes, amante. —Mira su manicura—. Mira, Jenny y tú tienen dieciocho, son bebés… esto iba a pasar. Era cuestión de tiempo. A penas logro atravesar las palabras por mi garganta contraída. — Pero… la amo. —Y ella te ama. Es por esto que duele tanto. No hay forma de que me rinda, no me rendiré, no así. Es el miedo lo que me presiona a hacer algo, decir cualquier cosa. Sostenerme como un hombre se aferra a una roca en la corriente. Subo las escaleras de pino hacia la habitación que Jenn comparte con nuestra hija y la puerta cerrada me dice que no soy bienvenido. Se halla en la cama, con los hombros temblando, llorando en su almohada. Y el cuchillo se entierra más en mis entrañas. Me siento en la cama y le toco el brazo. Jenny tiene la piel más suave, como pétalo de rosa. Y me rehúso a que esta sea la última vez que la toque. —Lo lamento. Lo lamento tanto. No llores. Por favor no… me odies. Se sienta y no se molesta en secar la evidencia del dolor en su corazón de su rostro. —¿La amas? —No —le digo firmemente—. No, fue algo de una noche. No significó nada. —¿Era bonita? Le respondo como el abogado en que intento convertirme. —No tan bonita como tú. —Dallas Henry me invitó al cine —me dice Jenny tranquila.

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Cualquier sentimiento de remordimiento se va y es reemplazado con puro enojo. Dallas Henry era el receptor en mi equipo de fútbol en la escuela, siempre fue un imbécil. El tipo de chico que juega con las chicas más borrachas en la fiesta, el que les pone algo en la bebida para que se emborrachen más rápido. —¿Bromeas? —Le dije que no. La furia se calma un poco, pero a penas. Mi puño aún tendrá una linda charla larga con Dallas maldito Henry antes de que me vaya. —¿Por qué tú no dijiste que no, Stanton? —me acusa calmada. Su pregunta trae la culpa de nuevo con más fuerza. A la defensiva, me pongo de pie, paseando y tenso. —¡Dije que no! Muchas veces. Mierda, Jenn… pensé… ¡no fue engaño! No puedes enojarte conmigo por esto. Por hacer lo que querías que hiciera. Cada músculo de mi cuerpo se tensa, esperando su respuesta. Luego de lo que se siente como por siempre, asiente. —Tienes razón. Sus ojos azules me ven y su tristeza me corta hasta el hueso. —Yo sólo… odio imaginar lo que hiciste con ella, desearía regresar a cuando… cuando no sabía. Y podría pretender que solamente he sido yo siempre. — Hipa—. ¿No es… patético? —No —gruño—. No lo es. —Caigo de rodillas frente a ella, consciente de que le estoy rogando, pero no me importa—. Sólo has sido tú, en todas las formas que importan. Lo que ocurra cuando estamos separados, nada más significa algo, si lo dejamos significar algo. Mis manos van a sus muslos, necesitando tocarla, borrar esto de su mente, queriendo tanto que volvamos a comenzar. —Vengo a casa el verano. Dos meses y medio y todo lo que quiero cada segundo es amarte. ¿Puedo, cariño? Por favor, sólo déjame amarte. Sus labios se encuentran calientes e hinchados de llorar. Los froto suavemente al principio, pidiendo permiso. Luego más firme, arponeando sus labios con mi lengua, demandando sumisión. Toma un momento, pero luego me responde el beso. Sus pequeñas manos se hacen puños en mi camisa, agarrando fuerte. Jalándome hacia ella. Poseyéndome. Como siempre lo ha hecho. Jenny cae de espaldas en la cama, llevándome con ella. Floto encima en tanto su pecho sube y baja, jadeando. —No quiero volver a saberlo, Stanton. No preguntamos, no decimos. Promételo. —Lo prometo —jadeo, dispuesto a aceptar lo que sea justo ahora.

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—Comienzo la escuela en otoño —presiona—. También voy a conocer personas. Saldré y no te puedes enojar. O poner celoso. Sacudo la cabeza. —No lo haré. No quiero pelear. No… no quiero contenerte. Esa es la loca verdad. Una parte mía quiere mantener a Jenny toda para mí, encerrarla en esta casa, y saber que no hace nada más que esperar a que regrese. Pero más fuerte es el pavor de que lo echaremos todo a perder, que nos odiaremos, que nos culparemos, por todo lo que nos perdimos de vivir. Por todas las cosas que no llegamos a hacer. Más que nada, no quiero despertar en diez años a partir de ahora, y darme cuenta de que la razón por la que mi chica odia su vida… soy yo. Así que si significa compartirla un tiempo, entonces me encargaré, juro que lo haré. Mis ojos queman en los suyos. —Pero cuando esté en casa, eres mía. No de Dallas maldito Henry, de nadie más que mía. Sus dedos trazan mi mandíbula. —Sí, tuya. También soy por quién regresas a casa. No se quedarán contigo, Stanton. Ninguna otra chica… va a ser yo. La beso con fuerte posesión, sellando las palabras. Mis labios se mueven por su cuello a medida que mi mano sube por su estómago. Pero me agarra la muñeca. —Mis padres están abajo. Mis ojos se aprietan mientras inhalo profundamente. —¿Ven al río conmigo esta noche? Conduciremos hasta que Presley se duerma en la parte trasera. Jenny sonríe. —Un viaje en camioneta la noquea siempre. Le beso la frente. —Perfecto. Me recuesto a su lado y se acurruca en mí, jugando con el collar de mi camisa. —No será así siempre. Un día, habrás terminado la escuela y las cosas regresarán a la normalidad. Sí. Un día…

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3 Diez años después Washington, DC Traducido por Annie D & MaJo Villa Corregido por Miry GPE

El trabajo de un abogado de defensa criminal no es tan emocionante como probablemente se imagina. Ni siquiera es tan emocionante como imaginan los estudiantes de derecho. Hay un montón de investigación, las referencias de jurisprudencia para respaldar cada argumento en páginas y páginas de escritos legales, los cuales están llenos de suficiente semántica para dar a un laico una migraña. Si se eres parte de una firma, cuando finalmente se te confía representar a tus clientes en el juicio, rara vez hay revelaciones dramáticas y sorprendentes, no hay grandes momentos como en La Ley y el Orden. Mayormente sólo es trazar los hechos para el jurado, pieza por pieza. Una de las primeras reglas que aprendes en la escuela de leyes es: nunca hagas una pregunta de la que no sepas la respuesta. Lamento arruinar tu desfile, pero realmente nada es menos emocionante que eso. En los Estados Unidos de América, los acusados pueden escoger quiénes decidirán su destino: un juez o un jurado de sus pares. Siempre aconsejo a mis clientes de ir con el jurado; es un milagro hacer que doce personas se pongan de acuerdo sobre en dónde almorzarán, por no hablar de la culpabilidad o inocencia de un acusado. Y una anulación del juicio, que es lo que sucede cuando no se ponen de acuerdo, es una victoria para la defensa. ¿Alguna vez has escuchado esa vieja broma acerca de los jurados? ¿De verdad quieres ser juzgado por doce personas que no fueron lo suficientemente inteligentes como para salir del servicio de jurado? Sí; eso es exactamente a los que quieres juzgándote. Debido a que el jurado son personas no familiarizadas con la letra de la ley. Y esas son las personas

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que pueden dejarse influenciar… por un montón de elementos que no tienen absolutamente nada que ver con los hechos. Si a un jurado le gusta un acusado, tendrán más dificultades para condenarlos por un cargo que podría mantener su culo en una celda de prisión por los próximos diez a veinte años. Ese es el por qué un ladrón acusado se presenta a la corte en un buen traje planchado, y no con el traje naranja de prisionero. Es precisamente por eso que el vestuario y peinado de Casey Anthony fueron cuidadosamente elegidos para parecer dulcemente recatado. Claro, el jurado se supone que sea imparcial, se supone que deben basar su juicio en la evidencia presentada y nada más. Pero la naturaleza humana no funciona de esa manera. La simpatía de los asesores legales del acusado también tiene peso. Si un abogado se encuentra descuidado, de mal humor, o es aburrido, el jurado se sentirá menos inclinado a creer su versión del caso. Por otro lado, si el abogado defensor parece tener todo bajo control, si son bien hablados, y sí, de buen aspecto, los estudios muestran al jurado más propenso a confiar en ese abogado. A creer en ellos, y por extensión, a creer en sus clientes. Es importante que no parezcas que te esfuerzas demasiado. No aparentar ser sospechoso o furtivo, lo último que quieres es dar una vibra de "vendedor de autos usados". La gente sabe cuándo les mienten. Pero, aquí está lo más importante: siempre que sea posible, quieres que pasen un buen rato. Dales algo que ver. Ellos esperan objeciones y “fuera de lugar”, el golpeteo de las mesas y los golpes del martillo. Esperan una recreación en vivo de Tom Cruise y Jack Nicholson en Cuestión de Honor. El sistema puede ser aburrido, pero tú no tienes que serlo. Puedes ser entretenido. Muéstrales que tienes un gran ingenio y que no tienes miedo de usarlo. Mi polla es la más ingeniosa de todas; el jurado no puede quitar los ojos de ella. En sentido figurado... y literalmente. —Puede proceder con los alegatos finales, señor Shaw. —Gracias, Su Señoría. —Me pongo de pie, abrochándome la chaqueta de mi traje gris a la medida. Ese color es un gran éxito en estos días con las damas, y diez de estos doce miembros del jurado son mujeres. Encuentro sus miradas colectivas con una expresión contemplativa, alargando la pausa, lo que aumenta la tensión dramática. Entonces empiezo. —La próxima vez que jodidamente te vea, te cortaré las pelotas y las empujaré por tu garganta. Pausa. Contacto visual.

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—Cuando te encuentre, me estarás rogando que te mate. Pausa. Señalar con el dedo. —Solo espera, idiota, voy por ti. Salgo detrás de la mesa de la defensa y me posiciono frente a la tribuna del jurado. —Estas son las palabras del hombre que la fiscalía clama que es la… —comillas en el aire—, “víctima” en este caso. Han visto los mensajes de texto. Lo escucharon admitir bajo juramento que se los envió a mi cliente. —Chasco la lengua—. No suena mucho como una víctima para mí. Todos los ojos me siguen mientras camino lentamente, como un profesor dando una conferencia. —Suenan como amenazas… de las graves. De donde yo vengo, amenazar las bolas de un hombre… no hay más declaración de guerra que esa. Una serie de risitas bajas se eleva desde los miembros del jurado. Coloco los brazos en la barandilla de la tribuna del jurado, mirando a cada ocupante sólo el tiempo suficiente para que se sientan incluidos; preparándolos para la divulgación de un sucio pequeño secreto. —A lo largo de este juicio, han escuchado cosas acerca de mi cliente, Pierce Montgomery, que son poco favorecedoras. Abominables, incluso. Apuesto que no les agrada mucho. Si les digo la verdad, no me gusta mucho tampoco. Él tuvo una aventura con una mujer casada. Publicó fotos de ella en las redes sociales sin su permiso. Estas no son las acciones de un hombre honorable. Siempre es mejor sacar lo malo del camino. Como tirar una bolsa de basura rancia: reconocerlo, y luego seguir adelante hace que el hedor sea menos propenso a quedarse. —Si él estuviera siendo juzgado por la decencia humana, les puedo asegurar que hoy, aquí, no lo defendería. Me enderezo, manteniendo su atención absorta. —Pero esa no es su tarea. Ustedes se encuentran aquí para juzgar sus acciones de la noche del quince de marzo. Nosotros como sociedad no penalizamos a las personas por defender sus vidas o sus cuerpos de daño físico. Y eso es precisamente lo que mi cliente hizo esa noche. Cuando se encontró cara a cara con el hombre que lo amenazó sin descanso, tuvo todas las razones para creer que esas amenazas se llevarían a cabo. Para temer por su integridad física... tal vez por su vida. Hago una pausa, dejando que asimilen eso. Y sé que están conmigo, viendo la noche en sus cabezas a través de los ojos del podrido hijo de puta que es lo suficientemente suertudo de tenerme como abogado. —Mi antiguo entrenador de fútbol nos decía que una ofensiva inteligente es la mejor defensa. Es una lección que llevo conmigo hasta

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este mismo día. Así que, aunque Pierce lanzó el primer golpe, todavía es en defensa. Debido a que actuó en contra de una amenaza conocida, un temor razonable. Eso, señoras y señores, es sobre lo que realmente es este caso. De pie frente a la tribuna del jurado doy un paso atrás, dirigiéndome a ellos en su conjunto. —A medida que deliberan, estoy seguro que concluirán que mi cliente actuó en defensa propia. Y darán un veredicto de no culpable. Antes de tomar mi asiento en la mesa de la defensa, pongo el broche de oro en mi alegato final. —Gracias de nuevo por su tiempo y atención, han sido... encantadores. Eso hace sonreír a ocho de las diez; me gustan esas probabilidades. Después de sentarme, mi co-defensora, discretamente escribe en un bloc, pasándomelo.

con

rostro

neutral,

¡Lo hiciste bien! Los abogados se comunican con las notas durante el juicio porque es de mala educación susurrar. Y una sonrisa o una mueca pueden ser interpretadas por el jurado de una manera que no quieres. Así que mi única reacción visible es un rápido gesto de acuerdo. Mi reacción interna es una risita colegial. Y escribo de regreso: Hacerlo bien es lo que mejor hago. ¿O lo has olvidado? Sofía es una profesional consumada. No ríe ni un poco. Y nunca la he visto sonrojarse. Ella simplemente escribe: Engreído. Me permito la más mínima de las sonrisas. Hablando de traseros1, el mío todavía tiene las marcas de tus uñas en él. ¿Eso te pone húmeda? Es inadecuado, totalmente no profesional, pero por eso es que es tan malditamente divertido. El hecho de que nuestro cliente imbécil o cualquier persona sentada en la primera fila de la galería detrás de nosotros podrían echar un vistazo y ver lo que he escrito, sólo se suma a la emoción. Como meterle los dedos a una mujer bajo la mesa en un concurrido restaurante, también divertido; el potencial de que te descubran lo hace todo aún más peligroso y caliente. Una chispa traviesa ilumina sus ojos avellana mientras garabatea: 1

Juego de pablaras entre cocky ass (engreído) y ass (trasero).

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Me tenías húmeda en "señoras y señores". Ahora detente. Garabateo de regreso: ¿Me detengo? ¿O lo guardo para más tarde? Soy recompensado con una simple y sutil sonrisa. Pero es suficiente. Más tarde me sirve.

Después de la réplica y una hora de instrucciones del juez, el jurado se retiró a la sala custodiada para las deliberaciones y el tribunal entró en receso. Lo que me dio la oportunidad de reunirme con un antiguo hermano de fraternidad para almorzar en un bar local, el cual sirve los mejores emparedados de la ciudad. Entre los exigentes horarios de trabajo y la familia, sólo tenemos tiempo para reunirnos una o dos veces al año; cuando llegamos a la cuidad del otro por razones de negocios. Drew Evans no ha cambiado mucho desde nuestros días en Columbia. El mismo ingenio mordaz, la misma arrogancia que atrae a las mujeres a él como polillas a una luz azul. La única diferencia entre entonces y ahora es que Drew no se da cuenta de la ráfaga de atención femenina que lo sigue. O, si lo nota, no les corresponde. —¿Estás seguro que no te gustaría algo más? ¿Cualquier cosa? — pregunta con esperanza la camarera veinteañera… por tercera vez en quince minutos. Él toma un trago de su cerveza, y luego la despide con: —Nop. Todavía estoy bien, gracias. Con los hombros encorvados, se escabulle. Drew es un banquero de inversión en la firma de su padre en la ciudad de Nueva York. También es mi banquero de inversiones; la razón por la cual dos años de matrícula universitaria de Presley ya están bien situados en un fondo de 529. Mezclar el dinero y la amistad podría no parecer una decisión inteligente, pero cuando tus amigos son tan talentosos en hacer dinero como lo son los míos, es brillante. Su teléfono suena con un texto entrante. Mira la pantalla y una sonrisa tonta se propaga a través de su rostro… el tipo de sonrisa que solo lo he visto usar una vez antes: en su boda, hace ocho meses.

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Me limpio la boca con la servilleta, la tiro sobre la mesa, e inclino mi silla hacia atrás sobre dos patas. —Así que… ¿cómo está Kate estos días? Kate es la esposa de Drew. Su extremadamente bella esposa. Su extremadamente bella esposa con la que bailé, brevemente, en la recepción de su boda. Y a mi amigo no pareció gustarle eso ni un poco. ¿Qué clase de amigo sería si no me metiera con él al respecto? Eleva la mirada con una sonrisa. —Kate está fantástica. Está casada conmigo… ¿de qué otra forma podría estar? —¿Le diste mi tarjeta? —presiono—. ¿Para que pueda ponerse en contacto conmigo para servicios jurídicos… o cualquier otro servicio que pueda necesitar? Sonrío mientras él frunce el ceño. —No, no le di tu tarjeta. Imbécil. —Se inclina hacia adelante, de repente engreído—. Además, a Kate no le agradas. —¿Es eso lo que te dices a ti mismo? Se ríe. —Es verdad, piensa que eres ambiguo. Eres un abogado de defensa, Kate es madre. Cree que dejas a los abusadores de menores a caminar por las calles. Es un error muy común, y completamente inexacto. Los abogados defensores mantienen el sistema legal honesto; saludable. Abogamos por el individuo, el chico pequeño, y nosotros somos todo lo que se interpone entre él y el poder sin restricciones del Estado. Pero la gente olvida esa parte, todo es sobre pedófilos y ladrones de fondos de jubilación de Wall Street. —Tengo una hija —discuto—. No defendería a un abusador de menores. Drew encuentra carente mi razonamiento. —Tratas de ser socio, defiendes a quienes te digan que defiendas. Me encojo de hombros sin comprometerme. —Hablando de tu hija —continúa—. ¿Ya cuántos años tiene? ¿Diez? Como siempre, el tema de mi niña trae a mi pecho un oleaje de orgullo inmediato. —El mes pasado cumplió once. —Saco de repente mi teléfono y muestro las fotos que representan la mayoría de mis recuerdos—. Acaba de competir para el equipo de animadoras. Y en el Sur, animar en un deporte verdadero, nada de esa mierda de “ra-ra” pom-pom. Jenny y Presley todavía viven en Mississippi. Después de Columbia, mientras iba a la escuela de Leyes en la Universidad de George

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Washington, hablamos de que ellas vinieran a vivir conmigo en DC, pero Jenny no creyó que la ciudad fuera un lugar para criar a una niña. Ella deseaba que nuestra hija creciera como ambos lo hicimos, nadando en el río, montando bicicletas por caminos de tierra, corriendo descalza por los campos y yendo a las barbacoas después de la iglesia los domingos. Estuve de acuerdo con ella, no me gustó, pero acepté. Drew dejó escapar un silbido de impresión cuando le mostré las fotos más recientes, cubierta con los colores del equipo verde y dorado. Su largo cabello rubio se curvaba en rizos y se encontraba sujeto en lo alto, sus brillantes ojos azules como el cielo y una impresionante sonrisa blanca perlada. —Es una belleza, Shaw. Por suerte se parece a su madre. Espero que tengas listo un bate de beisbol. Me encuentro muy por delante de él. —No, hombre, tengo una escopeta. Asiente con aprobación y golpea mi brazo. —Hola, extraño, hace tanto tiempo que no nos vemos. —Mis ojos son atraídos por la suntuosa silueta de Sofía Marinda Santos, mi co-asesora, entre otras cosas, mientras se acerca a nuestra mesa. La ropa no solo hace al hombre, realiza una afirmación para una mujer. Hablan particularmente con entusiasmo sobre Sofía. Se viste como es ella, impecable, perspicaz, con clase, sin embargo tan malditamente sensual que hace que mi boca se haga agua. Su blusa de seda roja se encuentra abotonada con buen gusto, revelando solo unos centímetros de su piel color bronce debajo de su clavícula, ni siquiera una pizca de escote. Pero la tela acentúa la abundancia dada por Dios de sus pechos llenos, firmes y jodidamente hermosos. Una corta chaqueta de tweed gris cubre sus brazos largos y elegantes, y la falda lápiz a juego, abraza la redondez fenomenal de sus caderas, antes de revelar sus piernas tonificadas que se prolongan por días. —¿En dónde te escondías? —pregunto, luego señalo una silla vacía—. ¿Quieres acompañarnos? Unos labios naturalmente color rubí me sonríen en respuesta. — Gracias, pero no, acabo de terminar de almorzar con Brent en la parte de atrás. Hago un gesto mientras realizo las presentaciones. —Drew Evans, ella es Sofía Santos, una compañera libertadora de abusadores de menores según tu esposa. —Las cejas de Sofía se arquean levemente ante la descripción, pero continúo—: Soph, él es Drew Evans, mi viejo amigo de la universidad, mi actual banquero inversionista, y solo un bastardo rudo en torno a todo.

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Ignorando mi indirecta, él extiende su mano. —Gusto en conocerte Sofía. —Lo mismo digo. Revisa la hora en su Rolex y se burla—: Stanton, también deberías ir levantándote. No querrás perderte el veredicto. Me encuentro negando con mi cabeza antes de que haya terminado de hablar. Porque hemos debatido esto desde que empezó el juicio. — Querida, tengo todo el tiempo del mundo. Demonios, inclusive puede que pidamos postre, ése jurado no va a regresar hasta el lunes, como mínimo. —Puede que seas el Encantador de Jurados. —Sus dedos bien cuidados giran en un círculo, como si estuviera conjurando una bola de cristal—. Pero soy la Vidente del Jurado. Y veo que esas amas de casa quieren tachar a este juicio de sus listas de tareas para este fin de semana. —¿El Encantador de Jurados? —comenta Drew secamente—. Eso es adorable. Le saco el dedo mientras le insisto a Sofía—: Esta vez tu visión es errada. Su boca sobresale. —¿Te importaría hacer una apuesta grandulón? —¿Cuáles son tus términos dulzura? —le respondo con una sonrisa atrevida. Evans observa nuestro intercambio con alegría indisimulada. Ella apoya sus brazos en la mesa, inclinándose hacia adelante. Y tengo todo un nuevo aprecio por la gravedad, porque es esa fuerza la que causa que su blusa se aparte de su cuerpo, dándome una vista deliciosa de sus impresionantes tetas encerradas en un delicado encaje negro. —El Porsche. Agarrado por sorpresa, mis ojos se abren de par en par. No se anda con rodeos. Sabe que mi convertible plateado Carrera 911 4S Cabriolet es mi posesión más preciada. Lo primero que compré por mí mismo cuando fui contratado por el prestigioso bufete de abogados Adams & Williamson hace cuatro años atrás. Es prístino. No sale en la lluvia. No se estaciona en donde un pájaro pueda cagarse en él. No es conducido por nadie, además de mí. —Cuando el jurado regrese hoy, me dejaras sacar tu Porsche para el paseo de su vida. Me mira fijamente, esperando. Froto mis nudillos a lo largo de mi mandíbula, debatiéndome.

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—Tiene caja de cambios —le advierto en voz baja. —Pft, juego de niños. —¿Qué consigo si, cuando, pierdas la apuesta? Se endereza, luciendo complacida consigo misma, a pesar de que no ha escuchado mis términos. —¿Qué quieres? La imagen de las curvas de Sofía apenas cubiertas por un diminuto bikini rojo, húmedo y enjabonado con espuma, se infiltra en mi cerebro. Y no puedo contener la sonrisa lasciva que adorna mi rostro. —Tendrás que lavar el Porsche, a mano, una vez a la semana por un mes. No vacila. —Hecho. Antes de que nos demos las manos para cerrar el trato, la miro a los ojos y escupo deliberadamente en mi palma. Nuestro apretón es resbaladizo. Su nariz se arruga, pero sus ojos, sus ojos llamean con un fuego de diversión que solo yo puedo leer. A ella le gusta esto. Después de soltar su apretón, limpia su mano con una servilleta. Entonces Brent Mason sale desde la dirección de los baños para reunirse con nosotros. Brent es un asociado de nuestra firma, empezó el mismo año que Sofía y que yo, a pesar de que se ve mucho más joven. Sus redondos ojos azules, su cabello castaño ondulado, y una personalidad despreocupada que invoca sentimientos similares a los de un hermano protector. La cojera que acompaña su andar se suma a la impresión juvenil, aunque en realidad es el resultado de la prótesis en su pierna izquierda, consecuencia de un accidente de la infancia. El suceso puede que le haya arrebatado su extremidad, pero el humor agradable y jovial de Brent permanece completamente intacto. Como todos los asociados de nuestra firma, Brent y Sofía comparten oficina. Son cercanos, pero en una forma estrictamente platónica, del tipo de la zona de amigos. También tiene más dinero que Dios, o al menos su familia. Dinero antiguo, del tipo de riqueza tan abundante que sus amistades no se dan cuenta de que no todo el mundo “vacaciona” en el sur de Francia o es capaz de retirarse a su casa de campo en el Potomac cuando necesitan un descanso de la ciudad. El padre de Brent tiene aspiraciones políticas para su único hijo y cree que un historial impresionante como fiscal sentará las bases para esas ambiciones. La cual es precisamente la razón por la que Brent se reveló y se convirtió en un abogado de defensa criminal. —Hola, Shaw —saluda.

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Asiento con mi cabeza. —Mason. —Hago un gesto de nuevo hacia Drew—. Brent Mason, él es Drew Evans, un viejo amigo. —Mis ojos recaen en él—. Brent es otro abogado en nuestra firma. Se dan la mano con firmeza, luego Drew remarca—: Jesús, ¿hay alguien en DC que no sea abogado? Me echo a reír. —La mayoría per cápita en el país. Antes de que él pueda responder con lo que apostaría mi vida habría sido un insulto, Brent suelta de sopetón—: ¿Sofía, lista para irte? Tengo un cliente que viene en veinte minutos. —Estoy lista. Drew, un gusto en conocerte. Stanton, te veré pronto en la corte. Finjo confusión. —¿Te refieres a la oficina? Con un movimiento de su cabeza, deja que Brent la conduzca hacia la puerta. La observo mientras se va. Y disfruto cada maldito segundo de ello. Lo que no pasa desapercibido. —¿De verdad piensas que eso es sabio? Mi atención se arrastra de nuevo hacia él. —¿Qué es eso? —Follar a tu compañera de trabajo —aclara Evans—. ¿Crees que eso es sabio? Me detengo un momento, preguntándome cómo lo supo… y luego me río de mí mismo por preguntármelo… porque por supuesto que él lo sabría. —¿Esto viene del hombre que se casó con su compañera de trabajo hace unos meses atrás? Drew se inclina hacia atrás, descansando un brazo en la silla detrás de mí. —Eso es completamente diferente. Kate y yo somos especiales. Bebo mi agua. —¿Qué te hace pensar que Soph y yo follamos? —Ah… porque tengo ojos. Y oídos. Y nada de la tensión sexual que acabo de presenciar se encuentra sin resolver. Por cierto, te quedaste corto con la apuesta. Mis términos habrían sido primero follarla en el capó del auto, luego que lo lavara. —Se encoge de hombros—. Pero ese soy yo. Ahora de regreso a mi pregunta original… En verdad no hay ninguna razón para negarlo. —Sofía es sin duda la mujer más sabia con la que jamás he estado, mejor dicho nunca. No lo aprueba. —Shaw, caminas por un camino peligroso. Un campo minado de incomodidad y de desprecio femenino.

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Entiendo sus preocupaciones, pero no son necesarias. Sofía es una mujer en todos los lugares importantes, pero con la practicidad de un hombre. No hay minivans o cercas blancas en su futuro, solo oficinas en las esquinas y horas facturables. Es franca, directa, pero también divertida. Una mujer a la que considero una amiga, alguien con quien disfruto salir tanto como disfruto haciéndoselo. Nuestro arreglo empezó hace seis meses atrás. La primera vez fue espontánea, temeraria. Sabía que la deseaba, pero no me di cuenta de cuánto hasta la noche en la que estuvimos solos en la biblioteca del sótano de la firma. Ambos trabajando hasta tarde, tensos y apurados por el tiempo, en un momento dado, nos encontrábamos discutiendo los puntos más sutiles de Miranda versus Arizona y al siguiente nos encontrábamos arrancándonos la ropa el uno al otro, contra las pilas de volúmenes gruesos, encuadernados en piel, en celo como animales salvajes. También sonábamos igual que ellos. Me excito cada vez que pienso en los ruidos que Sofía hizo esa noche, una sinfonía de jadeos, gemidos y gruñidos mientras hice que terminara tres veces. Una tripleta. Y cuando mi orgasmo finalmente me inundó, mierda, no pude sentir mis piernas por cinco minutos completos. Después de eso, cuando nos encontrábamos sudados y despeinados como soldados después de una batalla, hablamos. Estuvimos de acuerdo en que eso era algo que ambos deseábamos hacer de nuevo, y de nuevo, un liberador de estrés necesario que encajaría perfectamente en nuestros mutuos horarios a rebosar. No es tan frío como suena. Pero es… fácil. Sonrío. —No, hombre, Sofía es como… uno de los chicos. —¿Te follas a uno de los chicos? Frunzo el ceño. —No suena ni cerca de caliente cuando lo dices de esa forma. Lo que quiero decir es que, ella vive para el trabajo, como yo. El tratar de hacerte socio no deja mucho tiempo para cualquier otra cosa. Ella es conveniente y jodidamente hermosa. Sé que estás casado y todo eso, pero tendrías que encontrarte medio muerto para no notarlo. E incluso entonces, sus tetas convencerían a un cadáver para que tuviera una erección. —Oh, lo noté, créeme —dice—. ¿Sabe acerca de tu llamada sexual en Mississippi? —Jenny no es mi llamada sexual —me quejo—. Imbécil. —Bueno, no es tu novia ni tu esposa. Es la chica que te follas cuando por casualidad pasas rápidamente por la ciudad. Odio decírtelo, pero esa es la definición de llamada sexual.

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A veces la propensión de Drew de llamar a las cosas como las ve, coloca a sus pelotas en grave peligro de ser golpeadas. —Sofía sabe todo acerca de Jenn y de Presley. —Interesante. —Luego llega el consejo patentado—. Solo digo, una situación como esta puede volverse… complicada para ti. El arrepentimiento es una mordida en el culo que pica como un hijo de puta. He estado allí, no es divertido. —Gracias por la advertencia. Pero puedo manejarlo. —Últimas palabras famosas. Solo recuerda, para el momento en el que te des cuenta de que no puedes manejarlo, será demasiado tarde. — Revisa su reloj y se levanta—. Y hablando de eso, tengo que irme, tengo que agarrar mi tren. Me levanto y golpeo su brazo. —Oye, ¿por qué no te quedas esta noche en DC? Arreglaré un juego de póker con los chicos, será como los viejos tiempos. Levanta sus manos, pesando las opciones. —Veamos… ¿tomar el dinero de Shaw… o ir a casa con la esposa impresionante que ha estado enviándome mensajes sexosos toda la tarde? No hay competencia. Hombre me gustas, pero jamás me gustarás tanto así. Nos abrazamos brevemente, golpeando la espalda del otro, ambos comprometiéndonos a pronto hacer esto de nuevo. Ahí es cuando mi teléfono suena. Lo levanto de la mesa, leo el mensaje y maldigo. Mientras Drew recupera su maletín de debajo de la mesa, le muestro mi teléfono. —El jurado está de regreso. Se ríe de mí. —Por tu bien, espero que ella sea tan buena con la palanca de cambios como dice serlo. —Hace una pausa, luego sonríe—. Pero supongo que ya sabes que lo es. Con un golpe final a mi brazo, se dirige hacia la puerta. —Nos vemos, hombre. —Dale a Kate mis saludos —le grito a sus espaldas—. ¡Y mi tarjeta! No se da la vuelta, no deja de caminar, pero solo levanta su mano, con su dedo medio extendido en alto y claramente sobre su cabeza.

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4 Sofía Traducido por florbarbero Corregido por Mel Cipriano

En un tribunal se siente una energía justo antes de leer el veredicto, una estática que crepita en el aire. Es una tensión compartida que te deja sin aliento, la misma que los romanos debieron de sentir en el Coliseo mientras esperaban ver en qué dirección el César señalaría con el pulgar. El pulso aumenta, la sangre zumba y la adrenalina crece. Es emocionante. Tan adictivo como sexo realmente fantástico. Del tipo que te deja marcada, adolorida, y agotada, y no puedes esperar para hacerlo de nuevo. Siempre supe que quería ser una abogada. Desde niña, veía series como LA Law, donde las abogadas poseían ingenios punzantes, lucían trajes elegantes, peinados impecables, y trabajaban en oficinas de cromo vidriadas, en rascacielos. La educación era la prioridad más alta para mis padres, ya que tuvieron un acceso limitado a ella. Mi madre salió de la pobreza de su pueblo natal en Pará para llegar a la relativa opulencia de Río de Janeiro cuando era una niña. Pero escapó del analfabetismo sólo después de conocer a mi padre, quien le enseñó a leer cuando tenía dieciséis años. Juntos, emigraron a los Estados Unidos y se convirtieron en la definición misma del sueño americano: consolidaron un negocio próspero, elevándose a través de las filas de la clase media, hacia la riqueza próspera. Plenamente conscientes de las oportunidades que ofrecía su trabajo a sus hijos, nos inculcaron a cada uno de nosotros (a mis tres hermanos mayores y a mí) que la educación era la llave para abrir todas las puertas. Era un tesoro que nunca podría ser robado, la red de seguridad más duradera. No es casualidad que cada uno de nosotros fuera a buscar campos profesionales: mi hermano mayor, Víctor, se convirtió en médico; el siguiente, Lucas, en un contador público certificado, y Tomás, sólo un año mayor que yo, es ingeniero. —Señora Encargada, ¿han llegado a un veredicto?

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Nuestro cliente Pierce Montgomery no dirige su atención a la mujer que está a punto de anunciar el veredicto de su juicio, sino que descaradamente la dirige hacia mis senos. Me hace sentir sucia de una manera desagradable. Tomaré una buena ducha caliente en el futuro, para limpiarme de la sordidez. —Sí, Su Señoría. Al entrar en la defensa penal, sabía que había una alta probabilidad de que tuviera que trabajar con cabrones como Montgomery, pero eso no me impidió hacerlo. Era la más joven de mi familia, y la única mujer, por lo que fui altamente protegida. Pero en lugar de restringirme, ese instinto de protección condujo a mis padres a asegurarse de que fuera capaz y estuviera preparada para lo que la vida pudiera lanzarme. —Oportunidades —diría mi padre—, hay que aprovecharlas con ambas manos, porque nunca se sabe si vendrán de nuevo. Él fue quien me enseñó a no tener miedo. Una oportunidad es todo lo que él siempre quiso para mí. Más que un marido o hijos, quería que yo tuviera la oportunidad de ir a cualquier parte. Hacer cualquier cosa. Ser criada en Chicago me dio una ventaja. Es una ciudad hermosa, pero al igual que todas las zonas urbanas, tiene sus peligros. Aprendí pronto a moverme rápido, pero siempre manteniéndome firme, estando en guardia y, en general, desconfiando de personas desconocidas hasta que demuestren lo contrario. En definitiva, una mirada lasciva del desagradable hijo de un senador, como lo es Pierce Montgomery, no me intimida. Si alguna vez tratara de tocarme con más que sus ojos, podría colocarlo de rodillas sólo con el giro de su muñeca. Tan simple como eso. —¿Cuál es? Aquí vamos. Momento de la verdad. Por el rabillo del ojo, veo los hombros anchos de Stanton subir ligeramente mientras inhala... y mantiene el aliento. Al igual que yo. El capataz recita el número de caso y los cargos, y entonces ella pronuncia las palabras mágicas: Inocente. ¡Infiernos sí! ¡Sii joder, siii! ¡Que los festejos mentales comiencen! Al igual que con los jugadores que realizan un touchdown en la NFL, la celebración excesiva en la sala del tribunal está mal vista, por lo que

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Stanton y yo sólo nos damos resplandecientes sonrisas de felicitación. Pero ambos sabemos que esto es enorme, un triunfo que es un paso para tener la clase de notoriedad que gozan Cochran, Allred, Geragos, Abramson y Dershowitz —la Liga de “Todo el mundo sabe tu nombre”. Montgomery agradece a Stanton con un apretón de manos, pero se las arregla para hacer que incluso su gratitud suene arrogante. Se vuelve hacia mí con los brazos abiertos, esperando un abrazo, por supuesto. Porque tengo una vagina. Y como tantos otros, tiene la creencia de que los penes se dan la mano, y las vaginas abrazan. Éste no es el caso, amigo. Extiendo un brazo inflexible, marcando mi punto y manteniéndolo fuera de mi espacio personal. Se conforma con el apretón de manos, pero añade un guiño lascivo. Y la ducha caliente cada vez se hace más atractiva. Cuando damos un paso fuera de la corte, los periodistas están esperando. Son medios locales, no nacionales. Todavía no. Como he dicho, es el trampolín. Stanton, siendo el abogado principal, acapara las preguntas con una mezcla bien practicada de encanto y egoísmo (los abogados no son modestos). Pero me da crédito, refiriéndose a “nuestra” defensa, mencionando cómo “nosotros” estábamos seguros de los resultados desde el principio, destacando a nuestra firma como bien consolidada, y asegurando que todos los clientes de Adams & Williamson recibirían igualmente una representación estelar. Mientras habla, me tomo un momento para admirarlo, porque es muy fácil de admirar. Sus ojos color jade brillan con el entusiasmo y el sol de la tarde, enmarcados por sus densas pestañas, sorprendentemente oscuras, del tipo que las mujeres matarían por tener. Unos mechones rebeldes de su cabello color dorado (el tipo de cabello que tiene Robert Redford en Legal Eagles) cae sobre su frente inteligente. Una nariz romana y pómulos altos le dan una apariencia noble, fuerte, aunque Stanton Shaw es todo un hombre, no un niño bonito. Creo que mi parte favorita es su mandíbula. Es digna de pornografía. Robusta y cuadrada, con la cantidad perfecta de rastrojos de barba rubia para conjurar imágenes de mañanas sexys y camas calientes. Mide un metro ochenta, es aproximadamente unos diez centímetros más alto que yo y sus largas piernas y torso amplio son el sueño de un sastre. Es el tipo de cuerpo que se hizo para llevar un traje. Su voz es profunda, un barítono melódico con un pequeño indicio de acento sureño que durante el interrogatorio puede cortar como un bisturí o hipnotizar

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como un narrador de cuentos para dormir. Pero es su sonrisa lo que atrae, lo que desarma. Sus labios expertos hacen que quieras reír cuando él lo hace y provocan los más sucios pensamientos cuando se deslizan en una perezosa sonrisa ladeada. La sonrisa y yo estamos bien familiarizadas. —... ¿No es eso cierto, Señorita Santos? —pregunta, y las miradas de los periodistas caen a mí, expectantes. Mierda. No tengo idea de lo que está preguntando. Estaba demasiado ocupada mirando la línea de su mandíbula, maldita sea, recordando cómo su rastrojo de barba raspaba mi muslo interno, haciéndome ronronear con la satisfacción de un felino que goza de rasguñar su poste favorito. Pero puedo recuperarme sin problemas. —Absolutamente. No podría estar más de acuerdo. Los periodistas nos agradecen, y mientras nuestro cliente se sube a su auto con chofer, Stanton y yo decidimos caminar las pocas cuadras de regreso a la oficina. —¿Dónde estabas allí? Te encontrabas ida —dice con un tono de diversión que me dice que ya lo ha adivinado. —Te voy a dar los detalles más adelante —respondo cuando Stanton abre la puerta de nuestro edificio para mí. Abrams & Williamson es uno de los bufetes de abogados más antiguos de DC. El edificio en sí tiene diez décadas, adhiriéndose a la altura de los edificios de la Ley de 1910, que prohíbe la construcción de nuevas estructuras que fueran más altas que la cúpula del Capitolio, salvo algunas excepciones limitadas. Pero lo que le falta de estatura lo compensa en grandeza histórica. Las superficies caoba pulidas brillan bajo las luces intensas, diseñadas para destacar las molduras artesanales que decoran todas las paredes. Una chimenea de mármol restaurada da la bienvenida a los visitantes mientras caminan hasta el enorme escritorio de nogal de la recepcionista, con su luz permanente. Vivian, la recepcionista desde siempre, tiene unos cincuenta años, luce un traje blanco impecable y un moño rubio, proporcionando una primera impresión perfecta de elegancia y experiencia para todos los que entran. Ella sonríe cálidamente. —Felicidades a los dos. Al Señor Adams le gustaría verlos en su oficina. Las noticias vuelan en DC, haciendo que la dispersión de chismes de la secundaria se vea tan lenta como las llamadas por Internet. Así que no es de extrañar que las noticias de nuestra victoria ya hayan llegado a la mesa de nuestro jefe. Sin embargo, impresionante victoria o no, Jonas Adams, socio fundador de nuestra firma y descendiente directo de nuestro

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segundo presidente, nunca baja de su posición privilegiada en la última planta para ofrecer felicitaciones. Él nos llama para que subamos. Durante el viaje en ascensor, el mismo entusiasmo burbujeando en mí interior emana de mi colega en el crimen. Inmediatamente somos acompañados a la oficina de Jonas, quién se encuentra es su posición detrás de su escritorio, deslizando con rapidez carpetas en un maletín de cuero gastado. Su parecido con su ancestro fundador es nada menos que asombroso: un abdomen abultado complementado con un antiguo reloj con cadena de oro saliendo de su bolsillo, gafas redondas equilibradas sobre una nariz puntiaguda, y mechones de pelo blanco peinados en un intento por cubrir la corona calva de su cabeza, que es tan brillante como el piso de madera sobre el que estamos de pie. Si alguna vez se retira, las empresas de recreación histórica se desgarrarán en piezas por tenerlo. Jonas ha impartido clases en las mejores instituciones legales y es considerado una de las mentes más brillantes de nuestro campo. Pero al igual que muchos intelectuales dotados, exhibe un temperamento ajetreado, despistado, que te hace pensar que siempre está perdiendo las llaves del auto. —Entren, entren —llama mientras acaricia sus bolsillos, aliviado al encontrar los elementos que obviamente estaba esperando que todavía estuvieran allí—. Me voy en un momento para una conferencia en Hawái, pero quería felicitarlos por el caso Montgomery. Se mueve detrás de su escritorio y estrecha nuestras manos. — Excelente trabajo, no fue una victoria fácil. Pero el senador Montgomery está muy agradecido. —Gracias, señor —responde Stanton. —¿Cuántas son para usted, señor Shaw? ¿Ocho victorias al hilo? Stanton se encoge de hombros, sin modestia. —Nueve, en realidad. Jonas asiente mientras se quita las gafas y las limpia con un pañuelo. —Impresionante. —Es todo por el jurado, señor Adams —dice Stanton—. Nunca conocí a uno que no me guste. —Sí, muy bien, muy bien. ¿Y usted, señorita Santos? Todavía invicta, ¿eh? Con una sonrisa, levanto mi barbilla con orgullo. —Sí, señor, y seis de seis. Las mujeres profesionales han recorrido un largo camino, nuestros pies están ahora firmemente en la puerta de los clubes previamente

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dominados por los hombres en los campos políticos, legales y de negocios. Pero aún nos queda un largo camino por recorrer. El hecho es que la mayoría de las veces, cuando se trata de promociones y oportunidades profesionales, somos la última elección, no la primera consideración. Con el fin de llegar a la vanguardia en lo que se refiere a nuestros jefes, no es suficiente ser tan buenas como nuestras contrapartes masculinas, tenemos que ser aún mejores. Tenemos que destacar. Es una verdad injusta, pero una verdad al fin. Cuando el chofer de Jonas entra en la habitación para tomar su equipaje, girando una bolsa de golf de una marca lujosa cuyo contenido vale más que el Porsche de Stanton, comento—: No sabía que era un jugador de golf, Señor Adams. Eso no es cierto, totalmente lo sabía. —Sí, soy un ávido jugador. Es relajante, ya sabes, ayuda con el estrés. Estoy deseoso de jugar unas cuantas rondas durante la conferencia. ¿Tú juegas? Sonrío como el gato de Cheshire. —Sinceramente, lo hago. He disparado un setenta y siete en East Potomac. Acomoda las gafas sobre sus ojos ensanchados. —Eso es notable. — Menea su dedo—. Cuando vuelva de Hawái, vas a ser mi invitada a mi club, Trump Nacional, para unas cuantas rondas. —Eso sería encantador. Gracias. La papada de Jonas se agita mientras asiente. —Mi secretaria se comunicará con tu asistente para agregarlo a tu calendario. —Luego vuelve su atención a Stanton—. ¿Juegas, Shaw? Porque lo conozco, me doy cuent que vacila por un nanosegundo. Pero luego su rostro se divide en una amplia sonrisa. —Claro. El golf es mi vida. Jonas aplaude. —Excelente. Entonces te unirás a nosotros ese día. Stanton traga saliva. —Genial. Después de que Jonas se despide, Stanton y yo subimos de vuelta al ascensor para dirigirnos a nuestras oficinas en el cuarto piso. —“¿El golf es mi vida?” —cito, viendo los números iluminándose mientras descendemos. Sus ojos se vuelven divertidos hacia mí. —¿Qué demonios se suponía debía decir? —Ah, podrías haber dicho lo que me dijiste hace tres meses: “El golf no es un deporte real.” —No lo es —insiste—. Si no sudas, no es un deporte.

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A lo que respondo—: El golf requiere una enorme cantidad de habilidad... —Lo mismo sucede con el ping-pong. Y eso no es un jodido deporte. Tercos, y estúpidos punto de vista masculinos. Habiendo crecido con hermanos, estoy familiarizada con ellos. Sin embargo, todavía me causa gracia que sean tan absurdos. —Entonces, ¿qué vas a hacer? Jonas regresa de Hawái en dos semanas. —Es un montón de tiempo para que me enseñes a jugar —responde, dándome un codazo suavemente. —¿Yo? —balbuceo. —Claro, la Señorita Setenta y Siete en East Potomac. ¿Quién mejor? Sacudo la cabeza. Así es como funciona Stanton. Al igual que mi sobrina, que utiliza el labio tembloroso en contra de mi hermano mayor, Stanton utiliza su ruin encanto. Es imposible de resistir, especialmente cuando realmente no quieres hacerlo. —Dos semanas no es mucho tiempo. Él pone su mano sobre mi hombro, frotando su pulgar contra la piel desnuda en la parte de atrás de mi cuello. La acción genera un sendero ardiente por mi espalda, haciendo que todos los músculos debajo de mi cintura se tensen. —Vamos a empezar este fin de semana. Tengo plena confianza en ti, Soph. Además… —Guiña un ojo—, aprendo rápido. Cuando las puertas del ascensor se abren, quita la mano, y por un momento, lloro por la pérdida. —Ese será el momento perfecto para que saldes nuestra apuesta. Tu auto me debe un viaje. —No creo que deba responder por las apuestas que hice bajo coacción. Mis tacones resuenan en el piso de madera mientras me burlo—: ¿Bajo coacción de quién? Stanton se detiene a unos pasos de las puertas de nuestras oficinas. Baja la voz y se inclina para susurrar en mi oído—: Subestimas el poder de tus milagrosos senos. Ellos estaban en mi cara, pensar claramente era imposible. Doblo mis brazos con escepticismo. —¿Milagrosos? Levanta las manos, abriendo las palmas. —Me hacen querer levantarme y gritar amén... o caer de rodillas y hacer otras cosas.

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Una pequeña risa se me escapa. —Si todos los pechos te distraen tan fácilmente, tienes problemas más grandes que yo conduciendo a tu bebé. Stanton me mira por un momento, su mirada cálida. Casi ilícita. —No todos los pechos, Soph. Sólo los tuyos. He oído la expresión “mi corazón dio un vuelco”, pero no sabía que en realidad pudiera suceder. Hasta este momento. Aún así, finjo indiferencia. —Buen intento. Excusarse. No le doy clases de golf a tramposos. —No puedes culpar a un hombre por intentar. Brent sale de nuestra oficina, en dirección hacia la de Stanton. Se detiene cuando nos ve y levanta el brazo en señal de saludo. —Ah, el regreso de los vencedores. Son las dos personas que quería ver. Lo seguimos a la oficina de Stanton, la cual comparte con Jake Becker, quien se encontraba en su silla de escritorio, hojeando un expediente abierto en su regazo. Dando una breve mirada en nuestra dirección, Jake dice—: Oí que las felicitaciones están en la orden del día. Mis felicitaciones por demostrar que la justicia es tan tonta como ciega. Stanton y Jake se conocen desde la escuela de Derecho, cuando Stanton estaba en extrema necesidad de un compañero de cuarto para compensar la renta y Jake se encontraba en extrema necesidad de dormir en alguna parte que no fuera el sofá de la sala de estar de su madre. Jake Becker no parece un abogado. Me recuerda a un boxeador de peso pesado o al musculoso de una película de mafiosos en blanco y negro. Pelo negro, ojos que recuerdan el color del acero frío, labios carnosos que rara vez sonríen y pronuncian las palabras más agrias. Su cuerpo es grande y peligrosamente poderoso, sus manos atrapan completamente a las mías, cuando nos las estrechamos. Manos como ladrillos que harían rogar piedad a su oponente en una pelea tonta. A pesar de su apariencia intimidante, Jake es el perfecto caballero. Tiene sentido del humor y es firmemente protector de aquellos a los que considera como amigos. Me siento afortunada de decir que soy uno de ellos. Nunca lo he visto perder los estribos o levantar la voz, pero sospecho que la suya es el tipo de ira que golpea con una venganza letal, sin ninguna advertencia en absoluto. Stanton pone su maletín sobre el escritorio y se sienta. —No te pongas demasiado cómodo —advierte Brent—. No nos vamos a quedar mucho tiempo. Es viernes, y su victoria nos da la justificación perfecta para irnos antes de tiempo. No conocí a Brent cuando era joven, pero tiene todos los ingredientes del épico payaso de la clase... o un niño con necesidad desesperada del

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ansiolítico Ritalin. Siempre optimista, con una broma lista y una fuente inagotable de energía. Rara vez se encuentra quieto; incluso si está leyendo, sus pies se balancean o los equilibra sobre el borde de su escritorio, un archivo en una mano y un fortalecedor de brazos en la otra. Ah, y ni siquiera toma café. Algunos lunes por la mañana sólo quiero estrangular a Brent. —Tengo que terminar el expediente Rivello —explico, pero su movimiento de la cabeza me interrumpe. —Puede terminarlo mañana, señorita. Ya eres la nueva favorita de Adams, no es necesario que nos lo demuestres al resto de nosotros. Además, tenemos motivos para celebrar, y tengo una regla de nunca pasar eso por alto. Hora del happy hour. Miro mi reloj. —Son las tres de la tarde. —Lo que significa que son las cinco en alguna parte. —Señala con el pulgar hacia la puerta—. Vamos, chicos, encuentren a su compañero. La primera ronda la paga Jake. Jake ya está de pie, ordenando su maletín con el trabajo para llevar a casa. Gira el dedo en el aire y dice rotundamente—: Claro. Agua para todos. Con una sonrisa, Stanton coloca su brazo sobre mis hombros. —Vamos, Soph. Hay un Tequila Sunrise con tu nombre en él. Nos lo hemos ganado. Tengo una relación de amor/odio perdurable con el Tequila Sunrise… lo amo en el happy hour y lo odio a la mañana siguiente. Con un suspiro, me rindo. —Está bien, a la mierda.

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5 Stanton Traducido por Dey Kastély & Annie D Corregido por NnancyC

Para el momento en que la hora feliz comienza oficialmente, Sofía y Brent se encuentran más allá de felices. Sin embargo, Jake no; Jake es el conductor designado original. Disfruta un solo vaso de whisky de malta tanto como cualquiera, pero nunca lo he visto beber para emborracharse. A diferencia de todos los demás en torno a él en este momento. A las seis de la tarde en una noche de viernes en Washington, DC, las calles son un pueblo fantasma, porque cualquier persona que todavía esté aquí ya se encuentra dentro de los bares. Los políticos no viven en la ciudad. Si el Congreso no está en sesión, regresan a sus distritos de origen. Aquellos que están casados con hijos vuelven a los suburbios. Eso nos deja al resto de nosotros; hambrientos, trabajadores y cachondos. Y no hay mejor manera de desahogarse bien de una semana larga y tortuosa en la oficina que tomar un buen trago en una taberna ruidosa. Sofía lo llama el “Efecto de Anatomía de Grey”. —Burbuja de aire en la intravenosa —sugiere Brent con una voz diabólica, apoyando los codos en la mesa de madera llena de vasos vacíos—. Difícil de rastrear, imposible de probar más allá de una duda razonable, a menos que haya cámaras de video en la habitación de hospital del paciente, rápido y eficiente… —Y totalmente poco confiable —bromea Sofía, dándole un golpecito en la nariz—. La cantidad de aire para causar una embolia varía, además de que la víctima ya tendría que estar en el hospital. Entonces, habría un registro de visitantes… El asesinato perfecto. Es un debate frecuente. Conociendo los recovecos del sistema de justicia penal, estoy realmente sorprendido de que más personas en el campo jurídico no cometan delitos graves. O —cómo es esto de jodido— ¿tal vez lo hacen? Pie de entrada para la música espeluznante.

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—Sigo diciendo que el veneno es la apuesta más segura —ofrece Jake desde un extremo de la mesa—. Algo como ricina o polonio. Su sugerencia es recibida con bromas y burlas. —Novato. —El análisis forense post mortem es demasiado avanzado — argumenta Brent. —¿Y dónde demonios encontrarías Conoces a muchos espías rusos, ¿verdad?

polonio?

—añade

Sofía—.

—Recuérdame nunca tomarte como cliente —le digo, señalándolo con mi bourbon—. Arruinarías mi racha de victorias. La pista de baile en la habitación contigua está completamente llena de cuerpos, penosamente cortos de ritmo. No muchas cosas son tan divertidas como ver personas que no pueden bailar, pero piensan que pueden. Brazos eufóricos se elevan cuando la canción Oh What a Night sale por los altavoces. Sofía se levanta emocionada. —Esa es mi señal. Anda, Brent, vamos a sacudir lo que tu mamá te dio. Él se levanta. —No puedo, querida, mi cita acaba de entrar. —¿Tienes una cita esta noche? —pregunta Sofía. —Ahora la tengo. —Guiña un ojo—. Ella simplemente no lo sabe todavía. Mientras Brent se aleja, Sofía mira hacia Jake. Él suena como Harry el Sucio2 preguntándole a un punk si se siente afortunado cuando dice—: ¿Siquiera necesitas preguntar? Me guarda para el final, porque sabe muy bien que yo no bailo. Aún así lo intenta, pasando la mano por mi brazo. —¿Quieres mostrarme tus movimientos, Shaw? Mastico el palillo de dientes entre mis labios. —Cariño, te mostraré cada movimiento que tengo, sólo que no en una jodida pista de baile. Se ríe, luego se va brincando de un lado a otro hacia los cuerpos balanceándose y agitándose. Y la observo con la mirada de un hombre que está seguro que va a echar un polvo, y sabe que será bueno. Sus caderas redondeadas giran en el momento perfecto con el ritmo rápido, seguro y practicado. Imagino esas caderas a horcajadas sobre mí —montándome— con el mismo ritmo rápido. Y al instante me pongo duro. Palpitando con el recuerdo y la expectación. 2 Personaje de una película estadounidense del mismo nombre de los años setenta, interpretado por Clint Eastwood.

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Es la manera en que se mueve momentos antes de que se venga, firme y rápido, alimentándose de la sensación, persiguiendo esa maravillosa fricción. Chupo fuertemente el palillo en mi boca mientras ella alza los brazos, haciendo círculos con su pelvis. A Sofía le gustan sus brazos encima de su cabeza —clavados por mis manos— contra una cama, pared, un duro escritorio de roble. Tener sexo con ella es fenomenal en cualquier día, pero follarla cuando está así —sólo lo suficientemente borracha— es particularmente fantástico. Es más salvaje, más ruda; jala mi cabello un poco más fuerte. Ruega un poco más dulce. El bourbon que tomé ha aflojado mis músculos y mi mente. No estoy intoxicado, sino lo suficientemente relajado para olvidar cualquier preocupación. Para que nada me importe una mierda. Tiro de mi corbata a medida que su espectáculo de juego previo continúa, satisfecho de observar sin prisas, de permitir que esta anticipación se construya. Pero luego, se da la vuelta. Su cabello oscuro se despliega y soy atrapado en esos malditos ojos avellana. Ojos grandes y almendrados que están prácticamente brillando con hambre. No está simplemente bailando frente a mí, está bailando para mí. Sus manos se deslizan lentamente por sus costados, sosteniendo sus caderas, apretando. Pero son mis manos las que está imaginando, mi agarre lo que siente. Los labios llenos de Sofía se abren, respirando pesadamente, el brillo de humedad bordeando el labio superior. Y quiero lamerlo. Pero eso sólo sería el comienzo —devorar esa boca— antes de lamer hacia abajo y alrededor, hasta probar todo de ella. Hasta que cada centímetro de su piel sea marcada con la sensación de mi lengua, mis labios. Mis dientes. Retorciendo el palillo contra el paladar de mi boca, me pongo de pie. Y acecho en su dirección. Antes de llegar a ella, Sofía se gira, su trasero todavía contoneándose. Provocándome. Por encima del hombro, mantiene su mirada fija en la mía. No me detengo hasta que me encuentro pegado a ella, mi mano sobre su estómago, empujándola hacia atrás. Así no puede tener ninguna duda sobre cómo me ha afectado. Cada centímetro caliente y duro de efecto está presionado contra su trasero.

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—¿Cambiaste de idea? —se burla—. ¿Quieres bailar después de todo? —Quiero follar —le susurro al oído, haciéndola temblar—, a ti. En caso de que hubiera alguna duda. Ahora. Se presiona hacia atrás, atrapando mi polla entre nosotros, luego deslizándose arriba y abajo, frotando con sublime presión. Me trago un gemido. —Entonces, creo que nos vamos.

En el viaje en taxi hasta mi apartamento, hago un punto en no tocarla; nada de roces casuales en su muslo o una mano para ayudarla a salir del taxi. Porque sé que la espera la excitará aún más. Y porque una vez que yo empiece, no planeo parar. Después de un viaje en ascensor tenso y tortuoso, nos encontramos de pie en el pasillo fuera de la puerta de mi apartamento. Mientras coloco la llave en la cerradura, el cuerpo de Sofía está cerca, sin presionar, pero lo suficientemente cerca que puedo oler su perfume. Un aroma floral limpio y dulce; gardenia, tal vez. Pasamos por la puerta, luego me doy la vuelta, usándola para cerrarla, chocándola contra su espalda. Atrapándola entre la puerta y yo. Las manos agarran el aire cuando sostengo sus muñecas en una mano, muy por encima de su cabeza, estirándola, haciendo que se arquee. Forzando el contacto. Jadea a medida que paso la nariz hasta su mejilla, su aliento escapando en pequeñas bocanadas. —¿Quieres ser follada? —digo en tono áspero. Gime. Se retuerce. —Sí. A Sofía le gusta rudo —palabras fuertes, toques firmes— y soy muy feliz de complacerla. Rozo mi mano libre por su muslo, amontonando su falda a medida que subo. —¿Te quieres correr? Una vez me dijo que una de sus partes favoritas de follarme era que podía simplemente dejar ir todo. Sin preocupaciones, sin estrés, sin

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decisiones que tomar. Es la única área en su vida en donde es feliz de dejar que alguien más —yo— haga todo el trabajo. Alza la barbilla, rozando piel suave contra mi barba de tres días. — Por favor —ruega. —¿Qué tanto? —provoco, frotando sobre sus bragas de seda, donde es suave y caliente. Sus caderas giran contra mi mano mientras aparto la tela y deslizo mis dedos por sus labios suaves y resbaladizos. Mi risa oscura retumba—. Se siente como si quisieras correrte con muchas ganas. —Stanton… —gime en una súplica impaciente. Y entonces mi boca está sobre la suya, tomando sus palabras, chupando esos labios carnosos que observo todo el puto día. Sabe tan dulce; granadina con un dejo de tequila, haciendo que mi cabeza se maree. Me da su lengua, húmeda y cálida. Muevo los labios sobre los suyos, avanzando con firmeza, apenas permitiendo respirar, y capturo su labio inferior con los dientes. Sus brazos empujan contra mi agarre, con ganas de sujetar, acercarme más, pero la sostengo firme. Presiono la longitud de mi cuerpo contra el suyo, sintiendo cada curva suave y llena contra mis ángulos duros. Gime, agradecida por el contacto mientras hago estragos en esa boca. Luego, deslizo los labios por su mandíbula, dejando un rastro húmedo, a su cuello, dándome un festín con su piel dulce como un hombre hambriento. Jadea y levanta aún más la barbilla, dándome un mejor acceso a medida que me deslizo más abajo, a los botones superiores de su blusa. Cosas de una sola noche, sexo sin sentimientos, extraños follando; lo he hecho antes un montón de veces. A veces es bueno, a veces sólo es — mecánico— satisfacer una necesidad física básica. Pero esto, aquí con Sofía, nunca ha habido nada mecánico al respecto. Son llamas abrasadoras, lamiendo nuestros miembros, atrayéndonos juntos desde un espacio muy adentro, haciéndonos chocar como imanes separados por demasiada distancia, por demasiado tiempo. Mi boca chupa sus tetas por encima de la blusa, dejando una marca oscura de humedad sobre la seda. No hay ningún pensamiento, sólo sentimientos y sensaciones. Libero sus muñecas, agarro la delicada tela con ambas manos y doy un tirón, rasgándola, dejando al descubierto la magnífica piel que me fascina. Reemplazaré la blusa, no tengo tiempo para malditos botones. Bajo la copa de su sostén de encaje negro y sus manos se hunden en mi cabello, masajeando mi cráneo mientras devoro su pecho. Tan cálido, tan suave. Coloco largos besos con la boca abierta a lo largo del montículo, succionando la piel hasta que Sofía grita —dejando mi marca— castigándolo por distraerme. Luego paso la lengua alrededor del círculo

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oscuro de su pezón, dando golpecitos y lamiendo. Cuando lo envuelvo con mi boca, ella se sacude, después suspira con alivio mientras succiono. Su cabeza rueda. —Oh, sí… Oh, Dios, sí… A medida que me muevo a su otra teta impresionante y le doy la misma atención, deslizo de nuevo mis dedos en sus bragas, queriendo que se corra, que grite justo así. Sus muslos se extienden, haciendo espacio para mi mano, cuando mis dedos hacen círculos en su entrada. Sus caderas giran en círculos opuestos a los míos, las uñas recorriendo mi espalda sobre la camisa. Con mis dientes atrapando un pezón excitado y sensible, sumerjo dos dedos en su apretada humedad. —Mierda… —gime. Deslizando mis dedos dentro y fuera, bombeando, muevo mi pulgar hasta su clítoris expectante y froto. Su voz se eleva, volviéndose desesperada, porque el orgasmo está tan jodidamente cerca. Entonces, elevo la cabeza y me deleito en la vista de su rostro. Ojos cerrados, pestañas oscuras desplegadas contra piel bronceada, labios abiertos y jadeantes diciendo mi nombre. Si tuviera algún talento para la pintura, esta sería la obra maestra que capturaría. Este momento puro e inesperado, cuando se encuentra completamente desnuda frente a mí, confiando en que le de placer fuerte y palpitante, pero dejándola intacta. Tengo que besarla. Lentamente ahora, atraigo sus labios a los míos, mientras mis dedos bombean más rápido, mi pulgar frotando con más fuerza. Y entonces, explota. Saboreo su hermoso gemido mientras sus brazos se estrechan y sus muslos se aprietan, y su coño atrapa mis dedos en fantásticas contracciones pulsantes. Cuando sus extremidades se aflojan y sus manos están ahuecando mi mandíbula y me besa lenta, dulce y agradecidamente, saco mis dedos de ella. Retrocedo y me observa con ojos ardientes mientras pruebo la humedad que cubre mis dedos. Mejor que granadina, tequila o un maldito bourbon. Los jugos de Sofía son el elixir de los dioses, y estaré chupando ese delicioso coño antes de que termine la noche. Pero primero, es tiempo para que ella tenga diversión. Con una sonrisa afilada y una chispa casi perversa en sus ojos, agarra mi corbata y tira de mí en un beso. La dejo que nos gire, así que mi espalda se encuentra contra la puerta. Mientras nuestras bocas danzan, meto las manos en su cabello —agarrándolo— tirando de la manera en que sé que ansía. Entonces, la empujo hacia abajo. Sobre sus rodillas. Levanta la mirada hacia mí, esos malditos ojos encendidos y hambrientos, cuando sus manos se deslizan por mis pantalones, mis

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muslos, desabrochando mi cinturón con un sonido metálico. Observo, mi mano recorriendo su cabeza a través de su cabello, mientras me baja los pantalones junto con los boxers hasta mis tobillos. Salgo de ellos y pierdo el contacto visual cuando frota mis piernas, tonificadas y solidas con músculos. —Estas piernas —admira en voz alta—. Fueron hechas para estar arrodillada ante ellas. Me rio misteriosamente. —Gracias por el cumplido, cariño. Pero basta de charla, tengo usos mucho más interesantes para esa boca tuya. Sonríe y se pasa la lengua por los labios. Mi polla gruesa da un salto, porque sabe lo que vendrá después. Agarro mi pene con firmeza, bombeando lentamente, y trazo con la punta los labios de Sofía, extendiendo a través de ellos la humedad que ya tiene. La miro a los ojos, ojos en los que un hombre podría hundirse si no es cuidadoso, y le digo—: Abre. No me importa una mujer que está ansiosa, y he estado más que feliz de recostarme y dejar que una chica tenga su perversidad conmigo. Pero aquí —ahora— con Sofía, siento una urgencia por su sumisión. Una emoción de estar por encima de ella, a cargo. Y quiero tomarme mi tiempo, dejarla sentir cada centímetro de lo que le estoy dando, en lugar de simplemente permitirle tomar. Como dice el refrán, dar es mejor. Sus labios están hinchados, rosados por mis besos rudos. Se estiran cuando los abre ampliamente, y guio mi polla a ese húmedo y caliente paraíso. Empujo lento, respirando con dificultad, hasta que llego a la parte posterior de su garganta con un gemido. Y me hundo en la maldita sensación de su apretada y cálida boca envuelta a mi alrededor. Tan condenadamente bueno. Bajo la mirada, viendo como me deslizo fuera, sus labios apretándose, como si no quisieran que me fuera. Entonces empujo de nuevo, un poco más fuerte, un poco más profundo. Me contengo adentro, sintiendo su garganta apretarse a mi alrededor. —Jodeeer —gimo. Es una deliciosa tortura, la agonía perfecta que quiero que dure toda la noche. Me retiro, sólo para tener la oportunidad de empujar de nuevo. Acunando su cabeza, le digo—: Eso es, nena. Justo de esa manera. Mantén esa boca abierta, tómalo todo... Mierda…

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No me puedo contener. Con mis ojos cerrándose, comienzo a embestir. No quiero acabar, todavía no, pero tampoco quiero parar. Sólo un poco más, un rato más. Sofía gime de emoción —amándolo casi tanto como yo— y la vibración se va directo a mis bolas, haciendo que se tensen, preparándolas para el éxtasis que está tan jodidamente cerca. Justo en el borde, sujeto su cabello y la aparto. Luego, la pongo de pie y beso esa perfecta boca. Ahora, ¿en dónde hacerlo? ¿En el piso, en el sofá, contra la pared? La cama no es una opción, está demasiado lejos. Recojo mis pantalones, recuperando el condón del bolsillo, abriéndolo y rodándolo con una destreza nacida de la práctica y desesperación. Observándome, Sofía sale de su falda y bragas, sin molestarse con la blusa que está colgando, un poco desgarrada. El piso será. Atrayéndola a mis brazos, follando su boca con mi lengua, desciendo a mis rodillas, llevándola conmigo, entonces la acuesto, protegiendo su cabeza de la madera dura con mi palma. —Date prisa, Stanton —ruega. Follando es la única vez que escucharé a Sofía rogar, y es impresionante—. Lo necesito. Oh Dios… Levanta las caderas, frotándose contra mi estómago, su coño incluso más húmedo ahora. Ambos gemimos cuando empujo, estirando su impresionante estrechez, enterrándome hasta la empuñadura. Joder, sí. Sonidos ásperos y exquisitos vienen de su garganta cuando embisto con fuerza, golpeteando, llevándonos hasta arriba. Sus uñas se clavan en mi espalda, haciéndome sisear, y me sujeto de sus hombros por apoyo. Me muevo contra ella, mis caderas haciendo círculos cuando estoy en lo más profundo, con nuestras pelvis chocando. —¿Lo quieres más fuerte? —espeto, sin aliento en su oído. Sus piernas se tensan alrededor de mí, sus talones clavándose en mi culo como respuesta. —Dame tu boca —suplica. Bajo mis labios a los suyos, mordiendo y lamiendo, fusionándonos. Chispas hormigueantes bailan lo largo de mi columna y embisto más rápido, dándole todo lo que tengo, todo lo que jamás tendré. Siento su estremecimiento alrededor de mí, pequeños espasmos agarrando mi polla, ganando intensidad. —Eso es, nena, acaba conmigo... justo ahí...

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Puntos de luz bailan detrás de mis ojos, y entierro el rostro en su cuello. Sus caderas se levantan una última vez y se mantienen así, al mismo tiempo que empujo hacia adelante y magníficas olas de placer invaden mis venas. Más allá de la sangre corriendo por mis oídos, la escucho cantar mi nombre cuando nos estremecemos juntos, corriéndonos al mismo tiempo... compartiendo ese maldito espacio perfecto donde todo lo que existe es ella, yo y el éxtasis. Su aliento contra mi hombro, como el aleteo de las alas de un pájaro, es lo siguiente de lo que soy consciente. Se necesita un poco de esfuerzo, pero me levanto y miro a los deslumbrantes ojos de Sofía. Su sonrisa, lo suficientemente tierna para romperme el corazón. Alejo el cabello de su rostro y presiono un delicado beso en sus labios. Sin decir una palabra, me deslizo fuera de ella y me pongo de pie. Llevándola en mis brazos, me dirijo al dormitorio. Ya que la noche no ha terminado todavía… no por un largo tiempo.

58 Sofía colapsa sobre su espalda, riendo sin aliento. Remuevo el segundo condón bien usado de la noche y lo tiro a la papelera junto a la cama. Yacemos uno al lado del otro, en un cómodo silencio, hasta que un fuerte gruñido de su estómago rompe el silencio. Intenta ocultarse detrás de su mano, pero disfruto ver el rubor de vergüenza que se extiende desde sus tetas a sus mejillas. —Nos saltamos la cena, ¿no? —digo. —A menos que cuentes la guarnición de frutas de los cócteles Tequila Sunrises. Toco su pierna. —Vamos. Veamos lo que tenemos en términos de sustento. Camino por el pasillo. Desnudo. Me gusta estar al desnudo. Se siente bien, natural. Claro, vivo en una concurrida calle de la ciudad y no tenemos cortinas, pero si las personas quieren mirar a mi ventana, podría bien darles algo que ver. Sofía me sigue, mi manta envuelta alrededor de sus hombros, supongo en busca de calor. Dejamos la modestia hecha polvo hace tiempo, cerca de la primera vez que jugó a ser jinete sobre mi rostro.


Se sienta a la mesa de la cocina mientras saco un cuenco de la nevera y lo coloco en el microondas para calentarlo. Pongo dos platos en la mesa, luego dos vasos de agua fría. Siento toda la atención de Sofía siguiéndome cuando me muevo, disfrutando de la vista. Cuando el microondas suena, saco el cuenco, y en el proceso me quemo como el demonio mis dedos. —¡Mierda! —Sacudo la mano, y luego chupo los dedos lesionados. —Cuidado —advierte en una voz divertida—, no quemes ninguna de las partes buenas. Usando una toalla, llevo el cuenco humeante a la mesa. —Gracias por tu preocupación. Reparto dos porciones llenas de macarrones y queso casero. Sofía gime en el primer bocado, y mi polla —ya sin miedo de una lesión— toma nota. —Esto está tan bueno, Stanton. ¿Tú lo hiciste? —No, yo no cocino. Y tampoco Jake por lo general, pero los macarrones con queso de su mamá son la única comida que se aprendió de memoria. No puede pasar una semana sin eso. Se conserva bien en el congelador, lo que es conveniente. Permanecemos en silencio durante unos minutos, enfocados en la comida. Entonces Sofía reflexiona—: Hoy fue un buen día. Veo caer su cabello sobre la piel bronce de su clavícula, el suave y lánguido resplandor en esos ojos avellana. Y es agradable, sólo estar aquí. Con ella. —Seguro lo fue. Después de que nuestros platos están vacíos, me atrevo—: ¿Puedo hacerte una pregunta? —Por supuesto. Quito la manta de su hombro, dejando al descubierto la impresionante curva de su seno derecho, pesado en su plenitud natural. Su respiración se atasca cuando recorro con mi dedo el costado, hacia su caja torácica, sobre la cicatriz irregular de veinte centímetros que desluce su piel de otro modo perfecta. —¿Cómo sucedió esto? La primera vez que la noté, no se sintió bien preguntar, no me correspondía. Nuestros primeros encuentros consistían en quitar la ropa del otro lo más rápido posible, mantenerme duro el mayor tiempo posible y acabar tantas veces como era posible; sin correr el riesgo de

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deshidratación o pérdida del conocimiento. No nos dejaba un montón de tiempo para hablar. Pero ahora... últimamente... Me he encontrado con ganas de saber más además de cómo a Sofía le gusta ser chupada o follada. Y más que las cosas rudimentarias que Brent o Jake sabrían. Quiero sus fantasías... algunos de sus secretos. No hay expresión de dolor nublando sus facciones, no se inmuta ante la mención, y por eso estoy eternamente agradecido. —Accidente aéreo —dice con naturalidad. —Me estas jodiendo. —Ciertamente no te estoy jodiendo —imita con una sonrisa—. Cuando tenía ocho años, estábamos regresando de visitar a la familia en Río, y el tren de aterrizaje no funciona bien. Tuvimos que aterrizar sobre la panza del avión, con fuerza. —Su voz se vuelve ligera, recordando—. Fue ruidoso, es lo que más recuerdo. El crujido de metal sobre metal, como un accidente de coche... multiplicado por mil. El apoyabrazos de mi asiento cortó a través de mi piel, rompió dos costillas, pero no dañó nada importante. Tuvimos suerte, referente a como son los accidentes aéreos. No hubo víctimas mortales; todo el mundo se recuperó. —Maldición —murmuro, no seguro de lo que me esperaba, pero seguro que no era esto. Me lanza una pequeña sonrisa. —Mi segundo hermano mayor, Lucas, es el filósofo de la familia, piensa que fue una señal. Un recordatorio de que la vida es corta. Preciada. Y que debe haber grandes cosas para que logremos, porque todos podríamos haber muerto, pero estuvimos a salvo. Por una razón. Cubro la marca con mi mano, pensando en el dolor que debe haber sufrido, queriendo absorberlo de alguna manera. Pero al mismo tiempo, es una parte de ella, hizo a Sofía la mujer que es hoy. Y no hay ni cosa que cambiaría, porque ella es malditamente increíble. Mi mano se desliza hacia arriba, ahuecando la cálida suavidad de su pecho, sintiendo la vibración de su corazón debajo. El sonido de su respiración —profunda y agitada— me estimula. Su pulso late rápidamente cuando me inclino. Susurra mi nombre, y no creo que alguna vez haya sonado tan condenadamente dulce. Antes de que pueda presionar mis labios en el hueco de su garganta, el ruido de las llaves en la puerta nos exalta. Nos enderezamos, como dos adolescentes ante el rayo de la linterna de un policía, y nos apresuramos a mi dormitorio. Cierro la puerta, los dos riendo.

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Con un bostezo, me echo sobre la cama, tirando de la colcha que queda encima de mí. Sofía me observa por un momento, luego suelta su propia manta y alcanza su ropa. —Debería irme. Así es como funciona. Follamos, nos vestimos, nos vamos: ten una buena noche, nos vemos en la oficina. Echo un vistazo al reloj que muestra las 3 a.m. —Es tarde —señalo con otro bostezo. Y el golpeteo constante contra el panel de ventana se hace notar—. Y está lloviendo. ¿Por qué no te quedas? No tenemos reglas establecidas, nada a lo que hayamos acordado en voz alta de todos modos. Simplemente nos hemos movido con la corriente, lo que sea que funcione, lo que sea que se sienta bien. Si tenemos reglas, implícitas, hay una buena oportunidad de que quedarse a dormir las rompa. Pero no puedo hacer que me importe una mierda. Froto el rostro contra la almohada acolchada y abro un ojo. Sofía está allí —bellamente desnuda— sosteniendo el sujetador en una mano. Mirándome. Debatiendo. Lanzo la colcha, dejando al descubierto el espacio vacío frente a mí. —Hace frío ahí afuera, calor aquí. No lo pienses demasiado, Soph. No tiene por qué significar nada. Y Sofía es suave y delicada, tenerla para frotarme contra ella seguro que trae algunos dulces sueños. Deja caer el sujetador y se arrastra en mi lado. Su espalda presionada a mi pecho, su culo acuna mi polla, dándome nuevas perspectivas sobre los beneficios de abrazarnos. Mi mano se apoya en su cadera, la otra debajo de la almohada. Después de moverme para ponerme cómodo, Sofía susurra—: ¿Sabías que cuando estás cansado, tu acento es más pronunciado? Su cabello me hace cosquillas en la nariz, haciéndome olfatearlo. — ¿En serio? —Sí —dice en voz baja—. A mí... me gusta. Justo cuando estoy a punto de quedarme dormido, un golpeteo amortiguado llena la habitación, como un chico baterista inoportuno. Bang, bang, bang. Es el sonido de la madera del cabecero contra la pared. Acompañado por una chillona voz femenina. —¡Sí, sí, sí! Levanto la cabeza y le grito a la pared. —¡Oigan! Les importa, algunos de nosotros estamos tratando de dormir aquí.

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La voz indiferente de Jake grita de regreso. —¿A ti te importa? Algunos de nosotros estamos tratando de follar aquí. El golpeteo reanuda, pero por suerte, no el gemido de afirmación. Sofía suelta risitas cuando tiro la colcha por encima de nuestras cabezas, ahogando un poco del sonido. —Cristo —me quejo—. En serio tengo que conseguirme mi propio lugar.

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6 Sofía Traducido por Mary Haynes & MaJo Villa Corregido por Miry GPE

En algún momento antes de la mañana, me despertó el constante roce de la pelvis de Stanton contra mi trasero. Su enorme mano se desliza hacia arriba por mi estómago, apretando mi pecho y luego trazando mi pezón endurecido con la punta de los dedos, de una manera que me hace arquear la espalda presionándome hacia su caricia. Sus dientes raspan mi hombro y se siente salvaje y peligroso. No espera permiso, pero gimo que es lo mismo. Entonces esos dedos mágicos se encuentran entre mis piernas, deslizándose y esparciendo la humedad que ya está allí. Toma mi mano y presiona mis dedos sobre mi clítoris, frotando círculos delicadamente. Su voz es ronca por el sueño cuando instruye—: Sigue haciendo eso. La calidez de su pecho desaparece de mi espalda y la cama vibra con su movimiento. El sonido de la rasgadura del empaque perfora el aire, de lo contrario silencioso, y luego regresa, su piel caliente presionándose, labios abriéndose camino hasta mi cuello, a la sensible piel detrás de la oreja. Mi aliento se vuelve jadeos rápidos y mis dedos se presionan con más fuerza, el placer aumentando, tensando mi estómago. La respiración jadeante de Stanton hace cosquillas en mi hombro cuando agarra mi rodilla y levanta mi pierna. Sí. Esto. Ahora. Ahora por favor. No me doy cuenta de que hablé en voz alta hasta que siento su sonrisa. —Debimos tener el mismo sueño. Y entonces me llena. Totalmente. Perfectamente. Abriendo mi coño con su dureza, gruesa y pesada. Mi cabeza se inclina hacia atrás, mi

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barbilla se levanta con un gemido excitado. El aire escapa de sus labios en una corriente silbante y larga mientras empuja lentamente. Siento su polla contra mis dedos y alcanzo más abajo, acariciándolo donde golpea dentro y fuera con un ritmo constante. Jesús, Dios, me encanta cómo se mueve, cómo conoce el ángulo correcto, la velocidad correcta para llevarme directamente al borde del abismo. No tengo que decir una palabra, hacer algo. A menos que quiera, a menos que él me diga. Su mano aprieta mi pierna con más fuerza y alcanzo la parte trasera de su muslo, la firme curva de su culo, empujándolo en mí más profundo. Haciéndolo gemir. Stanton succiona el lóbulo de mi oreja, su voz es ronca. —Maldita sea, Sofía, me encanta follarte así. Ser capaz de ver cada centímetro tuyo. Tan malditamente hermosa. Se hunde más fuerte, su pelvis golpea fuertemente contra mi culo. —¿También te encanta? —dice jadeando. Suelta mi pierna, pero la mantengo elevada, sintiéndose demasiado bien como para dejarla caer. Luego sus dedos pellizcan y tiran de mis pezones, de forma tortuosamente exquisita. —Muéstrame —gruñe—, muéstrame lo bien que se siente. Cuánto te encanta. Con un gemido devuelvo su empuje, imitando todos sus movimientos. Me inclino hacia adelante hacia la cintura, para hacer palanca, yendo hacia atrás mientras empuja hacia adelante. Más Rápido. Construyéndolo. Más. —Mierda, eso es, cariño. Y nos convertimos en una pulsante y retorcida masa de placer. Gemidos y jadeos, extremidades agarrándose y músculos contrayéndose. Mis uñas se clavan en la piel de su pierna cuando me vengo, mi boca abierta contra la sábana fresca de la cama, gritando silenciosamente. Stanton me empuja sobre mi estómago, cubriéndome. Tres poderosos empujones más de sus caderas y está gruñendo contra mi espalda de la manera más sexy. Lo siento hincharse dentro de mí — palpitante, duro y caliente— cuando se viene. La sensación, sus sonidos, me dan ganas de empezar todo de nuevo. Nos quedamos quietos por varios segundos, todo es respiraciones jadeantes y corazones latiendo con fuerza. Incluso antes de que su peso se retire de mi espalda, me hundo, sin esfuerzo caigo en el agotamiento sin sentido que viene después de un esfuerzo gozoso. El movimiento es la última cosa que registro, ser arrastrada a un fuerte abrazo, rodeada de la

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fragancia picante del post-sexo mezclado con el olor reconfortante de un hombre cálido. Suspiro, acurrucándome más cerca de su pecho. Y una última reflexión flota a través de mi cerebro antes de que el olvido me lleve: Podría acostumbrarme a esto.

La luz del sol que entra por la ventana del dormitorio de Stanton es lo que me despierta, brillante y cálida en mi cara. El olor del café está en el aire y hay un espacio vacío a mi lado. No me incorporo de inmediato, sino que disfruto de un par de minutos de la suavidad de su cama, el olor masculino que todavía se aferra a las sábanas y los recuerdos tentadores que bailan detrás de mis ojos. Pasar la noche es un nuevo acontecimiento. Una elección espontánea que… probablemente no fue mi decisión más inteligente. Porque, culpable de los cargos, me gustó. Me gustó todo sobre ello. Sus brazos alrededor de mí, su pecho debajo de mi mejilla, su polla en la noche muy dentro de mí. Mis músculos internos se aprietan con el recuerdo y me estremezco un poco por el bendito dolor, el mejor tipo de dolor. Me pregunto si a Stanton le gustó tenerme aquí también. Le gusta “tenerme”, eso es obvio, pero me pregunto si quiere… No. Objeción. Fuera de lugar. Cese y desista. Todos sabemos lo que pasa cuando jugamos con cerillos, pero no me voy a quemar. Soy como… la mano que pasa a través de la llama de la vela sin quemarse. Soy a prueba de fuego. Porque estoy preparada. Las voces que suenan sospechosamente como mis hermanos hacen eco en mis oídos. Escuchar conversaciones acerca de “amigas” que querían más beneficios de lo que se hallaban dispuestos a dar. Estrategias para desenredarse de los tentáculos

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necesitados de mujeres que se encariñaron demasiado. Adjetivos para describir aquellas mujeres que comenzaron con “genial”, “increíble”, “casual” pero cambiaron a “molesta”, “pegajosa”, “incómoda”. Amistades que nunca se recuperaron. Debido a que los límites fueron violados. Yo no. No necesito ese tipo de distracción. No quiero ese tipo de complicación. Mi carrera está justo donde se supone que debe estar —en la vía rápida— y contra viento y marea, u orgasmos que me hacen olvidar mi número de seguro social, ahí es donde se quedará. Ahora salto de la cama, con un propósito, y empiezo a vestirme. Hasta que llego a mi blusa. No la vi bien anoche, pero está hecha jirones. Rasgada en los botones, con un agujero lo suficientemente grande para que mi mano —o mi teta— quepa. Luce como una bandera roja que se atrevió a tentar a un toro caliente y tomó el castigo proporcionado por su largo y grueso cuerno. Lo cual no está demasiado lejos de la realidad, supongo. Entonces me doy cuenta de la camiseta doblada al final de la cama, colocada al lado de mi ropa. Gris con escritura amarilla brillante: Sunshine, Mississippi. Considerado. La recojo y culpablemente presiono el algodón contra mi cara, inhalando profundamente. Huele predominantemente a suavizante, pero hay un dejo detectable de Stanton escondido en sus hilos. Sacudo la cabeza. Ojo al premio, Sofía. Y no importa lo que mi clítoris pueda creer, el premio no es el glorioso pene de oro de Stanton Shaw. Recojo mi cabello en una coleta. Meto mi blusa arruinada y mi chaqueta en mi bolso, agradeciendo a los dioses de la moda que las bolsas grandes estén de moda. Luego, me miro una vez más en el espejo de la cómoda de Stanton. Ojos cansados, cabello que, incluso en una cola de caballo, sobresale como alas en mi cabeza, una camiseta gris que llega a mis caderas con una falda lápiz de tweed que se asoma por debajo de ella. Es por eso que lo llaman el paseo de la vergüenza. Enderezándome, abro la puerta y paso por el pasillo. Él se encuentra en la mesa de la cocina, sin camisa, en chándal azul marino, con el cabello rubio despeinado irritantemente sexy. Videochatea en su computadora portátil. A juzgar por su taza de café casi vacía, parece que ha estado haciéndolo por un tiempo. Encuentra mis ojos con una

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sonrisa de bienvenida y apunta a la taza de café en el mostrador. Una oferta silenciosa que acepto con entusiasmo. Aunque la pantalla está de espaldas a mí, la voz de la joven que emana de los altavoces me dice exactamente con quién habla. —… y luego Ethan Fortenbury dijo que tenía las manos de hombre. Stanton ve la pantalla, con la frente arrugada con consternación. — ¿Manos de hombre? Bueno, eso no fue muy amable de Ethan Fortenbury. Tal vez es sólo porque sé con quién habla, pero su voz suena más baja, más suave, tranquila y protectora. Podría escucharlo hablar así todo el día. Oigo el crujido de cereales que mastica y entonces ella contesta—: No, él no es agradable, papá. Me gustaría decirle imbécil, pero mamá dice que es de mala educación, por lo que en lugar de eso le digo “ano de caballo”, porque lo es. Stanton se ríe. Y Jake entra en la cocina, vestido para el día, con pantalones vaqueros y una camisa azul abotonada. Pasa por detrás de la silla de Stanton, mirando a la pantalla.

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—¡Hola, Jake! —chilla la voz feliz. Él le da una sonrisa rara. —Buenos días, Solecito —Stanton dice que Jake le dice Solecito a Presley porque es de ahí… y porque eso es lo que ella es. Jake se me une en el mostrador, sirviéndose una taza de café negro y mirándome de arriba abajo. —Lindo atuendo. Le enseño la lengua. Una rubia de piernas largas sale dando zancadas de la habitación de Jake, en un vestido color marrón claro y zapatos a juego, luciendo mejor de lo que una mujer tiene derecho después de una noche de bebida y sexo. Sexo ruidoso. Ella apenas mira a Jake mientras se dirige a la puerta. —Adiós. Jake aparece igualmente dedicado. —Nos vemos. Tomo otro sorbo de mi droga oscura matutina. —Parece agradable. Se ríe. —Se despidió ella misma. Definitivamente agradable en mi libro, incluso podría verla de nuevo. vino.

Con eso, Jake toma su taza de café y se retira de vuelta de donde

—Entonces, ¿qué pasó después con Ethan Fortenbury? pregunta Stanton a su hija.

—le


—¡Oh! Le dije que si no dejaba de molestarme, envolvería mis manos de hombre alrededor de su garganta. No me ha molestado desde entonces. El estruendo de la risa de Stanton es bajo, suave y lleno de orgullo. —Esa es mi niña. —Tengo que ir a buscar mis zapatillas de deporte para la práctica, papá. Aquí está mamá. ¡Muah! ¡Te amo! Stanton sopla un beso a la pantalla. —También te amo, niña. Y es posible que mis bragas simplemente se desintegraran. Un dolor para nada desagradable, palpita en mi vientre —un repentino deseo apasionado de procrear con este hombre—. Es puramente instintivo, evolutivo y por suerte pienso con mi cerebro, no con mis ovarios. Pero tengo que admitirlo… no es fácil. Tomo un trago de mi café cuando la voz de los altavoces cambia, más madura pero todavía muy acentuada. —Buenos días, Stanton. —Buenos días, cariño. —Así que… hay algo… —Hay una pausa que suena nerviosa y luego comienza de nuevo—: Algo acerca de lo que he querido hablarte… Con el pulgar encima de mi hombro, le hago un gesto a Stanton que voy a coger un taxi a casa. Sostiene un dedo en pausa. —Jenny, ¿podrías esperarme un segundo? Cierra el portátil. —No tomes un taxi a casa, Soph, te llevaré. Le resto importancia haciendo un gesto con la mano. —No, estás ocupado, no es una gran cosa. —Es una gran cosa para mí. Espera, termino en dos minutos. Luego se vuelve a Jenny. —Lo siento. ¿Qué decías? Ella duda. —¿Ahora es un mal momento, Stanton? —No —la tranquiliza—. Ahora está bien, un amigo sólo necesita un viaje a casa. Continúa y dime tus noticias. Espera. Y juro que la oigo tomar un gran aliento… justo antes de que se acobarde. —¿Sabes qué? Puede esperar… tienes compañía… Tengo que llevar a Presley a la práctica. —¿Estás segura? —Sí, está bien —insiste—. Voy a… um… Te llamaré más tarde. No es... nada urgente.

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Los ojos de él se oscurecen por la incertidumbre. Pero todavía responde—: Muy bien. Entonces, que tengas un buen día. —Igualmente. Con un par de toques de las teclas se desconecta. Y esa sonrisa devastadora cae sobre mí. —Buenos días. Stanton y yo nunca hemos hecho lo de la “mañana después”. No se siente incómodo, simplemente… nuevo. Diferente. Levanto mi taza de café en saludo. —Buenos días. —Voy a agarrar una camisa, mis llaves y luego te llevo a tu casa.

Nos detenemos afuera de mi casa y Stanton deja el auto en marcha, aparentemente no planea entrar. Lo que me parece bien. Quito un mechón de cabello de mi rostro. —Gracias por el paseo. Asiente. —Seguro. Y gracias a ti también, gracias por el paseo. — Guiña un ojo—. Anoche. Me echo a reír. —Idiota. Mientras salgo del auto y cierro la puerta detrás de mí, dice—: Oye no lo olvides. Nuestro juego es a las tres. En Michigan, en el Turkey Thickett Field. Casi todas las empresas tienen un equipo en la Liga de Softball de Abogados Mixto de DC, y el nuestro, este año, tiene una oportunidad para el campeonato. Soy buena en deportes, mis hermanos se aseguraron de que lo fuera, pero también trabajo allí, porque deportes como el golf, tenis y el raquetbol pueden abrir las puertas de una carrera que, de otra manera, podrían estar cerradas. Todo es acerca de establecer contactos. Con un gesto de la mano, doy un paso hacia atrás. —Allí estaré. Mientras Stanton se aleja, me quedo de pie en la calle, mirando hasta que su auto desaparece de la vista. Una punzada de… algo florece en mi pecho. Y me encuentro olfateando la camiseta. De nuevo. Nada bueno.

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Una carrera, eso es lo que necesito. Para sudar las últimas gotas de alcohol y conseguir que esa fiebre adictiva de endorfinas salga de mi cerebro. Le envío un mensaje de texto a Brent, quien vive en la cuadra, para ver si quiere unirse a mí. Luego entro en mi casa, me saludan sesenta y ocho kilos de amor negro y caramelo, mi Rottweiler, Sherman. Como el tanque de guerra. Mi mamá cargó con un miedo a los perros durante toda su vida, así que no tuvimos ninguno durante la infancia. Pero cuando conseguí mi casa propia, cumplí mi sueño de niñez consiguiendo al perro más grande, y más fuerte que pude. Debido a mis horas tardías, empleo a un paseador de perros que lleva a Sherman por sus carreras muy necesarias tres o cuatro veces en el día, y el quedarme afuera toda la noche no es un problema. Pero es mi bebé y soy su mami, así que a pesar de que sus necesidades físicas han sido cumplidas, sus ojos marrones desgarradoramente adorables se iluminan cuando me ve. Paso un buen tiempo rascando sus orejas y frotando su panza. Entonces conecto mi teléfono al sistema de altavoces y subo todo el volumen. Porque necesito algo optimista. Algo vigoroso. “Still Standing” del genial Elton John, en repetición. A diferencia del miedo de mi madre por los perros, su gusto por la música se me contagió. Ella escuchó por primera vez “Tiny Dancer” cuando era adolescente en su primer día en los Estados Unidos, y ha amado la música de Elton John desde entonces. Sonaba de fondo mientras crecía, la banda sonora de mi infancia. Voy a verlo en concierto en cualquier oportunidad que tengo. Para el momento en que el primer coro termina, ya me siento mejor, saltando al ritmo de la música mientras me cambio a un resistente sostén deportivo rosado y unos pantalones negros ajustados para correr. Me estiro en la sala de estar cuando Brent entra por la puerta abierta, vestido para correr, una camisa azul de Under Armour que pone en relieve las marcadas olas de músculo que forman la parte superior de su cuerpo, pantalones cortos negros y el arco de metal de la pierna ortopédica que usa para correr. A pesar de que se sobre el accidente de Brent y lo que éste le hizo perder, siempre hay un momento de sorpresa cuando veo el duro metal por debajo de su rodilla izquierda. Es difícil imaginar las batallas que debió enfrentar, todos los retos que tuvo que superar, y sin embargo, aun así salió de eso con una personalidad tan impresionante y dinámica. Me evalúa por un segundo, luego inclina su cabeza, elevando su oído. —¿“Still Standing” eh? Esta mañana alguien necesita algo de estimulación. Brent me conoce bien. —¿Llegaste tarde… o… no llegaste en absoluto? —dice.

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Agarro mis llaves y nos dirigimos hacia la puerta del Parque Memorial, el mejor lugar para correr en la ciudad. Después de la lluvia de anoche, el aire es cálido pero seco, un magnifico día de verano. —Me quedé en lo de Stanton —le digo de forma casual. Sus ojos redondos se abren de par en par. —¿De verdad? —Era tarde —explico. —Ajá. —Estaba cansada —le digo. —Mmm… Luego con exasperación—: ¡Estaba lloviendo! Asiente, con sus ojos azules juveniles aparentemente sabiéndolo todo. —Así fue. Como abogada, es importante saber cómo darle la vuelta a las cosas a un testigo. Cómo mantenerlos alejados de ciertos temas. Así que eso es lo que hago. —¿Y cómo fue tu “cita”? Brent sonríe maliciosamente. —Un caballero jamás besa y cuenta. En los días lentos en la oficina, tiene una tendencia de llenar el espacio vacío de sonido con sus historias escandalosas. Las actrices que le hacen sexo oral mientras miles de paparazis se mueven fuera de su coche; la heredera que tenía una cosa con el peligro y cómo la folló mientras se hallaba suspendida de la araña en un castillo del siglo XVI. No todas las historias involucran sexo, solo sus favoritas. —Aquí no veo a ningún caballero. Deja escapar una risa. —Buen punto. Solo digamos que esta mañana ella se fue de mi casa caminando de forma torcida, y dejémoslo así. Empezamos en el Monumento Washington, a un ritmo de calentamiento, lado a lado pero con cuidado de evitar a los muchos otros corredores, ciclistas y patinadores en el camino. DC es una ciudad joven, activa y al menos en el área en la que vivo, atractiva. Prácticamente puedes ver la rivalidad en el aire, como el smog en Los Ángeles. Todos quieren estar en la cima de su juego, listos para subir o sacar a alguien más de un empujón. Si la codicia es buena, en DC, el poder es el rey, y todo el mundo se encuentra compitiendo por posición para obtener un pedazo de ese pastel.

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Nuestros pasos son constantes, nuestras respiraciones profundas pero continuas. —¿Qué piensas del vello facial? —pregunta de la nada Brent. Miro su rostro liso y juvenilmente hermoso, que lo ha metido en problemas más de una vez, y me encojo de hombros. —Depende del rostro. ¿Por qué? Frota su mandíbula. —Estoy pensando en dejarme crecer la barba. Puede salvarme de meterme con chicas de secundaria. Me río de su predicamento. —Creo que te verías bien con barba. Varios minutos pasan antes de que el Jefferson Memorial se encuentre a la vista. Creo que cuando los monumentos eran planificados, a alguien no le gustaba Thomas Jefferson, porque el suyo se encuentra bastante lejos. Aislado. En términos de visitantes, Jefferson fue soberanamente jodido. —Entonces… acerca de Stanton y tú… —continuó Brent. seco.

Atrapo su expresión por el rabillo del ojo y hace que me detenga en Preocupación.

Preocupación incómoda y amistosa, como si estuviera reuniendo el valor para decirme algo que en verdad no desea contarme. —¿Te dijo algo? ¿Acerca de mí? ¿Otra lección aprendida de mis hermanos mayores promiscuos? Los chicos hablan. —No… no, no ha dicho nada. Solo… ¿te das cuenta que Stanton es… emocionalmente inaccesible? —Ésa es una de las cosas que me gusta más de él. ¿Quién tiene tiempo para estar disponible? Ahora caminamos, lado a lado, recuperando nuestro aliento. —Pero entiendes que está… ¿comprometido? —Brent, por supuesto que lo entiendo, todo el tiempo habla de Jenny y de Presley. Tiene una foto de ellas en su escritorio y un montón en su departamento. Hay fotos de Stanton inclinándose cerca de Jenny, en una cama de hospital, sosteniendo a un bebé recién nacida en una manta rosada. Stanton y una pequeña rubia con coletas, de pie junto a una bicicleta rosa brillante después de su primer paseo. Stanton, Jenny y Presley sentados juntos en una rueda de la fortuna, sonriendo alegremente. Los tres son rubios y perfectos, como la versión sureña de The Dresden Dolls.

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Brent gesticula con su mano. —Personalmente, creo que Stanton y tú estarían muy bien juntos. Y, oye, ni siquiera tendrías que cambiar tu monograma. Con una risa Sacudo la cabeza. —Eres el único chico heterosexual que conozco que sabe lo que es un monograma y lo usa en una oración. —Así es como funciono. Luego se encoge de hombros. —Simplemente… no quiero ver que salgas herida Sofía. Sin embargo… puede que suceda involuntariamente. Brent es un mujeriego, pero no es una mierda. Ha tenido amantes casuales o novias que se encontraban dispuestas a llevar las cosas al siguiente nivel, cuando él prefirió permanecer en su actual altitud de crucero. Cuando esas relaciones terminaron, y los sentimientos inevitablemente salían heridos, siempre se sentía mal sobre ello, incluso culpable. Tiro de su manga cariñosamente. —Aprecio eso, pero todo está bien. Esa es la belleza de los amigos con beneficio, nadie llega a encariñarse. Brent responde a mi sonrisa y volvemos a correr. —En una nota puramente egoísta, apestaría si nuestra unidad en la oficina llega a joderse. —¿Nuestra unidad? Me da un codazo. —Sí, vamos a patear traseros y a ponernos nombres. Somos como Los Vengadores. De cualquier modo los buenos. —¡Ooh! —jadeo, siguiendo su juego—. ¿Puedo ser Thor? Siempre me gustó el martillo. Acaricia mi cabeza. —No, tu pobre niña tonta, eres la Viuda Negra, Jake es Hulk, Stanton el Capitán América. —¿Y quién eres tú? El metal de su prótesis suena mientras chasquea sus dedos, sonriendo. —Soy Iron Man. Levanto un dedo para sugerir algo. —Solo una idea, puede que tengas mejor suerte de no meterte con chicas de la secundaria si renuncias a los cómics de superhéroes. Frunce sus labios, considerándolo. —Sí, eso no va a suceder. Con otra sonrisa, admito—: Entonces será el vello facial.

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En la mañana del sábado me levanto temprano y hago un gran lote de pão de queijo —rollos brasileños de queso—. Trato de prepararlos cada semana, con su hojaldre ligero por fuera, calientes y pegajosos en el medio, son perfectos para el desayuno. Saco una bandeja caliente con los rollos del horno y la coloco en el mostrador para que se enfríen, cuando alguien toca la puerta. La abro para encontrar a Stanton, con un nuevo palo de golf sobre de su hombro, y a Jake, de pie delante de mí. —Hola —los saludo, abriendo más la puerta. —¿Lista para enseñarme, profesora caliente? —pregunta Stanton al tiempo que Sherman se levanta en sus patas traseras, tratando de lamer su rostro. —Lista, dispuesta y disponible. ¿También jugarás golf con nosotros Jake? —No, solo estoy aquí por las bolas de queso. Mientras sirvo café para Stanton y Jake, hay otro golpe en la puerta, esta vez es Brent. —Hola. —Buenos días. Entra en mi sala de estar, y a pesar de que ya sospecho la respuesta, de todas formas pregunto—: ¿Qué haces aquí tan temprano? —Es domingo —explica, como si afirmara algo obvio—. Bolas de queso. Y así es como las tradiciones se convierten en tradiciones. Nos sentamos alrededor de la mesa, terminando de desayunar, cuando Stanton lanza un rollo en el aire para que Sherman lo atrape. — Soph tu perro se está poniéndose algo gordo. Froto la espalda de Sherman y salgo en su defensa. —¡No es gordo! Es solo… de huesos grandes. Brent ladea su cabeza apreciativamente. —No lo sé, creo que Stanton tiene un punto. Puede que quieras actualizar su régimen de ejercicios. No quieres que los otros perros en el parque lo molesten, llamándolo Gordito McChub-Chub.

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Les frunzo el ceño a los dos. —Tengo un paseador de perros que viene tres veces al día. Jake interviene. —No creo que le estés pagando lo suficiente. Los hombres son duramente francos. Inclusive malvados. En una sala de audiencias, estos tres tipos son capaces de ser el epítome del tacto y del carisma. Pero entre amigos, son como martillos pesados. Tal vez es porque crecí con hermanos, tal vez su proceso de pensamiento se me contagió, pero hay algo acerca de esa honestidad que es atractiva. Confortablemente simple. Es esa franqueza cromosómica XY lo que trae el siguiente comentario de Stanton. —¿Alguien más notó al imbécil de Amsterdam mirando el trasero de Sofía en el juego de ayer de softball? —Yo sí —dice Jake, levantando su mano. —Como si tuviera la cura del cáncer escrito en él —añade Brent. Richard Amsterdam es un abogado por contrato del Daily & Essex, otra notable firma con cuyo equipo jugamos ayer, y les ganamos. Se encuentra en sus treinta y tantos años, exitoso, atractivo y tiene una reputación de follar cualquier cosa con pulso. —Debió gustarle lo que vio. —Me levanto, llevando los platos sucios al fregadero—. Me invitó a salir después del juego. A cenar y a un espectáculo. —Ah. —Asiente Brent—. A cenar y a un espectáculo, el clásico código de palabras para “alcohol y un orgasmo”. —No me gusta Dick —dice Jake, masticando el último rollo de queso—. Cambia de secretarias como yo cambio de condones, no puedes confiar en un tipo con una tasa alta de rotación en esta economía. Algo allí no está bien. —¿Qué le dijiste? —pregunta Stanton, frunciéndome el ceño. —Que estaba demasiado ocupada. Lo cual es así, a pesar de las lecciones de golf. Sus ojos brillan. —Oh… bien. bien?

Puedo entender el enfoque directo. —¿Exactamente por qué eso está

La esquina de su boca se levanta en una tímida sonrisa de medio lado. Me pone cálida y me hace hormiguear en todos los lugares correctos. —Soph lo puedes hacer mejor.

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7 Stanton Traducido por Sandry Corregido por Mel Cipriano

El miércoles por la mañana me encuentro en la oficina del Fiscal de los Estados Unidos, participando en la rudimentaria pero emocionante actividad detrás de escena que impide que el sistema judicial se triture con un chillido: la negociación del acuerdo con la fiscalía. Es una cotidiana y diaria responsabilidad, pero la apasionante emoción viene con la negociación. Sé que mi cliente es culpable, y el fiscal también, pero es mi trabajo convencerlos para salir ganando, para que el tiempo y el dinero ahorrado por el contribuyente sea valioso, para que el cargo sea menor y para la reducción de la pena. Sigo a Angela Cassello, una pelirroja pequeña y explosiva Fiscal Federal adjunta, hasta el bullicioso pasillo. —Él se asocia con gente con los mismos intereses, las personas buscan atributos físicos específicos en un socio, no tienen tiempo para investigar a un compañero potencial — explico. Diplomacia en su máxima expresión. También conocido como un montón de mierda. —Es un rufián —argumenta Angela—. El hecho de que sea rico no lo hace menos proxeneta. —Es un casamentero. —¡Ja! —argumenta, sin ralentizar el ritmo—. Y lo siguiente que me dirás es que los narcotraficantes son farmacéuticos. Eso en realidad está muy bien, puede que lo use en el futuro. —Mira. —Me apoyo contra la pared, lo que obliga a Angela a dejar mi lado—. No trabaja con chicas menores de edad, no atraviesa las fronteras estatales, no tiene denuncias de abusos. Es un pececillo, Angela, un pez sin víctimas inofensivas. Tienes tiburones para freír. Si esto fuera Nevada, ni siquiera habría cargos.

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—Si tu cliente fuera más inteligente, se habría establecido en Nevada. —Se declarará culpable por evasión de impuestos —ofrezco—. Pero tú tienes que lograr que se retiren los cargos graves. —Ah sí, porque los delitos financieros cometidos por el obscenamente rico, son socialmente aceptables. Los delitos sexuales son mal vistos, al menos cuando son atrapados. A veces, la mejor respuesta es no responder. La esperaré. Y suspira. —Tienes suerte de que me gustes más que tu cliente, Shaw. Tomaremos la evasión fiscal. Pero quiero que vaya a la cárcel; no va a salirse con una libertad condicional o un arresto domiciliario. —Instalación de baja seguridad y tenemos un trato. Extiende la mano y se la agito. —Voy enviar los documentos a la oficina esta semana. —Eres la mejor, Angela. Me empuja el hombro juguetonamente. —Se lo dices a todas las fiscales. —Sólo a las guapas.

De vuelta en mi oficina, abro mi maletín y saco el expediente del proxeneta y el correo de ayer que tomé del buzón cuando salí esta mañana. Me siento, bebo mi café, y lo reviso. Basura, basura, proyecto de ley, basura… un sobre me llama la atención. Cinco por siete, blanco, dirigido a mí con caligrafía manuscrita… La dirección del remitente es la de los padres de Jenny. Lo abro y saco la tarjeta plana de marfil. Y es como si una bomba nuclear me explotara en la cabeza. Mi cerebro debe haberse convertido en cenizas, volviéndome analfabeto, porque apenas puedo descifrar las palabras. Nos honraría con su presencia… Jenny Monroe…

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James Dean… Junio… Boda… boda… boda… —¿Qué demonios? Eso llama la atención de Jake. Se vuelve en su silla. —¿Qué pasa? Intento comprender, aferrándome a una teoría que tenga sentido. — ¿Tú has hecho esto? ¿Es una broma? Se señala a sí mismo. —¿Alguna vez me has visto hacer una broma? ¿A propósito? Tiene razón. Las bromas no son su estilo. Brent, por otro lado… Esto le viene como anillo al dedo. Salto de mi silla de escritorio y entro pisando fuerte en la oficina de Brent y de Sofía. —¿Se supone que esto sea malditamente gracioso? —acuso, fuerte y desesperado. Me arranca la tarjeta de los dedos. —No sé por qué lo sería. El marfil no es un color particularmente divertido. Y luego la lee. —Vaya. —Alza la vista hacia mi rostro con cautela, luego vuelve hacia abajo, a la invitación. Y otra vez murmura—: ¡Vaya! Sofía se pone de pie desde su escritorio. —¿Qué? ¿Por qué estamos diciendo vaya? Brent le muestra rápidamente la invitación. La comprensión despierta en sus ojos. —¿Qu…? Mierda. El sudor aparece en mi frente y el pecho se me aprieta como si estuviera teniendo un ataque de pánico. Tomo la tarjeta, y con Brent y Sofía justo detrás de mí, vuelvo a mi oficina, necesitando gritarle a alguien. Y conozco a ese alguien. Pulso las cifras conocidas en el teléfono. Pero me detengo de repente por la voz que responde. —¿Presley? —Hola, papá. —¿Por qué no estás en la escuela? —Es una hora antes en Mississippi, pero todavía debería estar en la escuela. —Tenemos el día libre, el maestro tiene entrenamiento. —¿Dónde está tu madre?

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—Está preparándose para el trabajo. —Ponla al teléfono. Hay un susurro, una conversación amortiguada y luego mi hija regresa a la línea. —Mamá dice que llega tarde al trabajo, que te devolverá la llamada. No creo. —Presley —siseo—, dile a tu madre que te dije que se ponga en el maldito teléfono ahora mismo. Hay una pausa de conmoción. A continuación, un susurro. — ¿Quieres que le diga eso? —Di exactamente eso —le insto—. No te vas a meter en problemas. Con un poco de demasiado entusiasmo, grita—: ¡Mamá! ¡Papá dijo que te pongas en el maldito teléfono ahora mismo! Prácticamente puedo oír a Jenny pisoteando fuerte hacia el teléfono. —¿Has perdido la cabeza? —grita segundos después—. ¿Le dices a mi hija que me diga palabrotas? ¡Te lastimaré! —¡Ya me lastimaste! —suelto—. ¿Qué demonios estoy mirando en este momento, Jenn? Obviamente no puede ver lo que estoy viendo, no es mi mejor apertura, pero es difícil ser lógico cuando te han dado una patada en las bolas. —No lo sé, Stanton, ¿qué diablos estás mirando? —Bueno, ¡parece que una jodida invitación de boda! Aspira una bocanada de aire, sorprendida. —Oh, Señor mío. — Luego, en un gruñido no dirigido a mí dice—: ¡Mamá! —Una pelea inaudible sobreviene con tonos agudos y tonos airados. Luego vuelve a mí—. ¿Stanton? Mi agarre en el teléfono se tensa. —Estoy aquí. Jenny traga saliva. —¿Recuerdas esa noticia que te iba a contar este fin de semana? Me caso, Stanton. Es como si estuviera hablando otro idioma, oigo las palabras, pero no tienen ningún sentido. —¡Hijo de puta! —Te lo iba a decir… —se apresura. —¿Cuando? ¿Cuándo cumplan las bodas de oro? Intenta calmarme. —Sé que estás enfadado…

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Pero no lo estoy. —¡Hasta hace poco estaba enfadado, pero ahora estoy que doy miedo! —Miro de nuevo la tarjeta—. ¿Quién en el santo infierno es James Dean? ¿Y qué tipo de nombre es James Dean, de todos modos? Brent elige este momento para comentar en voz baja. —El mismo que el de uno de nuestros mejores actores americanos. Rebelde sin causa, Gigant con Elizabeth Taylor… —Elizabeth Taylor. —Jake abre la boca—. Fue sexy cuando era joven. Ignoro las divagaciones idiotas y me concentro en lo que dice Jenny. —Nos hemos estado viendo durante unos pocos meses. Me lo pidió hace tres semanas. boca.

Un pensamiento inquietante se me ocurre y va directamente a mi —¿Estás embarazada?

El tono de Jenny suena ofendido. —¿Por qué lo preguntas? ¿Crees que el estar embarazada sea la única manera de que pueda conseguir que un hombre se case conmigo? —No, pero entre tú y tu hermana… —¡No hables de mi hermana! —Ahora también está gritando—. ¡No cuando tú tienes un hermano viviendo en una caravana, vendiendo marihuana a niños de instituto! Pateo mi escritorio. —¡No quiero hablar acerca del jodido Carter o de Ruby! Quiero hablar de esta noción ridícula que está pasando por tu cabeza. —Luego otro pensamiento peor se mueve rápidamente por mi cerebro—. ¿Él ha… estado cerca de Presley? Respira lentamente, susurrando con aire de culpabilidad. —Lo conoció, sí. Viene a veces al parque con nosotras. —¡Es un hombre muerto! Muerto. Desaparecido. Acabado. Pienso en todos los escenarios del asesinato perfecto que jamás se hayan sugerido a la vez, y en el plan para infligirle cada uno a ese James jodido Dean. —¡Deja de gritarme! —grita. —¡Entonces deja de ser estúpida! —despotrico. Alejo el teléfono de mi oído, mientras el volumen de Jenny amenaza con romperme el tímpano. —¡Muy bien! ¿Quieres gritar? Vamos a gritar bien fuerte, Stanton, ¡porque eso resolverá todo!

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Sofía se precipita hacia el escritorio y furiosamente garabatea en un bloc. ¡Para! Toma una respiración. La estás acosando, eso no te llevará a ninguna parte. Mis fosas nasales y mi rostro se sienten como piedra. Pero cierro los ojos y lo hago directamente: me trago el arsenal de insultos que fueron encerrados y cargados en mi lengua. —Lo siento por gritar. Sólo estoy… esto es demasiado que procesar y asimilar. —Pero subo el tono con cada palabra—. Y la idea de que algún hijo de puta, que no conozco, haya estado cerca de mi hija… —¡Sí lo conoces! —responde Jenn rápidamente, como si eso lo hiciera mejor—. Fue a la secundaria con nosotros, es un año más joven. Pero en aquel entonces se lo conocía por el nombre de Jimmy. Jimmy Dean, era el manager del equipo de fútbol. Sus palabras se hunden, evocando la imagen del pequeño pedazo de mierda, delgado y de pelo oscuro, con gafas de culo de botella. Y volvemos a los gritos. —¿El aguatero? ¿Crees que vas a casarte con el jodido aguatero? En la periferia de mi rabia, oigo que Brent dice—: Él está enloqueciendo. Jake me observa, fascinado. —Colapso total. —¡Silencio! —regaña Sofía. Pero no puedo parar. —¡Solíamos llamarlo Salchicha Unida porque su pene era muy pequeño! ¡Solía recoger las correas de los atletas del suelo del vestuario! ¡Tú fuiste la reina del Baile de Bienvenida, por el amor de Dios! ¡Las reinas de los bailes de bienvenida no se hacen mayores para casarse con malditos aguateros! —¡No puedo hablar contigo cuando estás así! ¡Has perdido la cabeza! —Jenny suelta de nuevo. —¡Tú me pusiste así! ¡Guardando mis pelotas en tu monedero y conduciendo a mi sano juicio por el borde de la loca ciudad de mierda! Sofía se pega otra nota en la cara. ¡¡¡Cálmate!!! ¡¡¡Haz un plan!! Expresa tus puntos de vista o la perderás. Son las últimas palabras las que me golpean en la cara, justo en el borde. Me froto la mano sobre el rostro y respiro profundamente, sintiendo como si hubiera corrido una maratón.

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La voz de Jenny es fría como el hielo. —Tengo que ir a trabajar. Hablaremos de esto más tarde. —Voy a casa, Jenn —digo. Se asusta. Y casi puedo verla agitando los brazos, de la forma en que lo hace cuando está molesta. —¡No! No, Stanton, quédate en DC y sólo… refréscate. Trabajo de doce a doce los próximos tres días. No voy a tener tiempo para verte… —Estaré en casa mañana —insisto—. Eso te da veinticuatro horas para contarle a James Dean que has cometido un terrible error. —¿O qué? —cuestiona. —O lo voy a matar —digo simplemente—. Lo juro por Jesús, o rompes con él o pasarás la noche de bodas con un jodido cadáver. —La necrofilia es tan de 1987 —comenta Brent. Y Jenny me cuelga. Golpeo el teléfono y caigo en la silla. —Mierda. —Me paso una mano por el pelo—. ¡Puta Mierda! Mi chica… mi chica se va a casar. Es sólo entonces, cuando digo las palabras con calma y en voz alta, que pican. Pero antes de que salga el dolor, Sofía hace un sonido de disgusto en la parte posterior de su garganta. —En el nombre de Dios, ¿qué fue eso? —pregunta con mofa. —Esa fue la fusión del Hombre de Hielo —responde Jake. Ella no le hace caso, dando un paso más cerca, con los brazos cruzados, los ojos duros. —Eres un abogado de defensa criminal, Stanton. Un defensor profesional. Y esa fue la muestra más patética de defensa que he visto nunca. —¡Esto no es un caso, Sofía! Es mi maldita vida. Ella extiende los brazos. —El mundo entero es un caso judicial… y estamos todos… acusados. Brent mira de reojo. —No creo que estés utilizando correctamente esa cita. —¿De verdad creías que llamarla y gritarle anotaría algún punto a tu favor? En todo caso, sólo te complicas. Si a mí me llamaras estúpida, te diría que te fueras a la mierda. —¡No sé en lo que estaba pensando! ¿Está bien? —Y con más desprecio del que me propongo, le lanzo—: Y Jenny no es como tú.

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Pero Sofía no se inmuta. —Obviamente, es un poco como yo, desde que te colgó tu patético trasero. Pero la pregunta que tienes que hacerte es, ¿qué harás al respecto? Tiene razón. Tengo que salir adelante con esto, hacer mi caso, considerar la demanda, arreglar los problemas. Tengo que hablar con Jenny (mejor esta vez), y convencerla de que no se case. Y no puedo hacer eso desde Washington DC. —Tengo que ir a casa. Tengo que verla cara a cara. Averiguar qué diablos ha estado pasando. Tengo que arreglar esto. Sofía pone su mano en mi hombro. —Da un paso a la vez, construye tu caso. Ponla de tu lado. Sé encantador. Sé… tú mismo. Me pongo de pie. —Voy a recursos humanos para conseguir tiempo libre. —Los miro a los tres—. ¿Me cubrirán? —Claro. —Por supuesto. Jake asiente. Antes de salir por la puerta, la voz de Sofía me detiene. —Stanton. Me vuelvo. Sus ojos son alentadores, pero su sonrisa parece… forzada. —Buena suerte. Asiento. Y sin otro segundo de vacilación, me preparo para ir a casa.

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8 Sofía Traducido por Val_17 Corregido por Paltonika

No he levantado la cabeza de mi computador portátil desde que entré por la puerta. Mis tacones están descartados junto a la entrada, mi húmeda chaqueta de color beige desparramada por el sillón con diseño floral donde la arrojé, mi paraguas apoyado en la esquina, goteando. Sherman se encuentra extendido delante del ventanal, sus grandes ojos marrones viendo las gotas de agua que se dispersan por el vidrio de la ventana. Los Grandes Éxitos de 1970-2002 de Elton se reproducen mientras redacto una solicitud de supresión de evidencia, otra pidiendo un cambio de jurisdicción, y una tercera, una respuesta al intento de la fiscalía para condenar a mi cliente de diecisiete años, el hijo de un apreciado cabildero, como un adulto por posesión de drogas con intención de venta. La parte trasera de mi cuello duele cuando muevo la cabeza, tratando de aflojar los músculos tensos. Pongo el computador portátil en el cojín del sofá a mi lado y froto mis hombros mientras Elton canta “I Want Love”. Y es entonces, cuando finalmente me permito pensar en todas las cosas que evito con el trabajo. Stanton se va. Irá a Mississippi para luchar por “su chica”. No existía ninguna duda, dejar que Jenny Monroe se case con alguien más nunca fue una consideración. Se mostraba inflexible, audaz, determinado como nunca lo he visto. Y no tengo ninguna duda de que viajará hasta allá y le recordará todo lo que ella obviamente olvidó. Me lo imagino atravesando su puerta, levantándola con esos fuertes brazos esculpidos —como Tarzán reclamando a su Jane— y convenciéndola, con su sonrisa irresistible y astuto encanto, para que le de otra oportunidad.

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Y cuando lo acepte —y estoy segura de que lo hará— mi arreglo con Stanton habrá terminado. Cierro los ojos. Porque mi estómago está apretado y hay una sensación de pesadez en mi pecho, como la sensación que tienes después de nadar en una piscina durante mucho tiempo. No es mi primera experiencia en esto. Soy una mujer soltera de veintiocho años. He tenido varias aventuras de una-sola-noche. En la escuela de leyes es para lo único que tienes tiempo. Llenan una necesidad, te dejan de buen humor, y te ayudan a concentrarte. Una mano, literalmente, ayudando a la otra. Es por eso que hice lo que hice esta tarde, sacándolo de su miedo conmocionado. Lo puse en el camino correcto. Porque antes que nada, Stanton es mi amigo. No diría que soy abnegada, pero sí leal. Y eso es lo que hacen los buenos amigos. Se ayudan entre sí. Lo que tenemos —lo que él y yo hacemos juntos— es divertido. Físico y conveniente. Y por encima de todo, se supone que es simple. Pero la sensación de malestar en mi estómago, el tinte de amargos celos en mi lengua, no hay nada simple en eso. Sacudo la cabeza para mí misma, decidida a deshacerme de esta melancolía junto con el movimiento. No soy una de esas chicas, del tipo gobernada por las emociones. Lo voy a ignorar, como un bolso de la temporada pasada. Quizás que Stanton se vaya por un tiempo es lo mejor. Me dará el espacio necesario para despejar mi cabeza. Porque enamorarte de tu “amigo con beneficios” sería un movimiento tonto, y no soy tonta. Sherman levanta la cabeza un momento antes de que haya un enérgico golpe en la puerta. Se levanta, pero se queda en silencio como el buen perro guardián que es, mientras cruzo la habitación. Abro la puerta y allí, con sus brazos apoyados en el marco, se encuentra un jadeante y mojado Stanton Shaw. Las gotas de lluvia se aferran a sus gruesas pestañas cuando levanta la vista hacia mí, encorvado por la cintura. Una camiseta blanca que se trasluce se pega a su torso, delineando los bordes de sólidos músculos y el camino de pelo que lleva más abajo en sus pantalones cortos empapados, dejando poco a la imaginación de lo que hay empacado por debajo. Los rizos dorados caen sobre su frente, oscuros y húmedos. Hay una frase en latín —omne trium perfectum— que significa que todo lo que viene en tres es perfecto. Esto está en contraste directo con la creencia común de que las muertes y catástrofes también vienen de tres en tres. Parece apropiado que Stanton pronuncie tres palabras. Me dijo esas mismas palabras antes, en una súplica ronca, como una orden severa, con

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sus manos agarrando mi cuerpo resbaladizo, con el aire entre nosotros cargado de deseo. Y en este momento, al igual que todos antes de ello, son mi perdición. —Ven conmigo.

Goteando en medio de mi sala de estar, Stanton toma la toalla que le ofrezco, frotándosela sobre la cabeza y brazos bronceados. plan.

—¿Me lo explicas otra vez? —pregunto, porque no puedo entender su

—Quiero que vengas conmigo a Mississippi. Si tengo una oportunidad en esto, no puedo darme el lujo de arruinarlo. Si voy igual que un cohete hacia Jenn como esta tarde, se cerrará. Esa chica es tan terca como una manada entera de mulas. Puedes ayudarme a mantener la calma, y a enfocarme, justo como lo hacemos en la corte. Además, puedes darme consejos sobre cómo demostrarle que está cometiendo el mayor error de su vida. —Ni siquiera conozco a Jenny. Sacude la cabeza. —No importa, eres una mujer. Ya sabes cómo piensan. Ella, obviamente, no está satisfecha con nuestra relación, así que necesito usar todos los recursos. Grandes gestos románticos. Puedes ser mi recurso… mi compañera. Su compañera, genial. Como Goose en Top Gun. El compañero menos atractivo. El amiguito. El reemplazable. Su camiseta hace un sonido de chapoteo mientras la saca de su cuerpo. Me empapo con la visión de su piel deliciosamente húmeda y caliente que sabe a cielo salado en mi lengua. Eso no es justo. Cierro los ojos, no es el único que necesita trabajar en su enfoque. —Stanton —empiezo con un suspiro—. ¿No crees que será raro llevarme a casa contigo mientras tratas de recuperar a tu ex? Realmente se toma un momento para considerar la pregunta. Pero no la entiende.

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—¿Por qué sería raro? Somos amigos. Y me veo obligada a señalar lo obvio. —¡Amigos que tienen sexo! Sexo salvaje, sudoroso, inolvidable que me deja exhausta y maravillosamente adolorida. Sexo que podríamos estar teniendo en este mismo momento… si un sobre no hubiera llegado para lanzarlo todo a la mierda. Frotando la toalla sobre su torso surcado, concuerda—: Exactamente. Somos amigos que follan, no se parece en nada a lo que tenemos Jenn y yo. El aliento es sacado de mis pulmones, pero no lo nota. Y quiero darle un puñetazo en su estúpida boca de chico, para que no pueda decir ninguna estúpida palabra más. Pero es su expresión lo que me impide hacerlo. Curiosidad inocente brilla en sus grandes ojos verdes, haciéndolo lucir joven y sin culpa. Sherman me dio la misma mirada después de que mutiló un par de zapatos de seiscientos dólares. Una mirada que dice: ¿Eh? ¿Qué hice? Cambio de táctica. —No puedo dejar el trabajo. Mi agenda está llena. No me cree, porque conoce mi horario tan bien como el suyo. Maldita sea. Se acerca, agarra mi teléfono celular de la mesita detrás de mí. — ¿Cuál es tu código? Aprieto mis labios deliberadamente. Solo rueda los ojos y presiona un par de números. Lo logra en el primer intento. Bastardo. —¿Tu cumpleaños? —dice con un bufido burlón—. Deberías tomar más en serio tu seguridad. Accede a mi calendario. —No tienes ninguna cita en la corte. Tienes una deposición y una consulta con un cliente. Brent y Jake podrían cubrir eso por ti. Mantente fuerte, Sofía. —No quiero que los cubran por mí. Stanton también cambia de táctica. —Creciste en Chicago, fuiste a la escuela en Boston, y ahora vives en Washington DC, nunca has viajado por el país, nunca has estado en el sur. Te encantará, será como vacaciones.

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Resoplo. —¿Mississippi en junio? Será como vacaciones en el infierno. —Antes de que pueda contrarrestar, agrego—: Además… no viajo en avión. No se esperaba eso. —¿Qué quieres decir? Señalo mi costado derecho, donde una cicatriz adorna mi caja torácica. —¿El accidente aéreo, cuando era una niña? Nadie en mi familia ha puesto un pie en un avión desde entonces. Mira a mi izquierda, entrecerrando los ojos, reevaluando su plan, y esperemos que mi participación en él. Luego aprieta su mandíbula con convicción. —Vamos a conducir. Llegaremos allí en dos días, más tarde de lo que hubiera querido, pero todavía hay tiempo suficiente. ¡Y oye, puedes conducir el Porsche! Seré capaz de cumplir esa apuesta: mato dos pájaros de un tiro. Sin más excusas, le digo en voz baja—: Creo que ir a casa contigo es una muy, muy mala idea. Stanton sostiene mi mirada por un momento… luego baja la barbilla, respirando hondo. Y se ve… derrotado. Triste. Para nada como él mismo. Y ahí está la atracción, el deseo de poner mis brazos a su alrededor y decirle que todo estará bien. De verlo esbozar esa hermosa sonrisa de nuevo. La parte de mí que realmente es su amiga quiere ayudarlo. Por desgracia, la parte de mí que quiere seguir siendo su amante le patea el culo a la amistad. —Sé que te estoy pidiendo un favor enorme —dice en una voz baja y rasposa—. Pero solo te lo pido porque esto es jodidamente importante para mí. Y tú eres la única que me puede ayudar. Por favor, Sofía. Te necesito. Tres palabras. Otra vez. Las únicas que realmente necesitaba decir. Maldición. Esta vez bajo la cabeza con un suspiro de derrota. —Está bien.

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9 Stanton Traducido por Dey Kastély & Anabelle Corregido por florbarbero

Algunas ideas te golpean como un relámpago, un choque rápido de brillantez. Como esa historia que nos enseñan en la escuela primaria, de cómo se le ocurrió a Sir Isaac Newton la teoría de la gravedad, con el golpe de una manzana en la cabeza. Otras ideas no son tan obvias o inmediatas. Se cocinan en el fondo de tu mente, a fuego lento, y luego eventualmente suben a un primer plano. Y cuando la proverbial bombilla se enciende, uno se pregunta por qué te tomó tanto tiempo verlo. Fui a correr para quemar la frustración de mi conversación con Jenny, y en algún lugar a lo largo del camino frente al Monumento a Lincoln se me ocurrió lo que implicaría ir a casa. Los clientes tendrían que pasar a otros abogados en la firma, tal vez se tendrían que solicitar extensiones, Jake podría cuidar del apartamento… y Sofía estaría de vuelta aquí. En DC. Sin mí. Rodeada de toda una ciudad llena de Richards Amsterdams que estarían pululando a su alrededor como osos sobre una vasija de miel sin reclamar. El pensamiento era… molesto. Sofía es una mujer adulta, puede cuidar de sí misma, y no tiene ninguna obligación o compromiso conmigo. Entiendo eso. Pero se me permite preocuparme por ella, soy su amigo. La idea de que podría engancharse con un Amsterdam, que podría reemplazarme con alguien tan jodidamente indigno, a causa de una necesidad física, no me sentaba bien en absoluto. Entonces recordé mi charla con Jenn. La repasé en mi cabeza de la manera en que un mariscal de campo revisa las cintas del último juego. Y vi claramente el tono que debía haber tomado, las palabras que no debí decir. Todas las cosas que habría dicho si Sofía no se hubiera encontrado ahí para ponerme en mi lugar, para apartarme del abismo. Fue entonces cuando la idea se me ocurrió, la solución.

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Y cuanto más pensaba en ello, más inteligente parecía. El mejor curso de acción para ambos. Cuando alcé la vista, me hallaba fuera de la casa de Sofía. Como si mis pies me hubieran llevado allí por su cuenta. Mi pene hace eso a veces, y nunca antes me ha dirigido equivocadamente. Así que aquí estoy. Es una brillante mañana de jueves, y me encuentro frente a la misma casa, llevando las bolsas de Sofía para cargarlas en el Porsche para nuestra operación encubierta. Las muchas, muchas bolsas de Sofía. —Creo que me acabo de causar una hernia —se queja Jake, dejando caer una bolsa Louis Vuitton que suena como si estuviera llena de ladrillos. Junto a cinco bolsas, igualmente pesadas, que combinan con ella—. ¿Se irán por una semana o un año? Sofía emerge de la casa, llevando un overol negro sin mangas, suelto pero elegante, con un cuello en V escotado que lo empuja a la delantera de mi línea de ropa favorita. Un bolso amarillo cuadrado cuelga de un brazo, un sombrero de paja blanco se encuentra sobre su cabeza oscura y brillante, y unas grandes gafas de sol redondas cubren la mitad de su rostro. A la luz del sol de la mañana de principios de junio, ella es nada menos que impresionante. Brent camina a su lado sosteniendo a Sherman en su correa, escuchando mientras ella recita una letanía de instrucciones. Su paseador de perros cuidará de la bestia gigantesca durante el día, pero durante las noches el responsable de él será Brent. —Realmente aprecio esto, Brent —dice ella, inclinándose para darle al perro con papada unos abrazos, un montón de besos y dos “sé un buen chico.” Luego, siente la mirada de Jake y la mía. Mira entre nosotros—. ¿Qué? Señalo todo el equipaje. —¿Confundiste al Porsche con una caravana? Se quita las gafas de sol, revelando unos ojos nublados por genuina confusión. —¿Estás sugiriendo que empaqué demasiadas cosas? —Estoy sugiriendo que necesitas reducirlo, Soph. Lleva sólo lo que necesitas. Su mano hace un círculo sobre las bolsas. —Esto es reducido. Señalando la parte trasera del auto, contraataco—: Tenemos un maletero compacto y un asiento trasero que no es lo suficientemente grande para encajar a… Sherman. —Guau. A mí me suena como que el perro está de mi lado.

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Sofía le frunce el ceño, luego me insiste—: Necesito todo. —¿Quieres ver lo que llevo? —Camino alrededor y saco una vieja bolsa de deporte maltratada detrás del asiento del conductor—. Este es mi equipaje. —¿Y debo cambiar mis hábitos de equipaje porque tú decides vivir como un vagabundo? No lo creo. —Se enrolla mangas imaginarias y mueve la mirada del coche a sus bolsas, luego de vuelta al coche. —Definitivamente cabrán. Jake sacude la cabeza. —De ninguna manera. Sofía sonríe. —Claro que sí. —No cabrán —reitero. —Miren y aprendan, muchachos. Quince minutos más tarde… caben. Cada bolsa estratégicamente colocada, apiladas justo en el orden correcto, como uno de esos misteriosos rompecabezas que nunca se puede volver a juntar una vez que están desarmados. Estoy jodidamente impresionado. —Ahora —suspira Sofía, con una sonrisa resplandeciente—, llaves, por favor. Extiende la mano por las mencionadas llaves. Y comienzo a explicar, a argumentar por qué sería mejor para ella no conducir mi auto. Soy bueno en las discusiones. Pero antes de que pueda pronunciar una sola palabra, su mano abierta se convierte en un solo dedo. —No. Cierro la boca. Luego, la abro de nuevo para convencer… Y el dedo ataca de nuevo. —Nooo. —Cuando raspo mi labio con los dientes en lugar de hablar, Sofía continúa—: Pediste mi ayuda, acepté. Si voy a ir a Mitad de la Nada, Mississippi, conduciré hacia allí. Ella también es buena en las discusiones. Le entrego las llaves. Y como los Griswold en un auto alemán, nos ajustamos el cinturón de seguridad para el viaje por carretera. Jake nos recuerda, mientras Sherman ladra y Brent se despide con la mano—: Conduzcan con cuidado. Tengan cuidado con los idiotas.

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Luego, en una voz con acento, Brent grita—: Adiós, diviértanse asaltando el castillo. Y nos ponemos en camino.

Dentro de los primeros cuarenta kilómetros, la conducción de Sofía se lleva diez años de mi jodida vida. No es que sea una mala conductora, de hecho es al contrario. Conduce como un Dale Earnhardt femenino. Sólo me gustaría que no fuera mi auto con el que está jugando NASCAR. —¡Guau! —grito, apoyando las manos sobre el tablero mientras conduce directamente hacia el trasero de una camioneta en frente de nosotros, sólo para cambiar de carril en el último minuto, casi golpeando el parachoques delantero de una minivan que ya se encuentra ahí. —¡Eres como una mujer vieja! —se queja, gritando por encima del ruido del techo abierto, su cabello alborotado como serpientes de Medusa con metanfetaminas. —¡Y tú eres como una mamá futbolista que va tarde a la práctica! — grito en respuesta—. Reduce la velocidad y disfruta la experiencia de conducción, porque créeme, después de hoy nunca la tendrás de nuevo. Su boca se abre ampliamente en una risa arrepentida. Luego, se mete con los botones en el volante, activando la lista de reproducción de su teléfono que está conectado de forma inalámbrica a los altavoces. Y suena la canción de Elton John, “I Guess That’s Why They Call It the Blues”, una de las favoritas de Sofía. No puedo evitar mirarla y reír mientras canta la canción a todo pulmón, fuerte y sin pena, moviendo la cabeza y sacudiendo los hombros. He visto a Sofía entusiasmada, terca, decidida, y encendida. Pero adorable, es un nuevo aspecto para ella. Y me gusta. Mucho. Su expresión se vuelve sensual cuando rápidamente encuentra mi mirada mientras canta—: Rolling like thunder, under the covers… —No tengo que preguntarme qué imágenes está viendo en su mente, porque sé que son fotos de nosotros. Cuando la canción termina, deslizo mi propio teléfono en el enchufe, conectándolo a los altavoces. —Oye —objeta—, ¡el conductor escoge las canciones!

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—En realidad —la corrijo—, el copiloto controla la música, pero estaba siendo benevolente. Nos turnaremos, quid pro quo. Asiente y me desplazo a través de mis canciones hasta que encuentro la indicada. —Ahora, ésta es una canción para viajar por la carretera. Y la inconfundible voz de Elvis Presley llena el auto, cantando “Burning Love.” Muevo la cabeza acorde con el ritmo y chasqueo los dedos, tan cerca de bailar como alguna vez estaré. Sofía se ríe. —Puedes sacar al chico del Sur, pero no puedes sacar al Elvis del chico sureño. Señalo con mi dedo en su dirección. —Eso es muy cierto. Siento sus ojos alegres mirándome mientras canto—: “Cause your kisses lift me higher, like a sweet song of a choir…” Apartándose el cabello que amenaza con estrangularla, Sofía pregunta—: ¿Nombraste a tu hija en honor a Elvis? Sonrío, recordando. —Sólo nos gustó el nombre, pensamos que era diferente, pero bonito para una niña. —¿También tenían escogido un nombre para un niño? Asintiendo, explico—: Henry, por el abuelo de Jenn, o Jackson por el mío. Se queda callada por un momento, poniendo los cambios rápidamente y sin contenerse con el acelerador. Luego, pregunta—: La familia es importante para ti, ¿no es así, Stanton? —Por supuesto. Cuando se llega al fin, la familia es lo único con lo que realmente puedes contar. No me malinterpretes, ha habido días en los que quería enterrar con vida a mi hermano mayor. Lo conocerás, y entenderás por qué. Pero… siempre será mi hermano. —Hago una pausa, luego expreso la idea que ha estado cosquilleando en mi cerebro desde que abrí ese sobre—. Es por eso que estoy sorprendido por Jenny. Siempre ha sido sólida, ¿sabes? Un verdadero norte. No puedo creer que este siendo tan… voluble. La voz de Sofía es suave, pero lo suficientemente alta para destacar por encima del viento. —Tal vez sólo realmente te echaba de menos. Antes de responder, el velocímetro me llama la atención. —Será mejor que reduzcas la velocidad, Soph. Le resta importancia. —No te preocupes, abuelita, todo está bajo control. —La patrulla de carreteras podría estar en desacuerdo contigo, Meteoro.

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Apenas las palabras salen de mi boca, los alaridos de una sirena suenan detrás de nosotros, las luces destellando en nuestro camino. Suspirando, pero despreocupada, Sofía se orilla. —No quiero decir “te lo dije”, pero… —Dejo que eso cuelgue entre nosotros mientras Sofía se entretiene en el espejo; acomodando su cabello, bajando un poco su top y juntando sus pechos—. ¿Qué demonios estás haciendo? —Sacándonos de una multa. —Se pellizca las mejillas y se muerde los labios, haciéndolos que luzcan más llenos, más rosados. Sonrío. —¿Crees que es así de fácil? Bate sus largas pestañas. —Por favor. Los hombres son las criaturas más simples. Se sienten fascinados por los pechos porque ellos no tienen. Convierten sus cerebros en papilla. Nos sacaré de aquí en cinco minutos. Mi sonrisa se extiende por completo cuando atrapo un vistazo del oficial de la ley antes que Sofía. Sofía se gira hacia su izquierda, los ojos abiertos e inocentes. —¿Hay algún problema, Of…? Oh. Maldita sea. El policía en realidad es una mujer policía. Háganse a un lado, pechos: este es un trabajo para el Encantador de Jurados. Me inclino a través del asiento, sonriendo seductoramente, mi voz tan suave y persuasiva como la de El Rey. —Buenos días, Oficial. ¿Qué puedo hacer por usted?

Luego de que una disculpa sincera y mi promesa de no permitir que mi demasiado entusiasta compañía siquiera se acerque al volante, nos saco de la multa y pasamos las siguientes doce horas aprovechando el tiempo en el camino. Ya es de noche cuando nos registramos en un motel, polvorientos, sucios, hambrientos, y cansados. Tengo todo el derecho a ser pretencioso, así que nos pido una habitación con una agradable cama tamaño King. Sofía se dirige directo a la ducha, mientras que yo me aventuro a comprar una pizza, unas cervezas para mí, y una botella de vino para ella.

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Entro a la habitación justo cuando viene saliendo del baño, pasando un cepillo por su largo cabello mojado, con una camisola para dormir de seda verde oscura ajustándose a sus curvas. Su rostro se encuentra libre de maquillaje, dándole un aspecto más joven e inocente del que estoy acostumbrado a ver en ella. Una calidez protectora se despliega en mi estómago. Se emociona cuando ve la pizza. —¡Dios te bendiga! Tres pedazos después, nos encontramos sentados en la pequeña mesa redonda. Y mordisqueando un pedazo de corteza, pregunta—: Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Quién soy yo? Trago un sorbo de cerveza. —¿A qué te refieres? —Quiero decir… ¿soy tu nueva novia? ¿Tu cita para la boda? ¿Nunca has visto La Boda de Mi Mejor Amigo? Me burlo. —No, por suerte, no la he visto. —¿Tengo que poner celosa a Jenny? Un hombre nunca es más atractivo que cuando tiene su brazo alrededor de otra mujer. O podría coquetear con su prometido. Poner a prueba su fidelidad. Eso te daría una muy buena munición en su contra. No estoy seguro de lo que me preocupa más, si escuchar a un hombre siendo referido como el prometido de Jenny, o pensar en Sofía coqueteando con él. —No me gustan los juegos mentales. Son muy manipulativos. Indignos, ¿sabes? Sofía se encoje de hombros. —Si quieres ganar, a veces deber jugar sucio. Sacudo la cabeza. —Prefiero otro tipo de suciedad. —Bebo mi cerveza, luego le explico el por qué la idea me deja tan mal sabor en la boca—. Hace unos años, salí con una mujer llamada Rebecca. Nos conocimos en una conferencia. Se ríe. —Las conferencias profesionales son zonas de apareamiento tan fértiles como las fiestas de swingers. Me río, concordando con ella. —No entré en detalles con ella sobre Jenny, pero le dejé claro que éramos estrictamente casuales. —Por supuesto que lo hiciste. —De todos modos, dijo que estaba de acuerdo con eso. Nos acostamos dos veces, y luego empezó a hacer toda clase de mierdas sigilosas. Soltaba indirectas sobre otros tipos con los que se veía, hacía planes conmigo y luego los rompía, intentando hacerse la difícil, al mismo tiempo encontrando excusas para aparecerse de repente en mi apartamento. Se volvió pegajosa y sus juegos eran fastidiosos. Toda la cosa sólo la hacía verse… patética. Lo terminé bastante rápido.

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—¿Te molestó que irrumpiera lo “estrictamente casual” al enamorarse de ti, o que intentara manipularte para que sintieras lo mismo? —pregunta Sofía. —Ambos, supongo. Sofía asiente, comprensiva. —El enfoque directo será, entonces. Así que estoy aquí para… —Estás aquí para cerciorarte de que no meta la pata en mi boca o en el trasero de alguien más. Para mantenerme a raya. Jenn y yo tenemos una larga historia juntos, y a Presley. Dijo que sólo ha estado viendo a Jimmy Dean durante unos meses, así que no puedo creer que cualquier sentimiento que tenga por él pueda ser siquiera remotamente tan fuerte que lo que siente por mí. Creo que todo este asunto sólo es su grito de ayuda, en realidad. —¿Crees que está sintiéndose renegada? —Exactamente. Así que le demostraré que tiene mi atención. Toma un largo sorbo de su vino, bebiéndose la mitad de la copa. — ¿Y luego de eso? ¿Crees que… le pedirás matrimonio a Jenny? Estaría mintiendo si dijera que eso no había cruzado mi mente. Froto la parte posterior de mi cuello. —Es complicado. No quiero que se case con nadie más, eso es seguro. Pero… Presley aún está en la escuela; no sé si querrán mudarse a DC en este momento. Siempre me imaginé a Jenny y a mí casándonos… luego. Cuando seamos mayores. Sus cejas suben hasta el nacimiento de su pelo. —¿Te has visto en un espejo últimamente? Ya eres mayor. —Estoy en la plenitud de mi vida. —Ese es básicamente mi punto. Me levanto. —Lo importante es, que todo está en juego. Si pedirle matrimonio a Jenny evita que se case con El Salchicha, entonces haré lo que tenga que hacer. —Guau —bufa Sofía—. Eres tan romántico. ¿Cómo una mujer podría resistirse a eso? Le saco el dedo y sonrío. —El romance está en las acciones, no en las palabras. Con ese caso cerrado, me dirijo a la ducha.

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Cuando salgo del baño empañado, Sofía ya se encuentra debajo de las sábanas. La luz de las noticias de medianoche en silencio en la televisión alumbra la habitación con un brillo sombrío. Suelto la toalla alrededor de mi cintura al suelo y me deslizo bajo las sábanas. Ella se encuentra dándome la espalda, con su cabello chocolate esparcido a lo largo de la almohada. Y en ese momento me acuerdo que cenamos, pero no comimos postre. El postre siempre ha sido mi favorito. Me deslizo por la cama, llevándome las sábanas conmigo, y llego a la altura de su trasero cubierto de seda. Rozo el material hasta su cintura, dejando al descubierto la piel suave obstaculizada por las bragas. Mi corazón se acelera, bombeando sangre hacia abajo, y presiono mis labios contra una de sus nalgas, mordisqueando juguetonamente con mis dientes. —Stanton. No es un gemido deseoso, sino una enunciación fuerte. Un no. Me alejo. —¿Qué sucede? Vuelve a bajar su camisola, cubriéndose, y se gira hacia mí. Me deslizo hacia arriba de nuevo, descansando la cabeza en la almohada, a sólo centímetros de su hermoso rostro. —No creo que debiéramos tener sexo mientras estoy en casa contigo. La decepción cae sobre mí, como el techo en una casa abandonada. —¿Por qué no? La posibilidad de que a Sofía puedan incomodarle mis sentimientos por Jenny vuela a mi mente, pero lo descarto. Ella siempre ha sabido de Jenn, incluso antes de que estuviésemos juntos esa primera vez, y nunca le ha molestado antes. Además, de la forma en que yo lo veo, Sofía no tiene nada que ver con Jenny —son como dos habitaciones completamente diferentes. Edificios, incluso. Como un granero y una casa. Ambos importantes, pero sin ninguna conexión, sirviendo propósitos completamente diferentes. En la tenue luz de la habitación, sus ojos lucen más oscuros, más brillantes. Abre la boca para decir algo, pero luego la cierra. Piensa

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durante unos segundos, y luego comienza otra vez. —Deberías… guardar la pasión, ¿sabes? ¿Cómo un mariscal de campo antes de un gran juego? Empujo un mechón de cabello detrás de su oreja. —¿Y qué hay de ti? El deseo sexual de Sofía es tan saludable y demandante como el mío. Hemos estado juntos de tres a cuatro veces por semana en los últimos seis meses. No me parece justo que tenga que quedarse sin nada durante las próximas dos semanas. Sus labios perfectos se estiran al sonreír. —Yo puedo… cuidar de mi misma. La imagen que esa oración trae a mi mente hace que mi polla se endurezca. —Me estas matando, cariño —gruño. Su mano descansa sobre mi clavícula, luego se desliza hacia mi mandíbula, acariciando mi barba corta. Imito su acción, no preparado aún para abandonar el postre, ya que no estoy completamente seguro de que ella quiera lo que está sugiriendo. Sostengo su mejilla, luego bajo hasta donde su pulso late debajo de mi palma. —¿No lo vas a extrañar? —pregunto. —¿Extrañar? Tomo su mano de mi mandíbula y raspo la punta sensible de su dedo contra mis dientes antes de chuparlo en mi boca, moviéndolo con mi lengua. Lo suelto con un pop. —¿No extrañarás mi boca sobre ti? ¿La manera en que mi lengua te lame? ¿La forma en que separo tus piernas por completo, para poder deslizar mi polla lentamente, centímetro a centímetro, dentro de ti y que entierres tus uñas en mi espalda porque simplemente estás loca por tenerme? Su respiración es pesada y acelerada. Tartamudea al decir—: Um… sí, supongo que lo extrañaré. —¿Qué pasa si te digo que sólo quiero un último beso? —Me acerco un poco más y trazo con mi lengua su labio inferior—. ¿Un último sorbo de tu boca? ¿Podría tenerlo? Su mirada se pone vidriosa, viéndonos en su mente, en trance por mis palabras, recordando cada gemido que hemos compartido. Cada toque. —Sí. Te dejaría tener un último beso. Mordisqueo su barbilla, su mandíbula, y susurro—: ¿Qué si te digo que necesito una última probada? ¿Una última lamida de tu dulce y

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apretado coño? No te haría venir si no quieres que lo haga… o podría hacerlo. ¿Me dejarías? —Oh Dios… —gime, pero es todo por placer. Un deseo anhelante—. Sí… sí… te dejaría. Desciendo por su cuerpo, calentando la seda con mi tibio aliento. Beso la tensa piel de su estómago, lamo la suave carne de sus muslos internos. Luego subo la mirada hasta ella, observándola mirarme. Y cuando hablo, hay un toque desesperado en mi suave voz. —¿Qué pasa si te digo que tengo que tenerte de nuevo? Sentirte sujetándote tan fuerte a mi alrededor que veo el cielo. ¿Que no puedo soportar pensar en no joderte hasta sacarte esos ardientes soniditos sin aliento, hasta que grites mi nombre? ¿Nos permitirías hacer eso una vez más, aunque sea la última? Antes de terminar de hablar, sus dedos se encuentran acariciando mi cabello. Apartándolo con delicadeza, a punto de halarme hasta ella. — Sí, Stanton, quiero eso también. Sonrío. —Bien. Porque no estamos siquiera cerca de casa aún… así que tenemos mucho tiempo. La sonrisa de Sofía se convierte en una risita aliviada. Mueve su dedo en mi dirección, llamándome. —Ven para acá y bésame.

Horas después, mis manos se aferran a las caderas de Sofía, mis dedos hundiéndose en su trasero, ayudándola a montarme. Chupo sus tetas, ya que son hermosas y se encuentran tan próximas a mi boca. —Eso es, nena… monta mi polla —le digo, adorando cómo eso la hace jadear. Deslizo mi mano por el estrecho abismo entre nosotros, hasta su clítoris, hinchado y húmedo. Lo froto lentamente, con sólo la presión suficiente para llevarla al borde, para calentarla, humedecerla aún más a mi alrededor. Su respiración se dificulta, y sus caderas se empujan contra mi mano. —Más duro —le ordeno con una autoridad que no deja espacio para discusión, incluso si quisiera. Elevo mis caderas, encontrándome con ella a más de la mitad—. Jódeme más duro…

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Mi cabeza se presiona de nuevo contra el colchón mientras Sofía hace lo que le digo. Para una mujer que le gusta ser la mandamás en la oficina, sigue direcciones increíble y jodidamente bien. Con sus dedos en mi cabello, hala mis labios hacia ella. Luego, mirándome a los ojos, pregunta—: ¿Es así con ella? —¿Qué? —pregunto, atolondrado, mientras se aprieta alrededor de mi polla. Pero cuando se detiene, se aquieta, parece más seria, trazando mi mandíbula con la yema de su dedo. —¿Es así con Jenny? ¿Te ves así? Presiona su palma contra mi pecho, donde mi corazón se vuelve loco. —¿Te sientes así cuando estás con ella? Hay algo en la oscuridad que hace que la honestidad sea más sencilla. Y hay algo en estar rodeado de una mujer, llenándola, perdido en ella, que hace que mentir sea imposible. —No. No es así. Aguarda un segundo. Las esquinas de su boca se elevan muy sutilmente. —Bien. Luego comienza a mover sus caderas nuevamente, y todo lo demás se desvanece en la oscuridad.

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10 Sofía Traducido por Alysse Volkov & Mel Cipriano Corregido por Laurita PI

—En verdad tengo que ir. —Me muevo en el asiento como un niño que… bueno, que tiene que ir al baño. Stanton refunfuña—: Estaremos en casa pronto. —Pronto es demasiado tiempo… detente en el siguiente Starbucks. Me mira como si le sugiriera que se tirara de cabeza al océano, o la luna. —No tenemos un Starbucks aquí. Miro de izquierda a derecha, sospechando que bromea conmigo. — ¿Qué tipo de lugar desolado es este? A lo largo de nuestro viaje de dos días a través del país, los centros comerciales y los altos edificios son cada vez menos a medida que nos alejamos, reemplazados con maizales y solitarias casas asentadas detrás de la carretera. A pocos kilómetros de aquí, Stanton señaló el cartel de Bienvenido a Sunshine, pero todo lo que he visto desde entonces son árboles y campos vacíos. Pronto me sentiré tan desesperada como para usar uno de los árboles. Estacionamos en una calle tranquila, con escasa cantidad autos. — Un restaurante entonces —ruego, tratando de pensar en algo más que la incesante presión en mi vejiga—. Cuando pasemos por el centro de la ciudad. Eso lo hace reír, pero no entiendo la broma. —Ah, ¿Soph? Nos encontramos en el centro de la ciudad. Echo un vistazo. Hay solo unos pocos edificios de dos pisos. El resto son estructuras pequeñas de un piso —una oficina de correos, una farmacia, una peluquería, una librería— cada uno con pintorescas marquesinas, no un nombre de cadena a la vista.

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—¿Cómo lo sabes? Stanton señala el semáforo rojo en frente del que aguardamos. —El semáforo. —El semáforo. Su sonrisa se extiende. —Sí… el único. Nos dirigimos por la calle y estoy sorprendida por lo vacía que parece, en especial en la mañana del sábado. Tiemblo cuando pienso en los Los Niños del Maíz3, una película de los años ochenta que me asustó hasta la muerte cuando tenía diez años. No comí maíz otra vez durante meses. Stanton se detiene en un estacionamiento y hace un ademán hacia la puerta delante de nosotros. —Es un restaurante. Puedes orinar aquí. Salgo del auto antes de que pueda abrir mi puerta. —Esperaré aquí —dice—. Si voy contigo, estaré atascado en una docena de conversaciones diferentes y esto podrá ser una década antes de llegar a mi casa. Me lanzo a través de la puerta, una campana encima de mi cabeza anuncia una bienvenida. Y los ojos de cada cliente miran fijo. A mí. Hay unos pocos hombres de mediana edad con gorras de camionero, un par de sombreros de vaquero, dos ancianas en vestidos florales con gruesos lentes, y una joven de pelo castaño, luchando con dos niños pequeños rebotando en una cabina. Arqueo mi mano en un saludo. —Hola a todos. La mayoría me saluda con un asentimiento de cabeza, y le pregunto a la morocha de cabello corto detrás del mostrador dónde se encuentra el baño. Me indica el único baño unisex al fondo. Sintiendo el dulce alivio de estar cinco libras más ligera, me lavo las manos, tomo una hoja del rollo de papel toalla para secarlas y la tiro a la basura. Salgo del baño y me tropiezo con la persona que espera para entrar. Un tipo con una barriga cervecera, camiseta negra y sombrero de vaquero, huele a tabaco rancio, con mugre oscura debajo de sus uñas. Agarra mis brazos, para evitar que me balancee como una bola de pinball después de chocar con la masa gelatinosa de su torso. Una temporada de vida de ciudad me hace automáticamente pronunciar un falso—: Lo siento. Pero cuando intento rodearlo, imita mis movimientos, cortándome el paso.

3

Película de terror basada en un cuento homónimo de Stephen King.

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—Despacio, cariño. ¿Cuál es la prisa? —Arrastra las palabras, me examina de pies a cabeza antes de que su mirada se familiarice demasiado con mi pecho. —Oye, vaquero —espeto—. ¿Perdiste algo? Mis ojos se ubican aquí arriba. Lame sus labios con lentitud. —Sí, sé dónde se encuentran tus ojos. Pero no los mira. —Bien. Demasiada hospitalidad sureña. Da un toque a su sombrero, por fin levanta la mirada. —¿Estás de paso? ¿Necesitas transporte? Mi asiento es muy hospitalario. —No... y puaj. Usando mi hombro, me abro paso para superar al lujurioso vaquero y salgo a la acera. Encuentro a Stanton en el auto, charlando con una diminuta mujer mayor con canas en el cabello. Bueno… escuchando puede ser más preciso, parece que Stanton solo asiente; aparentemente incapaz de poder decir alguna palabra. Cuando llego a su lado, se ve aliviado; pero su cara tiene un tinte rosado que no estaba ahí antes y las puntas de las orejas son de color rojo brillante. —Señorita Bea —me presenta—, ella es Sofía Santos. —Hola. —Es tan lindo conocerte, Sofía. ¡Eres muy bonita! Sonrío. —Gracias. —Y tan alta. Debe ser agradable destacar entre la multitud. —Nunca he sentido esa sensación. —No lo he pensado así pero, sí, que supongo que lo es. Stanton aclara su garganta. —Bueno, tenemos que irnos. —Oh sí —concuerda la señorita Bea. Pero luego sigue hablando—: Tu mamá se sentirá muy feliz de verte. Tengo que seguir mi camino también, pasar por la farmacia para comprar el laxante del señor Ellington. Su estreñimiento es algo feroz. No ha movido sus entrañas en cuatro días, el pobre. Es un gran oso gruñón. Stanton asiente. —Lo apuesto. —Fue lindo conocerte, Sofía. —También a usted señorita Bea, espero volver a verla. Da unos tres pasos, luego se da la vuelta, gritando—: Y, Stanton, no olvides decirle a tu mamá que llevaré pollo asado al partido de cartas el miércoles.

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—Sí, señora, le diré. Una vez que estamos en el auto, pregunto—: ¿Qué pasa con tu cara? ¿Estás… estás ruborizado? No sabía que un chico que usa su boca sucia así como Stanton fuera capaz de ruborizarse. Asiente, confesando—: La señorita Bea fue mi maestra, en noveno grado. —De acuerdo. —Un día, alguien encendió la alarma de incendio y entró en el baño de niños para asegurarse de que estaba vacío; mirando debajo de todas las puertas para asegurase. Creo que sé hacia dónde va esto. Si no me equivoco, es comiquísimo. —Me hallaba en uno de esos cubículos… masturbándome. Mi mandíbula cae. —¡No! Gruñe. —Desde entonces, no he sido capaz de mirarla sin sonrojarme como el culo de un mandril. Cubro mi boca, riendo. —¡Eso es graciosísimo! Se ríe, rascándose su ceja. —Me alegra que te entretenga. Mi mamá también creyó que fue gracioso; cuando la Señorita Bea llamó esa tarde para contarle todo el asunto. Y me río más fuerte. —Bromeas. —Ojalá lo hiciera. —¡Oh no! —Me río, recorriendo con la mano su nuca, frotando su cuello en simpatía—. Pobre de ti. Debiste sentirte tan traumatizado. Sonríe, mi sonrisa favorita. —Bienvenida a Sunshine, Soph… el lugar donde la privacidad muere. Stanton retrocede y reanudamos nuestro viaje a la granja de sus padres, veo al sucio vaquero pavonearse por la acera. —¿Quién es ese? Los ojos de Stanton se endurecen y aprieta su mandíbula. Es muy caliente. —Dallas Henry —gruñe antes de mirarme de la cabeza a los pies—. ¿Te molestó? —Me comió con la mirada… nada que no pudiera manejar. Con una maldición me dice—: Si se acerca a ti, le dices que estás conmigo. Después, no va mirarte otra vez. —¿Amigo tuyo?

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Encogiéndose de hombros, me dice—: Rompí su mandíbula hace un par de años. —¿Por qué harías eso? La mirada jade de Stanton se posa en la mía. —Trató de tomar algo que no le pertenecía.

Cuando Stanton me contó que creció en una granja, tenía una cierta imagen en mi cabeza. Una gran granja, un granero rojo, árboles. Pero esa imagen mental palidece en comparación con lo real; por la magnitud y grandeza del rancho familiar Shaw. El Porsche levanta suciedad mientras pasamos por el camino arbolado que es tan largo, que no puedes ver la casa desde la carretera. La casa blanca es grande, con una azotea acentuada, un acogedor pórtico, persianas verdes y enormes ventanales. Diez construcciones anexas de color rojo se encuentran dispersas detrás de ella, intercaladas con grandes gallineros de madera marrón. Hasta la suave pendiente de la casa, más allá de lo que alcanza mi vista, son pastos cubiertos con un manto de esmeralda hierba exuberante. Me paro al lado del coche, girando en un círculo lento. —Stanton… es hermoso. Su voz emocionada contiene orgullo cuando responde—: Sí, lo es. —¿Cuántos acres tienen tus padres? —Tres mil setecientos ochenta y seis. —Increíble. —Mis hermanos apenas podían recordar recortar las macetas que mi madre tenía en el balcón—. ¿Cómo cuidan de todo? —Desde el amanecer al anochecer. Juntos caminamos por el sendero de grava hacia la puerta. Antes de que la alcancemos, un joven viene por el lado de la casa, interceptándonos. —Parece que alguien recuerda donde vivimos después de todo. Durante nuestro viaje, Stanton habló de su familia —ambos lo hicimos. Este chico rubio, guapo, sería Marshall, uno de los gemelos, dieciocho años de edad y un estudiante de último año en la escuela secundaria. Sonrío cuando se abrazan, ríen y se golpean entre sí en la espalda.

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Cuando Stanton nos presenta, su hermano menor, con timidez, me mira de reojo, saludándome con un simple—: Hola. El parecido es sorprendente; el mismo verde brillante en los ojos, la misma mandíbula fuerte y cabello rubio oro grueso. Marshall no es tan amplio de hombros, el cuello es más delgado con juventud, pero si quiere ver cómo se verá en diez años, no tiene más que mirar al hombre a su lado. Stanton camioneta?

levanta

la

barbilla, preguntando—: ¿Dónde está

mi

Marshall descansa su mano abierta sobre su pecho. —¿Te refieres a mi camioneta? —Entonces señala cerca de uno de los graneros a una camioneta negra con llamas anaranjadas pintadas en los laterales traseros—: Está ahí. Stanton hace una mueca. —¿Qué demonios le hiciste? Nos acercamos. —La arreglé, hermano. Pintura de encargo, nuevos altavoces, tenían que oírse los bajos. —Nos muestra, alcanzando la llave y girándola, moviendo la cabeza al ritmo de la música que comienza a vibrar desde el suelo bajo nuestros pies. —Ese es Jay-Z —nos dice, en caso de que seamos demasiado viejos para saberlo. Justo en ese momento, una vieja camioneta azul y blanca retumba hasta la parte delantera de la casa, con varios muchachos de la edad de Marshall, en la parte trasera. La música se apaga. —Debo irme, tengo práctica. —Golpea ligeramente el brazo de su hermano—. Vamos a ponernos al día después. Stanton asiente y yo le digo—: Encantada de conocerte. Luego de que su hermano desapareciera, Stanton permanece observando la camioneta por un minuto, moviendo la cabeza. Caminamos alrededor de la casa, y entramos por la puerta lateral a la enorme y brillante cocina. Mesadas de madera, muebles blancos y paredes de color salvia hacen que la habitación sea acogedora, pero simple. En la pared hay un reloj antiguo y una pieza de ganchillo enmarcado que dice: El hogar es donde está el corazón. La madre de Stanton es una mujer hermosa, delgada, alta, y más joven de lo que había imaginado. Su cabello color miel se encuentra atado, unas hebras se balancean mientras friega un pote negro en la pileta. Su nariz es pequeña, y su barbilla el punto de su cara en forma de corazón. Cuando nos oye entrar, se gira y me doy cuenta de que Stanton y Marshall deben de tener los ojos de su padre, porque los de su madre son de color marrón cálido.

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Su sonrisa es enorme, y no se molesta en secar sus manos cuando envuelve a su hijo en un abrazo. Stanton la levanta y da vueltas con ella. —Hola, mamá. Cuando chilla, él la baja y ella se inclina hacia atrás. —Deja que te mire. —Le acaricia la frente, la mandíbula y el hombro con cariño. Luego da un paso atrás—. Te ves bien. Cansado, pero bien. —Fue un largo viaje en coche. Stanton gesticula hacia mí. —Mamá, esta es mi… esta es Sofía. Antes de que pueda extender mi mano, la señora Shaw envuelve sus brazos sorprendentemente fuertes a mi alrededor. —Es tan agradable conocerte, Sofía. Stanton ha hablado de ti, la talentosa abogada que eres, lo bien que los dos trabajan juntos. —Gracias, señora Shaw, es genial conocerla también. Me siento tan feliz de estar aquí. Y lo que más me impacta directamente entre los ojos, es que en verdad soy feliz. Ver dónde creció, la satisfacción de las personas que lo convirtieron en el hombre que es ahora, me llena de alegría. Una emoción dulce que tiene a mis pies repiqueteando y una sonrisa permanente en mis labios. —Llámame mamá, todo el mundo lo hace. Si me llamas señora Shaw, ni siquiera te voy a mirar. —De acuerdo. Nos empuja hacia la mesa. —Siéntese, siéntese, deben estar hambrientos. —Y así comienza —susurra Stanton. Su aliento en mi nuca me eriza la piel. Mientras su madre rompe y bate huevos, Stanton pregunta por su padre. —Se encuentra en el campo norte —explica ella—. Por el resto del día y algo más. Reparando la valla que fue destrozada en la última tormenta. Quince minutos después, hay platos de huevos, tocino y galletas calientes con mantequilla. —Esto es delicioso, señora… Mamá —me corrijo con una risita incómoda. —Gracias, Sofía.

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—Ahora que lo has hecho —Stanton sonríe con la boca llena de galletas—, va a engordarte todo el tiempo que estemos aquí. ¿Has oído hablar de los siete del primer año4? Prepárate para los diez de los Shaw. —¡Santo cielo! —Desde la escalera de atrás, aparece en la cocina la hermana de Stanton, Mary, la gemela de Marshall. Con el cabello rubio hasta los hombros, y los ojos del color jerez de su madre, no hay duda de que es parte del clan Shaw. Siendo la más joven de tres hermanos, siento una afinidad inmediata con ella. Mary se inclina y besa la mejilla de Stanton, bromeando—: Voy a comenzar a llamarte el Fantasma Gris, porque has jugado al fútbol, no apareces aquí más que como un fantasma, y tus bigotes se están volviendo grises. Stanton le pellizca la barbilla con dulzura, luego se frota la mandíbula. —Mis bigotes no están grises. —Todavía no —acuerda Mary—. Solo espera hasta que Presley tenga mi edad, ella te los pondrá más grises que los de papá. Se presenta a sí misma, y luego, de inmediato, profesa su amor por mi esmalte de uñas. Y mi lápiz labial. Y mi top plateado, y mis pantalones negros. —Mamá —se queja—. ¿Podemos ir de compras? ¿Por favor? La madre de Stanton empieza a recoger la mesa. —¿Todavía tienes tu mesada de la semana pasada? —No, la gasté en el cine. Le da a Mary un encogimiento de hombros. —Entonces ahí tienes tu respuesta. —Me voy a casa de Haddie —anuncia con un mohín. —No lo harás hasta que alimentes esos terneros en el prado. Mary abre la boca para quejarse… Luego se muerde el labio con esperanza. —A menos… ¿que el mejor hermano mayor de todo el mundo lo haga por mí? —Tu hermano acaba de llegar a casa —la reprende la señora Shaw— . Apenas terminó de comer, dale al hombre un minuto para descansar. Dobla sus manos y pone los ojos como Sherman. La boca de Stanton se contrae y mueve la cabeza hacia la puerta. — Vete, alimentaré a los terneros por ti. Expresión común en Estados Unidos y Canadá que hace referencia a la cantidad de peso ganado por los estudiantes en su primer año de escuela secundaria. 4

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Mary se lanza sobre él con un chirrido. —¡Gracias! —Y luego llega junto a la puerta, antes de que podamos notarlo—. ¡Adiós, Sofía! Una vez que la mesa se encuentra limpia y los platos se están secando, Stanton, su madre, y yo terminamos nuestros cafés. —Luego de que instale a Sofía en mi habitación —dice Stanton—, voy a pasar por lo de Jenn. Su madre se tensa ligeramente. Entonces asiente y toma un sorbo de su taza. Stanton se muerde el labio inferior. —Sería bueno tener un mano a mano sobre esta cosa de la boda. Una llamada telefónica… La señora Shaw ve a su hijo a los ojos. —Eso es entre tú y Jenny, no soy quien para hablar. A menos que tenga que ver con Presley, sus cosas son sus cosas. Stanton parece satisfecho con eso. Unos minutos más tarde, sacamos las maletas del coche y salimos hacia la antigua habitación de Stanton. “Salimos” porque su habitación se ubica en una de las dependencias, en el último piso del granero. Es climatizada, y comparte un cuarto de baño con el dormitorio idéntico del otro lado. Paneles y pisos de madera, carteles y trofeos en abundancia, el sueño de todo adolescente. —Mi hermano Carter y yo construimos estas habitaciones un verano —me dice Stanton, con los ojos bailando alrededor de la habitación—. Mi padre nos dijo que si terminaban bien, podríamos vivir aquí, y así lo hicimos. Es entonces cuando me doy cuenta de las fotografías en la mesita de noche: un delgado y joven Stanton en un uniforme de fútbol, con su brazo alrededor de una pequeña Jenny en un uniforme de animadora, y un retrato de su hija en la escuela, vistiendo un suéter rojo sobre una blusa de cuello blanco, sus dos dientes delanteros adorablemente desaparecidos. —¿Por qué Marshall y Mary no se mudaron aquí cuando tú y tu hermano se fueron? Asiente, anticipándose a la pregunta. —Luego de que Jenny quedara embarazada, mi madre no los dejó. Pensó que Presley fue concebida aquí y no quería ningún otro nieto antes de tiempo. Con una risa disimulada, pregunto—: ¿Fue concebida aquí? —No.

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Una media hora más tarde termino de desempacar y estoy lista para trabajar un poco en la enorme cama de Stanton. Desde que cruzamos la frontera del estado de Mississippi y entramos en la zona de “amigos sin beneficios”, Stanton ofreció quedarse en la antigua habitación de su hermano. Sale del baño ya vestido. Ahora usa un par de jeans, botas de cuero, una camiseta blanca y un sombrero de vaquero de color marrón. La camiseta contiene sus brazos perfectamente, acentuando las crestas estrechas de sus bíceps. Y los vaqueros moldean su culo, su vientre plano, y lo mejor de esos muslos fuertes, de una manera que me tiene babeando. Cierro mi boca, pero me atrapa observando. —Toma una foto, durará más tiempo. Sonrío. —No lo necesito, podría solo cortar de una revista el anuncio con el hombre de Marlboro. Te ves como él. Tira su cabeza hacia atrás y se ríe. Observo su manzana de Adán, y algo tan sexy y varonil respecto a ella me hace querer tirar de esa camiseta, bajar sus pantalones y dejar que me folle con las botas puestas. —¿Vas a estar bien aquí por un par de horas? Ato mi cabello en una cola de caballo mientras él observa todos mis movimientos. —Claro. Tengo mensajes de correo electrónico que responder. Oh, solo necesito la contraseña del Wi-Fi. Se ve preocupado. —No tenemos Wi-Fi, Sofía. —¿Qué? ¿Qué quieres decir con que no tienen Wi-Fi? ¡¿Cómo pueden no tener Wi-Fi?! —Tenemos un radar para rastrear el clima. —¿Un radar? —grito. Luego recojo mi portátil y la sostengo por encima de mi cabeza, caminando por la habitación en busca de señal. ¿Cómo se supone que voy a hacer mi investigación? ¿A leer mis correos electrónicos? Me siento tan primitiva, tan fuera de línea. Al igual que Sigourney Weaver5 en el espacio exterior, nadie puede oírme gritar. —¡Estoy en el infierno! ¡Me has traído al infierno, a una zona muerta! ¿Cómo pudiste hacerme esto? Qué tipo de… —Sofía —dice suavemente, como una brisa, pero me llama la atención y corta mi perorata. Sostiene un pequeño rectángulo negro, y luego lo arroja hacia mí. Lo atrapo con una mano. Actriz y productora estadounidense de cine, televisión y teatro. Conocida por sus intervenciones como la teniente Ripley en todas las películas de Alien. 5

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Wi-Fi portátil. —Gracias. Me da un guiño. Entonces mira hacia mis pies, todavía en tacones altos de charol. —No se te ocurrió traer botas, ¿verdad? —Por supuesto que traje botas. —Abro el armario y saco un par de botas Gucci de cuero negro hasta la rodilla, con tacones de siete centímetros. Deja escapar un largo suspiro decepcionado. —Muy bien, esto es lo que haremos. Cuando regrese, vamos a ir al pueblo para conseguirte un par de botas decentes. Simplemente no me puedo resistir. —¿Realmente acabas de decir eso? ¿Al pueblo? ¿Pueden Mary y el pequeño venir también, Pa? —digo en un ataque de risa. —Sigue riéndote, listilla. Vamos a ver lo que es divertido cuando tus zapatos de diseño se encuentren cubiertos de mierda y barro. Hago una mueca, pensando. —Eso no sería divertido. —Sería un poco raro. —Con una sonrisa, se acerca y traza mi mejilla con su pulgar, y luego mi labio inferior. La acción es tan íntima y dulce que casi me olvido por qué me encuentro aquí. Pero entonces recuerdo. Soy Goose. El compañero. El pequeño ayudante de Santa. Aplaudo. —Así que, consejo de última hora: Habla con ella, no a ella, a ninguna mujer le gusta que le griten. Pregúntele cómo es que las cosas salieron mal, qué es lo que cree que puede obtener de James Dean que tú no puedes darle. Entonces, dile cómo vas a hacer los cambios que tienes que hacer para darle lo que necesita. Asiente, pensativo. —Recuérdale su historia, todos esos años que pasaron juntos. —Una gota de sarcasmo se filtra en mi voz—. Y lo más importante, muéstrale el increíble tipo que eres. Stanton sonríe. —Esa última parte no será difícil en absoluto. Levanto el ala de su sombrero con más entusiasmo del que siento. — Ve por ella, vaquero. Gira, pero se detiene en el umbral. —Gracias, Sofía. Por todo. Y entonces baja las escaleras. Con un gran suspiro, me siento en la cama y me pongo a trabajar, todo el tiempo imaginando qué hubiese sucedido si se hubiera quedado.

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11 Stanton Traducido por Dey Kastély & Mel Cipriano Corregido por Vanessa Farrow

Me estaciono en la entrada, salgo de mi camioneta, y me reclino contra ella, los brazos cruzados, absorbiéndolo todo. La casa de los padres de Jenny es como la tierra olvidada por el tiempo, nunca cambia realmente. La pintura blanca en la casa se está despegando como siempre en los mismos lugares. En el gran roble a un lado todavía cuelga el mismo columpio en el que solía empujarla, y todavía tiene esa rama perfecta que llega lo suficientemente cerca de la ventana de Jenn para subir. Su familia, como la mía, ha trabajado estas hectáreas por generaciones. Pero donde la ganadería es un poco más lucrativa y confiable, los agricultores de cultivos como los Monroe tienen más dificultades. Puedes cosechar cuatrocientas hectáreas de maíz, pero si todo lo que estás obteniendo son unos centavos por kilo, no habrá mucho que mostrar. —¡Jenny! —grita Nana desde su posición en el pórtico—. Ese chico está aquí otra vez. Ese chico. Nana nunca fue exactamente mi mayor fan. Siempre me miró con cierta sospecha, y molestia. De la manera en que observarías a una mosca zumbando alrededor de tu comida, sabiendo exactamente cuáles son sus intenciones, a la espera de que aterrice. Así puedes sacarle las tripas con un periódico. Después de que Jenny se embarazó, y nosotros no nos casáramos, todas las apuestas se fueron. Nana se volvió absolutamente hostil. Pero la escopeta que se encuentra sobre su regazo mientras se balancea en su silla de mimbre, esa no es para mí. Bueno… no es sólo para mí.

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El esposo de Nana murió cuando Jenn todavía se hallaba en pañales. Lanzado de un caballo cabreado, el viejo Henry acabó aterrizando de manera equivocada en el momento equivocado. Nana ha mantenido la escopeta de Henry con ella desde entonces, incluso duerme con ella. En caso de que llegue el día en que ladrones, vándalos, o Yankees caigan del cielo. Está decidida a eliminar tantos como pueda. No está cargada, y cada miembro de la familia de Jenny hace lo imposible para mantenerla de esa manera. Algunos dicen que tiene demencia, pero no lo creo ni por un segundo; su mente es tan aguda como su lengua viperina. Creo que en lugar de caminar despacio y llevar un gran bastón, simplemente se siente mejor pisoteando fuerte y cargando una jodida escopeta. Jenny asoma la cabeza por la puerta de tela metálica, su cabello recogido en un moño desordenado, todavía usando la bata rosa del hospital del turno nocturno del que acababa de salir. Me mira fijamente por unos momentos antes de que la preocupación en su rostro se deslice en una pequeña sonrisa. Amigable, un poco culpable, pero no sorprendida. Ahora que ambos hemos tenido un par de días para tranquilizarnos de nuestra conversación telefónica, sabía que yo vendría. Sostengo en alto el paquete de cervezas Budweiser, alzando las cejas a modo de pregunta. Asiente, luego sacude la cabeza hacia el interior de la casa. —Sólo déjame ir a cambiarme. Esta es nuestra tradición. Desde que teníamos dieciséis años, cada vez que venía a casa, cuando queríamos estar a solas o si había algo grande de lo que teníamos que hablar, era un paquete de seis cervezas y un paseo al río. Una manta en la orilla es nuestro sofá de terapia. Todavía no nos ha fallado, y no tengo ninguna intención de dejar que nos falle ahora. Después de que Jenny desaparece de la puerta, subo lentamente los escalones del pórtico, de la manera en la que te acercarías a un viejo oso cascarrabias en hibernación. Estás bastante seguro de que es prudente, pero es mejor estar preparado para retirarse sólo en caso de que deje un buen golpe de sus garras. Me quito el sombrero ante Nana en señal de saludo. —Señora. Sus ojos se reducen a rendijas afiladas. —No me agradas, chico. —Sí, señora. Su dedo torcido apunta en mi dirección. Deslizándose para engañar y sacar a Eva del Paraíso. —Sí, señora.

—Eres

Satanás.

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—Mi pequeña bisnieta es lo mejor que has hecho. Un lado de mi boca se alza en una sonrisa. —No puedo decir que estoy en desacuerdo sobre eso. —Debí dispararte hace años —refunfuña. Tomo asiento a su lado, apoyando las manos en mis rodillas extendidas, como si le estuviera dando la debida consideración a su declaración. —No lo sé… si me disparara, no quedaría nadie para traerle su bebida favorita. Levanto mi camisa, mostrando la pequeña botella de Maker’s Mark Cask Strenght escondida debajo, como un traficante de drogas en una esquina. Haciendo alusión a su salud, la mamá de Jenny le cortó el bourbon hace años, o al menos lo intentó. Pero Nana es un viejo pájaro hábil y astuto. Como un buitre. Se queda mirando la botella, lamiéndose los finos labios de la forma que lo haría un hombre que ha avistado un oasis en medio de kilómetros de desierto. Podría parecer impropio sobornar a una anciana con licor. De mal gusto para sacarle información. Pero esto no se trata de buenos modales, o respeto, o hacer lo correcto. Se trata de jodidamente ganar. Además… le habría traído a Nana el venerado Cask Strenght de todos modos. Le he estado trayendo a escondidas botellas de marcas de élite durante años. Y todavía me odia. —Cuénteme sobre Jimmy Dean. Inclina la cabeza en confusión. —¿La salchicha? Tenemos un poco en la nevera. Ruedo los ojos. —No, el tipo con el que Jenny cree que se casará, James Dean. Y es como si hubiera dicho las palabras mágicas. Años se desvanecen del semblante de Nana a medida que su ceño fruncido cae y una mirada soñadora toma su lugar. La primera que he visto en décadas. —¿Te refieres a JD? Ajá, es un buen ejemplar de un hombre. Si fuera cuarenta años más joven, yo misma haría una jugada por él. Apuesto, educado… es un buen chico. —Luego, el familiar ceño fruncido toma su lugar de nuevo—. No como tú, Satanás. Sólo me echo a reír. —¿Qué es lo que el buen JD hace para ganarse la vida? —Es profesor en la preparatoria. Química o algo así… Es un hombre inteligente. Y talentoso; sólo ha estado allí desde el año pasado y ya es

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asistente del entrenador de fútbol. Cuando ese Dallas Henry sea botado de la posición de entrenador principal, me imagino que JD tomará su lugar. Mmm… el viejo Salchicha está entrenando futbol en la misma escuela en donde solía ser el recolector de suspensorios. Hay ironía para ti. Nana ve mi mano mientras frota la botella de bourbon, como un genio que podría salir de ella. —¿Qué más? —presiono. Suspira, reflexionando sobre ello. —Su papá falleció hace unos meses. JD vendió su granja y está construyendo una gran casa, completamente nueva, en esa colonia de lujo sobre la 529. Ahí es donde se llevará a vivir a Jenny… y a Presley. Mi bota golpea el pórtico con un enojado ruido sordo. Sobre mi maldito cadáver. Nana me lee bien. —No agarres ese tono conmigo, chico. No tienes a nadie a quien culpar más que a ti mismo. —Se cruza de brazos y se endereza con un resoplido altivo—. No eres un mal papá, te daré eso. Pero… Jenny necesita un hombre… un hombre que esté aquí. —Estoy aquí —le digo en voz baja. —Ajá. Y por lo que escuché, no estás solo. Trajiste a una chica bonita de ciudad contigo. Una la-tina. La voz de la madre de Jenny grita desde el interior de la casa, demostrando una vez más que una pequeña ciudad se parece mucho a la mafia; oídos en todas partes. —¡Mamá! ¡Compórtate! Nana es tan buena como es posible. —¡No me digas cómo comportarme! —Entonces, me ofrece una perla de sabiduría—: Algo bueno sobre estar muriendo es que no tienes que ser bueno con nadie. Sí, Nana está muriendo. Durante tanto tiempo como puedo recordar. Sólo se está tomando su tiempo en realmente llegar a la parte de muerta. —Sí traje a alguien —confieso—, una amiga: Sofía. Ustedes dos se llevarían bien, ella no sufre por los tontos más que tú. Toco la botella de Maker Mark con mi dedo. —Ahora, dime algo… raro sobre JD. Algo de lo que el resto de la ciudad no está al tanto. Me mira con avidez. Y admite—: Bueno… no bebe mucho. No puede soportar el licor. Pero no creo que eso sea una mala cualidad en un hombre, a nadie le gusta un borracho. Eso es interesante. —¿Algo más? —presiono.

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Esfuerza su memoria por un momento. —Ah, es alérgico a los pimientos. Su cara estalla como una garrapata sobrealimentada si prueba sólo uno. Y eso es aún más interesante. Satisfecho, le tiendo la botella de bourbon a Nana, manteniendo baja mi mano, fuera de la vista de la ventana detrás de nosotros en caso de que la mamá de Jenny esté viendo. Me la arrebata como un niño mimado agarra un dulce, deslizándola por debajo de la manta sobre su regazo. Jenny sale, vestida con unos pantalones cortos de mezclilla y una sencilla camiseta blanca, tan tonificada y fresca como lo estaba a los dieciocho años. Puedo estar enojado con ella, pero eso no cambia el hecho de que es sexy como el infierno, y… la he echado de menos. —¿Listo? —pregunta. Me levanto y me quito el sombrero ante Nana. —Siempre es un placer, señora. Su única despedida es un ceño fruncido. Jenny camina hacia su abuela y le besa la mejilla. Entonces, la escucho susurrar—: No dejes que mamá huela ese bourbon en tu aliento. Te mandará a la cama sin cenar. Nana se carcajea y le da un golpecito a la mejilla de Jenn con cariño. Caminamos hacia la camioneta, pero nos detenemos al pie de los escalones del pórtico cuando la mamá de Jenny sale. A pesar de las profundas líneas de risas y preocupación que arrugan la cara de June Monroe, es una mujer guapa, atractivamente robusta, largo cabello rubio con destellos plateados. Me da una sonrisa forzada. —Stanton. Te ves bien. —Gracias, June. Es bueno estar en casa. June no me odia tanto como su madre, pero tampoco diría que le agrado especialmente. A diferencia de Wayne, el papá de Jenn, yo siempre he sido el hijo que nunca tuvo. Pero dudo que cualquiera de los dos esté encantado de tenerme de vuelta, alterando los planes de la gran boda. Ruby también vive todavía con sus padres, cinco niños y contando, así que imagino que los Monroe estarían felices de tener al menos a una de sus hijas casada y fuera de la casa. —Jenny —dice su madre, su tono agudo con advertencia—, tenemos la prueba de vestido esta tarde. No puedes llegar tarde. —No te preocupes, volveré antes de que Presley llegue a casa de la práctica.

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Mantengo abierta la puerta de la camioneta. Cerrándola detrás de Jenn, me subo al asiento del conductor y nos dirigimos al río.

En el camino, repaso en mi mente lo que diré, como lo hago la noche antes de un alegato final. Jenny se sienta en la manta de cuadros, las piernas cruzadas, mientras yo estoy de pie, pensando mejor sobre mis pies, ambos sosteniendo latas abiertas de cerveza. —Podrías haber aparecido con botellas —dice Jenn, entrecerrando los ojos hacia la lata en sus manos. —Estaba nostálgico. Levanta su hombro. —La nostalgia sabe mejor de una botella. Gira su rostro, capturando el sol, y reparo en sus pecas, repartidas por todo el puente de su nariz, a lo largo de sus mejillas, tan pequeñas y pálidas que sólo se pueden ver cuando la luz es correcta. Y se siente como ayer que las estaba contando, aquí, después de un largo chapuzón y una follada incluso más larga, mientras dormía, cubierta con nada más que mi sombra. Alza la mano para tomar un sorbo y el pequeño diamante centellando en su mano izquierda pisotea en mi memoria como un enorme elefante de mierda. Splat. —¿Se te olvidó regresarle el anillo? ¿Luego de decirle que cometiste un error? Sus ojos se contraen. —¿Es así como quieres hacer esto, Stanton? Casi puedo ver las notas de Sofía en su libreta amarilla, diciéndome que trate esto como un caso, y a Jenny como a cualquier otro testigo. Necesito que hable, para saber cómo sucedió esto, y así poder destrozarlo pieza por pieza. —No, no lo es —me ablando con un suspiro—. ¿Por qué no me lo dijiste? Una pequeña sonrisa viene a sus labios. Es sólo un poco triste. — Porque sabía que intentarías convencerme de lo contrario. Acertó completamente, ¿verdad?

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Lame la cerveza de sus labios, y con voz pesarosa dice—: Debí habértelo dicho. Te merecías escucharlo de mí. Mi mamá envió por correo tu invitación porque dijo que yo estaba evitándolo, y tenía razón. —Sus enormes ojos azules se mueven sobre mi rostro antes de encontrar mi mirada—. Lo siento, Stanton. Recojo una piedra, haciéndola rebotar en mi mano. —Disculpa aceptada, siempre y cuando no sigas con esto. Inclina la cabeza, observando mientras juego con la roca. —Escuché que trajiste a alguien contigo. Puedo visualizar la cadena de comunicación que envió ese dato al oído de Jenny en un tiempo récord. La Señorita Bea se lo cuenta a la Señora Macalister que trabaja en la farmacia. La Señora Macalister se lo susurra a la vieja Abigail Wilson cuando le entrega su medicamento para el corazón, porque Abigail es medio ciega y ya no puede conducir. Abigail Wilson llama a su prima Perla, quién justamente es la mejor amiga de, nada más ni nada menos que, June Monroe. Me pregunto si June dejó que Jenny caminara a través de la puerta antes de contarle, o si ella la llamó mientras conducía a casa desde trabajo. —Es una amiga. Jenny se burla. —¿Qué clase de amiga? —Del tipo que me acompaña a casa cuando mi chica me cuenta que va a casarse con alguien más. Con el movimiento de mi brazo, otra piedra salta sobre el agua. —Te dije que eras mía, me dijiste que era tuyo. ¿Quién diablos es este tipo? Ella juega con la arena, recogiéndola y luego dejándola caer entre sus dedos. —Después de la secundaria, JD fue a la Universidad en California. Regresó aquí el año pasado, cuando su padre fue diagnosticado con cáncer. Nos encontramos un día en el hospital y me recordaba. Visitaba a su padre todos los días, y cuando yo me encontraba allí, hablábamos. Después de eso, hablar se convirtió en tomar un café, y luego en cenar después de mi turno. —Hace una pausa, recordando, su voz se vuelve suave—. Al final se puso feo. Cuando su padre falleció, fue muy duro para JD. Yo estaba allí para él. Me… necesitaba. Se sintió bien que alguien me necesitara. Y cuando ya no lo hizo, todavía me quería. Eso… se sintió incluso mejor. —¿Pensaste en mí en absoluto? ¿Mientras estabas ocupada siendo querida? —le disparo. —¿Y tú? ¿Piensas en mí mientras estás ocupado follando en la capital? —me dispara de regreso. —No es así.

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—Por supuesto que es así. Porque piensas que el tiempo se detiene cuando no estás aquí. Me tienes escondida, criando a nuestra hija, simplemente esperando a que vuelvas. —En primer maldito lugar, no estás criando a nuestra hija sola, así que no actúes como si así fuera. En segundo lugar, es lo que acordamos. Hacemos lo que queremos cuando estamos separados, pero esto —señalo entre ambos—, esto era nuestro. Nadie más podía tocarlo. Nadie podía acercarse. Si no funcionaba más para ti, ¡deberías habérmelo dicho! Se levanta. —¡Te lo estoy diciendo ahora! Tengo veintiocho años, Stanton, y todavía vivo con mis padres. —¿De eso es de lo que se trata? Jenny, si quieres una casa, te voy a comprar una. Nunca hemos tenido una orden de manutención formal, porque envío su dinero cada mes sin falta. Si ella necesita algo más allá de eso, cualquier cosa, todo lo que tiene que hacer es preguntar. —JD quiere formar una casa conmigo, una familia, un matrimonio, todas las cosas que tú nunca hiciste. Aprieto los puños, los músculos de mis antebrazos abultándose. Y no puedo decidirme entre besarla o hacerla reaccionar. —Tú y Presley son mi familia. Y quise casarme contigo hace diez años. Te lo dije, aquí, ¡en este maldito lugar! —Querer y hacer son dos cosas diferentes. —¡Me pediste que me fuera!—grito, apuntando hacia ella—. ¡Lo hiciste! Por nosotros, por nuestro futuro, nuestra familia. Entonces aparecen las lágrimas. Aumentando en sus ojos, brillando en sus pestañas como la luz del sol en el agua. —Si amas algo déjalo libre, si vuelve es tuyo. —Sacude la cabeza—. Nunca regresaste. —¡Patrañas! Volví cada vez que pud… —No después de Columbia. Cambiaste. Comenzó a gustarte el trabajo, las mujeres, la ciudad… —¡Me estaba matando, Jenny! Era la escuela de leyes, por el amor de Cristo. Clases, prácticas, no tienes ni puta idea. La libreta amarilla destella en mi cabeza como un letrero de neón. Pelear no es la solución. Habla con ella, no a ella. Tomo unas cuantas respiraciones, calmándome. Entonces me acerco a Jenny, mirándola a los ojos. Y la veo, mi dulce niña, mi mejor amiga. El amor de mi vida. —Mi cabeza estaba allí, tenía que estarlo, pero mi corazón siempre ha estado aquí con ustedes. Nunca las dejó.

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Sorbe su nariz, pero las lágrimas no caen. —¿No te has preguntado alguna vez por qué era tan fácil? —Se supone que amar a alguien tiene que ser fácil. —No me refiero a estar juntos. Me refiero a estar separados. —Me da la espalda, mirando hacia el agua, viéndola correr y romper en la orilla—. Durante todo ese tiempo, todos estos años… estar separados era más fácil de lo que debería haber sido. —Se cruza de brazos, y una sonrisa se filtra en su voz—. Cuando JD sale del trabajo, va a casa y corre por el camino de entrada, porque no puede esperar un segundo más para verme. Él se quemaría por mí. No puede soportar la idea de estar separados, de dejarme, aunque sea por un día. ¿Te has sentido así, Stanton? Hay una terrible y malévola voz en el fondo de mi mente, susurrando que me he sentido de esa manera, una vez. Pero no por ella. La bloqueo y doy un paso hacia Jenny, para que pueda enfrentarme. —Te amo. —Amas a una chica de diecisiete años que ya no existe. —Eso no es cierto. Está justo frente a mí. Jenny inclina la cabeza y me da la más pequeña de las sonrisas. — No soy tan divertida como solía ser. Doy otro paso hacia adelante y tomo su rostro entre mis manos, acariciando su piel. —Te miro y veo mil días de verano. Los mejores momentos de mi vida. La emoción me ahoga y me hace difícil hablar. Los sentimientos por esta mujer me aplastan, y eso me complica respirar. —Te he amado desde que tenía doce años, y te amaré hasta el día que me muera. Su rostro se desmorona y las lágrimas caen. Aprieta mi mano en su rostro, empapándola con sus sollozos, entonces me besa la palma. — También te amo, Stanton. Lo que siento por ti, quién eres, es muy valioso para mí. No te quiero perder. Y creo que lo he logrado. La convencí, gané. Jenny me pertenece y todo está bien en el mundo. Tengo que admitirlo, fue más fácil de lo que había previsto. Sabía que era bueno, pero no que era tan bueno. Hasta que baja la mano, se limpia las mejillas, y me mira a los ojos. —Pero estoy enamorada de JD. Mierda. Sacudo la cabeza. —Sólo te sientes solitaria. Estuve fuera por demasiado tiempo. —No —insiste—. Estoy enamorada de él. Sucedió rápido, pero es fuerte y es real. Tienes que aceptar eso.

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Mis siguientes palabras están fuera de mis labios antes de que tenga tiempo de pensar en ellas. —Voy a volver a casa. Voy a dejar la firma, Jenn. Voy a poner una oficina en el pueblo. Voy a volver. Sus labios se separan, con la voz entrecortada por la sorpresa al escuchar las palabras que nunca esperó. —No se necesitan muchos abogados defensores en Sunshine. —Puedo dedicarme a otra especialidad. Sus ojos se estrechan. —Lo odiarías. Sostengo su mandíbula. —Lo haré, por ti y por Presley. Si eso es lo que necesitan, lo haré. Sus cejas se aprietan juntas, un poco con el corazón roto, un poco con ira. Se aleja de mí, su voz quebrada. —¡No quiero ser el sacrificio que debes hacer! ¡Nunca lo quise! Las dos nos merecemos algo mejor que eso. Y luego se lanza hacia mí, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura, su calor suave alineado con el mío, enterrando su rostro en mi pecho, negándose a alejarse. La sostengo, firme y segura, besando la parte superior de su cabeza, murmurando palabras suaves, y presionando mi nariz en su cabello porque huele muy dulce. Nos quedamos así por un rato, hasta que sus lágrimas se secan del todo. Y sólo se siente… triste. Como los últimos minutos de un funeral. —Me voy a casar con JD el sábado, Stanton. Necesito que lo entiendas. Agarro sus brazos y la inclino hacia atrás, para que ella pueda mirarme a los ojos. —Es un error. Vine aquí por ti. No voy a renunciar a nosotros. Entiende eso. —No sabes… —comienza. Pero luego tengo una idea y la interrumpo con un cómicamente pesado acento de Alabama. —No soy un hombre inteligente, Jen-ney. Pero sé lo que es el amor… Cubre sus oídos, y chilla. —¡No hagas eso! ¡No te vuelvas todo Forrest Gump sobre mí! Sabes que la película me hace llorar, maldito hijo de puta. Me da un puñetazo en el brazo, los dos casi sonriendo. —Sí, lo sé. —Barro su cabello rubio hacia atrás, dejando que el calor de mi mano se filtre a través de su camiseta, frotando mi pulgar a lo largo de la cresta de su clavícula—. ¿Él sabe eso? ¿Él te conoce como yo, Jenn? —Doy un paso más cerca, inclinándome hacia ella—. ¿Sabe cuánto te gustan esos besos largos y húmedos, o cómo lamiendo ese punto detrás de tu…?

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Su mano cubre mi boca. Me mira con diversión paciente, como si fuera un adolescente incorregible. —Eso es suficiente. Él me conoce, algunas cosas incluso mejor que tú. Lo que él no sepa, tendrá un montón de tiempo para averiguarlo. Saco mi lengua, lamiendo círculos en su palma. Ella chilla y se aparta. —Quiero que lo conozcas, Stanton. Es un buen hombre. Te gustará. Cruzo los brazos. —Si está respirando, no hay manera de que vaya a gustarme. Mueve su pulgar hacia mi camión. —Vamos, llévame a casa. Presley terminará de animar pronto. —Vamos a recogerla —sugiero mientras caminamos hacia la camioneta—. Juntos. A ella le gustará. —De acuerdo. Extiendo mi mano para sostener la suya, como he hecho un millón de veces antes, pero se aleja. Frunzo el ceño. Luego vuelvo a atraparla, no dejándola escapar, a propósito entrelazando todos nuestros dedos. Me observa, impasible. —¿Terminaste? Sosteniendo su mirada, traigo lentamente sus nudillos a mis labios. —Cariño, ni siquiera he empezado. Me enfrenta, y luce como si no pudiera decidirse entre reír o llorar, tal vez ambas cosas al mismo tiempo. Sus manos acunan mi mandíbula, su cabeza temblando. —Oh, Stanton, sé que he convertido todo esto en un espectáculo de mierda… pero te extrañé.

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12 Stanton Traducido por Janira Corregido por Dey Kastély

Después de dejar a Jenny en la casa de sus padres, llevo a Presley a la mía. Ella y Sofía parecen caerse bien cuando las presento en mi antigua habitación. Luego, los dos salimos a lanzar el balón. Lanzo en espiral a través del aire, arqueándose a medio camino, luego se detiene en sus manos. Un pase perfecto. Es bueno saber que todavía puedo hacerlo. Pone sus dedos en la costura como le enseñé cuando fue lo suficiente mayor para sostener un balón y lo lanza de vuelta. Sin duda tiene el brazo de su papá. No es que quiera que vaya con el equipo de fútbol ni nada, pero creo que hay ciertas habilidades que una chica debería aprender, aunque sólo sea para que no se impresionen cuando algún hijo de puta arrogante llegue tratando de presumir. Cómo cambiar una llanta, lanzar un balón, montar a caballo, conducir un auto de transmisión manual; cómo cambiar el aceite de un auto es muy importante. Además, las atrapadas nos dan tiempo para hablar. Para reconectarnos cuando he estado lejos por meses seguidos. Siempre he imaginado que tener estas charlas cuando fuera adolescente, sobre beber, fumar, enrollarse, serían menos incomodas si hay un balón entre nosotros. —Así que… ¿Qué piensas sobre este asunto de la boda? Se ríe mientras atrapa el balón. —¿Te sorprendiste? Iba a decirte todo la semana pasada, pero mamá me digo que esperara, dijo que estarías muy sorprendido. Fuerzo una sonrisa. —Oh, me sorprendí, definitivamente. —¡Voy a ser la niña de las flores! —Prácticamente salta—. Mi vestido es de satén azul y me siento como una princesa con él. ¡Y la abuela me

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consiguió unos zapatos azules a juego. ¡Mamá dijo que me puedo hacer un peinado y usar brillo labial! Su entusiasmo suelta mis labios en una sonrisa más genuina. —Eso es bueno, bebé. El siguiente pase de Presley se desvía, y corro para agárralo mientras rebota en el césped. —¿Y este chico JD… te gusta? Mi hija asiente. —Sí, es realmente agradable. Hace que mamá ría. ¿Qué ría? Me pregunto si jodidamente se reirá cuando le quite a él la cabeza de los hombros. —¿Cómo… eh… cómo lo vas a llamar… si él y tu mamá se casan? Sostiene el balón, sus pequeños rasgos fruncidos en reflexión. — Bueno, lo llamaré JD, por supuesto. Ese es su nombre, tonto. Mi aliento sale en una rápida ráfaga de alivio, sonando como una risa profunda. Atrapo el pase de Presley, luego pregunto—: ¿Pero te encuentras segura que te agrada? Me mira por un momento. Pensando. —¿No quieres que me guste, papi? Momentos como este nunca dejan de sorprenderme. Todas las cosas que no decimos delante de los niños para preservar su inocencia, las palabras que deletreamos, las acciones que escondemos para que no copien nuestros malos hábitos. Como la manera en que mi padre solía fumar detrás del granero, fuera de nuestra vista. Pero aun podíamos oler el cigarro. Ellos no escuchan lo que decimos, miran cómo lo decimos, captando el trasfondo de las emociones como un sexto sentido. Y simplemente lo saben. No quiero compartir el cariño de mi hija con otro hombre. Pero tampoco quiero partirla por la mitad, haciéndola escoger entre las dos personas que más ama en el mundo. No es su trabajo proteger mis sentimientos o los de su madre. Es nuestro trabajo proteger los suyos. Me odio un poco por el hecho de que sintió la necesidad de preguntar. Camino hacia ella y me arrodillo, así nos miramos a los ojos. — Quiero que sean felices, tu mamá y tú. Y quiero que me digas si alguna vez llega el día que no lo seas. Pero no quiero que sientas que él no te puede agradar, o alguien más, debido a mí. ¿Tiene sentido eso? —¿Te pondrás triste cuando mamá y JD se casen?

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¿Cómo demonios se supone que responda a eso? Bueno, cariño, me encuentro aquí para asegurarme que eso nunca suceda. Volteo mi gorro y desvío la conversación. —¿Lo estarás tú? Su sonrisa es tímida, como si estuviera a punto de revelar un secreto. —Cuando era pequeña… —¿Cuándo fue eso? —La molesto—. ¿El año pasado? Empuja mi hombro juguetonamente. —Nooo… cuando era pequeña… como de cinco o seis. Solía pedirle deseos a las estrellas antes de ir a la cama. Después que mamá me arropaba, treparía y miraría por la ventana… y desearía que vinieras a casa. Un nudo se tuerce en mi pecho, fuerte y apretado, hasta que apenas puedo respirar. —O que nos llevarías a mamá y mí a DC contigo y que nos quedaríamos allí… para siempre. Jenny y yo somos buenos padres, no lo dudo… pero es difícil escuchar que has decepcionado a tu hija. Saber que deseaba algo fervientemente y que dárselo, en realidad, se hallaba en tu poder… pero simplemente no lo hiciste. —No sabía que deseabas eso, Presley. —Aparto la mirada y saco la brizna del césped—. ¿Lo sigues deseando? —No. —Suspira pensativamente—. Eres feliz allí. Tienes tu oficina y la Casa Blanca… y a Jake. Y mamá es feliz aquí. Y ahora tiene a JD para hacerle compañía. Genial, mamá tiene a JD y yo a Jake, el maldito gruñón. ¿Qué hay de malo con esta imagen? Luego, me anima incluso más. —Además, de esta manera tengo dos navidades, ¿quién en su sano juicio se pondría molesto por eso? Río abiertamente. Y la jalo a mis brazos. —Te amo, bebé. Envuelve los brazos alrededor de mis hombros y me aprieta con todas sus fuerzas. —También te amo.

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13 Sofía Traducido por Marie.Ang Corregido por Dey Kastély

Presley Shaw era todo lo que imaginé, desde el sonido de su voz hasta las fotografías que llenan el departamento de Stanton. Vivaz, dulce, con un brillo travieso en sus ojos que me recuerda a su padre. Continué trabajando después de que Stanton apareció para decirme que la llevaría de regreso con los padres de Jenny. Todavía redactaba un informe cuando la luz del sol afuera se desvaneció y la bola de fuego naranja en el cielo se deslizó más hacia abajo en el horizonte. Aparté mi computadora portátil sólo cuando la señora Shaw vino a recogerme para la cena. La mesa estaba puesta, con Marshall, Mary, y el señor Carter Shaw, el papá de Stanton, ya ubicados; parece que las cenas familiares son una cosa constante, con un tiempo establecido con regularidad. El señor Shaw es un hombre alto y corpulento con un apuesto rostro curtido y una disposición estoica. El tipo fuerte y silencioso. Es mayor que su esposa por cerca de diez años, suponía, pero había una ternura en la forma en que la mira y una devoción en la voz de ella que me dice que el suyo es un matrimonio feliz. Yo era el centro de atención, respondiendo preguntas sobre mi familia, sobre crecer en Chicago, y deleitándolos con historias de diabluras judiciales de DC. Entre bocados de la deliciosa carne asada y patatas, me contaron historias sobre Stanton: el esplendor del futbol en la preparatoria, una broma adolescente que casi quemó la casa, y cómo se rompió la pierna cuando tenía cinco años y saltó del tejado porque estaba seguro de que su ropa interior de Superman le daría el poder de volar. Un lugar en la mesa se hallaba instalado para Stanton, pero su silla permaneció vacía. Después de la cena, de vuelta a su cuarto, llamo a Brent para saber cómo está. Aparentemente, Sherman se ha acostumbrado a su nuevo nivel de vida, y podría no querer regresar conmigo. Jamás.

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Después de una ducha, me pongo un camisón color chocolate, seco mi cabello y abro la ventana antes de acostarme en la cama, sobre las mantas. Es una noche fría y el aire fresco se siente bien en mi piel. Mis ojos se hacen más pesados mientras miro la ventana. Esperando ver los faros, el regreso de cierta camioneta negra. No, no sólo esperando. Es mucho peor que eso. Ansiando.

Ding. —¡Mierda! Bang. —¡Maldición! Smack. —¡Hijo de puta! Agarro la lámpara junto a la cama y escudo mis ojos cuando la luz explota en la habitación. Stanton está justo dentro de la puerta, apoyado en sus manos y rodillas. Me mira, desconcertado. —El piso me derribó. Voy hacia él, ayudándolo a ponerse de pie, pero su peso nos hace tambalear hacia la cama. Con mi rostro presionado contra su clavícula, huelo la tierra y la fogata, debajo del aroma más fuerte y abrumador del alcohol. No desagradable, pero posiblemente lo suficientemente fuerte para hacerme emborrachar en los vahos por sí solos. —Es bueno que no tengo ninguna vela encendida, sino estallarías en llamas. Stanton se ríe mientras consigo dejarlo al borde de la cama, sus pies apoyados al piso en busca de estabilidad. Su sombrero está adorablemente torcido, y sus ojos desviados y sin enfocar me miran a través de esas pestañas oscuras, a la deriva por mi rostro. —Vaya. Eres bonita. Oh, Dios. No puedo evitar sonreír a su menos que cortés entrega. —Siento haberte dejado sola por tanto tiempo, Soph.

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Doy un paso atrás, sacudiendo la cabeza para restarle importancia. —Está bien. Por eso estamos aquí, ¿cierto? —Pero hay una leve agitación de irritación cuando me doy cuenta—. ¿Condujiste así? Simplemente se encoje de hombros. —Mi camioneta conoce el camino. —Eso fue estúpido, Stanton. —Trago con fuerza—. ¿Estuviste… con Jenny todo este tiempo? Sus labios vibran mientras exhala una respiración. —Nah, Jenn y su mamá, Presley, y su hermana fue a conseguir que arreglaran su vestido. Wayne, el padre de Jenny, me llevó de regreso a su caseta de caza, para mostrarme el ciervo que consiguió la temporada pasada, montado en la pared. Empezamos a beber, hablar… mayormente beber. Una cruda emoción me golpea directo al pecho, como una bola demoledora de Miley Cyrus. Y estoy momentáneamente sin palabras cuando reconozco lo que viene. Alivio. Un alivio desgarrador, como la sensación de un bálsamo fresco esparciéndose por una quemada punzante. Empieza en mi pecho y se extiende hacia mis brazos, baja por mis piernas, haciendo que las puntas de mis dedos y pies hormigueen. Santas pelotas. No me di cuenta de lo tensos que se hallaban mis músculos, lo mucho que odiaba la idea de que Stanton hubiera pasado aquellas horas con Jenny, hasta que me dijo que no lo hizo. ¿Qué diablos está mal conmigo? Cuando miro el rostro de Stanton, mi inapropiada emoción se disipa. Porque se ve destrozado. Sus hombros están pesados, sus ojos bajos, sus labios con una mueca triste. —Creo que de verdad se acabó —susurra—. Me alejé demasiado tiempo y… la he perdido. —Su voz se eleva—. ¡Todo el mundo está tan malditamente bien con ello! Wayne, Jenn, Presley, incluso mi propia madre; todos piensan que la idea de que ella se case es fantástica. ¿Yo era el único que pensaba que estábamos en esto por el largo recorrido? Yo era un partido, ¿sabes? De por vida. —Lo siento —murmuro, dando un paso entre sus piernas, abrazándolo. Su cabeza descansa contra mi esternón, su respiración cálida contra mi pecho. Esas manos fuertes y suaves aprietan mi cintura, luego la rodean, dejándolas en mi espalda baja. Pongo su sombrero en la cama junto a él, pasando mis dedos a través de su cabello consoladoramente. Su voz es suave, apenas audible, perdida en la tela de mi camisón, y mis pezones se ponen tirantes cuando agrega—: Estoy tan jodidamente contento de que estés aquí, Sofía.

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Una de las ventajas de ser cercana con un montón de chicos es saber cómo piensan, entender el significado subyacente de las palabras que dicen. Ruedo los ojos. —Por supuesto que estás contento de que esté aquí. Has sido figurativamente pateado en las bolas. Tienes el ego herido. Y después de que un hombre está golpeado y lastimado, nada calma ese ego herido más rápido que trepar encima de una nueva, cálida y bienvenida cabina. Levanta la cabeza de mi pecho y me mira fijamente, luciendo adorables ojos medio dormidos, sin embargo, sinceros. —No es solamente eso. No sólo me alegra que alguien esté aquí, sino que tú estés aquí. Lentamente, las manos de Stanton bajan, acunando mi culo, exprimiendo un gemido amortiguado de mis pulmones. —Por supuesto, si quieres besar mi magullado… ego… y mejorarlo, estoy abierto también a eso. Pestañea y me río. Su grueso cabello es suave contra mis palmas cuando continúo empujando mis dedos a través de él, pensando. Sopesando mis opciones. Lo quiero. Siempre lo quiero. ¿Por qué no debería tenerlo? Pensé que mantener las cosas platónicas mientras estuviera aquí ayudaría a mantener las cosas sinceras. Separadas. Pero ahora, mirando ese apuesto rostro, esos labios llenos y sonrientes… ¿por qué no debería disfrutarlo mientras lo tengo? No es como si fuera la otra mujer; Jenny lo rechazó. Sus manos rozan y amasan, buscando con los dedos, conociendo mi cuerpo tan bien. El ritmo que me gusta, el toque secreto que me hace tensarme, jadear y querer. ¿Por qué no debería cosechar los beneficios de lo que ella desperdició tan estúpidamente? Solamente es sexo. Una liberación física increíble y caliente. Intento no pensar en una razón por la que debería decir que no. Y no se me ocurre ninguna. Recojo su sombrero de la cama, colocándomelo en la cabeza. Arre, vaquera. Él sonríe. Y mis rodillas se debilitan. —Mi sombrero luce bien en ti —dice con voz cansina. Miro su boca, entonces la sonrisa traviesa. —¿Sabes qué más luce bien en mí?

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—¿Qué? Me inclino, lo suficientemente cerca para saborearlo. —Tú. Empieza a reírse, pero la risita se convierte en un gemido cuando lo beso. Un beso con lengua y succión de labios que dice que voy en serio. Las manos de Stanton se suben, enterrándose en mi cabello, acariciando mi rostro, las puntas de sus dedos rozando mi cuello. Me jala más cerca, moviendo su boca por la mía. También va en serio. Una tierna electricidad surge entre nosotros, un cariño nuevo y crudo nos junta. Es cálido y familiar, salvaje y excitante al mismo tiempo, y quiero hundirme en él. No puedo acercarme lo suficiente; necesito el contacto de su piel más de lo que mis pulmones necesitan el aire por el que gritan. Aparto mi boca y levanto su camisa. Tan pronto como la quito, él está tirando el tirante de mi camisón, rozando mi hombro con los dientes, succionando la carne de mi clavícula, mi cuello, lo suficiente duro para hacer daño. Esparzo besos por su pecho bronceado, pasando las manos por cada cresta esculpida, amando cómo su estómago se tensa bajo mi tacto a medida que bajo más. Mi lengua rinde homenaje a la dura protuberancia de su pezón todo el camino, rodando y dando golpecitos, haciendo sisear a Stanton. Me pongo de rodillas y levanto la mirada hacia él mientras desabrocho sus pantalones. Me observa con párpados pesados y bajos, sacando de golpe el sombrero de mi cabeza, acariciando mi cabello, sonriendo como si tuviera un secreto. Hay una alegría traviesa, una jodida y sucia emoción de estar de rodillas frente a él, cuando tira mi cabello y pronuncia las palabras más indecentes. Porque Stanton sabe exactamente lo que está haciendo, sabe lo que necesito. Le doy mi cuerpo, mi súplica, y él me da placer sin medida en recompensa. No depende de mis indicaciones. No tengo que preocuparme por instruir; él me llevará ahí gloriosamente y todo por su cuenta. Pero no estoy indefensa, incluso de rodillas. Doy, él toma; pero necesita que yo dé. Está desesperado porque yo dé; está ahí en la súplica de sus ojos, el empuje asertivo de su mano, y en la orden susurrada de que me apresure. Somos el balance perfecto de pasión, una mezcla intoxicantemente igualada de deseo y satisfacción. Le quito los pantalones y los dejo a un lado. La polla de Stanton sobresale hacia arriba, gruesa y lista, exigiendo toda mi atención, esperando ser manejada. Su pene es digno de contemplar; de un impactante contorno, venas masculinas, potente longitud que merece ser emulada, esculpida y venerada como una preciosa pieza de arte.

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Lo tomo en mi mano, con un agarre firme, acariciando lentamente desde la base hasta la punta. —Mierda, cariño —gime. Por un horrible momento, me pregunto si está imaginando que es el puño de ella y su cabeza rubia inclinada a sus pies. Pero entonces, lo lamo, de arriba abajo, saturándolo de húmedo deseo a lo largo de su longitud… y es mi nombre el que sale en un gemido de sus labios. —Sofía… Calor líquido cubre mi cuerpo ante el sonido de su voz, la humedad se reúne entre mis piernas, estimulándome. Enloqueciéndome al darle este placer, hacerlo retorcer, tragar sus gemidos, tragarlo a él. Haciéndolo olvidar por qué vinimos, dejándolo obsesionado solo con quién lo hace venirse. —Me encanta lo duro que estás —respiro contra él, haciéndolo retorcerse en mi mano—. Me encanta cómo sabes. —Pongo los labios alrededor de la cabeza, protuberante y caliente. La chupo, rodeándola con mi lengua. Entonces, desciendo tomándolo todo, de la forma en que sé que le encanta. Relajo mi garganta, dejándolo entrar, respirando a través del impulso de vomitar y trago, sabiendo que por reflejo los músculos se contraerán alrededor de él. Sus caderas se levantan, buscando ir más profundo, más húmedo calor abrasante. Entonces, me retiro lentamente, chupando fuerte, arrastrando mis labios y lengua en el camino. Bajo de nuevo, acelerando el ritmo, añadiendo el roce más delicado de dientes. Su pecho se eleva y cae rápidamente, jadeando y gruñendo. Su puño se tensa en mi cabello, tirando lo suficientemente duro para provocar un poco de dolor. Y es gratificante, alentador, porque sé que estoy llevándolo al borde de su control. ¡Sí, Stanton! Quiero que me empuje, me empuje, que jodidamente me use, tanto que sea solo en mí en quien piense. Sea yo a quien quiera. Mi cabeza bombea más rápido. Acuno sus pesadas bolas en mi mano caliente y las masajeo, tiro, y luego acaricio suavemente. —Oh, carajo… más profundo… Sofía… mierda… eso es, nena. Su polla se endurece aun más, una vara resbaladiza y sedosa llena mi boca codiciosa. Envuelvo los dedos alrededor de él, cerca de la base y tiro hacia arriba y abajo en armonía con mi boca. Entonces, su mano en mi cabeza jala, manteniéndome quieta, mientras su polla se desliza adentro y fuera de mi boca, con la voluntad de sus caderas empujando. — Carajo… me vengo… me vengo en tu perfecta boca… joder…

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Siento que la carne se expande, crece, y un segundo caliente más tarde, chorros salados surgen en mi lengua, llenando mi boca. Trago cada pedazo que él me da, apreciativamente. Porque me encanta poder hacerle esto. Me encanta darle esto. Stanton traga aire cuando pasa los dedos por mi cabello suavemente ahora, dulcemente. Cuando se pone flácido en mi boca, lo libero e inmediatamente me encuentro siendo tirada hacia arriba, presionada contra él. Me sostiene mientras nos tumbamos en la cama. Besa mi frente, mis ojos se hallan cerrados. Luego, su mano se desliza por mi pierna, a medida que su cuerpo se desliza hacia abajo, su respiración un cosquilleo arañando mi estómago. Se ubica entre mis piernas abiertas, acuna mi trasero, levantándome mientras que baja la boca. El aire se escapa de mis pulmones ante la sensación, el primer toque de sus labios envolviéndome. Arqueo la espalda, agarra mis caderas, manteniéndome quieta para el ataque violento de su lengua. Su lengua lame y sondea, frota contra el tenso y desesperado manojo de nervios entre mis piernas, trayendo un húmedo y delicioso calor que se roba mis pensamientos y me deja sin palabras. Bajo la mirada para observarlo, y la vista hace que mis manos se tensen en las sábanas, que mis muslos tiemblen. Sus ojos están cerrados en concentración, su rostro dichoso, su boca zumba en silenciosa apreciación mientras su cabeza gira. Y lo siento construirse: la presión, las chispas del erótico placer pinchan profundo dentro de mí, construyendo, yendo a la cima, acercándose. —Oh, Dios, Stanton. Oh, Dios… Libera mis caderas de su agarre y mi pelvis gira sin pena contra él, queriéndolo más profundo, más duro, más caliente. Desliza dos dedos en mi tensa carne a medida que su lengua hace firmes e implacables círculos contra mi clítoris. Cada músculo de mi cuerpo se pone rígido en anticipación y por unos hermosos segundos estoy suspendida, colgando sin peso en ese sensual precipicio. Y entonces, con un gemido largo y agudo, me rompo. Mis hombros se sacuden con la fuerza de mi orgasmo, mi coño pulsa alrededor de los dedos de Stanton, mientras que un regocijo carnal destruye cada nervio en mi cuerpo. Sigue y sigue, espasmos de placer que fuerzan jadeantes quejidos de mis pulmones. Después de que las intensas sensaciones se enfrían a suaves brasas, abro los ojos. Puntos brillantes de luz chispean en los bordes exteriores de mi visión, y en el centro se encuentra el rostro de Stanton, observándome con tierna satisfacción. Siento su mano sostener mi mandíbula, y cuando me besa lentamente, saboreo una agradable combinación de agrio alcohol y mi propia dulzura en sus labios.

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Agotada y con la sensaci贸n de no tener huesos, gateamos por las mantas, apoyamos las cabezas en las almohadas y con las respiraciones entremezcladas, cerramos los ojos para descansar del mundo.

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14 Stanton Traducido por Marie.Ang Corregido por Dey Kastély

Hay una recopilación de estudio científico sobre el sueño; los beneficios, los efectos colaterales, cómo es mejor quedarse dormido, cuántas horas, qué posición, qué tipo de cama, qué tipo de almohada, la temperatura óptima del cuarto. Los investigadores concuerdan que es mejor despertar de forma natural, cuando tu cuerpo te dice que ha tenido suficiente. Si trabajas para ganarte la vida, eso probablemente no es posible. Lo segundo mejor es ser despertado gradualmente, lo que es por qué hay relojes con olas, música clásica y campanas tibetanas de alarmas. Pero cual sea el jodido sonido, suave siempre es mejor. Esta no es una teoría a la que mi madre se haya suscrito. Ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding... Sofía sale disparada, con el cabello volando y balanceando los brazos. —¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Dónde…? ¿Estamos bajo ataque? Ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding... Apenas reúno las energías para gemir—: Es un triángulo. —La llamada favorita de mi madre para despertar—. Como bajo ataque… se puede decir. Mierda. Siento mi frente, me paso la mano por mi cabello, buscando la picota que obviamente se está alzando de mi jodida cabeza, dividiéndola en dos. Ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding...

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—Se está haciendo más fuerte… —Sofía lloriquea antes de envolver la almohada alrededor de su cara como un taco—. ¿Por qué se está haciendo más fuerte? Busco a trompicones mi teléfono en la mesita de noche y compruebo la hora. Jodido infierno. —Se está haciendo más fuerte porque es domingo. —Mi propio susurro hace chirriar mis oídos—. Y porque estamos en Mississippi. Deja caer la mitad de la almohada, levanta la cabeza y me mira a través de un ojo. —¿Y se supone que eso significa algo? —Sí. Significa que iremos a la iglesia. Planta su rostro justo de regreso a la almohada. Y sé cómo se siente.

135 No es que todas las iglesias bautistas sureñas sean iguales. Están las contemporáneas; con sus edificios modernos y a veces “mega” gigantes anfiteatros, rock cristiano, sistemas de sonido avanzado, y congregados que agitan los brazos diciendo amén, que a veces se cuentan en miles. Luego, están las tradicionales; como la Primera Iglesia Bautista del Sur de Sunshine, Mississippi, construida antes de la Guerra Civil, sin aire acondicionado o calor, bancas de madera, tranquilos congregados cuyos culos están en los asientos cada semana, con la cosa más cercana a un sistema de sonido siendo el que toca el órgano, la señorita Bea, mi antigua maestra de noveno grado. Nos sentamos en la banca en la mitad de atrás de la habitación, flanqueados por mis padres, mi hermana Mary, escribiendo tan rápido como puede antes de que mi madre la vea, y Marshall, que se está quedando dormido. Sofía causó el revuelo suficiente cuando entramos primero. No porque no vistiera adecuadamente para la iglesia, sino porque es un rostro nuevo, un jodido hermoso rostro, con su cabello oscuro en un moño alto, su vestido de un intenso púrpura que resalta sus ojos color avellana, y sandalias de tiras que me hacen pensar en atarla a una linda y cómoda cama.


Estará protagonizando las fantasías dignas de una masturbación de cada chico adolescente en este lugar, y varios de sus padres. Justo antes de que el servicio comience, noto la parte trasera de las cabezas de Jenny y Presley unas filas en frente… y al hombre de cabello oscuro sentado junto a ellos. Mía. Quiero gritar, escribirlo en la pared, tatuarlo en la frente de Jenny con letras mayúsculas. Él se inclina, susurrando, y Jenny se cubre la boca, jodidamente soltando risitas. Aprieto los dientes y exhalo como un dragón que escupe fuego, listo para lanzarme a través de la habitación, alzarlos y convertir el culo de él en jodido hollín. Probablemente sintiendo mi mirada, Presley se da la vuelta y me da una sonrisa que involucra más de la mitad de su rostro. Le lanzo un beso en respuesta. Treinta segundos después, está viniendo, luego de conseguir el permiso de Jenn. Se sienta entre nosotros, susurrando felizmente con Sofía, la distracción perfecta del hombre que tengo muchas ganas de golpear. Cuando el Pastor Thompson empieza el servicio, escucho a mi hija informar a Sofía—: Ese es el Pastor Thompson, tiene ciento veinte años. Me río entre dientes. —Tiene noventa y dos. —Se ve bien para noventa y dos —dice Sofía, asintiendo. El Pastor Thompson ha sido mi predicador toda la vida, todas las vidas de casi todas las personas en esta iglesia. Conoce nuestros nombres, nuestros cumpleaños, ha estado ahí para consolar en aquellos días terribles y desgarradores y nos lleva a regocijarnos en los increíbles. Y por primera vez en un largo tiempo, la idea de ser conocido tan bien por tantos no me molesta. Se siente… agradable, el saber que nunca tendré que explicarme. Decir de donde soy, en donde he estado, hacia dónde voy; simplemente no es necesario. Soy uno de ellos. Y todos lo saben. Lo cual es por qué cuando el predicador empieza su sermón, mira alrededor de la iglesia —y el viejo bastardo guiña directo hacia mí— entonces, abre su biblia y cuenta la historia del Hijo Pródigo.

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Afuera de la iglesia, diviso a Jenny y al hombre de cabello oscuro a través del césped. Con una mejor visión, soy capaz de ver que es unos centímetros más bajo que yo, más delgado, pero aun así en forma. Tiene una apariencia promedio con una nariz recta, cejas espesas, labios hinchados como una chica. Y tiene ese hoyuelo en la barbilla como John Travolta. Una barbilla como un culo. Desde este momento en adelante, siempre pensaré en él como Cara de Culo. —¿Es ese? —susurra Sofía, dirigiendo su mirada hacia la misma dirección que la mía. —Ese es —gruño. Como un perro que divisa su hueso favorito en las fauces de otro canino. —Vaya —exclama suavemente—. ¡Es hermoso! Podría ser modelo para Calvin Klein o Armani. Frunciendo el ceño, me giro hacia ella. —¿Por qué me dirías eso? Me regresa la mirada, sonriendo. —¿Quieres que mienta? —Sí. Así es. Le da a Cara de Culo otro vistazo. Entonces, se cubre los ojos. — ¡Dios mío, es horrible! No puedo soportar mirarlo. Da un paso al lado, Quasimodo, Jimmy Dean está en la casa. Suspiro. —¿Sofía? —¿Sí, Stanton? —dice con dulzura. Me inclino, de modo que mis labios están justo a un paso de su oído. —Miente mejor. Cuando la feliz pareja se dirige en nuestra dirección, giro mi rostro hacia ellos, preguntándole a Sofía por la comisura de mi boca—: ¿Cómo debería hacer esto? ¿Asustarlo con amenazas, o sólo ir directo a lo de patear traseros? Por favor, que elija patear traseros. —Debes ser educado. Encantador, muéstrale que eres el hombre más grande. La codeo. —Más grande es mejor, y su jodido apodo era Salchicha, así que se ve como si hubiera conseguido el monopolio en lo de más grande. Eso consigue una pequeña risita de su parte. —Debes hacerte su amigo, tan rápido como puedas. Salir a beber o a cazar, matar algo juntos. Mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos aún más.

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No por primera vez me felicito por la sabiduría de traer a Sofía conmigo. Tener una línea directa de contacto con un cerebro de mujer es el mejor tipo de recurso. Sin ella aquí, simplemente habría golpeado al hijo de puta, lo que aparentemente habría cabreado a Jenny en vez de impresionarla. Podría haberla enviado corriendo a Las Vegas a casarse con Cara de Culo. Doy una mirada rápida en dirección a Sofía y pretendo decir cada palabra cuando le digo—: No sé lo que haría sin ti. Me da una mirada graciosa, juntando las cejas. Pero entonces, ellos llegan frente a nosotros. Me encuentro de pie al lado opuesto de Jenny, mirando de soslayo a Salchicha. Él me tiende la mano. —Ha sido un largo tiempo, Stanton. Es bueno verte. Leo sus ojos, su expresión, sin estar seguro de si está siendo honesto. Pero todo lo que veo es una sonrisa amistosa y espontáneos ojos marrón oscuro. Y me doy cuenta de algo: Jenny jodidamente no le dijo. No le contó sobre nuestra visita de ayer al río, o cómo descubrí su existencia en la vida de ella. Sacudo su mano. Con fuerza. —JD. Hace una mueca, y el hombre de las cavernas dentro de mí sonríe con dientes podridos. Entonces, pone el brazo alrededor de Jenn. —Estamos contentos de que pudieras venir a casa para la boda, no habría sido lo mismo sin ti. Mis ojos encuentran la mirada nerviosa de Jenny y sonrío; solo un poco entre dientes. —Puedes decir eso de nuevo, definitivamente no será lo mismo. Presento a Sofía, y la sonrisa de Jenny es delgada. Mentalmente se rodean la una a la otra, como lo hacen las mujeres y los gatos, preguntándose si va a necesitar las garras en algún momento. —Haremos una barbacoa en casa de los Monroe esta tarde. Vienen, ¿cierto? —pregunta JD. Jenny abre la boca, pero antes de que pueda decir algo, respondo—: No nos lo perderíamos. Llevaré mi salsa especial. Siempre te encantó mi salsa, ¿recuerdas, Jenny? No podías tener suficiente. Me da una mirada malvada. Guiño.

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—Mamá. —Presley salta, tomando mi mano—. ¿Puedo regresar a casa de la abuela y el abuelo Shaw con papá y la señorita Sofía? Jenny sonríe con suavidad. —Por supuesto. Pero no ensucies el vestido. —Con un suspiro, me contempla—. Entonces, nos vemos más tarde. —Cuenta con ello.

De regreso en casa de mis padres, me encuentro en la cocina, tratando de tomar la mayor parte de mi tiempo —mezclando Worcestershire, vinagre y azúcar morena— aunque la melaza sería mejor. La salsa de barbacoa es importante para un hombre sureño; es una cosa de orgullo. La mía tiene una reputación legendaria y no quiero decepcionar a los fans. Veo por la ventana que Presley lleva a Sofía cerca de donde están encerrados los perros de pastoreo, parloteando. —Ese es Bo, ese es Rose; oh, y este es Lucky. Fue pisado por un caballo cuando era un cachorro. Le aplastaron la mitad de su cabecita, ¿ves la mella? Levanto la mirada y veo a Sofía acariciando el pelaje dorado del perro, luego frunciendo esos labios color rubí y lanzándole besos al perro. Ese es ciertamente un suertudo. —El abuelo pensó que deberíamos ponerlo a dormir, pero papi dijo que le diera una oportunidad, se veía como uno resistente. Y se recuperó. Quince minutos más tarde, tengo cacerolas burbujeando en la estufa como un experimento de química. Sofía entra mientras Presley se queda en los columpios. Observa cómo mezclo los ingredientes en una lata rectangular. —Pensé que dijiste que no podías cocinar. Señalo las cacerolas y ollas. —¿Esto? Esto no es cocinar. Es asar. Totalmente diferente. Sonríe. Y da un paso más cerca. —Encantando para bajar las bragas del jurado, salvando cachorritos lastimados y ahora, asando. ¿Hay algo que no puedas hacer bien? Sonrío, mirando esos ojos. Y soy poseído por la repentina urgencia de besarla. Concienzudamente.

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Pero lo descarto; besar en la cocina no es lo que hacemos Sofía y yo. En su lugar, confirmo su pregunta sobre mis ilimitados talentos. —No. —¿Por qué nunca asas en DC? —No lo sé, supongo que no hay tiempo. Y olvidaba cuán divertido es. —Revuelvo la lata un par de veces más, entonces saco un poco con la cuchara. Sofía mira mi boca cuando la soplo. —Prueba esto. Su suave lengua rosada se aventura a salir primero, mostrándose dubitativa, seguida por sus labios que envuelven la cabeza de la cuchara. Cuando gime, Cristo, va directo a mi pene; lo que me hace pensar en otros gemidos y otras cabezas. —Mmm… felizmente lamería esa salsa de cualquier cosa en que la pongas. Palabras peligrosas. Agarro el mostrador para detenerme de recostar su espalda en él. Quizás besar en la cocina es algo que deberíamos empezar a hacer. —Esa no sería una buena idea —le digo—. Hay pimientos picantes machacados. Podría hacer arder la piel. Sonriendo como una diablilla, me regresa la cuchara. —Entonces, supongo que me quedaré con la salsa de chocolate. —Se da la vuelta y sale, meneando las caderas. Hmm… un poco de ardor podría absolutamente valer la pena.

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15 Stanton Traducido por Miry GPE Corregido por Mel Cipriano

Para el momento en que llegamos a lo de los Monroe, la mitad de la ciudad ya se encuentra ahí. Después de la Iglesia todo el mundo siempre va a casa de alguien, llevando comida y preparándose para una tarde de barbacoa, bebida y conversación. Por todo el patio, hay grupos de gente hablando y riendo, grupos de niños corriendo y gritando. Presley se une a una manada tan pronto como entramos allí. Nana observa todo el asunto desde su lugar en el pórtico, como una gárgola vigilante y armada. Un típico domingo. Le paso mi bandeja de salsa a June, quien se la lleva a su marido, ubicado junto la parrilla de carne, rodeado de fragante humo, tan espeso que podría ser Alice Cooper en concierto. Ruby, la hermana de Jenny, me trae una cerveza y me da un abrazo. Como la casa de sus padres, los años pasan, pero Ruby permanece igual. El mismo cabello rojo llameante, la misma risa salvaje, y el mismo novio pedazo de mierda con barba descuidada, sólo que con un nombre diferente. El de este es Duke o Dick 6, en realidad no importa, ninguno de ellos se queda mucho tiempo, y eso realmente es lo mejor. Le presento a Sofía, y enseguida puedo decir que a Ruby no le gusta, por el simple hecho de que está aquí conmigo. A pesar de que toda la ciudad parece jodidamente emocionada por la boda, Ruby obviamente piensa que hay una posibilidad de que Jenn pueda cambiar de opinión. Así que no será amistosa con una mujer a la que ve como una potencial competencia para su hermana. Observo a mi alrededor buscando a Jenny, pero no la veo. Mientras caminamos para conseguirle una bebida a Sofía, la presento cada vez que nos detenemos, lo cual es seguido. Ahí se encuentra la bronceada piel de la rubia señora Mosely. Fui a la escuela con sus hijas, 6

Juego de palabras. Dick significa polla.

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pero todos los chicos estaban interesados en su madre. Ellos solían pelear para ver quien se ofrecería primero para cortar el césped, sólo por la oportunidad de verla tomar el sol en el patio en bikini. Luego está Gabe Swanson, el historiador de la ciudad y dueño de la librería, uno de los hombres más agradables y más condenadamente aburridos que he conocido. Después de servirle a Sofía una poción de menta en la mesa de bebidas con mantel a cuadros, nos giramos y vemos el rostro sonriente del Pastor Thompson acercándose. —Es bueno verte, Stanton. —Igualmente, Pastor. —Tomo un trago de mi cerveza—. Un buen servicio el de hoy. —Pensé que te gustaría. —Golpea ligeramente mi brazo con una mano temblorosa—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que estuviste en casa? Me rasco la nuca, tratando de recordar. Hasta que una voz melosa, que reconocería en cualquier parte, me lo recuerda. —Catorce meses, doce días. Me giro a mi derecha, y Jenny se encuentra ahí, ahora con un vestido blanco de escote tipo ojal, el cabello recogido con una cinta amarilla, luciendo como un ángel... Y el cuerpo de un demonio debajo. Mi tipo favorito. Cara de trasero también está ahí. Desafortunadamente. —Eso no puede ser cierto —corrijo—. Pasé Navidad con Presley. La sonrisa de Jenny es calmadamente resentida, una sonrisa de “te lo dije”. —Porque le compraste un billete de avión y ella voló a pasar Navidad contigo. Dijiste que no podías venir a casa. De nuevo. Me sorprendo cuando comprendo que tiene razón, ha pasado mucho tiempo. Hablando con Jenny prácticamente todos los días, viéndola por Skype, los días se mezclaron... pasaron... y no lo noté. Sofía posa su mano en mi brazo. —Trabajabas en el caso Kripley en diciembre, ¿recuerdas? —Entonces, casi como si me defendiera, explica—: Fue un gran caso, robo a mano armada, con una pena mínima de veinte años. El señor Kripley fue identificado erróneamente como el autor. Stanton fue capaz de demostrarle al jurado qué tan poco confiable era la identificación de los testigos y fue encontrado inocente. Unas semanas después, el verdadero ladrón fue detenido tratando de vender la mercancía robada. Sofía me mira con ojos orgullosos, pero cuando se gira hacia Jenny, su mirada se vuelve fría. —Salvó la vida de un hombre y aun así encontró

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la manera de pasar Navidad con su hija, eso es bastante impresionante, ¿no lo crees? La mirada de Jenny baja a la copa en su mano. —Por supuesto. Todos sabemos lo importante que es el trabajo de Stanton. El Pastor Thompson levanta su copa. —Sigue luchando la buena batalla, hijo. —Gracias, señor. Lo haré. Luego de que el predicador se marcha, veo una oportunidad de oro. Cara de trasero está condenado. —Jenny, hay algunas cosas de las que tenemos que hablar. Vamos a dar un paseo... Entonces mi hermano aparece en medio de nosotros, empujando una pelota de fútbol en mi rostro. —Oye, Bubba, ¿quieres jugar? —Buena idea, Marshall. —sonríe JD—. ¿Te importa si me uno a ustedes? —Claro, entrenador Dean. Entrenador Dean… Qué jodida broma. Pero, pensándolo bien, eso me dará una oportunidad de ponerlo en descubierto. Le paso mi cerveza a Sofía. —Ustedes, chicos, corran y jueguen —se burla Jenn—. Sofía y yo nos conoceremos mejor. —Algo en su voz me hace detenerme, y miro, a ver si Sofía está de acuerdo con eso. Su sonrisa me dice que sí. Tomo la pelota de Marshall y la lanzo al estómago de JD, como a un metro de distancia. La atrapa con un doloroso ooomph. Oh sí, esto será muy divertido.

Luego de unos minutos de lanzar la pelota, decido tomar ventaja de la oportunidad de cuestionar a JD; tal vez obtenga algo que pueda usar. — Así que —empiezo casualmente—, entrenas en la escuela preparatoria. ¿Cómo es eso, después de tantos años? Las relaciones inapropiadas entre estudiantes y profesores están de moda en estos días, y como que espero que JD sea un seguidor de tendencias. Se encoge de hombros, con auto-desaprobación. —Ya sabes lo que dicen: aquellos que no pueden, enseñan. Aquellos que no pueden jugar…

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entrenan. Siempre fui bueno con la estrategia, haciendo jugadas, los asuntos físicos eran más difíciles. No soy muy coordinado. Como reforzando su punto, su siguiente tiro se eleva como un metro y medio por encima de mi cabeza, tengo que saltar para atraparlo. Pero lo hago. —¿Jenny dijo que solías vivir en California? Ya había hecho una verificación de antecedentes, regresó limpia. —Así es, en San Diego. Recibo un pase de Marshall y lanzo la pelota al rostro de JD. La atrapa mejor que en la preparatoria. Maldición. —Debió ser difícil mudarte de nuevo aquí, después de estar lejos tanto tiempo. Dejando tu trabajo, amigos... ¿tal vez una antigua novia? JD sonríe, y su sonrisa es desagradablemente genuina. —Mis amigos vienen de visita de vez en cuando, disfrutan de la vida en un pueblo pequeño, ¿sabes? Sin novia seria de la cual hablar. Y con las cosas como estaban con mi papá en ese momento... no fue para nada difícil. Sunshine aún se siente como casa. Miro a mi propio padre, al otro lado del patio, dónde se encuentra bebiendo una cerveza con Wayne Monroe, su brazo envuelto firmemente alrededor de la cintura de mi madre. —Siento lo de tu papá, JD. De verdad. Se aferra a la pelota, sus ojos marrones serios. —Gracias. Me alegro de haber regresado y pasado ese tiempo con él. Al final, podía ver las cosas desarrollarse entre Jenny y yo, y me dijo que todo sucede por una razón. Ella es mi razón. Ella hizo que toda la tristeza valiera algo. Quiero sentirme enojado. Jenny era mi condenada razón, antes de que esta pequeña mierda siquiera supiera su nombre. Pero él es tan malditamente sincero. Ir tras él se sentiría como patear a un pequeño perrito marrón meneando la cola, y sólo un idiota haría eso. Le lanza el balón a Marshall, luego se gira hacia mí. —¿Podemos hablar un minuto, Stanton? —Pensé que eso era lo que hacíamos. —Quiero decir en privado. Esto debería ser interesante. —Claro. Marshall se va para encontrar a alguien más con quien jugar, mientras que JD y yo caminamos uno al lado del otro por el patio.

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En el camino veo a Presley y a algunos de sus primos siendo ruidosos, lanzando hierba y chillando como banshees. Llevo mis dedos a los labios y silbo con fuerza. —Oigan, cálmense. Se congelan inmediatamente; Presley, en particular, se ve desalentada por la reprimenda. Creo que es importante que los niños tengan un sano temor hacia ambos progenitores. Especialmente al padre. Yo le tenía terror mi padre y él casi nunca puso una mano sobre mí. No lo necesitaba, solo saber que podría era suficiente. Le guiño a mi hija para suavizar el golpe. —Si quieren actuar como animales, los pondré en el granero. Presley sonríe y todos vuelven a jugar, pero más tranquilos. JD y yo nos paramos cerca del roble, alejados del resto de la reunión. —¿Hay algo que quieras decirme? —pregunto. Se endereza y me mira a los ojos. —Sé que la velocidad de la boda te tomó con la guardia baja. Aprendí de la manera difícil que la vida es corta, por eso no quiero esperar. Y sé que tú y Jenny son cercanos, tienen un enlace. Confío en Jenny, y nunca le haría pasar un mal rato por su amistad contigo. En cuanto a Presley... Automáticamente me tenso. Si él dice cualquier pequeña cosa mal, patearé a este cachorro hasta la próxima jodida semana. —... ella es una gran chica y me preocupo por ella. Pero tú eres su papá. No quiero socavar eso, o reemplazarte. No podría aunque quisiera. Todo lo que quiero es ser un amigo para ella. —Hace una pausa, respira, y continúa—: Sé que incluso después de que Jenny y yo nos casemos, una parte tuya aún pensará en ellas como tus chicas. Así que quiero que sepas que todo lo que planeo hacer por el resto de mi vida, es que sean felices. Él me tiende la mano. —Y creo que si tú y yo lográramos ser amigos, eso las haría muy felices. ¿Qué dices? Hijo de puta. No puedo decidir si Jimmy Dean es un idiota o un jodido genio maníaco. Lo único que sé con certeza es que tenía muchas ganas de odiarlo. Y él... sólo lo hace imposible.

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Tras darle la mano, JD y yo nos dirigimos de nuevo hacia donde Sofía y Jenny parecen estar llevándose bien. El cabello oscuro de Sofía brilla a la luz del sol cuando echa su cabeza hacia atrás y ríe, su boca amplia y desinhibida. Y sonrío de solo mirarla. Apenas llegamos a medio camino cuando hay un disturbio al otro extremo del patio. Un alboroto. Esos también son bastante comunes. Denle alcohol a un montón de gente que ha vivido junta prácticamente toda su vida, y obligatoriamente se puede decir algo que a alguien no le guste. Esta vez viene de Ruby y su novio. —¡Sólo vete! Él la toma por los bíceps, sus dedos se clavan es ellos. —¿A quién crees que le hablas, perra tonta? No es mi primer paseo en este camino en particular. Sé a dónde se dirige. Al parecer, lo mismo ocurre con JD. —Oh… —Demonios… Él intercepta a Jenny cuando ella se levanta; siempre lista para pelear en defensa de su hermana mayor. —¡Jenny, espera! —suplica—. Siempre te vez involucrada… —¡Es mi hermana! ¡No me sentaré aquí mientras ese pedazo de mierda le habla como si ella fuera basura! Paso al lado de ellos, dirigiéndome directamente a la fuente. La gente dice que hay dos clases de hombres. Uno que nunca se le ocurriría poner sus manos en una mujer estando enojado, y el que trata sus propias frustraciones y carencias culpando a la mujer más cercana a él, con los puños. Pero no estoy de acuerdo. Porque un hombre que golpea a una mujer no es un hombre en lo absoluto, sólo basura que se hace pasar por un ser humano. —¡Oye, ZZ Top7! —Eso capta su atención—. Es hora de que te vayas. Ruby se estremece cuando su mano se aprieta alrededor de su brazo. Él escupe saliva sobre su barba cuando gruñe—: ¿Quién demonios eres? Sonrío. —No eres de por aquí, ¿verdad?

ZZ Top es una banda estadounidense de blues rock y hard rock formado en 1970. Son mundialmente conocidos gracias a su particular estilo, siempre son retratados llevando gafas de sol, ropa parecida o en ocasiones idéntica y larguísimas barbas. 7

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—Esto no es de tu incumbencia… lárgate. Se gira de nuevo hacia Ruby, pero me aproximo, poniéndome cerca de su rostro. Y mi voz es baja, letalmente calmada. —Mira, ahí es dónde te equivocas. Porque mi hija se encuentra aquí y ella nos mira ahora mismo, eso hace que sea bastante de mi incumbencia. Así que quitarás tus manos de su tía justo en este jodido momento. O golpearé tus dientes tan adentro de tu garganta que cagarás muelas. Permanecemos de pie durante unos segundos, sin pestañear. Y puedo ver las ruedas girando en su ignorante cabeza, debatiéndose si puede ganarme. Lleno. De. Mierda. Debe tener una pizca de inteligencia después de todo, porque la libera, luego se tambalea fuera del patio. —¡Y no vuelvas! —le grita Ruby a su espalda. Sacudo la cabeza. —Por el amor de Cristo, Ruby. Ella lanza sus manos. —Lo sé, lo sé, si no tuviera mala suerte con los hombres… sería lesbiana. Eso me hace reír. Me da un codazo. —Vamos a beber algo. eso.

Paso mi brazo alrededor de sus hombros, y hacemos precisamente

Cuando encuentro a Sofía, está sosteniendo dos platos con comida, uno para ella y otro para mí, llenos de pollo, ensalada de papa y costillas. —Gracias. Encontramos un lugar vacío en una mesa de picnic y nos sentamos a comer. —Bueno, eso fue interesante —dice ella. —Eso no fue nada, aún es mediodía. Lo verdaderamente interesante viene con la oscuridad. —¿Todo el mundo se convierte en vampiros brillantes? Sacudo la cabeza. —Campesinos sureños. —Tomo un bocado de costilla que se derrite en mi boca—. ¿Así que tú y Jenny se conocieron? —Oh, lo hicimos. La comparación de notas sobre tu potencia sexual nos dio una sólida base común. Las dos te dimos dos pulgares arriba, por cierto.

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—¿Sólo dos? —Sonrío—. Tengo que mejorar mi juego. —Entonces, ¿cómo fue tu charla con JD? ¿Se hicieron amigos como sugerí? Me limpio la boca con una servilleta. —Te lo diré más tarde. Esperaba encontrarme con Jenn, conseguir un poco de tiempo a solas con ella. Sofía empuja su plato, aparentemente terminó. —Um... Creo que entró en la casa. Risas y gritos viajan desde el otro lado del patio, captando nuestra atención. —Me retracto de lo que dije sobre la oscuridad —le digo—. Lo verdaderamente interesante se dirige hacia nosotros en este momento. Mi hermano mayor, Carter, viene caminando, vestido con ajustados vaqueros deslavados y una camiseta blanca con la imagen de Bob Marley. Una cadena de oro rodea su cuello con un gran y extraño medallón colgando al final. Carter es muy similar a mí en apariencia, si yo fuera más alto, delgado y tuviera un grueso y cuidado bigote, como un jodido investigador privado Magnum rubio. Me paro y acepto el fuerte abrazo que casi me levanta del suelo. — ¡Ahí está mi hermanito! Crecí con Carter, cuatro años mayor que yo, él era mi ídolo. No quería nada más que seguir sus perfectos pasos. Él también jugaba a la pelota en la preparatoria, aún conserva el record de más pases completos. Obtuvo una beca para Ole Miss, pero se retiró después de sólo un semestre. Luego volvió a casa... diferente. Vuelto a nacer. Pero no de la forma cristiana. Ahora es de ese tipo: el de treinta y dos años, que aun va a todas las fiestas de la preparatoria; quién obtiene cerveza, y otros placeres, para los adolescentes locales. Es el alma de la fiesta, y cada uno de ellos adora el suelo que pisa. —Es bueno verte, Carter —le digo con una sonrisa. Y lo digo en serio. Él me mira por encima, golpeando mi brazo con orgullo. Luego se gira hacia Sofía. Ella ofrece su mano. —Hola, soy… —Eres Sofía —termina con reverencia. Luego la abraza, un poco demasiado cerca y bastante largo para mi gusto. Finalmente, retrocede, sostiene sus manos hacia arriba y a los lados, y pasa su mirada sobre ella—. Los pájaros me dijeron tu nombre. Ella mira hacia mí, pero Sacudo la cabeza. —¿Los pájaros? — pregunta. —Así es. Estoy en comunión con la naturaleza cada mañana. Te sorprendería lo que ella dice, si sólo te tomas un tiempo para escuchar. —

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De nuevo, su mirada está sobre ella—. Y eres tan bonita como me dijeron. Mira estas caderas, tus pómulos, tus… —Sí, sí, ella es hermosa. —Golpeo mi mano directo en su pecho, empujándolo hacia atrás—. ¿Qué haces aquí? Pensé que te habías separado de la Iglesia. Se encoge de hombros. —Incluso nosotros los paganos disfrutamos de una buena barbacoa. Las dos chicas de pie detrás de él se acercan. Trenzado cabello rubio, pequeñas, vistiendo blusas campesinas hippies, chalecos con flecos color canela, y mocasines con cuentas. Podrían ser gemelas; definitivamente hermanas. —Permítanme presentarles a mis damas —dice Carter—. Son Sal y Sadie. La que se encuentra a su izquierda da un paso al frente. —Soy Sal, ella es Sadie. —Pellizca la mejilla de mi hermano con familiaridad—. Siempre nos confundes. —¡Hooooola! —nos saluda Sadie con una risita. —Consigamos algo de comida —dice Sal—. ¿Quieres que te prepare un plato, bebé? —le pregunta a mi hermano. Él le besa la frente. —Eres demasiado buena para mí. —A medida que se giran para irse, golpea el trasero de Sadie—. Asegúrense de conseguir un poco de pollo frito de mi mamá, también. —Ella chilla y bate sus pestañas hacia él. Cuando se van, pregunto—: ¿Son legales? Me mira de reojo. —Depende de tu definición de legal. —No, veras —levanto mi dedo para explicar—, esa es la belleza de “legal”. Lo eres o no, no es subjetivo. —Te preocupas demasiado, Stanton. —Y tú no te preocupes lo suficientemente. Golpea mi brazo. —Suenas como papá. Resoplo. —¿Cómo lo sabes? ¿O papá y tú se hablan de nuevo? Tras regresar de la universidad, Carter decidió que ya no podía vivir bajo el gobierno fascista de la casa de mi padre. Compró un destartalado remolque de doble ancho en las afueras de la ciudad, lo arregló él mismo, y probó suerte en la... agricultura. Una cosecha única y especializada, que ahora es legal en Colorado. Ahora, también ha desarrollado un eficiente abono líquido de alta potencia que proporciona una gran cantidad de nutrientes por semanas con sólo unas gotas. Él lo patentó, lo vendió al gobierno federal, y se hizo

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extremadamente rico. Pero nunca lo sabrías, sus gustos son simples. Todavía vive en el mismo doble ancho, aunque compró las hectáreas de los alrededores, buscando privacidad y el desarrollo de... cultivos. Es una especie de cosa de la comuna: vida libre, amor libre. Como Woodstock todo el día, todos los días. Los chicos de la ciudad se refugian con Carter. El año pasado, cuando un compañero de clase de Marshall conducía borracho, se estrelló contra otra camioneta, y huyó, fue con Carter. Y mi hermano lo dejó entrar, habló con él y lo convenció para que se entregara a la policía. Carter incluso fue con el chico a la estación de policía. El estilo de vida alternativo de mi hermano es una píldora amarga que mi papá se niega a tragar. No le ha prohibido la entrada a casa, Carter sigue apareciendo para las festividades y reuniones familiares por la insistencia de mi madre, pero mi padre sólo finge que no está ahí. Carter se encoge de hombros. —Papá sólo necesita más tiempo para acostumbrarse a las cosas. Tomo un trago de mi cerveza y me pregunto si hay bourbon disponible. —Tendré una fiesta esta semana —anuncia mi hermano, levantando los brazos—. Y quería asegurarme de que tu encantadora Sofía y tú asistirán. Mi casa, el martes en la noche. —¿Tendrás una fiesta un martes? —pregunta Sofía. —Creo que el martes es el día más descuidado de la semana. Todo el mundo se queja de los lunes, miércoles es el día joroba 8, el jueves casi es viernes y el viernes es el favorito. Nadie se acuerda del martes, es el arroz negro. —Guiña un ojo—. Como yo. Tengo demasiadas cosas que hacer como para perder una noche en casa de mi hermano, de fiesta con chicos de preparatoria, drogándome por el humo de segunda mano. —No sé si podremos ir. Sonríe a sabiendas. —Jenny y JD estarán ahí. —Agarra mi hombro—. El cambio es difícil, hermano, especialmente para alguien tan orientado a las metas como tú. Me gustaría ofrecer mis servicios voluntariamente para facilitar la transición. —Usa sus dedos—. Para unir a nuestras familias en una sola, ¿escuchas lo que digo? Suspiro por su mierda de la Nueva Era sensiblera, con la que ve la vida. Pero... si Jenny estará allí, puede que me dé la oportunidad de hablar con ella. Tenerla a solas. Para enamorarla, sacar de nuevo sus sentimientos, sus recuerdos, todos los buenos momentos que hemos compartido. Esto podría ser útil. 8

Se refiere a que es mitad de semana, y por lo tanto sería la cima de la joroba.

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—Sí, te escucho, Carter. Asiente. —Bien. Voy a ver a mamá. —Besa ambas mejillas de Sofía— . Fue sublime conocerte en persona. Espero entretenerte el martes. Y entonces se fue. —Estaba drogado, ¿cierto? —pregunta Sofía, sonriendo. —Es difícil decirlo con Carter... pero me sorprendería si no lo estuviera.

Unas pocas horas pasan, llenas de cervezas frías y buenas conversaciones. Sofía y yo vamos invictos en un torneo de herradura. La multitud se minimiza; la gente comienza a volver a casa, a prepararse para la semana por venir. Un puñado de nosotros se sienta en sillas plegables alrededor de un fuego mientras el cielo se vuelve rosa y gris con la puesta de sol. Jenny se sienta ahí, al lado de Cara de Trasero. Sofía junto a mí, y Presley sentada en mi regazo. Peino su cabello suelto, beso la parte superior de su cabeza, y disfruto de sostenerla así. Porque de un segundo a otro será demasiado grande para sentarse en el regazo, y en lugar de ser su héroe, seré su mejor fuente de vergüenza. Mary se sienta con las piernas cruzadas en la hierba y su guitarra. —¿Cantas algo, Stanton? Sacudo la cabeza. —No, ahora no. —Oh, vamos —presiona Mary—. Han pasado años. Podemos cantar “Stealing Cinderella”, me encanta esa canción. Las piernas de Sofía están cruzadas debajo de ella, con la cabeza apoyada en la mano. —No sabía que cantabas. —Stanton tiene una voz preciosa —ofrece mi mamá—. Solía cantar en la Iglesia todos los domingos. Sofía sonríe. —¿Fuiste un verdadero niño de coro? ¿Cómo es que no sabía esto? —Tenía siete años —le digo secamente. Pero entonces Presley me quita todo el argumento. —Vamos, papá. Me gusta escucharte cantar. Tan simple como eso.

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Asiento hacia Mary, y ella empieza a tocar la guitarra. Es una melodía suave, casi triste. Una canción sobre padres e hijas, continuando mientras permanecen exactamente igual. —Ella juega a Cenicienta, paseando en su primera bicicleta... Paso la mano por el cabello de Presley de nuevo, pero mientras la canción continúa la letra se vuelve más grande, el significado más relevante. Siento el calor de la mirada de Sofía, observándome, a esta parte diferente de mí que nunca ha visto, y observa con fascinación. Veo a JD con su mirada totalmente sobre Jenny, casi deseando que gire la cabeza. Pero ella no lo mira. Desde el otro lado de la fogata, a través del humo y las llamas, ella mantiene sus ojos azules directamente sobre mí. Y le devuelvo la mirada, fijamente, mientras canto acerca preciosos recuerdos, antiguos y nuevos amores. —A los ojos de ella soy el Príncipe Azul, pero para él sólo soy un tipo montando y robando a Cenicienta.

152 Soy un recolector, uno de esos tipos que revisa las sobras justo antes de que todo el mundo se vaya a casa. En la mesa de la comida, a la luz del fuego, veo que JD también es uno de esos tipos. Puse la última pata de pollo en mi plato, y JD va por el último trozo de carne. Baño el pollo con mi salsa de barbacoa casera y él pregunta—: ¿Esa es tu salsa? —Sí. —Escuché que es bastante buena. Le ofrezco la cuchara. —Escuchaste bien. Rocía su propio plato, luego se lame los dedos y lleva la carne troceada a su boca. Me da un pulgar arriba mientras mastica. —Mi hermano mencionó algo sobre una fiesta el martes. ¿Podrás ir, o estarás demasiado ocupado? Realmente espero que tenga otra cosa que hacer, así tendré a Jenny toda para mí. Mentalmente froto mis manos, ávido por la perspectiva. Asiente. —Sí, estaré ahí. Liberé mi agenba pada da demada.


Mi ceño se frunce mientras sus palabras se vuelven más y más difíciles de entender. Entonces me acerco para observarlo... porque algo simplemente no se ve bien. —¿Mi cada esda hidada, Dandon? De diende hidada. —¡Santa jodida madre! — Me hago hacia atrás, con asco. Debido a que Jimmy Dean ya no tiene el rostro de un modelo de Calvin Klein. Ahora luce como el personaje principal en una producción del maldito Hombre Elefante. —¿Diede dimiendos esdo? —pregunta. ¿Dimiendos? Pimientos. Oh-oh.

153 —¡Tú, increíble bastardo! —¡Fue un accidente! —¡Accidente mi trasero! —No sabía… —¡Nana dijo que te comentó que era alérgico a los pimientos! —grita Jenny desde el lado de su camioneta, luego de que un JD noqueado por el Benadryl fuera colocado en el asiento del pasajero. —Puse hojuelas de pimiento en él, Jenn, ¡pensé que era alérgico a los pimientos reales! ¡No a las malditas hojuelas de pimientos! ¿Y la terrible ironía de eso? Digo la verdad. Tendré que recalibrar en serio mi detector de mierda al escuchar las indignadas afirmaciones de inocencia de mis clientes. Al parecer, a veces no dicen mierda, no importa lo mucho que suene como ella. —¡Te odio! —Eso es un poco exagerado, ¿no te parece? —¡Exagerado! envenenarlo!

—grita,

haciéndome

estremecer—.

¡Intentaste


Pateo el neumático de la camioneta. —¡Si quisiera envenenarlo estaría jodidamente muerto! —Paso una mano por mi rostro—. Pero, tal vez deberías pensar en posponer la boda; al menos hasta que JD no luzca tan —señalo hacia la ventana del pasajero— de esa forma. Sus ojos se ensanchan. Al igual que sus fosas nasales. —¿Por eso hiciste esto? ¿Crees que puedes sabotear mi boda, podrido hijo de puta? —¿Qué? ¡No! Ahora esa es realmente mierda. —Escúchame y escucha bien —susurra—. Me caso el sábado y no me importa si tengo que arrastrarlo, medio muerto, por el pasillo y apoyarlo contra el maldito órgano para hacerlo! ¡Hasta entonces permanece lejos de nosotros! ¡No quiero verte, no quiero oírte, no quiero nada! —¿Cuándo te volviste tan malditamente terca? —grito. Camina pisoteando alrededor de la parte trasera de la camioneta, respondiendo—: ¡Cuando te convertiste en un maldito egoísta! —¡Jenny! Espera... Pero no lo hace. Hace lo opuesto a esperar, sube a la camioneta y se va. Para llevar a JD a casa y cuidarlo hasta que sane. Sofía se encuentra a mi lado en el camino de entrada, observando las luces traseras desvanecerse. —Bueno, eso no salió según lo planeado —me quejo. —¿Realmente fue un accidente? —pregunta con una ceja levantada. —¡Sí! Realmente lo fue. —Entonces me detengo, y reformulo—: Un maravilloso y fortuito accidente. Sonríe y doy rienda suelta a mi sonrisa. Entonces Sofía jadea. —¡Santas bolas de mierda! —¿Qué? ¿Qué pasa? Truena sus dedos y apunta hacia el cielo, con una amplia sonrisa de descubrimiento. —¡Reacción alérgica! —¿Sí? —pregunto. —El asesinato perfecto. Activando una reacción alérgica. —Se cruza de brazos, orgullosa de sí misma. —¿En serio? —pregunto con una cara seria—. Mi vida se cae a pedazos, ¿y aun jugamos al asesinato perfecto? Se encoge de hombros. —Bueno... es uno bueno. Brent y Jake estarán impresionados.

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16 Stanton Traducido por Jeyly Carstairs Corregido por Dey Kastély

—Nunca he visto uno tan grande. Es demasiado grande. —No es tan grande. —¡Es monstruoso! Me va a matar. —Te lo prometo, te encantará, cariño. Tócalo. Jadea. —No puedo. Tomo la mano de Sofía y la presiono contra la piel cálida. Obligando a sus dedos a acariciarlo. —¿Ves? Le gustas. Ahora sólo tienes que montarlo, entonces realmente le gustarás. El lunes por la mañana, finalmente traje a Sofía a la cooperativa para conseguir un buen par de botas. Admiró un par de botas de montar de cuero marrón con costuras de color rosa y un sombrero a juego. Y tuve que dárselos, la mujer puede usar un jodido sombrero como nadie. Una vez llegamos a casa, me pareció una buena idea darle a su equipo un buen uso. Y llevarla a montar a caballo. Apoya su mano sobre el abrigo negro y suspira —Así que ésta es la forma en que voy a morir. Ruedo los ojos —¿Desde cuando eres tan dramática? ¿O cobarde, si vamos al caso? Tienes un perro del tamaño de un pequeño toro. Estamos fuera de los establos, ensillando a Blackjack, un semental gentil y tranquilo, el primer caballo que Presley cabalgó por sí misma. Sofía lo mira con cautela. —Mi perro no va a tirarme y romper mi cuello. O patearme. O pisarme.

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Subo la silla de montar sobre el lomo de Blackjack —No… sólo rasgará tu garganta si lo fastidias. Capta la acusación en mi observación. —Ese es un vil estereotipo a los Rottweiler. ¡Sherman nunca haría eso! Es mi dulce bebé. —Nunca he visto un bebé con unos dientes como los suyos. — Aprieto los seguros y aseguro la última hebilla. Entonces, golpeo el costado de Blackjack, de la forma en que me gustaría estar golpeando el culo de Sofía. —Ahora, monta. Sofía levanta la mirada hacia el enorme animal. Sus ojos redondos, su expresión completamente intimidada y vulnerable. Y parte de mi debe ser un enfermo hijo de puta, porque me esta jodidamente encendiendo. Da un paso hacia adelante, levanta sus manos, dobla su rodilla… y se acobarda. —¡No puedo! No ¡Simplemente no puedo!

puedo,

no

puedo,

no

puedo,

no

puedo.

Me río, palmeando su hombro. —Está bien, no sufras un ataque al corazón, será más divertido de esta forma, de todos modos. Me subo sobre el lomo del caballo, bajo la mirada, y le tiendo la mano. Sus cejas se fruncen. —No sé si los humanos estamos destinados a montar algo tan grande. Sonrío. —Vamos, Soph, confía en mí. Te tengo. Sofía respira, agarra mi mano, y pone su pie izquierdo en el estribo. Blackjack se queda completamente inmóvil mientras la jalo y balancea su pierna sobre su lomo, sentándose delante de mí. Su trasero cubierto en pantalones vaquero se presiona justo contra mi polla. Su espalda apoyada contra mi pecho, su cabello rozando mi cara, y huelo gardenias. Este viaje será el mejor tipo de tortura. Sintiéndola, abrazándola con fuerza, pero sin poder hacer nada al respecto, un delicioso y jodido tormento. Envuelvo mi brazo alrededor de su cintura, jalándola hacia atrás, sosteniendo las riendas en mis manos. —Relájate, Sofía —le digo en voz baja—. Nunca dejaría que algo te sucediera. Se hunde contra mí, gira la cabeza y sonríe. —De acuerdo. Entonces, empezamos a movernos. —¡Guau! —chilla, agarrando mis muslos —. ¡Tranquilo! Recuerda, lento y constante se gana la carrera.

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—Pero duro y rápido es mucho más divertido. Trotamos cuesta arriba, y sé exactamente el lugar que quiero mostrarle. Es el punto más alto de la tierra de mis padres, donde se puede ver las hectáreas de hierba, como un océano esmeralda. —Sabes —bromeo—, la única cosa mejor que montar en un caballo es ser montado en uno. Sofía se ríe. —¿Estás hablando por experiencia? Inclino su sombrero hacia atrás. —Solo a partir de mis vividas y tristemente no cumplidas fantasías. Haría falta un poco de imaginación; agarrarse de la manera correcta, balanceando tus piernas alrededor de mi cintura o sobre mis hombros… —¿Estas tratando de distraerme para no asustarme? Me lamo los labios, sonriendo. —Tal vez… tal vez no. ¿Está funcionando? Sus manos van de agarrar mi muslo a frotarlo. —Porque, de hecho, está funcionando. Cuéntame más…

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—Mi Dios… es tan hermoso. He observado esta vista mil veces, pero estar aquí con Sofía, viendo la alegría en su rostro, el asombro, es contagioso. Me hace agradecer una vez más de dónde estoy, las bendiciones que tuvimos al crecer. Suspira, y juntos disfrutamos de la tranquilidad, mirando las praderas verdes y los valles salpicados con ganado marrón y negro. —Mmm. Mira por encima de su hombro hacia mí. —¿Qué? Señalo hacia el ganado agrupado. —¿Ves cómo están agrupados juntos de esa manera? Sofía asiente. Miro hacia el cielo, en busca de una señal, pero no hay nada que ver excepto azul. —Cuando el ganado se agrupa, por lo general significa que viene una tormenta.


Ahora ella también está mirando hacia el cielo. —¿Quieres decir que pueden sentirlo? —Sí. —Eso es increíble. Me encojo de hombros. —Es bastante genial. —Le ofrezco las riendas—. ¿Quieres dirigir? Agita sus dedos, sonriendo vertiginosamente. Y eso me hace sonreír de nuevo. —¿Crees que estoy lista? —Definitivamente. Acaricia el cuello de Blackjack y toma las riendas. —Muy bien, Blackjack, trabaja conmigo. Los siguientes veinte minutos se pasaron conmigo explicando cómo montar un caballo; hacerlo girar, detenerse, acelerar. Luego, Sofía está por su cuenta, y lo hace malditamente bien. Y estamos hablando, acerca de nada y todo; los detalles de la ganadería, el negocio de construcción de su padre, y cómo pensamos que las cosas van en la firma sin nosotros. Sofía me habla de la primera vez que sus padres la dejaron montar el metro sola en Chicago, y le digo acerca de tomar estos senderos después de la escuela con Jenny. Me río mientras recuerdo. —Cuando éramos jóvenes, intentábamos encontrar el árbol perfecto para escalar. Luego, cuando fuimos mayores, tratábamos de encontrar el árbol perfecto para follar contra él. Sofía se ríe, y luego se vuelve sombría. Nos balanceamos con los pasos suaves de Blackjack y me pregunta—: De verdad la quieres, ¿no? Sin detenerme, respondo—: Si, lo hago. Se queda quieta por unos momentos, mirando el suelo. Entonces, pregunta—: ¿Has pensado en lo que vas a hacer si no puedes convencerla de no casarse? Sacudo la cabeza. —El fracaso no es una opción, no hago planes B. Sofía se gira para mirarme. Y hay algo nadando en esos ojos color avellana que no puedo leer. —Stanton… significas mucho para mí. Y yo… últimamente… se siente… Muevo su cabello hacia atrás. —Tú también significas mucho para mí, Soph. —Sabes… Si haces que Jenny se arrepienta de casarse con JD, hay una alta probabilidad de que ella quiera que ustedes sean exclusivos. Y si

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ese fuera el caso… No me gustaría que las cosas sean incómodas o tensas entre nosotros. No quiero perder… tu amistad. Me inclino hacia adelante y beso su frente. Y le prometo—: No me vas a perder, nunca dejaría que eso suceda.

Por la tarde, después de que volvemos de montar, trato de llamar a Jenny. Pero va directamente al correo de voz. Le envió un mensaje de texto, una, dos, tres veces, pero horas más tarde, no hay respuesta. Así que llamo de nuevo después de la cena. Correo de voz. Mierda. Es de noche cuando salgo de la camioneta frente a la casa de Jenny, golpeo la puerta, y pregunto por ella. —Ella no bajará, Stanton —me dice Wayne saliendo, masticando una pajita en la boca—. Dice que todavía esta enojada. —No me iré hasta que la vea. Dormiré justo aquí en los jodidos escalones del pórtico. —¡Uno entre los ojos conseguirá que se vaya! —grita Nana desde la sala del frente—. ¡Tráeme las balas, Wayne! Unos minutos después de que Wayne lo intenta de nuevo, Jenny viene bajando las escaleras a pisotones; el cabello suelto, envuelta en una bata lavanda y escupiendo disparates. —¡He estado cuidando de JD todo el día y tengo trabajo en la mañana! No quiero meterme en esto contigo en este momento, Stanton. —Entonces, deberías haber contestado el maldito teléfono cuando llame antes. Tenemos que hablar. Con los brazos cruzados y el ceño fruncido, se inclina hacia adelante y declara—: He hablado todo lo que voy a hablar contigo. Mi mandíbula se tensa y doy un paso más cerca de ella. Retrocede. —Dime algo, Jenn… ¿Estas realmente tan enojada conmigo? —Mis ojos van a la deriva sobre su rostro, sus manos crispadas, su pequeña cintura ceñida con el cinturón de su bata. Entonces, encuentro sus ojos y pregunto en voz baja—: ¿O tienes miedo de estar a solas conmigo? ¿Miedo a escucharme? Porque sabes que esto es un error. Porque aún me amas.

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Su boca se cierra y su barbilla se alza. —Vete a casa y pasa algo de tiempo con tu hija. Necesitas que esté en la escuela a las ocho de la mañana. Su no-respuesta es toda la respuesta que necesito. —Sé a qué hora comienza la escuela. —Entonces, buenas noches, Stanton. —Se apresura hacia la puerta, entrando a la casa, como si no pudiera escapar lo suficientemente rápido. Hago girar las llaves alrededor de mi dedo. —Dulces sueños, Jenny.

Veinte minutos más tarde estoy subiendo las escaleras hacia las habitaciones, tratando de pensar en algo nuevo… inesperado… que hará entrar en razón a Jenn. Cuando empiezo a abrir la puerta de la antigua habitación de Carter, oigo voces detrás de la puerta cerrada a mi lado, risas y charla femenina. Sonriendo, abro la puerta y allí, sentada en mi cama vestida con pijama y pantuflas de peluche, esta mi niña, mi hermana, y mi… Sofía. —¡Hola, papá! —Presley me saluda con una amplia sonrisa. Levanta las manos, uñas de un azul brillante con lunares—. ¡La señorita Sofía nos hizo manicura y pedicura! Mary me muestra sus dedos de las manos y pies, rojo con flores naranjas, mientras se mueve al sillón en la esquina, dejando espacio para mí en la cama. —Hermosas. Todas ustedes tienes las uñas más bonitas de la ciudad. —Y estamos viendo una película —dice Presley, acercándose más hacia Sofía—. El Rey León. —¿El Rey León, eh? No creo que haya visto esa todavía. Me subo a la cama mientras la película empieza en la pantalla; dos leones teniendo una cita en la selva. —¿Cómo te fue? —pregunta Sofía en voz baja, pasándome un tazón de palomitas de maíz. Mis ojos le cuentan todo lo que no puedo decir. —Fue.

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Presley inclina su cabeza contra mi pecho y me acomodo, besando la parte superior de su cabeza, disfrutando de tenerla cerca. Miro a Sofía mientras coloca una palomita de maíz en su lengua, lamiendo la mantequilla de la punta de su dedo rosa. Y hay algo acerca de todo esto— ella, aquí en mi cama, con mi hermana, mi hija—que se siente cálido y correcto, y la hace lucir aún más hermosa de lo que siempre he pensado que era. —Quiero un Simba para mí un día. —Mi hermana suspira—. Algún hombre fuerte y peludo que va a rodar alrededor de la selva conmigo. ¿Peludo? Frunzo el ceño hacia Mary. —Ni siquiera sé cómo demonios se supone que debo responder a eso. —Yo no —dice Presley con disgusto—. Todos los chicos que conozco son pequeños. Y feos. Acaricio su cabeza. —Así es; todos los chicos son pequeños y feos. Como trolls. Sofía se ríe de mi cara de troll. Presley asiente. —Sin embargo, me gusta esta canción. Sofía prácticamente chilla cuando escucha eso. —Oh, Dios mío, Elton John. ¡El mejor cantante¡ Si tu papá dice que está bien, descargaré todas sus mejores canciones para ti. Los grandes ojos azules de mi hija me miran por una aprobación. —Papá dice que está bien. Y consigo un abrazo a cambio. Con mi brazo sobre las almohadas a nuestras espaldas, mi mano descansa justo al lado de la cabeza de Sofía, lo suficientemente cerca para tocarla. Así que lo hago, masajeando su cuero cabelludo, pasando mis dedos por su suave y oscuro cabello, disfrutando de la sensación de éste deslizándose sobre mi palma. Inclina su cabeza hacia mi contacto con un suspiro de satisfacción. Y juntos, todos miramos el resto de la película.

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17 Stanton Traducido por Jeyly Carstairs Corregido por Mel Cipriano

Alrededor de las diez de la noche siguiente, estacionamos en el parqueadero del remolque de mi hermano, entre un mar de camionetas. Es como las vacaciones de primavera en el campo: adolescentes en todas partes. Mary y Marshall desaparecen en la multitud sosteniendo vasos de plástico rojos, caminando, hablando de hormonas. Sofía se detiene para mirar a su alrededor mientras andamos por el sendero hasta la puerta. Luces parpadeantes brillan en los árboles, la luna cuelga en el cielo, Led Zeppelin flota desde algún lugar en la parte de atrás. —Es agradable —dice —. Tranquilo. Mientras está revisando el recinto, le echo un vistazo, de nuevo. Se ve guapísima en sus ajustados pantalones vaqueros color azul oscuro, botas negras de tacón hasta la rodilla y un top blanco sin mangas con cuello en v que se ajusta en todos los lugares correctos. Su cabello es abundante y vivo, rizado en las puntas, y un largo collar de perlas cuelga alrededor de su cuello. Mi abuela solía usar perlas, pero nunca como Sofía Santos las lucía. Antes de que pudiera acercarme a la puerta del remolque, ésta se abre de golpe para nosotros, y una de las seguidoras hippies rubias de mi hermano —Sadie o Sal— tropieza, saliendo. Nos reconoce, feliz, con los ojos vidriosos. —¡Holaaa! —nos abraza, oliendo como a marihuana—. ¡Bienvenidos a la jungla! Vamos a conectar un resbaladero de agua bajando la colina, ¿Vienen? Sofía serie con indulgencia. —Tal vez más tarde. Después que la chica hippie se tambalea alejándose, Sofía dice—: Es como estar en la Universidad de nuevo.

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Resoplo. —Columbia no era nada como esto, y vivía en una maldita casa de fraternidad. Justo en ese momento un chico que se veía más como de mi edad nos pasó corriendo, su trasero desnudo. Cubro los ojos de Sofía. —De acuerdo. Es como estar en la Universidad de nuevo. Nos dirigimos adentro, separando las cuerdas de cuentas turquesa colgando en la puerta. Una barra de incienso se quema en un estante, llenando la habitación con un olor acre. Carter sonríe ampliamente cuando nos ve a través de la multitud de cuerpos que llenan el cuarto completamente. Me abraza, su torso desnudo excepto por un chaleco de cuero marrón y un rosario. —Bienvenido. Me alegro de que hayas podido venir. —Luego abraza a Sofía, por un tiempo—. Vamos a conseguirte algo de beber. Carter le da a Sofía un recorrido por el adornado remolque y estoy aliviado al ver que los adolescentes no son los únicos invitados a la fiesta. En realidad, se parece mucho a una reunión de escuela secundaria. Todos los de mi clase de último curso, que no se han ido de la ciudad, lo que es casi la mayoría de ellos, están aquí. Nos ponemos al día, y presento orgullosamente a Sofía. Alrededor de una hora más tarde, ella habla en mi oído. —Voy a salir a la calle, a tomar aire. Linternas chinas de colores cuelgan de las cuerdas por encima de una línea de rosales blancos, enmarcando el patio de piedra. Una hoguera rugiendo más abajo, iluminando casi todo el patio. Busco a través de los grupos de personas de pie en la hierba, y finalmente veo a Jenny. Está hablando con la pequeña y morena Jessica Taylor, una ex miembro del equipo de animadoras. Pero lo más importante: JD no está por ningún lado. Tiempo para encender el encanto. Le paso a Sofía mi copa de Jack Daniels. —¿Puedes sostener esto por mí? Ella sigue mi línea de visión. —Claro. Rompo el tallo de una gran rosa blanca y se la muestro. —¿Qué piensas? Su control sobre las copas se aprieta. —Creo que le va a encantar. —Si todo va según lo previsto, me iré un rato. Marshall te llevara a casa si quieres irte antes, ¿de acuerdo? Sofía baja la mirada a sus zapatos. —Bien. Le guiño un ojo. —Eres la mejor, Soph. Deséame suerte. Pero mientras me alejo… no lo hace.

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Jessica Taylor me saluda con un abrazo. Jenn me mira con recelo. Extiendo la rosa hacia ella. —Una ofrenda de paz. Su rostro se relaja un poco, sus hermosos labios rosados formando una sonrisa reacia. —Gracias. Jessica ríe. —Señor, desearía llevarme tan bien con mi ex. No podría ni molestarse siquiera en darme veneno para ratas —Sacude la cabeza—. Pero ustedes dos siempre fueron la pareja perfecta. ¿Recuerdan ese partido de futbol en tercer año de secundaria, después de que Stanton anotó el touchdown del triunfo? ¿Y salió trotando del campo directamente hacia ti, Jenn? Te levanto y te beso en frente de toda la escuela, como algo salido de una película de Drew Barrymore. Los ojos de Jenny son cálidos y sé que lo recuerda, al igual que yo. La había recogido tarde, habíamos discutido. Una palabra llevo a la otra, y para cuando llegamos al campo juraba que nunca me hablaría otra vez. Mi gesto romántico la alejo de esa idea, y pasó esa noche después del partido en el asiento trasero de mi camioneta, diciendo todo tipo de palabras maravillosas como: sí, más, y otra vez. Jessica se fue para rellenar su bebida, y desde entonces no dejé de mirar fijamente a los ojos de Jenny. —¿JD se recuperó totalmente? Resopla. —Como si te importara, pero sí, lo ha hecho. Carter trajo unas compresas de hierbas para él que mejoraron el resto de la hinchazón. Está adentro del remolque en este momento, consiguiendo más. Mi sonrisa se vuelve tensa. —Me aseguraré de darle las gracias a Carter por eso —entonces me inclino más cerca—. Porque nosotros no… Nunca termino la frase. Detrás de nosotros, desde el patio, hay un silbido, un grito y ruidosos abucheos. Me doy vuelta y miro hacia dónde proviene el ruido, sólo para ver que está siendo dirigido a Sofía. Se trata de cuatro pendejos que nunca he visto antes, cuyos nombre no sé, pero que no me importaría leer en un par de lapidas. Entonces uno de ellos estira el brazo y agarra su trasero. No sabía que la frase: tan enojado que vi rojo, podía ser literal, pero eso es justo lo que sucede. Mi visión se vuelve un túnel, bordeado de rojo caliente. No recuerdo caminar lejos de Jenny, no recuerdo cruzar el patio. Lo siguiente de lo que soy consciente es de mi mano alrededor de la garganta de la escoria, golpeando su cabeza contra la pared del remolque de mi hermano. culo.

—Tócala otra vez, arrancare tu maldito brazo y te lo meteré por el

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Sus manos arañan, tratando de alejar mis dedos. Sólo aprieto mi agarre aún más. Entonces Carter está junto a mí. —Relájate, Stanton. Somos pacifistas aquí. ¡Tienes que clamarte, hermano! Cuando el rostro del cretino se vuelve de un aceptable tono púrpura, lo dejo ir. Sostiene su cuello, agitado y jadeando. Yo gruño hacia mi hermano. —No me digas que me calme. Dile a tu amigo que tenga cuidado de dónde pone sus malditas manos. Con una mano en su pecho, empujo al maldito acaparador hacia la pared del remolque una última vez, por si acaso. Entonces envuelvo mi brazo alrededor de Sofía y me la llevo. Sus ojos brillan suavemente sobre mí. —Sabes que podría haber manejado eso. —Lo sé. Pero no deberías tener que hacerlo. Y no dejo su lado por el resto de la noche.

165 A la una de la mañana, la fiesta todavía continúa. Sofía es una tonta y feliz borracha, sentada a mi lado en una silla de jardín, enseñándole a Sadie malas palabras en portugués. Después de seis o siete Jacks con Coca Cola, también estoy bastante borracho. Carter sale corriendo de un lado del remolque, llamándome otra vez, diciéndome que me dé prisa. Extiendo mi mano hacia Sofía y lo seguimos hacia el frente. Mi hermano pone un dedo en sus labios y sacude su cabeza hacia mi camioneta. Mi camioneta que tiene las ventanas llenas de vapor como el coche del Titanic. Carter agarra un lado y yo el otro, mientras golpeo en las ventanas gritando. —¡Policía! ¡Abra! —Él tira violentamente abriendo la puerta. Luego canta—: ¡Veo Londres, veo Francia, veo a Marshall sin ropa interior! Nos reímos como hienas mientras mi hermano menor sube sus pantalones vaqueros desabrochados y se pone su sombrero, maldiciendo el


día en que nacimos. Una rubia con la cara rosada lo sigue de cerca, y para decepción de Marshall, desaparece en un grupo de sus amigos. —¡Todos ustedes apestan! —Marshall frunce el ceño. Un poco más tarde, estamos sentados alrededor de la hoguera: Carter, Marshall, Jenny, JD y yo. Carter le da una calada al porro, entonces me lo ofrece. Sacudo la cabeza. Sofía declina también. Jenny, sin embargo, acepta fácilmente y lo fuma como una profesional. —¿Pensé que habías dicho que no eras tan divertida como solías ser? —bromeo. Sopla una nube de humo. —A los veintiocho años, fumo por razones completamente diferentes por las que lo hacía a los dieciséis. JD también le dio algunas caladas. —Muy bien, escuchen, hijos, tengo algo que decir —anuncia Carter, y todas las miradas se dirigen a él—. Cuando Jenny y JD se casen el sábado, todos seremos una familia. No, no en realidad. Abro la boca, pero él continua—: Como las zumbadoras abejas de una colmena, todos viviremos en armonía para que la colonia florezca. Y estoy sintiendo tensión entre Stanton y JD. Los brillantes ojos de JD se entrecierran. —No hay tensión. Stanton y yo nos llevamos muy bien. Claro. Y en lo que a mí respecta, nos llevaríamos mucho mejor aún si se mudara a la China, intentado escalar el Monte Everest… Y muriera. Jenny levanta la mano, como si estuviéramos de vuelta en la escuela. —Estoy de acuerdo, Carter. Hay tensión —acaricia la pierna de JD—. Eres demasiado dulce para verlo, bebé. —Tenemos que deshacernos de la negatividad —explica Carter—. Tengo un plan infalible para restablecer el orden natural y reforzar una jerarquía funcional con la que todos podamos estar contentos. JD se rasca la cabeza. —Esas fueron un montón de palabras, hombre. ¿Podrías repetirlas para mí otra vez? Orden natural. Jerarquía. Tal vez sólo sea el whisky… pero eso suena como una maldita buena idea.

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Sin duda, era el whisky. Esta es una idea malditamente terrible. La vida es divertida. Un día estás usando un traje que cuesta más que la mayoría de lo que la gente puede llevar a casa en un mes, impresionando al jefe con tu habilidad y experiencia. Y una semana después, estas en medio de un pastizal de ganado a las dos de la mañana, demasiado borracho para ver bien, preparándote para una carrera en un tractor. Si, un tractor. Esa era la gran idea de Carter. Una competencia sana, que gane el mejor hombre, y toda esa mierda. Ahora los tractores de mi padre están escupiendo humo de diesel, retumbando como un trueno, JD en uno, yo en el otro. Carter puso la canción “Holding Out for a Hero”, saliendo a todo volumen de los parlantes de mi camioneta y Jenny está de pie en frente de nosotros. —¡En sus marcas, listos, fuera! Lanza el sombrero de JD al aire y salimos disparados. Es menos de un kilómetro hasta el árbol, luego tenemos que dar un giro alrededor y regresar. Empujo el pedal hasta el fondo, desplazándome a toda velocidad. Escucho a Jenny gritar—: ¡Patea su trasero, JD! Y a Carter—: ¡Esa es la manera, chicos! ¡Sientan el balance regresar, todo es sobre el balance! Sofía coloca sus manos alrededor de su boca y grita—: ¡Vamos Stanton! ¡Maneja ese maldito tractor! Y me río, fuerte y duro. Miro a JD y él está riendo también. Porque todo esto es tan malditamente ridículo… pero de la mejor manera. Cuando empiezo a girar alrededor del árbol es cuando decido que quiero ganar. Sería una gran manera de terminar una buena noche. Con una victoria. Pero hay una razón por la que se supone no debes operar maquinaria pesada bajo la influencia de las drogas y el alcohol. Esa razón se hace evidente cuando JD y yo no dejamos suficiente espacio mientras ambos tratamos de hacer el estrecho giro, y terminamos rozando la máquina del uno contra el otro. Muevo mi pierna justo a tiempo para no quedar atrapado, pero los tractores quedan atascados, enredados. —¡Retrocede! —le digo, señalando la rueda.

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—¡Retrocede tú! —replica. Y justo cuando considero golpearlo y hacerlo retroceder, un arma de fuego resuena, haciendo eco a través del campo. Instintivamente me estremezco, deteniéndome. Con mis oídos todavía resonando por el sonido, echo un vistazo… y veo a mi papá, vestido con una bata azul y botas negras, sosteniendo su escopeta. La fiesta definitivamente ha terminando.

—¿Qué demonios estabas pensando? Los seis estamos sentados en la mesa de la cocina, con las cabezas agachadas, las bocas cerradas. —¡Ustedes dos tienen una niña! ¡Tú no actuabas de esta manera cuando estabas en la maldita escuela secundaria! Lo mejor es dejar que él siga sacándolo todo. Cuanto más hables, más tiempo va a gritar. —¡Mi hijo, el abogado, desgarrando mi hierba de invierno como un tonto, con mi otro hijo, el traficante de drogas, ayudándole! —grita, sus mejillas brillantes y de color rosa, como un cabreado Santa Claus. Carter elige ese momento para interrumpir. —Fue un ejercicio de vinculación. Soy un sanador, papá. —¡Eres un idiota! Y esas son las primeras palabras que mi padre le dice directamente a mi hermano en dos años. Tiene sentido. Carter se pone de pie. —Tienes que relajarte. El estrés es un asesino silencioso. Tengo algunas hierbas que pueden ayudarte con eso. —Puedes ayudarte a ti mismo, dejando que te patee el trasero —grita más fuerte. Pero Carter no se desanima. Lanza sus brazos alrededor del cuello de mi padre. —Te quiero, papá. Estoy tan contento de que estemos hablando de nuevo.

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Por un momento, mi padre acaricia la espalda de Carter y sus ojos se suavizan. Y sé que también está feliz de estar hablando con mi hermano de nuevo. Incluso si sólo es para gritarle. Luego lo empuja y vuelve a mirarnos. —¡Todos ustedes se van a levantar al amanecer a sembrar de nuevo mi maldito terreno, o voy a romper algunos culos! —Sí, señor —responde JD. —Sí, señor —responde Jenny. —Definitivamente, ninguno quiere conseguir su trasero roto — concuerdo. Y porque es una listilla, Sofía añade—: O agrietado. Cubro mi boca para que mi padre no comience de nuevo. Marshall se ríe detrás de mí. Justo cuando él se gira hacia las escaleras, Mary viene dando la vuelta por la puerta de atrás, vistiendo la misma ropa que llevaba puesta más temprano: pantalones cortos de mezclilla, un top rojo, una chaqueta de mezclilla blanca, zapatillas azules. Por supuesto que es la misma ropa, porque no ha estado en casa todavía para cambiarse a cualquier otra cosa. Chilla hasta detenerse junto a la puerta, observando nuestro grupo como un ciervo cuando la luz de un camión se acerca. —¿Qué pasa? ¿Murió alguien? No. Pero la noche aún es joven. —¿Acabas de llegar a la casa? —le pregunta mi padre, su tono volviéndose más amenazante con cada silaba. Su rostro queda en blanco. Una cara de poker, la forma en la que se encuentra tratando de no mostrar nada dice que está mintiendo. —¡Por supuesto que no! —exclama—. Mi toque de queda es a medianoche, y es después de medianoche. Si acabara de llegar… eso estaría mal. Mi hermana no es una buena jugadora de póker, y sería un testigo terrible en un tribunal de justicia. Pero mi padre, como tantos otros, cuando se trata de su hija menor, su única chica, es ciego. O está volviéndose demasiado viejo para mantener el ritmo. —Entonces, ¿dónde diablos estabas? —le pregunto, inclinando mi silla hacia atrás. Me da una mirada de odio por una fracción de segundo. Entonces, más suavemente dice—: No podía dormir. Yo… me vestí y fui a dar un paseo. Besa a mi padre dulcemente en la mejilla. —Deberías ir a la cama, papá. Te ves un poco sonrojado.

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Él le da una palmadita en la parte superior de su cabeza, y luego sube las escaleras murmurando que nosotros, los niños, seremos su muerte. Estoy listo para dejarlo ir, mierda, salte mi toque de queda diez veces más a menudo que eso. Pero luego mi hermana menor saca una jarra de jugo de la nevera, y se quita su chaqueta, revelando media docena de manchas rojas de vasos sanguíneos rotos en la parte inferior de su cuello y pecho. Marshall roba las palabras de mi boca. —¿Qué mierda es eso? Mary casi deja caer su vaso de jugo. —¿Qué? ¿Qué es qué? Carter, Marshall y yo la rodeamos. —¡¿Qué?! —Señalo las marcas—. ¿Tuviste un altercado con la manguera de una aspiradora? Baja la mirada. —Oh —Y miente de nuevo… mal—. Me rasguñé con un arbusto. Carter inspecciona más de cerca su cuello. —Esos son chupones, niña. Frescos. ¿Quién ha estado chupando el cuello de mi hermana menor? —Preferiría no decirlo —responde, presionando sus labios. —No doy un culo de rata por lo que prefieres —le digo —. Vas a decirlo y lo vas a decir ahora. Sofía se pone de pie. —Espera un segundo. Levanto mi mano. —Sólo siéntate de nuevo, Sofía. Esto es una cosa de hombres, no lo entenderías. Tan pronto como las palabras salen de mis labios, sé que fueron equivocadas. Sus ojos están como platos, entonces se entrecierran. Se cruza de brazos y da pasos deliberados hacia nosotros. Es su postura en la Corte, su modo de abogado defensor activado, y es sexy como la mierda. —Lo siento —dice, no sonando arrepentida en absoluto—. ¿Acabas de decir “Es una cosa de hombresss”? —Yo no hable así. —Bueno, así es como un Neanderthal suena en mi cabeza. Sólo estoy esperando a que gruñas, golpees tu pecho y frotes algunos palos. ¿O no has descubierto el fuego todavía? —Soph… Ahora levanta su mano. —Ningún Soph. No vi a ninguno de los dos apretarle las tuercas a Marshall sobre el nombre de la chica con la que se

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encontraba pasando tiempo en tu camioneta, ¡ y con los pantalones bajos hasta los tobillos! Mary jadea. —¿Con quién estabas, Marshall? Retrocede un paso. —Preferiría no decirlo. Mary mira a Jenny, quien suministra la información. —Norma-Jean Forrester. —Lo sabía —chilla Mary, luego huele el brazo de Marshall —¡Ella es tan sucia! —¡Ella es sucia! —concuerda Jenny—. Su familia entera es sucia. Levanto mis brazos. —¿Podemos enfocarnos en esto, por favor? — Miro fijamente a Sofía—. La razón por la que no interrogamos a Marshall es porque Norma-Jean, la sucia, no dejo ninguna horda de chupones detrás de ella. Sofía asiente. —¿Así que sólo tienes problemas con los chupones? No realmente, pero suena mejor que comenzar a enfurecerme ante la idea de mi hermana haciendo las mismas cosas que me importa poco si mi hermano hace. —Sí. Por desgracia, hay una razón por la que Sofía es una abogada de primera categoría, porque ella puede ver directamente a través de la mierda. —¿Estás seguro? —sonríe. —Si, Regis, esa es mi respuesta final. —Veo —agarra el cuello de su camisa y lo baja —. ¿Así que supongo que también tienes un gran problema con todos estos chupones? Cuatro, no, cinco chupones desvaneciéndose, y dos marcas de mordeduras arruinan la piel, de otro modo impecable, de Sofía. Mirarlos hace que la sangre se precipite directamente a mi entrepierna. —¡Caramba! —exclama mi hermana—. ¿Te volviste un vampiro mientras estuviste en DC? Jenny añade su granito de arena, riendo. —¡Por el amor de Cristo, Stanton! Me debería molestar que Jenny no esté molesta por la evidencia visual de mis devaneos con otra mujer. Pero… no lo hace. Señalo los chupones con mi mano. —¡Eso es totalmente diferente! —¿Por qué? —pregunta Sofía, sus hermosos ojos ardiendo con desafío.

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—Porque tú no eres mi hermana. —Bueno, ella es la hermana de alguien —argumenta Mary. Manteniendo sus ojos en mí, Sofía levanta tres dedos. —¡Tres! —capta Mary—. ¡Ella es la hermana de tres personas! —Y mi hermano mayor podría patear tu culo con muy poco esfuerzo. —Se cruza de brazos, caminando como si estuviera dando un alegato de cierre—. Así que, señor Shaw, parece que estamos en un callejón sin salida. Usted puede dejar que su hermana vaya a su habitación sin más presión por dar un nombre. O… las mujeres de la familia y yo iremos a la otra habitación y tomaremos fotografías de mis chupones, y se las enviaremos a mi hermano. Para ver si él está de acuerdo con su alegato de que es una cosa de hombres. Por un minuto, olvido que Sofía y yo no somos los únicos en la habitación. —Me encanta cuando te pones toda abogada defensora contra mí. —Suspiro. Y ruedo los ojos—. Ve a la cama, Mary. —¡Sí! —le da a Sofía un choca esos cinco mientras la pasa—. ¡Lo hiciste, chica! Marshall anuncia que se va a la cama también, y sigue a Mary por las escaleras. Carter bosteza. —Estoy molido. El sofá está llamando mi nombre. — Cruza la cocina, quitándose su ropa a medida de avanza. Al momento en que sale de la habitación, la última vista que tengo de él es la de su culo blanco como una azucena. Froto mis ojos, para borrar la imagen, y porque estoy agotado. —¿Oye, Stanton? —pregunta JD—. Dado que todos tenemos que levantarnos dentro de —mira su reloj— dos horas para volver a sembrar el campo, ¿Estaría bien si Jenny y yo pasamos la noche aquí? Sin pensarlo, me encojo de hombros —Claro. Y los cuatro nos dirigimos a la granja. Después de que Jenny y JD están instalados en la antigua habitación de Carter, y Sofía y yo estamos bajo las sabanas de mi cama, me susurra. —¿Esto es raro? Esto es raro, ¿no? ¿Te molesta que ellos estén…aquí? —apunta a la puerta abierta del cuarto de baño que conecta las dos habitaciones. Una vez más, probablemente debería. Debería querer arrancarle la cabeza de salchicha. Asfixiarlo con una almohada. Arrojarlo por la ventana y verlo caer los dos pisos, orando que aterrice de cabeza. Pero sólo jalo a Sofía más cerca. —Estoy demasiado cansado para que me importe una mierda.

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18 Stanton Traducido por Dey Kastély & Vanessa Farrow Corregido por itxi

Marshall se libra de sembrar el campo porque tiene que ir a la escuela. El resto de nosotros, Sofía, Carter, Jenny, JD y yo, no tenemos tanta suerte. Desayunamos juntos y pasamos la mañana rastrillando semillas y fertilizantes en la tierra para que mi padre no tenga la tentación de venir y rompernos el trasero. Pero más tarde, después de una larga ducha, la presión comienza a construirse. Y con la llegada de la noche, se siente como un peso renovado que me presiona, el poco tiempo que queda antes del sábado. Así que tomo el asunto en mis propias manos. —¡Ay! —Una rama me rasguña el antebrazo mientras subo, sacando sangre. —¡Mierda! —Una delgada rama cubierta de hojas sale disparada hacia mi cara. —¡Jodido infierno todopoderoso! —Me doy un golpe en la cabeza con la parte inferior de una rama particularmente sólida. ¿Por qué esto era más fácil cuando tenía diecisiete años? Tal vez la calentura me hizo inmune al dolor. Eventualmente, logro llegar a la cima, a mi meta dorada y brillante. La ventana del cuarto de Jenny. Se encuentra desbloqueada, como sabía que estaría. La abro y aseguro mis manos en la cornisa para impulsarme. —¡Cristo en una jodida galleta! —grita Jenny desde la silla de su tocador donde está sentada, con sólo un diminuto camisón rosa de finos tirantes—. ¿Porque no sólo me asustas hasta la mierda?

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—¿Besas a tu abuela con esa boca? —gruño—. Eso explica mucho. —Cuando simplemente sigue sentada, con los brazos cruzados, frunzo el ceño—. ¿Ni siquiera me darás una mano? Eso es bastante frío, Jenn. Rueda los ojos y exhala con fuerza, pero luego se levanta y me ayuda a entrar. Me tropiezo hacia adelante, aferrándome a sus caderas para evitar caernos, y ambos nos congelamos cuando nos damos cuenta de que nuestros rostros están sólo a milímetros de distancia, compartiendo las mismas respiraciones. Entonces, Jenny parpadea y se aleja. —No puedes estar aquí, Stanton. La ignoro y le echo un vistazo a la cama. —¿Dónde está Presley? —Se quedó dormida en el sofá de abajo. La subiré en un rato. Y entonces, mi mirada cae detrás de Jenny, al fluido vestido blanco que cuelga en la pared. Y cada hueso en mi cuerpo se convierte en gelatina, unido por tiras flojas y trituradas de tendón. —¿Es ese? —susurro. —Si —dice Jenny muy suavemente—. Ese es mi vestido de novia. ¿Verdad que es precioso? La veo llevándolo en mi mente. Encaje delicado, flores bordadas alrededor del cuerpo que conozco tan bien. Precioso ni siquiera se acerca. —Es hermoso. Entonces, recuerdo que lo usará para otra persona, y mi corazón se aprieta con tanta fuerza que se siente como que se evaporará en mi pecho. —No quiero lastimarte, Stanton. Me vuelvo hacia ella, ahora desesperado. —Entonces, no lo hagas. Háblame, escúchame. —¡Ya he hablado contigo! ¡Eres tú el que no ha estado escuchando! —exclama con una expresión decaída—. Eres tan terco, estás tan atascado en lo que piensas que se supone que debe ser, que te estás perdiendo de lo que está justo delante de ti. Me siento el borde de su cama, pasando una mano frustrada por mi cabello. —Suenas como Carter. Noto un montón de cajas cerca de mis pies, abiertas con listones colgando. —¿Qué es esto? —Las chicas de mi club me organizaron una pequeña despedida de soltera.

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Noto un trozo de material asomándose de la caja más cercana. Negro y… ¿cuero? Lo saco y sostengo en alto un par de esposas negras con brillantes cerraduras de plata. Junto con las esposas, hay un látigo negro a juego. ¿Qué mierda? —Stanton, no… Pero ya estoy hurgando. Vendas para los ojos, bolas de mordaza, fustas que definitivamente no son para un caballo, anillos para el pene, y una amplia gama de consoladores; morados, azules, de vidrio, y un particularmente enorme succionador con baterías. La casi estupefacción es clara en mi voz. —¿En qué jodido tipo de club estás metida? Con un rubor escarlata, toma el consolador gigante de mis manos y suspira. —Te dije que había maneras en las que JD me conocía mejor que tú. —¿También está metido en este tipo de cosas? Asiente. —¿Por qué nunca me dijiste? No me mira a los ojos. —No lo sé, ¿tú me cuentas todo lo que te gusta hacer por estos días? Jenn y yo siempre hemos tenido sexo increíble, pero el tipo de increíble que es familiar y practicado. Preguntarle si quiere ser follada duro, hacerla rogar por correrse, inclinarla sobre un escritorio y penetrarla sin molestarnos en quitarnos la ropa sólo porque es más sucio de esa manera; nunca, jamás, se me pasó por la mente. —No, supongo que no. Pensé que me darías una bofetada si lo hacía. —¿Qué habrías dicho si te dijera? Tomo el consolador, lo giro en mi mano con admiración. —Habría dicho… asegúrate de tener baterías de repuesto. Se echa a reír, deja caer el consolador de nuevo en la caja, y apoya su cabeza contra mi hombro. —Te amo. Eso me pone serio de nuevo. —Entonces, no hagas esto. Sólo sonríe con tristeza. —Hay todo tipo de amor, Stanton. El nuestro es el que crea el mejor tipo de vínculo, uno que durará toda la vida. Pero no es del tipo para casarse. —Eso no es cierto. —Tomo su rostro en mis manos—. Estoy enamorado de ti, Jenny.

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Sus ojos están secos, pero hay lágrimas en su voz. —No, no lo estás. Es un eco. De quienes éramos, las promesas que hicimos, la pasión que teníamos. Pero un eco no es real, no puedes construir una vida sobre eso. Sólo es el recuerdo de un sonido. Le acaricio la mejilla con mi pulgar, oyendo sus palabras, pero sin escuchar realmente. —Sólo desearía… Desearía haber sabido que la última vez que te besé sería la última. —Trazo sus labios con la punta de mi dedo—. Hubiera tenido más cuidado en recordar. Déjame besarte ahora, Jenn. Danos eso. Y después, si todavía quieres casarte con él, te juro que me haré a un lado. Lo veo en sus ojos. Deseo. Tal vez también se arrepiente de no apreciar más ese último beso. Se queda mirando mi boca y sus manos acunan mi mandíbula. Me inclino más cerca, dándole tiempo para decir que no. Pero no lo hace. Y entonces, nuestros labios se tocan, se rozan, se amoldan juntos. Ella se hunde en el beso con el más mínimo de los gemidos, y la empujo más cerca. Muevo mi boca sobre la suya, y sabe igual, justo como recuerdo, dulces cerezas de verano. Y espero esa sensación que siempre viene, ese innegable tirón que me hace querer tocarla por todas partes, todas a la vez. Espero esa sensación de certeza, impecable perfección, de que estoy exactamente en donde debo estar, y que la mujer en mis brazos es todo lo que podría pedir. El problema es… esos sentimientos nunca vienen. Mi corazón no martillea en mi pecho, mis manos no tiemblan con la necesidad de acariciar. Sólo hay… nada. Quiero decir, estoy en una habitación oscura con la boca presionada contra una mujer hermosa, por lo que hay algo. Pero no es lo que se supone que debe ser, no es poderoso o alucinante, ni tierno o excitante. No es nada como cuando beso… Oh, mierda. Me recuerda a los cuentos de hadas que le leía a Presley cuando era más pequeña. Aquellos en los que el beso siempre rompía el hechizo. Levantaba la maldición. Abría los ojos. Poco a poco nos separamos, y Jenny y yo nos miramos el uno al otro. —También lo sientes, ¿cierto? —pregunta. —¿Qué cosa?

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—Como si trataras de apretar una pieza de rompecabezas en el lugar equivocado… como que hay algo faltante. Sientes eso ahora, ¿verdad? En un susurro sorprendido, finalmente lo admito para mí mismo, y para ella—: Si. Eso es, exactamente. —Pongo una mano en su hombro —. Jenny, yo… De repente, se tapa la boca con la mano, su rostro transformándose en una máscara de remordimiento y culpa. —¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? —Jenn… Se pone de pie y camina de un lado a otro, hablando con palabras rápidas y horrorizadas. —¡Oh, Dios mío! ¡Te besé! ¡Tres días antes de mi boda! ¡Tres d��as antes de estar a punto de ponerme de pie frente a Dios y mi familia, y comprometerme con otro hombre! ¡Un hombre que no ha hecho nada más que amarme, confiar en mí, respetarme! ¡Oh, jodido Dios! —¡Cálmate! Todo está bien. Nosotros no… Se gira hacia mí como una víbora. —¡No me digas que me calme! JD siempre se ha sentido intimidado por ti. Siempre se preocupó de que no pudiera amarlo como te amé. Nunca pensó que podría estar a la altura… No puedo evitar que en mis labios aparezca una sonrisa satisfecha. —¿En serio? Me apunta con el dedo y dice entre dientes—: ¡Borra esa sonrisa de tu cara o te la quitaré con una bofetada! Mi sonrisa huye aterrorizada. —¿Cómo se lo voy a decir? ¿Cómo se supone que le explique sin que sienta…? Me pongo de pie, bloqueando su camino. —Lo mantendremos entre nosotros. No tienes que decirle ni una mierda. —¡Sí, tengo que hacerlo! —grita—. Los secretos son veneno. Se comen el alma de una relación. —Oh, por el amor de Dios, Jenn, en serio necesitas dejar de salir por ahí con mi hermano. Me apunta a la cara de nuevo, haciéndome retroceder hacia la ventana. —¡Todo esto es tu culpa! ¡Me engañaste! —¡No te engañé! —Mi abuela tenía razón sobre ti; eres Satanás. —Toma la primera cosa que puede agarrar, la bola de mordaza, y la lanza hacia mí—. ¡Fuera de aquí, Satanás! —El consolador azul sigue a continuación. Luego, las esposas.

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Levanto los brazos mientras proyectiles de juguetes sexuales se precipitan hacia mí. El consolador gigante rebota en mi frente. Probablemente dejará una marca. —¡Se supone que debes lanzar agua bendita! Me doy vuelta y me apresuro por la ventana. Descendiendo rápidamente, logro llegar a mitad de camino antes de que mi pie se atore, y me caigo la otra mitad. —¡Auch! Aterrizo sobre mi espalda, posiblemente rompiéndome un riñón. A medida que respiro a través del dolor, escucho a Jenny cerrar la ventana con fuerza por encima de mí y me quedo mirando el cielo. Es negro como la tinta y las estrellas blancas parpadean sobre mí, como un millón de ojos burlones. Me cubro la cara con el brazo. Esta noche no salió según lo planeado. Últimamente, eso ha estado pasando mucho. Pero me di cuenta de algo crucial. Algo que cambia la vida. Soy un hombre enamorado. Sólo no un hombre enamorado de Jenny Monroe. Mi primer pensamiento después de esta comprensión es: Jódeme. El segundo es: Drew Evans se morirá de risa.

Me tomo mi tiempo para volver a casa de mis padres, intentando procesar todo. Mi hermano me dijo que debería meditar, y por primera vez desde que salió de la parte más profunda, considero que podría tener razón. Sensaciones se apresuran a través de mí, demasiado rápido para retenerlas, como una ramita en un río embravecido. Abro la puerta de la habitación de Sofía, suavemente, observando su forma bajo la tenue luz de la luna que entra por la ventana abierta. Está sobre su costado, la piel luminosa de su espalda desnuda frente a mí. Ternura inunda mi pecho, y un dulce sentimiento de alivio. Es como volver a casa. Fuerzo mi mente a callarse, haciendo a un lado la loca confusión que se arremolina, desnudándome. Entonces me meto en la

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cama, decidido a centrarme en este momento. El simple aquí y ahora. Sólo ella. Pero antes de que pueda tocarla, se gira, sorprendiéndome. —¿Cómo te fue con Jenny? —pregunta. Quito el pelo húmedo de su rostro. —Fue... esclarecedor. —¿Qué quieres decir? ¿A decir verdad? No tengo ni idea. Durante mucho tiempo, pensé que Jenny Monroe era mi desenlace. Era una certeza, como el sol saliendo por el este. Darme cuenta de que nada de eso es cierto, y que en realidad estoy de acuerdo, me lanza por un gran maldito remolino. Me pregunto si es así como se sintió la gente cuando descubrieron que la tierra no era plana. Es un cambio de percepción, en cómo veo el mundo y cuál se supone que sea mi lugar en él. Mis pensamientos sobre Sofía son podidamente complicados. Lo que siento por ella se extiende más allá de la admiración por sus estupendas tetas y magnífica inteligencia. Más profundo. Ahora lo sé, sólo que no estoy seguro de lo que se supone que tengo que hacer al respecto. ¿Me creería si le dijera? ¿Hay alguna posibilidad de que sienta lo mismo? Así que no voy a hacer nada. ¿Porque qué pasa cuando estás conduciendo un coche y tratas de cambiar las marchas demasiado rápido? Rechinarán, crujirán, posiblemente causando que la transmisión caiga de la parte inferior de tu coche. En caso de duda, es mejor esperar. —No quiero hablar de ello. Su rostro se tensa, como si quisiera presionar en el tema, pero luego se gira sobre su espalda y se queja—: Hace tanto calor que literalmente me estoy derritiendo. —Se limpia el sudor de la frente. Sonrío. —Mi abuela solía decir que Mississippi estaba más cerca de Dios. Lo malo es que cuando estás más cerca de los cielos, estás más cerca del sol, y es por eso que siempre hace tanto calor. Sofía se ríe. Entonces arquea la espalda y rueda su cuello, incómoda. —Nunca voy a ser capaz de dormir. Ahí es cuando tengo la mejor jodida idea. —Quiero llevarte a una parte.

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—¿Estás convencido de que es seguro? —Completamente. —Jalo el manillar, probando el peso de la cuerda que sostendré. Cruje como una vieja casa en una tormenta, pero se mantiene—. ¿Ves? Estamos en Sunshine Falls, a unos pocos kilómetros abajo de mi casa y la de Jenny, donde todo el mundo viene a nadar. La verdad es que no hay cascadas, es más como una cresta de cuatro metros de roca sobre pequeños saltos de agua, fresca y clara. Pero... ese es el nombre. La mejor parte es la línea de arraigados árboles viejos en la orilla, cuyas ramas cuelgan sobre el agua, haciéndolo el más perfecto y más épico columpio. Éste tiene el manillar de una vieja bicicleta atada al final, en vez de la cuerda simplemente anudada, que ayuda con la empuñadura. —La única cosa que tienes que recordar es soltarte. Asiente con gran atención. —Vamos. Lo entiendo. —No te paralices y agárrate. Te balancearás hacia atrás y golpearás en el tronco… lo que será jodidamente hilarante, y nunca te dejaré superar la vergüenza. Pero también dolerá mucho. No te pongas nerviosa. —No estaba nerviosa, pero ahora estás logrando que me sienta de esa forma. —Sofía se mueve de un pie a otro, y sus impresionantes pechos se sacuden bajo los triángulos de su diminuto bikini rojo. Lamo mis labios. Sería tan fácil simplemente agacharse, chupar sus sabrosos pezones erectos a través de la tela de su traje. Y las cosas que podría hacerle con esta cuerda y manillar... Cierro los ojos con un gemido, una completa erección ahora duele contra la tela de mi bañador. Pero lo ignoro, porque es momento de nadar. Sofía es caliente. Muy caliente… Nadar, nadar, jodidamente nadar. —Iré primero. —Agarro las barras, levanto mis piernas, y me balanceo sobre el agua en un arco sin problemas. Cuando alcanzo el umbral, un segundo antes de que la cuerda comience a balancearse hacia atrás, me suelto, aterrizando primero los pies en el agua, luego de una perfecta voltereta hacia atrás. Salgo a la superficie y suspiro de placer; el agua fría se siente increíble contra mi piel recalentada.

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Entrecerrando los ojos en la oscuridad, veo a Sofía en la orilla. — ¡Vamos! Es hermoso. Luego, con un grito ensordecedor, se balancea hacia mí. Justo mientras grito—: ¡Suéltate! —Lo hace, y entra como una bala de cañón en el río. Sale riendo, ahogándose un poco. Su piel está lisa y brillante, su cabello mojado está pesado y largo. —¿Todavía tengo puesta la parte de arriba de mi bikini? —Revisa las cuerdas atadas alrededor de su cuello. —Por desgracia, sí. Su cara está en éxtasis, como una niña pequeña al ver la inmensidad del océano por primera vez. —¡Voy a hacerlo de nuevo!

Más tarde, Sofía se acuesta boca arriba en la orilla, su pie agitándose a través del agua. —Esta es la mejor idea que has tenido — suspira. La miro desde las aguas poco profundas, las ondas moviéndose alrededor de mis caderas. Mi voz es ronca, casi irreconocible. —Estoy pensando en unas pocas mejores en este momento. Levanta la cabeza y se encuentra con mis ojos. Y justo ahí, su respiración se acelera. Su pecho sube y baja un poco más rápido. Los latidos en su cuello un poco más rápidos. —Ven aquí, Sofía. Su mirada no deja mi cara mientras se desliza en el agua, acercándose. Cuando está a sólo un brazo de distancia, tomo una respiración profunda. —Dijiste que nada de sexo cuando llegamos a mi casa, pero te deseo tanto, ¿puedo probarte? Se queda mirando mi boca, debatiéndose. Y no puedo evitar sonreír. Es la sonrisa que la hace caer. Porque un segundo después, me tira hacia ella, murmurando—: Que me jodan. —Oh, querida, tengo toda la intención. En el momento en que mis labios tocan los de ella, en el segundo que mi lengua invade el calor húmedo de su boca, estoy gimiendo. Se

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siente como que ha sido demasiado tiempo. Agarra mis bíceps, sus uñas clavándose en ellos, su lengua tan ansiosa como la mía. Tiro de la cuerda de su bikini, liberando la suave y exuberante carne. En un solo movimiento, envuelvo sus piernas alrededor de mi cintura, levantándola más arriba y bajando la cabeza. Mi boca está en ella, chupando su ya puntiagudo pezón, lamiéndolo con la lengua, lamiendo el agua en su piel y el sabor de ella. Cristo, podría hacer esto durante horas. Y las sensaciones me golpean, cegadoras y contradictorias. Todo lo que no estaba allí cuando besé a Jenny. El insano deseo, la inexplicable necesidad, queriendo pasar horas y días con la mujer en mis brazos, y nunca queriendo que este momento termine. Necesitando venirme tanto que mi polla palpita dolorosamente, pero con ganas de quedarme enterrado dentro de ella toda la noche. Estoy totalmente jodido. Pero en este segundo, no hay una maldita cosa que cambiaría. Sofía se retuerce y gime en mis brazos. Sus caderas se frotan, giran contra los planos de mi estómago, sus manos aferradas a mi cabeza, jalándome el cabello. Y me tomo mi tiempo adorando sus magníficas tetas. Manteniendo un brazo alrededor de su espalda, mi mano libre masajeando su pecho, pellizcando el pezón hasta que jadea. Sofía no parece tener la misma paciencia que yo. —Stanton, por favor —ruega, su barbilla frotándose contra mi pelo— . Oh Dios, necesito que me folles. Trazo los chupetones en su pecho con mi lengua, luego chupo, remarcándolos. —Todavía no. Desenrosca las piernas y se desliza por mi frente. Mi polla duele de la fricción y mis caderas se rozan hacia adelante, en busca de más. Luego Sofía toma el asunto en sus propias manos. Literalmente. Le beso la boca, mordiendo su labio, cuando veo su mano clavándose por debajo del agua, en su traje de baño. Oh, mierda. Su gemido se hace más profundo, más salvaje, y su mano libre se desliza alrededor de mi espalda, en mi bañador, agarrando mi culo. Acercándome donde me necesita más. La levanto contra mí y nos arrastro a la orilla. La acuesto y me tiendo sobre ella, pechos desnudos frotándose. Empuja hacia abajo su bikini inferior y los jalo el resto del camino, entonces me libero de las

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restricciones sofocantes de mi bañador. Sus muslos se abren más ampliamente cuando empujo contra ellos con mis caderas. Agarrando mi polla, arrastro la cabeza a través de sus pliegues, sintiendo su calor, con ganas de embestir, frotar y montarla hasta que ambos enloquezcamos. Jesús, esto nunca se ha sentido así. Tan jodidamente urgente. Tan desesperado. Empujo dentro de ella, sólo la punta, y sus músculos se aprietan alrededor de mí con avidez. Es tan jodidamente caliente... resbaladiza y ajustada. Muy cálida. La miro a los ojos. —No tengo nada, Sofía. Una caja completa de maravillosos condones en casa, en mi habitación. Mierda. Sacude la cabeza, su voz alta y sin aliento. —No me importa. Me pongo más duro con el pensamiento de follarla sin condón. Ilícitas imágenes decadentes parpadean detrás de mis ojos, diciéndome que esto no importa. Instándome a sólo empujar, embestir, follar. Arrastro mis uñas por su muslo suavemente. —La sacaré —digo en tono áspero. Prometo—. Quiero ver cómo me vengo sobre ti. —Deslizo mi mano hasta su estómago, a través de sus pechos—. Aquí. Brillando sobre esta perfecta jodida piel. Asiente con un gemido, tirándome hacia ella. Levanta sus piernas, por lo que me deslizo más adentro. Empujo con fuerza y me detengo. Hundiéndome en la sensación de ella envuelta con tanta fuerza alrededor de mí, llenándola completamente sin nada entre nosotros. No recuerdo la última vez que estuve dentro de una mujer sin nada, pero eso no es lo que lo hace diferente. Es hermoso. Intenso. Pero sólo porque es ella. Salgo lentamente. Arquea la espalda, frotándose contra mí. Y me empujo otra vez dentro de ella, gimiendo y agarrando. Me dejo ir, follándola sin un gramo de moderación, moviéndonos poco a poco hasta la orilla, meciendo sus pechos con cada empuje de mis caderas. La jalo por los hombros y agarra mi cabeza, sosteniéndome mientras su lengua saquea mi boca. Su boca se inclina por mi mandíbula, mordiendo, y se viene con un grito ahogado contra mi piel. Siento su contracción, apretando tan fuerte que bordea el dolor. El mejor tipo de dolor. Cuando sus músculos se relajan, empujo otra vez, sintiendo la tensión que se enrolla en mi estómago. Chispazos eléctricos se desatan en mis muslos, y en el último momento posible salgo y me arrodillo. Muevo mi

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puño por mi longitud, y me mira con ojos embelesados. Cubre mi mano con la suya, ayudándome a llegar allí. El sonido de mi sangre corriendo incrementa en mis tímpanos y me vengo en ráfagas fuertes y calientes. Gime conmigo y mi orgasmo pinta sus pechos en brillantes salpicaduras que siguen y siguen. Con un gemido final colapso encima de ella, ambos jadeando, persiguiendo nuestro aliento. Me acuna contra su cuello y mis brazos la envuelven, acercándola. Nos quedamos así hasta que el sol se asoma por el horizonte, en el este. Y un nuevo día nace.

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19 Stanton Traducido por Idy Corregido por Vanessa Farrow

El jueves por la tarde, la hermana de Jenny da una gran fiesta para ella y JD en casa de sus padres. Es más elegante que la barbacoa del domingo, pero no tan extravagante como un evento organizado con catering. Los futuros novia y novio han renunciado a la despedida de soltero o de soltera, para gran disgusto de Ruby. Parece que estaba deseando darle a su hermana menor la clase de despedida hacia la vida matrimonial que incluía bomberos strippers y paseos en toro mecánico. Obviamente, Ruby no tiene conocimiento de las tendencias pervertidas de su hermana, y del hecho de que ya tiene su propia colección de esposas, por lo que el desnudista probablemente habría sido una decepción. Siendo tan cercanos como son, toda mi familia está invitada. Entrar en su casa decorada con serpentinas y globos de temática nupcial hace poco para resolver el lío en mi cabeza ahora mismo. Todavía no estoy emocionado por Jenny casándose, pero la idea ya no hace que mi interior arda con celos o pánico. Ahora lo entiendo, después de anoche, luego del beso sin importancia, veo que Jenny tenía razón. Sobre todo. Que es exactamente el por qué no hay una buena razón para que le confiese las cosas a JD. Simplemente causará problemas por nada. Ese es el consejo que quiero darle a Jenn, si se quedase quieta el tiempo suficiente para poder hablarle. —Ahora no, Stanton. —Sale de la cocina conmigo justo detrás de ella. Su boca está fruncida, sus ojos están cansados y apagados de remordimiento. Se ve estresada, pero lo que es peor, se ve culpable. —Jenny, sólo dame un segundo. —Pero ya está en la sala de estar, moviéndose entre un mar de gente, cada uno asintiendo, sonriendo y conversando. El cielo afuera es color gris humo, volviéndose rápidamente a carbón, por lo que todo el mundo está en el interior. En el salón, los ojos

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de JD se iluminan cuando Jenny entra en la habitación. Ella se frena en seco, mirándolo con una expresión que no puedo leer. —No digas nada, Jenn. Todavía no —digo contra su cabello. Ruby camina alrededor de la casa con un micrófono, jugando bingo nupcial. —Está bien todos ustedes, ¿quién conoce el mes y día en que JD y Jenny fueron a su primera cita? Márquenlo en su tarjeta. —Se inclina hacia la pequeña y canosa señora Fletcher, quien es sorda como un poste, y en el micrófono grita—: ¡La primera cita, señora Fletcher! La señora Fletcher asiente, luego escribe la fecha de hoy. —Sólo seré honesta —se dice Jenny a sí misma—. La verdad te hará libre. No, sé por experiencia profesional que la verdad puede aterrizar tu culo en una celda de la cárcel. Es cómo se presenta la verdad lo que hace toda la diferencia. Se mueve hacia adelante antes de que pueda agarrar su brazo. —Allí está mi chica —dice JD desde su asiento. La veo tragar saliva mientras se sienta junto a él. Y parece que en realidad podría vomitar cuando dice—: Hay algo que necesito decirte. —Oye, JD —intento—. ¿Quieres ir afuera y lanzar la pelota? Levanta un dedo hacia mí y sus oscuros ojos se entrecierran mientras observa a Jenny con una mezcla de preocupación y curiosidad. —¿Qué pasa, hermosa? —Muy bien, ¡todo el mundo prepárese para la siguiente! —anuncia Ruby en el micrófono. Se interpone entre las sillas de JD y Jenny—. ¡Jenny va a dárselas a todos! Y es como un choque de trenes. Un lento movimiento, el imparable choque. Rubí baja el micrófono a la boca de Jenny justo cuando ella confiesa—: Besé a Stanton anoche. Choque. Todo el mundo se detiene, las miradas fijas, ninguno se mueve. Incluso la vieja señora Fletcher escuchó claramente. —¡Ja! —susurra con deleite a su vieja compañera de bingo—, sabía que ese chico no lo dejaría ir tan fácil. Pero es otra voz la que me captura, agarra algo muy dentro de mí, y retuerce. —¿La besaste anoche?

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Las palabras son susurradas con condena... e incredulidad. Pero es la mirada en los ojos de Sofía la que casi me hace caer de rodillas. Angustia. Puro dolor sin diluir que ni siquiera trató de ocultar. Y es como si pudiera leer su mente, ver sus pensamientos. Está pensando en nuestro momento en el río, conectando los puntos. Y está asumiendo que la usé. Me volví hacia ella para terminar lo que Jenn empezó. Está todo bien jodido en su rostro. —Soph... —Doy un paso hacia ella para explicar, para alejar esa mirada, pero me da la espalda, saliendo de la habitación. Con el público aún silencioso, Ruby se aclara la garganta y habla por el micrófono. —Pastel… y licor... serán servidos en el pórtico, si me siguen. —Hace un gesto con la mano. La habitación se vacía rápidamente, dejándonos sólo a Jenny, JD, yo, nuestros padres, y mi hermano mayor. Los ojos marrones de JD la miran como si estuviera esperando a que continuara, pero no puede decidir si realmente quiere que lo haga. No parece enojado. Está sorprendido. Destrozado. Como... como un cachorro que acaba de ser pateado. Toma una respiración profunda y dice—: Jenny... sé que no soy excitante. No tengo un trabajo llamativo, no soy el mariscal de campo estrella, soy un tipo simple. Me gustan... las cosas sencillas. Cosas tranquilas, como sostener tu mano, y mirar la televisión con mis brazos a tu alrededor. Sólo soy un hombre que te ama más de lo que alguna vez amaré nada. —Se endereza—. Pero no voy a pelear por ti. Esto no es la escuela secundaria o alguna película, somos adultos. Debes decidir lo que quieres. A quién quieres. Y tiene que ser ahora. Los dedos de Jenny se envuelven uno alrededor del otro suplicantes. —Ya lo he decidido. Quiero estar contigo, JD, te amo. Sus palabras parecen molestarlo más. Empuja su oscuro cabello, brazos apretados, las manos curvadas en puños. —¿Estás segura de eso? Porque no luce como amor desde donde estoy parado. Pienso que es el momento de intervenir. —Escucha, JD… —Oh, cállate —gruñe. —¿Perdón? —¡Estoy hasta aquí de ti! —Señala la cima de su cabeza—. Todo estaba bien hasta que volviste. ¡Eras un idiota en la escuela secundaria, y eres un idiota ahora! Presiono una mano a mi pecho. —Jenny dijo que tú pensabas que yo era una leyenda.

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—¡Un idiota legendario! Siempre caminando alrededor como si fueras mejor que nosotros, demasiado malditamente bueno para esta ciudad. ¡Jódete! Estoy insultado. —Bueno, seguro como la mierda era mejor que tú, maldito aguatero. De repente, JD cambia de un cachorro a un Rottweiler. Uno que muerde. —¡Era el director! —brama. Luego se lanza sobre la mesa, derribándome por la cintura, llevándonos a ambos al suelo. June grita. Jenny gime—: Oh, infiernos. Mi pierna atrapa la pata de la mesa auxiliar, con lo que la lámpara encima de ella se estrella contra el suelo. Y Carter dice—: ¡Por fin! Eso es de lo que estoy hablando. ¡Purgar la negatividad! Saquen todo fuera, chicos. Enderezo mi brazo contra el pecho de JD, tratando de sacar ventaja. —Pensé que no ibas a pelear —espeto. —¡He cambiado de opinión! —gruñe. Entonces me da un puñetazo en el ojo. Mi cabeza se mueve bruscamente hacia un lado, pero vuelvo, aterrizando un gancho sólido directo a su mandíbula, haciendo que mis nudillos palpiten. Atacamos y gruñimos, patada y puñetazo. Pero en tan sólo unos minutos, Wayne y mi padre deciden que ya es suficiente. Nos agarran a cada uno por nuestros cuellos, arrastrándonos hacia arriba, separándonos. Jadeando, JD se sacude del agarre de Wayne, pero no viene a mí otra vez. Mira a Jenny y dice—: He terminado aquí. Y la puerta delantera se cierra detrás de él.

Luego de la salida de JD, Ruby anunció que la fiesta había terminado y envió a todos a casa. Entonces juró que iba a ponernos a

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todos en el programa de Jerry Springer9. Veinte minutos más tarde, estoy en la mesa de la cocina, sosteniendo una bolsa de guisantes congelados en mi ojo hinchado. Jenny se sienta en una silla junto a mí, mientras nuestra hija se pasea ante nosotros. Presley se detiene frente a mí. —Usamos nuestras palabras para resolver problemas por aquí, no nuestros puños. —Se pasea un poco más. Entonces mira de forma severa a Jenny—. Y tú has herido los sentimientos de JD. Debes decir lo siento. Asentimos en triste unísono. Conseguir tu culo regañado por una niña de once años de edad, no es divertido en absoluto. Presley sacude la cabeza y menea su dedo. —Estoy muy decepcionada de los dos. Quiero que se sienten aquí y piensen acerca de su comportamiento. Y la próxima vez, espero que puedan tomar mejores decisiones. —Con un jum de reproche final, se aleja, dejándonos inquietos. En silencio, Jenny mastica sus uñas. Es lo que hace cuando está preocupada, y no hace falta ser un genio para adivinar lo que la preocupa. —Lo siento, Jenn. No quise… —Me detengo, porque poner fin a la boda de Jenny y JD era exactamente lo que quería hacer. Pensé que me sentiría victorioso, otro visto bueno en la columna de la victoria. Pero me siento como mierda. Apoya su mano en mi pierna. —Está bien, Stanton. No es tu culpa. La miro fijamente. Esperando. —Está bien, sí es tu culpa. Pero también hice mi parte. Si te hubiera dicho desde el inicio, permitiendo que te acostumbraras a la idea, nosotros no… La puerta frontal se abre de golpe y una ráfaga de viento se dispara en la casa, soplando hojas, pequeños trozos de tierra y a... Jimmy Cara de Culo Dean. Jenny se levanta mientras él entra en la habitación, el rostro duro y el ceño fruncido. Pero hay algo más en sus ojos. Miedo. —Volviste —respira. —Tuve que volver. Para asegurarme de que Presley y tú estaban bien. —La jala a sus brazos, y el Rottweiler está de vuelta en su jaula—. Se 9

Conductor de un programa conocido en Estados Unidos por mostrar historias de personas reales pero extrañas, historias semejantes a las que se ven en las telenovelas: infidelidad, engaños y, a veces, violencia.

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aproxima una tormenta. —Me mira—. Se disparó la advertencia de tornado, la oí cuando me acercaba a la ciudad. La radio se cortó en el viaje de regreso, pero sonaba como si estuviera llegando. Mierda. Ver tornados es bastante común en esta parte de Mississippi. Tratamos con ellos de la manera en que la Costa Este maneja una tormenta de nieve, con saludable precaución y preparación, aunque en realidad nadie espera el Armagedón que muestran en las películas. Pero una advertencia significa que un tornado realmente tocó tierra. Y si estás en su camino, eso es un jodido problema. Al mismo tiempo, todo el mundo se mueve, trayendo los muebles del jardín, bloqueando las ventanas. No todas las granjas tienen un sótano de tormentas, pero ésta sí. El padre de Jenny agarra el paquete de primeros auxilios de debajo del fregadero y todos se reúnen en la cocina, para salir por la puerta trasera. Pero cuando miro alrededor, mi corazón se atora en mi garganta, bloqueando el aire. —¿Dónde está Sofía? Camino de vuelta a la sala de estar, buscando. Abro la puerta para revisar el patio, y tengo que afianzar mis piernas contra una ola de viento que se siente como si el mismo Dios estuviera tratando de golpearme en el culo. —Se fue a caminar —ofrece Ruby, con la cara pálida y tensa. —¿Cuándo? —grito. —Hace un rato, antes de la pelea. Salió por la puerta de atrás y simplemente siguió caminando. Puro y frío pánico sube por mis piernas, como si estuviera hundiéndome en arenas movedizas. Y mil escenas horribles pasan por mi cabeza. Sofía siendo derribada por escombros voladores, sangrando y gritando mi nombre. Atrapada debajo de un árbol caído, sus ojos sin vida. Corriendo, casi llegando a la casa... antes de ser arrastrada por la monstruosa masa gris. Ida, como si nunca hubiese estado aquí en absoluto. Su nombre burbujea en mi pecho y aprieto los dientes para no gritarlo. Tengo que encontrarla. En la cocina, les digo—: Todos continúen, voy a ir por Sofía. —¡Papi! —Presley lanza sus brazos alrededor de mi cintura y puedo sentir su agitación—. Papi, por favor, ven con nosotros. ¡No vayas!

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Su terror, su necesidad por mí corta a través de mi pecho como un machete, partiéndome en dos. Me arrodillo, mirándola a los ojos, tocando su carita. Y pongo todo lo que tengo en mis palabras para consolarla. — Voy a volver. Te lo juro, Presley, voy a volver. Su labio tiembla. Acaricio su pelo y trato de darle mi sonrisa. —No podemos dejar a la señorita Sofía ahí afuera, niñita. Me voy a buscarla y luego vamos a venir directamente a ti. —Miro detrás de Presley a Jenny, que está sosteniendo la mano de JD. Y sé lo que tengo que hacer. Levanto a Presley en mis brazos, besando su mejilla. —Vas a estar con tu mamá y JD. Te van a mantener a salvo. Me abraza una última vez, y luego la entrego. A JD. Nunca me vi a mí mismo dejando a mi hija al cuidado de otro hombre. Nunca imaginé un escenario donde eso estaría bien. Pero no hay celos, ningún deseo de noquearlo y arrebatarla de vuelta. Sólo estoy... agradecido de que Jenny no está sola. Ella le murmura algo a nuestra hija y asiente hacia mí, gratitud en sus ojos. Como un presagio, hay un estruendo fuera, sacándonos del momento. Mi madre apresura a todos a la puerta. Cuando JD va a seguir, agarro su hombro, hablando más con mis ojos, para no asustar al precioso paquete que sostiene en sus brazos. —Asegúrate de bloquear la puerta detrás de ti. ¿Entiendes lo que estoy diciendo? No esperen por mí, es lo que le estoy diciendo. Bloquea la maldita puerta y mantenla cerrada, incluso si todavía estoy en el exterior, nada las tocará. Asiente, con el rostro solemne. —Sí, te entiendo, Stanton. Me doy vuelta y cruzo a la sala de estar. —¡Oye, espera! —llama. Miro hacia atrás y JD me lanza un juego de llaves—. Tu hermano puso neumáticos de mierda en tu camión, quedará atrapado en el barro. Toma el mío. Miro las llaves en mi mano, luego vuelvo la vista hacia él. Asiente. Asiento. Y eso es todo lo que hay que hacer. Sofía tenía razón cuando dijo que los hombres son criaturas simples. Con este fácil intercambio, he acordado no permanecer en su camino y el de Jenny, y él está de acuerdo en no darme una razón para matarlo. Cambio y fuera.

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Me apresuro hacia la puerta y corro a la camioneta. La cruda realidad de que no tengo ni idea de dónde se encuentra Sofía me consume, empuja en mi cerebro, amenazando con romperlo. Conozco la propiedad Monroe tan bien como la mía. Si salió por la puerta de atrás, hay una buena probabilidad de que estuviera dirigiéndose hacia el campo de maíz. A menos que diera la vuelta. —¡Maldita sea! —grito, golpeando el volante, tratando de conducir lo suficientemente rápido para cubrir más terreno, pero aún mirando los campos por una señal de a dónde podría estar. El camión vibra con la fuerza del viento, y granizo del tamaño de un guisante se lanza al parabrisas. Pienso en ella en este clima, sola, sin protección. ¿Tiene frío? ¿Está asustada? Cada músculo de mi cuerpo se congela ante el pensamiento. —Vamos, nena —pronuncio con los dientes apretados—. ¿Dónde estás? Dicen que cuando mueres, tu vida pasa ante sus ojos. No sé si eso es cierto. Pero sé con certeza que hay un punto en el que tu miedo por alguien que te importa... alguien a quien amas... se vuelve tan intenso, tan paralizante, que todo lo demás se desvanece. Y estás consumido con pensamientos de ellos: la forma en que se ríen, su olor, el sonido de su voz. Cada momento que he compartido con Sofía parpadea a través de mi mente, como una película muda. Sofía junto a mí en una sala de audiencias, debajo de mí en la cama, los días que bromeamos y hablamos, las noches que gemimos y suspiramos. Y cada imagen me hace desear más. Más tiempo. Más recuerdos. Todos los momentos que no hemos compartido aún, todas las experiencias que no hemos tenido, todas las palabras que nunca dije. Los necesito. La necesito. Más de lo que nunca he necesitado a alguien. A nadie. Cierro los ojos y rezo una oración en silencio, suplicando y pidiendo. Por otra oportunidad para hacerlo bien. Para revivir cada segundo con ella, para tratarla con la reverencia que siempre mereció. Para cuidar de ella. Por favor, Dios. Y cuando abro los ojos, tengo que creer que Dios me escuchó. Porque la veo a lo lejos, su cabello azotándose, tropezando en el viento y en esos malditos tacones de diez centímetros. Mi primer pensamiento es: Jodidas gracias que está a salvo. Mi segundo pensamiento es: Voy a estrangularla. Conduzco rápido y el camión chilla cuando presiono los frenos a unos pocos metros de donde está. El viento empuja y el granizo se

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derrama mientras salgo de la camioneta, caminando hacia ella. Rebota en el camión, bombardea mi cara y hombros en fragmentos helados. Mi voz retumba más fuerte que el viento. —¿Qué parte del ganado está agrupado jodidamente no me oíste decir? —¿Qué? Y entonces la tengo. Está en mis brazos, en mi pecho, cálida y viva, siendo apretada tan fuerte que podría no ser capaz de respirar. Pero no puedo dejarla ir. oído.

—No vuelvas a hacer eso otra vez —jadeo severamente contra su

Me mira, con los ojos abiertos y tan condenadamente hermosa que me hace temblar. —¿Qué no haga qué de nuevo? Empujo su cabello hacia atrás, sosteniendo su rostro. Y mi voz se quiebra. —Irte. La presiono contra mí, apretándola, refugiándola con mi propia carne y sangre. Mi cuerpo suspira, mis huesos se aflojan con alivio porque está aquí, entera y segura. Pero la seguridad, como tantas otras cosas que creemos podemos controlar, es una ilusión. Porque cuando me doy la vuelta para abrir la puerta de la camioneta y meterla dentro, manteniendo a Sofía protegida detrás de mí, un agudo y penetrante dolor estalla contra mi sien... Y el mundo se vuelve oscuro y silencioso.

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20 Sofía Traducido por CrisCras Corregido por NnancyC

Es gracioso, las cosas que recuerdas. Los momentos que están marcados en nuestras mentes, los minutos que desearías poder olvidar. No recuerdo estar asustada durante ese accidente aéreo de mi infancia, aunque estoy segura de que lo estaba. No recuerdo el dolor cuando mi costado fue abierto. El shock, la adrenalina probablemente me dejó entumecida. Sin embargo, lo que aún puedo oír, incluso después de todos estos años… es el sonido. El estruendo del impacto. El rugido mientras nos deslizábamos por la pista. Era atronador e ineludible. Recuerdo extender las manos para taparme los oídos, cuando debería haber estado agarrándome para salvar mi vida. Y este sonido, justo ahora, es casi igual. El chillido estridente del viento. La ráfaga. Tan ruidosa. Ensordecedora. Pero eso no es lo que más se destaca en esta ocasión. La imagen que me perseguirá a partir de este momento es la de Stanton, inmóvil, en el suelo. Ojos cerrados, su cuerpo flojo y terriblemente inmóvil. —¡No! ¡Stanton! Es curioso, la rapidez con la que llega la claridad cuando la vida o la muerte están en juego. Cuando un infierno sacudido, sucio y frío gira alrededor de ti, doblando árboles, lanzando trozos de madera y metal a través del aire. Y te das cuenta, de repente estás tan absolutamente segura de lo profundos que son tus sentimientos por alguien, lo mucho que significa para ti, cuando te enfrentas a la posibilidad de haberlos perdido. —¡Stanton, despierta!

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Estaba tan enojada cuando salí de la casa, hace sólo un rato. —¿Puedes oírme? ¡Bebé, por favor, despierta! No, eso es una mierda. Hora de ponerse las bragas de chica grande. No estaba enojada. Estaba herida. —Oh, Dios, quédate conmigo, Stanton. ¡No te atrevas a dejarme! Cuando oí la admisión de Jenny, se sintió como si me hubieran clavado un atizador de acero en el estómago. Porque lo que había sucedido anoche entre nosotros en el río, la forma en la que él me miró, me tocó, me abrazó, pareció más, se sintió como si significara más que todos los otros momentos que habíamos compartido. Y profundamente dentro de mí, tuve la esperanza de que fuera igual para Stanton. Aparentemente soy una tonta, después de todo. Y todas las excusas mentales que he hecho en los últimos días, las explicaciones, justificaciones y defensas, eran sólo mentiras que me dije a mí misma, sentimientos que aparté e ignoré. Porque no quería admitirlo. No quería enfrentar la complicada verdad. —Te amo —susurro. Es horroroso. Un desastre. Y la cosa más verdadera y pura que he sentido en mi vida. —¡Te amo, gran y estúpido idiota! Si estuviera pensando claramente, recordaría todas las razones por las que no debería hacerlo: su historia sobre Rebecca, el pedestal en el que tiene a Jenny, y cómo para él no somos nada más que “amigos que follan”. Estos sentimientos son lo último con lo que querría lidiar un tipo como él. Pero nada de eso importa. Porque estoy bastante segura de que ambos estamos a punto de morir. He visto El Mago de Oz. Twister. Sharknado 1 y 2. En cualquier momento, una casa o una vaca va a venir volando y caerá sobre nosotros. —¡Por favor, Stanton, te amo! No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que veo las gotas sobre su perfecto rostro. Su cabeza descansa en mis muslos, mi espalda está curvada, inclinada sobre él, protegiéndonos a ambos debajo de mi cabello sacudiéndose salvajemente. Le beso la frente, la nariz, y finalmente me detengo en sus cálidos labios.

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Entonces siento los dedos de Stanton flexionarse en mi cintura, apretando la tela de mi camiseta. Y me inclino hacia atrás lo suficiente para mirarle a los ojos cuando finalmente se abren. Sus pupilas están dilatadas, confundidas y escrutadoras. Pero en cuestión de segundos se contraen con comprensión, dándose cuenta de dónde nos encontramos. En un movimiento fluido me hace rodar debajo de él, su peso encima de mí presionándome hacia abajo, protegiéndome del viento cortante y los desechos que vuelan alrededor nuestro. Agarro sus hombros, mi voz aún obstruida por las lágrimas. Y el miedo. —¿Estás bien? ¡Gracias a Dios que estás bien! Pensé… Stanton me acaricia el pelo con su mano y me murmura palabras suaves y relajantes al oído. —Shhh… te tengo, Sofía. Estoy justo aquí. Estamos bien ahora. Estoy justo aquí. Aunque sé que todavía estamos en peligro, me siento cálida por dentro. Segura. Perfectamente satisfecha, porque él se encuentra en mis brazos y yo en los suyos. —Tienes suerte de haberte despertado… habrías estado en mi lista de mierda eterna si no lo hubieras hecho. Le vibra el pecho mientras se ríe entre dientes y se alza para bajar la mirada hacia mí. Sus ojos acarician mi rostro, y su sonrisa tierna hace que mi pecho se apriete con fuerza. —No podría haber hecho eso. Suspira, luego encaja mi cabeza debajo de su barbilla. —Creo que esto cierra el trato —le digo, acurrucándome más cerca— . No estoy hecha para la vida en la pradera. Se ríe de nuevo. Mis dedos acarician de arriba a abajo su espalda. Nos aferramos el uno al otro, sosteniéndonos con firmeza, pasando por la tormenta. Juntos.

Mientras conducimos de regreso a lo de los Monroe, miro alrededor. El daño no es tan malo como había imaginado. Algunos árboles caídos, muchas vallas rotas, pero no hay destrucción real en la casa o el granero.

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En la parte de atrás, los signos restantes de la fiesta (mesas volcadas, sillas dobladas) se encuentran diseminados por el patio. Un mantel ondea en un árbol, atrapado por las ramas. Stanton conduce alrededor de la parte delantera de la casa, justo cuando el señor Monroe, el padre de Jenny, se está metiendo apresuradamente en su propia camioneta, su esposa en el asiento del pasajero junto a él. Luego sale haciendo chirriar los neumáticos, conduciendo como un murciélago salido del infierno. Capto su cara cuando pasan: demacrada, tensa, aterrorizada. Luego Jenny se mete corriendo en su propia camioneta, JD a su lado, Presley y su hermana pelirroja en la parte posterior; y ella también se aleja conduciendo. —¿Qué ocurre? —pregunto en voz alta—. ¿Alguien salió herido? Stanton aparca y velozmente sale de un salto del vehículo. Avanzo justo al lado de él mientras trota hacia su madre, su rostro igual de aturdido y preocupado como el del resto de su familia. —¿Está bien todo el mundo, mamá? Ella pone una mano sobre su brazo. —Es nana.

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21 Stanton Traducido por Adriana Tate Corregido por Paltonika

Cuando era joven, el predicador nos daba sermones sobre el infierno. Lo hacía sonar como el interior de un volcán en erupción, con sus lagos ardientes, lava derretida y dolorosas profundidades. Pero no creo que el infierno sea fuego y azufre. Creo que el infierno es la sala de espera de un hospital. Cada segundo interminablemente lento que pasa, es como un reloj con las pilas gastadas. La frustración, el miedo, incluso el aburrimiento, es tan potente que tu cabeza palpita. —¿Nana va a morir, papi? Presley está sentada a mi lado, apoyada contra mí, con mi brazo a su alrededor. Sofía está al otro lado, sosteniendo mi mano. Jenny ha estado buscando información, pero incluso trabajando aquí, la única respuesta que es capaz de conseguir es “esperando por los exámenes”. JD le trae café, le dice que intente sentarse. Los padres de Jenny y los míos están esparcidos por la sala de espera, junto con un puñado de vecinos, quienes tienen familias heridas por la tormenta. —No lo sé, nena. —Le acaricio el cabello—. Nana es una mujer fuerte. Deberías pensar en cosas buenas, rezar una oración. Justo en ese momento, el Dr. Brown sale y June, Wayne, Jenny, JD y Ruby se reúnen a su alrededor. —Fue un ataque al corazón —dice, mirando a la madre de Jenny—. Uno grande. Pero está estable. Estará aquí por unos pocos días. Tenemos que practicarle varios exámenes más, pero no parece haber ningún daño duradero. Hay un pesado y colectivo suspiro de alivio. June pregunta—: ¿Podemos verla? —Sí, puede tener visitas, uno a la vez. Pero está preguntando por Stanton —responde el Doctor.

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Y los suspiros se vuelven una ola de “qué demonios”. Me pongo de pie. —¿Yo? ¿Está seguro? La mirada en su rostro dice que Nana ha sido bastante fastidiosa sobre ello. —Fue muy insistente. Mi mirada se encuentra con la de Jenny, ambos perplejos. Luego, me encojo de hombros y sigo al Dr. Brown por el pasillo, dejando a June Monroe cacareando en la sala de espera como una gallina cuyo huevo ha sido quitado. Me deja afuera de la puerta de la habitación de Nana. La abro lentamente y entro con cautela, consciente de que estoy entrando en la habitación de una arpía que me ha amenazado con dispararme en más de una ocasión, y es posible que se haya guardado una jeringa o un bisturí que tiene toda la intención de lanzarme en la cabeza. O en alguna parte más abajo. Pero cuando entro, es sólo Nana, en una cama de hospital con sábanas puestas hasta su mentón. Y por primera vez en mi vida, luce… frágil. Vieja. Débil. Cuando trago saliva, pruebo las lágrimas en la parte posterior de mi garganta. No creo que me haga menos hombre admitirlo. Ha sido un día infernal. Y un héroe necesita su enemigo. Es sólo en esta fracción de segundo que me doy cuenta el enemigo maravillosamente formidable que siempre ha sido Nana para mí. Cuán malo sería… Cuánto la extrañaría… si ya no pudiera llenar más ese papel. Sus próximas palabras, jadeantes y debilitadas, traen esas lágrimas justo hacia mis ojos. —Hola, muchacho. Sonrío, y con voz un poco estrangulada digo—: Señora. Su frágil mano palmea el espacio junto a ella y me siento en la silla junto a la cama. Me mira con ojos cansados pero decididos, empeñada a decir lo que tiene que decir. —¿Sabes por qué nunca me agradaste, muchacho? Me aclaro el nudo en la garganta y le respondo—: ¿Porque embaracé a su nieta?

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—¡Ja! —Hace un gesto de descarte con su mano—. No. Mi Juney se horneaba dos meses antes de que tuviera la oportunidad de decir mis propios votos. Esa es más información de la que sin duda necesitaba saber. —¿Es porque no me casé con ella? —intento de nuevo. Sacude la cabeza. —No. —Y toma una respiración entrecortada—. Es porque, incluso cuando viniste por primera vez buscando a mi nieta, un niño de doce años de edad sin nada más que un balón de fútbol… incluso entonces, podía ver hacia donde te dirigías. Tenías esa mirada en tus ojos, un anhelo de estar en alguna otra parte, de la manera en que un potro mira una puerta cerrada, sólo esperando a que alguien deje el pestillo abierto. Ansioso de irse. Asiento lentamente, porque no está equivocada. —Y supe… que si tuvieras la oportunidad… te la llevarías contigo. — Sus ojos vidriosos me observan, viendo justo a través de mí. —Pero ya no te la vas a llevar contigo, ¿no es así, muchacho? Dejo escapar un suspiro y me recuesto en la silla. Todas las cosas que me han estado torturando, que han estado dando vueltas en mi cabeza los últimos días, de repente se han aclarado. Tan claras. Como una simple respuesta. —No, señora. No. El rostro de Nana se relaja un poco y parece aliviada de tener la confirmación. —A algunos caballos le gustan ser encerrados. Pertenecer a alguien, ser pastoreados en la tierra que ellos conocen… No tienen el deseo de aventurarse a salir. Y pienso en cada conversación nocturna a la orilla del río que Jenny y yo compartimos, llenas de fuego y sueños. De diferente. Y el ojo de mi mente ve lo que ese chico de diecisiete años no: El entusiasmo de Jenny siempre fue para mí, pero nunca para nosotros. Porque su corazón se encontraba aquí, en este pequeño pueblo con su cálida gente. No tenía ninguna necesidad de más… y yo ya estaba lejos. —Es importante —dice Nana, palmeando mi mano—, que una mujer no se sienta como la hermana fea. La inferior, la segunda elección. Esa es una amargura que no se endulza. Parpadeo mirándola. —¿Cómo supo…? —Sólo porque me esté quedando ciega, no significa que no vea. Cierro los ojos y es el rostro de Sofía el que cobra vida. Su sonrisa, su risa, esa afilada boca, esos brazos que pueden sostenerme con tanta fuerza y ternura, felizmente me quedaría en ellos por cada momento de mi vida.

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Me cubro el rostro con mis manos. Maldición. —Lo he jodido, señora. Todo. Bastante mal. —Bueno, entonces arréglalo —se burla—. Eso es lo que los hombres hacen, arreglan cosas. —No sé dónde se supone que empiece. —Levanto mi mano—. Y antes de que diga “por el principio”, ya hemos comenzado. ¿Cómo se supone que le muestre que siempre ha sido ella, cuando todo lo que dije, todo lo que hice, le hizo pensar que no era así? Una sonrisa aparece en los labios de Nana. —Mi Henry, que en paz descanse, no era un hombre práctico. Una vez me compró un cobertizo de jardinería, para guardar mis herramientas. Venía con indicaciones en diez idiomas. Henry lo armó, y fue lo más patético que alguna vez vi. Paredes torcidas, puertas al revés, así que… lo desarmó pieza por pieza y lo comenzó de nuevo. Le tomó un poco de tiempo, pero valió la pena, porque al final, ese pequeño cobertizo… quedó perfecto. Tienes que comenzar de nuevo, también… desde el principio. Pienso en cuando estemos de regreso en Washington DC. Todas las cosas que quiero hacer por ella, todas las palabras que quiero decir… comenzar de nuevo. Mostrarle. Pero tendrá que ser después de la boda. Después de que las cosas estén arregladas aquí con Jenn. De esa manera, Sofía verá con sus propios ojos que lo he superado. Que lo que comparto con Jenny no disminuye lo que siento por ella. Así no tendrá ninguna duda… y me creerá. Nana frunce el ceño. —Ahora, no vayas a decirle a nadie lo que hemos discutido. Es privado. Tengo una reputación que mantener. Me echo a reír. Por la advertencia de Nana y porque ahora tengo un plan. Señala hacia la puerta. —Ve, entonces. Trae a mi hija aquí antes de que derrumbe la puerta. Me inclino, tomo mi vida en mis manos, y beso a Nana en la mejilla. —Gracias, señora. —De nada, muchacho.

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De regreso en la sala de espera, le digo a June que puede pasar. Luego, respondo la mirada inquisidora de Jenny. —Está bien. —Aprieto su hombro—. No te preocupes, esa mujer es demasiado cruel como para morir. Jenny se ríe, abrazándome con alivio. Cuando me alejo, le digo que me voy a llevar a Presley de regreso a casa de mis padres, para que pase allí la noche. Luego, coloco mi brazo alrededor de Sofía, y los tres salimos a través de la puerta.

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22 Sofía Traducido por Dey Kastély & Idy Corregido por Mel Cipriano

El viernes por la mañana, la luz del sol en mi rostro y un cosquilleo en mi nariz me despiertan de un sueño profundo y emocionalmente agotador. Mis ojos se entreabren… y lo primero que veo es el rostro de Brent Mason, sonriendo tan ampliamente como el payaso Eso. —¡Levántate y brilla, pastelito! —¡Ahh! —grito, retrocediendo bruscamente, golpeándome la cabeza contra la frente de Stanton. Presley regresó con nosotros anoche, y la arropó en la cama de la habitación de Carter. Luego, los dos vinimos aquí juntos, y rápidamente caímos rendidos. ¿Qué en nombre de Dios está haciendo Brent aquí? ¿En la habitación de Stanton? ¿En el maldito Mississippi? El brazo de Stanton me jala contra él y su mano empuja mi cabeza de nuevo hacia la almohada. —Es una pesadilla —murmura—. Vuelve a dormir y ellos se irán. ¿Ellos? Me incorporo. Jake Becker me saluda desde la silla de la esquina. — ¿Qué están haciendo los dos aquí? Y más importante, ¿dónde diablos está mi perro? Brent mira con atención los trofeos de futbol de Stanton. —Sherman se encuentra bien, está con Harrison, son mejores amigos. Harrison es el mayordomo de Brent. Un mayordomo joven, de veintiún años de edad, cariñoso y rígidamente correcto que viene de una larga línea de mayordomos. El padre de Harrison es el mayordomo de los padres de Brent, como una feliz familia de sirvientes contratados. Parte de la misión de vida de Brent es conseguir que Harrison actúe como un joven normal de veintiún años, sólo una vez.

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—¿Pero por qué están aquí? —pregunto, mi voz todavía rasposa por el sueño. Brent se encoge de hombros. —He estado en Milán, París, Roma, pero nunca en la Costa del Golfo. Pensé que sería interesante ver la ciudad natal de Shaw por el fin de semana. Ampliar mis horizontes. Jake ha venido antes, él conocía el camino. Y los extrañamos, chicos; la oficina se ha sentido muy solitaria sin ustedes. Lo hicieron sonar tan genial por teléfono, que supe que tenía que venir a vivir la experiencia por mí mismo. Luego, Jake nos dice la verdadera razón. —Los padres de Brent están volando a DC por el fin de semana. Se fue a toda prisa como si toros corriendo estuvieran detrás de él. Brent se gira hacia Jake con el ceño fruncido. —No me juzgues. Mi madre es una mujer temible. —Es una mujer de la alta sociedad, uno cuarenta de estatura, cuarenta kilogramos, que no habla más alto que un susurro —se burla Jake—. Aterradora. —Dos de mis primos acaban de anunciar su compromiso, y un tercero envió los anuncios del nacimiento de su primer hijo. Mi madre iba a aparecer con una lista de debutantes 10 y negarse a irse hasta que eligiera una. Hubiera sido brutal. Jake se pone de pie. —Hablando de madres, Mamá Shaw nos envió aquí para llevarlos a desayunar. —Lanza un par de pantalones a la cabeza de Stanton—. Es posible que quieras ponerte pantalones. Con esta llamada para despertar, agradezco estar vistiendo mi pijama más conservadora. —¿Cómo va la Operación Destrucción de la Boda? —pregunta Brent mientras Stanton y yo salimos de la cama. Hago mi tono más ligero de lo que siento. —Bueno, ayer hubo un tornado. Eso debería ponerle una traba a las cosas. Stanton frota una mano cansada por su cara. —No, no lo hará. Giro la cabeza, genuinamente sorprendida. —¿En serio? ¿No lo crees? Se pone una camiseta sobre su cabeza. —Si hay una cosa que los habitantes de Sunshine saben hacer bien, es hacer lo mejor con lo que tienen. De camino a la casa, ponemos al corriente a Jake y Brent sobre el tornado. En la cocina, la madre de Stanton se encuentra poniendo platos de comida en la mesa y Marshall engullendo avena, gritando hacia las 10

Chicas haciendo su primera aparición en sociedad.

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escaleras para que su hermana se dé prisa. El señor Shaw se había ido horas antes para atender un edificio anexo que se dañó en la tormenta. Cierro los ojos cuando tomo un sorbo de mi taza de un muy necesitado café caliente. Brent comenta sobre la belleza del rancho, y le agradece a la señora Shaw por su hospitalidad. La conversación se traslada a las semanas de verano, cuando Stanton se encontraba en la escuela de derecho e iba de visita, trayendo a Jake con él. Entonces, para alivio de su hermano, Mary viene saltando por las escaleras, vestida para la escuela con una falda beige y una camiseta sin mangas color rosa. Saluda a Stanton, a Jake y a mí, luego sus ojos se iluminan como una lámpara de Halloween cuando aterrizan en Brent. —¿Por qué no he sido presentada a este pedazo de delicia? —se burla. Extiende la mano—. Soy Mary Louise… ¿y tú eres? Brent traga un pedazo de bizcocho y sacude su mano. —Brent Mason, es un placer. A medida que Mary se sienta en la silla vacía a su lado, murmura en voz baja—: Apuesto a que lo será. Él me mira inquisitivamente, y lo único que puedo hacer es encogerme de hombros. —¿Trabajas con mi hermano? —pregunta Mary, inclinándose. —Así es —dice Brent. —Eso es tan interesante. —Suspira, apoyando la barbilla sobre su mano—. ¿Eres un interno de la universidad? Brent se aclara la garganta. —No… Soy un abogado. Un abogado viejo y aburrido. —Cuando ella sólo continúa mirando con adoración, añade—: Muy viejo. —Realmente desearía que se quedaran con nosotros, chicos — lamenta la señora Shaw cuando finalmente se sienta para comer su propio desayuno—. No me parece bien que se queden en el hotel. El hotel, porque como el semáforo, sólo hay uno. —Brent se puede quedar en mi habitación —anuncia Mary. Antes de que su madre pueda responder con más que un ceño fruncido, se echa a reír—. Sólo estoy bromeando. Luego, se gira hacia Brent y articula “no, no lo estoy” con un guiño como una Lolita. Me tapo la boca al ver la expresión horrorizada de Brent y miro alrededor para ver si alguien más lo notó. La intención de Jake es acabar su comida, y Stanton… Stanton mira fijamente su taza de café con desánimo.

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—Gracias, señora Shaw, pero en serio, el hotel es genial. Mary se inclina hacia atrás, sus manos desaparecen bajo la mesa, y diez segundos más tarde Brent salta como si hubiera sido electrificado. —¡Guau! Todos los ojos se vuelven hacia él. Mary parpadea inocentemente. —¿Cuál es tu problema, nervioso y tonto? —pregunta Jake. Brent abre la boca como un pez en busca de agua. —Yo… ¡sólo no puedo esperar a ver el resto del lugar! No hay tiempo como el presente. ¡Vamos! Llevo mis platos al fregadero y los cuatro nos dirigimos hacia la puerta. —Adiós, Brent —canturrea Mary. Brent se despide incómodo, luego me susurra—: Eso es todo, me dejaré crecer una puta barba.

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Pasamos el resto de la mañana mostrándole los alrededores del rancho a Jake y Brent. Stanton está callado, distraído. Por la tarde, se lleva a Brent y Jake a las praderas para ayudar a su padre con la limpieza. En su ausencia, la señora Shaw me dice que iremos a la taberna local por la noche y que debería alistarme. El sol se está poniendo cuando salgo del baño, usando mi ajustado vestido rojo favorito, para encontrar que Stanton volvió y está esperando en mi cuarto. Solo. Me mira como si fuera la primera vez que me ve, lo suficiente para que un montón de mariposas bailen en mi estómago. —Tú… estás hermosa —dice en voz baja, impresionado, con sólo un toque de acento sureño. Tres palabras. Un cumplido tan simple. Pero porque es él, se siente como la cosa más maravillosa que alguien jamás podría decirme. La taberna es un lugar pequeño, con suelos de madera, una barra de roble desgastado, unas cuantas mesas cuadradas dispersas, y dos


mesas de billar en el cuarto trasero. Los cinco nos sentamos en la mesa; Jake está teniendo un momento ruidoso y estridente con Ruby Monroe, la hermana de Jenny, y Brent se ve más relajado sin tener que esquivar las manos escurridizas de Mary Shaw. Me excuso de la mesa y me dirijo al baño de mujeres. Cuando camino de regreso, me detengo en seco. Porque a través de la multitud veo a Stanton levantarse de su silla y caminar hacia el tocadiscos. Lo llena con monedas de su bolsillo, y los sonidos titilantes de teclas de piano anulan el ruido de la conversación en el bar lleno de gente. Camina hacia donde Jenny y JD se encuentras sentados uno junto al otro, y sus labios se mueven, haciendo una pregunta que no puedo descifrar. JD asiente y, después de un momento, sacude la mano extendida de Stanton. Luego, Jenny se pone de pie y caminan juntos a la pista de baile. La voz triste de Willie Nelson llena el aire cantando “Always on My Mind.” Observo a medida que toma a Jenny en sus brazos; los brazos fuertes y hermosos que me han sostenido, que me han hecho sentir apreciada con su calidez. Los brazos a los que me he aferrado en placer y pasión más veces de las que puedo recordar. La acerca más a su pecho, el pecho en el que, apenas anoche, apoyé mi mejilla, que me arrulló por el sonido de sus latidos constantes. Y se balancean juntos. No siento las lágrimas subir hasta que se hallan desenfocando mi visión y bajando por mi rostro. Mi garganta se contrae, y el dolor más puro me aprieta el pecho como una cruel mordaza. Ya no puedo hacer esto. Ahora lo sé. No puedo mantenerme al margen y pretender ayudarlo a luchar por ella. Porque quiero que él pelee por mí. Más que nada. Que él me quiera, no sólo como una amiga o amante. Sino como su para siempre. Como a ella. Jenny lo mira a los ojos. Sus expresiones son tiernas a medida que hablan, y doy gracias a Dios de no poder escuchar las palabras. Entonces, Stanton levanta la mano para tocar su rostro… y cierro los ojos con fuerza, bloqueando el gesto íntimo. Un momento después, estoy yendo hacia la puerta. El instinto de conservación me obliga, las letras de amor y arrepentimiento de Willie me persiguen, pero no miro atrás.

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Afuera el aire es húmedo, espeso. Trago entre hipos patéticos y busco el consuelo de mis propios brazos, envueltos alrededor de mi cintura. —¿Sofía? La voz de Brent se aproxima desde mi izquierda, acercándose mientras dice mi nombre de nuevo. Intento ocultar mi… ¿tristeza? Esa no es una palabra lo suficientemente fuerte. Devastación da en el clavo. Me siento como un edificio a punto de colapsar, la base que construí, la estructura y soporte que creí me mantendría de pie, desapareciendo bajo mis pies. Y Brent lo ve todo. Su cabeza se ladea en simpática reflexión, pero lo que más me impresiona es que no está sorprendido. Ni siquiera un poco. Se sienta en la banca y palmea su regazo. —Parece que alguien necesita un paseo en el tren de la terapia. Sube. Cuéntale todo al Doctor Brent. No hay vergüenza mientras me subo sobre sus muslos. —Él no baila —susurro. Brent asiente lentamente. Esperando a que continúe. —Pero está bailando con ella. Las palabras suenan completamente ridículas en voz alta, pero no me importa. La presa se rompe y mi rostro se desmorona. —Pensé que tenía un muro, ¿sabes? No pensé que sería la clase de mujer que querría más. Soy una idiota, Brent. Una risa baja reverbera a través de su pecho. —Tú no eres una idiota, cariño; ese título le pertenece al sureño ciego por el que estás llorando. Levanto la cabeza y miro a los siempre amables ojos azules de Brent. Él me recuerda a mi hermano, Tomás. Comparten la misma reconfortante actitud que te hace sentir que todo lo que se cruza en su camino, no importa cuán devastador sea, podrán manejarlo. —¿Cómo puede no saberlo? —pregunto—. ¿Por qué no puede ver lo difícil que es para mí? Brent quita mi largo cabello de mis hombros. —Para ser justos con Stanton, eres una buena actriz. Y... a veces es difícil para los chicos leer entre líneas. Darse cuenta de todas las cosas que no se dicen. Algunos de nosotros las necesitamos deletreadas. Brent me sostiene durante unos minutos más mientras me empapo de su calma, haciéndola mía. Luego arrastro mis dedos bajo mis ojos, limpiando la corrida máscara de pestañas que, probablemente, me hace ver como un mapache.

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—¿Soph? —Esa voz viene de las sombras, detrás de nosotros, profunda con preocupación. Lo siento moverse más cerca, sin volverme a mirar—. ¿Qué está mal? ¿Qué pasó? Tener toda la atención de Stanton, sentir su preocupación y saber en mi corazón que haría llover el infierno en mi defensa, admito que se siente bien. Por un momento. Pero es sólo una migaja emocional. Una que utiliza para satisfacerme, pero ahora sólo terminará magnificando el vacío. Dejándome hambrienta de todas las cosas que no siente por mí. Recomponiéndome, me levanto del regazo de Brent y lo encaro de frente. Stanton se extiende para tocarme, pero doy un paso atrás. —Estoy bien. —Evidentemente no lo estás. ¿Qué diablos pasó? Sacudo cabeza. —No me siento bien. —Eso es verdad, al menos—. Quiero volver a la casa. —Muy bien, yo… Doy un paso más atrás, chocando contra el banco. —No. No tú. La idea de estar en el espacio cerrado de un vehículo con él es horrible. Necesito más tiempo para recomponerme, así no soy reducida a una masa temblorosa aferrada a su pierna, rogándole que me ame. ¿No es eso atractivo? Confusión desplaza a la preocupación nublando sus ojos. —Pero... —La llevaré. Todos nos giramos a la puerta del bar, donde la minúscula, rubia y perfecta Jenny Monroe se encuentra junto a su prometido. No me di cuenta que habíamos arrastrado una audiencia. Y aunque no es exactamente mi persona favorita en el momento, la tomaré. —Gracias. Rozando a Stanton al pasar, sigo a Jenny mientras pesca las llaves de la bolsa colgada sobre su hombro, caminando rápidamente hacia el estacionamiento. Obstinadamente, Stanton nos sigue. —¡Oye! Sólo espera un mald… —Vuelve al bar, Stanton —grita Jenny—. Toma una cerveza con JD y hablen sobre cómo van a evitar que tu hermano se quite la ropa. En un tono de complicidad, me dice—: Carter tiende a sobrecalentarse cuando está borracho, y sus tendencias nudistas salen. El idiota estará con el culo desnudo para medianoche. Con un toque a su llavero abre las puertas de la brillante camioneta Ford negra, y me apresuro al asiento del pasajero como una adolescente

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huyendo de un maníaco con machetes. El motor ruge a la vida, desplaza la tracción y los faros iluminan a Stanton Shaw, apoyando tozudamente sus manos en el capó de la camioneta, bloqueando nuestro camino. Jenny abre la ventana. —Muchacho, si no te mueves, te atropellaré. No te voy a matar, pero no serás tan persuasivo cojeando alrededor de una sala de audiencias con muletas. Manteniendo las desconfiadas manos en el camión, se mueve en torno a la ventana abierta de Jenny. Permanezco mirando al frente, con ojos entrenados, pero siento su mirada en mí. —Sofía. —Su voz es dura, pero suplicante al mismo tiempo—. Sofía, ¡mírame, maldita sea! Jenny se inclina hacia delante, oscureciendo su visión. —Déjala, Stanton. A veces, una mujer sólo necesita otra mujer. Dale espacio. Por el rabillo de mi ojo, ella palmea su antebrazo, y después de un momento sus manos se apartan de la camioneta. No le da la oportunidad de cambiar de opinión; los neumáticos girando escupen grava y polvo mientras nos retiramos del estacionamiento.

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A excepción de mi sollozo ocasional, es tranquilo dentro de la cabina del camión mientras conducimos por las oscuras calles vacías. No sé cómo se supone que debo sentirme acerca de la mujer a mi lado. En términos básicos, es mi competencia. Estoy muy familiarizada con la rivalidad; la vivo y respiro en mi carrera, superando a los fiscales en el juicio, eclipsando a mis compañeros abogados cuando todos competimos por una codiciada asociación. Hay momentos en que sé que soy mejor que mi oposición, y momentos en los que tengo que cavar hondo para superar a aquellos que son mi igual, si no más talentosos. La diferencia aquí es que en realidad me gusta Jenny. Si las circunstancias fueran diferentes, ella y yo podríamos haber sido amigas. Es inteligente y divertida. Entiendo por qué Stanton la ama. Y la parte de mí que es su amiga, que quiere su felicidad más que la mía propia, no quiere que ella se case con JD. Pero luego está la otra parte, la que ama a Stanton, que quiere arrancar de un arañazo los ojos de Jenny. Que quiere que desaparezca, o incluso mejor, que nunca haya existido en el primer lugar.


—¿Hace cuánto tiempo que lo amas? La cuestión se plantea con suavidad, como un pediatra le preguntaría al padre de un niño enfermo cuánto tiempo ha estado así. —Desde el principio, creo. No... lo admití. Pensé que era sólo atracción física... amistad... conveniencia. Pero ahora... me doy cuenta de que siempre fue más. Asiente. —Hay algo acerca de un hombre de Mississippi. El maldito encanto sureño está en el ADN, ni siquiera tienen que trabajar en ello. — Hace una pausa a medida que gira el camión en un camino igualmente desolado—. Y Stanton... es aún más abrumador. Brillante, trabajador, guapo, y folla como una bestia. Ladro una carcajada. Jenny se ríe también. —Mi mamá me sacaría los dientes de un golpe en la cabeza si me escuchaba decir eso, pero Dios me ayude, es verdad. Nuestras risitas se silencian y Jenny suspira. —Una mujer tendría que ser diez veces tonta para no enamorarse de ese hombre. —Me mira con complicidad—. Y no te ves como una tonta para mí. Después de que se da la vuelta, sigo mirándola. —¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo dejaste de amarlo? Los últimos días han sido como tortura. Cada profesión de su afecto por ella me hirió como el azote de un látigo de púas. El anhelo que he visto en esos impresionantes ojos verdes, la ternura que tienen para ella, quemaba como una descarga eléctrica, robando mi aliento. El sexo con Stanton es estimulante; trabajar junto a él es un privilegio. Pero amarlo... eso sólo duele. Su boca se contrae nerviosa. —Creo que nunca me detuve. Sólo... se transformó en algo más. Algo más tranquilo, menos enloquecido. Cuando eres joven, amas los fuegos artificiales porque son fuertes, brillantes y emocionantes. Pero luego creces. Y ves que las velas no son tan emocionantes, pero eso aún hace todo mejor. Te das cuenta de que el resplandor de una chimenea puede ser tan excitante como los fuegos artificiales, la forma en que se quema lento, pero ilumina tu casa y te mantiene caliente durante toda la noche. Stanton fue mis fuegos artificiales... JD es mi chimenea. —Pero Stanton está enamorado de ti. Me mira de reojo. —¿De verdad crees eso? —No importa lo que creo. Sólo lo que él cree. Menea la cabeza. —Debes hablar con él, decirle cómo te sientes.

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Es fácil para ella decirlo, vive al otro lado del país. Voy a tener que verlo y trabajar con él todos los días después de este fin de semana. En este momento, tengo su amistad, su admiración. Su respeto. No estoy segura de que podría vivir con su piedad. Jenny conduce el camión detrás de la casa de los padres de Stanton, hasta la entrada del granero. Antes de salir, me dirijo a ella. —Fue muy agradable conocerte, Jenny. Tienes una hermosa hija, y espero... Realmente espero que el día de la boda sea perfecto. Su cabeza se inclina. —No vas a estar aquí para la boda, mañana. ¿Verdad? Confirmo sus sospechas con una sacudida de mi cabeza. Asiente, comprendiendo. —Espero... bueno, espero que vuelvas aquí algún día, Sofía, y cuando lo hagas, espero que estés sonriendo. Entonces envuelve sus brazos alrededor de mí y me da un abrazo. Es cálido y amable, y sobre todo, es genuino.

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Empacar toma más tiempo de lo que pensaba. ¿Por qué, por qué traje tanto? Tres maletas listas, dos por seguir. Agarro la última de mis camisetas del cajón y me vuelvo para colocarla en la maleta abierta sobre la cama. Pero me congelo cuando escucho la ronca voz y cargada desde la puerta. —¿Te vas? ¿Realmente creí que sería capaz de empacar y salir de la ciudad sin enfrentarlo? ¿Sin tener esta conversación? Estúpida Sofía. No lo miro. Si lo hago, me desintegraré en una fofa masa. Necesito tiempo, distancia. —Tengo que ir a casa. Estoy tan atrasada, mucho trabajo para ponerme al día... Se mueve frente a mí. Me quedo mirando su pecho, mientras sube y baja por debajo de la suave camiseta de algodón. Toma la ropa de mis manos. —No vas a ir a ninguna parte, hasta que hables conmigo. Cierro los ojos, sintiendo mi pulso latir frenéticamente en mi cuello. —¿Qué pasó, Sofía?


Contra mi voluntad, levanto la mirada, encontrado la suya. Nada con preocupación, se desborda con confusión... con afecto y cariño. Pero no es suficiente. —¿Qué pasó? Me enamoré de ti. —Las palabras salen en un susurro, todo lo que siento por él, una afilada y rígida espina alojada en mi garganta. Y el dolor de que él no sienta lo mismo es una soga apretando más y más fuerte—. Amo todo sobre ti. Amo verte en la Corte, la forma en que hablas, la forma en que te mueves. Amo cómo raspas tu labio cuando estás tratando de pensar en qué decir. Amo tu voz, amo tus manos y la manera en que me tocan. Amo... la forma en que miras a tu hija, amo cómo dices mi nombre. —Mi voz se rompe al final, y mis ojos se cierran, liberando una inundación. —No, nena, no llores —suplica. Sus manos se levantan a mi cara, pero doy un paso atrás, temiendo que el contacto me rompa por completo. Las palabras se precipitan. —Sé que no es lo mismo para ti. Y traté de ignorarlo, de alejarlo. Pero simplemente duele tanto verte con... Su cabeza se inclina en mi dolor. —Sofía, lo siento... sólo déjame... Sacudo mi cabeza y cierro mis ojos de nuevo. —No lo sientas, no es tu culpa. Sólo tengo que... superarlo. Lo haré. No puedo... No puedo estar más contigo de esta manera, Stanton. Sé que estarás dolido por Jenny... pero… —¡Eso no es lo que quise decir! Reduce la velocidad, por favor. Escúchame. Pero si me detengo a escuchar, nunca lo sacaré todo. Nunca lo entenderá. Y quise decir lo que dije, no quiero perderlo. —Seremos amigos de nuevo. Esto no va a interponerse entre nosotros. Podemos volver… Nunca termino las palabras. Su boca cubre la mía, cortándolas, tragándolas enteras. Agarra mi cara, tirándome hacia él, tocándome como nunca ha hecho antes. Con desesperación, como si moriría si tiene que dejarme ir. Su deseo por mí es un palpable, dolor palpitante entre nosotros, y me sumerjo en él, dispuesta a ahogarme. Sus dedos son calientes en mi piel, quemando lo suficiente para dejar una cicatriz. Y espero que lo hagan. Lo anhelo para el recuerdo. La prueba de que estuve aquí, que esto es lo que sentimos. Que siquiera por un momento... fuimos reales. Nos da la vuelta y caemos a la cama, la sensación de su fuerza, su rígida longitud presionando sobre mí, un peso bienvenido. Me retuerzo bajo él y Stanton rasga mi ropa como si fuera el enemigo.

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No es una cosa inteligente; dolerá mañana. Pero no voy a decir que no. Esto... esto es lo que quiero llegar a tener. El jadeo de su aliento, el roce de sus dientes, el sonido de sus gemidos, la presión de sus húmedos y perfectos besos. Estos son los momentos, los recuerdos que aferraré y atesoraré. Porque serán los últimos.

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23 Stanton Traducido por Sandry Corregido por Mel Cipriano

Todo el mundo habla siempre de lo tranquilo y pacífico que es el país. Pero eso no es totalmente exacto. La cacofonía comienza en la oscuridad: saltamontes, mosquitos, grillos y bichos corriendo, más fuerte de lo que crees que sea posible. Y al amanecer, está el aullido de los animales, el chasquido de la ráfaga de las cigarras, el golpeteo de los cascos, y la sonata ensordecedora de los pájaros. Son los pájaros los que me sacan del sueño, del profundo sueño de un hombre que se encuentra en paz con la elección que ha hecho. Incluso antes de que mis ojos se abran sólo un poco, sé que ella se ha ido. Lo siento en el espacio vacío a mi lado, la falta de su aroma a champú, a gardenia y a Sofía. Me yergo, entrecerrando los ojos, y mirando alrededor. ¿Equipaje? No está. ¿Vaqueros en el escritorio? En ninguna parte a la vista. ¿Vestido rojo en el suelo? Desaparecido. Joder. ¿Cómo diablos pude dormirme sin hablar con ella primero? Sin decirle que… —¡Hijo de puta! Me meto en un par de jeans y corro sin camisa y descalzo por las escaleras. Corro a casa, con esperanza. Pero cuando llego allí, la única persona en la cocina es Brent, tomando una taza de café y comiendo un muffin de arándanos de mi madre.

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—¿Dónde está? —gruño, cabreado conmigo mismo, pero demasiado dispuesto a desquitarme con él. Se traga el bocado del bollo, mirándome con ojos distantes, evaluándome. —Ella llamó al hotel sobre las cuatro de la mañana. Pidió un taxi para ir al aeropuerto. Jake no la dejaría ir sola y cambió su billete para volar de vuelta con ella. Mi pecho se vacía. La he cagado tanto. Pero luego recuerdo... —Sofía no vuela. La mirada de Brent se calienta un poco, con lástima. —Entonces creo que realmente quería largarse, porque hoy ha volado. Me dejo caer en la silla, las ruedas ya girando, descubriendo formas para rastrearla, atarla si es necesario. —¿Por qué no me despertaste? —Ella nos pidió que no lo hiciéramos. Dijo que tenía que calmarse. Nos prometió que para cuando volviéramos, todo será como antes. —Hace una pausa, y luego añade—: Lo siento, Stanton. Golpeo la mesa. —¡No quiero que las cosas vuelvan a la maldita normalidad! ¡La amo, Brent! Se rasca el nuevo crecimiento de rastrojos marrones en la barbilla. —No soy el Doctor Phil, o algo parecido, pero probablemente deberías haberle mencionado eso a ella. Llega un momento en la vida de cada hombre cuando se echa una buena y larga mirada a sí mismo y admite que ha sido un imbécil. Un idiota egoísta. No sé si es lo mismo para las mujeres, pero si tienes polla, es inevitable. Porque incluso los hombres buenos, hombres valientes, líderes mundiales, científicos de renombre, teólogos y eruditos de Rodas, tienen un espacio codicioso, egoísta dentro de ellos. Un agujero infantil, necesitado de oscuridad que nunca se sacia. Mírame, escúchame, dice. Quiere lo que no puede tener, así como todas las cosas que puede. Quiere comer todos los jodidos pasteles. Sabe que el mundo no gira alrededor de nosotros, pero eso no le impide tratar de desafiar las leyes de la física y que sea de esa manera. Este es mi momento imbécil. Abandonado por la mujer que amo. La muchacha exasperantemente hermosa a la que no puedo si quiera pensar en perder. La peor parte es que veo cómo todo salió mal. Cada error. Cada terrible elección. Si hubiera tenido la conciencia de dar un paso atrás y evaluar la situación desde afuera, nada de esto habría sucedido. Pero me encontraba

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profundamente en un agujero negro, con sólo yo, yo mismo, y yo, de compañía. Mi madre diría que mis gallinas han llegado a casa a dormir 11. Es una metáfora apropiada. Las aves poseen un suministro interminable de mierda que orgullosamente dejan a su paso. Así que, ¿cuándo duermen? Sencillamente apesta. Brent se limpia la boca con una servilleta y se pone de pie. —En cualquier caso, son las nueve treinta, la boda comienza en dos horas. Necesito volver al hotel para vestirme. JD me invitó anoche, qué infierno de hombre. Resoplo. —Sí, San Jodido JD Él golpea mi brazo. —No te preocupes, tú sigues siendo el sureño más genial que conozco. Es entonces cuando me doy cuenta de cómo está la casa todavía. Esta casa nunca se encuentra tan tranquila. —¿Dónde está todo el mundo? Brent se dirige hacia la puerta de atrás, contando con los dedos. — Tu madre se encuentra haciéndose el tocado, tu padre echándose una siesta, lo que aparentemente rara vez llega a hacer. Carter se desmayó en el sofá del salón, desnudo. Y tu hermano pequeño no ha llegado a casa todavía. —Entonces me señala—. Ah, y tu hermana, ¿Mary? Me asusta muchísimo. Si esta noche desaparezco, prométeme que su armario será el primer lugar al que irás a buscar. Me río. Y me obligo a enterrar mis sentimientos: el pánico, el anhelo por Sofía. Trago, aspirando… Debido a que hoy… mi chica se va a casar.

La iglesia está llena hasta el borde. La Srta. Bea toca la “Marcha Nupcial” en ese viejo órgano. Presley lanza pétalos de rosa por el pasillo. Y Jenny… Jenny está hecha una preciosidad, como sabía que lo haría. Miro el rostro de JD cuando ella entra en la iglesia, lleno de asombro, gratitud y mucho amor.

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Es una expresión que significa que tienes que enfrentar tus malas decisiones.

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Y no me dan ganas de golpearlo, ni siquiera un poco. No me pone triste. Se siente… como que se supone que así sea. La recepción se lleva a cabo afuera, detrás de la Iglesia, en tiendas de campaña blancas con mesas de picnic elegantes y sillas plegables acolchadas. La hierba es tan verde como los pastos de mi padre, el cielo casi tan azul como los ojos de mi hija. La ciudad entera está aquí, personas que me han conocido, incluso antes de que yo naciera. Brent conversa con el pastor Thompson. Marshall se inclina contra un árbol, tratando de buscar conversación con una chica. Mary se encuentra rodeada por un grupo de mujeres risueñas, todas susurrando y con los ojos muy abiertos. Carter es el centro de atención en la hierba, predicando a una pandilla de niños con cara de adoración, que lo observan como si fuera Jesucristo en el monte. Mis padres bailan al son de la música de la banda. Lo único que falta… es ella. He intentado llamarla un par de veces, pero me lleva directamente al buzón de voz. Me digo que sólo se ha olvidado de volver a encenderlo después del vuelo, pero mis poderes de persuasión parecen ser más fuertes con un jurado que con mi propia maldita cabeza. —Me guardé un baile para ti. ¿Te apetece sacarle provecho? Jenny se encuentra junto a mí, con las manos cruzadas, sonriendo. Nos dirigimos a la improvisada pista de baile de madera. A medida que poco a poco nos balanceamos, le digo—: Estás impresionante. Ella batea las pestañas. —Lo sé. DC?

Nos reímos y luego, con cautela, me pregunta—: ¿Sofía ha vuelto a Asiento en silencio. —Me gusta, Stanton. Espero que no planees dejarla escapar.

—No tengo ninguna intención de dejarla escapar, ella simplemente todavía no sabe eso. Miro hacia abajo, a los ojos claros de Jenny, sosteniéndola en mis brazos, mi querida y dulce amiga. —Me alegro de que no hayas dejado escapar a JD. Te mereces ser mirada de la forma en que él te mira. Empuja el cabello de mi frente. —Tú también te mereces eso. —Ella observa por encima del hombro un momento, y luego su mirada se vuelve hacia mí—. ¿Recuerdas el otro día por el río? ¿Cuándo dijiste que Presley y yo somos tu familia?

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—Sí. Sus ojos brillan por la emoción. —Siempre seremos tu familia. El calor se eleva en mi estómago, una especie de calor reconfortante y tierno. La voz de Presley atrapa nuestros oídos y, al mismo tiempo, miramos hacia nuestra hermosa niña, riendo. —Lo hicimos bien, ¿verdad, Stanton? Considerando todas las cosas. Mi voz es áspera, ahogada con sentimiento. —Ah, Jenn, lo hicimos muy bien. Basta con mirarla. Y durante un rato, sólo la observamos. Íntimamente unidos a los recuerdos y el amor infinito por la misma pequeña persona. —Si pudiera volver atrás y hacerlo todo de nuevo contigo, lo haría — susurra Jenny—. No cambiaría nada. La miro a los ojos, y luego presiono mis labios en su frente con suavidad. —Yo también. Ni una sola cosa. Y así es como Jenny y yo nos decimos adiós.

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Más tarde, me siento en el columpio de madera de dos plazas junto a Presley, observando continuar la celebración. —Y luego, cuando acabes la escuela, te vienes a DC para el verano. —Durante todo el verano, ¿verdad? ¿Lo prometes? —Todo el verano —digo, asintiendo—. Te doy mi palabra. —¿Estará la Señorita Sofía allí? —Sí, va a estarlo. Mi hija me mira de lado, girando sus astutos ojos. —¿La has cagado, papá? —Un poco, sí. Pero voy a hacer las cosas bien. Ella me otorga su aprobación con un gesto rápido de cabeza. —Bien. Un niño rubio con una camisa de botones, y con un lazo enganchado, la llama desde unos pocos metros de distancia. —¡Oye, Presley! Vamos a bajar al río, ¿vienes? —Voy a estar ahí —grita.


Mi ceño se frunce. —Ese era Ethan Fortenbury, ¿cierto? —Sí, es él. —Pensé que era el ano de un caballo. —Bueno —suspira—, él dijo que lamentaba haberme dicho que tengo manos de hombre. Me contó que sólo lo hizo porque su hermano mayor le provocó para que lo hiciera. Esto suena incómodamente familiar. —Esos hermanos sin duda pueden ser un problema. Luego sonríe tímidamente. —Él cree que soy bonita. Y le gusta cómo lanzo la pelota de fútbol. Oh, mierda. —Tiene buena vista, entonces. —Sí. Ella se pone de pie, alisándose el vestido de satén azul. Antes de que se escape, imploro—: Oye, pequeña, ¿me puedes prometer algo? —Claro. —Sólo dame unos cuantos años más antes de empezar a volverme la barba gris, ¿de acuerdo? Ella se ríe y me besa en la mejilla. —Está bien, papá, lo prometo. Luego se va dando saltitos. Y Sacudo la cabeza. —Ethan jodido Fortenbury. Hijo de puta.

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24 Stanton Traducido por Nico Corregido por Laurita PI

Brent y yo manejamos en tiempo récord de regreso a DC, presioné mi Porsche hasta el límite y no me defraudó. Me negué a parar en la madrugada, así que uno de los dos dormía en el asiento de pasajero mientras el otro conducía. Para dos hombres de más de metro ochenta, un Porsche no es un lugar propicio para tener lindos sueños, pero Brent no se quejó. Sabía que me mataba encontrarme tan lejos, y puso “Ride of the Valkyries” en repetición para alivianar el ambiente. Estaciono frente a su cabaña y troto hacia la de Sofía. Mientras me acerco, veo cajas en su pórtico y muebles en la cuneta. Mi corazón se acelera en mi pecho. ¿Se muda? Golpeo fuerte a la puerta, la impaciencia tensa mi espalda. La puerta se abre… y un gigante me mira. Literalmente. Uno noventa, pecho amplio, brazos similares a los de un luchador profesional, un ceño amenazante. —¿Qué quieres? Y me siento como un niño de diez años. —¿Está Sofía? —¿Quién quiere saber? —Desde los pies hasta la cabeza, sus ojos me evalúan. Ojos color avellana. Ojos con los que me encuentro íntimamente familiarizado. Lo señalo con el dedo. —Eres su hermano; el que ella dijo que podía partir mi culo. El doctor. —No lo confirma, pero tampoco lo niega—. Soy…. tu hermana y yo somos… —Me niego a llamarla mi amiga, porque es mucho más que eso. Así que por primera vez en mi vida, tartamudeo como un maldito idiota—. Soy su…. somos… me contó todo sobre ti. Cruza los brazos, y se hacen más grandes. —No me ha dicho una palabra sobre ti. Antes de poder responder, otro tipo llega a la puerta; es de un tamaño más normal, un poco más pequeño que yo. Tiene cabello castaño,

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corto y espeso, una sonrisa amigable, y risueños ojos café; justo como Sofía lo describió. —Víctor, ven acá, el sillón no va a moverse solo —le dice a Gigantón. Luego me ve—. Hola. Extiendo la mano, ansioso por presentarme al hermano más cercano de Sofía. —Stanton Shaw. ¿Eres Tomás? Sacude mi mano y su sonrisa se amplía. —Correcto. ¿Cómo estás, Stanton? Entra. Sofía me habló de ti. Gigantón se hace a un lado mientras entro. —¿Por qué ella no me contó sobre él? Tomás le da a su hermano una mirada que he visto en mis propios hermanos. —Porque no puedes guardar un secreto, ninguno de nosotros te cuenta nada. —Luego me golpea en la espalda y pregunta—: ¿Vienes a arrastrarte? Me río, un poco nervioso. —Sí. ¿Cómo lo sabes? —Conozco a mi hermana. —¿Por qué se tiene que arrastrar? —pregunta Gigantón. aquí.

—No importa —le dice Tomás—. Siempre y cuando se encuentre

Entonces caminamos dentro de la sala; rodeando cajas y muebles. Luce como si el tornado hubiese arrasado aquí en lugar de en Mississippi. —Sofía sentía que el lugar necesitaba un cambio —explica Tomás—. Se pone así cuando se estresa. Así que llamo a la tropa, y aquí estamos. En la cocina, veo otro tipo de cabello oscuro usando lentes al estilo John Lennon; Lucas, el hermano número dos, adivino. Cerca del sillón se halla un hombre mayor pero aún fuerte con cabello sal y pimienta. El padre de Sofía. Camino hacia él y tiendo mi mano. —Hola, señor Santos, soy Stanton Shaw. Es un honor conocerlo. —Me detengo, tratando de pensar en las palabras correctas—. Señor, creo que su hija es una mujer asombrosa. Por unos instantes, me perfora con una intensa mirada. Luego sonríe y sacude mi mano. —Es bueno conocerlo, señor Shaw. Todas las cabezas se giran hacia la mujer que baja las escaleras. La mamá de Sofía es más pequeña de lo que imaginé, con cabello oscuro hasta los hombros, y hermosas y familiares facciones. Sus ojos se posan sobre mí, llenos de reconocimiento; y animosidad. Y sé que Tomás no es el único de la familia con el que Sofía abrió su corazón.

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Me acerco a ella, extendiendo mi mano. —Es un placer conocerla, señora Santos, soy… Mira mi mano con desdén y me corta; en portugués. —Você é um homem estúpido que machucou a minha filha. Se eu tivesse meu caminho, eles nunca iria encontrar o seu corpo12. Parece que soy estúpido, y si se sale con la suya nunca encontrarán mi cuerpo. Lindo. Sacudo mi cabeza. —Estou aquí para fazer isso direito. Sofía significa… tudo para mim. —Estoy aquí para hacer lo correcto. Porque Sofía significa todo para mí. Por lo menos, espero haber dicho eso. Sus ojos se abren con sorpresa. —Sofía me ha enseñado portugués —digo, encogiéndome de hombros—. Aprendo rápido. Una sonrisa renuente aparece en los labios de la Señora Santos y su cabeza se inclina aceptándolo de mala gana. Entonces, se hace a un lado. —Se encuentra arriba, en el dormitorio, pintando. Asiento. —Gracias, señora.

Con sigilo, atravieso la puerta abierta. Se encuentra de espaldas a mí, observando la pintura fresca en la pared. Tomo la oportunidad para absorberla. Su cabello se halla recogido, pequeños mechones acarician la dulce piel bajo su oído. Me embebo de sus delicados hombros bajo su camiseta roja, de sus pantalones de yoga negros, de la elegante curva de su espalda que lleva hasta la exquisita curva de su trasero; también dulce. —¿Qué piensas, Mamãe 13 ? —pregunta sin voltear, con su cabeza ladeada—. No estoy segura del amarillo, es más apagado de lo que se veía en la muestra. 12 En portugués en el original: Usted es un hombre estúpido que lastimó a mi hija. Si fuera por mí, nunca encontrarían su cuerpo. 13 En portugués en el original: Mamá.

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—Si quieres la verdad, pienso que se ve como pipí seco de perro. Se gira con rapidez, sus ojos se amplían como si viera un fantasma. —¡Stanton! —Después de un momento, parpadea, tratando de controlar su sorpresa. Actuar casual—. ¿Cuándo llegaste a casa? Pero casual, puede besar mi trasero. —No he estado en casa. Dejé a Brent y vine directo hacia aquí. A ti. —Ahora, devoro la vista de frente; esos labios, sus pechos impresionantes donde quiero descansar mi cabeza, los destellos verdes de sus ojos, como gemas preciosas. Levanto mi barbilla hacia las latas de pintura. —¿Qué es eso? Nerviosa, mira de las latas a mí. —Redecorando; sentía que necesitaba un nuevo comienzo. Me adelanto, necesito estar más cerca. Y me contengo tanto como puedo. —Cristo, te he extrañado, Soph. Los últimos dos días se sintieron como una eternidad. Baja la mirada al suelo. —Lo siento por irme como lo hice, pero necesitaba… —No. —Camino, airado, el resto del trayecto hasta el otro lado de la habitación—. Tuviste tu oportunidad de hablar. Argumentaste tu caso; ahora es mi turno. —Estiro una silla plegable cerca de ella, y sostengo una clara advertencia en mi voz—. Así que, siéntate y escucha. Sus ojos se abren, y por un segundo, creo que va a discutir. Pero luego hace lo que digo. Me paro frente a ella. —Comenzó en el juego de sóftbol, con Ámsterdam mirando tu trasero. —Stanton, te dije…. —Silencio —suelto, presionado un dedo sobre sus labios ahora cerrados—. Cuando quise extirpar sus ojos por mirar tu trasero, fue la primera vez que sentí… más. No tenía derecho a decirle que no te mirara, pero quería hacerlo. Paso la mano por mi cabello, tratando de explicar, que me entienda. —Esa es la verdadera razón por la que te pedí que fueras conmigo; aunque no lo supe en ese momento. Porque no quería estar lejos de ti, no quería arriesgarme a perderte por alguien más. Y cuando te vi allí, en mi casa; con las personas que más significan para mí… se volvió más intenso. Queriéndote, necesitándote, sintiéndome tan malditamente agradecido por tenerte. Pero todo se encontraba jodido; mezclado con el casamiento Jenny, sintiendo que necesitaba hacer algo para no perderla.

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Se inclina hacia adelante, sosteniendo cada palabra; sus ojos llenos de esperanza y miedo, rompen mi corazón. —Cuando lo tuve resuelto en mi cabeza, cuando por fin tuve las bolas para admitirme lo mucho que significas para mí… era demasiado tarde. No sabía si existía la posibilidad de que te sintieras de la misma manera. No sabía cómo explicarte sin que pensaras que eras la segunda opción. Nunca quise que te sintieras así, ni por un minuto. Jenny siempre será mi amiga, la madre de la pequeña niña que siempre será la dueña de mi corazón, la primera chica a la que amé. —Entonces mi voz se vuelve áspera, ahogada por la emoción—. Pero tú, Sofía… te lo juro, si me dejas… serás la última. Las lágrimas que impregnan sus hermosos ojos ruedan por sus mejillas. Me agacho frente a ella, deslizo mi mano por su hombro, y sostengo su nuca. —Y me encuentro muy jodidamente enojado contigo. Quiero sentarme en la cama, tirarte hacia abajo y golpear tu culo hasta que esté rojo como la pared de abajo. Hipa. —¿E…enojado conmigo?¿Por qué? —Porque me dejaste hacerte daño. Nunca dijiste nada. Cuando pienso en lo que debió ser para ti… como miles de cortes con papel. Tomo su rostro, secando las lágrimas de sus mejillas con mis pulgares, porque no puedo no tocarla ni un segundo más. Parpadea hacia mí, tomando una respiración. —Stanton, fue un gran argumento final. La miro a los ojos. —Es lo que hago. Así que… ¿cuál es el veredicto? Acaricia con sus dedos mi cabello, su expresión tierna y suave. —El veredicto es… no. Lo sabía, nunca dudé, ni por un segundo, de mi poder de persuasión. Estaba seguro de que si solo tenía la oportunidad de explicarme, ella… espera. ¿Qué? Retrocedo. —¿Qué demonios quieres decir? ¿No? ¡No puedes decir que no! —Mi frente se humedece y mi corazón protesta en mi pecho. Se encoge de hombros. —Lo acabo de hacer. Mis manos se aferran en forma reflexiva a su mandíbula. —¿Qué mierda, Soph? Hace dos días, ¡dijiste que estabas enamorada de mí! ¡No te desenamoras de alguien en dos malditos días! —Exactamente. —dice en voz baja. —No entien…

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—La última semana, te he visto sufriendo por otra mujer. Por meses, te he escuchado hablar de Jenny esto, Jenny aquello. Y ahora que ella no se encuentra disponible, ¿de repente te das cuenta de que soy a la que amas? —Soph, hace un largo tiempo que no estoy enamorado de Jenny. Simplemente no lo supe hasta ahora. —Trago saliva—. No… ¿no me crees? Toca mi cara, traza mi mandíbula, mirando el patrón de sus dedos con gran atención. —Deseo hacerlo. Quiero tanto creerte. —Entonces, aparta su toque— . Pero… no puedo ser tu segunda opción. No lo seré. Eso me romperá, Stanton. Hace una semana atrás, me conformaba con tener cualquier parte de ti, pero ya no me conformo con eso. Quiero todo de ti. En serio. Y para siempre. Me acerco, mirándola a los ojos. —Amor, me tienes. Por el corazón, por las bolas y por cualquier otra manera que quieras. Una sonrisa tira de sus labios mientras me mira con audacia. — Pruébalo. Mis dientes ciñen mi labio inferior, mientras considero las gloriosas maneras en que puedo demostrarle lo que significa para mí; una y otra vez. Hay risa en mi voz cuando pregunto—: ¿Es un reto? Color tiñe sus mejillas y el aire entre nosotros cambia. Se torna más intenso, más caliente; no sólo con atracción, si no con la promesa de algo más profundo. Un futuro. Juntos. —Sí. La acerco más y acaricio sus labios contra los míos, un toque ligero como una pluma. Y le prometo—: Bien. Entonces, vamos a empezar de nuevo. Desde el principio. De la forma en que deberíamos de haber empezado. Sin amigos con beneficios. Lo haré bien; te llevaré a lugares magníficos, te mantendré dentro por fines de semana enteros. Quiero que te vistas para mí, así puedo tomarme mi tiempo desvistiéndote. Quiero memorizar cada pulgada de tu cuerpo y escuchar cada pensamiento de tu mente. Y entonces, no tendrás duda alguna de que la única mujer a la que quiero, la única a la que amo; eres tú. Sofía se inclina, su mejilla y su nariz rozan las mías. Su voz se encuentra ligeramente sin aliento mientras pregunta—: Así que… ese eras tú pidiéndome salir, ¿cierto? —Definitivamente. Y entonces, sus ojos resplandecen. —Me gustaría dejar claro que estoy totalmente abierta al sexo en la primera cita. Me río. —Estaba muy, muy esperanzado en que dijeras eso.

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Luego, presiono mis labios sobre los suyos. Su boca se abre, dándome la bienvenida, su dulce lengua me encuentra a mitad de camino. Siento sus manos agarrar mi camisa, las desliza sobre mis hombros, mi cuello, ahuecando mi mandíbula. La aprieto contra mí, abrazándola, haciéndole saber con cada caricia de mis dedos, con cada palabra susurrada; que no quiero volver a dejarla ir. Y siento lo mismo de ella; alivio, alegría con cada suspiro, con cada suave promesa. Sofía y yo nos besamos miles de veces, pero ninguna como esta vez. Es diferente. Mejor. Es malditamente perfecto.

La mayoría de las historias terminan al final. Pero ésta, no. Ésta termina con nuevo comienzo.

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EPÍLOGO Stanton Traducido por Miry GPE Corregido por Val_17

Septiembre Nos recostamos sobre una manta en la hierba en el Washington Mall, un pequeño lugar semi-aislado, apartado de la multitud. El cielo es de un profundo color negro, pero las luces de la ciudad son demasiado brillantes para que se deje ver alguna estrella. Sofía se recuesta contra mi pecho y mis manos vagan sobre ella perezosamente, subo por sus costados, cubiertos por un mini vestido rosa claro, y bajo por sus brazos desnudos. El aire de septiembre es cálido, con una brisa agradable. Un suspiro de satisfacción escapa de sus labios sonrientes, y tomo un trago de whisky del vaso de plástico que he sorbido toda la noche. Le doy un suave beso en la sien mientras Elton John teclea las notas finales de su última canción en el piano. Eventos como este, un festival de música en otoño, son gratis, primero en llegar, primero en servirse. A pesar de que Sofía estaba temblorosa porque Elton John estaría tocando, no nos matamos tratando de conseguir puestos en la primera fila. Se limitó a sentarse y relajarse después de una semana infernalmente larga en la oficina. Para disfrutar de la música… y de nosotros. Pero a medida que la familiar melodía de “Your Song” se derrama por los altavoces, pongo mi boca contra su oído, mi aliento provoca piel de gallina por toda su suave piel. —Baila conmigo —susurro. Arquea la espalda para mirarme, sus ojos suaves y lánguidos, de la misma forma que me mira cuando subo por su cuerpo después de llevarla al paraíso con mi boca. —No me digas que en realidad te empieza a gustar el baile.

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Beso la punta de su nariz. —No. Nunca seré un fan. —Me levanto, llevándola conmigo, manteniéndola dentro del círculo de mis brazos—. Pero siempre bailaré contigo. En cualquier momento y en cualquier lugar. Además… esta es tu canción14. Es una sorpresa que planeé; un regalo para ella. Estoy bastante seguro de que hará volar su mente, y espero que más adelante ella me lo regrese, expresándome su gratitud durante toda la noche. El anuncio perfectamente sincronizado sale del micrófono de Elton. —Tenemos una dedicatoria, damas y caballeros. Esto va para Sofía, con amor, de Stanton. —Y a continuación comienza a cantar. Sus ojos se ponen tan redondos como una moneda y se desploma contra mí sólo un poco, por la conmoción. —¡Oh, Dios mío! No puedo creer que hicieras eso… ¿cómo hiciste eso? Me encojo de hombros. —Conozco gente, que conoce gente, que conoce a alguna gente de Elton. Pedí favores. Se levanta de puntillas y me besa con fuerza, haciéndome pensar que esta fue la mejor maldita idea que he tenido jamás. Contra mis labios, me dice—: Te amo. amo.

Mientras descansa su cabeza en mi pecho, le susurro—: También te —Tengo el mejor novio del mundo. Mi pecho retumba por la risa. —Sí, lo tienes. Qué maravillosa es la vida, mientras estás en el mundo. Y luego bailamos.

Noviembre —¡Empuja! —Estoy empujando. Es ajustado. —Más fuerte. 14

Juego de palabras con la letra y título de la canción.

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—Si lo hago más fuerte, romperé algo, joder. —Sólo mételo. —Estoy tratando —gruño. —¿Alguien más se está excitando por esta conversación? —La voz distante de Jake llega desde el otro lado del súper pesado escritorio que tengo atascado en la puerta. Con un grito, conseguimos pasarlo, y luego lo colocamos suavemente frente a la ventana, como acordamos con Sofía. De esta manera podemos disfrutar de la luz natural del sol, mientras la follo sobre él. —Me siento demasiado cansado como para excitarme —me quejo, secándome el sudor de la frente. Entonces Sofía entra en la habitación, y mi mirada naturalmente cae en la magnífica forma en que su apretada blusa negra de cuello alto resalta sus pechos. —Olvídalo, no estoy tan cansado como pensaba. —¡Se ve muy bien aquí! —chilla, con una sonrisa—. Este es el último. Sofía me pidió que me mudara con ella la semana pasada. Prácticamente estuve viviendo aquí desde la mitad del verano. Pero la idea de hacerlo oficial, de despertarnos juntos cada mañana y volver aquí, a casa, juntos, cada noche, es asombrosa. Su casa es más grande que mi apartamento, y ya se encuentra amueblada, por lo que la mayoría de mis muebles se quedan con Jake. A excepción de los muebles del dormitorio de Presley, que ahora están en el tercer dormitorio de la casa, el único elemento que insistí en traer es mi escritorio. Así que en lugar de una habitación de invitados, el segundo dormitorio ahora se convirtió en una oficina para ambos. Sofía disfruta de este enorme escritorio de roble tanto como yo. Especialmente por el espacio adicional que proporciona mientras se trabaja en él, y como ya dije… para follar. Brent entra sosteniendo copas de champán y Sofía hace estallar el corcho de la botella en sus manos. Llenamos las copas, pasándolas a todos, y propongo un brindis. —Mi mamá siempre solía decir que el hogar es donde está el corazón. Pero realmente nunca entendí qué tan cierto era… hasta ahora. —Miro a Sofía—. Eres mi corazón, así que donde quiera que estés, estoy en casa. Coloca un beso en mis labios. —Bien, ahora realmente estoy excitado —comenta Jake. Luego, le dice a Brent—: ¿Estás listo para salir? ¿Recorrer los bares? —Nací listo —replica Brent. Luego nos pregunta—: ¿Se vienen?

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Con sus brazos alrededor de mi cintura, Sofía le dice—: Tengo la intención de hacerlo dentro de poco… y si la historia sirve de indicio, más de una vez. —Entonces me besa de nuevo. —Ewww —dice Brent—. Ustedes son asquerosos. Los acompañamos hasta la puerta principal. —Pero en serio — pregunta Brent—, ¿no vienen? Le doy una palmada en la espalda. —No puedo, tengo mucho trabajo que hacer. ellos.

Decimos nuestros “gracias” y “adiós”, y cerramos la puerta detrás de Sofía me mira. —¿Aún tienes trabajo en el caso Penderson? Me río. —No, Soph, no hablaba de ese tipo de trabajo. Sonríe. —Entonces, ¿de qué tipo de trabajo hablabas?

La cargo en mis brazos. —El de bautizar todas las habitaciones de esta casa. Será un muy duro y sudoroso trabajo.

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Febrero Fue un jodido mal día. Lo malo comenzó con un cliente excéntrico que me molestó por una condena previa por asalto fuera del Estado, luego progresó en una notificación de apelación que no fue a mi favor. Por si fuera poco, una explosión ártica decidió descender sobre DC, por lo que afuera se encontraba más frío que la teta de una bruja, el tipo de frío que se sentía como agujas pinchando tu rostro cada vez que soplaba el viento. La única parte buena de la jornada era que estaba a punto de terminar. Y fui capaz de encontrar un lugar de estacionamiento fuera de la Corte, junto a los escalones, los cuales estoy subiendo en estos momentos. Después de pasar por seguridad, la sensación comienza a regresar a mis dedos mientras entro en la sala del Tribunal y tomo asiento en la parte trasera. Respiro hondo, y la observo. Hace las preguntas finales de su interrogatorio, acechando a la mesa de la defensa, sus tacones negros suenan en el piso. Todas las miradas se encuentran puestas en Sofía, no sólo porque su trasero se ve fenomenal en la ajustada falda negra, sino


debido a su presencia. Su postura, el tono de su voz, domina la sala y la atención de cada persona en ella. La frustración del día decae, sustituida por una tranquila paz y un gran orgullo, porque esa increíble, fascinante y capaz mujer, es mía. Después de que la Corte levanta sesión, me acerco a ella por detrás mientras guarda las carpetas en su maletín. Envuelvo un brazo por su cintura y coloco un breve beso detrás de su oreja. Se tensa por una fracción de segundo antes de relajarse en mi abrazo. Porque, sin darse la vuelta, sabe que soy yo. —Buen trabajo. Me sonríe sobre su hombro. —Gracias. ¿Qué haces aquí? Creí que te vería en casa. —Hace frío afuera… no quería que caminaras. Luego saco el ramo de rosas de detrás de mi espalda. Sus ojos avellana se humedecen y sus labios perfectos forman una amplia sonrisa. —¿Por qué son estas? —Lleva las flores a su nariz e inhala. Beso su frente. —Son sólo porque puedo.

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Las luces brillan suavemente a través de las ventanas, iluminando la casa como un faro de calidez, comodidad y hogar. Sherman compite por nuestra atención tan pronto como entramos por la puerta, meneando su cola y chapoteando su lengua nos dice que ha sido un buen muchacho y los zapatos de Sofía sobrevivieron sin ser destrozados, al menos por hoy. Sirve un vaso de whiskey para mí y una copa de vino para ella, mientras saco de la nevera la carne marinada en mi salsa especial. Hablamos de los acontecimientos del día, los planes para mañana, y de todo lo demás mientras salgo al balcón para encender el carbón. Porque incluso aunque es invierno, incluso aunque no es domingo y no estamos en Mississippi, Sofía ama mi asado. Más tarde, después de que los platos son lavados y secados, las noticias se reproducen suavemente en la televisión cuando salgo del baño recién duchado, con una toalla alrededor de mi cintura. Sofía se reclina en la cama, una pierna doblada, su computador portátil apoyado en el estómago, vestida sólo con una blusa de encaje con tirantes color rosa y


bragas a juego. Su mirada me recorre, devorando cada músculo tonificado, luego cierra el portátil con un golpe suave. Y dejo caer la toalla. Subo a la cama como un depredador, mis intenciones tan desnudas como mi trasero. Chilla cuando me inclino sobre ella, gotas frías caen de mi cabello hacia su clavícula. —Estás mojado —dice en un susurro ronco. Lamo mi labio inferior y paso mi mano por su suave piel, bajando entre sus piernas, donde ya se encuentra resbaladiza y excitada por mirarme. —También tú. Me tomo mi tiempo y le hago el amor, lenta y tranquilamente, esa siempre presente pasión ardiendo bajo la superficie. Después es rudo y fuerte; tendrá moretones en sus caderas mañana y yo tendré rasguños en mi espalda. Caemos dormidos encima de las mantas, nuestra carne lo suficientemente caliente para mantenernos cálidos. El día pudo haber sido horrible… pero la noche fue tan jodidamente perfecta como puedes imaginarlo.

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Mayo. Sunshine, Mississippi La camioneta de Jenny se detiene en la calzada de la casa de mis padres, y tan pronto como los neumáticos se detienen, Presley salta del lado del pasajero. —¡Hola, papá! ¡Hola, Sofía! Nos abraza a ambos, largo y dulcemente. —Parece que has crecido seis centímetros desde que te vi por última vez. —Eso fue durante las vacaciones de primavera, cuando se quedó con nosotros en DC. Con su brazo sobre los hombros de mi hija, Sofía la mira y le pregunta—: ¿Quieres ir a montar a caballo? Presley asiente, y simplemente sonrío, burlándome. —Alguien piensa que es toda una amazona.


Sofía envuelve su dedo medio en el índice y adorablemente insiste—: Blackjack y yo somos así. Tenemos una completa cosa mental entre nosotros, él me entiende. Todavía río mientras corro a la camioneta para ayudar a Jenny a bajar. —Hola. —La beso en la mejilla y le doy un abrazo. O, lo más cercano a un abrazo que se puede, considerando el tamaño de su estómago—. Demonios, Jenny, estás enorme. Frunce el ceño. —¿Por qué no te vas al infierno y mueres, Stanton? ¿Qué clase de cosa es esa para decirle a una mujer embarazada? —Una cosa del tipo verdadera. No recuerdo que estuvieras tan grande con Presley. ¿Segura que no hay dos ahí dentro? Frota su vientre de ocho meses de embarazo. —No, sólo uno. Uno es suficiente, y tomaré la epidural en esta ocasión. Río. —No. Si la enfermera Lynn está ahí, no la conseguirás. Sofía abraza a Jenny saludándola. —Podríamos haber ido a tu casa a recogerla. Jenny ondea su mano. —No, es bueno que salga. He estado encerrada… los pisos están resbaladizos de limpios, JD dijo que pondrá cinta de “Precaución”. Nos ponemos al día durante unos minutos, luego Jenny se va y nos dirigimos al establo. Presley camina delante de nosotros, y sostengo la mano de Sofía mientras ella camina a mi lado. —Así que… ¿alguna vez pensaste sobre eso? —¿Sobre qué? Giro mi cabeza en la dirección por la que Jenny acaba de irse. —¿Un bebé? —Un bebé —digo. —¿Tú y yo? —Bueno… estaría bastante enojado si fueras tú y alguien más. Ríe. —Stanton, trato de ser una pareja. —Lo sé. —Y tú tratas de ser una pareja. —Cierto. —Caminamos en silencio. Entonces me inclino más hacia ella, adivinando—: Así que, ¿eso es un sí, entonces? Sonríe. —Sí… pensaré en eso. Le doy su sonrisa torcida favorita. —Bien.

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Sofía levanta un dedo. —Pero ahora no. —No. —Asegúrate de que tu esperma tome nota de eso. Tiene fama de ser pícaro. Asiento. —Le enviaré un memo a mi esperma, con copia a tus ovarios. Asiente. —Pero pronto. —Pronto es bueno. Balanceo nuestras manos unidas. —Probablemente deberíamos casarnos primero. Sofía se detiene, mirándome. —¿Me lo estás pidiendo? Me giro, acuno su mandíbula y trazo sus hermosos labios. —Cariño, cuando te lo pida, no dudarás si lo estoy haciendo. —Luego la beso dulcemente—. Pero será pronto. Ella sonríe, amplia y cegadoramente. —Pronto es bueno.

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FIN


SUSTAINED Jake Becker ama su carrera como un duro y poderoso abogado defensor en DC. De modo que no hay manera de que una chica de veintiséis años criando a sus seis sobrinas y sobrinos capturaría su corazón… ¿cierto? No te pierdas el siguiente episodio de la serie Legal Briefs de la autora bestseller New York Times Emma Chase: SUSTAINED. ¡El próximo verano 2015!

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ADELANTO Traducido por Marie.Ang Corregido por Itxi

El miércoles es un día lento. Me inclino hacia atrás en mi silla de escritorio y miro por la ventana a la soleada calle que hay abajo. Un frustrado paseador de perro forcejea con tres clientes de cuatro patas mientras ellos enredan sus correas, luchando por el liderazgo. Un autobús turista pasa retumbando, dejando una nube negra de gases del tubo de escape a su paso. Un padre trotando empuja un cochecito color naranja, casi chocando con uno de los perros ladrando, girando en el pasto en el último segundo. Quizás es el bebé en el coche, quizás es el largo pelaje como manta de los perros, quizás es el hecho de que no he conseguido nada en dos semanas, pero la tentadora imagen de Chelsea McQuaid se desliza en mi mente. Otra vez. Es la única imagen que he conjurado cada vez que me he masturbado, lo que ha sido patéticamente frecuente. Esos ojos azules como el cristal, sus labios rosados y de rápida sonrisa, su largo y elegante cuello que ruega ser lamido, sus ágiles miembros que apuesto que son, oh, tan flexibles, y lo más importante, sus tetas firmes y de perfecto tamaño. Mentalmente me pateo por no conseguir su número. Ella es demasiado mayor, y demasiado caliente, para ser virgen a los veintiséis, pero había algo en ella que parecía… puro. Intacto. Sin descubrir. Y ese es un rumbo en particular que estoy malditamente seguro me encantaría trazar. Me froto los ojos. Necesito echar un polvo. Esta mierda de “conocer a una mujer primero” se está volviendo una molestia más grande de lo que jamás imaginé. ¿Es el riesgo de contraer una ETS una gran cosa? Y luego, recuerdo cómo se sintió esperar esos resultados. El agudo y frío terror de ser encasillado con una enfermedad, posiblemente de por

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vida. O, incluso más aterrado, con una que podía cortar mi corta vida. Infierno, sí, es una gran cosa. No follar, sin importar cuan espectacular sea, vale la pena el morir. Ese debería ser el lema en cada instituto de las campañas de sexo seguro. Mi secretaria, la señora Higgens, una gran dama que se ve como la abuela de todos, abre la puerta de mi oficina. —La señorita Chelsea McQuaid está aquí para verte, Jake. Y tiene toda una camada de pequeños con ella. Mi sonrisa es amplia, lenta, y completamente gratificante. No creo en las señales, pero si lo hiciera, esta sería una grande y en parpadeante neón. Enderezo mi corbata. —Hazlos pasar, señora Higgens. Asiente, y unos segundos más tarde, Chelsea y su inquieta y ruidosa pandilla de sobrinas y sobrinos entra a mi oficina. Lleva una ropa casual de “mami”, pero en ese cuerpo grita “sexy.” Un suéter verde oscuro que hace sobresaltar el tono rojizo en su cabello castaño. Pantalones azules ajustados metidos en altas botas cafés que acentúan esas piernas interminables y la ondulación de su apretado culo. Es una agradable sorpresa, no había notado su trasero la primera vez que nos conocimos, pero es jodidamente hermoso. Ajusta el agarre del portabebés y su sonrisa es tensa. —Hola, señor Becker. Me pongo de pie detrás de mi escritorio. —Chelsea, es bueno verte de nuevo. ¿Qué te trae…? Mis ojos van rápidamente a cada una de las caras que se amontonan en mi oficina, entonces a la puerta vacía, cuando me doy cuenta de que falta alguien. —¿Dónde está Rory? Chelsea suspira. Antes de que pueda hablar, la malhumorada chica, Riley, de catorce años de edad, responde por ella. —El idiota fue arrestado. Robó un auto. —¿Un auto? En una semana, la pequeña mierda fue de asalto al robo de autos. Eso seguro era escalar rápido. La pequeña de cabello claro, Rosaline, continúa—: Y luego, lo chocó. El de dos años aporta los efectos de sonido. —Brooocshhh.

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El inteligente Raymond, agrega—: Y no sólo cualquier auto, un Ferrari 458 Italia Edición Limitada. El precio inicial es de alrededor de novecientos mil dólares. Miro a Chelsea, quien asiente. —Sí, esa es prácticamente toda la historia. Se encuentra en detención juvenil, en serios problemas esta vez. Esta vez implica que ha habido otras veces, pese a mi casi robo. Jesucristo, niño. Chelsea explica con voz tensa—: Mi hermano tiene docenas de abogados en su lista de contactos, pero ninguno de ellos son abogados de defensa. Tuve tu tarjeta… y pareces un buen abogado. Por curiosidad, pregunto—: ¿Qué te hace pensar que soy bueno? Levanta la barbilla y encuentra mi mirada. —Luces como un hombre que sabe cómo ganar una pelea. Eso es lo que necesito, lo que Rory necesita. Me tomo un momento para pensar, para planear. Chelsea debe interpretar mi silencio como rechazo, porque su voz se vuelve casi suplicante. —No sé cuál es tu anticipo típico, pero tengo dinero si… Mi dedo levantado la detiene. —No creo que vaya a ser necesario. Espera aquí. —Entonces, apunto a Raymond—. Ven conmigo. —Y a la niña mayor—. Tú también, Smiley. Y me siguen por la puerta, el adolescente melancólico me corrige—: Mi nombre es Riley. —Lo sé. Pero te voy a llamar Smiley. —¿Por qué? —pregunta, como si fuera la cosa más estúpida y más vil que hubiera escuchado. Sonrío. —Porque no lo eres. Dejo que el rodar de ojos comience. Lo llevo a la oficina de al lado. La cabeza oscura de Sofía Santos se encuentra inclinada sobre su escritorio, sus manos con perfecta manicura garabateando notas rápidas en un documento. Alza la mirada cuando entramos. —Hola, Sofía. —Apunto con el pulgar hacia la chica resentida detrás de mí—. Esta es Smiley McQuaid, su tía es una nueva clienta y tenemos que ir al centro por unas horas. ¿Está bien si se queda un rato contigo? La hija de Stanton, Presley, tiene casi doce. Me imagino que si alguien es experta en lidiar con preadolescentes femeninas, esa es Sofía. —Claro. Estaré aquí toda la tarde.

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Riley se mueve a mi lado. —Mi nombre es Riley. Sofía sonríe. —Hola, Riley. —Entonces, señala la silla en la esquina, junto a la toma de corriente—. El cargador del teléfono está por ahí. Riley casi rompe en una sonrisa. Casi. —Botín. Me giro hacia el compañero de oficina de Sofía, que mira imágenes en su computadora. Y espero por Dios que no sea porno. —Brent, este es Raymond. Raymond, Brent. ¿Puedes mantenerlo fuera de problemas por unas horas? Brent asiente. Entonces, con el entusiasmo de un niño que le dejan ver su primera película de terror con clasificación R, le pregunta a Raymond—: ¿Quieres ver imágenes de sangre salpicada? El chico se acerca. —¿Eso es tan genial a como suena? —Muuuy geniaaal. —¡Claro! Y mi trabajo aquí está hecho. Meto la cabeza en mi oficina y doblo el dedo hacia Rosaline. Ella mira a su tía, que asiente dándole permiso, y Rosaline sale para unírseme frente al escritorio de la señora Higgens. —Señora Higgens, esta es Rosaline. ¿Te encargarías de ella por un rato mientras su tía y yo nos dirigimos al palacio de justicia? Rosaline baja la mirada con timidez, y la señora Higgens pone una silla a su lado. —Por supuesto. Tengo una nieta de tu edad, Rosaline. Tengo libros para colorear aquí para cuando ella me visita. ¿Te gusta colorear? Rosaline asiente enérgicamente, subiendo a la silla. —¿Y cuál es tu color favorito? Ella ni siquiera lo piensa. —Arcoíris. La señora Higgens saca los libros para colorear y crayones. — Maravillosa elección, querida. Me dirijo de nuevo a mi oficina, en dónde Chelsea y los dos pequeñajos más jóvenes esperan. Los señalo. —Ambos lucen como los reales problemáticos en el grupo, así que vendrán con nosotros. —¡Hola! —responde la de dos años de edad con una sonrisa engañosamente dulce. Sacudo la cabeza. —Oh, no. No vas a amarrarme con eso de nuevo. Tomo el portabebés de las manos de Chelsea y casi se me cae la cosa. —Vaya —digo, bajando la mirada—. Eres más pesado de lo que pareces. —Gorjea con baba en respuesta.

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Me giro hacia Chelsea. —Tú agarra a la Cosa. Vamos. Su voz me detiene. Es un susurro, tranquilo e inquisitivo. —¿Jake? Es la primera vez que dice mi nombre. Una pequeña sílaba que hace que mi estómago se apriete. Que hace que quiera escucharla decirlo de nuevo, en un gemido, un jadeo. Un grito de placer. —¿Puedo preguntarte algo antes de que nos vayamos? Trago, con la boca repentinamente seca. —Claro. —Si no es el dinero… ¿por qué nos ayudas? Es una pregunta interesante. La nobleza no es mi estilo. Soy más el tipo de chico de “cada hombre por su cuenta”. Así que, ¿por qué diablos estoy ayudándolos? Porque quiero entrar en sus pantalones, por supuesto. Hacerle a Chelsea un favor es la ruta más directa para llegar. Realmente no es tan complicado. Pero no puedo decir eso. Así que me encojo de hombros. —Tengo una debilidad por las causas perdidas. Y porque simplemente ya no puedo mantenerme alejado por más tiempo. Extiendo la mano y con suavidad acaricio la piel marfil de su mejilla. Es más suave de lo que jamás hubiera imaginado. —Y por un rostro bonito.

Salimos al estacionamiento, y mientras Chelsea les abrocha los cinturones a los niños en sus asientos, compruebo su camioneta. Su gigantesca camioneta azul oscuro. Se da cuenta y comenta—: Es la camioneta de mi hermano. Levanto una ceja. —¿Tu hermano, el activista medioambiental, conduce una Yukon XL de alto consumo de gasolina? Se sube al asiento del conductor. —Tiene seis hijos. Una bicicleta no iba a bastar.

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Le doy la dirección del Palacio de Justicia Moultrie, en donde fue notificada por teléfono que Rory fue recibido tras su arresto esta mañana. No tengo mucha experiencia en la corte de familia, pero estoy bastante familiarizado con el proceso para compensarlo. —Rory será asignado a un agente de libertad condicional que revisará los cargos, su historial, y hará una recomendación a la OGA. El agente de libertad condicional decidirá si es liberado hoy, o tiene que permanecer en el Centro de Servicios Juveniles hasta el juicio. También están con los que hablaré sobre el acuerdo de la fiscalía. La buena noticia es que conozco a una de los oficiales en Moultrie íntimamente. Solíamos hacerlo frecuentemente, y a fondo, justo antes de que se comprometiera. Nuestros términos de separación fueron amistosos. Una suave V se forma en la frente de Chelsea. —¿La OGA? —Oficina General de Abogacía. Ahí es donde se procesará su caso, pero no te preocupes, no llegará tan lejos. Los casos juveniles son diferentes de los de los adultos. El sistema aún tiene esperanza en los delincuentes; todo se trata de rehabilitación y redención. Salvarlos antes de que vayan demasiado lejos en ese camino oscuro y erróneo hacia ninguna parte. En las cortes criminales, la pregunta principal es, ¿lo hiciste? En las cortes de familia, es sobre por qué lo hiciste. Un huérfano de nueve años que lidia con la muerte de sus padres por robar un auto obtendrá más indulgencia que uno de dieciocho años impulsado por una carrera divertida. El Palacio de Justicia Moultrie es un edificio de concreto e intimidante con un laberinto cavernoso de pasillos. Después de pasar por seguridad, somos conducidos hacia la sala de espera con una docena de mesas y sillas indescriptibles esparcidas alrededor y máquinas expendedoras a lo largo de una pared. Unos pocos visitantes ocupan la habitación, cabezas apiñadas, hablando en silencio, en susurros confidenciales. Chelsea y yo nos sentamos en una mesa vacía. Pongo el portabebés con su carga durmiente en la mesa, y el bebé de cabello rubio, Reggie, se retuerce en su regazo. Un guardia abre una puerta al otro lado de la habitación y entra junto a Rory. Aún lleva su uniforme de la escuela: pantalones marrones, camisa blanca abotonada, chaquetón azul marino. Sus jóvenes labios se encuentran en un duro fruncimiento, sus ojos azul oscuros están tan llenos de sentimiento que prácticamente puedes escuchar los pensamiento de “jódete”. Esta no es la cara de una pequeña alma triste y perdida que sabe que se metió en problemas; es la cara de un angelito enojado, desesperado por tratar de parecer un patea culos, que prefiere fallar espectacularmente en vez de admitir que se equivocó.

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Por un segundo, reconsidero ayudarlo, unos días en detención juvenil puede ser lo que el doctor ordenó. Pero entonces, Chelsea envuelve el brazo alrededor de la cintura de él y besa su frente, murmurando profesiones de amor, alivio, y amenazas, todo al mismo tiempo. —Gracias a Dios que estás bien. Todo va a estar bien, Rory, no te asustes. ¿Qué diablos estabas pensando? ¿Un auto? Nunca vas a volver a dejar tu cuarto. ¡Jamás! Me recuesto en la silla, simplemente esperando. Él se la quita con un brusco encogimiento. —Sal. Estoy bien. No es la gran cosa. —¿No es la gran cosa? —Hace una mueca, y también veo un destello de sentimientos heridos—. Pudiste haberte matado o a alguien más. —Bueno, no lo hice, ¿de acuerdo? Así que deja de enloquecer. He visto suficiente. —Chelsea, ve a buscarle a Reggie una soda o un jugo. —Saco un par de billetes de mi cartera y se los tiendo. Ella duda. Inclino mi cabeza hacia Rory—. Danos unos minutos. lejos.

Aun luciendo insegura, pone a la niña de dos años de pie y la lleva Una vez que nos encontramos solos, Rory se sienta. —¿Qué haces

aquí? —Tu tía quería un buen abogado. Por suerte para ti, soy el mejor y sucede que tengo la tarde libre. —Lo que sea. niño.

Lo clavo con una mirada asesina. —Estás de mierda hasta el cuello,

Tan seguro de saberlo todo, se burla—: Tengo nueve. ¿Qué es lo peor que pueden hacerme? —Mantenerte aquí por los siguientes nueve años. Por lo menos —le digo con simpleza. Por primera vez desde que entró a la habitación, su confianza se agita. Sus mejillas estallan con un nervioso rosa y su voz se eleva media octava cuando dice—: No es tan malo aquí. Es un pequeño quiebre en su fachada, pero aun así, un quiebre. No pierdo el tiempo diciéndole que está lleno de mierda. Me inclino hacia delante y explico—: Esto es lo que va a suceder. Voy a llamar a tu tía para que vuelva, y vas a disculparte por la forma en la que le hablaste. No esperaba eso. Mira de soslayo. —¿Por qué?

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—Porque no se lo merece. Baja la mirada, casi avergonzado. Quizás aún hay esperanza para el mocoso. —Entonces, vas a sentarte ahí —le señalo—, y dejarás que te abrace y bese todo lo que ella quiera. Levanta la barbilla, sin estar listo para abandonar la pelea. —¿Y qué pasa si no lo hago? Lo miro directo a los ojos. —Entonces, dejaré que te pudras aquí. Y lo haré. No se ve feliz; no le gusta ser arrinconado. Quiere salir airoso, hacer lo opuesto de lo que estoy ordenándole, simplemente porque es una orden. Sé lo que está sintiendo. Conozco a este niño al derecho y al revés. Una vez, fui este niño. Necesita una salida, una forma de abandonar la batalla sin sentirse que perdió la guerra. Así que le doy una. —No necesitas mostrarme lo rudo que eres, Rory, puedo verlo. Fui bastante como tú cuando tenía tu edad, un pequeño idiota rudo y enojado. La diferencia es que fui lo suficientemente inteligente para no darle mierda a la gente que se preocupaba por mí. —Levanto las cejas—. ¿Tú lo eres? Me observa. Mira profundamente con ese sexto sentido que todo niño tiene, para ver si estoy siendo directo con él o sólo jodidamente condescendiente. Después de un momento, da el más breve de los asentimientos y dice con voz pequeña—: De acuerdo. Me disculparé con la tía Chelsea. Y la dejaré besarme y abrazarme si la hace feliz. Sonrío. —Bien. Inteligente y rudo. Ya me agradas más, niño.

Dejo a Chelsea con los niños y subo las escaleras hacia las oficinas de libertad condicional. Llamo a la puerta de Lisa DiMaggio, a pesar de que se encuentra abierta. Gira en su silla de escritorio, su largo cabello rubio desplegándose tras ella. —Jake Becker —dice. Se pone de pie, dándome una perfecta visión de piernas bronceadas y tonificadas bajo su falda negra, y me abraza. Romper en términos amistosos definitivamente tiene sus beneficios—.

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¿Qué haces en mi territorio? —pregunta, retrocediendo con una sonrisa—. ¿O esto es una llamada social? —Estoy aquí por un cliente. —¿Desde cuándo participas en la corte de familia? —Larga historia. —Me encojo de hombros—. Y su nombre es Rory McQuaid. —Ah. —Recupera un archivo de su escritorio—. Mi ladrón de autos. Hice su entrada esta mañana. Dice que tomó el auto porque, y cito, él “quería ver si conducir era tan fácil como Mario Kart”. —Sacude la cabeza—. Los niños de estos días. Me inclino contra la pared. —Ese no es el por qué tomó el auto. Existen circunstancias extenuantes. —Ilumíname. No he tenido la oportunidad de entrevistar a los padres aún. —Los padres están muertos —le digo—. Robert y Rachel McQuaid murieron en un horrible choque hace dos meses, dejando a Rory y a sus cinco hermanos y hermanas al cuidado de su tía, su único pariente vivo. Se sienta en la silla. —Jesús. —El niño ha pasado por mucho y no lo lleva bien. Pero no pertenece a la cárcel. Habla con su trabajador social; apostaría mi testículo izquierdo a que era un santo hasta que sus padres murieron. —Eso realmente dice algo. Sé cuan preciosos son tus testículos para ti. Asiento. —Desafortunadamente —suspira—, Rory escogió robar el auto de la persona equivocada. —Recita el nombre de un malhumorado e influyente ex candidato presidencial—. Y quiere al chico en serios problemas. —Que se joda —gruño. No sé si es porque estoy duro por su tía o porque él me recuerda demasiado a mí, pero si alguien quiere un pedazo de ese niño, va a tener que vérsela conmigo primero. —Además, un funcionario público no tiene problemas por ser dueño de un auto así. —De acuerdo —concede Lisa—. Entonces, ¿qué ofreces? —Una terapia mandada por la corte, una vez a la semana. Con reportes mensuales del progreso. —Dos veces a la semana —contradice—. Y quiero escoger al terapeuta. No están permitidos los impostores para que se sienta bien.

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—Hecho. La mirada de Liza viaja sobre mí, dirigiéndose a la entrepierna. —Me sorprendes, Jake. No te recordaba siendo tan… suave. Me muevo hacia delante, colocando las manos en los brazos de la silla, enjaulándola. —Suave no está en mi vocabulario, sigo estando duro mientras me vengo. —Sonrío—. Y después de eso. Sus ojos se quedan en mi boca. —Es bueno escucharlo. Particularmente desde que Ted y yo rompimos. —Alza su mano izquierda sin anillo. Lisa definitivamente cae bajo la categoría de “conocido”, lo que significa que no hay cena de primera cita ni conversación incómoda, ni jodidas preguntas que no quiero hacer, dejando solo respuestas. No, será directo a follar. Excelente. —Es una larga historia —dice—. Lo que significa que estoy segura que no tienes interés de escuchar. Sí. Lisa me conoce bien. —¿Aún te gusta el tequila? —pregunto. —Absolutamente. ¿Aún tienes mi número? —Así es. Su sonrisa es lenta y llena de promesas. —Bien. Úsalo. Me enderezo y camino hacia la puerta. —Lo haré. —Y empezaré con el papeleo.

Unas horas más tarde, después de la aprobación del servicio de menores y una rápida comparecencia obligatoria ante un juez indiferente, Rory sale del Palacio de Justicia con nosotros. Volvemos a la oficina para recoger a sus muchos hermanos. Todos parecen felices de verlo; si el cariñoso “estúpido idiota” y las entusiastas preguntas de su estancia en la “cárcel” son algún indicativo. El cielo es oscuro para la hora en que escolto a Chelsea y sus cargas de regreso al auto. Espero junto a la puerta del conductor, ella los carga y les pone el cinturón de seguridad.

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Entonces, viene alrededor y se para frente a mí, con ojos cálidos y suave gratitud. Y de nuevo, soy golpeado por la suave perfección de su piel bajo el brillo de la luz de la calle. Jodidamente hermosa. Así de cerca, noto las pecas adorablemente esparcidas por el puente de esa fina nariz y me pregunto si las tiene en algún lugar más. Tomaría una lenta y exhaustiva búsqueda para averiguarlo. Y soy el chico para el trabajo. Se empuja el cabello tras la oreja. —Gracias, Jake, muchas gracias. No sé lo que habría… —¡Tía Chelsea, estoy hambriento! —¿Podemos pasar a McDonald’s? —¿Sabes lo que ellos ponen en McDonald’s? Insectos que ni siquiera comería. —¡Cállate, Raymond! ¡No me arruines la comida rápida! —¡Cállate tú! —No, ¡tú cállate! —¡Tía Chelsea! —¡Hooooooola! No puedo evitar reír. Y me pregunto si tiene tapones para los oídos. Chelsea exhala a través de sus perfectos y sonrientes labios. — Debería irme antes de que empiecen a comerse los unos a los otros. —Esa podría no ser una mala idea. Hay suficiente de ellos para reponer. Sacude la cabeza y sube a la camioneta, luego baja la ventana. — Gracias otra vez. Te lo debo, Jake. Toco el costado de la camioneta a medida que se aleja lentamente. — Sí, me lo debes. Y esa es una deuda que no puedo esperar a cobrar.

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SOBRE EL AUTOR En el día, Emma Chase es una devota esposa y madre de dos hijos quienes viven en un pueblo pequeño en Nueva Jersey. Por la noche es justiciera en el teclado, trabajando para traer a sus coloridos personajes y sus interminables aventuras a la vida. Tiene un romance de amor/odio con la cafeína. Emma es una lectora ávida. Antes de que sus hijos nacieran consumía libros enteros en un solo día. Escribir también siempre ha sido una pasión y en el 2013 con su novela debut de comedia romántica, Tangled, la habilidad de ahora llamarse un autor no es nada menos que su sueño hecho realidad.

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Overruled the legal briesf # 1 emma chase