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le dieron agua, y se murió. En consecuencia, pusie staba cerca del gallinero, y se acostaron todos gran silencio, el coaticito, que sufría mucho por es sombras que se acercaban con gran sigilo.9 reconocer a su madre y a sus dos hermanos qu ó el prisionero en voz muy baja para no h iero quedarme, ma… má! –y lloraba desconso se habían encontrado, yselva se hacían mil caricias de la risionero. Probaron primero cortar el alam os dientes; mas no conseguían nada. Entonces, –¡Vamos a buscar las herramientas del homb fierro.11 Se llaman limas. Tienen tres lados c ¡Vamos a buscarla! Fueron al taller del hom tendría fuerzas bastantes, sujetaron la lima e maron tanto, que al rato la jaula entera tembl l ruido hacía, que el perro se despertó, lanz que el perro les pidiera cuenta de ese escánda día siguiente, los chicos fueron temprano a ve nombre le pondremos? –preguntó la nena a pondremos Diecisiete! ¿Por qué Diecisiete? N ero el varoncito estaba aprendiendo a contar, y El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega rio.12 Pensaba a cada momento en las cosas r los rubios cachorritos de hombre que tan ale perro durmió tan cerca de la jaula, que la fam n sentimiento.13 Cuando a la tercera noche llega coaticito, este les dijo: aprendiendo a contar, y El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega

Cuentos


le dieron agua, y se murió. En consecuencia, pusie staba cerca del gallinero, y se acostaron todos gran silencio, el coaticito, que sufría mucho por es sombras que se acercaban con gran sigilo.9 reconocer a su madre y a sus dos hermanos qu ó el prisionero en voz muy baja para no h iero quedarme, ma… má! –y lloraba desconso se habían encontrado, y se hacían mil caricias risionero. Probaron primero cortar el alam Índice os dientes; mas no conseguían nada. Entonces, –¡Vamos a buscar las herramientas del homb fierro.11 Se llaman limas. Tienen tres lados c ¡Vamos a buscarla! Fueron al taller del hom tendría fuerzas bastantes, sujetaron la lima e maron tanto, que al rato la jaula entera tembl l ruido hacía, que el perro se despertó, lanz que el perro les pidiera cuenta de ese escánda día siguiente, los chicos fueron temprano a ve nombre le pondremos? –preguntó la nena a pondremos Diecisiete! ¿Por qué Diecisiete? N ero el varoncito estaba aprendiendo a contar, y El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega rio.12 Pensaba a cada momento en las cosas r los rubios cachorritos de hombre que tan ale perro durmió tan cerca de la jaula, que la fam n sentimiento.13 Cuando a la tercera noche llega coaticito, este les dijo: aprendiendo a contar, y El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega Bienvenidos a la estación de Horacio Quiroga ................... 6

Cuentos de la selva ............... 26 La tortuga gigante ................. 28 Las medias de los flamencos ..... 35 El loro pelado ....................... 41 La guerra de los yacarés ........... 48

La gama ciega ....................... 59 Historia de dos cachorros de coatí

y de dos cachorros de hombre .... 67 El paso del Yabebirí .................75

La abeja haragana .................. 87

Trabajos en la estación ..........96


ne, que sacaban de la fiambrera; pero nunca l coatí en la misma jaula del gato montés, que es Y cuando era más de medianoche y había un g tes de la trampa, vio, a la luz de la luna, tre azón le dio un vuelco10 al pobre coaticito al re aban buscando. –¡Mamá, mamá! –murmuró do–. ¡Estoy aquí! ¡Sáquenme de aquí! ¡No qui ro a pesar de todo estaban contentos porque s hocico. Se trató enseguida de hacer salir al pr do, y los cuatro se pusieron a trabajar con lo dre se le ocurrió de repente una idea, y dijo: – hombres tienen herramientas para cortar f víboras de cascabel. Se empuja y se retira. ¡ olvieron con la lima. Creyendo que uno solo no tres y empezaron el trabajo. Y se entusiasm las sacudidas y hacía un terrible ruido. Tal Bienvenidos la estación de a ronco ladrido. Mas los acoatís no esperaron pararon al monte, dejando la lima tirada. Al nuevo huésped, que estaba muy triste. –¿Qué mano. –¡Ya sé! –respondió el varoncito–. ¡Le p bo bicho del monte con nombre más raro. Pe le había llamado la atención aquel número. E s, chocolate, carne, langostas, huevos, riquísim dejara rascar la cabeza; y tan grande es la sin he el coatí estaba casi resignado con su cautiver había para comer allí, y pensaba en aquell buenos eran. Durante dos noches seguidas, el p prisionero no se atrevió a acercarse, con gran nuevo a buscar la lima para dar libertad al le había llamado la atención aquel número. E s, chocolate, carne, langostas, huevos, riquísim dejara rascar la cabeza; y tan grande es la sin


le dieron agua, y se murió. En consecuencia, pusie staba cerca del gallinero, y se acostaron todos gran silencio, el coaticito, que sufría mucho por es sombras que se acercaban con gran sigilo.9 reconocer a su madre y a sus dos hermanos qu ó el prisionero en voz muy baja para no h iero quedarme, ma… má! –y lloraba desconso se habían encontrado, y se hacían mil caricias risionero. Probaron primero cortar el alam os dientes; mas no conseguían nada. Entonces, –¡Vamos a buscar las herramientas del homb fierro.11 Se llaman limas. Tienen tres lados c ¡Vamos a buscarla! Fueron al taller del hom tendría fuerzas bastantes, sujetaron la lima e maron tanto, que al rato la jaula entera tembl l ruido hacía, que el perro se despertó, lanz que el perro les pidiera cuenta de ese escánda día siguiente, los chicos fueron temprano a ve nombre le pondremos? –preguntó la nena a pondremos Diecisiete! ¿Por qué Diecisiete? N ero el varoncito estaba aprendiendo a contar, y El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega rio.12 Pensaba a cada momento en las cosas r los rubios cachorritos de hombre que tan ale perro durmió tan cerca de la jaula, que la fam n sentimiento.13 Cuando a la tercera noche llega coaticito, este les dijo: aprendiendo a contar, y El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega


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Cuentos de la selva

De la ciudad a la selva El autor a los 19 años, poco antes de su viaje a Europa.

Horacio Quiroga nació el último día de 1878 en la localidad de Salto, Uruguay, en el límite con la provincia argentina de Entre Ríos. Era hijo de Prudencio Quiroga, vicecónsul argentino en Salto, y de la uruguaya Pastora Forteza. Desde chico, le gustaba mucho leer y, en su adolescencia, comenzó a escribir poesía y hasta llegó a publicar, junto con sus mejores amigos, una revista en la cual se imprimieron sus primeros poemas y algunos artículos breves. Además, contaba con bastante tiempo libre para dedicarse a otros pasatiempos, como andar en bicicleta, tomar fotos y tocar la guitarra. Por entonces,

Horacio Quiroga en la adolescencia, como animador de la comparsa “Rojo y Negro”.


Horacio Quiroga Quiroga tenía casi todo lo que podía desear un muchacho en esos tiempos: amigos, fiestas, novias, viajes… A fines de marzo de 1900, como muchos otros jóvenes intelectuales de la época pertenecientes a familias acomodadas, se embarca rumbo a París. En cuanto llega, recorre la ciudad en bicicleta, lleno de entusiasmo y deseoso de vivir nuevas experiencias. Sin embargo, las cosas no salen tan bien como él esperaba. El dinero pronto se le termina y, como no tiene a quien acudir, pasa hambre y penurias. La estadía dura cuatro meses, durante los cuales llevará un diario en el que toma nota de sus experiencias. El 12 de julio está de vuelta en Montevideo. Pedro Orgambide describe así la escena: Desciende de la planchada un pasajero de tercera, vestido con unos pantalones raídos y un saco con las solapas levantadas. Otro mundo lo espera: un mundo difícil, bravío y hostil que se identifica con su sangre.1 En 1903, decide solicitar la ciudadanía argentina y saca la libreta de enrolamiento. Tiene veinticinco años y su vida está a punto de cambiar por completo a raíz del encuentro con la selva misionera… Todo empezó cuando Quiroga le pidió al escritor argentino Leopoldo Lugones, a quien admiraba, que le permitiera acompañarlo en su viaje de estudios a las ruinas de las misiones jesuíticas. Quiroga fue 1 Pedro Orgambide, Horacio Quiroga. El hombre y su obra. Buenos Aires, Stilcograf, 1954.

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como fotógrafo de la expedición y, al llegar al monte, quedó fascinado para siempre con el paisaje. A partir de entonces, vivió obsesionado con la selva y la naturaleza misioneras. Misiones cuenta con una selva subtropical que abarca más de un tercio del territorio provincial: Con lluvias de alrededor de 2.000 milímetros anuales, traídas por los vientos del Atlántico y distribuidas con bastante uniformidad, y fuertes rocíos nocturnos, la humedad media relativa varía entre el 75 y el 90 por ciento, y la temperatura fluctúa escasamente entre invierno y verano, con promedios de 15 ˚C para junio y julio y 25 ˚C para enero y febrero. En estas condiciones, con los factores esenciales para la vida –luz solar, calor y agua– continuamente disponibles, sin las sequías ni los fríos a que deben

La enmarañada vegetación de la selva misionera, que alcanza los 30 metr os de altura, da cobijo a una enorme variedad de animales.


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Cuentos de la selva

adaptarse seres de otras regiones, la naturaleza produce las formas vivientes más exuberantes. […] Existen en la selva misionera más de 2.000 especies conocidas de plantas vasculares –de las cuales unas 200 son arbóreas–, más de 400 familias de aves, unas 100 de mamíferos y un incalculable número –puesto que quedan cantidades por identificar– de insectos y otros artrópodos. Es la región más rica de la Argentina en cuanto a la diversidad biológica.2 A poco de regresar de la expedición, Quiroga decidió comprar un terreno en la zona del Chaco y emprender su primer proyecto como colono: vivir de las ganancias obtenidas con la cosecha de algodón. Pero el intento fracasó. En esa época, Quiroga ya había publicado su primer libro de poemas (Los arrecifes de 2 Fundación Vida Silvestre Argentina. El gran libro de la naturaleza argentina, Buenos Aires, Atlántida, 1993.

Un texto de Horacio Quiroga publicado en la revista Caras y caretas del 12 de enero de 1907.

coral, 1901) y estaba colaborando con sus relatos en algunas importantes revistas porteñas. Su nombre comenzaba a resultar conocido en el ámbito literario. Sin embargo, el sueño colonizador, en el que se imaginaba como un Robinson Crusoe3 que podía bastarse a sí mismo para cubrir todas sus necesidades, no lo abandona. En 1906, Quiroga adquiere varias hectáreas de terreno, esta vez en la provincia de Misiones.

Vivir en la selva Como un Robinson Crusoe del Río de la Plata, Quiroga construyó su propia casa y fabricó sus propios muebles en medio del monte. Más exactamente, en la localidad de San Ignacio, en el sur de la provincia, a tres kilómetros de la margen derecha del río Paraná, muy cerca del límite con Paraguay. Allí se fue a vivir en 1910 con su primera esposa, Ana María Cires, y allí pasaron los primeros años de vida los dos hijos del matrimonio, Eglé y Darío, nacidos en 1911 y 1912 respectivamente. Pese a todos los esfuerzos de la familia para enfrentar las dificultades, la vida en el monte es muy dura: no resulta fácil convivir con la naturaleza ni soportar el 3 Robinson Crusoe es el protagonista de la novela del mismo nombre publicada por el escritor inglés Daniel Defoe en 1719. La obra narra las peripecias de un náufrago europeo que pasa más de veinte años en una isla solitaria.


Horacio Quiroga

La casa que construyó Horacio Quiroga en Misiones.

rigor del clima y el forzoso aislamiento. ¿Qué hace Quiroga en Misiones? Corta yuyos, separa la maleza, cultiva y cosecha, construye pequeñas embarcaciones para desplazarse por el río, destila alcohol de naranjas, produce carbón, moldea objetos con cerámica, fabrica sencillos instrumentos musicales… ¡y hasta embalsama animales! Pero, además, imagina nuevas historias, inventa personajes, crea situaciones… La selva –tanto el ambiente como sus habitantes– ofrece un nuevo mundo para su imaginación. Un mundo repleto de personajes y de anécdotas que aprovechará al máximo para escribir más y más cuentos. La mayoría de los

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Horacio Quiroga embalsamando un halcón.

relatos los envía a Buenos Aires para que salgan publicados en revistas. De esta época son aquellos reunidos en el libro Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), entre los que se encuentran “A la deriva” y “Los mensú”, que transcurren en la selva, además de otros, como “El almohadón de plumas” y “La muerte de Isolda”, que corresponden al ámbito urbano. También inspirados en su experiencia misionera, están los cuentos recogidos a lo largo de la década de 1920 en El salvaje (1920), Anaconda (1921) y Los desterrados (1926). Pero hay un tercer grupo: son los relatos protagonizados por animales, que inventa para entretener a sus pequeños hijos y que cada


do y soleado, y cuando se el sol, co para salir a dar un paseo. Repara la cena. Durante la conversaunca se e manera que ni siquiera se dieron nes básicas eceptivas que tan a enudo ntación de fenómenos íquicos.


Cuentos

de la selva


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Cuentos de la selva

La tortuga gigante

H 1 Aquí, monte designa a la tierra sin cultivar, cubierta de árboles, arbustos o matorrales. 2 Se llama ramada a un sitio tapado con ramas de árboles, que sirve para protegerse del sol, la lluvia y otros fenómenos de la naturaleza. 3 Bramar, en este caso, es hacer un ruido muy fuerte. 4 Un mate es una calabaza seca, vaciada y convenientemente cortada, que sirve para diversos usos domésticos. Habitualmente se utiliza como recipiente para tomar la infusión de yerba mate. 5 En América suele darse el nombre de tigre al jaguar (o yaguar, o yaguareté), un felino de hasta dos metros de longitud, y pelaje de color amarillo dorado con manchas en forma de anillos negros.

abía una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día: –Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte,1 a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada2 con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba3 con el viento y la lluvia. Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate,4 porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosén. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre5 enorme que quería comer


Horacio Quiroga una tortuga, y la ponía parada de canto6 para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto. –Ahora –se dijo el hombre–, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. –Voy a morir –dijo el hombre–. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.7

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6 Parar de canto significa apoyar un objeto o un animal sobre uno de sus costados. 7 Alguien pierde el conocimiento cuando –generalmente por acción de un golpe, una fiebre muy alta o una fuerte emoción– se desmaya y deja de percibir lo que ocurre a su alrededor.


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Cuentos de la selva

8 El delirio es la confusión mental causada por una enfermedad, se caracteriza por las alucinaciones y la incoherencia al hablar.

Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: –El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora. Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio8 con la fiebre y no conocía a nadie. Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.


Horacio Quiroga El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: –Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento. Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: –Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas,9 acostó con mucho cuidado al hombre encima

9 Una piola es una cuerda delgada.

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Cuentos de la selva

10 La legua es una antigua unidad que se usaba para expresar distancias y que equivale aproximadamente a 5 kilómetros.

de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua10 de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco. Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: “¡Agua!, ¡agua!”, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: –Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y únicamente en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte. Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.


ipio, munas se burta comedia; reidores la , y todo lo e pudieron ho de ella

lla no evitó que haya tenido un éxito del que es a publicación, algún prefacio que responda a ; y sin duda estoy bastante en deuda con todas ara creerme obligado a defender su opinión con s cosas que tendría para decir sobre este tema ma de diálogo, y con la cual todavía no sé qué h ueña comedia, me surgió después de las dos o t oche la comenté en la casa donde me encontrab es muy conocido en sociedad, y que me hace el ho u agrado, no sólo para pedirme que me abocar quedé muy sorprendido cuando, dos días más ta erdad, de una manera mucho más galante y mu o en la cual muchas cosas me parecían demas ntaba esa obra en nuestro teatro me acusaran n ella. Así que eso me impidió, por considerac nta gente me presiona todos los días para qu mbre es la causa de que no incluya en este pref cida a hacerla aparecer. Si llegara a ser así, vu ico del delicado malhumor de algunas personas vengado gracias al éxito de mi comedia, y deseo por ellos como esta, con tal de que el resto siga d nas se burlaron de esta comedia; pero los reido r dicho de ella no evitó que haya tenido un éxito , en esta publicación, algún prefacio que respo obra; y sin duda estoy bastante en deuda con t para creerme obligado a defender su opinión con s cosas que tendría para decir sobre este tema ma de diálogo, y con la cual todavía no sé qué h ueña comedia, me surgió después de las dos o t noche la comenté en la casa donde me encontra o es muy conocido en sociedad, y que hace el ho su agrado, no sólo para pedirme qe me abocar


ne, que sacaban de la fiambrera; pero nunca l coatí en la misma jaula del gato montés, que es Y cuando era más de medianoche y había un g tes de la trampa, vio, a la luz de la luna, tre azón le dio un vuelco10 al pobre coaticito al re aban buscando. –¡Mamá, mamá! –murmuró do–. ¡Estoy aquí! ¡Sáquenme de aquí! ¡No qui ro a pesar de todo estaban contentos porque s hocico. Se trató enseguida de hacer salir al pr do, y los cuatro se pusieron a trabajar con lo dre se le ocurrió de repente una idea, y dijo: – hombres tienen herramientas para cortar f víboras de cascabel. Se empuja y se retira. ¡ olvieron con la lima. Creyendo que uno solo no tres y empezaron el trabajo. Y se entusiasm las sacudidas y hacía un terrible ruido. Tal ronco ladrido. Mas los coatís no esperaron a pararon al monte, dejando la lima tirada. Al nuevo huésped, que estaba muy triste. –¿Qué mano. –¡Ya sé! –respondió el varoncito–. ¡Le p bo bicho del monte con nombre más raro. Pe le había llamado la atención aquel número. E s, chocolate, carne, langostas, huevos, riquísim dejara rascar la cabeza; y tan grande es la sin he el coatí estaba casi resignado con su cautiver había para comer allí, y pensaba en aquell buenos eran. Durante dos noches seguidas, el p prisionero no se atrevió a acercarse, con gran nuevo a buscar la lima para dar libertad al le había llamado la atención aquel número. E s, chocolate, carne, langostas, huevos, riquísim dejara rascar la cabeza; y tan grande es la sin


le dieron agua, y se murió. En consecuencia, pusie staba cerca del gallinero, y se acostaron todos gran silencio, el coaticito, que sufría mucho por es sombras que se acercaban con gran sigilo.9 reconocer a su madre y a sus dos hermanos qu ó el prisionero en voz muy baja para no h iero quedarme, ma… má! –y lloraba desconso se habían encontrado, y se hacían mil caricias risionero. Probaron primero cortar el alam os dientes; mas no conseguían nada. Entonces, –¡Vamos a buscar las herramientas del homb fierro.11 Se llaman limas. Tienen tres lados c ¡Vamos a buscarla! Fueron al taller del hom tendría fuerzas bastantes, sujetaron la lima e maron tanto, que al rato la jaula entera tembl l ruido hacía, que el perro se despertó, lanz que el perro les pidiera cuenta de ese escánda día siguiente, los chicos fueron temprano a ve nombre le pondremos? –preguntó la nena a pondremos Diecisiete! ¿Por qué Diecisiete? N ero Trabajos el varoncitoen estaba aprendiendo a contar, y la estación El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega rio.12 Pensaba a cada momento en las cosas r los rubios cachorritos de hombre que tan ale perro durmió tan cerca de la jaula, que la fam n sentimiento.13 Cuando a la tercera noche llega coaticito, este les dijo: aprendiendo a contar, y El caso es que se llamó Diecisiete. Le dieron p mos huevos de gallina. Lograron que en un solo nceridad del cariño de las criaturas, que al llega


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Cuentos de la selva

Los animales 1 Completen este acrĂłstico con los nombres de los animales que se muestran en las fotos. Luego, identifiquen en quĂŠ cuentos aparece cada uno de ellos.

S

a b c d

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2 Comenten: ¿a cuáles de los animales no conocían antes de leer los Cuentos de la selva? Ahora que ya los conocen, describan oralmente su aspecto y sus costumbres a partir de la información que aparece en los relatos. 3 Repasen los conocimientos que tienen acerca de clasificación de los seres vivos y agrupen a los animales de las fotos de las páginas 98 y 99. Aquí tienen algunas pistas: Uno solo de ellos es invertebrado. Se trata de un artrópodo del grupo de los insectos. Hay cinco mamíferos. Tres son aves. Hay tres reptiles. Los peces son dos.

¿Quién narra? Generalmente, los cuentos están narrados en primera o en tercera persona. En el primer caso, el narrador participa de los hechos que cuenta, ya sea como protagonista o como testigo. En el segundo caso, el narrador en ningún momento participa de los hechos. En los Cuentos de la selva, el narrador utiliza casi siempre la tercera persona gramatical. 4 Relean los comienzos de “La tortuga gigante” y “La gama ciega”, que se transcriben a continuación. Luego, resuelvan las consignas.

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más.


ipio, munas se burta comedia; reidores la , y todo lo e pudieron ho de ella

lla no evitó que haya tenido un éxito del que es a publicación, algún prefacio que responda a ; y sin duda estoy bastante en deuda con todas ara creerme obligado a defender su opinión con s cosas que tendría para decir sobre este tema ma de diálogo, y con la cual todavía no sé qué h ueña comedia, me surgió después de las dos o t oche la comenté en la casa donde me encontrab es muy conocido en sociedad, y que me hace el ho u agrado, no sólo para pedirme que me abocar quedé muy sorprendido cuando, dos días más ta erdad, de una manera mucho más galante y mu o en la cual muchas cosas me parecían demas ntaba esa obra en nuestro teatro me acusaran n ella. Así que eso me impidió, por considerac nta gente me presiona todos los días para qu mbre es la causa de que no incluya en este pref cida a hacerla aparecer. Si llegara a ser así, vu ico del delicado malhumor de algunas personas vengado gracias al éxito de mi comedia, y deseo por ellos como esta, con tal de que el resto siga d nas se burlaron de esta comedia; pero los reido r dicho de ella no evitó que haya tenido un éxito , en esta publicación, algún prefacio que respo obra; y sin duda estoy bastante en deuda con t para creerme obligado a defender su opinión con s cosas que tendría para decir sobre este tema ma de diálogo, y con la cual todavía no sé qué h ueña comedia, me surgió después de las dos o t noche la comenté en la casa donde me encontra o es muy conocido en sociedad, y que hace el ho su agrado, no sólo para pedirme qe me abocar


Cuentos de la selva - ¡Recorré el libro!  

La Estación editora. Colección de los anotadores. Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga.

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La Estación editora. Colección de los anotadores. Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga.