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microficción poesía

e n s ayo

cuento

reseña


Entre todos los misterios de la vida humana hay uno que yo he penetrado: el grande, el cruel tormento de nuestra existencia, proviene de que estamos eternamente solos, y todos nuestros esfuerzos, todos nuestros actos no tienden sino a huir esa soledad en que vivimosÂť.

c i ta

ÂĄSolo! de Guy de Maupassant


c a r ta e d i t o r i a l Se quedó paralizado y no quiso ver más. / Su caminar reflejaba la pesadez de sus pensamientos: / sintió resurgir el desasosiego del que llevaba meses escapando. / Pero la serenidad, a pesar de la inminente catástrofe, volvió al menos en ese instante. La razón tampoco es usual: / somos la gran incógnita, / el refugio de la ambigüedad. / Todos somos extranjeros / todos distintos. / El pasado, los sentimientos y memorias / indiferentes entre ellos, ensimismados únicamente en lucir sus atributos. La cobardía retomó el control / entre las sombras descansan las virtudes muertas / extraños ruidos que dicen nada y mucho. / El silencio es sucesor. / Harto estaba ya de esperar por la voz del poderoso / revélame el secreto /: esto soy yo y no soy ellos.

Las editoras

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directorio Colaboradores

Editor responsable Clemencia Corte Velasco Editores responsables de este número Gabriela Suzán Malda Paula Stefany Hernández Gándara Valeria Alcaraz Jiménez Consejo Editorial Gabriela Suzán Malda Marielo Regina Polo Chávez Paula Stefany Hernández Gándara Valeria Alcaraz Jiménez

Abril Altamirano Alberto Vargas Moreno Alonso Getino Lima Brayan Alexis Chaparro Sandoval Luz Gisela Macías Carrillo Marcelo López Marán Nicole Suárez Romo Paco Carmona Ricardo González Castillo Rodrigo Cervantes

Dirección de diseño Diana Teresa Ortega Ramírez Jacqueline Gallardo Contreras

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Diseño Andrés Cote Pérez Andrea Hernández Marí Carolina Aide Ramírez Lara Deniss Carolina Sánchez Escalante Janine Pamela Sosa Sánchez Paulina Quiroz Arroyo Zahira Paola Pinto Palacios Comunicación Valeria Alcaraz Jiménez

Portada

Camila Mata Zenteno

Fotografía "Yo" Francisco Espinoza de los Monteros Edición Andrea Hernández Marí

ESPORA, Año 3, No. 19, junio a julio, es una publicación mensual editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades. Ex hacienda Santa Catarina Mártir s/n, San Andrés Cholula, Puebla, México, 72810, tel. 222 2292000, www.espora.udlap.mx, esporarevista@gmail.com. Editora responsable: Clemencia Corte Velasco. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo no. 04-2016-102014364800-102, ISSN: en trámite, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Gabriela Suzán Malda, Paula Stefany Hernández Gándara, Valeria Alcaraz Jiménez, Ex hacienda Santa Catarina Mártir s/n, 72810, San Andrés Cholula, Puebla, México. Fecha de última modificación: Martes 03 de julio 2018.

N Ú M E R O 1 9


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Tu casa de hueso, pájara negra

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El Alba

Alberto Vargas Moreno

Alonso Getino Lima

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La gran incógnita

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Yo

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La llegada del circo

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Brayan Alexis Chaparro Sandoval

Ricardo González Castillo

Nicole Suárez Romo

Austerlitz: memorias sin temporalidad Rodrigo Cervantes

La hora del demonio

Marcelo López Marán

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Renovación

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Doce veintiuno

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El avispero

Luz Gisela Macías Carrillo

Paco Carmona

Abril Altamirano

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Tu casa de hueso es mi cabeza,

Alberto Vargas Moreno Quito, Ecuador f: Alberto Morini

pájara negra, luego de la lluvia. Instante de humedad en un fragmento de esqueleto. Tu casa de carne son mis manos. Tierra seca que se duele de aleteos que vivieron en invierno. Pájara negra, luego de la lluvia. Tus memorias son el techo de mi casa, restos vencidos de tu canto -que hoy el silencio ahorca al tiempo que chorrea entre las gotas. Hoy el habla me abandona, pájara negra. Y pájaras calladas vuelan. Son canciones secas y sin eco. Aleteos con piel de oruga en la arena roja.

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Pájara negra. La luz cae en las sobras de tu hogar de hueso. Que no hay más casa tuya, sino la de mi cabeza. Que no hay más manos mías, sino las quebradas de desierto. Sequía, pájara negra. La ceniza del hogar donde cantabas -que el silencio abraza al tiempo seco luego de la lluvia.


Alonso Getino Lima

Ciudad de México, México f: Alonso Getino

El Alba Todo había iniciado con una llamada. La abuela de Nico, con la garganta apretada, le comunicó a Laura que Sebastián había muerto. Laura sintió su metamorfosis; la piel, la saliva, el llanto. Recordó a Sebastián mirándola y sonriendo. El vacío, latente siempre, se había materializado con las palabras de la abuela de Nico. Y Laura, a pesar de que Sebastián lo había anunciado hasta su hartazgo, no lo soportaba. Nico jugaba con la panza echada en el piso sin entender la mirada que su madre, recargada en el marco de la puerta de la cocina, le hizo al colgar el teléfono. —Levántate hijo— le dijo Laura a Nico con la voz quebrada. —Sí, mamá— respondió Nico sin mostrar la más mínima intención de cambiar de posición. Laura tomó a su hijo por la muñeca y lo elevó como si fuese de trapo, haciéndolo desocupar el piso de cemento: polvoso y agrietado. Nico era un niño de cuatro años y medio, pero aparentaba tener apenas los tres; menudo como Laura y moreno como Sebastián. Laura le cambió la ropa y en una mochilita escolar empacó una muda diminuta. Finalmente abandonó el departamento con Nico en los brazos. —Lalo me dijo que su papá es policía— decía Nico al ser transportado por las escaleras. Laura, sin prestar atención a las palabras de su hijo, salió del edificio y caminó hacia la avenida para abordar un taxi. Su caminar reflejaba la pesadez de sus pensamientos: una playa desértica; Sebastián, recargado en el marco de la puerta, mirándola y hablando de un futuro juntos. Más de un año había pasado desde la última vez que Laura había visto a Sebastián. Fue en los tres años de Nico. Sebastián llegó acompañado por su madre, Julio —su hermano menor—, un pastel de tres leches y un guisado de papas con bistec. Aquella tarde todo transcurrió con calma. Nico estuvo feliz. Sebastián se fue a la mitad de la fiesta. Laura, con el estómago revuelto y aturdida por volver a ver a su esposo, se recuperó pronto para despedir a los invitados. Esa tarde de domingo no tuvo ningún parecido con los últimos días en que los padres de Nico vivieron juntos: Sebastián ausente o histérico, con las venas a reventar de alcohol; Laura gritando, fumando y llorando; Nico pequeño y mugroso, con el culito rosado, emitiendo estridentes ruidos agudos. Eran días pesados que transcurrían con lentitud. A pesar de todo, Laura en aquellos momentos sentía que no podría vivir sin Sebastián.

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EL ALBA

Una tarde la situación se desbordó. Sebastián explotó y lo destruyó todo: los muebles, una puerta, el rostro de Laura. Después se marchó. Laura se quedó pasmada durante más de dos meses, esperando recibir noticias de su marido. Le costaba pensar en la ausencia definitiva del hombre con quien había compartido los últimos tres años de su vida. Sin embargo, el tiempo pasó. Laura se recuperó y acabó por hacerse cargo de los gastos de su hijo. Consiguió un empleo de vendedora en una panadería por las mañanas y en su día de descanso hacía la limpieza en el departamento de una vecina. Después de varios meses de llevar una vida sin tiempo libre, Laura se sintió totalmente repuesta. Fueron los días en que Nico empezó a hablar con fluidez sobre lo que aprendía en la escuela: nombres de animales, canciones y algunos números; y también el momento en que reapareció Sebastián con aquel guisado de papas con bistec. Después de la fiesta de Nico, Laura no volvió a ver a Sebastián. Solo escuchó rumores sobre él. En una ocasión, uno de los amigos de su esposo fue a la panadería por una decena de bolillos y le contó que Sebastián se había ido a vivir a Veracruz pocas semanas después del cumpleaños de Nico y que estaba totalmente desintoxicado. Al escuchar aquellas palabras, Laura sintió resurgir el desasosiego del que llevaba meses escapando.

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Esa noche, Laura encendió un cigarro y pensó en los primeros meses que vivió con Sebastián; en los días en que él trabajaba por las mañanas en el taller mecánico de un tío de ella y algunas noches como chofer de un taxi alquilado; los días en que su plan de vida consistía en juntar algo de dinero para comprar su propio carro, ponerlo a trabajar, y después, tal vez, abrir un negocio de comida corrida en donde se emplearan los dos. Tanto Sebastián como ella dejaron los estudios a los diecisiete años, cuando supieron que Nico estaba formándose en su vientre. Hablaron en alguna ocasión de la posibilidad de retomarlos y decidieron que no tendría sentido ni siquiera intentarlo, pensaba Laura mientras se lavaba los dientes. Pues había prioridades en la vida, como sobrevivir. Laura recordó las noches en las que conversaba con Sebastián en la zotehuela de su departamento, compartiendo cigarros y cervezas. Pensó en la insistencia de él por abandonar definitivamente la capital y probar suerte en otro lugar. En algún sitio con costa y sin smog. Laura, recostada ya en su cama, recordó su oposición al plan de Sebastián debido a su preferencia por las multitudes, las avenidas y la diversidad de opciones que ofrecía la ciudad contra la mezcla de humedad, sol, calor, arena y pasividad de la costa. Nunca congeniaron en eso. Sebastián acabó por sepultar sus sueños marítimos por ella. Pero no por siempre, pensó Laura casi entre sueños y gesticuló una tenue sonrisa de tregua tras sus sábanas. Laura llegó al Puerto de Veracruz a las tres y media de la madrugada. Julio, el hermano de Sebastián, fue por ella en una pick up roja. Llevaba puesta una gorra también roja y unos lentes para el sol. Laura lo saludó con exagerada cortesía y permaneció callada durante el viaje de quince minutos hacia la casa que había habitado Sebastián. Nico se la pasó durmiendo. Era una casa pequeña de dos niveles; con


un cajón de estacionamiento y un árbol mediano en la entrada. En su interior, no había nada que llamara la atención de Laura: dos sillones con una mesa de centro, una televisión pequeña, una mesa circular, cuatro sillas. Laura, después de saludar a la madre de Sebastián y a una decena de personas que jamás había visto, se sentó en uno de los sillones. Nico, somnoliento, se recostó a su lado con la cabeza en sus piernas. Cuando recargó su espalda cansada en el respaldo del sillón, descubrió que, junto a una ventana, estaba colgado un enorme retrato en el que aparecía ella cargando a Nico recién nacido. Laura miró la fotografía con un tremendo cansancio, producto del viaje y del llanto de horas atrás que, sumado a los cadenciosos murmullos que producía un pequeño grupo de mujeres sentadas alrededor de la mesa del comedor, fue venciéndola hasta quedar dormida. El mundo iba perdiendo su martirio con la víspera de la mañana. Laura, de entre tantos húmedos sonidos no distinguía el llamado de Nico, quien, con su diminuto andar y con la arena tomándolo por los tobillos, se esforzaba por seguirle los pasos. Varias horas habían transcurrido desde que su desesperación los había hecho subir a aquel camión en la terminal de oriente y ahora el alba se vislumbraba en la misma medida que el consuelo. El mar repetía sus límites con prudencia. La arena se endurecía al remojarse y las pisadas de Laura se borraban dejando pequeños agujeros burbujeantes. Sus gritos se habían agotado, le dolía la garganta. Sebastián se había alejado tanto que Laura empezaba a arrepentirse de estar siguiéndolo; de haberlo seguido por tanto tiempo. Nico tenía la cara llena de arena y mocos. Laura estaba perdiendo de vista a Sebastián, quien no había volteado ni una sola vez durante todo el trayecto. Laura, al empeñarse por alcanzarlo, se había alejado de su hijo. El viento, el movimiento del mar y un llanto que apenas se percibía sonorizaban el ambiente. El cielo iba aclarando y Sebastián ya había desaparecido por completo. Laura, agotada, terminó por arrodillarse en la arena y Nico la alcanzó después. Su figura estaba borrosa todavía. Laura le limpió la carita con su blusa y lo recostó a su lado. Ella también terminó por desvanecerse en la arena. El sol empezaba a calentarle las mejillas. La madre de Sebastián despertó a Laura moviéndole suavemente el hombro. El cuerpo de su hijo acababa de llegar. Laura se incorporó y caminó a la cocina para preparar café.

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La Gran

INCÓGNITA Brayan Alexis Chaparro Sandoval Quito, Ecuador f: Brayan Chaparro

Llevo un hombre ahogado en la maleta. Eso es todo lo que sé. Ignoro su muerte. Ignoro su nombre. Ignoro su historia. Pero admito que siento compasión por él. El mundo se vuelve más insoportable cuando alguien muere.

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Siempre somos menos, cada vez se va estrechando nuestra humanidad, y es plenamente perceptible que no vamos a ningún lado. Todos los caminos terminan arrojándonos contra el asfalto.

Nacimos solo para admirar a las águilas y presenciar ese ingenuo aire de libertad que hay en el vuelo. Sófocles tenía razón: sería mejor no haber existido.


Pero estamos aquí, habitamos, somos la gran incógnita, la duda que remece el fondo de la consciencia.

Llevo un hombre ahogado en la maleta. Tiene el cabello de mi padre, los ojos de mi madre, el rostro arrugado de mi abuelo y está… tan condenado como yo. En el fondo, todos formamos parte de otros. Todos somos extranjeros en nuestra propia carne. Todos miramos el océano buscando una respuesta. Todos despertamos cegados por el sol. Todos somos víctimas del mutismo del oráculo.

Siempre ha sido confortable el refugio de la ambigüedad. La vida no es más que eso: una suma de ambigüedades, un claroscuro pasillo con miles de pasadizos desquiciados, una prisión transparente que se inunda con el miedo.

Llevo un hombre ahogado en la maleta. Eso es todo lo que sé. ¿Qué sucederá si decido abrirla?

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Ricardo González Castillo San Nicolás de los Garza, México f: Ricardo Castillo

YO

Soy yo cuando hago nada, cuando respiro y duermo, cuando como y estoy quieto. Lento pasan los años y cada vez el tiempo se vuelve más extenso. Falta poco -lo sépara quedarme seco

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y drene al fin mi cuerpo. Se fractura el cascarón, me va quedando menos, vivo, vivo en mis sueños. Me excluyo de los otros y quito lo que es de ellos, a la nada regreso. Yo, vivo en la quietud, con calma y con silencio me voy desvaneciendo.

Elijo ser la roca, la imagen del espejo, inmóvil y sereno. Muerte, dime mi nombre, revélame el secreto, esto soy yo y no soy ellos.


La llegada del

CIRCO

Nicole Suárez Romo

Guayaquil, Ecuador f: Nicole Suárez

El doctor Octavio Zambrano poseía dos propiedades. Una, ubicada en pleno centro de la ciudad, donde tenía su consultorio dental. Y la otra, su vivienda, apartada de todo, cerca de la autopista principal. Había estudiado odontología en el extranjero, y era el médico más respetado y querido del lugar. Todos los días viajaba cerca de hora y media para llegar al consultorio, pero este día, en particular, tardó cerca de tres horas. La llanta de su vehículo se pinchó y, como nadie visita un pueblo perdido en medio de dos regiones, no hubo quién le diera el aventón que tanto esperaba. El día continuó peor cuando, por el retraso, todos los pacientes se mostraron molestos. El doctor Octavio Zambrano odiaba esas miradas cizañosas y los comentarios susurrados. Por su demora, la jornada de trabajo se alargó tanto que terminó cerca de las diez de la noche. Y a esa hora el doctor, que no quería volver a casa, se puso a hacer el papeleo. Mientras separaba las facturas de las recetas médicas mal hechas, escuchó un rumor exterior que decidió ignorar. Cuando por fin terminó con el papeleo se dispuso a desinfectar los materiales de ortodoncia e ignoró, otra vez, el sonido de alguien entrando al consultorio. Sin embargo, estando de espaldas a la puerta, no pudo evitar escuchar los pasos y luego la puerta cerrándose.

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L A LLEGADA DEL CIRCO

Del susto no se atrevió a girar; a ver el rostro del que suponía sería su atacante. Siguió limpiando los instrumentos, desinfectando todo con manos temblorosas. El doctor Octavio Zambrano estaba acostumbrado a ignorar: a su madre, a los pacientes y a la esposa. De pronto, advirtió cierto reflejo en el cuadro de su título de odontólogo, colgado en la pared. En el reflejo se veía una especie de cabello frondoso, rizado, de un tono brillante y rojizo. El color le causó dolor en la boca del estómago, y más aún cuando el sujeto caminaba por su oficina y tocaba sus cosas. Los pasos sonaban tan pesados y con un chillido final que parecía burlón. El sujeto, por sus movimientos, parecía gordo y malévolo, como si solo esperara una mínima reacción para matarlo.

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Como el doctor Octavio Zambrano se negó a la vista, su olfato se intensificó. El olor del sujeto, esparcido en el aire, tenía cierto parecido al de una manzana acaramelada. Ese olor al que asociaba con la felicidad, le empezó a causar náuseas cuando empezó a convertirse en salado. Solo se atrevió a girar cuando escuchó el roce de ropas cayendo. Sus ojos vagaron lentamente por el piso de madera, hasta ver una gabardina de parches coloridos, decorado con flores estridentes. Se quedó paralizado y no quiso ver más, aunque sus ojos buscaban desesperados al otro dentro de la habitación. Sin embargo, no lograba verlo. Unos pantalones anchos verde limón, aparecieron junto a unos zapatos enormes y de punta inflada que, con mucho orden, descansaban sobre su escritorio. Cuando no encontró al hombre, por un pequeño instante, tuvo la boba idea de que se había ido. Su cuerpo se relajó y continuó calmado, aun cuando una mano le sujetaba el estómago y lo jalaba hacia atrás, hacia un cuerpo, hacia el desconocido, que respiraba en su nuca, e intentaba violentamente quitarle el pantalón.

El doctor Octavio Zambrano, dejó de ignorar todo. Gotas de sudor caían de su frente, y una extraña sensibilidad empezó a crecer en él. Seguía viendo el reflejo de su rostro en el vidrio del cuadro colgado en la pared. Su cuerpo se estremeció cuando en su rostro encontró una sonrisa. Despertó sacudido por los nervios. Su esposa Betty dormía junto a él, y su casa muy lejos de todo, le parecía extraña. Asustado, seguía sintiendo la mano sobre la piel, y para asegurarse que el otro no estaba dentro de la casa, la recorrió desprotegido, buscándolo. Decidió deshacerse del miedo viendo el amanecer sentado en el pórtico. La autopista de entrada a la ciudad estaba desierta. Eso le causó una suerte de alivio que se disipó cuando vio entrar a su ciudad un gran camión, seguido de varias casas rodantes. En el gran camión se leía «Circo de los hermanos Payaso».


Austerlitz: memorias sin temporalidad Rodrigo Cervantes

Puebla, México

Cuando todo lo que se tiene en la memoria son los lugares que sobreviven a determinados eventos, pero estos son destruidos o modificados, la memoria y el tiempo se hacen inaprensibles para quienes los buscan pues, al perderse el referente espacial de la historia, podríamos preguntarnos: dónde está el pasado, los sentimientos y memorias de las personas que vivieron en una determinada época; en dónde permanece todo aquello que no entra en el flujo del tiempo. En la novela Austerlitz de W. G. Sebald, publicada en 2001, asistimos a la trasformación constante entre el tiempo y el espacio, que podemos observar en movimiento constante en nuestro viaje con el personaje a través de Europa. Aristóteles sostenía que, la capacidad de reflexionar sobre nuestras circunstancias para poder elevar nuestro pensamiento del momento en el que estamos, es decir, imaginar las consecuencias de nuestras acciones, es lo que nos diferencia de otros seres. Sin embargo, otra cualidad que tenemos como seres humanos es la de recordar nuestro pasado e incluso podemos olvidar toda nuestra vida anterior y darnos a la tarea de buscarla. Así, buscamos cosas perdidas y, además, memorias escondidas dentro de nosotros.

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Austerlitz recorre Europa en sus investigaciones sobre la historia de la arquitectura en la que puede hallar a la humanidad. Empero, no encuentra su lugar en el mundo puesto que sus recuerdos fueron destruidos junto con millones de otras vidas debido a las acciones inhumanas del nacismo. La indagación por su pasado recuerda a la búsqueda de una ubicación que realizamos al perdernos en una ciudad desconocida. Ya que podríamos preguntarnos hasta qué punto los lugares son independientes del tiempo que ha pasado sobre ellos. Quizá esa es la característica más importante del tiempo: la posibilidad de adquirir densidad y convertirse en espacio; la capacidad de hacernos sentir extranjeros en nuestra propia vida. Como lo menciona el mismo personaje «la relación entre espacio y tiempo, tal como se experimenta al viajar, tiene hasta hoy algo de ilusionista e ilusoria». En un pasaje de la historia, el personaje nos cuenta cómo empieza a perder la capacidad de expresarse y de encontrar sentido en las páginas que lee. De manera metafórica, se aleja del espacio vital de los seres humanos que lo rodean. Se encuentra a sí mismo como ajeno al mundo y a los significados con que construimos nuestra vida como seres humanos. Pero entonces, al ya no pertenecer al mundo de sentido, puede decirse que es un viajero en el espacio mas ajeno al tiempo, debido a que es sobre la historia donde los seres humanos erigimos el mundo en el que vivimos.

Fotografías de la memoria: un presente atemporal A lo largo de la novela, Sebald nos muestra a un personaje ávido por tomar fotografías de los acontecimientos más importantes que experimenta. Las fotografías recuerdan a pistas que toma para sí mismo ya que, si bien no cuenta con un marco temporal de referencia en dónde ubicar su vida, sí puede recordar y reordenar sus experiencias. El papel que desempeña el tiempo en Austerlitz nos recuerda al del mundo estático atemporal del Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Sebald sugiere una serie de planteamientos del llamado segundo Wittgenstein que conciernen a la segunda obra del filósofo. Sin embargo, resulta interesante que el trasfondo de la paradoja temporal sobre el cual se mueve el personaje en la novela gira en torno a la primera obra del filósofo mencionado. En un mundo carente de referencias temporales cercanas, donde el tiempo y la memoria parecen perderse bajo los sedimentos de nuevas construcciones urbanas así como con nuevas actividades humanas; en donde el pasado y el presente parecen una ilusión más creada por cada individuo que una realidad a la que podamos asirnos; la novela nos recuerda la proposición 6.4311 del TLP: «Si por eternidad se entiende, no una duración temporal infinita, sino intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente». De esta manera, las distintas cúpulas y los monumentos arquitectónicos son fotografías de construcciones humanas que reflejan la atemporalidad con la que Austerlitz observa el universo en el que vive.


Un aparato inútil llamado reloj Las consideraciones de Austerlitz respecto al reloj son las de un aparato inútil debido a su deseo de poder huir del tiempo. Así, el personaje nos hace preguntarnos acerca de la posibilidad de salir del flujo temporal, ya que: «Efectivamente, los muertos estaban fuera del tiempo, los moribundos y los muchos enfermos que están en su casa o en los hospitales, y no sólo ellos, bastaba cierto grado de infortunio personal para cortarnos de todo pasado y futuro». La propuesta del primer Wittgenstein respecto al tiempo nos permite escapar de la temporalidad y vivir en nuestro mundo eternamente, gracias a lo que el filósofo afirma en la proposición 6.3611: «No podemos comparar ningún proceso con el “decurso del tiempo” —éste no existe— sino sólo con otro proceso…». Si el tiempo no existe, como lo afirma el filósofo, entonces nuestra vida es como el cuadro de Lucas van Valckenborch Vista de Amberes con el Escalda helado, del que habla Austerlitz, en el cual nos encontramos a la manera de los personajes del cuadro: en un mundo atemporal, donde los sucesos que se viven están perpetuamente a nuestro alrededor. Sin embargo, si nos alejamos del pensamiento de considerar al tiempo como inexistente y sólo traído a nosotros mismos por nuestra memoria, podemos hallar otra perspectiva del ser humano desde la filosofía antigua. Se comprende que somos capaces de recrear los sucesos que pasaron o adelantarnos a las situaciones que podrían presentarse en nuestra vida. Podemos hacer nuestro el decurso del tiempo y considerar las consecuencias de nuestras acciones al prevenir, por ejemplo, el resurgimiento de la inhumanidad que significó el nacismo, sobre todo en estos tiempos de separaciones raciales e ideológicas.

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Marcelo López Marán Corrientes, Argentina f: Marcelo López Marán

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—No guardarás en caracteres esto que te voy a decir— sentenció el demonio. Su brazo siniestro arremangado en los bolsillos del saco sin arrugar. Mas el humano se apretujaba ya contra la máquina de escribir, la boca sedienta, los ojos en cemento, el corazón loco de intensidad. Era ésta la oportunidad que estaba reclamando. Sabía de sus limitaciones, de sus defectos y de su suerte apestosa. Harto estaba ya de esperar por la voz del poderoso. Harto estaba de ser esquivado en sus preguntas, acerca del peso muerto que angus-tiaba a aquel ídolo interno. No había mucho tiempo. ¿Por qué continuar obedeciendo? ¿Pero qué más podía hacer? El demonio pensaba. El humano preparaba las hojas. Corrientes amenazaba con desgarrarse. Y el demonio dijo: —Soy viejo, mi edad es incalculable. He visto a las mayores bestias espantarse ante un retazo de mi voz; los reinos más inclaudicables han sucumbido al retumbar de uno solo de mis pasos; los sabios más abismales han enloquecido ante el susurro de mi sombra, ante la simple idea de mi influjo. Por nada me he sobrecogido. Nadie —ni siquiera Él o sus argucias— ha podido imprimir una huella de asombro en mí. Todo ese asunto de la destreza del Maestro, de su creación en polvo y en barro, de ese organismo único y formidable, en ninguna centuria me ha llegado jamás a interesar. ¡Cómo prestar atención a efímeros que marchan tan bajo, tan por debajo de mí? Y sin embargo una vez. Aquella vez…—. Un suspiro como de nudo en la garganta contuvo la voz. Un carraspeo gutural que inquie-tó al humano. No era momento de interrupciones. Pero la serenidad, a pesar de la inminente catástrofe, volvió al menos en ese instante. El demonio se componía, el humano esperaba. Co-rrientes tambaleaba, como muerto en pie. Y el demonio dijo. —Alguna vez, en ese tiempo que cada dos siglos tiende a motivarme una memoria, esa vez llegué a toparme con el paradigma de una existencia inolvidable. Cómo decirlo: Era ella una nena esplendente, sin igual. Cabían en su sola palma todos los sistemas generadores de luz, de vida, de sentimientos. Portaba ella en cada rasgo, en cada movimiento, en cada tramo de su entidad, el gravamen de los más deliciosos tormentos para quien osara descubrirla, cortejarla. Y en su alma transparente podía leerse un manifiesto de bondad, un castigo irreprochable que empujaba a abandonarse por completo a su tentación. Dolía esa criatura por ser tan especial. Provocaba enorme sufrimiento con su insoportable atracción. No era aconsejable para los morta-les. Ni siquiera lo era para mí.


»¡Dije que no guardaras lo que te estoy diciendo! —golpeó con coraje el demonio sobre el derrotado escritorio de oficina. Mas el humano, ajeno y lejano de todo temor reverencial, agilizó los dedos sobre las teclas sabuesas, escuchando y anotando más, olfateando dichoso la rigurosa situación que describía aquel ser, como parte de su imaginario personal. ¡Qué terrible momento para desnudar el espíritu! El demonio gritaba. El humano escribía. Corrientes prepara-ba su fin. Y el demonio dijo: —Era ella tan hermosa. Demasiado para ser aconsejable. Pero, a pesar de todo, la quise para mí. Nunca había fallado en lo que deseaba. Y por una vez en el infinito, accedí a jugar de verdad. La seguí, hasta que las fiebres de esas noches inquebrantables me empujaron lejos. Tan lejos, que de pronto no la pude ver, porque el universo sabía que no debería ser. De todos modos, la busqué. Me aprendí los acordes de canciones jamás compuestas, sólo para verla danzar. Ali-menté relatos ingenuos para descifrar las huellas de su influjo. Mas ella no captó el mensaje. Y el universo consideró que eso estaba muy bien. Aún contra todo, contra todos, aún la esperé. Me revolqué en mis miserias y vagué el universo soñando con su maldad. No la pude encontrar. »Mas no deberías anotar esto que estoy relatando —señaló el demonio con el rostro sos-tenido en su palma y la tristeza empañándole el reloj. Las horas no lo contenían más. Pero el humano trabajaba en la máquina, ansioso ahora por conocer el lado flaco del señor indecible. Había algo que no encuadraba en aquello. Y era el escribiente el encargado de averiguarlo, de testimoniarlo con caracteres de realidad. Un momento impagable en su trabajo inútil. Al fin la historia derritiéndose en la persistencia de la memoria. Toda una obra maestra. Y ¡qué importaba lo demás! Dentro, el humano se encarnizaba. Dentro, el demonio se sinceraba. Fuera, Corrientes empezaba a detonar. Y el demonio todavía dijo: —Desde entonces, solo he sufrido mucho, sólo por conocer su existencia. Y es ese pade-cimiento el que me ha hecho vulnerable. Tengo llagas consumiendo mi niebla. No es éste el ideal de un espectro que debe mostrar siempre su lado más temible. Con lo demás, ya no estoy tan seguro de mi poder. Es lamentable tener que andar tomando frases y palabras prestadas a unos genios menores para modificarlas a mi grandeza y tratar de hacerle entender que hay algo en ella que se hace insuperable. Que sangra en mi cuaderno desde algún insólito nivel. Y que me está dejando inactivo.

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L A HOR A DEL DEMONIO

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»Y ya no anotes esto que te digo —prescribió el demonio entre dientes quejosos. Sufría desde los tres costados, desde las tres dimensiones de su realidad. Se apagaba como lámpara lesionada, a chispazos lentos. Pero el humano aún más se encendía en pasión. Y sabiendo de las ventajas de tanta confesión irrepetible, apuraba la pluma digital y concentraba su arte en aquel relato que el demonio vomitaba, después de tantos años de indigestión. Era el demonio. Y era el humano. Corrientes había caído. Ya no era nadie más. Pero el demonio aún decía: —He soñado con ella desde incoherentes estados. He imaginado la perfección sólo con tantear su cuerpo. He estrellado mi condición con la memoria de sus dedos hundidos en el centro de mi crueldad, en la carne de mi corazón. He vuelto por última vez a ella, con un silencio para-lizante después de algún obsequio celoso y desinteresado. Y todo eso que hoy me revuelve en pasado discontinuo, me está hundiendo sin misericordia. Y ya no sé qué hacer. »Y tú, efímero humano, no deberías disfrutar de esto que te estoy confesando —advirtió el demonio, por primera vez decidido a no dejarse ignorar—. Es mi verdad una carga insosteni-ble, una pesada muralla que pronto se te volverá en contra. Porque no estás tan lejos de com-prender nuestros problemas. No lo creas. Porque no lo estás. Pero el humano, loco de satisfacción al encontrar el punto crónico de aquel fantasma que siempre lo hubo dominado, reía y escribía y sacudía su cabeza en negación. Aquello no podía ser verdad. El poderoso demonio se había perdido por una mujer. Una mujer llamada... —Y, ¿cuál es el nombre de aquélla que envenena tu inmortalidad?— preguntó entre car-cajeo el hombre, alzando la voz contra el estruendo de la Corrientes–Babilonia que concluía por inclinarse, por devastarse, por perecer. Y el demonio dijo: —He conocido su nombre. Pero no deberías escribir más, por favor — suplicó el demo-nio, hecho cenizas detrás de la sombra del escribiente. Su nombre es...


Y cuando el escribiente, el humano, advirtió sus oídos invadidos de la seducción de ese nombre conocido, no pudo seguir. Porque entendió que el demonio y el humano eran la misma persona. Y aunque Corrientes hubiese perecido, y aunque el mundo entero comenzaba a devas-tarse sin cesar, aún concurría un motivo, un sólo motivo por el cual resurgir, si existía en algún punto el mito de la resurrección. Era el nombre iniciado en cada una de las veintiocho letras de los caracteres terrestres, que suponía una ventaja decisiva en el conocimiento de su dueña frente a la miseria de aquél que se creyó dueño del mundo, y que ahora era dueño de la nada. Entonces, el demonio calló. Y en el silencio de un mundo acorralado por los Cuatro im-placables Jinetes, en el espanto de los sellos del 6: 1-8, todo lo necesario para perder definitiva-mente el control de su existencia estaba labrado en ese trozo de alma convertida en papel. Y el humano pensó. Tal vez el demonio tenga razón. La conciencia de la verdad representaría demasiada ventaja y demasiada dependencia para alguno de los dos. »Pero, ¿para cuál de nosotros dos? Pronto, la rebeldía y la duda lo cargaron de osadía, y en un segundo de inspiración, a ma-nera de epitafio de una vida vacía y terminada, el humano escribió: «Ella tiene un nombre. Y ese nombre es el que a todas nombra. Su nombre es...» Mas aún, el demonio lo interrumpió. —No deberías grabarlo humano, no en este papel—. Y contra el cataclismo de una vida que se extinguía, o que comenzaba a hacerlo, la co-bardía retomó el control. Y tanto humano como demonio tomaron consideración de su inútil historia. ¿Y para qué dejar en esta tierra baldía, un vano testamento de lo que su yo interior deseó? Mejor sería llevárselo consigo... Aunque fuese ya demasiado tarde.

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Luz Gisela Macías Carrillo Coyoacán, México f: Luzgmc

R ENOVACIÓN La caída de los ídolos ha tomado largo tiempo, entre las sombras descansan las virtudes muertas. Del murmullo del ayer una voz se echa de menos, el tiempo aguarda la llegada de las buenas nuevas. De los templos escurren aguas viejas y turbias, exponiendo el verdín que cubre los grandes muros. Vientos nuevos se abren paso por las celosías, trayendo extraños ruidos que dicen nada y mucho. Las reliquias siguen, pero no lo mismo su valor. Ya no se escuchan pasos, ya no hay oraciones, no se oyen las campanas, el silencio es sucesor.

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No queda rastro alguno de figura o de imagen, sólo queda un vacío esperando ser llenado, con las viejas promesas de los nuevos ocupantes.


Paco Carmona Zacatlán, México f: Paco Carmona

No es usual escuchar un ave en una fábrica; el ruido de las máquinas, los fierros chocando entre sí, teléfonos urgentes, enojados, apresurados. Las cajas rebotando en los sueños de cientos de obreros en espera de la hora de comer, y después siguen rebotando en espera de la hora de la salida. No es usual que un ave perfore mi corazón silbando tres veces. La razón tampoco es usual: no me recuerda al campo o la sensación de prisión, que es la imagen más apropiada para describir a un ave encerrada en una fábrica. La aguja que escarbó mi pecho fue la de reconocer mi alma viva, de tocarla por primera vez con mis huellas digitales. Ese momento en el que te da miedo ensuciarla, mancharla de polvo o grasa después de comer. Esa sensación en que el fuego se expande viendo ceder a la casa que tanto amaste. Y recoges una flama como un girasol huérfano y lo llevas en maceta para que no muera. No es usual contemplar el amanecer en una fábrica a las 12:21 de la tarde cuando Lou Reed canta Satellite of Love.

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Abril Altamirano Quito, Ecuador f: Abril Altamirano

El Avispero El Avispero 24


Felicia lanzó un grito y retiró la mano de la maraña de su pelo. —¿Estás bien?— preguntó el hombre, a través de la puerta cerrada. Felicia no contestó de inmediato, se demoró en observar el daño que la avispa había causado en su dedo, que ya empezaba a hincharse. Protegida por una toalla, tomó por las alas el cuerpo diminuto y lo miró de cerca; la desafortunada había quedado atrapada en sus rizos, telaraña mortal que pondría fin a su vuelo inadvertido. —¡Niña!— insistió la voz al otro lado de la puerta del baño, al tiempo que el hombre daba tres golpes con los nudillos.

—Me ha picado una avispa en el dedo.

Felicia escuchó el quejido de las tablas del suelo al compás de los pasos de su acompañante y el chirrido de la cama bajo el peso de su cuerpo rollizo. Volvió a tomar la peineta y reanudó con parsimonia la tarea antes interrumpida, tratando de mantener el dedo herido apartado de cualquier roce. La toalla descansaba sobre el lavamanos, con el cuerpo de la avispa y dos gotas de sangre impregnados. A la madrugada, el ardor del dedo le impedía conciliar el tan esperado sueño, momento único en el cual podía escapar de su realidad cotidiana. El escozor, que en un inicio trató de sobrellevar con indiferencia, parecía extenderse por el largo de su mano y ya había alcanzado la muñeca. Cuando los rayos de luz entraron por las rendijas de la habitación, Felicia dio por perdida su batalla contra el insomnio y bajó a deambular por los pasillos, ocultando la irritación de su mano con ayuda de un guante de encaje negro. La casa, deshabitada durante el día, dejaba entrar solo destellos de la luz exterior por entre las pesadas cortinas que cubrían permanentemente los ventanales, haciendo que el calor quedase estancado en la atmósfera polvorienta. Después de una rápida inspección, Felicia concluyó que la avispa no pudo sino colarse por la ventanilla del baño de la habitación 18; volar hasta la cama y posarse sobre la almohada en el momento justo en que ella esparcía su abundante cabellera rizada encima. Tras cerrar silenciosamente la puerta del baño, Felicia trepó sobre el excusado, deslizó el cristal de la tronera y sacó la cabeza por la abertura. Como un envío del Cielo, el avispero colgaba de una rama del viejo magnolio que crecía en el patio de la casa vecina, suspendido a pocos metros de la ventanilla. Enseguida, Felicia bajó a la bodega en busca de una escoba.

Dieron las cinco y la casa empezó a llenarse de visitantes, las lámparas se encendieron y los músicos tomaron su lugar en medio del salón; pronto, la algarabía disolvió el ambiente lúgubre que reinaba en las mañanas. Felicia, aún con el guante negro cubriéndole la mano, se paseaba por entre los comensales con la impaciencia a cuestas; la ansiedad brillaba en sus ojos mientras buscaban encontrarse seductoramente con los de cualquiera. Telas multicolores bailaban con el movimiento de los cuerpos, todos distintos, indiferentes entre ellos, ensimismados únicamente en lucir sus atributos. El calor, la algarabía, la carcajada y la pose mil veces ensayada envolvían el entorno insufriblemente familiar. Felicia empezaba a sentir el conocido ahogo de cada noche, la fiebre se evidenciaba ya en los labios pálidos y en la humedad de los rizos que le caían sobre la frente cuando, por fin, un hombre la tomó por el brazo. El desconocido dudó un segundo al mirar de cerca su aspecto enfermizo, pero, al final, se dejó convencer por su belleza. Ya en la habitación 18, Felicia le pidió a su acompañante un momento para refrescarse en el baño, a lo cual él no puso reparos. Tras cerrar la puerta, tomó la escoba que había dejado —como por olvido— apoyada dentro de la bañera, subió al excusado y abrió por completo el cristal de la ventana. Tras varios intentos, pudo atrapar la rama con el cepillo de la escoba y acercarla hacia ella. Mientras, las avispas furiosas empezaban a salir de su escondite y sobrevolaban las ramas del magnolio, buscando una víctima. Felicia estaba a centímetros de alcanzar su propósito, cuando sintió que la rama cedía y el avispero amenazaba con caer al suelo lejos de su alcance. Sin pensarlo, soltó una mano —la que llevaba el guante negro de encaje— del agarre del palo de la escoba y extendió el brazo hasta atrapar el avispero. Lo asió con fuerza y lo jaló dentro del cuarto de baño, hasta que logró arrancarlo de la rama y lo dejó caer contra el piso. Los gritos empezaron poco después, cuando el visitante perdió la paciencia —tras llamar reiteradamente a la puerta sin recibir respuesta— e irrumpió en el cuarto de baño dando una patada a la madera mohosa y podrida, que cedió inmediatamente. Una nube de avispas cayó sobre el hombre como un aguacero; dentro, el cuerpo de Felicia yacía tendido boca arriba, irreconocible. Unas cuantas avispas aún luchaban por escapar de entre las hebras de su cabello.

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c i ta

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"Los años de ahora ya no vienen como los de antes", solía decir, sintiendo que la realidad cotidiana se le escapaba de las manos ». Cien años de soledad de Gabriel García Márquez


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Espora - No. 19

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