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Nacionalidad(es), migraciones y derechos humanos Nos los representantes… Entre los años de 1860 a 1880, la República Argentina atravesaría un complejo proceso de transformaciones que la configurarían en un “Estado-Nación” moderno y que se ha denominado como proceso de organización nacional. Sintéticamente podemos decir que el mismo se caracterizaría como un proceso de europeización de la nación, nacionalización del estado, acrisolamiento de la población, normalización de la cultura y liberalización de la economía. Sometimiento de las resistencias provinciales mediante, y aniquilando el “orden de tribus” que poblaban y habitaban las regiones pampeanas, patagónicas y chaqueñas, la denominada “generación del 80” propiciaría una “trasbasamiento” poblacional en vistas de “civilizar” el “desierto” recientemente despoblado –o, como por entonces se refería, “redimido de la barbarie”- incentivando un “aluvión” migratorio de contingentes europeos, preferentemente de origen nórdico y/o anglosajón, ya que se asimilaba “raza” con “cultura”. Gobernar era poblar, y más allá de que los flujos de población europea no cumplieron con los deseos y expectativas de las élites dirigentes del denominado “régimen oligárquico”, desde aquel entonces, y a partir de una cierta dinámica migratoria, se iría configurando una suerte de mito fundacional que se instaló como una “estructura de sentimiento” que a través de distintas vías de comunicación fue sedimentando en el sentido común el prejuicio popular de que “la argentina es un crisol de razas” y que “los argentinos descendemos de los barcos”. Así, si bien el sueño racial de la “generación del 80” parecía haber naufragado en alta mar, mediante una suerte de sublimación eugenésica de los flujos migratorios que efectivamente se habían producido, se procuraba la forclusión o invisibilización tanto de los contingentes poblacionales de “pueblos originarios” como de las corrientes migratorias de países limítrofes que, si bien con menor intensidad, eran una constante incluso desde antes de 1860. El proceso de mestizaje y su sublimación ideológica obturarían su presencia al menos hasta 1930, cuando la crisis del modelo agroexprotador y la apertura de un incipiente proceso de sustitución de importaciones confluyera y al mismo tiempo diera lugar a un nuevo trastrocamiento en las dinámicas migratorias, y las migraciones interiores comenzaran a opacar a las de “basamento ultramarino”. El temor alguna vez cierto de algunos sectores de las elites dirigentes de haber configurado una república sin nacionales – y que había dado lugar a un cierto auge del criollismo como corriente literaria- volvía a verse subsumido por el malestar en su cultura al advertir la presencia hasta entonces invisibilizada de los “cabecita negra” que luego, a partir de su encuadramiento y movilización política, pasaría a ser calificado como “el aluvión zoológico”.


Sin embargo, y más allá de los cambios en las dinámicas migratorias, la sublimación eugenésica de sus flujos que giraba en torno al “crisol de razas” (europeas) que habían configurado el “ser nacional”, continuaría sedimentando las interpretaciones del sentido común, respecto de los componentes poblacionales del país y las dinámicas migratorias que lo seguían configurando. Esta “idea-fuerza”, entramada por una compleja red de vasos comunicantes, ha continuado formando la conciencia de la ciudadanía nacional –más allá de matices regionales y locales- hasta bien entrado el siglo XX, y sólo ha comenzado a resquebrajarse a partir de la última década del mismo, cuando a partir de la confluencia de una serie de circunstancias tales como un incremento cierto en la perenne migración proveniente de los países de la región, la denominada “re-emergencia de los pueblos originarios” y de ya no solamente el declive de la migración “ultramarina”, sino de la disminución de sus contingentes poblacionales a causa de los fallecimientos, etc. la incidencia de los flujos migratorios regionales ha comenzado a opacar el viejo prejuicio de que “los argentinos descendemos de los barcos”. Siempre estuvimos aquí Esta nueva realidad representa nuevos desafíos a la hora de proyectar el país y la nueva legislación nacional referida al tema –promulgada en el año 2004- es un intento por rescatar y superar antiguos principios de la ley de inmigración y colonización que en su momento brindaba los lineamientos generales de la política migratoria del denominado “orden conservador” y en torno a la cual se articularían toda una serie de estereotipaciones y estigmatizaciones referentes a diferentes contingentes migratorios, según su procedencia. Vale la pena destacar, en este sentido, que dicha ley no había sido reformada sino hasta 1981, cuando “el proceso de reorganización nacional” procuró dar un nuevo marco general a medidas asistemáticas con las que aquella ley venía siendo complementada, en el sentido de disuadir la radicación de migrantes regionales en el país. Las modificaciones a la misma, en este sentido, continuarían durante el gobierno de Alfonsín y de Menem, hasta que con la actual ley N° 25871 se procura lograr un cambio de paradigma. De acuerdo con el último censo nacional –año 2010- de los 1.805.957 habitantes del país registrados como pertenecientes a su contingente de “población extranjera”, 1.471.399 corresponderían a migrantes de diferentes países de la región –países limítrofes y Perú-, lo que representa un 3,7% de la población total, siendo mayormente residentes del área metropolitana de la provincia de Buenos Aires. En el caso de la provincia de Córdoba, de un total de 50.488 de sus habitantes censados como “extranjeros”, 38.344 de ellos provienen de los países de la región; un 1,2 % de su total poblacional. De este total provincial, unos 12.442 serían de nacionalidad peruana, 11.439 de nacionalidad boliviana, 4.064 de origen paraguayo, entre los grupos de mayor densidad. Seguidos por porcentajes menores de contingentes de migración chilena, uruguaya y brasileña.


Mas si bien estos datos nos sugieren, de una parte, que si bien las corrientes migratorias latinoamericanas han desplazado en importancia a las de procedencia “ultramariana”, de otra, que su incidencia en la composición poblacional actual del país es relativamente poco significativa, no deberíamos de perder de vista –a fin de evitar alimentar presunciones eurocentristas- que las corrientes migratorias con los países limítrofes –sobre todo con Bolivia y Chile- han sido continuas y relativamente estables a lo largo de la historia nacional, e incluso antes de que los “estados-nacionales” correspondientes existieran en cuanto tales. Con esto pretendemos significar que tales corrientes migratorias han sido parte de la configuración de nuestros contingentes poblacionales desde los orígenes mismos del “proceso de organización nacional” y que, más aun, son preexistentes a las naciones mismas. …del Pueblo de la Nación Argentina Luego de 120 años de que las políticas migratorias nacionales fueran guiadas, en términos generales, por una legislación que formaba parte de una trama epistémica forjada en torno a la dicotomía entre “civilización y barbarie”, y en el marco de un proceso de integración latinoamericana, la nueva ley N° 25871 procura generar una transformación en aquel viejo paradigma, saturado de sentidos xenófobos y prejuicios racialistas. Bajo el prisma de los derechos humanos, la nueva legislación procuró garantizar un “acceso igualitario” a las mismas condiciones jurídicas de seguridad social de las que gozan los ciudadanos nacionales, facilitando la regulación y condiciones de radicación a fin de erradicar las situaciones de irregularidad que no solamente precarizan las condiciones de existencia de tales personas, sino que refuerzan estereotipos y estigmas que naturalizan su condición de “ilegales” o “sin papeles” con toda la carga de sospecha y prejuicio que tales marcaciones sociales conllevan. Este cambio de paradigma propiciado por la nueva legislación generó condiciones de posibilidad no solamente para la integración de los diferentes contingentes de “población extranjera” residentes en el país, sino que, mediante la misma, contribuye de igual manera a la problematización de discursos estigmatizantes respecto a la situación “irregular” en la que solían encontrarse los mismos, y que los marcaban como poblaciones problemáticas y amenazantes que preferían vivir “sin papeles” y sacar supuestas ventajas de su situación de ilegalidad en lo referente a sus condiciones laborales y de asistencia social. Desde la acusación de que “vienen a robar” (trabajo), hasta el señalamiento que los sitúa como participes activos de las prácticas de “clientelismo político”, tales estigmatizaciones encontraban en las situaciones de irregularidad su anclaje de verificación. Pero como ningún paradigma es desplazado por la sola “fuerza de la ley”, es preciso un trabajo cultural serio y continuado que contribuya a la problematización de los


mismos y que apunte a desmontar sus argumentaciones sedimentadas en la urdimbre del sentido común. En este sentido la escuela continúa jugando un papel central tanto en lo que refiere a los procesos de integración como en lo que hace a las transformaciones culturales. Claro que ante todo, la propia institución –que no ha sido ajena en su “normalismo” a los criterios epistémicos del viejo paradigma- deberá problematizarse y asumirse como parte fundamental de un entramado ideológico-cultural que hubo de contribuir –de uno u otro modo- al proceso contradictorio de asimilación curricular y pedagógica, junto a la marcación estigmatizante de las diferencias. Propiciando espacios democráticos de integración entre los estudiantes, apuntalando el respeto por la diversidad y proporcionado instancias de informaciones respecto de los derechos que asisten a los/las ciudadanos/as en general y los/las migrantes en particular, quizás así, la propia escuela comience a modificarse a sí misma.

Lic. Ezequiel Elías Bernardo Espinosa Molina DNI; 27.167.136 Provincia de Córdoba. Córdoba capital eselbem@yahoo.com.ar


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