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El desguace por Adriana Caruso La destrucción es un camino árido que también puede llevar a la creación R.H.Ch.Peppers.

Mucho antes de llegar ya se podía oler el óxido en el aire, suspendido en la bruma de la mañana, entre los pastizales húmedos, en el sendero de tierra que solía tomar hasta el cementerio de máquinas. Su perro siempre iba adelante con paso firme, sin distraerse con los teros que lo atacaban, concentrado en marcarle el camino a su dueño. En la casilla de los operarios el viejo apoyó la bolsa sobre la mesa. Descansó el peso del cuerpo sobre los brazos rígidos y permaneció así un momento con la mirada fija en la bolsa. Los otros operarios llegaban encorvados de frío y se preparaban para la jornada. No reparaban en él. Sólo se ponían la ropa de trabajo y salían hacia los vagones. Él era uno más. Le decían “el viejo” y sólo unos pocos conocían su historia. Calentó agua y se preparó un café. De a poco el calor de la taza traspasó el guante hasta llegar a la piel. A medida que las manos se entibiaban, el dolor en los nudillos aumentaba. Se miró la mano con el guante puesto. Le parecía sentir todos los dedos. Le habían dicho que era un reflejo y le sucedía a menudo aunque duraba sólo un momento. Pero no estaba pensando en eso. Eso lo sentía sin tener que pensar. En lo que sí estaba pensando mientras se miraba la mano era que cuando terminaran de desguazar la locomotora ya no lo volverían a llamar.


Miró por la ventana la locomotora inclinada en medio de los pastizales, el cielo blanco, la escarcha cubriendo todo de un blanco húmedo y la línea del horizonte apenas visible, marcada por la silueta de árboles añejos. El único color estaba en la montaña de hierros retorcidos en colores ocres y rojizos que emergían de la tierra como una mano con las falanges quebradas. Guardó la bolsa en un rincón. Ya lo había decidido. Lo haría al final del día, cuando sólo quedara el centinela dormido en algún lugar. Se paró frente a la locomotora con las piernas abiertas, delgadas como ramas pero firmes. El soplete entró en contacto con el acero. El acero empezó a tomar calor, el punto rojo inicial a expandirse, la pieza a ceder. Tragó saliva en el mismo momento en que la pieza se desprendió y cayó con estruendo contra el piso. Miró alrededor. Estaba solo. Dejó el soplete a un lado y subió a la locomotora. Se sentó en el lugar del conductor, se sacó los guantes y se encendió un cigarrillo. Pasó la mano por el tablero vacío. Tocó la superficie áspera. Se miró la mano manchada con óxido. Introdujo los dedos en los huecos del tablero donde antes habían estado las palancas. Tiró el cigarrillo y respiró profundo. Allí iría con la bolsa al final del día. El perro quedó a su lado toda la noche y allí estaba cuando lo encontró el operario la mañana siguiente. El hombre sí conocía al viejo y sí sabía su nombre. No se sorprendió cuando vio la mano sin tres dedos apoyada en el tablero, relajada, junto al arma y junto al perro que permaneció en el mismo lugar aún después de que se llevaran al viejo.


El desguace