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Segunda Oportunidad La mañana había transcurrido en calma. Cerca de seiscientos hombres y mujeres, luciendo ropa nueva de civil, esperaban impacientes a lo largo del parque frente a la Iglesia. En medio de la resolana, algunos dormitaban, otros leían alguna revista vieja, algún periódico, o simplemente esperaban. La mayoría había formado pequeños corrillos, fumaban cigarrillo tras cigarrillo mientras charlaban sobre temas personales o familiares, futuros negocios, pero en general, todos ventilaban la incertidumbre del futuro. Una patrulla de la policía que vigilaba el sector, daba vueltas por las calles adyacentes, se detenían por minutos, informaban a los superiores del movimiento en el parque y enseguida se alejaban hacia otro punto del sector. Los aproximadamente seiscientos ocupantes del parque, hacían parte de los setecientos cincuenta hombres y mujeres de las Auc del Bloque Magdalena Medio, desmovilizados apenas cuatro días atrás. Desde diferentes puntos del Departamento donde operaban, fueron trasladados hasta Puerto Salgar para formalizar su desmovilización mediante los mecanismos legales acordados entre comandantes paramilitares y altos funcionarios del Estado. Luego de cuatro agotadores días de actos cívicos, fotos para la historia, entrega de armas, desfile de prensa internacional y nacional y mucha parranda, los seiscientos hombres y mujeres fueron llevados hasta el parque de la Iglesia para ser trasladados hasta sus lugares de origen. Algunos eran de la zona y no requerirían transporte departamental, pero la gran mayoría, proveniente de Antioquia, Santander o Cundinamarca, esperaba desde el día anterior los buses para regresar a casa. Una mujer alta, morena y acuerpada que se hacía llamar Juliana iba y venía del parque hasta su oficina en la sede de la Asociación Campesina. Era la encargada de la coordinación del transporte y lucía preocupada por la tardanza de los vehículos. Entró en la oficina, tomó una vez más el teléfono y no se cansó de marcar hasta cuándo del otro lado le respondieron. Exigió hablar con el administrador, quien la atendió al instante: «discúlpeme, Julianita, es un malentendido con la Administración. Pero le aseguro, Juliana, que antes de las dos de la tarde empezaran a llegar los buses al parque; los conductores y los vehículos ya van hacia allá y no creo que demoren». En menos del tiempo anunciado, los buses contratados de manera expresa empezaron a hacerse presentes en los alrededores. Al descubrir los primeros automotores, los hombres y mujeres que retozaban en el parque empezaron a alistarse. Cada vehículo llegaba con una ruta distinta a cumplir: desde la caliente Cúcuta hasta la fría Bogotá, pasando por Villavicencio, Duitama, Medellín,

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Ábrego... Cada quien escogía el vehículo que le sería útil, pero antes el apretón de manos, el abrazo, el cambio de teléfonos y la promesa de volverse a ver cuanto antes. Muchas aventuras juntas, duros combates librados, y muchos que ya no estaban. Era imposible, olvidarlo todo de un momento a otro? —Y a usted, Julianita, ¿qué bus le sirve?— le preguntó Baquiano a la mujer alta. —Ninguno. —¿Y eso por qué? —Porque soy de aquí y aquí me quedo. Todo fue cuestión de un par de horas. Antes de las cinco de la tarde, el último vehículo abarrotado dejaba el parque. En él iba Baquiano, veterano de las Auc, con quien Juliana había coordinado durante los últimos tres años las actividades legales e ilegales de las Auc. Se despidieron con un prolongado abrazo y un hasta pronto. De antemano Juliana sabía que el hasta pronto no sería tal. La mujer se quedó de pie en el andén, siguió con la mirada hasta cuando los automotores abandonaban el parque y se detenían momentos frente al semáforo. Todo había salido bien. Cuando el último desaparecía por la esquina, la mujer dio media vuelta y caminó hasta su oficina: «con esto termina mi día de trabajo —pensaba Juliana—, mi tarea, y también mi vida como militante de las Auc». Luego de cuatro años de militancia en las Autodefensas de Puerto Salgar, terminaba por fin la azarosa aventura de esta joven mujer de pensamientos democráticos que por arbitrariedades del destino terminó enredada en la guerra. *** Nací en Bogotá y allí viví y estudié hasta los veinte años, pero me considero de Puerto Salgar. En este pueblo nacieron mis padres, mis hermanas y demás parientes cercanos. Por asuntos económicos mi madre y otros familiares se fueron a vivir a Bogotá. Se ubicaron en un barrio de la capital donde meses después nací yo. Me crié en ese barrio hasta cuando terminé primaria, después mi bachillerato en el colegio femenino Menorah ubicado en el Eduardo Santos. Durante esa etapa no ocurrió nada extraordinario, salvo las inefables travesuras de la adolescencia. En el último año tuve una profesora de Sociales, de quien todavía recuerdo su nombre, se llamaba Lilia, y con ella logré mis primeras reflexiones sobre la política nacional. Recuerdo que nos hablaba de la importancia de la identidad nacional, de Bolívar y de sus sueños de independencia, de la importancia de la agremiación como mecanismo para defender intereses de la comunidad. Esta profesora era diferente a las demás, más cercana y más interesada en los asuntos de los jóvenes. Esto me llamó mucho la atención, por ello logré una gran amistad que me llevó a conocer más sobre los asuntos sociales.

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Después me enteré que Lilia era del M-19. Una mañana de sábado nos presentó a un muchacho mono que se hacía llamar Pedro, éste nos llevó unos volantes para repartir en el barrio. Estamos hablando de aproximadamente 1987.Para entonces yo tenía dieciséis años y el M-19 producía noticias a diario en la prensa nacional. De hecho, desde cuando tuve uso de razón, el M-19 siempre fue noticia, estuviera donde estuviera. Por eso cuando conocí a Pedro me pareció que había sido un día especial. De manera que al día siguiente, juiciosas y muy por la mañana, tal como nos había ordenado Pedro, repartimos la propaganda arrojando los volantes por debajo de las puertas de las casas del barrio. Aquella experiencia me llamó la atención, ya por la adrenalina o quizá solamente por la presencia desolada de aquel muchacho mono, de mirada azul, que se hacía llamar Pedro. Aquél día hicimos bien la tarea y desde entonces empezamos a considerarnos parte de la historia de Colombia. Quienes quedamos conformando ese grupo fuimos Sandra y yo, ambas compañeras de colegio, René y Tavo, el tal Pedro y yo. En meses siguientes, Pedro nos enseñó el manejo de armas y explosivos. Una mañana Sandra me llamó por teléfono y me dijo que necesitaba que nos viéramos de urgencia. Nos encontramos en la cafetería, descubrí que su rostro irradiaba alegría, le pregunte que cuál era la vaina y me respondió que había hablado con Pedro y éste le había dicho que nuestro grupo había sido escogido para hacer parte de una acción de envergadura. Le pedí que me precisara y me respondió que la tarea era asaltar unos carros de leche para repartirlo por los lados de Juan Rey. ¡Quedé de una pieza! Asaltar un camión de leche eran palabras mayores; ver la emoción que la noticia causaba en Sandra, me contagiaba. En efecto, ocho días después nuestro grupo participó en la toma de dos camiones de leche que más tarde fueron repartidos en una de las calles del Juan Rey. Un mes después realizamos otra toma de camiones de leche donde también repartimos propaganda en las casas del mismo barrio. Esa noche Sandra me confió que su sueño era irse para el Batallón América a pelear junto a Carlos Pizarro, pero un día apareció Pedro y nos dijo que teníamos que alistarnos para la acción política; que el M-19 había logrado acuerdos con el Gobierno nacional y la desmovilización era inminente. Como es sabido, el Eme se desmovilizó a finales de 1989 y todos sus militantes pasamos a formar la Alianza Democrática M-19. No recuerdo bien los motivos por los cuales Lilia nos negó ir hasta los campamentos de Santo Domingo, pero afirmó que: «era mejor estar limpios para recibir a los compañeros que llegaban del campo». A cambio nos ofreció llevar una corona y hacer acto de presencia en el Centro Gaitán, donde por más de cuatro días se veló el cadáver de Afranio Parra. Atando cabos de aquella época, puedo asegurar que sólo la muerte de Carlos Pizarro me hizo caer en cuenta mi cercanía con este grupo guerrillero. Lloré a mares 3


y hasta mi madre empezó a preocuparse. Recuerdo que, la mañana del 26 de abril, quien me llamó para darme la noticia fue Sandra. Pensé que era broma, pero me dijo que encendiera la radio y así hice. La televisión y la radio no se cansaban de pasar las noticias. Por la tarde mi madre estuvo a punto de llevarme a un médico, aseguraba ella que mi llanto podría tener otros motivos. La muerte de Pizarro me dio muy duro y tardé mucho en reponerme. En adelante me despreocupe de los asuntos de la política. Por aquel entonces estaba enamorada de Luis, quien más tarde sería el padre de mis dos primeros hijos. Nos casamos con todas las de la ley y todo parecía un cuento de hadas de nunca acabar. Nació Alejandra y dos años después Hernando, pero el matrimonio no funcionó. Ni siquiera vale la pena mencionar los motivos. Luis no sólo desapareció de mi corazón sino también de mi vida. Me quedé con dos hijos, con apenas veinte y tres años, dependiendo nuevamente de mi madre y con toda la vida de mis hijos y la mía por delante. Empecé a trabajar con el tío Jorge, un hermano de mamá, en un pequeño negocio de lencería en Soacha. El tío producía y vendía colchones, sobrecamas, forros de almohadas, cortinas y en general todo lo relacionado con ropa de alcoba. El tío Jorge es un verraco; yo aprendí de él toda su entrega al trabajo. Por aquel tiempo conocí a Javier quien trabajaba haciendo trasteos en una camioneta de su propiedad. El tío Jorge era uno de sus clientes. La sorpresa me la llevé cuando me dijo que él y su familia eran de Puerto Salgar. Nos hicimos amigos y empezamos a salir; me propuso ser novios, pero yo no quería nada con nadie: mi anterior relación me había dejado totalmente desilusionada y no quería saber nada de hombres ni de amores. Mi vida giraba alrededor de mis dos hijos, de su cuidado y de sus estudios. Javier perseveraba pero yo me negaba, de hecho, llegó el momento en que lo paré, le dije que si seguía insistiendo, sería mejor que nos abriéramos, que yo sólo lo quería a él como amigo y que escogiera. Ante la disyuntiva, Javier aceptó. Sin darnos cuenta, estábamos cumpliendo de manera inconsciente el requisito indispensable para convertirnos en pareja estable: ser buenos amigos. Cualquier día, mientras nos tomábamos unas cervezas, Javier me dijo que estaba mamado de choferear; que de conductor de camioneta no iba para ningún Pereira, pero que el negocio de lencería le parecía bueno, y me propuso que si estaba de acuerdo, él vendería la camioneta para con esa plata montar un negocio parecido al del tío Jorge. Me aclaró que, para evitar malos entendidos, él me hacía la oferta sólo porque estaba seguro de mis conocimientos en el negocio y nada más. La propuesta me pareció tentadora. También yo estaba muy segura de que el negocio de lencería era bueno, y si el tío no tenía más, era debido a sus obligaciones domésticas con dos familias y seis hijos menores. No lo pensamos demasiado. Javier se puso en la tarea de vender la camioneta al mejor precio mientras yo me ponía a buscar un local apropiado. Gracias a Dios, 4


ambos hechos se dieron al tiempo. Yo encontré un amplio y bonito local en inmediaciones de los sanandrecitos de Soacha, el mismo día que Javier retiraba la plata del banco por la venta de la camioneta. El tío Jorge fue quien más nos colaboró. Apenas se enteró de nuestros propósitos, se puso a la orden, y en menos de un mes estábamos inaugurando nuestro negocio. Mi mamá y el tío estaban seguros de que nosotros andábamos ennoviados. Cuando se enteraron de que solamente éramos socios, no lo creyeron. —Pero mijita —decía mamá—, a ese pelado le llorosean los ojitos cuando la mira a su merced... —No, mamá. Él tiene sus viejas y yo no quiero meterme en otros líos. A Javier lo quiero mucho pero sólo es mi amigo. Lo cual ya no era cierto. Después de tantas vueltas y de tantas atenciones terminé enamorada de Javier. Lo que pasaba era que Javier parecía haber tomado muy en serio el pacto entre nosotros y desde que acordamos ser sólo amigos no volvió a insinuarme nada. Me vine a dar cuenta de que estaba enamorada de él, un día viernes, cuando sin motivo aparente me evadió. Teníamos costumbre de tomarnos unas cervezas y pegarnos una bailadita para inaugurar el fin de semana. Íbamos al Restrepo, nos divertíamos y más tarde regresábamos, cada quien a su casa, justo después de la medianoche. Pero aquel viernes me dijo que tenía un compromiso y que no podía estar conmigo, se despidió y se fue, así, sin más. No volvió a llamarme sino hasta el lunes siguiente, como si nada, mientras yo trinaba de la rabia y del desconsuelo. El asunto se complicó cuando una mujer le empezó a dejarle razones en el teléfono del almacén del tío. Lo duro de todo esto era cuando recordaba que yo misma le había puesto distancias, y por lo tanto, no tenía ningún derecho al pataleo. La propuesta de Javier de volvernos socios me cayó como anillo al dedo. Pero, durante las vueltas de la venta de la camioneta, Javier pareció alejarse aun más de mí. Las cervecitas y las bailaditas de los viernes se volvieron a repetir pero, en adelante, no faltó el sapo o la sapa que siempre se hacía invitar y me impedía estar a solas con él. Así empezó a pasar el tiempo, y Javier cada vez más distante. Sin aguantar más, aproveché el día de la inauguración de nuestro pequeño negocio para tomarme algunas cervezas demás. Apenas vi la oportunidad, me le acerqué y le dije que quería hablar a solas con él. —Claro, mi doctora —me dijo—, para eso estamos. De un día para otro había empezado a llamarme dizque «doctora», palabreja que entre más usaba más me fastidiaba. —¿De qué se trata, mi doctora? —me volvió a repetir. Tragué saliva y, haciendo acopio de fuerzas, respondí:

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—Mire, Javier: en primer lugar, no me vuelva a llamar doctora, que yo no soy doctora y cuando me dice así me hace creer que se está burlando de mí. Le ruego que me llame por mi nombre… ¿Estamos? Javier también debía tener su par de cervezas y su aguardiente en la cabeza y quizá mis palabras le debieron caer como vinagre recalentado. De eso me di cuenta cuando lo vi con ojos asustados y llevándose sus manos a la boca sin saber qué decir o qué hacer, en clara muestra de que ignoraba lo que me ocurría. Sólo se le ocurrió mirarme con ojos de sorpresa pero sin decir ni una palabra, quizá sin sospechar el sufrimiento de mi alma. Desconozco qué gesto habré adoptado en ese momento. El asunto es que cuando me disponía a salir corriendo escuché por fin su voz. —¿Qué le pasa, mamita?... ¿Por qué esta tan ofendida? No fui capaz de responder, se me trabó la lengua. Me empezaron a temblar las piernas como a cualquier quinceañera hasta cuando Javier pareció entender la escena. Tomó mis manos y las apretó tiernamente. Por supuesto no opuse ninguna resistencia, empezó a buscar mi frente para besarla pero yo levanté la cara y busqué sus labios. Fue algo inolvidable. No recuerdo en mi vida un beso más oportuno y emocionado. En aquel momento cerraba un ciclo y se abría otro que marcaría nuestro futuro. Mi vida con Javier hace parte de los años más felices de mi vida. Aquella mutua aclaración de los afectos incidió al parecer en el éxito de nuestro naciente negocio. Todo empezó a funcionar como un relojito; no sólo el tío nos colaboraba poniéndonos al tanto sobre créditos bancarios y todas esas arandelas que no dejan de ser dispendiosas, sino también mi mamá con su tiempo y la familia de Javier con algunos pesos que nos hicieron falta a última hora. El tío Jorge nos repetía a cada momento que el mejor negocio era la compra al contado, pues el crédito, aunque también era bueno, salía muy caro. Arrendamos un local esquinero que, al principio y por nuestra inexperiencia, nos pareció costoso, pero cuando el tío Jorge se enteró de que pensábamos no arrendarlo, puso el grito en el cielo. Al día siguiente por la mañana regresamos los tres. Apenas el tío lo vio nos dijo que si nosotros no lo arrendábamos ya, él lo hacía de inmediato. Sin ningún reparo tomó doscientos mil pesos que tenía en la cartera y se los dio al dueño a manera de arras. Por aquellos días, y gracias al tío Jorge, empezamos a reconocer el inestimable valor de la experiencia. Arrendamos el local, le pusimos nombre, nos afiliamos a la Cámara de Comercio, lo pintamos y lo engallamos; el tío nos sirvió de fiador y, como también era dueño de una pequeña fábrica de colchones, nos facilitó varias piezas a buen precio y con suficiente plazo. Recuerdo bien que estábamos muy afanados en abrir el local porque según el tío, la Navidad se acercaba y debíamos aprovechar la temporada. Así lo hicimos: el local se abrió a principios de octubre, y al final de aquel mes no hubo cabida para nuestra dicha cuando hacíamos la relación de las ventas 6


del primer mes. En noviembre y diciembre las ventas se duplicaron y en enero aprovechamos una invitación de los padres de Javier a la finquita de ellos, en inmediaciones de Puerto Boyacá. Allí disfrutamos de unas merecidas vacaciones. Ese mismo mes quedé esperando a Ramiro, mi tercer hijo y el primero con Javier. Cuando llegamos a Bogotá, el tío Jorge nos advirtió que durante los primeros meses del año la lencería no funcionaba: «hay que meterle merca de temporada — decía—; uniformes, ropa de colegio, zapatos, tenis y, si era posible, papelería. No dudamos en hacerle caso, el tío Jorge era nuestro ángel guardián; así lo hicimos y por supuesto nos fue bien. En poco tiempo descubrimos que cualquier negocio, para que sea rentable, no se puede supeditar a un solo producto. Cada producto tiene su temporada, y la visión del verdadero comerciante consiste en estar atento a los giros que dan las ventas cada mes del año. En apariencia, nuestro futuro inmediato estaba despejado. Pero no todo es felicidad en la casa del pobre. Antes de completar el año tuvimos la primera desagradable visita: apareció un tipo con cara de campesino por el local: gordito, de piernas cortas y bigotes negros, averiguando precios de cuanto alcanzaba a ver en las vitrinas. Como uno termina conociendo el perfil del comprador, yo me dije que ese tipo tenía cara de todo menos de ir a comprar algo, así que le dije a Marcela, una pelada que nos colaboraba, que lo atendiera mientras yo proseguía en la oficina poniendo en orden las facturas por cancelar. Al rato me llamó Marcela y me dijo que el cliente había pedido hablar personalmente con el administrador o el dueño del negocio. Extrañada, me puse de pie y salí. —¿A la orden? —le dije. —Señora, ¿usted es la administradora o la dueña? —La dueña. ¿Para qué soy buena? —Me gustaría que me regale un par de minutos a solas. —Ah, caray... ¿Qué ocurre? —Son asuntos de negocios, mi señora, y le aseguro que a usted también le interesa hablar conmigo. —Ah, bueno... Dígame de qué se trata. El tipo se acercó hasta el mostrador, miró a ambos lados de la calle, hizo una seña a alguien que lo esperaba fuera, se volteó y dijo: —Vea, mi señora: mi nombre es Marcos y soy el encargado por el Frente XXIII de las Farc para el cobro en este sector de Soacha, y vengo a comunicarle que ustedes llevan cerca de un año en este local sin pagar ninguna cuota. Ya es hora de que empiecen a cancelar lo que todo comerciante del sector está obligado. Quede de una pieza. El tipo prosiguió con una interminable retahíla que ya no recuerdo. Sentí mucha rabia de que un bueno para nada me viniera a cobrar «para dejarnos trabajar». No niego que tuve miedo; por voces de vecinos, Javier y yo estábamos enterados de la presencia de estos tipos, que cobraban impuestos a cuanto 7


local del sector comercial de Soacha podían. También se decía que la Policía se hacía de la vista gorda o no hacía nada al respecto. No valía la pena revirar, lo mejor era pagar para evitar problemas. Cuando el tipo terminó de hablar, saqué fuerzas desde la rabia y le pregunté: —Bueno, ¿y de cuánto me habla? —Por ahora, mi señora, sabiendo que están empezando, pero teniendo en cuenta que el localito es esquinero y bien surtidito... La cuota es de cien mil pesitos, por ahora... —¡Cien mil pesos! —Sí, mi señora... Por ahora... Más adelante veremos cómo se portan y cómo negociamos otras cifras. —¿Y cómo sé yo que usted es de las Farc? —Ah, no. Eso no es sino que pregunte por Marcos en cualquier lugar de este sector. Me quedé sin palabras. —Bueno, don Marcos. Como imagino que usted se la sabe todas, deberá saber que este negocio es en sociedad con mi marido y él ahora no está. Entonces, primero debo consultar con él para ver qué opina y si está o no de acuerdo con usted... Porque al menos yo, no estoy ni cinco de acuerdo. ¿Me entiende? —Entendido, mi señora. La comprendo, pero así son las vainas en este país. Le advierto que las cuotas empiezan a correr desde este momento en que usted queda notificada. Estamos en la primera semana de septiembre, entonces le recomiendo que no se cuelguen, porque si se cuelgan la vaina se pone verraca. Y soltando la amenaza, el tal Marcos abandonó el local dejando tras de sí mi profunda rabia. Entonces llamé a Marcela y le pedí que localizara a Javier donde estuviera. Por la noche nos reunimos en casa el tío Jorge, mi mamá, Javier y yo. Con pelos y señales les narré la charla con el tal Marcos. El tío me escuchaba atento. Cuando terminé tomó la palabra. Nos dijo que él no estaba sorprendido, que estaba extrañado de que no nos hubieran caído antes; que eso era normal en Soacha, municipio tomado desde hace tiempo por la guerrilla. Ante la pregunta de Javier sobre qué era conveniente hacer, el tío respondió: «pagar, chinos, no hay de otra. Si quieren seguir trabajando les toca pagar. Lo que deben hacer es bregar para que no les suban la cuota cada vez que les dé la gana a esos tipos». El tío Jorge quedó en silencio, parecía meditar sus próximas palabras. «La vaina verraca —prosiguió— es que nadie sabe cómo averiguan estos tipos quién vende, quién no vende, cuál es el dueño, cuál es el empleado, quién tiene plata, quién no tiene, para así caerle al que pueden, quitarle los cuatro pesitos y exprimirlo hasta cuando ya no hay más. Yo estoy seguro de que a ustedes los tienen pisteados desde cuando arrendaron el local. Los han dejado trabajar estos meses porque les 8


convenía que se asentaran. Ahora que los ven acomodados y que el negocito marcha, van a empezar a boletearlos,(1) sabrá Dios, por cuánto tiempo…». Por aquellos días nació Ramiro. Estábamos felices, aunque comenzamos a ver frustradas nuestras perspectivas a largo plazo. El problema no eran los cien mil pesos que empezamos a pagar mensualmente a la guerrilla, porque de alguna manera u otra el negocio daba para pagar esa cifra, sino por lo que el tío nos advirtió: antes de terminar el año nos subieron la cuota a ciento cincuenta mil pesos, y eso que estamos hablando del año 2001. Ciento cincuenta mil pesos mensuales para un pequeño comerciante era un billete largo. Incluso todavía lo es. Por aquella época, al final del gobierno de Andrés Pastrana, el país vivió una recesión sin precedentes y los más afectados fuimos los pequeños comerciantes. Pero la guerrilla no pensaba en nosotros; pensaba en ellos, que según sus intelectuales de cabecera estaban a punto de tomarse el poder. Un día cualquiera, igual que la primera vez, apareció un tipo que aseguraba ser representante de las milicias bolivarianas y decía llamarse Manuel. Llamó a Javier y le dijo que la cuota se había reajustado y que en adelante sería de trescientos mil pesos. Las ventas en aquel fin de año no fueron las mejores. Debíamos muchas facturas, el tío Jorge había enfermado y estábamos en dificultades con nuestros proveedores. La reacción de Javier no se hizo esperar. Recuerdo que yo estaba en la oficina cambiándole pañales a Ramiro sobre un sofá, cuando de repente escuché los gritos de Javier. Fue la oportunidad que tuve para conocer el carácter de mi marido; su reacción me sorprendió: le gritó al tipo de todo, lo insultó, le dijo que si quería plata que trabajara, que él no le iba a volver a dar ni un solo hijueputa peso, que si quería plata se dedicara a trabajar, pues él, de cuento no les volvía a comer y que se largara del local o llamaba a la policía. Si no estoy mal, por aquellos días Javier viajó hasta la finca de sus padres y, según me contó después, había hablado del asunto con un par primos que pertenecían a las Auc. Los tales primos llegaron hasta nuestro local, “para protegernos”, según ellos. Fue el peor error que cometimos. A los pocos días, cuando abríamos el local encontramos una carta anónimo amenazándonos. ¿Qué hacer? ¿Para dónde coger? El tío Jorge nos advirtió que habíamos cometido un grave error trayendo esos tipos. De por sí el ambiente estaba caliente, dentro de poco se desataría una guerra de territorios en el sector, y más adelante todos los afectados nos echarían la culpa a nosotros. El tío nos recomendó vender el negocio y desaparecer. En una semana desmontamos nuestro local, que bastante trabajo nos había costado; vendimos lo que había, pagamos a quien pudimos y un día desaparecimos del sector cuando empezaban a aparecer los primeros cuerpos de milicianos acribillados. No está demás señalar que todo lo anterior ocurría paralelo al “rompimiento de los diálogos” en el Caguán. 9


La finca de los padres de Javier, a dos horas de Puerto Salgar, fue nuestro refugio inmediato. Allá llegamos con Alejandra, Hernando y el pequeño Ramiro. Nos recibieron bien y nos acomodaron en amplias habitaciones de la casa. La primera tarea fue buscar escuela para Alejandra y Hernando, lo cual no tuvimos inconvenientes gracias a nuestras amistades en la región. Javier empezó a trabajar con su padre en ganadería y yo a cuidar al pequeño Ramiro y a colaborar en las labores domésticas de la finca. ¿Hasta cuándo íbamos a estar en ese lugar? Lo desconocíamos. Ni siquiera nos atrevíamos a tocar el tema. El caso es que mientras pasaban los días, notaba que Javier se amañaba más con su nuevo trabajo de ganadero al tiempo que yo empezaba a desesperarme; me sentía cada vez más arrimada con mis tres hijos. El dinero empezó a escasear, no podía suplir mis necesidades inmediatas ni las de mis hijos. Por otro lado, sentía pena de hablar del tema con mi suegra: nunca lo había hecho y menos ahora. Decidí entonces ir al pueblo a buscar ayuda. Necesitaba trabajar en algo, sentirme útil en algo. Por la noche, cuando le comenté mi decisión a Javier, éste no me prestó atención; quedó en silencio. Lo entendí como una manera de darme vía libre. No lo pensé dos veces: encargué los niños a una señora que trabajaba en la finca y, al otro día, madrugué a la carretera. Mi idea era ir hasta la alcaldía y buscar algún amigo que me diera una solución al problema. En la Alcaldía encontré a Adela, una prima que trabajaba de secretaria en una oficina. Me invitó a almorzar y aproveché para soltarle el rollo. En menos de una hora, Adela me puso al día de lo que ocurría en el pueblo; me dijo que quien mandaba en la región era Botalón, comandante de las Auc en la región, y que si quería ayuda debía hablar con don Manuel, un líder comunal cercano del comandante paramilitar. Ese mismo día hablé con don Manuel, quien resulto ser un viejo conocido de mamá, éste dijo que no me preocupara, que trabajo era lo que había. Me reiteró que Botalón era quien daba las órdenes, y que en el pueblo no se movía una hoja de papel sin su consentimiento, que si estaba de acuerdo era bienvenida. Quince días después estaba al frente de dos oficinas. En Puerto Salgar trabajaba con una asociación de usuarios, y en Ríonegro, con otra similar. En esta entidad realicé un trabajo de puente entre las Auc y la sociedad civil de la región, lo que más tarde me valió el reconocimiento del Estado Mayor del Bloque de Puerto Salgar. Un mes después se hizo presente en mi oficina otro representante del Estado Mayor. Se hacía llamar el comando Reinaldo y me presentó a dos hombres; Baquiano era uno de los dos. En adelante éste sería mi contacto político de las Auc. Entre las actividades que realizábamos con Baquiano estaba el acopio del dinero de los peajes de las dos principales carreteras que atraviesan los departamentos de Antioquia y Boyacá.

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Para entonces mi vida de pareja se había debilitado. Cuando Javier se enteró en lo que andaba, se disgustó y no volvió a ser el mismo. La presencia del dinero en el hogar atenuaba en algo el distanciamiento, pero no era todo, entonces decidí arrendar un apartamento en Puerto Salgar para estar cerca de mis trabajos y ver si la situación mejoraba. Javier no objetó ni una palabra, ni hizo nada al respecto; parecía que le daba lo mismo. Un mes después estaba ubicada en Puerto Salgar habitando un cómodo apartamento con mis tres hijos y una empleada que se hacía cargo del trabajo doméstico. Javier iba los fines de semana a visitar los niños y casi ni hablábamos. Sin embargo, en un descuido quedé esperando mi cuarto hijo, que nació nueve mese después y a la cual bautizamos con el nombre de Gabriel. Cuando nació el niño mi relación con Javier había finalizado por completo y sólo nos ataba la presencia de los hijos. Por aquellos días descubrí mi verdadera vocación. La presencia en el pueblo de una sicóloga, que a la vez adelantaba labores como trabajadora social, me enseñó el valor de la sicología como herramienta para solucionar los conflictos íntimos del ser humano. La desmovilización paramilitar empezó a principios del 2005, y sólo por aquella época, gracias a los medios de comunicación, vine a conocer las atrocidades de las que las autoridades acusaban a las Auc. Un día cualquiera Baquiano se quedó en casa hasta tarde, había cumplido años y los de la oficina le hicimos una torta y una comida. Estábamos animados, con unas cervezas en la cabeza, y de repente algún invitado prendió el televisor de la sala para ver las noticias. Al escuchar las alusiones del locutor a la desmovilización paramilitar, todos los presentes nos quedamos atentos y nos volteamos para escuchar qué se ventilaba en aquel medio. Recuerdo que la noticia giraba alrededor de una Ong extranjera que denunciaba masacres sistemáticas de los paramilitares contra la población civil en Bolívar, Córdoba y el Cesar. Todos escuchamos en silencio la noticia y al finalizar, yo misma me puse de pie y le bajé el volumen al televisor. —Oiga, Baquiano. Aquí entre nos, díganos la verdad... ¿Qué hay de cierto de todas esa denuncias que empiezan a ser públicas en medio de la desmovilización de las Auc? Por varios segundos Baquiano se quedó mirando la pantalla muda del televisor. Parecía pensar la respuesta. Carraspeó, bebió un trago de cerveza, puso la botella sobre la mesa y miró a los presentes... Enseguida se puso de pie. —Bien... Buena pregunta. Buena pregunta. Aquí estamos los que somos y somos los que estamos. La pregunta de Juliana es oportuna dado el momento político por el que atraviesa nuestra organización y todo el movimiento contrainsurgente de Colombia. Los presentes sabemos que, durante los últimos cincuenta años, el comunismo y sus grupos legales e ilegales, armados y no 11


armados, han medrado y erosionado las bases democráticas que son los pilares de nuestra sociedad. Esto no es ninguna nueva. Pero si buscamos que las próximas generaciones de colombianos reciban un país en mejores condiciones, la tarea no ha sido fácil, no es fácil y nunca será fácil. La lucha que hemos emprendido ha estado plagada de infinitos tropiezos, como es conocido por todos. El comando Carlos Castaño lo señala con nitidez. Por ejemplo, la presencia del narcotráfico en las filas contrainsurgentes es un cáncer. Si bien es cierto que nos ha permitido, en gran medida, la financiación de nuestros ejércitos, también es cierto que es mucho el daño que nos ha hecho, tanto al interior como al exterior de nuestro movimiento. Pero en realidad, lo que más daño le hace a nuestro movimiento son esas organizaciones extranjeras ligadas directamente al comunismo internacional, que ahora le cambiaron el nombre y se hacen llamar: defensores de los derechos humanos, y otros títulos. Y les aclaro... No se trata de propaganda barata... Si en verdad hubiera Ongs realmente imparciales, también denunciarían las atrocidades de la guerrilla, que son muchas. Estoy totalmente seguro de que ninguno de los aquí presentes hacemos parte de la oligarquía de este país, de ninguna manera. No obstante, todos los aquí presentes hemos sido víctimas directas de las arbitrariedades de la guerrilla. A todos, los aquí presentes por el simple hecho de no estar de acuerdo con sus políticas, nos han secuestrado algún ser querido, nos han sacado de las tierras que pertenecieron a nuestros ancestros, nos han chantajeado y, mínimamente nos han extorsionado por tener el derecho que tiene cualquier colombiano de trabajar honradamente. Entonces, ante la pregunta de Juliana de que si es verdad lo que dice el noticiero... ¡Sí es verdad...! No olviden que esta es una guerra y en toda guerra se comenten excesos y a medida que avance el proceso de paz con las Auc tendremos más contratiempos de este tipo. Nuestro deber es enfrentar esas contrariedades con nuestras verdades, que no por ser de nosotros, son menos sólidas. Baquiano —de hecho un hombre pausado y tranquilo— siguió hablando sin descanso. Era algo así como si hubiera estado a punto de estallar y lo oportuno de mi pregunta sirvió como vía de escape a sus palabras. La reunión terminó más tarde en medio de abrazos y, por el momento, los conceptos de Baquiano nos dejaron tranquilos. Todos reconocimos que nos hacía falta una perorata de esa calidad; sobre todo ahora, cuando se acercaban momentos decisivos en el proceso de desmovilización. Siete meses después se firmó el proceso de paz con las autodefensas de Puerto Salgar. Fui acogida por el proceso y cobijada con todas las prerrogativas que ofreció el Gobierno Nacional. Baquiano me propuso seguir trabajando en la región, pero mis derroteros habían cambiado: mi sueño era graduarme en Sicología, y para ello ya estaba matriculada y me aprestaba a cursar mi primer semestre en una importante universidad de Bogotá. 12


La relación con Javier finalizó del todo. Pero, debo reconocerlo, jamás ha olvidado a sus hijos; siempre está presente cuando ellos lo necesitan. Por mi parte, creo haber colaborado en un proyecto político que, para bien o para mal, logró equilibrar la balanza del poder. La guerrilla se ha debilitado ostensiblemente, no sólo gracias a nuestros golpes, o a los golpes mismos del Ejército Nacional, sino que ha sido víctima de su propia arrogancia, de sus propias equivocaciones, de sus propios desafueros y de sus propios errores. La guerrilla, si es seria, debería someterse a una profunda reflexión interna de tipo político y militar; mirar más allá del egocentrismo de sus líderes militares y ofrecerle al país alternativas distintas a la guerra. Regresé con mis cuatro hijos a Bogotá. Como siempre, fue la casa de mi madre quien me abrió sus puertas. Sin trabajo, sin perspectivas de ningún tipo, con cuatro hijos menores a cuestas, empecé a preocuparme. «La casa de mamá —dice Ofelia, mi hermana menor— es el mejor hotel del mundo, pero no hay que exagerar». El tiempo de estudio en la Universidad lo combinaba con las vueltas por las diferentes entidades del Estado encargadas de velar la situación de los desmovilizados. Sin embargo, por fuera de los cuatrocientos ochenta mil pesos mensuales, no encontraba ninguna solución ni a mediano ni a largo plazo. Acudí a viejas amistades personales y empecé a trabajar en lo que se presentaba, desde empleada de servicio doméstico hasta el de secretaria, sin dejar de asistir a mis clases en la Universidad. Hasta el momento, pensaba que lo había vivido todo, pero estaba equivocada; me faltaba lo principal: ser discriminada en mi propia ciudad por el hecho de ser desmovilizada. Recuerdo que por aquellos días trabajaba en una discoteca del Centro haciendo el aseo. Por la tarde, cuando abandonaba el trabajo y empezaban a llegar los clientes, me encontré con Roberto, un desmovilizado de las Farc a quien había conocido en un albergue. Me invitó a gaseosa y hablamos largo. Por primera vez supe del PAPDRB (2) y de Maryluz Gómez, una desmovilizada del M-19 que a la vez trabajaba como funcionaria del Programa de la Secretaría de Gobierno. Cuando me despedí de Roberto tuve la certeza de que no todas las puertas estaban cerradas. Dos días después localicé a Mariluz, quien sin dudarlo me puso cita al día siguiente en su oficina. Nos conocimos y hablamos de nuestras vidas y experiencias como mujeres de la guerra. El encuentro con ella aún lo recuerdo, no sólo por lo emotivo, sino porque por primera vez sentí la solidaridad de género. Maryluz fue generosa. Cuando conoció mi situación empezó a llamar a cuanto conocido se le ocurría. Una semana después, por fin hubo luz verde: Misión Bogotá sería mi próximo destino. Por la mañana del día siguiente llevé mis papeles y enseguida fui aceptada y asignada como Guía de Apoyo en la UPJ* (Unidad Permanente de Justicia). El sueldo era justo el que necesitaba en ese momento para 13


salir de urgencias inmediatas. Empecé a trabajar y a cumplir mis tareas con ahínco, y en menos del tiempo esperado me gané la confianza de mis compañeros y superiores. Pero como dice el adagio popular: en la vida no hay nada completo. Cumplido un mes de trabajo, una mañana de lunes fui sorprendida por una actitud extraña de mis compañeros de trabajo. Tengo entendido que en ese programa trabaja personal calificado y preparado para temas de convivencia, así que mi sorpresa fue aún mayor. La jefe de personal se encargó de correr la noticia de que yo era desmovilizada de las Auc, y la trabajadora social, una tal doctora Yolanda, se encargó de poner en marcha la discriminación. La noticia había salido de la oficina de Personal el viernes por la tarde, y el lunes por la mañana el chisme ya era cuento viejo entre los celadores. Yo lo ignoraba. De repente, a eso de las once de la mañana tuve deseos de utilizar el baño y fui hasta él. Ya en la puerta, fue la señora del aseo quien me puso al día. Con toda la naturalidad del mundo dijo que no me podía dejar pasar. Cuando le pregunté el motivo respondió: «tengo orden expresa de la doctora Yolanda de no dejarla pasar». Cuando le pregunté el motivo no me supo responder. Fui hasta donde una compañera que había presenciado la negativa y ésta, con señas, me dio a entender que la orden la había dado en efecto la misma doctora Yolanda. Aún sin entender bien lo que ocurría, y para evitar complicaciones, preferí salir y caminar hasta los baños públicos del Sena de la Treinta. Por la tarde, antes de abandonar mi trabajo y por boca de la misma señora del aseo, fui enterada del motivo por el cual me habían negado la entrada al baño: «dizque usted es desmovilizada de las Auc —me dijo tapándose la boca». Al día siguiente llamé a Mariluz Gómez y le comenté lo ocurrido. Dijo que tuviera paciencia: «por el momento le toca aguantar, hermana, hasta ver qué se hace». Y me tocó aguantar. Mis necesidades y las de mis hijos eran superiores a cualquier humillación. La mayoría de mis compañeros, no todos, me veían como bicho raro; la desinformación que se tenía sobre los desmovilizados era absoluta. Un día la señora del aseo con la cual tenía más confianza me preguntó: «Oiga, Juliana. ¿Qué se siente matar gente?». Con toda la paciencia del mundo respondí que en la guerra, como en cualquier empresa, cada quien ocupa su puesto, al igual que no todos pueden ser gerentes o aseadoras. Por tal motivo, yo nunca había matado ni una mosca. Por el contrario, había salvado muchas vidas. En esa UPJ trabajé un año y durante todo ese tiempo no me permitieron utilizar el baño. Mis necesidades las hice en los baños del Sena en la Treinta. La doctora Yolanda pidió traslado para otra entidad, pero sé que aún labora como trabajadora social en la Secretaría de Gobierno. Otra vez estaba desempleada, aunque en esta ocasión no fue por mucho tiempo. Gracias a Angélica Cifuentes terminé trabajando en el PAPDRB, donde 14


tuve la oportunidad de enmendar uno de los grandes errores de las Auc: su violento accionar en veredas, pueblos y ciudades contra la población homosexual y transexual. Debido al indiscriminado radicalismo de los jefes, las Auc vio en este segmento de la población un aliado más de la subversión y no escatimaron hombres ni fuerzas para golpearlos. Laura Navarro, un transexual que está al frente de esta población en los sectores más deprimidos de Bogotá, se acercó hasta el Programa en busca de apoyo, afirmando que Opciones, la entidad bajo su cargo, requería la ayuda de expertos en convivencia dado el alto grado de violencia que por aquellos días se había desatado en el Santa Fé, un céntrico barrio bogotano castigado por la violencia callejera. El actual coordinador de PAPDRB facilitó a Laura Navarro el personal adecuado para dicha actividad. No obstante, los resultados no fueron los esperados. Los intentos de generar talleres con asistentes y talleristas quedaran satisfechos habían resultado infructuosos. El mismo coordinador me ofreció la posibilidad, que me servía además para darle a conocer mis fortalezas en esa área. Debo recordar que adquirí mucha experiencia en este campo durante la práctica que realicé en Misión Bogotá, en la que apliqué la teoría de mis seis semestres de universidad. El siguiente paso fue hablar con Laura Navarro. Nos presentaron en las oficinas del Programa y de inmediato hubo química. Hablamos por espacio de dos horas, suficientes para conocernos y comunicarnos. Laura expuso abiertamente los retos por los que atravesaba Opciones frente a las complejas condiciones de violencia por las que atravesaban las comunidades que ella protege. Le propuse las técnicas que se requieren para estos casos y le parecieron convenientes. Acordamos realizar dos talleres, ambas actividades deberían llevarse a cabo en la misma localidad, pero con grupos sociales diferentes. El primer taller se realizó en la mañana del primer lunes de agosto de 2010, en la sede de Opciones, en la Veintidós con Quince. Se trata de un segundo piso en un desvencijado edificio del barrio Santa Fe, epicentro de actividades de prostitución de mujeres y de transexuales. El escenario había sido adecuado con anticipación para la actividad. Asistieron quince policías: un sargento y catorce bachilleres; siete líderes transexuales dedicadas a la prostitución; siete líderes comunales del sector, siete habitantes de la calle, siete prostitutas, algunos adictos a la droga y otro número de vendedores ambulantes. El taller estaba programado para iniciar a la ocho de la mañana. Sin embargo, cuando los invitados ya estaban ubicados en sus respectivos asientos, el Sargento pidió la palabra. Dijo que él y sus hombres no podrían demorarse más de una hora, y de antemano dio las gracias a los organizadores “por haber tenido en cuenta a la Institución para el taller”.

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Las palabras del Sargento Gutiérrez, a quien conocía de vista gracias a mi trabajo en Misión Bogotá, me tomaron por sorpresa. Le respondí que la Institución policial y algunos de sus hombres eran los principales invitados, ya que estaban en el meollo del conflicto, y que si ellos abandonaban, no podría seguir con el taller. Que las actividades estaban programadas para cuatro horas y que era el tiempo que debían permanecer. El sargento pidió permiso para hablar con algún superior. Al momento aceptó que él y sus hombres estarían presentes durante el tiempo que fuera necesario. Agradecí su voluntad de cooperación y continuamos. Tres horas después de agotadores ejercicios, tanto físicos como sensoriales y emocionales, terminó el taller en medio de risas, llanto entrecortado y abrazos entre el medio centenar de participantes. Laura Navarro estaba feliz y sobre todo sorprendida. Dijo que nunca había tenido una experiencia igual en actividades similares, y que no sólo estaba sorprendida sino agradecida por el trabajo realizado. Le devolví las gracias pero le advertí que era menester esperar hasta el día siguiente para evaluar los resultados del segundo taller, que debía ser realizado entre dos comunidades totalmente antagónicas pero que por necesidades de supervivencia son forzadas a convivir y trabajar juntas. En efecto, al día siguiente y a la misma hora, en el parqueadero de uno de los más reconocidos prostíbulos de la localidad, reunimos a otro medio centenar de personas. En esta ocasión me acompañaron Óscar y Mariela, dos compañeros de la Universidad que querían conocer de cerca la mecánica del taller. Esta vez sólo estuvieron presentes dos suboficiales de la Policía Nacional, y la mayoría fue constituida por representantes de cerca de las trescientas prostitutas censadas en el sector, así como por unos veinte representantes de los dueños de hoteles, hostales y residencias donde estas mujeres realizan sus actividades. La pugnacidad de estas dos comunidades es catalogada de silenciosa y soterrada, pero las estadísticas de la Policía Nacional corroboran que son el origen de diferentes tipos de violencia. Sólo por mencionar algunos: de allí surgen episodios sistemáticos de violencia laboral, intrafamiliar, callejera y de género. Lo paradójico de este taller fue que, a medida que avanzaba, los asistentes aumentaban y se sumaban. El tiempo de duración también se prolongó debido a que los ejercicios dejaron al descubierto la mecánica de cómo se relacionan estas dos comunidades. Salió a flote la profunda mezquindad con que los dueños de hoteles y residencias trataban a las mujeres que utilizaban sus negocios. Se descubrió que estos, de alguna manera, están agremiados y que les imponían las mismas exigencias a las mujeres en cualquier punto del sector. Por ejemplo, estaba acordado que ninguna mujer podía demorarse con el cliente más tiempo del contratado, so pena de tener que cancelar la cifra de un nuevo turno. Así de sencillo.

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En otro caso, una de ellas sacó de su bolso una ruana oscura y delgada y la desplegó ante los concurrentes manifestando: «esta ruana es mi colchón para atender a los clientes. Tengo varias, y cada día llevo una limpia y diferente. Yo no me puedo empelotar y acostarme sobre esa inmunda sobrecama de las piezas, porque nunca las lavan ni la cambian. A duras penas, cada cinco o siete días cambian los chiros de las sábanas. Esto fue lo primero que aprendí cuando me metí a trabajar en este negocio. Al principio terminaba con carranchil y erupciones en la espalda y no sabía a qué se debía, hasta cuando alguien me advirtió el motivo. Desde entonces utilizo esta ruanita que me protege. Muchas compañeras la tienen; otras no y sufren las consecuencias. ¡Pero vaya usted a decirle algo al administrador! No sólo no le para bolas, sino que le dice que si no está a gusto «bien pueda lárguese para otro lado, que lo que hay en la puerta son putas haciendo cola.» El taller finalizó cerca de la una de la tarde, con almuerzo incluido y todo. Los resultados fueron optimistas y alentadores. Incluso se ventiló la necesidad de adelantar una especie de preacuerdo entre las partes. Cuando alguien se acercaba hasta Laura Navarro para felicitarla, ella se volteaba y con su eterna sonrisa me señalaba diciendo que: «es, a la del taller, a quien hay que felicitar». Aquella actividad la recuerdo mucho porque con ella hice conciencia de mis capacidades físicas y mentales, y de hasta dónde soy capaz de llegar. Pero en realidad, lo que me enaltece íntimamente, me reconcilia conmigo misma y me da ánimos para concluir mi carrera es una llamada que recibí hace poco del sargento Gutiérrez, el mismo que estuvo presente en el primer taller: «Juliana —me dijo—, la felicito. Tengo en mis manos las estadísticas de las últimas lecturas de violencia en el sector del Santa Fe. Luego de los talleres de agosto, el índice se redujo hasta en un veintiocho por ciento... Algo nunca visto...». * ** El primer borrador de la historia de Juliana fue entregado a la protagonista para su revisión y devuelto quince días después. Se le preguntó por errores o enmendaduras que se debían corregir a tiempo. Juliana respondió que, aparte de lugares, nombres y algunas direcciones, lo aceptaba. Sin embargo, me relató un episodio de esos que dan vida a la escritura, que justifican el poner la vida en palabras. Como con tantos otros manuscritos de la literatura, el de Juliana estuvo durante algunas horas demás sobre la mesa de su sala y cambió su propio final como si tuviera vida propia. Luego de conocer la historia del borrador, entre ambos coincidimos que, a manera de colofón, valía la pena relatarlo: Programé la lectura del borrador para el sábado siguiente. Apenas descubrí que el último de mis hijos se quedaba dormido frente al televisor, me puse de pie y 17


fui hasta la sala, saqué el texto del bolso y empecé su lectura. Mientras lo revisaba, recordaba muchos pasajes de mi vida y no pude evitar derramar algunas lágrimas. Una hora más tarde terminé de leer, agotada y conmovida. Oculté las hojas bajo una bandeja de la mesa de centro con la idea de recogerlas al día siguiente y regresarlas al bolso, pero aquel domingo desperté tarde y lo olvidé por completo. El timbre en la puerta avisaba que llegaba Javier; habíamos quedado en que llevaría a Ramirito y a Gabriel al parque. Luego almorzarían juntos y regresarían antes de las cinco de la tarde. Hernando abrió la puerta y Javier entró. Nos saludamos amigablemente, como habitualmente hacemos; le pedí que tomara asiento en la sala mientras me bañaba, buscaba ropa para los muchachos, los arreglaba, y Javier aceptó. Dijo no estar afanado ya que aún era temprano. Pregunté si había desayunado y respondió que no. Tomé el baño, me vestí y alisté las ropas de Ramiro y del pequeño Gabriel. Preparé desayuno para todos y, cuando estaba lista la mesa, llamé a Javier para que nos acompañara. Se acomodó frente a la mesa, y en segundos cada quien consumía su porción. Alejandra y Hernando empezaron a organizar su día, aunque les advertí que primero lavaran su ropa y dejaran listo lo del día siguiente antes de disponer del resto del domingo. Por supuesto, quienes primero terminaron el desayuno fueron Ramiro y Gabriel, quienes se declararon preparados para el paseo con su padre. Desde que Javier tomó asiento no dijo una palabra. Se limitó a consumir su ración con la cabeza agachada y, de vez en cuando, miraba a sus hijos y a los míos con aquella expresión que me hizo recordar los buenos tiempos con él. Le pregunté si algo ocurría. Respondió que sólo pensaba en algún lugar donde pudiera encontrar el mejor almuerzo para aquel día. Alejandra y Hernando se pusieron de pie para adelantar sus tareas. En ese momento Javier los llamó y también los invitó a almorzar en Gran Estación junto con los otros hermanos. —Juliana… A usted también la invito —dijo dirigiéndose a mí—. Por supuesto, si no tiene otro compromiso. Aquella invitación me tomó por sorpresa. Desde hacía mucho tiempo Javier no me invitaba ni siquiera a un café. Siempre se limitaba a estar pendiente de sus hijos y de vez en cuando se interesaba por los estudios de Alejandra y Hernando. De algún modo, nuestra actual situación era similar a la forma lenta y desapercibida como terminó muestra relación conyugal de más de cinco años. Nunca hubo una pelea, ni una discusión, ni siquiera voces airadas. Simplemente se desvaneció en el aire, ya por asuntos de dinero, ya por asuntos de la guerra. Si no es que ambas cosas son una misma. ¿Y ese milagro? Demoró en responder. Se limitó a una sonrisa muda y después volteó el rostro para contemplar por unos segundos la luz radiante de enero que entraba por la ventana. 18


—No, no es por nada… Estamos empezando año y… Si no tienes compromiso, te invito a almorzar. Es todo. Le agradecí pero no pude aceptar. Ese día lo tenía programado para una reunión de trabajo. Sin embargo, le volví a recordar que estaba agradecida y sorprendida. No hubo más palabras. Alejandra y Hernando tampoco aceptaron; su día lo tenían ocupado con otras actividades. Javier salió con Ramiro y el pequeño Gabriel, pero el asunto no terminó ahí. El viernes siguiente me llamó cerca de las diez de la noche, algo que nunca hacía. Esta vez dijo que sacara tiempo para el día siguiente, pues me invitaba a tomar algo porque deseaba hacerme una pregunta. Respondí que si se trataba de una pregunta, la hiciera por teléfono, que gustosa se la respondería al instante. Se negó. Insistió en que la pregunta era personal y, deseaba hacerla directamente, que por favor no me molestara. Respondí que hablar con él no era ninguna molestia y que, si era tanta la urgencia, nos veríamos al día siguiente en las fuentes de la Gran Estación. Aceptó pero pidió que fuera sola, sin ningún muchacho. Nunca, ni siquiera en los años azarosos, me había sentido tan intrigada y tan nerviosa. Llegué puntual y él ya estaba esperándome en los alrededores de las fuentes. Nos saludamos formalmente. Después dijo que me invitaba a comer algo. Le agradecí y le advertí que debía ser algo rápido, pues tenía afán por regresar a casa a proseguir con un documento. Subimos hasta la terraza del Éxito, el lugar estaba lleno, y sin embargo logramos sentarnos al pie de la ventana desde donde divisábamos el atafago de la Veintiséis y la parte norte de la ciudad. Pedimos sándwiches y un par de cervezas que llegaron mucho antes que la comida. Javier sirvió la suya en un vaso y se la bebió hasta la mitad. —¡Caray… Se ve que tenía mucha sed! —Dije. No me respondió. Se quedó mirándome a los ojos como preocupado por algo. Levantó el vaso de nuevo, pero esta vez no se detuvo hasta cuando bebió la última gota. No dijo nada. Yo atiné a descansar mi codo sobre la mesa para apoyar la mandíbula. Después, ambos nos quedamos mirándonos a los ojos sin movernos «¿Y este tipo qué se traerá ahora?»,pensé. —Juliana —dijo por fin. —¿Qué le ocurre, Javier? Ya me tiene intrigada. Si no lo conociera bien, estaría asustada. La mesera se acercó con el pedido, lo depositó sobre la mesa y enseguida dio media vuelta. —Juliana, ¿qué son esas hojas impresas que el domingo pasado por la mañana las encontré en la mesita de su sala? En un segundo recordé las hojas del borrador. —Es un borrador —respondí a secas. —¿Borrador de qué? 19


—De una crónica que están escribiendo sobre mi vida y la de otros para la publicación de un libro… ¿Por qué? ¿Acaso las leyó? —Sí… Mientras ustedes se bañaban leí las veinte hojas… Qué pena Quedé paralizada. Mi mente retornó al texto del borrador tratando de recordar si en alguna parte hablaba de Javier o si me refería a él en términos inamistosos. En segundos recordé que no tenía nada que temer. —Sí. Lo van a publicar a mediados de este año. Pero no veo nada de raro en él para que usted me haya citado de tanto afán. Además, estuvo mal hecho eso de leerlo sin siquiera preguntar. Javier parecía contemplar con detenimiento cada detalle de la plazoleta. Después tomó el vaso desocupado que estaba sobre la mesa y me miró con un brillo particular en sus ojos. —Juliana, si no hubiera leído esas hojas no me hubiera enterado la manera en la que usted me quiso… Por segunda vez quedé paralizada y esta vez sólo atine a reír. —Son exageraciones del cronista —dije para salir del paso. Tomó mis manos con delicadeza y yo no hice ninguna resistencia, luego apretó los maxilares y, alzando la voz dijo: —Juliana… ¿Está segura de que son exageraciones del cronista? En fracciones recordé mi vida y todo me llegó de golpe. Demasiados años perdidos, demasiado tiempo sin mis hijos, demasiado tiempo buscando lo que no se me había perdido. Cerré los ojos con las manos atrapadas entre las de él. La vida, sin saber por qué, me estaba ofreciendo una segunda oportunidad y pensé que no tenía derecho a negarme. Apreté las manos sudorosas de Javier y las dejé allí.

Enero 15 de 2011

Pies de página 1. Chantaje. “Pagar impuestos a grupos ilegales para poder trabajar. 2. Programa de Atención a desmovilizados de los grupos armados.

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CRONICA SEGUNDA OPORTUNIDAD  

Cronica Segunda Oportunidad