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Luchas autónomas. Introducción. En Argentina, los llamados nuevos movimientos sociales emergen como una leve generación de canales alternativos de participación y resistencia, en el proceso de mediados de los años noventa. Eran los tiempos en que el capital profundiza su avanzada sobre los trabajadores mediante la reconversión capitalista impuesta por las políticas victoriosas de Tatcher y Reagan pocos años antes en el llamado primer mundo. Su alteridad está dada por una separación de las formas políticas tradicionales; realizada por sujetos que ejercen por primera vez acciones simples de protestas o por personas de diferentes tradiciones militantes que buscaron salir de los carriles obturados y resquebrajados, como ocurrió con el grueso de los lazos sociales solidarios desde la dictadura del año 1976 en adelante. Con distinto grado de crítica, antagonismo y efectividad; recapturados por el sistema o manteniendo vivo el antagonismo; estas formas de intervención política que muchas veces han convivido con lo tradicional tomaron un color distinguible por sí mismo en el arco político social por algunos rasgos de horizontalidad, asambleísmo, una visión no profesionalizada de la política, un acercamiento paulatino a posiciones anticapitalistas y su apertura a la creatividad entre otros caracteres. Esos movimientos que hoy ya no son tan nuevos y quizás tampoco tan radicalizados, vieron su florecer en el proceso posterior a la crisis de Diciembre de 2001, sosteniendo formas autogestivas, destituyentes y libertarias; a la vez constituyentes y experimentales. Ensamblados con distintas expresiones participativas fueron cooptados o desactivados por la vuelta al orden institucional con el llamado a elecciones de 2003 (no sobra aclarar que asumimos que en esos días el sistema democrático burgués imperante nunca estuvo en un peligro real). Precisamente alrededor de esas pautas que podrían centrarse en la búsqueda de cierta autonomía puede rastrearse –en un recorte caprichoso pero no por eso menos veraz- una genealogía parcial y localizada en los movimientos urbanos que confluyeron “casi naturalmente” en el movimiento asambleario de los años 2002 y 2003. Las líneas que siguen expresan miradas desde el interior de aquellos movimientos, hablamos desde el propio movimiento autogestivo en abierto enfrentamiento con la lógica de la política tradicional donde fue necesario tender los propios medios de comunicación, inventar conceptos sobre la experiencia vivida, delinear los propios objetivos y reconocer los límites. El antagonismo llevaba el signo de la búsqueda de cierta autonomía e independencia en el desarrollo. Una primera intención es encontrar las pautas de surgimiento de estos procesos, inscribirlas en una historia de prácticas autogestivas que permitieron cierta acumulación de experiencias y aprendizajes colectivos. Una segunda tendencia es señalar algunos límites y errores que se repitieron cíclicamente en la incapacidad de acumulación histórica vivencial, lo que deja a estos hitos en el ámbito reducido de una pequeña grey.

¿La única vía? En la década de los ´90, durante el imperio menemista, comienzan a sufrirse en la versión local, los primeros efectos de la reestructuración capitalista de la sociedad frente a la crisis del fin del siglo. Nuevos roles en el escenario sociopolítico y nuevos enfrentamientos, configuraron un entramado social de extremas desigualdades, con grados de exclusión y desocupación de niveles nunca vistos en Argentina1.

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En mayo de 1995, según el INDEC, la tasa de desocupación fue de 18,6 por ciento; el número de desocupados en las zonas urbanas llegó al millón y medio de personas, más de un ocho por ciento de la población.


Todavía no se había cumplido una década desde el fin de la dictadura militar; la democracia en su aspecto participativo apenas era una formalidad. Bajo el alfonsinismo “la política” había estado en manos de los partidos Radical (UCR) y Justicialista (PJ), la corporación militar en relativa retirada y una Iglesia en abierta resistencia. Siempre dentro de los límites democrático burgueses, al ingenuo progresismo socialdemócrata lo acompañaba una débil izquierda partidaria2. Así, durante el menemismo las políticas neoliberales no tuvieron fuertes oposiciones. Como decía un manifiesto de fines de los noventa: “la política” estuvo secuestrada3, su banalización alcanzó niveles inimaginables con una complicidad popular inentendible. Tras la instalación del peronismo en el mando del estado, con la complicidad del grueso del aparato sindical y el “alineamiento” subordinado a los centros del capital financiero internacional, la profundización del neoliberalismo fue el dogma gubernamental4. La derecha económica comandaba la gestión sin resistencias bajo un discurso indulgente y de una supuesta pacificación, con ojos en el primer mundo y bien lejos de todo pasado. La disputa por la conducción social se limitaba a cuestiones de forma. Una clara continuidad entre los gobiernos llamados democráticos de aquellos años; las regularidades las encontramos en la profundización de las imposiciones políticas del FMI y los centros de poder. Alfonsín hablaba de gobernabilidad, Menem de modernización, y la Alianza hizo centro en la corrupción manteniendo lo estructural; distintas variantes para promover la aceptación de la dominación económica y el enmascaramiento de su forma, una división internacional del trabajo con beneficios en una sola dirección. El neoliberalismo estaba en casa5 en clara continuidad con los gobiernos militares de los setenta y ochenta confirmada en los cuadros económicos que ocuparon importantes roles de dirección o de influencia. Nuestros nuevos movimientos sociales Entre 1994 y 1997, emergen nuestros nuevos movimientos sociales. En una constelación de luchas latentes sobresalen algunos hitos: en diciembre de 1993 es el Santiagueñazo; en ese tiempo el jujeño Carlos "Perro" Santillán aparece en escena; en Catamarca se producen las marchas por María Soledad; en abril de 1995 es asesinado Víctor Choque; el 25 de Junio de 1996 es la primera pueblada en Cutral Co, de características inéditas y un año después es asesinada Teresa Rodríguez; en esos tiempos estallan los conflictos del noroeste, en Gral. Mosconi y Tartagal. Los rechazos estudiantiles a la ley de educación superior, las sentadas en las calles de los estudiantes secundarios, y otros conflictos que no han sido tan conocidos, fueron distintas maneras de un nuevo protagonismo político caracterizado principalmente por una ruptura con la lógica de la representación. Estos nuevos actores hacían su experiencia en torno a asumir la presentación de los cuerpos sobre la delegación de la representación política. Se recreaban formas antagónicas y radicalizadas como la revocabilidad, el asambleísmo, la horizontalidad. Hubo reapropiaciones de los espacios públicos y resignificación de una multiplicidad de prácticas que desconcertaron al establishment, que a su vez intentó cooptar a estos nuevos emergentes, o estigmatizarlos. Ante la pérdida de la capacidad de “parar” la activi2

Aun con el fenómeno del MAS que en 1989 consiguió más de 400.000 votos en elecciones presidenciales, la opción socialista o las tendencias contracapitalistas presentaban una mínima influencia en la cotidianeidad política. 3 Las comillas adelantan que los conceptos de la política, lo político, lo social, lo sociopolítico, serán definidos a lo largo del texto, prefiriendo en principio su uso vulgar, ambiguo pero abarcador y comprensible para este nivel de introducción. El documento nombrado fue del colectivo 501 para las elecciones de 1999. 4 Hubiese sido imposible la drástica reforma neoliberal que continuó a los cambios estructurales de la dictadura militar sin la complicidad de sindicatos y partidos tradicionales. 5 Recomendamos un artículo por su punto de vista y la claridad que aporta sobre la crisis de los noventa; (Modo de acumulación y relaciones de fuerza entre capital y trabajo en la Argentina de los noventa, por S. Salvia y A. Frydman publicado en Herramienta n° 26), ambos compañeros de la Asamblea de Villa del Parque.


dad laboral el piquete, los cortes de rutas y calles pasan a ser herramienta de visibilidad. Si la comunicación acompaña y participa de las relaciones sociales capitalistas6, su interrupción era factor antagónico de lucha. Estas apariciones eran la contrapartida a la crisis y el descrédito de las herramientas establecidas e institucionalizadas de lucha y resistencia (los sindicatos, los partidos tradicionales), impulsadas ante la falta de respuestas oficiales y la corrupción generalizada. El frente que encontraban era amplio; hubo reacción de los representantes del sistema y esfuerzos de la oposición en representarlos y dirigirlos: un amplio abanico de izquierda y centroizquierda legalistas, conducciones sindicales o estudiantiles burocratizadas y la izquierda partidaria; desde el combate franco hasta la pretensión de colonización de los procesos. Fueron experiencias que exaltaban la alteridad no por sí misma, sino como adecuación a formas de dominio que también cambiaban, para decirlo de otro modo, hablamos de formas de lucha que no aceptaban la dialéctica propuesta por el capital, y se plantaban desde la crítica radical o la producción misma. Frente a lo dado, se hacían experiencias de aprendizaje y creación, intentos y muestras conteniendo fuertes contradicciones y graves errores; conviviendo con la práctica política tradicional. Con más preguntas que respuestas, la interpelación reemplazó a la consigna. ¿Cuál era el sujeto de los cambios en ese presente? ¿Qué lugar estructural ocupaba un desocupado? ¿Qué producíamos los estudiantes? ¿Cómo organizarnos los trabajadores tercerizados? paulatinamente se hacía un lugar la búsqueda de la propia identidad. Los interrogantes aumentaban con la novedad de la experiencia; hubo algunas de tal importancia, que dejaron una profunda huella en las subjetividades: la sesión del congreso nacional por la sanción de la Ley de Educación Superior rodeado de estudiantes y “defendido” por la Policía Federal; la desazón del secretario de un juez al no poder mediar en el lugar del conflicto, con un “representante” piquetero; el rechazo a los políticos cuando estos pretendían presentarse como interlocutores e intérpretes “naturales” de los directamente implicados. En muchos casos la acción política no se separó de la cotidianeidad o se incorporó casi totalmente en ella7, en otros la lucha colectiva desechó la individualización estatal de los conflictos, dejando a un lado la matriz ciudadana “naturalizada”8 para asumir nuevas identidades (por ejemplo la identidad de trabajador desocupado al utilizar colectivamente un subsidio otorgado al individuo). Marcas que dejaron como saldo pequeñas muestras de autogobiernos, o al menos de intentos de autoconducción del movimiento y de la lucha abierta durante su persistencia. Se afianzó la certeza de saber que la única construcción genuina comienza por lo local, es indelegable y con medios alternativos a los cooptados y tradicionales y fundamentalmente crítica de la relaciones de poder establecidas. Esas verdades provisorias abrían nuevos interrogantes sobre las formas organizativas, la relación con el estado, los objetivos. Se podrá argumentar que esos cambios no plasmaron en la ocupación de lugares institucionales de gobierno o de la administración pública, muchas de las críticas a los movimientos autónomos apuntan a eso; nosotros decimos que esas certezas son las que a través de una red de prácticas que se va conformando, van instituyendo alternativas reales que difícilmente acepten una vuelta atrás. Hablamos de conquistas en el terreno de las prácticas, del sentido común; de cierta visión del orden social, de un creciente descrédito de lo estatal y su asimilación a la lógica de acumulación mercantil.

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Toni Negri, comunicación y lucha de clases. En Delito y sociedad número 2. Durante el corte de la ruta 3 en 2000, nos acercamos a visitar a nuestros compañeros del colectivo Primavera de Praga, el MTD de La Matanza, pudimos ver como para muchos desocupados, la estancia en el piquete les garantizaba más de una comida diaria o cubrir algunas necesidades que en el barrio no encontraban. 8 En la democracia capitalista, se es ciudadano, individuo libre e igual a los demás sólo formalmente. Los antagonismos quedan diluidos junto con las diferencias de clase y posición social. 7


Para las elecciones de octubre de 1999, al final del gobierno menemista, la crítica a la “política tradicional” se presentaba con una leve contrapartida social en construcción. Los movimientos de trabajadores desocupados crecían, organizaciones como las de la ciudad de Gral. Mosconi en Salta o el Movimiento Campesino de Santiago del Estero mostraban otras lógicas de producir; acciones mediáticas como la del colectivo 501 y luego Primavera de Praga, que más allá de sufrir la demoledora crítica del establishment político, y de su eventual fugacidad, cuestionaba bases fundamentales de la democracia (incitando inéditamente a la participación) e incorporaba la inserción de nuevas formas de lucha en el marco de la oposición internacional a la globalización capitalista, fundamentalmente el asambleísmo y la tensión paradojal sobre la legalidad. En diciembre de 1999 trabajadores correntinos recibían al nuevo gobierno aliancista con fuertes movilizaciones autogestivas que llevaba meses de formación y presencia. La represión de la gendarmería cobró dos muertos; aunque bastante olvidado en el presente, fue otro hito en algunas subjetividades. El desprestigio de las elecciones representativas y de los gobernantes electos había alcanzado una fuerza sostenida levemente desde los movimientos sociales. No decimos que la democracia era superada ni que estos movimientos eran determinantes sobre el curso del país, pero si afirmamos que cuando la crisis emergió, su discurso encontró un cauce donde correr. Es imposible pensar el movimiento asambleario posterior a diciembre de 2001 sin esa escuela de autoformación alimentándolo desde el interior (por ejemplo el asambleísmo estudiantil de mayo de 1999 nutrió muchísimas asambleas barriales en 2002). Así, durante el nuevo gobierno se dieron situaciones inéditas como las movilizaciones en defensa de Aerolíneas Argentinas, aun teñidas de cierto “estatismo patriótico”, o el corte piquetero en La Matanza que adelantaban cierta ruptura. Si sumamos la recepción de los aportes zapatistas y de los campesinos “sin tierra” brasileños, y las luchas locales contra la globalización capitalista al son de Seattle, Praga y Génova tenemos elementos para entender que emergentes como el del 19 de diciembre no han brotado espontáneamente, de la nada, ni han sido exclusivamente la jugada en tinieblas de partidos sediciosos. Fueron sucesos que sin tener un dueño absoluto y herederos reconocidos son parte de un proceso largo, que obligan a repensar la política con claves nuevas. Es necesario abordar esta génesis sin preconceptos que la expliquen remitiendo tendenciosamente a fines trascendentes al movimiento mismo (por ejemplo la interpretación sobre un supuesto argentinazo revolucionario)9, y partiendo rigurosamente de la propia experiencia político-social actuada. Es imprescindible explicarnos por qué la crisis democrática fue resuelta momentáneamente dentro del marco institucional sistémico -con el agravante de la victoria menemista en la primera vuelta electoral del 2003-, para no volver a actuar en el vacío, así como era necesario ser realistas durante el gobierno de Duhalde para intervenir políticamente sin la ilusión de un gobierno débil que paradójicamente aplicaba un ajuste terrible e inédito y se consolidaba como el gobierno del orden, al punto tal que el gobierno elegido como su sucesor mantuvo a sus principales ministros (Kirchner fue designado por Duhalde, que además de mantener al ministro de economía se rodeó de muchísimos personajes impugnados con nuestro “qué se vayan todos”). Como dato optimista, el gobierno nuevo parece tomar medidas populares para afianzarse, lo que muestra que el proceso está abierto y nuestras luchas todavía vigentes, el lado pesimista se fundamenta en que la composición de los partidos de gobierno y oposición es la misma que fuera cuestionada en los cacerolazos de diciembre y en las asambleas posteriores. No solo “no se fueron” sino que en el estado hay un reacomodamiento de la corporación cuestionada. Intentar una respuesta al momento presente, sin ver la totalidad del proceso, tanto hacia el pasado como en sus perspectivas futuras es una simplificación que no queremos tomar. Cualquier lectura que se haga de 9 El 19 y 20: ¿Fue un Febrero o un Octubre? (Eran los primeros debates en el trotskismo local en diciembre de 2001).


los números electorales no puede ocultar que la representación política (y la delegación del propio destino) como práctica social, recuperó su lugar. Todavía no hay una resolución definitiva de la crisis, y hay mucho para defender. Hay pautas que se van reafirmando en principios prácticos de participación cada vez más sólidos, hay un aprendizaje que es parte de este entramado que funda una visión “realista” y crítica que no subestima los problemas, que apunta a largo plazo, pero también hay una estructura estatal que puja por reimponer las pautas paternalistas que rezaban “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. En esos procesos existieron voces que no se alineaban con ninguna de las corrientes existentes y elaboraban los cuestionamientos más radicales al poder establecido. Con una propuesta organizativa horizontalista y no delegativa, llegando a esbozar una lectura actualizada de las formas capitalistas de dominación contemporáneas, exaltaban la idea de autonomía como principio práctico de construcción. En lo que sigue vamos a delinear algunos aspectos de esas formas organizativas, teniendo en cuenta la cuestión de los propios tiempos - una de las muestras más cabales de autonomía - como respuesta efectiva y práctica a las tercas exigencias de una vuelta a las respuestas tradicionales instituidas. Una segunda intención - hacia nosotros mismos - es no caer en la confusión de la lucha por la autonomía con la práctica ciega o unilateral que niega la confrontación, la interrelación con la generalidad del movimiento o los compromisos de la lucha, sobredimensionando lo construido y descreyendo de la coordinación de esas luchas. Elemento que consideramos parte vital de nuestra subsistencia y requiere esfuerzo y voluntad. Necesitamos potenciar la independencia política como forma de lucha sin negar la existencia de un enemigo fuerte y organizado. Por último, intentaremos ver hasta donde estas formas mismas de las que nos ocupamos son parte de la sociedad que se propone, formas buscadas que a su vez no son definitivas, paradoja esta que no estamos dispuestos a abandonar tan fácilmente a cambio de programas prescriptivos o sospechosas urgencias y concretos coyunturales. Sabemos que la pretensión de “anticipar” la sociedad buscada en un presente de relaciones capitalistas es un defecto del pensamiento adialéctico. Sabemos también que el comunismo es el movimiento en tiempo presente que anula y supera el estado de situación burgués, no una entidad vacía de un futuro idílico con fundamentación cuasi religiosa. Hoy, si las asambleas barriales parecen estar en una crisis terminal, podemos esperanzarnos en desarrollar ciertos cambios hacia otro tipo de organización que sedimente emprendimientos más definidos o desarrolle antagonismos más puntuales. Defendemos así la solidez material de una red con prácticas y principios que por sí mismos son destructores del actual sistema, y creadores de un mundo alternativo. Fernando Gargano. Enero de 2004.


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