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ESPACIO PEDAGÓGICO

Peter Brook habla en sus memorias de la desazón que siente cada vez que concluye un espectáculo. Una vez estrenado dice, se convierte en algo ajeno a mí mismo, adquiriendo una vida propia en la que no merece la pena inmiscuirse. Por ello, nunca responde a los estímulos que le invitan a volver la vista atrás, a reencontrase con su obra, a ser testigo de la misma. Prefiere, en cambio, lanzarse a la aventura y a las sensaciones del siguiente proyecto que ocupa ya, toda su capacidad creativa. Yo no soy Brook, pero puedo sentir sin esfuerzo algunas de las sensaciones que desvela a través de sus palabras. Han pasado varios meses desde que se estrenó El Estigma Ardiente como taller de cuarto curso de dirección escénica de la ESAD y me invitan a que regrese sobre aquellos días tan complicados como intensos. Lo hago con ese dolor nostálgico que provoca enfrentarnos a momentos especiales del pasado sin tener, además, esa vía de escape que supone todo nuevo proyecto. Porque el teatro, como arte efímero, sustenta sus restos creativos no en el pasado sino en el futuro, en aquellos límites que necesitamos explorar. Frente a este juego temporal, entre pasado, presente y futuro, existe otra cuestión clave: qué contar de un proyecto como este, dónde situarse cuando intervienen en el mismo elementos y aspectos tan diversos. Dejaré a un lado los aspectos técnicos, que ya tuvieron su momento, para centrarme en una serie de sensaciones y cuestiones personales. Como tales, tendrán un alto componente subjetivo, ya que se vinculan con mi propia vivencia y con un periodo temporal más amplio que un puñado de meses. Un taller no es más que la culminación de un largo proceso de formación y aprendizaje, la guinda definitiva de un pastel que se ha estado cocinando durante cuatro años. Por ello, no puede ser entendido sin tener en cuenta una trayectoria académica. Primeros pasos A lo largo del proceso de formación, el taller aparece en el horizonte como una meta, una amenaza o un reto inasumible. Inmersos en el trabajo diario, a menudo se deslizan comentarios, se abordan tareas o se plantean cuestiones que adquieren sentido en relación con esa etapa final. El pensamiento, a modo de un automatismo de protección, sopesa las circunstancias y llega a la conclusión de que ese reto no llegará nunca. El problema es que llega y llega a lomos de una urgencia desbocada. Cierto día, tu responsable docente, Arantxa Atutxa, te pide un inmenso proyecto que describa pormenorizadamente el proyecto que pretendes realizar. Alucinado, en mitad de un millón de tareas, te das cuenta que no tienes nada, ya que todo lo que te has planteado no te parece apropiado, o no te gusta o es irrealizable. Entonces, se enciende ese estado de alerta que te ha permitido asumir tantas tareas al límite y que se ha convertido en una base fundamental de la formación. Aclaras ciertas ideas e intentas averiguar lo más simple, aquello que no te apetece hacer. A partir de aquí, va surgiendo una senda, sobre la que al menos, puedes colocar los pies para empezar a caminar. En esa dialéctica entre lo creativo y lo útil, encuentras algunas claves básicas que te permiten adoptar las primeras decisiones. En mi caso, la necesidad de optar por un material abarcable donde se pudiera trabajar con elementos de compo24

sición, de narrativa escénica y de creación actoral. Así surgió la posibilidad de poner en escena un texto de Rogelio Borra García, El Estigma Ardiente, que planteaba un intenso juego sobre la verdad a través de unos supuestos abusos que se habían producido en un centro religioso de menores. La estructura dramática del mismo, su vinculación con un tema actual y la intervención de sólo cuatro actores acabaron siendo razones fundamentales para elegir la obra. DAFO y otras andanzas Cuando te enfrentas a un proyecto artístico, las relaciones que se establecen entre las fortalezas, las amenazas y las debilidades vuelan continuamente por tu cabeza como si fueran una plaga de mariposas. Te acuestas con ellas por la noche y te despiertas por la mañana, esquivas unas y otras surgen de improviso, se agolpan en tu cabeza mutando de una condición a otra. Cuando crees que todas están controladas surgen nuevas especies que aniquilan lo previsible. La obra presentaba una dificultad a priori importante, conseguir un reparto adecuado a cada uno de los personajes, no sólo en sus características físicas y psicológicas sino en las claves del trabajo que pretendíamos realizar. Esto que parecía un problema insalvable, acabó convirtiéndose en una fortaleza. No sin esfuerzo, se consiguió un equipo profesional, donde Michel Díaz, Pepe Mieres, Daniel López y Javier Novo se entregaron con entusiasmo a un viaje incierto, duro y a veces ingrato, como es un taller de licenciatura. Si algunas dificultades previsibles se tornaron en ventajas, otras, en cambio, se acentuaron y generaron grandes conflictos. Entre ellos, recuerdo especialmente la articulación del espacio escénico. Todo taller está marcado por unas condiciones materiales paupérrimas que no sólo te someten de forma despiadada sino que generan abismos infinitos, ya que hasta la nada cuesta. Olvídate de colocar un suelo, generar estructuras a varios niveles o manejar volúmenes. Frente a esta pobreza, se vuelve uno a Brook con su espacio vacío y a Pilar Velasco con sus recortes, PC y cicloramas. La obra requería varios espacios diferentes, que permitiesen articular las transiciones de forma rápida, fácil y practicable. Además, se necesitaba verticalidad para que la escena no quedara aplastada contra el suelo. Estas condiciones materiales estaban vinculadas con otras decisiones creativas en cuanto a la estilización de los espacios y la metaforización de los mismos. Aquello que parecía sencillo, se convirtió en un laberinto cuya salida no fue fácil encontrar y donde se aplicaron una serie de soluciones concretas que se incorporaron en la parte final del proceso con todo lo que ello supone. Los ensayos Con una planificación exhaustiva, casi cien folios de justificaciones teóricas, un texto que puedes recitarlo de memoria, numerosos planos y bocetos y un equipo cerrado, llega el primer día de ensayos. Dice Anne Bogart que ese momento es terrible, ya que nunca sabes que decirle a los actores y te sientes absolutamente inútil. Son instantes críticos donde lo único que te apetece es salir corriendo, estar refugiado en tu casa y olvidarte de todo. El grupo te observa con prevención desde la distancia, esperando una serie de soluciones brillan-

Ars Dramatica n5 2012  

Revistas de la Escuela Superior de Arte drámatico y Profesional de danza

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