Page 15

ESPACIO PEDAGÓGICO

SOBRE RUTAS LITERARIAS 2011 y La larga noche de bodas de Anita Ozores Eladio de Pablo Rutas Literarias es un programa del Ministerio de Cultura, por el que alumnado de Secundaria visita otras comunidades autónomas y realizan una ruta “literaria” siguiendo la estela de algún escritor o escritora representativos de esa comunidad. En nuestro caso, alumnado de otras comunidades (en 2011, de Castilla-La Mancha, Navarra y Andalucía), recorrió los lugares por donde fue dejando su huella humana y literaria Leopoldo Alas Clarín. Previamente, en sus centros escolares, leyeron y comentaron alguna obra significativa del autor en cuestión, y finalmente, en su visita a Asturias, ya es tradición que la ESAD les ofrezca un espectáculo basado en alguna de las obras de Clarín. El pasado curso, al no haber ninguna propuesta de otros profesores, me planteé escribir un texto que recogiera la historia de Ana Ozores en La Regenta desde un punto de vista que pudiera llegar al público adolescente a quien va dirigida la actividad. La idea central, o mejor, la imagen nuclear de la que partí para escribir el texto es la de una Ana Ozores contemplada como un bocado apetitoso (en todos los aspectos, y en primer lugar en el sexual) por una sociedad donde no era auténtico más que el deseo de hundir en el espeso barro de hipocresía y falsos valores donde todos chapoteaban a todo aquel que resultase limpio, puro o inocente. Y Anita Ozores era una niña inocente, demasiado inocente para que la sociedad de Vetusta, la levítica Vetusta, le permitiese andar por la calle con su carita inmaculada y sus sentimientos verdaderos. Anita era un diamante en medio de un muladar. El muladar no podía soportar (ni consentir) su brillo insultante. Así que, poco a poco, revestido de altos valores de quita y pon (la fe, el amor, la generosidad, la piedad), el muladar se va merendando a la pobre Anita, como una manada de lobos hambrientos se merendaría a la dulce Caperucita de carne tierna y roja. Así fue naciendo La larga noche de bodas de Anita Ozores. Anita en busca del amor y tropezándose en el altar donde ese amor

debería consumarse con unos fantoches patéticos que la conducen a la desesperación y al deseo de zafarse como sea de ese mal sueño que llamaban vida. Salirse de esa ficción, de ese sucedáneo. Y, al final, Anita se sale. Y se permite increpar al autor por no haberle dado otra vida distinta, por haber consentido que los fantoches triunfaran sobre el único ser vivo verdadero, que era ella. Por otra parte, el texto dramático tendría que ser muy teatral: un texto ágil que, además, hiciera alusión y/o cita de una serie de obras dramáticas y autores que se mencionan en La Regenta: Calderón, Zorrilla y su Don Juan Tenorio, y otras que no se mencionan pero que, en mi opinión, venían muy al caso, como es el Tartufo, de Moliére. De esta manera, el público juvenil que asistiera a la representación recibiría un condensado teatral a mi juicio instructivo y divertido a la vez. Porque, visto el público a que iba destinado, me propuse escribir un texto lleno de humor y de interés dramático. Así nació La larga noche de bodas de Anita Ozores. Para interpretar la obra seleccioné a un grupo de cinco alumnos y alumnas (Daniel López, de 1º; Manuel Álvarez Lobo, Ana Belén León, Hugo Manso, de 2º, y Elena González, de 3º) con los que me apetecía trabajar después de haberlos visto en muestras de su trabajo en clase, o, en el caso de Dani, en la prueba de acceso, cuyo tribunal presidí. A mi juicio, estos alumnos poseían la flexibilidad suficiente para amoldarse a mi manera de trabajar, que no es otra que hacer ver al actor o actriz en cada escena cuál es la línea de acción, hacerle comprender qué es lo que está pasando y, sobre todo, hacer que mantenga en todo momento la relación con el otro/la otra, puesto que la verdad escénica estriba precisamente, a mi entender, en que esa relación entre personajes sea real, no “teatrito”, que diría Jorge Eines, no socorrido cliché, que es la mortaja del teatro. “No hagas teatro”,

suelo decir a los intérpretes cuando incurren en el cliché. Todo va bien cuando el actor sabe lo que hace en escena, y no muy bien cuando sólo hace lo que sabe. Creo que esta manera de trabajar deposita una mayor confianza (y responsabilidad) en los intérpretes y produce unos resultados mucho más satisfactorios. Y sólidos. Porque cuando un intérprete ha creado la línea de acción, cuando ha hecho de la relación con los demás en escena el pilar de su actuación, no es preciso que tenga marcado cada movimiento, cada gesto. Todo fluye en escena como la vida misma. Todo será siempre igual, pero diferente. También para el director es más cómodo. Y más divertido: con cada ensayo, con cada función ve “cocer” y madurar el “guiso”, que va adquiriendo cada día mejor textura y sabor. Hombre, no siempre las cosas salen como uno espera. Pero en el caso de La larga noche de bodas de Anita Ozores tengo que decir que salieron a pedir de boca. De ello dieron prueba las seis funciones que hicimos (un ensayo general con público el 16 de marzo, tres funciones para escolares, el 17, 18 y 19 de marzo, dos funciones para público en general en Mieres y Oviedo los dias 19 y 22 de mayo). No sé quién se divertía más: si los intérpretes dando vida a sus personajes, o el público disfrutando de la vida que bullía en el escenario. Y ésa es la señal de que el festín ha sido un éxito: cuando acaban tan satisfechos los cocineros como los comensales. Tengo que agradecer, por supuesto, la colaboración de Jorge Luis Pitiot, del equipo de mantenimiento, que realizó la escenografía, de Pilar Velasco (iluminación), de Ana Gil (caracterización) y de Andrés Mata (diseño gráfico). Este curso 2011-2012 volveremos a repetir los días 9, 15 y 22 de marzo las representaciones de la obra para otros alumnos y alumnas de otras comunidades. Estamos deseándolo. Gijón, 14 de febrero de 2012 15

Ars Dramatica n5 2012  

Revistas de la Escuela Superior de Arte drámatico y Profesional de danza

Advertisement