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ALFONSO CARVAJAL

Foto: Tom Cรกrdenas


INSOMNIO ¡Era mayo! Mes de María, Safo, Teresa, de todas las vírgenes. Pirata del crepúsculo agotaba los soles conocidos entre sílabas luminosas crecía inundando los umbrales con umbrales sonrientes. La pureza sudaba trepando las paredes sucias de aquella tarde. ¡No más! Gritaron testigos de aquel festín y como gusanos poniéndose el luto fueron a dormir. Las camas tenían el aroma de un elixir fatal sueños espantosos abrieron sus tentáculos de sal. Fue imposible dormir, ni con el color de la noche ni con el silencio de los grandes campanarios de la aurora.


ECLIPSE La luna roja se disfraza de blanco y desencadena el oleaje de tus piernas beso tu cuello de piedra ahogĂĄndonos en un quejido hĂşmedo la noche se detiene y nos mira desnuda por nuestros cuerpos el agua corre silenciosa sombra de un bosque y un relĂĄmpago de sangre nazco con el fuego en tu vientre despiertas dormida en mis ojos.


LAS OLAS DEL CREPÚSCULO En la cerradura del portón una boca hechizada dibuja ciertas tonterías ancianos y niños abren sus párpados y sonríen pasan palabras vestidas de verde, ha salido la pupila del ojo. La brújula se ha descarrilado, el capitán se tira por la borda. El mar es un enorme desierto, una corta palabra. Las espadas unen sus polos y cuidan la alta marea el licor ha regado su ceguera de espantos dulces. La tarde arrodillada se pone su antifaz negro la popa está frenética de visiones los marinos se han ido con sus amigos piratas. Estoy solo desnudo en altamar ni una sirena canta, las olas me engañan el timón se ha roto no hay direcciones el mar es una iguana azul sin fondo.


PAISAJE En un jardĂ­n sin flores un bĂşho salvaje a carcajadas nos salva de la noche.

FATUM Transparente paladar del destino donde un lobo observa y llora solitario en el bosque.


MEMORIA DE LA NOCHE A Juan Nicolás Francisco

La noche es un bosque oscuro en la memoria. Un bosque que habla de los aullidos del lobo, del niño temeroso que adora al búho negro de ojos amarillos descalzo en un árbol. Un león persigue al niño en un sueño febril; lo acorrala en una penumbra infinita, no lo devora, duerme con él. La casa es grande oscura. En los límites un bosque, el silencio de un bosque. Lo habitan pájaros y frutas. El rastrojo convive con la uniformidad de los peros y los manzanos se alzan lastimosamente verdes. Hay un castillo y los caballos paralizados de un rey. En la torre más alta, pulida de piedra y sol, una niña dorada duerme el encierro. El pito del tren es un recuerdo de la mañana. El humo de la cocina de carbones de fuego sale por la chimenea de ladrillo y quietud, haciendo figuras que languidecen el día. Caperucita camina entre los árboles con la sonrisa de la inocencia hacia la boca del lobo; la boca es la noche roja con colmillos blancos.

El niño mira la luna derretida en su ventana. Habita las plateas remotas de las nubes, el ocaso rosado de las montañas vecinas,


el pino oscurecido del atardecer, la frágil memoria que circunda el jardín. La noche nace en sus ojos tristes, que no conocen la tristeza. El mar absoluto que rodeó su nacimiento es una vaga mancha azul un desierto de agua y peces que aprisionan las murallas heroicas del olvido. La madre es una piedra blanda, un beso furtivo, que lo abandonan en la oscuridad. Caperucita vuelve intacta de la boca del lobo; sonríe, él sólo ve sus dientes de leche, pintados de sombritas de sangre. En la torre inalcanzable de la melancolía la niña asoma sus grandes ojos amargos, viciados de ingenuidad; hay lágrimas de río en sus mejillas. El niño observa desde lejos, desde la distancia de la noche. Descubre el mundo de la fiebre, de las palabras, del olvido; el león, los caballos del rey, Caperucita, la niña cautiva, son él: sus sueños, sus tiernos simulacros, sus amigables discrepancias en el espejo. La noche es el lobo de niebla que lo devora


EL LADRÓN DEL POEMA Entre los pliegues del amanecer un ladrón acaricia el tesoro de una muchacha y huye encantado hacia el bosque del alba. La muchacha calla, yegua suspendida en el jardín de la noche. La hora de la luna avanza sigilosa entre nubes. En la otra noche del poema ella esconde su nombre en sábanas tibias y sueña con los dedos del ladrón como un pequeño ejército que estalla los caminos. Un mismo tiempo recorre la página: el de la noche desarropada y la letra encendida. El ladrón corre abarrotado de deseos. La muchacha duerme, fingidora de encuentros, en un jardín desocupado.


EL FARO Si no fuera por su piel inmensa que cubre la noche, la ignorar铆a; pero c贸mo ignorarla cuando el puerto de sus piernas se abre como un cielo que la oscuridad quiere cerrar.


LA LUCIÉRNAGA Los tiempos banales han desmitificado su misterio. Una luciérnaga enciende su ojo en mi mano tatuada por la luna. Ayer, era una pequeña lámpara, una divinidad intermitente: un tributo a los dioses. Hoy, es un insecto luminoso, en vías de extinción, olvidado por los hombres. Su ojo es su corazón, su cerebro de luz. Rompe el silencio de la noche y brilla con una electricidad antigua. En el día pierde su ser, duerme como una hoja más, lejos de mi mano y la luna, con su ojo cerrado de luz. Siempre ha sido así.


POÉTICA Un caballo furioso cabalga lejos de la arena; en el viento, la noche y el miedo. Una obsesión perpleja hunde los dedos en la mesa inexorable del tiempo. Unas amarras cuelgan en un pedazo de sueño, mientras el espanto del espanto se aproxima. Las palabras de otros taladran la memoria y se unen a la voz pretérita como la transfusión de la tinta roja a la negra. Una nostalgia única nunca dirá lo mismo de la misma manera. Un detenido rumor en una página en blanco, cabalga bajo la lluvia inmóvil de la ira.


I LA NOCHE imperturbable entra inmensa por la ventana. Gris, traza la tormenta del silencio. Los perros ladran a la luna centinela. Voces inesperadas caen del cielo, o se levantan de las ruinas. Son palabras, apariencias, que la inexactitud del tiempo cava frenética en la memoria.

II ¿QUÉ IMPORTAN LOS ESCUDOS del tiempo, el sable untado de rojo, la nariz trémula de nieve, el piano con las teclas rotas, las esferas rodando de un carro marchito? ¿Qué importa el espejo de musgo, donde las rayas de un tigre imaginario simbolizan la agudeza del universo? Nada detiene a la recién que llega; nada, ni la hora resoluta de los muertos.


MÍSTER HOPKINS (Manuscrito hallado en el camerino de Jodie Foster)

Déjeme quitarme el sombrero lejos del alcance de la inocencia. El perfume de mi cuello, la tibieza escondida de mis senos son suyos, cuando la mirada de bestia congela el río turbulento de mis venas. Todavía guardo el calor de la muerte de sus manos en los dedos de mi cuerpo. Los ojos azules del asesino enturbian la realidad del sueño. Míster Hopkins, Aníbal lo aguarda detrás de la reja de cristal donde cantan fúnebres la noche y la vida. No quiero hacerle perder su valioso tiempo, estoy perdida en él. Temo a la saciedad de su mirada, temo a la jaula donde baila mi corazón, temo beber la sangre que mana de su boca prodigiosa. Sé que en algún rincón del mundo la sed de sus dientes calma los fantasmas del alba. Sólo aguardo el mordisco de la muerte en la oscuridad.


Alfonso Carvajal. Nació en Cartagena de Indias en 1958. Estudió periodismo y comunicación social. Realizó curso de apreciación de cine, Cinemateca Distrital (1977), seminario de semiología con Humberto Kinjo, y talleres de crítica teatral con Esteban Mostaco (1989) y José Monléon (1995). Taller de dramaturgia con José Sanchis, director de la Casa Becket en Barcelona (1991). Fue editor de Cultura y corresponsal en el Chocó, periódico El Tiempo. Hizo parte del movimiento poético El camello sonámbulo con Jorge Ávila y Hernando Cabarcas. Como editor ha publicado a Carlos Arturo Truque, Óscar Collazos, Fernando Charry Lara, Germán Espinosa, Gutiérrez Girardot, Aurelio Arturo, Mario Monteforte, Noé Jitrik, Gustavo Reyes, Santiago Mutis Durán, Gabriel Pabón, Miguel de Francisco, Ruiz de Amadis y Marta Renza, entre otros. Su obra literaria abarca los libros de poesía: Un minuto de silencio (El camello sonámbulo, 1992); Memoria de la noche (El camello sonámbulo, 1998). En ensayo Los poetas malditos (Panamericana Editorial). Y las novelas El desencantado de la eternidad (Talleres Gráficos Canal Ramírez Antares, 1994) y Hábitos nocturnos (Mondadori, 2008).


Sobre el autor “Alfonso Carvajal es un seductor, hablo del poeta. Seductor porque corteja por igual, con desparpajo, y a veces hasta simultáneamente a la soledad, a la muerte, a la memoria y siempre: a la mujer. Como todo seductor que se respete, sabe de ausencias... Creo que toda teoría sobre el poema es falsa. Si acaso hacemos guiños o en el mejor de los casos creamos complicidades. La poesía de Carvajal, como todo ensayo de buena poesía, y digo ensayo no peyorativamente porque el verdadero poeta jamás concluye sino se hace tiempo, es búsqueda. Y qué mejor unión que la búsqueda y la ausencia. Ortega y Gasset decía que el amor es un género literario. Para Alfonso Carvajal la ausencia lo es”. Tamayo, Guido. Un minuto de silencio o la poesía de ausencia. Revista Gaceta de Colcultura número 17 agosto de 1993. “Hay un episodio que dice de este modo: „Un león persigue al niño en un sueño febril; /lo acorrala en una penumbra infinita, no lo devora, duerme con él‟. El miedo y el dolor, son temas recurrentes en los poemas de Alfonso Carvajal... La mayor parte de los poemas aborda lo universal, lo que es, a una tiempo trágico y feliz; en suma los mismos retos de siempre narrados con palabras nuevas: „Un detenido rumor en una página en blanco /cabalga bajo lluvia inmóvil de la ira...‟ Hay un tema envuelto en estos poemas, un tema que, para mí por lo menos, bien vale el cuello de todos los otros: un bello asunto que no dejará de tener sentido: el de la fe. Dice el poeta, refiriéndose a Tarkovsky, „odió a los hombres por su falta de fe en cualquier cosa‟. Por tan valiente encomio, que caigan sobre él altas bienaventuranzas”. Serrano, Enrique. Tomado de Periódico El Tiempo 23 de junio de 1998.


Alfonso Carvajal