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ERRR #40

660SPG | Diciembre, 2014

Revista para mayores de 18 a単os.


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Te vuelves a encontrar aquĂ­, en un planeta olvidado que solĂ­a reconocerse desde fuera por el azul de su agua; ahora se le conoce como la casi-esfera, casi-elipse de tierra y polvo que a poco se ahoga entre basura interestelar.

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Tierra, creo que le llamaban sus habitantes.

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Ridículo. Seguro podían ver el futuro y sabían a qué llegarían.

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Era el clásico cuento de arrepentimiento a último momento, ese en que el amante decide

que la pantalla se desvanece; en este caso, el amante arrepentido eran los habitantes de Tierra, y todos —desde el amigo que es casi hermano, al papá que es casi padrastro—, todos fallaron en arreglar sus errores cuando era necesario.

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La chica se qued贸 sin beso, la pantalla sin desvanecerse.

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Entonces te vuelves a encontrar aquĂ­, en un bar olvidado de Lindavista que tiene olor al frasco de aceitunas pasadas de tu alacena.

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Pero qué olor tan reconfortante. Como a hogar. La única razón por la que te encuentras aquí, es porque es en este preciso lugar donde te buscas cada noche de martes para ahogarte entre basura interestelar.

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Y aquĂ­ estĂĄs una vez mĂĄs: rodeado de basura interestelar en un planeta que deja de ser azul.

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Estos pensamientos llegaban a ti con mĂĄs frecuencia de lo que deberĂ­an, pero no puedes evitar ser una niĂąa con alma de hippie setentero buscando la paz mundial e idolatrando Green Peace.

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Pasas tu cabeza por el hueco de una camiseta que llega casi a tus rodillas, sales de tu habitaci贸n para entrar a la de Carlos, tu hermano, y percibes un olor que, en su momento, solo te atreves a describir como verde; ese verde que respiras de las aceitunas, de los bosques, del olvido, del planeta que deja de ser azul.

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Posiblemente sí sean aceitunas eso que hueles, encuentras una caja con dos rebanadas de la clásica pizza de jamón y queso con los trocitos de verde picados a un lado, siempre es lo mismo; está tirada en el piso junto a un par de botellas de cerveza, dos o tres camisas y una nota que lee una dirección irrelevante en algún lugar por Lindavista.

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MĂĄs basura para el mundo, dices mientras levantas una rebanada frĂ­a, das la primer mordida del dĂ­a y te recuestas junto a Carlos.

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La azot贸 contra el suelo con violencia. Era rutina tratarla como basura cuando no hac铆a bien su trabajo.

Horas antes, Violeta jugaba con la aceituna de su Martini en el bar del hotel Lindavista.

Esperaba una oferta.

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Trataba de seducir con sus labios y su mirada a un par de hombres jugando billar. Se habĂ­a teĂąido el cabello rubio y buscaba compensar su madurez con cosmĂŠticos.

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Se resistĂ­a a retirarse.

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Fumó cuatro cigarrillos y la oferta nunca llegó. Prendía el quinto cuando vio llegar el Mustang azul por la ventana. Cerró los ojos, sabía lo que le esperaba.

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Entró al bar sin prestarle atención a Violeta. Se dirigió al cantinero y le hizo un par de preguntas. Las respuestas lo enfurecieron. Pagó la cuota acordada y fue al otro lado de la barra.

Sujetó a Violeta del brazo con fuerza y la arrojó a la banqueta. Tendría que soportar el clásico arrebato de su hermano.

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Había que comprar toda clase de cosas, pagar distintos servicios que no sabía siquiera si ocupábamos al cien por ciento.

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La señora de la renta a la que Geraldine llama “casera” nos había advertido muchas veces que no esperaría más, como siempre lo hacía. Así que decidimos tomar un paseo para despejarnos.

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A mí me gusta caminar tras Geraldine, y ver como se mueve su cadera, llevaba un vestido color aceituna y debajo no traía ropa interior. Me dijo que la alcanzase y que le tomara la mano.

En el cielo había solo rumores de azul; estoy cansado de este cielo mediocre y tristón, “yo también” contestó ella (sin querer había dejado escapar mi queja).

No sabemos como es que su hermano nos convenció de mudarnos acá pero henos ahí, caminando por Lindavista sin ninguna linda vista a la vista.

Fue entonces, en una de esas situaciones astrales en que el otro piensa exactamente lo mismo que uno, que decidimos robar un coche y huir a donde fuera.

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Vimos aquel cl谩sico rojo convertible y no lo pudimos evitar. Solo el cami贸n de la basura

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Desprendido de su hermano, el (ex)siamĂŠs toma la llave de su Valiant clĂĄsico.

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En la basura, junto a una aceituna. 31


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La sangre en su rostro era roja y el cielo azul. 35


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Mi hermano vio una bolsa de basura vestida en un cl谩sico azul subirse al cami贸n.

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Ella advirtió la mirada y fue hacia donde él, “me voy por siempre a Lindavista” -de su interior sacó un cuesco de aceituna- “¡toma! para que no me olvides” le dijo.

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Mi hermano me llevó a Lindavista. Íbamos en el Dodge Dart clásico. El azul. Azul como el azul de una ballena vieja.

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“Aquí antes olía a leche”, dijo. Sus ojos; dos aceitunas melancólicas.

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“Mira toda esa basura�. Una ciudad podrida.

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Caminando por las calles de Lindavista comencé a considerar qué era lo que había hecho mal; tal vez no hubiera debido tirar a la basura la aceituna de aquel martini, quizás fue un poco imprudente burlarme del hermano de aquella mujer.

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¿Qué importaba ya? Lo peor había pasado.

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Ajusté mi clásica chaqueta azul, caminé hacia el borde y suspiré. Lo peor había pasado.

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Salté.

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De niĂąo querĂ­a un hermano con un labio azul, que oliera a aceituna. Un milagro, siempre pido milagros, encontrarlo en un bote de basura en plena Lindavista, recogerlo y amarlo.

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Clásico sueño nunca cumplido.

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A ella le faltaba un seno, no le era fácil conseguir una conversación con la gente, sin embargo era muy cuidadosa al no dejar caer boronas al suelo.

Ella se sentía como basura, era basura, no era útil, no trabajaba, no estudiaba, no era la chica linda de la cuadra, ni la más religiosa, ni la más alta, ni la más inteligente, al contrario, le faltaba un seno.

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¿A dónde querría viajar? ¿Cuándo fue la última vez que probó una aceituna? ¿Alguna vez visitó la playa?

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La conocí en el “Venado carmesí”, una bisutería cerca de Lindavista, poco tiempo después me mudé a un departamento contigüo, su hermano tenía una casa cerca de Rio Bamba.

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Todas las mañanas la observaba intentando adivinar sus pensamientos, invadía mi mente con imaginarios, a veces re-creaba historias. No había visto a una chica tan transparente y frágil.

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A veces, sentada en el techo, mordía sus labios pintándose ligeramente de azul. La llevé conmigo, le ofrecí el mundo a bocados y en pocas palabras dijo que “no comía demasiado”.

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Nadie reportó su desaparición. Solo tenía un hermano, un seno y un clásico lunar montado sobre su labio. En cuanto la conocí sabía qué tipo de muerte obsequiarle.

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Llegu茅 y el departamento estaba solo, los trastes sin lavar y la basura regada por todos lados. Era un desmadre pero estaba tan cansada del trabajo que entre vasos rojos y colillas de cigarro fui a dar al sill贸n de la sala.

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No había sabido nada de mi hermano desde antier que se fue a Lindavista a un “asunto de trabajo”, de esos en los que el trabajo no es nada más que pasarse un buen rato fuera de la ciudad.

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Decidí levantarme y pensé en reproducir un disco clásico de los que nos había dejado mi padre en herencia. Al escucharlo se me salieron las lágrimas del recuerdo.

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Ah! como extraño al viejo que venía los domingos en su bochito azul a darnos un paseo por la capital, de Coyoacán a Bellas Artes, y en los recorridos siempre se paraba en el mismo lugar. Un día de esos yo miré por la ventana y lo vi con una mujer bebiendo un martini, sin aceituna porque mi papá era alérgico.

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Cuando murió, mi mamá no nos dijo de qué, pero les digo que el pastel de carne con aceitunas que ella prepara es el más rico de todos.

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Salté de ese puente. Sentí como el agua entumía todos mis músculos, así que mi cuerpo no luchó por nadar, mis pulmones se llenaban de agua, todo era azul.

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Recordé por última vez tus ojos color aceituna, aquel día cerca de Lindavista donde nos conocimos y platicamos horas. De esas tardes de catarsis mental en que nos volvíamos uno solo y nos fundíamos siendo parte del universo, sin importar que todo fuera tan oscuro que sin poder vernos, hablábamos, acostados frente a frente sumidos en una conversación sensorial.

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Era un clĂĄsico comprar libros juntos, tĂş tan Katayama y yo tan Bukowski.

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Mi cuerpo ya no reaccionaba mรกs y mis recuerdos se nublaban.

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Estaba acostada sobre su cama, no en ella, sino sobre ella.

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Pensaba en su cuerpo, 25 años ha pasado viviendo ahí y tiene rincones que nunca verá, esquinas que jamás va a tocar.

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Puso su dedo 铆ndice justo en medio de sus costillas y comenz贸 a bajar por su abdomen lenta pero constantemente, sintiendo su piel color aceituna cubierta de vello antes imperceptible que ahora despertaba un patr贸n perfecto en forma de piel chinita.

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Cayó en el bache de su ombligo y ahí, donde nadie se lo espera…una cicatriz, un recuerdo: Sujeto femenino, 14 años de edad y poca paciencia.

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El mustang clásico de su hermano, la complicidad, el establecimiento lejano a Lindavista, el neón, la adrenalina, la mesa fría, el gran bote de basura: “Residuos Clínicos”, la aguja rompiendo la piel de su ombligo que después se vería adornado con una mariposa de diamantes de plástico rosa, pieza de joyería barata que, meses después, se clavaría por accidente en la parte interior de su ombligo marcándolo para siempre con una cicatriz.

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Hundió su uña con fuerza y comenzó a rascar sobre la marca hasta que la piel dura y olvidada se desprendió para meterse debajo de sus uñas esmaltadas de azul, hasta sentir la sangre

estás viva.

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He comenzado a considerar que el peso y tamaĂąo de mi corazĂłn son iguales o menores a los de una aceituna, hasta creo que el sabor y la textura deben ser similares, es decir, no es agradable para cualquier paladar y es fĂĄcil de triturar.

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Lo malo es cuando se les deja a la intemperie, sin ningĂşn cuidado, y las moscas comienzan a zumbar a su alrededor, entonces, se convierten en basura orgĂĄnica.

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Mi corazón está descuidado, lo supe desde aquel día en Lindavista cuando el hermano de mi mejor amiga me besó y yo vomité, no había sentido ese pequeño peso en mi pecho hasta ese día, cuando también escuché las moscas zumbar en mi interior y entre murmullos se burlaban de mí, de mi corazón descompuesto, tan descompuesto como la comida en esa plaza asquerosa.

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La verdad no me interesa ser una más entre todos esos amantes egoístas, yo me muero

algo sublime. Y tal vez así, el clásico malestar en mi pecho y estómago desaparezca, como desaparecen las nubes en el cielo azul de una tarde de abril.

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Estábamos sentados los tres en medio de un mar de gente mayor, las paredes azules de esa casa desconocida perdían intensidad conforme pasaba la noche. Arrinconados de los demás platicábamos los sucesos de la semana que ese día acababa. C comenzó a hablar sobre la idea de su novia de irse a vivir con ella y su hermano. Este hecho días después detonaría en la ruptura de un clásico pero primerizo amor.

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Yo platiquĂŠ sobre el termino de mi vida estudiantil y el inicio claramente tardĂ­o de una abrumadora tesis.

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Los tres tomamos mĂĄs tequila y terminamos la cajetilla de quince que habĂ­amos abierto

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M confes贸, con una seguridad aturdidora, que estaba embarazada.

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Nunca dejaré de pensar en esa casa azul de Lindavista. Ahí, aunque su bebé tenía apenas el tamaño de una aceituna.

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M nos permiti贸 graduarnos de una extra帽a docencia sexual.

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Tener veintiuno es basura.

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Fue en la fรกbrica de aceitunas de Lindavista, la azul.

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Donde trabajaba el hermano de Lea, el del fetiche por la basura.

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Le prendĂ­a el olor fĂŠtido.

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Qué lástima que no lo conociste, entonces entenderías la historia de la fábrica de aceitunas.

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El semestre entero deseé conducirlo; con asientos de piel en un tono aceituna, el clásico azul de mi hermano era perfecto. Esa noche todo se fue a la basura, el metro Lindavista era testigo de la que para mi sería: la última noche del verano.

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“Una aceituna vieja arruinará un buen Martini” me decía mi hermano mientras escuchábamos jazz en el Lindavista. Bar clásico, reconocido por su gran fachada azul y su olor a basura.

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Mi hermano y yo nos dirigĂ­amos al hospital donde se encontraba la abuela. Una clĂ­nica de enfermos cerca de Lindavista.

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Enseguida llegamos, le preguntamos si conservarĂ­amos alguna gran herencia o algo por el estilo despuĂŠs de su deceso. Somos una de esas familias raras donde la sinceridad va antes que altruismo.

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Ella dicto que nos quedar铆amos con su auto, sin opci贸n a resistir.

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Un Volkswagen clásico que el abuelo le había regalado. No era un hombre muy pragmático.

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Ella, sin embargo, odiaba ese auto tanto como un niĂąo odia las aceitunas. Sin mĂĄs.

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Confesó que el abuelo le había dejado un pedazo de basura, pero quería conservar ese viejo pedazo de metal azul en la familia.

La satisfacción fue efímera. Pronto nos encaminamos al bar más pudiente de aquella zona.

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Mis ojos recorrĂ­an el lugar en el que estaba sin poder recordar nada.

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ComencĂŠ a quedarme dormida.

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Respiraciรณn lenta, muy lenta... lenta... yo en mi playera azul, mi hermano agitando el brazo desde el auto clรกsico de papรก, yo sacando la aceituna del martini, el cielo en Lindavista... basura... suspiro... nada...

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Gonzรกlo, clรกsico adicto a la aceituna.

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No sabía que aquel día de cielo entero azul en Lindavista conocería al recogedor de basura que mataría a su hermano.

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La basura estรก en su lugar.

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JuliĂĄn aprovecha el pequeĂąo descanso para fumar un cigarrillo.

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de trastes interminables para JuliĂĄn Cervantes. Lleva 2 meses lavando platos en la parte trasera de una asquerosa cocina plateada, pero el verdadero problema lleva 1 aĂąo y se llama Zulema.

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El cigarrillo se consume lentamente, cada suspiro de tabaco acerca mortalmente al joven Cervantes a su destino.

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Uno, dos jalones y sus pulmones mueren lentamente. Tres, cuatro jalones, la calma no regresa a su cabeza. No puede dejar de pensar en ella.

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Zulema se fue y se llev贸 la vida cuando se mud贸 a Xi-9 para estudiar.

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El humo baila de la pequeña boca azul de Julián Cervantes con dirección al enorme cielo rojizo que se puede ver en todo Alfa Centauri Bb.

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Sube por su cara acariciando sus 4 ojos negros, redondos como aceitunas, para perderse en la densidad del aire.

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Juliรกn termina el cigarrillo, lo apaga en la orilla del contenedor, voltea a las estrellas y suspira como quien busca algo.

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Suena el clásico de música Centauriana “Hermano” cantado por Bernardo Scholes: Regresa hermano.

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Mis nervios me traicionaban, yo sabía que si la veía acercarse en cualquier momento caería rendido a sus pies como lo hice por casi cinco años; pero no, no iba a permitir que me viera destrozado, como basura, como me había dejado ya.

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Por mucho tiempo los dos nos brindamos nuestras vidas sin ningún problema, nos amábamos, podría decir que éramos la envidia de nuestros conocidos hasta que llegaron los entrometidos, los indeseables, las piedras que nos hicieron tropezar…a los dos…

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¿qué rayos hacía yo ahí?

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Me encontraba ridículamente sentado en el clásico lugar que fue testigo de nuestras risas, pasiones contenidas y llantos exhaustivos; en unas escaleras de alguna plaza comercial en Lindavista, con los ánimos por los suelos, no tenía idea de por qué acepté verla, simplemente dije que sí.

Aunque aclaró que sólo era para saber de mi.

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Cuando estaba a punto de arrepentirme por haber llegado hasta ahí, me levanté decidido a irme sin siquiera avisarle, no tenía caso vernos ¿para qué?

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Levanté la vista y me encontré frente a un vestido azul que me parecía muy conocido, lo recorrí deseando no encontrarme con su rostro y efectivamente era ella. Tan hermosa como siempre, con esos ojos grandes que te toman preso y a pesar de ello no quisieras salir jamás de allí.

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Sentí un nudo en la garganta, alguna vez mi hermano me dijo que así era el amor, tan delicioso cuando empieza y cuando termina es como si tuvieras una pequeña aceituna atorada allí, que no te permite respirar.

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Quise saludarla o besarla o algo, pero simplemente no podía dejar de mirarla, mi pulso cardiaco se aceleró y mis manos estaban intranquilas, esta ocasión no hay lugar para mi,

un beso en la comisura de los labios y lo demás…lo demás es historia.

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Clรกsico, mi hermano llegarรก tarde otra vez.

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Habl贸 para dec铆rmelo.

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Apenas tomarรก el metro en Lindavista.

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En tanto, espero sentado dentro de una estaci贸n de la l铆nea azul.

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A mi lado, un frasco vacĂ­o de aceitunas se desborda del bote de basura.

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De nuevo vi a mi hermano en los andenes de metro Lindavista. Vestía su clásica sucia y raída indumentaria: jersey azul y jeans negros. Comía aceitunas pútridas, recién salidas de la basura. Quise llorar... pero seguí de frente.

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Escuchábamos un clásico de Sonny Rollins mientras ella se cortaba el cabello en el lavabo, no le gustaba que desconocidos le “manosearan su pelo”. Pienso ahora, que estaba un poco loca, un poco embriagada de tristeza por la basura de vida que llevaba.

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Su hermano, el Ăşnico familiar que le quedaba, la odiaba, despreciaba que se dejara llevar de tal manera por los vicios mundanos, que no llevara una vida corriente, de adicta al sistema.

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Termin贸 de cortar su cabello y se puso un vestido azul rey que resaltaba las medianas curvas que aun ten铆a.

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Salimos, entramos a un bar en Lindavista y pedimos un Martini, esto era habitual, a ella le encantaban aunque odiaba las aceitunas.

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Yo la complacía cuando podía, porque me gustaba verla ebria, era alegre, hablaba de sus gustos, de lo que leía, de cuánto me amaba.

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Sin embargo, esa fue nuestra última noche juntos, a la mañana siguiente desapareció, no la volví a ver en años.

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se veía ajada, ojerosa; cuando la saludé, me miró con unos ojos perdidos entre sombras y se fue rápidamente.

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S贸lo pens茅 en la canci贸n de Rolando la Serie: esta noche me emborracho.

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Llamas a tu hermano. Pides un clĂĄsico Dry Martini sin aceituna. Acaricias la moqueta azul con un pie; se siente suave, hĂşmeda y roja. Miras la hoja en blanco, la tiras a la

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Me sumergĂ­ en basura azul.

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Mi hermano dice que estoy loca, que lo clรกsico en Lindavista es que lo que ya no sirve sea verde, quizรกs era de otro color porque no era basura.

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Me sumergĂ­ otra vez y me comĂ­ una aceituna.

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Al parecer tenĂ­a alas.

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Quiero vivir debajo de la escalera, ocultarme de los ojos de mundo, morderme las uñas y añejarme viviendo detrás del acceso a un mundo más elevado.

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Quiero mirar la horrible pintura azul desprenderse a trozos como el cielo, quiero romper los silencios que se ocultan tras el ruido de pasos en cada escal贸n.

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Comer la basura del mundo, la que llegue desde los lugares m谩s rec贸nditos hasta mi espacio, mi escondite: aceitunas podridas que se me peguen en los dientes, carne pasada y latas y latas de refresco y de comida, vaciarlas por completo, como mi fe, como mi vida.

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Quiero verle los calzones al mundo, como lo hacĂ­a con mi hermano en el colegio de Lindavista.

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Quiero morir leyendo un clĂĄsico y soĂąando con acercar este montĂłn de manchas de tinta al mundo real.

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Antes del mediodía, cuando todavía el sol está frío, vamos a dar un paseo por el campus.

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Nos gusta ver los mismos รกrboles sin hojas, las mismas canchas de tenis descuidadas, el auto azul de tu hermano y las bicicletas en alquiler.

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Contamos los pasos desde la residencia hasta el pino mรกs grande.

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En el camino hay una casa de muñecas tamaño real, es rosada y cubierta de enredaderas, adentro hay estatuas y pinturas clásicas, hay un piano de cola sin teclas y muchos gatos, tanta basura a punto de explotar.

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de las tres no tenemos clases. Unos pasos mĂĄs y vemos otra casa abandonada, ĂŠsta parece una casa de campo, en la puerta dice Lindavista sobre un letrero de madera.

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y comen aceitunas.

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Hace poco incendiaron uno de los cuartos y desde entonces, cuando pasamos por ahĂ­, nos quedamos viendo la sala de billar, imaginĂĄndonos en medio del incendio.

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Textos

1- 17

Ana Virginia Treviño Garza http://unapizcadea.tumblr.com/

18-22

Jesús Ernesto Guevara Villarreal https://www.facebook.com/ernestto.guevara.3

24-27

Fermín Romero López http://ferminromero.wordpress.com/

29-34

Fadrique Olivares fadriqueolivares@gmail.com

39-43

Constanza Monserrat Navarrete Duque https://www.facebook.com/LeidyDayanaRosie

45-47

Adrián Ortega Iturriaga https://www.facebook.com/adrian.orit.5

48- 51

Beatrice Lebrun http://www.wattpad.com/user/BeatriceLebrun

52-53

Mariana Quintero mariana.lapidarium@gmail.com

54-61

Ivonne Mercado Suárez i.b.z.o@Hotmail.com

62-67

Itzel Carmona Ramírez http://itzeelcr.tumblr.com/

68-71

Gabriel Espinosa Badillo gaboesba@gmail.com

72-77

Janette A. López https://www.facebook.com/janetteAlopez

78-83

Maira Solís Hernández https://www.facebook.com/mai.cronopio

84-93

Mauricio Díaz Moreno https://twitter.com/MauricioDiaz_M

94-97

Frida Robles Ponce fridarobles.wordpress.com


98

Luis Angel García Santos luisgarcisantos@gmail.com

99

Antonio Hernández Páez antonpaez@gmail.com

100- 107

Grecia Alvarez Suarez greciamiel@hotmail.com

109-114

Mariana García de León Lapeluz http://dedoloramoryotrasestupideces.blogspot.mx/

116-117

Mónica V. Sánchez sanchezmonicav@gmail.com

118-131

Mr. Gallo

133-142

Eréndira Hernández hernandezerendira21@gmail.com

144-148

Victor Gabriel García Castañeda http://lasnotasalmargen.wordpress.com/

157

David Ficticio

159-173

Alba Díaz Díaz albita0790@hotmail.com

175

Patricia Uribe patyuribem@gmail.com

177-182

Lilia Sophia Philippe Alcázar liliaphilippe@hotmail.com

184-192

Arely Lorenzanana Delgadillo https://www.facebook.com/arely.lorenzana

194-206

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FotografĂ­as

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Ediciones anteriores / Past issues

LIFE WITHOUT BUILDINGS ERRR Magazine #39 / Septiembre, 2014

RESET ERRR Magazine #38 / Junio-Julio, 2014

YOU WANT OUT? I WANT IN. ERRR Magazine #37 / Mayo, 2014

MAYBE TOMORROW ERRR Magazine #36 / Abril, 2014

BEAVER AND BEAVER ERRR Magazine #35 / Marzo, 2014

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