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seguramente por la admiración secreta que le profesaba en esos tiempos. Admiraba su facilidad para el dibujo y la maestría o conocimiento del oficio que iba desarrollando sin darse cuenta. [Mi hermano dejó de dibujar cuando terminó la preparatoria. Atribuyo ese abandono a una razón simple: mi hermano dejó de dibujar cuando el dibujo se le convirtió en una expectativa. Los años en los que el dibujo era parte fundamental de sus ocios —tenía cuadernos y cuadernos llenos de dibujos, que competían en espacio con las fórmulas matemáticas o las páginas de español o de historia de sus días de la escuela primaria y la secundaria— habían quedado atrás y era entonces el momento de tomar una decisión adulta. El dibujo dejó de ser un vehículo de expresión desinteresada y corrió el riesgo de convertirse en materia de una responsabilidad. Así es como me gusta entender esta suerte de decisión negativa: como un sacrificio hecho para no arrebatarle su pureza, o su inocencia, a las cosas que nos han sido más caras en los mejores años de nuestra vida.] Nunca volví a sentir tanta admiración por un deportista como por el Dan Fouts de aquellos años. El Montañés era todo lo opuesto de uno de los fetiches mediáticos de ahora: un jugador, dentro del campo, que hacía gala de los rayos que adornaban sus hombreras y su casco lanzando bombas y proyectando pases en forma de balas hacia el cuerpo de sus receptores; y fuera del campo, un hombre reservado y solitario que se dejaba

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ERRR No. 00  
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