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ECOREVOLUCIÓN

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Las señales de agotamiento ecológico y crisis social que día a día sufrimos en nuestro planeta son contundentes. Nuestro modo de vivir, en especial la sociedad de consumo, está poniendo en jaque a los ecosistemas que necesitamos para sostener nuestras propias vidas. Es simple y alarmante, la humanidad consume actualmente recursos renovables en un modo más acelerado de lo que pueden ser regenerados por la Tierra. A este problema se lo conoce técnicamente como sobregiro ecológico. Nuestra demanda sobre la naturaleza excede lo que ella nos puede proveer. En términos económicos, se podría decir que estamos gastando más de lo que tenemos o gastando nuestro capital y generando, como consecuencia, una deuda ecológica. La medición de la huella ecológica global nos muestra que sólo hasta 1986 la humanidad consumía recursos naturales consistentes con los que el planeta podía producir y generaba desechos de acuerdo a su posibilidad de re-absorción. A partir de entonces, la equiparación entre la huella ecológica (la demanda humana sobre los ecosistemas y recursos naturales) y la biocapacidad (capacidad de los ecosistemas de producir materiales biológicos útiles y absorber los materiales de desecho generados por los seres humanos) no se logró más. (Global Footprint Network) Hoy en día necesitamos el equivalente a entre 1.3 y 1.5 planetas para mantener el estilo de vida y nivel de consumo de un sector de la población mundial, mientras que el resto (más de la mitad) vive en la pobreza. Guiados por el afán de aumentar el crecimiento económico de forma continua y a cualquier costo, desconocimos la noción de los límites ecológicos. Al mismo tiempo que la economía

mundial presenció una expansión extrema (se duplicó en los últimos 25 años), aumentó la desigualdad en los ingresos; la pobreza alcanzó niveles escandalosos y el 60% de los ecosistemas mundiales fueron degradados.

¿CONSUMIR PARA VIVIR O VIVIR PARA CONSUMIR? Cuando el crecimiento económico es la clave para terminar la pobreza y causar felicidad, el consumo se va convirtiendo en el objetivo último de nuestras vidas, y el consumismo, en un dios al que pareciera no debemos cuestionar. El mensaje que recibimos desde los gobernantes, los medios y las empresas es que el desarrollo depende de nuestra capacidad de compra. El consumo y el crecimiento se transforman en la meta y no en el medio para alcanzar un mundo más justo y ambientalmente viable para todos. En nuestro sistema de consumo moderno el 1% más rico del mundo concentra riquezas iguales al 57% más pobre. En Estados Unidos, meca del comprar y tirar, el 99% de lo que se compra es basura en menos de 6 meses. Las Naciones Unidas reporta que si todos consumiéramos como se consume en la civilizada Dinamarca, hoy necesitaríamos 4 planetas tierra para responder a semejante demanda. Paradójicamente, este exceso de consumo no nos hace más felices, más bien todo lo contrario. Estudios demuestran que las sociedades más felices no son las que más consumen sino las que invierten sus recursos en el desarrollo de la cultura y la educación.

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