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DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS

Tres cuentos de ÉRIKA VALENCIA-PERDOMO 2010

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DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS

Tres cuentos de ร‰RIKA VALENCIA-PERDOMO

Editorial รกrbolesdefuego

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DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS Derechos reservados © Érika Valencia-Perdomo Primera edición, 2011.

Fotografía de portada (“Luna de Victoria”) del libro tomada por: Óscar Perdomo León. Fotografía del lomo (Érika junto a las hojas sombrillas de pobres) del libro tomada por Laura Carolina Valencia.

Trabajo de edición y digitación: Óscar Perdomo León. Comentarios dirigirlos a: operdomoleon@gmail.com

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DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS

Aquella gran tormenta anunciaba que el invierno sería copioso, esa madrugada habían caído alrededor de 70mm de lluvia, según lo había dicho la voz triste sin rostro de la meteoróloga entrevistada telefónicamente en el noticiero del mediodía; aunque la niña no entendía bien a que se refería la señora de la voz, le gustó memorizar el dato, así como memorizaba todas las historias que alguna vez le contó la maestra joven y alegre que llegó a la escuela el año aquel. Recordó la vez que empezó a llover y la maestra les contó de cuando el ser humano llegó a la luna o de que en China no comían tortillas. Aún no creía que eso hubiese sucedido, si ella ni siquiera conocía la capital de su país; tampoco entendía como la gente de otros países no conocía nuestras deliciosas comidas hechas de maíz. El mundo debía de ser muy grande o la gente muy rara. Silueta delgada, morena, ágil trepadora de árboles de mango, aguacate y de jóvenes ceibas, rápida corredora, con caminata de gacela। Quería volar y aprender, leía todo cuanto sus grandes y almendrados ojos café pudieran ver, se sabía todos los rótulos que había desde la parada del bus hasta el mercado. La tarde estaba húmeda, el cielo ceniciento y el olor a tierra mojada comenzaba a penetrar en su nariz। Llovía “cernidito”, como decía su mamá. El aroma a humedad le dio alas a la memoria, a aquellos rincones oscuros de su mente. Recordó que en el lapso de un año y medio más o menos “vio la 5


costumbre”, su menstruación. Sus pechos le crecieron un poquito, el vello invadió su infantil pubis y una que otra espinilla apareció en su rostro. Hoy como ayer vio el atardecer desde esa misma colina donde estaba su casa. Los colores intensos, la mezcla del anaranjado, el dorado y el púrpura hacían que la vorágine de su interior saliera a flote. Agradeció a Dios por esas hermosas tardes, agradeció por vivir en la ciudad de los 400 cerros. Agradeció por…todo, por casi todo, aunque en realidad no entendía por qué debía hacerlo. Recordó que hace doscientas ochenta lunas, después que escampó, regresó a su casa con los zapatos chapoteando agua, con las piernas llenas de una mezcla rara hecha a base de lodo, hojas, barro y piedras. Entre sus muslos corría lenta sangre; la falda, horas antes un color blanco puro había adquirido un tono marrón y negruzco. El cincho que le había enviado su mamá desde los Estados Unidos, estaba con la hebilla dorada girada hacia la rabadilla y la blusa de botones de colores alegres al frente y de tela brillante color zapote estaba convertida en un trapo sucio y descuidado. El ópalo cabello largo hasta la cintura se había vuelto un nido de guacalchías, alborotado como los pericos antes de dormir. Los raspones tatuaron las piernas y los brazos. Tenía la cara herida en la ceja izquierda ya con la sangre coagulada por el lodo sobre ella. El rostro, amoratado, le dolía. Ciego sería aquel que no haya visto que la niña había corrido como un gato asustado, tratando de huir y de buscar resguardo en algún lugar. La lluvia había arreciado en cuestión de minutos. Seguramente se había caído y resbalado, pensó aquel día su abuela. Desde la carretera hasta la casa de adobe enclavada en la cima del cerro contiguo al Cerro Pelón, había más de trescientos metros de veredas empinadas y en esa zona había muchos matorrales y algunos árboles de mango। En una tormenta parecida hace unos cinco años, la abuela Tina se había quebrado la rodilla derecha en siete pedazos al deslizarse por la vereda y caer en una piedra pacha. Esa misma que –especuló su abuelaseguramente fue la culpable del destrozo en que se convirtió aquella temprana noche la pequeña niña. Pero después dudó, al mirarla bien… Ese domingo, unas horas antes, la niña había cantado como los ángeles en la misa, aunque no dejaba de mirar de reojo la sombrilla ocre que había comprado un jueves antes, el día de plaza de su tierra natal। Ya a esa hora, se sentía una suave amenaza de lluvia. La tarde antes de entrar a la iglesia compró un par de pasteles para los cinco integrantes del coro y tres para el joven de zapatos lustrados y ropa bien planchada que había llegado como voluntario para enseñarles a cantar y tocar 6


guitarra। Ordenó que los tres pastelitos fueran empacados a parte de los demás y con un poquito más de salsita. Los siete se los comieron felices, riendo, pasándose la bolsa del curtido de repollo de mano en mano y limpiándose las niñas los grasosos y mojados dedos en los ruedos de las faldas y los muchachos en las bolsas de los pantalones.

De repente, desde una de las hojas del árbol de fuego en el que ella estaba recostada, una gota gorda de agua lluvia resbaló, le cayó en la nariz y la alejó de sus recuerdos, oyó que alguien lloraba en la hamaca que estaba adentro de la casita de adobe, se paró rápidamente, limpió sus propias lágrimas y fue tras el otro llanto. Una niña tenía que alimentar a su niña. Una inocencia había muerto hacía doscientas ochenta lunas.

(Fotografías de la luna: Óscar Perdomo León)

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Amaneció tímidamente. Los rayos del sol eran entorpecidos por la neblina que rondaba el amanecer frío. Había llovido intensamente durante toda la madrugada. Fray Bernardino era el primero, de los tres frailes que habitaban el convento, en levantarse. Gustaba mucho de dar una breve caminata por los jardines del monasterio antes de las seis de la mañana. Tomaba dos vasos del agua fresca antes del desayuno, agua que él mismo depositaba en esos prácticos instrumentos hechos de barro cocido que los indígenas de estas tierras nombraban como “porrones”. Desde que conoció estas tierras se había enamorado de ellas, de su gente, de los maravillosos paisajes que observaba desde la ventana de su pequeña habitación, ubicada a un costado de la torre principal de la seráfica iglesia. Amaba la naturaleza y se sentía feliz de encargarse del huerto del Hospital Santa Bárbara. Una vez a la semana visitaba a los indígenas ingresados en el nosocomio, con ellos había aprendido un poco de nahuat, la lengua con la que ellos se comunicaban entre sí, cuando no estaban frente a sus conquistadores.

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Corría el mes de abril. La ciudad era próspera, el comercio fecundo, sus calles empedradas estaban circunscritas a las amplias y limpias aceras. Los edificios públicos estaban construidos a base de ladrillo, piedras y madera resistente y de gran belleza. Su gente noble y activa había hecho de esta villa un lugar con mucho futuro en muy poco tiempo. El poblado era realmente una maravilla ante los ojos de propios y extraños. Se había trasladado hacía apenas 49 años del primer lugar en donde fue fundada. Sus primeros cimientos se erigieron allá en el lugar conocido como La Bermuda, cerca de Suchitoto; cuentan las anécdotas que sus habitantes decidieron trasladar la ciudad debido a los múltiples e intensos truenos que caían cerca y que no dejaban reposar el espíritu debido a la intensidad de los mismos. La villa al ser trasladada a su nueva ubicación, a orillas del río Acelhuate, recibió la advocación del Divino Salvador del Mundo. Esta hermosa y tropical localidad celebraba año con año a su patrono con un pomposo desfile de caballería y en esas fiestas era otorgado el Perdón Real a todos los habitantes durante la víspera y el mismo día de la Transfiguración. En 1575 San Salvador había sido devastada por un enjambre de sismos que tuvieron como mayor referente el ocurrido en mayo de aquel año; sin embargo había logrado resurgir de entre las cenizas, hoy más hermosa que antes. Para el año de 1594 San Salvador era una joven villa de la colonia española, hermosa, limpia y fresca. En abril, las primeras lluvias se hacían notar, los zompopos de mayo salían a borbollones de sus escondites -aún antes de tiempo- y los maquilishuat floreaban, alegrando la vista y la mente de quienes los observaban. El convento de San Francisco y el Hospital Santa Bárbara, eran dos de las construcciones que más enorgullecían a los san salvadoreños. Fray Bernardino, limpiaba personalmente la imagen de San Francisco de Asís, lo hacía con el mismo ritual todos los días a las 10:00 a.m., su esmero y dedicación llamaban la atención de sus superiores; según Fray Bernardino, esto era por una promesa que de chico le hizo al santo de Asís, cuando le salvó la vida al caer del caballo que montaba camino a Valladolid, justo a las 10:00 a.m. El 21 de abril de ese año Fray Bernardino no pudo cumplir con su promesa de limpiar la imagen a la hora prevista, debido a que tuvo que acompañar al Hospital Santa Bárbara a los delegados provenientes de la provincia de Chiapas y Guatemala. Estos caballeros venían a constatar por sus medios el rápido avance de la villa de San Salvador; les mostró las instalaciones siempre limpias y la 9


magnífica construcción hecha con los mejores materiales de la zona, pero no logró que los foráneos entraran a los pabellones en donde los indígenas eran atendidos. Anduvieron caminando a lo largo de los pasillos soleados, les mostró los bellos y amplios jardines y para terminar la visita les enseñó el huerto del hospital, en el cual se sembraban frutas y vegetales del Viejo y del Nuevo Mundo. La jornada terminó cerca del mediodía, los visitantes extenuados por la caminata y el calor decidieron que tomarían el almuerzo junto con el alcalde segundo Don Juan Hidalgo, quien gustosamente les había ofrecido su hermosa estancia para hospedarlos. Pasado el mediodía, los visitantes decidieron retirarse a las habitaciones respectivas para descansar y sacarse de encima los ropajes que resultaban excesivos para el caluroso clima de nuestras tierras en abril. A eso de las cuatro de la tarde se sentaron bajo la fresca sombra del alto y frondoso amate -silencioso testigo de la historia- que se encontraba en el centro del jardín interno de la casa del alcalde segundo. Sus paladares se deleitaron con frutos de colores intensos y sabores indescriptibles; las amplias estancias, los corredores llenos de flores rojas, amarillas y naranjas daban una sensación de plácido bienestar. Decidieron recorrer la localidad y conocer un poco de las anécdotas de los españoles que vivían ahí, pero requirieron la presencia de Fray Bernardino por ser un hombre servicial, dedicado a la iglesia y de carismático carácter. En el Convento de San Francisco, Fray Bernardino se movía ágilmente de un lado hacia otro. Se encontraba muy atrasado con sus quehaceres, el recorrido matutino por el hospital había hecho que todo su plan diario de actividades quedara reducido a la desorganización total. Bernardino, hombre sereno, de tez blanca, ojos de mirada intensa y de figura atlética no dejaba que ninguna adversidad alterara su espíritu; aquella tarde no había tomado la siesta reglamentaria, ese tiempo lo invirtió en arreglar la biblioteca, realizar su confesión semanal, curarse la úlcera que desde hacía un mes habitaba en su muslo derecho y que causaba intensas fiebres y profundos dolores; según le había manifestado el médico era a consecuencia de una picadura de un insecto nativo de estas tierras y la medicina exacta aún no conocida por la ciencia del galeno. Aún le faltaba ir al huerto y a la bodega de la cocina para elegir los vegetales y algunas carnes que servirían para la cena de la comunidad de frailes. A las cuatro de la tarde se encontraba terminando de girar instrucciones para la preparación de los alimentos y se dirigía a pedir la autorización a su superior para acompañar a los visitantes a las diligencias que ellos deseaban realizar. Caminaba por los largos y solitarios pasillos del monasterio hacia la capilla dedicada a Santa Clara para solicitarlo, pero su espíritu estaba agitado. Salió del convento a caballo, sin embargo su 10


mente se había quedado en la Iglesia del convento, aún no había limpiado la imagen de San Francisco de Asís. Escasas veces había quebrantado su promesa, esto era en realidad lo único que lograba desequilibrar la sobriedad de su alma. Durante el recorrido vespertino por San Salvador, mostró los molinos que se ubicaban a orillas del magnífico río Acelhuate y las suntuosas casas que se encontraban en sus orillas. Esa noche llegó exhausto a su sencillo dormitorio, realizó su estudio bíblico obligatorio, rezó las oraciones diarias y meditó sobre su vida. Despertó asustado de los escasos segundos de sueño que su mente le robó a la concentración de la meditación, sacó fuerzas del agotamiento y salió de su celda. Ayudado más por la memorización del camino que por la luz de la vela que empuñaba su mano izquierda llegó hasta la imagen venerada y amada de San Francisco. Encendió las cinco velas derechas primero y luego las cinco izquierdas que tenía San Francisco. El lugar estaba verdaderamente oscuro, la humedad se hacía sentir y las primeras gotas de lluvia caían veinticinco metros arriba de él. La imagen estaba colocada sobre una base de madera de roble de 10 cm. de altura, tallada en madera de cedro y traída en barco desde el propio Asís, medía 170 cm. de altura y estaba colocada en la nave derecha de la iglesia. Aunque no era costumbre de la época, los frailes decidieron ubicarla directamente en el piso, esperando que con esto los pobladores en algún momento pudieran tener la experiencia de tocarla y convertirse al catolicismo, si aún no lo estaban. Con el paño limpio, inició el cumplimiento de su palabra de honor. Con el mayor respeto y amor posible, se arrodilló y le sacó el polvo a la inscripción que yacía a los pies: “PAZ Y BIEN”. Se incorporó y agarró el pequeño banco de madera de apenas 30 centímetros de altura, que estaba a un lado de la imagen, lo colocó frente a la misma, se paró en éste y sacudió la cabeza, el pecho y los brazos dispuestos en actitud de oración. Decidió bajarse del taburete y al momento de sentarse sobre él, para continuar la limpieza en la parte del abdomen y las piernas, una intensa sacudida proveniente de las entrañas de la tierra lo hizo perder el equilibrio y caer. El movimiento cesó. Al momento de intentar ponerse de pie, aún aturdido sin saber exactamente qué era lo que había pasado un breve pero soberbio y enfurecido salto de las profundidades de la madre tierra tiró nuevamente al ya confundido fraile. En esos largos pero escasos segundos, él, Bernardino el hombre, el amigo, el fraile custodio de la imagen de San Francisco de Asís, observó como la iglesia se desplomaba ladrillo a ladrillo. Polvo, columnas, techo, paredes y candiles cayeron al suelo y se confundieron en un mar de incertidumbre. Oyó a lo lejos los gritos de los demás, el cacaraquear de las 11


gallinas y el aullar de los perros. Sintió en su piel la siniestra maldad de la naturaleza. Olfateo la desgracia. La confusión era intensa. Recordó que algunos de los indios internados en el hospital le hablaban de los constantes reclamos de la madre tierra hacia sus hijos. Cuando comprendió lo que estaba sucediendo vio como los candelabros que sostenían las velas que iluminaban a San Francisco de Asís caían. No hubo incendio. Los veinticinco metros de paredes desplomándose por toda la iglesia callaron el fuego. Con estrépito y fuerza la imagen de San Francisco de Asís, junto a una gruesa viga cayeron sobre el abatido cuerpo de fray Bernardino, quien murió instantáneamente sin agonía ni dolor. Esa noche San Salvador quedó nuevamente envuelto en una nube de muerte y calamidad. Los cimientos de la esplendorosa y floreciente ciudad desnudaron su vulnerabilidad, sepultando bajo los escombros a los enviados de la Provincia de Chiapas y Guatemala, así como a sus frailes y a sus enfermos. El convento de San Francisco y el Hospital Santa Bárbara quedaron totalmente destruidos. El Valle de las Hamacas reclamaba su dominio una vez más, como siempre lo había hecho.

(NOTA: Este cuento fue inspirado en una historia de Jorge Lardé y Larín Imagen de la Iglesia de Candelaria extraída de http://img210.imageshack.us/i/83446334.jpg/ Esta imagen, usada aquí para ambientar un poco el cuento, es una fotografía recortada y que fue tomada el 12 de junio de 1922, después de la inundación de San Salvador.)

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LA PAPA

La papa es la vida del Hombre. A Adán y Eva les fue mal porque Dios se equivocó. ¡Sí, claro que se equivocó! Si Él hubiera puesto en el centro del Edén un tubérculo como la papa, en vez de un árbol de manzana, la serpiente no se hubiera podido trepar en él y Eva no hubiera cortado la tal manzana. ¡Las papas no se cortan! La papa ha acompañado mi mundo, desde antes de mi nacimiento. Para mí, la papa supera al maíz. Yo vivo en la cultura de la papa. A mi mamá le gustaba leer mucho, pero dejó de estudiar cuando cursaba el primer año de bachillerato. Salió con su “DOMINGO SIETE”, es decir yo. -Sos la vergüenza de la familia -le dijo el papá cuando se dio cuenta; entonces la agarró de las mechas y la sacó a patadas de la casa. Esa noche y otras más durmió en la casa de su madrina, pero cuando el padrino le dijo que él podía hacerse cargo de esa panza, si a cambio ella le ayudaba con “algo” cuando la madrina se iba al mercado a vender, mi mamá decidió irse de ahí.

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Mi mamá había conseguido que su “amá” le mandara a escondidas alguna de su ropa y unos cuántos centavos. Con eso compró unas cuántas libras de papas, aceite y consiguió “fiado” una cocinita de gas, ya usada. Ella vendía papas fritas frente al mercado y los domingos halaba sus “chunches” y la venta para la catedral. Así me mantuvo. Yo crecí entre cáscaras de papas y papas peladas. Ahí empezó mi amor por las papas. De mi papá no sé más que se llamó Trinidad y que no quiso hacerse cargo de mí. -Trinidad, estoy preñada -le dijo mi mamá después de la misa. -Ese bicho no es mío -le contestó él con fuego en los ojos y rabia en la boca. -¡Claro que es tuyo! -le respondió llorando. -Mirá, no creo que sea mío. Vos ni virga estabas. A saber por cuántos has pasado. No es mío y punto. Y se fue caminado como si nada hubiera pasado. Pero no es cierto. Mi mamá sí estaba virgen. Ella me lo ha jurado. Hace un año ese tal Trinidad me mandó a llamar; se estaba muriendo. Yo fui a verlo para decirle que ojalá se fuera al infierno y lo dejé ahí tirado. No supe más de él. No lo quiero, nunca lo quise. No tendría por qué hacerlo. “En Alemania hacen sopa de papás, yo lo leí en un libro de la escuela”, me decía mi mamá cuando se enojaba. Mis desayunos siempre fueron una taza de café con un pan francés. Mis almuerzos eran papas sancochadas con limón. En la cena comía las papas fritas que habían sobrado. Mientras hacía mis tareas de la escuela, mi mamá pelaba y cortaba las papas que ocuparíamos para la venta al día siguiente.

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Nunca voy a tener hijos. ¿Para qué? ¿Para traerlos a este mundo? ¿A qué? ¿Para que sean como yo? ¡No! ¿Para que crezcan y se desarrollen en el amplio mundo de las papas? ¡Sí, dije amplio! Esta subcultura va creciendo. Antes únicamente mi mamá y yo teníamos el negocio, éramos las dueñas y señoras manejando el “papapolio”. Reinas y señoras de las papas fritas. Hoy hasta mis vecinas se han incorporado a este comercio y se pelean con las “Mochis”. Esas engreídas que escupieron para arriba y hoy les cae toda la húmeda, mohosa y sucia escupida en sus pálidas y tostadas caras. Las “Mochis”, eran las riquillas del pueblo cuando yo estudiaba 4to ó 5to grado. Pero un día el papá de ellas murió y la mamá se hizo concubina de un fulano que sólo le sacó la herencia. Hoy las 3 “Monchis” venden “potatoes fritas”, como ellas dicen, en el portal de su casa. Claro, ellas no se mojan ni se asolean como yo lo he hecho, porque su casa es grande –aunque vendieron una parte y la otra la alquilan- por eso siempre se creen “niñas bien”. ¡Pero bien pobres!, porque han tenido que vender papas como yo. Nunca me voy a casar. Eso lo supe cuando el Miguel me dijo que él podía tener otras novias, porque él es macho y los machos tiene un montón de mujeres. También me dijo muy ceremoniosamente, como esos diputados y politiquillos de la televisión que dicen mil y un disparates, que si algún día me pillaba mirando o hablando con otros me iba a matar. Porque yo soy SU mujer y tener amigos era como engañarlo. Al principio creí que de verdad me quería y que sus celos eran porque deseaba defenderme de todo lo malo de este mundo. ¡Estúpida! Nunca me quiso. «¡Torpe, idiota, fea, gorda!». Eso me decía cuando estábamos solos o cuando se emborrachaba con sus amigotes. ¡NUNCA ME VOY A CASAR! Eso lo supe cuando le vi en su sucio, erecto y duro pene una úlcera muy turbia y fea. En el momento me acordé que en la escuela nos hicieron que viéramos unas fotos de esas enfermedades venéreas, las mismas que hoy les dicen “Infecciones de Transmisión Sexual, ITS”. ¡La misma mica con distinta cola! Que era una de esas cosas, lo sé, porque no soy bruta. Es cierto que vendo papas y que también mi mamá lo ha hecho, pero hoy es mi último día de clases en el bachillerato y soy una de las mejores. 15


Es difícil trabajar y estudiar; pero yo sé que graduándome yo, mi mamá también lo hará, simbólicamente, claro está. Yo sé que ella estará muy orgullosa de mí. Pero volviendo al Miguel, la cosa es que, cuando yo le dije que esa úlcera era alguna enfermedad venérea, él se puso como el mismísimo cadejo negro y de un solo se levantó de la cama y en un dos por tres me agarró del cuello y me tiró al suelo. -¡Dejáme, hijo de puta! -le dije. Al oír eso él se enfureció más y, tomándome del brazo, me levantó de un solo movimiento y en el mismo acto me tiró hacia la pared. Me dolió mucho, muchísimo. Pero me tragaba mis lágrimas como podía. «¡Este hijo de las sesenta mil putas no va a verme llorar», pensé. Y en ese momento sentí el puño cerrado, con la potencia de un caballo salvaje, en mi rostro. Cuando desperté, estaba en el suelo y el encargado del hospedaje me estaba secando el rostro. ¡Estaba ensangrentada totalmente! Me ayudó a vestirme y, en ese momento, empecé a llorar. Me volví una más de las estadísticas. Las papas son mi mundo. Cuando cumplía años, mi mamá me preparaba un delicioso y especial puré de papás. Era especial porque lo preparaba con crema y margarina (la mantequilla era muy cara) y hasta queso rallado le agregaba. Era un festín increíble para mí. ¡Una explosión de sabores en mi boca! Las papas son mi mundo. Ellas cubrieron mis ojos hinchados después que el Miguel me pegó. Las papas sanaron mis heridas. Las papas son como yo: vivimos ocultas bajo la tierra y, cuando salimos de ella, llevamos en nuestro interior más de lo que nuestra tosca y sucia forma aparentan.

(Imágenes tomadas de Google.)

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Érika Valencia-Perdomo es salvadoreña (1972), doctora en Medicina y aficionada de la lectura y la escritura literaria. Escribe el blog LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR con su esposo. Los tres cuentos publicados aquí fueron escritos entre el 2010 y el 2011.

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DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS. Tres cuentos.  

DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS. Consta de tres cuentos escritos por Érika Valencia-Perdomo., entre el 2010 y el 2011.