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Cobam. CoordinaCion 8. Vista hermosa miCh. YesiCa rodriguez perez. gerardo VillanueVa. literatura. luis de gongora Y argote. 401. 24/06/10.


Introduccion.......................................................................................................................................2 Desarrollo...........................................................................................................................................3 Biografia.........................................................................................................................................3 Poemas...........................................................................................................................................6 Obras..................................................................................................................................................7 CONCLUCIONES................................................................................................................................15

introduCCion. Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 11 de julio de 1561 – ibídem, 23 de mayo de 1627) fue un poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro, máximo exponente de la corriente literaria conocida como culteranismo o gongorismo, que más tarde


imitarían otros artistas. Sus obras fueron objeto de exégesis ya en su misma

época.1

desarrollo. biografia.


Nació en la Casa de las Pavas de Córdoba, de su tío Francisco de Góngora, racionero de la catedral, en el lugar que ocupa el hoy número 10 de la calle de Tomás Conde. Era hijo del juez de bienes confiscados por el Santo Oficio de Córdoba don Francisco de Argote y de la dama de la nobleza Leonor de Góngora. Estudió en Salamanca, tomó órdenes menores en 1585 y fue canónigo beneficiado de la catedral cordobesa, donde fue amonestado ante el obispo Pacheco por acudir pocas veces al coro y por charlar en él, así como por acudir a diversiones profanas y componer versos satíricos. Desde 1589 viajó en diversas comisiones de su cabildo por Navarra, León (Salamanca), Andalucía y por ambas Castillas (Madrid, Granada, Jaén, Cuenca o Toledo). Compuso entonces numerosos sonetos, romances y letrillas satíricas y líricas, y músicos como Diego Gómez, Gabriel Díaz o Claudio de la Sablonara le buscaron para musicar estos poemas.2 En 1609 regresó a Córdoba y empezó a intensificar la tensión estética y el barroquismo de sus versos. Entre 1610 y 1611 escribió la Oda a la toma de Larache y en 1613 el Polifemo, un poema en octavas que parafrasea un pasaje mitológico de las Metamorfosis de Ovidio, tema que ya había sido tratado por su coterráneo Luis Carrillo y Sotomayor en su Fábula de Acis y Galatea; el mismo año divulgó en la Corte su poema más ambicioso, las incompletas Soledades. Este poema desató una gran polémica a causa de su oscuridad y afectación y le creó una gran legión de seguidores, los llamados poetas culteranos (Salvador Jacinto Polo de Medina, fray Hortensio Félix Paravicino, Francisco de Trillo y Figueroa, Gabriel Bocángel, el Conde de Villamediana, sor Juana Inés de la Cruz, Pedro Soto de Rojas, Miguel Colodrero de Villalobos, Anastasio Pantaleón de Ribera...) así como enemigos entre conceptistas como Francisco de Quevedo o clasicistas como Lope de Vega, Lupercio Leonardo de Argensola y Bartolomé Leonardo de Argensola.3 Algunos de estos, sin embargo, llegaron con el tiempo a militar entre sus defensores, como Juan de Jáuregui. El caso es que su figura se revistió de aun mayor prestigio, hasta el punto de que Felipe III le nombró capellán real en 1617. Para desempeñar tal cargo, vivió en la Corte hasta 1626, arruinándose para conseguir cargos y prebendas a casi todos sus familiares; al año siguiente, en 1627, perdida la memoria, marchó a Córdoba, donde murió de una apoplejía en medio de una extrema pobreza. Velázquez lo retrató con frente amplia y despejada, y por los pleitos, los documentos y las sátiras de su gran enemigo, Francisco de Quevedo, se sabe que era jovial, sociable, hablador y amante del lujo y de entretenimientos como los naipes y la tauromaquia, hasta el punto de que se le llegó a reprochar frecuentemente lo poco que dignificaba los hábitos eclesiásticos. En la época fue tenido por maestro de la sátira, aunque no llegó a los extremos expresionistas de Quevedo ni a las negrísimas tintas de Juan de


Tassis y Peralta, segundo Conde de Villamediana, que fue amigo suyo y uno de sus mejores discípulos poéticos.2 En sus poesías se solían distinguir dos períodos. En el tradicional hace uso de los metros cortos y temas ligeros. Para ello usaba décimas, romances, letrillas, etc... Este período duró hasta el año 1610, en que cambió rotundamente para volverse culterano, haciendo uso de metáforas difíciles, muchas alusiones mitológicas, cultismos, hipérbatos, etc... pero Dámaso Alonso demostró que estas dificultades estaban ya presentes en su primera época y que la segunda es solamente una intensificación de estos recursos realizada por motivos estéticos. 4 Portada del Manuscrito Chacón, que transmitió la obra poética de Luis de Góngora. Aunque Góngora no publicó sus obras (un intento suyo en 1623 no fructificó), éstas pasaron de mano en mano en copias manuscritas que se coleccionaron y recopilaron en cancioneros, romanceros y antologías publicados con su permiso o sin él. El manuscrito más autorizado es el llamado Manuscrito Chacón (copiado por Antonio Chacón, Señor de Polvoranca, para el Conde-Duque de Olivares), ya que contiene aclaraciones del propio Góngora y la cronología de cada poema; pero este manuscrito, habida cuenta del alto personaje al que va destinado, prescinde de las obras satíricas y vulgares. El mismo año de su muerte Juan López Vicuña publicó ya unas Obras en verso del Homero español que se considera también muy fiable e importante en la fijación del corpus gongorino; sus atribuciones suelen ser certeras; aun así, fue recogida por la Inquisición y después superada por la de Gonzalo de Hoces en 1633.5 Por otra parte, las obras de Góngora, como anteriormente las de Juan de Mena y Garcilaso de la Vega, gozaron el honor de ser ampliamente glosadas y comentadas por personajes de la talla de Díaz de Rivas, Pellicer, Salcedo Coronel, Salazar Mardones, Pedro de Valencia y otros.6 Aunque en sus obras iniciales ya encontramos el típico conceptismo del barroco, Góngora, cuyo talante era el de un esteta descontentadizo («el mayor fiscal de mis obras soy yo», solía decir), quedó inconforme y decidió intentar según sus propias palabras «hacer algo no para muchos» e intensificar aún más la retórica y la imitación de la poesía latina clásica introduciendo numerosos cultismos y una sintaxis basada en el hipérbaton y en la simetría; igualmente estuvo muy atento a la sonoridad del verso, que cuidaba como un auténtico músico de la palabra; era un gran pintor de los oídos y llenaba epicúreamente sus versos de matices sensoriales de color, sonido y tacto. Es más, mediante lo que Dámaso Alonso, uno de sus principales estudiosos, llamó elusiones y alusiones, convirtió cada uno de sus poemas últimos menores y mayores en un oscuro ejercicio para mentes despiertas y eruditas, como una especie de adivinanza o emblema intelectual que causa placer en su desciframiento. Es la estética barroca que se llamó en su honor gongorismo o, con palabra que ha hecho mejor fortuna y que tuvo en su origen un valor despectivo por su analogía con el vocablo luteranismo,


Culteranismo, ya que sus adversarios consideraban a los poetas culteranos unos auténticos herejes de la poesía. La crítica desde Marcelino Menéndez Pelayo ha distinguido tradicionalmente dos épocas o dos maneras en la obra de Góngora: el «Príncipe de la Luz», que correspondería a su primera etapa como poeta, donde compone sencillos romances y letrillas alabados unánimemente hasta época Neoclásica, y el «Príncipe de las Tinieblas», en que a partir de 1610, en que compone la oda A la toma de Larache se vuelve autor de poemas oscuros e ininteligibles. Hasta época romántica esta parte de su obra fue duramente criticada e incluso censurada por el mismo neoclásico Ignacio de Luzán. Esta teoría fue rebatida por Dámaso Alonso, quien demostró que la complicación y la oscuridad ya están presentes en su primera época y que como fruto de una natural evolución llegó a los osados extremos que tanto se le han reprochado. En romances como la Fábula de Píramo y Tisbe y en algunas letrillas aparecen juegos de palabras, alusiones, conceptos y una sintaxis latinizante, si bien estas dificultades aparecen enmascaradas por la brevedad de sus versos, su musicalidad y ritmo y por el uso de formas y temas tradicionales.7

poemas. Se suele agrupar su poesía en dos bloques, poemas menores y mayores, correspondientes más o menos a dos etapas poéticas sucesivas. En su juventud, Góngora compuso numerosos romances, de inspiración literaria, como el de Angélica y Medoro, de cautivos, de tema piratesco o de tono más personal y lírico, algunos de ellos de carácter autobiográfico en los que narra sus recuerdos infantiles, y también numerosas letrillas líricas y satíricas y romances burlescos. La gran mayoría son una constante acumulación de juegos conceptistas, equívocos, paronomasias, hipérboles y juegos de palabras típicamente barrocos. Entre ellos se sitúa el largo romance Fábula de Píramo y Tisbe (1618), complejísimo poema que fue el que costó más trabajo a su autor y tenía en más estima, y donde se intenta elevar la parodia, procedimiento típicamente barroco, a categoría tan artística como las demás. La mayor parte de las letrillas están dirigidas, como en Quevedo, a escarnecer a las damas pedigüeñas y a atacar el deseo de riquezas. Merecen también su lugar las sátiras contra distintos escritores, especialmente Quevedo o Lope de Vega.2 Junto a estos poemas, a lo largo de su vida no dejó Góngora de escribir perfectos sonetos sobre todo tipo de temas (amorosos, satíricos, morales, filosóficos, religiosos, de circunstancias, polémicos, laudatorios, funerarios), auténticos objetos verbales autónomos por su intrínseca calidad estética y donde el poeta cordobés explora distintas posibilidades expresivas del estilo que está forjando o llega a presagiar obras venideras, como el famoso «Descaminado, enfermo, peregrino…», que anuncia las Soledades.8 Entre los tópicos usuales (carpe diem, etc.) destacan, sin embargo, como de más trágica grandeza los consagrados a


revelar los estragos de la vejez, la pobreza y el paso del tiempo por el poeta, que son los últimos. Los poemas mayores fueron, sin embargo, los que ocasionaron la revolución culterana y el tremendo escándalo subsiguiente, ocasionado por la gran oscuridad de los versos de esta estética. Son la Fábula de Polifemo y Galatea (1612) y las incompletas e incomprendidas Soledades (la primera compuesta antes de mayo de 1613). El primero narra mediante la estrofa octava real un episodio mitológico de las Metamorfosis de Ovidio, el de los amores del cíclope Polifemo por la ninfa Galatea, que le rechaza. Al final, Acis, el enamorado de Galatea, queda convertido en río. Se ensaya ahí ya el complejo y difícil estilo culterano, lleno de simetrías, transposiciones, metáforas de metáforas o metáforas puras, hipérbaton, perífrasis, giros latinos, cultismos, alusiones y elusiones de términos, procurando sugerir más que nombrar y dilatando la forma de manera que el significado se desvanezca a medida que va siendo descifrado.9 1

obras. 0

SONETOS

CANCIONES

SEGUIDILLAS Y CANCIÓN

MADRIGALES

OCTAVAS

TERCETOS

LETRILLAS LÍRICAS

ROMANCES

sonetos. A Córdoba ¡Oh excelso muro, oh torres coronadas De honor, de majestad, de gallardía! ¡Oh gran río, gran rey de Andalucía, De arenas nobles, ya que no doradas!


¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas, Que privilegia el cielo y dora el día! ¡Oh siempre glorïosa patria mía, Tanto por plumas cuanto por espadas! Si entre aquellas rüinas y despojos Que enriquece Genil y Dauro baña Tu memoria no fue alimento mío, Nunca merezcan mis ausentes ojos Ver tu muro, tus torres y tu río, Tu llano y sierra, ¡oh patria, oh flor de España! De la brevedad engañosa de la vida Menos solicitó veloz saeta destinada señal, que mordió aguda; agonal carro por la arena muda no coronó con más silencio meta, que presurosa corre, que secreta, a su fin nuestra edad. A quien lo duda, fiera que sea de razón desnuda, cada Sol repetido es un cometa. ¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras? Peligro corres, Licio, si porfías en seguir sombras y abrazar engaños. Mal te perdonarán a ti las horas: las horas que limando están los días, los días que royendo están los años. Inscripción para el sepulcro de Dominico Greco Esta en forma elegante, oh peregrino, de pórfido luciente dura llave, el pincel niega al mundo más süave, que dio espíritu a leño, vida a lino.


Su nombre, aún de mayor aliento dino que en los clarines de la Fama cabe, el campo ilustra de ese mármol grave: venéralo y prosigue tu camino. Yace el Griego. Heredó Naturaleza Arte; y el Arte, estudio; Iris, colores; Febo, luces -si no sombras, Morfeo-. Tanta urna, a pesar de su dureza, lágrimas beba, y cuantos suda olores corteza funeral de árbol sabeo. De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado Descaminado, enfermo, peregrino, en tenebrosa noche, con pie incierto la confusión pisando del desierto, voces en vano dio, pasos sin tino. Repetido latir, si no vecino, distinto, oyó de can siempre despierto, y en pastoral albergue mal cubierto, piedad halló, si no halló camino. Salió el Sol, y entre armiños escondida, soñolienta beldad con dulce saña salteó al no bien sano pasajero. Pagará el hospedaje con la vida; más le valiera errar en la montaña que morir de la suerte que yo muero. Mientras por competir con tu cabello, oro bruñido al sol relumbra en vano; mientras con menosprecio en medio el llano mira tu blanca frente el lilio bello; mientras a cada labio, por cogello, siguen más ojos que al clavel temprano;


y mientras triunfa con desdén lozano del luciente cristal tu gentil cuello; goza cuello, cabello, labio y frente, antes que lo que fue en tu edad dorada oro, lilio, clavel, cristal luciente, no sólo en plata o vïola troncada se vuelva, mas tú y ello juntamente en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

CanCiones. Corcilla temerosa, cuando sacudir siente al soberbio Aquilón con fuerza fiera la verde selva umbrosa, o murmurar corriente entre la yerba, corre tan ligera, que al viento desafía su voladora planta: con ligereza tanta, huyendo va de mí la ninfa mía, encomendando al viento sus rubias trenzas, mi cansado acento. El viento delicado hace de sus cabellos mil crespos nudos por la blanca espalda, y habiéndose abrigado lascivamente en ellos, a luchar baja un poco con la falda, donde no sin decoro, por brújula, aunque breve, muestra la blanca nieve entre los lazos del coturno de oro. Y así, en tantos enojos, si trabajan los pies, gozan los ojos. [Con aquel dulce brío


que me da el soplo escaso del viento al descubrir su planta bella, sigo, esforzando el mío, su fugitivo paso, no más por alcanzalla que por vella; ella mi intento viendo, vuelve a mí la serena süave luz, y enfrena mi dulce alcance, el mismo efeto haciendo sus luces soberanas en mí que en Atalanta las manzanas.] Yo, pues, ciego y turbado, viéndola cómo mide con más ligeros pies el verde llano que del arco encorvado la saeta despide del parto fiero la robusta mano, y viendo que en mí mengua lo que a ella le sobra, pues nuevas fuerzas cobra, apelo de los pies para la lengua y en alta voz le digo: «No huyas, ninfa, pues que no te sigo. »Enfrena, oh Clori, el vuelo, pues ves que el rubio Apolo pone ya fin a su carrera ardiente. Ten de ti misma duelo; deponga un rato solo el honesto sudor tu blanca frente. Bastante muestra has dado de cruel y ligera, pues en tan gran carrera tu bellísimo pie nunca ha dejado estampa en el arena, ni en tu pecho cruel mi grave pena. »Ejemplos mil al vivo de ninfas te pondría (si ya la antigüedad no nos engaña)


por cuyo trato esquivo nuevos conoce hoy día troncos el bosque y piedras la montaña; mas sírvate de aviso en tu curso el de aquella, no tan cruda ni bella, a quien ya sabes que el pastor de Anfriso, con pie menos ligero, la siguió ninfa y la alcanzó madero.» Quédate aquí, canción, y pon silencio al fugitivo canto, que razón es parar quien corrió tanto. Donde las altas ruedas con silencio se mueven, y a gemir no se atreven las verdes sonorosas alamedas, por no hacer ruïdo al Betis, que entre juncias va dormido; sobre un peñasco roto, al tronco recostado de un fresno levantado, que escogió entre los árboles del soto porque su sombra es flores, su dulce fruto dulces ruiseñores, Coridón se quejaba de la ausencia importuna al rayo de la Luna, que al perezoso río le hurtaba, mientras que él no lo siente, espejos claros de cristal luciente. «Injusto Amor -decía-, pues permites que muera en extraña ribera (que por extraña tengo ya la mía), válganme contra ausencia esperanzas armadas de paciencia.»


Vuelas, oh tortolilla, y al tierno esposo dejas en soledad y quejas; vuelves después gimiendo, recíbete arrullando, lasciva tú, si él blando. Dichosa tú mil veces, que con el pico haces dulces guerras de Amor y dulces paces. Testigo fue a tu amante aquel vestido tronco de algún arrullo ronco; testigo también tuyo fue aquel tronco vestido de algún dulce gemido; campo fue de batalla y tálamo fue luego: árbol que tanto fue perdone el fuego. Mi piedad una a una contó, aves dichosas, vuestras quejas sabrosas; mi envidia ciento a ciento contó, dichosas aves, vuestros besos süaves. Quien besos contó y quejas las flores cuente a Mayo, y al cielo las estrellas rayo a rayo. Injuria es de las gentes que de una tortolilla Amor tenga mancilla, y que de un tierno amante escuche, sordo, el ruego y mire el daño, ciego. Al fin es dios alado, y plumas no son malas para lisonjear a un dios con alas.


De la florida falda que hoy de perlas bordó la alba luciente, tejidos en guirnalda traslado estos jazmines a tu frente, que piden, con ser flores, blanco a tus sienes y a tu boca olores. Guarda de estos jazmines de abejas era un escuadrón volante, ronco, sí, de clarines, mas de puntas armado de diamante; púselas en huida, y cada flor me cuesta una herida. Más, Clori, que he tejido jazmines al cabello desatado, y más besos te pido que abejas tuvo el escuadrón armado; lisonjas son iguales servir yo en flores, pagar tú en panales. En el sepulcro de Garcilaso de la Vega Piadoso hoy celo, culto cincel hecho de artífice elegante, de mármol espirante un generoso anima y otro bulto, aquí donde entre jaspes y entre oro tálamo es mudo, túmulo canoro. Aquí donde coloca justo afecto en aguja no eminente, sino en urna decente, esplendor mucho, si ceniza poca, bien que, milagros despreciando egipcios, pira es suya este monte de edificios. Si tu paso no enfrena tan bella en mármol copia, oh caminante, esa es la ya sonante émula de las trompas, ruda avena,


a quien del Tajo deben hoy las flores el dulce lamentar de dos pastores; este el corvo instrumento que al Albano cantó segundo Marte, de sublime ya parte pendiente, cuando no pulsarlo al viento, solicitarlo oyó silva confusa, ya a docta sombra, ya a invisible musa. Vestido, pues, el pecho túnica Apolo de diamante gruesa, parte la dura huesa con la que en dulce lazo el blanco lecho. Si otra inscripción deseas, vete cedo: lámina es cualquier piedra de Toledo.

ConCluCiones.


Poeta cumbre de la poesía castellana. Nació y murió en Córdoba Durantes su juventud fue alegre, libertino e, incluso, pendenciero. Para los veinte años ya debiera estar ordenado de sacerdote, pero, a causa de su vida licenciosa, no llegó a ser sacerdote hasta los cincuenta años. Fue capellán, en Madrid, de Felipe III

Viajó mucho por toda España: Madrid, Salamanca, Granada, Cuenca, Toledo. Asistió a muchas tertulias y academias literarias. De carácter arisco, criticó a muchos poetas de su tiempo y, a su vez, fue criticado por ellos. Murió de apoplejía a los 65 años, aunque años antes ya había perdido la memoria.

En su poesía se distinguen claramente dos períodos: el tradicional, en que hace uso de los metros cortos y temas ligeros. Para ello usa canciones, tercetos, décimas, romances, letrillas, etc. Este período va hasta el año 1610, en que cambia rotundamente para volverse culterano, haciendo uso de metáforas difíciles, empleando mucha mitología griega, utilizando para ello muchos neologismos, hiperbatones, etc. haciendo, a veces, muy difícil su lectura.


LUIS DE GONGORA Y ARGOTE