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querían, en lo más profundo de su alianza con la Naturaleza”. Hay plantas que crecen horizontalmente, como la hierba. Se las llama rizomas. En realidad, para ser más precisos, deberíamos observar que la totalidad de la vida vegetal tiene un crecimiento horizontal, se conecta subterráneamente o por el aire. Pero nos sirve la imagen de oposición del crecimiento vertical del árbol y del crecimiento horizontal de las plantas rizomáticas. La cultura arborescente es la cultura del ser, la de que hace de las raíces un impedimento al movimiento, y del territorio un terreno vallado y fijo. La cultura rizomática multiplica las relaciones colaterales, crece y se amplía hasta donde llega su propia fuerza; su territorio no conoce las vallas porque se delimita por la potencia con la que es capaz en cada momento de ocupar el espacio. Borrarse y experimentar se resumen en hacer rizoma: no echar raíces en nuestra identidad, hacernos mundo buscando las conexiones que nos convienen. Lo dice la canción del viejo hombre río (Old man river), nos recuerda Deleuze: Él no planta patatas Él no planta algodón Lo que planta lo olvida pronto Pero el viejo hombre río sigue rodando No plantar, o plantar y olvidar, y seguir rodando. Es así como circula la vida, y es así como se mueve el deseo. Siempre mediante empujes exteriores y conexiones productivas. El rizoma es una multiplicidad que cambia a medida que aumentan sus conexiones. El viaje, el movimiento, la desterritorialización adquieren, gracias a la imagen del rizoma, una dimensión más precisa. No son más vitales los individuos que hoy en día se desplazan de un lado para otro casi sin parar, por trabajo o como turistas, ni los que cambian de domicilio o de amante continuamente. El rizoma no abandona un territorio para ocupar otro, sino que conecta nuevos territorios y los invade con su color, con sus formas, con su perfume, que van cambiando y fusionándose con los colores formas y perfumes de lo invadido. Se puede ser un sedentario, o un amigo y amante fiel y moverse entre las cosas, estar siempre en el medio, no dejar de hacer mundo. Y, por el contrario, se puede ser viajero empedernido, que cambia de lugares y amores y, sin embargo, siempre estar en el mismo sitio. Si el territorio es un vector de movimiento, eso quiere decir que cuando hacemos algo, hay que tratar al mismo tiempo de salir de eso que hacemos. No se trata de hacer algo diferente, de multiplicar las actividades –este sería el caso, por ejemplo, del silósofo que además pinta o escribe novelas-, sino que se trata de salir permaneciendo, salir de lo que uno hace mediante lo que uno hace, para encontrar ampliaciones posibles del territorio –en este caso el filósofo encuentra otras conexiones posibles para la filosofía: la literatura, la pintura, la música. Como el rizoma, que permanece y sale al mismo tiempo. Frente a los viajes de trabajo o de placer que no son más que aparentes rupturas y desterritorializaciones baratas, Deleuze opone el buen viaje, aquel en el que se intenta verificar algo, como ir a buscar un color con el que se ha soñado, o un aroma del que no se conoce más que la descripción. (En cualquier caso, Gilles Deleuze no fue un gran viajero: afirmaba que leer y escuchar música le hacían pasar por estados y emociones que un viaje no le darían, por lo que sus libros, sus discos eran para él sus tierras extranjeras). El árbol, en nuestra cultura, sirve para expresar una genealogía. Una cierta medicina insiste en subrayar las enfermedades hereditarias, las que están inscritas en el genoma que pertenece a nuestro árbol familiar; también el psicoanálisis, por su parte, afirma que yendo hacia atrás, hacia nuestra familia, es como encontramos la raíz de lo que somos, de nuestros sentimientos, de nuestras repulsiones y atracciones. El rizoma es antigenealógico: enfermamos y morimos de nuestras gripes y de nuestras pasiones rizomáticas. 7.- “Dilo o te doy una bofetada”. “Somos como la hierba: hemos hecho del mundo, de todo el mundo, un devenir, porque hemos hecho un mundo necesariamente comunicante, porque hemos suprimido de nosotros mismos todo lo que nos impedía deslizarnos entre las cosas. Hemos combinado el “todo”, el artículo indefinido, el infinitivo-devenir y el nombre propio al que estamos reducidos. Saturar, eliminar, ponerlo todo”.

Deseodeleuze maite larrauri  
Deseodeleuze maite larrauri