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Numero 239 I ENERO - FEBRERO 2011

Revista del Telefono de l a Esperanza

www.telefonodelaesperanza.org

LA NUEVA REVOLUCION EMOCIONAL Como gestionar la inteligencia del corazon “Siento, luego existo”, por el psiquiatra Alejandro Rocamora

Manuel Roca: “Si tomas conciencia de tus emociones, puedes reprogramarlas”

Sexualidad y cambio emocional, por el terapeuta familiar José María Jiménez


SUMARIO

SUMARIO Carta del director // Las razones del corazón // 5 A fondo La revolución emocional // 6

La capacidad de manejar nuestros sentimientos Por Herminio Otero

Siento, luego existo // 12

La inteligencia emocional, el ‘cemento’ de la mente humana Por Alejandro Rocamora

Sexualidad y cambio emocional // 18 De la revolución sexual a la revolución afectiva Por José María Jiménez

Mi lado femenino // 24

La nueva socialización de mujeres y hombres Por María Guerrero

Entrevista // 30 Con Manuel Roca Álvarez, Experto en inteligencia emocional y programación neurolingüística. Por Gloria Díez

Cine // 38 El cine neorromántico Por Norberto Alcover

A pie de calle // 44 Las emociones marcan el rumbo Por Antonio Saugar

Comunicando // 48 Primeros pasos del Teléfono de la Esperanza en Palencia

Colaboradores: Herminio Otero José Mª Jiménez Redactor jefe y Publicidad: Gloria Díez Alejandro Rocamora Fernando Alberca María Guerrero Norberto Alcover Diseño gráfico: Antonio Saugar José Luis Mendoza Coordinación: Edita: Impact 5 Tel.: 917 818 795 Teléfono de la Esperanza Depósito Legal: Fotografías ©©: M-28.500-1973 www.sxc.hu Director: Pedro Miguel Lamet

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Carta Carta del del Director

LAS RAZONES DEL CORAZÓN

Todos los que tenemos cierta edad recordamos la importancia que se ha dado a la inteligencia pura y dura en la educación. El primero de la clase era el empollón, el más dotado para pensar y memorizar. La fuerza de nuestros sentimientos o la capacidad de imaginar no aparecían para nada en nuestro boletín semanal de notas. Sin embargo, no eran estos niños ‘listos’ los que luego se manejaban mejor en la vida. Y es que nuestra sociedad ha sido hasta hacer poco, si no lo sigue siendo, eminentemente racionalista. Quizás habéis escuchado alguna vez este relato: Un hombre picaba en una cantera sudoroso y contrariado. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo?

Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve? Picar piedra.

No lejos de allí otro hombre picaba también sudoroso y molesto. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo?

Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve? Tallar un peldaño.

Finalmente un tercer individuo picaba, pero transpirando alegre y distendido. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo?

A lo que contestó con media sonrisa: -Estoy construyendo una catedral.

Esta pequeña historia ilustra bien lo que influyen las emociones en nuestras formas de conocimiento. El tercer hombre era feliz realizando exactamente el mismo trabajo que los dos anteriores porque se sentía emocionalmente motivado. ¿Por qué algunas personas parecen dotadas de un don especial que les permite vivir bien, aunque no sean las que más se destacan por su inteligencia? ¿Por qué no siempre el alumno más inteligente termina siendo el más exitoso? ¿Por qué unos son más capaces que otros para enfrentar contratiempos, superar obstáculos y ver las dificultades bajo una óptica distinta? La respuesta viene de la importancia dada a la inteligencia emocional, término popularizado por Daniel Goleman, que es “la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos”. El autor de este famoso best seller estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones. Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que hoy día se calibre en el currículum vitae de las personas candidatas a un puesto de trabajo también su estado emocional, ya sea a través de dinámicas grupales, de la grafología, y de otros diferentes tipos de test psicológicos que permiten conocer e identificar la sensibilidad del aspirante más allá de sus calificaciones académicas, referencias y experiencia. En este número, intentamos ofrecer un acercamiento a esta dimensión del ser humano un tanto minusvalorada antaño. Como personas que somos, es imposible pensar que podamos vivir sin emociones. Las sentimos, enfrentamos y experimentamos como seres individuales y de forma colectiva en las personas con las que nos toca compartir la vida, desde la familia, la organización donde trabajamos al taxista, el restaurante o la discoteca. Los artistas siempre supieron que su intuición creadora alcanza cotas que van más allá de la mera razón. Ya lo dijo Saint-Exupéry: “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos”. O Alfonso Reyes: ¿La emoción? Pídela al número  que mueve y gobierna al mundo.  Templa el sagrado instrumento  más allá del sentimiento. al solícito y al rudo. Nada temas, al contrario, si en el rayo de una estrella  logras calcinar la huella de tu sueño solitario. Pedro Miguel Lamet

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A Fondo

LA REVOLUCIÓN EMOCIONAL

Por Herminio Otero

LA CAPACIDAD DE MANEJAR NUESTROS SENTIMIENTOS

Durante casi un siglo a las personas se les ha medido por su cociente intelectual, una puntuación que resulta de algunos tests diseñados para medir la inteligencia. A mediados de los 80, apareció la teoría de las inteligencias múltiples, y una década más tarde llegó la revolución con la inteligencia emocional. Desde entonces todo se ha querido cambiar en las prácticas laborales o educativas y en las relaciones familiares y personales. 6


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¿Por qué a algunas personas les va mejor en la vida que a otras? ¿Por qué algunas, con alto coeficiente intelectual y que se destacan en su profesión, no pueden aplicar esta inteligencia en su vida privada, que va a la deriva, del sufrimiento al fracaso? Tengo un amigo, catedrático de matemáticas, que desde niño es forofo del Barça, aunque se lleva muy bien con los del Madrid o de cualquier otro equipo. Pero sufre (y goza) cuando ve los partidos. Y mucho. Su padre le dice: “No sé cómo siendo tan inteligente para todo, eres tan tonto para el fútbol”. Y es que es muy inteligente… para casi todo. Veamos: presentó la tesis con 27 años y fue catedrático a los 31. Fue muy inteligente… para los números. Pero para la vida… es otro cantar. Porque tuvo una novia con la que todo el mundo decía que debería haberse casado y ahora él mismo se pregunta por qué no se casó. Pues tuvo miedo y huyó. Y en menos de seis meses se casó con otra, de la que se separó a los pocos años. Y se fue con una tercera con la que, sin casarse, tuvo dos hijos… y que, doce años más tarde, le dejó llevándose con ella a los hijos, una casa y una muy buena paga. Él ha sufrido mucho. Es muy inteligente… para los números. Es un encanto para otras muchas cosas: culto, respetuoso, de buena conversación, acogedor, nada creído… Pero –dice él– “he fallado en lo fundamental”. Alguien dice que lo que le falta es inteligencia emocional: sabe mucho pero no reconoce lo que siente ni sabe gestionarlo adecuadamente.

dicho método, se dividía la “edad mental” por la “edad cronológica” de una persona para medir su inteligencia. Eso dio lugar a lo que Terman acuñó en 1916 como cociente intelectual (CI), que es un dato numérico resultante de un test estandarizado para medir las habilidades cognitivas de una persona, o sea, lo que entendemos habitualmente por inteligencia. El CI mide la inteligencia de una persona en relación con su grupo de edad. Una persona normal tiene un coeficiente intelectual de alrededor de 100 puntos (diez o quince puntos arriba y abajo). A partir de ese concepto se tiene por superdotado a la persona con un CI superior a 140 (que será “genio” si además ha aportado algo a la humanidad), y se considera retrasado a quien tiene un CI inferior a 70. Las puntuaciones de CI se han usado a lo largo de casi un siglo en diversos contextos, como predecir el rendimiento escolar o laboral, descubrir las necesidades especiales o comparar diversas variables en una población determinada. Con todo, al CI, que pretendía ser universalizable, se le acusa de estar muy occidentalizado. Mientras que países como Hong Kong tienen un CI medio de 107, otros como Guinea Ecuatorial se quedan en el 59 (una cifra considerada como retraso mental). Por otra parte, el CI aumentaba en algunos lugares tres puntos durante cada década. Así se midió hasta la década de los 80, cuando en algunos sitios incluso llegó a descender.

La inteligencia: ¿una y para todos? En 1912 el psicólogo alemán Stern proponía un método para puntuar y comparar los resultados de los primeros tests de inteligencia para niños, que desarrollaron Binet y Simnon en 1904. En

Geniales e inteligentes La psicóloga norteamericana Catherine Cox elaboró en 1926 una lista de los 301 personajes más ge7


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niales (además de inteligentes) de la historia (entre los que, por cierto, no incluyó a ninguna mujer) y los sometió al estudio de tres psicólogos distintos. Como periodo de referencia tomó el comprendido entre los años 1450 y 1850, y para calcular el CI se basó en la biografía de cada personaje. Ocupa el primer puesto de esa lista John Stuart Mill (1806-1873), que a los tres años de edad leyó en su versión original griega las Fábulas de Esopo, y siguió con la Anábasis de Jenofonte y con los textos de Herodoto y de otros sabios griegos. A los siete años leyó los primeros diálogos de Platón y, con la ayuda de su padre, se introdujo en la aritmética; para descansar, leía en inglés a Plutarco y la Historia de Inglaterra de Hume. A los ocho años de edad, comenzó a enseñar latín a sus hermanos pequeños, y así leyó a Virgilio, Tito Livio, Ovidio, Terencio, Cicerón, Horacio y Salustio mientras proseguía su estudio de los clásicos griegos: Aristófanes, Tucídides, Demóstenes, Anacreonte y Aristóteles. Escribió una historia de Holanda a modo de «entretenimiento provechoso» y una historia de la constitución romana. Su mayor diversión infantil era la ciencia experimental. Con doce años se introdujo en la lógica y en la filosofía, y a los trece hizo un curso de economía política. Con catorce años viajó a Montpellier, donde estudió química, zoología, matemáticas, lógica y metafísica. ¡Un pequeño gran genio! Los dos siguientes lugares de la lista de Catherine Cox los ocupan dos alemanes: el dramaturgo Goethe, con un CI de 210, y el filósofo y matemático Leibniz (205).Tienen 200 el jurista, escritor y poeta holandés Hugo Grocio y el juez y estadista inglés Thomas Wolsey. Con un CI de 195 está Pascal, y con 190 Laplace, Voltaire, Schelling y Newton. Tienen 185 Galileo, Lagrange, Humboldt y d’Alembert, y 180 Leonardo da Vinci, Descartes, Dickens, Bacon, Lord Byron, Erasmo de Rotterdam, Víctor Hugo, Hume y Miguel Ángel. Tanto Mozart como Beethoven, dos de los grandes de la música clásica, tenían un CI de 165, al igual que Darwin, el descubridor de la evolución. Entre los españoles aparecen Lope de Vega con un CI de 175 y Calderón y Velázquez con 170. Murillo tiene 160 y Cervantes llega solo a 155 y Hernán Cortés a 140.

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Inteligencia emocional es la capacidad de aplicar la conciencia y la sensibilidad para discernir los sentimientos que subyacen en la comunicación interpersonal, y para resistir la tentación que nos mueve a reaccionar de una manera impulsiva e irreflexiva, obrando en vez de ello con receptividad, con autenticidad y con sinceridad

Estudios recientes, realizados a partir de tests de inteligencia actuales, nos dejan datos curiosos de algunos personajes famosos de nuestros días: el ajedrecista ruso Kasparov tenía 190 de CI; Hawking y Bill Gates tienen 160, Sharon Stone 155, Jim Morrison 149 y… Hitler 141.

Inteligencias múltiples ¿Qué ha hecho merecedores a todos estos personajes de ser reconocidos como genios o personas inteligentes? Durante décadas se aplicaron los tests de inteligencia para ver cuál era el nivel de inteligencia de las personas. El caso de Hitler, por ejemplo, nos habla de que tener un cociente (o coeficiente) intelectual muy alto no nos convierte automáticamente en persona inteligente. Se necesita algo más. Por otra parte, a finales de la década de 1960 —en plena efervescencia del movimiento estudiantil— Jenssen y Eysenck afirmaron que la herencia era responsable de la inteligencia en un ochenta por ciento, lo que desató una feroz campaña en su contra y comenzó a resquebrarse el concepto de persona inteligente aplicado a quienes tenían solo… un alto cociente intelectual.


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Posteriormente, la investigación de las capacidades y de la inteligencia de las personas fue tomando una nueva orientación. El antiguo “cociente intelectual” fue perdiendo poco a poco su carácter monolítico y ha sido posible diferenciar los distintos componentes de la inteligencia, que hoy se entienden como dimensiones independientes entre sí. Esta investigación fue llevada a cabo por Howard Gardner, que, tras numerosas pruebas e investigaciones muy complejas, distinguió en 1985 entre diversas formas de inteligencia: - La inteligencia lingüística: la capacidad para usar palabras de manera efectiva, ya sea en forma oral o escrita. Es la inteligencia que tienen los escritores, los poetas, los buenos redactores. En su uso se utilizan los dos hemisferios cerebrales. - La inteligencia lógico-matemática: la capacidad para razonar adecuadamente y usar los números de manera efectiva. La utilizamos para resolver problemas de lógica y matemáticas. Es la inteligencia que

El caso de Hitler pone de manifiesto que tener un cociente intelectual muy alto (141, en este ejemplo) no te convierte automáticamente en persona inteligente; se necesita algo más tienen los científicos. Se corresponde con el modo de pensamiento del hemisferio izquierdo, donde radican las bases del pensamiento lógico, que en nuestra cultura es lo que se ha considerado siempre como la única inteligencia. - La inteligencia corporal-cinestésica: la capacidad para coordinar los movimientos y para utilizar el propio cuerpo en la realización de actividades o en la resolución de problemas. Predomina en los deportistas, artesanos, cirujanos, actores, bailarines…

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- La inteligencia espacial: la capacidad para componer imágenes virtuales de objetos y manipularlos en la imaginación formando un modelo mental del mundo en tres dimensiones. Es la inteligencia de los marineros, los ingenieros, los escultores, los arquitectos o los decoradores. - La inteligencia musical: la capacidad de percibir (como un aficionado a la música), discriminar (como un crítico musical), transformar (como un compositor) y expresar (como quien toca un instrumento) las formas musicales. Incluye la sensibilidad al ritmo, el tono, la melodía, el timbre o el color tonal de una pieza musical, y la poseen los cantantes, compositores, músicos, bailarines… - La inteligencia personal: la capacidad para comprendernos a nosotros mismos (inteligencia intrapersonal) o para entender a otras personas (interpersonal), como la que tienen los buenos vendedores, políticos, profesores o terapeutas.

Ya no se considera suficiente el cociente intelectual y la pericia para lograr el éxito en la vida, sino que también es imprescindible el dominio de ese complejo psicológico al que se denomina inteligencia emocional

Todos tenemos y empleamos distintos niveles de estos tipos de inteligencia. Y está claro que la inteligencia de las personas ya no se reduce a un número (el cociente intelectual), sino que pueden existir en cada persona impresionantes capacidades de estos tipos de inteligencia. Los cuatro últimos tipos de las inteligencias múltiples tienen su base en el hemisferio derecho, que cuenta con funciones como la percepción tri-

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dimensional, la perspicacia, la intuición, el sentido artístico y la imaginación, el sentido musical, pero en nuestra cultura se usa habitualmente más el hemisferio izquierdo: los controles sociales, familiares y personales nos llevan a utilizar la lógica. La invasión de los grandes medios de comunicación ha despertado, sin embargo, un gran desarrollo colectivo de los cuatro últimos tipos de inteligencia, que ha obligado a la escuela, por ejemplo, ya en estos últimos diez años, a tener en cuenta en su progración el planteamiento de las competencias educativas.

La inteligencia emocional La inteligencia personal (tanto la interpersonal como la intrapersonal) determina nuestra capacidad de dirigir la propia vida de manera satisfactoria y conforma lo que se ha comenzado a llamar la inteligencia emocional. La expresión”inteligencia emocional” la usó por primera vez en 1985 el estudiante norteamericano Leon Payne en el título de su tesis. Nadie volvió a emplearla en los cinco años siguientes hasta que en 1990 los profesores John Mayer y Peter Salovey publicaron dos estudios en los que intentaban desarrollar alguna forma de medir científicamente las diferencias entre las habilidades en el área emocional de las personas, pues habían descubierto que algunas personas eran mejores que otras a la hora de identificar sus propios sentimientos o los de otras personas y resolver problemas que involucran temas emocionales. Desde entonces desarrollaron dos tests para tratar de medir lo que ellos llaman nuestra “inteligencia emocional”. Ellos siguieron investigando sin ser demasiado conocidos, pero quien difundió la terminología por todo el mundo fue el escritor y consultor norteamericano Daniel Goleman, que en 1995 escribió el libro Inteligencia emocional, en el que recopiló mucha información interesante acerca del cerebro, las emociones y el comportamiento, y en el que formuló su propia definición de inteligencia emocional. El libro apareció en la portada de la revista Time, Goleman intervino en programas de televisión


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- Autorregulación: Capacidad de manejar las sensaciones, impulsos y recursos haciendo que sean las apropiadas. - Automotivación: Poner las emociones al servicio de una meta. - Empatía: Reconocer emociones en otros captando sus sentimientos, necesidades e intereses - Habilidades sociales: Manejar las  emociones de otras personas e inducir en ellas las respuestas deseadas.

muy populares y su obra se convirtió en un best seller internacional. Tres años más tarde, Goleman escribió otro libro titulado Inteligencia emocional en el trabajo, en el que amplió la definición de inteligencia emocional hasta contar con 25 habilidades y competencias. Y el concepto comenzó a aplicarse también a otros ámbitos como la educación de los hijos y la educación reglada escolar. Y ahí se inició una revolución que afectó a los ámbitos educativos (tanto en la familia como en la escuela) y laborales. No es de extrañar esa acogida en un mundo en que, masajeados por los medios, cada vez más cercanos y cada vez más personalizados, estamos cocinados al fuego rápido de la emoción. ¿Pero qué es la inteligencia emocional? Podemos definirla como “la capacidad de aplicar la conciencia y la sensibilidad para discernir los sentimientos que subyacen en la comunicación interpersonal, y para resistir la tentación que nos mueve a reaccionar de una manera impulsiva e irreflexiva, obrando en vez de ello con receptividad, con autenticidad y con sinceridad.” Según Goleman y Salovey, los dominios principales de la inteligencia emocional se reducen a cinco, los tres primeros referidos a actitudes personales y los otros dos a actitudes sociales: - Autoconocimiento: Conocer los propios estados internos, preferencias, recursos e intuiciones reconociendo las sensaciones mientras suceden.

O sea, inteligencia emocional es la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las emociones en nosotros mismos y en nuestras relaciones. Lo bueno de estas capacidades es que no son talentos naturales sino capacidades aprendidas que, una vez incorporadas a nuestra vida, ya se mantienen para siempre. Se parte de que el control emocional se puede y se debe enseñar. Y se piensa que cuanto antes se haga, mejor. Por eso proponen pautas para comenzar la educación de las emociones ya desde la primera infancia. Y por eso las organizaciones de todo tipo se han lanzado a la formación de sus miembros y equipos directivos con programas que ayuden efectivamente al desarrollo humano. Y por eso hay cada vez más asesores personales que ayudan a la gente a descubrir y gestionar sus propias emociones. Y por eso abundan los decálogos con consejos específicos para toda clase de situaciones (desempleados, por ejemplo) y de personas (padres, educadores, directivos…) y con toda clase de recursos (las siete “eses” para llegar a actuar con competencia: saludable, sereno, sincero, sencillo, simpático, sinérgico y servicial). Todo ello ha supuesto una auténtica revolución que se hará notar cada vez más en los distintos ámbitos de la sociedad. Lo que está claro es que ya no es suficiente el cociente intelectual y la pericia para el logro del éxito sino que también es imprescindible el dominio de ese complejo psicológico al que se denomina inteligencia emocional.

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SIENTO, LUEGO EXISTO LA INTELIGENCIA EMOCIONAL, EL ‘CEMENTO’ DE LA MENTE HUMANA Con frecuencia y ante situaciones conflictivas o ante la

toma de decisiones (comprar un piso, tener un hijo, casarse o separarse, cambiar de trabajo, etc.) siempre recurrimos al mismo tópico: “Déjate llevar por la razón, no por los sentimientos”. Es decir, presuponemos que si elegimos arropado por razones, y no por emociones, tendremos más posibilidades de acertar. ¿Es esto siempre lo adecuado? ¿La toma de decisiones tiene más posibilidades de ser la correcta cuando no está impregnada de sentimientos positivos ni negativos? ¿No puede existir otra vía: la inteligencia emocional? Veámoslo.

Por Alejandro Rocamora Bonilla 12


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¿Qué son los sentimientos? La psicología clásica consideraba a la persona humana como un ser constituido por partes: memoria, entendimiento y voluntad, insertado o encerrado (el alma se encuentra en la cárcel del cuerpo) en lo corpóreo. Así, habría que distinguir enfermedades de la mente y enfermedades del cuerpo, sin ninguna interacción o nexo entre ellas. La salud estaría constituida por la armonía del cuerpo como cuerpo y la mente como mente. Si el equilibrio se rompe surgiría la enfermedad: del alma o del cuerpo. La gran aportación freudiana es el descubrimiento del inconsciente, y sobre todo, el mundo pulsional o afectivo. El ser humano es sobre todo “ello” (ya no solo memoria, entendimiento y voluntad), es decir, emociones y sentimientos. Los sentimientos, pues, no son algo yuxtapuesto al sujeto sino que constituyen su misma esencia. Con razón podríamos decir “que en el principio todo era ello”. La propia existencia es como una larga carrera en que se va desarrollando y actualizando el potencial de los sentimientos (=ello). La carga pulsional, como cualquier semilla, necesita de un adecuado desarrollo para llegar a un final feliz. Es decir, seremos más felices en tanto en cuanto seamos capaces de actualizar toda nuestra potencial energía, que está formada por las pulsiones (eros y thanatos). Es más, una perfecta sintonía entre esas dos fuerzas constituirá el marco feliz del individuo. Son como los dos raíles por donde transita la persona humana. Si ocurre un desfase se producirá un descarrilamiento que puede llevar a la enfermedad mental o a la misma muerte.

Un estudio reciente de la Universidad de Harvard señala que para tener éxito en la vida es necesario un 85% de actitud y solo un 15% de habilidad Freud, en cierta ocasión, comparó al ser humano con un jinete en su corcel: las riendas y el látigo representarían la norma y la ley (el superyo), el caballo reflejaría todo el mundo pasional e instintivo (el ello) y el propio caballista indicaría el mundo real (el yo). Para ganar cualquier carrera, para ser feliz, es indispensable la armonía entre esos tres elementos. No serviría tener un buen látigo, si no se es un buen jinete o el jaco no es de raza; tampoco valdría tener un buen caballo si no se sabe dirigir; y por último, todo sería un fracaso aunque fuera un buen jinete, si los otros dos elementos fallaran... Pero, ¿qué ocurriría si solamente se potencia el ello? ¿Qué pasaría si la persona humana solamente se rigiera por el principio del thanatos? ¿Qué sucedería si dejáramos al “caballo” guiarse solo por el eros? Uno de los libros de Castilla del Pino (2000), Teoría de los sentimientos, comienza de una forma sorprendente. El autor se pregunta que ocurriría si el hombre no tuviera sentimientos; es decir, imaginemos a un ser humano que no tuviera amor, ni odio, ni agresividad, ni angustia, ni placer ni displacer,... sencillamente no existiría, se responde el autor. Podría funcionar como ser vegetal (en un coma cerebral) pero no como ser racional. Se puede vivir sin memoria, sin voluntad e incluso sin entendimiento, pero no sin sentimientos. Constituyen el meollo de la existencia humana y al mismo tiempo son el motor de nuestra actividad; todas nuestras acciones están impregnadas de sentimientos o afectos. 13


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Se puede vivir sin memoria, sin voluntad e incluso sin entendimiento, pero no sin sentimientos

Mitos sobre los sentimientos

En palabras de Castilla del Pino (2000), los sentimientos son “instrumentos de que dispone el sujeto para la relación (emocional, afectiva) tanto con personas, animales y cosas, cuanto consigo mismo, es decir, con sus pensamientos, fantasías, deseos, impulsos, incluso con sus propios sentimientos: a todos ellos los denominamos genéricamente objetos, si bien los primeros son objetos externos y los segundos internos”.

Estamos inmersos en un mundo donde lo que prima es la razón, la inteligencia, el comprender, no el sentir o emocionarse ante los pequeños o grandes acontecimientos de la vida. La inteligencia es la base de nuestro éxito personal y laboral. Vivimos como si los sentimientos solamente fueran un lastre para desarrollarnos en la vida. Por esto, se nos educa en el convencimiento de que cuanto más fríos y calculadores seamos más posibilidades de éxito tendremos. No podemos ser demasiado sensibles, ni dejar que los sentimientos invadan nuestras vidas. He aquí algunos de esos mitos que proliferan en nuestra sociedad occidental:

Es decir, a través de los sentimientos es como vamos constituyendo nuestra propia personalidad, al mismo tiempo que nos permiten relacionarnos con los demás. El bagaje de sentimientos (positivos y negativos) configura nuestra propia personalidad. Spinoza decía que mientras la razón uniforma a unos y otros, los sentimientos distinguen a unos de los otros, es decir, singularizan. Nos podemos distinguir por nuestros conocimientos y saberes, pero lo que, de verdad, nos distingue a unos de los otros es la actitud que tomamos ante la vida y lo que nos proporciona nuestro sello de identidad propio e irrepetible.

1. Hay que decidir con la cabeza y no con el corazón. Según este principio, los grandes triunfadores, es lo que nos inculcan desde la más tierna infancia, serán aquellos que desarrollen al máximo su inteligencia (saber, almacenar conocimientos, etc.) y en un segundo lugar está el desarrollo de sus capacidades creativas, relacionales y afectivas. Pero esto no es cierto, a veces el corazón tiene una visión más completa que la propia razón. En la historia de la humanidad las grandes atrocidades se han cometido cuando se han mutilado los sentimientos

¿Para qué sirven los sentimientos?

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Los sentimientos, bien utilizados, no dificultan la toma de decisiones, ni son impedimentos para nuestra felicidad, sino que al contrario constituyen la forma más idónea de progresar y crecer psicológicamente

y se ha hipertrofiado la razón. Un ejemplo son los asesinatos y torturas cometidos por los dictadores (Hitler, etc.). 2. Los sentimientos negativos son siempre malos. Los sentimientos negativos (vergüenza, tristeza, miedo, ansiedad, etc.) siempre tienen un valor adaptativo. Es decir, el ser humano se sirve de ellos para poder seguir viviendo. Por lo demás, su bondad o no, dependerá de cómo se utilicen. Así, por ejemplo, si una persona tiene vergüenza (sentimiento negativo) por su falta de cultura y toma la decisión de estudiar, ese sentimiento negativo le habrá servido para crecer como persona y sentirse en paz consigo mismo y con los demás (sentimiento positivo). 3. Existe incompatibilidad entre los sentimientos negativos y positivos. Es decir, según esta creencia ambos sentimientos son excluyentes: no puedo estar triste (sentimiento negativo) y al mismo tiempo estar tranquilo y en paz (sentimiento positivo). No obstante, nuestra experiencia cotidiana nos dicen que esa contradicción no existe. Por lo tanto, la representación de los sentimientos no es una línea continua donde los extremos estarían representados por los sentimientos positivos y negativos, ni tampoco es una balanza donde los sentimientos positivos serían el contrapeso de los negativos, sino que la representación gráfica más adecuada es

un eje de coordenadas donde el individuo esté situado en un punto donde convivan sentimientos positivos y negativos al mismo tiempo. Así, una persona puede sentir pena, tristeza y dolor por la muerte de un ser querido (sentimientos negativos), pero al mismo tiempo puede estar en paz consigo mismo (sentimiento positivo) por su actuación mientras duró la enfermedad. 4. Prohibido expresar los sentimientos negativos. Sin embargo, una educación sana es aquella que se soporta en pilares diferentes, es decir, proporciona un clima familiar en el que la emoción positiva (alegría, esperanza, etc.) se pueda expresar, pero también la rabia, los celos, la agresividad. “No te queremos menos por tu acto agresivo; te queremos más porque has sido capaz de expresarte y reconocer tu fallo”. Este podría ser un buen lema para una familia sana. En definitiva, los padres, como catalizadores del desarrollo humano de sus hijos, deberán facilitar la libertad de sentir, no solamente la libertad de pensar y de actuar. 5. El gozar es negativo. Gozar no es negativo, siempre y cuando no interfiera los derechos de los demás. Al igual que el bebé desea neutralizar el incremento de displacer (sed, sueño, hambre, etc.), también el adulto es muy sensible a la angustia, desvalorización de los demás, etc. En este segundo supuesto, la satisfacción no siempre puede ser inmediata (como en el bebé), pero sí procurar compensar, de alguna manera, esa carencia y siempre respetando el derecho del otro.

La inteligencia emocional Los nuevos avances de la física nuclear han roto nuestro modelo mecanicista de la composición de la mate­ria. Ya no podemos seguir afirmando que los cuerpos están formados por la suma de “partículas”, independientes entre sí, sino que configuran una nueva estructura con estrechas conexiones de cada uno de sus elementos.

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De la misma manera, el ser humano no es igual al sumatorio de facultades (pensamiento, voluntad, y emoción) sino que es “algo más”: una realidad que se organiza a partir de esos elementos, pero que constituye una nueva es­tructura: la mente humana. Incluso desde la posición más organicista, el cerebro no se considera como una organización con departamentos estancos, sino

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como una estructura en interrelación constante y dinámica. Por esto, una lesión en un punto del cerebro puede producir, como en cascada, una sintomatología muy variada: motórica, del lenguaje, etc. Podríamos decir que la inteligencia emocional es el ‘cemento’ que hace encajar todas las piezas del gran puzzle que es la mente humana; la inteligencia


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demás”. Esta habilidad de la mente humana nos permite identificar nuestros sentimientos y los de los demás, utilizar las emociones de forma correcta, comprenderlas y conducirlas para conseguir el bienestar propio y ajeno. Podemos, pues, afirmar que los sentimientos, bien utilizados, no dificultan la toma de decisiones, ni son impedimentos para nuestra felicidad, sino que al contrario constituyen la forma más idónea de progresar y crecer psicológicamente. Si mutilamos los sentimientos, mutilamos la posibilidad de ser felices. Y nos referimos tanto a los sentimientos positivos como a los negativos, pues ambos contribuyen al desarrollo completo de la persona.

La razón y los sentimientos no son dos polos opuestos de nuestra actuación sino que se encuentran fusionados a través de la inteligencia emocional; las emociones nos pueden ayudar a razonar de forma inteligente y a tomar las decisiones correctas

Los sentimientos negativos (vergüenza, tristeza, miedo, ansiedad, etc.) siempre tienen un valor adaptativo; es decir, el ser humano se sirve de ellos para poder seguir viviendo emocional entendida como “la capacidad de la persona para entender y percibir los sentimientos de forma apropiada y precisa para asimilarlos y comprenderlos de manera adecuada y para regular y modificar el estado de ánimo propio y de los

Un estudio reciente de la Universidad de Harvard señala que para tener éxito en la vida es necesario un 85% de actitud y solo un 15% de habilidad. Esto nos indica que no importa tanto saber mucho (tener varias carreras universitarias, por ejemplo) sino estar dispuesto a colaborar, preguntar cuando no se sabe, sacrificarse por el otro, ser agradable y estar relajado, todo ello ingredientes de la inteligencia emocional. Podemos concluir, que la emoción y la razón son las dos mitades de un todo. Así, pues, en cada persona su cociente intelectual y su cociente emocional (su gradiente de inteligencia emocional) se suman para constituir una mente más creativa, más madura y en definitiva más eficaz.

Pensando sintiendo La inteligencia emocional es pues una capacidad que todo ser humano posee, pero que puede estar más o menos desarrollada. Esta facultad de la mente humana permite, pues, que no nos dejemos llevar por los impulsos, ni tampoco por las primeras impresiones, sino que seamos capaces de “razonar con sentimientos” sobre las decisiones a tomar. Así, pues, la razón y los sentimientos no son dos polos opuestos de nuestra actuación sino que se encuentran fusionados a través de la inteligencia emocional. Las emociones nos pueden ayudar a razonar de forma inteligente y tomar las decisiones correctas. Es decir, podemos corregir a Descartes y pasar del “pienso, luego existo”, al “pienso sintiendo, luego existo”.

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SEXUALIDAD Y CAMBIO EMOCIONAL DE LA REVOLUCIÓN SEXUAL A LA REVOLUCIÓN AFECTIVA La razón es, no se puede negar, un poderoso instrumento de comprensión y de interpretación del mundo que nos rodea. Pero, por supuesto, no es el único ni tampoco el más adecuado para acceder a ciertos aspectos de la realidad que enriquecen el familiar universo en el que se desenvuelve nuestra vida. La aterciopelada belleza de una rosa, valga por caso, no se capta mediante un proceso intelectual; tampoco la inocencia que se refleja en una sonrisa infantil requiere, para que provoque en nosotros una emoción, de sesudas reflexiones metafísicas, ni la pasión que nos trasmite la mirada de dos enamorados llega a ser captada mediante el recurso a complejas disquisiciones lógicas…

Por José María Jiménez Ruiz 18


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Más allá de la razón Sencillamente porque nuestra propia condición hace que nos movamos por paisajes que se nos revelan mediante una especie de intuición mucho más próxima a nuestras vivencias emocionales que a nuestra capacidad discursiva o racional. Bien dejó sentado Freud que la estructura primaria del ser humano no es la razón, el divino logos que enamoró a los griegos y los occidentales elevaron a los más altos altares, sino la emoción (pathos). Somos, antes que nada, pasión, urdimbre afectiva, seres que experimentan vivencias variadas y, con frecuencia, contradictorias. También San Agustín lo supo formular de manera bien expresiva: “Si quieres conocer a una persona no le preguntes por lo que piensa, sino por lo que ama”. Se puede por eso decir que las relaciones humanas quedan groseramente empobrecidas, dramáticamente mutiladas cuando de ellas se excluyen las expresiones afectivas o los intercambios emocionales. Aquella terrible antiutopía que describe Huxley en Un Mundo feliz, es una pavorosa expresión de un ambiente deshumanizado del que se excluye el amor, en el que se prohíbe la expresión de los sentimientos y hombres y mujeres deambulan como pobres autómatas en una estructura social inhóspita a la que le falta corazón.

Reivindicación de la vida emocional Lo cierto es que no es posible entender qué es un ser humano si mutilamos en él su dimensión más genuinamente afectiva o emocional. Cierto es que en la cultura occidental se ha sobrevalorado el cultivo de la inteligencia puramente racional y se ha tendido a desarrollar las habilidades lógicas

En la cultura occidental se ha sobrevalorado el cultivo de la inteligencia puramente racional y se ha tendido a desarrollar habilidades lógicas que capacitaban a los individuos para manejarse en la abstracción, pero no se ha dado la misma importancia al adiestramiento para el conocimiento de los sentimientos y a una educación que nos preparara para manejarnos por el laberinto de nuestras emociones

que capacitaban a los individuos para manejarse por los terrenos de la abstracción y del pensamiento deductivo. Para nada se le ha dado la misma importancia al adiestramiento para el conocimiento de los sentimientos y a una educación que nos preparara para manejarnos por el laberinto de nuestras emociones. Nos han enseñado a ser muy lógicos sin reparar en que todo el complejo mundo emocional desempeña un papel, no sólo importante, sino verdaderamente decisivo en la vida de los seres humanos. Fue Daniel Goleman quien, en el año 1995, popularizó el concepto de “inteligencia emocional” para referirse a la capacidad de entrar en contacto con los propios sentimientos, a distinguir entre ellos y a aprovechar ese conocimiento, por una parte, para orientar mejor nuestras acciones y, por otra, para empatizar con una mayor finura con los estados de ánimo de quienes nos rodean. 19


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Analfabetismo emocional La torpeza que impide tomar conciencia de nuestro complejo universo afectivo constituye una terrible tara que empobrece las relaciones humanas y las despoja de su más hondo significado. El mismo Dr. Goleman cuenta la triste historia de Gary, un joven cirujano, exitoso en sus relaciones profesionales y extremadamente lúcido cuando abordaba cuestiones artísticas o científicas, pero de una incompetencia pavorosa para zambullirse en su mundo más íntimo y compartir su contenido. Cuando su compañera trataba de interesarse por sus emociones y participar de ellas, él se parapetaba tras un frustrante “no sé de qué hablar. No tengo sentimientos intensos ni positivos, ni negativos”. Gary podría, ser muy bien, el prototipo de esas personalidades que los psiquiatras tipifican como alexitímicos y se caracterizan por la dificultad extrema que padecen para expresar con palabras sus vivencias más íntimas.

“Si quieres conocer a una persona no le preguntes por lo que piensa, sino por lo que ama” (San Agustín)

Pero, naturalmente, cuando alguien, por inteligente que sea, se muestra como un absoluto analfabeto respecto al contenido de su intimidad, la comunicación con sus más próximos resulta de una pobreza dramática. En tales circunstancias, la insatisfacción está, sin ningún género de dudas, garantizada. Hablar de “cosas”, platicar sobre aconteceres políticos, compartir proyectos profesionales o discutir sobre cuestiones de pura y simple intendencia es algo positivo y, sin duda alguna, hasta obligado. Pero reducir la comunicación con nuestros más allegados a eso es, sencillamente, quedarnos en lo más periférico y superficial. La inhibición de las concesiones afectivas constituye una grave deficiencia que pone en riesgo la solidez de las relaciones personales más sig-

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nificativas. La experiencia terapéutica nos revela a diario que en aquellas estructuras conyugales o familiares en las que se destierra la expresión de los sentimientos y se reducen al mínimo los intercambios afectivos, la comunicación se torna mortecina, insatisfactoria y, prácticamente, deja de existir.

De la revolución sexual a la revolución emocional A mediados del pasado siglo se produjo eso que se dio en llamar “la revolución sexual”. Como reacción a un modelo cultural que veía la sexualidad como algo sospechoso, unas nuevas generaciones de hombres y mujeres reivindicaron el derecho a disfrutar de su sexualidad en plenitud, superando tabúes represivos y prejuicios ideológicos de escaso fundamento. En el contexto de ese movimiento cultural, el papel de la mujer fue todo menos irrelevante. Frente a una concepción machista de la sexualidad según la cual era contemplada más como objeto que como sujeto de la misma, reivindicó el derecho a un modelo de relación cimentado en el respeto y en el reconocimiento de su propia dignidad. Que este movimiento, pese a los excesos en que pudo incurrir, contribuyó a un significativo avance en la igualdad efectiva entre hombres y mujeres es algo que hoy nadie pone en duda. Han pasado los años y se ha comenzado a hablar de una nueva revolución: la llamada “revolución afectiva”. Es una nueva revolución liderada, una vez más, por las mujeres que reclaman a sus compañeros el soporte afectivo que necesitan para sentirse vivas. También, por supuesto, un tipo de comunicación de la que no quede excluido el intercambio de sentimientos y la expresión de las emociones.

Cuando solo se habla de cosas Una encuesta del año 2007 revelaba que el 80% de las mujeres españolas se quejaban de que sus compañeros hablaban poco y, en cualquier caso, se mostraban reacios a rozar el mundo


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de sus emociones. No es, evidentemente, una práctica que pueda recomendarse. Muchas mujeres no aceptan ya una relación en esas condiciones. Exigen a sus parejas el esfuerzo por iniciarse en un lenguaje de afectos en el que los varones se han venido desenvolviendo tradicionalmente con bastante torpeza. Por motivos de una educación, sin ninguna duda, que asociaba cualquier manifestación de índole afectiva a comportamientos que eran propios del género femenino. La mujer parte, sin duda, en este terreno con alguna ventaja. Le asiste pues el derecho y, acaso, le incumbe el deber de intentar arrastrar a su compañero hacia modelos de comunicación ricos que no conduzcan a la frustración o al fracaso. Habilitar espacios en los que se puedan expresar afectos, ventilar emociones y compartir experiencias personales que refuercen los vínculos con aquellos que comparten más estrechamente nuestras vidas, constituye hoy una tarea irrenunciable. Imprescindible, probablemente, para sobrevivir en un contexto social extremadamente exigente que tensiona a los individuos hasta colocarlos en situaciones verdaderamente límite.

¿Sexualidad sin afectividad? Sin embargo, no deja de ser paradógico que, al mismo tiempo que se habla de incorporar la afectividad al campo de las relaciones personales, se ha ido imponiendo una mentalidad que banaliza las relaciones sexuales. Se frivoliza constantemente en torno a ellas (basta asomarse a bastantes medios de comunicación que tratan el sexo con provocadora impudicia y turbia procacidad), como si se tratara de una conducta puramente fisiológica o instintiva, aislable de todo tipo de compromiso emocional o personal. Los componentes psíquicos son obviados y reducidos a simples mecanismos de índole biológico. No cabe duda de que la demonización del sexo con sus perversas secuelas represivas pudo dañar el equilibrio emocional de hombres y mujeres de otras generaciones. Es justo y sano reconocerlo. Pero la hipertrofia de la sexualidad, desvinculada de otras dimensiones hu-

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manas como la emotividad, la sinceridad, el respeto o la responsabilidad la convierten en una actividad más próxima a lo zoológico que a lo humano, más cercana a un ejercicio de instrumentalización del otro que a una forma de encuentro personal que dignifica y humaniza. Porque para que las relaciones humanas lleven el sello de lo humano no basta con que quienes las practican sean humanos. Deben incorporar todos los componentes que son propios de la persona: las emociones, los afectos, la inteligencia, la entrega, el compromiso, la libertad, la responsabilidad… Hans Magnus Enzensberger, uno de los ensayistas alemanes más reconocidos lo escribe, sin complejos, en Las formas de alienación de la sociedad europea. Según él, un encuentro puramente genital no tiene al otro en cuenta como persona y, por lo tanto, se trata de una relación enajenada en la que los seres humanos no se reconocen como tales. Porque no se puede ignorar que lo sexual forma parte de lo humano y cuando eso no se produce “la libertad sexual resulta ser un hedonismo irresponsable puesto que reduce la sexualidad a una relación desprovista de significado humano”.

La afectividad plenifica y da sentido a las relaciones sexuales Superar la visión utilitarista de la sexualidad, renunciar a instrumentalizar al otro, dejar de contemplarlo como puro objeto de placer, implicaría, en primer lugar, aceptar que su sexualidad no puede ser contemplada como una “cosa” que me entretiene o me divierte, sino como expresión de un “tú” que merece ser respetado en toda su dignidad. Como destaca también el Dr. Corbella las conductas sexuales que no están dirigidas por sentimiento alguno no parece que merezcan ser vistas como un prototipo de relación ideal. En tales casos se trataría de simple sexo al servicio de la seducción y el dominio con el que se intentaría compensar la dificultad o, mejor aún, la incapacidad para el amor. Señala este prestigioso psiquiatra que, tras años en los que la psiquiatría y

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la psicología preconizaban una libertad sexual sin cortapisas, en la actualidad se están revisando esos postulados al contar con relevantes estudios que ponen de manifiesto cómo una conducta sexual promiscua al margen de sentimientosafectivos, acaba provocando entre quienes la practican experiencias de angustia y fuertes cargas de inestabilidad emocional. La misma Helen Singer Kaplan, autora sobradamente conocida de numerosos estudios sobre la sexualidad humana y nada sospechosa respecto a sus convicciones sobre la bondad de una vida sexual libre y plena, sostiene que quienes prefieren una sexualidad puramente lúdica, de puro divertimento, al margen del compromiso o la vinculación emocional “están inhibidos para el amor o sufren un temor neurótico a la intimidad”. E insiste, en esa línea, que se puede observar una gran correlación entre una exagerada


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La experiencia terapéutica nos revela a diario que en aquellas familias en las que se destierra la expresión de los sentimientos y se reducen al mínimo los intercambios afectivos, la comunicación, prácticamente, deja de existir

No cabe duda de que los tabúes represivos sobre el sexo dañaron el equilibrio emocional de hombres y mujeres de otras generaciones, pero estudios actuales ponen de manifiesto que existe una gran correlación entre una exagerada promiscuidad sexual, al margen de los sentimientos afectivos, y ciertas alteraciones de la personalidad

promiscuidad sexual y ciertas alteraciones de la personalidad. Se ha comprobado, en efecto, que los adolescentes que mantienen relaciones sexuales con múltiples parejas al margen de la afectividad, encuentran muchas dificultades también en su vida adulta para identificar sus sentimientos, empobrecen su capacidad de respuestas afectivas y hacen de sus habilidades seductoras un juego absolutamente frívolo del que están ausentes la ternura, la consideración hacia el prójimo o el más ligero propósito de encuentro personal. No creo, pues, que sea un buen negocio desvincular la afectividad de la práctica sexual. Eso equivaldría a privarla de su auténtico significado y convertirla en una estafa. El sexo es, sin duda, una de las más gratificantes experiencias que puede vivir el hombre. Si va acompañada de la vivencia del amor alcanza una dimensión de verdadera plenitud. Y es entonces cuando impulsa al ser humano a trascender su subjetividad para alcanzar con el otro una comunidad plenificante abierta a la vida, al misterio y al gozo de sentirse reconocido como persona. Como sujeto que es contemplado, no como simple objeto o puro instrumento de una efímera satisfacción, sino como un tú al que se le reconoce en toda su dignidad y con el que es posible compartir lo más profundo de la propia intimidad.

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MI LADO FEMENINO LA NUEVA SOCIALIZACIÓN DE MUJERES Y HOMBRES

Neurológicamente, el hemisferio izquierdo compite o coopera con el hemisferio derecho y ambos constituyen los componentes psicológicos de cada persona, independientemente de su sexo biológico, ya que cada persona tiene una parte femenina y una parte masculina que, como toda polaridad, requiere de integración. El hemisferio izquierdo, que rige la mitad derecha del cuerpo, es digital y se considera el cerebro lógico y masculino, entendido metafóricamente como pensamiento y acción; y el hemisferio derecho, que rige la mitad izquierda, se considera analógico y femenino, en él se encuentra la emoción, la receptividad, lo intuitivo, etc.

Por María Guerrero

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Influencia sociocultural Los arquetipos masculino – femenino nos vienen dados, vienen de atrás, se reproducen entorno al varón – padre y la mujer – madre, en la estructura familiar y responden a la expectativa social en cuanto a sexos. Cada uno, desde que nacemos, comenzamos a introyectar lo que es SER en función de lo que nos viene de fuera. La madre al principio y el padre después; de ella tomamos lo “femenino” y de él lo “masculino”. Crecemos por tanto negando lo propio intentando ajustarnos a lo que se nos pide o espera de nosotros. Al llegar a la adolescencia, hacemos un nuevo intento por definir nuestro YO, intentando clarificar lo que pasa dentro y fuera de nosotros pero nuestros valores, conceptos y nuestro mundo emocional están ya muy contaminados y así nos vamos haciendo un hombre y una mujer, el hombre y la mujer que se espera que seamos, negando lo nuestro y rellenando los vacíos y las sombras que se han ido haciendo hueco en nuestro interior como podemos, compensando y buscando fuera el completo que nos falta. Nos constituimos entonces en un montón de roles aprendidos, en personajes vendibles, en máscaras andantes, en autómatas, incapaces muchas veces, de ver lo nuestro, lo que sentimos respecto a las cosas y a nosotros mismos.

En un esfuerzo por no parecerse a sus madres, muchas mujeres han llegado a adoptar roles de hombres; aprendieron a medir su propia valía según los patrones masculinos de productividad, de modo que en ocasiones pierden el control, convirtiéndose en unas tiranas para sí mismas no permitiéndose descansar ni atender sus propias necesidades de ser queridas y cuidadas. Sienten “el vacío del éxito” La subcultura: femenina y masculina Las diferencias sexuales en la sociedad occidental no constituyen solo diferencias biológicas sino que, a través del proceso de socialización, se moldean dos cosmovisiones, dos grandes formas de vivenciar y percibir el mundo, a eso le vamos a llamar subcultura masculina y subcultura femenina. Estas subculturas no son el producto determinista de la naturaleza biológica, como argumentarían quienes desean mantener el inmovilismo social. La biología es un determinante básico que nos hace felizmente diferentes, pero interrelacionada con este hecho, está la estructura de roles que existe en la sociedad y que se aprende a través de agentes socializadores como son la familia, en primer lugar, y posteriormente la escolarización, las instituciones, los medios de comunicación, etc., durante un proceso educativo que es distinto para hombres y mujeres. Los comportamientos humanos se pueden estructurar entorno a un eje bipolar, así por ejemplo:

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Fortaleza ------------------- debilidad Seguridad ------------------ duda Actividad ------------------- pasividad Rapidez --------------------- lentitud Pero las personas no somos fuertes o débiles, activas o pasivas, exclusivamente; al igual que las cosas no son blancas o negras, aunque las verbalicemos así. Entre estas dos posturas hay diversas gamas de grises, de fortaleza o debilidad.

la fluida comunicación personal y relacional y, por otro lado, la posibilidad de una comunicación emocional de apertura con uno mismo, ya que al posicionarnos en una estructura necesariamente tapamos, menospreciamos o negamos la otra de nosotros mismos. Por ello esto es, en sí mismo, una fuente de conflictos individuales. Las personas necesitamos expresarnos de una y de otra forma, de manera “masculina” y “femenina”, sentirnos fuertes o débiles, tiernos o agresivos, desear actuar con lentitud o rapidez, sentirnos valientes o sentir y expresar nuestro miedo,

Las diferencias sexuales en la sociedad occidental no constituyen solo diferencias biológicas sino que, a través del proceso de socialización en la familia, en la escuela, en los medios de comunicación, etc., se moldean dos formas de vivenciar el mundo: la masculina y la femenina

sin que ello tenga necesariamente connotaciones positivas o negativas.

Podríamos decir lo mismo respecto a “lo masculino” y “lo femenino”, ambos conceptos son una construcción sociocultural. Bajo este constructo, en otras sociedades no occidentales, no tendría el mismo sentido, como lo demuestran las estructuras antropológicas y de Psicología Social clásicas entorno al tema de los roles.

En las mujeres existe una fuente de conflictos adicional dado que, si nos comportamos de acuerdo con la expectativa social, su rol de mujer ocupa un segundo lugar puesto que la consideración social recae en lo masculino, pero si nos comportamos con los valores masculinos, para ser reconocidas socialmente (agresividad, competitividad, fortaleza, dureza, minimización de las emociones), somos despreciadas como mujeres.

En nuestra sociedad occidental bajo este constructo, se aglutinan valores, roles, formas de percibirse, manera de vivir las emociones... En suma: toda una cosmovisión que da lugar a un mundo de mujeres y a un mundo de hombres y, por ende, a un estilo de comportamiento y pautas conductuales y emocionales diferentes para cada uno de ellos.

De hecho, las mujeres agresivas o competitivas, por ejemplo en el trabajo, son respetadas por los hombres porque se colocan en un lugar de igual a igual y no aceptan el lugar de sumisión, pero son despreciadas como mujeres, sobre todo para el establecimiento de una pareja estable en cuanto que no asume el rol femenino.

Esa masculinidad y feminidad, con el tiempo, puede llegar a convertirse en un esquema rígido de comportamiento, una especie de coraza cada vez más inflexible que impide, por un lado,

Ambos sexos estamos educados para que aceptemos un rol complementario en la relación de poder que permita mantenerla; lo contrario, es punible de alguna manera.

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Cada persona tiene una parte femenina y una parte masculina que, como toda polaridad, requiere de integración


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Vivencias corporales También la ideología dominante se plasma en las vivencias corporales, desarrollándose, en líneas generales, dos grandes formas de percibir las sensaciones, las emociones o incluso, de mantener su erotismo y comportamiento sexual. En la erótica femenina y en la vida de la mujer, tiene gran importancia lo que se puede denominar como globalidad, mientras que, en el hombre, lo que domina es lo genital. En la mujer se potencia y se permite, más que en el hombre, la expresión corporal, la suavidad de movimientos, la flexibilidad. La mujer tiene permiso para expresar su deseo a través de su cuerpo como forma de atraer, de ser reconocida en el proceso de seducción. En el hombre, por el contrario, seduce básicamente por la palabra o por el conjunto de características psico-físicas o de su personalidad. Su cuerpo suele presentar un aspecto menos expresivo emocionalmente, duro y rígido, confundido a veces con fuerte.

El hombre suele utilizar más los conceptos abstractos, prefiere hablar de lo ajeno a los propios sentimientos, utiliza el pensamiento lineal y valora la precisión en el lenguaje. La mujer, por el contrario, utiliza un contenido emocional, prefiere hablar de sus sentimientos y emociones. Construye su identidad desde un espacio interior, el cultivo de sus sentimientos, la imaginación intimista y suele usar la palabra para convencer y convencerse en un intento de legitimar lo suyo. Que duda cabe, estas diferencias dificultan, a veces seriamente, la comunicación entre ambos.

La supermujer Una supermujer es la mujer que ha adoptado “lo masculino” en su vida, incorporando sus valores y empuñándolos, no solo como propios sino como bandera.

Comunicación

Desafortunadamente, en un esfuerzo por no parecerse a sus madres, muchas mujeres han llegado a adoptar valores y roles de hombres. Aprendieron a medir su autoestima, su propia definición y valía, en comparación con los patrones masculinos de productividad.

También en la comunicación las formas expresivas son bien distintas.

Al principio sus éxitos eran estimulantes, pero cuanto más triunfaban, más se les exigía en 27


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tiempo y energía. Los valores femeninos, como las reacciones y el cuidado de los demás, pasaron a un segundo lugar en el logro de sus objetivos. Es entonces, cuando las mujeres empezamos a sentir que nunca llegaríamos a estar completas. Esta mujer ha aprendido a actuar con eficacia, así que, cuando tiene sensación de incomodidad, se lanza a conseguir logros que acallen su grito interno e íntimo, aplaca su sentimiento de vacío minando su ego con nuevos actos de heroísmo y nuevas realizaciones; se encandila con las ventajas que conlleva ganar y así pierde de vista su dolor que es lacerante y frío como el acero. Existe un flujo súbito de adrenalina cuando se persigue un objetivo, y esa chispa es la que enmascara el dolor profundo de no sentirse suficiente. Esta mujer regida por “lo masculino” apenas se da cuenta de que el bajón energético que experi-

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menta se produce tras la consecución de un objetivo, entonces trata de llenar su vacío con un nuevo objetivo que la mantenga ocupada. Esta obsesiva necesidad de mantenerse ocupada y de ser productiva, la protege de tener que experimentar también la sensación de pérdida. Pero, ¿de qué pérdida se trata? Seguramente ha conseguido todo lo que se proponía, pero a cambio de un enorme sacrificio para su alma. Me gusta llamar a esta sensación “el vacío del éxito”, que supone la pérdida de sí misma, la desconexión, el corte en la relación con su propio mundo interno. Solo con el trabajo personal, en la terapia, podrá intentar la aventura de encontrarse consigo misma. La reacción de esta mujer ante el rol aprendido de su madre y socialmente aceptado, la hace proponerse ser más independiente y autosuficiente que


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Desde que nacemos, comenzamos a interiorizar lo que es “ser” en función de lo que nos viene de fuera. La madre al principio y el padre después; de ella tomamos lo “femenino” y de él lo “masculino”. Crecemos por tanto negando lo propio intentando ajustarnos a lo que se nos pide o espera de nosotros

cualquier hombre, para conseguir cualquier cosa. Buscará no depender de nadie, en su fantasía, porque en la realidad esta mujer depende emocionalmente y actuará hasta quedar extenuada. Olvida cómo decir “no”. Será todo para el mundo ignorando su propia necesidad de ser cuidada y querida. En ocasiones llega a perder el control y la relación con su parte masculina, se distorsiona convirtiéndose en una tirana para sí misma no permitiéndose descansar ni atender sus necesidades. Se siente oprimida pero no comprende el origen de su estado de víctima. En realidad, no quiere ver que está haciendo lo mismo que su madre porque aún persisten en ella la rebeldía y el odio.

El mito de no ser nunca suficiente Cuando el inconsciente masculino toma el poder, puede que la mujer sienta que nunca es suficiente, haga lo que haga o cómo lo haga. No llega a sentirse satisfecha del todo, de completar un trabajo por ejemplo, porque ese inconsciente la empuja a buscar otro, le urge a pensar en el futuro, sin valorar lo que está haciendo en el presente. Ella se siente asediada y responde desde un lugar interno de carencia: “debería estar haciendo más, lo que hago no es suficiente”.

Este actuar desde la máxima “yo puedo, soy fuerte”, enfatizando “lo masculino”, generalmente suele dejar profundas huellas tanto en la salud, que se termina deteriorando ‘a golpe de yunque y martillo’, como en el estado emocional. ¿Para qué sirve tanto esfuerzo?, ¿por qué me siento tan vacía?, es lo que terminamos preguntándonos después de haber conseguido los aplausos, si los conseguimos, y después de tantos y tantos “yo puedo”. Nos decimos: “he logrado todo lo que me propuse y, sin embargo, me sigue faltando algo”. El sentimiento que genera este estado es de escisión, de traición a nosotras mismas, de abandono de una parte de nosotras que ni siquiera conocemos. Esta sensación de pérdida es, en realidad, un anhelo de “lo femenino”, el anhelo de una sensación de hogar en el cuerpo. Finalmente se da cuenta que los presupuestos de los que partió desde pequeña, acerca de las recompensas por ser una mujer “yo puedo”, son falsos y la han llevado a luchar en otra ‘guerra’, que la han conducido a obtener ‘victorias’ que no le valen para llenarse a sí misma. En efecto, consiguió el éxito, logro objetivos, adquirió lo que creía que era independencia y para todo ello se dejó la piel en el camino, endureció su corazón y puso una mordaza a su alma. Después de estas reflexiones, queda claro que no es necesario continuar actuando como la mujer “yo puedo” que siempre hemos vivido. Podemos ser mujeres capaces de vivir con plena libertad, sin complacer a todo el mundo, pero sin perder de vista que somos parte de él y que nuestros actos suman a su desarrollo. Si nos creemos menos, le estaríamos restando al mundo. Es por eso que reflexionamos sobre el tema y desde aquí os invito a pasar de ser una mujer “yo puedo” a una mujer “YO VIVO”, “YO SIENTO”, “YO SOY”.

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MANUEL ROCA ÁLVAREZ EXPERTO EN INTELIGENCIA EMOCIONAL Y PROGRAMACIÓN NEUROLINGÜÍSTICA “La pregunta clave es: ¿Cuánto tiempo Por Gloria Díez quieres pasarlo mal al día?” Fotos: Cristina Bezanilla 30


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La cuestión es: “¿Cuánto tiempo quiere usted pasarlo mal al día?” Manuel Roca lanza la pregunta con una jovialidad controlada. Visto desde fuera, se diría que todo está controlado en el director de QUORUM, un instituto donde se imparten cursos de Inteligencia Emocional y Programación Neurolingüística, entre otras materias. Las emociones se encuentran vinculadas a nuestros pensamientos, pero son mucho más corpóreas. Por eso es más fácil que se somaticen cuando nos negamos a reconocerlas. La inteligencia emocional trata de que seamos capaces de gestionarlas de forma eficaz. El objetivo es que ese “rato al día” que toca pasarlo mal sea lo más corto posible. Y que no deje huella. Manuel Roca asegura que el lenguaje es el mejor instrumento para conseguirlo. (En el despacho de Manuel Roca, sobre una estantería hay una réplica plateada de las tres carabelas de Colón. El adorno viene bien como símbolo de su propio viaje personal: desde los ordenadores a la nueva tierra de la programación cerebral).

¿Cómo se interesó usted por la inteligencia emocional? Yo estudie ingeniería industrial en la rama de electrónica. Durante unos cuantos años trabajé en empresas del sector informático como ingeniero, manteniendo y reparando aquellos grandes ordenadores que existían entonces. Luego, pasé a puestos de dirección y acabé siendo responsable del departamento de servicios de una compañía del sector de las telecomunicaciones. En esos tiempos, estamos hablando de finales de los ochenta, empecé a buscar herramientas que me permitieran manejar mejor las relaciones, las situaciones de conflicto que, a veces, se daban entre las personas. Hasta que, un buen día, cayó en mis manos un programa que impartía una mujer inglesa y así participé en el primer curso que se dio en Madrid sobre Programación Neurolingüística, lo que conocemos como PNL. Y aquel programa cambió su actividad profesional, porque ahora se dedica íntegramente a la enseñanza. Bueno, en alguna medida, yo estaba un poco abocado a eso. La parte técnica de la ingenie-

ría la había abandonado hacía quince años y lo que me planteé fue qué hacer, si seguir dirigiendo equipos de personas en el mundo de la empresa, donde hay grandes tensiones, o ir aplicando todas las herramientas que estaba aprendiendo, primero a mí mismo, luego a mi equipo, y finalmente el poder impartir cursos a las personas que se acercaran a este conocimiento por interés personal o profesional. ¿Y a la inteligencia emocional cómo llegó? La expresión “inteligencia emocional”, que es relativamente moderna, el primer libro que se escribe con ese título es el de Daniel Goleman y se publica en 1995, es algo que está integrado en la Programación Neurolingüística. La PNL, que inició su desarrollo en Estados Unidos a mediados de los años 70, desarrolla un conjunto de conocimientos que son útiles, tanto para el autocontrol emocional, como para manejar mejor las relaciones con los demás. De modo que, sin llamarlo inteligencia emocional, porque la termilogía no existía, la PNL desarrolló un conjunto de herramientas que desarrollan habilidades en el ámbito de la inteligencia emocional.

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El cociente de inteligencia no lo es todo ¿Estamos viviendo un boom editorial sobre el tema? ¿Hay incluso una cierta banalización? Yo no creo que haya una banalización, lo que ha ocurrido, es que la gente ha ido dando más importancia a ese aspecto de nuestra vida, que es el ser inteligentes emocionalmente hablando. En la sociedad americana, hasta que apareció el libro de Goleman, en el mundo de las universidades y en el mundo de la empresa, a la gente se la seleccionaba en base a lo que se llama la inteligencia racional, el famoso CI, el cociente de inteligencia. Pero claro, el cociente de inteligencia no mide cómo va a controlar una persona sus emociones, ni cómo se va a relacionar con los demás. El éxito de Daniel Goleman es que puso el énfasis en la trascendencia que tiene la gestión de las emociones. Eso creó un impacto en la sociedad americana que luego se transmitió al resto de los países. La gente empezó a plantearse que, efectivamente, está muy bien tener un alto CI, pero mejor que tener un alto CI (y no significa que no sea bueno) sería tener unas buenas capacidades de relacionarse, tanto con los demás como con uno mismo. Y eso es la inteligencia emocional. ¿Se pueden tener emociones de forma inteligente? ¿O se trata de autocontrol?

“Cuando estamos solos, nos hablamos a nosotros mismos; en ese diálogo interior, hacemos visualizaciones de lo que ocurrió o de lo que pueda ocurrir que nos llevan a ciertos estados de ánimo; es decir, la comunicación interna nos hace sentir bien o mal”

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Hombre, yo diría que las emociones se viven. Lo que enseñamos en la formación que realizamos en PNL es que, además de vivir un estado emocional, que a veces puede venir generado por el impacto que una situación “x” tiene en tu vida, esas emociones se pueden reconducir. A mis alumnos les pregunto: “¿Oye, cuánto tiempo quieres pasarlo mal al día? Y la gente dice: “No, poco, poco”. ¿Pero cuánto? ¿Media horita? ¿O diez minutos? Y el asunto es que mucha gente no sabe qué hacer para no pasarlo mal todo el día y de hecho hay gente que entra en procesos de depresión o crisis de ansiedad y lo están pasando mal, no sólo un día, sino muchos días. ¿Por qué? Porque esas emociones, que ellos desatan, no saben cómo controlarlas. Ha dicho: “Esas emociones que ellos desatan” ¿“Desatamos” nuestras emociones? Yo, personalmente, creo que sí. El asunto es que lo hacemos de manera inconsciente. Si hay algo que la PNL investiga es precisamente ese ámbito del consciente/inconsciente. Cuando trabajamos en el control emocional, empezamos a indagar en esa parte de nuestro cerebro que genera estos estados emocionales, muchas veces de manera automática. Y así descubrimos herramientas para no seguir con esos automatismos que están instalados a nivel inconsciente. Porque, si tomas consciencia de ellos, puedes “reprogramar”, de ahí lo de Programación Neurolingüística. A través de nuestro lenguaje y de otra serie de herramientas


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“El cociente de inteligencia no mide cómo va a gestionar una persona sus emociones, ni cómo se va a relacionar con los demás”

que ha desarrollado la PNL podemos influir en la programación que está instalada en nuestra mente, podemos generar nuevas reacciones ante las mismas situaciones que antes nos producían una perturbación emocional.

Cuando los patrones se repiten ¿El pensamiento genera las ¿Cómo están relacionados?

repetimos y repetimos y repetimos los mismos patrones. Es decir, ¿el inconsciente aflora en el lenguaje y usted a través del lenguaje llega al inconsciente? Hay diversas herramientas, pero la herramienta básica de todo terapeuta es el lenguaje. Todos nos estamos sugestionando continuamente a través de nuestro lenguaje. Por ejemplo, muchas veces nos levantamos por la mañana con una larga lista de “tengos que”, ¿verdad? “Tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro”. Y esa lista, si es enorme, ¿qué está generando?: pues tensión. Y es simplemente un tema lingüístico, porque tú podrías decirte: “Hoy me apetece hacer esto y esto otro, no” o “voy a elegir hacer esto, esto y esto”.

emociones?

En mi percepción, el pensamiento lleva a la emoción. Lo que sucede es que, muchas veces, no somos conscientes de ese proceso y entonces,

¿Qué aporta la inteligencia emocional? Creo que la inteligencia emocional hay que entenderla como una forma de vivir. Si tú quieres ser más feliz, usa mejor tu inteligencia emocio-

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nal. Si quieres pasarlo mal, déjate llevar por las emociones a veces descontroladas. Inteligencia emocional es un término que define unas ciertas habilidades. Una persona es inteligente, emocionalmente hablando, cuando es capaz de gestionar bien su vida, cuando es capaz de disfrutar donde otros lo pasan mal, cuando es capaz de tomarse la vida de una manera positiva. ¿Sirve de algo reprimir las emociones? Entiendo que gestionar no es reprimir. El primer punto es la toma de consciencia. ¿Qué estoy sintiendo? Si tú le pones nombre a lo que estás sintiendo, cosa que no se hace con tanta facilidad, es un primer paso. “Mira, me estoy sintiendo de esta forma o de esta otra”. Yo pienso que es lícito sentir emociones de todo tipo, tanto las placenteras como las menos agradables. El asunto es, como antes decía, ¿cuánto tiempo quieres pasarlo mal? Porque si es una emoción incómoda, desagradable, que incluso genera somatizaciones, ¿te merece la pena estar mucho tiempo viviendo esa emoción o ya has tenido suficiente?

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“Las emociones pueden generar reacciones somáticas muy intensas como úlceras, contracturas y desmayos” Úlceras, contracturas o algo peor ¿Hasta qué punto puede llegar la somatización? Yo he vivido casos de personas con estados de ansiedad muy fuertes. A través de esos estados emocionales que se repetían, muchas veces sin control consciente, se han quedado tirados en el Metro, por ejemplo, y ha tenido que venir el SAMUR a recogerles. A veces las reacciones somáticas son muy intensas. No hablemos ya de las típicas úlceras, o las famosas contracturas, por las que la gente va y vuelve al fisioterapeuta. ¿Y no vienen de ahí?


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“Si me levanto diciendo: «Tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro», me genero tensión. Cambia tu lenguaje y di: «Voy a elegir hacer esto o aquello»” Vienen de estados emocionales fuertes que generan esa tensión que se va acumulando en los músculos. ¿Y cómo se pueden dejar salir las emociones sin que sean peligrosas para el individuo y para su entorno? La clave, desde mi punto de vista, está en aprender a gestionarlas. Bien, ¿cómo se gestionan?

Esas son las habilidades que la persona que sea inteligente, emocionalmente hablando, va a desarrollar. Hay gente muy habilidosa que, quizá porque en casa tenía unos padres que gestionaban bien sus emociones, ha aprendido casi sin darse cuenta. En cambio otros niños, reciben una programación determinada, en base al “mapa de la realidad” de sus padres y han tenido malos modelos, personas iracundas, agresivas, de las que han aprendido a reaccionar con ira o con rabia. Si eso no es bien reconducido, si no se educa al niño, puede seguir repitiendo esos estados

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emocionales, que dan pie a conductas nocivas para él o para otras personas. Ahora me viene a la cabeza el recuerdo de un hombre con el que trabajé hace poco. Se había herido, ya en dos ocasiones, a sí mismo con un cuchillo. Esa había sido su reacción emocional ante una situación que no controlaba. Le habían tenido que hospitalizar y además tratarle psiquiátricamente. ¿Y se pudo reconducir la situación? Bueno, yo le ayudé a que tomara consciencia de qué hacía cuando entraba en esos estados emocionales y la verdad es que ha funcionado muy bien. Está muchísimo mejor. Así que sí, parece que hay herramientas útiles. Las técnicas de PNL y la inteligencia emocional se han aplicado con frecuencia en el campo de los negocios. ¿Para ganar más dinero? La PNL tiene una aplicación múltiple. Yo he impartido cursos de PNL para directivos, pero también para profesores, para que desarrollen habilidades

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“A través de nuestro lenguaje, podemos reprogramar los automatismos que están instalados en nuestra mente, podemos generar nuevas reacciones ante las mismas situaciones que antes nos producían una perturbación emocional” en su gestión diaria y los cursos abiertos que organizo a través del Instituto Quorum van orientados a personas de todo tipo. Centrándonos en el mundo de la empresa, yo diría que la PNL aporta esas herramientas de que antes hablábamos. A un directivo le puede ayudar a gestionar mejor sus estados emocionales, y eso puede ser muy útil en un mundo donde estás sometido a situaciones


ENTREVISTA

de mucha carga de trabajo y por lo tanto de mucho estrés. Sirven para cambiar un poco el “chip”. Me ha pasado no sé qué lío con mi jefe, con un colaborador o con un cliente y no me voy a quedar enganchado en eso toda la mañana.

“Una persona es inteligente, emocionalmente hablando, cuando es capaz de disfrutar donde otros lo pasan mal, cuando es capaz de tomarse la vida de una manera positiva”

También sería útil en el ámbito familiar. La PNL aporta herramientas que son útiles donde esté presente la comunicación, pero ¿dónde no está presente? La comunicación está presente incluso con nosotros mismos. Cuando estamos solos, nos estamos hablando; yo en los cursos suelo hablar del “Pepito Grillo” que todos llevamos con nosotros.

al nivel externo, un padre se comunica con sus hijos o con su pareja, los hijos se comunican entre ellos en el ámbito familiar o en el de los amigos. La comunicación está presente en toda nuestra vida y ahí la PNL nos aporta múltiples herramientas para manejarnos mejor.

El diálogo interior.

Hablamos de PNL pero al fondo está la inteligencia emocional.

El diálogo interno, las visualizaciones que hacemos, ya sea de lo que ocurrió o de lo que puede ocurrir. Todo ese proceso representacional da pie a estados emocionales. La comunicación interna nos hace sentir bien o sentir mal, llenos de recursos o llenos de limitaciones. Luego, si ya lo llevamos

La definición de inteligencia emocional en sí misma no proporciona herramientas. En cambio la PNL es una ciencia aplicada que sí proporciona esas herramientas. Yo suelo decir que la PNL es la ciencia aplicada que permite el desarrollo de la inteligencia emocional.

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CINE

EL CINE NEORROMANTICO

Cierto retorno a las emociones humanas Cuando contemplamos Memorias de África, del norteamericano Sidney Pollack, realizada en el ya lejano 1985, experimentamos un subidón pasional, emocional, sentimental y, en definitiva, una invitación al mejor de los romanticismos. Y además, se trata de una experiencia absolutamente intransferible. No en vano, un film que se sitúa en esa zona que todo ser humano guarda como su propia caverna y de tal manera la guarda que en general impide que los demás accedamos a ella sin permiso expreso de su dueño. Se trata de la zona de los mejores sentimientos que puede que se acaben convirtiendo en excelentes pensamientos. Y de esta manera, acompañamos a la baronesa protagonista como acompañantes del todo diferente. Siendo la película la misma para todos como producto en pantalla, resulta una experiencia absolutamente diversa y diferente como narración comunicada, puesto que su impacto romántico, es decir, sensible, emocional y convulsivo de nuestros espíritus, es siempre otra cosa tan peculiar como el mismísimo hecho de ser y de estar en el mundo.

Por Norberto Alcover 38


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Leemos en el Diccionario del Español Actual esta definición de romanticismo: “Corriente literaria, cultural e ideológica de la primera mitad del siglo XIX, caracterizada por su oposición al clasicismo y por exaltación del sentimiento”. Rotas las normas dominantes y puestos en manos de los sentimientos más inmediatistas, nos lanzamos al mar de las pasiones con el entusiasmo del adolescente que descubre el mundo a medida que lo sufre en esa terrible/deseable aventura de su descubrimiento. El romanticismo es sentimental, idealista y soñador y, en muchas ocasiones, un tanto altruista y, en general, algo nostálgico. Hoy en día, vivimos el esplendor de tal neorromanticismo… pero en el seno de una profusión de orientaciones cinematográficas absolutamente plurales, como plural es nuestro arte y nuestro ensayo de la realidad. Es la explosión postmoderna, donde las normas han dado paso a lo coyuntural, algo espontáneo, a las luminarias de lo imprevisible.

Los grandes autores neorrománticos Clint Eastwood (San Francisco, 1930). Aunque pueda resultar extraño al lector, la verdad es que este tipo larguilucho, tradicional y del todo independiente, reboza sus más relevantes tramas en una harina neorromántica de altos vuelos y densa profundidad. Desde la recoleta Bird (1988) hasta la ambiciosa Million Dollar Baby (2004), pero sobre todo en esa maravilla antropológica y dramática que es El gran Torino (2009). Sus guiones entreverados de sorpresa y sus personajes atomizados por algún afecto turbador (presencia del pasado en el presente), viven siempre una intensísima historia de amor romántico, pero en absoluto cómico o trágico antes bien dramático.

El romanticismo es sentimental, idealista y soñador y en muchas ocasiones un tanto altruista y, en general, algo nostálgico Sus protagonistas mueren…, con su personalísima mochila cultural repleta de sentimientos. Recordar al ex marine y su coche. Pero no menos al saxofonista de Bird o al militar de El sargento de hierro (1986). Todos ellos ocultan su propio misterio de amor lacerado y un tanto contemplado en la pantalla. Nosotros somos invitados a su desvelamiento, que resulta una auténtica maravilla, porque suele moverse en los aledaños de la muerte. Eastwood contiene una cierta nostalgia romántica ante el mero hecho del vivir en cuanto tal. Apoyado en la barra de cualquier bar. Woody Allen (Nueva York, 1935). Este pequeño judío que conjuga en su personalidad tradiciones tan varias como la normativa rabínica, la pluralidad norteamericana, una inveterada pasión por el psicoanálisis y esa transfiguradora adolescencia ante la mujer, es el gran romántico del cine actual. En realidad cada uno de sus films encierran maravillosas/dramáticas/nostálgicas historias de amor y desamor por la sencilla razón de que carece de propias seguridades (véase su extraño matrimonio con su propia hijastra).

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Destacamos tres, ya clásicas en la historia del cine contemporáneo: Annie Hall (1977), Otra mujer (1988) y Match Point (2005), siempre a la sombra de esa delicada autobiografía que es Manhattan (1979). Allen, en realidad llamado el permanente adolescente, nunca pontifica ni en sus guiones ni en sus realizaciones, antes bien extrae de la vida cotidiana sus narraciones vitales entre vulgares y surreales. Desde nuestro punto de vista, es el sucesor de Cukor en las postrimerías del siglo XX. Sigan tal pista… Ridley Scott (Gran Bretaña, 1939). Este polifacético realizador británico, denostado sin razón en determinados circuitos fílmicos por una supuesta indefinición, que nosotros preferimos llamar dominio del oficio, constituye el más subterráneo de los contadores de historias neorrománticas donde los haya. Pero es que además lo consigue mezclando géneros muy diversos, desde la monstruosa Allien (1979) hasta la digitalizada Gladiator (2005) pasando por esa maravilla que es Blade Runner (1982) y su pedagógica Thelma y Louise (1991). Casi siempre se trata de situaciones límite en que el corazón humano entabla extrañas relaciones románticas con otros/otras en absoluto previstos. Hay tensión, hay pasión, hay acción, pero especialmente se da una fractura lingüística casi preciosista, como sucede en su primer film Los duelistas (1977), donde el arte de la esgrima se convierte en desconcertante material afectivo. No estaría nada mal profundizar en Ridley Scott desde esta perspectiva neorromántica, que rompe cualquier a priori crítico al uso.

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Vivimos hoy día el esplendor de un neorromanticismo fílmico que salta más allá de las películas clásicas del Hollywood de Hawks, de Cukor y de Minnelli, para sumergirse en unas vibraciones mucho más conectadas a la modernidad tardía y a la posmodernidad vigente Las grandes películas neorrománticas Ahora mostramos diez films concretos que se muestran como complementarios gigantes del neorromanticismo fílmico en cuanto tales, tal vez sin que sus autores sean genios absolutos de esta tendencia. 1. 1980: Atlantic City, de Louis Malle, nos conduce hasta una historia de amor loco entre un anciano gánster y una madura madre soltera, donde Burt Lancaster y Susan Sarandon, ya con arrugas, nos muestran las grietas de un sueño que, en pura lógica, tendrá poco futuro. Las interpretaciones son de libro, así como la fractura entre tradición y mediocre novedad. Belleza extrema para amantes de la belleza.


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tico, merece una revisión urgente porque el amor encerrado en sus imágenes es el amor más contemporáneo/moderno que pueda darse. Casi, estético e intelectual.

2. 1987: Dublineses, de John Huston, da un paso más en profundidad y sobre un breve e intenso texto de Joyce, nos permite gozar del amor apasionado y amable, casi de love story, entre las deliciosas ancianas protagonistas y sus invitados a una memorable velada musical. Parece mentira que el autor de Chinatown, lo sea también de este film máximo en su minuciosidad estética y ética. Memorial de las buenas maneras. 3. 1990: Pretty woman, de Larry Marshall, es esa historia donde la corriente neorromántica en cuanto tal cuaja hasta las burbujas del mejor champagne. Esa historia de Pigmalión entre un tipo guapísimo, rico y cordial (el mejor Richard Gere de su carrera) y una prostituta desconcertada, atractiva hasta el límite y sobre todo ingenua en su listura temperamental (la memorable, hasta hoy, Julia Roberts), consiguió que unos (ricos) y otros (pobres) se extasiaran ante la reconciliación de clases, y el mundo, tan perro él, apareciera como más fraternal y vivible. Saltándose las normas de la moral burguesa al uso, él y ella moralizaron como nunca jamás un mundo lascivo de compra y venta del cuerpo femenino. El romántico de verdad en sueño imperecedero. Así está el asunto. 4. 1993: El piano, de Jane Campion, en el otro extremo, nos obliga a sumergirnos en el romanticismo del dolor agrietado por un amor imposible, con una Holly Hunter y un Harvey Keitel que bordan dos personajes en permanente pasión delirante, mientras la mujer toca melodías que ponen palabras al silencio dominante. Gran film neorromán-

5. 1996: Rompiendo las olas, de Lars Von Trier, alcanza esa zona siempre delicada de la minusvalía y convierte a la joven bondadosa Bess (enorme Emily Watson) en trasunto de la redención total desde un amor incondicional. Tanta belleza moral sucede entre la costa gris y una plataforma petrolífera del Mar del Norte, donde la caridad divina de Bess hunde sus pies en el fango blasfemo de unos hombres curtidos y groseros, pero que acaban por comprender el misterio encerrado. Amores antaño sobrevenidos en la ruralía, ahora se perciben en el fragor del delirio petrolífero del dinero y de sus pasiones correspondientes. 6. 2003. Las horas, de Stephen Daldry, penetra en el corazón de unas amigas/mujeres que comparten sus destinos y sus pasiones, mientras su amigo muere en soledad a causa del sida. Situaciones terribles de una humanidad dolorida, desembocan en esa secuencia excelente entre el moribundo/suicida Ed Harris (uno de los mejores actores de la historia del cine) y la amistad cercana y un tanto inútil de la siempre grande Meryl Streep. Cuánto amor, cuánta dedicación, cuánta imposibilidad, cuánto maravilloso romanticismo dominan este momento en que el cine es capaz de superar a la mismísima realidad. Por favor, recuperen tal instante y después reflexionen sobre el dolor/amor humano. Sin más. 7. 2001: Amélie, de Jean-Pierre Jeunet, es todo lo contrario porque ubica el romanticismo de siempre en una situación del todo atípica al contarnos la historia de una muchacha que desea darle gusto a los demás por el hecho de dárselo, sin mayores ambiciones, hasta que vive su propia realidad. Amélie es una contra-historia, que prefiere soñar el posible cambio del mundo mediante pequeños actos de cariño. La tensión romántica cede ante la ingenuidad lúcida de la honda extrema. Un film mucho más hondo de cuanto se ha juzgado por los inteligentes de siempre.

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8. 2008: La escafandra y la mariposa, de Julian Schnabel, consigue romper la cáscara de las historias románticas al uso, para introducirnos en la dramática situación de un hombre víctima de un accidente que solamente consigue relacionarse con el mundo mediante un juego alfabético con su enfermera y su ex—esposa. Hay tal amor ahí, en tal silencio solamente lleno de letras, que somos transportados hasta las más tiernas dimensiones románticas: de cómo en pleno dolor es posible gustar el deleite sublime del amor entregado. Y todo frente al mar. Porque el amor es, como el mar, misterioso inalcanzable, siempre más allá del horizonte. 9. 2010: La mujer sin piano, de Javier Rebollo, es una de esas pequeñas obras de arte fílmico y humanístico que, muy de vez en cuando, el cine español da de sí hasta el desconcierto. Sencilla y amplia en su discurrir emocional, nos cuenta el viaje de una mujer solitaria que pasa una noche con un desconocido emigrante y al final retorna a casa con su marido. El amor romántico se hace soledad contemporánea, y todos somos llamados a seguir a Carmen Machi, impresionante, por las callejuelas de su ciudad. Su viaje es el nuestro, el de quienes pensamos saber por dónde está precisamente establecido el camino, sin estarlo… 10. 2005: La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet, es el punto de llegada de este neorromanticismo cinematográfico al que venimos refiriéndonos. Cuando el hombre y la mujer descubren sus heridas mutuas en la plataforma petrolífera (lo que nos recuerda matices de Rompiendo las olas que ya hemos comentado), es decir, cuando el hombre y la mujer descubren sus cuerpos como trasunto de sus espíritus, entonces sobreviene la explosión amante de forma emocionalmente cumplida. Ahí desemboca el neorromanticismo que venimos desarrollando, en el amor enloquecido mediante la corporalidad, la sensorialidad, la materialidad…, pero en la medida en que estos tres valores humanos nos conducen hasta el hondón del alma dormida. Así pues, el neorromanticismo actual

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va mucho más allá que Notting Hill (1999), que El diario de Bridget Jones (2001) e incluso que Cuatro bodas y un funeral (1994), para instalarse en un rincón del alma mucho más hondo por más dramático. Es una suerte de neorromanticismo existencial, que ya estaba latente en el cine de los 40 y 50.

Y de nuevo, los conceptos Volvamos a Clint Eastwood. Si contemplamos Los puentes de Madison (1995), cada vez más admirada, descubriremos que tanto él, el fotógrafo de National Geographic, como ella, la buena ama de casa enamorada, vibran mientras se miran durante el baile porque, a la vez que gozan, se estremecen de angustia ante el peligro que viven. El cine neorromántico, así, salta más allá de los films clásicos del Hollywood de Hawks, de Cukor y de Minnelli, para sumergirse en unas vibraciones mucho más conectadas a la modernidad tardía y a la postmodernidad en vigor, que sobrevive al momento por obra y gracia del sentimiento, de la aventura y de la pasionalidad más exuberante. De tal manera que el espectador, el lector, no solamente llora de emoción, lo que está muy bien, porque además se pregunta qué hay más allá o más acá de sus lágrimas. Y lo que hay es el humanismo donde el gozo y el dolor se encuentran en la explosión neorromántica. Todo se ha complicado. El cine también.


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A PIE DE CALLE Por Antonio Saugar

LAS EMOCIONES MARCAN EL RUMBO Alegría, tristeza, miedo, enfado, amor, odio‌ Los sentimientos, las emociones, marcan los actos de los seres humanos. Su control o su derroche influyen en la hora de tomar decisiones y de enfrentarse a la vida diaria. Algunos los ocultan, otros los reprimen y hay quien los lleva por bandera. 44


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Hay quien pasa por la vida con cara de póker. Sin que sus gestos, sus sentimientos, sus emociones sean detectados por los demás. Quizá consideran que mostrarlas puede significar un signo de debilidad; de ser considerados inferiores por los demás. Dejar ver lo que uno lleva dentro es una filosofía de vida que parece tener un importante papel a la hora de tratar con los demás o de tomar decisiones. La pregunta es si estamos preparados para que las emociones salgan a la luz. José, de 52 años, señala que “es posible que en la actualidad, con la mayor importancia que se da a los sentimientos a la hora de justificar las actuaciones de las personas, en general se tenga menos reparo a la hora de manifestar las emociones”. Considera que hay una diferencia importante entre hombres y mujeres a la hora de dejar ver las emociones: “Pienso que las mujeres tienen menos pudor a la hora de manifestarlas, quizás porque los hombres pensemos que en nuestro actuar tiene preponderancia la razón, y claro, no nos gusta que se transparenten nuestras emociones, pues pueden aparecer ante los demás como un elemento distorsionador”, afirma.

Hay quien pasa por la vida con cara de póker, sin que sus emociones sean detectadas por los demás; quizá considera que mostrarlas puede significar un signo de debilidad

Para este periodista expresar las emociones es positivo porque “puede ayudar a los demás a conocernos mejor, pues en muchos casos responden a movimientos involuntarios, que no nos da tiempo a ocultar”. Aunque considera que hay un aspecto negativo, ya que “no podemos dirigir nuestro actuar por ellas pues, en muchos casos, sólo responden a las primeras impresiones que nos causa un suceso, y no es bueno que nuestras actuaciones se rijan por meros impulsos”.

Sensación de felicidad José se considera “esencialmente positivo” en su forma de ser. “Pero –añade- me gusta equilibrar esa primera sensación ejerciendo una crítica”. Para él, la sensación de felicidad es muy “difícil de definir”. Aunque hay muchas cosas que le hacen feliz: “En primer lugar, para mí la felicidad hace referencia a los ámbitos esenciales del hombre, los que le relacionan íntimamente con su humanidad. Los otros, aunque proporcionen placer, gusto, etc…, no llenan plenamente”. Considera que “la felicidad está en querer y ser querido; entregarte, darte a los demás, y recibir de ellos. Saber qué haces en el mundo y por qué estás en él, seguridades que dan alegría a la vida y quitan a la muerte la angustia de la incertidumbre y la destrucción de la nada”.

“Compartir sentimientos es positivo siempre y cuando el momento y el interlocutor sean favorables”, explica Natalia Son muchas las cosas que emocionan al ser humano. Para José, “lo asombroso de las emociones es que, a veces, surgen por sorpresa, sin responder a una cadena de razones, razonadas y razonables. Que me emocionen muchas cosas no significa que me guste que se trasluzcan, ni que los demás se den cuenta de ello”. José señala cómo son las cosas que más le emocionan: “Suelen estar relacionadas con las que me causan más felicidad, como notar el amor y el cariño de los que me rodean; el dolor y el sufrimiento de la gente, sobre todo de los niños y de los ancianos; el dar gracias a Dios porque me quiere, por la seguridad de la Fe, y la confianza de la esperanza”. Si bien las emociones son importantes para José, considera que, aunque le afectan, intenta “que no sean la principal razón” de su actuar.

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Para Natalia, sí hay diferencias entre hombre y mujer a la hora de mostrar las emociones: “Debo establecer diferencias porque yo, siendo mujer, necesito exteriorizar mis emociones. Pero aquí hay de todo, existen las personas que no tienen ningún pudor en pregonar cualquier emoción derivada de un suceso; y otras que mueren sin haber derramado una lágrima ni haber dicho al ser que quieren “te amo” o “te necesito”. Sobre estos últimos, he de decir que tienden a extinguirse”. Respecto a si el ser humano tiende a enterrar sus emociones, Natalia señala que depende del momento. “Pienso que todo el mundo necesita su desahogo, bien sea por un desamor, por un tema laboral, por buscarte a ti mismo, o porque has perdido a un ser querido. Las personas que no comparten sus emociones, tienen miedo a desnudar su alma y quedarse expuestos al comentario”.

“Las mujeres tienen menos pudor para manifestar emociones”, opina José

Sobre qué hay de malo o bueno a la hora de expresar emociones, Natalia señala que, “compartir sentimientos o emociones es positivo siempre y cuando el momento y el interlocutor sean favorables. No se trata de pregonar a los cuatro vientos, en cualquier momento y a cualquier persona, tus emociones; se trata de buscar un equilibrio. Un buen interlocutor sabrá comprenderte y compartirá tu felicidad o tu dolor”. Para Natalia, “el que no quiere o no sabe expresar sus emociones, se irá cargando de ellas, pero sobre todo creo que es una opción egoísta ¿por qué reprimir una emoción? ¿Por qué no dar un abrazo a tu madre? ¿Por qué no decirle a un amigo gracias por estar ahí?” Sobre ser positivo o negativo, Natalia afirma que trata de razonar la situación que puede llevarla a un determinado estado de ánimo. “Hace mucho

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“Necesito a alguien que equilibre mis emociones”, reconoce Natalia


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que dejé de buscar el porqué para dirigirme hacia el para qué. Al igual que no indago en lo que no puedo hacer sino en lo que sí puedo hacer. Intento sacarle una enseñanza a todo, incluso a las cosas negativas que me ocurren; esto hace que mi actitud sea positiva ante lo evidentemente negativo. No hay que olvidar que absolutamente todo puede tener una doble cara, depende de cómo lo enfoques”. El sentimiento de felicidad o lo que nos hace feliz es algo difícil de responder para Natalia, aunque considera que “la felicidad es un estado puntual más o menos duradero en el tiempo”.

Escenas que emocionan Respecto a qué cosas o situaciones le emocionan, nuestra protagonista señala las siguientes:“Ver a una madre jugar con su bebé; una llamada a tiempo; recordar a mi madre; un río repleto de agua; llegar a casa y encontrar que alguien me espera; un trabajo bien hecho; pensar en todo lo que me ha dado la vida; sentir que me necesitan; saber que he podido ayudar a alguien; llorar de

risa con un amigo; el sufrimiento de un bebé; la pobreza; un perro abandonado y atropellado en la carretera; un reencuentro; un adiós…” Natalia considera que las emociones influyen a la hora de tomar alguna decisión. “Sí. Si mi estado anímico es bueno, puedo ser bastante generosa y, por el contrario, si algo me ha ido mal o algo me ha contrariado, procuro no tomar decisiones que pueda lamentar. Suele dominar la pasión en todos los aspectos de mi vida y, por lo tanto, aquí también. Por eso, quizá, comparta mi corazón con una persona que equilibra mis emociones y, entre los dos, formamos una balanza, cuasi perfecta”. No saber expresar las emociones puede llevar a situaciones negativas para la persona cerrada en su mundo inexpresivo. Hay quien ante un revés, por mínimo que sea, se encierra en sí mismo, rumia lo ocurrido días y días, sin sacar esa emoción, ese sentimiento que le permitiría solucionar el problema. Puede que alguno piense que eso de airear las emociones, de hacer transparente nuestra personalidad, sea una moda pasajera. No parece que esto sea así. En una sociedad en la que una buena parte de las relaciones humanas se realiza a través de las Nuevas Tecnologías (la mayoría se pasa el día enviando correos electrónicos, mensajes a móviles y ‘relacionándose’ a través de las redes sociales), dejar alguna rendija para que alguien nos conozca mejor a través de las emociones puede servir para lograr una sociedad más humana, más cercana, en la que los sentimientos ocupen un lugar importante.

“Lo asombroso de las emociones es que, a veces, surgen por sorpresa”, señala José

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Comunicando

PRIMEROS PASOS DEL TELÉFONO DE LA ESPERANZA EN PALENCIA

Castilla y León ya tiene un nuevo retoño de Esperanza. Se trata de un grupo de voluntarios del Teléfono de la Esperanza que ha comenzado a dar sus primeros pasos en Palencia. Desde hace tiempo, y gracias al apoyo del Teléfono de la Esperanza de Valladolid, un grupo de personas iniciaron su andadura para abrir una sede del Teléfono de la Esperanza en Palencia. Este trabajo previo de siembra dio como resultado los días 4, 5, 6 y 7 de noviembre la celebración del primer Curso del Programa “Agentes de Ayuda” para formar una primera promoción de voluntarios del Teléfono en esta provincia.   Fueron una veintena de personas ilusionadas y entusiastas, dispuestas a continuar avanzando en la misma dirección: la creación de una sede palentina del Teléfono de la Esperanza en un futuro próximo. Para ello ya están “haciendo Teléfono” con su propia formación y con los grupos de desarrollo personal de “Autoestima” y “Aprender a Vivir” que han comenzado a impartir.

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Ya cuentan con unos cómodos y bonitos locales, que les ha cedido el Ayuntamiento de Palencia y en los cuales realizan sus seguimientos y demás actividades.   Con motivo de este primer curso se ha constituido  un grupo promotor que coordine estos primeros pasos del Teléfono de la Esperanza en Palencia.   Todas las personas interesadas en sumarse a este proyecto pueden ponerse en contacto con ellos a través del correo electrónico: palencia@telefonodelaesperanza.org    Con mucho gusto serán atendidos e informados, pues manos son las que se necesitan ahora en estos primeros compases del proyecto. Estamos seguros de que con la ilusión y tesón que han demostrado hasta ahora, con seguridad llegarán a buen puerto en un corto espacio de tiempo.   Mientras tanto desde aquí les brindamos nuestro aliento y nuestro apoyo. ¡Adelante!


CONCURSO DE FOTOGRAFÍA

· Tema: LA ESPERANZA · Premio: Las 12 fotografías seleccionadas recibirán 100 € en material fotográfico, y formarán parte de una exposición y calendario.

ORGANIZA

PATROCINAN

Consultar bases en: www.telefonodelaesperanza.org Plazo presentación de fotografías: Hasta el 1 de junio de 2011


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BOGOTÁ (COLOMBIA) Cra 25 calle 48-11 4813 BOGOTÁ Tel.: (00 57 1) 323 24 25 E-mail: bogota@telefonodelaesperanza.org

MEDELLÍN (COLOMBIA) Calle 57 45 - 129 Tel.: (00 57 4) 284 66 00 E-mail: medellin@telefonodelaesperanza.org

BUENOS AIRES (ARGENTINA) Avenida Rivadavia, 2134-6º E BUENOS AIRES (capital federal) Tel.: (00 54 11) 495 444 55 E-mail: buenosaires@telefonodelaesperanza.org

OPORTO (PORTUGAL) Rua Duque de Loulé 98, 2º esq Tel.: (00 351) 222 03 07 07 E-mail: porto@telefonodelaesperanza.org

CHILLÁN (CHILE) C/ 18 de septiembre, 456 380-0650 CHILLÁN Tel.: (00 56 42) 22 12 00/02/08 E-mail: chillan@telefonodelaesperanza.org

QUITO (ECUADOR) C/ Capitán Edmundo Chiriboga N-47227 Tel.: (00 593 2) 6000 477 / 2923 327 E-mail: quito@telefonodelaesperanza.org

COCHABAMBA (BOLIVIA) C/ Lanza # 235, entre Bolívar y Sucre 2º Piso Tel.: (00 591 4) 452 18 52 E-mail: cochabamba@telefonodelaesperanza.org

SAN PEDRO SULA (HONDURAS) Colonia Alameda, 13 y 14 Avenidas, 5ª calle, N.E. Tel.: (00 504) 2558-0808 E-mail: sanpedrosula@telefonodelaesperanza.org

LA PAZ (BOLIVIA) C/ Costa Rica # 1272 (Zona Miraflores) Entre Estados Unidos y Guerrilleros Lanza Tel.: (00 591 2) 224 84 86 E-mail: lapaz@telefonodelaesperanza.org

TEGUCIGALPA (HONDURAS) Col. Florencia Norte. 1ª Calle, 1ª Avenida. Casa 4058, 2ª Planta TEGUCIGALPA Tel.: (00 504) 2232-1314 E-mail: tegucigalpa@telefonodelaesperanza.org

LIMA (PERÚ) C/ Gustavo Yabar 221-225. Urbanización Vista Alegre. Santiago de Surco. Tel.: (00 51 1) 273-8026 E-mail: lima@telefonodelaesperanza.org

ZÚRICH (SUIZA) Postfach 2159 8027 ZÚRICH Tel.: (00 41 43) 817 65 65. Fax: (00 41 43) 817 66 43 E-mail: zurich@telefonodelaesperanza.org

CENTROS EN PREPARACIÓN COLONIA (ALEMANIA), LEÓN (NICARAGUA), LISBOA (PORTUGAL), MIAMI (ESTADOS UNIDOS), SAN JUAN DE PASTO (COLOMBIA), SANTIAGO (CHILE) SANTO DOMINGO (REPÚBLICA DOMINICANA) Y VALENCIA (VENEZUELA).

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